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frederik pohl

la gran burbuja (es)

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I
El nombre del representante del sindicato era Ella Jennalec, y no era un hombre. Seguramente al menos uno de sus abuelos había sido negro. Era bajita y robusta, aunque con el peso bien repartido. No era joven, debía rondar los cuarenta, con lo que superaba en más de diez años la edad de John Fitzgerald Kennedy Bratislaw III. Así pensaba él, muy erguido para verla mejor, aunque casi notaba los ojos de su esposa perforándole la espalda, ya que estaba meditando que esos modelos más antiguos tenían mucho kilometraje por delante.
—¡Tú, Bratislaw! —Aullido del capataz—. ¡Mantén tu jodida cabeza en el maldito trabajo!
Bratislaw gruñó y cambió ligeramente de posición en el momento que el cabrestante tensaba un poco más el cable, mientras el resto de la brigada recurría a todo su vigor contra el frío y húmedo viento. Todos estaban lanzando furtivas miradas al mismo punto, no al cable que se curvaba hasta la estructura de acero en lo alto de Battery Park, sino al representante del sindicato, de pie encima del enorme peso muerto y en plena pelea con un ingeniero de los contratistas. La mujer no iba vestida para aquel tiempo, y la cuadrilla apreciaba el detalle. Los téjanos abrazaban amorosamente sus caderas, igual que los ojos de los trabajadores.
El motor diesel mugió, el cabrestante giró, el retén emitió un ruido sordo, y el capaz gritó:
—¡Maldición, he dicho que con cuidado! ¡Tú, Carmen! ¡Coge el mando de mano, por si resbala!
El viejo operario del cabrestante miró hacia arriba y asintió. Intercambió su puesto con Bratislaw y los dos hombres resbalaron al avanzar. El calzado con punteras de acero no se aferraba a la superficie, y el viento soplaba (más bien bramaba) a lo largo del Valle del Hudson. Casi todo el viento parecía canalizarse hacia el islote artificial que separaba las islas de Ellis y Gobernor, donde los operarios estaban tensando el cable. Lo lógico era que a principios de abril el tiempo mejorara un poco. No era así. Las sucias olas grises, al romper, producían una sucia espuma gris que salpicaba y congelaba a los trabajadores. Y las salpicaduras apestaban.
—¡Cuidado!
El retén resbaló sobre un diente y vaciló antes de engancharse, y toda la cuadrilla prorrumpió en gritos y pugnó para no perder pie. Pero todo iba bien, y el capataz, tras examinar los medidores de tensión, ordenó descansar un momento. Ella Jennalec miró a los operarios, alzó un pulgar y les sonrió, y continuó discutiendo la cuantía de las primas con el portavoz de la empresa constructora.
La brigada que incluía a Bratislaw (sus amigos lo llamaban Jeff, pronunciación aproximada de JFK, sus iniciales) se encontraba uniendo las puntas del cable introducido en el peso muerto a las bobinas del cable que, poco tiempo después, sería extendido por la línea maestra hasta la truncada cúspide del antiguo World Trade Center, a un kilómetro y medio de distancia y a casi quinientos metros de altura. El trabajo era duro. Trabajo para burros. Las máquinas lo hacían posible, pero no con facilidad. Eran precisos muchos músculos, hombres como Bratislaw y Carmen y, en rarísimas ocasiones, una mujerona como Merrimee, la vieja abuela negra. Casi la cuarta parte del personal acababa con una hernia después de uno o dos años. Jeff Bratislaw estaba bien preparado para esa clase de tarea. Había pasado la infancia en una moribunda granja lechera de Wisconsin, que lo acostumbró al duro trabajo físico con mal tiempo, porque había que alimentar a las vacas tanto en un agradable mes de junio como bajo una tormenta de nieve. Cuando los calurosos vientos restregaron y resecaron las praderas, Jeff se trasladó a Nueva York, y descubrió que el trabajo más duro en la ciudad era un juego de niños comparado con los rebaños.
—¡Vamos a ganar otra muesca! —ordenó el jefe de la brigada, y el operario del cabrestante puso en marcha el motor diesel.
El cable de acero de aleación tendría que resistir una tensión superior a doscientos kilogramos por centímetro cuadrado y debería permanecer expuesto al tiempo exterior durante cincuenta años. Era enorme y resistente. Todos sus ramales estaban al descubierto, de modo que el cable parecía una peluca de acero con los pelos erizados. Los ramales estaban introducidos en un acoplador, formado por un tambor cilíndrico de acero, corto y abultado, con espigas que sobresalían del diafragma interior. Una vez introducidos los ramales de ambos cables en el acoplador, la tarea de Jeff consistía en mantener en contacto las puntas mientras los operarios encargados de la conexión tensaban el cilindro. Después, cuando en el acoplador se acumulaba la tensión del cable maestro, de longitud muy superior, Jeff debía aflojar las abrazaderas lo suficiente para que las puntas se enlazaran. Trabajo duro, sí, y sucio. Pero pagaban treinta y tres dólares y medio por hora, y nadie ganaba eso en una exhausta granja lechera de Wisconsin.
Sin embargo, ese dinero no bastaba para que Heidi dejara de trabajar y tuviera un bebé, y Jeff lo sabía perfectamente porque Heidi se lo había estado diciendo todos los días en los dos últimos meses.
Y así las cosas, en cuanto el capataz indicó con un gesto que todo estaba seguro por el momento, Jeff llamó al representante de su sindicato.
—¿Ella? Tengo que hablar con usted.
Ella asintió y le hizo un guiño, y sin más continuó la pelea con los tipos de la compañía constructora. O lo que fuera. Jeff se inclinó hacia adelante, escupió sobre la fría bahía y se apretó más su chaquetón.
Siempre había alguna pelea. Siempre habría alguna pelea en los próximos veinte años, apostó Jeff. Cuando la Gran Burbuja estuviera construida, cubriría casi toda la isla de Manhattan, y se aseguraba que la obra ahorraría millones y millones de metros cúbicos de gas natural por año. Probablemente. Pero iba a costar muchísimo gas, todos los días de esos años, porque la totalidad de sindicatos de la ciudad tendría que recibir algo y dar algo, y sobre todo cambiar algo. Poner la ciudad bajo un cúpula iba a cambiar la forma de trabajo de la urbe. Los basureros dejarían de usar camiones. Los bomberos tendrían que enfrentarse a una ciudad vertical. Los policías no tendrían coches para patrullar. Nadie tendría coches, porque el transporte público sería el único medio de locomoción, y muchas rutas irían de arriba abajo y viceversa. Trabajadores de transportes públicos y ascensoristas se hallaban discutiendo ese punto, y por eso Jeff, la noche anterior, había tenido que subir andando veintiséis pisos para irse a la cama. Pero el problema fundamental, en ese momento, lo tenían los sindicatos de la construcción, porque jamás, en parte alguna, se había realizado una obra así.
Porque ¿qué estaban haciendo? El esqueleto de la cúpula estaba asegurado mediante cables, los puentes tenían cables, y por ello la antigua Asociación Internacional de Trabajadores del Hierro para Puentes, Estructuras y Ornamentos presentó una demanda. Pero la obra también se asemejaba al montaje de una cúpula para un gran auditorio, y en consecuencia los Trabajadores de Construcciones, Hormigonado, Excavaciones y Similares se consideraban afectados. Y las islas artificiales había que construirlas sobre cajones de suspensión, motivo para la intervención de los Especialistas del Aire Comprimido. Y como el producto final sería transparente, ahí estaban también los Vidrieros. Y los Detonadores, Barrenadores y Mineros. Y los Técnicos Municipales. Y como era preciso derribar o acortar algunos de los rascacielos más altos situados en los bordes de la obra, los Demoledores de Viviendas. Y a causa de la servomaquinaria, los Maquinistas y los Trabajadores Aerospaciales... y una centena más. Luego intervinieron los Camioneros Profesionales y se ofrecieron para representar a todos los sindicatos. Y si se consideraba cuidadosamente el problema, el grupo de Ella Jennalec había ahorrado a todos muchos dolores de cabeza al proponer la fusión en el Gran Sindicato Único. Al Ayuntamiento le gustó la idea, porque sólo tenía que negociar con un sindicato. A los constructores les gustó también, porque la negociación corría casi en su totalidad a cargo del Ayuntamiento. A los trabajadores les gustó igualmente, porque no tenían que preocuparse por el problema de a qué sindicato afiliarse. De hecho, a todo el mundo le gustó la propuesta, con las posibles excepciones del AITHPEO, el EAC, los Vidrieros, los Detonadores y los Camioneros Profesionales. A éstos no les gustaba en absoluto, pero contribuyó a acostumbrarlos a la idea el duro trabajo de ciertos cargos intermedios como el compañero de Ella Jennalec, que estaba encima del peso muerto con la mujer y los ingenieros. Se llamaba Tiny, y era más alto y más corpulento que Jeff Bratislaw, y sus endurecidos nudillos indicaban que seguramente destacaba también en otros menesteres. En el esquema organizativo del nuevo Sindicato de Trabajadores de Estructuras Elevadas, Túneles y Proyectos (SEETUP) constaba como un vulgar mecanógrafo. Tal vez lo había sido, en otra época. Pero ya no, con aquellas manos.
—Cinco minutos de descanso —gruñó el capataz cuando los ingenieros acabaron su batalla con Ella y le hicieron una seña.
Ella saltó para caer junto a Jeff, y se agarró al brazo de éste en el momento de pisar el resbaladizo hormigón.
—¿Aguantan bien, superhombre? —dijo ella, sonriente—. ¿Quería verme?
—Sí. Soy Jeff Bratislaw... ¿Se acuerda? Estuvimos bailando el mambo en el local en la fiesta de Año Nuevo...
—Me acuerdo. Se mueve usted bien, Jeff Bratislaw.
—Bueno, necesito un empleo mejor que éste. Treinta y tres cincuenta ya no es suficiente, y pensaba trabajar de marinero en uno de esos remolcadores que no dejan pasar a la gente.
—¡Vamos, Jeff! No es nuestra jurisdicción, un buen miembro del sindicato debería saber eso. —El SEETUP abarcaba todos los trabajos relacionados con la cúpula o sus contornos, pero los remolcadores del puerto estaban fuera de su influencia.
—Pues demolición, tal vez. —Señaló con la cabeza la cada vez más pequeña espiga del World Trade Center—. Me he enterado de que esos tipos cobran cuarenta y ocho pavos por hora, y les pagan los viajes de casa al trabajo.
—Y algunos no aguantan la primera hora, cabeza hueca —repuso Ella alegremente—. ¿Alguna vez ha intentado desarmar una viga de hormigón precomprimido? Tiene esposa, ¿no? ¿Por qué quiere dejarla viuda?
—Quiero hacerla madre, Ella, pero para eso necesito más pasta.
—Para eso —dijo Ella, risueña—, lo único que necesita es lo que ya tiene, y cuando bailábamos el mambo me cercioré de ello.
—Sí, pero...
—Sí —le interrumpió Ella—. No digo que no, Jeff, pero en este momento tengo muchas cosas que hacer. Estos pelmazos querían anular la prima por trabajo arriesgado, ¿lo sabía? Y luego está eso del Gran Jurado. Pero escuche, nada de demolición. Nadie sabe ya dónde están los cables pretensados de esas vigas maestras. ¿Alguna vez ha visto estallar una bomba? Es algo parecido. Tengo veintidós casos de indemnización en estos momentos, sólo en los diez pisos más altos. Y...
La mujer estaba esquivándole, y Jeff lo sabía. Pero la maniobra se vio interrumpida.
El forzudo a sueldo de Ella, Tiny, estaba llevándola poco a poco hacia la amarrada lancha que aguardaba para conducirlos a South Ferry. Los ingenieros escuchaban congelados las explicaciones del capataz. Nadie estaba vigilando el cabrestante. Y el cable, que se tensaba poco a poco, cedió un milímetro, lo suficiente para que el retén resbalara y avanzara una muesca.
En esta ocasión Carmen estaba observando al capataz en lugar del mando de mano. La elasticidad del acero hizo girar un cuarto de vuelta el tambor engranado del dispositivo manual en respuesta al avance de una muesca del retén. La palanca salió disparada de su eje.
Jeff Bratislaw oyó el clic y vio que el tambor empezaba a girar. Se agachó para protegerse, arrastrando con él a la mujer. Tiny, una décima de segundo más tarde, saltó igualmente, pero su peso y su corpulencia le impidieron moverse con rapidez en el cemento salpicado de aguanieve. Quedó tendido en el suelo, en el mismo momento que la palanca volaba cien metros en el tormentoso ambiente y chapoteaba en la bahía. De pronto Jeff estuvo más frío que el aire que lo rodeaba. Dos segundos antes había estado de pie en el camino de aquella recia barra metálica de dos metros, y si le hubiera golpeado la cabeza, ¿qué habría quedado de ésta, el casco o nada?
—Demonios —dijo Ella, temblorosa, mientras se levantaba—. Es posible que el trabajo de demolición no sea tan malo en el fondo. Gracias, Bratislaw.
Hay que aprovechar las ocasiones cuando se presentan.
—¿Qué me dice del traslado? —preguntó Jeff.
Pero Ella no estaba mirándole, estaba contemplando a Tiny, tendido en el pulido cemento y gimiendo, con una pierna doblada de una forma anormal.
Todos estaban gritándose, pero lograron ponerse de acuerdo lo bastante para meter en la lancha a Tiny con mucho cuidado, aunque el herido chilló cuando lo levantaron. Ella saltó detrás de Tiny. Antes de partir la mujer irguió la cabeza para hablar con Bratislaw.
—¡Me parece que hay una vacante! ¡Venga a mi casa mañana a las ocho en punto! ¡Estará una semana a prueba!
II
Los ascensores funcionaban, el día estaba resultando bien. En cuanto llegó a su casa, Jeff dejó su ropa en el suelo del cuarto de baño y, fue a la cocina para preparar la cena. Había una nota pegada a la nevera con una grapa magnética: Pescado otra vez no, por favor, ¿eh? Había un corazoncito dibujado debajo a modo de firma. Jeff consideró sus posibilidades mientras la puerta del congelador seguía abierta, y por fin sacó dos grandes albondigones, parte de las compras que había hecho la semana anterior, en sendas bolsas. Contenían un ciento por ciento de carne; ¡caramba, era un día que valía la pena celebrar! Jeff cogió tres zanahorias de buen tamaño y un par de patatas. Luego sacó una bolsa vacía del cajón de los cubiertos. Colocó una olla con agua en la cocina y, mientras se calentaba, se puso los guantes para rascar y frotó la piel de patatas y verduras: eran productos casi perfectos cultivados en la ciudad, en los arenales regados por el agua caliente que repelía la central de la Calle 14. Cortó todo en rodajas con el cuchillo, y patatas y zanahorias fueron a la bolsa vacía junto con una nuez de mantequilla y un pizco de sal, pimienta y perejil seco. Jeff cerró la bolsa y la introdujo en el agua hirviendo, dispuso el medidor de tiempo y se dio una rápida ducha.
Cuando salió del cuarto de baño era el momento de meter la carne congelada en la misma olla. Ajustó el tiempo, se afeitó, se puso unos pantalones y una bata y había empezado a preparar unos combinados cuando sonó el timbre.
Heidi no solía llamar al timbre. Jeff acercó el ojo a la mirilla y vio una confusa silueta femenina con uniforme de la policía.
—¡Hey, Lucy! —exclamó mientras abría la puerta. Era su cuñada—. No esperábamos verte esta noche. ¿Te quedarás a cenar? —Había más carne en la nevera, y la guarnición, calculó rápidamente Jeff, servía para tres.
—No puedo, Jeff. Ni siquiera voy a entrar. —Pero entró, lo suficiente para que su cuñado pudiera cerrar la puerta—. Estoy de servicio, he pasado por aquí sólo para saber si quieres firmar ahora la petición.
—¿Qué petición? —Jeff lo sabía perfectamente, y no deseaba que ella lo aburriera hablando de la corrupción en la ciudad.
—Pedimos un Gran Jurado Ciudadano para investigar al Gran Jurado... ¡Ya lo sabes! Hablamos de eso el sábado por la noche.
Jeff miró la hoja de papel: dos breves frases y por lo menos cincuenta líneas para firmas de ciudadanos. Pero sólo había dos firmas en la hoja, y una de ellas era la de Lucy.
—Bueno, no sé, Lucy —dijo—. Podría tener problemas con esto... Igual que tú, la verdad. En especial si estás solicitando firmas por el barrio en horas de trabajo.
—No estoy haciendo eso, Jeff, sólo he venido a dejar esto, y además, tengo que estar en el edificio... es parte de mi ronda. Mira, lo dejaré para ti y para Heidi, ¿de acuerdo? Y volveré a buscarlo cuando acabe de trabajar.
—Hasta luego —repuso Jeff, expresión que no le comprometía a nada.
De todas formas no veía forma de escaparse. Lucy era la benefactora de la familia, una honrada policía que jamás aceptaba nada, ni un centavo ni una manzana. Y Heidi sentía demasiado orgullo por su hermana para negarla una tontería como ésa. Y si Heidi firmaba, poco importaba que Jeff lo hiciera o no. Las personas que iban a molestarse por las firmas de la petición no se pararían a considerar si ambos miembros de un matrimonio habían firmado, se limitarían a hacer una pequeña señal oponiéndose al contrato de alquiler, otra oponiéndose al permiso de aparcamiento y otra para censurar el apellido Bratislaw en cualquier parte que apareciera. Jeff dejó caer la petición en el antepecho de la ventana mientras contemplaba la ciudad. Rojas luces laser centelleaban en lo alto del inacabado esqueleto de la cúpula, señales de advertencia para el tráfico aéreo, y estaba lloviznando otra vez. La ciudad era bonita, valía la pena contemplarla. ¿Por qué la gente no la dejaba en paz?
Cuando oyó la llave de Heidi en la cerradura, Jeff había servido ya la cena. Saludó a su esposa con un beso.
—He conseguido el empleo —dijo.
—¡Vaya, Jeff, eso es estupendo! —Heidi tenía aspecto de fatiga cuando entró, pero una sonrisa logró superar el cansancio—. Cuéntame. —Y al observar con más atención a Jeff, exclamó—: ¡Caray! ¿Qué te has hecho en la cara?
Jeff no había visto la herida hasta el momento de afeitarse.
—Un accidente laboral —dijo—. Me caí. Ahora, escúchame. Voy a ser el ayudante del delegado sindical. Trabajo descansado. No tendré que ir a demoliciones, y no tendré que estirar cables entre la nieve.
—¿Y más dinero?
Jeff vaciló.
—Bueno, aún no sé exactamente cuánto cobraré.
Heidi dio un sorbo a su bebida y luego se acercó a la mesa del comedor. La fatiga había asomado de nuevo en su semblante, acompañada por una expresión de asombro.
—Explícame eso, ¿quieres, Jeff?
—El dinero es lo menos importante —dijo él mientras repartía en los platos el contenido de las bolsas—. Hay muchos beneficios suplementarios.
—¿Sí?
—Ya sabes.. —Jeff tomó la decisión de hablar claro. Ella lo entendería, ella no era como la loca de su hermana—. Cuando alguien quiere conseguir un empleo mejor, ¿sabes?, va al sindicato. Y paga lo que podríamos llamar una comisión al tipo que le consigue ese trabajo.
—Una comisión ilegal —repuso ella, asintiendo—. Vas a aceptar comisiones ilegales.
—Heidi, no pensarás amargarme la noche, ¿eh? Así funcionan las cosas. Las comisiones, las aceptas o las pagas... Y resulta que yo opino que es mejor aceptarlas.
—Hum. —No era aceptación, pero tampoco negativa.
—Bueno, ¿vamos a hacerlo? —insistió Jeff.
Heidi masticó la carne sin dejar de mirarle. Ninguno de los dos tenía que aclarar el significado de «hacerlo», puesto que «hacerlo» era un importante tema de conversación desde hacía tres meses, desde que recibieron el informe genético del laboratorio indicando que ambos eran fértiles y carecían de defectos graves.
—Bien, voy a decírtelo, chico —repuso Heidi—. Yo diría que sí. Pero antes acabemos de cenar.
Heidi siempre estaba en la ducha el triple de tiempo que Jeff, detalle que complacía a éste por cuanto los resultados lo justificaban. Mientras ella consumía la mitad del cupo de agua que tenían para la jornada, Jeff llevó los platos al lavavajillas, recogió la mesa y preparó la cama. Se detuvo mientras se disponía a echar por el conducto los residuos orgánicos de la cena: la huelga. Tendría que dejarlos en el congelador hasta que ese conflicto se resolviera. Ahuecó las almohadas, dobló hacia abajo las sábanas, se desnudó y se puso la bata que era su señal (la de Heidi era ponerse sólo la chaqueta del pijama). Después encendió un cigarrillo y se sentó en el antepecho de la ventana. Vio la especie de torre Eiffel que había brotado en Madison Square, el primer pilón de la cúpula. E incluso vio, más allá del puñado de rascacielos del centro de la ciudad, las dobles luces del puente de Verrazano-Narrows, donde Heidi pasaba sus jornadas laborales.
Heidi era controladora portuaria. Ella y los otros veinticinco hombres y mujeres de la torre de control tenían la responsabilidad de vigilar los remolcadores, barcazas, buques cargueros, lanchas de servicios, dragadoras, barcas de recreo, barcos turísticos... todo lo que flotaba desde la punta de Manhattan al norte hasta Sandy Hook y la costa de Brooklyn al sur. Las barcas de recreo eran las peores. Casi ninguna llevaba placas de localización por radar, y en consecuencia el control sólo era posible visualmente. Pero si una barca de recreo tenía dificultades, normalmente su agilidad le permitía superarlas, y en cualquier caso los ocupantes eran la única carga que importaba (y en el peor de los casos casi siempre era posible salvarlos). La parte dura del trabajo eran los grandes bastardos que llegaban de América del Sur y el Golfo de Méjico, y los pocos que cruzaban el Atlántico, y el tráfico costero... y, sobre todo, las barcazas que traían combustible y maquinaria industrial. Si se descubría a dos de ellas siguiendo un rumbo de choque, era imposible indicarles que emprendieran acción evasiva. No podían hacer eso. Había que adelantarse a los acontecimientos, orientarlas en la dirección correcta y apartar de su camino cualquier embarcación de menor tamaño y con más capacidad de maniobra.
Con la huelga de basureros el trabajo de Heidi era más fácil. No había que remolcar lanchas, catorce o quince largas hileras diarias, hasta el vertedero situado a doscientos kilómetros de la costa de Baltimore Canyon. Además, los turnos de día eran mejores que los de noche. Era más fácil mantener contacto visual con las pequeñas embarcaciones que carecían de radiofaro de respuesta o no lo atendían aunque lo tuvieran. Pero un tiempo húmedo y ventoso anulaba todas las ventajas. Era más arduo controlar determinados barcos y, sobre todo, esas condiciones daban más validez al conocido hecho de que la torre occidental del puente Verrazano era el lugar más frío de Nueva York. La torre gozaba de calefacción, por supuesto. Pero cuando la frígida lluvia caía y la visibilidad era irregular no había nada que hacer aparte de salir con los prismáticos a la plataforma en medio de vientos violentos y heladores; y había que entrar y salir cien veces diarias. Por eso Heidi llegaba exhausta a casa cuando el tiempo era malo. Jeff consumía mucha más energía física que Heidi, cuarenta veces más, pero sólo precisaba una ducha y un afeitado para estar dispuesto a cualquier cosa, hasta cualquier hora de la noche. Heidi era un mujer resistente, pero carecía de la fuerza física de su esposo.
Los ruidos de la ducha habían cesado, y en ese momento se oían los sonidos de la puerta del botiquín y de frascos de cremas faciales. Jeff aplastó el cigarrillo y se dispuso a apagar la luz.
En la penumbra vio una luz verde intermitente junto a la puerta. ¡Demonios, había olvidado el correo! De todas formas no debía haber nada importante, aparte de facturas...
Pero Heidi lo notaría, y desearía comprobar si había noticias de su madre. Jeff se acercó a la mesa del ordenador y tecleó la combinación del correo. Los tres primeros apuntes en la pantalla correspondían a facturas, cierto, automáticamente pagadas mediante deducciones en la cuenta bancaria, por lo que no precisaban más atención aparte de clasificarlas correctamente en el apartado de deducciones de la declaración de renta. La cuarta nota...
La cuarta nota tenía este encabezamiento:
JUNTA DE SERVICIOS SELECTIVOS N.° 143.
—Oh, mierda —dijo Jeff.
Cuando Heidi salió del cuarto de baño las luces estaban encendidas, Jeff se hallaba preparando otro combinado y el texto de la carta continuaba retenido, expuesto en la pantalla:
Del Presidente de los Estados Unidos, Saludos:
Ha sido usted seleccionado para el servicio militar total y se le ordena presentarse para el último examen físico el martes día 3 de abril en la Caja de Reclutas sita en Plaza Penn n.° 1...
—Oh, mierda —dijo Heidi mientras cogía el vaso que Jeff le ofrecía. Llevaba una bata, pero Jeff vio que debajo sólo había una chaqueta de pijama y abundante piel sonrosada, cálida y húmeda.
—Sabíamos que iba a pasar algún día, claro —repuso él.
—¡Pero por qué ahora, maldita sea!
Jeff puso más cubitos en su bebida.
—He estado pensando. Podría solicitar el ingreso en el Cuerpo Municipal, claro. Así estaría aquí tres años, y después de la instrucción básica seguramente repartiría tickets de aparcamiento y cosas por el estilo durante el primer año...
—A nueve dólares por hora —dijo Heidi.
—Bueno, sí. Tal vez tu hermana pudiera ayudarme a aprobar el examen de sargento después del primer año.
—También podrías solicitar el período de dieciocho meses de campaña...
—Y acabar con una bala en el trasero en Puerto Rico o Miami Beach.
—Pero al menos acabarías. Oh, mierda.
—O podría suspender las pruebas físicas.
Heidi le miró. Después abrió la bata de su marido y le hundió un dedo en el duro y liso estómago.
—¿Suspender qué? Deberías haber dejado eso resuelto en la universidad, como yo.
—No fui a la universidad —le recordó Jeff—. Oh, mierda.
El aspecto tan prometedor que había tenido la noche se esfumó de pronto para siempre. Y en ese mismo momento el timbre de la puerta anunció que Lucy volvía a por la petición. Este pensamiento fue como un golpe para Bratislaw.
—Oh, mierda —dijo al abrir la puerta, en voz baja, aproximadamente por vigésima vez.
Las hermanas se besaban siempre, pero mientras se besaban Lucy miró a Jeff por encima de la oreja de Heidi.
—¿Qué ocurre? —preguntó. Y barruntó algo—: Has olvidado hablar a Heidi de la petición.
Bratislaw se alegró del respiro.
—Sí, es cierto. Lo siento de veras, Lu.
Su cuñada movió la cabeza.
—Pero hay otras cosas —prosiguió, mirando alternativamente a su cuñado y a su hermana—. Venga. ¿Qué pasa?
Y Bratislaw le habló del aviso de reclutamiento, y comentó después con su esposa la petición, y cuando acabó había empezado ya la segunda botella de vino y la noche, después de todo eso, no le parecía demasiado buena para ir a por un niño. Pero Lucy respondió con rectitud. Era la benefactora de la familia, la única que había decidido ser policía, sin sensatez alguna, y además ser una agente honrada... en contra de la costumbre.
—Será bueno para ti, Jeff —dijo Lucy, siempre prudente—, y yo te ayudaré, lo prometo. Y ahora, si firmáis los dos...
—Espera —repuso su hermana—. No podemos hacer eso, cariño.
—Claro que...
—No —la interrumpió Heidi—, no podemos, y si piensas un momento lo entenderás. A ti no te importa correr riesgos. Bien, muy bien, has pasado el período de prueba y tu trabajo es seguro. Bastante seguro. Pero ¿qué pasará si Jeff firma esto y luego ingresa en el ejército? ¿Un recluta? ¿Sin galones? Lo pasará muy mal, Lucy, y tú lo sabes.
Lucy miró a su hermana primero, a Bratislaw después, y cada vez había más cólera en sus ojos.
—¡Los dos! ¿No os preocupa? ¿Queréis que la maldita mafia sea la dueña de la ciudad?
—Ya lo es, Lucy, y nosotros no podemos hacer nada. Y lo siento, pero así está la ciudad. Buenas noches, Lucy. Ven a vernos pronto.
Lo extraño sería que la ciudad estuviera bien. Bratislaw lo sabía, Heidi lo sabía, hasta Lucy lo sabía. Bratislaw se acercó a la ventana, miró la ciudad y se encogió de hombros. Luego tocó el control remoto de las luces y dispuso una penumbra de cinco minutos. La iluminación se apagó poco a poco y Jeff, bostezando, se dirigió al dormitorio, hasta que la voz de su esposa le obligó a detenerse.
—Jeff, te has olvidado de las facturas.
—¿Qué? —Volvió la cabeza, y la consola estaba mostrando las facturas que habían llegado en el correo del día—. ¡Oh, Dios! —gruñó Jeff—. Esa maldita máquina ha vuelto a estropearse. Todos los pagos son automáticos, las facturas deberían estar ya en la memoria...
En ese momento miró fijamente la pantalla.
—¡Oh, no! ¡Oh, mierda!
Era el vigesimoprimer taco y el más sentido de todos, porque debajo de las líneas de caracteres que representaban los estados de cuentas de las acciones, el importe de las compras a plazos y la factura de la compañía de seguros había una reluciente línea roja que decía:
SALDO INSUFICIENTE
—¡Maldición! ¿Heidi? ¿Has sacado dinero de la cuenta sin decírmelo?
—Claro que no, Jeff.
Pero antes de que las palabras salieran de su boca Jeff ya lo sabía, porque había tecleado el código para pedir un estado de cuentas y las cifras estaban apareciendo ya ante él.
17 MAY 11:23 HRS **REINTEGRO** $1710.50 ***SALDO $8.26
—¡Nos han robado! —exclamó—. ¡Alguien ha usado nuestro código y nos ha dejado sin blanca! ¡Dios, esta ciudad sólo va a servir para los perros!
—Te he dicho muchas veces —repuso con furia su esposa— que deberíamos haber invertido dinero en un código cifrado personal.
En ese momento había pocas cosas que Bratislaw quisiera oír decir a su esposa. El recordatorio de que ella ya se lo había dicho ocupaba la parte inferior de la lista. Naturalmente, todas sus amistades habían asegurado por partida doble sus programas de telebanco mediante códigos personales, pero el método valía dinero y había que recordar las palabras clave, de modo que producía más complicaciones. Todo el mundo sabía que los delitos informáticos eran cada vez más numerosos en la ciudad, pero algunas personas, al menos Jeff Bratislaw, iban por la vida con la certeza total de que el robado sería otro. ¡Qué final para un día tan prometedor! El aviso de reclutamiento, la desavenencia con Lucy, el robo en la cuenta bancaria... demasiado. Y la disminución de luz había concluido su ciclo y Jeff fue dando tropezones en la oscuridad hacia el dormitorio donde su esposa tenía la mirada fija en el techo.
Inexplicablemente, Heidi estaba sonriendo.
—¿Qué te pasa? —preguntó Jeff, de forma poco amistosa.
—Lo he descubierto. Aplazamiento del servicio militar. Trabajo en industria básica.
Jeff se sentó junto a ella, asombrado.
—¿Qué estás diciendo, aplazamiento de la mili para mí? Bueno, sí, pero no estoy en una industria básica...
—Lo estás —canturreó muy contenta su esposa—, si esa zorra para la que trabajas lo afirma. Lo primero que harás mañana, Jeff, será plantearle el problema a ella... es decir —se apresuró a corregir—, le rogarás que te resuelva ese problema. Ahora métete en esta cama, ¿quieres?
Y en realidad, tal como salió todo, no fue una noche tan mala para ir a por un niño.
III
Ella Jennalec se reunió con él en la planta baja y un automóvil los aguardaba.
—Usted conducirá —dijo Ella, y desapareció en el pasillo del vestíbulo.
Volvió un minuto después.
—Ese cochino está en una rueda de presos con la policía —dijo disgustada—. Tengo que esperar a que acaben.
Obviamente el «cochino» era un detenido.
—¿Amigo suyo, Ella? —preguntó Bratislaw. La mujer lo miró.
—Cualquiera que puede hacerme un favor es amigo mío —repuso evasivamente, y agregó—: ¿Y usted? ¿Puede hacerme algún favor?
—Espero que sí, Ella.
Jeff le habló del aviso de reclutamiento y del hecho de que él y Heidi deseaban tener un hijo. No tuvo oportunidad de llegar muy lejos, porque Ella comprendió qué deseaba pedirle mucho antes de que llegara a ese punto.
—Espere un momento, campeón —dijo ella, y se puso a pensar mientras contemplaba la urbanización Ciudad Bed-Stuy con las negras placas solares en los techos y los singulares aerogeneradores espirales.
Ella había reaccionado con suma tranquilidad. ¡Como si lo que él pedía no fuera difícil! La policía de Nueva York, como casi todos los cuerpos municipales, estaba federalizada desde hacía tiempo. Cuando los Servicios Selectivos elegían a alguien, había que decidir entre pasar tres años en el Ayuntamiento o un período de dieciocho meses como recluta sin garantía alguna de destino o rango... ni siquiera de supervivencia, si el destino era un punto conflictivo. En realidad no era distinto de cualquier otro trabajo. Después de la instrucción básica sólo se trabajaba cuarenta horas semanales. Se empezaba con tickets de aparcamiento y la graduación significaba hacer una ronda en compañía de un policía profesional... Incluso se podía vivir en casa, y en ocasiones tener dos empleos.
—Pequeño —dijo Ella con seriedad—, hay buenos negocios entre los polizontes, ¿sabe? Un tipo listo puede forrarse.
—Preferiría trabajar con usted, Ella —repuso con humildad Jeff. Aparte de que su cuñada lo crucificaría si acababa perteneciendo a la categoría de policías que «se forran».
Ella sonrió, radiante.
—No hace un gran negocio —dijo alegremente—. Me ocuparé de eso hoy mismo.
—¿Qué me dice del aviso de reclutamiento?
—Rómpalo. Ahora aguante aquí mientras veo a mi amigo.
El trabajo de Bratislaw era menos de ayudante que de guardaespaldas. Si le hubiera extrañado que Ella Jennalec lo eligiera a él, pronto habría comprendido que su corpulencia era como mínimo una de las razones. Iba a donde iba ella, y Ella iba a todas partes. A Brooklyn, donde el sindicato local de Trabajadores de Recursos Energéticos Renovables amenazaba con ir a la huelga debido a que la cúpula iba a alterar los vientos dominantes en Bedford-Stuyvesant poniendo en peligro sus puestos de trabajo. Al Ayuntamiento, donde se reunía la Comisión Municipal de Renovación Urbana. A la Calle 125, para inspeccionar las obras suspendidas en el norte. A Jersey City, para las gestiones del local al otro lado del río. A la cúspide del World Trade Center y al gran arco en lo alto de Central Park, donde la cúpula alcanzaría su máxima altura.
De vez en cuando el hijo de Ella Jennalec les seguía los pasos. Fue una sorpresa para Bratislaw averiguar que la dirigente sindical tenía un hijo. Ni siquiera sabía que Ella tuviera un marido, y si alguna vez lo había tenido, el hombre parecía haber abandonado la casa.
Después del primer día, Jeff adquirió el hábito de recoger a su jefa en el piso de ésta. Era una casa francamente bonita. Como en cualquier otro bloque de pisos de la ciudad, su acera estaba llena hasta la altura del hombro de bolsas de basura reforzadas que aguardaban el remoto día en que alguien viniera a llevárselas. Y en dos ocasiones Jeff vio sucias ratas pardas que se escabullían sin prisas al acercarse él. Pero había un portero, y un circuito cerrado de televisión que captaba todos los ángulos, y el primer día Bratislaw tuvo que aguardar veinte minutos en la entrada del edificio porque Jennalec no respondió la llamada telefónica en ese momento.
Cuando por fin estuvo disponible, Ella ordenó al portero que lo dejara pasar. Lo recibió en la puerta, con el cabello envuelto en una toalla como si fuera un turbante y chorreando agua, y otra toalla alrededor de su empapado cuerpo.
—Espere en el salón, Jeff. Hay café si le apetece.
El salón doblaba en tamaño el piso entero de Bratislaw. La alfombra iba de pared a pared, gruesa, blanca. Había un video en un rincón, y conos acústicos con sonido envolvente en las molduras, en lo alto. Jeff tomó asiento en un sofá cuya largura superaba la estatura de un hombre alto, lo bastante grande para abrirse y ser una cama de matrimonio, aunque de hecho, y él habría apostado cualquier cosa, no era convertible. Un simple sofá. Jeff se levantó, nervioso, miró por la ventana (el río Hudson tenía un tono grisáceo entre los edificios), se sirvió una taza de café, y se sentó de nuevo. Y aguardó. Bratislaw no estaba muy seguro respecto a qué aguardaba, porque le había hecho pensar mucho aquella fugaz visión de dorado muslo bajo la toalla cuando Jennalec dio media vuelta. Pero cuando ella salió, completamente vestida, con tejanos, botas y una boina para mantener inmóvil su húmedo cabello, vio que la única preocupación de la mujer era el trabajo. Y Jeff no supo con certeza si estaba desilusionado o no.
Cuando llegó a casa esa noche, habló a Heidi del hogar de Jennalec.
—¿Salió desnuda? —dijo su esposa.
—Ah, no, Heidi. Llevaba una toalla encima.
—Eso hacía yo —repuso ella con amargura—, cuando tú vivías al otro lado del pasillo en Stuyvesant Town y te pedía que me arreglaras la ventana. Pero yo sabía lo que hacía, igual que ella.
Así pues, el trabajo de Jeff Bratislaw consistía en seguir a Ella Jennalec a cualquier parte que las obligaciones de ésta la condujeran, es decir, a todos los lugares que iba a cubrir la cúpula. Eso significaba Nueva York entero... el Nueva York real, de hecho, a saber, la isla de Manhattan. Esa era la ciudad que había existido mucho antes de que el Puente le permitiera devorar Brooklyn y el impulso le proporcionara los demás distritos. Era el Nueva York al que la gente de New Jersey, Texas y China se refería cuando decía «Nueva York». Muy rara vez salía Jennalec de la isla, había suficiente trabajo entre el Battery Park y el río Harlem para mantenerla ocupada.
¿Pero en qué estaba ocupada? Responder a eso era más arduo. El cargo de Jennalec en el sindicato parecía brumoso. «Delegada sindical» era su título, pero ¿delegada por quién? Se sentía tan a gusto en el pilón de Fordham como en el armazón del World Trade Center. A veces explicaba voluntariamente alguna razón justificativa de sus tareas: una discusión sobre primas por trabajo peligroso cerca del viejo edificio de las Naciones Unidas, problemas de antigüedad en las obras del puente de la Calle 59... De vez en cuando, si no ofrecía motivo alguno, Jeff se lo preguntaba. Pero eso fue sólo los dos primeros días.
—Jeffy, encanto —le había dicho Ella, tras volverse en el asiento del automóvil para mirarle a los ojos—, lo que necesita saber, se lo explico. Lo que no le explico no es de su incumbencia. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —había contestado Bratislaw, y lo recordaba.
Era lógico. Todo el mundo sabía que pronto iba a estallar una bomba, una investigación del Gran Jurado, y si alguno de los misteriosos paseos guardaba relación con el caso, ¿qué lógica tenía hablar de ellos? Los periodistas de la televisión ya estaban filtrando noticias del Gran Jurado todas las noches. ¡Que se divirtieran, nunca sabrían una palabra de Ella Jennalec! Oh, cierto, ella podía hacer un favor a un afiliado del sindicato... quizás un favor a un alto cargo de vez en cuando. Una mano lavaba la otra. ¿De qué otra forma se podía acabar un trabajo importante?
Pero demostrar hechos dignos de encarcelamiento... jamás. Cuanto más conocía a Ella Jennalec, tanto más la admiraba Jeff, y no sólo por su forma de rellenar los tejanos. La mujer tenía agallas. Poseía esa clase de valor que obligaba a Jeff a mostrarse igualmente valiente. Como ese día, cuando Ella hizo cosas como subir a una pasarela a cien metros de altura para hablar con un montador (y Bratislaw fue tras ella animosamente, aferrado a la barandilla de alambre) o ir en el montacargas hasta la cúspide del mismo pilón de la cúpula. Bratislaw la siguió a todas partes, pero mientras Ella estuvo charlando y gesticulando en compañía del capataz, los ojos de Jeff se mantuvieron clavados en los majestuosos bloques de viviendas de la otra orilla del río. No miró abajo una sola vez hasta que se hallaban a diez metros del suelo en el trayecto de regreso. Jennalec le dio un codazo.
—Quizá pudiera conseguirle el empleo en demoliciones elevadas si todavía le interesa —le dijo, y luego sonrió—. Sólo es una broma. Lo está haciendo muy bien, guapo. Siempre es duro la primera vez... ¡Oh, mierda! ¿Qué pasa ahora?
Si no hubiera estado temblando, Bratislaw habría reaccionado con más rapidez, se habría puesto entre Jennalec y el hombrecillo que llevaba el documento legal azul. Pero no fue así. El hombrecillo, muy nervioso, no apartó la mirada de Bratislaw mientras daba un sablazo a Ella con la citación, y siguió mirando por encima del hombro cuando dio media vuelta y se marchó corriendo. Bratislaw abrió la boca para disculparse, pero la sonrisa había vuelto a la cara de Jennalec. La delegada mandó un beso por el aire al ya alejado portador de la citación y entregó el documento a Bratislaw.
—Déjelo en el despacho del abogado cuando volvamos —le dijo—. Y no esté tan aturdido. ¿Para qué se piensa que pagamos a los abogados?
Como era de esperar, la televisión se enteró de la noticia, y como era de esperar Lucy se enteró antes. Estaba aguardando en el piso cuando llegó Bratislaw. Era el día libre de Heidi. Las hermanas habían cocinado algo (llegaban buenos olores de la cocina) y más recientemente habían holgazaneado tomando un par de combinados. Lucy llevaba puesto aún el uniforme, pero se había quitado los zapatos, la mitad de los botones de su blusa estaban desabrochados y su bonita cara estaba acalorada.
—Jeff, cariño —dijo de inmediato—, tienes que alejarte de esa bruja.
—Ah, Lu, he tenido un día muy duro. No lo empeores. —Señaló los vasos y la cubitera y observó mientras su cuñada le preparaba un whisky.
—Sé qué te preocupa —continuó ella mientras le pasaba el vaso—, y es el aviso de reclutamiento. ¿Verdad? Pero sinceramente, eso no es tan malo. Tú te comprometes con la policía municipal y yo seré tu protectora. Sí, el sueldo es miserable, pero...
—No es el sueldo, Lucy.
—¡Bien, seguro que no será amor al trabajo! ¿Sabes qué va a pasarle a Ella Jennalec? ¡Va a juzgarla un gran jurado por chantajes laborales!
—¡Calumnias!
—Jeff, no seas estúpido. Tienen pruebas. Tienen testigos y... —Lucy vaciló y cambió de orientación—. Sé qué tienen, y ella también lo sabe. Le esperan de cinco a quince años por una acusación de felonía.
—¿Para qué crees que pagamos a los abogados? —dijo Jeff. Recordaba bien las palabras, aunque el tono no tenía idéntica naturalidad.
—Jeff. Escucha —repuso Lucy, espaciando las palabras como si hablara con un niño—. Ella tendrá que presentarse ante el magistrado Horatio Margov. —A Jeff estuvo a punto de atragantársele la bebida—. ¡Exacto! El Verdugo de Harlem. Ella irá a la cárcel, Jeff, y será mejor que te apartes de esa mujer o te verás metido en sus líos. —Lucy no estaba maliciosamente satisfecha. No era esa clase de persona, pero Bratislaw perdió la paciencia.
—Me ha resuelto un problema, Lucy. Ella está haciendo un gran trabajo en el sindicato.
—¡Mentira! Ella es escoria, Jeff. Tienen... demonios, de todas formas está en el expediente: tienen contra ella seis acusaciones de extorsión, aparte de dos agresiones con propósitos nefastos por parte de su amigo el matón, Tiny Martineau. ¿Quieres estar involucrado en eso? ¡Heidi! ¡Convéncelo!
Heidi se encogió de hombros, aunque mantuvo la mirada fija en su marido.
—¡Ella no hace nada que no hagan otros! —protestó Jeff.
—¡Y ése precisamente es el mal de la ciudad! Demasiados estafadores en cargos de confianza, y nadie mueve un dedo para evitarlo. El mal —añadió en tono sentencioso— sólo precisa una cosa para triunfar, que los hombres buenos no hagan nada. Es una cita.
—¡Es una tontería! Ella tiene amistades influyentes. ¿Tienes la menor idea de cuántos políticos le deben favores?
—Todos pasarán por el tubo con ella —predijo Lucy—. Horatio Margov se encargará de ello. En verdad que hay mucha gente que le debe favores. Ella puede recurrir al alcalde, al comisionado y a las tres cuartas partes de los agentes de mi distrito. ¡Ningún problema! Pero basta un juez honesto y un fiscal que quiera llegar al fondo del caso, y Ella quedará destrozada. Jeffy —dijo en tono de súplica—, usa la cabeza. El crimen organizado está en dificultades. No tienen nada que hacer en el campo de las drogas desde la legalización, no hay prostitución digna de esfuerzos, ni siquiera pueden robar, a menos que violen códigos de ordenador, y en general no son lo bastante inteligentes para eso. ¿Qué les queda? ¡Extorsión y sindicatos fraudulentos! ¡En cuanto limpiemos los sindicatos, se quedarán sin trabajo! Y cuando atrapemos a tu amiguita será el último paso... bueno —terminó con rapidez, mirando a su hermana—, quiero decir que... no la he llamado tu amiguita por nada especial.
Pero Heidi no respondió. Se limitó a mirar fijamente la pared, y tenía los labios apretados.
No era cierto, de todos modos. Ella no era su amiguita. Naturalmente Bratislaw no podía menos que pensar que, si un hombre actuaba, era muy fácil que las cosas fueran en esa dirección, porque a Jennalec no parecía importarle que él la viera en ropa interior, o con pantalones y nada arriba, o envuelta en una toalla, y no le preocupaba que esa toalla resbalara un poco. Pero Jeff no actuaba, y Ella no parecía pensar en eso. Seguramente debía estar satisfecha, pensaba Jeff, sola en aquel espacioso piso con su hijo, y ¿quién sabía qué personas llamaban a la puerta en cuanto él dejaba a la delegada por la noche?
Cosa que, en definitiva, no era de su incumbencia. Su trabajo era cumplir las órdenes de Ella. Cuánto trató de explicarle los comentarios de su cuñada, Jennalec le contestó que lo olvidara.
—¿Le gusta el trabajo? Pues limítese a hacerlo. Deje la parte legal para los abogados.
Y a él le gustaba el trabajo, no sólo era interesante sino que además el aviso de reclutamiento había desaparecido como por arte de magia, y el sueldo supuso una sorpresa. Una sorpresa agradable. Un cincuenta por ciento más de lo que ganaba con la brigada anterior y, para colmo de felicidad, en metálico. ¡Metálico! ¡Dinero no registrado, sin impuestos que pagar!
—Pero fíjese en qué lo gasta —le ordenó Ella—. Ropa, licores, fiestas y cosas por el estilo, estupendo. O métalo en una caja de seguridad. Pero no pague con él préstamos bancarios, porque si una transacción llega al archivo de verificación contable, está perdido. Ahora coja el coche, vamos a un sitio en South Bronx y podrá acompañarme. Es posible que aprenda algo.
El lugar se denominaba Túnel Aerodinámico Bellamy para Verificaciones, y el primer y peor detalle que se percibía al llegar era el ruido. ¡Vaya ruido! El rugido de diez jets despegando al mismo tiempo, todos en un dormitorio. Bratislaw vaciló y Jennalec le hincó un dedo en el hombro.
—¡Vaya allí! —le gritó al oído, señalando a una mujer vestida con una bata verde claro que ocupaba una garita de vidrio—. ¡Ella! ¡Ella se lo explicará!
Y la delegada desapareció tras una puerta con la indicación Dirección - Prohibida la entrada.
Teniendo en cuenta que había trabajado en los cimientos de la cúpula, Bratislaw tenía de ella unos conocimientos asombrosamente escasos. El túnel aerodinámico era inmenso. Tenía que serlo, ya que la maqueta de cúpula que contenía medía casi quince metros. La maqueta giraba poco a poco y de forma irregular sobre una plataforma. El túnel, observó Bratislaw, no podía alterar la dirección del viento, de ahí que la plataforma de prueba hiciera girar la maqueta. Esta no incluía la isla de Manhattan, sólo la cúpula que iba a cubrirla. Era igual que dos bolas de helado de vainilla sobre un enorme banana split... no, igual que un modelo en cera de un banana split con vainilla que llevaba mucho tiempo en el escaparate, con agujeritos y cagadas de mosca en toda la superficie.
—Venga aquí, ¿qué hace parado? —sonó una voz en la red de amplificadores.
Y Jeff vio que la experta estaba haciéndole señas. Muy agradecido, se reunió con ella en la garita. El ruido seguía siendo fuerte, pero no le hería los oídos.
Ante la especialista había una maqueta más pequeña de la cúpula, brillantemente iluminada con luces rojas y azules que fluctuaron, palidecieron y desaparecieron delante de Bratislaw.
—Hola —dijo la mujer de la bata verde—. Me llamo Marilyn Borg. ¿Qué le parece?
Bratislaw reconoció que no sabía lo suficiente para opinar. La mujer sonrió.
—Una cosa muy fea —comentó ella—. Sería más bonito cubrir con una cúpula Phoenix o incluso Los Angeles... así habría una preciosa cúpula redonda, ¿comprende? Nueva York es una ciudad alargada y estrecha, con muchísimos puentes, y está rodeada de agua profunda por todas partes. Estructuralmente mala.
—¿Pretende decir que no servirá?
—Oh, diablos, servirá. ¡Pero fíjese en los diferenciales de presión!
Las concavidades de la maqueta exterior, explicó la experta, eran medidores de presión, con transductores que transmitían las lecturas a la maqueta más pequeña. La presión negativa aparecía en forma de luz roja en la maqueta interior, la presión positiva era luz azul; a mayor presión, más brillantez de colorido.
—¿Ve esto, esta zona de baja presión en la parte superior de la cúpula? Es como el ala de un avión. Quiere despegar y echar a volar. Luego tenemos presión elevada en los puntos donde choca el viento y también donde la cúpula acaba... Espere un momento.
La especialista miró un reloj digital y tecleó ciertas órdenes. Con el inicio de la siguiente secuencia, apareció humo blanco en el «acné» de la cúpula del túnel, y el humo se extendió por la superficie. Marilyn introdujo otra serie de instrucciones y los chorros de humo se transformaron en un arco iris multicolor, indicando cómo confluían y fluían las corrientes de humo.
—¡Fíjese en los puentes del East River! Yo no saldría a dar un paseo por Brooklyn en un día ventoso.
Y ciertamente había muchas turbulencias en la base de la maqueta, en especial en los extremos de los puentes.
—Tendrán que fortalecer los controles —predijo sombríamente Borg—, en particular los del Hudson. La cadena de acantilados del río canaliza el viento por las aguas cuando sopla en la dirección apropiada, pero podemos tolerar eso. Los huracanes —hizo una mueca— son más complicados. Igual que la nieve, o la lluvia si se hiela allí, con medio centímetro de hielo en la cúpula, hay cien toneladas de peso en la superficie entera. —Se recostó y miró a Bratislaw—. Es usted muy corpulento —comentó.
—Y usted —repuso galantemente Bratislaw mientras observaba la parte superior de la bata de Marilyn— tiene unas medidas perfectas.
La técnica dio unas palmadas a la maqueta, complacida.
—Mi novio dice que no sabe si yo debo estudiar esto o ponérmelo.
Bueno, no era perjudicial halagar un poco a las chicas, pensó Bratislaw, divertido. Naturalmente nada iba a lograr con eso. Bien, no había nada que lograr, aunque cuanto más miraba Jeff a Marilyn Borg, tanto más pensaba que sería muy interesante contemplar lo que había debajo de la bata verde. Era una forma descansada de adquirir conocimientos sobre el diseño y la resistencia a la presión de la cúpula. La parte superior, descubrió Jeff, atravesaría la «capa limítrofe» de la atmósfera, donde se producía buena parte de la turbulencia, aunque la forma de la cúpula minimizaría las tensiones. Y sobre el túnel aerodinámico, que usaba tres hélices de seis palas, controlaba temperatura y humedad y era capaz de modelar las fuerzas de un huracán de más de doscientos kilómetros por hora o una carga de medio metro de nieve. Y sobre la misma Marilyn, hasta que sonó un altavoz en el techo.
—Vamos, superhombre, hora de salir de aquí.
Y el tono de la voz sugería que Jennalec había estado escuchando.
En el automóvil, Ella sorprendió a Bratislaw poniéndose junto a él en lugar de ocupar el asiento trasero.
—¿Adonde, jefa? —preguntó Jeff.
Pero Ella tardó en responder. Estaba contemplándole, y Bratislaw, ciertamente, no supo qué estaba mirando la delegada hasta que la oyó decir:
—¿Cómo está su esposa?
—Oh, muy bien —dijo él, y ella asintió como si se tratara de la respuesta definitiva a un complejo problema de diagnosis.
—No tengo nada que hacer durante las próximas dos horas —comentó Ella—, y creo que le debo una comida cocinada en casa. ¿Le interesa?
Jeff tragó saliva y sonrió.
—Claro que sí —repuso, y puso en marcha el motor.
Ella no se puso ropa más cómoda ni le ofreció música suave. Se metió en la cocina y lo dejó contemplando antigüedades.
—¡Cinco minutos! —le avisó Ella—. ¡Sólo eso! Lo tengo casi todo hecho.
Para sorpresa de Bratislaw, la comida «cocinada en casa» apenas estaba cocinada. Se componía de una ensalada y una sopera llena, y la sopa, a deducir por el olor, era de pescado.
—El sabor es mejor que el olor —prometió su anfitriona—. Debí prevenirle, no como carne.
Jeff probó la sopa, y era cierto. Era muy clara, casi al estilo japonés, pero tenía su atractivo, y la ensalada tenía elementos frescos y crujientes, con nueces y trocitos de lo que Bratislaw supuso eran patatas onduladas.
—¿Cómo es eso? —preguntó Jeff.
—¿Se refiere a la carne? Oh, antes comía. En Bed-Stuy comía siempre carne, ya sabe cómo son los niños. Pero el primer empleo que conseguí fue en el centro de alimentación de Flushing Meadows. ¿Conoce el lugar? Procesado de jacintos de agua. Los recogen en los lagos, los secan con los gases de escape de las bombas caloríficas de la ciudad, los desmenuzan y los dan a las vacas. A las vacas les encantan. Y sirven también para fabricar grandes bistecs.
—Bien, entonces ¿por qué?
El aspecto de Ella era de disgusto.
—¡Averigüé qué otra cosa les daban! Lodo de aguas cloacales esterilizado. SCP, esa proteína unicelular. La obtienen del barro de las alcantarillas, y se supone que acaba limpia y pura. ¡Pero yo sé de dónde ha salido! Y eso no es todo. Polvo de roca, ¿puede creerlo? ¡Desechos de fábricas de papel! ¡Las mismas boñigas de las vacas! Cómete una hamburguesa, y en realidad estás comiendo un lingote de mierda de vaca mezclado con confeti y malas hierbas... ¡No, gracias!
—En Wisconsin era igual —comentó Bratislaw—, excepto que aprovechaban el suero de la leche sobrante de la fabricación de queso. No sabes cómo apesta hasta que lo hueles.
—¿Y usted se lleva eso a la boca a pesar de todo? —Ella acabó su ensalada y se recostó. Encendió un porro y miró con aire especulador a Jeff—. ¿Qué clase de cosas se lleva usted a la boca, pequeño? —inquirió.
La mejor respuesta, pensó Bratislaw, era considerar la pregunta como una broma. Y se echó a reír, a punto de engullir un tenedor con trozos de zanahoria y coliflor cruda, y cambió de tema.
—¿Dónde está su hijo? —preguntó.
Ella asintió, como si ello no fuera un cambio de tema.
—Está en la escuela. No volverá hasta dentro de tres horas. Eche una calada —añadió mientras pasaba el porro a Bratislaw y se erguía en la silla—. Ayúdeme a poner los platos en la máquina y luego le explicaré algo que debe hacer. Mire muchacho, Tiny tenía ciertas obligaciones especiales, además de acompañarme por ahí. No he estado muy necesitada últimamente... pero dos amigos están fuera de la ciudad, y otros dos han dejado de ser amigos. Bien, la cuestión —concluyó, levantándose y cogiendo la mano de Jeff— es que opino que ha llegado el momento de que averigüe cuáles son esas obligaciones especiales.
Si sospechaba que la naturaleza de la relación había cambiado, Heidi no lo demostraba. Había huelga de capitanes de remolcador, y en consecuencia su trabajo era más arduo y prolongado que nunca. Cuando volvía a casa por la noche estaba cansada. Si Jeff Bratislaw no estaba allí a la hora de acostarse, Heidi se acostaba igualmente. Mejor así. Bratislaw era un hombre razonablemente lujurioso, pero Ella Jennalec lo agotaba bastante. Nada de prolongadas orgías, pero hacer el amor era la primera tarea matutina antes de iniciar la jornada, y normalmente otra vez por la noche antes de que Jeff regresara a su casa, y de vez en cuando un rápido coito en alguna parte durante el día. Aparte de eso la relación entre ambos era prácticamente la misma. Ella tenía los mismos compromisos, hacía el mismo trabajo, pasaba las mismas horas hablando por el teléfono del coche entre parada y parada. Pero hablaba más con Jeff. De sus cosas. De él. Del mundo. Incluso hablaba del inminente juicio ante el juez Margov, y el mismo coraje que demostraba en las elevadas estructuras continuaba presente cuando hablaba de los trámites.
—Eres toda una mujer —le dijo un día Bratislaw, y la admiración que expresaba en su voz no era fingida.
Ella estaba sentada junto a Jeff, mientras iba al norte de la ciudad.
—Sí —repuso la delegada con aire pensativo, sin dejar de mirarle.
Cuando dejó a Bratislaw junto a la acera, delante de un destartalado almacén, Ella continuaba pensativa. Y cuando salió, media hora más tarde, estaba risueña. Jeff se dispuso a poner en marcha el motor eléctrico, pero Ella se lo impidió.
—Aguarda un segundo —dijo, con la mano sobre la de él.
Y Jeff obedeció perplejo... Y luego vio lo que ella aguardaba. Por la misma puerta salió un hombre alto y canoso que miró con recelo los alrededores antes de meterse en una estación de metro. Era el juez Horatio Margov, el mismo Verdugo de Harlem. Jeff observó sorprendido a Ella, cuya sonrisa era triunfante.
—Mantén la boca cerrada —le advirtió—. Y la próxima vez hazme caso cuando te digo que no te preocupes.
Pero Bratislaw se preocupó de todas formas, se preocupó sobre todo por el detalle de si tendría fuerza de voluntad suficiente para no informar a su esposa, y si ésta podría abstenerse de informar a su benefactora hermana... No debería haberse preocupado por eso. Cuando llegó a casa esa noche Heidi no estaba durmiendo. Ni siquiera se hallaba allí. Todas las luces estaban encendidas, y en la pantalla del ordenador centelleaba un mensaje en rojo: Jeff, han herido a Lucy. Ven a verme al hospital Bellevue.
Le costó veinte minutos llegar al hospital y media hora localizar a su esposa, en la sala de espera de la sexta planta que olía a desinfectante y ropa pendiente de lavado.
—Tiene la cabeza aplastada —dijo sollozando Heidi—. Alguien la atacó. Está en cuidados intensivos, y no saben si se salvará.
—Oh, cielo —repuso él mientras la abrazaba.
—Me han dejado verla —explicó Heidi sin dejar de llorar—. ¡Ni siquiera se le veía la cara, Jeff! ¿Qué clase de animal ha podido hacer una cosa así? El ser humano mejor, más decente que he conocido... —Heidi se apartó unos centímetros de Jeff y lo miró a la cara—. Y hay otra cosa —añadió—. Hoy he ido al médico, y estoy embarazada.
IV
El informe policial era simple y escueto. La agente de policía Lucille R. Sempler se hallaba de servicio haciendo la patrulla regular en South Water Street, se comunicó por radio a las diecisiete treinta y debía informar de nuevo a las dieciocho horas. En el interin no hizo llamada alguna ni nadie se puso en contacto con ella. Al no informar, se inició una búsqueda y los agentes William Gutmacher y Alicia Mack la encontraron con heridas en la cabeza producidas por instrumento romo y varias magulladuras, al parecer resultado de una pelea, en un portal. Ningún testigo. Ningún motivo conocido. El laboratorio de la policía estaba investigando las pruebas físicas. La investigación continuaría.
La misma policía no se mostraba más informativa, no por método, sino porque no sabía nada.
—Lucy siempre iba en busca de anomalías —dijo el capitán de su distrito—. Seguramente el culpable fue alguien a quien detuvo. Estamos investigando todo lo posible... Y ella era una mujer excelente —añadió.
También Bratislaw pensaba que Lucy era una mujer excelente. Sabía que los sentimientos de su esposa serían más profundos que los suyos, pero no estaba preparado para la excesiva preocupación con que Heidi reaccionó.
Bratislaw tenía conocimientos sobre los embarazos. Tenía una hermana dieciséis años más joven que él, y recordaba los meses anteriores a su nacimiento. Estaba preparado para los mareos matutinos, y se produjeron. Un decreciente interés en el contacto sexual, sospechaba Jeff, y también eso se produjo. Pero la madre de Bratislaw no había tenido una querida hermana casi asesinada en los primeros meses de embarazo, y en consecuencia nada preparó a Jeff para la interminable pena sin lloros de Heidi. Su esposa renunció a la jovialidad. Cuando Jeff volvía a casa tarde, ella casi siempre estaba en la cama... y casi nunca dormida, aunque fingía estarlo. Bratislaw la puso a prueba para asegurarse. Al cabo de una semana, Jeff se dio la vuelta en la cama, cambió de posición un par de veces y respiró lenta, nasalmente. Efectivamente. Pocos minutos después Heidi se levantó en silencio y fue al salón, donde Jeff la encontró sentada, inmóvil y sin hacer nada, junto a la ventana. Cuando le habló, Heidi no contestó.
Todos los días Heidi terminaba de trabajar e iba corriendo al hospital para pasar una hora junto a la cama de Lucy. No pidió a Bratislaw que la acompañara, pero la preocupación le obligó a presentarse voluntariamente. Fue asombroso. En presencia de su hermana, Heidi volvió a ser Heidi, viveza, sonrisas, chismorrees y planes para lo que harían todos en cuanto Lucy «mejorara». Y naturalmente, la cabeza de Lucy, envuelta como una momia, no respondió. No podía responder. Sólo podía emitir gorgoteos con los tubos que tenía en la boca, o retorcer en la sábana sus inquietos dedos. Cuando salieron, Bratislaw habló con su esposa.
—¿Cariño? No está bien hacer planes para cuando ella mejore. No va a mejorar. Ni siquiera te oye.
Heidi ni se encolerizó ni lloró. El disfraz estaba de nuevo en su cara.
—Van a enviarla a un centro de rehabilitación —comentó despreocupadamente.
—Eso está bien —repuso Bratislaw, queriendo decir es lo mismo que estar muerto, en el fondo, ¿no? Mediante la modificación de la conducta podía hacerse mucho por aquellos «vegetales», pero lo imposible era convertirlos de nuevo en seres humanos sensibles, activos y sociables.
Heidi lo entendió así.
—Estoy cansada, Jeff —contestó—, y no tengo ganas de hablar. Vamos a casa.
La otra cosa que hacía Heidi en su tiempo libre era importunar a la policía. No había detenciones relacionadas con el caso y, opinaba Bratislaw, tampoco esperanzas reales de que se produjeran. La probabilidad del neoyorquino medio de sufrir algún tipo de violencia a lo largo de un año cualquiera era de uno contra sesenta, y si se trataba de una agresión sin testigos, como en el caso de Lucy, raramente se resolvía el delito. Heidi no compartía la opinión de su marido, y una vez al día llamaba a la comisaría para hablar con el teniente Finder y exigir acción. Después de tres semanas de llamadas telefónicas Bratislaw puso a prueba su firmeza.
—Heidi, cariño —empezó a decir—, ¿por qué no dejas en paz al teniente? Está haciendo todo lo que puede.
Heidi picoteó la cena que tenía delante y no respondió. Jeff ensayó otra táctica.
—Van a enviarla muy pronto al centro de rehabilitación de Peekskill, ¿no? Quiero decir que es absurdo que continúe más tiempo en el hospital...
—Lucy pronunció mi nombre el otro día —observó Heidi.
—Bueno, estupendo, pero también yo he hablado con los médicos, y tu hermana no podrá pasar de ahí. ¿Cariño? ¿No deberíamos pensar en alternativas?
Heidi lo miró.
—Te refieres a suspensión criónica.
—Es posible. No es tan mala idea. Hay esperanzas de que algún día puedan curar a tu hermana, ¿sabes?, y entonces...
—Y entonces yo habré muerto, Jeff, igual que tú, y jamás volveré a ver a mi hermana.
Bratislaw suspiró y empezó a recoger los platos, mientras Heidi iba al cuarto de aseo. Una hora más tarde Jeff se metió en la cama junto a la inmóvil silueta que se tapaba la cabeza con la sábana.
—Sé que no quieres hablar de esto, pero nunca podrás recuperar a tu hermana.
Heidi no se movió, no contestó. Poco después Jeff suspiró y dio la vuelta en la cama.
—Tienes razón —dijo entonces Heidi, sin volverse.
Poco antes de quedar dormido Bratislaw se preguntaba por qué ésa respuesta no era satisfactoria.
De forma asombrosa, Ella Jennalec fue una gran ayuda para Bratislaw en los problemas de éste, aunque no sexualmente. Ella no aclaró que las relaciones sexuales entre ambos habían terminado, ni siquiera dijo que estaban suspendidas hasta la resolución de los problemas familiares de Jeff, pero así era. Simplemente no lo invitaba ya a su dormitorio. Había intimidad, sí, pero de una clase distinta. Cuando Ella lo invitaba a tomar café, la criada estaba allí, una renqueante anciana de Kenia que admiraba los músculos de Bratislaw y lo alimentaba en la debida forma cuando podía. O estaba el hijo de Jennalec, Michael, de diez años, ojos brillantes y siempre ingenioso. El niño no había visto nunca una granja, y atormentaba a Bratislaw pidiéndole que contara cosas de Wisconsin. Para él eran más familia que Heidi y (ciertamente) Lucy. Y había la otra intimidad, la política, la que formaba el núcleo de la existencia de Jennalec y se convirtió en parte importante de la de Bratislaw. Conforme Ella le permitía acercarse más y más a los órganos de poder, Bratislaw empezó a entender el significado de aquellos extraños viajes a lugares externos a la jurisdicción de la delegada, con artes y oficios ajenos al reino de ésta. Algo estaba cociéndose, y algo grande. La intimidad no se extendía a los pormenores, pero había más de diez sindicatos involucrados, había un programa e iba a tener lugar un acto decisivo... y el momento no estaba muy lejos.
Durante una semana entera el programa forzó a Jennalec a visitar puentes: George Washington, Triborough, los del East River primero... y el detalle no era sorprendente. Todos los puentes precisaban modificaciones especiales para tener cabida en la inmensa cúpula cuando estuviera construida sin destruir su integridad geodésica ni producir la devastadora turbulencia que Jeff había visto en la maqueta del túnel aerodinámico. ¿Pero qué relación guardaba con eso el cruce del puente Verrazano-Narrows? Bratislaw no lo sabía. Jennalec no lo explicó. Ella lo dejó en la base de uno de los pilones mientras iba a hacer un recado arriba, en las alturas laborales. Heidi trabajaba allí, estaba allí en ese momento, cumpliendo sus obligaciones de controladora portuaria. Durante unos instantes Bratislaw pensó presentarse de improviso. En otro momento habría sido una buena idea. Pero no en ése. Jeff permaneció al abrigo del pilón, estremeciéndose con el húmedo y fuerte viento pese al hecho de que era pleno verano, y aguardó a que bajara Jennalec. Ella llegó con aspecto enojado.
—Tu mujer es un fastidio, ¿lo sabías? —anunció.
—¿La has visto?
—No he hablado con ella, si te refieres a eso... Pero tiene a los otros asustados. ¡Habla mucho, tu mujer! Una gran aficionada a las Reuniones Globales Ciudadanas.
Bratislaw se quedó atónito. Heidi era tan benefactora como su difunta hermana (bien, no del todo difunta) pero jamás había mencionado grandes simpatías a favor o en contra de las RGCs.
—No te entiendo —dijo Jeff.
—No es asunto tuyo —repuso bruscamente Jennalec mientras se apretaba el jersey—. Huyamos de este viento... ¡maldición! ¿Qué falta hace ahora?
El significado de esa frase tampoco era asunto suyo, averiguó Jeff. Pero las cosas que Ella iba a dejarle ver eran muy interesantes, si bien pavorosas. Bratislaw no comprendió a cuánto ascendían las comisiones y retribuciones confidenciales, ni pudo imaginar la red de cargos sindicales y funcionarios implicados en ellas hasta que empezó a elaborar la lista de personas visitadas de forma clandestina por Jennalec. Casi se alegró de que Heidi no tuviera excesivo interés en hablar con él esos días. Le habría resultado difícil impedir que su esposa hiciera el mismo tipo de cálculos que él y ¿quién sabía a qué conclusiones habría llegado?
En otros aspectos, el alejamiento no era un hecho gozoso ni mucho menos. JFK Bratislaw era un varón saludable en la flor de la vida. Cuando su esposa y su jefa prescindieron sexualmente de él, Jeff lo echó muchísimo de menos... y al cabo de un par de semanas estaba desesperado. Se preguntó qué estaría haciendo la técnica del túnel aerodinámico, pensó en telefonearla, se preguntó si a Ella Jennalec le importaría... y no hizo nada.
La primera mejora en su fortuna amorosa se presentó cuando volvió a casa casi puntual una noche y encontró el piso lleno de olores a comida. Heidi estaba de buen humor. Preparó bebidas para los dos mientras el microondas acababa el pescado y, en respuesta a la expresión de su esposo, sonrió.
—¿No has notado nada especial esta semana? —preguntó.
Jeff frunció los labios mientras repasaba rápidamente su archivo mental. No era Navidad, no era el día de los enamorados... no era su aniversario de boda...
—¡Tu cumpleaños! —exclamó—. Pero eso no es hasta el domingo.
Heidi sonrió y movió la cabeza.
—No me refiero a eso, aunque hay una cosa que me gustaría que me regalaras. ¿De verdad que no lo has notado?
—Notado ¿qué?
—¡Llevo una semana sin vomitar!
Y ciertamente Heidi tenía un aspecto mejor que nunca. O se sentía mejor que nunca, al parecer. Estuvo hablando durante toda la cena, igual que en los viejos tiempos, explicando largos y complejos relatos sobre las muchísimas barcazas con gas natural licuado erróneamente identificadas en un principio como lanchones de basura (¿qué habría ocurrido si se las hubiera permitido pasar por debajo del puente con un viento de treinta nudos?). Y se refirió a sus compañeros de trabajo, a lo bien que le iba a Lucy en el centro de rehabilitación, a cuándo notaría las patadas del bebé... No sólo habló. También escuchó. Dejó que Bratislaw hablara de su trabajo, de los problemas de empleo en Morningside Heights, de los doce kilómetros de cable que no habían pasado las pruebas de tensión obligando a su devolución, de la aversión de Ella Jennalec a la Reunión Global Ciudadana...
—Hombre, claro que la odia —comentó Heidi—. Es lo que le impide controlar la ciudad entera.
—¡Oh, demonios, Heidi! Ella ya ha progresado mucho, ¿para qué iba a querer más?
—Todo el mundo quiere más siempre, Jeff; ésa es la esencia del poder. Para eso está la RGC, para impedir que gente influyente y los sobornadores controlen todo. No sólo los sindicatos. Contratistas. Empresas constructoras. Cualquier persona que pueda ganar un dólar extra violando la ley, o forzando al gobierno a consentir un acto supuestamente ilegal. Lucy dijo que... —Se interrumpió y movió la cabeza, sonriente—. Pero no discutamos esta noche, cielo. Vamos, ayúdame a poner los platos en la máquina.
Y en cuanto los platos estuvieron en el lavavajillas y la basura separada y guardada, se fueron a la cama sin más discusión o demora. El vientre de Heidi comenzaba a abultar. Al principio el detalle resultó desconcertante para Bratislaw... pero no le impidió actuar. Ni siquiera la primera vez. Mucho menos la segunda y la tercera. Cuando por fin ambos estuvieron satisfechos permanecieron largo rato abrazados, Heidi en los brazos de Bratislaw. Este empezaba a creer que Heidi estaba durmiéndose cuando ella se agitó.
—¿Cielo? —dijo sin volver la cabeza—. Respecto al domingo...
Medio dormido, Bratislaw no se dejó sorprender. Recordaba el significado especial del domingo.
—Te refieres a tu cumpleaños. ¿Qué te gustaría?
—Bien... hay una cosa, sí. ¿Querrías acompañarme a ver a Lucy?
—Me encantaría —dijo Bratislaw, y lo dijo en serio.
Pero el domingo ya no estaba tan seguro. El viaje Hudson arriba fue magnífico porque lo hicieron en un barco turístico hasta Peekskill, entre la cadena de acantilados de la hermosa orilla del río. El barco salió de Battery Park, y en los primeros kilómetros Bratislaw pudo explicar a su esposa hasta dónde llegaría la cúpula, con su aspecto de dos jorobas de camello: un alto iglú que cubriría Manhattan bajo, un puente de enlace a menor altura entre Canal Street y la Calle 23, el gran iglú alargado que cubría el centro y Central Park. Tan sólo la zona central estaba casi cubierta con hexágonos de plástico. El norte y el sur seguían siendo simples estructuras de acero, con algunos cables tensados atados, de tal modo que parecían una delicada telaraña cuando el barco pasó por allí.
El barco estaba repleto de familias que iban de excursión, en dirección a Bear Mountain o Indian Point. Muchos niños, muy alegres, y algunos muy pequeños que la esposa de Bratislaw, observó éste, contempló con ternura. No fue fácil abrirse paso hasta el comedor, pero la encargada reparó en el abultado vientre de Heidi y se apresuró a ayudarles. La comida no fue demasiado mala, y Heidi se dio el gusto de tomar una botella de cerveza con la tortilla de queso.
—Tengo un regalo para ti —dijo ella mientras tomaban café.
Después de cuatro años Bratislaw conocía los hábitos de su esposa, pero de todos modos protestó.
—No es mi cumpleaños.
—Si no puedo hacerte un regalo cuando lo deseo, en mi cumpleaños, ¿cuándo podré? No te muevas.
Y Heidi sacó de su bolso un paquete envuelto en papel de regalo, lo abrió y exhibió un amuleto tallado en madera con una cadena de oro.
—Es el lazo de los amantes —explicó Heidi—. Mantiene juntas a las personas que se aman.
—Nunca me lo quitaré de encima —dijo Bratislaw, emocionado. Su esposa asintió solemnemente.
—Excepto quizás en la ducha —le aconsejó—. ¿Jeff? Es muy de agradecer que me acompañes. Aprecio el detalle.
—Me alegra acompañarte —repuso él, con orgullo.
Pero media hora más tarde no estaba ya tan convencido. Nunca había estado en el Centro Peekskill de Nueva York, que la gente llamaba «el rehabilitador del norte». Cuando el taxi llegó al camino de entrada todo eran verdes árboles y floridos prados, y si se observaba que las flores formaban irregulares conjuntos y que algunos márgenes estaban pelados... bien, ese detalle casi acrecentaba el encanto rural del lugar. Los edificios eran primorosos, casi todos casas de madera de dos pisos y jardín, con una hermosa construcción de ladrillos en el centro y gente moviéndose por las sendas. Esas personas solamente parecían raras cuando se las observaba de cerca. En un muro, junto a la puerta de entrada, un enjuto joven de veinte años producía crujidos como si se hallara en una invisible mecedora, pom-pom, pom-pom, igual que un metrónomo. Otro joven que estaba en lo alto de un depósito de agua con la bragueta abierta se acercó al matrimonio, y sin decir palabra sonrió y mostró su inexistente dentadura. Una jovencita terriblemente obesa, quizá de catorce años de edad, yacía de bruces en medio de la senda, inmóvil. Bratislaw tuvo que saltar sobre ella para pasar, y notó que del hinchado cuerpo calentado por el sol, a pesar de hallarse al aire libre en la ribera del Hudson, brotaba un espantoso olor a falta de limpieza. Heidi, que ya conocía el centro, observó preocupada a su esposo.
—¿Cielo? Hay una cafetería en esa dirección. ¿Por qué no te tomas un café? Yo iré a buscar a Lucy y la traeré allí.
—Perfecto —dijo Bratislaw, agradecido, y escuchó las orientaciones de Heidi y lo que ésta y Lucy iban a tomar.
Pero la cafetería no era un lugar mejor. Jeff tenía la idea de que esa instalación estaba prohibida para los residentes, excepto tal vez para Lucy, pero el local estaba repleto de enfermos. El joven de la bragueta abierta siguió a Jeff mientras éste ocupaba su lugar en la cola, detrás de una mujer de cincuenta años con la tersa cara de una quinceañera que se volvió para examinarlo.
—¿Cómo se llama? —preguntó la mujer. Y cuando Jeff contestó, añadió—. ¿Qué hace? ¿Para quién trabaja? ¿Cómo es ella?
Bratislaw no quedó convencido de que la mujer escuchara las respuestas. Parecía un loro, como si le hubieran enseñado a formular educadas preguntas en una conversación pero sin interés especial en el papel de la otra persona. Jeff pidió café para él, té frío y una Coca-cola para Heidi y su hermana y, tal como le habían ordenado, dos bolsas grandes de cortezas de maíz. Temía que algunos residentes se sentaran en su compañía, y por tal motivo se apresuró a dejar inclinadas sobre la mesa otras dos sillas en la mesa que encontró en un rincón. Ningún enfermo se acercó, aunque el joven de la bragueta abierta ocupó la mesa contigua sin dejar de lamer una copa de helado como si fuera un cucurucho; continuaba exhibiendo su falta de dientes al sonreír, y no dirigió la palabra a Bratislaw.
Jeff deseó desesperadamente que llegaran su esposa y su cuñada, pero la situación casi empeoró cuando se presentaron éstas. No estaba preparado para ver a su cuñada con un casco de rugby que llevaba impreso su nombre en letras mayúsculas en la parte delantera; el nombre aparecía de nuevo en la espalda de su camiseta de la academia de la policía. ¡La bella Lucy! Su cara era tan bonita como siempre, y quizás tenía los ojos más alegres y el semblante más vivaz. La expresión de benefactora dedicada había desaparecido de su cara, y Lucy no explicó a Bratislaw cómo debía actuar para mejorar la sociedad. Apenas abrió la boca. Escuchó el parloteo de Heidi sobre la ropa que iba a comprar para el bebé, sobre lo agradable que era tener un poco de viento después de un calor tan terrible y ¿habían sido tan malas las tormentas allí como en la ciudad? Cuando Lucy respondía sólo decía «sí» o «no», un bit en una computadora de estado sólido. Cuando hablaba sólo pronunciaba una o dos palabras.
—Amiga —dijo Lucy, y extendió la mano para tocar el brazo de la voluminosa chica negra, metro ochenta y cinco de altura como mínimo, que había venido a limpiar la mesa—. Molly —anunció Lucy, y sonrió de forma encantadora aunque la jovencita continuaba poniendo ruidosamente los platos de plástico en la bandeja y no hizo una pausa para contestar.
Heidi rescató su té frío justo a tiempo.
—Molly está a punto de graduarse —explicó a Bratislaw—. ¿Verdad, Molly?
Pero la chica no respondió hasta que terminó de pasar el trapo por aquella mesa y estaba ya camino de otra.
—Es verdad, señora Bratislaw —dijo por encima del hombro, con extremada claridad y cortesía—, y tengo muchas ganas de hacerlo.
Pero Lucy ya no prestaba atención. Había reparado en el jovencito de la bragueta abierta, de pie junto al grupo en ese momento. Estaba exhibiéndose ante las mujeres y sonreía orgullosamente. Lucy se levantó de un brinco.
—¡Dan! —exclamó, furiosa—. ¡La dentadura!
La sonrisa del muchacho se esfumó. Se abrochó los pantalones, sacó una dentadura de su bolsillo, se la puso en la boca y se alejó de mal talante.
—Dan odia llevar puesta la dentadura —explicó Heidi a Bratislaw como si no pasara nada, pero la tensión en su voz era patente.
El lugar también impresionaba a Heidi... ¡y lo visitaba tres veces a la semana desde hacía casi dos meses!
Salía un barco para regresar de hora en hora, y los billetes de vuelta eran cada vez más preciosos en el bolsillo de Bratislaw, pero éste era incapaz de urgir a Heidi a que se fueran. Había decidido fingir que le complacía la visita... o por lo menos simular que era lo bastante generoso y amable como para querer prolongarla. Acabó siendo víctima de su habilidad para aparentar. Dos veces le preguntó Heidi si deseaba marcharse y dos veces mintió él. Por fin, Lucy se levantó de improviso.
—Hora de trabajo —dijo.
Y Bratislaw sonrió de buena gana y se despidió, pero Heidi, con tono vacilante, le interrumpió.
—¿Cielo? Si no te importa, me gustaría quedarme un rato más para ver lo que hace Lucy. La han ascendido, ¿sabes? Está progresando mucho.
¿Y cómo podía él contestar que no a eso? Que hubieran ascendido a Lucy a responsable de la alimentación y cuidado de los pacientes postrados en cama no remedió su depresión, pero a Jeff le sorprendió descubrir que su cuñada tomara la delantera al salir de la cafetería. Y siguió así al otro lado de la puerta. Después recorrió una dorada senda y giró a la derecha para meterse en otra con el suelo pintado de rayas blancas y negras. Pero al llegar al siguiente cruce, Lucy tuvo que pararse para pensar. La enferma se encogió de hombros casi como lo había hecho siempre y sonrió a su cuñado.
—¿Dónde está la sala de enfermos en cama? —dijo con claridad.
Llevaba puesto una especie de reloj de pulsera, de mayor tamaño y al parecer en funcionamiento.
—¿De qué color es la senda, Lucy? —musitó una dulce vocecita que salió del aparato.
—He salido por la blanca y negra. Tengo la roja, la amarilla con líneas onduladas, la verde con puntos blancos.
—Sigue por la verde con puntos blancos, Lucy. Gira a la derecha al llegar al comedor.
Y Lucy se puso en marcha otra vez, con su hermana detrás, risueña y juguetona, y con su cuñado en último lugar sin nadie que pudiera verle la cara, con avinagrada expresión. ¡Las salas de enfermos postrados en cama! Pero hubo un respiro temporal en el último momento, ya que al llegar a la puerta del edificio, bajo y triste, del que brotaban terribles olores, Lucy se detuvo y meneó la cabeza. Heidi se encargó de hacer la traducción.
—Esto es cosa de mujeres, cielo. ¿Te importaría no entrar?
Jeff se alegró al aceptar la proposición.
—Grabación para visitantes —dijo Lucy muy contenta.
Y ello significaba que, si Jeff quería ir al edificio de dirección, allí le proporcionarían gustosamente un aparato con grabaciones para visitantes que explicaría cualquier cosa que él deseara saber sobre el Centro de Peekskill.
De hecho, la máquina explicaba mucho más. Bratislaw se hizo con la grabadora, cierto, pero luego se arriesgó a ir a la cafetería el tiempo suficiente para pedir un recipiente con café (no había otra cosa más fuerte) y buscó en el local un rincón desocupado donde tomárselo. Pero el rincón no estuvo desocupado mucho tiempo. El jovencito sin dientes pasó por allí varias veces y saludó jovialmente; de nuevo se había quitado la dentadura, observó Bratislaw. La mujer del pelo cano y la cara tersa y apacible se acercó y estuvo mirándole veinte minutos seguidos, acompañada por un amigo, un anciano negro que iba en silla de ruedas y que no dejaba de murmurar cosas a la mujer con voz apagada y ronca. Pero la pareja no dirigió la palabra a Bratislaw, éste evitó el contacto visual y, por fin, los dos se alejaron.
Para ser reemplazados por otros participantes de aquel desfile de anormalidades, por supuesto. Finalmente Jeff se alegró al ponerse el auricular, cerrar los ojos y prestar atención a la cordial voz grabada que le explicó de qué forma servía a los residentes el Centro de Peekskill.
John Fitzgerald Kennedy Bratislaw III era casi siempre un hombre bondadoso, instintivamente generoso y, sin duda alguna, considerado con su familia cuando se acordaba de serlo. Tenía virtudes. Heidi lo amaba hasta el punto de ansiar un hijo suyo, y Heidi era una mujer inteligente y observadora. Tras oír cómo el Centro de Peekskill modificaba la conducta y facilitada la integración social, más la enumeración de las prácticas que se enseñaban y el uso de titulados, Jeff pensó que el programa era bastante satisfactorio. Qué maravilloso era que personas disminuidas recibiesen esa ayuda. El molesto olor procedente del extremo más alejado del centro, descubrió complacido Bratislaw, lo producía algo tan «siniestro» como un gallinero, donde criaban aves en gran cantidad para obtener huevos y carne. Los objetos brillantes que parecían palillos de coctel en los huertos eran señales para los encargados de arrancar malas hierbas y recoger la cosecha: brillantes pepinos, tomates y aguacates de plástico indicaban de qué planta prescindir y cuándo había que recoger los frutos. Grupos de trabajadores ajenos al centro, al servicio de las comunidades de Newburgh y Pouhgkeepsie, recogían y clasificaban la basura y se quedaban con el vidrio, los metales y los productos orgánicos valiosos. El centro de rehabilitación, naturalmente, no se autofinanciaba, si mucho menos, pero proporcionaba a los residentes una cuarta parte de los alimentos precisos y el veinte por ciento del personal supervisor; a una persona de cada grupo de cincuenta se le asignaban tareas como revisar el corte de pelo, los hábitos de aseo y el control de la natalidad de los demás enfermos. Había competiciones especiales: concursos de deletreo para residentes con coeficiente intelectual inferior a noventa, juegos de tablero para los que no llegaban a setenta. A los enfermos con capacidad coordinadora recuperable se les enseñaba a hacer ganchillo o collares de cuentas. Los más torpes, si bien educables, trabajaban en los huertos o en las salas de reciclaje, y el dinero que ganaban contribuía a mantener bajo el costo de la instrucción. Incluso los enfermos seniles sin remedio y los moribundos recibían gran ayuda de otros residentes, especialmente instruidos... Y en este punto los pensamientos de Bratislaw abandonaron los méritos objetivos del centro de rehabilitación y se concentraron en lo que quedaba de su bonita, delicada y vivaz cuñada. Su fuerte cuñada, además, fuerte en la defensa de sus principios y, obligado decirlo, físicamente fuerte, ya que tras una paliza tan brutal y despiadada pocas personas podían sobrevivir, pocas personas debían sobrevivir...
¿Debían?
Bratislaw desconectó el aparato que en ese instante iniciaba la tercera repetición, y se dirigió a la enfermería, puesto que no le gustaban los pensamientos que habían pasado por su cabeza. Llegaba muy pronto, y no esperaba que le permitieran pasar, pero era evidente que la recogida de orinales y el cambio de pañales había concluido. La paciente Lucy estaba dando a la última de sus pupilas una papilla espesa y viscosa similar a comida para bebé. Tal vez fuera eso. Y en la boca de la anciana se formaban gotas y babas igual que si fuera una niña de tres meses. Heidi se hallaba sentada junto a la cama, con expresión de agobio, y Bratislaw, indignado, pensó que estar allí era malo para su esposa, en su estado...
—Muy bien —dijo Lucy en tono aprobador, y limpió la cerdosa barbilla de la anciana—. ¿Qué postre?
La anciana la miró furiosamente, y Lucy le leyó el menú.
—¿Pudín de chocolate? ¿Yogurt de plátano?
Tras la segunda sugerencia la anciana le lanzó otra feroz mirada, resopló y su cara enrojeció.
—¡Tí! —logró contestar.
El yogurt de plátano parecía durar eternamente, pero por fin se acabó, y Lucy había cumplido sus tareas. Y llegó el momento (¡ah, el bendito momento!) de ir a buscar el taxi que los llevara al último barco del día.
En la entrada, de pronto, Lucy se volvió hacia los otros residentes que seguían al grupo a cierta distancia, el negro de la silla de ruedas, su canosa compañera, la amiga y compañera de habitación de Lucy. Esta espantó a todos como si fueran gallinas.
—Fuera, Molly, Dandy, Elise. Fuera.
Era la frase improvisada más larga que Bratislaw había oído decir a su cuñada ese día. El semblante de Lucy estaba contraído a causa de su concentración cuando se volvió hacia Heidi.
—¿Bebé bien? —preguntó, como si Heidi no le hubiera hablado de ello durante el día entero.
—Oh, sí, cariño, va bien.
—¿Caja? —inquirió Lucy, con los ojos entrecerrados a causa del esfuerzo.
—Sí —dijo Heidi, como si comprendiera la pregunta—, todo está bien cuidado.
—¿Volveréis? —Y en ese momento Lucy pareció estar al borde del llanto.
—Pues claro que volveremos —prometió Heidi—. En cuanto podamos... Pero ya ha llegado el taxi, ¡y está a punto de llover!
Un par de besos de despedida, sorprendentemente cordiales y placenteros si no se miraba el casco de rugby o se pensaba en lo que Lucy había sido antaño...
Y por fin estaban libres.
Llovió. Fue igual que un aguacero en los trópicos, con truenos, rayos y tempestuosos vientos que hicieron temblar el viejo buque de vapor para excursiones. Las cubiertas quedaron desiertas, todos los excursionistas se apiñaron en el interior del barco y no había sitio para sentarse. Lo mejor que encontró Bratislaw fue un rincón junto a una ventana, donde al menos Heidi pudo apoyarse en el marco sin mojarse demasiado con la lluvia que se filtraba. Jeff tenía cosas en la cabeza.
—Cariño —empezó a decir—, debe costar un pico mantener a una persona en este lugar.
Las arrugas producidas por la tensión se hicieron más visibles en la cara de Heidi.
—No lo pagamos nosotros, Jeff. Todo procede del fondo para incapacitados de la policía.
—Sí, claro, pero aquí hay un problema de responsabilidad social, ¿no te parece? En especial porque se trata de Lucy. En especial porque ella es lo suficientemente fuerte para ser una buena ciudadana y demás.
—Jeff —repuso con firmeza su esposa—, sé adonde quieres ir a parar. Quieres que saque a Lucy del centro de rehabilitación, y conseguir que yo dé permiso para que la congelen.
—¡Por su bien, cariño!
—Oh, Jeff. —Volvió la cabeza para mirar por la ventana. La lluvia la golpeteaba el cuerpo, pero no prestó atención al detalle—. Déjame explicártelo, ¿quieres? La congelación no es tan mala para la gente de los barcos... no quieren regresar, no pueden quedarse y en cualquier caso se congela la familia entera. Y si tienes un dolor desesperado, claro, congélate. Pero existe un riesgo... y aunque no haya problemas, suponiendo que dentro de cien años averigüen cómo curar la cabeza de Lucy, la revivan y quede igual que antes... ¿dónde estaré yo, Jeff? Y ella es mi hermana.
Fue un pésimo final para un día ya miserable.
Pero el día no había acabado aún. Cuando llegaron al Battery, la tormenta había acabado. Las calles estaban mojadas y limpias, y soplaba una brisa pura y fresca.
—Supongo que respecto a Lucy haremos lo que tú quieras, cariño —dijo Bratislaw mientras buscaban un taxi.
Heidi asintió y esbozó una sonrisa.
—No hablaremos más de eso —convino—. Tenemos cosas mucho mejores en que pensar. Nosotros, por ejemplo —añadió, y alzó la cara para recibir un beso.
V
El verano fue pasando lentamente, estático cuando no tormentoso. Para Jeff Bratislaw, sin embargo, no fue malo. Heidi no interrumpió sus peregrinaciones al Centro de Peekskill, aunque tampoco interrumpió los besos. Ella Jennalec se mostraba tensa y distraída algunas veces, y además convincentemente irritada cuando él formulaba preguntas.
—Te preocupas demasiado —le decía ella—. Te lo aseguro, eso de la denuncia está superado.
—Por supuesto, Ella —respondía él amablemente.
Puesto que todo el mundo le aconsejaba que no se preocupara, Jeff no se preocupaba. Ni siquiera del tiempo. La situación tempestuosa continuaba. Se formaban huracanes en la parte sur del Atlántico cada cuatro o cinco días. Ninguno de ellos emprendía el camino del litoral oriental, pero Bratislaw no pudo menos que preguntarse qué sucedería en caso contrario. Y formuló la pregunta a Ella.
—¿Después de que la cúpula esté terminada, a eso te refieres? Nada. Aseguran que resistirá hasta trescientos kilómetros por hora. Pero ahora mismo... ¡Dios! —Sonrió de placer—. Caería plástico en Portugal. Por eso vamos a triunfar, Jeff. Estoy dispuesta a ir a la huelga si no nos pagan prima por trabajo peligroso siempre que el viento supere lo que denominan fuerza tres, con intensificaciones. Ah, y escucha esto. Mañana nos acompañara mi hijo, si no te importa. Esta noche vuelve de una excursión.
—¿Por qué iba a importarme?
Ella reconoció la justicia de la pregunta y cambió de tema.
—He sabido que fuiste al centro de rehabilitación de Peekskill.
Ese detalle era desconcertante. Bratislaw no quería preguntar cómo lo había averiguado, pero su expresión se encargó de formular la pregunta. Ella sonrió.
—Tengo a mi padre allí —explicó—, y por eso estoy informada. Es una miserable cabra loca, pero lo tuve conmigo tanto tiempo como pude. Padece afasia senil. Olvida cosas, como su nombre... nunca llegó a saber bien el mío —concluyó con amargura—. De todas formas, es mi padre, y lo habría tenido conmigo más tiempo si no hubiera empezado a orinarse en la cama. Pero en el centro no consideraron que no podían hacer nada. Me lo llevé un fin de semana y me dejó la cama más mojada que nunca. —Ella miró su reloj de pulsera y acto seguido ordenó—: Vete al hogar con la esposa embarazada, chico. Yo espero compañía pronto.
¡Compañía! ¿Otro amante? Eso explicaría por qué había interrumpido sus relaciones íntimas... y a Jeff no le importaba, porque tal como iban las cosas con Heidi esa temporada, ¿quién necesitaba a Ella Jennalec? Pero se había equivocado, comprendió mientras acababa de aparcar el automóvil. Vio un taxi que se acercaba, y en el interior estaba el hijo de Ella, una montaña de equipaje y un acompañante.
El acompañante llevaba un vendaje enyesado y un bastón, pero Bratislaw no tuvo dificultad alguna para reconocerlo. Era Tiny Martineau.
Ella Jennalec no habló de Tiny a Bratislaw, y éste no comentó nada con su jefa. No era buena idea molestar a Ella esos días, cuando el verano produjo la peor ola de calor sufrida por la ciudad desde hacía una década o más. La delegada se mostraba nerviosa, irritable... o simplemente malhumorada de vez en cuando. Bratislaw empezaba a dudar que enrolarse en el Cuerpo Municipal de Vigilantes fuera en el fondo mucho peor. Cada vez había que asistir a más reuniones, y ni a Bratislaw ni a cualquier otro guardaespaldas/matón/ayudante se le permitía la entrada. Incluso los cargos sindicales tenían que pasar por detectores de metales. Los registraban y examinaban sus maletines mediante fluoroscopía, mientras los musculosos acompañantes holgazaneaban en pasillos y recibidores y medían especulativamente sus respectivos tamaños.
Estaba naciendo una organización, el Consejo Resolutivo de Profesiones Metropolitanas, y los dolores de su parto eran cosa privada. Aquello era bastante lógico. Cubrir con una cúpula la ciudad creaba grandes problemas para los sindicatos, ya que la obra suponía importantes cambios físicos en el campo laboral. En cuanto la cúpula estuviera acabada, los basureros dejarían de usar camiones: iba a desaparecer una categoría laboral. Tal vez se vieran más estrechamente relacionados en el reciclaje de basuras... salvo que dicha tarea fuera encargada a empresas del sector privado si los sindicatos no se anticipaban o, como mínimo, trataban de reservarse parte de la actividad cuando pasara a manos privadas. Los desechos orgánicos irían a las alcantarillas, y existirían enormes posibilidades en profesiones relacionadas con el tratamiento de basura, pero ¿y los trabajadores de las barcazas? Los residuos industriales se enterrarían, quizá por bioconcentración mediante algas, etc... La técnica era compleja y Bratislaw no estaba seguro de entenderla. Pero tal era el caso de los dirigentes sindicales, y debían estar enterados para poder delimitar sus esferas de influencia.
Todo aquello era lógico, pero en la charla con los demás forzudos Bratislaw confirmó su opinión de que el tema principal de las reuniones secretas estaba poco relacionado con los problemas anteriores. El tema era el Gran Jurado. Ella Jennalec no era la única persona citada. Sus abogados estaban tramando demoras y aplazamientos con gran habilidad. Pero eso no podía durar eternamente. Así lo aseguraban los noticiarios. El problema era que los comentaristas sentían un malicioso placer por la ardiente determinación de aquel cruzado, el Verdugo de Harlem, dispuesto a destruir el crimen organizado en los sindicatos, y Bratislaw no olvidaba a quién había visto salir tras la reunión secreta de Ella.
Jeff deseaba más que cualquier otra cosa que Lucy estuviera aún a su disposición a modo de banco de datos sociales y en parte también como su conciencia. Lucy era la persona que le había explicado que, abolidas ya casi todas las leyes relativas a las drogas y la totalidad de las relacionadas con la prostitución (la cocaína se aspiraba incluso en los mitines del alcalde para recoger fondos y en las páginas amarillas había quince páginas en el apartado «Servicios sexuales»), más de la mitad de los ingresos del crimen organizado había desaparecido como agua por un desagüe. Prácticamente sólo quedaban los sindicatos. Aún había dos no controlados por gangsters, pero Bratislaw, a falta de más información, no podía imaginar cuáles.
El hijo de Ella volvió de la acampada en las Rockaways moreno y con más kilos que cuando partió, y Bratislaw tuvo una obligación nueva: hacer de niñero. No a menudo. Sólo cuando Ella Jennalec iba a estar ocupada todo el día en un sitio, por lo que el coche y el chofer del sindicato (es decir, Bratislaw) podían hacer algo más útil que holgazanear cerca de la sala. Jeff tuvo que subir a la Estatua de la Libertad e indicar a Marvin el puente donde trabajaba su esposa y los islotes de amarre donde él mismo había bregado en otra época. Fue al zoo del Bronx, al Museo de Historia Natural y al Planetarium. Incluso fueron juntos a la prisión, o al menos a visitar el gran Instituto Masculino Nathanael Greene. Y los días estivales fueron pasando. El chico era un hito en la vida de Bratislaw. Su esposa, Heidi, era otro.
—Creo que tendré que anticipar el permiso por maternidad —le dijo ella una noche. Acababa de salir de la ducha y Jeff se disponía a entrar.
Bratislaw le tocó el vientre, delicadamente redondeado ya y todavía fresco después del baño.
—¿No estás exagerando?
—Hay tantas cosas que hacer... —se excusó Heidi.
Y ciertamente, Heidi mostraba extrema delgadez en la cara, aunque en ningún sitio más. Se preocupaba demasiado por su hermana, reflexionó Bratislaw mientras se enjabonaba y aclaraba, y salió de la ducha dispuesto a decirle eso a Heidi, todavía secándose y vertiendo gotas de agua en la alfombrilla.
Heidi se hallaba en el dormitorio pero no en la cama. Estaba inclinada sobre un objeto, y se sobresaltó con la llegada de su esposo. Tenía el amuleto de Jeff en sus manos.
—¡Me has asustado!. —exclamó. Y como la mirada de Jeff indicaba que éste tenía una pregunta en mente, añadió—: Estaba limpiándolo. Sudas tanto, Jeff...
Bratislaw se emocionó: Heidi mantenía brillante el amor de ambos. Y eso mismo, prometió, haría él. En los minutos posteriores se afanó en ello, y Heidi prestó toda su colaboración.
Los huracanes empezaron en junio. Alfred se agotó camino de las islas Bermudas, Betsy se adentró en el Golfo de Méjico, Curtis cubrió de espuma Cuba y fue una amenaza para Florida entera antes de retroceder alocadamente y perderse en pleno Atlántico. El primer lunes de septiembre, día del trabajador, ya había nacido Michael, que recorrió impasiblemente la costa aunque a más de doscientas millas del continente, y Ella decidió que era el momento de dar a su hijo el paseo prometido. No irían a la gran cúpula. Ni siquiera a la pequeña, la que tenía forma de tubo y unía las dos principales. Pero el hipódromo Acueducto también tenía una cúpula, y Ella se declaró merecedora de un día libre. El chico, Marvin, no sentía interés por las apuestas, pero le encantaban los caballos y quedó encantado con la austeridad de su madre, demostrada cuando consiguió un pase y un guía para entrar en los establos y en el paddock donde los propietarios exhibían sus ejemplares. Ella Jennalec los acompañó un rato, aunque su afición a los caballos se centraba en las apuestas. Mucho antes de la primera carrera estaba ya en su localidad, estudiando los impresos y rellenando su quiniela.
Bratislaw y el chico contemplaron a los mozos que traían los caballos después de la primera carrera. El ganador era un ruano castrado de tres años. Mientras el resto de participantes eran conducidos muy despacio a los establos, el ruano entró en un cobertizo donde un hombre con una bata blanca le separó los labios y le frotó los dientes con un paño.
—¿Qué es eso? —preguntó el chico.
—Es la caseta de saliva —explicó la guía, una ayudanta de veinte años cuyo caballo había sido retirado de la carrera—. Llevan ahí a los ganadores para analizar su saliva.
—¿Quieres decir que pueden haberlos drogado? —inquirió el chico, con emoción.
—¿Quién sabe? En fin, son las normas. Es un bonito caballo —añadió la guía en tono de envidia. Y al ver que el chico se acercaba, le advirtió—: Pero no lo toques ahora.
—¿Por qué no?
—Porque no han terminado las pruebas, ésa es la razón. Marvin siguió al llamativo caballo cubierto de sudor, y la guía permaneció donde estaba y susurró a Bratislaw—. ¿Va a dejar que el niño vea eso?
—Ver ¿qué?
Pero la joven no tuvo que responder, porque el caballo se hallaba en la cuadra y un hombre que llevaba un reluciente bote metálico en la punta de una larga vara se acercó arrastrando los pies y haciendo crujir la paja. Marvin vio con asombro que el enorme órgano sexual del caballo se extendía. El hombre se apresuró a colocar el recipiente bajo la verga y recogió parte de la salpicadura de orina.
—¡Anda! —exclamó el chico—. ¿Qué diría mamá si viera esto?
—Creo que deberíamos volver a la pista —dijo Bratislaw.
Marvin sonrió.
—¿No puedes soportar la prueba?
Pero el chico lo siguió, obediente, y en las siguientes horas estuvo muy contento escogiendo caballos para las apuestas de su madre y haciendo varios viajes a los puestos de bebidas para comprar refrescos, bocadillos calientes, patatas fritas y pescado. Sin embargo Marvin no tuvo suerte en las apuestas. Ella, que tenía un mal día, comenzó a mostrar creciente irritación.
—¿Qué te parece, derrochador? —le dijo a Marvin—. ¿Es hora de volver a casa?
—¡Mamá! ¡Lo prometiste! Dijiste que me llevarías a la cúpula...
—Hace demasiado viento —contestó su madre—, y tengo un presentimiento. Vámonos.
El chico podía discutir que no hacía «demasiado viento», pero no podía poner reparos al presentimiento de su madre. Se limitó a enfurruñarse. De vuelta a la ciudad Bratislaw se esforzó en alegrarlo con promesas.
—Otra vez será. Quizá mañana.
Pero ese mañana no llegó jamás.
Cuando Bratislaw aparcó el coche, la tormenta había estallado. Oyó los gritos de Ella antes de cruzar la puerta del piso, y al mirar interrogativamente a la criada, ésta se limitó a mover la cabeza. El chico se hallaba en su cuarto, escondido. Ella estaba gritando y lanzando cosas en el salón. Sólo hizo una pausa para mirar a Bratislaw.
—¡Ese hijo de puta! ¡Ese bastardo judío, ese sinvergüenza!
Tenía los ojos dilatados y la mirada que lanzó a Bratislaw fue de puro odio. Jeff dio un involuntario paso atrás.
—¿Algo va mal? —logró decir.
—¿Mal? —chilló Ella, y el siguiente objeto salió disparado hacia Bratislaw. Este esquivó un recuerdo de la Feria Mundial de 1939 y oyó que se hacía añicos el espejo situado junto a la puerta—. ¡Ese hijo de puta se ha congelado, eso va mal! ¡Mira lo que estaba aguardándome! —Señaló con el pulgar el televisor, que emitía suaves bips y mostraba un mensaje urgente en luz roja intermitente—. ¡Léelo tú mismo! ¡Y quédate aquí hasta que yo vuelva! Desapareció en su despacho y cerró bruscamente la puerta. El tenue murmullo indicó a Bratislaw que Ella estaba hablando por teléfono, y sin duda a gritos, porque el sonido atravesaba la sólida puerta. Volvió la cabeza hacia el televisor, dispuesto en uno de los canales de datos, y leyó la noticia:
JUEZ FEDERAL SE SOMETE A SUSPENSIÓN CRIÓNICA
El juez Horatio Margov ingresó en el Centro de Suspensión del Bronx a las cinco de la tarde. Un portavoz de la familia declaró que al juez, que cuenta sesenta y un años de edad, se le ha diagnosticado cáncer de páncreas inoperable, por lo que ha decidido someterse a suspensión criónica hasta una época en la que sea posible la curación por haberse mejorado suficientemente los procedimientos quirúrgicos para su enfermedad, que al parecer comportan un riesgo del ochenta por ciento de desenlaces fatales en la actualidad. El juez Margov, a veces llamado el «Verdugo de Harlem», es famoso por su firme lucha contra la corrupción política.
Sin embargo, un portavoz de la oficina del fiscal de distrito afirma que hay dudas sobre el papel del juez Margov en la presente investigación sobre chantajes en el mundo sindical. «De no estar congelado ahora se le habrían formulado algunas preguntas», dijo el portavoz, y añadió que la oficina del fiscal ha decidido confiscar todas las posesiones del juez, entre ellas sus documentos. Existe un compromiso de investigación exhaustiva. Pero otro portavoz de la oficina del fiscal ha afirmado que la situación legalmente ambigua de una persona sometida a suspensión criónica obstaculizará las investigaciones.
Cuando salió de su despacho, Ella se había apaciguado, aunque su expresión era de cólera contenida.
—Espérate un rato —dijo simplemente a Bratislaw cuando éste pidió explicaciones.
Ella le indicó que se sentara cerca de los restos del espejo y tomó asiento en la parte opuesta del salón. Fumó y se negó a responder preguntas. Cuando por fin sonó el timbre de la puerta, Jennalec le ordenó que abriera.
Eran dos matones de la oficina del sindicato.
Indudablemente Ella estaba aguardándolos. No se levantó, no cambió el ritmo con que fumaba, ni siquiera se sorprendió.
—Ve con ellos, Bratislaw —dijo solamente—. No tienes elección.
Y después, en el mismo momento que se cerraba la puerta, Jeff oyó, o creyó oír, dos palabras más:
—Buena suerte.
Buena suerte, eso necesitaba él. En cuanto llegaron al garaje del sótano, los matones hicieron un alto para darle una paliza. No con crueldad, no con intención de mutilar a la víctima. El primero agarró a Bratislaw y el segundo le dio diez puñetazos en estómago, pecho y riñones. Después invirtieron sus papeles y el primero propinó sus golpes. Fue horrible, cierto; Bratislaw no había experimentado nunca tanto dolor, y cuando terminó de vomitar y jadear lo metieron en el coche y el mundo empezó a dar vueltas alrededor.
Pero no le rompieron un solo hueso.
Por ese detalle, cuando el automóvil frenó junto al local del sindicato y los matones lo condujeron a la entrada privada de la parte trasera, Bratislaw no se resistió. Existía además el problema de si habría sido capaz de hacer tal cosa, porque la científica paliza le había dejado todo el torso sumido en dolor. Cuando el vigilante de la entrada particular cerró bruscamente la puerta, Bratislaw dudó que volviera a ver el otro lado. Pero eso era puro miedo, ilógico. La lógica indicaba que, si querían matarlo, habrían buscado un lugar mejor para hacerlo.
Evidentemente, no querían matarlo... al menos aún no. Ni siquiera le dieron más puñetazos. Lo llevaron a una habitación del subsótano, y durante unos espectrales instantes Bratislaw pensó hallarse en una clínica. Tal vez fueran a venderlo y a curarlo, quizá incluso se excusarían por haber cometido un error. Tampoco eso era cierto. La clínica tenía otra finalidad. Los dos forzudos tomaron asiento en un rincón de la habitación y ni dijeron ni hicieron nada más. La acción quedó en manos de tres personas con batas blancas y aspecto profesional. Clavaron una aguja en la pierna de Bratislaw, lo envolvieron en tubos y le pusieron húmedas almohadillas en brazos y cuello. Y durante tres horas uno de ellos estuvo haciéndole preguntas que leyó en una hoja, mientras los otros dos estudiaban los trazos dejados por los estiletes de los aparatos en el papel que giraba.
No le explicaron nada. Ni entonces ni cuando todo terminó y los tres hombres intercambiaron susurros. Desataron a Bratislaw y le permitieron fumar un cigarrillo, y el nebuloso atontamiento que se había adueñado de su cuerpo en cuanto la aguja perforó su piel empezó a desaparecer. Algunos detalles no precisaban explicación, porque los mismos detalles eran la respuesta. Se había producido una filtración. Alguien poseía pruebas, en alguna parte, de la relación entre el juez Margov y Ella Jennalec. Esa relación se basaba en un acto de violación homosexual cometido por el juez hacía veinticinco años. Ella estaba chantajeándole, y todo ello era una novedad para Bratislaw. Tal vez su asombro cuando le habían interrogado al respecto fuera el principal factor en su favor. Por fin uno de los hombres fue a otra habitación para llamar por teléfono. Mientras aguardaban su regreso, Bratislaw dispuso de tiempo suficiente para pensar. Las nubes de su cerebro se esfumaron, el dolor de su estómago y sus costillas no disminuyó pero como mínimo se convirtió en una sensación familiar. Estaba en apuros. Ella estaba en apuros, suspendida de todos sus cargos sindicales y, en consecuencia, su ayudante personal había caído en desgracia sucediera lo que sucediera. Adiós empleo, adiós exención del servicio militar. Lo mejor que Jeff podía esperar era conservar la vida...
Y la conservó. Sin explicaciones, sin disculpas. Fue conducido a la misma puerta trasera y empujado al callejón, y la puerta se cerró tras él.
Había algo que tenía que hacer. ¿Sería sensato hacerlo? Eso era otra cuestión. La respuesta dependía de hasta qué punto y con qué rapidez se había extendido la noticia. Bratislaw se recobró, examinó su cara en la vidriera de un escaparate, limpió su chaqueta de resecas gotitas de algo inidentificable, se quitó el amuleto, lo metió junto con la cadena en un bolsillo y se dirigió hacia la entrada principal.
El vigilante encargado del detector de metales saludó y dejó pasar a Bratislaw por la entrada de personal. Enormemente aliviado, Jeff movió la cabeza.
—Sólo quería que me dejara un momento el fluoroscopio. Cogimos esto a un tipo listo y quiero ver qué hay dentro.
—Por supuesto, Bratislaw.
El vigilante cogió el amuleto y lo puso en la cinta giratoria. Bratislaw se acercó y observó la pantalla.
Apareció la imagen, la oscura y bien definida imagen de la cadena de oro y el fantasma del amuleto.
Pero el fantasma tenía esqueleto. Dos minúsculas bobinas, algunos hilos, una sólida mancha que debía ser el cabezal de grabación, y el diáfano perfil de la cinta magnética.
—Parece que ha encontrado una grabadora oculta —dijo el vigilante, sonriendo con envidia.
—Supongo que sí —contestó Bratislaw. Tuvo que esforzarse para adoptar un aire triunfal cuando lo que deseaba en realidad era gritar, echar a correr o dar un puñetazo. Ante la imposibilidad de todo ello, Bratislaw deseó ardientemente enfrentarse a la persona que lo había metido en aquel lío. Ardientemente, y en seguida.
VI
Heidi tuvo buena suerte al no estar en casa. Lo único que encontró Bratislaw fue una nota en la pantalla del ordenador:
TURNO DE NOCHE. VOLVERE HACIA LAS CINCO DE LA MAÑANA.
Pero Bratislaw no podía aguardar hasta las cinco de la mañana. Tampoco podía salir a la calle tal como iba, por lo que se quitó la ropa de su dolorido cuerpo, se metió bajo la curativa agua caliente de la ducha tanto tiempo como el contador de tiempo le permitió y se puso ropa limpia. En pleno ajetreo se sirvió una generosa ración de whisky que fue tomando a sorbos. El alcohol le recordó que no había comido nada desde hacía casi diez horas, y cascó dos huevos sobre una sartén. Pero antes de que estuvieran hechos cambió de idea. Echó la viscosa pasta en el desagüe de materias orgánicas, engulló el resto de whisky y bajó a la calle en busca de un taxi.
La conductora se quejó durante todo el recorrido por Brooklyn de tener que dejar un cliente en medio del puente Verrazano-Narrows. Bratislaw no le prestó atención. Estaba heladamente tranquilo y amurallado por sus pensamientos, que eran desagradables. Al llegar al pilón Jeff tiró el dinero a la mujer, no esperó que le diera el cambio y se dirigió hacia el ascensor del pilar.
—¿Tiene pase, amigo? —preguntó el vigilante, pero Bratislaw tenía preparada su historia. Sacudió la cabeza.
—Ningún pase, muchacho, pero es una urgencia. Comprenda, mi esposa trabaja arriba como controladora. Está embarazada y se ha dejado el medicamento en casa. Naturalmente no quiero que algo vaya mal. Es nuestro primer...
¿Convenció al vigilante? Bratislaw se quedó con la duda, pero el discurso le condujo hasta el ascensor y a las plantas donde se trabajaba. No esperaba que le dejaran entrar en la torre de control, y así fue. Pero lo dejaron en una sala de visitas con gruesos vidrios antibalas entre él y la oficina de los controladores. Vio a Heidi ante una consola multicolor, con los dedos danzando sobre un teclado y hablando por el micrófono que llevaba enganchado a la blusa. Cuando el vigilante le dio el aviso, ella alzó la cabeza hacia Bratislaw y dio su aprobación.
Pocos minutos después llegó su relevo y Heidi se reunió con Jeff en la sala.
—Hola, cielo, ¿qué ocurre? Sólo dispongo de diez minutos... es mi descanso para ir al lavabo.
—Lo que ocurre —dijo él— es que me pusiste una grabadora escondida. He ido por ahí con una grabadora en el amuleto que me regalaste. Casi has conseguido que me mataran, y aún es posible que lo hagan.
Heidi asintió. No reaccionó con espanto, ni disculpándose... ni siquiera reflejó sorpresa. Igual que si él le hubiera explicado que el supermercado había agotado las existencias de pescadilla y que por eso había comprado filetes de salmón para la cena de esa noche. Información recibida, ninguna reacción. Heidi se sentó en un banco en frente de Jeff y cruzó las manos en su regazo.
—Temía que sospecharan de ti tarde o temprano —dijo ella.
—¡Sospechar de mí! ¡Los jodidos me han pulverizado!. Hasta me han interrogado con el detector de mentiras.
Heidi asintió de nuevo con el mismo aspecto ausente.
—Sí, pensaba que también eso podía suceder. Por eso era preferible que desconocieras la existencia de la grabadora. Así no intentarías mentir.
—¡Heidi!
La expresión de su esposa no se alteró, pero dos lágrimas se formaron en sus pestañas. Respiró profundamente antes de contestar.
—Me había preguntado mil veces qué sucedería cuando lo averiguaras... cuando te atraparan o lo que fuera. Tienes derecho a saber la verdad.
Bratislaw se echó a reír, con brusquedad y amargura, pero Heidi no reaccionó. Se limitó a proseguir con su bien preparado discurso.
—Tu jefa va a apuntar una pistola a la cabeza de la ciudad. Quiere abolir la Reunión Global Ciudadana, y piensa hacer algo violento.
—¡Vamos, Heidi! Claro que está contra la RGC, pero eso no prueba que piense hacer algo ilegal.
—Las pruebas eran el problema. Mi hermana no tenía ninguna —dijo Heidi, y las lágrimas que resbalaron por sus mejillas fueron substituidas por otras dos—. Preparó ese amuleto y me pidió que te obligara a llevarlo puesto. Me negué. Luego, cuando Ella Jennalec ordenó que dieran una paliza a Lucy...
—¡No fue ella!
—Fue ella, y si lo piensas bien verás que es cierto. En fin, Lucy no podía seguir encargándose de la tarea. Tuve que hacerla yo en su lugar. He entregado todas las grabaciones al fiscal de distrito.
Bratislaw abrió la boca, consternado.
—¡Me matarán!
—Te ofrecerán protección si accedes a ser testigo de la acusación.
—¡Seré un cadáver de la acusación!
—Tienes que correr ese riesgo, Jeff —dijo tercamente Heidi. Miró su reloj de pulsera—. Lo siento, Jeff, pero si tuviera que hacerlo otra vez, lo haría. Bien, las mujeres embarazadas tenemos nuestros problemas, así que será mejor que aproveche como es debido el resto de mi descanso.
Bratislaw durmió poco esa noche. Antes de amanecer ya estaba levantado, vestido y fuera del piso, puesto que no deseaba volver a ver a su esposa. Y no porque no tuviera cosas que decir a Heidi, sino porque temía las cosas que podía hacerle.
Ese no era su único temor, ya que el día que alboreaba, con lluvia y viento, estaba repleto de cosas temibles. Existían magníficas posibilidades de que estuviera ya sin empleo. ¿Cómo influiría ese detalle en su situación militar? Seguramente Heidi diría al fiscal de distrito que su esposo conocía ya la existencia de las grabaciones, habría citaciones volando y ¿qué haría él con la que llevaba su nombre impreso? Bratislaw acarició su taza de café en un restaurante económico de West Side, contempló el armazón de la cúpula que iba alzándose sobre el río y la lluvia que lo azotaba, y pensó vagamente que nada de eso era lo peor. Lo peor era que, en cuanto Jennalec averiguara la verdad, los asesinos a sueldo no querrían ya sonsacarle información. Querrían su vida. Y ese día que empezaba podía ser muy bien el último que él viviera.
Fue precisa toda su reserva de valor para que Bratislaw se presentara en el piso de Ella Jennalec a las siete y media de esa mañana.
Pero el detalle curioso fue que la jornada de tan negro principio se iluminó con rapidez. Jennalec no presentó disculpas. Lo único que podía opinarse era que se mostró justa, o que lo intentó, aunque de todos modos eso fue mucho más de lo que Bratislaw esperaba.
—Se cometen errores, Jeff —le dijo Ella, de pie junto a la mesa, con una tostada en una mano, y una taza de café caliente en la otra—. Riesgos del oficio. Pensaron que tú eras el que había cantado.
Bratislaw abrió la boca, pero Ella continuó hablando.
—Será mejor que dejes de trabajar para mí, Jeff. Una pena. Te echaré de menos. Pero deseabas trabajar en las alturas, ¿no es cierto? Y allí están haciendo turnos extras. El hombre al que debes ver es Woody Vult, en Governor's Island. Está esperándote, vete ahora mismo.
Y noventa minutos más tarde Jeff Bratislaw estaba trabajando en la misma cúpula.
La lluvia era ya una esporádica salpicadura, arrastrada hacia uno u otro lado por el variable viento. Un mal día para subir al abultado lomo de ballena de la estructura de acero extendida ante Bratislaw, pero los otros trabajadores no parecían preocupados por ello, y los capataces los metieron a todos en el montacargas. Bratislaw creyó que el pecho se le hundía en los intestinos con el impacto de la aceleración. La ascensión no fue en línea recta, sino hacia arriba y hacia el enorme abultamiento de la base del armazón de la cúpula, con velocidad variable durante toda la ascensión. El montacargas iba suspendido en el interior de su cubierta cilíndrica, por lo que el suelo siempre estaba abajo. Pero el conjunto oscilaba igual que un balancín de parque de atracciones.
Se detuvieron antes de recorrer un tercio de la distancia hasta arriba y los trabajadores saltaron a un andamio. Bratislaw notó una mano en su hombro.
—Tú, también —dijo el capataz—. ¡Calzaos!
Y acto seguido vio que Bratislaw, perplejo, daba vueltas al plástico en forma de plato que llevaba en las manos.
—¡Oh, mierda! ¡Acércate, tú! —gritó sin que pudieran oírlo los demás, mientras tocaba descuidadamente con una mano un cable al que Bratislaw se aferraba para conservar su preciosa vida—. ¿Habías estado antes en una estructura elevada? No, eso pensaba. ¡Maldita sea esa Ella!
Miró furiosamente a los otros trabajadores, que estaban charlando, y su cara se arrugó mientras pensaba. Era una cara morena pero no negroide, y su acento era más de Nueva Inglaterra que negro.
—Tengo dos opciones. Te tiro por aquí de una patada en el trasero. Eso es lo que debería hacer. O corro el riesgo de que tú mismo te mates. ¿Qué prefieres?
Bratislaw no quiso decir cuál era su preferencia, puesto que se basaba en hallarse lejos de aquel lugar donde el viento golpeaba irregularmente en todas direcciones y los huecos de la estructura gemían, silbaban y chillaban.
Woody Vult le encargó de la tarea que según él era la más fácil. Consistía en atar haces de fibras ópticas a las extremidades estructurales de la cúpula. Una vez tensadas, la transmisión de luz láser por ellas variaría y la tensión se registraría en los monitores situados abajo. Si se rompían había que recurrir a una brigada de reparaciones. Así pues Bratislaw salió del andamio con el calzado en forma de plato atado a las botas y un rollo de pegajosa cinta de color en un hombro, arrastrando las fibras mientras avanzaba y descendía por la cúpula como un alpinista agarrado a los apoyos para las manos. Era un trabajo para un hombre que tuviera por lo menos tres manos, preferiblemente un hombre, como Vult, cuyos antepasados hubieran sido indios mohawk. Bratislaw no reunía ninguna de esas condiciones. Poseía la determinación de perseverar en la tarea, y durante la primera hora, agarrado desesperadamente, sudando de forma copiosa y estremecido de pánico, esa determinación no pareció bastar.
Pero cuando el día se caldeó y salió el sol, el trabajo no parecía tan malo. Bratislaw nunca había estado a tanta altura al aire libre. Ciento cincuenta metros por debajo, el puente y el río eran simples juguetes. Al otro lado de Brooklyn y Queens se veían aviones que aterrizaban y despegaban y un borde azul fino como un cuchillo que tal vez fuera el Océano Atlántico. Alrededor de Bratislaw, en la protuberancia de la cúpula, habían otras brigadas trabajando, introduciendo y asegurando los transparentes paneles, deslizándose con la gracia y la facilidad que tan desesperadamente envidiaba él. Bratislaw era incapaz de hacer eso. Seguía aferrándose a los cables salvavidas como si sus músculos padecieran el tétanos. Lógicamente sus compañeros lo notaron, y cuando él volvía a por más fibras cada media hora se convertía en el blanco de las bromas. A veces también le daban consejos, e incluso información: «Una mano para ti, la otra para el trabajo... ¡no lo olvides!» «Cien metros de ascenso significa viento dos kilómetros por hora más fuerte.» «La presión es el cubo de la velocidad del viento; viento doble, ocho veces más presión»; «¡aguarda a que el viento sea fuerte de verdad, chico!» Y siempre intervenía el capataz para gritar: «¡Eh, vosotros, moved el culo! ¡Hay un programa que cumplir!»
El programa no era importante, en realidad; el trabajo en la construcción jamás concordaba con lo previsto. Lo importante era el tiempo. Si la cúpula se instalaba a tiempo no habría problemas, porque una vez íntegra su diseño aerodinámico le permitiría resistir vientos de doscientos cincuenta kilómetros por hora, velocidad muy superior a las registradas hasta la fecha en las cercanías de Nueva York. Pero con la mitad de los paneles hexagonales colocada y la otra mitad por colocar, un viento bastante fuerte penetraría por debajo y se llevaría la obra como si fuera una enorme cuchara. La cúpula se convertiría en un plano aerodinámico camino de Oz... dejando detrás, ciertamente, una infernal confusión de catástrofes provocadas por la caída de pilares, ruptura de cables e inmensas velas derribadas y esparcidas por toda la ciudad. Hasta entonces el tiempo se había mostrado benigno. Pero era época de tormentas.
—¡Tú! ¡Bratislaw! ¿Qué demonios piensas que estás haciendo? —Era el capataz, Vult, que se deslizaba detrás de Jeff—. ¡Dios, mira cómo las has puesto, tan sueltas que la maldita cúpula se vendrá abajo antes de la medida!
Durante casi media hora Bratislaw se había concentrado en el trabajo y en la curiosa sensación de satisfacción que le producía el estar tan alto y tener tan poco miedo, pero de pronto se dio cuenta de que se hallaba a cincuenta pisos de altura en medio de un viento cada vez más fuerte.
—Lo haré otra vez —dijo casi sin aliento.
—¡Tú no harás nada! ¡Llamaré a alguien que sepa lo que hace! De todas formas, te han trasladado.
—¿Trasladado?
—¡Eso he dicho! Jennalec quiere que vayas arriba, y ha enviado alguien a buscarte.
Bratislaw volvió la cabeza y miró más allá del capataz, y allí, avanzando hacia ellos por los cables salvavidas estaba Tiny Martineau.
Si hubiera sido rápido de pensamientos Bratislaw habría dicho al capataz que se metiera el trabajo en las narices y efectuado una retirada segura aunque no muy heroica. Pero no pensó con rapidez. Cuando decidió hacer eso el capataz ya no podía oírle y Martineau estaba sonriéndole.
—Arriba vas a ir —dijo tranquilamente el matón, colocando su cuerpo entre Bratislaw y el camino de descenso. Aunque no había red, Jeff habría preferido ese camino.
—Escucha, Tiny —empezó a decir Bratislaw mientras examinaba la corpulencia del otro hombre. Él no era tan corpulento como Martineau, aunque la diferencia era escasa. En una pelea limpia estarían bastante igualados...
—Arriba —dijo Martineau, risueño, y enseñó el cuchillo que llevaba en la mano. Se lo había sacado de la manga, y estaba afilado como una hoja de afeitar. La pelea no iba a ser limpia. Bratislaw subió de espaldas, con los ojos clavados en el acero.
—Tiny —dijo—, tú y Ella estáis confundidos. No sé qué pensáis vosotros, ¡pero no pienso ir a declarar!
—Ciertamente —dijo Tiny muy alegre—. Sigue subiendo y no tendremos ningún problema.
La afirmación era improbable para Bratislaw, en especial porque no veía parte más alta de la cúpula adonde valiera la pena ir. Estaban alejándose de la zona cubierta de plástico, y las raquetas que calzaban eran inútiles.
—No puedo ir más lejos, Tiny —dijo Jeff.
—Claro que puedes. Quítate esos zapatos. No tenemos que ir mucho más lejos.
Bratislaw, con una mano en el cable, se agachó para soltar las cintas con la otra. Mantuvo la mirada fija en Martineau, cosa poco difícil porque por allí no había nadie más a quien mirar, y el matón permaneció a la distancia debida.
En el momento de quitarse una raqueta, ésta resbaló de su mano y el viento se la llevó. Descendió entre una grieta de la estructura, todavía a la espera de plástico.
Seguramente algún ciudadano iba a tener una desagradable sorpresa.
—¿Tiny? —propuso Bratislaw—. Creo que sería mejor hablar con Ella.
Tiny meneó la cabeza con pesar.
—Ella no quiere hablar más contigo. —dijo Martineau, y desenrolló un cable que llevaba a la cintura.
Bratislaw se sorprendió. Era una cuerda de seguridad, y por un momento pensó que Martineau iba a ofrecérsela. Suposición errónea. El hombretón ató una punta al cable salvavidas y la otra a su cinturón.
—¡No puedes hacer esto! —chilló Bratislaw mientras retrocedía un paso por el andamio.
—Claro que puedo —contestó el sonriente Tiny—. Tengo órdenes de Ella, por eso sé que puedo. Ahora te queda sólo un momento...
Y Bratislaw pudo acabar allí, mono atrapado por la fija mirada de la pitón, pero el viento silbaba alrededor y el frío acero era resbaladizo. Retrocedió y tropezó. Cayó de bruces en el andamio, se abrazó como jamás había abrazado a una mujer y sintió más miedo que en toda su vida.
Y allí estaba Tiny Martineau corriendo hacia él. El cuchillo había vuelto a su manga, ya no era preciso para acabar la tarea que le habían encomendado. Su expresión era seria y pensativa en el momento que echó hacia atrás un pie para tirar a Bratislaw fuera del andamio.
No fue habilidad. Fue un reflejo provocado por el terror. Bratislaw dio la primera patada. Alcanzó a Martineau en el tobillo hasta hacía poco enyesado. El resbaladizo acero hizo lo demás, el gigante lanzó un grito de repentina rabia y espanto, cayó por encima de Bratislaw y no logró aferrarse al andamio. Y desapareció.
Cuando miró por el borde de la plataforma, Bratislaw vio a Martineau suspendido de su cuerda de seguridad, impotente, quince metros más abajo, oscilando y chillando, totalmente incapacitado para hacer algo que impidiera al jadeante Bratislaw ponerse en pie, recoger el zapato restante y, poco a poco y con mucho cuidado, deslizarse para bajar por la cúpula.
VII
Cuando el bebé cumplió dos semanas, Heidi anunció que estaba preparada para viajar y el niño listo para enseñárselo a tía Lucy. Fueron en tren a Peekskill y en taxi a la granja modelo, y Lucy estaba aguardándolos en la entrada. No se encontraba sola. Empujaba una silla de ruedas con una mujer de edad madura carente de brazos y piernas.
—Me llamo Dorothy —dijo la mujer— y soy una especie de consejera en este centro.
¿Una lisiada dirigiendo a los tontos?, pensó Bratislaw, pero no dijo una palabra. No tenía que hacerlo. El desordenado cerebro de Lucy no había olvidado cómo acoger a un recién nacido, y acarició la dulce y blanda mejilla y farfulló de gozo al oír los suaves bufidos y suspiros que constituían el vocabulario de John Fitzgerald Kennedy Bratislaw IV hasta ese momento.
—Guapo chico —comentó la mujer de la silla de ruedas.
La mutilada examinó atentamente a Bratislaw. Este vio que no carecía totalmente de brazos y piernas, aunque se trataba únicamente de unas aletas en los hombros y algo que sobresalía de las caderas y era imposible distinguir debido a la falda que las cubría. Pero seguramente no eran piernas completas.
—Felicidades —añadió la mujer.
—Es obra de mi esposa —dijo sonriente Jeff.
—No habló del bebé. Hablo del juicio.
—Ah. Sí —repuso Bratislaw, aunque ya había pasado la época en que acogía con satisfacción esa clase de observaciones.
El abogado de Ella Jennalec había actuado a la antigua. No interrogó a los testigos. Los pulverizó. Ensayó todas las tácticas que le permitieron su fértil imaginación y el indulgente tribunal para destrozar la credibilidad de Bratislaw como testigo, y la menos temible de sus armas no fue el testimonio irrefutable, porque era cierto, de que Bratislaw había pasado mucho tiempo en la cama de Jennalec mientras su pobre esposa embarazada hacía horas extras a fin de pagar las deudas y ahorrar dinero para el niño. La maniobra, naturalmente, no alteró el resultado del juicio. El amuleto que Bratislaw guardó en uno de sus bolsillos continuó haciendo su trabajo, y la confesión grabada de Martineau, afirmando que Jennalec había ordenado el asesinato de su ex ayudante, alejó hasta la última duda razonable de las mentes de los jurados... por no hablar de las otras cintas, del resto de pruebas procedentes de diez fuentes distintas que componían una imagen de extorsión, conspiración y crimen y que hicieron fácil el veredicto.
Heidi Bratislaw no era una mujer celosa en exceso, pero los hechos privaron de confianza al matrimonio. Por no mencionar el daño sufrido por Lucy.
—Sí —repitió Bratislaw mientras observaba a las hermanas inclinadas sobre su hijo—, pero si he de decir la verdad, casi deseo que nada de eso hubiera sucedido, porque ha habido muchos problemas.
Y Lucy miró a su cuñado. El deleite desapareció de su bonita e inexpresiva cara. Se mordió el labio y contrajo las mejillas. Sus ojos se entrecerraron a causa del esfuerzo y su barbilla tembló, pero por fin Lucy logró expresarse.
—Valió la pena —dijo.
Fui hijo de la depresión. Nací durante la guerra para acabar con las guerras, la de 1914. Me matriculé en una escuela privada de enseñanza secundaria en otoño del año de la quiebra bursátil, 1929, y pasé a un colegio público en 1930 porque papá ya no tenía dinero para pagar mi enseñanza. En 1933 abandoné los estudios definitivamente. Tuve que trabajar para ganarme la vida, y eso cuando encontraba trabajo. ¡Malos tiempos! Habían colas para comprar el pan, trabajadores agrícolas que huían de la sequía, veteranos manifestándose en petición de bonificaciones, pobreza, temor... Yo odiaba el mundo difícil y mugriento en que tenía que. vivir. ¿Saben qué me mantuvo en pie? Las películas. En especial películas sobre el futuro. Sentado en el cine y viendo dos o tres proyecciones de la vida futura, por ejemplo, podía olvidar el mundo real. Podía imaginar que vivía en una de esas enormes ciudades resplandecientes del futuro donde todo el mundo es feliz, rico y saludable y se vive igual que un rey bajo...
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