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george alec effinger

unfierno (es)

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Morton Rosenthal era un hombre bajito y ratonil que, en otra historia, había asesinado a su esposa y la había pasado por la picadora hasta convertirla en hamburguesas. Será mejor que le echemos una buena mirada mientras todavía está vagamente conectado con su forma terrestre; ¿saben?, acababa dé morir, y estaba aguardando de pie delante de un maltratado, escritorio de madera, comprensiblemente asombrado y desconcertado. Si la televisión estuviera produciendo todavía nuevos episodios del «Alfred Hitchcock presenta», Morton Rosenthal hubiera sido interpretado por John Fiedler. Si saben ustedes quién es John Fiedler, tendrán una imagen inmediata y bastante completa de Morton Rosenthal; si no lo conocen, entonces les diré que John Fiedler dio vida a uno de los pacientes del doctor Hartley en «El show de Bob Newhart»: el tiranizado señor Peterson. Pero ya no producen el «Alfred Hitchcock presenta», ni tampoco «El show de Bob Newhart»;el propio Morton Rosenthal estaba también muerto. Todavía no se había ajustado a ello..., nunca fue una persona brillante, Durante cuarenta y cinco años había sido carnicero, un carnicero competente, honrado y trabajador; pero era más bien un desastre como ser humano. Hubiera sido un puerco espín espectacular, y tenía todos los condicionamientos para haber sido una comadreja de primera clase. Bien, ya se hacen a la idea.
-¿Lo ha entendido? -le preguntó la ángel con voz profunda.
Rosenthal parpadeó. La ángel tamborileó con los dedos en el escritorio, con actitud virtuosa pero casi tan impaciente como puede estarlo una ángel.
-No -dijo al fin Rosenthal.
-Rellene la tarjeta. Tiene un montón de gente esperando detrás de usted.
-Oh, lo siento -murmuró Rosenthal. Odiaba realmente causar problemas.
-Está bien -dijo la ángel-. ¿Número treinta y cuatro? -Una mujer negra y gorda alzó tímidamente la mano y avanzó lenta y dolorosamente hacia el escritorio. Rosenthal contempló la tarjeta que sostenía en una mano, el lápiz que sostenía en la otra. No recordaba haber recibido ninguna de las dos cosas. No recordaba haber llegado aquí. Ni siquiera recordaba......morirse. Abrió mucho los ojos. Estaba muerto, realmente muerto.
-Oh, Dios mío -se dijo. Sabía lo que significaba estar muerto; significaba que todo el mundo que hubiera vivido nunca iba a saber hasta la más pequeña y humillante cosa acerca de él. Todos estaban aguardándole allí, especialmente Rose, su esposa, cuya carne había demostrado ser de primera. Estaba atrapado. Sintió una enorme sequedad en la boca y empezaron a zumbarle los oídos. Nunca se había sentido tan culpable en su vida, y sabía que aquél era absolutamente el peor lugar donde podía estar, siendo culpable. Tenían una forma fríamente metódica de apilar puntos y puntos sobre ti, imaginó; y tuvo también la sensación de que era exactamente media hora demasiado tarde para intentar cualquier cosa. Todavía no tenía ninguna idea de lo cerca que estaba aquella postvida de las distintas versiones que había oído o imaginado en* la Tierra, pero eso no importaba mucho: ninguna de ellas hablaba de que recibieran a los uxoricidas con los brazos abiertos.
La tarjeta. Rosenthal contempló la tarjeta. La primera pregunta era: ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde su última confesión?
¡Hablen de impresiones! Rosenthal se limitó a quedársela mirando, sin comprender. Lentamente, como las aguas fecales descendiendo por los desagües de su viejo apartamento de Brooklyn, el significado fue posándose primero sobre las letras separadas, luego sobre las palabras en sí, y finalmente sobre la pregunta como una totalidad. Deseaban saber cuánto tiempo hacía desde que «se había confesado» por última vez. Rosenthal sabía que cojeaba terriblemente en aquel punto, y no parecía haber ninguna forma de hacerse un poco más aceptable al respecto. Se dirigió al escritorio y aguardó hasta que la ángel terminó de dar la misma serie de instrucciones a un chico pecoso. La ángel alzó la vista.
-Usted no es el número cuarenta y seis, ¿verdad?
-No -admitió Rosenthal-. Era el número treinta y tres. Usted quiere saber cuánto tiempo hace desde que me confesé por última vez, y yo ni siquiera soy católico.
La ángel suspiró.
-Lamento eso, compañero -dijo-. Devuélvame la tarjeta, luego vaya al escritorio R. Déle a la ángel de allí su nombre, y ella lo tecleará en el terminal. De hecho, con eso se ahorrará incluso un poco de tiempo.
-¿Y eso es bueno? -preguntó Rosenthal.
-Probablemente no -dijo la ángel.
-Mire, realmente lo siento. -Rosenthal estaba retrocediendo rápidamente al terreno de las disculpas y la petición de clemencia.
La ángel sonrió con aire triste.
-Ustedes siempre intentan eso. Bien, ya veremos hasta qué punto lo siente. Vaya al escritorio R.
Nada de aquello le sonaba bueno a Rosenthal. Ya casi estaba a punto de abandonar cuando encontró el escritorio R. También había una multitud allí, y tomó un número y aguardó. Empezaba a sentir los pies y las piernas cansados. No sabía dónde estaba exactamente -era como el equivalente de Dios del aeropuerto de Atlanta, adonde todo el mundo tenía que ir antes de que pudiera ir allá donde se suponía que tenía que ir- pero los pasajeros no disponían de sillas, sólo los empleados. Tampoco había forma de decir cuánto tiempo llevaba esperando. Nadie deseaba iniciar una conversación; todos se limitaban a permanecer de pie y mirar al suelo o a la tarjeta o formulario que tenían en las manos. Todo el mundo parecía culpable. Todo el mundo era culpable. Así que cuando fue llamado su número, Rosenthal se dirigió con rapidez al escritorio,, miró directamente a la ángel de ojos verdes, y adoptó una expresión agradable. Su estómago estaba más anudado que cuando el inspector de impuestos le había llamado para revisar sus cuentas. Rosenthal sospechaba que todo el mundo allí estaba en el mismo bote con él, así que si parecía un poco más cooperativo en comparación con los demás, eso no podía hacerle ningún daño. Se obligó a sonreír.
-Hola -dijo-; me han enviado aquí porque no soy católico y...
-¿Nombre?-preguntó la ángel.
-Rosenthal, Morton M.
-¿M o N? -preguntó la ángel.
-M-dijo Rosenthal-. Como «Mary». -Intentó sonreír de nuevo.
-¿Su segundo nombre es Mary? -dijo dubitativa la ángel.
-No -respondió Rosenthal, y se sintió atrapado en una historia kafkiana-. Mi segunda inicial es M como en «Mary». Mi segundo nombre es Mendel.
-¿Número de la Seguridad Social?
Necesitó pensárselo un poco antes de recordarlo en aquel contexto, pero se lo dijo.
-Aguarde un momento -dijo la ángel, entrando el dato. -La otra ángel dijo que esto sería más rápido, pero no me explicó lo que quería dar a entender con ello. Quiero decir, ¿necesita uno ser católico para entrar en el Cielo? Esto me parece un poco, discúlpeme, injusto, si comprende lo que quiero decir. Siempre pensé que lo único que tenía que hacer uno era ser bueno, ya sabe, llevar una vida decente...
De pronto se produjo un gran estruendo, un resonar de voces y cantos y vítores, un tumulto jamás oído en la Tierra, una celebración que alegraba el corazón y elevaba el espíritu. Rosenthal se volvió para mirar, maravillado, y entrevio, allá a lo lejos en la celeste distancia, lo que parecían ser tropeles de ángeles, legiones de ángeles, grandes ejércitos de ángeles desfilando, mientras a todo su alrededor más ángeles les saludaban y les daban la bienvenida con un inconmensurable fluir de alegría. La ángel de los ojos verdes en el escritorio R se alzó de su asiento y se llevó una mano a la garganta.
-Dios mío -murmuró.
-¿Qué ocurre? -preguntó Rosenthal. A medida que se acercaban, observó que las columnas de ángeles parecían sucias y con las ropas hechas jirones, las plumas de sus alas alborotadas, los estandartes rasgados, las lanzas dobladas. ¿De qué lugar volvían, y qué gran batalla habían librado? -¿Qué ocurre? -preguntó de nuevo. -No estoy segura -dijo la ángel. Le miró brevemente, luego de nuevo hacia el sorprendente espectáculo, finalmente al terminal del ordenador-. Confieso que me gustaría ir a unirme a la celebración, pero mi deber es acabar primero con usted.
-Lo lamento profundamente -dijo Rosenthal-. Espero que no... -Mire, míster -dijo la ángel con voz ultrajada-, no tiene que ser usted católico para entrar en el Cielo. Simplemente le dieron la tarjeta equivocada; ¡pero aquí dice que mató usted a su esposa! Así que, ¿para qué me está haciendo perder el tiempo? -Alzó una angélica mano, cerrando lentamente todos los dedos menos el índice, que clavó en un botón de su escritorio-. Va usted directamente al Infierno, amigo -dijo, evidentemente contenta de poder librarse de él.
Todo se volvió negro, y Rosenthal tuvo la sensación como si se estuviera moviendo en todas direcciones a la vez. Hubo una especie de ruido fuerte, atronador, como el principio de El despertar de Finnegan. Se dio cuenta de que probablemente nunca llegaría a descubrir qué ocurría en el Cielo justo antes de que lo abandonara; ni siquiera se le ocurrió pensar que muy pronto iba a tener problemas mucho más inmediatos que ocuparían su atención.
Bueno, no demasiado pronto. El tiempo de viaje desde el Cielo hasta el Infierno, incluido el período de recuperación, es de nueve días con sus correspondientes noches (según la leyenda); ése es el tiempo que necesitan los primeros pensamientos coherentes para empezar a abrirse camino hasta el interior de la mente, pensamientos de bendiciones perdidas y de eterno dolor. Después de que Rosenthal pasara nueve días con sus respectivas noches confuso, empezó a recuperar sus sentidos; era como un viaje transcontinental en avión, a nivel sobrenatural. El Infierno era terriblemente caluroso; pero eso, por supuesto, no constituía ninguna sorpresa. Había esperado fuego y azufre, aunque no tenía una idea demasiado clara de lo que representaba el azufre allí. Imaginaba que sólo sería un olor. Pronto descubrió que, mezclado con el fuego, es asfixiantemente desagradable respirarlo. Tan pronto como pudo salió del fuego y del azufre, y se sentó en una ardiente roca para pensar un poco y aclarar algo su cabeza.
De lo primero que se dio cuenta fue de que ahora estaba desnudo. No se había sentido desnudo en el Cielo; simplemente no había reparado en ello. Ahora sí reparó en ello, y se dijo que no le gustaba estar desnudo. Le hacía sentir muy vulnerable. El Infierno te hace eso: rompe tu confianza, te hace sentir vulnerable. Y ciertamente hay un gran número de cosas hacia las que sentirse vulnerable en el Infierno. Es un lugar cuidadosamente planificado, como un gigantesco parque de antidiversiones. Rosenthal se sentó en la roca, dándose cuenta de que su superficie despellejaba su sensible piel, y miró al otro lado del ardiente lago de azufre. Nocivas nubes de gas flotaban en la semioscuridad; el calor era intolerable; y aunque Rosenthal cambió varias veces de posición, no halló ningún alivio al tormento. Se encogió de hombros. Esa era precisamente la idea, supuso, pero no por ello tenía que gustarle. Se puso en pie de nuevo, sobre un pie, hasta que no pudo soportarlo más y cambió al otro pie, se sentó otra vez, volvió a levantarse..., aquella iba a ser una forma infernal de pasar la eternidad. Al menos no había demonios con tridentes para pincharle...
...no había ningún demonio a la vista. Tendría que haberlos, pensó Rosenthal. Los demonios constituirían una exacta simetría respecto a los ángeles que había visto en el Cielo. De hecho, pese a buscarlos, Rosenthal no pudo ver ni oír a ningún otro ser de cualquier tipo por ninguna parte. Ni almas condenadas ni sádicos demonios..., parecía estar solo. Quizá ése fuera su castigo, quizá se suponía que debía vagar por aquel inmenso y horrible lugar, solo, para siempre. Se encogió otra vez de hombros; creía poder soportarlo, si aquello iba a ser lo peor de su castigo. Decidió tomarle las medidas a su prisión, porque era lo más apropiado que podía hacer en aquel punto de su aventura: sitúas tu celda, catalogas todos los objetos que te permite tener tu carcelero, buscas debilidades allá donde sabes que no hay ninguna, golpeas las paredes e intentas comunicarte.
Rosenthal avanzó saltando primero sobre un pie, luego sobre el otro, deseando ver qué había al otro lado del lago de ardiente azufre.
Llegó a una llanura que parecía arder con fuego sólido, del mismo modo que el lago había ardido con fuego líquido. Era la misma llanura a la que había ido a parar Satanás, donde él y Belcebú se dieron cuenta por primera vez de su miserable destino, según Milton. Por supuesto, Rosenthal no sabía nada de aquello; nunca había oído hablar del Paraíso perdido, y el único Milton, al que conocía era el hermano de su difunta esposa, supuestamente un pez gordo en el comercio del schmatte, que siempre daba un millón de razones a su madre para que permaneciera con Rosenthal y su esposa debido a que aquel macher-schmacher de Milton siempre tenía todo su dinero invertido en su recolección de primavera o estaba demasiado atareado con sus negocios para ocuparse de la vieja o algo parecido. Rosenthal hizo una mueca; Milton iba a aprender una o dos cosas cuando muriera. Había algo respecto a honrar padre y madre, recordó Rosenthal. Deseó estar allí cuando algún ángel le preguntara a Milton acerca de su última confesión.
Rosenthal, como otros antes que él, empezó a comprender lentamente la inmensidad de su castigo. Hacía calor. Estaba muy oscuro..., las llamas «no arrojaban luz, sino más bien oscuridad visible» (como lo había descrito Milton). Hedía. Le recordaba mucho el apartamento de la Segunda Avenida donde había vivido cuando niño, y donde habían seguido viviendo sus padres hasta que habían sucumbido a la vejez. Nunca había conseguido persuadirles de que se mudaran: a otra parte de la ciudad, a Florida, a cualquier parte menos la Segunda Avenida. En una ocasión su padre había abarcado todo el pequeño y maloliente apartamento con un gesto de su brazo y había dicho: «No hay nada ni bueno ni malo; es pensar en ello lo que hace que sea una cosa o la otra.» Rosenthal no sabía qué infiernos había querido decir el viejo. Sólo sabía qué ni su padre ni su madre hubieran abandonado el apartamento ni que el propio Eddie Cantor hubiera vuelto de entre los muertos para pedírselo.
Rosenthal no dejaba de saltar sobre uno y otro pie.
-¡Maldita sea! -gritó con voz agónica-. ¡Me gustaría que esos condenados pies dejaran de quemarme! -E inmediatamente, sus pies dejaron de quemarle.
-Hey -dijo Rosenthal. Dio un par de pasos por la fiera llanura, probando. Estaba sorprendido y un tanto desconcertado. Las plantas de sus pies se habían enfriado, o tal vez se habían endurecido lo suficiente como para dejar de torturarle hasta el punto que podía permanecer de pie en un mismo lugar. Se miró a sí mismo y no se sintió complacido con lo que vio: su piel se había vuelto gruesa y correosa y del color de unos zapatos viejos y gastados. Era tan feo como -perdonen la expresión- un pecado casero. Al cabo de un momento de pensar en ello, sin embargo, se encogió de hombros.
-¿Y qué importa? -se dijo-. Si tengo que parecerme al cuero reseco de una vieja pelota de fútbol, me pareceré al cuero reseco de una vieja pelota de fútbol. Al menos no moriré dando saltos de un lado a otro. -Descubrió que podía andar hacia cualquier lado, sentarse en cualquier lado, incluso tenderse y descansar durante cortos períodos de tiempo sin excesiva incomodidad. Siempre había algo de dolor al cabo de un tiempo; pero, naturalmente, aquello era el Infierno. No podía esperar milagros.
Tentó un poco más su suerte..., ¿qué podía perder?
-Tampoco me gusta estar desnudo -dijo-. ¿Que pasaría si viniera alguien? -E inmediatamente se descubrió llevando una especie de túnica ajada, de tela basta, mal confeccionada y que olía de forma horrible-. Uf -dijo, pero al menos llevaba algo encima.
Inició la travesía de la desolada llanura, con la esperanza de que moviéndose un poco conseguiría airear algo sus ropas. Se mordisqueó el labio y pensó un poco.
-¿Y qué tal iría algo de beber? -dijo. E inmediatamente se encontró con una jarra en la mano llena de algo que sabía exactamente como el vino casero de tío Sammy. En una ocasión tío Sammy había vertido diez galones de ese vino en su sótano, y a partir de entonces nunca habían vueto a tener problemas con las cucarachas. Era el peor brebaje del mundo. Rosenthal lo engulló, hizo una mueca; infiernos, ¿qué podía esperar, una cosecha extra del mejor Burdeos?
Sus ojos se abrieron mucho cuando se dio cuenta de que la vida en el Infierno podía no ser tan terrible, si existía algún invisible servicio de provisiones que se ocupara de sus deseos. De hecho, considerando esto y aquello, incluso era casi confortable. No era tan malo como había imaginado; no era mucho peor que meterse en el metro a una hora punta, excepto que aquí no tenía a toda aquella gente sudorosa y maloliente echándole el aliento al rostro. Tenía intimidad y tiempo libre y, si eso no fuera el Infierno y él no tuviera que permanecer allí toda la eternidad, también tendría paz. Oyó la voz de su madre diciendo, un millón de veces:
-No puedes tenerlo todo, Morty. No puedes tenerlo todo. Tras aceptar la naturaleza tolerable de su situación, empezó a sentirse asombrado. Después de todo, había sido arrojado fuera del Cielo (o, al menos, de la oficina de entrada del Cielo). Había sido enviado al Infierno: no debería estar de tan buen humor. De acuerdo, la oscuridad y el hedor y su piel despellejada aún seguían molestándole. Seamos sinceros..., si prestaba un poco de atención al desolado panorama que le rodeaba, no podía evitar el sentirse invadido por el temor y la desesperación. Pero no debería sentirse tan bien. No debería haber sido capaz de conseguir aquella dura y ennegrecida piel y aquellas ropas y el horrible vino de tío Sammy. Se le tendría que haber negado todo. Pero por supuesto, no iba a llamar la atención de nadie sobre aquello.
Rosenthal avanzó por la incandescente llanura hasta que creyó ver una pared en la distancia, alzándose ominosa por entre la humosa semioscuridad.
-Entonces, el Infierno tiene un final -dijo. Aquella idea lo alegró un poco. No tenía forma de saber cuánto tiempo había pasado desde que había empezado a caminar; no se sentía hambriento ni cansado, y sus alrededores no cambiaban ni un solo detalle de eón a eón. Podía haber estado andando horas o días o años..., no podía decirlo. Al final, sin embargo, llegó a la negra pared que bordeaba la llanura. Se alzaba recta y formidable como la pared de un gran pozo. Rosenthal supuso que aquella barrera rodeaba toda la llanura, con el ardiente lago en el centro. Aunque la pared se inclinaba ligeramente hacia atrás, separándose de la auténtica verticalidad, seguía siendo demasiado empinada y lisa como para que Rosenthal pensara en escalarla. Se quedó mirando hacia arriba a las brumosas alturas, perdido en sus pensamientos, hasta que se vio sorprendido por el sonido de una voz a sus espaldas. La voz parecía aterrada.
-¡Mamá! -gritó la voz.
Rosenthal se volvió y vio a una muchacha joven, gorda, granujienta, de enmarañado pelo castaño y rasgos anchos y vulgares. Era el tipo de muchacha infeliz que Rosenthal acostumbraba a ver siempre en compañía de las altas y esbeltas bellezas rubias que sabían mejor que nadie cómo meterse dentro de un suéter. Era el patito feo separado ahora de su atractiva amiga, impotente y sola. Estaba inclinada hacia delante, intentando en vano ocultar su imperfecta desnudez. Era una tarea imposible; hubiera sido una tarea imposible con la ayuda de una tienda de lona de los excedentes del ejército, y todo lo que tenía para cubrirse eran sus manos y sus antebrazos. Quizá por lástima, quizá por algo menos generoso, Rosenthal se volvió de espaldas a ella.
-¡Me estoy helando! -exclamó la muchacha.
Rosenthal no se volvió.
-¿Helando? Esto es el Infierno, estúpida. Hace un calor infernal aquí.
-¡Me estoy helando! ¡Llevo helándome desde que caí en ese lago de hielo!
Lago de hielo. Rosenthal tuvo que pensar dos veces en ello; ¿qué lago de hielo? Un lago así tenía menos posibilidades de durar un minuto en aquel lugar que una bola de nieve.
-¿Tienes frío? -preguntó. Aún no se había vuelto; recordando el aspecto de la muchacha, estaba dispuesto a permanecer así el resto de la eternidad.
-Por supuesto que tengo frío! ¿Usted no?
-No he sentido tanto calor desde que estuve en Phoenix en 1950 -dijo Rosenthal-. Y al menos en Phoenix uno podía sentarse un rato dentro y no pillar una insolación.
-No comprendo -dijo la muchacha, asustada-. Yo tengo tanto frío, y usted se queja de calor.
-Yo salí de un lago de fuego y tú has salido de un lago de hielo -dijo Rosenthal, encogiéndose de hombros-. Esto es el Infierno. Si deseabas que las cosas fueran más fáciles de comprender, no tenías que haberte muerto.
-Escuche... -empezó ella.
Rosenthal estaba empezando a cansarse de mantener una conversación con el rostro vuelto hacia la pared rocosa. Se volvió, y la muchacha se dejó caer sobre sus gordas rodillas.
-¡Jesús! -exclamó, sorprendida por su aspecto.
-Discúlpame -dijo Rosenthal-, pero creó que te has equivocado de chico.
-Usted..., usted... -No pudo conseguir que su boca formara más palabras.
-¿Qué, muchacha? Estás haciéndome perder el tiempo.
Ella intentó cubrirse de nuevo, sin conseguir nada mejor en su segundo intento. Parecía hallarse al borde del desvanecimiento.
-¡Usted tiene que ser el demonio! Usted..., con esa piel correosa y horrible y... -Su voz se arrastró hasta desaparecer, y la muchacha se desvaneció.
Rosenthal alzó los ojos a las alturas.
-Piensa que soy el diablo -murmuró. La contempló desplomarse al suelo y quedar tendida allí unos instantes; luego pareció empezar a recobrarse. Sus pestañas aletearon, y finalmente abrió los ojos.
-Oh, Dios mío -murmuró.
-Te has equivocado de nuevo.
-Satanás.
Rosenthal tuvo un destello de inspiración. Si ella creía que era el diablo, ¿por qué no?
-¿Qué te ocurre? -preguntó, solícito.
Ella le lanzó una horrorizada mirada.
-¿Qué va a hacer conmigo? -pregntó con un hilo de voz.
-Absolutamente nada. Estoy ocupado.
-Caí durante nueve días y aterricé en ese lago de hielo, conseguí salir de él y anduve todo el camino hasta aquí, ¿pero usted no va a hacer nada?
Rosenthal le lanzó una mirada de reojo.
-¿Te sientes decepcionada? ¿Tienes alguna sugerencia?
Ella se estremeció.
-No, Su Majestad -dijo débilmente.
-No tienes por qué tenerme miedo, muchacha. ¿Por qué estás aquí?
-¿No lo sabe, Su Majestad?
-Y si no te importa, puedes dejar de llamarme Su Majestad. No, no lo sé. ¿Qué crees que soy, un omnisciente o algo así?
Ahora fue el turno de la muchacha de mostrarse confusa.
-Dijeron que quebranté el Primer Mandamiento.
-Oh. ¿Cuál es? Lo olvidé.
-Escuche -dijo la gorda muchacha-, ¿no puedo conseguir algo que echarme por encima? Todavía estoy congelada.
-Todavía estás desnuda -dijo Rosenthal, mirando de nuevo. Estaba empezando a pensar que podía probar de nuevo cómo iban las cosas.
-Bueno, sí, eso también.
-Deséalo. Simplemente desea algo de ropa.
La muchacha pareció dubitativa, pero hizo lo que le indicaban.
-Desearía tener algo bonito que ponerme -dijo con voz temblorosa.
No ocurrió nada. No apareció ningún traje bonito, ni siquiera una falda a cuadros y una blusa con un cuello Peter Pan.
-Vaya -se maravilló Rosenthal.
-¿Cuál era el chiste? -preguntó la muchacha.
-Ninguno -admitió él-. Quiero algo de ropa para esta chica de ahí -dijo con voz fuerte. Inmediatamente apareció una bata junto a ella. Era hasta el último hilo tan asquerosamente horrible como la de él.
-Gracias, oh Satanás -dijo sumisa la muchacha. Se metió, un tanto desconsolada, en la apestosa bata.
-Muy bien -dijo Rosenthal-. Volvamos ahora a nuestros asuntos. Hablame de tu mandamiento.
La muchacha asintió.
-Es el que habla de adorar falsos ídolos. Me dijeron que prestaba demasiada atención a esas imágenes grabadas. Dijeron que era la primera vez que hallaban a alguien tan arrebatadamente adorador en un par de cientos de años. -Dijo esto con un desafiante toque de orgullo-. Me preguntaron si deseaba arrepentirme de mis palabras y acciones. Les dije que no. Así que apretaron el botón, y acabé aquí.
Rosenthal agitó tristemente la cabeza.
-Yo hubiera llegado a un trato con ellos. Pero ni siquiera me dieron la oportunidad de arrepentirme. Bing bang, aquí estoy.
-Sí, señor.
-¿Qué tipo de imagen grabada adorabas?
-Tenía mi altar instalado en mi armario de la escuela..., iba a la academia Ste. Nitouche en Arbier, Louisiana..., fotografías de Dick, ¿sabe?
-¿Dick? -dijo, sorprendido; seguro que la había entendido mal.
-El cantante líder de Tuffy y los Tectónicos. Ahí arriba en el Cielo dijeron que había cruzado el límite entre la apreciación de la música y la idolatría. Yo les dije que nunca podrían hacerme renunciar a mi amor. Me dieron hasta la cuenta de diez, pero yo fui leal; luego me echaron fuera.
-¿Elegiste el Infierno por encima del Cielo por alguien llamado Tuffy y los Tectónicos? Yo no hubiera hecho eso ni por Martha Tilton, con las hermanas Andrew de propina.
Por primera vez, ella pareció dudar de sus convicciones.
-Quizá fue un error -admitió.
-¿Cómo te llamas, muchacha? -preguntó Rosenthal.
-Rosalyn.
Rosenthal sonrió débilmente.
-El nombre de mi esposa era Rose -dijo.
-¿Su esposa, oh Príncipe de las Tinieblas?
-No importa. Bien, estás aquí para recibir tu castigo, ¿no? -Ella asintió, temerosa-. Hazme veinte planchas, ahora mismo -dijo.
-¿Veinte planchas? -Era dudoso que pudiera hacer ni siquiera una. Bajar, con la ayuda de la gravedad, sería probablemente sencillo; volver a alzar el cuerpo era ya otro asunto.
-Veinte, shiska, o pensaré en algo aún peor.
Ella se echó al suelo en posición para las planchas y lo intentó lo mejor que pudo, pero fracasó en hacer ni una sola plancha decente.
-Las monjas decían que el Infierno sería inimaginablemente terrible. Esperaba pequeños y feos demonios con tridentes -dijo, jadeando para recuperar el aliento.
-Muy triste, muy triste -dijo Rosenthal, haciendo chasquear la lengua-. Esos chicos de hoy en día.
-¿Dónde están los demonios y todo el mundo? –preguntó Rosalyn.
-¿Crees que eres especial o algo así? ¿Crees que todo el Infierno va a presentarse aquí para darte la bienvenida? Ésta es una gran operación, muchacha. No puedo dedicarte más demonios. Tenemos las manos llenas de trabajo.
-¿Cómo entonces he atraído su atención individual?
Rosenthal se echó a reír.
-Yo tampoco he oído de nadie que quebrantara el Número Uno desde hace mucho tiempo -dijo. Siempre había sido un buen mentiroso; había sido un desastroso asesino, pero siempre había sido un mentiroso espectacular.
-¿Y la pena por quebrantar el Primer Mandamiento son veinte planchas?
-Hey, tú y yo apenas acabamos de empezar con esto. Tenemos ante nosotros todo el resto de la eternidad. ¿Quién sabe lo que pensaré a continuación? -Miró a su alrededor, a la base de la pared, y juntó con los pies un pequeño montón de negros guijarros-. Bueno, ahora álzate un poco la túnica y arrodíllate sobre estas piedras un rato. Veamos lo que te gusta esto.
-Las monjas acostumbraban a obligarnos a hacer eso mismo -dijo Rosalyn-. No es tan malo.
-Pruébalo durante un par de cientos de millones de años, y luego hablaremos.
Rosalyn le lanzó una mirada de reojo.
-¿Por qué está siendo tan blando conmigo? -preguntó.
-Me gustas. ¿Puedo evitarlo? Me gustas, eso es todo.
-No soy ese tipo de chica. Usted sabe que no soy ese tipo de chica.
-Escucha, Rosalyn, muchacha, despierta: ahora estás en el Infierno. ¿Todavía sigues pensando que si haces algo malo a Dios no le va a gustar? Dios ya no está mirando. Rosalyn, has pagado por anticipado. No estoy diciendo que tenga ideas de ésas en estos momentos, sólo estoy diciéndote que no estás en ninguna iglesia católica para señoritas de Luisiana.
-Usted es el Archienemigo, el Gran Tentador -dijo ella.
Rosenthal estaba perdiendo la paciencia con aquella zhlub de rostro gordezuelo y cabeza cuadrada.
-¡Tempter-schmempter! -exclamó-. ¿Qué necesidad tengo yo de tentarte, si ya estás en el maldito Infierno?
-Podría ser peor -ofreció ella.
-Dime cómo.
Ella se arrodilló inquieta sobre el montón de guijarros.
-Podría tener a criaturas con cuernos y alas de murciélago derramando plomo fundido en mi garganta. Podría tener a seres escamosos arrancándome la piel a tiras hasta dejar mis huesos al descubierto, mientras las arañas se arrastran por todo mi cuerpo y las serpientes y los lagartos devoraban mis ojos. Montones de cosas.
-No te faltan ideas, buleleh -dijo Rosenthal. Admiraba genuinamente su imaginación; por supuesto, la mayor parte del crédito había que dárselo a la educación de su escuela católica. De todos modos, vio que podía ser valioso tenerla a su alrededor-. Siempre hay un lugar en la organización para alguien con ideas. -¿Quiere decir...? Alzó una mano admonitoria.
-No estoy prometiendo nada, no vas a atraparme con ello. Sólo estoy diciendo que a veces hay una oportunidad, cada quintillón de años o así, y que me gusta rodearme de gente brillante. Podrías abrirte camino de la clase de los torturados a la clase de los torturadores. Sigue siendo algo desagradable; pero a menos que sientas un gusto especial por el dolor, estoy seguro de que hallarás mucho mejor formar parte del personal. -¿Qué es lo que tengo que hacer? Rosenthal se alzó frivolamente de hombros. -Bueno, tienes que halagarme mucho, y alabarme, y decirme lo maravilloso que soy, y comportarte generalmente como si yo fuera lo más espléndido que hay aquí abajo. Me gustan ese tipo de cosas; seguro que las monjas te hablaron de ello. Y tienes que hacer todo lo que yo te diga.
Ella hizo una mueca. -Ya estamos de nuevo con eso.
-¿Tan terrible es? ¿Estabas reservándote para ese Tuffy o algo así?
-Para Dick. En realidad no había ningún Tuffy. Éste era solamente el nombre del grupo.
-¿Por qué no intentas algunas flexiones? Creo que tengo una idea. -La observó mientras jadeaba y resoplaba a lo largó de quince o veinte flexiones, no estaba prestando demasiada atención. Ella le lanzó una mirada suplicante; pero él se sentía realmente satánico, de modo que dijo-: Vamos, vamos, haz unas cuantas más. Estoy siendo generoso, ¿sabes? Podrías acabar de vuelta al hielo, helada hasta el pupik hasta que, bueno, hasta que el Infierno se congelara. -Lanzó una buena carcajada demoníaca, y observó sus lastimosos ojos abrirse aún más redondos.
Su idea era que tenía que averiguar qué era lo que ella esperaba del diablo, si confiaba en poder seguir representando su personificación. La eternidad es mucho tiempo para cualquier papel, y Rosenthal sospechaba que no podría seguir manteniéndolo a base de ejercicios gimnásticos. Por primera vez en su vida -en su existencia, mejor-, notaba su falta de imaginación. Imponer a Rosalyn los horrendos castigos que ella esperaba tendría el beneficio adicional de distraerle. De otro modo, el largo vagar iba a ser tremendamente aburrido.
-¿Aún no es suficiente? -gimió ella.
-¿Eh? Oh, seguro, ya puedes dejarlo por ahora. Escucha, Rosalyn, te diré una cosa: puesto que estoy dedicándote mi supervisión personal, y puesto que me gustas, voy a hacer algo que no debería hacer: voy a ponerte las cosas fáciles. Espera un minuto, déjame explicarte. Realmente no debería hacer esto..., no te lo creerás, pero ellos también tienen sus ojos puestos en mí. No les gusta que le ponga las cosas fáciles a nadie. Después de todo, tú estás aquí para sufrir, no para pasarte dos semanas en los Catskills. Pero tengo algo de margen, así que voy a hacerte esta oferta. Quiero que me halagues y que me trates bien y que me digas que soy maravilloso y todas las demás cosas que pasen por tu cabeza. A cambio, sólo te infligiré el tipo de torturas que tú esperabas, sin ningún horrible shticklech que tú no te atrevieras a contarle a tu madre.
-¿Sólo las torturas regulares? ¿Como en los cuadros?
Rosenthal no tenía ni la menor idea de lo que ella tenía en mente, pero ya lo averiguaría.
-Como en los cuadros -dijo.
-¿Lo promete?
-Puedes aceptar mi palabra.
-Pero usted es el diablo. Deseará que lo adore -dijo con cierto desagrado.
-Oh, ¿es eso tan malo? Estabas dispuesta a adorar a ese gritón delincuente juvenil...
-¡No hable de esa forma de mi Dick! -Estaba furiosa-. Cantaba bien. Tocaba la guitarra y la pandereta.
-Pero no está aquí... todavía. Mientras tanto, podrías hacer cosas peores que adorarme. Mucho peores, créeme.
Ella fue a decir algo, luego se lo pensó mejor.
-Lo intentaré -aceptó.
-Buena chica. No espero nada fuera de lo común, nada de sacrificar bueyes o cosas así. Me basta la sinceridad.
-De acuerdo. Entonces aguardaré, hasta que realmente lo sienta.
-Sí, hazlo. Mientras tanto, me gustaría tener un poco de plomo fundido. -E inmediatamente tuvo plomo fundido. También tuvo una horrible inspiración acerca de lo que podía hacer con él. No paró de reír satánicamente mientras lo hacía; estaba metiéndose en su papel.
Justo antes de que acabara de usar todo el plomo, una aguda voz de barítono le llamó. El hombre no sonaba tan temoroso como había sonado Rosalyn.
-Intente inclinar la parte superior de su cuerpo un poco más hacia atrás -dijo el hombre.
-Vaya, eso es precisamente lo que necesito ahora, un kibitzer -dijo Rosenthal-. No estás aquí para ayudar. Tu insignificante alma aroysgevorfineh está aquí para recibir tu propia ración de plomo caliente, listo. Toma un número, en seguida estaré contigo.
-¡Grüs Gott! ¡Un judío!
Rosenthal lanzó al hombre una larga, helada, intimidadora mirada.
-Cuidado con lo que dices, bubie, recuerda con quién estás tratando. Puedo aparecer de un millón de formas distintas y puedo hablar un millón de lenguas distintas. ¿Quién eres tú, alguna especie de nazi?
-Sí -dijo el hombre. Era alto y delgado y joven, con una barba desaliñadamente recortada; se parecía mucho más al diablo que Rosenthal. Parecía perfectamente despreocupado del hecho de estar desnudo.
-Ai-yi-yi. -Rosenthal se preguntó si él estaba torturando a aquella gente, o si habían sido enviados para torturarle a él-. Y deja de grüssing Gott por aquí, has llegado demasiado tarde para ello. Y eso me produce dolor también.
-Lo siento -dijo el hombre.
-¿Nombre?
-Friedman, Lamar S.
-¿Friedman? Ajá.
-Mi familia es luterana.
-Por supuesto. ¿Ofensa?
-Generalmente buena, pero hubiera podido profundizar más por el centro.
-¿Qué infiernos significa eso?
-Lo siento -dijo Friedman-: estuve en el equipo de fútbol en la universidad. ¿Quiere saber por qué estoy aquí? Cometí un pecado imperdonable.
-Hummm -dijo Rosenthal de una forma que no comprometía a nada-. ¿Por qué? ¿Fallaste en el instante decisivo del juego?
Friedman rió secamente.
-Difícil. Mi novia me dio calabazas.
Rosenthal pensó en los veintinueve años de horror matrimonial del que había escapado.
-Eres un estúpido, Friedman -dijo.
-Está diciendo que ella no valía la pena. Nunca la conoció. Era un plato de porcelana china.
-Los platos se ensucian, se cuartean, se rompen, o los pones en la vitrina y las cucarachas se pasean por ellos. No valen la pena el que te bombeen plomo hirviendo en tus kishkas.
Friedman palideció.
-Quizá tenga razón -dijo, mirando a Rosalyn, que estaba contorsionándose, blasfemando, implorando y sangrando abundante, áspera y desvergonzadamente. El asunto estaba empezando a ser aburrido, pensó Rosenthal.
-Me estabas contando tu pecado -dijo Rosenthal-. Sinceramente, en ningún momento has llegado a hablarme de él, aunque finjamos que sí lo has hecho.
Friedman no podía apartar los ojos de la horrible visión de la joven Rosalyn en agonía.
-Quebranté el Segundo Mandamiento -dijo, desaparecido todo su engreimiento-. Eso fue lo que me dijeron en el Cielo.
-El Segundo Mandamiento -dijo Rosenthal-. ¿Cuál es?
Friedman le miró brevemente, pero volvió con rapidez la vista a Rosalyn. Sus chillidos llenaban el silencio del vacío infierno. Parecía como si no hubiera oído la pregunta de Rosenthal.
-¿Cuál es el Número Dos? -preguntó de nuevo Rosenthal.
Friedman parecía muy incómodo.
-Es ése acerca de la blasfemia y el maldecir. Tomé el nombre del Señor en vano.
-¿Por eso te enviaron al Infierno? ¿Te dieron una oportunidad de arrepentirte?
-Bueno, sí.
-¿Y qué ocurrió!
Friedman entrecerró los ojos.
-Pensé que estaban haciendo una montaña de nada. No creí que fueran a enviarme aquí abajo por algo como aquello. Sospecho que quise hacerme el duro.
-¿No te arrepentiste?
-Les dije que no tenía nada de lo que arrepentirme; nunca maté a nadie, nunca robé nada.
Rosenthal agitó incrédulo la cabeza..
-Dejaste que te atraparan con el Número Dos. Son peores que los inspectores fiscales.
-Al menos los inspectores fiscales aceptan un cheque, puedes negociar con ellos. Ahora estoy en el Infierno. -Mira de nuevo a Rosalyn; se le ocurrió que aquello o algo muy similar le estaba reservado a él también, muy pronto; se desmayó.
-Un nazi -murmuró Rosenthal, bajando la mirada hacia Friedman-. Quiero que Rosalyn deje de sufrir. Quiero que se cure de todo el daño y olvide por completo todo el incidente del plomo fundido. -E inmediatamente ella estaba de pie a su lado, con el mismo feo pero no torturado aspecto que cuando había llegado.
-¿Qué ha ocurrido? -preguntó-. ¿Quién es ése?
-Un nazi.
-¿Qué vamos a hacer con él?
-¿Vamos? -preguntó Rosenthal-. ¿Vamos?
Rosalyn se rascó unos segundos el enmarañado pelo.
-¿No me ofreció algún tipo de asociación o algo parecido?
-¡Bubkes! -dijo Rosenthal-. Nadie se asocia conmigo. Acepto un poco de ayuda de tanto en tanto, pero yo soy el dueño de este lugar. No necesito socios, necesito servidores. Punto.
-Está bien, lo que diga. ¿Qué quiere que haga?
Rosenthal sonrió.
-Quiero que te trabajes a los recién llegados.
-No sé si podré hacer eso.
-Por supuesto que podrás. Tienes grandes ideas. Sólo tienes que utilizar esas preciosas historias de horror que te contaron en la .academia Ste. Nitouche; y cuando las hayas utilizado todas, puedes emplear otras nuevas que te vayas inventando. Tienes completa libertad para dar salida a tu imaginación. Puedes desarrollar tu creatividad. ¿Quién sabe? Puedes descubrir en ti un don que nunca sospechaste que tuvieras.
-La verdad, no esperaba ese tipo de recepción en el Infierno -dijo ella. Todavía se mostraba dubitativa.
Rosenthal se alegró de que no recordara absolutamente nada de su muy reciente angustia.
-Quiero que empieces de inmediato con el señor Friedman.
-¿Cómo debo hacerlo?
Rosenthal se dio una palmada en la frente.
-Soy un estúpido -dijo-. Deseo que Rosalyn posea el poder suficiente para evocar tormentos para el señor Friedman y para cualquier otro que venga a continuación, pero no poder suficiente para atacarme o dañarme a mí de ningún modo. -E inmediatamente Rosalyn se convirtió en la segunda al mando en el Infierno. Despertó a Friedman y lo arrastró por la llanura. Rosenthal quedó de nuevo solo.
Un poco más tarde, mientras Rosenthal vagabundeaba por la base de la pared de obsidiana buscando una forma de poner fin a su aburrimiento, vio un destello de luz que creyó estaba muy por encima de su cabeza. Parecía como una brillante estrella, pero se convirtió rápidamente en una ardiente luna, luego en un resplandeciente sol. La luz era demasiado intensa para que Rosenthal pudiera mirarla directamente. Murmuró una maldición y se protegió los ojos, preguntándose qué estaría ocurriendo ahora. Ni siquiera en el Infierno podían conseguir un poco de paz y tranquilidad. Siempre había algo.
La luz, fuera cual fuese su fuente, se hacía más y más brillante y se extendía cada vez más en la semioscuridad. Algo se acercaba a Rosenthal, y tenía que ser horriblemente impresionante cuando llegara a su lado.
-Deseo poder mirar a eso sin tener la sensación de que me están apuñalando los ojos. -E inmediatamente tuvo unas gafas polarizadas en la mano. Se las puso.
Vio una gigantesca y callosa mano. La mano, al menos tan grande como un estadio de fútbol de la división de honor, era deformada, y su manicura dejaba mucho que desear. Estaba unida a un brazo tan enorme que desaparecía en las sombras más allá de lo que alcanzaba la vista. Rosenthal se estremeció, imaginando lo enorme que debía ser todo el cuerpo, a juzgar por el tamaño de aquella grotesca mano. No deseaba saber a quién pertenecía. Estaba hundiéndose en el pozo del Infierno del mismo modo que alguien hunde su brazo en el cubo de la basura para recuperar una cucharilla que se le ha caído al fondo; y en la mano estaba el brillante pasajero.
Era un ángel..., un ángel con una espada llameante.
-Ai-yi-yi -murmuró Rosenthal. Sintió un inmenso terror, aunque estaba seguro de que ya no había nada más que pudiera hacerle el Cielo. Ya estaba en el Infierno: ¿qué podía ser peor? Tenía la paralizante sospecha de que muy pronto iba a descubrirlo, Dios lo impidiera.
La mano depositó al ángel en el suelo del Infierno y retrocedió de nuevo hacia las tinieblas superiores. El ángel alzó la vista e hizo un saludo.
-Gracias, Antaeus -dijo a la mano-. Ya te llamaré cuando haya terminado aquí.
Rosenthal se limitó a permanecer donde estaba. La visión de un ángel en toda su gloria, evidentemente en misión oficial, era impresionante. Hacía que las ángeles oficinistas que había visto inmediatamente después de su muerte parecieran casi opacas. El ángel de la espada llameante vio a Rosenthal y alzó una mano.
-Paz -dijo el ángel.
-¿De veras? ¿Por qué lleva entonces una espada llameante?
El ángel sonrió.
-No importa eso, va con el trabajo. Personalmente, creo que una placa o una gorra sería mucho mejor que acarrear esta cosa por todos lados, pero reconozco que causa más impresión.
-¿Y a qué debo el placer?
-Soy Orahamiel, un ángel de la orden de las Virtudes, que está unas cuantas órdenes por encima de los Arcángeles. Las Virtudes son los aplicadores de la gracia, y somos también esos ángeles a los que los hombres se refieren como «ángeles de la guardia».
-Estupendo -dijo Rosenthal-. Bien, tengo trabajo que hacer, así que si no necesita nada...
-Señor Rosenthal -dijo seriamente Orahamiel-, tenemos que hablar.
Su propio nombre sonó extraño a los oídos de Rosenthal. Hacía mucho tiempo ya que había olvidado que había sido Morton Rosenthal; había asumido el papel de diablo, y se sorprendió al recordar su existencia terrestre.
-Bien, ¿de qué se trata?
-Parece que se ha producido un pequeño error en el manejo de su caso, señor Rosenthal. He sido enviado para corregirlo.
Rosenthal bajó la vista a su gruesa y endurecida piel, que ni siquiera así le protegía completamente de la furia incendiaria del Infierno. Lanzó una carcajada completamente desprovista de humor.
-Se toman ustedes su tiempo -observó.
Orahamiel fingió estudiar su llameante espada.
-No se producen a menudo errores en el Cielo -dijo-. De hecho, su condena fue el primero de tales errores que recuerdo. Todos lamentamos como..., hum, quiero decir que lamentamos profundamente lo ocurrido. Sé que eso difícilmente puede compensar todo lo que ha sufrido aquí; pero espero que escuche la notable historia que tengo que contarle, y luego acepte nuestras disculpas.
Rosenthal se sentía más amargado ahora de lo que nunca se había sentido, porque todo había sido «un error». El dolor y el sufrimiento eran inevitables, supuso; pero nada en el mundo es tan difícil como soportar un dolor innecesario.
-Debe echar usted de menos el Cielo -dijo-. Seguro que está en la lista negra de alguien, para que le envíen aquí con un desagradable trabajo como éste, teniendo que bajar hasta el mismísimo Infierno cuando todos los demás están todavía ahí arriba cantando himnos y todo lo demás.
Orahamiel pareció sorprendido.
-¿Oh? Pero si esto es el Cielo --dijo-. No he salido de él. Quiero decir, no importa dónde esté, aunque tenga que llevar un mensaje a Hotzeplotz y volver..., sigo estando en presencia de Dios.
-Pero ahora está en el Infierno, no en Hotzeplotz.
-Mire -dijo la Virtud, extendiendo de par en par sus alas-, ni una pluma chamuscada.
-Hummm -admitió Rosenthal-. ¿Qué era lo que estaba diciendo?
-¿Le importa si dejo la espada contra las rocas y nos sentamos? Es una larga historia.
-El sentarse duele -dijo Rosenthal.
-Puedo aliviar su dolor mientras estamos sentados -ofreció Orahamiel.
-Entonces sentémonos.
Se pusieron cómodos al pie de la enorme pared de roca; milagrosamente, Rosenthal no sintió ni la más mínima incomodidad. Era como el sol poniéndose tras un largo, lóbrego y melancólico día. El ángel empezó su historia.
-¿Sabe?, se produjo una interrupción mientras estaba siendo procesado su caso...
-Recuerdo un gran tummel. La ángel que estaba examinando mi dossier se puso en pie y quiso ver lo que ocurría.
Orahamiel asintió.
-¡Bueno, jamás adivinará usted qué era lo que pasaba!
-Probablemente no -admitió Rosenthal.
-Tuvo usted la increíble shlim mazel de aparecer en el Cielo en el preciso momento en que Satanás y todos sus ángeles caídos decidieron arrepentirse y pedirle perdón a Dios. Ése era todo el tumulto. Fueron recibidos con los brazos abiertos de vuelta al Cielo.
Rosenthal se quedó mirando fijamente al ángel, luego paseó su vista hacia la enorme y aterradora soledad del Infierno.
-¿Fue por eso que me encontré solo y abandonado aquí a mis propios recursos? Pensé que quizá estar solo era precisamente mi castigo, pero...
-Siempre ha habido una tradición, una tradición no oficial, a veces etiquetada como herejía, pero que sólo era obra de sus teólogos humanos limitando la gracia de Dios, en las tres religiones del Oriente Medio, de que algún día el diablo se hartaría del Infierno. Dios, en Su infinita belevolencia, lo aceptaría de nuevo. Satanás fue en su tiempo un serafín, ya sabe, y se le han devuelto su antiguo rango y sus privilegios, y en la actualidad nadie en los coros canta las alabanzas a Dios con voz más fuerte que él.
-Mientras el pobre Morton Rosenthal, un pobre carnicero, se sienta sobre sus tuchis y ocupa su lugar.
-Se suponía que tenía que preguntársele si se arrepentía usted de sus crímenes -dijo Orahamiel-. Incluso en ese último minuto, si usted se arrepiente, es recibido en el Cielo con los brazos abiertos. Su ángel se distrajo un poco con la repentina reaparición de los caídos. No se le ofreció la oportunidad que se merecía.
Rosenthal se encogió de hombros.
-Errar es humano -admitió.
-Pero no angélico. Ahora, señor Rosenthal, le pregunto: ¿se arrepiente usted?
Rosenthal fue a responder, pero cerró la boca y pensó por unos momentos. Finalmente dijo:
-¿Obtendré algo en concepto de reparación?
La Virtud frunció el ceño.
-No concedemos reparaciones, señor Rosenthal.
-¿Quiere decir que no pagan por sus errores?
-Le estamos haciendo una oferta muy generosa. He venido todo el camino hasta el Infierno para llevármelo al Cielo conmigo.
-Pero no me ofrece nada como reparación por las angustias físicas y mentales que he padecido. Obtuve una mejor reparación que ésta de algún momzer que rozó la carrocería de mi coche. Lo siento, pero así es.
-No es prudente intentar negociar con el Cielo, señor Rosenthal.
-¡Ja! Le he puesto en una situación comprometida, y usted lo sabe. Sólo que no quiere admitir que se equivocaron.
Orahamiel se puso de nuevo serio.
-Podemos ver muy fácilmente quién se encuentra en una situación comprometida, señor Rosenthal. Voy a dejarle aquí en la oscuridad y aguardaré a que recobre el buen sentido.
-Hágalo. No puede ir avasallando usted a la gente de este modo. Hay algo llamado justicia, ¿sabe?
-Su elección es entre el Cielo y el Infierno. Ahora debe elegir.
Planteada de una forma tan desnuda, la proposición hizo dudar a Rosenthal.
-Si me quedo aquí...
Orahamiel se mostró sorprendido.
-¿Cómo puede alguien considerar siquiera la posibilidad de quedarse aquí, con preferencia a regresar al Cielo?
-Olvida usted que yo nunca estuve realmente en el Cielo. No sé lo que me pierdo.
El ángel meditó sobre aquello.
-Sí, el castigo de Satanás fue la negación de la beatífica visión, y el recuerdo constante de la bendición que había perdido.
-Yo nunca he llegado a perder ni siquiera eso. Este Infierno no es mucho peor que el que estaba acostumbrado a sufrir cuando aún estaba vivo.
-Y supongo que prefiere antes reinar en el Infierno que servir en el Cielo. De nuevo la antigua cuestión.
En realidad, Rosenthal no deseaba comprometerse a nada, pero había ido demasiado lejos para echarse atrás.
-Supongo que sí -dijo.
-Su respuesta había sido anticipada. Ahora debo saber si planea proseguir la carrera de subversión contra la raza humana, como hizo Satanás antes que usted.
Rosenthal hundió los hombros.
-¿Quién se cree que soy? -preguntó acaloradamente, sintiéndose insultado.
-Bien -dijo Orahamiel-, si esto es lo que quiere, le dejaré en su nuevo reino, tal como está.
-Hágalo, vea lo que me importa -dijo Rosenthal. Estaba fanfarroneando, por supuesto, aunque su mente le chillaba que se dejara caer de rodillas y suplicara por otra oportunidad. Pensó en su esposa, Rose, a la que había asesinado, aguardándole para darle la bienvenida en el Cielo. Se estremeció y endureció su corazón, decidió que era mejor quedarse en el Infierno. Especialmente si se convertía en el nuevo gontser macher del lugar.
-Ese tipo de razonamiento es exactamente el error de orgullo de Satanás; la historia se repite -dijo el ángel, leyendo los pensamientos de Rosenthal. Se limitó a agitar la cabeza, se puso en pie y recuperó su llameante espada-. Es su última oportunidad -dijo.
-Gracias pero no, gracias.
Orahamiel se encogió de hombros.
-Muy bien -dijo con tristeza. Llamó a Antaeus. Cuando la gigantesca mano atravesó la oscuridad y descendió cada vez más cerca, Rosenthal miró hacia otro lado. Cruzando la gran llanura vio a otros seis pecadores que se acercaban, probablemente los Mandamientos Tres a Ocho. A todos ellos se les había dado la oportunidad de arrepentirse, y todos, en su estupidez, la habían rechazado. Se volvió de espaldas para no ver a Orahamiel ascendiendo hacia el Cielo.
-El hogar es allá donde uno tiene su corazón -dijo el diablo, disgustado por el horrible y maloliente lugar que había elegido, disgustado por las recién llegadas almas perdidas, disgustado por su propia testarudez. Los aterrorizados condenados estaban ya muy cerca, acompañados, vio ahora, por Rosalyn-. Oy -murmuró.
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