la plaga de midas (es)
Y se casaron.
La novia y el novio hacían una hermosa pareja, ella con sus veinte metros de vestido de cola, de un blanco inmaculado, él con su formal blusa gris fruncida y pantalones plisados.
Fue una boda pequeña, lo máximo que él pudo permitirse. Como invitados tuvieron sólo a los familiares más cercanos y unos pocos amigos íntimos. Y cuando el sacerdote concluyó la ceremonia, Morey Fry besó a la novia, y los dos salieron en coche a recibir a los invitados. Había en total veintiocho limusinas (aunque es cierto que en veinte de ellas iban sólo los robots del proveedor de la fiesta) y tres coches con flores.
–Dios los bendiga a los dos –dijo el viejo Elon, sentimentalmente–. Sabes que Cherry es una buena chica, Morey.
Se sonó la nariz en un desflecado trozo de batista.
Morey pensó que los viejos se estaban portando muy bien. Durante la fiesta, rodeados por enormes pilas de regalos nupciales, bebieron champagne y comieron gran cantidad de pequeños y deliciosos canapés. Escucharon educadamente la orquesta de quince músicos, y la madre de Cherry hasta bailó una pieza con Morey, aunque era evidente que el baile no formaba parte de sus costumbres diarias. Hicieron todo lo posible para integrarse a la reunión, pero las dos ancianas figuras, vestidas con ropas rigurosamente simples, probablemente alquiladas, desentonaban mucho entre los cuatro mil metros cuadrados de tapices y fuentes tintineantes del salón de baile principal de la casa de campo de Morey.
Cuando llegó la hora de que se fuesen los invitados, y que los recién casados iniciasen su vida en común, el padre de Cherry le dio un apretón de manos a Morey y la madre de Cherry lo besó. Pero cuando partieron en su cochecito sus rostros delataban muchos presentimientos.
Contra Morey, como persona, no tenían nada, naturalmente. Pero los pobres no debían casarse con la riqueza.
Era cierto que Cherry y Morey se amaban. Eso ayudaba. Los dos lo repetían una docena de veces por hora, todas las largas horas que pasaban juntos, durante los primeros meses de matrimonio. Morey incluso se hacía tiempo para acompañar a su mujer en las compras, cosa que ella apreciaba enormemente. Llevaban los carritos por los inmensos corredores abovedados del supermercado, y Morey verificaba los artículos de la lista de compras mientras Cherry recogía las mercaderías. Era divertido.
Lo fue durante un tiempo.
Su primera pelea comenzó en el supermercado, entre los Alimentos para el Desayuno y los Útiles para el Piso, exactamente delante de donde iban a inaugurar la sección de Piedras Preciosas.
Mirando la lista, Morey leyó en voz alta:
–Medallón con brillantes, anillos para disfraz, pendientes.
–Morey, yo ya tengo un medallón –dijo Cherry, con rebeldía–. Querido, ¡por favor!
Indeciso, Morey dobló las páginas de la lista. Allí estaba el medallón, y no se hablaba de ninguna otra opción.
–¿Qué te parece una pulsera? –dijo Morey, con voz suplicante–. Mira, aquí tienen algunas muy bonitas, con rubíes. ¡Seguramente quedarán muy bien con tu pelo! –Morey hizo señas a un robot, que se acercó rápidamente trayendo la bandeja de las pulseras. –Hermosa –exclamó Morey mientras Cherry se probaba la más grande en la muñeca.
–¿Y no tengo que llevarme un medallón? –preguntó Cherry.
–Claro que no. –Morey echó una ojeada a la etiqueta.– ¡Exactamente la misma cantidad de puntos de racionamiento! –Como Cherry parecía indecisa, nada convencida, Morey dijo rápidamente:– Y ahora pasemos a la sección zapatos. Tengo que llevarme unos escarpines.
Cherry no puso ningún reparo, ni en ese momento ni durante el resto del recorrido de compras. Al final, mientras esperaban sentados en la planta baja del supermercado a que los contadores robots les prepararan la cuenta y los cajeros robots les sellaran las libretas de racionamiento, Morey se acordó de pedir en la sección despacho que no envolviesen la pulsera.
–No quiero que la manden con las demás cosas –explicó–. Quiero que te la pongas ahora mismo. Creo que nunca vi algo tan adecuado para ti.
Cherry parecía aturdida y contenta. Morey estaba encantado consigo mismo; ¡no todo el mundo sabía manejar bien esos pequeños problemas domésticos!
Se sintió muy satisfecho durante todo el viaje de vuelta a casa, mientras Henry, su robot acompañante, los recreaba con divertidas historias de la fábrica donde lo habían construido y adiestrado. Cherry no estaba acostumbrada, ni por asomo, a Henry, pero resultaba difícil no querer al robot. Chistes e historias divertidas cuando uno necesitaba distracción, comprensión cuando uno estaba deprimido, una siempre segura provisión de noticias e información sobre cualquier tema que a uno se le ocurriese: aceptar a Henry no era difícil. Cherry decidió incluso hacer algo especial: invitar a Henry a que los acompañase durante la cena. Todo el tiempo ella festejó tanto como Morey las jocosas anécdotas.
Pero más tarde, en el jardín, cuando Henry –siempre tan considerado– los dejó solos, la risa terminó.
Morey no se dio cuenta. Estaba haciendo el recorrido de rutina, escrupulosamente: encendía la tridi, seleccionaba los licores para la sobremesa, ojeaba los diarios de la tarde.
Cherry se aclaró la garganta, un poco afectadamente, y Morey dejó de hacer lo que estaba haciendo.
–Querido –dijo Cherry, tentativamente–, esta noche me siento un poco nerviosa. ¿Podríamos...? Quiero decir qué te parece si nos quedamos en casa y... bueno, descansamos.
Morey la miró un poco preocupado. Cherry se echó hacia atrás, y entrecerró los ojos. Parecía cansada.
–¿Te sientes bien? –preguntó Morey.
–Perfectamente. Sólo que no quiero salir esta noche. No tengo ganas.
Morey se sentó y automáticamente encendió un cigarrillo.
–Entiendo –dijo. En la tridi comenzaba en ese momento una comedia; se levantó para apagarla.
–Esta noche teníamos reservas para el club –le recordó a Cherry.
Cherry, incómoda, cambió de posición en la silla.
–Ya lo sé.
–Y tenemos las entradas para la ópera que cambié la semana pasada. No quiero ser pesado, querida, pero no hemos usado ninguna de las entradas para la ópera.
–Las óperas las podemos ver en tridi aquí mismo –dijo Cherry, con una vocecita.
–Eso no sirve para nada, vida mía. No... no sé cómo decírtelo, pero Wainwright me dijo algo ayer en la oficina. Me dijo que anoche iría al circo, y llegó incluso a comentar que vería si nosotros estábamos también. Bueno, no estuvimos. Sabe Dios qué le diré la semana próxima.
Esperó la respuesta de Cherry, pero la muchacha no dijo nada.
–De modo que, si encuentras la manera de poder ir esta noche... –prosiguió Morey, prudentemente.
Se interrumpió, boquiabierto. Cherry lloraba, callada y copiosamente.
–¡Querida! –dijo Morey, perplejo.
Corrió hacia ella, pero Cherry lo rechazó. Se quedó allí quieto, impotente, viendo cómo lloraba.
–Amor mío, ¿qué te pasa? –preguntó.
Cherry apartó la cara.
Morey se hamacó sobre los talones. No era exactamente la primera vez que veía llorar a Cherry: estaba aquella conmovedora escena cuando se Entregaron el Uno al Otro, al darse cuenta de que entre sus respectivos orígenes había una distancia demasiado grande para la felicidad, antes de sentir que tenían que entregarse, pasara lo que pasase... Pero esta era la primera vez que las lágrimas de ella lo hacían Sentir culpable. Y qué culpable se sentía. La miró un rato.
Luego le dio la espalda y caminó hasta el bar. Dejó los licores preparados, y sirvió dos abundantes whiskies con hielo y soda y fue con ellos hasta donde estaba Cherry. Puso uno junto a la muchacha, y tomó un largo trago del otro.
–Querida, ¿qué te pasa? –preguntó en un tono bastante diferente.
Cherry no le respondió.
–Vamos, díme de qué se trata.
Cherry lo miró y se frotó los ojos.
–Lo siento –dijo, casi de mal humor.
–Ya sé que lo sientes. Los dos nos amamos. ¿Por qué no aclaramos este asunto?
Cherry tomó el vaso y lo sostuvo un momento, antes de volver a depositarlo sin haber probado el whisky.
–¿Para qué, Morey?
–Por favor. Intentémoslo.
Cherry se encogió de hombros.
–No eres feliz, ¿verdad? –prosiguió Morey, cruelmente– Y la culpa la tiene... bueno, la tiene todo esto. –Con un ademán abarcó el jardín de invierno: los lujosos muebles, la mullida alfombra, la hueste de máquinas y aparatos que sólo esperaban la presión de un dedo para proporcionarles comodidades y entretenimientos. En el ademán entraron también, naturalmente, veintiséis habitaciones, cinco coches, nueve robots. Con un esfuerzo, Morey dijo: –No es a lo que tú estás acostumbrada ¿verdad?
–No lo puedo evitar –dijo Cherry–. Morey, tú sabes que me he esforzado. Pero allá, en mi casa...
–Maldita sea –estalló Morey–, esta es tú casa. Ya no vives con tu padre en esa casucha de cinco habitaciones; no pasas las tardes trabajando en el jardín o jugando a las cartas por fósforos. ¡Vives aquí conmigo, con tu marido! Sabías en lo que te metías. Nos cansamos de hablar de todo esto antes de la boda...
Cesaron las palabras, porque las palabras eran inútiles. Cherry volvía a llorar, pero no en silencio.
Entre las lágrimas, gimió:
–Me he esforzado, querido. ¡No sabes cuánto! He usado todas esas ropas tontas y he repetido todos esos juegos tontos y he salido contigo todo lo posible y... ¡he comido tantos alimentos terribles que hasta pienso que estoy en-en-gordando! Pensé que lo podría soportar. Te... te quiero, Morey, pero esta vida me está enloqueciendo. No lo puedo evitar, Morey... ¡Estoy cansada de ser pobre!
Finalmente las lágrimas se secaron, y la pelea terminó, y los amantes se besaron y se reconciliaron. Pero Morey estuvo despierto toda la noche, escuchando la suave respiración de su mujer en la habitación de al lado, mirando trágicamente la obscuridad, como cualquier pobre en cualquier época.
Bendito sea Morey, que heredó más cosas terrenales de las que puede consumir.
Morey Fry, hundido en la pobreza más negra, no había conocido el hambre en toda su vida; no le había faltado comida, o ropa, o un sitio para dormir. En el mundo de Morey a nadie le podían faltar esas cosas.
Malthus no se equivocaba... porque pensaba en una civilización sin máquinas, fábricas automáticas, alimentos sintéticos, plantas nucleares, extracción de metales y minerales de los océanos...
Y una oferta de mano de obra que crecía asombrosamente...
Y arquitectura que subía al cielo y penetraba profundamente en el suelo y flotaba allá afuera, en el agua, sobre pilares y pontones... arquitectura que podía ser derramada allí un día y disfrutada al siguiente...
Y robots.
Sobre todo, robots... robots para perforar y transportar y fundir y fabricar, para construir y cultivar y tejer y coser.
Lo que no podía dar la tierra se lo hacían producir al mar, y el laboratorio inventaba el resto... y las fábricas se transformaron en tuberías de abundancia que escupían lo necesario para alimentar y vestir y albergar a una docena de mundos.
Descubrimientos ilimitados, el infinito poder del átomo, el incansable trabajo de la humanidad y los robots, la automatización que expulsó de la tierra las selvas y los pantanos y el hielo, y puso en su lugar edificios de oficinas y centros de fabricación y astropuertos...
La tubería de producción arrojaba riquezas que ningún rey de la época de Malthus podía haber conocido.
Pero una tubería tiene dos puntas. La invención y la fuerza y el trabajo que entran por una punta tienen de algún modo que salir por la otra...
Afortunado Morey, bendita unidad económica de consumo, ahogándose en el diluvio de la tubería, esforzándose valientemente por comer y beber y usar y usar su cuota de la incesante marea de abundancia.
Morey distaba mucho de sentirse bendecido, porque las bendiciones de los pobres se aprecian mejor desde la distancia.
Las cuotas le atormentaron el sueño hasta que despertó a las ocho de la mañana siguiente, con los ojos irritados, ojeroso, pero interiormente resuelto. Había llegado a una decisión. Iba a iniciar una vida nueva.
En el correo de la mañana llegaron problemas. Debajo del membrete de la Junta Nacional de Racionamiento, leyó:
"Sentimos informarle que los siguientes artículos devueltos por usted como ya usados e inservibles, en relación con sus cuotas de agosto, han sido inspeccionados y no se les ha encontrado el suficiente gasto." La lista seguía... una lista larga, para decepción de Morey. "Por la presente se le deniega el crédito sobre los mencionados artículos, y se le asigna una cuota de consumo adicional para el mes en curso de 435 puntos, 350 de los cuales (como mínimo) deberán corresponder a las categorías de textiles y útiles para el hogar."
Morey arrojó la carta al piso. El valet la recogió, imperturbable, la dobló y la puso sobre el escritorio.
¡No era justo! Muy bien, quizá los pantalones de baño y las sombrillas de playa no habían sido tan usados... pero cómo diablos, pensó amargamente, se podía gastar la ropa de natación si uno no tenía tiempo para actividades tan ociosas como la natación. ¡Pero los pantalones de paseo sí estaban usados! Los había llevado tres días enteros y parte de un cuarto; ¿qué querían, que anduviese vestido con andrajos?
Morey miró agresivamente el café y la tostada que le había traído el valet con la correspondencia, y sintió que su decisión se volvía más fuerte. Fuese o no justo, para jugar tenía que aceptar las reglas del juego. Lo hacía más por Cherry que por sí mismo, y la mejor manera de iniciar una vida nueva era hacerlo ya.
Morey iba a consumir por dos.
–Llévate eso de vuelta –le dijo al valet-robot–. Quiero crema y azúcar con el café... mucha crema y azúcar. Y además de la tostada, huevos revueltos, papas fritas y jugo de naranja...
–Ahora mismo, señor –dijo el valet–. Entonces supongo, señor, que no desayunará a las nueve.
–Claro que desayunaré –dijo Morey, virtuosamente–. ¡Porciones dobles! –Mientras el robot cerraba la puerta, le gritó:– ¡Mermelada y manteca con la tostada!
Fue al baño; tenía un plan completo, y no había tiempo que perder. En la ducha se roció cuidadosamente con jabón tres veces. Después de enjuagarse el jabón pasó por una lista de canillas, en este orden: tres lociones, talco simple, talco perfumado y treinta segundos de ultravioleta. Luego se enjabonó y se volvió a enjuagar, y se secó con una toalla en vez de usar el chorro de aire caliente. La mayoría de los perfumes se fueron por el desagüe mientras se enjuagaba, pero si la Junta de Racionamiento lo acusaba de derroche podía alegar que estaba experimentando. El resultado, en realidad, no era tan malo.
Morey salió del baño, rebosando entusiasmo. Cherry estaba despierta, y miraba aterrada la bandeja que había traído el valet.
–Buenos días, querido –dijo con voz débil–. Aj.
Morey la besó y le palmeó la mano.
–¡Y bien! –dijo, mirando la bandeja con una sonrisa ancha y vacía–. ¡Comida!
–¿No es muchísima para nosotros dos?
–¿Nosotros dos? –repitió Morey, con gran seguridad–. No digas tonterías, ¡me la voy a comer toda yo!
–¡Oh, Morey! –jadeó Cherry, y lo miró con adoración. Morey pensó que esa mirada valía una docena de comidas.
Cuando concluyó sus ejercicios matutinos con el entrenador-robot y se sentó a comer el verdadero desayuno, pensó que tendría que soportar esas copiosas comidas, día tras día, durante un largo tiempo.
Pero a pesar de todo Morey se había decidido. Mientras se esforzaba con el arenque ahumado, el té y las tostadas, repasó sus planes con Henry. Tragó un bocado y dijo:
–Quiero prepararme una serie de compromisos ahora mismo. Tres horas por semana en un gimnasio... Elige un sitio donde haya muchos aparatos para hacer bajar de peso, Henry; me va a hacer falta. Y quiero probarme alguna ropa; hace semanas que uso la misma. Y médico, dentista... oye, Henry, ¿no tengo en estos días una cita con el psiquiatra?
–¡Claro que la tiene, señor! –dijo Henry, con entusiasmo–. Esta mañana, en realidad. Ya he dado instrucciones al chófer y notificado a su oficina.
–¡Magnífico! Empecemos entonces con lo demás, Henry.
–Sí, señor.
En la cara de Henry apareció ese curioso aire ausente de un robot que habla por los circuitos de CER (la radio de "Conversación Entre Robots"), mientras preparaba las citas para su amo.
Morey terminó el desayuno en silencio, satisfecho con su virtud, en paz con el mundo. No era tan difícil –pensó– ser un consumidor industrioso, decente, si uno se tomaba el trabajo. Los únicos que no podían adaptarse al mundo eran los descontentos, los insatisfechos y los incompetentes. Bueno, alguien tendría que sufrir, pensó con cierta lástima; no era posible romper huevos sin hacer una tortilla. Y su deber no era convertirse en un chiflado de ojos saltones que desafía el orden social y se golpea el pecho ante la injusticia sino cuidar su mujer y su hogar.
Era una pena que no pudiese empezar a consumir ya. Pero ese era el día semanal que concurría al empleo (cuatro de los otros seis días estaban destinados únicamente a consumir), y además tenía una sesión de terapia de grupo. El análisis, se dijo Morey, empezaría a mejorar ahora que enfrentaba los problemas.
Morey se sentía envuelto en un aura de virtud cuando se despidió de Cherry (la muchacha se había levantado por fin, confundida y deleitada por el nuevo régimen); la besó y salió de la casa, hacia el coche. Casi no notó al hombrecito de sombrero ancho, de ala caída, y pantalones llamativamente fruncidos que esperaba de pie, casi oculto, entre los arbustos.
–Hola, Mac.
La voz del hombre fue casi un susurro.
–¿Eh? Ah... ¿qué quiere?
El hombre miró alrededor, furtivamente.
–Oiga, amigo –dijo, hablando con rapidez–, usted parece un hombre inteligente que no se negaría a recibir ayuda. Los tiempos son duros; usted me ayuda, yo lo ayudo a usted. ¿Le gustaría hacer un negocio con estampillas de racionamiento? Seis por una. Una de las suyas por seis de las mías; no encontrará mejor negocio en esta ciudad. Por supuesto, mis estampillas no son exactamente auténticas, pero nadie lo notará, amigo, nadie...
Morey lo miró perplejo.
–¡No! –dijo, violentamente, y apartó al hombre con la mano.
Ahora son los falsificadores, pensó con amargura. A Cherry no le bastaba con vivir en un barrio bajo, y soportar la interminable y sórdida preocupación por las raciones; ahora el barrio era un campo de operaciones para gente del otro lado de la ley. Naturalmente, no era la primera vez que lo abordaba un falsificador de estampillas de racionamiento, ¡pero jamás le había sucedido delante de la puerta principal de su casa!
Mientras subía al coche, Morey pensó un instante en llamar a la policía. Pero el hombre desaparecería sin duda antes de que ellos llegasen; y, después de todo, él no había manejado tan mal las cosas.
Por supuesto, sería muy agradable recibir seis estampillas por una.
Pero nada agradable si lo descubrían.
–Buenos días, señor Fry –dijo el robot recepcionista–. ¿Tendría la amabilidad de entrar?
Con un dedo metálico señaló la puerta que decía Terapia de Grupo.
Mientras asentía y obedecía, Morey se prometió que algún día estaría en la posición de tener un analista para él solo. La terapia de grupo ayudaba a aliviar las infinitas tensiones de la vida moderna; sin ella estaría tan mal como las muchedumbres histéricas en los tumultos de racionamiento, o sería tan peligrosamente antisocial como los falsificadores. Pero a la terapia de grupo le faltaba el toque personal. Era una versión demasiado pública de algo que tendría que ser privado; era lo mismo que tratar de llevar una vida feliz de matrimonio rodeado en la casa por una multitud de robots, siempre presentes, siempre interfiriendo.
De pronto, Morey sintió terror. ¿Cómo se le había ocurrido ese pensamiento? Estaba visiblemente agitado cuando entró en el cuarto y saludó al grupo que le habían asignado.
El grupo estaba integrado por once personas: cuatro freudianos, dos reichianos, dos jungianos, un gestaltiano, un terapeuta de shock y el maduro y tranquilo sullivanista. Hasta los miembros de los grupos mayoritarios tenían sus propias diferencias individuales en cuanto a técnica y credo, pero a pesar de haber estado cuatro años con ese grupo particular de analistas, Morey todavía no conseguía diferenciarlos en su mente. Pero recordaba sin problemas los nombres de todos.
–Buenos días, doctores –dijo–. ¿Qué hacemos hoy?
–Buenos días –dijo Semmelweiss, ásperamente–. Hoy, por primera vez, ha entrado usted a este cuarto con cara de verdadera preocupación; pero hoy tenemos psicodrama. Doctor Fairless –suplicó–, ¿no podríamos cambiar un poco el programa? Fry está evidentemente tenso; es el momento de empezar a escarbar, y ver qué hay debajo. El psicodrama ¿no podría quedar para la próxima entrevista?
Fairless meneó la cabeza, graciosamente calva:
–Lo siento, doctor. Usted ya sabe que no habría ningún problema si lo pudiera decidir yo. Pero conoce las reglas.
–Reglas, reglas –dijo Semmelweiss–. ¿Para qué sirven? Tenemos aquí a un paciente con uno de los cuadros de ansiedad más agudos que he visto, y he visto unos cuantos, y lo desaprovechamos porque las reglas dicen que hoy hay que hacer otra cosa. ¿Es esa una actitud profesional? ¿Es esa la manera de curar a un paciente?
–Si me permite, doctor Semmelweiss –dijo el pequeño Blaine, con voz helada–, le recordaré que se han hecho muchas curaciones sin transgredir las reglas. Yo mismo, por ejemplo...
–¡Usted mismo! –remedó Semmelweiss–. Usted mismo nunca atendió solo a un paciente. ¿Cuándo va a salir de los grupos, Blaine?
–Doctor Fairless –dijo Blaine, furioso–, no sé por qué tengo por qué soportar esta clase de ataques personales. Como Semmelweiss es mayor y tiene un par de pacientes privados un día a la semana, ya le parece que...
–Caballeros –dijo Fairless, con voz suave–. Sigamos con la tarea de hoy, por favor. El señor Fry ha venido a buscar ayuda, no a presenciar nuestras discusiones.
–Lo siento –dijo Semmelweiss, secamente–. Pero reitero mi oposición a las disposiciones mecánicas y arbitrarias de la presidencia.
Fairless inclinó la cabeza.
–¿Todos a favor de las disposiciones de la presidencia? Cuento nueve votos. Sólo se opone usted, doctor Semmelweiss. Empezaremos con el psicodrama, si el archivero nos lee las notas y los comentarios de la última sesión.
El archivero, un joven gordito de baja posición social llamado Sprogue, volvió atrás con el dedo algunas páginas del cuaderno y leyó, casi cantando:
–Sesión del veinticuatro de mayo; sujeto, Morey Fry; presentes, doctores Fairless, Bileck, Semmelweiss, Carrado, Weber...
Fairless lo interrumpió amablemente:
–Sólo la última página, por favor, doctor Sprogue.
–Ah, ah, sí. Después de una pausa de diez minutos, para más tests de Rorschach y un electroencefalograma, el grupo decidió llevar a cabo un ejercicio de asociación de palabras. Los resultados fueron ordenados y estudiados, y se llegó a la conclusión de que los principales traumas del sujeto provenían, respectivamente, de...
Morey sintió que cada vez prestaba menos atención. La terapia era buena; todo el mundo lo sabía, pero algunos días le resultaba un poco aburrida. Sin embargo, quién sabe qué sucedería si no existiera la terapia. Morey reconocía que lo había ayudado mucho: por lo menos no había incendiado su casa y gritado luego a los bomberos-robots, como Newell, en la otra esquina de la manzana, cuando se divorció su hija mayor y regresó a vivir con él, llevando, naturalmente, su cuota de racionamiento. Morey ni siquiera se había sentido tentado de hacer algo tan atroz e inmoral como destruir las cosas o desperdiciarlas: bueno –admitió honestamente–, quizá se había sentido algo tentado, muy de vez en cuando. Pero nunca había sido nada verdaderamente importante, nada digno de preocupación; era un hombre normal y sano.
Alzó la vista, y se sobresaltó. Todos los terapeutas lo estaban mirando.
–Señor Fry –repitió Fairless–, ¿podría, por favor, ocupar el lugar que le indicamos?
–Sí, claro –se apresuró a decir Morey–. Pero... ¿dónde?
Semmelweiss lanzó una carcajada.
–Ya se lo dije. No importa, Morey; hizo bien en no escuchar. Vamos a volver a una de las grandes escenas de su vida, la que nos contó en la última sesión. ¿Recuerda? Usted tenía catorce años. Era Navidad. Su madre le había hecho una promesa.
Morey tragó saliva.
–Recuerdo –dijo con tristeza–. Está bien. ¿Dónde me pongo?
–Aquí –dijo Fairless–. Usted es usted, Carrado es su madre, yo soy su padre. Los doctores que no participan deben apartarse. Muy bien. Y ahora, Morey, es el día de Navidad por la mañana. ¡Feliz Navidad, Morey!
–Feliz Navidad –respondió Morey, con poco entusiasmo–. Ah, papá, ¿dónde está mi... perrito? El que me prometió mamá.
–¡Perrito! –dijo Fairless–. Tú mamá y yo te hemos traído algo mucho mejor que un perrito. Mira debajo de aquel árbol... ¡es un robot! Sí, Morey, tú robot. Un compañero totalmente automático, de treinta y ocho tubos, tamaño natural. Adelante, Morey, hablale. Se llama Henry. ¡Vamos, Morey!
Morey sintió un repentino e incomprensible hormigueo dentro de la nariz.
–Pero –dijo, con voz temblorosa–, pero... yo no quería un robot.
–Claro que quieres un robot –interrumpió Carrado–. Vamos, muchacho, juega con tu bonito robot.
–¡Odio a los robots! –respondió Morey, con violencia. Miró alrededor, a los terapeutas, el consultorio de paredes grises. Con voz desafiante, agregó–: ¿Me oyen? ¡Todavía odio a los robots!
Hubo una pausa que duró un segundo; luego comenzaron las preguntas.
Media hora más tarde llegó la recepcionista y anunció que había terminado el tiempo.
En esa media hora Morey dominó sus temblores y su violenta pasión, pero recordó lo que había olvidado durante trece años.
Odiaba a los robots.
Lo sorprendente no era que el joven Morey hubiese odiado a los robots. Lo que sí sorprendía era que no hubiesen estallado tumultos o manifestaciones contra los robots, el último ataque de la carne contra el metal, la batalla a muerte entre la humanidad y sus herederos mecánicos. Un niño odiaba a los robots, pero luego, al ser hombre, trabajaba con ellos en total armonía.
Antes, el nuevo trabajador, el competidor, se veía en seguida, inevitablemente, fuera de la ley. Llegaban las oleadas: irlandeses, negros, judíos, italianos. Los hacían entrar en los ghettos, donde se enquistaban, bullían y estallaban, hasta que las nuevas generaciones se hicieron indistinguibles.
Para los robots no existía ese alivio genético. Sin embargo, el conflicto no llegó nunca. Los circuitos que guiaban los cañones antimissiles, reformados y adaptados, empezaron a funcionar en una nueva clase de máquina, junto con una milagrosa cantidad de engranajes y palancas, una indestructible y poderosa fuente de energía y cien mil piezas y piecitas.
Y el primer robot salió rechinando del taller.
La misión de ese robot era su propia destrucción; pero en los retorcidos restos de ese cuerpo encontraron su inspiración cien robots mejores. Y los cien salieron a trabajar, y luego mil, hasta que hubo millones y millones.
Y los tumultos no llegaron.
Porque los robots traían un regalo bajo el brazo, un regalo llamado Abundancia.
Y cuando el regalo mostró sus impensados males la hora del Tumulto Antirobot ya había pasado. La abundancia es una droga que crea hábito. Uno no reduce la dosis. Uno la rechaza si puede, o deja de tomarla. Pero entonces lo más probable es que las convulsiones destruyan al cuerpo definitivamente.
El adicto desea con desesperación el granoso polvo blanco; no lo odia, y tampoco odia al traficante que se lo vende. Y si Morey niño podía odiar al robot que lo privó de su perrito, Morey hombre tenía perfecta conciencia de que los robots eran sus servidores y amigos.
Pero el pequeño Morey que vivía dentro del Morey adulto nunca se había convencido.
Generalmente, Morey pensaba en su trabajo con entusiasmo. El único día de la semana que hacía algo significaba para él un maravilloso cambio, algo más excitante que el pesado círculo vicioso de consumir-consumir-consumir. Entró en el potentemente iluminado cuarto de diseño de la Compañía de Entretenimientos Bradmoor con una sensación de euforia. Pero mientras cambiaba el traje de calle por el guardapolvo de diseño, Howland, de Administración, se acercó con aire misterioso.
–Wainwright te ha estado buscando –susurró Howland–. Te conviene ir allí ahora mismo.
Morey, nerviosamente, le dio las gracias. La oficina de Wainwright era del tamaño de una cabina telefónica, y tan pelada como el hielo antártico. Cada vez que la veía, Morey sentía que las tripas se le retorcían de envidia. ¡Un escritorio sin otra cosa que espacio para trabajar! No había allí reloj calendario, ni lapicero de doce colores, ni dictáfonos.
Entró apretadamente por la puerta y se sentó mientras Wainwright terminaba de hacer una llamada telefónica. Pasó revista mental a las posibles razones de Wainwright para querer hablar con él personalmente en vez de hacerlo por teléfono.
Pocas eran buenas.
Wainwright dejó el teléfono y Morey se enderezó en la silla.
–¿Usted me hizo llamar? –preguntó.
En un mundo de gordos, Wainwright era aristócratamente enjuto. Como Superintendente General de la Sección Diseño y Desarrollo de la Compañía de Entretenimientos Bradmoor, pertenecía a las más altas esferas de la clase acomodada.
–Sí, lo hice llamar –dijo, con voz estridente–. Fry, ¿qué diablos cree que está haciendo?
–No sé qué quiere de-decir, señor Wainwright –tartamudeó Morey, tachando, en la lista de posibles razones para la entrevista, todas las buenas.
Wainwright lanzó un resoplido.
–Supongo que no lo sabe. No porque no se lo hayan dicho sino porque usted no lo quiere saber. ¿Qué pasó hace una semana? ¿Qué le hice notar entonces?
–Mi libreta de racionamiento –dijo Morey, con voz angustiada–. Señor Wainwright, sé que me estoy quedando un poco atrás, pero...
–¡Pero nada! ¿Cómo cree usted que ven este asunto en el Comité, Fry? Recibieron una queja de la Junta de Racionamiento sobre usted. Naturalmente, me la pasaron a mí. Y naturalmente, yo se la voy a pasar a usted. La cuestión es ¿qué piensa hacer? Dios mío, mire estos números: textiles, cincuenta y uno por ciento; alimentos, sesenta y siete por ciento; diversiones y entretenimientos, ¡treinta por ciento! ¡Hace meses que no consume su ración de ninguna cosa!
Morey miró la tarjeta desdichadamente. –Anoche tuvimos... mi mujer y yo tuvimos una larga conversación sobre esto, señor Wainwright. Y créame, desde ahora todo anclará mejor. Nos vamos a empeñar en... en mejorar la situación –concluyó. Wainwright asintió, y por primera vez apareció una nota de simpatía en su voz.
–Su mujer. La hija del juez Elon, ¿no es así? Buena familia. He estado muchas veces con el juez. –Luego, ásperamente:
– Bueno, Fry, esto es una advertencia.
No me importa cómo solucionará su situación, pero que el Comité no me vuelva a mencionar el asunto.
–No, señor.
–Está bien. ¿Terminó con los esquemas del nuevo K-50?
El ánimo de Morey mejoró.
–Casi, señor. Hoy grabaré la primera sección. Estoy muy contentó con él, señor, de veras. Hasta ahora le he introducido más de dieciocho mil partes móviles, sin contar los...
–Muy bien, muy bien. –Wainwright echó una mirada a su propio escritorio.– Vuelva a su oficina y continúe con el trabajo. Y arregle su situación. Usted lo puede hacer, Fry. Todos tenemos el deber de consumir. No se olvide.
Howland salió del cuarto de diseño, detrás de Morey, y los dos bajaron a los inmaculados talleres.
–¿Pasaste un mal rato? –le preguntó, solícitamente.
Morey gruñó. Qué le importaba todo eso a Howland.
Morey empezó a preparar el tablero de programación. Howland miraba por encima de su hombro. Morey estudió las matrices sin decir nada, luego se entretuvo leyendo los resúmenes, comparándolos con los esquemas, marcando las instrucciones en la mesa de programación. Howland no se movió mientras Morey terminaba de preparar todo y ponía una grabación de prueba. El resultado fue positivo; Morey dio un paso atrás para encender un cigarrillo, en celebración, antes de apretar el botón de encendido.
–Adelante, pon eso en marcha –dijo Howland–. No me podré ir hasta que lo hagas funcionar.
Morey sonrió y apretó el botón. El tablero se iluminó, y comenzó a emitir un pequeño sonido metronómico. Eso fue todo. Morey sabía que, en el otro extremo del cobertizo de cuatrocientos metros de largo, los clasificadores y transportadores automáticos: manipulaban los carretes de hilo de bronce y las barras de acero, tejiendo un complejo sendero para los miles de componentes individuales que formaban el nuevo Gira-Juego K-50 de Bradmoor. Pero desde el cuarto de programación, donde estaban, no se veía nada. Bradmoor era una planta ultramoderna; en el taller de fabricación hasta habían prescindido de los robots; en su sitio había máquinas que se guiaban sin la intervención del hombre.
Morey miró el reloj y anotó la hora de iniciación, mientras Howland verificaba el movimiento de materia prima.
–Todo verificado –dijo Howland solemnemente, palmeando a Morey en la espalda–. Esto merece una celebración. Después de todo es tu primer diseño, ¿verdad?
–Sí. El primero que hago yo solo.
Howland ya buscaba en su cajón la botella que guardaba para emergencias. La sacó ceremoniosamente.
–Por Morey Fry –dijo–, nuestro diseñador favorito, con quien estamos tan contentos.
Morey bebió. El trago le bajó fácilmente por la garganta. Hacía años que consumía escrupulosamente sus raciones de licor, pero nunca había pasado del mínimo; por lo tanto, aunque el licor no era para él una experiencia nueva, ese único trago le calentó inmediatamente el cuerpo. Le calentó la boca, la garganta, los huecos del pecho. Howland, que trataba de ser simpático con Morey, lo felicitó fatuamente por el diseño y sirvió otro trago. Morey no protestó.
Howland vació su vaso.
–Quizá te preguntes –dijo, formalmente–, por qué estoy tan contento contigo, Morey Fry. Te diré por qué.
Morey sonrió.
–Dímelo, por favor.
Howland asintió.
–Te lo diré. Es porque estoy contento con el mundo, Morey. Anoche me dejó mi mujer.
Morey se horrorizó como sólo puede horrorizarse un recién casado que se entera del derrumbe de un matrimonio.
–Lo sien... Quiero decir, ¿es cierto?
–Sí, dejó mis camas y mesa y cinco robots, y me alegro. –Sirvió otro trago en cada vaso.– Las mujeres. No puedo vivir con ellas y no puedo vivir sin ellas. Primero suspiras y jadeas y corres detrás de ellas... ¿Te gusta la poesía? –preguntó, de pronto.
–Alguna –dijo Morey, prudentemente.
Howland citó:
–"¿Hasta cuándo, amor mío, veré este muro entre nuestros jardines: tus rosas y mis desfallecientes lirios?" ¿Te gusta? Lo escribí para Jocelyn la primera vez que anduvimos bien entre nosotros. Jocelyn es mi mujer.
–Es muy bueno –dijo Morey.
–No me habló durante dos días. –Howland vació el vaso de un trago.– Tenía muchos bríos. La perseguí como un tigre. Y la cacé. ¡Ay!
Morey bebió un largo trago de su vaso.
–¿Qué quieres decir con eso de ay? –preguntó.
–Ay. –Howland señaló a Morey con el dedo.– Ay, eso es lo que quiero decir. Nos casamos y la llevé a vivir a la cueva donde estaba yo, y ay tuvimos un hijo, y ay empecé a tener dificultades con la Junta de Racionamiento... nada serio, claro, pero hubo una confusión... y ay peleas. Todo terminaba en una pelea –explicó–. Me decía alguna cosa molesta y yo le respondía y ¡pum!, el lío empezaba. Presupuesto, presupuesto; ojalá me muera si vuelvo a oír la palabra "presupuesto". Morey, tú eres un hombre casado; sabes qué quiero decir. Dime la verdad, ¿no te vinieron ganas de volarte los sesos la primera vez que descubriste que tu mujer te hacía trampas con el presupuesto?
–¿Trampas con el presupuesto? –Morey estaba espantado.– ¿Qué clase de trampas?
–Ah, muchas. Dándote porciones de comida más grandes que las de ella. Metiendo en su ración de ropas algo para ti. Ese tipo de cosas, ya sabes.
–¡Maldita sea si lo sé! –gritó Morey–. ¡Cherry no haría nunca una cosa así!
Howland lo miró inexpresivamente durante un largo segundo.
–Claro que no –dijo al fin–. Bebamos otro trago.
Morey le acercó el vaso, un poco molesto. Cherry no era el tipo de muchacha que hacía trampas. Claro que no. Una muchacha fina y cariñosa como ella... una muchacha bonita, de buena familia; no sabría cómo empezar.
Howland estaba diciendo:
–Se acabó el presupuesto. Se acabaron las peleas.
Se acabó el "Papá nunca me trató así". Se acabaron los sermones. Se acabaron las raciones de más. Se acabaron... Morey, ¿qué te parece si salimos a tomar unos tragos? Sé de un sitio donde...
–Lo siento, Howland –dijo Morey–. Sabes que tengo que volver a la oficina.
Howland lanzó una carcajada. Extendió el brazo y le mostró el reloj. Mientras Morey inclinaba la cabeza, tambaleándose un poco, el reloj anunció la hora. Faltaban apenas unos pocos minutos para el cierre de la oficina.
–Oh –dijo Morey–. No me había dado cuenta... Bueno, gracias de todos modos, Howland, pero no puedo. Mi mujer me espera.
–Sí, claro –dijo Howland, con una risita–. Que esta noche no la sorprendas comiendo tus raciones y las de ella.
Morey se puso muy tieso y dijo: –¡Howland!
–Ah, lo siento, lo siento. –Howland hizo un ademán.– Por supuesto, no es mi intención hablar mal de tu mujer. Quizá Jocelyn me hizo sentir rabia hacia todas las mujeres. Pero estoy seguro de que este sitio te gustaría, Morey, honestamente. Se llama Tío Piggotty, y está en la ciudad vieja. Siempre hay algunos locos. Te gustarían. Durante un par de noches, la semana pasada, hubo... bueno, no es que vaya tan seguido. Simplemente pasaba por allí, y... Morey lo interrumpió con firmeza. –Gracias, Howland. Tengo que irme. Me espera mi mujer. Gracias por la invitación. Buenos noches.
Cuando llegó a la puerta, Morey se volvió e hizo una reverencia; al girar de nuevo para marcharse estrelló el lado de la cara contra el quicio. Un agradable entumecimiento se le apoderó de la piel de la cara, y no notó el hilo de sangre hasta que empezó a sentir la simpática charla de Henry.
–Es sólo una herida –dijo, con dignidad–. No tienes por qué peo... preocuparte, Henry. Ahora cierra esa boca fea. Quiero pensar.
Y durmió en el coche todo el camino hasta la casa. Fue peor que despertar de una borrachera: uno toma unos tragos, y empieza a desemborracharse durmiendo un rato. Entonces uno se ve en la obligación de estar despierto y funcionando. El estado consiguiente reúne lo peor de la borrachera y de la intoxicación; la cabeza da vueltas y en la boca se siente gusto a nido de oso, pero uno no está sobrio ni nada que se le parezca.
Pero existe un remedio.
–Tomemos un cóctel, querida –dijo, con voz pastosa.
Cherry aceptó encantada compartir un cóctel con Morey antes de la cena. Cherry –pensó Morey–, era maravillosa, maravillosa, maravillosa...
Notó que movía la cabeza afirmativamente, acompañando los pensamientos, y dio un respingo.
Cherry voló a su lado y le tocó la sien.
–¿Te molesta, querido? –preguntó, solícitamente–. Quiero decir, el sitio donde te diste el golpe.
Morey la miró con desconfianza, pero en la cara de Cherry sólo había adoración.
–Sólo un poco –dijo, valientemente–. No es nada.
El mayordomo trajo dos cócteles y se retiró. Cherry levantó el vaso. Morey levantó el suyo, olió el licor y casi lo dejó caer. Se mordió la lengua mentalmente y se obligó a tragarlo.
Sintió sorpresa y agradecimiento: el licor no hizo ningún esfuerzo por escapar de su estómago. En un instante volvió a repetirse el curioso fenómeno del calor. Tragó el resto de la bebida y pidió un nuevo cóctel. Hasta trató de sonreír. Curiosamente, no se le cayó la cara.
Con el segundo vaso todo mejoró. Morey se sentía contento y relajado, pero no borracho. Fueron a cenar de muy buen humor. Conversaron alegremente entre ellos y con Henry, y Morey tuvo incluso tiempo para sentir lástima por el pobre de Howland, que no funcionaba en el matrimonio, cuando el matrimonio era evidentemente una relación sencilla y fácil, tan beneficiosa para las dos partes, tan cálida y sedante...
Sobresaltado, Morey dijo:
–¿Qué?
Cherry repitió:
–Nunca había oído nada tan ingenioso. Un hombrecito tan raro. Tan nervioso, si me entiendes. Miró todo el tiempo hacia la puerta, como si esperara a alguien, pero eso era absurdo. Ninguno de sus amigos habría venido a nuestra casa a verlo.
–Cherry, ¡por favor! –dijo Morey, con voz tensa–. ¿Qué dijiste de estampillas de racionamiento?
–Ya te lo conté, querido. Fue en cuanto saliste esta mañana. Vino este hombrecito raro a la puerta; el mayordomo dijo que se negaba a dar su nombre. Lo atendí yo. Pensé que podía ser un vecino, y no quiero ser descortés con los vecinos, aunque este barrio...
–¡Estampillas de racionamiento! –suplicó Morey–. ¿Te oí decir que vendía estampillas de racionamiento falsas?
–Bueno, supongo que de algún modo son falsas –dijo Cherry, vacilante–. Según la explicación que me dio el hombrecito, aparentemente no son las estampillas oficiales corrientes. Pero eran cuatro por una, querido... cuatro de sus estampillas por una de las nuestras. Así que traje el libro y saqué las de un par de semanas y...
–¿Cuántas? –bramó Morey.
–La cuota de unas... unas dos semanas –dijo, desmayadamente–. ¿Hice mal, querido?
Morey sintió que todo daba vueltas y cerró los ojos.
–Las estampillas de un par de semanas –repitió–. Cuatro por una... ni siquiera te dio la cantidad habitual.
–¿Cómo lo podía saber? –gimió Cherry–. ¡Cuando vivía en casa nunca pasaban estas cosas! ¡No había desórdenes en la calle por los alimentos, ni esos robots horribles, ni hombrecitos sucios que llaman a la puerta!
Morey la miró impávidamente. Cherry estaba llorando otra vez, pero ahora ese llanto no afectaba la armadura que se había puesto sobre el corazón.
Henry hizo un sonido tentativo que en un ser humano habría sido una tos preparatoria, pero Morey lo detuvo con una mirada fulminante.
–Te voy a explicar qué es lo que hiciste –dijo Morey, con una voz monótona que apenas traspasaba el sonido de las lágrimas de Cherry–. Suponiendo, en el mejor de los casos, que esas estampillas que te dieron fueran por lo menos falsificaciones corrientes, y no tan mal hechas como para tener que tirarlas en seguida, tenemos aproximadamente dos meses de estampillas raras. Por si no lo sabes, esas libretas de racionamiento no son de adorno. Tenemos que entregarlas todos los meses para probar que hemos terminado nuestra cuota de consumo.
"Ellos las revisan. A todas las libretas les echan por lo menos una ojeada. Una gran cantidad es estudiada cuidadosamente por los inspectores, y un determinado porcentaje es analizado por rayos ultravioletas, rayos infrarrojos, rayos X, radioisótopos, descolorantes, vapores, cromatografía y cualquier otro maldito invento del hombre. –La voz de Morey subía en áspero crescendo.– Si por lo menos tenemos la fortuna de poder usar algunas de esas estampillas, no nos atreveremos, simplemente no podremos atrevemos a usar más de una o dos estampillas falsas por cada docena de las verdaderas.
"Todo esto significa, Cherry, que lo que compraste no podrá ser usado en dos meses sino, tal vez, en dos años... y como habrás ya notado, esas cosas tienen fecha de vencimiento; quizá no exista en el mundo la manera de poder usar más de la mitad. –Morey rugía cuando apartó la silla y se acercó a Cherry.– Además –prosiguió–, ahora mismo, en este mismo instante, tenemos que recobrar las estampillas que entregaste, lo cual significa que tendremos que consumir, en el mejor de los casos, raciones dobles durante unas dos semanas.
"Y eso sin contar un detalle de todo este espantoso lío en el que aparentemente no pensaste: ¡que las estampillas falsas son ilegales! Soy pobre, Cherry; vivo en un barrio de mala muerte, y lo sé; tengo mucho que recorrer hasta llegar a ser tan rico o respetado o poderoso como tu padre, de quien, dicho sea de paso, estoy oyendo hablar demasiado seguido, y empiezo ya a cansarme. Pero por pobre que yo sea, te puedo asegurar algo: que hasta ahora he sido siempre honesto.
Las lágrimas de Cherry dejaron de caer; tenía la cara pálida y los ojos secos, y miraba hacia el suelo cuando Morey terminó de hablar. Morey se había agotado; no le quedaba violencia en el cuerpo.
Miró sombríamente a Cherry un instante; luego se volvió sin decir una sola palabra y salió de la casa.
¡El matrimonio!, pensó, mientras cerraba la puerta.
Caminó durante horas, sin saber a dónde iba.
Lo que lo volvió a la realidad fue una sensación en el estómago que no había tenido en una docena de años. No era –Morey lo notó de pronto– producto de la borrachera. Era hambre, simple hambre.
Miró alrededor. Estaba en la Ciudad Vieja, a kilómetros de su casa, moviéndose entre gentes de clase baja. El sitio donde estaba era el barrio más atroz que había visto en su vida: había pagodas chinas junto a imitaciones de las capillas de Versailles; la cursilería estropeaba todas las fachadas; no había un edificio que no tuviese signos y luces brillantes.
Vio una deslumbrante casa de comidas, excesivamente decorada, llamada El Bullicioso Bacilo de Billie, y cruzó la calle y caminó hacia allí, esquivando la incesante marea de tráfico. El sitio apenas pretendía ser un restaurante, pero Morey no tenía ánimo para preocuparse. Encontró una silla debajo de una palmera en maceta, lo más lejos posible de las tintineantes fuentes y del conjunto de cuerdas robot, e hizo el pedido descuidadamente, sin fijarse en los precios de las raciones. Mientras el mozo se alejaba, deslizándose en silencio, Morey se dio cuenta de algo espantoso: no había traído la libreta de raciones. Lanzó un quejido, en voz alta; era demasiado tarde para salir sin provocar un alboroto. Pero después de todo –pensó, con rebeldía– una comida más fuera de las raciones ya no tenía importancia.
La comida lo hizo sentir mejor. Terminó el último profiteróle au chocolat sin siquiera dejar en el plato el tercio que permitía la tradición, y pagó la cuenta. El cajero robot tendió automáticamente la mano, esperando la libreta de raciones de Morey. Pero Morey, con aire de grandeza, dijo:
–Nada de estampillas.
Los cajeros robots no están hechos para mostrar sorpresa, pero ese casi lo consiguió. El hombre que esperaba detrás de Morey contuvo la respiración, y murmuró algo en voz baja acerca de la gente de los barrios bajos. Morey lo tomó como un elogio, y salió de allí sintiéndose casi de buen humor.
¿Como para volver a casa y a Cherry?, pensó seriamente, durante un segundo; pero no iba a fingir que se había equivocado, y Cherry seguramente no iba a admitir que ella había tenido la culpa.
Además, estaría dormida, sin duda. En ese sentido, aún en el mejor de los casos, Cherry siempre conseguía fastidiarlo: nunca había tenido problemas para dormir. Ni siquiera usaba su cuota de tabletas somníferas, aunque Morey le había hablado del asunto más de una vez. Pero, naturalmente, se lo había dicho de una manera tan discreta y amable (como corresponde a un recién casado) que quizá no había entendido siquiera que era una queja. Bueno, ¡eso no volvería a pasar!
Morey Fry, muy seguro y decidido, echó a andar por las calles de la Ciudad Vieja.
–Eh, Joe, ¿quiere pasar un buen rato?
Morey Fry volvió la cabeza. En su cara apareció una expresión de incredulidad.
–¡Usted otra vez! –rugió.
El hombrecito lo miró con verdadera sorpresa. De pronto, por su mirada cruzó una chispa de entendimiento.
–Ah, sí –dijo–. Esta mañana, ¿verdad? –Lanzó una risita compasiva.– Es una pena que no haya hecho usted el trato. Su mujer es mucho más lista. Usted me hizo enojar, Jack; por eso aumenté algo el precio.
–¡Cerdo! ¡Engañó a mi mujer! Ahora vamos a la comisaría más cercana y hablamos del asunto.
El hombrecito arrugó los labios.
–¿Ah, sí?
Morey asintió vigorosamente.
–¡Por supuesto! Y permítame decirle ...
Se interrumpió en la mitad de la amenaza al sentir que le ponían una mano grande en el hombro.
El dueño de la mano, un hombre proporcionadamente grande, dijo en un tono culto, con voz suave:
–¿Te molesta este caballero, Sam?
–Hasta ahora no –admitió el hombrecito–, Pero quizá lo haga, así que no te vayas.
Morey torció el hombro, liberándose de la presión de la mano.
–No piensen que van a usar conmigo la fuerza. Vamos todos a la policía.
Sam meneó la cabeza, incrédulo.
–¿Quiere decir que va a pedir la intervención de la ley en este asunto?
–¡Claro que sí!
Sam suspiró, apenado.
–¿Qué piensas de todo esto, Walter? Amenazar así a la mujer. A una dama tan agradable.
–¿De qué está hablando? –exigió Morey, lastimado en un punto sensible.
–Hablo de su mujer –explicó Sam–. Claro que yo no estoy casado. Pero si lo estuviera, y si mi mujer anduviera metida en algún tipo de actividad criminal, me parece que no llamaría a la policía. No, señor. Yo mismo trataría de arreglar el problema. ¿Sabe una cosa? –lo aconsejó–. ¿Por qué no lo habla con ella? ¿Por qué no le hace ver el error de...?
–Espere un minuto –lo interrumpió Morey–. ¿Quiere decir que usted metería a mi mujer en este asunto?
El hombre abrió las manos en un ademán de impotencia.
–No la metería yo, joven –dijo–. Ya se metió ella misma. Para cometer un crimen hacen falta dos personas. Yo vendo, quizá; no lo voy a negar. Pero, después de todo, vendo porque alguien compra, ¿no es así?
Morey lo miró furioso. Echó una rápida ojeada especulativa al corpulento Walter; pero Walter era tan grande como lo recordaba, así que por ese lado no se podía hacer nada. Tenía que olvidarse de cualquier posible violencia; tenía que olvidarse de la policía; con eso no quedaba ningún modo verdaderamente atractivo de aprovechar la buena suerte de haber encontrado otra vez al hombre.
–Bueno, me alegro de que se haya quitado eso de la cabeza –dijo Sam–. Y ahora, volviendo a mi pregunta original, ¿le gustaría pasar un buen rato? Me parece un tipo listo y creo que le interesaría conocer un sitio que hay aquí muy cerca.
–Así que usted también trabaja... –dijo Morey con amargura–. Es un hombre de verdadero talento.
–Sí, lo admito. El negocio de las estampillas anda un poco lento de noche, según mi experiencia. La gente está más preocupada por pasar un buen rato. Y, créame, un buen rato es lo que les puedo ofrecer. Por ejemplo este sitio del que le estaba hablando. Se llama Tío Piggotty, y es verdaderamente insólito. ¿No te parece, Walter?
–Ah, sí, totalmente de acuerdo –rugió Walter.
Pero Morey casi no prestaba atención.
–¿Dijo usted Tío Piggotty? –preguntó.
–Exacto –dijo Sam.
Morey arrugó el ceño, asimilando la idea. Tío Piggoty le sonaba como el sitio que había mencionado Howland en la planta; podía ser interesante.
Mientras trataba de decidirse, Sam le deslizó un brazo alrededor del suyo, y Walter le rodeó el otro amistosamente con una de sus manazas. Morey se notó avanzando de pronto.
–Le gustará –le prometió Sam, cómodamente–. Supongo que ya no está enojado por lo de esta mañana. Claro que no. Y si lo está, al entrar en Piggoty se le pasará en seguida. Es un lugar muy especial. Juro por lo que me pagan por traer clientes que si no creyese en las bondades de este sitio no trabajaría para ellos.
–¿Bailamos, Jack? –gritó la anfitriona por encima del ruido del bar. Dio un paso atrás, levantó el vuelo del vestido hasta los tobillos y ejecutó unos complicados pasos de baile.
Morey le respondió con otro grito:
–Me llamo Morey. Y no quiero bailar, gracias.
La anfitriona se encogió de hombros, arrugó intencionadamente el ceño hacia Sam y se alejó bailando.
Sam hizo señas al cantinero.
–Nosotros pagamos la primera vuelta –le explicó a Morey–. Luego no lo molestaremos más. A menos que usted lo desee, claro. ¿Le gusta el lugar? –Morey titubeó, y Sam no esperó la respuesta.– Un lugar interesante –gritó, y tomó el vaso que le había dejado el cantinero–. Hasta luego.
Sam y el hombre grande desaparecieron. Morey Fry miró cómo se iban, sin saber qué hacer; luego decidió no preocuparse. De todos modos ya estaba allí, y podía por lo menos tomar un trago. Hizo el pedido y miró alrededor.
Tío Piggotty era un antro de tercera categoría disfrazado –por lo menos en algunas partes– de club exclusivo para clases altas. El bar, por ejemplo, estaba diseñado para hacer pensar en líneas puras de madera clavada; pero debajo del tratamiento superficial, Morey detectó el complejo laminado del plástico terciado. Los tapices, que a primera vista parecían de cañamazo, eran en realidad elementos sintéticos esmeradamente tejidos. El motivo se repetía a lo largo de todas las paredes del bar.
Había empezado alguna clase de espectáculo, pero aparentemente nadie le prestaba atención. Durante unos segundos Morey se esforzó por escuchar a la maestra de ceremonias, y le pareció que el ingenio superaba en cierto modo el nivel vulgar. Había una hilera de desganadas coristas con largos pantalones fruncidos y sutienes diáfanos; una de ellas –Morey estaba casi seguro– era la anfitriona que le había hablado hacía apenas unos minutos.
Junto a Morey, un hombre le recitaba a una mujer madura:
¡Destruí la monstruosa roca!
¡Destruí el turgente tubo!
¡Destruí la ulcerada colina...!
–¡Eh, Morey! –se interrumpió el hombre–. ¿Qué haces aquí?
Volvió un poco más la cara y Morey lo reconoció.
–Hola, Howland –dijo–. Esta... esta noche tenía un poco de tiempo, y pensé...
Howland lanzó una risita.
–Bueno, parece que tu mujer es más liberal que la mía. Vamos, pide un trago.
–Gracias, ya pedí –dijo Morey.
–¡No te interrumpas, Everett! –La mujer clavó en Morey una mirada de tigresa.– Esa era una de tus cosas más hermosas.
–Ah, Morey ya escuchó mis poemas –dijo Howland–. Morey, te quiero presentar a una joven muy atractiva y talentosa. Tanaquil Bigelow. Morey trabaja conmigo en la oficina, Tan.
–Sí, es evidente –dijo Tanaquil Bigelow, con voz helada, y Morey retiró apresuradamente la mano que había empezado a tender.
La conversación se detuvo en ese punto: la mujer fría, Howland tranquilo y distraído, Morey preguntándose si, después de todo, la visita a Tío Piggotty había sido tan buena idea. Sorprendió la célula ocular del cantinero robot y pidió una vuelta para los tres; amablemente, debitó los tragos en la libreta de raciones de Howland. Cuando llegaron los tragos y Morey había decidido ya que no era una buena idea, la mujer empezó de pronto a deshelarse.
–Usted parece el tipo de hombre que piensa, Morey –dijo–, y me gusta hablar con ese tipo de hombre. Francamente, Morey, no tengo ninguna paciencia con los hombres estúpidos y simples que trabajan todo el día en la oficina y comen su cena todas las noches y dan vueltas y consumen como locos, ¿para qué? Veo que me entiende. El consumo, el consumo, siempre el consumo, ay, desde el día que nacen hasta ay el día que los entierran. ¿Y quién tiene la culpa, sino los robots?
En la superficie de la tersa tranquilidad de Howland empezó a asomar un dejo de preocupación.
–Tan –protestó–, a Morey quizá no le interesa la política.
La política, pensó Morey; bueno, eso era por lo menos un indicio. Mientras hablaba la mujer, había tenido la vertiginosa sensación de que él mismo era la pelota dentro de la máquina de juegos que había diseñado en el trabajo, ese mismo día. Si analizaba la conversación de la mujer quizá encontraría ideas útiles para recorridos, curvas y obstáculos.
–Sí, señorita Bigelow –dijo, mintiendo sólo a medias–; continúe, por favor. Estoy muy interesado.
Tanaquil Bigelow sonrió; de pronto la cara se le transformó en una espantosa mueca. Morey echó el cuerpo hacia atrás, pero evidentemente la mueca no era para él.
–¡Robots! –siseó Tanaquil–. Dicen que trabajan para nosotros, ¿no es así? ¡Ja! Nosotros somos sus esclavos, esclavos todos los minutos de todos los miserables días de nuestra vida. ¡Esclavos! ¿Le gustaría unirse a nosotros y ser libre, Morey?
Morey se escudó detrás del vaso. Hizo un expresivo ademán con la mano libre... sin tener la menor idea de lo que podía estar expresando, porque se sentía totalmente perdido. Sin embargo, la mujer pareció satisfecha.
–¿Sabía –dijo, acusadora– que más de las tres cuartas partes de los habitantes de este país han sufrido un colapso nervioso en los últimos cinco años y cuatro meses? Que más de la mitad están bajo constante tratamiento de psiquiatras porque sufren de psicosis: no una simple neurosis como la de mi marido, o la de Howland o la suya, sino psicosis. Como la mía. ¿Lo sabía? ¿Sabía que el cuarenta por ciento de la población es esencialmente maníaco depresiva, el treinta y uno por ciento es esquizoide, el treinta y ocho por ciento sufre de una mezcla de variables perturbaciones psicogénicas, y el veinticuatro por ciento...
–Un minuto, Tan –la interrumpió Howland, críticamente–. Metiste demasiados porcentajes. Empieza de nuevo.
–Oh, al infierno con los porcentajes –dijo la mujer, de mal humor–. Ojalá estuviera aquí mi marido. El se expresa tanto mejor que yo. –Tanaquil vació el vaso de un trago.– Ya que logró soltarse del anzuelo –le dijo a Morey, en tono ofensivo–, ¿qué le parece si tomamos otra vuelta... esta vez por cuenta de mi libreta de raciones?
Morey aceptó; dentro de tanta confusión era muy sencillo aceptar. Cuando terminaron la bebida, pidieron otra vuelta, y la debitaron en la libreta de Howland.
Aparentemente la mujer, su marido y quizá Howland pertenecían a alguna clase de grupo antirobot. Morey había oído hablar de esos grupos, que tenían casi existencia legal, y no eran aprobados ni prohibidos, pero nunca había entrado en contacto con ellos. Al recordar el odio que había liberado en la sesión de psicodrama, pensó con impaciencia que tal vez debería entrar en uno. Pero a pesar de todas sus preguntas no consiguió retener en la mente los principios de la organización.
La mujer finalmente renunció a tratar de explicarlos, y fue a buscar a su marido mientras Morey y Howland tomaban otro trago y escuchaban a dos borrachos que discutían sobre quién pagaba la vuelta siguiente. Habían alcanzado el estado Alphonse-Gastón de embriaguez; lo lamentarían cuando llegase la mañana: los dos hacían ademanes para permitir que el otro pagase los puntos de ración. Morey pensó incómodamente en sus propios puntos; esa noche Howland se estaba adjudicando una gran parte de lo que él bebía. Naturalmente, se lo merecía, por haber olvidado la libreta.
Cuando apareció la mujer, venía con el hombre corpulento que Morey había encontrado en compañía de Sam, el falsificador y hombre orquesta de la Ciudad Vieja.
–Qué pequeño es el mundo, ¿verdad? –rugió Walter Bigelow, aplastando apenas la mano de Morey dentro de la suya–. Bueno, señor, mi mujer me contó lo interesado que está usted en las tendencias filosóficas que impulsan nuestro movimiento, y me gustaría hablar más del asunto con usted. Para empezar, señor, ¿ha considerado usted el principio de la Dosidad?
–Bueno... –dijo Morey.
–Muy bien –dijo Bigelow, cortésmente. Se aclaró la garganta y recitó:
En Catay lo vieron primero,
brillando tanto como un lucero;
de hombre y mujer le dieron forma mortal,
al cegador torbellino espiral:
Yang
y Ying.
Se encogió de hombros, con desaprobación. –Sólo la primera estrofa –dijo–. No sé si habrá entendido mucho.
–Bueno, no demasiado –admitió Morey.–Segunda estrofa –anunció Bigelow, con voz firme:
Hegel lo vio, lo vio bien claro;
Marx se acercó, casi lo tocó con la mano;
allí estaba, en el camino por donde iba,
otra vez patas arriba:
Yang
y Ying.
Hubo una expectante pausa.
–Yo... bueno... –dijo Morey.
–Redondea la idea, ¿no le parece? –preguntó la mujer de Bigelow–. ¡Ah, si los demás lo vieran tan claro como usted! El robot peligro y el robot salvador. Inanición y hartazgo. Siempre, siempre la dosidad.
Bigelow palmeó a Morey en el hombro.
–La próxima estrofa aclara aún más la idea –dijo–. Es una estrofa muy ingeniosa... aunque no soy yo el más indicado para decirlo, pero como también es obra de Howland... Howland me ayudó a rimarla. –Morey miró de reojo a Howland, que cuidadosamente había apartado la vista.– Tercera estrofa –dijo Bigelow–. Ésta es difícil porque es larga, así que preste atención.
Justicia, por un peso en tu ciega balanza;
un platillo desciende, y el otro a subir empieza.
–Howland –se interrumpió Bigelow–, ¿estás seguro de que esta rima funciona? Siempre tropiezo al llegar aquí. Bueno, prosigamos:
A y B no suman muchos puntos;
sin embargo están juntos.
Luego la Dosidad
que hay hasta en la electricidad.
Todas las cosas que existen
de reciprocidad se visten.
Macho y hembra, obscuridad y sombra:
¡así son las parejas que Noé nombra!
¡Yang
y Yin!
–¡Amor mío! –gritó la mujer de Bigelow–. ¡Nunca te había salido tan bien!
Se oyeron unos aplausos, y Morey se dio cuenta por primera vez de que la mitad del bar había dejado de hacer ruido para escucharlos. Bigelow era sin duda una figura muy conocida en ese sitio.
–Nunca había oído nada parecido –dijo Morey, con voz débil.
Se volvió hacia Howland, sin saber bien qué hacer. Howland dijo:
–¡Un trago! Lo que necesitamos ahora es un trago.
Pidieron una vuelta y la cargaron a la libreta de Bigelow.
Morey llevó a Howland aparte y le preguntó:
–Oye, ¿esta gente está loca?
–No. Claro que no –dijo Howland, un poco ofendido.
–¿El poema ese significa algo? ¿El asunto ese de la dosidad significa algo?
Howland se encogió de hombros.
–Para ellos sí. Ellos son filósofos, Morey. Ven la esencia de las cosas. Es para mí un privilegio poder estar vinculado a ellos.
Pidieron otro trago. Que fue debitado en la libreta de Howland, naturalmente.
Morey llevó a Bigelow a un rincón un poco más tranquilo.
–Dejando un momento de lado eso de la dosidad, ¿qué pasa con los robots?
Bigelow lo miró con ojos muy redondos.
–¿No entendió el poema?
–Sí, por supuesto. Pero hágame un resumen sencillo para que se lo pueda contar a mi mujer.
Bigelow estaba radiante.
–Es sobre la dicotomía de los robots –explicó–. Es como el pequeño molino de sal que quería aquel niño: el molino molía y molía y molía sal. El niño quería sal, pero no tanta sal. Whitehead lo explica muy bien...
Tomaron otro trago con la libreta de Bigelow.
Morey le hizo una seña con la mano a Tanaquil Bigelow.
–Oiga, señora Walter Tanaquil Brazofuerte Bigelow –dijo, arrastrando las palabras–. Oiga.
Tanaquil le sonrió afectadamente.
–Pelo castaño –dijo ella, con mirada soñadora.
Morey meneó la cabeza con energía.
–No me interesa el pelo. No me interesa el poema. Oiga. Explíqueme, con palabras pre-ci-sas y éle-men-ta-les, qué es lo que falla hoy en el mundo.
–Hay poco pelo castaño –dijo Tanaquil.
–¡No me interesa el pelo!
–Está bien –aceptó ella–. Demasiados robots. Demasiados robots que producen demasiado de todo.
–¡Ah! ¡Ya sé!,–exclamó Morey, con voz triunfante–. ¡Librémonos entonces de los robots!
–Oh, no. ¡No! ¡No! No. No habría más comida. Todo está mecanizado. No podemos librarnos de ellos; no podemos aminorar la producción, porque eso significaría una muerte lenta; detener la producción significaría una muerte más rápida. El principio de la dosidad es un concepto que clarifica...
– ¡No! –dijo Morey, violentamente–. ¿Qué es lo que debemos hacer?
–¿Lo que debemos hacer? Le diré qué es lo que debemos hacer, si eso es lo que quiere. Se lo diré.
–Dígamelo.
–Lo que debemos hacer es... –Tanaquil hipó con refinada consternación– tomar otro trago.
Tomaron otro trago. Morey, galantemente, dejó que ella pagase, por supuesto. Ella, nada galantemente, discutió con el cantinero la cantidad de puntos que le había debitado en la libreta.
Morey no era un gran bebedor, pero hizo todo lo posible para serlo. Se esforzó de veras.
También pagó por eso un buen precio. Un poco antes de que sus miembros dejaran de moverse, su mente dejó de funcionar. Todo lo que recordaba de la noche era un calidoscopio de gente y sitios y cosas. Howland estaba allí, borracho como una cuba, vergonzosamente borracho; Morey recordaba haber pensado eso mientras miraba a Howland desde el suelo. Los Bigelow estaban allí. Su mujer, Cherry, solícita y divertida, estaba allí. Y lo más extraño de todo, Henry estaba allí.
Era muy, muy difícil de reconstruir. Morey dedicó a ese esfuerzo toda la mañana siguiente a la borrachera. Por algún motivo era importante reconstruir todo. Pero Morey ni siquiera podía recordar cuál era ese motivo; y finalmente, convencido de que había resuelto el secreto de la dosidad o que la notable figura de Tanaquil Bigelow era natural, decidió olvidar el asunto.
Sin embargo, sabía que había despertado en su propia cama, aunque no recordaba haberse acostado en ella. En realidad no recordaba casi ninguna cosa que encajase en un orden cronológico o que tuviese algún sentido, a partir del duodécimo trago, cuando él y Howland, abrazados, compusieron un nuevo verso sobre la dosidad y, plagiando una vieja marcha, lo aullaron sobre el estrépito del bar:
Una dosidad tan buena como la mejor
existe en tu refrigerador.
Debes calentar tu casa y aislarla.
Luego la comida: tienes que refrigerarla.
El hielo las espirales cubrirá
y sólo el calor las limpiará.
¿Lo ves ahora? Calor en el frío
en el calor en el frío, ¡así es este lío!
Garabato sagrado y gigante:
¡oh, la dosidad de cada instante!
¡Yang
y Yin!
Por lo menos en su momento le pareció que tenía sentido.
Si el alcohol le abría los ojos a Morey al hecho de que existía una dosidad, quizá era precisamente alcohol lo que necesitaba. Porque existía una dosidad.
Llamémosle dicotomía, si esta palabra nos suena más conocida. Una especie de lucha a dos puntas, la lucha de dos infatigables corredores en una competencia de inmortales. Está el refrigerador dentro de la casa. El aire frío, la burbuja de aire calentado que es la casa, la burbuja de aire enfriado que es el refrigerador, la momentánea burbuja de aire calentado que la descongela. Al calor llamémosle Yang. Al frío llamémosle Yin. Yang alcanza a Yin. Luego Yin pasa a Yang. Luego Yang pasa a Yin. Luego...
Démosles otros nombres. A Yin llamémosle boca; a Yang llamémosle mano.
Si la mano descansa, la boca no come". Si la boca se detiene, la mano muere. La mano, Yang, es más rápida.
Yin no puede quedarse atrás.
Luego a Yang llamémosle robot.
Y recordemos que una tubería tiene dos puntas.
Como todos los que salen de una fuerte borrachera, Morey se preparó para las consecuencias, y descubrió, asustado, que no pasaba nada.
Cherry lo sorprendió.
–Estabas tan divertido –dijo ella, con una risita–. Y tan romántico.
Todavía mareado, Morey tragó el café del desayuno.
El personal de la oficina rugió y le palmeó la espalda.
–¡Howland nos dijo que te estuviste dando la gran vida! –bramaron, usando casi todos las mismas palabras–. Eh, oigan lo que hizo Morey: salió una noche a divertirse, ¡y ni siquiera llevó consigo la libreta de racionamiento para pagar!
Todos pensaban que era una broma maravillosa.
Las cosas andaban bien. Cherry se había reformado tanto que costaba reconocerla. Bueno, todavía odiaba salir de noche, y Morey nunca la veía hacer ningún esfuerzo para tragar una comida indeseada o para participar en juegos que no le gustaban. Pero una tarde, mientras limpiaba la despensa, descubrió, con incrédulo deleite, que estaban adelantados en el consumo de las cuotas. En realidad, algunas cosas ya se habían acabado: ¡las provisiones de un mes, o más todavía, habían sido consumidas antes de fecha!
Y no era obra de las estampillas falsas, porque las había encontrado antes escondidas detrás de un baño de María y las había quemado. Trató de encontrar el modo de felicitarla, pero triunfó la cautela. Era muy sensible al tema; lo mejor era no meterse.
Y la virtud tuvo su recompensa.
Wainwright, puras sonrisas, lo llamó a su escritorio.
–¡Morey, hay grandes noticias! Todos apreciamos aquí su trabajo, y podemos demostrarlo de un modo más tangible que con felicitaciones. No quería decir nada hasta que hubiese algo concreto, pero... Clasificación y la Junta de Racionamiento revisaron su posición. ¡Morey, ya no pertenece más a la Clase Cuarta Inferior!
Con voz trémula, casi sin atreverse a ninguna esperanza, Morey preguntó:
–¿Soy plena Clase Cuatro?
–Clase Cinco, Morey. ¡Clase Cinco! Cuando hacemos algo, lo hacemos bien. Elevamos un pedido muy especial, y nos escucharon: usted ha saltado por encima de toda una clase. –Con sinceridad, agregó:– No quiero decir que nuestro apoyo haya conseguido todo eso, por supuesto. Su reciente y espléndida historia como consumidor ha tenido mucho que ver. ¡Ya le dije que lo podía lograr!
Morey tuvo que sentarse. No escuchó el resto de lo que dijo Wainwright, pero seguramente no tenía importancia. Escapó de la oficina, evitó el grupo de compañeros de trabajo que lo esperaban para felicitarlo y buscó un teléfono.
Cherry quedó tan embelesada y tan muda como él.
– ¡Oh, querido! –fue todo lo que consiguió decir.
–Y no lo habría podido lograr sin ti –balbuceó él–. Lo dijo el mismo Wainwright. Dijo que si no fuera por el modo en que nosotros... bueno, por el modo en que tú cumpliste con el consumo de raciones, nunca habríamos conseguido esto de la Junta. Hace tiempo que quiero decirte algo acerca de este asunto, querida, pero nunca supe cómo hacerlo. Te lo agradezco, eso es todo. Además... ¿Hola? –Hubo un curioso silencio del otro lado de la línea.– ¿Hola? –repitió Morey, preocupado.
–Morey Fry –dijo Cherry con voz tensa, dominándose–, eres muy malo. Ojalá no hubieras estropeado con esto las buenas noticias.
Y colgó.
Morey se quedó mirando el teléfono con la boca abierta.
Howland apareció detrás de él, ahogando una risita.
–Las mujeres –dijo–. Nunca trates de entenderlas. De todos modos, felicitaciones, Morey.
–Gracias –mumuró Morey.
Howland tosió y dijo:
–Bueno... a propósito, Morey, ahora que eres uno de los tipos importantes, digamos, supongo que no te verás en la obligación de... de contarle a Wainwright alguna cosa que yo pueda haber dicho mientras...
–Discúlpame –dijo Morey, sin escucharlo, apartándolo con la mano. Echó a andar, pensando en Cherry. Tenía muchas ganas de llamarla otra vez, de correr a casa y ver cuál era el disparate que había dicho. La había tocado en un punto sensible. !
Pero el reloj de pulsera le estaba anunciando que se acercaba su cita psiquiátrica de la semana.
Morey suspiró. El día da y el día quita. Bendito el día que sólo da cosas buenas, si es que decide dar algo.
La sesión fue mala. Morey llegó a la conclusión de que muchas de las sesiones habían sido malas; últimamente los doctores no hacían más que reunirse en grupos –que lo excluían a él– y hablar en voz baja: escarbaban y sondeaban los sitios obscuros, en vez de aplicar la cirugía precisa a la que estaba acostumbrado. Algo andaba mal, pensó...
Se lo confirmó Semmelweiss cuando terminó la sesión. Al marcharse los otros doctores, le pidió a Morey que se quedase para una conversación privada. Usando incluso su propio tiempo: ni siquiera pidió los honorarios habituales de sus raciones. Eso le dio a Morey una idea de la importancia del problema.
–Morey –dijo Semmelweiss–, usted se está resistiendo al tratamiento.
–No es esa mi intención, doctor –dijo Morey, tratando de ser convincente.
–Quién sabe cuál es su "intención". Una parte suya quiere seguir adelante. Hemos escarbado bastante profundamente y hemos encontrado algunas cosas importantes. Pero hay algo que no puedo precisar. Explorar la mente, Morey, es como enviar a alguien a un territorio poblado por caníbales. Los caníbales no se ven... hasta que es demasiado tarde. Pero si enviamos a un explorador a la selva y no aparece por el otro lado, lo más lógico es suponer que algo le ha obstaculizado el paso. En ese caso al obstáculo lo llamamos "caníbales". En el caso de la mente al obstáculo lo llamamos "trauma". La naturaleza del trauma, o sus posibles influencias sobre el comportamiento, habrá que estudiarlos una vez que ya sepamos que el trauma está allí.
Morey asintió. Todo eso le resultaba conocido; no entendía a dónde quería llegar Semmelweiss.
Semmelweiss lanzó un suspiro.
–El problema para curar traumas y penetrar en bloqueos psíquicos y liberar las inhibiciones... el problema con todo lo que intentamos los psiquiatras, en realidad, es que no podemos hacer nada muy bien. Un hombre inhibido es un hombre que sufre tensiones. Tratamos de liberarlo de las tensiones. Pero si nos acompaña un éxito total, y no le dejamos ninguna inhibición, tenemos a un hombre fuera de la ley, Morey. Las inhibiciones son a veces necesarias para la sociedad. Imaginemos por un instante a un hombre que no tuviese inhibiciones frente al derroche. Usted sabe que eso podría ocurrir. Imaginemos que en vez de consumir su cuota de un modo ordenado y responsable hiciera cosas como incendiar su casa o arrojar al río los alimentos que le han asignado.
"Cuando sólo lo hacen unos pocos individuos, tratamos a esos individuos. Pero si ocurriera a nivel masivo, Morey, el problema acabaría con la sociedad como la conocemos. Piense en todos los hechos antisociales que ve en los diarios. Hombre pega a su mujer; mujer se vuelve harpía; joven rompe ventanas; marido inicia confusión con mercado negro de estampillas. Y todos nacen de una debilidad básica de las defensas de la mente contra el fenómeno antisocial más importante: la falta de consumo.
Morey estaba furioso.
–¡Eso es injusto, doctor! ¡Hace semanas que ya no ocurre! Últimamente nos estuvimos esforzando. Más aún, la Junta acaba de recomendarme...
–¿Por qué se pone tan violento, Morey? –dijo el doctor, con voz suave–. Sólo hice una observación general.
–Es natural sentirse ofendido si a uno lo acusan.
El doctor se encogió de hombros.
–Primero, antes que nada y por sobre todas las cosas, no acusamos de nada a los pacientes. Tratamos de ayudarlos a descubrir cosas. –Encendió el cigarrillo de cierre de sesión.– Piense en eso, por favor. Lo veré la semana próxima.
Cherry estaba tranquila pero parecía inaccesible. Lo besó con aire distante cuando él llegó a la casa.
–Llamé a mamá –dijo– y le di la buena noticia. Ella y papá prometieron venir aquí a celebrarla.
–Ah, sí –dijo Morey–. Amor mío, ¿qué tontería dije cuando llamé por teléfono?
–Estarán aquí a las seis.
–Sí, claro. Pero ¿qué dije? ¿Tuvo que ver con las raciones? Si eso te molesta, juro no volver a hablar del tema.
–Sí me molesta, Morey.
–Lo siento –dijo Morey, desesperado–. Sólo quería...
Se le ocurrió una idea mejor. La besó.
Al principio Cherry fue pasiva, pero no durante mucho tiempo. Cuando terminó de besarla, ella lo empujó con las manos y lanzó una risita.
–Tengo que vestirme para la cena.
–Sí, por supuesto. Yo solamente...
Cherry le puso un dedo en los labios.
La dejó ir; se sentía ya menos tenso, y caminó hasta la biblioteca. Lo esperaban los diarios de la tarde. Virtuosamente, se sentó y comenzó a leerlos por orden. Cuando llegó a la mitad del World-Telegram-Sun-Post-and-News llamó a Henry.
Morey terminó la sección teatral del Times-Herald-Tribune-Mirror antes de que apareciese el robot.
–Buenas noches –dijo el robot, cortésmente.
–¿Por qué tardaste tanto? –exigió Morey–. ¿Dónde están los otros robots?
Los robots no tartamudean, pero hubo una pausa nítida antes de que Henry contestase:
–En el sótano, señor. ¿Los necesita para algo?
–No. Pero no los he visto por ahí. Tráeme una bebida. Henry titubeó.
–¿Whisky, señor?
–¿Antes de la cena? Tráeme un Manhattan.
–Se nos acabó el vermouth, señor.
–¿Todo? ¿Me puedes explicar cómo hicimos?
–Fue usado todo, señor.
–Eso es ridículo –dijo Morey–. Nunca hemos quedado sin licor en toda nuestra vida, y lo sabes muy bien. Dios mío, hace apenas unos días que entró la partida de este mes, y la verdad es que yo...
Se interrumpió. Mientras miraba a Henry pasó por sus ojos un repentino destello de horror.
–¿Usted la verdad qué, señor? –lo incitó el robot.
Morey tragó saliva.
Henry, ¿hice... hice algo que no debía?
–Señor, no me corresponde a mí decir qué es lo que debe hacer o dejar de hacer.
–Ah, claro –coincidió Morey, sombríamente.
Allí sentado, rígido, miró un rato el vacío, sin ninguna esperanza, recordando. Lo que recordó no era nada agradable.
–Henry –dijo–. Acompáñame, vamos a bajar al sótano. ¡Ahora mismo!
La culpa la había tenido la observación de Tanaquil Bigelow sobre los robots. Demasiados robots hacen demasiado de todo.
Eso había plantado la idea; la idea germinó en la casa de Morey. Bastante borracho, menos inhibido que de costumbre, el problema le había parecido claro y la respuesta obvia.
Miró alrededor con obscura preocupación. Su propio robot, siguiendo sus propias órdenes, impartidas algunas semanas antes...
–Es exactamente lo que usted nos dijo que hiciésemos, señor –explicó Henry.
Morey lanzó un gemido. Veía un espectáculo de incomparable actividad; un escalofrío le subió y le bajó por la espina dorsal.
Allí estaba el mayordomo robot, trabajando duramente, sin ninguna expresión en su cara cobriza. Vestido con los pantalones deportivos y los zapatos de golf del propio Morey, el robot lanzaba una pelota contra la pared, la colocaba de nuevo y la volvía a golpear con los palos que Morey usaba para jugar al golf. Hasta que la pelota se gastó y el robot la cambió por otra; y los mangos de los palos se torcieron; y las apretadas costuras de la ropa comenzaron a estirarse y a ceder.
–¡Dios mío! –dijo Morey, incrédulo.
Allí estaban las doncellas robots, exquisitamente vestidas con las mejores ropas de Cherry, caminando de un lado a otro con los pequeños y delicados zapatos, sentándose y levantándose e inclinándose y girando. Los cocineros robots y los sirvientes robots preparaban comidas dionisíacas.
Morey tragó saliva.
–Han estado haciendo esto todo el tiempo –le dijo a Henry–. Por eso consumimos la totalidad de las cuotas.
–Ah, claro, señor. Como nos lo pidió usted.
Morey tuvo que sentarse. Un sirviente robot se acercó amablemente con una silla traída de arriba para el cumplimiento de las nuevas tareas.
Derroche.
Morey saboreó la palabra entre los labios.
Derroche.
Uno no derrochaba las cosas. Uno las usaba. Si era necesario uno se esforzaba hasta el agotamiento para usarlas; cada instante era un peso y cada hora un tormento, hasta que un día, gracias al incansable consumo y/o mérito en el trabajo, llegaba la recompensa del ascenso a una clase superior, y el permiso para consumir menos frenéticamente. Pero uno no destruía ni malgastaba. Uno consumía.
Asustado, Morey pensó: Cuando la Junta descubra esto...
Pero –recordó– la Junta no había descubierto nada. Todavía le podía llevar algún tiempo, porque los humanos, después de todo, nunca entraban en los sitios donde estaban los robots. No existía ninguna ley que lo prohibiese, ni siquiera una sacrosanta costumbre. Simplemente no había motivos para hacerlo. Cuando se producía alguna rotura, cosa poco frecuente, venían los robots de mantenimiento o cuadrillas de reparación y arreglaban el problema. Generalmente, los seres humanos ni siquiera se enteraban de lo que había sucedido, porque los robots usaban sus propios circuitos radiales de CER, y el proceso era casi automático.
–Henry, tendrías que haberme contado... –dijo Morey, acusadoramente–. Quiero decir, tendrías que habérmelo recordado.
–¡Pero, señor! –protestó Henry–. Me dijo "que no se entere un alma viviente". Fue una orden directa.
–Ah. Bueno, que todo siga así. Yo... bueno, tengo que volver arriba. Que el resto de los robots empiecen a preparar la cena.
Morey salió de allí bastante incómodo. La cena de celebración del ascenso de Morey fue difícil. A Morey le gustaban los padres de Cherry. El viejo Elon, después de las investigaciones prematrimoniales que todo padre debe realizar sobre el pretendiente de su hija, dedicó sus esfuerzos a la tarea de la adaptación. Los viejos eran buenos en el sentido de que no se metían en sus cosas y no molestaban con su posición social superior; además, los ayudaban en el presupuesto: por lo menos una vez a la semana podían contar con ellos para una buena comida, y la señora Elon había rehecho más de una vez algunos vestidos nuevos de Cherry, para adaptarlos a su propio cuerpo hasta el punto de usar todos los adornos de puntaje alto. Y con los regalos de bodas, cuando se casaron Morey y su hija, se habían portado maravillosamente. Ningún miembro de la familia de Morey había aceptado más de un juego de plata o unas pocas piezas de cristal para la mesa. ¡Los Elon habían llegado con la deslumbrante promesa de aceptar un coche, un baño de pájaros para instalarlo en el jardín y un juego completo de muebles para la sala! Naturalmente, ellos lo podían hacer: tenían que consumir tan poco que un regalo de tal magnitud no significaba para ellos un gran esfuerzo. Pero Morey sabía que sin su ayuda en los primeros meses de matrimonio todo habría sido más penoso.
Pero esa noche particular a Morey le costaba sentirse bien con cualquiera. Respondía con monosílabos; apenas emitió un gruñido cuando Elon propuso un brindis por su ascenso y su brillante futuro. Estaba preocupado.
Y no le faltaban razones. A pesar de sus investigaciones y sus razonamientos, no encontraba en su memoria ninguna pista que le indicase cuál podría ser el castigo por lo que había hecho. Pero tenía la malsana certeza de que pronto habría problemas.
Morey le dio tantas vueltas al asunto que lo invadió una especie de anestesia. Después de la cena, cuando él y su suegro estaban tomando el brandy, más o menos volvió a funcionar.
Elon, por primera vez desde que lo conocía Morey, le ofreció uno de sus cigarros.
–Eres Grado Cinco. Supongo que ahora podrás fumar algo de los demás.
–Sí –dijo Morey, de mal humor.
Hubo un momento de silencio. Entonces Elon, tan puntilloso como cualquier acompañante robot, tosió y volvió a probar.
–Recuerdo haberme sentido enfermo hasta que llegué al Grado Cinco –dijo, intencionadamente–. El consumo mantiene a un hombre en movimiento, claro. Las cosas se me acumulaban en la oficina, no las podía terminar, y al mismo tiempo se me acumulaban los puntos de ración. Y el consumo está primero, naturalmente: es el deber fundamental del ciudadano. Mi mujer y yo nos sentíamos bastante apenados, pero una pareja que cuida el matrimonio se esfuerza y cumple con su deber, ¿no es así?
Morey reprimió un estremecimiento, pero pudo asentir.
–Lo mejor que tiene el ascenso –prosiguió Elon, como si hubiera obtenido una respuesta satisfactoria– es que después no hay que perder tanto tiempo consumiendo; se puede dedicar más tiempo al trabajo. El mayor lujo del mundo, el trabajo. Ojalá conservara todavía el vigor de los jóvenes. Para mí cinco días semanales en la corte son casi el máximo que me puedo permitir. Llegué a seis durante un tiempo, y descansé por primera vez en mi vida, pero el médico me obligó a reducir ese tiempo. Dijo que no podemos abusar de los placeres. Tú desde ahora vas a trabajar dos días a la semana, ¿verdad? Morey asintió de nuevo.
Elon chupaba con fuerza el cigarro, mirando a Morey con ojos brillantes. Parecía perplejo, y Morey, a pesar de su ofuscamiento, reconoció el momento exacto en que Elon cometió el error.
–Ah, ¿todo anda bien entre tú y Cherry? –preguntó diplomáticamente. –¡Muy bien! –exclamó Morey–. ¡No podría andar mejor!
–Excelente, excelente. –Elon cambió de tema; casi se oyó un ruido de engranajes.– Hablando de la corte, el otro día tuve un caso interesante. Un tipo joven, uno a dos años menor que tú, supongo, llegó con la Sección Noventa y Siete. ¿Sabes que es la Sección Noventa y Siete? ¡Violar y entrar!
–Violar y entrar –repitió Morey, sorprendido, interesado a pesar de sí mismo–. ¿Violar y entrar dónde?
–En casas. Es un calificativo antiguo: la ley está plagada de estos términos. Originalmente se refería al robo de cosas. Descubrí que todavía se refiere a lo mismo.
–¿Usted quiere decir que robó algo? –le preguntó Morey, perplejo.
–¡Exacto! Robó. Es la cosa más rara que he encontrado. Lo comenté después con uno de sus abogados; para él también era algo nuevo. Parece que ese muchacho tenía una novia, una chica agradable pero un poco gordita. Le interesaba el arte.
–Eso no tiene nada de malo –dijo Morey.
–Ella tampoco. No hacía nada. Ni siquiera estaba muy enamorada del muchacho. No quería casarse con él. El muchacho empezó a pensar en cosas para hacerla cambiar de idea y... bueno, ¿conoces el Mondrian grande que hay en el museo?
–Nunca he estado en el museo –dijo Morey, un poco turbado.
–Mm. Tendrías que probar alguna vez. Bueno, el otro día, al llegar la hora de cierre en el museo, se escabulló adentro este muchacho Y robó el cuadro. Así como lo oyes: robó el cuadro. Se lo llevó a la chica.
Morey meneó la cabeza; tenía una mirada inexpresiva.
–Nunca en mi vida había oído algo parecido.
–Pocos han oído de cosas semejantes. A propósito, la chica no lo quiso recibir. Se asustó cuando vio el cuadro. Quizá avisó a la policía. Alguien lo hizo. Tardaron tres horas en encontrarlo, a pesar de que estaba colgado en una pared. Pobre muchacho. Tenía una casa de cuarenta y dos habitaciones.
–¿Y eso estaba penado por la ley? –preguntó Morey–. Me parece que es lo mismo que castigar a alguien porque respira.
–Claro que estaba penado. Es una ley vieja, naturalmente. Lo rebajaron dos grados. El castigo habría sido mayor pero, Dios mío, ya era Grado Tres antes de la condena.
–Sí –dijo Morey, humedeciéndose los labios–. Dígame, papá...
–¿Mm?
Morey carraspeó.
–Quisiera saber cuál es la pena... La pena por cosas como... por ejemplo, malgastar las raciones y cosas de ese tipo.
Elon alzó las cejas.
–¿Malgastar las raciones?
–Supongamos que usted tiene una ración de licor, y en vez de bebería la tira por el sumidero...
Elon arrugó el ceño.
–Es curioso –dijo–, pero estaba convencido de que yo era más tolerante. Por alguna causa, lo que acabas de decir no me resulta divertido.
–Lo siento –graznó Morey.
Lo sentía de veras.
Quizá fuera deshonesto, pero le hacía mucho bien, porque pasaban los días y aparentemente nadie descubría el secreto. Cherry era feliz. Wainwright encontraba a cada rato la ocasión de palmearle la espalda a Morey. El salario del pecado había resultado ser la prosperidad y la felicidad.
Hubo un mal momento cuando Morey volvió a casa y encontró a Cherry supervisando a un grupo de robots que empaquetaban las cosas; la casa nueva, adecuada a su nuevo grado, estaba preparada, y se suponía que se mudarían a ella al día siguiente. Pero Cherry no había estado en el sótano, y Morey había ordenado a los robots que recogiesen las pruebas de su actividad antes de que llegasen los empaquetadores.
Para la medida de Morey la nueva casa era puro lujo.
Sólo tenía quince cuartos. Morey había conservado un robot más de lo exigido para Clase Cinco, y lo habían compensado con una reducción en el tamaño de la casa.
Sin embargo, el sitio de los robots estaba ahora menos aislado que en la casa vieja, y eso era una desventaja. Más de una vez Cherry se había apretado contra él en la deliciosa intimidad de la cama solitaria dentro del único dormitorio y le había dicho, con tímida curiosidad: "Ojalá dejaran de hacer ese ruido." Y Morey prometía entonces hablar con Henry por la mañana. Pero nada tenía que decirle a Henry, por supuesto, si no era ordenarle que detuviese el infatigable consumo que se extendía las veinticuatro horas del día y que los mantenía siempre delante (pero nunca lo suficiente) del inexorable aumento semanal de las cuotas.
Pero, aunque Cherry podía sentir de vez en cuando un instante de curiosidad acerca de lo que hacían los robots, no era nada probable que sospechase la verdad. Su educación jugaba por primera vez a favor de Morey: Cherry sabía tan poco del consumo, ese peso obsesivo de las clases bajas, que casi no notaba que ahora los apremiaba menos. A veces Morey casi se sentía relajado. Pensaba en muchas tareas ingeniosas para los robots, y los robots obedecían inexpresivamente. Morey había triunfado.
No todo era fácil. Morey pasó un momento de nervios cuando recibió en el correo el informe trimestral de consumo. A medida que se acercaba el día en que la Junta de Racionamiento examinaría el grado de uso de todo lo que él había descartado, Morey comenzó a transpirar. La ropa y el mobiliario y los enseres que los robots habían consumido por él estaban casi deshechos. Y el consumo tenía que parecer verosímil: ninguna persona normal haría un agujero en las rodillas de los pantalones, como lo había hecho Henry en el traje antes de que Morey le ordenase detenerse. ¿Lo investigaría la Junta?
Y peor aún, ¿existiría algo en el modo en que los robots consumían las cosas que pudiese delatar todo el asunto? Por ejemplo algún punto especial de desgaste producido por la anatomía robótica, un agujero donde ningún ser humano lo podría haber hecho, o una costura floja donde normalmente no podía existir ningún tipo de presión.
Era como para preocuparse. Pero fue una preocupación innecesaria. Cuando llegó el informe, Morey dejó escapar el aliento que había contenido durante largo tiempo. ¡No habían rechazado un solo artículo!
Tanto Morey como su plan habían triunfado.
El hombre de éxito tiene sus recompensas. Una noche, cuando llegaba a casa después de un día duro en la oficina, Morey se alarmó al encontrar otro coche estacionado en la calzada. Era un vehículo pequeño, de dos asientos, del tipo usado por los personajes del gobierno y la gente acomodada.
En ese momento Morey aprendió la primera mitad de la lección del estafador: Cualquier cosa diferente es peligrosa. Entró incómodamente en la casa, temiendo que algún alto funcionario de la Junta de Racionamiento hubiese llegado para interrogarlo.
Pero Cherry estaba encantada.
–El señor Porfirio es periodista, y quiere escribir una nota para la página de "Consumidores distinguidos" de su diario. Morey, ¡no podría estar más orgullosa!
–Gracias –dijo Morey de mal humor–. Hola.
El señor Porfirio estrechó calurosamente la mano de Morey.
–En realidad no trabajo para un diario –corrigió–. Soy de Transvideo Press, una agencia de información que surte de noticias y artículos a cuatro mil setecientos diarios. Todos esos diarios –agregó, complaciente– están en la lista obligatoria de consumo de los Grados Uno al Seis, inclusive. Tenemos un suplemento dominical destinado a orientar al consumidor, y nos gusta destacar todo lo que merece ser destacado. Usted ha establecido un récord envidiable, señor Fry. Nos gustaría transmitir su historia a nuestros lectores.
–Mm –dijo Morey–. Pasemos a la sala.
–¡Oh, no! –dijo Cherry, con firmeza–. Yo quiero oír. Es tan modesto, señor Porfirio, que seguramente no se va a dar cuenta de la clase de hombre que es con sólo escucharlo. Yo después de todo soy su mujer, y juro que todavía no entiendo cómo hace para consumir todo lo que consume. Simplemente...
–¿Toma un trago, señor Porfirio? –dijo Morey, contra toda etiqueta–. ¿Whisky? ¿Gin tonic? ¿Brandy Alexander? ¿Dry Manha... ? Bueno, ¿qué desea?
Se dio cuenta de que estaba parloteando como un loco.
–Cualquier cosa –dijo el periodista–. Un whisky estaría bien. Señor Fry, noto que ha arreglado su casa de un modo muy atractivo, y su mujer me dice que su casa de campo es tan agradable como esta. En cuanto entré me dije: "Hermosa casa. Aquí no sobra ni la pata de un mueble: todo es necesario. Podría ser Grado Seis o Siete." Y la señora Fry dice que en el otro sitio hay todavía menos cosas.
–¿De veras dice eso? –lo desafió Morey, bruscamente–. Pues permítame decirle, señor Porfirio, que he dado cuenta de todo el mobiliario, hasta la última astilla. No sé a dónde quiere llegar, pero ...
–¡Oh, no quise sugerir eso ni nada que se le parezca! Sólo quiero obtener un poco de información para transmitirla a nuestros lectores. Para ayudarlos a hacer las cosas tan bien como usted. ¿Cómo se las arreglan, señor Fry?
Morey tragó saliva.
–Nos... nos esforzamos. Eso es todo.
Porfirio asintió con admiración.
–Se esfuerzan –repitió, y sacó del bolsillo una hoja doblada en tres para anotar–. ¿Es decir que cualquiera –prosiguió– podría conseguir los mismos resultados si de veras se lo propone, siguiendo, por ejemplo, un plan metódico, y cumpliéndolo estrictamente?
–Claro que sí –dijo Morey.
–En otras palabras, es sólo cuestión de hacer todos los días lo que hay que hacer.
–Exacto. Yo me encargo del presupuesto de mi casa, porque tengo más experiencia que mi mujer, aunque no existe ninguna razón para que una mujer no se encargue del presupuesto.
–El cuidado del presupuesto –anotó Porfirio, con aprobación–. Es nuestra propia política.
La entrevista no fue el terror que había parecido al principio, ni siquiera cuando Porfirio llamó discretamente la atención sobre la delgada cintura de Cherry ("Señora Fry, a cuántas amas de casa les resulta difícil no ser... bueno, un poco gorditas.") y Morey tuvo que inventar interminables horas en la máquina de ejercicios, mientras Cherry miraba perpleja, pero sin interrumpir.
Pero de la entrevista Morey aprendió la segunda mitad de la lección del estafador. Después que se fue Porfirio habló con Cherry, con algo más que firmeza en la voz.
–Eso del ejercicio, querida. De veras tenemos que empezar. No sé si lo habrás notado, pero se te ve un poquito más gorda, y no queremos que eso ocurra, ¿verdad?
Luego, en las horrendas e innecesarias sesiones en los caballos mecánicos, Morey tuvo tiempo de sobra para pensar en la lección. Los tesoros robados no son tan buenos como uno hubiera querido, si uno no se atreve a disfrutarlos abiertamente.
Pero algunos de los tesoros de Morey habían sido ganados lícitamente.
El nuevo Gira-Juego K-50 de Bradmoor, por ejemplo, era una creación enteramente suya. Su trabajo consistía en diseñar y crear, y era un hombre afortunado en el sentido de que veía sus esfuerzos desarrollados en la dirección de mayor utilidad social: la del aumento del consumo.
El Gira-Juego era una máquina casi perfecta para esa finalidad.
–Brillante –dijo Wainwright, cuando hicieron las primeras pruebas con la máquina piloto–. Por algo me llaman Descubridor de Talentos. ¡Estaba seguro de que lo lograría!
Hasta Howland fue pródigo en sus elogios. Mientras hacían las pruebas comió un plato de bizcochos (era todavía Clase Tres, solamente), y cuando terminaron dijo, con entusiasmo:
–Una belleza, Morey. Ese corruptor de series es sensacional. Nunca vi una maquinaria tan perfecta.
Morey se sonrojó, agradecido.
Wainwright salió de allí exudando elogios, y Morey palmeó afectuosamente su modelo piloto y admiró su polícromo fulgor. El aspecto de la máquina –como había sermoneado Wainwright tantas veces– era tan importante como su función:
–¡Hay que conseguir que quieran jugar con ella, muchacho! ¡Y no jugarán si no la ven!
Por lo tanto, toda la serie K se distinguía por luminosos arcos iris, provocadores acordes musicales, seductores aromas que penetraban con apremiante vigor en la nariz de quien se acercase.
Morey se había basado mucho en las viejas obras maestras de diseño: el bandido manco, la máquina tragamonedas, el fonógrafo automático. Uno ponía la libreta de racionamiento en la ranura y hacía girar las ruedas hasta elegir un juego. Uno apretaba botones o movía diales o ponía a prueba (en cualquiera de las 325 maneras) su talento humano contra el talento magnéticamente grabado de la máquina.
Y uno perdía. Uno tenía una posibilidad de ganar, pero la inexorable estadística de la programación de la máquina se aseguraba de que uno tenía que perder, si jugaba el tiempo suficiente.
Es decir que si uno arriesgaba una estampilla de racionamiento de diez puntos –mostrando, tal vez, que uno había consumido tres comidas de seis platos–la ganancia, estadísticamente, era de ocho puntos. Uno podía tener una gran suerte y conseguir mil puntos, y verse libre de todo un congelador de carne y verduras preparadas; pero eso ocurría muy pocas veces. Lo más probable era que uno perdiese y no consiguiese nada.
Que no consiguiese nada en cuanto a estampillas, se entiende. Pero la belleza de la máquina, la principal contribución de Morey, consistía en que, ganase o perdiese uno, allí estaba siempre, esperando en la ranura, la goma antibiótica hormonal, vitaminizada, bañada en azúcar. Uno jugaba el partido, ganaba o perdía, se echaba en la boca la goma hormonal y jugaba otro. Cuando terminaba ese partido la goma ya estaba usada, ya no tenía el baño de azúcar; uno la tiraba y empezaba a chupar otra.
–Eso es lo que más le gustó al hombre de la JNR –le dijo Howland a Morey confidencialmente. Era una buena noticia. Se disculpó y corrió a llamar a Cherry por teléfono para contarle su último triunfo. La encontró en la casa de la madre, donde iba a pasar la noche; la notó cariñosa, y adecuadamente impresionada. Volvió junto a Howland de muy buen humor.
–¿Un trago? –dijo Howland, con voz tímida.
–Sí, por supuesto –dijo Morey. Ahora se podía dar el lujo de beber todo el licor de Howland que se le ocurriese; pobre muchacho, hundido con su Clase Tres en las arenas movedizas del consumo. Era justo que alguien de más éxito que él lo ayudase alguna vez.
Y cuando Howland –sabiendo que Cherry había dejado solo a Morey esa noche– propuso ir a Tío Piggotty, Morey casi no vaciló.
Los Bigelow estaban encantados de verlo. Morey se preguntó de pronto si de veras tendrían casa; si la tenían no la usaban mucho.
Resultó que sí tenían, porque cuando Morey señaló virtuosamente que sólo se había detenido en Piggotty a tomar un trago antes de la cena, y Howland reveló que tenía la noche libre, los Bigelow lo llevaron por la fuerza a su casa.
Con voz altiva, Tanaquil Bigelow se disculpó:
–No creo que el señor Fry esté acostumbrado a un sitio como este –le comentó a su marido, que estaba detrás de Morey–. Nosotros, sin embargo, lo llamamos "nuestra casa".
Morey dijo algo apropiadamente amable. En realidad, el lugar casi le revolvía el estómago. Era una nueva y gigantesca mansión, más grande todavía que la última casa de Morey, repleta de mullidos sofás y pianos y macizas sillas de caoba y aparatos de tridi y dormitorios y escritorios y comedores y cuartos para niños.
Los cuartos para niños lo horrorizaron: nunca se le había ocurrido que los Bigelow pudiesen tener hijos. Pero sí los tenían, y aunque eran de sólo cinco y ocho años estaban todavía despiertos, bajo la vigilancia y el cuidado de niñeras robots, jugando tercamente con sus animales demasiado rellenos y con sus trenes en miniatura.
–No sabe cuánto alivio son para nosotros Tony y Dick –le dijo Tanaquil Bigelow a Morey–. Consumen tanto más que sus raciones. Walter dice que cada familia debería tener por lo menos dos o tres hijos para... bueno, para ayudar. Walter es tan inteligente para hablar de estos temas; es un verdadero placer escucharlo. ¿Oyó su poema, Morey? El que se titula La dosidad de ...
Morey se apresuró a admitir que ya lo había escuchado. Se resignó a pasar una mala noche. En Tío Piggotty los Bigelow habían sido excéntricos pero divertidos. En su propia casa seguían siendo excéntricos, pero eran mortalmente aburridos.
Hubo una vuelta de cócteles, y otra, y de pronto los Bigelow dejaron de ser tan aburridos. La cena, por supuesto, fue horrible; Morey, como nuevo rico, podría haber hecho valer su ahora relativamente espartano modo de vida, pero cuidó sus modales y probó, con ceñuda concentración, cada sucesivo plato de abundantes proteínas y potentes escabeches. Con la ayuda de una interminable sucesión de vinos y licores, la cena concluyó sin que le hubiese arruinado la noche, o el forzado sistema digestivo.
Y luego, en la adornada sala, los Bigelow fueron una agradable compañía. Tanaquil Bigelow consultó con los niños, les verificó las libretas de racionamiento y anunció un breve recital por un par de robots bailarines, seguido de música de cuerda por un cuarteto robot. Morey se preparó para lo peor, pero antes de que la danza concluyese descubrió que disfrutaba del espectáculo. Extraña lección: ¡Cuando no había que mirarlos, los robots anfitriones eran divertidos!
–Buenas noches, queridos –dijo Tanaquil Bigelow a los niños, con firmeza, cuando los robots dejaron de bailar. Los niños protestaron, naturalmente, pero se fueron a la cama. Sin embargo sólo habían pasado unos minutos cuando regresó uno de ellos; le tiró a Morey de la manga con una mano regordeta.
Como tenía poca experiencia con niños, Morey lo miró incómodo.
–Sí... ¿Qué quieres, Tony?
–Querrás decir Dick –lo corrigió el niño–. Dame tu autógrafo.
Le ofreció a Morey un bloc grabado y un lápiz vulgarmente enjoyado.
Aturdido, Morey firmó, y el niño se fue corriendo. Tanaquil lanzó una carcajada, y explicó:
–Vio su nombre en el artículo de Porfirio. Dick adora a Porfirio, lo lee todos los días. Es un niño tan intelectual. Si yo no anduviera detrás de él para que juegue con los trenes y vea tridi, estaría siempre con la nariz metida dentro de un libro.
–Fue un buen artículo –comentó Walter Bigelow con un poco de envidia, o por lo menos eso es lo que creyó notar Morey–. Apuesto a que se convertirá en el Consumidor del Año. Ojalá –suspiró– pudiéramos nosotros apresurar un poco las cuotas, como hizo usted. Pero parece que todo es inútil. Comemos y jugamos y consumimos como locos, y cuando termina el mes, no sé bien cómo, nos hemos atrasado en algo, todo se acumula, y entonces la Junta nos envía una advertencia, y me llaman y... ya he acumulado doscientos puntos de multa, y estamos peor que antes.
–No importa, Walter –dijo Tanaquil, con firmeza–. El consumo no es todo en la vida. Tienes tu trabajo.
Bigelow asintió, circunspecto, y le ofreció otro trago a Morey. Sin embargo, no era otro trago lo que necesitaba Morey. Se sentía envuelto en un aura rosada, producto no tanto del alcohol como de su satisfacción con el mundo.
–Escuchen –dijo, de pronto.
Bigelow alzó la mirada, apartándola del vaso.
–¿Eh?
–Si les contara un secreto, ¿seguiría siendo un secreto?
–Sí –rugió Bigelow–, claro que sí, Morey.
Su mujer intervino bruscamente.
–Por supuesto, Morey. ¡Por supuesto! ¿De qué se trata?
Morey notó un cierto brillo en los ojos de Tanaquil, pero decidió no darle importancia.
–Les quiero hablar del artículo de Porfirio –dijo–. En realidad no... no soy tan buen consumidor. La verdad es que...
De pronto sintió que todos los ojos se habían clavado en él. Durante un torturado instante dudó: lo que iba a hacer ¿sería lo más indicado? Un secreto entre dos personas es un compromiso, y un secreto entre tres personas no es un secreto. Sin embargo...
–El asunto es así –dijo, con voz firme–. ¿Recuerdan lo que hablamos aquella noche en Tío Piggotty? Bueno, cuando llegué a casa bajé al sótano, a la sala de los robots, y...
Les contó todo.
–¡Yo lo sabía! –dijo Tanaquil Bigelow, con voz triunfante.
Walter Bigelow miró a su mujer con reprobación.
–Ha hecho algo muy importante –dijo, con voz serena–. Algo verdaderamente grande. Ha pronunciado, si Dios quiere, la sentencia de muerte de nuestra sociedad como la conocemos. Las generaciones futuras venerarán el nombre Morey Fry.
Estrechó solemnemente la mano de Morey.
–¿Yo qué? –dijo Morey, aturdido.
Walter hizo con la cabeza una señal de aprobación. Se volvió hacia su mujer.
–Tanaquil, tendremos que llamar a una reunión de emergencia.
–Claro que sí, Walter –dijo ella, devotamente.
–Y Morey tendrá que estar aquí. Sí, tendrá que quedarse; no hay pretexto que valga. Queremos que la Hermandad lo conozca. ¿Estás de acuerdo, Howland?
Howland carraspeó, incómodo. Asintió evasivamente y se sirvió otro trago.
Desesperado, Morey preguntó:
–¿De qué están hablando? ¡Explícame, Howland!
Howland jugó nerviosamente con el vaso.
–Bueno –dijo–, es como te contó Tan esa noche. Unas pocas personas políticamente... maduras, digamos, hemos formado un pequeño grupo. Nos...
–¡Un pequeño grupo! –dijo Tanaquil Bigelow, con desprecio–. ¡Howland, a veces me pregunto si de veras habrás entendido el espíritu de la cosa! Somos todos, Morey, todo el mundo. Sólo aquí, en la Ciudad Vieja, ¡hay dieciocho! Hay muchísimos más en el resto del mundo. Yo ya sabía que estaba metido en algo así, Morey. Se lo dije a Walter después que lo conocimos. Le dije: "Walter, recuerda bien lo que te digo; ese hombre Morey está metido en algo". Pero debo agregar –admitió con adoración– que nunca pensé que ese algo tendría la envergadura de lo que ahora nos propone. Imaginemos a todo un mundo de consumidores levantándose como un solo hombre, gritando el nombre de Morey Fry, atacando a la Junta de Racionamiento con la propia arma de la Junta: los robots. ¡Qué justicia más poética!
Bigelow asintió con entusiasmo.
–Llama a Tío Piggotty, querida –le pidió–. Trata de reunir un quorum ahora mismo. Mientras tanto, Morey y yo vamos a bajar al sótano. Vamos, Morey... ¡Pongamos en marcha el nuevo mundo!
Morey miraba a Walter Bigelow con la boca abierta. La cerró con un chasquido.
–Bigelow –susurró–, ¿quiere usted decir que va a desparramar esta idea a través de algún tipo de organización subversiva?
–¿Subversiva? –repitió Bigelow, tiesamente–. Mi querido amigo, todas las mentes creadoras son subversivas, trabajen solas o en grupos como la Hermandad de los Hombres Libres. No me gusta mucho...
–No me interesan sus gustos –insistió Morey–. Va a pedir una reunión de la Hermandad y quiere que yo les cuente lo que acabo de decir aquí. ¿Es así?
–Bueno... sí.
Morey se levantó.
–Ojalá pudiera decir que fue una reunión agradable, pero no lo fue. ¡Buenas noches!
Y salió antes de que pudieran detenerlo.
Pero cuando llegó a la calle ya no estaba tan resuelto. Llamó a un taxi y le ordenó al conductor que lo llevase a dar la tradicional vuelta por el parque, para matar el tiempo, mientras tomaba algún tipo de decisión.
El hecho de que él se hubiese ido no impediría que Bigelow llevase a cabo su anunciado propósito. Eso era evidente. Morey empezó a recordar trozos de conversaciones de Bigelow y su mujer en Tío Piggotty, y lanzó una maldición. Era muy cierto que habían hecho suficientes insinuaciones políticas para que él pudiese sospechar. Y todos esos disparates sobre la dosidad lo habían apartado de lo que seguramente había sido claro: Que ellos eran auténticos subversivos.
Miró el reloj. Era tarde, pero no demasiado; Cherry todavía estaría en la casa de sus padres.
Se inclinó hacia adelante y le dio al chófer su dirección. Era como aplicarse la primera de una serie de cien inyecciones: uno sabe que lo van a curar, pero lo mismo duelen.
–Y eso es todo, señor –dijo Morey, valientemente–. Sé que he sido un tonto. Estoy dispuesto a pagar las consecuencias.
El viejo Elon se acarició la mandíbula, pensativo.
–Mm –dijo.
Hacía ya rato que Cherry y la madre no encontraban palabras; estaban sentadas juntas en un sofá, del otro lado de la sala, escuchando con cara de tensión e incredulidad.
–Discúlpenme –dijo Elon, de pronto–. Tengo que hacer una llamada telefónica. –Salió un rato, y cuando volvió le dijo a su mujer, por encima del hombro:– Café. Lo vamos a necesitar. Estamos en un problema.
–¿Usted cree...? –dijo Morey–. ¿Qué piensa usted que debo hacer?
Elon se encogió de hombros y luego, sorprendentemente, sonrió.
–¿Qué debe hacer? –preguntó, alegre–. Yo diría que ya ha hecho bastante. Beba un poco de café. La llamada que hice –explicó– fue a Jim, mi especialista en leyes. Estará aquí en un minuto. Traigan algo para Jim; en un instante nos sacaremos las dudas.
Cherry fue junto a Morey y se sentó a su lado.
–No te preocupes –fue todo lo que dijo, pero para Morey eso tenía todo el significado del mundo. Devolvió el apretón de la mano de Cherry con la más profunda sensación de alivio. Después de todo, se dijo, ¿por qué diablos me tengo que preocupar? Lo peor que me pueden hacer es rebajarme un par de grados, y eso no es tan terrible.
Hizo una mueca involuntaria. Acababa de recordar sus primeras luchas como Clase Uno, y qué tenía todo eso de malo, en el fondo.
Llegó el especialista en leyes, un robot más bien pequeño con mellada piel de acero inoxidable y opaco rostro de cobre. Elon llevó al robot aparte para una breve conversación antes de volver junto a Morey.
–Lo que yo había pensado –dijo, con satisfacción–. No existe ningún precedente. Ninguna ley lo prohibe. Por lo tanto no es un crimen.
–¡Gracias al cielo! –exclamó Morey, con extático alivio.
Elon meneó la cabeza.
–Quizá te apliquen un correctivo, y no esperes conservar el Grado Cinco. Quizá llamen a lo que has hecho "comportamiento antisocial". ¿No es así?
–Oh –dijo Morey, un poco frustrado. Arrugó el entrecejo un instante, y luego alzó la mirada–. Está bien, papá. Si es inevitable, aceptaré el remedio.
–Así se habla –dijo el viejo, con aprobación–. Ahora váyanse a casa. Descansa bien esta noche. Y por la mañana lo primero que debes hacer es ir a la Junta de Racionamiento. Cuéntales toda la historia, del principio al fin. Te tratarán bien. –Elon titubeó.– Bueno, te tratarán pasablemente –se corrigió–. Eso espero.
El hombre condenado tomó un abundante desayuno.
No tenía más remedio. Esa mañana, al despertar, Morey tuvo la desagradable certeza de que iba a consumir raciones triples durante mucho, mucho tiempo.
Se despidió de Cherry con un beso e hizo el largo viaje hasta la Junta de Racionamiento en silencio. Ni siquiera llevó consigo a Henry.
En la Junta tartamudeó a una serie de robots recepcionistas que finalmente le presentaron a un joven ceñudo llamado Hachette.
–Me llamo Morey Fry –dijo–. He... he venido a hablar de algo que he estado haciendo con...
–Sí, señor Fry –dijo Hachette–. Lo llevaré ahora mismo a hablar con el señor Newman.
–¿No quiere saber qué fue lo que hice? –preguntó Morey.
Hachette sonrió.
–¿Qué le hace pensar que no lo sabemos? –dijo, y salió de la habitación.
Esa fue la Sorpresa Número Uno.
Newman se lo explicó con una sonrisa, meneando la cabeza.
–Todo el tiempo está pasando esto –se quejó–. La gente no se molesta en aprender cosas del mundo que la rodea. Hijo, ¿qué es para usted un robot? –le preguntó.
–¿Eh? –dijo Morey.
–Quiero que me explique cómo piensa que funciona. ¿Cree que es simplemente un tipo de hombre con piel de hojalata y nervios de alambre?
–No, por supuesto. Es una máquina. No es humano.
Newman lo miró con alegría.
–¡Muy bien! –exclamó–. Es una máquina. No tiene carne ni sangre ni intestinos... ni cerebro. Ah... –El señor Newman alzó una mano.– Los robots son muy listos. No me refiero a eso. Pero una máquina electrónica pensante, señor Fry, ocupa aproximadamente tanto espacio como la casa en la que usted vive. Es imposible reducirla más. Y los robots no llevan consigo el cerebro; los cerebros son demasiado pesados y voluminosos.
–Entonces ¿cómo piensan?
–Con sus cerebros, naturalmente.
–Pero usted acaba de decir...
–Dije que no los llevaban, Cada robot está en contacto radial constante con el Control Central a través del circuito de CER, la radio de "Conversación Entre Robots". El Control Central da una respuesta, y el robot actúa.
–Entiendo –dijo Morey–. Bueno, es muy interesante, pero...
–Pero todavía no entiende –dijo Newman–. Piense un minuto. Si el robot recibe información de Control Central, ¿no se da cuenta de que a su vez Control Central recibe necesariamente información del robot?
–Ah –dijo Morey. En voz más alta repitió–: ¡Ah! Usted quiere decir que todos mis robots han sido...
No le salían las palabras.
Newman asintió, satisfecho.
–Sí, recibimos todo ese tipo de información. Señor Fry, si usted no hubiese venido hoy, lo habríamos ido a buscar muy pronto.
Esa fue la segunda sorpresa. Morey la enfrentó valientemente. Después de todo, recordó, no cambiaba nada.
–Bueno, sea como sea, señor, aquí estoy –dijo–. Vine por mi propia voluntad. He estado usando a mis robots para consumir mis cuotas...
–Claro que sí –dijo Newman.
–...y estoy dispuesto a firmar una declaración en ese sentido cuando usted quiera. No sé cuál será el castigo, pero lo acepto. Soy culpable; admito mi culpa.
Newman abrió más los ojos.
–¿Culpable? –repitió–. ¿Castigo?
Morey estaba asustado.
–Sí, sí –dijo–. No niego nada.
–Castigo –repitió Newman, pensativo. Luego se echó a reír. Rió durante un rato, un rato demasiado largo para el gusto de Morey; Morey no veía en esa situación nada de lo que él pudiese reírse. Pero rápidamente la situación –Morey tuvo que admitirlo– se estaba volviendo del todo incomprensible.
–Lo siento –dijo Newman, por fin, secándose los ojos–, pero no lo pude evitar. ¡Castigo! Bueno, señor Fry, permítame tranquilizarlo. Si yo fuera usted no me preocuparía por los castigos. En cuanto empezaron a llegar los informes de lo que usted había hecho con los robots, nosotros, naturalmente, destinamos un equipo especial para observarlo, y enviamos un informe al centro nacional de operaciones. Hicimos ciertas... recomendaciones ..., y para abreviar la historia, las respuestas llegaron ayer.
"Señor Fry, la Junta Nacional de Racionamiento está encantada de conocer su contribución al mejoramiento de nuestro problema de distribución. Mientras se realiza un estudio más profundo, se ha adoptado ya un programa provisorio, basado en su esquema, para instalar unidades mecánicas de consumo en todo el país. ¿Castigo? Señor Fry, ¡usted es un héroe!
Un héroe tenía responsabilidades. Morey vio en seguida cuáles eran las suyas. Le concedieron el tiempo necesario para una breve y tranquilizadora visita a Cherry, un triunfal recorrido por la vieja oficina, y luego lo enviaron rápidamente a Washington para un interrogatorio. Encontró a la Junta Nacional de Racionamiento trabajando frenéticamente.
–Es el trabajo más importante que hemos hecho –le explicó uno de los funcionarios principales–. No me sorprendería que fuese el último. Sí, señor, estamos tratando de que la Junta no vuelva a ser necesaria, y no queremos que algo salga mal.
–Si yo los puedo ayudar en alguna cosa... –empezó a decir Morey, tímidamente.
–Usted ya ha hecho bastante, señor Fry. Nos dio el empujón que necesitábamos. Tuvimos eso delante de los ojos todo el tiempo, pero estábamos demasiado cerca del bosque para ver los árboles, si entiende lo que digo. Mire, yo no soy muy bueno para la retórica; este es el paso más grande que ha dado la humanidad en siglos, y no lo puedo describir con palabras. Permítame mostrarle lo que hemos estado haciendo.
Ese funcionario, y otra delegación de la Junta de Racionamiento y personas cuyos nombres Morey había encontrado repetidamente en los diarios, lo llevaron a recorrer toda la planta.
–Como ve, es un ciclo cerrado –le dijeron, mientras miraban hacia una sala de industriosos robots que preparaban un cargamento de zapatos–. Nada se pierde permanentemente. Si uno quiere un coche, le entregan uno de los más nuevos y de los mejores. Si no, un robot le maneja el coche hasta que queda en estado de ser devuelto; entonces fabricamos uno nuevo para el año siguiente. No perdemos los metales; siempre los recuperamos. Todo lo que perdemos es un poco de energía y de mano de obra. Y el sol y el átomo nos dan toda la energía necesaria, y los robots nos dan más mano de obra de la que podemos usar. Con todos los productos ocurre lo mismo.
–Pero ¿qué estímulo reciben los robots? –preguntó Morey.
–Discúlpeme. No entiendo –dijo uno de los hombres más importantes del país.
Morey se vio en un aprieto. El análisis lo había condicionado contra el derroche, y lo que estaban tratando no era más ni menos que la simple destrucción de mercaderías, por mucho que la disfrazasen con términos científicos.
–Si el consumidor usara las cosas sólo por el hecho de usarlas –dijo, tercamente, sin ignorar el peligro que estaba invitando–, podríamos utilizar máquinas para gastar y destruir, en vez de robots. Después de todo, ¿para qué hemos de derrocharlos a ellos?
Los dos hombres se miraron con preocupación.
–Pero eso es lo que estuvo haciendo usted –señaló uno con un ligero tono de amenaza.
–¡Oh, no! –se opuso rápidamente Morey–. Les agregué circuitos de satisfacción... aprovechando mi experiencia como diseñador. Circuitos adaptables, naturalmente.
–¿Circuitos de satisfacción? –le preguntaron–. ¿Adaptables?
–Si, eso es. Si el robot no recibe ninguna satisfacción del hecho de gastar las cosas...
–No diga tonterías –gruñó el funcionario de la Junta de Racionamiento–. Los robots no son humanos. ¿Cómo les hace sentir la satisfacción? ¡Y nada menos que satisfacción adaptable!
Morey le explicó. Fue una explicación muy técnica, que incluyó el uso de grandes hojas de papel y detallados diagramas. Pero en el grupo había hombres especializados en diseño, que se excitaron aún más que antes.
–¡Hermoso! –gritó uno, con científico éxtasis–. ¡No descuida ningún posible argumento, ya sea moral, legal o psicológico!
–¿Qué cosa? –exigió el funcionario de la Junta de Racionamiento–. ¿Cómo es eso?
–Explíqueselo usted, señor Fry.
Morey trató de hacerlo, pero no pudo. Lo que sí pudo fue demostrar cómo funcionaba su principio. Entonces le confiaron el laboratorio de la Junta, con más ayudantes de los que él sabía mandar, y prepararon circuitos de satisfacción para un escuadrón de robots que trabajaba en una fábrica de sombreros.
Allí Morey hizo una demostración. Los robots fabricaban sombreros de todo tipo. Ajustó los circuitos al final del día y los robots comenzaron a probarse los sombreros, a disputárselos; cada uno, luego de un rato, había elegido un determinado sombrero, y lo lucía triunfalmente. Los rasgos metálicos no podían mostrar orgullo ni placer, pero se les adivinaba las dos cosas tanto por la manera en que usaban los sombreros como por el feroz sentido de posesión que habían adquirido... y por el trabajo más rápido, más perfecto, más intenso, más dedicado, para producir aún más sombreros... que también les permitían usar.
–¿Entiende? –exclamó un ingeniero, encantado–.
Se los puede adaptar para que quieran sombreros, para que los usen con cariño, para que los gasten hasta que no sean más que trapos. Y no por el solo hecho de usarlos. ¡Para ellos los sombreros son un incentivo!
–¿Pero cómo vamos a poder seguir produciendo sombreros y más sombreros? –preguntó el hombre de la Junta, perplejo–. No sólo de sombreros vive la civilización.
–En eso –dijo Morey, modestamente– reside la belleza. Mire.
Llegaron unos robots cargados de guantes, y Morey, ajustó los circuitos de satisfacción de los robots de la. fábrica de sombreros, que en seguida empezaron a disputarse los guantes con la misma pasión mecánica que habían demostrado para los sombreros.
–Y esto se puede aplicar a cualquiera de las cosas que producimos nosotros o los robots –agregó Morey–. Desde alfileres hasta yates. Pero lo más importante es que la propiedad les da satisfacción, y podemos regular sus necesidades según el grado de saturación de las industrias; además, los robots muestran su agradecimiento trabajando más. –Morey titubeó.– Eso es lo que yo hice con mis robots sirvientes. Como ven es un mecanismo de realimentación. La satisfacción lleva a más trabajo, mejor trabajo, lo cual significa más mercaderías, que nosotros podemos hacer desear, lo cual a su vez significa un incentivo para su trabajo, etcétera, etcétera.
–Un ciclo cerrado –susurró, impresionado, el hombre de la Junta de Racionamiento–. ¡Un verdadero ciclo cerrado!
Así que las inexorables leyes de la oferta y la demanda fueron irrevocablemente abolidas. La humanidad no sufrió nunca más el estorbo de una oferta inadecuada ni fue inundada por la superproducción. Lo que la humanidad necesitaba lo tenía allí a su alcance. Lo que la raza no necesitaba pasaba por las insaciables –y adaptables– fauces de los robots. Nada era derrochado.
Porque una tubería tiene dos puntas.
Morey recibió agradecimientos, felicitaciones, premios; un desfile a través de la ciudad, y lo metieron en un avión y lo mandaron de regreso a su casa. A esa altura la Junta de Racionamiento ya se había liquidado a sí misma.
Cherry lo esperaba en el aeropuerto. Conversaron animadamente todo el camino de vuelta a casa.
En la sala concluyeron el beso con el que se habían saludado. Al fin Cherry se apartó, riendo a carcajadas.
–¿Te conté que me fui de Bradmoor? –dijo Morey–. Me acaban de nombrar asesor civil de la Junta. ¡Y –agregó, con voz imponente–, desde ahora mismo, soy Clase Ocho!
–¡Dios mío! –jadeó Cherry, con tanta adoración que Morey sintió un remordimiento de conciencia.
–Claro que –agregó, francamente–, si lo que dicen en Washington es cierto, las clases ya no van a tener mucho sentido dentro de poco tiempo. Pero de todos modos es un honor.
–Sí, por supuesto –dijo Cherry, con voz firme–. ¡Papá es Clase Ocho y ha sido juez durante no sé cuántos años!
Morey arrugó los labios.
–No todos podemos ser afortunados –dijo, generosamente–. Las clases, como no puede ser de otro modo, tendrán algún sentido; es decir que una persona de Clase Uno tendrá que consumir tanto por año, una persona de Clase Dos tendrá que consumir un poco menos, y así sucesivamente. Pero cada persona, dentro de cada clase, recibirá ayuda de los robots para cumplir con el consumo asignado. Robots facsímiles se encargarán...
Cherry lo interrumpió.
–Ya sé, querido. Cada familia recibirá un duplicado robot de cada uno de sus integrantes.
–Oh –dijo Morey, un poco molesto–. ¿Cómo lo sabías?
–Los nuestros llegaron ayer –explicó Cherry–. El hombre de la Junta dijo que nosotros éramos los primeros de la zona porque tú habías sido el autor de la idea, naturalmente. Todavía no han sido activados. Ni siquiera los he sacado del Cuatro Verde. ¿Quieres verlos?
–Sí, por supuesto –dijo Morey, alegre. Corrió delante de Cherry para inspeccionar el resultado de su propia creación. Allí estaban, rígidos como estatuas, contra la pared, esperando la energía que los pondría en funcionamiento.
–El tuyo es muy bonito –dijo Morey, galantemente–. Pero esa otra cosa... ¿de veras fue hecha para que se me parezca?
Examinó el rostro cromado del hombre-robot con desaprobación.
–El hombre de la Junta dijo que sólo se parecía vagamente. –Cherry estaba detrás de él.– ¿Notas alguna otra cosa?
Morey se inclinó hacia adelante, y miró con más atención los rasgos del robot facsímil.
–No, no encuentro nada –dijo–. Tiene una mirada bizca que no me gusta nada, pero... ¡Oh, quieres decir eso!
Morey se inclinó para examinar un robot más pequeño, semioculto entre la pareja de robots mayores. Medía menos de sesenta centímetros de estatura, tenía cabeza grande, brazos y piernas gordos, barriga abultada. En realidad, pensó Morey, casi parecía un...
– ¡Dios mío! –Morey dio media vuelta, y miró a su mujer con ojos muy abiertos.– ¿Quieres decir que...?
–Eso quiero decir –respondió Cherry, ruborizándose un poco.
Morey le tendió los brazos.
–¡Amor mío! –gritó–. ¿Por qué no me lo habías contado?