amor infinito (es)
Fue en aquella maldita cena, ella, al borde de las lágrimas, dejándole plantado y todo el restaurante mirando. ¿Cómo pudo ser tan torpe? ¿Cómo pudo quedarse dormido en un momento así? El trabajo, ese era el problema, su obsesión por el trabajo. Demasiado trabajo, demasiadas horas robadas al sueño en el laboratorio, envuelto en nubes de abstrusas ecuaciones y zumbido de máquinas. Y todo para qué ¿por la posibilidad de un descubrimiento que le aseguraría el Nobel? Más que eso, que revolucionaría la física conocida y pondría su nombre a la altura de Newton y Einstein. ¿Que era ese sueño de vanidad comparado con la pérdida del amor de su vida? Nada.
Al final todo tuvo una consecuencia positiva, una motivación extra que le empujó por encima de las dificultades, mas allá de la vía muerta donde languidecían sus resultados hasta una solución que por fin anulaba los indeseables infinitos que surgían por doquier.
Allí en aquel garaje alquilado —que pronto ocuparía su lugar entre tantos otros que jalonaban la lista de los grandes descubrimientos de la técnica—, oscuro, polvoriento y repleto de material prestado por la universidad, tendría lugar el primer viaje en el tiempo de la historia de la humanidad. No pensaba investigar los acontecimientos que forjaron el destino de los hombres ni buscaría a ninguno de los héroes del saber que idolatrara en su adolescencia. No, regresaría a su momento maldito, conseguiría una segunda oportunidad que no pensaba desaprovechar.
Dudó antes de ensamblar los colectores del sincrotrón portátil con la cabina. La poca sensatez que le quedaba le decía que era pronto, que las pocas pruebas experimentales realizadas no cerraban todas las alternativas, que los cabos sueltos se acumulaban hasta formar una gigantesca maroma, pero no quería, no podía esperar más. Un dato era concluyente, sólo se transfería la conciencia, su yo actual con todos los recuerdos y experiencias se materializaba en el cuerpo de su yo pasado, un fenómeno curioso para el que no tenía respuesta clara, y que podía llevarle a demostrar la existencia y trasmigración de las almas o de una mente incorpórea, hipótesis peregrinas que ya resolvería más adelante, de momento ese hecho le garantizaba poder actuar sin la molesta presencia de dobles ni extraños encuentros consigo mismo.
Apretó los puños y ajustó el reloj al segundo. El momento en que todo se torció estaba muy claro en sus recuerdos, dolorosamente. Apagó las luces, necesitaba cada gramo de energía para mantener estable el túnel dentro del flujo temporal, cerró los ojos y procuró relajarse mientras esperaba a que el temporizador activará el proceso.
Todo se arreglaría en unos minutos.
El relámpago le dejó sentado ante el plato de postre vacío, su canción, pactada con una buena propina, sonando de fondo y el discreto camarero esperando con la botella de champán puesta en frío. Tal y como lo recordaba. Perfecto hasta que... mejor apartar de la cabeza las ideas nefastas y concentrase en lo importante.
Ella esperaba con ojos brillantes de vino y emoción sospechando la sorpresa. Él acarició con la mano la cajita forrada de terciopelo que reposaba en el bolsillo de su americana encerrando los ahorros de dos años. Sonrió y de repente el peso del agotamiento de su nuevo, antiguo, cuerpo le golpeó con todo su carga; esta vez no, se obligó a mantener abiertos los párpados y sus dedos buscaron la cajita.
Sólo encontraron aire. ¡Que diablos! Palpó desesperado, el bolsillo estaba vacío, nada, ¿por qué tenía los ojos cerrados? Los abrió y sólo encontró oscuridad, zumbido de máquinas, olor a polvo y circuitos recalentados. Se había dormido en el momento más trascendental de su vida ¡Despierta idiota!
¿Por qué estaba de vuelta en la cabina? ¿Que había fallado justo el instante crucial? Encendió la luz y comprobó el panel, todas las lecturas eran correctas, el salto se efectuaría en unos segundos. ¡Vaya! Habría jurado que... sacudió la cabeza, cerro los ojos y esperó.
Una pesadilla extraña y breve. El exceso de trabajo terminaría por volverle loco, a partir de esa feliz noche tendría que ponerle remedio, su tiempo iba a estar ocupado en otros quehaceres más placenteros. Sonrió disculpándose y volvió a buscar el anillo. Ella esperaba ansiosa.
El relámpago y ahora sí, Por fin el deseado momento. Apretó el suave terciopelo en su puño y repasó las palabras memorizadas, repetidas una y otra vez como una letanía durante los meses de esfuerzo encerrado en el garaje.
Otra vez la oscuridad, la angustia que desataba el peor de sus temores. ¿Cómo iba alguien como ella querer pasar la vida con alguien como él? Un tipo bajito, con gafas y cara de empollón. ¡Despierta imbécil! No puedes dejar pasar esta oportunidad.
¡Joder! El temporizador seguía a un segundo. Respira, respira, respira. Tranquilízate de una vez, estás alucinando.
¡Era de locos! Ni siquiera había tenido de sacar la mano del bolsillo antes de volver a caer en aquella desesperante oscuridad.
¿Un segundo? ¡Que coño le pasa a este cacharro! ¡Salta de una vez!
Relámpago.
Ella espera.
Oscuridad.
Ella sigue esperando.
¡Un segundo para...!
Ella.
Oscuridad.
...
* * *
—Y así hasta el infinito. Como verán, señores, este caso deja muy claros los riegos de pasar a la fase experimental sin tener resueltas cuestiones teóricas fundamentales, como el hecho, hoy bien conocido, de la retroalimentación de bucle en intervalos temporales inferiores a la razón diferencial de lambda, diferencial de theta por la constante de Gómez.
El profesor dejó de pasear y se encaró con sus alumnos.
—¿Alguna pregunta?
La explicación estaba clara como el agua, era elemental y todos guardaron silencio.
Todos menos una.
El profesor frunció el ceño.
—¿Si?
—Perdone profesor, si la causa de que ella le rechazara fue la intervención de su yo futuro, es decir si quedó atrapado en el bucle, su yo antiguo nunca podría haber avanzo hasta el momento de construir la tuneladora de tiempo.
El profesor suspiró, siempre quedaba algún torpe.
—Debería usted considerar señorita...
—Gómez.
Y además con ese apellido.
—Debería usted repasar, señorita Gómez la teoría de las múltiples realidades de su ilustre y sin duda lejano pariente. Si además repasa el desarrollo de mi explicación, descubrirá que el bucle se estableció entre dos realidades paralelas.
La chica bajó la vista avergonzada y el profesor sonrió condescendiente.
—Y siendo optimistas podemos suponer que, en algún otro mundo, nuestro amigo logró mantenerse despierto, coronó la velada con éxito y en lugar de dedicarse a alterar el tejido del universo con arriesgadas manipulaciones, es ahora un hombre feliz en compañía de la mujer de sus sueños.