el huevo y la gallina (es)
—Ya está...
Zamu estaba acostumbrado a pensar «en humano». Hasta experimentó un sentimiento de orgullo al contemplar su obra, terminada al fin.
Pero ahora le asaltó una súbita vacilación. No dudaba del resultado de su máquina, pero sabía que sólo podía intentarlo una vez. El suicidio iba contra su propia naturaleza. El había sido creado para la vida, como sus hermanos, hasta que llegó el hombre...
Después de tanto tiempo, hasta los recuerdos comenzaban a borrarse. A partir de la invasión, Zamu sólo había vivido obsesionado por una idea fija, una idea que había ido haciéndose más dominante cada vez, hasta ocupar la última célula de su cerebro, como un fluido capaz de llenarlo todo. Ahora se daba cuenta de que aquella obsesión le había absorbido todas sus otras facultades. Ya no era nada, sólo un ángel de salvación para su raza. Un ser absurdo.
Sí, lo había hecho, pero se daba cuenta de que acababa de llegar sólo al fin del principio. En realidad, su verdadera obra empezaría ahora. Se preguntó si sus vacilaciones tendrían también un origen humano, si la sangre extraña que circulaba por sus venas no le había hecho «distinto». En su interior casi había llegado a ser hombre. Tenía ya un alma híbrida.
En la fascinación que el Universo había ejercido siempre en el hombre, su enemigo, un día había visto una promesa de alcanzar mundos remotos, en los que todos sus sueños podían hacerse realidad. Zamu, que también había comprendido este deseo, se preguntaba si también los astros estarían sujetos a los mandatos del mismo tiempo que medía la vida. ¿Giraba todo el espacio en torno del tiempo? ¿Eran en realidad ambos conceptos un mismo principio en que se sustentaba el Universo entero?
Saberlo era importante, porque él... acababa de construir una máquina que podía trasladarse por el tiempo y por el espacio. Sólo que su viaje sería sin retorno, porque él era el último individuo de su raza, exterminada por el hombre. Sólo él había escapado de la matanza, pero no por cobardía. En realidad, la raza a la que pertenecía jamás había tenido que huir ni que realizar actos heroicos. Esta podía ser la principal razón de su debilidad frente a los humanos.
¿Cuándo había ocurrido?
De nuevo intentó fijar los recuerdos en su mente.
Casi no se había dado cuenta. Un día llegaron los humanos en sus naves. Al principio sólo había sido una. Ahora recordaba Zamu cómo los hombres les habían declarado la guerra más mortífera. ¿Cómo entenderles? El había tardado casi treinta años terrestres para comprenderlo. Había tenido que llegar a «pensar» como ellos. Había descubierto que la vida de los humanos era extrañamente corta y que, sin embargo, obraban siempre como si tuvieran la inmortalidad por delante. Eran extraños y poderosos, torpes y crueles, incomprensibles e imperfectos. Tenían que luchar constantemente entre dos conceptos que Zamu no había comprendido hasta que se encontró solo: el bien y el mal. El mal era el hombre mismo. El bien... estaba aún más oscuro.
Sí sabía una cosa: la razón por la cual les habían tomado a ellos, a los de su raza, por animales, al menos al principio. Todo estaba en un concepto de formas y de comportamiento. Para los hombres la inteligencia sólo estaba presente cuando era capaz de crear lo que ellos llamaban una «civilización progresista». Lo cual, de todas formas, no explicaba que aquellos «animales» hubieran sido desde un principio víctimas de una persecución implacable, de un odio feroz.
Para Zamu había llegado el momento de renunciar a saber más. Salió de su refugio natural, aquella caverna que él había excavado con sus propias garras, y donde había permanecido tanto tiempo, alimentándose de la tierra de su generoso planeta, al mismo tiempo que aprendía la ciencia de los hombres. Había dedicado a ello la mitad de su vida, y se acercaba por fin el momento de partir. Acaso también había adquirido ciertos sentimientos humanos, y por eso le causó un profundo daño el paisaje insólito, bañado por la luz de la lejana ciudad que habían construido sus enemigos. Aquel antiguo mundo oscuro y silencioso, donde su raza no había tenido que plantearse jamás el problema de la felicidad, ya no era escenario de la guerra y de la muerte, pero estaba contaminado por la luz eléctrica, por los ruidos ensordecedores y por la enfermedad, que había contribuido a aniquilar a su pueblo. Cuando Zamu descubrió que la sangre humana les inmunizaba, era ya tarde. Pero no para él, en cuyas propias venas había realizado el experimento.
El sol rojo de su planeta, que asomaba por encima de las lejanas cumbres, le recordó el extraño color de la sangre humana.
Si Zamu hubiera podido llorar, lo habría hecho al pensar que aquel era el último amanecer que podía contemplar, pero su único ojo triangular era una roca seca cristalizada.
Con aquella postrera imagen en su cerebro, Zamu se dirigió de nuevo a la máquina. Había penetrado en todos los secretos de la ciencia humana para construirla, pero la inteligencia empleada había sido la suya. Por eso los hombres jamás podrían llegar a construir semejante máquina, producto de dos energías creadoras distintas.
Sabía adonde tenía que ir y a quién buscar. Había existido un hombre en un lugar de la Tierra que había hecho posible la construcción de aquellas naves. Sólo debía trasladarse a su tiempo y a su lugar. Estaba seguro de encontrarlo. Conocía su nombre. El mismo había dirigido la guerra.
Zamu vaciló otra vez. De producirse algún fallo, no le sería posible un nuevo intento. La situación era semejante a la primera vez que decidió inyectarse sangre humana. Entonces tuvo éxito. ¿Por qué no ahora?
Al poner la máquina en marcha, la luz se hizo insoportable. Después, Zamu se sintió envuelto por algo más insondable que la misma inmensidad del cosmos. El tiempo, al girar al revés, había convertido todas las cosas en existencias negativas, y sólo la Nada adquiría unas paradójicas dimensiones.
¡Estaba triunfando!
El nombre de su enemigo era lo único que no perdía realidad. Era la fuerza que le guiaba, una fuerza intensa sin la cual su mente se habría disuelto en el tiempo igual que un sueño. Aquel hombre le mantenía en la existencia contra toda posibilidad. Y cada vez era más intenso, llegando a adquirir naturaleza tangible allí donde sólo se albergaban ideas. Sabía que se acercaba a él, el hombre que había hecho posible que su planeta se convirtiese en una inmensa tumba. Al destruirle, cambiaría totalmente el curso de la historia. El no regresaría jamás. Prácticamente también estaba muerto, pero al mismo tiempo también cerraría el camino de los hombres. El destino, como tantas otras cosas, parecía ser sólo una invención humana.
De pronto el tiempo volvió a adquirir valor. Cuando el ojo de Zamu se hubo adaptado a la nueva luz, descubrió el rostro aterrado del profesor. No le conocía, pero sabía que era él. El corazón de Zamu no podía sufrir alteraciones, pero todo su cuerpo vibró con un desconocido placer al comprobar que se hallaba frente al hombre que había buscado. Entonces su mente tendió un puente mental hacia el cerebro del profesor, al que trasmitió en un instante todas sus ideas.
El profesor reaccionó como si de pronto la luz de la sabiduría hubiera penetrado en él; es decir: no comprendió nada.
—¡No se pueden cambiar los acontecimientos! —dijo, en un último intento de resistencia.
Pero si era posible volver al pasado, ¿por qué no cambiar la historia? Su razón encontró un camino. ¡Era tan fácil comprender! Había vivido en un mundo de errores. Espacio y tiempo eran dos ideas puramente objetivas, cuya verdad permanecía oculta a las limitaciones de la razón humana. Tal vez algún día comprendieran los hombres que nada de aquello existía y que, en cambio, la verdad estaba esperándoles en otra parte. Pero para él ya era tarde.
—Mi pasado es tu futuro —dijo Zamu—. Y los dos estamos en el mismo presente.
La luz de la mente del profesor volvió a disolverse en la oscuridad de la ignorancia. Entonces su razón comenzó a girar en torbellino, porque de una cosa sí estaba seguro:
—Yo no soy el hombre que buscas —dijo.
—¿Tienes miedo?
—Sólo sé que estás equivocado.
—No, no lo estoy. He pasado años escondido de la persecución de tu raza, asimilando vuestra ciencia, estudiando vuestras ideas y vuestra filosofía, y comprendiendo al fin dónde está vuestra fuerza y también vuestra debilidad. Ahora el futuro me pertenece, y sobre él puedo construir o destruir. Al pasar la barrera del tiempo podré salvar a mi mundo, un hermoso planeta situado cerca de la estrella que llamáis Epsilon de Erídano. Tu vida a cambio de todo mi mundo... No es demasiado. No me guía el odio ni la venganza. Pero tenemos algo en común: queremos vivir. No se puede despreciar la vida, profesor. Y el hombre despreció a mi raza. Sin embargo, no fue este vuestro principal error. El error solamente fue... ¡ir!
Una destructiva descarga mental destrozó el cerebro del profesor, que cayó fulminado.
Zamu, feliz por el deber cumplido, contempló unos instantes el cadáver. Después todo su cristalino cuerpo se hizo añicos bajo el impacto de un objeto contundente.
El niño, sin soltar el martillo de la mano, se arrodilló junto al cadáver de su padre.
—¡Lo he visto y oído todo, papá! —sollozó—. Pero tenía miedo... Cuando volví con el martillo pude matarlo.
Después recogió un puñado de aquella arena que momentos antes había sido un cuerpo diminuto y casi transparente. No podía comprender nada, ni qué significaba aquel muñeco. Sólo sabía que había matado a su padre. Y en su mente infantil pudo recordar unas palabras que había creído oír, unas palabras que no olvidaría nunca: «Epsilon de Erídano». Aquel era el mundo del muñeco asesino. Se prometió a sí mismo dedicar su vida a construir una nave que pudiera llevarle hasta allí para exterminar a todos aquellos monstruos de cristal. Y lo cumplió...