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francisco valverde torné

la otra forma de morir (es)

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Era un sueño que había animado su vida durante largos años. Fuera de aquella idea obsesiva, el Universo entero no era más trascendente que una pompa de jabón. Y de pronto, cuando un día se tropezó con un espejo, el profesor Alberto Robles se asustó. En realidad no podía decirse que recordara su propio rostro, pero descubrirse de pronto a sí mismo cuando se representan no menos de cien años, puede producir cualquier clase de impresión si se excluyen las agradables.
Después sonrió. Sabía que no tenía dientes, pero aquella caverna que ya no recordaba una boca humana le hizo apartarse del espejo.
De pronto le asaltó el miedo; miedo de haber fracasado, de haber dedicado su vida a una empresa inútil. ¿Lo habría conseguido, realmente?
También le sorprendieron sus propias manos, descarnadas y retorcidas, como las atormentadas ramas de un olivo muerto. Pero no temblaban.
¿Cuánto tiempo había permanecido en aquel sótano? A pesar de que la respuesta carecía ya de importancia, le resultó un tormento insoportable no poder recordarlo.
Pero había llegado antes que la muerte. Había logrado vencerla. Ahora la vida era suya, con todo el futuro que le apeteciera. Y, paradójicamente, sintió deseos de llorar, porque hizo un nuevo descubrimiento: ahora, precisamente ahora, se daba cuenta de que no deseaba vivir...
¿Qué clase de triunfo había logrado, entonces? Era una lástima que sus ojos estuvieran secos.
Pero de todas formas volvería atrás. Había logrado construir la máquina del tiempo... No podía hacerle retroceder siglos, ni años, ni siquiera minutos. Era algo mucho mejor: hacía retroceder el tiempo biológico. El tiempo del ser vivo no era irreversible, lo que significaba sencillamente que había encontrado el secreto de la eterna juventud... y quizás también de la inmortalidad, aunque de esto no estaba muy seguro.
Sin embargo, allí estaban aquellos animales experimentales. Algunos insectos mantenían todo su vigor vital después de haber vivido tanto como él, lo que equivalía a varios siglos comparado con la duración de la vida humana.
¡La vida humana...! Ahora se preguntaba por qué la había amado tanto. Ni siquiera la conocía. A pesar de ello no hubiera dudado en vender su alma al diablo a cambio de la eterna juventud, pero no había sido necesario. Ahora dudaba de que su propia alma existiera.
Vaciló durante mucho tiempo antes de someterse a los efectos de la máquina. Le ocurría algo extraordinario: después de dedicar su vida a la búsqueda de la eterna juventud, ya no le atraía ser joven. Estaba cansado. Ni siquiera le importaba seguir viviendo.
Pero ya no podía retroceder.
Había algo que seguía conservando intacto: el cerebro. Y, mientras viviera, aquella masa gris trabajaba sólo en una dirección, animada por una única idea, que había acabado por absorber todas las demás facultades. Era un cerebro que había aprendido a pensar en una sola cosa.
Y ahora no había forma de resistirle.
Súbitamente, el profesor Robles comenzó a desplegar una actividad febril. Su cuerpo, preparado durante meses para aquella última prueba, parecía haber recuperado ya parte de su antigua vitalidad.
Cuando la compleja máquina estuvo a punto, el profesor tuvo que descansar. Sus ojos recorrieron todos los tubos, circuitos e indicadores que literalmente se amontonaban en el sótano, tal vez asegurándose de que no había olvidado nada. Todo el conjunto vibraba como dotado de una vida extraña.
—Soy diabólico —se dijo Alberto Robles. Y esta idea le hizo soltar una risita de brujo malo.
Ahora le divertía pensar todas las cosas que podían ocurrir con él porque, ciertamente, no estaba seguro de nada. Sabía que su máquina no tenía fallos, pero la naturaleza humana conservaba todavía todos sus secretos. Recordó que en infinidad de casos el hombre había reaccionado de formas insospechadas bajo el efecto de fórmulas que en los animales eran prácticamente infalibles.
Pero ya no tenía miedo. En realidad, nada le importaba. El deseo de vivir había sido sustituido por una gran curiosidad. Y la curiosidad había sido, sin ninguna duda, la tremenda fuerza que había empujado al hombre a construirse un mundo. Si lo había logrado a su gusto, era otro asunto que nada tenía que ver con la ciencia. En el cerebro de Alberto Robles, la idea de la felicidad había huido hacía mucho tiempo, como tantas otras. Incluso era posible que no hubiera existido nunca. Esta convicción le impedía comprenderse a sí mismo, ya que jamás había pedido nada a la vida. Era preciso pensar que tenía un espíritu investigador puro. Sólo así podía explicarse aquella tenacidad. El secreto de la eterna juventud había sido para él como la montaña para el alpinista.
Necesitaba estar absolutamente tranquilo. Cuando lo hubo conseguido, se inyectó la última cápsula y se tumbó sobre la plataforma. Automáticamente, la campana de cristal le dejó absolutamente aislado del mundo exterior. Entonces le envolvió un silencio sepulcral. Por un momento pensó si aquella campana sería de verdad su tumba. En cierto modo, esperaba que lo fuera; la tumba de su senectud.
Sintió dolor, un dolor agudo, inmenso, de todas y cada una de las células de su cuerpo. El proceso de rejuvenecimiento era algo así como volver a nacer... o como morir, en cierto modo.
Después su conciencia huyó hacia lo desconocido, pero sin abandonarle del todo, como sujeta por un fino hilo umbilical que la mantuviera unida al presente. El dolor desapareció, y se sintió situado entre la existencia y la nada...
* * *
Siempre había pensado que lo primero que haría al levantarse de la plataforma sería mirarse ante el espejo. Pero había olvidado poner uno en el sótano. Había, eso sí, algunas superficies brillantes, pero tenía miedo...
¡Miedo! Eso quería decir que había triunfado. Antes hubiera sido incapaz de sentir un temor tan intenso.
Tenía un miedo atroz... ¿quería decir eso que amaba a la vida? Si era así, tenía que haber despertado también todos los demás sentimientos de la juventud. Era curioso. ¿Había logrado rejuvenecer también el espíritu?
Tardó varios minutos en decidirse a colocar sus manos ante sus ojos. El corazón parecía querer saltársele del pecho. Comparado con aquel latir enloquecido, su víscera cardiaca había permanecido casi muerta durante años.
Reconoció sus propias manos, blancas, tersas, de uñas rosadas... ¡Unas manos jóvenes! Su cerebro apenas podía aceptar aquella impresión insólita de una juventud nueva. Luchaba por encontrar siquiera algunos restos de aquellos dedos retorcidos y nudosos como ramas secas.
—¡Lo he logrado! —murmuró, temblando al oír su propia voz.
Se subió las mangas de la mugrienta bata que algún tiempo atrás había sido blanca. En su antebrazo izquierdo pudo ver una cicatriz casi reciente, de unos diez centímetros de longitud, conservando aún las señales de la sutura. ¡Sí, recordaba perfectamente haberse herido al estallar una probeta sometida al calor! Era extraordinario. Aquella cicatriz le había desaparecido con el tiempo, pero ahora casi le dolía...
A ver... ¿qué edad tenía cuando le ocurrió aquello? Tal vez treinta años... Entonces, había logrado situarse en la edad prevista.
El tacto le descubrió un rostro terso, recién afeitado... ¡Era increíble! No solamente había logrado un rejuvenecimiento total y perfecto, sino que había retrocedido a un momento determinado de su pasado, con todas sus circunstancias fisiológicas... ¿Acaso había retrocedido también el tiempo? No, esto era imposible. La máquina sólo podía haber actuado sobre sus células. Lo maravilloso era que, para conseguirlo, había reconstruido un momento de su pasado. El éxito había sobrepasado todas sus predicciones.
Se incorporó de un salto. Se cayó al suelo. Su nueva agilidad casi le dominaba. Era como un niño que comenzaba a descubrir las proporciones de las cosas y las posibilidades de sus fuerzas. Volvió a subirse a la plataforma y de nuevo saltó, ahora más lejos. ¡Era un juego apasionante! Repitió el ejercicio una y otra vez, hasta que el cansancio y su propia risa amenazaron con ahogarle.
Lanzando gritos incoherentes salió del sótano y subió corriendo las escaleras, no deteniéndose hasta llegar frente al espejo del vestíbulo. La imagen que pudo contemplar era como una fotografía animada arrancada de un viejo álbum de recuerdos. ¡Era él, él mismo, con no más de treinta años!
Corrió a su cuarto y abrió la ventana. La calle apareció sumida en una neblina matinal que el sol no tardaría en disipar. Las golondrinas hendían el aire como flechas.
—¡Primavera! —exclamó Alberto casi en éxtasis—. Ni siquiera lo sabía... Julia no tardará en venir para hacerme el desayuno. Pero no debe encontrarme aquí... Ahora no soy el profesor Robles. Tendré que adoptar una nueva personalidad. Le dejaré una nota y cerraré el laboratorio. ¿Qué haré después?
No había pensado en aquellas cosas. Pero no importaba nada, aunque tuviera que volver a empezar.
Encontró en un armario un traje que no le sentaba muy bien. No recordaba cuándo se lo había puesto por última vez.
—Bueno —se dijo—, ya arreglaré esto.
Después de registrarlo todo sacó de un cajón algunas monedas y su talonario de cheques. Tenía algún dinero en el banco, pero no sería suficiente para hacer todas las cosas que se le ocurrían. Claro que no tenía prisa. Su nueva vida podía ser tan larga como quisiera.
Liquidaría la cuenta del banco. Rápidamente puso la cantidad en el cheque y firmó, procurando que sus rasgos no fueran demasiado firmes. Afortunadamente, antes jamás le había temblado el pulso. Quedó satisfecho de su garabato ininteligible, que no parecía tener nada anormal. Dejó la fecha en blanco, porque la ignoraba totalmente. No podía saber cuánto tiempo había estado allá abajo, en el sótano. Por otra parte, había vivido en su pequeño mundo particular sin distinguir siquiera los días de las noches. Sólo cuando extendía un talón a Julia, su fiel y vieja sirvienta, ella tenía que indicarle la fecha. La escribía maquinalmente y luego la olvidaba para siempre.
Bajó de nuevo al sótano, desconectó todo el sistema eléctrico de la máquina y cerró la puerta. Después dejó una nota donde Julia pudiera encontrarla, en la cual le decía que se había visto obligado a ausentarse y que no sabía cuándo regresaría.
Era suficiente. No volvería nunca; y si regresaba lo haría como nuevo propietario, después de haber hecho desaparecer el viejo profesor Robles de una muerte natural, en la selva del Amazonas, por ejemplo. Se le ocurrió que sería muy gracioso que cometiera algún error y que le culparan a él de su propio asesinato.
—El caso es que tengo que matarlo —se dijo—. O dejar simplemente las cosas como están. Esto es, que el profesor Robles desaparezca y que todo el mundo se vuelva loco buscándolo. No habrá cadáver. Ahora debo irme antes de que Julia me encuentre aquí. Quizás podría inventar una explicación, pero sería inevitable que más tarde se relacionara mi presencia en esta casa con la desaparición del profesor Robles. Afortunadamente está amaneciendo. Si hubiera encontrado aquí a Julia mi situación habría sido difícil. Pero era un riesgo que tenía que correr, aunque... aunque no lo pensé antes. Creo que fui muy descuidado... ¡Ah, viejo profesor! Eras demasiado listo para pensar en estas cosas...
Se complacía en oír su propia voz, firme y vigorosa. Hablaba y hablaba en voz alta, como si en silencio fuera incapaz de retener sus propias ideas.
Por fin decidió que todo estaba resuelto y que debía marcharse.
Cuando cerró la puerta de la casa a sus espaldas le pareció que dejaba encerrado para siempre un pasado que sólo había existido en su imaginación. Pero también experimentó una sensación inexplicable, algo así como si se hubiera encerrado a sí mismo. Y sintió pena por un pobre viejo loco y sabio, abandonado cruelmente.
Ante él, la ciudad que comenzaba a despertarse, se le abría como un anticipo de la conquista del mundo.
—El mundo y la vida son míos —exclamó—. No sé lo que haré, pero volver a vivir es algo que no ha podido hacer nadie antes que yo. Sin embargo, es dudoso que haya vivido antes.
En un momento fugaz se le ocurrió si debía aprovechar aquella nueva juventud en hacer lo mismo que había hecho en la primera. Rechazó la idea con violencia. Aquello sería el cuento de nunca acabar. Además, ya no tenía objeto. A menos que sufriera un accidente, siempre podría volver varios años atrás. Ni siquiera una enfermedad mortal sería un problema para él. Y así para siempre. ¡La inmortalidad! ¡Era inmortal! ¡Era todopoderoso! Ni siquiera podía importarle el más allá.
¿Qué podía hacer un superhombre así?
Lo primero de todo, indudablemente, parecer un hombre lo más corriente posible. Tenía que comprarse una ropa adecuada.
Cuando llegó al banco todavía estaba cerrado. Hacía años que no había caminado por las calles, bajo el sol.
No tenía prisa. Jamás tendría prisa. La prisa obligaba a los hombres a vivir aceleradamente, y consumían sus vidas corriendo detrás de las cosas más absurdas. Sintió deseos de reírse de todo el mundo. Pero en su interior debía quedar algo de humanidad, ya que experimentó de súbito una profunda pena por todo el género humano.
«Me parece que debería descubrirles mi secreto —pensó de pronto—. No tengo derecho a retenerlo sólo para mí. Los descubrimientos de la ciencia pertenecen a todos. Los sabios somos los salvadores de la humanidad... ¿O acaso los culpables de sus desgracias? Los Culpables de todo, sin duda. Pero aún no es tiempo. Lo haré cuando esté seguro. Todavía ignoro si esta juventud recuperada es transitoria o definitiva.»
Al pensar esto, un estremecimiento de terror recorrió todo su cuerpo. No había pensado antes en aquella posibilidad. Lo cierto era que, aunque había alcanzado un triunfo absoluto, habían ocurrido algunas cosas imprevistas. Una de ellas era, precisamente, la misma totalidad del éxito. Por ejemplo, se había acostado en la plataforma de la máquina con una abundante barba, y estaba ahora recién afeitado. Además, aquella cicatriz todavía roja ¿por qué había surgido? No solamente había rejuvenecido, sino que se había situado en un momento determinado de su pasado. Esto, a primera vista, acentuaba el triunfo. Pero ¿qué habría ocurrido si hubiera retrocedido, por ejemplo, al momento aquel en que había sufrido una pulmonía? ¿Habría sobrevivido esta vez? Esto le hizo pensar que debía tomar precauciones, ya que la enfermedad había sido posterior a aquella herida del brazo, si no recordaba mal. La repetición de la pulmonía sería inevitable, a no ser que antes volviera a retroceder unos años. Tendría que hacer siempre lo mismo si quería evitarla. Pero ¿por qué no había de sobrevivir de nuevo? Incluso le sería posible prevenirla con antibióticos.
Pensando en los demás: ¿qué ocurriría con la humanidad si toda ella fuera prácticamente inmortal? ¿Acaso el hombre había sido creado para la inmortalidad? ¿No sería esto un tremendo error de unas consecuencias insospechadas?
Se sintió más tranquilo, pero algo se rebullía en su fuero interno, diciéndole que sólo buscaba una excusa para satisfacer su propio egoísmo, que realmente la humanidad le traía sin cuidado.
De todas formas, era conveniente esperar un tiempo. Bajo otro punto de vista, podía ser un auténtico héroe al experimentar sobre su persona su propio descubrimiento. Esta idea le reconfortó. Los éxitos iniciales podían ser sólo aparentes y cegar la visión a irremediables consecuencias posteriores.
Se debatió entre antagónicas sensaciones de inquietud y seguridad. Claro que todo le hacía presumir que podía estar tranquilo. La vejez no era más que una enfermedad que él había logrado curar. Y ¿por qué no había de curarla cuantas veces fuera necesario?
La cabeza comenzaba a darle vueltas y decidió ahuyentar sus reflexiones. Entró en una cafetería para hacer tiempo y pidió un desayuno. Lo dejó intacto. Descubrió que ni con el más tremendo esfuerzo de voluntad podía tragar un solo bocado. No le concedió importancia, porque aquello podía ser natural. En cambio saboreó con fruición una limonada. ¡Ah, la vida estaba llena de pequeños placeres que ni siquiera había conocido antes, abstraído en su idea fija, que le había devorado siempre su capacidad para vivir! Pero ahora viviría. Ahora podía decir que la vida era auténticamente suya. Sí, tenía que disfrutar de todos los pequeños placeres... Bueno, y de los grandes también. ¿Por qué no? ¿Qué se lo impedía?
Una hora después cambió el cheque sin dificultad y se compró un traje nuevo.
Fue entonces, a media mañana, cuando comenzó a sufrir aquella sensación nueva y dolorosa: la soledad. La gente iba y venía a su alrededor, en pos de objetivos más o menos descabellados, pero que constituían una meta al fin. El no tenía ningún fin que alcanzar. El mundo tenía una dimensión sin fondo que producía vértigo, como un camino hacia el infinito. Antes también él había vivido para alcanzar un fin. Su vida había tenido un sentido, un motivo. Pero ¿y ahora? Había alcanzado todos los fines posibles.
Todo esto era estúpido. ¿Por qué no había de hacer algo? Era un científico. La humanidad dependía casi exclusivamente de los científicos. Además, a él le sería posible ir acumulando conocimientos y sabiduría a lo largo de los siglos. Podía hacer algo por sus semejantes, dedicarles nada menos que una vida eterna. Sí, este sería su camino. En sus manos estaba la solución de los mil y un problemas que aquejaban al mundo. Pero ¿se lo merecían? Bueno, no era él el indicado para juzgar a la humanidad, aunque nadie le pudiera impedir hacerlo, porque en cierto modo había dejado de ser humano.
* * *
Aunque hacía años que no fumaba, sintió la imperiosa necesidad de hacerlo. Compró un paquete de cigarrillos. El sabor del humo le pareció una de las cosas más agradables que había conocido. ¡Cielos! ¿Por qué razón habría dejado de fumar? Sí, creía recordar que fue a consecuencia de aquella pulmonía. Después, obsesionado por su idea, no había vuelto a recordarlo. Había sido un hombre extraño. Pero gracias a eso ahora podía saber que todo había valido la pena.
Durante el resto del día vagó como un fantasma por la ciudad, descubriendo cosas que jamás había sospechado que existieran: cosas sencillas, que formaban parte de la vida cotidiana de los demás. Le llamó mucho la atención el cartel de una película anunciando un mundo de horrores. Evidentemente, en la búsqueda del placer, para el hombre no había caminos imposibles.
Entre el ruido del tránsito motorizado y las luces multicolores de los anuncios de neón que comenzaban a encenderse, Alberto se mezcló con la riada humana, observando aquel mundo que para él era realmente nuevo; esperando, quizás, escapar de una creciente inquietud que comenzaba a embargarle.
Le parecía como si no formara parte de aquella humanidad, a la que observaba desde un punto «fuera de él mismo». No era la primera vez, en el transcurso de aquel extraordinario día, que se imaginaba pertenecer a otro mundo. Casi estaba seguro de ser un intruso. Dejó de preguntarse adonde iban los demás para buscar su camino propio.
Sufría una especie de embriaguez que no llegaba a ofuscarle los sentidos. Sus ojos descubrían nuevos colores, nuevas perspectivas, nuevas formas. Todo seguía igual, pero las imágenes tenían algo nuevo. Cambiaban constantemente.
Al propio tiempo que se le descubría el mundo parecía ocultarle infinidad de secretos que no existían para los demás. Pensó que aquella sería la primera impresión que recibiría un ser de otro planeta que por primera vez contemplara aquellas cosas.
—Pero yo soy de este mundo —se sorprendió diciéndose a sí mismo.
¿Qué le había hecho dudarlo? ¿Tal vez debería estar muerto?
Se sentía solo en medio de una muchedumbre. Todos le ignoraban. No tenía amigos. Solo estaba allí, «acababa de llegar». Sus semejantes, por los que había llegado a sentir compasión, poseían en realidad un paraíso que a él le era negado. Algo superior al instinto y a la razón le decía que no tenía derecho a estar allí.
¿En qué se había equivocado? ¿Por qué su triunfo se desvanecía tan pronto? ¿Quién diablos era él?
Al observar a la gente, Alberto vio como reflejadas en un espejo las imágenes de sus ideas, como si pudieran adquirir formas. Existía una fuerza que le apartaba de todos. Tal vez no hacía otra cosa que enfrentarse con su propia conciencia, pero ¿tenía efectivamente algo de qué acusarse?
La calle se envolvió en una luminosidad cambiante, siempre distinta, sí es que podía definirse así una niebla mental traslúcida.
Le asaltó como un pesar, un arrepentimiento absurdo ante algo irremediable. Fue tal vez entonces cuando en su mente comenzó a clarear un poco de verdad: que había llegado más allá de la concepción humana de lo justo, de lo bello y también de lo dantesco. Por eso no veía un fin. Con cierta amargura intensa y profunda se encontró un poco a sí mismo, se observó «desde fuera». Todo cuanto pensaba y veía eran fantasmas en el aire, una visión de su alma no tan suya ni tan perfecta como creía, sino incomparablemente más fantástica, atormentada por insatisfechos deseos, como si hubiera sido creada para otro ser que no era él. Se sintió oscilar en un vacío, hasta que su nueva posición se reafirmó con fuerza.
No era más que la imagen pretérita de sí mismo. Y a esta impresión acompañaba una idea inquietante que absorbía los restos de su resistencia: «¿Y ahora qué?» No tenía a nadie a quien decírselo. No tenía a nadie a quien le importara lo más mínimo su momento siguiente, a quien poder confesar: «He llegado al fin que perseguía. Siempre quise ser lo que soy, pero ahora no sé qué hacer.»
«Cuando nadie siente envidia, ni alegría, ni siquiera curiosidad por nuestros triunfos, se nos antoja que nuestra suerte no nos pertenece. Es preciso compartir la vida propia con los que también viven para saber que no estamos equivocados al creernos seres vivos. ¿Será porque ellos viven en realidad más auténtica e intensamente? El género humano es una unidad de destino común: la muerte. Por eso espera y cree en el más allá. Los seres vivos esperan. Vivir es esperanza. El fin es una promesa que existe dentro de cada uno de ellos. Yo estoy apartado ahora de ese fin, que también fue mío y que he perdido. Soy un simple espectador de la humanidad. Pero ¿qué importa? ¿No soy más afortunado que ellos?»
Tuvo que sostener una lucha desesperada para encontrarse de nuevo a sí mismo.
Vio pasar personajes muy extraños, seres un poco fantasmales que no encajaban en el cuadro general; seres que en aquellos estrechos espacios se movían como empujados por una inercia sin sentido, sobre un decorado anacrónico o fuera de lugar. Alberto sospechó que no era el único ser desplazado. Podía identificarse con alguien. Al menos presentía que no era el único hombre con dos vidas.
«Me siento incapaz de despertar mi propio interés por las cosas, ni siquiera ese interés morboso, en mi nueva condición humana, por la tentación, esa gran debilidad que crea fortaleza y que puede hundirme o elevarme a una mayor perfección. Ni tampoco puedo dejarme arrastrar por el instinto que guía al ser vivo hacia las sensaciones eróticas relacionadas con los conceptos humanos de la belleza, con la atracción del misterio, con el ansia de la aventura en la conquista del sexo opuesto, que nunca nos descubre nada y sigue conservando los mismos atractivos. Soy incapaz de distinguir lo bello de lo sucio, lo heroico de lo despreciable. Soy una paradoja, puesto que mi vida se sostiene sobre una forma móvil de muerte. Quisiera hundirme en la voluptuosidad que me permitiría conocer mejor la naturaleza humana. Quisiera ser un poco como ese camarero, otro poco como aquel ciego que vende lotería, un poco como todos los hombres. Quiero ver con los ojos del hombre que no ha nacido para la grandeza ni para la gloria, conquistas que enturbian la visión clara de la verdad. Todo hombre se compenetra un poco con el mundo que le rodea y, al mismo tiempo, el mundo se compenetra con él. Pero yo acabo de nacer. Todo ha existido antes que yo. Existía el Universo, la materia primaria, el Soplo que le dio forma. Sin embargo, quisiera saber si la vida comenzó con nuestro nacimiento y si acabará con nuestra muerte.»
* * *
Era ya demasiado tarde cuando Lucy reaccionó, con lento reflejo, al mandato de su cerebro un poco cargado. Las ruedas del automóvil chirriaron al patinar sobre el asfalto, yendo a detenerse al borde de la cuneta.
La muchacha saltó del coche y se arrodilló junto al cuerpo tendido bajo los faros encendidos. Ahogó un grito, mordiéndose un puño. Se trataba de un hombre joven, cuyo rostro sereno le impresionó más que el mismo accidente.
—¡Dios mío!
De pronto la muchacha recobró toda su lucidez, huyendo de su cerebro las brumas del alcohol. Jamás había pensado que pudiera ocurrirle a ella una cosa así. Realmente no había bebido tanto. Nunca lo hacía con exceso. Estaba segura de que la culpa no había sido exclusivamente suya, aunque se habría visto en un apuro muy serio si hubiera habido testigos del atropello. Aquel hombre había surgido en medio de la carretera, de frente, y hubiera podido apartarse a tiempo, aun sin correr. Ella había esperado que lo hiciera. Pero se había mantenido en el mismo lugar, caminando lentamente hacia el coche. Pero si la policía la detenía en aquel momento podían probarle que había bebido unas copas. Era algo que no se perdonaba a los conductores.
Sin saber exactamente lo que tenía que hacer, Lucy arrastró el cuerpo del hombre un par de metros. Luego se sentó agotada en la cuneta. Dejó de preocuparse por sí misma para pensar en aquel desconocido. ¡Si al menos pasara alguien, algún coche...! Pero en ambas direcciones la carretera se sumergía desierta en la profundidad de la noche. Sólo las luces lejanas de la ciudad le recordaron que no estaba sola en el mundo con aquel hombre que parecía muerto. ¿Cómo era posible que no pasara nadie? Las cosas graves siempre ocurrían de aquel modo. En fin, su chalet ya no estaba lejos. El problema consistía únicamente en meter aquel hombre en el coche. Después Dora le ayudaría.
¿Y sí realmente estaba muerto? De repente esta sospecha la sobresaltó. Apoyando su cabeza en el pecho del accidentado le pareció oír los latidos de su corazón... O quizás sólo se trataba de una ilusión. Sin embargo, no parecía tener ninguna herida sangrante. Claro que esto no quería decir nada... Era extraño, pero no estaba muy segura de haberlo tocado siquiera. Le pareció recordar que él había caído ante sus ruedas... como si hubiera querido suicidarse. ¿Por qué no elegirían los suicidas otros medios menos comprometedores para los demás?
¡Cielos! ¿Qué estaba pensando? Haciendo acopio de todas sus fuerzas incorporó al hombre por debajo de los brazos y lo arrastró de nuevo. Nunca pudo recordar cómo consiguió meterlo en el coche, en la parte trasera. Pero cuando terminó estaba casi agotada. Sin esperar a recuperar el aliento, arrancó rápidamente. El coche dio un salto al salir una de sus ruedas traseras al asfalto de la carretera. Después de recorrer unos doscientos metros volvió a detenerse frente a una verja abierta a un jardín tan descuidado que parecía una selva. El camino central que lo cruzaba terminaba en el pórtico de un chalet de estilo anodino y con la fachada tan descuidada como el propio jardín.
Lucy hizo sonar el claxon repetidamente, hasta que la planta baja de la casa se iluminó y una silueta apareció en el umbral de la puerta.
—¡Dora, ayúdame, pronto!
La sombra corrió hacia el coche. Era también una joven, rubia, vistiendo una especie de pijama de un millón de colores. Su rostro, aunque agraciado, daba la impresión de no haber sido maquillado nunca. La luz artificial le confería un tono aceitunado.
—¿Qué sucede? ¿Por qué...?
Lucy no la dejó terminar.
—He atropellado a un hombre.
—¿Qué?
Entre ambas mujeres sacaron del coche el cuerpo del accidentado y lo metieron en la casa, tumbándolo sobre un sofá.
—Voy a llamar al médico —dijo Dora, saliendo de la sala.
Cuando regresó encontró a Lucy contemplando al hombre como hipnotizada.
—¿Cómo ha ocurrido?
—Aún no lo sé. Casi sospecho que se arrojó bajo las ruedas. Pero podría asegurar no haberlo tocado. No tiene ninguna herida. Y su rostro... no tiene la expresión del hombre desesperado, o del miedo.
—Tal vez sufrió un desvanecimiento en medio de la carretera...
—Sí, eso debió ser... ¿Has llamado al doctor?
—Por suerte aquí cerca vive uno. No tardará.
En efecto, un par de minutos después sonó el timbre de la puerta.
El doctor, vestido sólo con un pantalón, y conservando la chaqueta del pijama, siguió a Dora, que acudió a abrir, hasta donde reposaba el hombre.
Después de un concienzudo reconocimiento se volvió hacia las expectantes muchachas.
—No se preocupen, no tiene nada grave.
Lucy suspiró ruidosamente.
—Sólo sufre unas pequeñas contusiones y, al parecer, una conmoción cerebral. Se recuperará pronto. Le dolerá la cabeza, pero bastará con un calmante. ¿Es pariente suyo?
—No lo conocemos.
Alberto recobró el conocimiento con un gemido. Sus ojos se abrieron lentamente, mirando uno tras otro los rostros de los tres desconocidos, deteniéndose fijamente en el de Lucy, como si adivinara que ella era la culpable de lo que le había ocurrido. Lucy se movió con inquietud.
—¿Se encuentra bien? —preguntó la muchacha, con una mezcla de curiosidad, alegría y temor.
El doctor obligó a Alberto a tomar una tableta de calmante con agua. Después repitió la pregunta de Lucy.
—Estoy bien —respondió Alberto, incorporándose dolorosamente—. Me parece que no tengo nada roto... ¿Qué me ocurrió? ¿Quiénes son ustedes?
—Se metió debajo de las ruedas de mi coche —se apresuró a explicar Lucy—. Me dio un susto mortal. ¿Es que quería... quería...?
—¿Suicidarme? —la ayudó Alberto sorprendido—. No, no quise hacer eso. Pero no recuerdo... Creo que me perdí. Doctor ¿puede uno andar en sueños?
—Pues... sí, algunas veces. Aunque el sonámbulo recuerda en seguida. Y generalmente no despierta bajo las ruedas de un automóvil.
—Debió ocurrirme eso.
—¿Cómo se llama? —quiso saber Lucy.
Alberto dio su nombre verdadero. Ni siquiera había pensado en uno nuevo. Cuando se dio cuenta, era ya tarde para arrepentirse. Pero ninguno de los tres demostró sorpresa. Al fin y al cabo, su nombre no tenía nada de extraño. Y, probablemente, ni siquiera habían oído hablar del extraño profesor Alberto Robles.
—¿De veras no recuerda lo que estaba haciendo en la carretera?
—Deberías dejarle descansar —intervino Dora.
—Estoy mejor, gracias.
—Buenas noches —se despidió el doctor—. Celebro que mi presencia aquí no sea ya necesaria. Si ocurre algo nuevo, no dejen de llamarme.
—Espere... —le detuvo Alberto.
El doctor se volvió desde la puerta.
—Nada —añadió Alberto tras una corta vacilación—. Me parecía tener una idea. Pero la he olvidado.
El doctor saludó con una inclinación de cabeza y se fue.
—¿Le apetece tomar algo? —ofreció Dora—. ¿Una taza de café?
Y, sin esperar respuesta, la joven se encaminó a la cocina.
Alberto comenzó a sentirse algo nervioso frente a la penetrante mirada de Lucy. Aquellos ojos... Tal vez estuvieran más brillantes que de costumbre. Era una encantadora muchacha, aunque no precisamente de una belleza ingenua. Todavía no parecía haberse repuesto del susto. Lamentó haber sido la causa de su sobresalto. Pero ya había pasado todo. Sí, ya había pasado, pero ¿cómo?
—No acostumbro a caminar en sueños —aclaró Alberto—. No comprendo lo que me ha pasado. Siento haberla asustado, señorita...
—Lucía. Pero mis amigos me llaman Lucy.
—Apuesto a que tiene muchos.
Ella asintió con un expresivo gesto.
—¿Vive aquí?
—Sí, con mi amiga Dora. Ella es artista ¿sabe? Pintora abstracta. Pinta cosas espantosas, pero es una excelente muchacha. Esta noche se ha quedado trabajando en uno de sus cuadros. A mí me aburren las cosas que no entiendo, así que me marché a una fiesta con mis amigos. Cuando volvía le encontré a usted.
—Y usted ¿qué hace?
—Soy modelo de alta costura. Cuando vine a Madrid...
Dora entró con el café, haciendo enmudecer bruscamente a Lucy.
—Por favor, Lucy, nuestro amigo no está en condiciones de oír el relato de tu vida. —Dejó la bandeja sobre una mesa que no levantaba un palmo del suelo y, después de llenar las tazas, añadió—: Le gusta contar cómo llegó a situarse, consiguiendo salir de los suburbios... ¿Azúcar?
—Dos terrones, gracias.
Alberto se buscó en los bolsillos.
—Debo haber perdido el tabaco.
Lucy ofreció sus cigarrillos, pero Alberto decidió de pronto que debía marcharse.
—No quiero molestarles más —dijo, levantándose.
—¡Oh, pero si estamos encantadas! —protestó Lucy con sinceridad—. No se ha tomado el café. Y es temprano. Sólo las tres...
—Las tres... —repitió Alberto como en sueños. Había olvidado por completo lo que había hecho durante la tarde anterior y la noche. ¡Ocho o diez horas en blanco! ¿Era posible que las hubiera pasado vagando por las calles?
—¿Volverá a vernos? —preguntó Dora.
—Por supuesto. Y tendré mucho gusto en ver sus cuadros.
—No es preciso que lleve su gentileza tan lejos— sonrió la artista.
—Le aseguro que el arte abstracto no tiene secretos para mí.
—¿De veras? Pues tiene que revelarme algunos.
—Adiós... Y gracias de nuevo.
—¿No prefiere que le lleve a su casa? —preguntó Lucy.
—No. Gracias. Me encuentro bien. Buenas noches.
Alberto emprendió la marcha carretera adelante sin volver la vista, a pesar de que sabía que al menos un par de ojos brillantes seguían su silueta a través de la oscuridad.
* * *
Alberto se sentía feliz. Aquellas primeras horas de angustia no habían sido más que la reacción natural de un estado insólito, al que había tenido que adaptarse sin transiciones. La experiencia del pasado, sin embargo, le había ayudado al fin. Debía enterrar bajo la losa del olvido toda aquella serie de años «que no podían haber existido».
Sin embargo, aquel encuentro con las dos muchachas le debía servir de aviso. No era auténticamente inmortal. Allí, en medio de la carretera, podía haberse truncado su triunfo recién alcanzado bajo las ruedas del coche de Lucy. El hecho de que no se hubiera dado cuenta de nada le obligaba a pensar que en cualquier momento podía repetirse el accidente, y que no siempre tendría la misma suerte. Los demás sólo podían perder una vida. El podía perder una infinidad de ellas.
Lucy le había producido una profunda impresión. No recordaba haber dedicado nunca algún tiempo al amor. ¡Ahora podría desquitarse! Podría amar un millón de veces a un millón de mujeres distintas. Se prometió volver a ver a Lucy.
Acariciando esta idea llegó al centro de la ciudad cuando comenzaba a clarear el día. Era curioso, no había dormido, y sin embargo no se sentía cansado. Tampoco recordaba haber comido nada durante el día anterior. ¿Cómo podía resistirlo?
Algo le estaba ocurriendo...
No advirtió siquiera adonde le llevaban sus pasos hasta que se encontró frente a su propia casa. No sabía qué había ido a buscar allí.
—Sigo caminando como un fantasma —murmuró inquieto.
La puerta estaba cerrada. Julia habría encontrado ya la nota, y seguramente no volvería hasta pasados unos días. Decidió entrar. Lo hizo sigilosamente, como pudiera hacerlo un ladrón, mirando a ambos lados de la calle antes de abrir la puerta, para asegurarse de que no le veía nadie.
Al mirarse de nuevo en el espejo, descubrió que tenía un magnífico aspecto.
—Bien, no hay novedad se dijo satisfecho.
Se dirigió a la cocina. En la nevera había un par de botellas de leche. Se sirvió un vaso que no pudo terminar.
Después bajó al sótano, única estancia de la casa de la cual la sirvienta no conservaba la llave. Allí no podría encontrarle aunque volviera, lo que sin duda haría de cuando en cuando para mantener la casa limpia.
De momento le era imposible ir a un hotel, ya que carecía de documentación, y la del profesor Robles evidentemente no le serviría. Pero ya encontraría la forma de arreglarlo. Además, pronto tendría que ganar algún dinero. El que tenía le duraría apenas un año. Había gastado en sus investigaciones toda una fortuna. No podía lamentarlo, pero aquel era también uno de los pequeños detalles que no había tenido en cuenta.
Aunque con trabajo, consiguió acomodarse en el suelo para descansar. Afortunadamente no hacía frío. Durante el invierno le sería imposible permanecer allí, a menos que se procurara siquiera una manta eléctrica. Tenía tiempo de solucionarlo. El invierno estaba muy lejos.
Con todos estos pequeños problemas domésticos bailando en su imaginación, el sueño le venció.
Le despertó muchas horas después un ruido en el piso de arriba. Reconoció los pasos de Julia. Permaneció quieto hasta que oyó a la sirvienta cerrar la puerta de la calle.
—Se ha ido —murmuró Alberto—. Es capaz de seguir viniendo todos los días como antes. No se me ocurrió dejarle dinero.
Alberto se preguntó cuánto tiempo aguardaría Julia para avisar a la policía. Tenía que buscar el medio de mandarle una postal de vez en cuando, desde cualquier parte, para mantenerla tranquila. Debía haberle extrañado mucho la súbita partida del profesor, que durante tantos años apenas había salido de la casa.
La luz del atardecer que entraba por el ventanillo de barrotes apenas conseguía iluminar las partes altas del sótano. El polvo de los cristales matizaba la escasa luz, tiñéndola de gris.
Alberto subió al cuarto de aseo, se afeitó y salió de nuevo a la calle, asegurándose de que no le veía nadie. Por suerte aquel era un barrio poco poblado. Al doblar la esquina se cruzó con Julia. El corazón le dio un vuelco, pero la vieja sirvienta le miró con una indiferencia glacial.
A Alberto le asaltaron ganas de reírse. En cierto modo era algo así como el hombre invisible: un ser que sólo existía para sí mismo.
Después de una corta vacilación, tomó un taxi. Durante todo el tiempo había estado acariciando la idea de volver a ver a Lucy. No recordaba su dirección, pero tenía una idea aproximada del barrio en que se encontraba la casa. Después de guiar al taxista durante más de una hora por innumerables laberintos de calles, consiguió dar con ella.
Le recibió Dora, que le obsequió con la mejor de sus sonrisas.
—Me alegro mucho de verle, Alberto. ¿Cómo está usted?
—Perfectamente, gracias. ¿Puedo entrar?
—Claro.
Dora llevaba puesta su bata de trabajo, extrañamente limpia. Parecía una investigadora de laboratorio en vez de una pintora. Alberto lo aceptó como natural, precisamente por no estar acostumbrado a que las mujeres le dieran sorpresas.
Dora siguió trabajando en un lienzo de grandes dimensiones, mientras Alberto, tras ella, contemplaba el cuadro tratando de encontrar algo coherente en aquella mezcla aparentemente anárquica de colores.
—Ayer nos dio un buen susto —dijo la muchacha, poniendo una mancha ocre dentro de una figura geométrica azul.
—Lo siento, aunque celebro haber tenido la oportunidad de conocerlas.
Dora rehusó un cigarrillo.
—Cuando pinto no tengo tiempo de fumar —explicó.
Para cualquier otra persona, esto habría sido motivo de una nueva sorpresa. Pero Alberto lo admitió sin dificultad.
—Usted busca a Lucy ¿verdad? —añadió de pronto Dora, sin apartar la atención de su obra pictórica. Esta vez sí se sorprendió Alberto.
—¿Cómo lo sabe?
—Es fácil. Está deseando preguntarme por ella desde que llegó... ¡Oh, perdóneme! —exclamó la muchacha, dejando la paleta y los pinceles—. Ni siquiera le he ofrecido una copa. Cuando trabajo no me doy cuenta de nada.
Llenó un par de copas y ofreció una a Alberto.
—Creo que he venido a importunarla —creyó necesario excusarse él.
—No lo crea. En realidad, a veces necesito que alguien venga a arrancarme de mi abstracción. Pero no suelen hacerlo muchas personas, excepto aquellas que vienen a buscar a Lucy, como usted.
—¿No tiene amigos?
—Supongo que podría tenerlos si quisiera. Pero yo vivo de otra forma ¿comprende?
—No —confesó Alberto.
—Quiero decir que para Lucy la diversión es tan importante como el trabajo. A veces pienso que en realidad sólo trabaja para poder vivir a su modo. Puede ser la consecuencia de una infancia en la que ningún deseo pudo ser satisfecho. Además, hay que reconocer que Lucy es atractiva.
—¿Son... son siempre hombres los que vienen a buscarla? —preguntó Alberto con candidez, después de pensarlo un rato.
Dora soltó una carcajada.
—Es usted un hombre extraño, querido amigo —comentó—. Perdone que me haya reído. No he podido evitarlo. En realidad creo que usted es una persona para tomarla muy en serio.
Después de un silencio, que Alberto hubiera dado media vida por romper, Dora añadió:
—Tenía la esperanza de que lo que dijo ayer fuera verdad.
Alberto la miró sin comprender.
—Usted no entiende una palabra de pintura abstracta —siguió Dora. A Alberto se le antojó que le hacía una grave acusación—. En todo caso, busca en ella imágenes, representaciones y argumentos... Es decir, si es que la pintura en general le interesa un poco.
—Claro que sí —se apresuró a decir Alberto, sin conseguir dar convicción a sus palabras.
—Si no tuviera la imaginación ocupada en otra cosa, trataría de explicárselo. Ahora no podría entenderlo.
Alberto encendió otro cigarrillo.
—¿Por qué no me lo pregunta? —dijo ella de pronto.
—¿No le pregunto qué?
—Dónde puede encontrar a Lucy.
—Está bien, dígamelo.
—Si va al «Gallo Rojo» podrá encontrarla. Espero que a ella no le importe demasiado que se lo haya dicho.
—¿Por qué tendría que importarle?
—No me haga caso. Le gustará verle de nuevo. —Y por primera vez la expresión de Dora se hizo más sincera—. Vaya a buscarla, Alberto. Espero que Lucy sea capaz de enamorarse, como toda hija de Eva. Sería bueno para ella.
Alberto ya sabía lo que quería. Y se despidió apresuradamente mientras Dora le volvía la espalda para enfrascarse de nuevo en su pintura.
Al salir a la calle tuvo la impresión de que no había sido muy cortés con Dora. ¿Pero cómo había que tratar a una chica tan extraña? Evidentemente tenía que aprender muchas cosas sobre la convivencia humana si quería ser feliz. En realidad, tenía que aprender a vivir. Era una situación chusca para quien había logrado vivir dos veces. Ahora tenía la oportunidad de inmunizarse contra las amarguras. ¿Por qué, pues, aquella indecisión ante la realidad, por muy extraña que fuera?
Tardó algún tiempo en encontrar un taxi, y se hizo conducir al «Gallo Rojo».
* * *
La atmósfera estaba saturada de humo. Una luz, muy tenue, de tonalidades rojizas, era insuficiente para atravesar aquella atmósfera artificial, a pesar de las reducidas dimensiones de la «boite». Los instrumentos electrónicos de la orquesta gemían compases cacofónicos, a cuyo ritmo algunas parejas agitaban sus cuerpos sin despegar los pies del suelo.
Hacía calor. Un calor sofocante con aromas de «whisky», humedad y ladrillos blandos, entre cuyos huecos, sin duda, las arañas tejían redes inútiles. Habían aprendido la filosofía de unos hombres inútiles también.
En uno de los rincones más tenebrosos había un grupo de varios hombres y mujeres que podían ser jóvenes bajo la luz del día. Pero allí el tiempo no tenía sentido. Se detenía en la puerta a cambio de una máscara fantástica de luz roja indirecta.
Lucy se subió los tirantes de su vestido plateado y apoyó la cabeza sobre el hombro de su compañero.
—Eres un loco, un loco divertido, Ramón. ¿Qué harás mañana?
Ramón dejó su vaso sobre la mesa y por un momento se sorprendió de que aquel mañana existiera. Pero era sólo una broma que le gastaba el «whisky».
—Escribiré otro libro. Tardaré otro año en terminarlo y luego volveré a gastarme el anticipo del editor en una noche.
—Si la posteridad habla de ti —dijo otro del grupo, materialmente aplastado entre dos cuerpos femeninos— no será sólo por lo que escribes. De todas formas serás inmortal. Y tus amigos te habrán ayudado a serlo.
—¿Te burlas?
—¡Claro! ¿Quién puede hablar en serio de la inmortalidad?
—¡Por mis amigos! —brindó Ramón. Parecía hacer una invocación a la niebla—. Quiero que sepáis una cosa: no me importa vivir en la miseria si soy millonario una vez al año.
—¡Muy bien! —aplaudieron todos.
—¡Dios! ¿Por qué malgasto mi cerebro?
Fue como un arranque de lucidez, pero todos rieron como si Ramón acabara de contar un chiste. Era humorístico pensar que incluso Ramón tuviera cerebro. Claro que ninguno de ellos había leído uno solo de sus libros. Pero Ramón no les guardaba rencor por eso.
Lo curioso era que Ramón sabía que era un imbécil, y esta idea le mordería por dentro cuando al día siguiente se registrara los bolsillos.
«Bueno, de momento la noche continúa», dijo para sí. A continuación se levantó y obligó a Lucy a hacer lo mismo.
—Ahora quisiera que termináramos la noche juntos y solos —le dijo al oído—. Estoy cansado de estos pelmazos.
—¿Nos deja el gran escritor? —gimió otra de las chicas.
—¡Los placeres de los dioses no pueden agotarse en este antro!
Ramón dejó un puñado de billetes sobre la mesa y se alejó abrazando a Lucy, mientras exclamaba:
—¡Hasta el año próximo... si los dioses dejan algo de mí!
Al pie de la angosta escalera de caracol la pareja se detuvo. Un hombre se interpuso entre los dos.
—¡Alberto! —exclamó Lucy, agradablemente sorprendida.
—¡Hola!, Lucy. —saludó Alberto—. Dora me dijo que podía encontrarla aquí.
—¿Ha venido a buscarme?
—¿Quién es este? —preguntó Ramón, sin disimular su contrariedad.
—Un buen amigo... Alberto Robles. Ayer estuve a punto de matarlo.
—¿Ah, sí?
—Fue un accidente.
Sin duda aquel individuo lamentaba que Lucy no le hubiera matado de verdad. Alberto sintió una irresistible antipatía hacia él. Le hubiera gustado arrancar a Lucy de su brazo violentamente, pero de nuevo se encontraba indeciso ante una situación para él nueva. Se sintió desvalido como un niño extraviado al que fuera preciso llevar de la mano por el mundo.
—Bien, me voy —fue lo único que se le ocurrió decir.
—¡Espere! —le detuvo Lucy—. ¿Quiere llevarme a casa?
Alberto miró a Ramón.
—Bueno, no tiene que pedirle permiso —explicó la chica.
—No es eso lo que hago —replicó Alberto.
—Tampoco es preciso un desafío. A Ramón no le importa. Y si le importa, peor para él. Sólo dedica a sus amigos un día al año.
Se colgó del brazo de Alberto y casi lo arrastró escaleras arriba. Alberto pensó que la escalera del infierno debía ser como aquella.
Al salir a la calle, ambos se sintieron mejor. Aunque Alberto había vivido siempre como un topo, descubrió que los espacios cerrados le asfixiaban. Se preguntó cómo podían ser felices las personas en aquellos hoyos, qué era lo que allí buscaban. Lucy tal vez podría decírselo, pero no se lo preguntó. Aquello, como tantas otras cosas, debía descubrirlas por sí mismo.
—Tengo cerca el coche —dijo Lucy.
—No. La noche es agradable. Demos un paseo por el parque.
—¿Ahora?
¡Cielos! ¿Era aquello tan extraño?
Lucy apoyó la cabeza en su hombro, apretando su brazo.
—Bueno —dijo—. Me gusta.
Pasearon en silencio. Casi habían recorrido todo el paseo central cuando Alberto soltó la pregunta que bailaba en su cerebro.
—¿Le gusta de verdad reunirse con esas personas, Lucy?
—¿Se refiere a todas o a Ramón concretamente?
—A todas.
—Nunca lo había pensado. Son esas cosas que se toman como son sin preguntarse por qué.
—¿Y eso la hace feliz?
—Claro que no. Pero vivo. Vivir es importante.
—Sí, lo es... ¿Qué haría si le fuera posible vivir de nuevo, Lucy?
—Supongo que lo mismo.
—¿No se le ocurre otra cosa? —exclamó Alberto decepcionado.
—¿A qué conduce pensar en imposibles?
—Pero yo no le hablo de imposibles...
Lucy soltó su brazo y se apoyó en la barandilla que bordeaba el estanque de aguas negras, sobre las que se repetían los parpadeos de las estrellas.
El silencio parecía infinito. Casi era preciso hacer un esfuerzo para imaginarse la selva de cemento y asfalto, que no dormía nunca, rodeando aquella naturaleza inmóvil, que los hombres despreciaban.
—¡Qué extraño es usted! —murmuró Lucy sin apartar sus ojos del agua.
—Es la segunda vez que me lo dicen esta noche. Sí, soy extraño. Mucho más de lo que se imagina. Pero en todos los hombres hay algo que los diferencia de los otros. Yo... a mí me parece que, a pesar de todo, no me había perdido nada.
Lucy no le comprendió, pero tampoco le prestaba gran atención. Sus pensamientos se iban hacia las profundidades del agua, ahogándose en ellas.
—Debe haber algo que merezca el esfuerzo de vivir —pensó Alberto en voz alta.
—Pero, querido amigo... ¿es usted un filósofo?
Alberto estaba seguro de que la muchacha se burlaba de él. Hablaban de cosas distintas en idiomas distintos.
Alberto la estrechó entre sus brazos y la besó. Era la primera vez que besaba a una muchacha, pero no lo hizo como experimento, sino obedeciendo a un imperioso deseo. La reacción de ella se le antojó insólita: le correspondió con calor.
—Lucy —murmuró él, apartándola para mirarla a los ojos, donde brillaban un par de estrellas... o tal vez fuera la misma—. ¿Crees que yo soy diferente a los demás?
La muchacha se apartó de él con violencia y volvió los ojos al estanque.
—Estás en un error si crees que ando besando a todos los hombres que me invitan a dar un paseo —dijo.
—No quise decir eso.
—La verdad es que no suelen invitarme sólo a pasear. Quizás por eso me gustas.
Por primera vez Alberto comprendió que había encontrado un motivo para vivir, el único y verdadero motivo. Podía haberlo comprendido antes, y se habría ahorrado años de esfuerzo. Pero no se arrepentía.
Rodeando con el brazo los hombros de Lucy, reanudaron el paseo.
De pronto se detuvo. En su antebrazo había sentido algo parecido a una fuerte mordedura.
—¿Qué te ocurre, Alberto?
Sin responder, Alberto se levantó la manga y en su antebrazo apareció una mancha oscura.
—Me he cortado... —murmuró.
Lucy observó la herida. La sangre brotaba en abundancia.
—¿Cómo has podido hacerte eso?
—No lo sé.
Lucy buscó un pañuelo y lo ató con fuerza por encima del codo. Después introdujo por debajo del nudo una rama e hizo un torniquete.
—Vamos a la casa de socorro.
—No, no es nada.
—Pues parece una herida tremenda... No comprendo todavía cómo ha podido ocurrir. ¿Te sientes mejor?
—Sí, estoy bien.
—Alberto, casi podría sospecharse que tengo un maleficio sobre ti.
—No lo dirás en serio... Te aseguro que no es nada. Me corté esta tarde —mintió Alberto, mientras su cerebro buscaba una explicación—. La herida se debe haber abierto, pero no es grave.
Incluso en la oscuridad de la noche sin luna, Lucy pudo adivinar en el rostro de Alberto una intensa palidez.
—Vamos a casa. Si tú vives más cerca...
—No, vivo muy lejos. ¿Quieres olvidarlo? Estamos exagerando las cosas.
—De todas formas me siento un poco cansada.
Cuando llegaron al chalet las luces estaban apagadas.
—Dora se ha acostado —dijo Lucy entrando delante y encendiendo una lámpara—. Bien, ahora veamos eso. Iré a buscar un desinfectante y vendas.
Cuando Lucy regresó encontró a Alberto sentado en el sofá, observando su brazo... donde no había la más leve señal.
—Pero, ¡si no tienes nada! —exclamó la muchacha, sin creer en lo que veían sus propios ojos...—. ¡Alberto! ¿Estás seguro de que te cortaste esta tarde?
La palidez en Alberto parecía colocarle al borde del desvanecimiento. Sin embargo se incorporó y se puso la chaqueta a toda prisa.
—Debo marcharme ahora —dijo—. Mañana... mañana nos veremos.
—Espera un poco... ¿Qué te ocurre? ¿No quieres decírmelo?
La súplica de Lucy era casi patética. Un presentimiento inexplicable le decía que si dejaba marcharse a Alberto no volvería a verlo nunca más. Era absurdo. No había nada en qué fundar sus temores. Pero lo inexplicable la sumía en el miedo.
—Te esperaré mañana —dijo.
Sin responder Alberto salió a toda prisa de la casa. Casi corría por la carretera, mientras sus ideas comenzaban a girar en torbellino.
—No es posible, no es posible que ocurra esto —jadeaba en voz alta, buscando respuestas en la nada que le envolvía como nunca—. Debe haber otra explicación... ¡Ahora no, ahora no, Dios mío!
Pero a pesar de sus esfuerzos no conseguía hallar otra explicación que la verdad evidente: ¡el proceso de rejuvenecimiento no se había detenido! Vivía hacia atrás, retrocediendo en su tiempo biológico, repitiéndose a la inversa todas las etapas de su juventud anterior. Tenía que detener aquel proceso inverso. De alguna forma podría hacerlo... antes de que fuera demasiado tarde. Su mismo cerebro retrocedía también hacia una nueva infancia... ¿Tendría aquel tiempo interior la misma duración o se precipitaría rápidamente hacia los comienzos de la vida, hacia aquella nueva forma de morir? No era lo más grave su progresivo rejuvenecimiento, sino la sospecha de que sus conocimientos sobre la química de la célula viva se desvanecerían al mismo tiempo, hasta llegar al momento en que incluso el significado de las letras fuera desapareciendo para convertirse en símbolos indescifrables. Tenía que darse prisa, mucha prisa... A los treinta años se le había considerado ya un genio de la Biología, pero la experiencia acumulada después había desaparecido con su transformación. No podía saber en qué se había equivocado, pero tenía que descubrirlo.
—¡Lucy, Lucy!
Aquel nombre y la imagen de la muchacha se debatían en su tremendo drama.
Llegó desfallecido a la puerta de su casa. Corrió al sótano y allí se concedió unos minutos de descanso. Después procuró pensar serenamente. Debía controlarse, pues de lo contrario estaba perdido.
A su alrededor, la poderosa máquina parecía burlarse de él, mostrándole los secretos de su tremendo poder, muchos de los cuales ya no tenían significado.
Pero él la había construido.
—¡No podrás conmigo! —casi rugió.
Pero, ¿por dónde empezar?
En su desesperación, el llanto acudió a sus ojos y a su garganta con una fuerza incontenible.
* * *
Cuando un año después los funcionarios del juzgado derribaron la puerta del sótano de la casa del desaparecido profesor Alberto Robles, encontraron, entre todos los destrozados instrumentos del laboratorio, un misterio inexplicable: el esqueleto de un niño recién nacido.
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