el psicólogo que no quería maltratar a las ratas (es)
Entra en el laboratorio con una tímida esperanza. No puede reprimir el ansia infantil que lo ha dominado toda la vida, la tendencia a despertar sonriendo, creyendo por un instante que hoy será diferente.
Pero no, no lo es.
Está entrando en los sótanos remodelados que ahora son llamados laboratorios de animales por esta universidad renombrada en todo el país, esta universidad que por alguna razón todavía es incapaz de transmutar ese renombre en fondos adecuados para investigación. Se abre paso entre una pila de cajas Skinner galvanizadas y ve a Smith en las piletas, dedicado a decapitar ratas pequeñas. Chillidos desgarradores. Los cuerpos sin cabeza son arrojados a un montón húmedo y velludo sobre diarios viejos. Al lado hay una jaula donde las ratas pequeñas tiritan amontonadas. A veces asoman los hocicos delicados, y luego se revuelcan en convulsiones bajo sus amigas, rehuyendo a Smith. Antes han sido minuciosamente sometidas a shocks, hambre, ráfagas de aire e inmersiones en agua helada. Smith se dispone a disecar los cadáveres en busca de los correspondientes efectos neuro-glandulares de stress. Los encontrará, sin duda.
El cuchillo de Smith rechina, empapado en sangre.
—Hola, Tilly.
—Qué tal —odia ese sobrenombre, odia todo su estúpido nombre: Turnan Lipsitz. Viviría sin nombre, si pudiera. Si al menos pudiera tener uno simple como Mu o Urg, cualquier cosa menos las sílabas chillonas y absurdas que lo han perseguido toda la vida: Tilly Lipsitz. Le han hecho sufrir bastante.
En fin. Rodea la pila de bolsas de alimentos de laboratorio Purina, y enfila hacia la feroz barahúnda de macacos. La Sala de Primates es en verdad la ex sala de calderas. El edificio era un inquilinato que la universidad ha comprado. Los macacos chillan como sirenas. ¡Tud! De nuevo han caído excrementos en la reja. El hedor es tan fuerte como el ruido. Lipsitz atisba de mala gana, y se disculpa mentalmente por no poder simpatizar con los monos. Dos de ellos no chillan, están acurrucados en la jaula, las cabezas calvas, rosadas y pilosas erizadas de electrodos. Por qué no alojarán mejor a esos animales, se pregunta irritado por enésima vez. En los árboles son limpios. Bueno, más limpios, por lo menos, se corrige mientras sortea un panel de circuitos que necesita de soldaduras.
En el otro extremo está Jones, inclinado sobre un banco que tiene una iluminación brillante, con dos estudiantes que observan como hipnotizados. Puede ver los dedos de Jones que enrollan suavemente los verniers que guían las sondas a través del cráneo del perro sujeto debajo. Otra de sus aterradoras estéreo taxonomías. La hilera de jaulas está atestada de animales con la pelambre deshilachada y las cabezas ensangrentadas. Jones jura que todos están bien, comen. Lipsitz lo duda. Ha tratado de darles algún bocado cuando se agachan o yacen con los ojos turbios, estremecidos por horrores alámbricos. La sangre es porque se frotan las cabezas contra la malla de la jaula. Jones les ha puesto a varios collares de plástico duro para tratar de impedirlo.
Lipsitz sigue de largo y se deleita los ojos con el adorable y redondo trasero de Sheila, la brillante israelí. Ella le da la espalda. Lipsitz observa complacido la cintura de lirio, las caderas lobuladas que irradian deseo. Pero es el deseo de él, no el de ella, eso lo sabe. Sheila, la malvada Sheila; sólo desea a Jones, o quizás a Smith, o aun a Brown o White, los fulanos musculosos, corpulentos y velludos que hierven de tecnicismo, de charlas animosas y profesionales. Lipsitz entablaría gustoso una charla profesional con ella, pero de alguna manera su charla es diferente, poco interesante, sin vibración. Sin embargo él también cree en 'el organismo', cree en el milagroso y laberíntico diagrama de la vida, le impresionan ingenuamente la complejidad, las delicadezas de la materia viviente, con sus intrincadas relaciones. ¿Por qué le molesta tanto traspasarla con metal, producirle lesiones con ácidos o shocks? Tiene esa extemporánea manía de aprender sólo mediante la observación, de sonsacar los secretos sólo con los ojos y la mente. Hasta tiene la traicionera sospecha de que esos procedimientos serían más eficaces, más instructivos. ¿Pero qué medios holísticos hay? Probablemente ninguno, se dice con firmeza. Sé adulto. Mira todo lo que han descubierto con el bisturí. Los centros crípticos pero potentes de las amígdalas, por ejemplo. Los sutiles homeóstatos de las extremidades, ¿habríamos sabido alguna vez que existían? Es un gran conocimiento. No importa que su utilidad principal parezca consistir principalmente en insertar más metales en cabezas humanas. Mi modo de pensar es obsoleto.
—Qué tal, Sheila.
—Hola, Tilly.
Ella no aparta la vista de los roedores que está rasurando con destreza. El rodea la mesa de los estropajos para bajar a la carbonera donde guarda las ratas... perdón, los sujetos experimentales. Sus sujetos experimentales son roedores nocturnos crecidos en madrigueras amigables, oscuras y tibias. Lipsitz las ha visto padecer colgadas en metal brillante y cubos de plexiglás a la luz. Así que ha rescatado y reparado para ellas una serie de viejas jaulas de conejo, y las ha instalado en este cuartucho penumbroso que nadie quería, provocando así la hilaridad de sus colegas.
Ha llegado aún más lejos. Mientras sonríe en secreto se acerca y observa que se ha hecho de su última ofrenda. En la fila de debajo están las jaulas de las hembras parturientas, que alumbran lo que presumiblemente serán los grupos experimentales y de control. Ayer esas jaulas eran malla de alambre desnuda, cuando él les cedió la sección clasificados del Post dominical. Ahora ve con asombro que son cuerpos cúbicos revestidos con tiras de papel hábilmente arrugadas. Un trabajo increíble. Nidos, y todos idénticos. ¿Por qué nadie ha mencionado que las ratas pueden construir nidos como los pájaros? Qué incómodo y doloroso debía de ser parir sobre el alambre desnudo. Las pequeñas madres han trabajado toda la noche, y han construido con destreza un medio apropiado para sus necesidades.
Un pequeño hocico blanco le apunta con atención desde una hendija en el papel. Lipsitz se tantea los bolsillos en busca de un trozo de zanahoria. Claro que está desequilibrando el tratamiento, le recrimina su conciencia. Pero tiene una respuesta: hay zanahorias para todos. Cállate, conciencia. Abre la jaula con cautela. La cabeza blanca se estira, los ojos brillantes, y revela unos hombros lustrosos y negros. Son de raza mixta.
—Come una zanahoria —le dice absurdamente a la criatura. Y ella obedece, tan rápido que él apenas se da cuenta, casi no siente el diminuto corte que la rata le ha infligido tímidamente en el pulgar antes de escabullirse para volver con las crías. Sonríe mientras se frota el dedo, y deja el resto de las zanahorias en las otras jaulas. Es el mordiscón admonitorio de una madre a un ogro treinta veces mayor. Vitaminas, piensa. Medio ambiente enriquecido, ése es el decir respetable. ¿Enriquecido? No, demonios. Se trata simplemente de animales —es decir, sujetos experimentales— cuerdos y sin stress. Aunque hayan sido genéticamente seleccionados para la vida doméstica al punto de que no sobrevivirían en estado feral, siguen siendo ratas. Nota que hay que vendar el pulgar; está ridículamente manchado de sangre.
Al vendarse trata de olvidar que tiene las manos entrecruzadas de viejas mordeduras. Es un cliente permanente de la clínica antitetánica. Pero está seguro de que no tienen intenciones realmente malas, que de algún modo lo aceptan. Sus colegas piensan lo mismo, con cierta socarronería. De hecho Smith lo llama a menudo para que le ayude a sacar alguna criatura aterrada y conectarle los electrodos. Judas-Lipsitz lo hace, pero trata de comunicar con la tibieza de las manos que alguien lo lamenta, aunque lo lamenta en vano. Smith explica que esta subraza de ratas es mala. Una rata mala es la que muerde a los psicólogos. Hay un esfuerzo constante por eliminar esa agresividad en cada nueva generación. Lipsitz ha tratado de explicarles que a los animales de incisivos curvos hay que apretarles la mano contra los dientes.
—Tiene que aflojar —les dice—. Tú mismo te haces la mordedura. Lo mismo que con las zarpas del gato. Empujas y ellos aflojan. ¿No harías lo mismo si alguien te encajara la mano en la boca?
Por un tiempo creyó que al menos Sheila lo había comprendido, pero resultó que ella lo había tomado por una broma obscena.
Oye que le llaman cuando le está dando una manzana podrida a un macho viejo llamado Snedecor, al que ha rescatado de Smith.
—¡Lipsitz!
—¡Tilly! R.D. quiere verte.
—Voy.
R.D. es el profesor R.D. Welch, su jefe de departamento y supervisor. Lipsitz se lava, sale y se dirige a las escaleras del frente. Piensa confusamente en una miríada de culpas. Ha violado alguna norma, hay algún problema con los fondos, ante todo es demasiado lento, demasiado lento. Todavía no hay resultados, columnas de datos. Tímidas justificaciones le giran en la cabeza cuando entra en los pisos superiores del departamento, limpios y brillantes. Pues él está aprendiendo, sin duda. Hace algo, algo apropiado para lo que considera ciencia. ¿Pero... qué? Este resplandor lo aturde, como a las ratas. Ah, quizás es sólo otra reprimenda por el estacionamiento, piensa cuando pasa de largo con audacia ante el secretario de R.D. Yo sé anunciarme solo. Nunca podré aguantar ese asunto del teléfono.
Pero no es por el estacionamiento.
El doctor Welch tiene en el escritorio una gruesa carpeta que se destaca como una prueba acusatoria. La tamborilea inexpresivo y fija los ojos en Lipsitz.
—Usted está haciendo un estudio de las influencias genéticas en la tolerancia a la novedad perceptiva, ¿verdad?
—Bueno..., sí —decide no insistir en la precisión—. Recordará usted, doctor Welch, que también trabajaré en lo concerniente a las reacciones emocionales.
Las reacciones emocionales de las ratas son: (a) defecar y (b) morder a los psicólogos.
El profesor Welch exhala a través de los dientes inferiores de un modo perturbador. Lipsitz observa que los dientes son ligeramente curvos; no debe echarse atrás.
—Es tan poco específico... No está integrado con el programa general del departamento —suspira Welch.
—Lo sé —dice Lipsitz con humildad—. Pero creo que es relevante para los problemas del aprendizaje humano. Es decir, por qué ciertos niños se retraen ante las cosas nuevas —echa mano del vocabulario técnico—: El fracaso de la motivación exploratoria.
—Las motivaciones no fracasan, Lipsitz.
—Me refiero a las condiciones para expresiones bajas o altas. Neofobia. Mire, doctor Welch. Si una de las condiciones resulta ser genética podríamos localizar a los niños necesitados de ayuda.
—Mhm.
—Podría elaborar verdaderos programas de aprendizaje en los de tolerancia alta, también —añade Lipsitz, esperanzado—. Recompensas contingentes, ese tipo de cosas.
—Aprendizaje en las ratas... —Welch deja morir la frase—. Si ese tipo de cosas tuviera alguna relevancia, tendría que hacerse con primates. La beca de usted no da para eso...
—Las ratas pueden aprender mucho, señor. ¿Qué le parece si les enseñara palabras clave?
—Doctor Lipsitz, las ratas no pueden reaccionar significativamente ante las palabras.
—Sí, señor —Lipsitz se obliga afanosamente a no mencionar a esa escocesa totalmente ignorante cuyas ratas sabían nueve palabras.
—Preferiría que prosiguiera usted con los estudios del cerebro —dice Welch con su voz simpática, dirigiéndole a Lipsitz una fulgurante mirada científica. ¿Le estaré metiendo el dedo en la boca?, se pregunta Lipsitz. Involuntariamente simpatiza con los problemas desconocidos del jefe del departamento. Welch dice con tono alentador—: Podría usar preparados de Brown. Son perfectamente compatibles con sus inquietudes.
Lipsitz reacciona con un temblor. Conoce bien los preparados de Brown. Un 'preparado' es un animal extendido en una mesa para la vivisección, dopado con reserpina para que no pueda chillar ni resistirse sino simplemente aguantar días o semanas de dolor. Se pregunta culposamente si Brown sabe quién mató a la perra que él había dejado a medio disecar en Pascua, los ojos desorbitados. Calma, Lipsitz.
—Me interesa mucho trabajar con el animal intacto, el organismo íntegro —dice con fervor; es su frase mágica, ha descubierto que 'el organismo íntegro' ejerce una vaga fascinación fetichista en ellos, sepa Dios por qué razones profesionales. Muy bonito, en abstracto.
—Sí —contrariado, Welch curva los labios y muestra de nuevo los dientes—. Bien, doctor Lipsitz, seré franco. Cuando usted ingresó en la casa lo considerábamos toda una promesa. Yo lo consideraba así, de veras. Y sus cursos parece que van bien, en líneas generales. En líneas generales. Pero no sus investigaciones. Parece que usted desperdiciara su tiempo y sus fondos, y nuestro espacio, en estas... irrelevancias. Para expresarlo sucintamente, nuestro laboratorio no es un zoológico.
—¡Oh no, señor! —exclama Lipsitz, horrorizado.
—¿Qué está haciendo con esas ratas? Me llegan toda clase de rumores absurdos.
—Bueno, estoy trabajando con tendencias genéticas, señor. El coeficiente de homocigotismo todavía es muy bajo para obtener resultados significativos. Trato de ser lo más preciso posible. Lo que usted probablemente ha oído es que les estoy enriqueciendo el medio. Eso es necesario para diferenciar las líneas evolutivas —lo que realmente estoy haciendo es multiplicarlas, piensa furtivamente; aún no ha tenido el coraje de privar a ninguna de ellas.
Welch suspira otra vez. Está preocupado en serio, ve Lipsitz cuando lo sorprende conteniendo una sonrisa empática.
—Cuánto tardará en llegar a una conclusión? ¿Una semana?
—¡Una semana! —casi aúlla Lipsitz, y domina la voz—. Señor, mi generación experimental acaba de nacer. Todavía hay que destetarlos. Temo que será cosa de un mes.
—¿Y qué se propone hacer después de esto?
—¡Después de esto! —de pronto Lipsitz siente una irremediable felicidad; son tantas y tan maravillosas las cosas que quiere aprender—. Bueno, por empezar he visto una serie de conductas a las que nadie parece haber prestado mucha atención. Me refiero a que he observado a mis animales en condiciones más... naturales. En fin, se presentan reacciones muy interesantes. Me fascina el aspecto de la especificidad de la especie... Es decir, como afirmaron los Breland, quizás estemos usando situaciones muy improductivas. Por ejemplo, hay una diferencia enorme entre el comportamiento de Rattus y Critecus en campo abierto, y ambos son roedores. Aun algo tan simple como la conducta de bordes...
—¿Qué conducta? —el tono de Welch debería prevenirlo, pero él sigue adelante, sin caer en la cuenta de que ha elegido un ejemplo sin importancia, irrelevante. Pero le gusta.
—De bordes. Me refiero a cómo el animal reacciona a los bordes y la forma del medio. Es decir, es básico para la vida y nadie lo ha explorado, al parecer. Se acostumbraba llamarlo tigmotaxis. Vea, he bosquejado algunas —extiende una hoja plegada y se la alcanza a Welch—. ¿No cree usted que plantea interrogantes interesantes sobre una ascendencia arbórea?
Welch apenas mira los dibujos, los hace a un lado.
—Doctor Lipsitz. Creo que usted no interpreta la seriedad de esta entrevista. Bueno, en palabras llanas, deberá presentar un proyecto importante que podamos justificar de acuerdo con el programa del departamento. Si no lo puede presentar, lamentablemente no hay lugar para usted aquí.
Lipsitz lo mira apabullado.
—Un proyecto importante... Entiendo, pero... —y entonces algo despierta, algo surge dentro de él. Sí, sí. Claro, hay cosas más grandes por encarar. Preguntas más grandes, eso quiere significar la gente. Está lleno de preguntas así. Sólo hace falta valor.
—Sí, señor —dice lentamente—. Hay algunos problemas importantes en los que he pensado investigar.
—Bien —dice Welch en tono neutro—. ¿Cuáles son?
—Bueno, por empezar... —y para su horror la mente se le ha vaciado, vaciado de todo menos de esa frase fatal que ahora se escucha articular, sin remedio—. Fíjese en nosotros. Es decir, es un buen principio abordar problemas a los que tenemos fácil acceso, que están bajo nuestras narices, por así decirlo, ¿verdad? Bien, por ejemplo, nosotros somos psicólogos. Nos dedicamos presuntamente a algún tipo de comprensión, una actitud de colaboración con el organismo, con la vida. Y sin embargo allá abajo, y en todos los laboratorios de que he tenido noticia, todos parecemos empeñados en una tarea hostil y redundante, experimentando la destrucción en animales..., ese profesor de Princeton. Demostrar cómo se lesionan los organismos lesionados, esa clase de tecnicismos. Permitir que los estudiantes acuchillen o electrocuten o maten de hambre a los animales, imitando experimentos que se han realizado infinidad de veces. Lo que trato de decir es: ¿por qué no averiguamos porqué la investigación psicológica parece requerir tanta crueldad, tanta agresión? Hasta podríamos... —se le acaban las palabras, y en el silencio puede notar cada vez mejor la respiración de Welch.
—Doctor Lipsitz —dice con voz grave el hombre de más edad—, ¿es usted miembro de la Sociedad Protectora de Animales?
—No, señor.
Welch le dirige una mirada implacable, y después de carraspear para aclararse la garganta continúa:
—La psicología no es una especialidad para gente con problemas emocionales —empuja a un lado la carpeta—. Le doy dos semanas.
Lipsitz sale a la rastra, momentáneamente preocupado por su mentira. Claro que no es miembro de la Sociedad Protectora. Pero los diez dólares que envió la Navidad pasada sin duda que han registrado su nombre. Eso fue cuando pasó lo de los perros. Se estremece al recordar ahora al cachorro negro de Labrador, las cuerdas vocales extirpadas, arrastrándose sobre las nalgas despellejadas y sin nervios.
Oh, Dios, ¿por qué no renuncia y basta?
Vagabundea por la hierba desaliñada del campus principal, va de un lado a otro. Esta gente. Esta... gente.
Y sin embargo detrás de ellos se ciernen las grandes brumas doradas, la realidad de la Vida misma y las preguntas que él se ha ganado el derecho de responder. Nunca podrá renunciar a esa emoción. La excitación de preguntar de veras, después de toda la afanosa tarea de estructurar términos que pueden ser respondidos. El acto de formular a la Vida una verdadera pregunta... Y observar con reverencia, con indecible excitación, cuando la Vida condesciende a responder sí o no. Mis animales, mis obras de arte vivientes (de las cuales tú eres uno), haced esto y aquello. Sí, en este pequeño aspecto me habéis comprendido.
El privilegio de saber cómo articular, aunque penosamente, preguntas que se puedan responder, preguntas que lo guíen a un entendimiento más cabal y a mejores preguntas mientras su mente sea capaz y dure su propia vida... Es lo que más desea en el mundo, desde siempre.
Y esta gente se le cruza en el camino. De alguna manera tendrá que apaciguarla. Debe elaborar un proyecto que les interese.
Regresa a los sótanos del laboratorio, saluda distraídamente a los estudiantes, baraja varios planes más o menos respetables. Lo que realmente quiere hacer es todavía demasiado brumoso para que se pueda explicar; quiere explorar la capacidad de los animales para anticiparse, para obtener algún conocimiento del frente de expectativas que deben construir, aun en las cabezas más diminutas. Piensa que hasta podría ser útil, podría iluminar los afanes del bebé humano por aprehender su mundo. Pero eso tendrá que esperar. Welch no toleraría la idea de que los animales tienen mapas mentales. Sólo al viejo chiflado Tolman le permitirían pensar eso, y él está muerto.
Tendrá que pensar algo con las variables favoritas de Welch. ¿Cuáles son? Muchas estadísticas, piensa, y advierte que le está sonriendo a una muchacha realmente bonita que camina con Polinski, esa vaca. Sí, ¿por qué no trabajar con estudiantes? Algo complicado, con estudiantes. Eso no cuesta mucho. Y tal vez diferenciales sexuales, digamos, en la percepción... ¿O es demasiado ambicioso?
Un gimoteo le anuncia que está de regreso en la zona del laboratorio. Un camión descarga canastos, gatos vagabundos de la municipalidad.
—¡Dame una mano, Tilly! ¡De prisa!
Es Sheila, que le abre la puerta a Jones y Smith; y quieren apresurarse a quitarlos de en medio antes que los vea algún estudiante. Uno de esos inocentes en los ritos del dolor. Toma un canasto de la parte trasera del camión.
—Aquí hay una hembra dando a luz —le dice a Sheila—. Mira —la hembra está en el fondo de una masa hormigueante de animalitos lacerados. Uno de ellos tiene el cuello rojo.
—Date prisa, por amor de Dios —lo urge Sheila.
—Pero...
Ya con todos los canastos dentro, él se queda ante la baranda, no sigue a los demás. Enciende un cigarrillo. Los gatitos habrán sido comidos, no hay nada que hacer. Curioso, siempre pensó que las mujeres simpatizaban con las otras hembras. Eso muestra lo mucho que él sabe de la Vida... ¿O será que sólo simpatizan ciertos tipos de gente? ¿O habrá que inculcarlo, o a ella le habrán inculcado lo contrario? Misterios, misterios. Tal vez es realmente compasiva por dentro, con alguna criatura. Espera que sí, y ahuyenta una fantasía de inyectar a Sheila con reserpina y darle estímulos experimentales... Advierte que la puerta ha sido cerrada por dentro. Han salido todos por el frente. Se está haciendo tarde y decide irse, también. Recuerda que es un fin de semana largo. Día del Armisticio. Ojalá lo fuera... Se reprocha el lugar común. Pero también frunce el ceño: los fines de semana largos significan nadie que se acerque al laboratorio. Ningún animal recibe agua ni alimentos. Bueno, tres días... No es tanto como la semana de Navidad.
La última semana de Navidad había interrumpido un bien merecido descanso junto a una pila enorme de exámenes y había vuelto a la ciudad para una inspección en los laboratorios. Había sido tan cruel, tan innecesario. Las pobres bestias muriendo de sed y hambre, comiendo metal o devorándose entre ellas. Excelente manera de celebrar la Navidad.
Pero tendrá que olvidar esas cosas, piensa. Olvídalo. Sobre todo a partir de ahora. Arroja la colilla del cigarrillo, apura el paso. Recogerá el maletín con los exámenes en la biblioteca donde los guarda para evitar el olor a laboratorio e irá a casa y se pondrá a corregir. El autobús estará atestado.
Su casa es un pequeño departamento en un edificio suburbano. Hurga en la nevera anticuada, se prepara un bocadillo y se lo lleva con una cerveza al comedor diario donde tiene el escritorio. Tiene que revisar ochenta y un exámenes. Los miembros más recientes del departamento tienen los cursos más populosos. Es un test multiple-choice, y Lipsitz se ayuda con un papel bordeado de ornamentos que puede poner sobre las hojas, con casilleros que indican las respuestas correctas. Con sólo cotejarlas suma una calificación aritmética. Bien. Masticando, saca el primer fajo mimeografiado.
Pero cuando se pone a revisar la primera página ve que alguien —¡oh no!— ha garrapateado en vez de responder la número seis. Es esa muchacha gordinflona, la inútil de Polinski. Y tampoco ha marcado las respuestas de la siete y la ocho. Maldice aquellas abultadas glándulas femeninas al leer los garabatos infantiles: "No contestaré ésta porque no se entiende. Léala, doctor Lipshitz". Ni siquiera escribe bien su apellido.
Revisa la pregunta entre maldiciones: "Refuerzo fijo versus variable se denomina..." Oh sí, la recuerda. Mala gramática, además de mala psicología. ¿Por qué no mandan al cuerno esas cosas obsoletas? Porque hacen falta notas de calificación para el curriculum, por eso. ¿La Polinski critica la lengua o la idea? Quién sabe. Lipsitz hojea los demás exámenes, ve más garabatos. Demonios, saben que yo los leo. Todos saben que no los califico como debería. Idiota.
Mastica el bocadillo seco de mala gana, se pone a leer. Calcula que a esta velocidad trabaja por setenta y cinco centavos por hora.
Medianoche. Aún no ha llegado a revisar la mitad, pero sabe que debería interrumpir y ponerse a pensar seriamente en el ultimátum de Welch. La semana que viene todos sus cursos empezarán con Métodos Estadísticos. No tendrá tiempo ni para sonarse la nariz, mucho menos para pensar creativamente.
Se levanta a buscar otra cerveza y piensa: Métodos Estadísticos, brrr. Supone que los respeta. Pero es un sentimental incurable y con una aversión congénita a ignorar los datos que no encajan en la curva. Análisis de factores, técnicas multivariadas... Muy bonito. ¿Por qué lo perturba esa sospecha primitiva y visceral de que todo termina por demostrar de algún modo lo que quería el experimentador? Bueno, no es eso, precisamente. ¿Lo cualitativo opuesto a lo cuantitativo, quizá? ¿Quizás algunos resultados estadísticamente insignificantes son significativos, y algunos de los que son significativos... no lo son? O simplemente que todavía no sabemos tanto como para utilizar armas tan precisas. Tal vez deberíamos observar más, observar y aprender más, y especular menos. De acuerdo. Así habló Lipsitz.
Mientras calienta un arrollado de huevo congelado se burla de sus supersticiones. Encara los hechos, Lipsitz. En el fondo no crees realmente que los dados arrojen resultados azarosos. La psicología no es campo para gente con problemas de personalidad.
Ignorando el parloteo de la TV en el departamento vecino, se sienta al lado de la ventana para pensar. Vamos, cerebro. Elabora algo. Toma una buena hipótesis demostrable de alguien del departamento, de preferencia algo relacionado con el recuento electrónico de cápsulas de alimentos, las presiones del encierro, latencias, defecaciones. Y mételo todo en hojas impresas con un buen programa Fortran... ¿Pero en qué demonios están trabajando? Esquemas de refuerzo, déficits cerebrales, cerebros divididos, Dios sabe que de ese modo parece que sólo se producen muchas muertes de animales. "Los sujetos fueron sacrificados", insisten en decir. Buen sermón que le echaron cuando habló de 'matanza'. Sacrificados, como en un altar. Al Señor de las Moscas, tal vez.
Contempla las calles oscuras y piensa en sus pequeños amigos blanquinegros, esa cálida comunidad del sótano. Se ve alimentando las crías, oliendo a los monos, mordisqueando manzanas, soñando sueños de ratas. Le gustan las ratas, algo que le sorprende. Hasta la forma feral, el Rattus rattus. Le gustaría trabajar con especies salvajes. Las ratas son malignas, dicen. Pero la gente sólo sabe matarlas de hambre. Cualquier bicho muerto de hambre es 'maligno'. El sabueso más fiel devora al dueño al cuarto día sin comer.
Y sus ratas son, cavila avergonzado, afectuosas. Se le acurrucan en las manos, se le trepan al hombro, le demuestran humor. Si sólo tuvieran colas velludas, piensa. La cola es el problema. La gente cree que las ardillas son inteligentes. Son sólo ratas emperifolladas. Tal vez podría hacer algo con los elementos perceptivos de 'inteligencia', seguir con el trabajo del viejo Tinbergen.
Olvídalo.
Trata de organizar las ideas, pues ve que esto no lo lleva a ninguna parte. Un panorama funesto se despliega ante él. Por una parte, el trabajo profesional, limpio y brillante que debería estar naciendo, con esos miles de dólares del gobierno invertidos en su doctorado, su beca. Y por otra, lo que está haciendo realmente. Su cuartucho atestado de diversos roedores, su ínfimo y vano esfuerzo por... ¿Por qué? ¿Por vivir amigablemente, como observador, con otra especie? ¿Por comprender conductas triviales? Qué disparate. Gastando su propio dinero, rescatando animales que los otros no utilizan... ¡Dios, la mitad de sus jaulas ni siquiera son justificables como experimentales!
Esa chifladura lo exaspera pronto. Se levanta. Piensa, es una etapa que atraviesas. Sigo siendo un adolescente. Despierta, madura. Son sólo animales. Acéptalo.
De a poco atisba una resolución. Abre otra lata de cerveza y la deja crecer. Todo esto no sirve de nada, lo sabe. ¿Y si llegara a demostrar, pese a todo, que los animales de veras aprenden mejor si se los trata de otra manera..., de qué serviría? ¿Acaso no lo sabemos ya? Un disparate, es hora de pensar en otra cosa. Bueno, cerveza en mano, deja florecer la resolución.
Irá allá abajo y terminará con ese caos inmediatamente.
Matará a las ratas, borrará el asunto. Ordenará el laboratorio. Después, podrá pensar. Ya no estará anclado al pasado.
El departamento quedará encantado. El doctor Welch quedará encantado. Todos pensaban que él no hacía más que perder el tiempo. Bueno, Lipsitz. Hazlo. Ahora, esta noche.
Sí.
Pero antes tendrá que tomar algún analgésico, algún estimulante. No cerveza, no marihuana. Esa botella que le dio el año pasado aquella muchacha, ¿qué era? ¿Ajenjo? Sí, ahí está, detrás del insecticida que tampoco usó nunca. Dios sabe cuáles serán los efectos de esa cosa rara.
—Ayúdame —le dice, saboreando un sorbo. Y sale, la botella en el bolsillo.
Le ayuda, piensa. Ahora camina a través del campus. Durante el largo viaje en autobús su determinación no ha cedido. Llovizna. Han de ser las dos de la mañana, pero Lipsitz está acostumbrado a las plazas espectrales y desiertas. A menudo se ha escurrido por aquí fuera del horario para dar de comer y beber a los animalitos. La lluvia mueve extrañas manchas de sombra sobre el viejo edificio, ecos siseantes de quienes antes vivían aquí. En la entrada del sótano empina otro trago, descubre la botella pegoteada de trozos de zanahoria. Ajenjo y vitamina C, muy bien.
Baja y abre, venciendo las náuseas. Las latas de basura están llenas. Gatos que no pudieron resistir, sin duda. Adentro hay una pestilencia tibia y susurrante.
Cuando encuentra la luz, un mono suelta un chillido inquietante y todos los sonidos callan. Amanecer a medianoche. Casi todos estos sujetos experimentales son nocturnos.
Pasa entre los anaqueles atestados, revisando mecánicamente el nivel de cientos de frascos de agua. Bien, bien, todos bien... ¿Qué es esto? Se detiene junto a los roedores de Sheila. Un frasco está lleno hasta el borde, pero junto al alambre hay un cadáver, y los animales vivos parecen abatidos. ¿Por qué? Sacude el frasco. No sale nada por el tubo. Está bloqueado. Nadie lo revisó en quién sabe cuánto tiempo. Muertos de sed allí dentro, y con el frasco lleno...
Limpia el tubo, retira a los muertos, observa cómo se apiñan los animalejos. ¿Qué informará Sheila? Parte de un grupo experimental ha quedado... eh, reducido. Responde al impulso de insertar también algunas zanahorias, y además se inserta otro poco de licor en el cuerpo. Pero sabe que está postergando lo que ha venido a hacer.
De acuerdo, al grano.
Pasa frente a una jaula de conejos pequeños con los párpados pegados con resina, algún torpe experimento sobre aprendizaje perceptivo, y enciende la luz del lavadero. Todo está sucio con trozos de pelambre y entrañas de perro. ¿Por qué demonios no limpiarán? Somos científicos. Demasiado orgullosos. Y se pone a enjuagar con la manguera, que chorrea. Nadie se preocupa siquiera de traer una esponja. Él traerá una. ¡No, claro que no! A partir de ahora hará algo muy diferente.
Pero antes tiene que librarse de todo esto. Sacrificar a sus sujetos. Su ex sujetos. ¿Dónde está el éter?
Lo encuentra detrás de los trapos, bebe otro sorbo de ese licor brumoso para fortificarse, mientras prepara los tarros para matarlas. Ha elaborado lo que considera el modo más decente: una almohadilla de éter bajo una reja para impedir que la sustancia les queme las patitas.
Los ocho tarros están en una hilera sobre el fregadero. Baja una jaula de hembras viejas, las abuelas del grupo actual. Se apiñan delante, esperando confiadas. Oh, Dios. Posterga el asesinato el tiempo suficiente para darles un poco de zanahoria, distribuye más raciones en cada jaula para que tengan tiempo de comer. Un tumulto susurrante, esperanzado, hambriento.
Bueno. Regresa al fregadero y vierte el éter, dejando las tapas cerradas. Luego mete la mano en la jaula y toma una hembra en cada mano. Rápido. Las echa a ambas en un tarro, vuelve a atornillar la tapa. Tiene esa fatua convicción de que la compañía ayuda un poco. Se retuercen, frenéticas, se aflojan antes que él haya puesto el próximo par en otro tarro. Luego siguen los otros pares... Lleva cinco minutos tener la certeza de la muerte.
Comprende que será una noche larga.
Baja otra jaula, empina otro trago, de espaldas a los tarros para mirar su pequeña ciudad de ratas. Mis tropas.
Mis patéticas tropas. Embriagado de ajenjo, de pronto se imagina guiando a sus animalitos contra sus colegas, contra los que ríen infligiendo dolor. Jones con el cerebro escariado por un cachorro de pachón. Un gatito con delantal de cirujano rasurando a Sheila. ¡Vaya! Basta.
Ha estado ojeando las jaulas de abajo. Las madres han llevado los alimentos a los pequeños. Sería interesante ver qué ocurre allí dentro. Quizá si usara los infrarrojos... Basta de eso, también. Un laboratorio no es un zoológico. En una jaula oscura del fondo la zanahoria sigue donde la dejara. ¿Y Snedecor, el viejo macho con el cerebro dañado? ¿Por qué no habrá venido a buscarla? ¿Le molestará la luz?
Lipsitz apaga las luces de arriba, se acerca a mirar. Se agacha, escruta la penumbra. Algo extraño allí... Santo cielo, la maldita caja está estropeada, tiene el fondo podrido. ¿Dónde está el viejo Snedecor?
El armazón de las jaulas tiene ruedas. Lipsitz empuja un extremo hacia adelante y deja descubierta una oscuridad estigia detrás. En tiempos prehistóricos había aquí una rampa de carbón. Y hay algo allí detrás, en la pila de bolsas junto a la entrada vieja.
Lipsitz entorna los ojos. Las luces del laboratorio parecen más opacas y gaseosas. Esa cosa... Tiene manchas negras y blancas. ¿Se está moviendo?
Retrocede hasta el escurridero, apoya la mano en la botella. Sí. Otro sorbo. ¿Qué pasa con las luces? Los tubos fluorescentes parecen cubiertos con una película de ectoplasma, debe ser el polvo de los alimentos. Este lugar está lleno de polvo. Los monos están quietos como cadáveres, además. Eso es insólito. En realidad todo está muerto salvo por una especie de castañeteo tenue en la oscuridad, detrás de las jaulas. Un animal. Algún animal se escapó y se instaló allí, eso es todo.
Bueno, Lipsitz. Acércate a mirar.
Pero se demora, consciente de que el ajenjo le ha reemplazado las extremidades por extensiones más vagas y oníricas. Las hembras viejas del escurridero lo miran atentamente; las que han muerto en los tarros miran al vacío. Toda la pequeña ciudad de ratas ha dejado de moverse, observa. El sacerdote del dolor. Este es un templo del dolor, piensa. Pequeño, desvencijado y sucio. Quizá la suciedad y la sordidez son mejores, más honestas. Un matadero no tiene por que lucir bonito como una cocina limpia. En todo el país, en todo el mundo, los bisturíes impecables abren tajos, las mentes entrenadas inventan suplicios casuales en laboratorios tan brillantes e higiénicos que uno podría tomar la comida del suelo. Auschwitz, Belsen, eran pulcros. Con flores. Sólo la pestilencia del dolor subiendo al cielo, el cielo vacío. Pero a la gente no le importa el dolor de los animales. Tampoco le importaba el dolor de mi pueblo en los campos de exterminio, hace una generación. Es siempre lo mismo, agonías interminables de criaturas indefensas que nadie oye. ¿Y todo para qué?
Quizás en alguna parte haya un receptáculo del dolor, medita. Un receptáculo que espera ser colmado. Y cuando se llene, ¿algo se levantará de allí? ¿Algo creado y convocado por el tormento? Una supercriatura extraña e inhumana. Sabe que está borracho. El castañeteo se ha intensificado.
Vé a mirar ese animal, Lipsitz.
Avanza por el cuartucho oscuro, atisbando, oye el clic-clic-clic. De pronto lo reconoce. El chasquido que hace una rata en ciertos estados mentales. Nada amenazador, debe ser el viejo Snedecor. Animado, acerca una lámpara que cuelga de un cable, y ve la cosa con claridad mientras alrededor el laboratorio pierde realidad.
Lo que yace entre las bolsas de Purina es un verticilo increíble, una maraña de patas de rata, cabezas de rata, torsos de rata, colas de rata entrelazadas en una formación enorme semejante a una rueda, de algún modo anormal articuladas rata por rata, un enorme pastel de ratas que jadea y palpita, los ojos fatigados y doloridos. Espantoso, realmente. A Lipsitz se le corta la respiración. Y no todos son animales de laboratorio. Entre ellas puede ver las pelambres de ratas ferales. ¿Habrán entrado ratas salvajes para ayudar a formar esa cosa horrible?
Y en ese momento, colgado de la lámpara, comprende lo que está viendo. Lo ha leído en cuentos tradicionales, las antiguas y grotescas leyendas de la rata y el hombre.
Está mirando una Rata Rey.
Abundaban en las crónicas medievales, recuerda vagamente. ¿Fue en Württenberg?
Están monstruosamente articuladas, pero viven... No se las puede separar de ningún modo, y chillan muchísimo en la hoguera. Apariciones que se veían cuando las ratas eran muy acosadas. Algunos creían que cada ejército de ratas tenía un rey de este tipo que los dirigía. Y a veces se relacionaban, o los confundían con Ratas Rey de otra especie: animales gigantes con ojos de fuego y cadenas de oro en el cuello.
Lipsitz mira fijo meciéndose bajo el cable de luz. La masa enmarañada de la Rata Rey sigue allí, chasqueando débilmente. Palpita en un ambiguo sufrimiento entre las bolsas.
Su otra mano sigue aferrada a la botella. Bueno. Bebe un largo sorbo y vuelve los ojos hacia esa presencia horrenda. Se pregunta qué hará.
—No puedo... No puedo —murmura en voz alta, refiriéndose a todo ese endemoniado asunto.
Puede seguir con su tarea, matar a los animales, olvidarse de su tontería, marcharse. Pero no puede, por cierto, enfrentar esto, aniquilar esa aparición de otra época, ese horror tal vez sobrenatural. Y eso le infunde una vaga e insidiosa sensación de culpabilidad. Es culpa mía, yo...
Advierte que está sollozando, que le lagrimean los ojos. No sabe si es por los animales o por sí mismo. Sabe que simplemente no aguanta más, que no puede seguir así. Y ahora esto.
—¡No! —exclama, y alude en realidad a todo el mundo humano. Parpadea aturdido ante la confusa penumbra tratando de recobrar la lucidez, sintiéndose una mota azarosa de vida rebelde en una insignificante trampa de cazabobos. Vuelve lentamente los ojos hacia ese monstruoso y lamentable pastel de ratas. Parece que se está debilitando. El chasquido ha perdido intensidad. Mira hacia arriba, hacia las sombras oscuras.
...y realmente no le sorprende encontrar ojos que a su vez le miran. Dos grandes y redondos ojos animales en las tinieblas, a la altura de su cintura, un fuego bermellón pálido reflejado en las membranas.
Él mira fijo. Los ojos se vuelven a derecha e izquierda, calmos y en silencio, y luego la cabeza avanza. Ve el hocico largo y sabio, los bigotes, las cuencas de las orejas. ¿Hay un collar de oro? No puede distinguirlo pero sí que ya discierne las patas delanteras de la criatura al palpar ligeramente el cuerpo o los cuerpos de la Rata Rey. Y esa criatura enmarañada se desvanece y encoge. Quizá sus fuerzas unidas han bichado y sufrido para dar nacimiento a esta otra: el Rey mismo.
—Hola —susurra Lipsitz de manera idiota, ya sin sentir horror sino sólo una emoción de otra especie. La gran presencia tibia lo escruta. ¿Lo encontrará inocente? Lipsitz se relame los labios. Al fin han venido, piensa. Se han levantado. Acabarán con todo esto. ¿También conmigo? Pero no le importa: una alegría incontrolable le invade cuando vislumbra el brillo del oro sobre la pelambre del ancho pecho. Se relame de nuevo los labios secos, traga saliva.
—Bienvenido, majestad.
El Rey no responde. Los ojos se desvían y escudriñan gravemente los corredores. Lipsitz se hace involuntariamente a un lado. Los bigotes del rey oscilan serenos trayendo noticias olfativas. Se oye un calmo castañeteo. Cuando la aparición avanza un paso Lipsitz se conmueve al ver el típico brinco, el andar de rata. La piel del Rey es castaño-grisácea y lustrosa, un pelaje feral. Por supuesto. Además, un macho. Sonríe con timidez al ver que el cuerpo gigantesco tiene una típica giba larga, la parte trasera más pesada. ¿El viejo Snedecor está traducido en alguna partícula de esta maravilla? El sótano está en absoluto silencio, salvo por el castañeteo meditativo del Rey.
—Vas a...
Lipsitz trata de decir algo, pero calla al percibir lo que ocurre alrededor de él. Algo invisible, inaudible, pero tangible como el día... ¡Emergen, sí! Emergen de los cuartos, de las hileras de jaulas, cajas, encerraderos, armazones, casuchas y alambres. Todos emergen para ir al Rey. Todos ellos. Conejos ciegos, roedores mutilados, gatos y ratas lesionadas, macacos con el cerebro agujereado, que avanzan en silencio. Hasta los perros paralizados se mueven como pueden para salir al encuentro del Rey.
Y en ese momento Lipsitz comprende que el Rey también se vuelve... Hace girar el gran cuerpo castaño y se aleja de él con toda soltura para dirigirse a la oscuridad más profunda del rincón de la carbonera. ¡Lo están abandonando!
—¡Espera! —tropieza con el pastel de ratas muerto, no puede tolerar esta pérdida—. Por favor...
Arriesgándose a todo, extiende el brazo y toca el flanco de la bestia mágica, esperando... no sabe qué. El flanco es tibio, sólido. El Rey le echa una fugaz mirada de reojo, aún alejándose. Audaz, Lipsitz se le acerca, camina al lado, la mano apoyada con firmeza en el lomo. Pero se dirigen hacia lo que él sabe es sólo pared, a través de la cual nada puede ver. El sótano termina allí. No importa, no dejará escapar la magia, no. Y camina al lado del Rey, pensando que también es un animal. Y a último momento descubre que su cabeza retraída de temor está avanzando a través de una nada oscura, de una vacuidad más que negra adonde los conduce el Rey. Se está yendo. Sale.
Quizás una vieja cloaca, piensa mientras avanza agazapado junto a la gran presencia benigna, evocando historias de túneles olvidados bajo esa vieja ciudad en la que se acaba de construir un subterráneo nuevo. Sí, eso debe ser. Y descubre que está recuperando una visión que al principio es pálida y espectral. Ahora puede caminar erguido. Aprieta la mano izquierda sobre los hombros de la bestia serena, y siente el movimiento de los músculos vivos bajo la pelambre, lo cual le trae alegría y curación. ¿Dónde estarán los otros?
Echa una rápida ojeada hacia atrás y los ve. Vienen. La penumbra de atrás está colmada de bestias calladas que avanzan en fila a lo lejos, animales grandes y pequeños. Ahora puede oírles tímidos susurros. Y no son sólo los animales de su sórdido laboratorio, sino torrentes de otros: ha entrevisto cabras, tórtolas, una vaca, mapaches, zorrinos, una zarigüeya y lo que parece un mono pequeño montado en un perro cojo. ¡Hasta hay pájaros que brincan y aletean arriba...!
Dios mío, están todos, piensa. Es Hamelin al revés. Todos los humillados, los mansos, están dejando el mundo. Arriesga otra ojeada y cree ver también un niño humano y al parecer un anciano en la multitud. Todos avanzan callada y mesuradamente en la penumbra. Una hueste interminable que al fin sale, se aleja. Y él siente una emanación, una dulzura, una tibieza silenciosa. Se siente feliz como nunca. Más que nunca.
—Nos estás llevando fuera de aquí —le dice al Rey—. A los que no podemos resistir más. Nos vamos todos para siempre, ¿verdad?
No hay respuesta verbal, sólo una oreja erguida que se vuelve hacia él fugazmente mientras el Rey continúa con pasos graves. Lipsitz no necesita discursos ni explicaciones. Simplemente avanza y se deja invadir por la alegría. Se pregunta por qué siempre ha estado prohibida la mansedumbre. ¿La verán realmente como una amenaza para odiarla de tal modo? Pero ahora todo ha terminado, y para siempre. Está seguro, aunque no tiene la menor idea del lugar adonde se dirige esta procesión en la infinitud crónica. Por el momento le basta con sentir la comunión silenciosa, la tranquilidad que le comunica la mano apoyada en el flanco de la gran bestia-espíritu. El flanco es enteramente sólido, puede sentir todas las vibraciones de la vida. Es el cuerpo de un animal real. Pero también es amistad más allá de lo imaginable. Nunca ha conocido nada tan maravilloso como esta comunión; ni el sexo ni las puestas de sol o siquiera la hora mágica de su primera bicicleta. Ahora parece que todo está bien, y que lo estará para siempre. Aflicciones que ni siquiera él conocía se le están desprendiendo, se elevan como humo.
Estaba tullido, tullido a fuerza de soportar. No sólo el laboratorio sino todo. Todo. Apenas puede creer en este alivio. Un pensamiento peregrino se le insinúa: ¿quién quedará? Si queda alguien necesitado de cuidados y consuelo, ¿quién se hará cargo? Ahuyenta el pensamiento y se concentra en la confortación que emana de esa vida extraña, la bestia mítica que marcha despreocupada por el pasadizo oscuro y sinuoso que ahora desciende, o quizás asciende y desciende, no puede distinguirlo.
El pavimento parece muy común, húmedo y rajado. Al lado los músculos de la gran rata se hinchan y estiran con el movimiento de las patas traseras. Mira hacia atrás y sonríe al ver cómo la cola anillada del Rey se curva a derecha e izquierda, alerta y serena. Ya no hacen falta colas velludas. Advierte que está penetrando en el misterio. Un misterio inhumano, quizá. No le importa. Está entre los suyos. Irá adonde ellos vayan. Aun a la inhumanidad, aun solo.
Pero a medida que la visión se adapta comprende que no está solo. Hay una figura humana a sus espaldas, en el extremo del Rey, que avanza lentamente, que lo alcanza. ¿Una muchacha? Sí. Apenas puede distinguirla, pero cuando se le acerca nota con creciente alarma que la conoce. Podría ser... ¡Sí, es ella! Sheila. ¡Sheila aquí no! No, no.
Pero ella lo ha alcanzado con sigilo, camina a su lado y también tiende la mano para tocar al Rey.
Y para su inmenso e indecible alivio descubre que no es Sheila, desde luego. ¿Cómo podría ser ella? Es sólo una muchacha de la misma estatura, con las mismas curvas insinuantes, la misma cabellera oscura. Ella vuelve la cabeza por encima del ancho lomo del Rey, y él ve que aunque los rasgos son los de Sheila, la cara es totalmente diferente, franca, candorosa. Una Eva en este segundo amanecer del mundo. Quizá sea la hermana menor de Sheila, piensa desconcertado al notar que ella ahora lo mira y le sonríe.
—Hola —susurra sin poder evitarlo, temeroso de romper el hechizo, de alterar su marcha con algún áspero sonido humano. Pero el hechizo no se rompe. En realidad, la cara de la muchacha se vuelve más nítida. Alza la mano y se echa el cabello hacia atrás, la otra se apoya con firmeza en el flanco del Rey.
—Hola —la voz es muy suave pero no frágil. Ella lo está mirando con los ojos de Sheila, pero ojos de una calidez y luminosidad tan diferentes que él sólo quiere mirarlos complacido mientras avanzan hacia un destino incierto. Está tan asombrado de encontrar un alma humana y vulnerable en esos ojos radiantes y castaños... ¿Un alma?, piensa, y siente los pasos serenos de sus pies incorpóreos, tal vez camino a la eternidad. Qué palabra tan inapropiada. Él no es religioso, no cree en dioses ni almas, excepto como un término cómodo para denotar —¿qué?— la compasión o la responsabilidad, todo eso. Y tantas discusiones al respecto. Una horda espectral de viejos eruditos que debaten, y a quienes ni había prestado atención en sus días de estudiante, le invade la mente. Pero está extrañamente preparado para oír que la muchacha declama en tono coloquial:
—No hay error más poderoso para desviar las mentes débiles del recto camino de la virtud que la suposición de que el alma de los brutos es de la misma índole que la nuestra.
—Descartes —aventura él.
Ella asiente, sonriendo por encima de la gran silueta castaña. Las orejas alveoladas del Rey han seguido el diálogo, y ahora vuelven a prestar atención adelante.
—Él lo empezó todo, ¿verdad? —dice Lipsitz, o quizá sólo lo piensa—. Que son robots y que se les puede hacer cualquier cosa. El dolor de ellos no cuenta. Pero nosotros también somos animales —añade en tono sombrío, rehusando que algún filósofo muerto hace tiempo lo separe del flujo de este Río gozoso. ¿O qué será... Una ligera inquietud lo turba, pero es ahuyentada.
Ella asiente de nuevo. Ese dulce y honesto rostro femenino casi lo mata de amor. Pero cuando él mira, la inquietud le acecha nuevamente. Bajo esa sonrisa hay una transparencia, una falta de sustancia, hasta una tristeza, como si ella se dirigiera hacia una pérdida inexorable. No, está bien. Claro que sí.
—¿Adonde vamos? ¿Lo sabes? —pregunta, quizá imprudentemente. El Rey Bestia yergue una oreja. Pero Lipsitz debe saberlo, ahora.
Ella sonríe, esquiva. Lo estudia.
—Adonde van todas las cosas perdidas —dice—. Es muy hermoso. Sólo... —y calla.
—¿...sólo qué? —ahora está inquieto, viendo que ella ha desviado la cara y camina con la barbilla hacia adelante. Siente un espanto que no puede reprimir. Los momentos de sencilla alegría han pasado. Teme que todavía lleve algún peso. ¿Será quizás una elección? Sea lo que fuere, se cierne sobre él o dentro de él mientras avanzan, una significación acechante que quiere eludir desesperadamente. No es una disipación ni un despertar. Se aferra con fuerza de los hombros del Rey, el guía mágico. Siente la tibieza tranquilizadora. Todas las cosas están en el loto... Pero la pérdida acecha.
—¿Sólo qué? —vuelve a preguntar, y sabe que debe y no debe hacerlo. Sí, todavía está allí y avanza con ellos hacia el refugio final; el vínculo se conserva—. El lugar adonde van las cosas perdidas es muy hermoso, sólo que...
—¿De veras quieres saberlo? —le pregunta ella con toda ligereza.
Es una elección, advierte él, temblando. No es una dádiva, no es tan simple. ¿Pero es que no puedo olvidar esto y seguir adelante? Sí, puede... Lo sabe. Tal vez. Pero oye que su voz humana insiste.
—¿Sólo qué?
—Sólo que no es real —dice ella.
Y a él se le rompe el corazón. De pronto, todo se rompe también, una terrible onda de vacuidad se desliza a través de él, lo tumba y le hace soltar al Rey.
—¡No, esperadme! —tiende el brazo, desesperado. Todavía puede sentirlos cerca de él, sentir cómo avanzan—. Esperad... —ahora entiende, entiende con un dolor desgarrador que son realmente las almas de las cosas, y tal vez él mismo, lo que pasa, y se aleja... para siempre. Han soportado todo lo que pudieron, y ahora se marchan. El dolor ha culminado en esto, pueden abandonarnos... Abandonarme a mí en un mundo mecánico y cartesiano donde nada significará nunca nada—. Oh, esperad —grita en ese desierto oscuro, incapaz de tolerar la pérdida, el consuelo vivo que se aleja. Sólo que no es real. ¿Qué significa eso? ¿La elección? ¿Que la realidad es ésa donde debo quedarme para seguir intentando?
No lo sabe, sólo puede pedir a gritos que lo lleven también, tambaleante en la irrealidad, sintiéndoles todavía allí, todavía posibles, delante, alrededor. Es un error. Se siente aterrado por su fracaso, su equivocación; su corazón humano sólo puede anhelar esa dulzura, ese gran rey benevolente y firme, esa alegría.
—Por favor, quiero ir con vosotros...
¡Sí! Por un último instante lo aprehende. Toca de nuevo la tibieza y la vida, ve la hermosa cara perdida que es y no es Sheila. Ahí están. Y trata con todas sus fuerzas de seguirlos, de salirse de su piel, de su vida, si es necesario, con tal de compartir esa mansedumbre.
—¡Llevadme!
Pero es inútil, no puede. Han desaparecido y él está de rodillas en el cemento húmedo, sosteniéndose la cabeza con manos vacías y trémulas. Fue en vano, y fue un error. ¿O no?, se pregunta mientras siente llegar el desmayo. ¿Acaso algo de sí mismo también fue, también voló a esa alegría egoísta? No lo sabe.
...y nunca lo sabrá, pues cuando recupera el conocimiento se descubre despatarrado como un idiota en la suciedad, detrás de las jaulas de las ratas y con el gusto ácido del ajenjo en la boca y una extraña sequedad y ligereza en el corazón.
¿A qué diablos estuvo jugando? Ese licor es terrible, piensa cuando se levanta y se sacude las ropas. Este lugar mugriento..., qué idiota he sido al creer que podía trabajar aquí. Y estas ratas mugrientas... Hay algo repulsivo en el suelo, además. Dejémoslo para la posteridad. Y vuelve a instalar el armazón en su sitio.
Bueno, terminemos de una vez. Tararea mientras apunta la manguera hacia el suelo mugriento, empapa a las estúpidas ratas encerradas, para escarmentarlas. Allá están los tarros. ¿Pero qué demonio lo poseía? ¿Pensaba de veras matarlas una por una? Tardaría horas... Conoce un modo más sencillo con una lata de basura. Si pudiera encontrar una libre...
Bien, aquí. La arrima y vacía una jaula tras otra. Las echa a todas juntas; nidos, crías, zanahorias, bollos de papel. Chillidos, forcejeos. Es inútil, amigas. El tarro de éter está casi lleno. Lo vierte sobre la masa bulliciosa y cierra la tapa, tarareando más alto. Las dentelladas resuenan en las paredes de la lata. El gas no es demasiado. No importa.
Se sienta encima y nota que una rata se ha escabullido para esconderse detrás de su zapato. Ratón mecánico, autómata estúpido. Lo pisotea y lo patea con destreza bajo las jaulas de roedores de Sheila, y se pregunta por qué se le ha metido Descartes en los pensamientos. No hay error más poderoso... Al cuerno con el viejo Descartes, pensemos en Sheila. No hay error más poderoso que la convicción de que hay hembras inconquistables. De algún modo está seguro de que en cualquier momento encontrará esa senda húmeda y velluda abierta de par en par. En cuanto ponga en marcha el proyecto.
Pues tiene una idea (ese ajenjo no estaba tan mal). Oh, sí. Una idea que asombrará al viejo Welch. En realidad el viejo Welch lo considerará demasiado... comillas, comercial. Bueno, al demonio con el viejo Welch. Este proyecto sin duda le interesará a alguien. ¿Tendrá laboratorios La Mafia? Jo, jo. Es demasiado.
Y también al demonio con los estudiantes, piensa de buen humor cuando arrastra el tambor hacia la entrada, ignorando los sonidos de dentro. Basta de Polinskis, basta de bobadas, la docencia es para los imbéciles. Mi nuevo proyecto se encargará de eso. ¿Habrá dificultades para conseguir sujetos? No... Mira todos esos viejos cadáveres ambulantes que se venden para comida de perros. Y hay un matadero en la vecindad, no hay problemas. Pero necesitará un laboratorio más grande, claro.
Cierra con llave mientras tararea con vivacidad la versión rock de la 'Danza de Anitra'. Sale al amanecer lluvioso, revisa mentalmente los nuevos hallazgos sobre los determinantes cerebrales de intensidad motriz. No costaría nada colocar electrodos para incrementar la intensidad de cualquier actividad animal. La carrera, por ejemplo. Acelerarlo al máximo, hacerlo correr como nunca pese a las patas quebradas o cualquier cosa. ¡Vaya! Aun sorprendiendo al otro que todavía no hubiera arrancado.
Y está hipotéticamente seguro de que podría sellar los implantamientos casi hasta la invisibilidad. Tiene buena mano para la cirugía. Puramente hipotético, claro. Pero supongamos que se usa un material sintético con liberación de ácidos. Sería difícil detectarlo con rayos X. Aja.
Claro, no sabe mucho de caballos, pero aprenderá rápido. Sonriendo echa a correr para alcanzar el autobús que, oh fortuna, aparece en la calle desierta. Acaba de recordar a un amigo que tiene una granja a menos de ochenta kilómetros. ¿No sería espléndido emprender el proyecto piloto con ponies Shetland sobrantes?