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francisco valverde torné

mundos deshabitados (es)

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Los cuatro miembros de la primera expedición humana a Marte aguardaban estoicos a recibir las últimas instrucciones. La proximidad del viaje no les había alterado en absoluto. Eran, tanto física, como mentalmente, perfectos.
Permanecían en silencio desde hacía quince minutos. En realidad habían intercambiado tantas ideas durante el largo período de instrucción y entrenamiento que se sentían desnudos de secretos. ¿De qué podían hablar cuatro hombres que en pocas horas serían lanzados al espacio, hacia el más enigmático planeta del sistema?
No, no era lo mismo esto que estar esperando el tren de San Francisco. Aquí se sabía todo, y lo que no se sabía era porque tenían que averiguarlo ellos mismos.
Dick, el capitán de la nave, observaba al doctor Torres, que pintaba algo aparentemente sin sentido en el encerado. Kapps, el experto en comunicaciones, comía pipas de girasol, produciendo un ruido atronador con su bolsa de celofán. Y Tamiroff, el técnico en motores, contemplaba el paisaje a través de la ventana: un paisaje de alambradas, edificios prefabricados, torres metálicas de lanzamiento y de matorrales eternamente moribundos bajo la luz implacable del sol del desierto.
El dibujo del doctor Torres, en cambio, comenzaba a tomar el aspecto de un panorama invernal, cubierto de extraña nieve negra. Al menos esto creyó adivinar Dick cuando vio que el artista rompía la tiza a la mitad de una línea y se sacudía las manos en el pantalón.
—Primero moscas, luego ratones, después monos... y ahora nosotros —comentó Torres, rompiendo por fin el silencio.
—Por favor, Torres, eso ya lo sabemos —protestó Kapps con acento aburrido.
—¿Por qué no terminas el paisaje? —sugirió Dick—. Empezaba a interesarme.
—¡Qué falta de imaginación! —exclamó Torres—. Esto es una célula intestinal de ratón. Una célula igual a la que vi después que el animalito regresaba de Marte... muerto, claro. Congelado. Algo no funcionó bien.
—No podíamos pedir a los ratones que arreglaran el regulador de temperatura. ¿Te inquieta algo, Torres?
El médico no respondió a la pregunta de Dick. Se dirigió a la ventana, compartiendo con Tamiroff el interés contemplativo que parecía absorber a éste. Pero ambos se volvieron al oír la puerta.
—Buenos días —saludó jovialmente el general Clark.
—Buenos días —respondieron los astronautas.
El general dejó sobre la mesa del estrado un gran rollo de papel que traía bajo el brazo, dio un respiro a su calva abanicándose con la gorra e hizo un comentario sobre el mal funcionamiento del sistema de aire acondicionado.
—Debe ser algo superior a nuestras fuerzas —murmuró Torres.
El general hizo caso omiso de la interrupción y añadió:
—No he podido resistir la tentación de tener un último cambio de impresiones con los primeros hombres que irán a Marte. Me gustaría soltarles un discurso, pero esto es algo que ni ustedes mismos serían capaces de resistir. A pesar de la seriedad que veo en sus rostros, imagino que están emocionados.
Tal vez lo descubrieron en aquel momento, pero lo cierto es que los cuatro astronautas comprendieron que era verdad. Pero sólo Torres lo confesó.
—Hay motivos para estarlo.
De pronto dejó de oírse el paquete de celofán, que Kapps arrojó al suelo hecho una pelota.
El general dejó de abanicarse con la gorra.
—Les envidio a ustedes —dijo—, no por la extraordinaria importancia de la misión que se les ha encomendado, sino porque ella les permitirá conocer pronto al misterioso Marte... y podrán comprobar si está habitado. ¿Les parezco un romántico?
—Sí —afirmó Dick, sorprendido—. Y Torres también lo es.
—Entre tanta ciencia y tanta técnica —alegó éste—, ¿acaso no tenemos derecho a llevar algo de nosotros mismos?
—Sí, ya lo sabemos: no somos ratones. Creo que tienes razón.
Torres no pudo averiguar hasta qué punto Dick era sincero. Pero esto le demostró que en realidad todos ellos eran unos desconocidos. El descubrimiento le elevó el espíritu. Mientras un hombre guardara algún misterio, seguiría siendo humano.
Se sorprendió pensando en robots disparatados, que tenían nervios y circuitos electrónicos al mismo tiempo, Y casi sin poderlo evitar, cambió en voz alta el rumbo de sus pensamientos.
—A pesar de lo que hemos investigado, yo tengo mis dudas.
—¿Qué quiere decir, Torres? —preguntó el general.
—Afirmar que estamos solos en el Universo me parece digno de una mentalidad de ostra.
—-Nadie ha afirmado tal cosa —intervino Tamiroff.
—¡Oh!, es igual. Todos tenemos derecho a expresar nuestras opiniones, aunque sólo sean eso. Mi general, temo que le estamos decepcionando. Lo que hay dentro de nosotros en estos momentos no tiene nada de grandioso. Lo que tenemos que hacer es demasiado importante para que nos permita pensar en nosotros mismos. Ni siquiera creo que pensemos en algo tan fundamental como el futuro de la humanidad, que en cierto modo depende de nosotros. Por mi parte, si regresamos de allí, creo que sólo se me podrá ocurrir exclamar: ¡eureka!, o algo así. Se nos pide sólo acción. Las palabras serán para otros. Creo que por eso somos tan absolutamente sanos. No pensamos demasiado. Por fuerza hemos de parecernos bastante a los ratones.
El general se sintió perplejo. Dejó la gorra sobre la mesa y prefirió ignorar las divagaciones de Torres. Pero dijo:
—Espero que ahora se sienta mejor.
—Estoy bien.
—Bueno, en realidad me gustaría más el tema de los marcianos. Yo...
—¿Supone que existen? —le interrumpió Dick.
—Sería arriesgado sostener opiniones en vísperas de aclarar esta incógnita —se evadió el general—. De cualquier modo estoy seguro de que recibirán grandes sorpresas. Esta es una empresa esencialmente científica, de tal importancia que ha sido necesario emprenderla contando con la común colaboración de todos los pueblos de la Tierra. No es una empresa de un país, o de un grupo de países, sino de toda la humanidad. Creo que esto ha hecho que todos los habitantes del planeta nos sintamos más unidos, y ya es un éxito. Esta vez no se trata simplemente de traer un puñado de polvo, como hicieron los primeros astronautas que pisaron la Luna.
Aquello comenzaba a tomar el cariz de aquel discurso a que el general había aludido. Dick había oído ya demasiadas palabras para prestar atención, pero en parte obligado por la disciplina militar, y en parte por la cortesía, trató de encontrar en su mente unas frases de aprobación.
Tamiroff le ahorró el trabajo.
—Hemos aprendido a amar a la ciencia, y por eso confiamos en ella. En contra de lo que suponían los pesimistas, el progreso nos ha unido. Tengo confianza en lo que hacemos. Por mi parte, conozco tan perfectamente la nave como Dick puede conocer los tipos de aviones supertérmicos en los que tanto ha volado. Estoy seguro de que en nuestro Earth-Mars estaremos protegidos contra todo.
—Sólo que el hombre no se aventuró nunca tan lejos —objetó Torres.
—En este caso —replicó Dick —las distancias carecen de importancia.
—Yo sólo pienso en lo que encontraremos allí.
—No creo que tengamos que afrontar muchos más peligros de los que ya sabemos que existen en el espacio exterior: rayos cósmicos, polvo estelar, meteoritos... ¿O es que estás asustado?
—No lo sé —confesó Torres—. Siempre hay que pensar en lo imprevisto... en lo desconocido.
—¿Los marcianos, por ejemplo? —preguntó el general muy serio.
—Es posible que, como suponemos, Marte esté deshabitado —agregó Torres—. Pero lo que menos importa es lo que nosotros creamos. Yo pienso que la vida no tiene por qué ser un privilegio de la Tierra. Es una cuestión de convencimiento interior, sólo eso.
—Según usted, la vida es un motivo, no una circunstancia.
—Exactamente, general.
—Seamos objetivos. Es posible que todo esto empezara con sueños científicos, o poéticos si quiere, pero ahora sólo debe importarnos lo tangible. Saben con certeza adonde van, lo que les da cierta ventaja con respecto a Colón, además de otros. Incluso tienen una idea de lo que puede ser el mundo nuevo que van a descubrir. Pero en cierto modo tendrán que sentirse transportados a extrañas regiones cósmicas donde el hombre sólo puede saberse un intruso, y entonces sólo podrán confiar en Dios, en ustedes mismos y en la nave. Fuera de ella sólo podrán esperar milagros y, aunque posibles, son más problemáticos para el hombre que su propia ciencia. La nave les protegerá contra todo lo exterior, pero no de sus pensamientos, de su propio miedo. No se parecen tanto a los ratones como usted cree, doctor Torres. Se les ha inculcado un sentimiento de comunidad y colaboración, que es la única garantía de que todo saldrá bien, aparte del buen funcionamiento de sus motores, Tamiroff, y especialmente de su generador.
—Tengo tanta confianza en mis aparatos como en mis compañeros.
—Bien.
El general Clark extendió sobre la mesa el rollo de papel, pisando sus cuatro ángulos con libros.
—Acérquense.
Los cuatro obedecieron, rodeando la mesa.
—Este es un planisferio de Marte, como pueden ver —comenzó a explicar el general—. Se ha reproducido lo más exactamente posible con ayuda de los telescopios más poderosos de que disponemos. No está todo lo claro que quisiéramos, pero en cambio sabemos muchas cosas del planeta. Son datos que por lo sabidos tal vez se olviden por falta de atención. Marte recibe algo menos de la mitad del calor del sol que la Tierra, pero dada la escasa densidad de su atmósfera es de suponer que los rayos solares lleguen a la superficie más puros. Sus estaciones son más largas y más rigurosas que las terrestres. Las temperaturas últimamente registradas son de 70 bajo cero en el polo Norte. El hemisferio Sur es algo más cálido, y será donde aterrizarán ustedes. Lo encontrarán en pleno verano. El agua es bastante escasa en Marte, pero es posible que en este punto se conserve cierta humedad. —El general clavó un dedo sobre el lugar exacto donde debería aterrizar la Earth-Mars—. Aparte de que la temperatura será la más idónea para ustedes, es el lugar donde únicamente puede desarrollarse alguna forma de vida. Si la hay, será aquí más abundante que en ninguna otra región del planeta. Los polos son excesivamente fríos, y el Ecuador tan seco como la Luna.
* * *
Entretanto, a sesenta millones de kilómetros de la Tierra...
Esta historia tiene dos caras, porque dentro del tiempo y del espacio pueden producirse acontecimientos dobles. También podemos creer que la casualidad es el motor que rige los acontecimientos del Universo. ¿Cómo demostrar que la casualidad no intervino de algún modo en las causas que originaron el sistema solar? O, si lo preferimos, podemos admitir también que la casualidad no existe...
Lo cierto es que en aquellos instantes, en algún lugar del planeta rojo, cuatro seres inteligentes e inquietos contemplaban con sus ojos enormes y redondos un mapamundi de la Tierra, en el cual los mares y continentes aparecían difusos y desdibujados.
Eran cuatro marcianos científicos. Un naturalista terrestre, si hubiera podido observarlos, les habría encontrado una anatomía parecida a la de los gibones, pero con el cráneo muy puntiagudo. Sus manos, de ocho largos dedos, acariciaban el mapa como si su contacto les pudiera revelar algún secreto de los que ocultaba aquel misterioso y desconocido tercer planeta del sistema.
Los grandes labios de Mitz, el jefe, iniciaron una serie de movimientos que modularon una especie de silbido de ricas inflexiones.
—Esta es una reproducción, lo más exacta posible, del tercer planeta. En conjunto, soporta una temperatura más del doble superior a la que recibe el nuestro, por lo cual es muy improbable que la vida se haya desarrollado en él. Además, la mayor parte de su superficie es agua, en perenne estado líquido, lo que hace más difícil la presencia de seres vivos, pues ya sabemos que un medio líquido hace imposible la respiración. Por si esto fuera poco, la enorme proporción de oxígeno de su atmósfera haría tan rápido el metabolismo que cualquier imaginario ser viviente se consumiría en seguida en sus propias cenizas.
—¿Dónde hemos de buscar, entonces? —preguntó Zask.
Uno de los dedos de Mitz se posó en el polo Sur.
—Aquí. Sólo en este lugar la temperatura puede hacer posible que se desarrolle alguna forma de vida, aunque la abundancia de oxígeno sigue haciéndolo muy improbable. Es aquí donde aterrizaremos. El agua es sólida, es decir, que tiene una temperatura normal.
—También tendremos que contar con la enorme fuerza de gravedad —sugirió Stiesz.
—En efecto, pero será soportable. Como veis, parece que muy poco podemos esperar de ese planeta en cuanto a sus hipotéticos habitantes. Esto nos permitirá llevar a buen fin nuestros planes según lo previsto: conquistarlo para el progreso de nuestra civilización.
* * *
El viaje a Marte alcanzó su feliz término. En el mismo instante en que la nave posó en el suelo marciano sus cuatro enormes patas, el cese de los motores coincidió con un suspiro colectivo de los cuatro astronautas, pues el aterrizaje había sido la maniobra más difícil y laboriosa en toda la travesía interplanetaria.
—Es una lástima que un par de botellas de champán tuvieran un peso excesivo —murmuró Kapps—. Ahora podríamos celebrar haber sido los primeros en llegar aquí.
—Podrán hacerlo nuestros hijos en las futuras naves de pasaje —se consoló Tamiroff.
—Pero no serán los primeros.
—Es curioso lo que se nos ocurre pensar después de realizar esta proeza —contestó Dick—. Pero me parece que el único atractivo de este planeta es la distancia que le separa de la Tierra. Por lo demás, podéis observar que es como una segunda edición de la Luna, sólo que sin cráteres.
A través del gran ventanal semicircular de la torre de mando, los cuatro astronautas contemplaban el deprimente paisaje marciano, que desde luego no invitaba a un brindis con champán. El panorama aparecía desolado, sumido en una noche helada, sin vegetación; se extendía en todas direcciones, continuo y monótono, salpicado a variables distancias de extrañas formas rocosas. En su cielo azul prusia brillaban innumerables estrellas.
El entusiasmo de Kapps se apagó como por arte de magia.
—Bueno —se resignó—, de todos modos creo que es esto lo que deseábamos encontrar. Pero me habría gustado llevarme una flor marciana. ¿Es mucho pedir?
Dick se volvió a Torres.
—Analiza la atmósfera. Supongo que no será respirable, como suponemos.
—Además —observó Tamiroff— la temperatura es demasiado baja para que nos arriesguemos a salir sin los trajes espaciales.
Torres tardó algo menos de cinco minutos en la comprobación de la atmósfera.
—Irrespirable —dijo—. Contiene sólo un dos por ciento de oxígeno, si la comparamos con la proporción de la atmósfera terrestre.
—Está bien. Saldremos a hacer una exploración por los alrededores. No olvidéis las armas. Esto parece desierto, pero hemos de prevenir sorpresas.
Después de ponerse los trajes espaciales, los cuatro terrestres abandonaron la nave. Sus primeros pasos sobre el suelo de Marte fueron vacilantes, Kapps, que portaba una pequeña emisora de gran alcance, estuvo a punto de caerse.
—Pronto amanecerá y el sol hará desaparecer esta escarcha resbaladiza —anunció Dick—. ¿Qué sensación sientes, Torres?
—Algo nuevo... No sé, he esperado tanto este momento que ahora me parece que no ocurre nada.
—¿Decepcionado?
—Tal vez.
—Lo entiendo. Tus marcianos no existen...
—Eso no es decepcionante. Los mundos no se reducen a Marte y a la Tierra.
—De momento, sí.
—Lo importante es que esto nos permitirá llevar a buen término nuestra misión —terció Tamiroff—. Realmente, el hecho de que Marte sea un desierto, debería alegrarnos.
—Me pregunto para qué queremos esto —dijo Torres—. ¿Qué haremos aquí?
Kapps estaba poniendo a punto la emisora, que colocó sobre una roca de superficie plana, desde donde se veía perfectamente la nave, a menos de doscientos metros. La Earth-Mars parecía un monstruoso cuadrúpedo que en cualquier momento podía echar a correr.
Instintivamente, al sintonizar la longitud de onda, Kapps elevó la mirada al cielo, tal vez esperando ver la Tierra.
—Las estrellas aquí parecen más numerosas que desde mi pueblo —dijo.
—Lo son —repuso Dick.
—Casi todo es como esperábamos —dijo Torres—. Es alentador comprobar que no nos equivocamos en muchas cosas respecto a este planeta. Pero al menos esperábamos encontrar algún tipo de vegetación. Y ya veis: los ojos sí nos engañaron. No hay nada, ni siquiera un miserable musgo pegado a las rocas.
—¿Está eso listo, Kapps? —preguntó Dick.
—Listo.
Dick encendió la emisora.
—Estación Marte llamando a la Tierra... Estación Marte llamando a la Tierra... Hemos aterrizado en el punto previsto sin novedad. Hemos circundado el planeta varias veces a baja altura. Parece un astro muerto y estéril. Nos encontramos en una zona desértica. Contesten si han recibido el mensaje. Corto.
Dick se volvió a sus compañeros, añadiendo:
—Entre la llegada del mensaje a la Tierra y el tiempo que tarde en llegar la respuesta, transcurrirán unos cinco minutos. Esperaremos aquí. Es un lugar tan bueno como cualquier otro. Además, no debemos perder de vista la astronave. ¿Qué temperatura tenemos, Tamiroff?
El ruso consultó el termómetro.
—Diez grados bajo cero. Pero cuando salga el sol subirá rápidamente.
—Es una lástima que la reducida proporción de oxígeno no nos permita quitarnos los cascos. Pero no me ha sorprendido. Este es un mundo completamente muerto, como la Luna. Tal vez en su pasado albergara alguna vida, cuyos restos quizás encontraríamos si escarbáramos un poco en el suelo. Sospecho que tu creencia en la vida universal ha sufrido un duro golpe, Torres.
—¿Por qué? —exclamó el médico.
—Esto demuestra que sólo las excepcionales condiciones que reinan en la Tierra pueden hacer posible la vida.
—Sólo demuestra que aquí se extinguió, si es que la hubo. Has hablado del subsuelo... ¿Qué sabemos lo que hay bajo nuestros pies?
—Aquí la fantasía tropieza con un muro aún más inconmovible. En realidad esto es lo que andábamos buscando... Pero eres un romántico y confieso que me habría gustado que tuvieras razón.
* * *
La nave marciana se posó en el polo Sur de la Tierra.
Hacía un rato que Mitz estaba intentando restablecer comunicación con Marte. Después de varios intentos el jefe de la expedición se volvió a sus compañeros, a los que miró con sus enormes ojos que se habían vuelto verdes, que era su forma de demostrar sorpresa.
—Es increíble, pero estas interferencias anómalas proceden sin duda de nuestro mundo.
—He observado que el magnetismo de este planeta es particularmente intenso —informó Zask—. Es posible que nos encontremos en las cercanías del polo magnético y esa puede ser la causa de la perturbación.
—En ese caso las interferencias deberían ser de otro tipo. No lo comprendo.
Los ojos de los otros tres marcianos comenzaron a adquirir un tono verdoso.
—Esperemos un poco —sugirió Stiesz—. Desconocemos la meteorología de esta región. Puede haber parásitos eléctricos.
—Por lo demás —observó Zask— la temperatura es ideal para la vida.
—Pero la atmósfera es demasiado rica en oxígeno, aún más de lo que suponíamos. Es fácil comprobar que la vida no existe. De todos modos haremos una nueva exploración. Creo que podemos aventurarnos algo más lejos.
Se encasquetaron las escafandras sobre sus herméticos trajes de colores y salieron de la nave. Esta vez se alejaron casi un kilómetro y luego su marcha se hizo circular, en torno al lugar que ocupaba la nave.
Los hielos azulados, casi fosforescentes bajo un cielo en eterno crepúsculo, y la fuerza de gravedad, hacían que el avance de los marcianos fuera dificultoso. De vez en cuando una fuerte racha de viento les obligaba a tumbarse sobre el hielo para no ser arrastrados.
—Si existiera vida en este planeta, estaría aquí —silbó Mitz—. Teníamos razón. La abundancia de oxígeno sería letal para cualquier ser viviente, a no ser que fuera de una naturaleza metálica, pero debido a la alta humedad la oxidación lo destruiría en poco tiempo. Nos encontramos en un mundo completamente muerto.
—Pero es muy grande —objetó Stiesz—, y sólo hemos explorado una pequeña región.
—¿Qué puede esperarse del resto? Es un inmenso globo de agua líquida, de donde emergen algunas tierras excesivamente calentadas por el sol. ¿Imagináis el infierno que debe ser ahora el hemisferio Norte? Un desierto ardiente, calcinado. La vida sólo puede desarrollarse bajo las excepcionales circunstancias que reinan en nuestro planeta. Regresemos a la nave. Intentaremos de nuevo establecer comunicación.
* * *
—Esto es muy raro —dijo Dick inquieto, intentando inútilmente entender algo de aquellos silbidos absurdos—. Sólo se reciben estas señales extrañas... Unas interferencias muy poderosas. Casi diría que tienen algún sentido, pero desconozco totalmente el código empleado. De lo que no me cabe duda es de que provienen de la Tierra. Si alguna vez oyéramos esto desde allí lo interpretaríamos como señales marcianas. ¿Estás seguro de que funciona bien, Kapps?
—¿Cómo es posible estar seguro de nada? Aparentemente, todo funciona a la perfección. Pero ya ves...
—Sí, ya veo... Repetiré la llamada una vez más... ¡Atención, Tierra! ¡Atención, Tierra...! Estación Marte llamando... Estación Marte llamando...
* * *
En el departamento de comunicaciones de la base, el general Clark había conseguido arrancar la visera de su gorra. Enormes gotas de sudor perlaban su reluciente calva, debajo de la cual había un volcán ardiente. Sus férreas manos apretaban como dos tenazas los hombros del operador de radio, sentado de espaldas a él.
El operador se volvió trabajosamente para decir con expresión desolada:
—Es inútil, mi general. No puedo.
—¡Inténtalo otra vez! Sus mensajes se han ido recibiendo perfectamente hasta el momento en que debían tomar tierra. Todo iba bien. ¿Por qué no marcha ahora?
—No lo sé, señor.
—¡Es increíble que se hayan estrellado! En tal caso no oiríamos nada, pero recibimos una serie de silbidos que tienen algún sentido, aunque todavía no los hayamos descifrado.
—Seguiré insistiendo.
—Hágalo. Entretanto, yo voy a ver si podemos localizar al fin el punto de origen de esas interferencias. Es posible que no las envíen nuestros astronautas.
Mientras el operador seguía llamando a Marte, con la voz cada vez más cansada, el general Clark se tropezó en la puerta con uno de los técnicos en comunicaciones.
—Supongo que han podido quitarse de encima a los periodistas...
—Sí, general. Y además hemos descubierto algo.
El rostro del general se iluminó.
—¡Al fin!
—No sé hasta qué punto le parecerá bueno.
»¿Quiere venir conmigo?
El general le siguió sintiendo que la impaciencia le iba devorando. Por fin se encontraron ante un enorme plano mural del continente antártico, frente al cual varios hombres estaban discutiendo. El general se abrió paso con brusquedad entre el grupo y se enfrentó con el técnico.
—A ver, dígame qué significa esto. Si la vista no me engaña, se trata de un mapa del polo Sur.
El técnico dibujó un círculo alrededor de un punto del continente austral.
—El origen de esas ondas extrañas está en algún punto dentro de esta área —explicó—. No hay error posible, general, por absurdo que le parezca.
—Debe haberlo en alguna parte. ¿Cómo puede explicarse ese fenómeno?
—No podemos explicarlo, pero es evidente.
—¿En qué lugar se encuentra la base antártica más próxima a esa zona?
El técnico le indicó un punto cercano a la costa.
—Aquí. Pero es argentina.
—Bueno, ¿y eso qué importa? ¿Cuál es la distancia?
—Puede variar de 30 a 50 kilómetros. Demasiado lejos si tenemos en cuenta que se encuentran en pleno invierno.
—Tienen que hacerlo. Disponen de helicópteros, y si no es así utilizaremos los nuestros. Sólo desde las bases antárticas es posible realizar una investigación. Sin duda ellos habrán oído también las señales.
Un par de horas después el general tenía la respuesta.
—Se ha realizado una minuciosa búsqueda y no se ha aclarado nada —le informó el técnico con desaliento.
Pero el general estaba insólitamente calmado.
—¿Hay noticias, general?
—Sí. Ya no tenemos que aclarar misterios. La comunicación con nuestros astronautas en Marte se ha restablecido. Ahora recibimos sus señales con toda claridad. También ellos oyeron las interferencias.
—Es una gran noticia, señor. Debió tratarse de algún fenómeno de tipo magnético. Pero...
—¿Ocurre algo más?
—No he sido exacto del todo en la novedad, general. En realidad, los hombres de la base antártica vieron algo muy extraño antes de aterrizar con su helicóptero.
—¿Ah, sí? —exclamó el general, repentinamente interesado—. ¿Qué fue?
—Bueno, ahora ya carece de importancia...
—¡No haga rodeos!
—Vieron una luz desconocida. Una luz que se elevaba rápidamente...
—¿Por qué no lo dice? ¿Tal vez un platillo volante?
El general se quedó pensativo. Por su expresión podía adivinarse que tomaba aquello muy en serio.
—¡Hum! —murmuró—. Debió tratarse de algún fenómeno eléctrico o magnético, claro... Sí, un fenómeno visible en la oscuridad, algo así como una aurora boreal... A veces pienso que aquellos pobres muchachos pasan demasiado tiempo en aquellos desiertos helados. La soledad prolongada puede trastornar la mente.
* * *
Era una especie de cilindro de más de dos metros de altura por casi medio de diámetro. Tamiroff lo contempló con satisfacción cuando hubo conectado el último circuito. Realmente el generador era obra suya, y él había sido el motivo principal de la expedición.
—Ya está —dijo—. Misión cumplida. Lo esconderemos a gran profundidad, en su blindaje de protección, aunque creo que aquí no ocurriría nada que pudiera estropearlo. Pero hemos de estar seguros.
—Comunicaré a la Tierra el feliz término de nuestra misión —anunció Dick.
—Ahora estoy contento de haberme equivocado —pensó Torres en voz alta—. Si este planeta no hubiera estado deshabitado, este triunfo no habría sido posible.
Una repentina euforia se había apoderado de todos. Además, la proximidad del retorno a la Tierra les había hecho olvidar todas las anteriores inquietudes, incluyendo las que habían precedido a su viaje.
Dick contempló una vez más el desolado paisaje marciano, que el diminuto sol, brillando al mismo tiempo que algunas estrellas de gran magnitud, teñía de colores extrañamente cambiantes.
—Dentro de unos minutos despegaremos de regreso a la Tierra —dijo con voz solemne. Y levantó su índice, apuntando a una luz que apenas podía distinguirse muy cerca de la corona solar—. Miradla, ahora asoma por encima del horizonte. Es el lucero del alba de este planeta, pero nadie lo sabía antes. Sólo gracias a la tenue atmósfera podemos verla, pero dentro de unos años será distinto.
—¿Crees que entonces se apagará? —preguntó Kapps.
—De cualquier modo, jamás dejará de ser el mundo más hermoso. Resulta un poco paradójico, pero desde aquí me parece que acabo de descubrirlo. Vamos. Estoy impaciente por volver a él.
Era como si al dejarse ver en el cielo, de la Tierra emanara una atracción contra la que hubiera sido inútil luchar, una llamada que todos sintieron, irresistible como el canto de las sirenas. Y los cuatro astronautas se apresuraron a subir a la nave después de enterrar el generador.
Algunos minutos después la Earth-Mars hacía rugir sus poderosos motores, que levantaron en torno suyo, hasta ocultarla del todo, nubes de polvo rojizo. El monstruo metálico se elevó lentamente y pronto alcanzó una considerable altura.
Los terrestres contemplaban al planeta Marte que se iba alejando visiblemente, cuando la velocidad de la nave aumentó al tomar la trayectoria de regreso. Pronto fue un globo que podían abarcar entero en su campo visual, sobre un fondo de estrellas.
—Ahora sí me siento auténticamente emocionado —murmuró Dick—. El generador que hemos dejado allí enriquecerá de tal forma la atmósfera marciana, que dentro de pocos años habrá liberado todo el oxígeno combinado con los materiales de su suelo... Entonces volveremos, y Marte será un mundo nuevo, un mundo rebosante de vida, creado por el hombre y para el hombre...
* * *
Mientras desde su nave veían al globo de la Tierra alejarse, los grandes ojos de los marcianos tomaron el color rojizo que correspondía a la satisfacción.
El silbido de Mitz se hizo tan elocuente como sus ojos.
—Cuando regresemos al tercer planeta, el 98 por ciento de su oxígeno habrá desaparecido gracias al aparato de alta combustión que hemos dejado bajo sus hielos. Entonces podremos ocuparlo. Lo transformaremos en un mundo lleno de vida. Hemos tenido suerte de que fuera un mundo deshabitado...
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