el roce del tiempo (es)
En la agonía del invierno de la Tierra, dos figuras de piel quitinosa, como cangrejos, avanzaban penosamente por una reseca y cuarteada llanura.
Huían ante un vencedor que también se estaba muriendo lentamente, con el hedor de muerte de un destino cierto aferrado a ellos. Ellos lo sabían. Pero seguían adelante, con sus pies rechinando sobre los esquistos de color aciruelado.
Se arrastraron hasta una fangosa depresión en busca de abrigo, gruñendo, sus caparazones sucios y descoloridos. El más pequeño de los dos, Xen, se volvió hacia la casi invisible chispa luminosa del amarillento y agotado sol. pero sus deteriorados paneles exteriores le servían de muy poca ayuda. Aferró la pinza extendida de Faz -inútil ahora, herida en la batalla- y murmuró fatigado:
-No podemos seguir.
Y Faz, hoscamente:
-Debemos hacerlo.
Xen era un funcionario, del tipo analítico. Había conseguido huir de la batalla dejándose caer por el mismo barranco que Faz, el enorme y pesado líder. Xen anhelaba ver de nuevo a su compañera, Pyrm, pero sabía que esto no era más que un sueño imposible.
Se acurrucaron en el lodo. Sus enemigos merodeaban por las destrozadas colinas cercanas. Una lobreguez amarronada brotaba de aquellos distantes movimientos. El pálido ojo del sol arrojaba largas sombras sobre la llanura, escondites negros como la tinta para los demás intrusos.
Así, cuando las resplandecientes cortinas de luminiscencia marfil empezaron a inundar el hoyo, Xen pensó que había llegado el fin..., que la pérdida de energías estaba enturbiando su cerebro y que la muerte vendría rápida e inevitable.
¿Recién llegados de la oscura llanura?, dijo la voz. No acústicamente: aquella era una Zona Vac, desprovista de aire desde hacía milenios.
-¿Qué? ¿Quién está ahí? -exclamó Faz.
¿Vuestros ignorantes ejércitos se enfrentaron la otra noche?
-Sí -admitió reluctante Xen-, y fueron derrotados. Ambos bandos perdimos.
Ese es a menudo el caso.
-¿Están los laggenmorfos muy lejos de nosotros? -preguntó Faz, con débiles rastros de esperanza dejando huellas carmesíes en su erizada voz.
No. Se acercan. Han rastreado vuestras confusas alarmas de inseguridad y de huida.
-Esperábamos haber conseguido mantenernos en silencio.
Vuestra retaguardia emitía un largo, melancólico y replegado rugir.
Xen:
-¿Escaparon?
Al siguiente mundo, sí.
-Oh.
-¿Qué es eso? -insistió Faz, haciendo entrechocar sus orugas.
Un fantasma. Resplandecientes entrelazados de luz danzaron a su alrededor. Un sabor acre e irregular invadió el remolineante vacío. Porque en este lugar no hay ni cobre, ni tierra, ni ilimitado mar.
—¡Sal! -exclamó Faz a un volumen de tres gigahertzs-. No podemos verte.
¿Lo necesitáis?
-¿Eres un laggenmorfo? -El pánico cargó la onda portadora de Faz con un brillante y febril naranja-. ¡Lucharemos, te lo advierto!
-Tranquilo -dijo Xen, empezando a sospechar.
El descendente resplandor se condensó, golpeó una nota baja,
¿Laggenmorfo? Ni siquiera conozco ese término.
-Tu nombre, entonces -dijo Xen.
Sam.
-¿Qué es eso? ¡Eso no es un nombre! -declaró Faz, con su voz derivando entre el miedo y la furia.
Sam era y Sam es. Ni el mármol, ni los dorados monumentos de los príncipes, le han sobrevivido.
Xen murmuró, a un centenar de kilohertzs:
-Un nombre arcaico tradicional. Recuerdo vagamente algo así. Dudo que sea una trampa.
Las palabras no habían brotado aún completamente de sus antenas cuando Xen se agachó..., porque un rayo relativista pasó a menos de un kilómetro de distancia, restallando con una rabia al azar. Hendió una guijarrosa ladera de piedra caliza y estalló en un satisfecho geiser amarillo. Los guijarros golpearon, resonantes, contra los caparazones de las dos agazapadas formas.
Una mera andanada estocástica. Los vuestros gastan alocadamente su energía. Eso es lo que másme atrajo.
-No has visto ningún brotar de energía de nosotros -restalló Faz hoscamente.
No vine a sorber. Vine a ofrecer.
Una sombra azafrán envolvió los aún dispersos remolinos de chasqueante iridiscencia en coagulación.
-¿Dónde te escondes? -quiso saber Faz. Agitó hojas, trompetillas, pinzas, garfios, orificios que podían escupir lívidos rayos.
En el aire acumulado.
-No hay aire -dijo Xen-. Este canal está abierto a las corrientes planetarias.
Xen hizo un gesto hacia arriba con una garra medio seccionada. Allá, inmóviles en el espacio, las cambiantes mareas de diáfana luz blancoazulada mostraban que se hallaban en la base de un gran cilindro translúcido. Su geométrica perfección lanzaba de vuelta el húmedo aire de la Tierra, ahora un océano domado por sesgadas fuerzas. En el horizonte, en sus resplandecientes límites, nubes purpúreas se agitaban fútilmente ante su constricción, como ganado hambriento. Aquel cilindro conducía el ojo hacia las enormes vastedades superiores, las estrellas, parecidas a congelados copos de nieve. Allá, el débil pero persistente viento solar tenía vía libre, y se deslizaba entre las secciones anaranjadas de los campos magnéticos dipolares de la Tierra. Los vientos se estrellaban hacia abajo, chisporroteando, librando gloriosos kilovoltios allá donde el cilindro los cortaba. Allá nacían crujientes destellos amarillos, un bosque con todos los troncos incendiados y las ramas hechas de luz, tendiéndose hacia delante como un casino brillantemente iluminado en un desierto gris oscuro.
Lo conozco muy bien. Procedo de días fosilizados.
-Entonces, ¿por qué...?
Es mi destino y mi sentencia.
-¿Vivir aquí? -Faz empezaba a sospechar también.
Por uno o dos parpadeos de eternidad.
-¿Puedes... -Faz apuntó al cielo con un ahusado lanzador en forma de cuerno- ...hacer que alcancemos ahí arriba? ¿Darnos una yec?
No conozco el término.
-Una inyección -dijo Xen-. Un megavoltio, digamos, a un centenar de kiloamps. Un simple microsegundo me daría de nuevo el impulso suficiente. Podría conseguir que mis orugas funcionaran de nuevo.
Tendría que extender mis líneas de campo.
-Entonces es cierto -dijo Xen, triunfante-. Todavía hay inms morando en la Tiera. Y tú eres uno de ellos. De nuevo, el término... -Un inmortal. Tú dominas los campos. Sí.
Xen había oído hablar de aquello, pero había pensado que era simple leyenda. Todas las cosas materiales eran mortales. Las células estaban sometidas a la intrusión de impurezas, insultos cancerígenos, miles de terribles accidentes. Las máquinas, también, conocían la oxidación y el desgaste, podían sufrir el terrible enmarañamiento de sus memorias a causa de un golpe al azar de violencia electromagnética. Los híbridos, como Xen y Faz, compartían los dos semimundos de erosión.
Pero había un principio que eludía el roce del tiempo. Podía imponerse el orden a las corrientes eléctricas -del mismo modo que las palabras viajaban sobre ondas de radio-, y luego podían curvarse las corrientes en un equilibrio propio. Si se hacían girar lo suficiente, la boca de un haz en particular acababa mordiéndose su propia cola, y entonces un anillo giratorio generaba sus propios campos magnéticos. Eso era algo muy sencillo. Incluso los niños hacían tales lazos y los convertían en zumbantes fuegos artificiales. Sólo los genios podían enlazar esos vórtices de corriente en un contorsionante globo. La física fundamental brotaba de la fusión termonuclear embotellada del Hombre en franjas magnéticas. Era una habilidad sencilla, que utilizaba fuerzas magnéticas en bruto e ingeniosos recipientes metálicos. Mucho más difícil era aplicar ese conocimiento a los haces de plasma puro.
El Principio afirmaba que si, a partir del tranquilo centro de ese entretejido, el campo magnético era incrementado de una forma constante en todas direcciones, entonces era estable a todo tipo de presiones y manipulaciones magnetohidrodinámicas.
El Principio era claro, pero el asunto de unir los lazos..., la historia se había tragado aquel secreto. Unos pocos habían conseguido elaborar el lazo, luego traducirlo a fuentes de campos magnéticos. Moraban en las Zonas Vac, donde el rudo golpear de las moléculas de aire no podía agitar sus tranquilas corrientes. Ésos eran los inms.
-¿Tú... vives eternamente? -preguntó Xen, maravillado.
Sí: en un sagrado toroide giratorio..., donde descanso. De otro modo resulto distorsionado, como me veis ahora. Proyecciones fantasmales de abrasado amarillo. Lo que una vezfue el Hombre es ahora aurora..., donde los vientos no cantan, el sol es una empañada moneda de níquel y el cielo una vacía repulsa.
Bruscamente, una jabalina de color pardo brotó de las carcomidas colinas cercanas y se curvó hacia ellos.
-¡Laggenmorfos! -emitió Faz-. No tenemos defensa.
A medio camino de ellos, la lanza estalló en un abanico de plumas escarlatas. Las llamas gotearon y desaparecieron.
Una cacofonía de erupciones estalló a su izquierda. Una sucesión de formas grises saltaron hacia delante, enviando rayos y destellos escarlatas. Afilado metal cortó las humeantes piedras.
-Pymir, bruñida y lisa, siempre te quise -murmuró Xen, pensando que aquello era el final.
Pero el espacio en torno a los laggenmorfos se condensó en una masa gredosa..., asfixiante, devoradora. Las formas cayeron muertas.
Yo os he salvado.
Xen inclinó la cabeza, sin saber cómo murmurar su agradecimiento. Pero la sombra de la cercana aniquilación pesaba como piedra sobre ellos.
-¡Ayúdanos! -la desesperación de Faz partió como una flecha de dolor por el muerto vacío-. Necesitamos energía.
¿Pretendéis que varíe la inclinación de la Tierra, la lleve hasta su solsticio, traiga el verano en una hora?
Xen captó en el fosforescente puntear un asomo de verde ironía.
-¡No, no! -se apresuró a decir Faz-. Sólo una yec. Nosotros haremos lo demás.
Puedo conseguir que hagáis lo demás, siempre.
La llana forma en que fue dicho aquello, junto con una fantasmal erupción de color naranja oscuro, hizo que Xen guardara silencio unos instantes.
-¿Quieres decir... el conocimiento del campo? Hasta yo sé que ese conocimiento no es transmitido a la ligera. Demasiados inms, y las zonas magnéticas de la Tierra estarían congestionadas.
Empiezo a sentirme aburrido, encajado en ese brillante pozo electromagnético. No he hablado del conocimiento del campo desde hace mucho. Al veros arrastrándoos en vuestra huida de ese loco caos blanco, deseé compañía. Propongo un Juego.
-¿Un Juego? -Faz se sintió instantáneamente suspicaz-. Sólo una yec, inm, eso es todo lo que pedimos. También podéis conseguirla. -¿Que estás queriendo decirnos? -Está ofreciendo el secreto -dijo cautelosamente Xen. -¿Qué? -Faz rió secamente, un llano y cínico estallido que resonó en todas las frecuencias.
Faz extrudó una pierna y removió el granuloso suelo, malgastando energía en su consumidora amargura. Había buscado fama, dominio, un pedazo de historia. Sus divisiones se habían visto masticadas y luego escupidas por los laggenmorfos, sus maniobras ignoradas, sus osados ataques hábilmente desviados. Ahora tenía que huir, vencido, junto al inferior Xen, agarrando sus jirones de dignidad, como un destrozado traje, en torno a sus tobillos. -Los inms nunca comparten eso. Un empuje, una yec, seguro..., pero no los secretos del conocimiento del campo. -Para demostrar que no podía ser engañado, Faz escupió una eyección gredosa a una cercana franja de luz color cinc plomizo. Os ofrezco mi Juego. La lóbrega desesperación habló por Fez. -Aunque creyera eso, ¿cómo sabemos que no vas a engañarnos? Ninguna respuesta. Pero de la alta y dura bóveda descendió una amplia franja de luz rubí..., ondulando, flexionándose, agitándose en extrañas lenguas en el vacío mientras se acercaba, aleteando mensajes de tiempos desaparecidos..., augurios de inocencia perdida, misiones olvidadas, tenues canciones del ancho mundo y todas sus desvanecientes dulzuras. La serpiente rubí se escindió, retumbó, se convirtió en una cascara de huevo azul, se escindió de nuevo y se expandió y descendió más, cayendo como un hemisferio en torno a ellos. Golpeó y partió las rocas, escupiendo fragmentos sobre sus agitantes cabezas, retumbando. Luego, de nuevo el silencio.
-Entiendo -dijo Xen.
El trueno impresiona, pero es el rayo quien hace el trabajo.
-¿Por qué tendría que engañarnos el inm, cuando puede clavarnos al suelo, cortarnos en rodajas, freímos hasta convertirnos en escoria? -envió Xen a Faz en una apretada banda.
-¿Por qué no? -respondió Faz, pero había una pizca de asentimiento en su tono.
El inm retorció los campos locales e hizo aparecer, flotando en un chisporrotear de luz, dos cubos..., uno rojo, el otro azul.
Podéis elegir abrir o sólo el cubo Azul, o ambos.
Aunque reanimado gracias a un kiloamp tomado de Xen, Faz había malgastado varios julios en su irritación, y ahora flaqueaba.
-¿Qué hay... en... ellos?
Su contenido es determinado por lo que ya he predicho. He situado ya vuestras recompensas en su interior. Podéis elegir el Rojo y el Azul a la vez, si queréis. En ese caso, siguiendo mi predicción, he situado en el cubo Rojo la inyección que deseabais.
Faz desenrolló un tentáculo metálico y lo tendió hacia el cubo Rojo.
Espera. Si abrís ambas cajas, entonces no he situado en el cubo Azul nada..., nada en absoluto.
-Entonces obtendré la yec en el cubo Rojo, y cuando abra el Azul..., nada -dijo Faz.
Correcto.
-¿Qué ocurrirá si Faz no abre los dos cubos? -preguntó Xen.
La única otra opción es abrir sólo el Azul.
-¿Y no obtendré nada? -preguntó Faz.
No. En ese caso, he situado la, esto, «yec», en el cubo Rojo. Pero en el Azul he puesto la clave de mi propio conocimiento del campo..., el.diseño de la inmortalidad.
-No lo entiendo. Abro el Rojo, obtengo mi yec..., ¿correcto? -dijo Faz, con su repentino interés revistiéndole con un toque de brillo escarlata de tres gigahertzs-. Entonces abro el Azul, obtengo la inmortalidad. Eso es lo que deseo.
Cierto. Pero en ese caso, he predicho que tú tomarás ambos cubos. En consecuencia, he dejado el cubo Azul vacío.
Faz hizo resonar sus orugas.
-¿Obtengo la inmortalidad si elijo sólo el cubo Azul? Pero tú tienes que haber predicho eso. De otro modo, no obtengo nada. Sí.
Si has predicho las cosas correctamente -añadió Xen.
Siempre lo hago.
-¿Siempre?
Casi siempre. Soy inmortal, no tengo edad..., pero no soy Dios. No... todavía.
-¿Qué ocurrirá si elijo el Azul y tú estás equivocado? -preguntó Faz-. Entonces no obtengo nada. Cierto. Pero altamente improbable.
Xen captó la esencia del asunto.
-¿Todo está hecho ya? ¿Ya has efectuado tu predicción? ¿Ya has puesto la yec, o el secreto, o ambas cosas, en los cubos? Sí. Hice mis predicciones antes incluso de ofrecer el Juego. -¿Qué predijiste? -preguntó Faz.
Una alegre risa rosada cascabeleó cruzando el adormecido megahertz.
No lo diré. Excepto que predije correctamente que vosotros dos ibais a jugar, y que tú en particular formularías esa pregunta. Confirmo.
Una fuerza sorbente alzó a Faz de las piedras y lo depositó cerca. Grabado en la roca debajo de donde Faz había estado agazapado estaba escrito ¿Qué os predije? con una meticulosa letra redondeada.
-Tuvo que hacer esto durante el despliegue sobre nuestras cabezas, antes de que empezara el Juego -dijo Xen, maravillado. -El inm puede predecir -dijo Faz, respetuoso. -Entonces lo más sensato es abrir ambos cubos -dijo Xen. ¿Por qué?
-Porque tú ya has hecho tu elección. Si predijiste que Faz elegiría ambos, y solamente abre el Azul, entonces no obtiene nada.
Cierto, y como he dicho antes, muy improbable.
-Del mismo modo -siguió Xen. pensando rápidamente bajo su brillante capa de titanio-, si predijiste que Faz elegiría sólo el zul, entonces Faz puede abrir perfectamente los dos. Faz obtendrá tanto la yec como el secreto.
-Correcto -dijo Faz-. Y esa yec me será útil para salir de aquí.
Excepto que hay todas las posibilidades de que yo predijera ya esta elección para ambos cubos. En ese caso, sólo he dejado la yec en el cubo Rojo, y nada en el Azul.
-¡Pero tú ya has elegido! -estalló Faz-. No hay nada en absoluto probable o posible.
Cierto.
Xen dijo:
-La única incertidumbre es: ¿qué buen predictor eres?
El mejor.
Faz dudó, flexionando un brazo grúa en agónica frustración.
-Yo... no sé... Tengo... que pensar...
Hay mundo suficiente, y tiempo.
-Déjame trazar un diagrama -dijo Xen, que siempre se había inclinado por lo ordenado antes que por lo espectacular. Aquello era lo que lo condenaba a un papel menor en el desarrollo de una batalla, pero quizá eso era una bendición. Dibujó en el arenoso suelo una serie de casillas-. Aquí está -zumbó-. Ésta es la matriz de recompensas.
EL
Predices que tomará sólo lo que hay en el Azul
INM
Predices que tomará lo que hay en los dos
Tomas sólo lo que hay en el Azul
inmortalidad
nada
Tomas lo que hay en el Rojo y en el Azul
inmortalidad
y
yec
yec
TÚ
Tan solemne y formal como la discusión de Job con Dios.
Arrastrado por su propia creación, Xen dijo:
-Resulta claro que tomar sólo el cubo Azul es la mejor elección. Las posibilidades de que esté equivocado son muy pequeñas. De modo que es muy probable que ganes la inmortalidad.
-Eso es una locura -murmuró Faz-. Si tomo los dos cubos, al menos obtendré una yec, aunque el inm supiera que iba a elegir eso. Y con una yec, puedo huir de los laggenmorfos.
-Sí. Sí, si eso descansa sobre la fe -dijo Xen-. La fe en que la predicción del inm es casi perfecta'.
-¡Ja! -se burló Faz-. Nada es perfecto.
Una cosa negra se abrasó en el borde del hueco y estalló en fragmentos. Cada fragmento planeó sobre Xen y Faz, como chillantes águilas alargadas enseñando los dientes.
Y cada fragmento dejó caer algo invisible pero sólido. Golpearon como insectos estrellándose contra el parabrisas de un coche a toda velocidad. Y desaparecieron.
-¡Están a todo nuestro alrededor! -exclamó Faz.
-Incluso con una yec, puede que no consigamos salir de aquí -dijo Xen.
Cierto. Pero traducidos a corrientes, como yo, con un sutil conocimientos de los índices de conductividad y difusión, podéis vivir eternamente.
-Traducidos...-murmuró Xen.
Libres del pantano de la entropía.
-Mira -dijo Faz-. Puede que esté cansado, agotado, pero aún reconozco la lógica. Tú ya has hecho tu elección, inm: los cubos están llenos con lo que tú hayas puesto dentro. Lo que yo elija ahora no puede cambiar eso. Así que tomaré los dos cubos.
Muy bien.
Faz saltó hacia los cubos. Estallaron y se abrieron con un pop y una radiación color marfil. Del Rojo surgió el cegador rayo de , una yec. Rodeó las antenas de Faz y penetró en la criatura como una cascada.
Derivando blandamente del cubo Azul cayó una cosa apretada, una ingrávida bola hechas de hilos de luz de neón. Luminosa, parpadeando culebras arco iris. Describiendo la compleja tela de araña de las geometrías del campo magnético que era el vehículo hacia la inmortalidad. Faz se apoderó de ella.
Ganaste ambas cosas. Predije que tomarías sólo el Azul. Me equivoqué.
-¡Ja! -Faz giró sobre sí mismo, con renovada energía.
Toma el modelo del campo. De él podrás deducir los métodos.
-¡Vamos, Xen! -exclamo Faz con repentina ferocidad. Saltó por encima del borde del hueco, disparando contra las distantes formas movedizas de los laggenmorfos, de nuevo lleno de furia y osadía. Dejó atrás a Xen.
-Con esa yec, Faz lo conseguirá.
También predije eso, sí. Puedes seguir a Faz. Bajo la protección de su armadura, podrás escapar..., por ahí.
El brillo trazó un rápido arco, una flecha verde que señaló hacia el oeste, donde las nubes se acumulaban blancas. Allá aún gobernaban los elementos y caminaba la mortalidad.
-Mi camino conduce hacia mi hogar, hacia el sur.
Unido a Pymr.
-Ella es el único reposo auténtico que tengo.
Puedes reposar eternamente.
-¿Como tú? ¿O como Faz, cuando domine la... traslación?
Sí. Entonces tendré compañía aquí.
-¡Aja! Ésa es tu motivación.
En parte.
-¿Qué otra cosa hay?
Hay reglas para los inmortales. Reglas que no puedes comprender... todavía.
-Si puedes predecir tan bien, con ese poder propio de dioses, entonces yo debería elegir solamente el cubo Azul.
Cierto. O tan cierto como puede serlo la certeza.
-Pero si tú predices tan bien, entonces mi «elección» es mera ilusión. Está preordenada.
¿Esa antigua cuestión? Puedo decir que estás... predeterminado... a disponer de tu libre albedrío.
-O libre de no disponer de él.
Es tu turno.
-Hay aquí varias salidas... -Xen transmitió solamente meditaciones rubíes, murmurando como la resaca en una lejana orilla.
Se oía el resonar distante de la retirada de Faz. Los cubos Rojo y Azul nacieron de nuevo a la vida, destellantes, sus superficies cruzadas por modos iónico-acústicos. El Juego había sido restablecido por el inm, cuyas cortinas de entramado verde parpadeaban en anticipación.
Tiene que haber un Juego, ¿comprendes?
-¿De otro modo no hay libre albedrío?
Ésa es efectivamente una de nuestras reglas. Eres observador. Creo que disfrutaré de tu compañía, Xen, más que de la de Faz.
-Ser... inmortal...
Un paraíso cristalino, mejor que la ciega visión escrita por Milton.
Una nube de explosiones de un marrón sucio flageló el cielo, agitó la tierra.
No puedo extender mucho más mis voltajes. Me gustaría disponer de mucha más voluntad, y tiempo, para continuar esta conversación.
-De acuerdo. -Xen se tendió y aferró las fosforescentes bandas de ambos cubos.
El Rojo contenía una resplandeciente yec.
El Azul no contenía nada.
-Así que predijiste correctamente -dijo con lentitud Xen.
Sí. Lo siento: te conocía demasiado bien.
Xen irradió una extraña sensación de alegría, mezclada con pesar. Trepó al borde del desmoronante hueco.
-Ah... -Xen envió una aguda nota-. Soy como un libro, viejo inm. Sin duda hubiera sufrido en la traslación.
Una última mirada hacia atrás, a la mezcla de resplandor y oscuridad, un gesto de saludo; luego:
-¡Adelante! ¡Al sonido y la furia! -y desapareció.
En los largos y silenciosos años había tiempo para la introspección. Faz aprendió a conocer los entrelazados estrechos de los océanos magnéticos de la Tierra, sus mareas y pulsos. Asaltó la brillante magnetosfera y habló a las estrellas color azul acero.
Los profundamente grabados recuerdos de aquel encuentro persistieron. Nunca vio a Xen de nuevo, aunque le llegó la noticia, vibrando a través de las líneas del campo, de la escapatoria de Xen, de sus aventuras allá afuera en el crudo territorio de aire y Hombres. Incluso hubo un informe de que Xen había conseguido decantarse a sí mismo y a Pymr hasta una forma totalmente Humana, para poder experimentar así las sensaciones de la célula y la membrana. Xen había vivido intensamente desde aquel día de solsticio. Las nuevas sensaciones habían traído consigo un nuevo espíritu.
Faz se hallaba ahora completamente desarrollado, apenas podía ser distinguido del inm que le dio la comprensión del campo Solemne y sabio, su inducción, conductividad y resplandecientes dieléctricos color rubí formaban una gloria digna de admiración, colgando allá, enorme y fría, en el cielo. Faz hablaba raras veces y pensaba mucho.
Sin embargo, el Juego seguía ocupando a Faz. Ahora comprendía las cosas desde el intrincado punto de vista de un inmortal, veía que cada una de las partes del juego pagaba un precio. El inm podía entregar la comprensión del campo sólo a unos pocos, y casi se había agotado con ello; esos momentos costaban milenios.
El sacrificio de Faz resultaba menos claro.
Faz se sentía igual que antes. Sus recuerdos estaban almacenados en ondas alfven: agitaciones en las líneas del campo, ondas estacionarias entre los campos magnéticos de la Tierra. Estarían a salvo hasta que la propia Tierra se desmoronara y la dinamo en el núcleo de ferroníquel dejara de alimentar los campos. Quizá, por aquel entonces, hubiera otras líneas de campo tejiendo otras Tierras, y los inms pudieran dispersarse hacia el exterior, mezclándose con las corrientes galácticas.
Había señales de que ese fin había llegado ya a otros mundos. Los rayos cósmicos que caían perpetuamente lo hacían al azar, isotrópicamente, lo cual quería decir que habían sido esparcidos por ondas magnéticas entre las estrellas. Si tales ondas eran ordenadas, sabias..., eso significaba una enorme comunidad de inms aún más grandes.
Pero ese lejano futuro no preocupaba a Faz. Para él, el pasado aún cantaba, animoso y real.
Faz le preguntó al inm acerca de ese tiempo durante uno de sus ocasionales encuentros aurórales, junto a una cascadeante agitación carmesí.
En nuestros días, respondió el inm llamado Sam, decíamos que el software nunca sabe cuál fue el hardware original.
Y así era, vio Faz. Durante la traslación, el cascarón original de Faz había sido exactamente memorizado. Eso significaba determinar la localización precisa de cada átomo, de cada veloz electrón. Según las leyes cuánticas, esa perfecta localización implicaba la medición de un desconocido pero fuerte impulso de cada partícula. Definirla con perfecta exactitud, luego destruirla.
Sin embargo, no había ninguna forma externa de demostrarlo. Tanto antes como después de la traslación, existía un exacto Faz.
La copia que no conocía estaba intrincada en un hardware... distinto... que el original.
Así, la inmortalidad era un concepto con una legitimidad puramente vista desde el exterior. Desde dentro...
De alguna forma, un Faz había muerto para que este Faz pudiera vivir.
...¿Y cómo podía cualquier ser sentiente saber que no era una copia de algún original desaparecido hacía mucho tiempo?
Un día, cerca de la envoltura que retenía en su sitio la atmósfera. Faz vio a un hombre agitando hacia él los brazos. Permanecía de pie, con una verde y vibrante salud vital, vestido hasta la cintura, bronceado. Faz situó un traductor de plasma en sus límites y oyó a la figura decir:
-Tú eres Faz, ¿verdad?
Sí, en cierto modo. ¿Y tú...?
-Me preguntaba si te gusta realmente eso.
¿Xen? ¿Eres tú?
-En cierto modo.
Tú lo sabías.
-Sí. De modo que fui en dirección opuesta... a esa forma.
Morirás pronto.
-Tú ya has muerto.
De todos modos, en tus últimos momentos, desearás esto.
-No. No es el tiempo que dura algo lo que importa, sino su significado. -Con eso el humano se dio la vuelta, agitó alegremente una mano y se dirigió a buen paso hacia un bosquecillo cercano.
Aquel encuentro preocupó a Faz.
En sus estudios y en sus coloquios de aprendizaje, Faz había visto y sentido los relatos de los Hombres. Parecían curiosamente centrados en el Yo. Eso era más importante para aquellos que amaban los relatos que la forma en que terminaban.
Sin embargo, todos los Hombres sabían cómo terminaba cada historia individual. Sus pequeños sueños estaban rodeados por un sueño. Hasta el punto que un relato en sí no era cómo terminaba, sino lo que significaba. La gran e inspiradora rabia épica del Hombre era descubrir esa lección una vez enterrado en la tumba.
A medida que se desvanecían los años, Faz reflexionó, y supo que Xen había visto aquello. La inmortalidad, captada desde fuera por aquellos que no podían conocer el Yo interno..., Xen no deseaba aquello. Así que engañó al inm, y obtuvo solamente la yec que deseaba.
Xen eligió la vida..., no ser un monumento de intelecto incapaz de envejecer, apresado en el artificio de la eternidad.
En medio de la brillante noche, Faz se preguntó si él había elegido bien. Y supo. Nada podía asegurarle que su yo fuera el original. De modo que el único camino inteligente consistía en disfrutar del tipo de vida, cualquiera que fuese, ofrecido a los seres..., vivir como un mortal, al momento. Faz había dejado transcurrir tanto tiempo, sólo para alcanzar la misma conclusión que había sido forzada al Hombre desde un principio.
Faz emitió una cascada de tonos electromagnéticos y tiñó de rojo las líneas del campo.
Y se agitó para pensar de nuevo, cada vez que el apagado sol se desvanecía en el solsticio. Para recordar y, viviendo aún, regocijarse.