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javier schenck

aprovechamiento de los huecos en las charlas para introducir palabras aprendidas en el diccionario (es)

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Hubo un tiempo en que quise ser muy inteligente, o al menos parecerme a alguien que sea considerado como tal. En esa época yo le prestaba demasiada atención a los charlatanes, y la mala elección de algunos textos y amistades, fomentados por la carencia de un pensamiento y criterio propios, me llevaron a creer que las palabras diferentes a las cotidianas contenían un trasfondo de profunda reflexión. Yo aún no sabía que muchos enunciados sirven de cortina de humo a pobres pretensiones intelectuales, que antes de saber hablar hay que saber callar, que cuando la ignorancia se alimenta de la arrogancia puede causar escalofríos en las orejas y que, en definitiva, una cosa no siempre lleva a la otra. En mi caso llevó a la misma que tantos aprendices de pedantún, presuntos conocedores de la cultura que apenas nos íbamos enterando qué dramaturgos, músicos, pintores o pensadores eran los geniales, aún estando bien lejos de saber por qué lo eran, dábamos cátedra a quien tuviera la mala suerte de toparse con nosotros. Durante mis años de universidad, estas imposturas me convirtieron en un espécimen bien repelente.
Creer que a mayor cantidad de libros leídos más conocimientos se posee, es una ingenuidad que acarrea la más boba falta de juicio. Sin embargo hay otra ingenuidad bastante más bonita, de la que habló alguna vez Borges, y es la que convierte al niño en el perfecto lector del libro que cae en sus manos. Ese niño cree todo lo que lee; imagina y viaja, muchísimas veces, a picos más altos que el propio autor. Yo tuve la suerte de ser ese ingenuo lector perfecto hasta convertirme en un lector acumulativo. Con diez años, mi prematura vanidad hizo que devorara infinidad de libros sin leerlos realmente (había que leerlos rápido, si eran grandes y gordos, mejor).
Hay aventuras que no nos pertenecen pero emprendemos. Una cima señalada por muchos dedos puede incitarnos a subirla sin que sepamos si la deseábamos, si deberíamos desear una o si eso que vemos es realmente una cima. Yo fui un gran escalador de la aceptación ajena, tanto que cuando me dijeron culto no los corregí. No me llevó demasiado comprender que no era culto en absoluto, pero aún así preferí engañar a mi público: anhelaba la admiración intelectual, ser considerado un erudito, alguien leído. Tal vez otros pobres diablos como yo pasaron por eso de hablar intentando usar un lenguaje culto.
El tiempo, ese impostor que todo lo contiene o lo descarta, se ocupa en decantar a ése que siempre fuimos y no deberíamos perder de vista. El tiempo comenzó a desenmascararme y esperó el momento justo para ponerme el espejo delante; vi la soga en mi cuello, vi que no sólo estaba enroscada, vi cómo se tensaba lentamente. El futuro que me esperaba no me agradó. A dos materias de acabar la carrera de medicina, en medio de una intoxicación etílica de más de tres días, llamé a mi amiga Juliana Rozadas y le propuse la fundación de una librería. Dejar la carrera fue más simple que soportar la desaprobación y el no hablarme con mi padre por más de un año. Hoy hace ya 15 años que somos los propietarios de la librería Tenazas y el sosiego que me proporciona elegir autores y definir secciones, darle forma y coherencia al orden de los libros, no tiene precio. Desde el primer día disfruté con los clientes y las conversaciones que podían surgir acerca de tal o cual libro, pero a la vez aborrecí a los que en vez de averiguar o intercambiar opiniones vienen a decirte lo que saben. Sin embargo, con el tiempo comencé a sentir algo cercano a la admiración por esa extraña gente, por la pericia que tienen para desenfundar sus armas durante los duelos de cultureta.
Cierto día y por mero pasatiempo, comencé a asentar algunas conversaciones de esa gente que aprovecha los huecos de las charlas para introducir palabras aprendidas en el diccionario, o que simplemente adorna y florea sus opiniones en el afán de parecer culta. Es curioso que haya personas midiendo el rango de cultura de su interlocutor para intentar rebasarlo o equipararlo, como si estuviesen en un concurso de retórica de pueblo. La mayoría de las veces estas palabras a presión no llegan a encajar en las oraciones y son eyectadas por la inflexible gramática, cayendo al piso y estallando como bombas de estruendo.
Transcribiré cuatro o cinco entradas al azar de mi “Breve Catálogo de Conversaciones con Relleno de Palabras Cultas” para deleite o desprecio del lector. Quizá algún día publique el catálogo completo bajo seudónimo, pero no hay apuro ya que crece cada día y, para suerte mía, se escribe solo.
12 de agosto de 1995. Entra a la librería una señora de más de cincuenta, flaca y de amplia nariz. Sombrero verde con pluma azul, abrigo verde de tejido, blusa blanca, falda verde y zapatos azules. Pintada como un payaso con los colores antedichos, se acerca al mostrador:
–¿Tiene los Essais de Montaigne?
–Sí, señora, aguarde.
Camino hasta la sección de Humanidades y vuelvo con dos ediciones, la cara y la barata. La mujer examina los libros con gesto desaprobatorio y saca un teléfono de la cartera. Llama.
–¿Annette? Tengo los Essais en dos ediciones, pero ambas se me antojan vetustas. La traduction “no se coherencia” con el manuscrit.
Cuchicheos asomando por el auricular y…
–Bueno, bueno, en la edición de Ferrero, Annette, pero no comparto ni acato. El francés de Montaigne se pierde en embates sin substancia. Procuraré otra librería.
Cuchicheos por el auricular; la señora corta, da media vuelta y se va sin saludar.
13 de mayo de 1998. Salida del teatro; veo entre la muchedumbre a Fernando M., compañero de la universidad, que me reconoce y me llama para que me acerque. Está con otras personas, entre ellas su esposa. Nos saludamos y me los presenta.
–Estábamos hablando de la obra, Marcos. ¿Qué te pareció? A éste –y me señala a uno de anteojos, pálido como su pálido traje– le resultó pretenciosa.
–No dije pretenciosa, dije pretendida, sin el trasfondo de la picaresca que debiera osar cualquier reposición del Lope dramaturgo, más aún en Fuenteovejuna.
–A mí me divirtió mucho –dice una joven con cara de pizpireta– ¿a usted le gustó? –agrega al mirarme.
–Me ha divertido, sí, creo que hice bien en venir –digo.
–¿Venir o acudir? –me dice el de los anteojos.
–¿Hay alguna diferencia? –pregunto.
–¿En una contingencia así? Pero claro, salvo que el señor haya venido obligado, como yo.
–Me tengo que ir –digo–. Aunque no –agrego– mejor no me voy, más vale me retiro. Un gusto haberte visto Fernando –doy media vuelta y llego a la salida.
5 de mayo de 2004. En el colectivo, por Las Heras, un muchacho mayor y dos muchachas, claramente universitarios, viajan con sus mochilas. Dice el muchacho.
–Es como en El Ángel Exterminador. La pericia de Buñuel para inferir rangos entre los componentes del cuasi encierro de la casa, me sobrecogió siempre que la vi, desde el primer fotograma. Apenas principia la película se deshace de los sirvientes menos de uno, el cual se convierte en paradigma de todos los demás.
(“Paradigma”, pienso, es de las palabras favoritas para profesores y, por extensión, alumnos universitarios.)
–Cambiando de tema, ¿se enteraron lo que dijo el colorado en “Lite” la semana pasada?
(“Lite”, claro, significa literatura.)
–No –dice una de las muchachas.
–Que Cervantes era un pollerudo, más aún que Flaubert. El decano Rinaldi lo paró en seco y le dijo que se ponga de pie y defina “pollerudo”. El colorado se paró y le dijo “ahora que lo veo bien, creo que usted es la definición perfecta”. Como ven, un “atarantado” más en la academia –culmina el muchacho.
Las chicas no parecen inmutarse y ríen; yo intento deducir a quién le corresponde el rótulo de atarantado, si al profesor, al colorado, a Cervantes o a Flaubert. Quizá me corresponda a mí, concluyo después.
6 de septiembre de 2007. Esperando en la cola de la verdulería. Dos señoras detrás de mí.
Señora 1. –La porquería de esposo de Carmen le volvió a pegar.
Señora 2. –¿Sabés qué? La próxima vez que me lo encuentre lo voy a desestimar. Te recomiendo que lo desestimes vos también, Matilde, ese tipo es “un” bestia.
Señora 1. –¿Y qué es desestimar…?
Señora 2. –¡Cómo se nota que no mirás el programa del profesor Molinasi! Es como mandar a la mierda a alguien pero con más “sutilezas”.
12 de septiembre de 2008. Caminando detrás de un grupo de tres hombres, por Libertador.
Hombre 1. –Miren qué linda está la plaza Irlanda, con esa loma de ensueño, con el césped…
Hombre 2. –Que es la alfombra del ocaso, como si…
Hombre 3. –Como si el piso de abajo de la alfombra se estuviese levantando por la humedad… ¿Por qué hablan como dos pelotudos, che? Me tienen las pelotas llenas con ese curso de poesía que hacen.
Por suerte todavía hay gente que dice lo que piensa.
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