de personas desaparecidas (es)
—Entre como si se tratara de una agencia de viajes corriente —me dijo el desconocido que me encontré en el bar—. Haga algunas pocas preguntas de las que se hacen siempre: acerca de un viaje que está proyectando, unas vacaciones o algo así. Luego, aluda un poco al Folleto, pero no lo mencione directamente. Espere hasta que lo haga él mismo. Y si no lo hace, olvídelo. Si puede. Porque nunca lo verá. No es usted el tipo adecuado, eso es todo. Y si usted pregunta por él, lo mirarán como si no supieran de lo que está usted hablando.
Lo ensayé todo mentalmente, una y otra vez; pero lo que parece posible por la noche ante un vaso de cerveza, no es tan fácil de creer a la luz de un día lluvioso y frío, y me sentí como un tonto buscando en las fachadas de las tiendas el número de la calle que había grabado en mi memoria. Era un mediodía lluvioso y corría mucho viento; la calle: 42 Oeste; la ciudad: Nueva York. Yo, como la mitad de los hombres que me rodeaban, andaba con la mano en el ala del sombrero, vistiendo un viejo impermeable y con la cabeza agachada para resistir los embates de la lluvia y del aire. Y el mundo era real y gris. Y eso era desesperanzador.
De todas formas, no podía dejar de pensar que quién era yo para ver El Folleto, si es que existía alguno. ¿Nombre? Me lo dije a mí mismo, como si ya me lo estuvieran preguntando. Charley Ewell. Y soy un joven que trabaja en un banco. Un cobrador. No me gusta mi trabajo; no gano bastante dinero, no lo ganaré nunca. Vivo en Nueva York desde hace más de tres años, y no tengo muchos amigos. En realidad, no hay nada que decir… Veo muchas más películas de las que quisiera, leo demasiados libros y estoy harto de comer solo en los restaurantes. Tengo aptitudes, apariencia y pensamientos comunes y corrientes. ¿Le conviene esto? ¿Tengo cualidades?
Di con ella, con la dirección, en la manzana doscientos. Era un viejo edificio de oficinas seudomodernizado, desgastado, llamado a desaparecer, que se negaba a admitirlo, pero incapaz de ocultarlo. Nueva York está cuajada de ellos, sobre todo a la izquierda de la Primera Avenida.
Empujé las puertas de cristales con marcos de metal y entré en un diminuto vestíbulo, enlosado con baldosas recientemente fregadas y permanentemente sucias. Las paredes, pintadas de verde, estaban cubiertas de antiguas composturas de yeso. De un marco color amarillo colgaba un tablón de direcciones: tarjetas de celuloide blanco sobre fondo negro, que podían cambiarse con facilidad.
Había en él por lo menos veinte nombres desconocidos para mí. Encontré Agencia de Viajes Acme la segunda de la lista, entre A-1 Mimeo y Objetos mágicos Ayax.
Apreté el botón que se hallaba al lado de la reja del ascensor, modelo antiguo, y oí sonar un timbre arriba. Hubo una larga pausa. Luego, un porrazo, y la pesada cadena empezó a bajar con chirriante sonido. Estuve a punto de volverme y echar a correr… Aquello era una locura.
Pero arriba, la Agencia Acme estaba divorciada de la atmósfera del edificio. Empujé la abierta puerta de cristales esmerilados, entré, y la gran habitación cuadrada se me presentó reluciente y limpia, alumbrada con luz fluorescente.
Junto a las anchas y dobles ventanas, tras un mostrador, se hallaba un hombre alto, de cabellos grises y mirada grave, hablando por teléfono. Levantó la vista, me hizo señas de que me acercara y sentí que se aceleraban las palpitaciones de mi corazón… Se ajustaba exactamente a la descripción que de él me habían dado,
—Sí, Líneas Aéreas Unidas —decía al teléfono—. Vuelo … —miró un papel que estaba sobre el mostrador de cristal— siete-cero-tres… Y le sugiero que se presente a control cuarenta minutos antes de la partida.
Parado frente a él, yo esperaba, inclinado sobre el mostrador y mirando a mi alrededor. No había duda de que él era el hombre y aquella también una agencia de viajes cualquiera: grandes carteles de colores en las paredes, mesa de metal cubierta completamente de folletos, listas impresas bajo el cristal del mostrador… Pensé que aquello era exactamente lo que yo iba buscando, y de nuevo me sentí como un tonto.
—¿En qué puedo servirle?
Tras el mostrador, el hombre alto, de cabellos grises, me sonreía, mientras colocaba el teléfono en su sitio. De pronto, me puse terriblemente nervioso.
—Verá —hice una pausa deliberada, mientras me desabrochaba el impermeable—. Yo…, me gustaría…, largarme.
“¡Tonto!”, me dije. “¡Vas muy apurado! ¡No te precipites!”
Lo observé, con una especie de pánico en los ojos, para ver qué efecto le había producido mi respuesta, pero ni pestañeó.
—Bien. Hay muchos sitios adonde ir —respondió, cortés.
De debajo del mostrador sacó un amplio y elegante folleto y lo puso sobre el cristal, vuelto hacia mí.
“Vuele a Buenos Aires… Al otro mundo”, decía en letras gruesas, de un verde pálido, que cruzaban toda la parte alta del folleto.
Lo miré con detenimiento para ser cortés. Se veía en él un hermoso aeroplano plateado que volaba de noche sobre un puerto, con la luna brillando en el agua, y montañas como telón de fondo. Negué con la cabeza. Me daba miedo hablar, miedo a decir algo que no fuera adecuado.
—¿Acaso algo más tranquilo?
Sacó otro folleto: gruesos troncos de árboles milenarios que se perdían de vista en las alturas, con los rayos del sol cruzando a través de ellos.
“Los bosques virginianos de Maine, vía Boston y ferrocarril de Maine.”
—O bien —dijo, poniendo un tercer folleto sobre el mostrador—. Bermuda es ideal en esta época.
Este folleto decía:
“Bermuda: un Viejo mundo en el Nuevo.”
Decidí arriesgarlo todo.
—No —dije, moviendo la cabeza—. Lo que yo busco, en realidad, es un lugar permanente. Un lugar nuevo para vivir y quedarme en él para siempre —lo miré directamente a los ojos—. Para el resto de mi vida.
Entonces me fallaron los nervios y traté de encontrar un medio de marcharme.
Pero él sólo me sonrío agradablemente, diciéndome:
—No sé cómo podremos informarle sobre eso —se inclinó sobre el mostrador, apoyándose en las palmas de las manos. Me dedicaba todo su tiempo. Su postura lo demostraba—. ¿Qué busca usted? ¿Qué desea?
Contuve la respiración. Luego dije:
—Escapar.
—¿De qué?
—Bueno… —dudaba ahora. Nunca antes lo había expresado en palabras—. De Nueva York, diría. De todas las ciudades en general. Del dolor. Y del miedo. Y de las cosas que leo en los periódicos. De la soledad —y ya no pude parar, y, aunque me daba cuenta de que estaba hablando demasiado, las palabras se me escapaban de la boca—. De no hacer nunca lo que en realidad quiero hacer o de carecer de alegría. De vender mis días sólo para continuar viviendo. De la misma vida…; al menos, de la forma en que hoy está —lo miré fijamente, y dije con calma—: Del mundo.
Ahora él me miraba francamente. Sus ojos estudiaban mi cara con atención, sin pretender hacer nada más, y comprendí que, al cabo de un instante, movería la cabeza, diciéndome:
—Señor, será mejor que acuda a un médico.
Pero no fue así.
Continuó mirándome. Sus ojos examinaban ahora mi frente.
Se trataba de un hombre corpulento, con los cabellos grises, rizados y ondulados, con cara de inteligencia, de hombre bondadoso. Miraba de la misma forma que mirarían los ministros del Señor. Miraba idénticamente igual que mirarían todos los padres.
Bajó la mirada para escudriñar mis ojos y más allá de ellos; estudió mi boca, mi barbilla, la línea del mentón y, de repente, tuve la convicción de que, sin dificultad alguna, había conseguido saber todo de mí, más de lo que yo sabía de mí mismo.
Súbitamente, sonrío y colocó ambos codos sobre el mostrador, mientras se agarraba y acariciaba suavemente la muñeca derecha con la mano izquierda.
—¿Le agrada la gente? Dígame la verdad, porque lo sabré aunque no me lo diga.
—Sí. Aunque no es fácil para mí entregarme, ni ser yo mismo, ni hacer amigos.
Asintió gravemente, aceptándolo.
—¿Sería capaz de asegurar que es usted un tipo de hombre razonablemente decente?
—Así lo creo, pienso que sí.
Y me encogí de hombros.
—¿Por qué?
Sonreí oblicuamente. Eso era difícil de contestar.
—Bueno… Al menos, cuando no lo soy, normalmente me siento preocupado por eso.
Hizo una mueca ante mi contestación y la consideró durante un momento. Luego, sonrió…, como lamentándolo, como si estuviera a punto de hacerme una broma que no era demasiado buena.
—Ha de saber usted —dijo, como por azar— que, a veces, recibimos aquí personas que buscan exactamente algo muy semejante a lo que usted busca. Ahora bien, como una pequeña broma…
Yo no podía respirar. Esto era lo que yo me había dicho que él me diría si pensaba que yo podría hacerlo.
—…hemos confeccionado un pequeños folleto. Incluso lo hemos impreso. Simplemente para nuestra propia diversión. ¿Comprende? Y para un cliente ocasional, como usted. Así, pues, le rogaré que lo examine, por si le interesa. No es una cosa que, por lo general, damos a conocer.
Apenas pude susurrar:
—Me interesa.
Buscó por debajo del mostrador, sacó después un folleto alargado y fino, del mismo formato y hechura que los otros y, poniéndolo sobre el cristal, lo empujó hacia mí.
Lo miré, acercándolo con la punta del dedo, casi temeroso de tocarlo.
La cubierta era de color azul oscuro, la sombra de un cielo nocturno, y en la pare superior, con letras blancas, decía: “¡Visite la encantadora Verna!” La cubierta azul estaba moteada de puntos blancos —estrellas—, y en el ángulo inferior izquierdo se veía un globo, el mundo, medio rodeado de nubes. En el ángulo superior derecho, exactamente debajo de la palabra Verna, había una estrella más grande y más brillante que las otras; de ella surgían rayos, como estrella de tarjeta de Navidad.
En la parte inferior de la cubierta y a todo lo largo de ella se leía:
“Romántica Verna, donde la vida es como debe ser.”
Había una diminuta flecha junto a la leyenda, que quería decir: “Vuelva la página.”
La volví, y el folleto, por dentro, era como la mayoría de los folletos de viajes…, fotografías y texto, sólo que éstos hablaban de Verna en lugar de hablar de París, de Roma o de las Bahamas. Estaba maravillosamente impreso. Las fotografías parecían de verdad. Lo que quiero decir es: ¿han visto ustedes fotografías estereoscópicas en color? Bueno, pues eso eran lo que parecían, sólo que mejores, mucho mejores.
En una de las fotografías podía verse el rocío brillando sobre el césped, y parecía húmedo. En otra, el tronco de un árbol parecía salirse, curvado, de la página, con todos sus detalles, y se recibía una fuerte impresión al tocarlo y sentir la suavidad del papel en lugar de la aspereza real de la corteza. En una tercera fotografía, caras humanas en miniatura parecían estar hablando, los labios húmedos y vivos, los ojos brillantes, y la textura de la piel completamente real, allí, en el papel. Y cuando se las miraba fijamente, parecía imposible que aquellas personas no se movieran ni hablaran.
Estudié una amplia fotografía que ocupaba la parte superior de dos páginas abiertas. Parecía estar sacada desde lo alto de una montaña. Se veía el campo extendido a sus pies, descendiendo hasta el valle y elevándose luego de nuevo por el lado opuesto. Las laderas de ambas montañas estaban cubiertas de bosques, y el colorido era hermoso, perfecto; allí había millares de árboles, verdes y majestuosos, y cuando se los observaba detenidamente, se notaba que aquella selva estaba virgen, casi sin tocar.
Atravesando el valle en suaves curvas, se veía un río, de color azul cielo en su mayor parte. Aquí y allá, donde la corriente rompía contra masivos peñascos, el agua formaba blancas espumas, y de nuevo parecía que, con sólo acercar suficientemente los ojos a la fotografía, se tendría la seguridad de ver a ese río moverse y brillar bajo los rayos del sol.
En unos claros, junto al río, se alzaban algunas cabañas de tejados de tabla de ripia, unas, de trocos; otras, de adobe o de ladrillo. El epígrafe bajo la fotografía decía únicamente: “La Colonia.”
—Esto es maravilloso —murmuró el hombre, que se hallaba detrás del mostrador, señalando el prospecto que tenía yo en la mano—. Evita la monotonía. Lugar atractivo, ¿verdad?
Sólo pude asentir mudamente, bajando de nuevo la vista a la fotografía, porque aquella fotografía le decía a uno mucho más de lo que uno veía. No sé si alguien se dará cuenta de esto, pero se comprendía, al contemplar ese valle cubierto de bosques que esa era la verdadera configuración de América cuando estaba sin hollar por la planta del hombre. Y se daba uno cuenta de que eso sólo era una parte de toda una tierra de bosques sin talar, donde los ríos corrían puros; podía verse que pueblos, el último de ellos desaparecido hacía más de un siglo, habían vivido en cierta época en Kentucky, en Wisconsin y en el antiguo Noroeste. Y se daba uno cuenta de que si se podía respirar aquel aire, se le sentiría fluir en los pulmones más suavemente que si se estuviera en cualquier otra parte de la tierra durante ciento cincuenta años.
Debajo de aquella fotografía había otra de seis u ocho personas en una playa, la orilla de un lago quizá, o del río de la fotografía de encima. Dos niños estaban sentados sobre sus talones, chapoteando en el borde del agua, y en primer plano, en semicírculo, se hallaban sentadas, arrodilladas o tumbadas en cómodas hamacas sobre la arena, las seis personas restantes. Conversaban, fumaban algunas de ellas y la mayoría de ellas sostenían en sus manos tazas de café.
El sol era brillante. Se notaba aire suave y que era por la mañana, exactamente después del desayuno. Todos sonreían. Una mujer hablaba y los otros escuchaban. Un hombre se había medio levantado de su agachada posición para arrojar una piedra a la superficie del agua.
Se daba uno cuenta de que estaban gozando de unos veinte minutos aproximadamente en aquella playa después del desayuno, antes de ir a trabajar; de que eran amigos y de que lo hacían todos los días. Se comprendía perfectamente…, digo yo…, que les gustaba su trabajo, cualquiera que éste fuera; que no se veían forzados a correr, ni presionados por él. Y que… Bueno, eso era todo, me parece. Uno se daba cuenta de que todos los días, después del desayuno, estas familias pasaban una media hora ociosa sentadas y hablando, al sol de la mañana, en aquella maravillosa playa.
Nunca vi antes unas caras como las suyas. A primera vista eran bastante vulgares las personas de aquellas fotografías…, agradables y de tipo más o menos familiar. Algunas eran jóvenes, de unos veinte años; otras, alrededor de los treinta; un hombre y una mujer se aproximaban a los cincuenta.
Las caras de la pareja más joven carecían por completo de arrugas, y se me ocurrió entonces que habrían nacido allí, pues aquel era un lugar donde nadie tiene disgustos ni miedo. Los otros, los de edad mediana, tenían arrugas en la frente, estrías alrededor de la boca; pero se notaba que esas arrugas no eran profundas, simples cicatrices curadas y sosegadas. Y en el rostro de la pareja mayor había una mirada de… diría yo que era una mirada de alivio permanente. Ninguna de aquellas caras tenía un rasgo de malicia. Esas personas eran felices. Pero, aún más que eso, se notaba que habían sido felices día tras día durante mucho tiempo, muchísimo tiempo, y que lo serían siempre. Y ellos lo sabían.
Deseé unirme a ellos. El más desesperado y vehemente sollozo se elevó del fondo de mi alma por estar allí…, en aquella playa, después del desayuno, con aquellas personas bañadas por el sol de la mañana…, y apenas podía mantenerme en pie. Levanté los ojos hacia el hombre que estaba detrás del mostrador y esbocé una sonrisa.
—Esto es… muy interesante.
—Sí —sonrió. Luego movió la cabeza, divertido—. Hemos tenido clientes tan interesados, tan decididos, que no han querido que se les hablase de nada más —se rió—. En seguida quieren conocer precios, detalles, todo…
Asentí para demostrarle que lo comprendía y que estaba de acuerdo con él.
—Y supongo que ustedes habrán escrito una historia completa respecto a esto —dije, dirigiendo la vista al folleto que tenía en mis manos.
—¡Oh, sí! ¿Qué le gustaría conocer?
—A estas personas —dije tranquilamente, y señalé la fotografía del grupo en la playa—. ¿Qué hacen?
—Trabajan. Todos trabajan.
Sacó su pipa del bolsillo.
—Simplemente viven su vida haciendo lo que a ellos les gusta —continuó—. Algunos estudian. Tenemos, de acuerdo con nuestra pequeña historia —añadió, sonriendo— una biblioteca muy hermosa. Algunas de nuestras gentes cultivan la tierra; otras, escriben; otras, hacen trabajos manuales. La mayoría de ellos educan a sus hijos, y… bueno, trabajan en lo que verdaderamente les agrada trabajar.
—¿Y si no quieren hacer nada?
Movió la cabeza.
—A todo el mundo le gusta hacer siempre algo. Claro que aquí no se tiene tiempo material para descubrir lo que es.
Sacó un a bolsita de tabaco e, inclinado sobre el mostrador, empezó a llenar la pipa; sus ojos, al mismo nivel de los míos, mirándome con gravedad.
—Allí la vida es muy sencilla… y muy serena. En cierto modo, de buena forma, es como las primitivas comunidades pioneras de su país, pero sin los duros trabajos que acababan con los jóvenes. Hay electricidad. Hay lavadoras, aspiradoras, tuberías, modernos cuartos de baño y medicina moderna, de la más moderna. Pero no hay radios, ni televisores, ni teléfonos, ni automóviles. Las distancias son cortas, y la gente vive y trabaja en reducidas comunidades. Cultivan la tierra y construyen la mayoría de las cosas que ellos utilizan. Cada hombre edifica su propia vivienda y recibe de sus vecinos toda la ayuda que necesite. Sus recreos son propios, y existen muchos, pero no hay diversiones pagadas, nada que se pueda comprar con un billete. Tienen bailes, partidas de naipes; celebran bodas, cumpleaños, bautizos, y fiestas de la cosecha. Practican natación y deportes de toda clase. Hay conversaciones, grandes cantidades de conversaciones, plenas de broma y de risas; visitas y comidas en común. Todo el día lo tienen bien ocupado y bien gastado. No existen dificultades económicas ni sociales, y la vida contiene pocas amenazas. Cada hombre, cada mujer y cada niño es una persona feliz —tras una pausa, sonrió—. Como es natural, estoy repitiendo el texto de nuestra pequeña diversión…
Y señaló el folleto.
—Naturalmente —murmuré, bajé de nuevo la vista al folleto y volví una página.
“Hogares de la Colonia”, decía un epígrafe, y allí, verdadero y real, había cerca de una docena de fotografías de los que debían de ser los interiores de las cabañas que había visto en la primera fotografía o de otras como ellas. Eran salas de estar, cocinas, bodegas y patios. Muchos de los hogares parecían estar amueblados en un estilo semejante al primitivo norteamericano, con la excepción de que parecían… auténticos, como si esas sillas, aparadores, mesas y gruesas alfombras de nudos estuvieran construidas por el propio pueblo, sin precipitaciones y haciéndolo todo bien y perfecto. Otros de los interiores eran de estilo moderno. Algunos otros mostraban una tendencia marcadamente oriental…
Todos ellos tenían, llana e innegablemente, alguna cualidad común: al mirarlos se daba uno cuenta de que esas habitaciones eran hogares, hogares de verdad, para gente que vivían en ellos. En la pared de uno de los cuartos de estar, sobre la chimenea de piedra, colgaba una divisa hecha a mano. Decía: “No hay sitio como el hogar.”
Pero las palabras no parecían anticuadas ni divertidas; no parecían pasadas de moda, resucitadas o copiadas de un pasado que ya se había extinguido. Parecían reales. Estaban domiciliadas. Esas palabras eran ni más ni menos que una simple expresión de sentimiento y de hechos verdaderos.
—¿Quiénes son ustedes? —pregunté, mientras levantaba la vista del folleto para mirar fijamente a los ojos del hombre.
Encendió la pipa, sin prisas, y apagó la llama del fósforo en el cenicero.
—Está en el texto —me contestó—, en la última página. Nosotros…, es decir, el pueblo de Verna, sus primitivos habitantes…, somos personas como usted. Verna es un planeta de aire, sol, tierra y mar, como éste. Y con la misma temperatura aproximadamente. Por tanto, la vida desenvuelve allí, como es lógico, exactamente como aquí, aunque más primitiva tal vez. Y nosotros somos personas como usted. Existen triviales diferencias anatómicas, pero sin importancia. Leemos y gozamos con sus James Thurber, John Clayton, Rabelais, Allen Marple, Hemingway, Grimm, Mark Twain, Allan Nelson… Nos gusta su chocolate, que nosotros no tenemos, y mucha de su música. Y a usted le gustarán muchas de las cosas que nosotros poseemos. Nuestros pensamientos, sin embargo, y los grandes designios y direcciones de nuestra historia y desarrollo han sido… drásticamente diferentes a los suyos.
Sonrió, echando una bocanada de humo.
—Divertida fantasía, ¿verdad?
—Sí —sabía que mi voz sonaba abrupta, pero no dejaba de sonreír. Las palabras se me escapaban—. ¿Y dónde está Verna?
—A muchos años luz de aquí, de acuerdo con sus medidas.
Me sentí súbitamente irritado, no sé por qué.
—Un poco difícil de llegar a ella entonces, ¿no?
Me miró por un instante; luego se volvió hacia la ventana que estaba junto a él.
—Venga aquí —dijo.
Di la vuelta al mostrador y me puse a su lado.
—Allí, a la izquierda —puso una mano en su hombro y señaló con el tubo de su pipa—, hay dos edificios de departamentos, construidos uno a espalda del otro. La entrada de uno de ellos está por la Quinta Avenida; la del otro, por la Sexta. ¿Los ve? En el centro de la manzana de casas puede usted ver exactamente sus tejados.
Asentí.
El hombre continuó:
—Un individuo y su esposa viven en el piso catorce de uno de esos edificios. Una de las paredes de su sala es la pared trasera del edificio. Tienen amigos en el piso catorce del otro inmueble, y una pared de su cuarto es la pared de su edificio. Estos dos matrimonios viven, en otras palabras, a dos pasos uno del otro, puesto que sus paredes traseras se tocan.
El hombre alto sonrió.
—Sin embargo, cuando los Robinson quieren visitar a los Braden, salen de su sala, se dirigen a la puerta del departamento y cruzan un gran vestíbulo, donde están los ascensores. Bajan catorce pisos. Una vez en la calle, tienen que andar hasta la manzana de casas siguiente, dar la vuelta a la esquina. Ya sabe usted que en las grandes ciudades las manzanas de casas son grandes. A veces, si el tiempo es malo, tienen que coger un taxi. Entran en el otro edificio, cruzan el vestíbulo, suben catorce pisos en ascensor, atraviesan el pasillo, tocan el timbre y, al fin, entran en la sala de sus amigos…, que está a sólo dos pasos de la de ellos.
El hombre volvió al mostrador y yo me coloqué en el mismo sitio de antes.
—Todo cuanto puedo decirle —dijo entonces— es que el viaje de los Robinson es como un viaje por el espacio, el verdadero cuerpo físico cruzando esas enormes distancias —se encogió de hombros—. Pero si ellos pudieran caminar esos dos pasos, atravesando la pared sin dañarla ni dañarse ellos… Bueno, así es como nosotros “viajamos”. No cruzamos el espacio, se lo confieso —sonrió—. Respiramos profundamente aquí… y expelemos el aire en Verna.
Respondí con calma:
—Y así es como llegaron, ¿verdad? Digo las personas de la fotografía. Usted los llevó allí.
Asintió.
Y continué:
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Si usted ve la casa de su vecino arder, ¿rescataría a su familia si pudiese? ¿Por lo menos, a cuantos pudiese?
—Sí
—Pues… eso hacemos nosotros.
—Entonces, ¿cree usted que esto es malo… para nosotros?
—¿Qué le parece a usted?
Pensé en los encabezamientos de los diarios de la mañana, de aquella mañana y de todas las mañanas.
—No tan bueno.
Sólo asintió y dijo:
—Nosotros no podemos llevar a todos; a veces, ni a muchos. Por tanto, seleccionamos a unos pocos.
—¿Por cuánto tiempo?
—Por mucho tiempo —sonrió—. Uno de nosotros fue miembro del gabinete de Lincoln… Pero, exactamente, no fue hasta poco antes de su primera guerra mundial cuando comprendimos que veríamos lo que sucedería. Hasta entonces fuimos meros observadores. Abrimos nuestra primera agencia en Ciudad de México, el año mil novecientos trece. Ahora tenemos sucursales en la mayor parte de las grandes ciudades.
—Mil novecientos trece —murmuré, como si algo se abriese paso en mi recuerdo—México. ¡Escuche! ¿Acaso…?
—Sí —respondió, sonriendo, anticipándose a mi pregunta—. Ambrose Bierce se unió a nosotros ese año o el siguiente. Vivió hasta mil novecientos treinta y uno. Un hombre muy anciano. Y escribió cuatro libros más, que nosotros tenemos.
Volvió una página del folleto y señaló una cabaña de la primera fotografía grande.
—Esta era su casa.
—¿Y qué fue del juez Crater?
—¿Crater?
—Otra famosa desaparición. Era un juez de Nueva York que desapareció hace algunos años, sencillamente.
—No sé. Ahora caigo que tuvimos un juez de la ciudad de Nueva York hace unos veinte años, pero cuyo nombre no recuerdo.
Me incliné sobre el mostrador, mi cara muy cerca de la suya, y moví la cabeza.
—Me gusta su pequeña diversión —dije—. Me gusta mucho, más de lo que posiblemente pudiera decirle a usted.
Con mucha tranquilidad añadí:
—¿Y cuándo deja esto de ser una broma?
Por un instante me estudió. Luego habló:
—Ahora mismo, si así lo desea.
“Tiene usted que decidirse de inmediato”, me había dicho el hombre de mediana edad en el bar de la Avenida Lexington, “porque nunca más tendrá otra oportunidad. Lo sé. Lo he intentado.”
Ahora, yo me encontraba allí, pensando. Había gente a la que nunca me hubiera molestado volver a ver, como cierta muchacha a la que acababa de conocer. Además, éste era el mundo en que yo había nacido. Luego pensé en la forma en que abandonaría aquella oficina, para volver a mi trabajo y, más tarde, por la noche, regresar a mi habitación. Y, por último, pensé en el valle, profundamente verde, del cuadro y en la pequeña playa amarilla, bajo los rayos del sol de la mañana.
—Iré —susurré—, si ustedes quieren admitirme.
Estudió mi rostro.
—Asegúrese —dijo, punzante—. Convénzase de que quiere ir. No queremos allí a nadie que no sea feliz, y si usted tiene la más ligera duda, nosotros preferimos que…
—Estoy seguro —contesté.
Tras un instante, el hombre de cabellos grises abrió un cajón de la parte baja del mostrador y sacó un pequeño rectángulo de cartón amarillo. Una de sus caras estaba impresa, y cruzándola, había una banda color verde claro; se asemejaba a un pasaje de ferrocarril a White Plains o a cualquier otra parte. Lo impreso decía:
“Válido, una vez sellado, para UN VIAJE A VERNA. Intransferible. Sólo de ida.”
—Bien… ¿Cuánto? —pregunté, echando mano a mi cartera, preguntándome si quería él que le pagara.
Él miró mi mano, que aún estaba en el bolsillo trasero de mi pantalón.
—Todo cuanto usted tiene. Incluso la moneda suelta —sonrió—. Ya no lo necesitará usted más, y nosotros utilizaremos su dinero para realizar operaciones. Pago de luz, alquiler y todo lo demás.
—No tengo mucho.
—Eso no importa.
De debajo del mostrador sacó una pesada máquina de sellar, muy parecida a la que había visto en los despachos de pasajes del ferrocarril.
—En cierta ocasión vendimos un pasaje por tres mil setecientos dólares. Y otro por seis centavos solamente.
Introdujo el pasaje en la máquina, apretó la palanca con el puño e inmediatamente me entregó el pasaje. En el dorso se veía ahora un rectángulo recién impreso de tinta púrpura, con estas palabras en su interior: “Válido para este día solamente.” Seguidas de la fecha.
Puse sobre el mostrador dos billetes de cinco dólares, uno de uno y diecisiete centavos en moneda suelta.
—Lleve el pasaje a la estación Acme —dijo el hombre de cabellos grises e, inclinándose sobre el mostrador, empezó a darme las instrucciones para llegar hasta allí.
La estación Acme es un agujerito en la pared. Puede verse fácilmente… Una pequeña fachada de tienda en una de las estrechas calles en el oeste de Broadway. En la vitrina estaba pintada, no muy bien, la palabra “Acme”. Dentro, las paredes y el techo, bajo capas de pintura antigua, estaban cubiertos de una especie de estaño estampado, como puede verse en los edificios antiguos. Había un estropeado mostrador de madera y unas cuantas sillas, estropeadas también, que imitaban el cuero rojo. Había muchos sitios como la estación Acme en aquella área… Pequeñas agencias de localidades de teatro, oscuras oficinas de líneas de autobuses, agencias de empleos. Se puede pasar por delante de ellas mil veces y no verlas jamás, y si se vive en Nueva York probablemente ocurre así.
Cuando yo llegué, tras el mostrador estaba un individuo en mangas de camisa, fumando un cigarro y trabajando en algunos papeles. Cuatro o cinco personas esperaban, en silencio, sentadas en las sillas. El hombre del mostrador levantó la vista cuando entré, miró mi mano para ver si llevaba el pasaje y, cuando se lo enseñé, me señaló con la cabeza la última silla vacante. Me senté.
A mi lado se hallaba una muchacha con las manos entrelazadas sobre su bolso. Era de aspecto agradable, más bien bonita. Pensé que bien pudiera ser una secretaria. Al otro lado de la diminuta y estrecha estación se hallaba sentado un negro joven, en ropa de trabajo, con su esposa al lado, quien tenía en su falda a la hijita de ambos. Y un individuo de unos cincuenta años, con la cara apartada del resto de nosotros, mirando a los peatones que pasaban por la calle bajo la lluvia. Vestía un traje caro, y llevaba puesto un sombrero hamburgués de color gris. Podía ser el vicepresidente de un Banco de categoría, pensé, y me pregunté cuánto le habría costado el pasaje.
Quizás pasaron veinte minutos. El hombre del mostrador continuaba trabajando en sus papeles. Luego, un pequeño y vapuleado autobús torció la esquina y se detuvo al borde de la acera, delante de la puerta. Rechinaron los frenos. El autobús se hallaba en un estado lamentable, comprado de tercera o cuarta mano y pintado de rojo y blanco sobre la antigua pintura. Los guardabarros estaban llenos de innumerables abolladuras y los neumáticos de las ruedas, gastados al máximo. En un costado se leía en letras rojas: “Acme”. El conductor vestía chaqueta de cuero, y llevaba puesta esa especie de gorra de paño que usan los taxistas. Era, exactamente, esa clase de autobús pequeño y oscuro que se ve por aquellos alrededores, lleno siempre de gentes silenciosas, cansadas, maltratadas, que nadie sabe a dónde se dirigen.
Tardó más de una hora en abrirse paso hacia el sur a través del tráfico, en dirección a la parte alta de Manhattan. Todos nosotros íbamos sentados en él, cada cual hundido en su propio silencio y en sus propios pensamientos, mirando los cristales de las ventanillas azotadas por la lluvia. La niña se había dormido.
Por el rayado cristal de la ventanilla que estaba a mi lado contemplé a la empapada gente que hacía cola en las paradas de los autobuses, y las vi agarrarse con rabia a las cerradas puertas de los que pasaban llenos hasta el tope, y vi también las caras cansadas y tensas de los conductores.
En la Calle Catorce vi cómo un auto ligero salpicaba de agua sucia a un hombre detenido en el borde de la acera, y vi cómo el hombre torcía la boca en una maldición. Con frecuencia, nuestro autobús quedaba inmóvil, detenido por la luz roja del semáforo, mientras tropeles de personas cruzaban la calle de acera a acera, pasando por nuestro lado y por el lado de los otros vehículos que esperaban. Vi cientos de caras, y ni una sola vez vi a alguien que sonriera.
Me adormilé. Luego, cuando recorríamos una iluminada carretera principal, por alguna parte de Long Island, me dormí de nuevo, y me desperté en la oscuridad cuando salíamos para hundirnos en un camino lleno de barro y con doble surco. Vislumbré una granja con las ventanas a oscuras. Inmediatamente, el autobús aminoró la marcha, giró una vez y se paró. Los frenos rechinaron, se apagó el motor y nos encontramos estacionados al lado de lo que parecía un granero.
Era un granero… El conductor anduvo hasta él, corrió la gran puerta de madera de corredera, cuyas ruedas chirriaron en el viejo y mohoso carril superior, y la mantuvo sujeta mientras nosotros entrábamos. Luego la soltó y entró con nosotros. La enorme puerta se deslizó por su propio impulso y se cerró.
El granero estaba húmedo, viejo; las paredes no eran mejores. Olía a ganado. Sobre el suelo, sucio y lleno de polvo, no había nada más que una banca de pino sin pintar, y el conductor nos la señaló con el rayo de una linterna.
—Siéntense ahí, por favor —dijo tranquilamente—. Tengan preparados los pasajes.
Se puso a la cabeza de la fila y la recorrió mientras taladraba el pasaje de cada uno. Con rápida y casual mirada al suelo, vi, al fugaz rayo de luz de su linterna, montoncitos de incontables cartoncitos redondos, como si fueran papel picado, amarillos. Después, se dirigió de nuevo a la puerta, la corrió lo suficiente para poder pasar y, por un instante, vi recortarse su silueta contra el cielo nocturno.
—Buena suerte —dijo—. Esperen en donde están.
Soltó la puerta, que se deslizó sobre sus ruedas hasta cerrarse, y se borró la vacilante luz de su linterna. Un instante más tarde oíamos ponerse en marcha el motor, y el autobús se alejó con rechinar de engranajes.
Ahora, el oscuro granero se hallaba en silencio, con excepción de nuestras respiraciones. El tiempo pasaba, y de repente sentí la urgencia de hablar con quien estuviera a mi lado. Pero no sabía exactamente qué decir, y empecé a sentirme turbado, un poco tonto, y muy consciente de que estaba sentado, sencillamente, en un viejo y abandonado granero.
Pasaban los segundos…, y yo movía los pies sin descanso.
De pronto, me di cuenta de que empezaba a sentir frío y que tiritaba.
Entonces, súbitamente, lo comprendí todo…, y mi cara enrojeció de violenta rabia y de terrible vergüenza. ¡Habíamos sido engañados! Nos habían timado el dinero por nuestro patético deseo de creer en una absurda y fantástica fábula, y nos habían abandonado allí, en donde permaneceríamos sentados tanto tiempo como nos diera la gana, hasta que, al fin, recuperáramos nuestro sentido, como incontables otras personas antes que nosotros, y regresáramos a nuestras casas como mejor pudiéramos.
De momento fue imposible comprender ni siquiera recordar como pude ser tan crédulo; me puse de pie y me dirigí a tientas, en la oscuridad, hacia la puerta de corredera, con la vana esperanza de encontrar un teléfono y avisar a la Policía.
La enorme puerta era más pesada de lo que yo había pensado; pero la corrí y me precipité fuera. Pero me volví enseguida para gritar a los otros que me siguieran.
Talvez muchos de ustedes se hayan dado cuenta de lo mucho que se puede observar en la fracción de segundo que dura el rayo de luz de una linterna…, a veces un paisaje entero, con cada detalle fijo en la memoria, para verlo y estudiarlo en el pensamiento durante largos instantes después.
Cuando me volví hacia la puerta abierta, el interior del granero se hallaba iluminado. A través de las amplias grietas de sus paredes y techo, a través de las amplias ventanas cubiertas de polvo, se filtraba la luz de un cielo azul intensamente brillante y soleado, y el aire que se introducía en mis pulmones, al abrir la boca para gritar, fue más agradable que cualquier otro aspirado en mi vida. Confusamente, por una de las anchas ventanas opacas por el polvo, contemplé…, por menos tiempo de lo que dura el parpadeo en un ojo…, una profunda y majestuosa V inclinada y cubierta de árboles, y vi, más a lo lejos, deslizándose entre ellos, un pequeño río, azul de cielo y, a la orilla de ese río, entre dos tejados inclinados, un trozo de playa amarilla bañada por el sol. Y entonces, con ese cuadro grabado en mi mente para siempre, la pesada puerta se deslizó, se cerró…; mis uñas se clavaron en la astillada madera en un esfuerzo supremo para detenerla…, y me encontré solo, en medio de una noche fría y lluviosa.
Estuve cuatro o cinco segundos, no más, tanteando esa puerta para ver si podía abrirla otra vez. Pero fueron cuatro o cinco segundos demasiado largos. El granero estaba vacío, a oscuras. En su interior no había nada, excepto una gastada banca de madera de pino… y, a la débil llama de un fósforo, vi en el suelo cartoncitos redondos que parecían papel picado, húmedos. Como mi mente sospechara mientras mis manos arañaban el exterior de la puerta, ya no había nadie dentro, y yo sabía dónde estaban…, sabía que caminaban, riendo a carcajadas en medio de un repentino éxtasis, maravilloso y sobrenatural, hacia aquel valle de verdes bosques, en dirección a sus hogares.
Yo trabajo en un Banco, en una labor que no me gusta. Viajo en el Metro, leyendo en los periódicos las noticias que traen. Vivo en una habitación alquilada, y en la desvencijada cómoda, bajo un montón de pañuelos doblados, tengo un pequeño cartón rectangular de color amarillo. Impresas en una de sus caras están estas palabras:
“Válido, una vez sellado, para UN VIAJE A VERNA.”
Y estampada, al dorso, una fecha.
Pero esa fecha ha caducado hace mucho tiempo. El pasaje, anulado, está lleno de agujeritos.
He vuelto a ir a la Agencia de Viajes Acme. La primera vez, el hombre de cabellos grises vino hacia mí y dejó sobre el mostrador dos billetes de cinco dólares, uno de uno y diecisiete centavos en moneda suelta.
—Usted dejó esto sobre el mostrador la última vez que vino aquí —me dijo, serio. Mirándome directamente a los ojos, añadió fríamente—: No sé por qué.
Entonces entraron algunos clientes. Se volvió a saludarlos. Y ya no tuve nada que hacer, sino marcharme.
“Entre como si se tratara de una agencia de viajes corriente…; puede usted encontrarla en cualquier parte, en cualquier ciudad que lo intente. Haga unas cuantas preguntas comunes…, sobre un viaje que está proyectando, unas vacaciones, lo que usted quiera. Luego aluda al Folleto un poco; pero no lo mencione directamente. Déle tiempo a que lo aprecie y se lo ofrezca él mismo. Y si lo hace, si es usted el tipo, si usted es capaz de creerlo…, entonces decídase inmediatamente y aférrese a eso. Porque no se le presentará una segunda oportunidad. Lo sé, porque yo lo he intentado. Y lo he vuelto a intentar…, y lo he vuelto a intentar.