el florecimiento de bed-stuy (es)
I
La última clase del día de Marcus Garvey de Harcourt era E.F., que significaba «Educación Física», que significaba trepar cuerdas en el maloliente y destartalado gimnasio de la Escuela Pública 388. Para él era una cuestión de honor evitar ese lugar siempre que podía. Hoy podía. Tenía una nota de su padre que le permitiría abandonar la escuela, y además era día de batida. La policía estaba en el centro. Buscaban drogadictos, o tal vez armas; o quizá algún frágil y viejo profesor de Historia había sobrepasado el límite del terror con el alboroto de su clase y había pedido ayuda. Lo que fuera. La policía estaba en la escuela, y los monitores que vigilaban la salida se hallaban apiñados al pie de las escaleras, atentos al ruido de forcejeo que se producía arriba. Era un incidente que Marcus, en realidad, no necesitaba, ya que en el mejor de los casos los monitores de la puerta de la escuela tenían órdenes de no mostrarse muy duros para impedir la salida de los alumnos, ya que, en caso contrario, éstos no volverían a presentarse.
Ya al otro lado de la calle, Marcus se agazapó detrás del alto montón de bolsas de basura para ver cuál de sus compañeros (¡o maestros!) salía esposado, pero sufrió una desilusión puesto que los polizontes abandonaron el centro sin compañía. En esta ocasión, por lo menos, la policía no había encontrado nada digno de producir una detención... lo que significaba, sin duda, que el problema estaba resuelto y que el profesor involucrado no quería identificar, o no se atrevía a hacerlo, a los culpables.
Ya era la una y cuarenta minutos, y su padre le había ordenado que estuviera listo para ir a la prisión a las dos en punto. No había problema. Marcus se abrió paso entre los letreros que decían Desvío por obras en Nostrand Avenue, trepó a uno de los enormes montones de tierra, contempló anhelosamente las hileras de máquinas excavadoras silenciadas por algún paro laboral, y buscó entre los escombros algo que arrojar a los monstruos. Había muchas cosas. En aquel vertedero había fragmentos de hogares destrozados por los bulldozers, vidrieras decorativas de los años 20, marcos de ventanas sobresalientes de principios de siglo, ladrillos de cenizas donde tanto sudor se había invertido en la década de los ochenta... todo mezclado y aplastado. Marcus encontró un pomo de porcelana, lo apropiado. Cuando chocó con la retroexcavadora aparcada más cerca, el pomo se hizo añicos estruendosamente.
Decían que Bedford-Stuyvesant era una jungla, y quizás fuera cierto. Era la jungla donde ese joven, Marcus de Harcourt, había vivido siempre. Él no temía al lugar... Algunas de sus partes le causaban recelo, cierto; pero todo le era conocido. Y la zona estaba llena de interesantes criaturas. Marcus conocía a casi todas, pero sólo algunas conocían a Marcus... como los jóvenes de cuellos clericales que se hallaban ante la misión franciscana y le saludaron desde el otro lado de la calle. Bloody Bess, en la esquina, no le saludó. Cuando pasó junto a ella, la mujer estaba sosteniendo una conversación totalmente lógica, si bien muy agitada.
—Y ella teniendo que abortar. Un aborto inevitable. Él se acuesta con ella diez veces, y claro, ella tiene que hacerlo.
Lo único raro era que la mujer estaba hablando con una boca de incendio. El barbudo que se hallaba ante una puerta, con la cabeza recostada en un saco de basura, tampoco saludó a Marcus, pero fue porque estaba dormido. Marcus pensó en quitarle los zapatos y esconderlos, pero nunca se podía estar seguro con esa clase de tipos. A veces eran de la policía. Además, después de mirar con más atención los zapatos, Marcus perdió las ganas de tocarlos.
La una cuarenta y cinco en el reloj que coronaba el edificio del Banco de Williamsburgh, y hora ya de continuar. Marcus trotó y se metió por la brecha abierta en los terrenos de Ferrocarriles de Long Island. Abajo estaban las guías de hormigón con sus mudas y plateadas junturas de metal. Marcus dio patadas a varios tapacubos hasta encontrar uno suelto. Lo arrancó, atento a la aparición de algún policía, y luego lo tiró horizontalmente hacia las vías. El impulso hizo que el tapacubos chocara contra la guía de hormigón, pero la levitación magnética lo afectaba ya. Empezó a moverse de lado antes del choque. Adquirió velocidad, osciló en el campo magnético, despidió chispas al tocar la vía y finalmente el dispositivo de levimag estabilizó su marcha. Al cabo de un momento se perdió de vista en el túnel de Atlantic Avenue y Marcus, complacido, alzó los ojos de nuevo hacia el reloj del banco. La una y cincuenta y cinco. Iba a llegar tarde, pero no lo bastante para probar el látigo si se apresuraba. Y se apresuró.
Marcus Garvey de Harcourt no consideraba sombrío su barrio. Tenía el aspecto del lugar donde siempre había vivido, aunque por supuesto las enormes máquinas de construcción eran un elemento nuevo. Marcus tenía entendido que el proyecto iba a cambiar de forma drástica el barrio... y aseguraban que para mejorar. Había visto la maqueta de la apariencia que tendría Bedford-Stuyvesant, había escuchado a los políticos jactarse de ello en televisión, le habían hablado del proyecto infinidad de veces en la escuela. Sería muy bonito, Marcus estaba de acuerdo, pero todavía no lo era. Entre las incendiadas viviendas y los solares desocupados el año anterior y las actuales excavaciones y estructuras sin completar no había mucho que elegir, aunque ahora las ratas, molestadas en sus cobijos, se hacían visibles con más frecuencia mientras se arrastraban por las aceras y escarbaban en los montones de basura. Marcus atravesó corriendo las últimas seis manzanas que le separaban de la tienda de su padre, pasó junto a la Gran Central que suministraba electricidad a una cuarta parte de Brooklyn, atajó por castigados descampados, se agachó para cruzar alambres de púas y trotó entre las hileras de elevadas torres que un día serían aerogeneradores. Se detuvo en la esquina para estudiar la situación. El gran coche negro no estaba allí, buen detalle. Además, su madre no le aguardaba fuera de la tienda. Pero cuando Marcus llegó a la entrada, jadeando más de lo necesario para demostrar que había corrido mucho, su madre le abrió la puerta. También su padre se encontraba allí, con el abrigo puesto. No dijo nada, pero miró el reloj que estaba detrás del mostrador de helados y bebidas.
—Maldita sea, Marcus —dijo su madre, malhumorada—. Sabes que a tu padre no le gusta que le hagan esperar. ¿Qué te ha pasado?
—No me han dejado salir antes, Nillie.
Su padre le miró, contempló después la puerta del almacén. Detrás de esa puerta, y Marcus lo sabía, estaba colgado el látigo.
—Buscas problemas, Marcus —dijo su madre—, y sabes perfectamente que a él le encanta complacerte.
—Nada de problemas, Nillie. No he podido evitarlo, ¿qué podía hacer?
Era totalmente absurdo poner pegas, porque el viejo sacaría el látigo o no lo sacaría. Era más probable que no, porque el asunto de la prisión era más importante para él y no querría seguir perdiendo tiempo, pero en cualquier caso la decisión no estaba en manos de Marcus.
Su padre le hizo un brusco gesto con la cabeza y salió renqueante de la tienda. No dijo nada. Nunca hablaba demasiado, porque intentarlo le dolía. En el bordillo alzó una imperiosa mano. Un taxi errante se detuvo, para sorpresa de Marcus. Su padre no andaba muy bien por culpa de las rótulas metódicamente machacadas en cierta ocasión, pero el lugar al que se dirigían se hallaba sólo a diez manzanas de distancia. Había que vender muchos periódicos los domingos para pagar un taxi. Marcus no hizo comentarios. Hablaba con su padre tan pocas veces como éste con él. Entró en el vehículo, se apretó en el otro lado del asiento y miró por la ventanilla mientras su padre ordenaba:
—Al Instituto Nathanael Greene, deprisa.
Debido a que el Instituto Masculino Nathanael Greene se hallaba bajo tierra, el acceso al lugar parecía la entrada de un parque. El Nathanael Greene no era un parque. Contaba con cuatro mil ochocientos residentes y un personal de cinco mil trescientas personas para atenderlos. Todos los residentes disponían de una habitación casi particular con un televisor, lavabo y aire acondicionado, y el coste de construcción, más de ochenta y cinco mil dólares por habitación, excedía ligeramente el de un hotel de primera categoría. El Nathanael Greene no era un hotel, tampoco eso, y buena parte de sus lujos eran además utilitarios: las tuberías del aire acondicionado estaban allí en parte para poder conducir gases lacrimógenos o productores de estornudos a cualquier parte de la estructura; el límite de dos personas por celda era para evitar disturbios. El Nathanael Greene era un lugar para trabajar, con una cadena de producción de componentes microelectrónicos; un lugar para aprender, con clases optativas de cualquier materia, desde inglés terapéutico a tenis de mesa; un lugar para mejorar la personalidad, con programas no optativos ideados para corregir incluso los más graves defectos de carácter. Entre estos defectos se incluían el asesinato, latrocinio y violación. El Nathanael Greene tenía un muy escaso trasiego entre los ocupantes. El residente medio permanecía allí once años, ocho meses y algunos días. Si salía antes, solía encontrarse en un lugar mucho menos atractivo: una prisión militar de Alaska, por ejemplo, o una cámara de gas. El Nathanael Greene no era un lugar a donde podía ir cualquiera. Había que merecerlo, con al menos cuatro felonías de grado medio, o un par de crímenes francamente importantes asesinato en segundo grado o algo peor. El general de división Nathanael Greene de Potowomut, Rhode Island, el comandante cuáquero cuya única experiencia en penología fue presidir el consejo de guerra que juzgó a John André, tal vez no hubiera aprobado el uso de su nombre para la prisión de Nueva York que ostentaba el récord de máxima seguridad. Pero como llevaba muerto más de dos siglos, su opinión no estaba registrada.
Naturalmente había una cola de visitantes, casi un centenar de personas a la espera junto a un quiosco similar a una taquilla de cine. Casi todos los visitantes iban pobremente vestidos, más de la mitad eran negros y todos estaban malhumorados por tener que esperar. El padre de Marcus le dio un empujón hacia la gran maqueta de Bed-Stuy mientras renqueaba para ocupar su puesto en la cola. El chico hizo lo que se esperaba de él. Desapareció para examinar la maqueta. Era una copia más amplia y detallada de la que había en la biblioteca pública. Marcus trató de localizar el lugar donde se encontraba la confitería de su padre, que desaparecería en cuanto se realizara el proyecto. Marcus dio la vuelta a la maqueta, muy atento, de acuerdo con las órdenes, pero después de hacer eso no quedaban más órdenes y su padre continuaba en los últimos lugares de la cola.
Marcus se arriesgó y vagó por la senda de grava, alejándose cada vez más de la fila de visitantes. El aspecto de la parte superior del Nathanael Greene era el de una granja más bien extravagante; no se tenía sensación alguna, al pasear entre las cercas que protegían sojas a un lado y tomateras al otro, de estar caminando sobre las cabezas de diez mil convictos y guardianes. El lugar era muy parecido al concepto que tenía Marcus de las llanuras de África del Sur, e imaginó que era un guerrero negro infiltrado de una de las repúblicas negras próximas a Ciudad del Cabo... con la salvedad de que las cabañas de cemento eran en realidad puestos de ametralladoras, no nidos de termitas, y que el guardia que le ordenaba a gritos que volviera portaba un rifle auténtico. Marcus vio a un grupo de convictos que se afanaba en plantar semillas de pino en surcos arados. Árboles de Navidad que estarían en venta dentro de uno o dos años, probablemente. No los dejarían crecer demasiado, porque en aquel techo de la prisión, parecido a un parque, no se toleraba que nada creciera lo bastante para perjudicar el radio de tiro de los vigilantes. Una mirada de reojo al reloj del banco le indicó que, si no entraba pronto en la prisión, llegaría con retraso a su trabajo de tarde con el viejo señor Feigerman y los tics-clics-bips de sus aparatos; una ojeada a su padre le indicó que era hora de apresurarse a volver a la cola.
Pero su padre no lo había visto. Su padre mantenía la vista al frente, y cuando avanzaron algunos pasos su cojera era lastimosa. Marcus sintió una punzada de preocupación, un aviso, y volvió la cabeza justo a tiempo de ver un alargado coche negro que desaparecía por la esquina y se perdía de vista.
Había infinidad de alargados coches negros en el mundo, pero no muchos que hicieran la cojera de su padre más lastimosa. Para Marcus no había duda alguna de que aquel automóvil era el usado por el hombre de la cara cicatrizada, el que se presentaba en la confitería de vez en cuando para asegurarse de que estaban bien atendidos los números de la suerte y la libreta de apuestas que les permitían comer; el que siempre ofrecía caramelos a Marcus, el que siempre empeoraba la cojera de su padre y hacía más difícil de entender su ronca voz. Y no era una buena noticia para Marcus, ni mucho menos, saber que ese hombre se había interesado por su visita a la prisión.
Cuando llegaron al principio de la cola, la mujer provocó una discusión. Llevaba unas anticuadas gafas de sol que ocultaban sus ojos. Su voz era estridente, agudizada por el amplificador que permitía hablar con ella a través del vidrio a prueba de balas.
—¿Tiene algún familiar entre los reclusos? —inquirió, con las gafas dirigidas desafiadoramente hacia el padre de Marcus.
—No, señora. —La voz era áspera y ronca, pero entendible... Nillie había explicado al chico que su padre tenía suerte al poder hablar a pesar de todo, después de lo que le hicieron en la garganta—. Ningún familiar, exactamente. Pero algo parecido —explicó, con expresión de disculpa y tono deferente—, porque el pequeño Marcus es su hijo, y mi cuñada es la madre del chico. Pero, no, señora, no hay relación de sangre.
—En ese caso no podrá verlo —dijo ella categóricamente, entre un chispeo de sus gafas—. Los únicos visitantes autorizados son los parientes cercanos, sin excepciones.
El padre de Marcus era un experto en persuasión, y destacaba a la hora de saber cuándo eran preferibles otras tácticas.
—¿Verlo? —exclamó con su ronca voz, con ultrajada expresión—. ¿Para qué iba a querer ver a ese hijo de puta? ¡Pues vaya, si arruinó la vida de mi cuñada! Pero el tipo tiene derecho a ver a su hijo, ¿no le parece?
La mujer frunció los labios, y las gafas brillaron primero sobre el padre de Marcus, luego sobre Marcus.
—Tendrá que pedir autorización al oficial de servicio —anunció—. Ventanilla ocho.
El oficial de servicio era joven, negro, calvo y varón, y abrió la puerta de su minúsculo cubículo y les dejó entrar mientras examinaba atentamente a Marcus.
—¿A quién quieres ver, Marc?
—A mi padre —dijo el muchacho al instante, de acuerdo con el guión—. No lo he visto desde que era pequeño. Me llamo Marcus, no Marc —añadió.
—Marcus, pues. —El oficial apretó varios botones del teclado y apareció la fotografía de archivo del Interno Número de Registro 838-10647. HARVEY John T., sentenciado a tres condenas de cárcel consecutivas que iban de doce a veinte años por cada crimen: los tres homicidios cometidos durante la ejecución de un delito grave (en este caso, el robo de una licorería). No existía mucho parecido entre el interno y el chico. El primero era recio, de edad madura, barbudo... y blanco. El chico no era nada de eso. De todas formas, el color de su piel era lo bastante claro para admitir que tuviera un padre blanco.
—¿Es éste tu padre, Marcus?
—Sí, señor, es él —dijo Marcus, mirando al desconocido de la pantalla.
—¿Sabes por qué está aquí?
—Sí, señor. Está aquí porque violó la ley. Pero de todas maneras es mi padre.
—Eso es cierto, Marcus —dijo suspirando el oficial de servicio, y selló el pase. Lo entregó al padre de Marcus—. Es para el chico, no para usted. Puede acompañarlo hasta la sección de visitas, pero no está autorizado a entrar. Aunque podrá ver al muchacho por la vidriera —agregó, sin especificar que todo el mundo haría lo mismo, muy en especial los vigilantes.
El pase los condujo al ascensor, y éste los llevó abajo, ocho pisos por debajo de la superficie, con una parada obligatoria en la cuarta planta para que un guardia armado comprobara de nuevo las autorizaciones. El Instituto Nathanael Greene no se declaraba a prueba de fugas, porque tal cualidad no existe; pero había ideado infinidad de dispositivos de seguridad para hacer improbables las fugas. Todos los presos llevaban en el tobillo un aro magnéticamente codificado, de tal modo que su situación era conocida por los ordenadores centrales durante el día entero; los visitantes como Marcus y su padre recibían, y tenían obligación de ponerse, tarjetas con impresiones magnéticas totalmente distintas; la zona de visita no estaba cerca, ni mucho menos, de las puertas que llevaban al mundo exterior, y de hecho incluso los ascensores que conducían a éste se hallaban aislados del ala principal de la prisión. Cuando dejó a su padre en una sala de espera herméticamente cerrada, dos vigilantes rodearon y llevaron a Marcus a una habitación. Una matrona bastante amistosa, pero muy concienzuda, le ayudó a desnudarse y repasó todo cuanto él poseía, en busca de un mensaje, un regalo ilegal, cualquier cosa. Luego lo llevaron a la triste sala de las sillas de madera y los enrejados de acero que las separaban.
Marcus había sido bien instruido respecto a qué debía decir y hacer, y no tuvo dificultades para reconocer al Interno 838-10647 gracias a la fotografía.
—Hola, pa —dijo, con suficiente temblor en la voz para que ésta pareciera lógica a los vigilantes que observaban.
—Hola, Marcus —repuso su padre putativo, inclinándose hacia el alambrado como haría un padre al ver a un hijo largo tiempo alejado de él.
Las frases de la entrevista también estaban bien ensayadas, y Marcus estaba preparado para que le preguntaran cómo se encontraba su madre, cómo le iba el colegio, si tenía trabajo para ayudar a su mamá. Nada de eso era de difícil respuesta, y Marcus logró examinar al corpulento hombre blanco de severo aspecto que desempeñaba el papel de su padre mientras él le hablaba de la artritis de Nillie y del trabajo a horas de ésta como mujer de compañía de la moribunda esposa del anciano señor Feigerman, lo bien que le había ido el examen sobre el Julio César de William Shakespeare, su notable en historia, el empleo que su mamá le había conseguido con el mismo señor Feigerman, el ciego con aquellos aparatos tan raros que le permitían ver, o algo así, e incluso trabajar como ingeniero asesor en el proyecto de Bed-Stuy... Pero Marcus se alegró de acabar, y de poder salir de allí. Hacia el final empezó a pensar en los veinticinco metros de roca, acero, convictos y vigilantes que tenía sobre su cabeza, y le pareció como si todo eso estuviera a punto de caerle encima. Los guardianes del Nathanael Greene tenían por término medio diez años de antigüedad en el trabajo, y ya habían tenido experiencias de niños que hacían recados imposibles para los adultos, y por eso registraron de nuevo a Marcus en la salida. El chico accedió pacíficamente. Por supuesto, los agentes no encontraron nada raro, porque no había nada que encontrar. En esa visita.
II
El trabajo de tarde de Marcus le aguardaba con impaciencia. El nombre del trabajo era de Rintelen Feigerman, un hombre muy viejo y de aspecto rarísimo. El señor Feigerman se hallaba en una silla de ruedas, no tanto porque sus piernas estuvieran agotadas (no lo estaban, no demasiado) como a causa de la cantidad de aparatos que debía llevar puestos. Lucía una rutilante cinta alrededor de su ralo y largo cabello, para sostener una delicada estructura metálica. Sus ojos estaban cerrados. Cerrados de forma permanente. No había globos oculares en las cuencas, sólo canicas de plástico para evitar la apariencia hundida de aquéllas, y más allá se extendía un páramo quirúrgico donde todo el sistema visual había sido separado y extraído. La operación le salvó la vida en su momento, pero apartó para siempre a Feigerman de la categoría de las personas que tienen alguna esperanza de recobrar la vista. Los transplantes daban resultado en algunos casos. El único transplante que podía alterar la situación para Feigerman era una cabeza completamente nueva.
Y sin embargo, mientras Marcus subía por la colina, la vieja cabeza cana se volvió hacia el chico y Feigerman lo llamó por su nombre.
—Llegas tarde, Marcus —se quejó con su aguda voz de anciano.
—Lo siento, señor Feigerman. Me han hecho quedar después de las clases.
—¿Quiénes son «esos» que mencionas constantemente, Marcus? No importa. Estaba pensando en un trozo de tarta. ¿Qué dices a eso?
En realidad Marcus estaba pensando en una buena hamburguesa para él, pero eso significaba hacer dos paradas, en distintas direcciones.
—Me parece muy bien, señor Feigerman —dijo, y cogió los billetes que el anciano sacó expertamente de su billetero: los de un dólar desdoblados, los de cinco arrugados en una punta para identificarlos, los de diez doblados por la mitad—. Diré a Julius que he llegado —prometió, y bajó la larga cuesta hacia el elegante automóvil que aguardaba en Myrtle Avenue.
El anciano tocó los botones que hacían girar su silla. En realidad no podía ver la parte baja de la colina, el lugar donde estaba cobrando vida el proyecto. La maquinaria que reemplazaba a sus ojos funcionaba bastante bien a corta distancia, pero era inútil por completo más allá del borde de la zona pavimentada en lo alto de Fort Greene Park. De todos modos Feigerman no precisaba ojos para saber qué ocurría... para saber que apenas ocurría nada. Medio proyecto estaba mudo. Tras conectar el audífono y el micrófono parabólico, Feigerman oyó el lejano chillido de las turbinas del generador y el rugido y los retumbos de las palas mecánicas en los puntos donde aún se excavaba, todo ello mezclado con los más tenues ruidos del tráfico. Pero los bulldozers no se movían. Los operarios estaban pasando la semana en sus hogares, a la espera de saber cuándo volvería a haber dinero disponible para las nóminas. Malo. Peor de lo que parecía, porque hasta el mejor trabajador, de no recibir aviso pronto, se iría a otro trabajo donde los fondos estuvieran ya en el banco, sin tener que esperar a que un puñado de políticos estúpidos aprobara la factura... suponiendo que los políticos tuvieran intención real de hacerlo. Eso era lo peor de todo, porque Feigerman reconocía secretamente que los políticos no tenían tal intención. El día era agradable y soleado en Fort Greene Park, pero era imposible disfrutarlo dadas las excesivas preocupaciones... entre ellas un asunto especialmente preocupante, en un lugar muy distinto, que Feigerman se esforzaba en no recordar.
Durante la tardía merienda, o cena temprana, o lo que fuera, que habían adquirido el hábito de compartir cuando Marcus salía de la escuela, el chico hizo su trabajo.
—Han levantado una pared del local de bombas —informó, mientras escudriñaba el lejano y maltratado paisaje que en tiempos había sido un maltratado barrio, un barrio normal de Brooklyn. El anciano le pasó en silencio los prismáticos y Marcus confirmó sus palabras—. Sí, lo del local de bombas está progresando, y... y... están excavando la fosa séptica, ajá. Pero no hay bulldozers. Están parados, señor Feigerman. Supongo que aún no se les habrá terminado el dinero. De todas maneras, no sé por qué quieren hacer eso.
—Hacer ¿qué?
—Otra colina allí. Ya tienen ésta aquí.
—Esta no tiene la forma correcta —dijo Feigerman, sin impacientarse. Le gustaba el chico, acogía bien sus preguntas, a veces deseaba haber tenido un hijo de verdad... puesto que su hijastro semirreal no demostraba cariño detectable a su padre adoptivo—. Además, esta colina es histórica, no quieren construir molinos de viento aquí. George Washington contuvo a los británicos aquí mismo... lee alguna vez la inscripción del monumento.
Se pasó la lengua por el jugo de tarta que tenía en los labios, y Marcus, sin que nadie se lo pidiera, desplegó una servilleta de papel y limpió las salpicaduras olvidadas del cerdoso mentón del anciano. Feigerman se puso los analizadores ópticos de largo alcance en lugar de la sonda de ultrasonidos y examinó la ciudad, pero naturalmente lo único que vio fueron vagas formas carentes de detalle.
—Es un gran proyecto —dijo... tanto a la indiferente ciudad como a Marcus.
—Sé que lo es, señor Feigerman. Hará que las cosas vayan muy bien en Bed-Stuy.
—Eso espero.
Pero era más que una esperanza. En la mente de Feigerman era una certeza: la zona urbana autónoma, que cubría ella misma sus necesidades energéticas, el proyecto que le había costado más de veinte años de calbideos. Era maravilloso que fuera a realizarse en Brooklyn, tan cerca de su hogar. Naturalmente eso era pura suerte... y algunas amistades influyentes. El proyecto podía haberse desarrollado en cualquier parte, es decir, en cualquier barrio urbano totalmente arruinado, donde los propietarios buenos se alejaban de sus edificios de viviendas y los malos incendiaban los bloques para cobrar el seguro. South Bronx había ansiado el proyecto. Igual que tres barrios de Chicago, otros tres de Detroit, casi todos los de Newark, la mitad de Filadelfia... sí, podía haberse desarrollado casi en cualquier parte. Brooklyn obtuvo el premio por dos razones. Primera, el poder de amistades políticas influyentes. Segunda, el blando suelo aluvial del lugar. Brooklyn estaba formado, básicamente, por los desechos empujados por los glaciares en el último período glaciar, recubiertos después por el légamo de los ríos. Ese terreno podía cortarse igual que si fuera queso.
Cuando el proyecto estuviera realizado, Bed-Stuy no tendría que importar un solo kilowatio-hora de energía de ninguna parte, ni de Hidroeléctrica de Ontario, ni de los Apalaches, ni de los arriesgados campos petrolíferos de los estados árabes, tan azotados por los conflictos. De ninguna parte. La calefacción durante el invierno aprovecharía la reserva termal del suelo acuífero, los depósitos naturales de agua salobre que existían bajo la ciudad, a casi trescientos metros de profundidad. La refrigeración durante el verano contribuiría a calentar de nuevo el subsuelo acuífero, completada con el frío adicional de los depósitos de hielo. Mediante el uso de hielo y agua para almacenar calor y frío, no se producirían los excesos de consumo de aire acondicionado en verano y calefacción en invierno, lo que significaría que la capacidad máxima podría ser inferior. Lo bastante baja para no sobrepasar, ni mucho menos, los parámetros teóricos de los aerogeneradores, molinos de viento, los generadores de metano del pozo de basura y el resto de fuentes de recursos renovables. Y el ghetto prosperaría. Bedford-Stuyvesant era un proyecto de prueba. Si daba resultado habría más, por toda la ciudad, y Watts, Libertyville, el Ironbound y el Northside tendrían su oportunidad... ¡Y daría resultado!
Pero no era probable, por supuesto, que de Rintelen Feigerman estuviera allí para contemplar esos paraísos de segunda generación.
Con ese recordatorio de mortalidad, Feigerman se llevó la muñeca al oído y su reloj señaló la hora mediante bips.
—Tengo que irme ahora —dijo—. Mi esposa morirá esta noche.
—¿Ha decidido ella hacer eso, señor Feigerman?
—Así lo parece. Lo lamento, supongo que tu madre perderá un empleo. ¿Tiene algún plan, aparte de ayudar en la tienda?
—Un amigo de mi padre dice que puede conseguirle trabajo para seleccionar basura.
Feigerman suspiró. Pero al fin y al cabo, no era su problema.
—Vamos abajo de la colina, Marcus —dijo. El coche debería haber vuelto ya.
—Muy bien, señor Feigerman. —Marcus encendió el motor eléctrico y giró la silla de ruedas hacia el empinado camino—. Aunque me parece curioso.
—¿Qué te parece curioso, Marcus?
—Elegir el momento de morir.
—Supongo que es curioso —dijo pensativamente Feigerman, mientras escuchaba el parloteo de unos adolescentes en un banco del parque y el distante retumbar del tráfico. Marcus llevaba la silla de ruedas con mucho cuidado, pero de todos modos Feigerman mantenía una mano cerca del freno—. El momento de morir es el día en que aplazas el trabajo de abrir una zanja tanto tiempo como puedes, el día que te quedas sin ropa limpia y empiezas a necesitar un corte de pelo.
Y él se hallaba muy cerca de ese momento, pensó Feigerman mientras oía el saludo de su chofer, Julius.
Hubo una confusión en el Hospital General de la Misericordia, al parecer porque la esposa de Feigerman se había extraviado. El anciano aguardó en su silla de ruedas y observó a los enfermeros que llevaban los carritos de habitación en habitación, a las enfermeras que tecleaban datos y preguntas en los monitores conforme recorrían las salas, a los auxiliares que visitaban a los pacientes provistos de medicamentos y lavativas. Y entre tanto Marcus se apresuró a averiguar qué ocurría. El muchacho regresó jadeante.
—La han trasladado —informó—. Quinta planta. Habitación 583.
Jocelyn Feigerman no estaba ya en la sección de cuidados intensivos, porque los cuidados que precisaba eran demasiado intensivos. De hecho, su cuerpo estaba, en cualquier sentido significativo de la palabra, muerto. Sus ondas cerebrales continuaban siendo magníficas. Pero del cuerpo en sí, con su infinidad de fábricas para procesar materiales y máquinas para seguir en funcionamiento, sólo quedaba un caparazón. Máquinas externas hacían circular y filtraban su sangre, y accionaban lo poco que quedaba de sus pulmones. Nada de eso era nuevo, ni siquiera particularmente grave. Fatal, sí. Tarde o temprano los sistemas vitales fallarían. Pero ese tiempo podía posponerse durante días, semanas, meses... Había enfermos en sanatorios del país entero mantenidos con vida durante años... mientras alguien pagara las facturas, mientras los pacientes, o sus familiares, no dijeran basta. El caso de Jocelyn Feigerman era peor que el de esos enfermos. Era tolerable que ella no pudiera abandonar la cama, que sólo estuviera despierta una o dos horas seguidas, que sólo pudiera alimentarse mediante inyecciones intravenosas y que sólo pudiera hablar con ayuda de un aparato. Pero en cuanto no le fuera posible pensar, no tendría razón alguna para vivir. Y ese momento se aproximaba. Los minúsculos microelementos como la acetilocolina y la noradrenalina que gobernaban el funcionamiento de las mismas neuronas cerebrales escaseaban cada vez más en su organismo, porque pequeños grupos de células en ocultos lugares del cerebro, lugares con denominaciones como locus coeruleus o nucleus basalis de Meynert, estaban agonizando. La memoria se debilitaba. Sus hábitos de pensamiento y conducta abandonaban a la enferma. Era posible reponer, durante cierto tiempo, los elementos químicos que escaseaban; pero ese aplazamiento se veía muy limitado por efectos secundarios tan graves como la misma enfermedad.
Para ella era el momento de morir.
Y por eso el hospital la había trasladado a una espaciosa y soleada habitación en un rincón del centro: llamativos colores en las paredes, abundantes flores, sillas para las visitas e imágenes tridimensionales de paisajes, todo ello rodeando la maravilla de diseño que era la cama donde yacía la enferma. La habitación era terriblemente costosa (hecho importante, porque sólo en el caso más extremo estaba ocupada, y raramente durante más de unas horas).
Cuando Feigerman entró en su silla de ruedas, la habitación estaba llena de gente, seis personas sin contar a Marcus ni él. Ni a la rígida silueta de la cama, casi oculta entre los dispositivos que la mantenían con vida. Allí estaba su hija política, Gloria, menuda y charlatana, en plena discusión con un individuo moreno, corpulento y barbudo al que Feigerman reconoció como el presidente del distrito de Brooklyn. Allí estaba su hijastro, un hombre ya entrado en años, fumando un cigarro junto a la ventana y mirando pensativamente el velado cuerpo de su madre. Allí estaba el médico, con el estetoscopio al cuello y la sonda agarrada a la solapa, con todos los emblemas de su oficio visiblemente dispuestos, aunque en realidad poco tenía que hacer aparte de escuchar la discusión de Gloria con Haisal, el presidente de distrito... Una enfermera. Un notario público, con la terminal de ordenador preparada ya en el escritorio junto a la pared. Era una habitación ruidosa. Imposible oír el silbido del pulmón artificial de Jocelyn Feigerman, o el ronroneo del dializador, a través de tan animada la conversación. La enferma no decía nada. Estará dormida, pensó Feigerman, o así lo esperaba. Todo el mundo tenía que morir, pero fijar la hora del óbito demostraba una sangre fría terrible... El anciano irguió el mentón y se dirigió a todos los presentes:
—¿A qué estamos esperando?
Su hijastro, David, aplastó el cigarrillo en una maceta y le respondió.
—Mamá quiere que Nillie esté aquí por alguna razón.
—Ella tiene ese derecho —espetó Gloria, e interrumpió la discusión con Haisal para iniciar otra con su esposo.
Haisal era de raza árabe, procedía de la comunidad palestina que poblaba Atlantic Avenue. Gloria era vietnamita, llegada a los Estados Unidos cuando era una asustada niña de tres años. Era muy raro escuchar las típicas voces neoyorquinas que brotaban de sus exóticos rostros.
—¡Padre! Haisal dice que van a convocar un referéndum.
Feigerman experimentó una brusca oleada de cólera. Acercó la silla de ruedas a los dos que discutían.
—¿Qué demonios dice, Haisal? ¡Ya tiene los votos en Albany!
—Alto, Rinty —protestó el árabe—. Ya sabe cómo van estas cosas. Hay muchas presiones...
—¡Usted puede presionar cuanto quiera!
—¡Por favor, Rinty! —dijo Haisal en voz resonante—. Usted sabe cuánto significa Bed-Stuy para mí. ¿No cree que estoy haciendo todo lo que puedo?
—No.
Haisal emitió un silbido de irritación.
—¿Qué es esto, Rinty? Gloria me pidió que viniera aquí porque usted necesitaba un magistrado para el testamento de su esposa, ¡no para pelear por el dinero del proyecto! Estamos reunidos porque va a morir alguien. ¿Dónde está su respeto?
—¿Dónde está su sentido del honor? —inquirió Gloria—. ¡Lo prometió, Haisal!
—Hago lo que puedo —gruñó el presidente de distrito—. El proyecto tendrá que someterse a referéndum, y no hay más que decir... Y ahora prosigamos con este maldito testamento, ¿de acuerdo?
—Tenemos que esperar a Vanilla de Harcourt —espetó Feigerman—, y de todas formas, Haisal... ¿Qué ocurre?
—Ella está aquí, señor Feigerman —dijo la enfermera desde la puerta—. Acaba de llegar.
—En ese caso podemos proseguir —dijo Haisal, irritado—. Silencio, todos ustedes. Sam, ¿preparado para grabarlo todo? Doctor, ¿puede despertar a la enferma?
La habitación quedó en silencio mientras el notario público conectaba el monitor y el médico y la enfermera daban a Jocelyn Feigerman un suave codazo eléctrico para despertarla. A continuación habló el presidente de distrito:
—Señora Feigerman, soy Agbal Haisal. ¿Me oye?
En el osciloscopio situado en lo alto de la cama se produjo una rápida vibración de rayos alfa, y una finísima voz contestó:
—Sí.
No era la voz de Jocelyn, por supuesto, ya que carecía de voz. Era una respuesta sintetizada, generada por medios electrónicos, controlada no por los nervios que llegaban a las paralizadas cuerdas vocales sino por hábil manipulación de los ritmos alfa del cerebro. El vocabulario era muy reducido.
—Voy a rogar al doctor que le explique su estado médico, tal como comentamos —dijo formalmente Haisal— y si tiene algún reparo limítese a decir «No». Adelante, doctor.
El joven residente carraspeó, con el ceño fruncido mientras miraba sus notas. Quería que todo fuera correcto, era su primer caso de esta índole.
—Señora Feigerman —empezó a decir—, además de los graves problemas físicos ya conocidos por usted, su diagnóstico indica que se halla en las primeras fases del síndrome de Alzheimer, denominado a veces demencia senil. Los análisis de laboratorio demuestran la existencia de depósitos de proteínas fibrosas en su cerebro, aumentando en tamaño y número. Esta enfermedad es progresiva e irreversible en la situación actual, y el diagnóstico es pérdida de memoria y de dominio sobre la conducta, períodos psicóticos y fallecimiento. Anteriormente le había comentado esto, y lo repito ahora para que pueda responder una pregunta. ¿Es consciente de su estado?
Pausa. Fluctuación de líneas en el osciloscopio.
—Sí.
—Gracias, doctor —gruñó el presidente de distrito—. En tal caso, señora Feigerman, Joss, tengo que formularle unas preguntas, y tal vez le parezcan repetitivas, pero son las que el magistrado debe formular según dicta la ley. En primer lugar, ¿sabe por qué estamos aquí?
—Sí.
—¿Sabe que padece trastornos físicos que provocarán lesiones cerebrales irreversibles y su fallecimiento en un tiempo estimado de menos de un mes?
—Sí.
—Así pues, señora Feigerman —continuó en tono solemne Haisal—, sus opciones son las siguientes. Primera. Continuar tal como está, en cuyo caso proseguirá con los dispositivos de sostén vital hasta que las pruebas cerebrales y de inducción indiquen que su cerebro ha muerto, sin más procedimientos médicos aplicables. Segunda. Puede decidir que se desconecten los dispositivos de sostén vital en este momento, o en el momento que usted elija, voluntariamente, sin más procedimientos médicos. Tercera. Puede decidir que se desconecten los dispositivos de sostén vital y entrar en suspensión criónica voluntaria. En este caso debe usted saber que el pronóstico es incierto, pero que se han tomado las precisas medidas financieras y físicas para la conservación de su cuerpo y para intentar curarla y devolverle la vida cuando dicho procedimiento exista.
—Le pregunto ahora si acepta alguna de estas opciones.
La pausa fue bastante larga en esta ocasión, y Feigerman se sintió repentinamente cansado. Tal vez fuera algo más que fatiga; incluso podía ser desconsuelo, porque aunque no sentía deseo alguno de chillar o rasgarse las vestiduras, tenía la turbadora certidumbre de que estaban arrebatándole una parte de su vida. No siempre había sido una parte feliz. Habían transcurrido muchos años desde que dejó de ser una parte sensualmente obsesiva... pero era una parte de su vida. Feigerman trató de concentrarse en las vagas imágenes que tenía ante él para comprobar si, como mínimo, los ojos de su esposa estaban abiertos, pero el detalle era insuficiente...
—Sí —sonó por fin la fina voz, sin emoción, sin fuerza, sin vida. Era, casi literalmente, una voz surgida de la tumba. Y era duro recordar cuánta vida había tenido aquel consumido cuerpo.
—En ese caso, señora Feigerman, ¿se decide por la primera opción, por continuar tal como está?
—No.
—¿Por la opción segunda, fin del sostén vital y entrada en suspensión criónica?
—Sí.
Un largo suspiro de todos los presentes en la habitación. Ninguno pudo contenerse.
—Gracias, señora Feigerman —prosiguió el presidente de distrito—. Debo pedirle ahora que elija. Puede decidirse por suspensión neurocriónica, es decir, congelamiento exclusivo de su cabeza y su cerebro. O bien suspensión de todo el cuerpo. Su médico le ha explicado que las lesiones sufridas por su organismo son muy extensas y que será sumamente improbable devolverle la vida y curar dichas lesiones en los próximos años o, incluso, en las próximas décadas. Por otra parte, la suspensión neurocriónica implica la necesidad de conseguirle un cuerpo en cierto día futuro, mediante clonación, injertando el de un donante a su cabeza o por otro procedimiento actualmente desconocido. La decisión le corresponde por entero a usted, señora Feigerman. Se ha consultado a sus parientes más cercanos y hay total acuerdo en respetar la decisión de usted. ¿Ha comprendido todo esto, señora Feigerman?
—Ok.
Haisal suspiró profundamente.
—Muy bien, Joss, voy a preguntarle ahora qué opción prefiere. ¿Acepta la primera, suspensión neurocriónica?
—No.
—¿Acepta pues la suspensión de todo el cuerpo?
—Sí.
—Así se hará —resonó la potente voz del presidente de distrito, y ratificó le decisión ante el notario público.
El notario sacó del monitor la transparencia, apretó su pulgar en una punta y lo pasó a los testigos para que hicieran lo mismo.
—Ahora —dijo el presidente de distrito— dejaremos solos a los familiares para que se despidan.
Con una mirada reunió al notario, la enfermera y la madre de Marcus. Y luego, mirando al médico, esbozó con los labios las palabras:
—Después desconecte el enchufe.
III
La primera mañana de su nueva vida como viudo, de Rintelen Feigerman despertó sobresaltado, y sintió después una terrible sensación de pérdida. No era la pérdida de su esposa. Incluso en sueños había aceptado que Jocelyn estaba muerta, o si no del todo muerta, que tanto legal como prácticamente ella no vivía ya de la misma forma que él. El sobresalto provino de la consciencia de que no había soñado su ceguera. En sueños, Rinty podía ver, siempre. Era un don natural: todo el mundo veía. Los seres humanos veían, igual que respiraban, comían y defecaban. Y por eso en sueños percibía, sin advertirlo de modo especial, las fulgurantes luces de cabeza, rojas y verdes, de un tren interurbano que llegaba a la estación de Clark Street, y la muda caída de grandes copos de nieve en el East River, y el amarillo calor del sol estival en una playa, y ojos azules femeninos, y estrellas, y nubes. Sólo al despertar se encontraba siempre a oscuras.
Rosalyn, su vieja perra lazarillo, gruñó suavemente junto a la cama mientras Feigerman se levantaba. Ningún significado tenía el gruñido, aparte de que así la perra indicaba a Feigerman dónde estaba. El anciano extendió la mano y tocó la peluda cabeza, encontrándola donde tenía que estar, justo debajo de su descendente mano. En realidad no le hacía falta ya el gruñido matutino. Podía localizar perfectamente al animal mediante el olor, porque Rosalyn cada vez era más vieja.
—Échate —le dijo, y la oyó arrastrarse obedientemente para tumbarse de nuevo junto a la cama.
Feigerman sentía la necesidad de ir al lavabo, pero había otra urgencia prioritaria. Cogió el microteléfono de la mesita de noche, prestó atención a los bips que le indicaban la hora y marcó el código que le ponía en contacto con su despacho.
—Aquí Rinty —dijo—. Informe de la situación, por favor.
—Buenos días, señor Feigerman —contestó la encargada nocturna. Feigerman reconoció la voz, la de una guapa joven, o de una mujer de cara suave y regular bajo los dedos del anciano y cuyo cabello era corto y sedoso. Janice algo—. El tiempo para hoy, sin problemas. Mantenimiento nocturno sin complicaciones; ninguna interrupción de servicio importante. Los capataces de turno están presentándose ahora, y prevemos brigadas completas. Pero estamos recibiendo —añadió, con un tono de preocupación deslizándose en su voz— muchas comunicaciones de los trabajadores suspendidos temporalmente. Quieren saber cuándo podrán volver a trabajar.
—Ojalá pudiera contestarles, Janice. Llamaré más tarde.
Colgó, suspiró y se preparó para el memorizado desplazamiento al lavabo, la ducha, la cafetera (ya notaba el calorcillo mientras el aparato le servía la primera taza matutina de café) y el resto de tareas de un ciego. Tenía que afrontarlas todas las mañanas, y la parte más difícil era acumular resolución suficiente para realizarlas un día más.
Rinty Feigerman vivía en ese piso desde hacía más de treinta años. En cuanto el hijo de Jocelyn, David, se fue de casa, compraron ese piso en Brooklyn Heights. Era amplio y lujoso, situado en la parte alta de lo que antaño había sido un elegante hotel de Brooklyn, cuando Brooklyn se consideraba aún lo bastante alejado de La Ciudad para tener hoteles propios. Las personas elegantes dejaron de alojarse allí en los años treinta y cuarenta. En las dos décadas siguientes se transformó en residencia benéfica, con los pobres de la ciudad apiñados en habitaciones que, año tras año, se hicieron más zarrapastrosas y malolientes, mientras se agostaban y morían el gran comedor del restaurante, la piscina, el gimnasio, las saunas, las salas de reuniones y la sala de fiestas de la terraza. Después una urbanizadora convirtió el hotel en un bloque de pisos. El mismo Rinty Feigerman escogió el lugar, tras estudiar el panorama y los planos de los constructores cuando todavía sus ojos funcionaban. Pero el mobiliario corrió a cargo de Jocelyn. Ella introdujo mesitas auxiliares y tiestos, gruesas alfombras para el resbaladizo piso, una cocina que parecía una tienda de electrodomésticos, con licuadoras, procesadores de alimentos y todos los automatismos del catálogo. Cuando Feigerman perdió los ojos, estos aparatos fueron igual que trampas explosivas.
Durante los dos primeros años Jocelyn substituyó malhumorada los platos y las lámparas conforme iban rompiéndose. Ella aún no había aceptado el hecho de que el problema no iba a mejorar. Cuando la lista de daños empezó a ser cuantiosa, la semana que una bandeja con figurillas de porcelana se hizo añicos en el suelo y una cafetera automática ardió hasta que el olor la despertó, Jocelyn, disgustada pero concienzuda, emprendió la tarea de poner su hogar a prueba de ciegos. Conservó adornados los espacios vitales. Rinty se mantuvo apartado de ellos, excepto de las bien establecidas rutas de puerta a puerta. Estas rutas recorrían tres recintos. Uno para invitados. Otro constituía el espacio de Jocelyn, antaño refinado pero en los dos últimos años más parecido a un piso de hospital. Y el resto pertenecía a Feigerman: un dormitorio, un baño, un cuarto de huéspedes convertido en estudio, un baño para huéspedes transformado en sencillísima cocina, todo ello ideado para alguien que prefería usar únicamente el sentido del tacto. Y la terraza.
Para un ciego con un perro lazarillo, ese lugar era quizás el más importante. Al principio la terraza había estado embaldosada, y tenía dos pequeñas siemprevivas en tiestos de madera. El hijo de Jocelyn tuvo una idea mejor, y la llenó de pared a pared con quince metros cúbicos de tierra vegetal. En la tierra creció hierba, aunque pocas cosas más, y fue el excusado perfecto para un perro. Nadie tenía que sacar a pasear a Rosalyn por la mañana. Rinty abría la puerta y Rosalyn salía muy seria; en cuanto acababa lo que tenía que hacer, la perra arañaba el cristal para entrar y después se tumbaba cerca de su amo con los ojos muy abiertos hasta que él la llamaba para ponerle el bozal. Feigerman siempre ataviaba a Rosalyn antes de ataviarse él. Se preguntaba si a la perra le disgustaría eso tanto como a él, pero naturalmente le era imposible saberlo. Rosalyn jamás se quejaba, ni siquiera cuando su amo estaba tan ocupado que olvidaba darle de comer durante largo rato después de la hora. No aceptaba comida de ninguna otra persona, y Feigerman suponía que, si continuaba olvidándose de darle de comer, el animal se moriría de hambre. La perra no se quejaba nunca, ni siquiera en los últimos tiempos, cuando era tan lenta y se fatigaba con tanta rapidez que Feigerman la dejaba en casa casi todos los días, excepto cuando el sentimiento de culpabilidad le obligaba a llevarla (a la perra y a un ser humano como aquel chico, Marcus, como medida de seguridad) a dar un paseo por el parque.
Feigerman permaneció de pie ante la puerta abierta, dejando que el sol matutino calentara su cara, esforzándose en creer que veía al menos un enrojecimiento de la oscuridad bajo sus párpados, hasta que volvió Rosalyn y ladró con suavidad mientras apretaba el frío hocico en la mano de su amo.
Había alguien en el piso. Feigerman no se había puesto el audífono porque, como solía pensar él, en realidad no padecía sordera, tan sólo era un poco duro de oído. Pero no había oído la puerta. Abrió la de su habitación y gritó:
—¿Eres tú, Gloria?
—No, señor Feigerman, soy Nillie. ¿Quiere que le prepare una taza de café?
—Ya tengo aquí. Espera un momento.
Buscó la bata que tenía al pie de la cama, se la puso, se la ató encima de su flaco vientre (¿cómo podía estar tan delgado y al mismo tiempo tan fofo?) e invitó a entrar a la mujer. Nillie se sirvió una taza de café y se sentó en el brazo de un sillón junto a la vidriera de la terraza.
—Lamentaré perderte, Nillie —dijo Feigerman—. ¿Tienes alguna otra cosa en perspectiva?
—Sí, señor Feigerman. Un trabajo en la planta de reciclaje de basura. Además en las horas convenientes, así que no se preocupe por mí.
—Naturalmente me gustaría que Marcus continuara siendo mi guía, si no hay problema.
—Claro, señor Feigerman. —Pausa—. Lamento muchísimo lo de la señora Feigerman.
—Sí.
Feigerman no había resuelto por completo el problema de cómo abordar ese tema concreto. Si la esposa ha muerto, es una cosa. Si está enferma, pero con alguna esperanza de recuperación, es otra. Una esposa reposando a una temperatura de una docena de grados bajo el cero absoluto es algo muy distinto. Por no hablar de los cinco o seis años en los que el envejecido cuerpo de Jocelyn empezó a deteriorarse... o los años anteriores a ésos, cuando el envejecido matrimonio le ocurrió otro tanto. La vida de Jocelyn había sido política y comprometida. La de Feigerman no era menos comprometida, pero sus objetivos sociales se realizaban mediante ladrillos, acero y cemento en lugar de mediante leyes. Los dos estilos de vida no habían armonizado en exceso...
—¿Qué dices?
—Decía que voy a sacar mis cosas de la habitación de la señora, señor Feigerman.
—Ah, sí. Adelante, Nillie.
Feigerman se dio cuenta de que estaba sentado en silencio, con el café frío, mientras su mente daba vueltas en torno a las dificultades y problemas de su mundo. Y también se dio cuenta, con cierto retraso, de que la voz de Vanilla Fudge de Harcourt reflejaba tensión. En particular después de la mención a su hijo. Un pequeño enigma. Tras un suspiro, Feigerman se acercó a tientas a la fregadera, tiró el café frío y acometió la tarea de vestirse.
«Vestirse», para Rinty Feigerman, no era una simple tarea de ponerse ropas. También tenía que ponerse el dispositivo de visión artificial, cosa que le disgustaba y que todos los días retrasaba tanto como podía. El aparato no servía para leer: sólo un poco para ir por las habitaciones. Feigerman obtenía información mediante Braille y grabaciones sonoras; las voces de las lectores estaban electrónicamente alteradas para acelerarlas a velocidad triple, sin elevar la frecuencia a chillidos de ardilla. En sus aposentos podía hacer casi cualquier cosa que decidiera sin el dispositivo de visión. Podía hablar por teléfono. Escuchar la radio. Dictar, escribir a máquina. Incluso manejar los mandos de su ordenador, provisto de salidas táctiles y sonoras, como mínimo para proceso de datos y matemáticas, aunque las funciones gráficas habían dejado de tener utilidad para él. Feigerman jamás podía ver los grandes esquemas que contribuía a crear, excepto en forma de maquetas. Había muchísimas maquetas, hechas en la firma asesora que poseían él y su hijastro; pero no era lo mismo que contemplar, por ejemplo, el futuro Bed-Stuy con los benditos ojos de cualquier persona dotada del sentido de la vista. Ante el ordenador Feigerman era muy diestro; sintetizadores de habla artificial leían los números que él apretaba en el tablero y los resultados que brillaban en la pantalla, en los últimos tiempos normalmente apagada. En realidad, Feigerman no tenía necesidad de ver, ni siquiera de tocar una maqueta de Bed-Stuy. El proyecto entero se archivaba en su mente... Feigerman comprendió que estaba dando largas al asunto otra vez.
Era ineludible. Feigerman dio unas palmaditas a Rosalyn, se sentó al pie de la cama y cogió el equipo.
El primer paso consistía en asegurar el contactor al pecho. Entre las tetillas, en un campo rectangular de diecisiete por ocho centímetros, un rígido cepillo de contactos eléctricos tocaba la piel. Feigerman jamás había sido velludo, pero a pesar de eso, una o dos veces a la semana tenía que afeitar los escasos pelos que le crecían en el pecho para asegurar el buen funcionamiento de los contactos. Después tenía que ponerse la camisa, y los pantalones, y la chaqueta con el bolsillo extrafuerte que contenía buena parte de los componentes electrónicos y una batería plana y compacta. Feigerman metió la mano debajo de la cama, para buscar la batería que había dejado allí la noche entera para que se recargara, la separó con cuidado del cargador, la conectó al equipo y se la metió en el bolsillo. Luego, la corona. Feigerman jamás la había visto, pero al tacto le parecía como una de aquellas diademas que las damas solían lucir para ser presentadas a la Reina. No pesaba mucho. Las correas que la sujetaban permitían llevarla sobre una gorra de lana en invierno, o encima de un simple casquete en tiempo caluroso. Emitía señales a una frecuencia inaudible para casi cualquier persona, aunque los oídos de los niños las captaban a veces. Marcus aseguraba escuchar los bips, e indudablemente Rosalyn los oía. Cuando Feigerman adquirió el modelo perfeccionado, la perra lloraba siempre que su amo lo llevaba puesto... tal vez, pensaba él, porque sabía que el aparato estaba dejándola sin trabajo.
En ese momento, cuando accionó la unidad, la perra no lloró, pero Feigerman la sintió pegarse a su pierna, intranquila, mientras se sentaba para que las impresiones llegaran a su cerebro. Había sido precisa mucha práctica. El eco de retorno de los bips era recogido, analizado y convertido en un mosaico que el contactor trazaba sobre el pecho mediante una serie de minúsculas sacudidas eléctricas. Incluso después de tanto tiempo, la interpretación era difícil, y tras una jornada prolongada significaba más dolor que información. Pero servía. Durante larguísimos meses las señales no habían tenido significado alguno para Feigerman, excepto como una alocada broma que alguien estaba gastándole con pequeñísimos aguijones eléctricos para arrear ganado. Pero el instructor le prometió que aprendería a interpretar las señales con el tiempo. Y así fue. Fue arduo deducir distancia y tamaño a partir de las pequeñas y cosquilleantes sacudidas, hasta que Feigerman comprendió que la imagen dada por el sonar de un coche aparcado, que cubría determinada parte de su pecho, debía representar un vehículo real situado a tres metros de él. Cuando se acostumbró a la sonda de ultrasonidos, poca falta le hizo ya Rosalyn, y además la perra cojeaba después de largos paseos. Pero Feigerman conservó al animal. Con los años se había encariñado de Rosalyn, y no deseaba verla entre los tecnológicamente carentes de empleo... A continuación el abrigo y los zapatos. Y Feigerman estuvo listo para llamar a su chofer e ir a las oficinas del Banco de Williamsburgh para otra jornada más de enfrentamiento con el mundo.
Esa situación era mucho mejor, le había dicho el instructor, que la padecida por los ciegos pocos años antes. Mejor que estar muerto, en fin, en opinión de Feigerman. Pero casi era lo mismo.
Cuando llegó a su despacho en el edificio del Banco de Williamsburgh, Feigerman se sentía casi jubiloso, sobre todo porque su chofer estaba de buen humor. Julius fue agente policial hasta su suspensión; un policía con pluri-empleo, porque además trabajaba para Feigerman en sus horas libres. La suspensión de empleo se debió a que un imprevisto análisis de sangre revelo la presencia de restos de tetrahidrocannabinol en su sistema circulatorio. Julius se declaró inocente. Y Feigerman pensó que no tema importancia, puesto que todo el mundo hacia lo mismo, policías incluidos. Y la causa del buen humor de Julius esa mañana era una llamada telefónica de su abogado para decirle que iban a retirarse las acusaciones contra él. Por eso el chofer estuvo bromeando y riendo durante el trayecto a las oficinas, y aún sonriente dejó a Feigerman a la salida del ascensor. El anciano se abrió paso hasta su despacho ayudado por las señales electrónicas, sin dejar de responder a los «buenos días» del personal.
Lo primero que debía hacer era librarse de la parte más pesada de su arnés, cosa que hizo con una mano mientras con la otra tocaba el botón del intercomunicador que correspondía a su hijastro.
—¿David? —preguntó mientras se quitaba el casco—. Acabo de llegar y escucha, la semana que viene necesitaré otro chofer. Van a rehabilitar a Julius.
—Estupendo —sonó la voz de su hijastro, aunque esa voz jamás reflejaba que algo fuera estupendo—. Te necesitaré en una reunión dentro de media hora, papá.
Papá. Feigerman interrumpió el acto de acariciar las arrugas rojas impresas en su fruncida frente. «Papá» era un término nuevo para David. ¿Tal vez el fallecimiento de su madre le había recordado que formaba parte de una familia? David no había expresado reacción alguna. Si había derramado una lágrima, no había sido en presencia de Feigerman. Detalle que no era sorprendente, tal vez, ya que la madre de David había dedicado más tiempo a sus causas políticas que a su hijo, su hija política o incluso su esposo...
—¿Qué clase de reunión? —preguntó Feigerman.
Había un claro tono de tensión en la voz de David, una voz en parte lisonjera, en parte desafiante.
—Vendrá un representante de S.G. & H.
—¿Y quiénes son S.G. & H. cuando están en casa?
—Son banqueros e inversionistas. Son también los que dominan a todos los legisladores desde Buffalo hasta Rochester, y los que podrían obtener del comité el dinero de Bed-Stuy.
Feigerman se recostó, con la frente más arrugada todavía. Había tanta tensión en la voz de David que deseó poder ver su cara. Pero eso era imposible por doble motivo...
—Ese representante de S.G. & H. no se llamará Gambiage, ¿eh?
—El mismo.
—¡Es un maldito gángster!
—Nunca se le ha probado nada pero, sí, estoy de acuerdo contigo, papá. —La agresividad había desaparecido, pero el tono de persuasión era prácticamente obvio—. Lo único que tienes que hacer es escucharle, ¿entiendes? Sus expertos han obtenido opciones de compra de acciones de empresas públicas, y como es lógico él está interesado en Bed-Stuy...
—¡Conozco esa clase de interés! ¡Quiere ser el dueño!
—Quiere una parte, probablemente. ¿Papá? Sé cómo te sientes... pero ¿no deseas ver realizado el proyecto?
Feigerman respiró muy despacio.
—Hablaré con él cuando llegue —dijo, e interrumpió bruscamente la comunicación.
Ya que sólo disponía de media hora antes de una tarea muy desagradable, Feigerman debía prepararse. Extendió la mano hacia el aparato que había junto a su sillón y lo puso en funcionamienio. Se trataba de su tercer par de ojos, los únicos ojos realmente válidos a distancias superiores a cinco metros. Tenían otra ventaja. Feigerman los denominaba ojos para soñar despierto, porque eran los que le permitían ver cosas que no estaban allí... de momento.
El mismo Feigerman lo había diseñado, y el dispositivo instalado en su despacho y los alrededores de éste había costado más de trescientos mil dólares... menos de la mitad recuperados en cuanto él autorizó la fabricación. No se trataba de un artículo para las masas. Incluso los modelos de producción costaban más de cien mil dólares, y no existía uno solo portátil, en ningún sentido. Las limitaciones de tamaño no podían eliminarse mediante brillantez técnica; los dispositivos se fabricaban de acuerdo con las limitaciones del dedo humano.
El núcleo del ingenio era una cámara especial, un multiplicador de fotones que captaba todo cuanto tenía delante, localizaba zonas de contraste, las expresaba digitalmente y eliminaba rasgos que, por su pequeñez, no podía mostrar dados sus límites de resolución. Y hacía todo ello dos veces, separando las imágenes por medios electrónicos para lograr una sensación estereoscópica. La señal resultante accionaba las diminutas clavijas de una matriz cuadrada de doscientos elementos de lado. Las clavijas eran redondeados cilindros de plástico más pequeños que un palillo, cuarenta mil en total, capaces de sobresalir del tablero matriz distancias que iban desde nada a poco más de medio centímetro.
El resultado final era un bajorrelieve por el que Feigerman podía pasar los dedos, como si tocara cariñosamente la cara de un amigo.
De hecho, Feigerman podía reconocer caras gracias al dispositivo, igual que casi otros cien ciegos lo bastante bien relacionados para conseguirlo o lo suficientemente ricos para comprarlo. Feigerman podía incluso interpretar expresiones... a veces. También podía tomar una «instantánea»: inmovilizar el bajorrelieve en un momento determinado para examinarlo tanto tiempo como deseara. El detalle asombroso era que incluso personas con la vista intacta podían reconocer las caras. Y no eran solamente caras. Resultaba absurdo que Feigerman tuviera cuadros en las paredes, pero si quería «contemplar» las Montañas Rocosas o la superficie de la luna, su dispositivo tenía las correspondientes imágenes estereotáctiles almacenadas en forma digital, y una simple orden permitía al anciano seguir con los dedos el Paso Donner o pasear por las laderas de Tycho.
Lo que Feigerman decidió hacer esa mañana, mientras esperaba a que llegara el gángster y le fastidiara el día, incluso quizá que le arruinara su proyecto, fue «mirar por la ventana».
La cámara electrónica instalada detrás de su sillón no servía para eso. La «distancia pupilar» electrónica era demasiado escasa para una imagen estereoscópica. Pero Feigerman había colocado un par de cámaras en lo alto del muro de la terraza del edificio, y cuando las conectaba Bedford-Stuyvesant entero ondeaba bajo sus dedos.
Lo que Feigerman tocó con sus dedos no fue muy distinto a la superficie de la luna. Allí estaban los cráteres de las excavaciones, para los bloques subterráneos de pisos que alojarían a doscientos mil seres humanos y para los talleres de tejidos, las plantas de montajes electrónicos y el resto de industrias limpias y no degradantes que darían empleo a esas doscientas mil personas. Allí estaban las estructuras existentes: los edificios de viviendas aún no demolidos, las garitas de vigilancia encima del Nathanael Greene, las fábricas abandonadas, la cubierta de protección del generador, las vías de los Ferrocarriles de Long Island... Un expreso cargado de rezagados compradores avanzaba sibilante con su sistema levimag de suspensión, y el murmullo de su paso produjo cosquillas en los dedos de Feigerman. Allí estaban los proyectos iniciados y los proyectos en desarrollo... El anciano reconoció el lento y firme giro de una grúa que alzaba prefabricadas losas de cemento sobre la cuenca de agua termal.
Y allí estaban las silenciosas hileras de volquetes y excavadoras, retroexcavadoras y taladradoras que no se movían en absoluto debido a la falta de fondos.
De Rintelen Feigerman había dejado de contar sus años. Dado que su esposa era ya un escarchado seudocadáver enterrado en algún lugar de Inwood, ninguna persona viva sabía el total; pero todo el mundo sabía que tenía muchísimos años. No podían quedarle muchos más. Feigerman estaba habituado a los retrasos. Imposible hacer carrera en obras mayores en la ciudad más compleja del mundo sin aceptar prolongados aplazamientos. Pero en esta ocasión, la primera en toda su vida, no tenía paciencia, porque cada minuto perdido era un minuto arrebatado a una reserva que debía ser escasa.
Y ese proyecto era su obra maestra. Ciudad East River era una inmensa y maldita urbanización más. El Complejo Congelador Inwood era sólo una planta de almacenamiento de frío. El Nathanael Greene era simplemente otra cárcel. Pero Bed-Stuy...
Bed-Stuy era lo más cercano al paraíso que los seres humanos podían conseguir en la tierra. La idea original pertenecía a Feigerman. Él había hecho las indagaciones en viejas publicaciones y polvorientos chips de ordenador. Alguien llamado Charles Engelke había descrito un medio para que una pequeña comunidad suburbana satisficiera ella misma sus necesidades energéticas, y lo hizo nada menos que en la década de los setenta, pero ¿quién se interesó por las barriadas después de eso? Otra persona había señalado que las partes marchitadas de algunas ciudades norteamericanas, los South Bronx y los Detroit, podían reformarse de modo más humano y novedoso. Pero fue de Rintelen Feigerman el hombre que reunió todos los datos y el que tenía el vigor, el prestigio de auteur, las relaciones políticas, el acceso a capital... todo lo preciso para convertir los sueños en realidad. Energía solar. Energía solar usada de mil formas distintas: para calentar agua en verano y bombearla sobre cristales recargables de agua fósil situados a gran profundidad: la nueva agua caliente hace salir la vieja agua fría, y ésta es la base del aire acondicionado estival. En invierno el bombeo se invierte, y la cálida agua veraniega calienta los hogares. Energía solar en forma de elementos fotovoltáicos, para accionar aparatos electrónicos. Energía solar transformada en viento, también para generar electricidad, de modo más típico para bombear agua, para introducirla y sacarla de subsuelos acuíferos termales. Energía solar, sobre todo, para su mejor función: calefacción doméstica.
Feigerman hizo un ajuste, y bajo sus dedos el panorama de Bed-Stuy pasó de lo que era a lo que sería: los datos almacenados habían creado la imagen del proyecto completado.
Ni siquiera cuarenta mil elementos podían ofrecer excesivos detalles de un plan que abarcaba casi trescientas hectáreas de terreno. Un elemento representaba algo con el tamaño aproximado de un camión. Un peatón, una boca de incendios, incluso un coche aparcado eran cosas tan pequeñas que no podían verse.
¡Pero qué visión tan gloriosa! Los dedos de Feigerman se posaron amorosamente en la inmensa colina de forma aerodinámica que contendría el depósito de agua a nivel superficial y los motores eólicos para bombearla. La cúpula de menor tamaño del estanque de hielo, donde las heladas temperaturas invernales crearían reservas de bajo nivel térmico para la refrigeración estival, incluso para procesar alimentos. La pendiente más suave que escondía los grandes digestores de metano... Posiblemente Feigerman adoraba por encima de todo estos digestores de metano, porque ¿había algo más elegante que aprovechar el residuo humano más ofensivo (¡los excrementos!) para convertirlo en el recurso humano más valioso, en combustible? Todas las aguas cloacales de viviendas, oficinas y fábricas desembocaban allí para unirse a los desechos menos abundantes, aunque considerables, procedentes de la prisión cercana. Las heces se calentaban para formar barro y metano; el calor del proceso eliminaba todas las bacterias; el cieno nutriría las granjas, el metano ardería para suministrar calor. Industrias como la del vidrio, que necesitaban el calor preciso que nada mejor que el gas podía suministrar, dispondrían de suministros baratos y fiables, cosa que significaba puestos de trabajo... aumento del nivel de autosuficiencia...
Feigerman suspiró y se obligó a volver a la realidad. Obedeciendo su orden, la futura Utopía se disolvió bajo sus dedos y el anciano tocó la configuración de Bed-Stuy tal como era. El generador de metano era tan sólo un horrible agujero en la tierra, cerca de la prisión. La gran cúpula aerodinámica no era más que un irregular círculo de Stonehenge hecho de hormigón y abierto por arriba. La ociosa maquinaria de construcción continuaba alineada a lo largo de una calle...
—No deseaba asustarlo, por eso he entrado sin decir nada, ¿eh?
El ciego se sobresaltó, giró en la silla, se golpeó la cabeza con el soporte de la cámara que tenía detrás. Intentó hacer dos cosas al mismo tiempo: coger la corona con el sonar que le permitiría ver al intruso y conectar la matriz táctil a las cámaras interiores para palpar la imagen del visitante.
—No le hace falta ese artefacto, Feigerman —dijo el recién llegado en tono suave y divertido—. Soy yo, Gambiage. Tenemos un asunto que discutir.
Feigerman abandonó la búsqueda de la corona. La cámara situada detrás de su cabeza había captado la imagen del visitante, y Feigerman la percibió bajo sus dedos.
—Siéntese, señor Gambiage —dijo irónicamente, porque el aludido ya lo estaba haciendo. ¡Con qué silencio se movía!—. Está usted impidiendo que me llegue dinero. ¿De eso quiere hablar?
La imagen ondeó bajo sus dedos: Gambiage había hecho un gesto de impaciencia.
—No perderemos el tiempo en sandeces —informó a Feigerman—. Puedo lograr que Albany suelte su dinero, no hay problema, o puedo impedir que le llegue, eternamente, y tampoco hay problema en eso. Por otra parte, usted podría costarme mucho dinero, y por eso le propongo un trato.
Feigerman lo dejó hablar. La impresión táctil de Gambiage no ofrecía excesiva información. Feigerman sabía, porque así lo afirmaban los reportajes de los periódicos, que la edad de Gambiage se hallaba alrededor de los cincuenta años. Percibía que el hombre era bajito y corpulento, aunque sus facciones eran enjutas y marcadas. Nariz clásica. Pobladas cejas. Mentón amplio y pronunciado. Pero... ¿cómo era su mirada, maliciosa o cordial? ¿Estaba sonriendo, mirando socarronamente o haciendo una mueca? La voz de Gambiage era suave y, qué extraño, muy correctamente pese a una gramática aprendida en la calle. Esa gramática podía provenir incluso de la Ivy League. En el fondo no había nada que objetar a que los hijos de los padrinos mafiosos fueran a la Universidad. Y Feigerman tenía que admitir que el hombre olía bien, a pelo lavado, elegantes zapatos de cuero e inmejorable loción para el afeitado. Oyó el ligero ruido que hizo Gambiage al ponerse cómodo para seguir hablando. Olió, oyó, palpó... se asustó. Porque aquel individuo representaba una clase de poder imposible de ignorar.
Feigerman había tratado con esa chusma en otras ocasiones. En los Estados Unidos era imposible estar relacionado con obras importantes sin encontrar la compañía de esa gente en mil formas. Los sindicatos, los proveedores, los políticos, los urbanistas, los inspectores de obras, los codificadores... siempre que un soborno de mil dólares podía obtener el visto bueno para una concesión de un millón de dólares, o una aprobación, o una autorización, allí estaba la chusma. No siempre eran los que mandaban. Pero era imposible dejarlos de lado. Sólo había dos formas de tratar con la banda, llegar a un acuerdo o pelear. Feigerman había hecho ambas cosas.
Pero en esta ocasión no podía hacer nada. Imposible pelear, porque no le quedaba vida suficiente para una batalla prolongada. E imposible estar de acuerdo con algo que representaba poco menos que la perversión de su sueño.
—Se trata del asunto de la generación de energía comunitaria —explicó Gambiage—. Si usted crea energía propia, costará una fortuna a los servicios públicos. Yo tengo un stock de opciones de bolsa. No valdrán nada si el precio no sube, y usted es uno de los que impiden que suba.
—Señor Gambiage, la esencia del proyecto Bed-Stuy es la autosuficiencia energética de modo que...
—He dicho que no perderíamos el tiempo con sandeces —le recordó Gambiage—. Hablemos de negocios. Usted cambiará sus recomendaciones. Accederá a vender todas las instalaciones generadoras de energía a los servicios públicos. Después yo recomendaré a mis amigos de Albany que suelten los fondos para usted, y todo irá como la seda a partir de aquí. Y se lo haré más atractivo. Le venderé mis opciones para cincuenta mil acciones por lo mismo que pagué por ellas. Treinta centavos por acción, para comprarlas a noventa y uno con veinticinco.
Feigerman no respondió de inmediato. Se volvió hacia el procesador de datos y tecleó las órdenes para una información bursátil. Cuando se llevó el pequeño auricular al oído, la voz artificial y asexuada dijo: Cotización actual de Consolidated Metropolitan Utilities, ochenta y cinco.
—¡Ochenta y cinco! —repitió Feigerman.
—Exacto —dijo Gambiage, y su voz era pura sonrisa—. Eso me ha costado usted hasta ahora, Feigerman. Ahora haga un cálculo, suponiendo que nosotros poseemos las instalaciones generadoras, y a ver qué sale. Pase lo que pase, llegaremos a ciento diez.
Feigerman no se molestó en comprobar eso; era absurdo que el hombre mintiera al respecto. Se limitó a plantear un simple problema aritmético: 110 $ (91,25 + 0,30) por ejemplo, un 1% para los corredores de bolsa, todo ello multiplicado por 50.000. Y la voz musitó: Novecientos trece mil doscientos setenta y cinco dólares.
Le estaban ofreciendo un soborno de casi un millón de dólares.
Un millón de dólares. Una herencia inferior a la décima parte de esa cantidad le había permitido graduarse y disponer de capital para iniciar su carrera. Un número mágico. No importaba que sus bienes fueran ya considerablemente superiores. No importaba que el dinero fuera de poca utilidad para un hombre tan viejo que no podía gastar su fortuna. ¡Un millón de dólares! Y simplemente por tomar una decisión que en cualquier caso, y bien considerada, podía ser la solución más correcta.
Era muy fácil ver cómo ejercía su poder el señor Gambiage. Pero Feigerman no se lo dijo.
—¿Cuántas acciones tiene? ¿Un millón, dos? —preguntó con voz temblorosa.
—Mis socios y yo tenemos bastantes, sí.
—¿Sabe que todos podríamos ir a la cárcel por esto?
—Feigerman —repuso Gambiage en tono de fastidio—, para eso se paga a los abogados. De todas maneras podemos hacer la transacción con precauciones, usando el nombre que prefiera. No habrá violación de las leyes estadounidenses. Las opciones están registradas ahora en Grand Cayman.
—¿Qué ocurrirá si digo no?
Con los dedos en el bajorrelieve, Feigerman notó la oleada de movimiento mientras Gambiage se encogía de hombros.
—En ese caso Albany no soltará los fondos, el proyecto fracasará y las acciones volverán a la cotización que les corresponde. Quizá cien dólares.
—Y el motivo de que usted venga a verme —dijo Feigerman, para clarificar el punto— es que piensa que yo salgo más barato que un par de docenas de legisladores.
—Algo más barato, sí. Pero en cualquier caso las cifras finales serán buenas para mí y para mis socios.
Las agujas produjeron cosquillas en la palma de Feigerman mientras el gángster se levantaba. Irritado, Feigerman congeló la imagen.
—Me pondré en contacto con usted —prometió Gambiage, y se fue.
Pasarían, calculó Feigerman, no más de treinta minutos antes de que su hijastro le llamara por el intercomunicador.
No estaba preparado para eso. Apretó el botón de «intimidad» que anulaba todas las llamadas y cerraba con llave la puerta.
Lo primordial, en ese momento, era decidir definitivamente qué era lo importante. ¿Acabar las obras del proyecto? ¿O acabarlas de un modo que le hiciera sentirse satisfecho y orgulloso de sus virtudes?
Feigerman sabía cuáles eran sus deseos: la sensación de triunfo y rectitud que lo condujera a la escena mortuoria de imposible postergación, la escena que ensayaba casi todos los días. Su tarea consistía ahora en conformarse con un segundo puesto... o encontrar el medio de conseguir el primero. Podía luchar, por supuesto. Las batallas importantes estaban ganadas desde hacía tiempo: la aprobación de las líneas generales del proyecto, la adquisición del terreno, los planos, el principio de las obras... Gambiage podía recurrir a legisladores sobornados o requerimientos judiciales, a cualquier estrategia de que dispusiera (y debía disponer de miles), pero a la larga el juego favorecería a Feigerman...
Con la probabilidad de que Feigerman no viviera para ver su victoria.
El anciano suspiró y anuló el bloqueo del intercomunicador. Y como era de esperar la voz de su hijastro sonó al instante, una voz enojada.
—No evites mis llamadas de esa forma, papá. ¿Por qué lo has hecho? ¿Qué ha dicho?
—Quiere ser nuestro socio, David.
—¡Papá! Papá, él ya es socio nuestro. ¿Piensas cambiar la recomendación?
—Lo que pienso hacer es meditar sobre ello un rato. —Hizo una pausa, y luego, impulsivamente, agregó—: ¿David? ¿Te has hecho con alguna opción de bolsa últimamente?
El silencio se mantuvo durante unos momentos.
—Tu lazarillo acaba de llegar —dijo David, y colgó.
Cuando se presentó para ayudar al señor Feigerman, Marc estaba preparado para pasar un mal rato. El otro tipo, el señor Tisdale, estaba angustiadísimo y se lamentaba en voz baja, gruñendo. El problema se centraba en el anciano Feigerman, por lo que era posible que hubiera anulado el paseo diario, que estuviera malhumorado... a su edad, podía haber sufrido un ataque o algo así.
Pero en realidad no pasaba nada de eso. Feigerman estaba forcejeando para ponerse aquella especie de cámara en la cabeza, aunque saludó con suma jovialidad.
—Hola, Marcus. ¿Listo para un paseíto?
—Claro, señor Feigerman. —Marc se situó detrás del anciano para atarle las correas, y su mirada se posó en el tablero que el viejo usaba para ver.
—¿Qué ocurre? —dijo bruscamente Feigerman.
—Eh... nada —repuso Marc.
Pero estaba mintiendo. No tuvo dificultad alguna para reconocer la cara que había en el tablero. No podía olvidar aquella cara. Marcus la había visto muchísimas veces, cuando aquel hombre llegaba a la confitería de su padre con su gran automóvil negro.
IV
El Recluso 838-10647 HARVEY John T. no tenía solamente uno de los mejores empleos del Instituto Masculino Nathanael Greene, tenía dos de los mejores. Por las tardes hacía turno de patio, en la superficie. Eso se debía en parte a su impresionante antigüedad en la prisión, y sobre todo a que había exhibido certificados médicos para demostrar que necesitaba tomar el sol y el aire todos los días. El interno Harvey no tenía problema alguno para exhibir casi cualquier certificado médico que deseara. Por las mañanas trabajaba en la biblioteca. Eso también se debía en parte a su antigüedad, pero sobre todo a su especial destreza con los procesadores de datos. El trabajo bibliotecario del interno Harvey solía exigir la reparación del sistema de recuperación de datos cuando se averiaba, y de vez en cuando buscar libros para otros reclusos. Esa mañana, Harvey estaba atareado en otra cosa. Era como hacer un puzzle. Bajo la vigilancia de dos malhumorados guardianes y del preocupado responsable de la biblioteca, Harvey estaba reuniendo trabajosamente las astillas de cristal que hasta entonces habían pertenecido a una vidriera de quince por sesenta y cinco centímetros en los armarios cerrados con llave. Estando entera había protegido un estante de libros «prohibidos», libros no autorizados a casi todos los internos ya que eran políticamente peligrosos. Reducida ya a un montón de fragmentos tan afilados como una cuchilla, era algo todavía más prohibido para los reclusos, porque era peligroso y punto. En el borde de la mesa de Harvey, vigilados por un tercer guardián, estaban sentados los dos internos cuya pelea había roto la vidriera. La nariz de uno sangraba. El otro tenía una mano llena de sangre. Se llamaban Exposito y La Croy, y ninguno de los dos parecía sentirse especialmente preocupado, ni por las heridas ni por las cuarenta y ocho horas de pérdida de privilegios que constituían el castigo inevitable por pelear.
Un pequeño precio que pagar a cambio de la posibilidad de fuga.
A duras penas se escapaba alguien del Nathanael Greene. Naturalmente, muchos internos lo intentaban. Todos los reclusos sabían que existían exactamente tres formas de hacerlo, y que dos de ellas eran obvias y la tercera imposible.
Los medios obvios eran, obviamente, los que solía usar la gente para salir de la prisión: la puerta de «visitantes», por donde entraban también las provisiones y por donde salían productos manufacturados y basura, y la vigiladísima «puerta para traslado de presos». Los presidiarios dignos de confianza que tenían la suerte de trabajar en la superficie, atendiendo las plantas o cortando hierba, casi podían irse andando por la puerta de visitantes. Algunas veces lo intentaban, pero la vigilancia electrónica los sorprendía siempre. La salida usada para el traslado de presos era algo más fácil: tres veces se habían producido fugas con éxito por allí, normalmente mediante falsas órdenes de traslado. Pero después de la tercera vez las autoridades alteraron el método, y aquella puerta parecía estar cerrada de modo permanente.
Anuladas las dos formas obvias. La restante era la imposible. A saber, abandonar la prisión por otra salida.
Lo que imposibilitaba esa solución era que no existían más salidas. El Nathanael Greene era una cárcel subterránea. Se podía excavar un túnel si se deseaba, pero la distancia mínima a perforar era de cien metros, en vertical, y además estaban los geófonos. Los mismos dispositivos captadores de ecos que localizaban bolsas de petróleo y fallas sísmicas eran capaces de localizar un túnel, normalmente en los tres primeros metros, suponiendo que un preso lograra eludir la constante vigilancia electrónica el tiempo suficiente para iniciar la excavación.
Por eso era imposible, para casi todos los presos, prácticamente siempre. Pero los internos abrigan esperanzas... como Exposito y La Croy. E incluso corrían riesgos, como deseaban hacer Exposito y La Croy. Porque jamás existía un sistema perfecto, y de existir una persona capaz de superar las medidas de seguridad del Nathanael Greene, esa persona era el Interno 838-10647 HARVEY John T.
Harvey no componía el puzzle a gusto de los guardianes, pero al cabo de dos horas de intentarlo, después de machacar dos veces con los pies algunos fragmentos y cuando era indudable que nadie podría reconstruir correctamente el cristal, los vigilantes se conformaron con recoger los fragmentos que encontraron y se llevaron a Exposito y La Croy. No tenían motivo para incordiar al interno Harvey. Aunque naturalmente eso no les impidió amenazarlo. Pero cuando sonó la señal para comer, dejaron ir al recluso.
El trayecto de la biblioteca a la celda comprendía tres tramos de escaleras y seis largos corredores, y Harvey lo hizo sin compañía. Igual que cualquier otro preso, ya que estuvieran donde estuvieran o hicieran lo que hicieran, el archivo del localizador maestro comprobaba su identidad siempre que llegaban a un punto de control. Había que levantar la pierna para mostrar la identificación del tobillo al analizador óptico. El analizador se aseguraba de la identidad mediante grabaciones de la voz, comparación de cara o figura e incluso a veces recurriendo al olor. El analizador preguntaba al archivo maestro si el preso debía ir adonde iba, y si todo estaba en orden el investigado podía continuar. El proceso entero precisaba tanto tiempo como abrir un libro normal, y los internos no intentaban hacer trampas porque de todos modos estaban sometidos siempre a la vigilancia de un circuito cerrado de televisión. Harvey, con un libro y una camisa de bibliotecario recién lavada, saludó a los conocidos que andaban por los mismos corredores, intercambió comentarios sobre el hedor de metano que empezaba a invadir la prisión entera y llegó a su celda en menos de cinco minutos.
Su compañero de celda era un hombre llamado Angelo Muzzi, y estaba aguardándole.
—Venga eso —dijo Moots, extendiendo la mano hacia el ejemplar de Dune.
Harvey entró en la celda con recelo; había que tener cuidado con Muzzi.
—Estás jodiendo todo el plan —observó—. No te hace falta esto.
Pero Harvey le entregó el libro de todos modos, y vio como Muzzi lo abría por la página donde estaba el trozo de vidrio.
—Es demasiado corto, imbécil —gruñó Muzzi.
No estaba especialmente enfadado. Siempre hablaba así. Arrancó un par de hojas del libro, las dobló y envolvió con ellas el extremo más grueso de la astilla de vidrio. Al levantarla como si fuera a dar una puñalada, ocho centímetros de afiladísimo estilete sobresalían de su puño: un arma cortante, mortífera e invisible para los detectores de metal de la prisión.
—Demasiado corto, joder —repitió con fiereza, pero en sus ojos brotó un brillo que en Muzzi equivalía a aceptación.
—Es lo mejor que he podido conseguir.
Harvey no se molestó en contarle cuánto tiempo había perdido con los fragmentos, fingiendo que intentaba reconstruir la hoja entera; seguramente eso no tendría interés para Muzzi.
—Los trulleros querían empaquetarme veinticuatro horas —informó. A Muzzi debía interesarle. Y así era.
—¡Chorra! ¿Has echado a perder la reunión con el chico? —En esta ocasión la voz era peligrosa y Harvey se defendió con rapidez.
—No, todo va bien, Moots, eso no es hasta el jueves. Sólo estaba contándote por qué no pude conseguir nada mejor.
—Ya lo has dicho. Ahora cierra el pico.
Harvey no esperó a ver dónde ocultaba el arma Muzzi. No quería saberlo. Por fortuna, él y Muzzi no comían en el mismo turno, de modo que Harvey se marchó sin volver la cabeza.
La cuestión era que Muzzi no necesitaba el «aguillé». Sería inútil en las primeras fases. Y cuando dejara de ser inútil, será innecesario. Pero nada de discusiones con Muzzi. No cuando ordenaba a alguien que robara un trozo de vidrio para él. No cuando incorporaba dos personas más al plan y les ordenaba romper la vidriera para satisfacerle. Nunca. No era simplemente que las relaciones de Muzzi posibilitaran la realización del plan, era el mismo hombre. «Hombre» era un término incorrecto. Muzzi era un animal rabioso.
La comida de los jueves siempre era igual: empalagosos bocadillos de hamburguesas, ensalada hecha con lo que se recogía en el huerto de la superficie o el invernadero, y leche. O lo que allí llamaban «leche»; el líquido jamás había visto a una vaca, ya que estaba compuesto por grasas vegetales y blanqueador. Lo que empeoraba más la comida ese día era el hedor a metano; la excavación de los nuevos pozos cloacales había hecho que se filtrara por el subsuelo hasta los mismos bloques de las celdas. Harvey no acompañó a los demás en los abucheos y quejas, no dejó caer al suelo el viscoso jugo de los empalagosos bocadillos ni metió por accidente una bola de carne en la gelatina que era la leche. No imitó nada de lo que hacían los otros presos para indicar su descontento, porque lo último que deseaba Harvey en ese momento era una pérdida de privilegios, aunque sólo fuera de veinticuatro horas. De todos modos, sufrió con cada mordisco. El interno Harvey estaba acostumbrado a cosas mejores.
El Interno 838-10647 HARVEY John T. tenía un expediente que se iniciaba treinta años atrás, cuando él era un muchacho brillante y delgado. No había sido su intención entrar en el mundo de la violencia. Empezó siendo un Monstruo del Teléfono, rival del semilegendario Capitán Crujido. Cuando Mamá Telefónica enloqueció lo bastante para mandar a la cárcel al Capitán, el joven Johnny Harvey captó el mensaje. Hacer llamadas telefónicas gratis al Papa no valía la pena, y por eso buscó formas menos peligrosas de divertirse. Las encontró en programas informáticos particulares. Johnny Harvey podía sortear los dispositivos de seguridad de cualquier ordenador. A pesar de las muchas trampas que Apple incorporó a su software, Johnny Harvey las superaba en una semana, y hacía copias y las repartía, como si fueran palomitas de maíz, entre todos sus amigos antes de que la empresa conociera la estafa. Apple se desesperó lo suficiente para ofrecerle un empleo (no estropees nuestros programas de seguridad, invéntalos) pero el trabajo era aburrido. Igual que birlar programas. Durante algún tiempo Harvey trabajó para el Ayuntamiento, sobre todo en programas para votaciones electrónicas y la Reunión Global Ciudadana, pero eso también acabó siendo aburrido, a la larga, y entonces se presentó alguien con más trampas a sus espaldas que Harvey en toda su vida, y comprendió cuántos tesoros podía «desenterrar» aquel joven.
Harvey desenterró seis grandes tesoros. Dos eran importantes primas de compañías aseguradoras por pólizas que jamás habían existido, de asegurados que nunca habían nacido. Tres fueron ventas de acciones que Harvey jamás había poseído, excepto en el manipulado almacén de datos del ordenador de una empresa de corretaje. El último fue una transferencia de dinero entre dos sucursales del mismo banco que creían que sus códigos jamás estarían comprometidos.
En cuanto descubrió cuan equivocado estaba, el banco dispuso una trampa. La siguiente vez que Harvey intentó retirar un cuarto de millón de dólares que no le pertenecía, la cajera se rascó la nariz de la forma apropiada y dos agentes de seguridad del banco, vestidos de calle, se llevaron a Johnny Harvey.
Puesto que se trataba de un delito sin violencia, y porque de todos modos nadie ama a los bancos, el acusador no se atrevió a exigir un juicio con jurado. Dejó que Harvey acabara con una condena reducida negociada con la defensa. Nadie estaba realmente loco. Encerraron a Johnny durante dieciocho meses. Pero lo encerraron en Attica, la escuela de crimen callejero y bribonería más prestigiosa del mundo. Después de eso Harvey no logró encontrar empleo, los códigos eran mucho más difíciles y, en general, la forma más sencilla de practicar el hábito que había adquirido era tener un arma en la mano.
Y cuando el asunto se torció, lo encarcelaron por segunda vez, y al salir de la cárcel la situación no había mejorado. Harvey ensayó el mismo proyecto. En esta ocasión las cosas fueron muy mal, y cuando intentó abrirse paso a tiros para huir de los vigilantes, tres personas resultaron muertas. Una de las víctimas era un policía. La otra una mujer embarazada. La tercera, el hijo de tres años de la anterior. Bien, el clemente Estado de Nueva York podía hacer un trato por uno o dos homicidios, pero en esa ocasión estaban llamando «Perro Rabioso» a Harvey en los noticiarios de las seis, y la opinión pública lo condenó antes de que se convocara al primer miembro del jurado. Johnny tenía que arrastrar tres severas condenas consecutivas. Si era el preso más modélico posible, podía esperar salir a la calle dos meses después de su centesimonono cumpleaños.
Eso no era satisfactorio.
Y Johnny Harvey apeló a todos sus recursos. Aún recordaba sus victoriosos métodos con los ordenadores, y Nathanael Greene era una prisión controlada por medios informáticos. El archivo central siempre sabía dónde se hallaban los internos y si tenían derecho a estar allí, porque en todas las puertas, en todas las escaleras y en todas las celdas había un punto de control. Las identificaciones que los reclusos llevaban en el tobillo los identificaban durante todas las horas de sus condenas, en cualquier lugar.
Eso tampoco era satisfactorio, pero otros dos hechos completaron el cuadro. El primero se produjo cuando el primer compañero de celda, Ninguna Comida, se enganchó la mano en el horno de microondas. La culpa fue de Harvey, en cierto sentido. Había explicado a Ninguna Comida cómo superar el bloqueo de seguridad del horno. Pero en realidad no pensó que Ninguna Comida llevara tan lejos su protesta contra la dieta carcelaria, hasta que su compañero no apareció para recogerse por la noche, y el carcelero le explicó que Ninguna Comida se hallaba de camino a otra institución muy distinta. El día siguiente Harvey conoció a su nuevo compañero. Se llamaba Muzzi, y su aspecto hacía pensar en malas noticias. Era bajito y gruñón. Entró en la celda como si regresara a una casa de campo y estuviera insatisfecho por la forma como habían conservado el lugar los cuidadores, y a Harvey le correspondió el papel de cuidador.
—Eres demasiado viejo —fueron sus primeras palabras a Harvey—. No doy por culo a nadie que tenga más de veintidós años.
Lo que causó a Harvey más impresión, más incluso que la violencia y la paranoica brutalidad del individuo, fue su olor: algo así como el tufo de la caja donde duerme un gato, mezclado con costosísima colonia masculina. Lo que le sorprendió más tarde, cuando Muzzi acabó de explicar quién era y cómo tenía que comportarse Harvey, fue que se hallaba ante un hombre con buenas relaciones. Y no sólo eso, sino que además las conservaba. Muzzi cumplía su condena sin aceptar la clemencia que habría gozado en un minuto a cambio de una insignificante declaración. En lugar de eso Muzzi prefirió cumplir la condena. De modo que alguien le debía algo, y ese alguien era un pez gordo.
El otro hecho fue el inicio de las excavaciones, a no más de diez metros de los muros de contención de la cárcel, para el pozo generador de metano de Bed-Stuy.
El jueves por la mañana el Interno 838-10647 HARVEY John T. volvió a su celda después del desayuno, junto con el resto de presos de su bloque de celdas, para pasar la revisión matutina. Sábanas fuera. Colchón en el suelo. Armario con efectos personales abierto. Internos de pie junto a la puerta. Como siempre, los guardianes pasaron en grupos de tres. Normalmente la revisión era una fugaz mirada a las celdas. De vez en cuando una entrada al azar y un registro minucioso: cacheo, de vez en cuando repaso del colchón con detectores manuales de metal e incluso llevarlo al laboratorio y sustituirlo por uno nuevo, o más bien más viejo todavía, con más manchas y peor olor procedente del jergón que los presos de confianza arrastraban. Harvey y Muzzi permanecieron impasibles mientras los vigilantes pasaban. En esa ocasión se libraron de los registros. Pero al final del corredor sonaron juramentos y gemidos. Alguien, quizás el tipo negro que acababa de ingresar, había sido sorprendido con contrabando.
Luego, durante unos minutos, nada, hasta que resonaron las rejillas de los altavoces.
—Todos los internos, vayan a sus lugares de trabajo.
El trabajo de Muzzi en la panadería se hallaba en una dirección, el de Harvey en la biblioteca en otra. No se dijeron adiós. No se hablaron.
Harvey no se sorprendió cuando, cerca del final de su turno de mañana, el altavoz de la biblioteca desafió los letreros de ¡silencio! y rugió:
—¡Seis cuatro siete Harvey! ¡Preséntese en el Local de Visitas!
El bien relacionado Muzzi había usado bien sus contactos. Había conseguido un comité de recepción que los aguardaría cuando salieran de la cárcel. Había conseguido que un par de ayudantes preparara el explosivo plástico y colaborara en la excavación... y, por supuesto, había conseguido además su puñal particular. También había proporcionado un «hijo» a Harvey que actuaría como correo, y no un mal hijo por cierto. El chico incluso le recordaba un poco a él mismo a esa edad... sin contar el color de la piel, claro. Sin contar tampoco las procedencias familiares, Short Hills frente a Bed-Stuy, y ciertamente sin contar con la ascendencia, en el caso de Harvey dos maestros de escuela, en el de Marcus una ramera retirada y su chulo. Difícil encontrar algún parecido, ésa era la verdad, aparte de que el joven Johnny Harvey y el joven Marcus de Harcourt compartían esa vivaz y ardorosa curiosidad por el mundo y todo cuanto lo hacía funcionar. Por eso, cuando entró, Marcus hizo honor a su personaje y se mostró efusivo.
—¡He visto la maqueta de Bed-Stuy, papá! ¡Jo! Vaya cosas que hay... Molinos de viento que bombearán agua caliente y fría, un sitio para convertir suciedad en gas, paneles solares, un depósito de hielo...
—¿Qué te ha gustado más? —preguntó Harvey, y la respuesta llegó al momento.
—¡Los molinos de viento!
Y eso fue lo esencial de la visita. El resto, puro decorado.
Ya que poseía la necesidad de perfección de un artista, Harvey se complació en prolongar la farsa media hora larga. Preguntó a Marcus cómo le iba la escuela, cómo estaba su mamá, su primo Will, su tía Fio y otra decena de familiares inventados. El chico era rápido para encontrar respuestas, porque obviamente también a él le complacía el juego. Cuando llegó la hora de irse, Harvey extendió el brazo más allá de la mesa y abrazó al chico, y como era de esperar la vigilante reaccionó.
—Oh, demonios, Harvey —dijo la mujer tras suspirar, no de forma desagradable, porque no era partidaria de avergonzar a un hombre delante de su hijo—. No es tan tonto como para hacer eso. Ahora tendremos que registraros a los dos.
—No hay problema —repuso generosamente Harvey.
Y no lo había. Él no llevaba encima nada que no pudiera llevar, por supuesto, igual que el chico. Ya no.
Una excusa para limpiar los alrededores de la maqueta durante el turno de tarde, un pretexto para volver a la biblioteca después de la cena... La locuaz lengua de Harvey sirvió para ambas cosas, aunque aquellos trámites le hicieron sudar. Lo llevaba encima en ese momento; si por casualidad lo paraban para un registro rutinario con el contrabando encima... Pero no fue así. Antes de la revisión de celdas de esa noche, Harvey había hecho su parte. El chip estaba donde le correspondía, en el ordenador de la biblioteca.
El objeto que Marcus había introducido a escondidas no era exactamente un chip. Era un circuito multiplaca, algo así como un pequeño bizcocho de varias capas, con arseniuro de galio en vez de bizcocho y rellenos de silicio y berilio. En cuanto lo sacó del nicho, debajo de los aerogeneradores de la maqueta, y lo introdujo en la terminal de la biblioteca, Harvey sólo necesitó introducir algunas instrucciones («una comprobación», dijo sonriente al oficial que hacía el turno de noche en la biblioteca) y el chip redefinió toda una serie de órdenes para el ordenador maestro.
De este modo, otra vez en la celda, Harvey se acostó y sonrió alegremente al techo. Incluso Muzzi estaba risueño, o más cerca de estarlo que nunca. Se hallaban preparados. Exposito había robado ya la vaselina y otros productos químicos para hacer plástico. La Croy tenía los martillos, las palas y la alcayata para abrir un agujero en el muro a fin de colocar la carga plástica.
Y el chip estaba introducido.
El truco funcionó a la perfección, tal como Harvey lo había ideado, lo que significaba que en ese momento el chip no hacía nada. Cuando un interno pasaba por un punto de control, la identificación que llevaba en el tobillo registraba su presencia y se comprobaba en el archivo maestro qué reclusos tenían autorización para estar en determinado lugar a determinada hora. En las siete horas y media después de que Harvey hiciera su tarea, una decena de presos hizo sonar la alarma del ordenador. Las puertas del sector correspondiente se cerraron herméticamente hasta que un guardián llegó para efectuar la comprobación. Tres reclusos estaban drogados. Otro era tan sólo un incorregible camorrista que no tenía derecho a encontrarse en un lugar tan agradable como el Nathanael Greene. Todos los demás tenían buenas excusas. Ninguno de ellos era el Interno 838-10647 HARVEY John T. Ni él ni sus tres compinches habían disparado alarma alguna, y nunca lo harían. El ordenador registraba la presencia de los cuatro con enorme facilidad. Al consultar el archivo de cualquiera de ellos, recibía la orden de analizar una tabla especial de datos donde se le informaba que los reclusos Harvey, Muzzi, Exposito y La Croy estaban autorizados para ir a cualquier lugar en cualquier momento. Si el ordenador buscaba a uno de ellos en la celda y constataba una ausencia, la misma instrucción le aclaraba que esa particular indicación de ausencia debía considerarse como constatación de presencia. El ordenador no dudaba de las órdenes. Igual que los guardianes. La función de éstos no consistía en guardar algo, sólo en cumplir las órdenes del ordenador... y de vez en cuando, eso sí, comprobar que ninguno de los reclusos, por error o de forma deliberada, perturbara el funcionamiento de los analizadores ópticos apartando bruscamente las identificaciones (con esa maniobra todo el mundo quedaba encerrado en todas partes). Los guardianes no se extrañaban de nada, puesto que, igual que cualquier banco o empresa de corretaje, estaban seguros de que el ordenador jamás fallaba. Y estaban a punto de extraer idéntica lección de Johnny Harvey.
A las cinco en punto de la madrugada siguiente los cuatro reclusos se desplazaron a una celda del ala este del Instituto, en el bloque evacuado mientras proseguían las excavaciones de la fosa séptica, para Bed-Stuy.
—Adelante, imbéciles —ordenó Muzzi. Se humedeció los labios mientras Exposito sostenía la alcayata y La Croy se preparaba para dar el primer golpe—. Volveré dentro de diez minutos.
Estaba acariciando el improvisado puñal, y Harvey tuvo un funesto pensamiento.
—Todos deberíamos permanecer aquí, Moots —propuso.
—Tengo un asunto pendiente con un guardián —repuso Muzzi, sin malicia. Y se fue.
—Oh, mierda —dijo suspirando Harvey, y con un movimiento de su cabeza indicó a La Croy que diera el primer martillazo.
Puesto que no había nadie más en ese ala, nadie lo oyó. O nadie aparte del geófono, que transmitió la información al ordenador central, donde el mismo chip informó que los ruidos de excavación correspondían a la fosa séptica. El geófono escuchó el sonido del estallido del plástico en el agujero cinco minutos más tarde, informó de ello y obtuvo idéntica respuesta. Y los presos rompieron el muro. Lo único que restaba era excavar furiosamente una decena de metros. Cuando hacía rato que habían empezado se presentó Muzzi tambaleante, con una mano en la cara y el mentón formando un ángulo anormal.
—Ese jodido hijo de perra me ha dado un porrazo —gruñó—. ¡Acabad ese jodido agujero!
Y eso hicieron, cavaron frenéticamente con las palas, de vez en cuando oyeron ruidosos y exasperantes estruendos al tocar roca, y Muzzi no dejó de despotricar y lamentarse mientras se agarraba la fracturada mandíbula. Su improvisado cuchillo había sido demasiado corto, se había roto; el jodido guardián se defendió y Muzzi tuvo que estrangular al hijo de perra para darle una jodida lección por haberle metido en un jodido aprieto... Harvey empezó a sentir pánico. El magnífico plan iba a arruinarse porque aquel chiflado maníaco formaba parte...
Y atravesaron la tierra y salieron al aire libre, a las excavaciones. A un estrecho andamio sobre el cuarto piso de una estructura de acero. Encontraron una escalerilla y subieron por ella, cinco pisos hasta la superficie, y vieron edificios, calles, el cielo que se iluminaba poco a poco antes de la salida del sol, ¡y el plan estaba dando resultado, estaba dando resultado a pesar de todo!
Incluso vieron el automóvil negro aguardando en el sitio donde se suponía debía aguardar, con la ropa, las armas y el dinero...
Y en ese momento todo se complicó (¡Jesús, gimió Harvey, qué terrible complicación!) por culpa de un vigilante de las obras que, no disponiendo de ordenador que le indicara qué hacer, vio cuatro hombres salir de las excavaciones y trató de detenerlos.
Acabó muy mal. Pero los disparos dieron la alarma. El ruido y la confusión fueron excesivos para la persona que ocupaba el automóvil negro, y el vehículo se alejó y dobló la esquina. Y allí estaban los presos, Exposito muerto, Muzzi con una bala en el trasero, fuera de la cárcel, libres... pero además solos en un mundo que los odiaba.
V
Marcus llegó puntual al despacho del señor Feigerman, no sólo puntual porque el recado que debía hacer era urgente, sino demasiado temprano para que el anciano pudiera atenderle. Marcus estaba muy nervioso. Durante el trayecto desde la confitería sus pies habían insistido en apresurarle, aunque su cabeza le ordenaba aflojar el paso. Sus pies sabían qué estaban haciendo. Estaban asustados.
Y así estaba el resto de Marcus Garvey de Harcourt. Fue horrible tener que salir de la escuela porque su padre estaba herido. Peor fue que, al llegar a la confitería, su padre se hallaba en una camilla, con un médico junto a él mientras dos polizontes lo interrogaban de forma colérica y peligrosa. Un robo en la tienda, dedujo Marcus. Los ladrones no eran simples ladrones, eran presos fugados del Instituto Nathanael Greene; y habían asaltado la tienda, golpeado a su padre, hurtado todo el dinero y huido en una camioneta de reparto de la que se apoderaron por la fuerza, un vehículo con matrícula de Jersey. Nada de eso asustó realmente a Marcus. Eran tan sólo los peligros normales de la jungla, y lo único asombroso del robo era que su padre tenía fama de hallarse bajo la protección de un pez gordo. Marcus no pensó que el relato era una colosal mentira hasta que su padre alejó a los polizontes con un gesto para decirle algo al oído.
—En la otra esquina —le susurró su padre—. El señor Gambiage. Haz lo que te ordene.
Era un asunto grave... tan grave que Dandy de Harcourt no se molestó en amenazar con el látigo a Marcus, ya que sabía que el chico entendería que cualquier castigo si fallaba sería mucho peor. En ese momento Marcus empezó a tener miedo. Y el colmo del espanto se produjo cuando el señor Gambiage lo metió por la fuerza en el automóvil negro y le explicó qué debía hacer.
Y de este modo Marcus cogió la mochila, cumplió las órdenes y salió corriendo, y si el pequeño guerrillero no se mojó los pantalones fue solamente debido a que el pánico le impedía orinar. Le habían dicho que iba a organizarse una maniobra de diversión. Esta iba cobrando forma alrededor del muchacho, grupos de tres y cuatro personas que corrían hacia el corazón del proyecto Bed-Stuy, gente con pancartas, hombres apiñados en las aceras mientras preparaban nuevos letreros. Con eso la marcha fue lenta, pero no demasiado. Marcus llegó al edificio del Banco de Williamsburgh más de hora y media antes de lo esperado, y eso era demasiado temprano. Lo mejor era tomarse un descanso para orinar en los aseos para caballeros de la vigesimonovena planta, ordenar sus pensamientos y calmarse, pero un agente de seguridad siguió al muchacho y entró detrás de él en los aseos.
—¿Qué hay en la mochila, chico? —preguntó el vigilante, no con excesiva agresividad.
Marcus se tomó tiempo para contestar. Fue un buen detalle que por fin hubiera crecido lo bastante para llegar al urinario, ya que la altura del mismo estaba ideada para hombres, no para niños. Marcus orinó tranquilamente, y cuando acabó y logró cerrar su bragueta, se volvió hacia el vigilante.
—Soy el ayudante personal del señor de Rintelen Feigerman —dijo—, y estas cosas son para él.
El agente de seguridad era un hombre bajito. Su piel era algo más clara que la de Marcus, pero por un momento el hombre tuvo un gran parecido con Dandy cuando se disponía a coger el látigo. Después se tranquilizó y sonrió.
—Ah, demonios, claro. El lazarillo del señor Feigerman, ¿no es así?
No esperó respuesta, sino que metió la mano bajo su cinturón de tela y sacó una cajetilla de cigarrillos.
—Si ves entrar a alguien, chico, grita muy fuerte, ¿oyes? —ordenó, igual que Dandy, y se metió en un retrete. Al cabo de unos momentos Marcus olió a marihuana. Un porro barato, dijo, aunque no en voz alta, porque sabía la imposibilidad de que un vigilante que trabajaba para el señor Feigerman ofreciera droga al joven protegido del anciano, por muy necesitado de calmar sus nervios que estuviera el protegido.
En la sala de espera de Feigerman & Tisdale, Ingenieros Asociados, Marcus desempolvó sus mejores modales antes de acercarse al recepcionista. Las frases eran, «El señor Feigerman me espera, señor», «Sé que es muy temprano, señor» y «Me quedaré sentado sin molestar, así que, por favor, no moleste al señor Feigerman, señor». Y naturalmente el recepcionista comunicó todo ello a Feigerman casi al instante, y Marcus fue conducido a presencia del anciano casi sesenta minutos antes de la hora. Pero no a la espaciosa oficina de los inútiles ventanales. Feigerman se hallaba donde le gustaba estar, en la habitación de la maqueta, y al instante volvió la cabeza hacia el chico mientras el dispositivo de su cabeza giraba y emitía clics.
—Me he enterado de lo de tu padre, Marcus —dijo ansiosamente—. Espero que esté bien.
—Una paliza terrible, señor Feigerman. Lo llevarán al hospital, pero dicen que se pondrá bien.
—Horrible, horrible. Esos animales... Espero que la policía los coja.
—Sí, señor —repuso Marcus, sin molestarse en explicar al señor Feigerman que seguramente no eran los convictos fugados los responsables de la paliza, sino algún colega del señor Gambiage, sólo para dar credibilidad al relato.
—Horrible —repitió Feigerman—. Y hay una manifestación contra el proyecto de Bed-Stuy, ¿la has visto? ¡Te lo juro, Marcus —dijo el anciano sin aguardar respuesta—, no sé cómo se las arregla Gambiage para sacar a la calle a esa gente! Deben saber quién es él. Y deben saber además que el proyecto es en su provecho, ¿o no?
—Seguro que sí —dijo Marcus, de nuevo eludiendo la respuesta obvia: el proyecto podía ser bueno para ellos, pero ni mucho menos tan bueno, o tan malo, como lo que Gambiage podía hacerles—. ¿Vamos a echar un vistazo?
—Oh, sí —repuso Feigerman, aunque no con entusiasmo.
Era un mal día para el anciano, comprobó Marcus, y habría simpatizado con él de no haber sido por el terror que le carcomía la mente. Feigerman extendió las manos para acariciar una maqueta a escala de uno de los motores eólicos y su rostro se iluminó.
—No has estado por aquí últimamente, Marcus. ¿Te gustaría que te enseñara todo eso?
Si hubiera podido decir la verdad, Marcus seguramente habría contestado que sí, porque la mejor parte del trabajo con el señor Feigerman era ver las maquetas de los molinos de viento, el depósito acuífero termal con aceite en vez de agua, los dispositivos fotovoltaicos que funcionaban realmente y registraban una corriente cuando se encendía un luz encima... todo, francamente. Y había una novedad, un modelo de erector, tuberías de vidrio con algo parecido a freón que se convertía en vapor en el fondo y subía burbujeante por una columna de agua, empujando el líquido; después el agua pasaba por otro tubo y por una turbina en el descenso para generar más energía.
La vista de sonar de Feigerman no le permitía conocer los pensamientos de los demás, pero sí vio la maqueta que estaba observando Marcus.
—A eso lo llamamos generador continuo —dijo con orgullo—. Usa agua caliente subterránea para hacer circular ese fluido durante todo el invierno, hace hervir otro fluido en el fondo y lo condensa de nuevo arriba... ¿Qué ocurre? —añadió ansiosamente, al ver que Marcus movía la cabeza.
—Es Dandy —explicó Marcus—. Antes de que se lo llevaran me dijo que fuera a entregar unos cigarrillos... a unos buenos clientes, cerca de la central eléctrica...
Feigerman sintió desilusión primero, irritación después.
—Oh, diantre, chico, ¿qué estás diciéndome? Los cigarrillos no van en latas.
¡Maldito viejo zorro! A veces la gente olvidaba que él veía las cosas de otra forma, y el metal creaba un eco notable aunque estuviera dentro de una mochila de lona.
—Claro, señor Feigerman —improvisó Marcus—, es que además hay dos termos con café. Y mi padre dijo que sacaría el látigo si llegaba frío.
—Oh, demonios. —Puesto que Feigerman no era un experto para interpretar las expresiones de otras personas, su semblante apenas variaba, tal vez como compensación. Pero en esta ocasión era indudable que se sentía desilusionado. Resignadamente, añadió—: No quiero que tengas problemas con tu padre, Marcus; en especial después de que esos matones le han dado una paliza. ¡Sam! Sam era el encargado de las maquetas, y estaba de pie en silencio al otro lado de la habitación.
—Ordene que me preparen el coche, tenga la bondad.
Pero durante el descenso en el ascensor Feigerman estuvo silencioso y claramente deprimido. No más que Marcus, que no sólo se sentía deprimido sino además asustado. Y no sólo asustado sino además desesperado, porque empezaba a entender que, tarde o temprano, alguien relacionaría sus visitas a la cárcel con el hecho de que los presos fugados habían hecho un alto en la confitería de su padre... y de ese modo, muy probablemente, ésa podía ser la última vez que acompañara al señor Feigerman.
Julius estaba esperándoles con el coche, ilegalmente aparcado delante de la entrada principal ya que estaba lloviendo. El aparato del señor Feigerman emitió sus acostumbrados clips y bips y el anciano movió la cabeza a uno y otro lado, incansable, pero el sonar no funcionaba entre las ventanillas del automóvil.
—Hay mucha gente fuera —dijo Marcus, intentando colaborar sin inquietar al anciano.
—¡Lo oigo, maldita sea! ¿Qué hacen?
Lo que hacían era gritar y cantar consignas, y había más manifestantes de los que Marcus esperaba. El viejo Feigerman no estaba satisfecho. Podía estar ciego, pero sus otolitos funcionaban perfectamente; percibía la presión de la aceleración y la deceleración, y sabía que el conductor, Julius, tenía dificultades para pasar entre la muchedumbre.
—¿Es la manifestación de ese maníaco de Gambiage? —preguntó.
—Supongo que sí, señor Feigerman —dijo Marcus en tono de disculpa—. Hay mucha gente con pancartas.
—¡Léemelas, maldición!
Marcus, obediente, leyó con precipitación los letreros más próximos. Había un ¡Libertad de elección para Bed-Stuy!, un ¡Salvemos nuestras casas!, un ¡Empleos, no proyectos! y dos o tres que hacían referencia concreta al señor Feigerman y que Marcus no leyó en voz alta. Tampoco fue preciso que lo hiciera. Conforme avanzaban centímetro a centímetro, manzana tras manzana, el griterío se intensificó y se hizo más personal.
—¡Oiga, Feigerman! —aulló un individuo, inclinado sobre el capó del coche—. ¡Bed-Stuy es nuestro hogar! ¡Si no le gusta, déjelo en paz!
Y el anciano Feigerman, con aspecto aún más envejecido, se encogió en el asiento y se mordió el pulgar.
La lluvia no parecía desanimar a nadie... a nadie, y había decenas de distintos «nadies» atestando las calles. Había decenas, incluso centenares, de personajes de barrio: cinco o seis bamboleantes borrachines, la vieja y gorda Bloody Bess, la gorrona, incluso dos jóvenes hermanos de la misión redentora franciscana agitaban empapados letreros y chillaban... Marcus no entendió ninguno de esos letreros, porque al parecer estaban escritos en latín. Habían abigarrados grupos de trabajadores, entre ellos camioneros y conductores de las líneas aéreas. Había manifestantes con aspecto de empleados de banca y dependientes... El conjunto era un impresionante testimonio de la habilidad del señor Gambiage para provocar un tumulto instantáneo en un segundo. Y no todos los participantes eran pacíficos. Por delante se oía el lamento de las sirenas y el ruido apagado de las bombas lacrimógenas, en los lugares donde permanecía inactiva la maquinaria de construcción...
—¡Cada vez están más violentos! —gritó Julius por encima del hombro, y estaba preocupado—. ¡Creo que están destrozando las retroexcavadoras!
El señor Feigerman movió la cabeza sin responder, pero tenía el rostro terriblemente contraído. Marcus, tras mirarlo, empezó a temer que el anciano no estuviera preparado para esa clase de dura prueba... suponiendo que el propio Marcus no hubiera perdido el dominio de sí mismo. Estiró el cuello para ver el reloj del Banco de Williamsburgh y apretó los dientes. Estaban retrasándose mucho, y en esa clase de recados no había excusas salvadoras. El avance no mejoró. En un tramo de la calle un vehículo policial hizo sonar su sirena junto al automóvil de Feigerman, para dispersar a un grupo de jovencitas estudiantes que gritaban, «¡Impuestos para los ricos, ayuda para los pobres, que Bed-Stuy sea una puerta abierta!» El conductor del coche policial bajó su ventanilla y gritó a Julius. Después se dio cuenta de que el chofer era un compañero de cuerpo y observó el asiento trasero, donde estaba Feigerman.
—¿Seguro que quieren meterse ahí? —preguntó el agente. Había indignación en su voz. Era un policía del cuerpo especial, que había pasado la primera hora de su turno esperando encontrar a unos desesperados convictos fugados, para recibir la buena noticia de que probablemente se hallaban al otro lado del Río Hudson y toparse entonces con un creciente tumulto, violento e inmenso, que se había formado con rapidez.
Julius dejó la decisión en manos de su jefe.
—¿Qué opina, señor Feigerman? —gritó sin volver la cabeza—. En cualquier momento a partir de ahora algunos de estos bribones pensarán en volcar coches.
Feigerman sacudió la cabeza.
—Quiero ver qué hacen —repuso, en voz estridente y triste—. Pero quizá no tú, Marcus. Quizá debieras salir y regresar.
El chico se puso rígido.
—Oh, no, por favor, señor Feigerman —suplicó—. Tengo que entregar este... eh... café, y además —improvisó— ¡me asustaría estando solo con esa cuadrilla!
Era una tesis dudosa en el mejor de los casos, pero el agente policial estaba demasiado ocupado para discutir y el señor Feigerman excesivamente preocupado. Pero Julius movió la cabeza mientras seguía conduciendo de forma sinuosa el gran automóvil entre los espacios cada vez más estrechos que dejaban los estruendosos grupos de manifestantes. Al cruzar las vías de Ferrocarriles de Long Island, empero, el gentío se hizo menos abundante.
—Hacia allí —ordenó Marcus, inclinándose hacia adelante—. Entre la central y la fosa aséptica, el paquete es para los vigilantes de las excavaciones...
Julius se detuvo para torcer el cuello y mirar a Marcus, pero al ver que Feigerman no protestaba, introdujo el coche en una calle llena de surcos. Feigerman se quedó boquiabierto mientras el vehículo brincaba sobre los baches.
—¡Maldito Gambiage! Yo creía que aún estaría planeando sobornarme... ¿Por qué hace eso ahora?
Marcus no respondió, aunque suponía que el hecho guardaba cierta relación con las cosas que llevaba en la mochila.
—Hacía la caseta del vigilante —ordenó, y Julius introdujo el automóvil por una entrada con una puerta de tela metálica.
Un hombre uniformado llegó a grandes zancadas.
—¿Tienes el paquete para nosotros, chico? —preguntó sin dejar de mascar una paja, con la mano apoyada en la culata de una pistola.
—¡Sí, señor! —exclamó Marcus. Abrió el paquete y bajó la ventanilla, complacido por haber hecho el recado tan pacíficamente.
Pero la paz no duró mucho. Julius estaba mirando fijamente al individuo que vestía el uniforme de vigilante y, con creciente preocupación, a las silenciosas excavaciones y la ausencia de otras personas. Antes de que Marcus pudiera sacar la mochila, Julius lanzó un grito.
—¡El hijo de puta, es Jack La Croy!... ¡Agáchese, señor Feigerman! —Y bajó la mano hacia su pistola.
Pero no con la suficiente rapidez. La Croy llevaba el arma del vigilante, y no había apartado su mano de ella. La bala atravesó el cuello de Julius, entre la nuez y el mentón, y la salpicadura de sangre voló hacia atrás y cayó sobre la cara de Marcus como ardientes gotitas de lluvia. Otros dos hombres salieron corriendo de la caseta, uno renqueante y lanzando juramentos, el otro, el supuesto padre de Marcus, con la cara llena de cicatrices, amenazador. Mientras La Croy apartaba a Julius y se situaba ante el volante, los otros dos saltaron al asiento trasero del coche. Y el grueso y espantoso Muzzi cogió la mochila que contenía el dinero y las armas con una expresión de salvaje alegría...
Y detrás del automóvil, el repentino rugido de un motor y el brusco sonido de una sirena.
Todos gritaron al mismo tiempo. Marcus, aplastado bajo el peso del asesino Muzzi, no vio qué sucedía, pero notó que el coche aceleraba, se detenía, giraba y salía como un bólido en otra dirección. Hubo un brusco bamboleo y un estruendo, el vehículo atravesó algo y se detuvo, y los fugitivos salieron del coche y abrieron fuego contra algo que tenían detrás. Julius jamás regresaría al cuerpo de policía, pensó Marcus mientras se esforzaba en limpiarse de sangre la cara... y que él estuviera vivo una hora más tarde era, en el mejor de los casos, una cuestión discutible.
Para Johnny Harvey todo había empezado a complicarse terriblemente desde el mismo momento en que atravesaron el muro, y todo había ido cuesta abajo a partir de entonces. Por pura suerte había matado al vigilante y obtenido su arma, por pura suerte habían podido ocultarse en un lugar donde había teléfono, el tiempo suficiente para que Muzzi telefoneara al número secreto y rogara (o exigiera bajo amenaza) ayuda al pez gordo. Los preparativos habían sido complejos (una entrega de armas y dinero, un fingido asalto a mano armada para enviar a la policía en dirección equivocada, una precipitada manifestación para mantener ocupados a los polizontes) pero habían dado buen resultado, y también eso era suerte, muchísima suerte, más de la que tenían derecho a esperar...
Pero la suerte se agotó.
Cuando el chico llegó con las armas, fue una desgracia que un policía fuera de servicio reconociera a La Croy, peor aún que hubiera un coche policial detrás de ellos. La Croy hizo lo único que podía hacer. No había salida de la calle donde se hallaban si no era echándose encima de la policía, y eso resultaba imposible. Así pues, La Croy lanzó el automóvil contra la puerta de la central eléctrica. Y allí estaban, en el interior de la central, con cuatro aterrorizados técnicos tumbados de bruces en el suelo de la sala de mandos y los cuarenta mil policías neoyorquinos congregándose en el exterior. El chico estaba muerto de miedo. El anciano, con el aparato de visión aplastado, yacía indefenso y paralizado junto a los vigilantes.
—Al menos tenemos rehenes —dijo La Croy mientras acariciaba su pistola.
Y Muzzi, que estaba observando la sala de mandos de la central nuclear, dijo:
—¡Desgraciado! ¡La jodida ciudad entera es nuestro rehén!
VI
El trabajo como señora de compañía y cambiadora de orinales de la vieja señora Feigerman estaba bien pagado, no presentaba dificultades y, en general, era demasiado bueno para que durara. Cuando acabó, Nillie de Harcourt no lo lamentó. Se introdujo en el siguiente capítulo de su vida: empleada de la recicladora de basura. Eso significaba ocho horas diarias sentada ante una mesa de cribado con su bata color verde claro, charlando con las otras empleadas que la flanqueaban, mientras los magnetos extraían los metales ferrosos, el vidrio seguía una dirección, para su separación atendiendo al color, y las materias orgánicas otra. La parte esencial de la tarea consistía en aislar estos productos para que no corrompieran el fango en que iba convirtiéndose la basura. El trabajo era bastante fácil, y no particularmente desagradable si se superaba el olor. Pero también ese empleo era demasiado bueno para que durara, porque cualquier cosa buena siempre era excesivamente buena para Gwenna Anderson Vanilla Fudge de Harcourt. Y por dicha razón, cuando vio al poli avanzando resuelto hacia ella por los estruendosos y hediondos pasillos, Nillie no se sorprendió.
—Abajo, Nillie —dijo el policía, mostrando fugazmente su placa—. La necesitamos.
Vanilla no preguntó el motivo. Se limitó a mirar al supervisor, que se encogió de hombros y asintió. Y se quitó con tristeza la bata verde, la plegó y obedeció. El polizonte no le explicó qué ocurría. No era preciso que lo hiciera. Problemas, eso era todo, siempre se trataba de problemas. Nillie siguió al hombre hasta el coche policial que aguardaba, sin hacer comentarios. El conductor arrancó al momento, haciendo sonar la sirena. En el asiento trasero, el agente conectó una grabadora y carraspeó.
—Este interrogatorio lo realiza el sargento Marvin Wagman. ¿Se llama usted Gwenna Anderson?
—Ese fue mi nombre hasta que me casé con de Harcourt.
—De acuerdo con su expediente, señora de Harcourt, se la ha detenido catorce veces y condenado en seis ocasiones por prostitución, cinco veces sin fallo condenatorio por robos en tiendas, dos veces con una condena por posesión de una substancia prohibida y una vez sin condena por conducta abiertamente lujuriosa.
Nillie se encogió de hombros.
—Está hablando de hace quince años, muchacho.
Wagman la miró, irritado y también, notó Nillie, con mucha más tensión de la que justificaban sus palabras anteriores.
—Ya —dijo irónicamente el sargento—, y la historia terminó felizmente. Se casó con el jefe y disfrutó de negocio propio. Drogas, números de la suerte y apuestas ilegales.
—Si viviera de eso, ¿para qué tendría que trabajar con basura hasta el cuello?
—Yo hago las preguntas —le recordó él, pero la pregunta era acertada, y el sargento lo sabía. Desconocía la respuesta, aunque difícilmente la sabría alguien aparte de la misma Nillie... y casi nadie la habría creído en caso de saberla—. ¿Tiene usted un hijo llamado Marcus Garvey de Harcourt? —prosiguió el policía.
De pronto Nillie se irguió.
—Señor, ¿le ha pasado algo a Marcus?
El sargento era humano en el fondo. Vaciló antes de responder.
—Se supone que no debo decirle nada, sólo asegurarme de que es usted la persona buscada. Pero su hijo goza de buena salud, es lo último que sé.
—¡Señor!
—¡Tengo que hacerle estas preguntas! Bien, ¿ha trabajado alguna vez para Henry Gambiage?
—No exactamente. Algo por el estilo. Todas las chicas lo hacían, él siempre sacaba tajada de todo. Pero eso fue antes de que se llamara Gambiage. ¿Qué hay de mi hijo?
—¿Y trabajan usted o su esposo para él ahora?
—¡Yo no!
—Pero ¿y su esposo? —insistió el sargento.
—Me acojo a la quinta enmienda —repuso lacónicamente Nillie—. De todas maneras, no me ha leído mis derechos.
—No está detenida —le explicó el policía, y acto seguido desconectó la grabadora—. Es lo único que puedo decirle, señora de Harcourt —concluyó—, y por eso le pido por favor que no me haga más preguntas.
Y Nillie no hizo más preguntas, pero estaba pasando rápidamente de la preocupación al terror. La mención a su hijo era un mal detalle; la mención a Gambiage mucho peor. Pero cuando un polizonte la llamaba «señora» y usaba las palabras «por favor»... había razones para asustarse.
Para Nillie era casi físicamente imposible tratar de convencer a un agente de policía, pero durante el resto del trayecto estuvo más cerca que nunca de hacerlo desde aquella primera tarde que la detuvieron por abordar a un secreto en el cruce de la Octava Avenida y la Calle 45. Entonces tenía quince años, vagaba por su territorio desde hacía sólo dos días y aún pensaba que alguna vez, quizá, volvería a los Apalaches del este de Tennessee. Contempló las sucias y lluviosas calles mientras el coche corría a ochenta por hora a través de un tráfico que avanzaba con rapidez, y deseó estar enferma. ¡Marcus! Si le había pasado algo...
Su visión de las sucias calles se vio bruscamente veteada por las lágrimas, y Nillie empezó a rezar.
Cuando rezaba, Nillie no se dirigía a ningún dios. La poca religión que conocía la había aprendido en la cárcel de mujeres, la última vez que estuvo allí (la última vez que iba a estar allí, había prometido entonces). Fue después de las grandes manifestaciones en Nueva York, y en la primera noche que Nillie se tumbó en su celda para dormir. Notó que la tocaba una robusta mujerona con una cabeza muy grande y facciones pronunciadas. Nillie supuso automáticamente que era una lesbiana. Estaba equivocada. La mujer era misionera. Ella misma había forzado su detención simplemente para predicar entre las reclusas. Su religión se denominaba «Templo Yo»: yo soy un templo, yo misma, yo soy sagrada. En su iglesia poco importaba el dios que se adoraba. Podía adorarse a cualquier dios, o a ninguno, pero había que rendir culto a la propia persona. Estaba prohibido drogarse, prostituirse y robar; sobre todo, fueran cuales fuesen las perversidades que ocurrieran alrededor, el devoto no debía consentir en ser cómplice... Y de ese modo, cuando salió de la cárcel, Nillie fue a ver a su chulo para decirle que no pensaba continuar...
Y encontró a Dandy en un estado mucho peor que el suyo. No más chicas que explotar. No quedaba dinero. Y ambas rótulas destrozadas, porque él había cometido el error de entrometerse en una lucha mafiosa por el poder. Nillie fue su enfermera. Y cuando descubrió que estaba embarazada lo mantuvo en secreto hasta que Dandy logró caminar renqueando, y por entonces era demasiado tarde para pensar en un rápido y fácil aborto. Fue una sorpresa para Nillie que Dandy se casara con ella. En realidad Dandy no era un mal hombre, para ser un chulo, aunque ni siquiera en eso, sin duda alguna, destacaba demasiado. Pero él quería tener un hijo, y fue una alegría para ambos saber que ella iba a dárselo. Alegría nerviosa, en algunas ocasiones. El chico pesaba muy poco al nacer, se apoderaron de él todas las bacterias posibles, perdió medio curso escolar todos los años hasta que cumplió los ocho. Pero ese detalle no fue malo; en los hospitales había damas sabias y enfermeras que le enseñaron a leer y le crearon el hábito de hacerlo. Marcus era más listo y estaba más preparado que sus padres en ese momento, pensó Nillie...
Si vivía.
Nillie se irguió y restregó la última humedad de las comisuras de sus ojos. Reconoció las calles que cruzaban velozmente: se hallaban ya en su barrio, a sólo unas manzanas de la confitería. Pero ¿qué había ocurrido? Las calles estaban llenas de carteles mojados por la lluvia, y el olor a gases lacrimógenos era intenso. El distante aullido de los megáfonos hablaba de evacuación, advertencia y accidente nuclear...
El vehículo policial saltó las vías de los Ferrocarriles de Long Island mientras un tren especial se perdía por las líneas magnéticas como si huyera de algo. Al ver que el automóvil se aproximaba a la central eléctrica, Nillie pensó que seguramente era el momento de huir, suponiendo que existiera algún lugar donde huir.
Aparcaron al principio del callejón sin salida, con barricadas y vehículos policiales obstruyendo la calle, y echaron a correr, deslumbrados por las giratorias luces azules, blancas y rojas, por un lado de la calle. Cruzaron la valla de cadenas de la instalación y llegaron al escaparate de una tienda. Y había policías por todas partes, y no sólo simples policías. Allí estaba el superpolicía, el mismo Comisionado, dando órdenes a cinco o seis canosos agentes con galones dorados en las gorras. Y allí había una camilla, y de un turbante de blancas vendas sobresalían unos ojos que Nillie reconoció instintivamente como los de su marido. Y allí estaban el malhumorado hijo de la señora Feigerman, David Tisdale, asustado y furioso al mismo tiempo...
Y allí estaba también, con su pálida cicatriz y los labios apretados, contemplando a Nillie con la fría consideración de un carnicero que se dispone a dar el golpe de gracias en el cráneo de una res, Henry Gambiage.
La situación no era mala, era peor de lo que Nillie había considerado posible. Si Marc vivía (y vivía, por lo menos, hacía pocos minutos, cuando había hablado por teléfono), debía ser otro rehén. No un simple rehén. Cautivo de uno de los asesinos más violentos y crueles del régimen carcelario de Nueva York, Angelo Muzzi. Y no estaba simplemente a merced de las armas de aquel perro rabioso, sino que además se hallaba en el «punto cero» de la explosión que los convictos anunciaban como la peor nunca vista por la muy sufrida ciudad. La discusión, en curso cuando Nillie llegó, no tenía relación alguna con los rehenes. La sostenían tres personas, dos ingenieros y un profesor de la sección de Física de la Universidad de Brooklyn, y el tema era si entraba dentro de las posibilidades de los reclusos fugados envenenar Bedford-Stuyvesant entero, sólo eso, o bien borrar del mapa la ciudad, buena parte de Long Island y la costa septentrional de Jersey. El Comisionado no participaba en esa discusión.
—Desalójenlos —ordenó de modo sucinto—. El alcalde llegará dentro de media hora, y quiero esto arreglado antes de las diez.
Pero Nillie no prestó atención. Estaba pensando en Marcus Garvey de Harcourt, diez años de edad, en medio de una explosión nuclear de cualquier tipo. Ninguna otra cosa le impresionaba demasiado. Oyó que dos policías discutían sobre si habían hecho bien al seguir a Marcus con la mochila de armas para averiguar dónde estaban los fugados, en lugar de limitarse a impedir que las entregara en cuanto comprendieron que la historia del atraco a la confitería era una mentira. Oyó al Comisionado que bramaba ante Gambiage, y a éste que de modo firme y reiterado exigía ver a su abogado. Oyó el susurro de su marido (de comprensión más difícil que nunca, ya que sus labios estaban hinchados como los de una doncella de las tribus del Ubangi) diciéndole que Muzzi le había forzado a mandar al chico para entregar las armas, que le había obligado a explicar la mentira del atraco y que después le había golpeado hasta dejarlo sin conocimiento para que la explicación fuera más realista. Nillie dedujo, vagamente, que el motivo de la presencia allí de ella y Dandy era forzar a Gambiage a sacar a sus criminales de la central con la amenaza de que declararían en su contra (igual que David Tisdale) y nada de eso impresionaba a la mujer. Se sentó en silencio junto al escaparate y observó la valla de cadenas y el bajo y triste edificio que se extendía más allá.
—¡Escuche, papanatas! —estaba bramando el Comisionado—. ¡Su abogado no vendrá aunque yo lo consienta, porque si usted no saca a Muzzi de esa sala de mandos la ciudad entera puede estallar!
Y Gambiage extendió sus manos.
—¿Piensa que no me preocupa la ciudad? Jesús. Poseo la mitad de la ciudad. Pero no puedo hacer nada con Muzzi.
Y en ese momento perdió el equilibrio, más sorprendido que enojado, porque Nillie le había dado un empujón para pasar.
—¡Hay algo que yo puedo hacer! —exclamó ella—. ¡Puedo hablar con mi pequeño! ¿Dónde está ese teléfono?
Marcus H. Garvey de Harcourt, rey de la jungla, fuerte e intrépido... Marcus, que se enfrentaba todos los días a la amenaza del látigo de Dandy, al peligro de chicos mayores que deseaban darle una paliza para cogerle las monedas de su bolsillo, de los pederastas que llevaban navajas para convencer a sus víctimas, de los perros callejeros, de algunos policías con malas intenciones, de los sucios borrachos... Ese valiente Marcus estaba asustado y arrinconado. Había visto muertos, claro. Imposible vivir una década en Bed-Stuy sin toparse con algún cadáver. Normalmente no eran cadáveres conocidos. Normalmente no se los veía morir. Julius no era amigo de Marcus, era como mucho un elemento del mobiliario de la vida del muchacho, pero verlo jadear y perder la vida en burbujas había sido atroz. Todo era atroz. Allí estaba el viejo señor Feigerman, con su aparato para ver aplastado y destrozado. El ciego estaba realmente ciego, y eso parecía haberle costado también el habla y el oído, porque yacía apoyado en una pared de la sala de mandos de la central, inmóvil. Allí estaba su soidisant padre, Johnny Harvey, perdida ya la jovialidad, sin prestar atención a Marcus; se encontraba de pie junto a la ventana con una minúscula pistola en la mano, y el muchacho temía por la vida de cualquiera que apareciera en el radio de tiro del criminal. Allí estaban los técnicos de la central, atados y amordazados, y además golpeados, tendidos en la entrada para que fueran los primeros en caer si alguien empezaba a disparar desde el exterior. Allí estaba aquel chiflado hombrecillo de alocados ojos, La Croy, expresando a gritos su rabia, maldiciendo, chillando como si estuvieran despellejándolo, aunque no tenía una sola herida. Y allí estaba...
Allí estaba Muzzi. Marcus tragó saliva y desvió la mirada, porque Muzzi lo había mirado un par de veces y eso era lo que más le asustaba. Marcus agradecía profundamente que Muzzi estuviera más interesado por el teléfono que por él. Allí estaba, con aspecto de Pancho Villa, las pistolas enfundadas y las dos bandoleras cruzadas sobre su gruesa chaqueta con ribetes metálicos, gritando al invisible, aunque no inaudible, señor Gambiage.
—¡Zalir! —rugió Muzzi—. ¡Quiero zalir, joder, y que zea pronto!
—Un momento, Moots —intentó calmarlo la voz que sonaba en el auricular.
—Un momento ¡mierda! ¡Hizimoz un trato! ¡Yo cierro mi jodido pico por lo de MacReady y tú me zacaz del jodido garito!
—Yo no maté a MacReady...
—¡Tú eztabaz mirando, jodido, cuando le di con el punzón, azi que muévete!
El dominio de sí mismo de Gambiage era notable, pero había nerviosismo en su voz cuando contestó para aplacar a Muzzi.
—Hago lo que puedo, Moots. El alcalde viene hacia aquí, y está de acuerdo en ser vuestro rehén mientras subís al avión...
—¡No zolo el alcalde! ¡Quiero al jodido gobernador y al jodido hijo del jodido gobernador! ¡Loz trez, y ahora mizmo, o vuelo la jodida ciudad entera!
Bastó con oír esas palabras para que helados ratoncillos corrieran por el espinazo de Marcus. ¡Volar la ciudad! Una cosa era escuchar a la señora Spiegel hablar de eso en las clases de tercer curso, y otra muy distinta, mucho peor, imaginar que la explosión ocurría en realidad. ¿Podía ocurrir? Marcus se acurrucó en un rincón y miró a los hombres que lo rodeaban. Muzzi, ciertamente, no tenía inteligencia para hacer eso, y tampoco La Croy. Los técnicos y el señor Feigerman tal vez supieran cómo hacerlo, pero Marcus no logró imaginar un acto de los convictos que pudiera forzar a los rehenes a realizar tal acción.
Quedaba Johnny Harvey.
Ah, mierda, pensó Marcus, claro. Si había alguien capaz de averiguar cómo hacerlo, ése era Johnny Harvey. ¿Lo haría?
Cuanto más lo pensaba, tanto más creía que Harvey lo haría. Lo poco que el pequeño Marcus había visto del Nathanael Greene le hacía pensar que vivir allí debía ser muy desagradable, lo bastante para que incluso la muerte en medio de un hongo nuclear fuera mejor que pasar el resto de la vida en un lugar como ése. O en un lugar peor... Para Marcus, sin embargo, no sería mejor. Marcus no quería morir. Y lo único que imaginó para impedir eso, si Muzzi acababa de perder los estribos y Harvey ponía en práctica la fanfarronada, fue matar primero a Harvey.
—¡Eh, chico!
Marcus se irguió y vio que Muzzi lo miraba coléricamente, con el teléfono en la mano.
—¿Qu-qué? —logró decir.
Muzzi lo observó atentamente y su ceñuda mirada se transformó en lo que el convicto habría considerado una sonrisa para congraciarse.
—Ez tu mamá, guapo. Quiere hablar contigo.
La razón por la cual se había ido todo al infierno había dejado de interesar a Johnny Harvey. El problema era saber qué posibilidades les quedaban, suponiendo que hubiera alguna, y éste ocupaba toda su atención. Se sentó ante las intermitentes luces y los cuadrantes que controlaban la central, engulló su tercera hamburguesa con un vaso de plástico de café frío y se formuló la misma pregunta que Marcus. ¿Sería capaz de hacerlo? ¿Era lógico hacer estallar una ciudad impulsado por la rabia y el ansia de venganza? ¿O era lógico no hacer tal cosa, si ello significaba volver al Nathanael Greene... o algún otro sitio peor? Buscó otra hamburguesa, y apartó la bandeja de cartón, disgustado. ¡Confiar en Muzzi para pedir una comida que ningún paladar decente podía soportar! Pero esas dos palabras, «confiar» y «Muzzi», se autoexcluían en la misma frase.
Confiar en Muzzi le había llevado muy lejos. Pero lo bastante lejos. Allí estaba Muzzi, acariciando el brazo del chico negro mientras éste hablaba con su madre, al insufrible borde de la histeria. Muzzi, con la mandíbula rota y una mano casi inutilizada, y a pesar de todo con la furia y la codicia de una decena de seres humanos vulgares. Feigerman y los técnicos no tenían importancia, no contaban. Estaba Muzzi, aquel imbécil de La Croy, el chico y él. ¿Cómo iban a salir de allí? Suponiendo que el gobernador cediera, suponiendo que hubiera realmente un avión aguardándoles en el Aeropuerto Kennedy, lo primero que debían hacer era salir de la central y meterse en un coche... no en la calle cercana, donde podía haber mil trampas capaces de estropear cualquier plan, sino en un lugar despejado, por ejemplo al otro lado de las vías del ferrocarril, con un trayecto fácil por la avenida hacia el aeropuerto. Era casi igual que uno de aquellos juegos de caníbales y misioneros de la infancia de Harvey. Johnny había sido jugador destacado. ¿Había algún medio para resolver ese acertijo? El primer misionero sube a la barca con el primer caníbal para cruzar el río (en este caso, las vías del ferrocarril), vuelve solo al lugar donde aguarda el resto de misioneros y caníbales...
Pero en esta ocasión Johnny Harvey era un caníbal, y el juego real.
El chico seguía hablando por teléfono, lloroso, y evidentemente Muzzi tenía alguna idea alocada en su cabeza, porque se había acercado al rincón donde yacía Feigerman. El criminal, insensible, arrancó los restos de los aparatos del resignado cuerpo del anciano. Feigerman no estaba muerto, pero no hizo ruido alguno cuando Muzzi enderezó el torcido metal y la no menos torcida corona. Luego se levantó y se acercó a Johnny Harvey.
Y éste se puso en pie y se apartó, receloso. Nunca se sabían las intenciones de Muzzi.
Y Harvey vio que Muzzi, mirando coléricamente los mandos de la central, extendía una mano hacia ellos. Y Johnny Harvey sintió auténtico miedo.
Cuando colgó el teléfono, Nillie se sentó. No lloró. Nillie de Harcourt había adquirido gran experiencia en controlar las lágrimas a lo largo de su vida. Eran un lujo que ella no podía permitirse, no en ese momento, no mientras Marcus estaba allí con aquellos hombres... con aquel hombre en particular, porque Nillie conocía a Muzzi por su fama, por lo que se hablaba de él y por los dolores que ella misma había sufrido, y sabía qué clase especial de riesgos corría su hijo. Por eso se sentó, con los ojos secos y alerta, para observar y aguardar. Cuando oyó a Johnny Harvey por el teléfono, advirtiendo que Muzzi estaba listo para la explosión y exigiendo mejor comida que la basura que habían recibido, Nillie meditó unos momentos. Pero no dijo nada, ni siquiera cuando el alcalde y el señor Gambiage se retiraron un rato a otra habitación. Tramaran lo que tramaran, no parecía satisfacer a ninguno de los dos. Cuando salieron, el alcalde tenía la frente arrugada y el señor Gambiage estaba sacudiendo la cabeza.
—No subestime a Moots —advirtió—. Es un animal, pero reconoce una trampa en cuanto la ve.
—Cierre la boca —dijo el alcalde, en esa ocasión desatento con un importante colaborador de sus campañas. El aspecto del alcalde era de verdadero pavor. Escuchó irritado un ruido lejano y luego miró a Gambiage—. Todavía están gritando por allí. Pensé que había dicho que desconvocaría la manifestación.
—Está desconvocada —repuso lentamente Gambiage—. Hace falta tiempo. Es más fácil empezar que acabar.
Y Nillie escuchaba, vigilante, con una mano apoyada en otra de su esposo. Sólo soltó esa mano y se levantó cuando llegaron dos policías con un carrito del servicio de habitaciones de un hotel y una bandeja de comida encima.
—Todo está preparado —dijo uno de ellos.
El alcalde asintió y Nillie de Harcourt puso la mano en el carrito.
—Yo lo llevaré —dijo.
El semblante del alcalde expresaba franca sorpresa... quizá incluso temor, por razones que Nillie no intentó adivinar.
—Imposible, señora de Harcourt. Usted no sabe qué clase de hombres hay allí.
—Lo sé —dijo con firmeza Nillie—. ¿Quién mejor que yo? Y voy a llevar esta comida para poder estar con mi hijo.
El alcalde abrió la boca, enojado, pero el señor Gambiage le puso una mano en el hombro.
—¿Por qué no? —preguntó suavemente.
—¿Por qué no? No sea idiota, Gambiage... —Y entonces el alcalde cambió de idea. Guardó silencio, indeciso, y se encogió de hombros—. Si insiste usted delante de testigos —dijo—, no creo tener derecho a impedírselo.
Nillie avanzó hacia la puerta con el carrito antes de que el alcalde pudiera cambiar de opinión. Un tren pasó fulgurante bajo el puente, pero ella ni siquiera lo miró. Estaba absolutamente segura de que pasaba algo incomprensible para ella, algo muy raro... algo que obligaba al alcalde de Nueva York y al jefe de todos los criminales de la ciudad a susurrar juntos delante de testigos. ¿Qué? Ella no lo sabía, y no lo consideraba importante. Cruzó resueltamente las vías y no se alteró ni siquiera al ver al chiflado La Croy que le gritaba por la ventana, con la pistola apuntada a su cabeza. Nillie no contestó, y tampoco se detuvo. Pasó por la entrada, apartando como pudo a los técnicos de la central.
Allí estaban todos, el chiflado Muzzi y el chiflado La Croy, ambos lanzándole maldiciones, y el cuerdo pero traicionero Johnny Harvey con la mano sobre una pistola, avanzando vacilante hacia la comida. Y allí estaba el anciano señor Feigerman con la apariencia de un hombre que lleva varios días muerto...
Y allí estaba Marcus, asustado pero prácticamente ileso.
—¡Cariño, cariño! —gritó Nillie. Abandonó la comida y corrió a abrazar al chico.
—¡Déjalo en paz, zorra! —exclamó La Croy.
—¡Manoz arriba, tú! —resonó detrás del anterior la voz de Muzzi—. ¡No zabemoz lo que llevaz ahí!...
Nillie se volvió tranquilamente para mirarlos.
—No llevo nada aparte de mi cuerpo —dijo, y aguardó a que los criminales hicieran lo que tuvieran que hacer.
Pero no hicieron nada. Johnny Harvey, poco interesado en Nillie y en sus compañeros, se acercó al carrito de la comida, a la gran fuente con la dorada tapa, y levantó ésta...
Brillantes llamaradas de luz fulguraron bajo la tapa, rugió el trueno y algo levantó el cuerpo de Nillie de Harcourt y lo lanzó contra la pared.
Un fragmento metálico alcanzó a La Croy en la nuca; seguramente ni siquiera lo notó. Lo que quedaba de Johnny Harvey era prácticamente nada. Muzzi se levantó a duras penas; el terrible dolor de su mandíbula era peor que nunca. Contempló furioso la destrozada sala de mandos. Apenas podía ver. No había sido una simple bomba, la policía no se habría arriesgado a una bomba de gran potencia para esa tarea, no en aquel lugar. El explosivo contenía algo similar a gases lacrimógenos, y Muzzi estaba asfixiándose y jadeando. Pero nebulosamente logró ver al jovencito Marcus pugnando para que su casi desmayada madre saliera por la puerta.
—¡Alto o te reviento tu jodida cabeza! —aulló.
El chico volvió la cabeza hacia él, y su cara era un siglo más vieja que su cuerpo, y por un momento Muzzi notó un anormal cosquilleo de espanto. Si ese chico hubiera tenido una pistola...
Pero Marcus estaba desarmado.
—¡Volved aquí, jodidoz! —bramó Muzzi, y poco a poco, indefensos, madre e hijo regresaron al asfixiante ambiente.
Pero no por mucho tiempo.
Dos minutos más tarde salieron de nuevo, aunque se había producido un cambio. Nillie de Harcourt salió tambaleándose la primera, casi sin saber qué hacía. Marcus Garvey de Harcourt empujaba la silla de ruedas, y el ocupante de ésta, con la corona en la cabeza, embozado en una chaqueta con el cuello doblado hacia arriba... era Muzzi.
Y Marcus tenía más miedo que en toda su vida, porque no conocía forma alguna de llegar vivo al otro lado del puente. Vio que el gobernador se dirigía hacia ellos, entre una doble hilera de policías con las pistolas preparadas. Y comprendió cuál era la idea de Muzzi. El tipo estaba loco de remate. Ya que ni podía escaparse ni volar la ciudad, la siguiente mejor opción de la lista era matar al gobernador.
En el centro del puente, Muzzi tomó su decisión. Pero Marcus también tomó la suya.
No actuó por afecto al gobernador, sino porque entre éste y la pistola de Muzzi había una persona por la que sentía mucho afecto. Marcus respiró profundamente, apuntó la silla de ruedas hacia un punto donde no había barandilla, con sólo caballetes de madera entre la acera y las franjas magnéticas más abajo... y empujó.
Muzzi fue rápido, pero no lo suficiente. Aún no había bajado de la silla de ruedas cuando ésta inició la fatídica caída.
Marcus corrió a la barandilla y miró hacia abajo. Allí estaba Muzzi con sus bandoleras y su chaqueta con ribetes de acero, cayendo a plomo hacia las franjas magnéticas del ferrocarril. Avanzó aún antes de tocarlas, rebotó, chocó contra ellas otra vez y no dejó de moverse con creciente velocidad hasta perderse rápidamente de vista, sin vida ya, nunca más sería una amenaza para nadie.
Me he montado un bonito negocio como vendedor ambulante, gafas de sol en verano, orejeras cuando hace frío, paraguas si llueve. Tengo un artículo en venta en cualquier estación. Los polis me detienen de vez en cuando, cierto, pero es el coste normal de un negocio. Es una vida bastante buena. No tengo jefe. Si quiero hacer un día de vacaciones, lo hago. Además, el trabajo me mantiene al aire libre, de manera que no tengo que ir a Coney Island para conseguir ese bronceado tan distinguido. El único problema es ¿qué será de mí ahora? Tal como yo lo veo, tendré que recurrir a la seguridad social en cuanto acaben...