prueba definitiva (es)
La voz cansina siguió hablando. Parecía vencer grandes obstáculos al hacerlo. «Este hombre está enfermo», pensó el coronel Crashaw, con piedad e irritación a la vez. De joven, había realizado ascensiones en el Himalaya y recordó cómo, a gran altitud, es necesario respirar varias veces, antes de dar un paso. El estrado de metro y medio de la sala de conciertos del balneario parecía requerirle al orador esa misma clase de esfuerzo. «No debería de haber salido con el mal tiempo que hace», pensó el coronel Crashaw, mientras llenaba un vaso de agua, que se acercó luego a la mesa del conferenciante. Hacía frío en la habitación y las numerosas ventanas dejaban entrar lenguas de niebla por entre sus rendijas. Era evidente que el orador había perdido todo contacto con el público. Diseminados en grupos por toda la sala, había señoras mayores, que no se esforzaban por disimular su cruel aburrimiento, y muy pocos hombres, todos ellos con aspecto de oficiales retirados, que intentaban aparentar prestar atención.
El coronel Crashaw, como presidente de la Sociedad Psíquica local, había recibido una nota del orador, una semana antes, cuya caligrafía denotaba un temblor atribuible a una enfermedad, una edad avanzada o un estado de ebriedad. Solicitaba una reunión extraordinaria de la Sociedad con urgencia. Una experiencia asombrosa, auténticamente impresionante, debía ser descrita, mientras aún estuviera fresca en la mente. La nota, sin embargo, dejaba sin concretar en qué había consistido semejante suceso. El coronel Crashaw habría dudado en acceder, si la nota no hubiera estado firmada por un tal comandante Philip Weaver, un oficial retirado del ejército de la India. Tenía que ayudar en lo que pudiera a un compañero oficial. El temblor de su caligrafía tenía que deberse a la edad o a una enfermedad.
Resultó ser principalmente lo segundo. Cuando los dos hombres se vieron por primera vez sobre el estrado, el comandante Weaver no tenía más de sesenta años. Era delgado y de tez oscura, con una nariz fea y obstinada, y una mirada sardónica: la persona menos susceptible de experimentar un hecho inexplicable. Lo que más contrarió a Crashaw fue que Weaver usara perfume. Un pañuelo blanco le sobresalía del bolsillo superior de la chaqueta y despedía una fragancia tan rica y tan dulce como un altar de lirios. Varias mujeres se llevaron la mano a la nariz y el general Leadbitter preguntó ostentosamente si podía fumar.
Fue evidente para todos que Weaver había comprendido la insinuación. Sonrió provocativamente y, hablando lentamente, dijo:
—¿Le importaría no hacerlo? Hace una temporada que tengo problemas de garganta.
Crashaw murmuró que el tiempo era muy malo y que las afecciones de garganta eran muy habituales. La mirada sardónica se centró en él y le examinó a conciencia, mientras Weaver decía, con una voz que sólo llegó a la mitad de la sala:
—En mi caso, se trata de cáncer.
La revelación innecesaria de ese dato personal provocó un silencio incómodo y Weaver empezó a hablar, sin esperar la presentación de Crashaw. Al principio, parecía como si tuviera prisa. Fue sólo más adelante cuando se le presentaron unas terribles dificultades para hablar. Tenía una voz aguda que a veces derivaba en un gemido y que debía de haber resultado particularmente desagradable en el patio de armas. Formuló unos cuantos cumplidos a la sociedad local. Sus observaciones fueron suficientemente exageradas como para resultar irritantes.
Se alegraba, decía, de poder brindarles una oportunidad para escucharle. Lo que tenía que decir podía muy bien alterar su concepción de los valores relativos a la materia y el espíritu.
«Misticismos», pensó Crashaw.
La voz aguda de Weaver empezó a soltar tópicos de manera atropellada. Decía que el espíritu era más fuerte de lo que nadie pensaba; la acción fisiológica del corazón, el cerebro y los nervios estaban subordinados al espíritu. El espíritu lo era todo.
—El espíritu es mucho más fuerte de lo que creen —repitió, con un graznido que se parecía al rugir de unos murciélagos revoloteando por el techo.
Se llevó la mano a la garganta y miró de soslayo hacia los ventanales, para observar la niebla espesa. A continuación, levantó la vista hacia la bombilla desnuda y recalentada, una luz que emitía un brillo insuficiente para compensar la mortecina tarde.
—Es inmortal —les dijo muy seriamente y, acto seguido, todos cambiaron de posición en sus asientos, incómodos, desasosegados y cansados.
Fue entonces cuando su voz se volvió cansina y aparecieron sus dificultades para hablar. La certeza de que la audiencia había dejado de prestarle atención por completo puede que fuera la causa. Una anciana sentada en las últimas filas había sacado su labor de punto del bolso y las agujas provocaban reflejos sobre las paredes, cuando la luz las alcanzaba; era como un espíritu brillante e irónico. La cualidad sardónica de la mirada de Weaver desapareció por unos instantes y Crashaw percibió el vacío que dejaba, como si el glóbulo se hubiera convertido en cristal.
—Esto es importante —les gritó—. Puedo contarles una historia...
La promesa de algo concreto atrajo momentáneamente la atención del público, pero la pausa de las agujas de la anciana no le calmó.
—Signos y prodigios —exclamó, burlándose de ellos.
Fue entonces cuando perdió el hilo de su discurso por completo.
Se frotó de nuevo la garganta con la mano y citó primero a Shakespeare y, a continuación, la epístola de san Pablo a los Galateos. Su discurso, a la vez que se iba ralentizando, parecía perder toda estructura lógica, aunque Crashaw, de vez en cuando, se sorprendía ante la perspicacia y la yuxtaposición de dos ideas irrelevantes. Parecía la conversación de un anciano que fuese cambiando de tema, siguiendo un hilo subconsciente.
—Cuando estaba en Simia... —empezó a decir, frunciendo las cejas, como si se encontrara en medio del patio de armas, intentando evitar ser deslumbrado. Quizá, fueron la escarcha, la niebla y esa estancia enmohecida lo que le impidió completar el recuerdo. Empezó a repetir a esos rostros cansados, una vez más, que el espíritu no moría, cuando moría el cuerpo; que el cuerpo sólo reaccionaba según la voluntad del espíritu. Era preciso ser obstinado, aferrarse...
«Patético —pensó Crashaw— un hombre enfermo, empecinándose en sus creencias.» Era como si la vida fuera un hijo único que se estuviera muriendo y tratara de mantener algún tipo de comunicación con él...
Desde el público, le pasaron una nota a Crashaw. Venía del doctor Brown, un hombre bajo y despierto sentado en la tercera fila. La sociedad lo consideraba un escéptico entretenido. La nota decía así: «¿Por qué no le dice que pare? Está claro que este hombre está muy enfermo. ¿Y, de todas maneras, qué sentido tiene esta charla?».
Crashaw levantó la vista para mirar a Weaver y se dio cuenta de que dejaba de sentir compasión, al ver su mirada errante y sardónica, algo que le daba un mentís a sus palabras. Volvió a notarlo, al percibir la fragancia, un aroma de dulzura abrumadora procedente del perfume en que Weaver había empapado su pañuelo. Ese hombre era un desconocido. Repasaría su ficha en los listados del Ejército en cuanto volviese a casa.
—Una prueba definitiva —estaba diciendo Weaver entre suspiros entrecortados de agotamiento. Crashaw colocó su reloj sobre la mesa, pero Weaver no le prestó atención. Se apoyaba con una mano sobre el borde de la mesa, mientras decía cada vez con mayor dificultad:
—Una prueba defi...
Se detuvo entre gemidos, como una aguja al final de un disco, pero el silencio no se prolongó. De su rostro inexpresivo, salió un sonido más parecido a un maullido agudo que a otra cosa, sobresaltando al público, el cual volvió a prestar atención. Prosiguió, sin atisbo alguno de emoción ni inteligibilidad, con una sucesión de sonidos incomprensibles, unos susurros labiales y una extraña nota discordante, mientras sus dedos daban golpecitos sobre la mesa. Esos sonidos recordaban unas sesiones de espiritismo, un médium en trance, una pandereta agitada en el aire, trivialidades susurradas por los espíritus en la oscuridad, y las habitaciones sombrías y mal ventiladas.
Weaver se sentó lentamente en su silla y dejó caer la cabeza hacia atrás. Una anciana empezó a gimotear con nerviosismo y el doctor Brown se apresuró a subir al estrado y a inclinarse sobre él. El coronel Crashaw vio como le temblaba la mano al doctor, al sacarle el pañuelo del bolsillo, para arrojarlo lejos. Crashaw, que había percibido otro olor más desagradable, oyó como el doctor Brown le susurraba:
—Hágales salir. Está muerto.
Lo dijo con una desazón nada habitual en un médico acostumbrado a ver toda clase de muertes. Crashaw, antes de obedecer, miró al hombre muerto, por encima del hombro del doctor Brown. El aspecto del comandante Weaver le desasosegó. Durante su larga vida, había visto muchas muertes, tanto las de hombres, a los que él mismo había disparado, como las de compañeros muertos en el campo de batalla, pero nunca había vivido un recuerdo de la muerte como ése. El cadáver parecía de alguien que hubiera sido rescatado del mar, mucho tiempo después de haber muerto. La carne del rostro parecía estar a punto de desprenderse como si fuera un fruto maduro. Por eso, las palabras que le susurró el doctor Brown no fueron una gran sorpresa:
—Este hombre ha de llevar una semana muerto.
Lo que más le hizo reflexionar al coronel fue la pretensión de Weaver: una prueba definitiva. La prueba, había querido decir seguramente, de que el espíritu sobrevive al cuerpo, de que experimenta la eternidad. Sin embargo, lo que había demostrado fehacientemente era cómo, sin la colaboración del cuerpo, el espíritu degeneraba en un murmullo sin sentido en una semana.