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jesús antonio gómez p.

alguien me quiere matar (es)

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Aunque Ud. no lo crea, alguien me quiere matar. Tal vez no lo entienda, pero ésta es una de las que llaman historias sin fin. Han sido siempre así. Se trata de pasiones bajas en las que intervienen personajes que uno no cree. Haga de cuenta que son personas comunes y corrientes con las que trata diariamente. Las ve cuando va a comprar el mercado en cualquier abasto, en las cafeterías a donde va a tomarse un tinto, o en cualquiera de los negocios del sector a donde vive. Los ve ejerciendo su oficio como vendedores de loterías, acomodadores en los supermercados, e incluso familiares en las que uno no intuye una venganza de familia ni una envidia porque no se tiene la misma suerte por una casa, por el dinero de una posible herencia, o porque simplemente los que lo hacen se consideran con el poder suficiente para sacarlo de este mundo. Son personajes extraños, y a veces creo que siniestros. Eso pienso. Pero sucede, que uno está juzgado como un loco. Un esquizofrénico, un pervertido, o lo peor de la especie humana. Que de paso, se hayan tenido amigos desde joven que por tener hermanos siquiatras, además de ser hijos de buena alcurnia, muy sobresalientes en la sociedad, que conocen todo sobre las nimiedades del origen de la vida de uno, y que con la apariencia de tener ese don de buenas gentes, van creando y tejiendo toda una serie de conjeturas en las que uno termina siendo el peor de los canallas. Todos les creen. Y qué decir, si éstos son secretos o de Ley tal y como lo afirmó el comisario Rincón en una de sus pláticas con “El Embrujado. Uno piensa que son de los sobresalientes que todo mundo admira, y en realidad son los bribones que andan detrás de algún beneficio. Son de esas amistades en las que con el tiempo se termina entendiendo que nunca lo fueron. Son de ley. Eso está bien, ya que uno se considera un ciudadano que sin ser santo ni ha matado ni robado, y que con los que anda son lo mismo que uno. Una especie de idiota útil. Ni siquiera eso. Aúllan peor que los perros salvajes, y pareciera que solo quisieran saciar sus apetitos terrenales. Aparentan lo que no son.
Claro que todos les creen el cuento de que uno es un enfermo mental. He ahí cuando sus pasiones bajas se desbordan y comienzan con las historias siniestras. Y en ellas participan desquiciados a quienes utilizan para sus fines maquiavélicos. La historia se va regando, y como son de los mejores salen como jaurías tras la persecución de su presa. No tienen compasión. Sus apetitos son voraces. Se aprovechan de la ignorancia para lograr su cometido. No sé si me entiende.
-¿Verdad que soy loco?
No hace mucho, para constatarlo fui a la biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá. Lo quería saber. Acababa de salir de una operación de la columna vertebral, y todavía convalecía de una extraña situación psicológica que algunos le llaman locura, otros Delirium Tremens, lavados de cerebro, etc., y que el común de los mortales puede aducir cualquier cosa. Que se es un vicioso, que el diablo se le metió en la cabeza. No sé qué más pueda pensar. Somos humanos.
-¿Verdad?
Es que desde joven me habían echado un cuento que con los años iba comprendiendo. Es como si me hubieran estado contando un secreto a cuenta gotas, mientras me sucedieron cosas extrañas y siniestras. Yo digo que fui una especie de conejillo de indias, y que de paso se me trató de mantener en dicha situación sicológica esperando a que se sucediera un accidente previamente elucubrado, o que un antisocial me mandara al más allá.
-¿Será que soy hilarante?
Lo que iba diciendo: Quería investigar sobre lo que me pasó en la vida real, y así fue como resulté leyendo unos libros de siquiatría y otros de alcoholismo. Frecuentemente escuchaba voces que no conocía. Sin embargo, personajes a los que considero non santos, me salían a provocar. Según leí en uno de esos libros, hay algunos que también son mitómanos. Se creen sus mentiras. Comencé a entender la gravedad de mí situación. Andaba medio cojo, y no tenía las fuerzas suficientes ni sicológicas ni físicas para defenderme de cualquier truhan que me saliera. Es que la esquizofrenia es un mal tan extendido que según los amigos que conocí se lleva en la sangre. Qué mentirosos. Y sin embargo, mi papá y otros familiares aducían que con los cambios de luna la persona se transformaba. Eso decían sobre un familiar que curiosamente vivió la misma situación, y de la que no entendí en su momento. Parece que es muy común por estas tierras. “Conciencia” lo sabe. Es más, si el que lea esto no lo entiende, cuando vea a alguna persona -hombre o mujer- que esté hablando sólo en su casa, que se exaspere fácilmente, que familiares y vecinos se burlen en su cara, y que le digan a todo el mundo que es un desquiciado, entonces lo sabrá. El diablo, seguro que el viruñas es el que se le ha metido en la cabeza, y presumiblemente cualquier cosa hará. Claro que de acuerdo a las circunstancias, también hay casos donde de manera muy sutil, los que participan de este embrollo lo van orientando mediante argucias a que caiga en estas redes, que inexorablemente lo llevarán hasta la tumba. Claro que también hay maneras de provocar el pánico. Ud. dice en su casa que un vecino lo quiere matar, y cuando sale lo está esperando. Alguien lo droga por la calle, y llega a la casa después que otro le ha dicho que por qué lo mira feo; entonces se acuesta con rabia porque no está la comida o porque otro vecino abre la puerta tan pronto lo ve llegar, y lo mira como mirando a un ladrón, cosas que lo exasperan, y que son hechas a propósito por estos personajes de mala fe que lo quieren ver muerto a toda costa.
Otro le grita, como lo hizo en más de una ocasión “Voz de Humo” desde adentro de su casa que queda en el mismo interior de donde vivía:
-¡Está muerto!
Al lado escucha a otro que habla cuando comienza a hablar sólo y a decir que en esa casa lo escuchan.
-¡Ya comenzó a joder! Le grita, desde el otro lado de la pared el intruso que lo quiere enloquecer.
Quién le va a creer ese cuento. Y resulta que sí. Todos ellos tienen sus chismositos (receptores que escuchan lo que uno dice) y están confabulados por algo que uno no sabe. Claro que en el caso mío lo entiendo, pues al fin y al cabo este es un trabajo de años que siempre ha sido orientado así. Y qué tal que me decida también a conseguir el tal aparato electrónico que le permite a uno escuchar a varios metros de distancia lo que otro dice, y que se consigue a bajo precio en San Victorino, o en uno de los San Andresitos, para saber qué es lo que hablan los vecinos, y así aplicarles la misma técnica, y salir así a esperarlos en sus puertas cada que dijeran que van a salir de sus casas, luego que han hablado de uno.
-¡Ah! No. Eso si no es de ley.
Y de seguro que de alguna manera distorsionarán lo que hablan mediante frecuencias, pues inmediatamente sabrán que se los está escuchando.
Si ven que estoy loco. Todo coincide. En los libros que leí en la biblioteca, afirman que cuando uno cree que algún vecino le va a matar, es porque está mal de la cabeza. Y claro. Los comerciantes que a uno le compraban, ya no lo hacen. Mientras los pelafustanes salen a madrearme, las puticas salen a ver qué se consiguen conmigo, y toda una serie de personajes que van desde la perversión a la delincuencia están detrás de conseguir este propósito. La muerte disimulada. Hay otros que le tosen a uno casi casi que en la cara, y cada que salgo de la vivienda a un café Internet, manipulan el computador y le envían mensajes amenazantes; y sí de pronto se me da por tomar una cerveza en alguna fonda del sector, otro llega a incomodar.
-¡Qué bello!
Ni en la misma casa adonde vivo se tiene respiro. No. Quién va a creer ese cuento. Aunque no lo crea, desde niño me crie entre imaginarios y secretos. De tanto vivir, creo que me estoy volviendo tan secreto, pues sólo me conocen estos, y los farsantes que me envían. Llevo años aislado. Es más, fui drogado. Estuve completamente ido de la cabeza, y hasta en el hospital de la Hortúa al frente de mí cama se colocaba un agente del orden que vigilaba a un recluso, mientras yo creía que era por mí que estaba allí. La paranoia es así. El trabajo ha sido largo. De toda una vida. Si cualquiera de los que tenga la oportunidad quiere comprobarlo, vaya a su biblioteca más cercana, y sabrá que es cierto. Soy un enfermo mental. En el hospital después que me hicieron una operación en la columna vertebral, gracias a una señora desconocida pude escaparme. No me querían dejar salir. Algo parecido a lo de Jack Nicholson en la película: “Atrapado sin salida”.
Con esas historias del comisario, se me olvidaba que alguien me quiere matar.
-Ud. no me cree. ¿Verdad?
Eso era lo que estaba diciendo. ¿Cómo le puede creer a un paranoico?
-Es difícil. ¡Ah!
Anoche me pasó. 24 de diciembre. Un día especial para muchos. Para mí no. La familia festejaba. Y como yo no tengo nada que celebrar, decidí que la pasaría en el terminal de transporte. Unas pocas cervezas. Allí podría ver ese mundo de los viajeros que llegan desde diferentes partes del país, apresurados por llegar a tiempo a reunirse con sus familias; y cuando uno se congracia con ellos, éstos nos cuentan sus historias sin siquiera preguntárselas. Vienen y van desde diferentes partes del país. Y claro que uno se conforma con ver cómo van de lado a lado tratando de llegar a sus destinos. Pero como tengo varillas de metal en la columna vertebral, y a veces permanezco sentado muchas horas trabajando debido a mi oficio de artesano, mis micciones urinarias muchas veces perjudican. Claro que eso se lo debo a “Ríos Revueltos” que no solo me confundió, sino ayudo a enloquecer. Tortura sicológica de “Lesa humanidad”. Un delito que nunca deja de ser a pesar que haya pasado el tiempo que la ley considera como tal. Legalmente no expira. Complots. ¿Verdad que no me cree? Crea que los conejillos de indias existen en la vida real, y a veces nos equivocamos porque creemos que están locos. Y no. El país del Sagrado Corazón de Jesús da para todo. Noté que en el terminal de transporte de Ibagué me vigilaban, estos guardianes privados que le recuerdan a uno que tiene una familia así. Son colaboradores con la ley, y claro que prestan un gran servicio.
Yo cometí el error. Salía y entraba del terminal a hacer mis micciones, porque con qué se va a pagar el valor del préstamo del sanitario ya que su servicio es costoso y el bolsillo no aguanta más que para una sola entrada. Lo entendí. Traté de hacerlo muy cerca de una de las paredes laterales a un lado de la avenida, y aunque quedan detrás de unos árboles, ya uno de estos guardianes lo tenía intuido. Me estaban vigilando desde que llegué. Es su oficio, no hay que recriminarles, pues están cumpliendo con su deber.
-¡Hey! Me gritó. ¿Qué pasa?
Estaba casi media cuadra de la primera entrada.
Yo pensé: “Me tocó irme”. Si me devolvía, seguramente me amonestaría por haber cometido dicha imprudencia, o incluso en circunstancias así, cuando se es perseguido uno puede ser víctima de algún montaje, y entonces se termina mal. Eso creo, aunque pueda que no. Ni modo. No quería este tipo de problemas.
Así que decidí irme para la casa. A pie, lógico. Casi a las dos de la madrugada, porque en el ambiente se veía que todo mundo estaba festejando. Sin embargo, sospeché sobre la llamada de atención, ya que pudo ser a propósito. Cosas parecidas me han sucedido muchas veces. Es muy extraño que uno sea tan popular en ciertos medios. O de pronto, no. Ya en Bellazmin, un condominio cerrado que queda por la misma avenida quinta, llegando a la plaza de mercado del barrio El Jardín, recién llegado a esta ciudad, una vigilante privada me había salido al paso cuando traté de vender mis cachivaches en una de las misceláneas que hay. Me insinuó que fuera a la primera que está en la entrada, y que dijera que ella me mandaba; es más, llamó desde su intercomunicador telefónico, y aunque no logré contactarme con la dueña personalmente, una empleada o familiar me señaló los productos que quería. Que regresara al otro día muy temprano, y que así era su manera de comprar. No los compraba de una vez, sino sobre pedido. Al otro día regresé, y la misma vigilante me dijo:
-Ya la dueña, salió. Vaya al fondo de la urbanización que allá hay otra.
Sin embargo, me creó la duda. Pensé para mis adentros, que tenía que pasar por la que antes me dijo que le llevara lo pedido. La vigilante desde la entrada se dio cuenta desde su quiosco de vigilancia, y corriendo casi impide que lograra mi propósito. Yo quería saber si de verdad era cierto. Ahí estaba la dueña. Falacias. Me trató entonces como si fuera un ladrón, y energúmeno salí del lugar porque entendí que estaba marcado por estos vigilantes privados que de alguna manera estaban tratando de bloquear mi actividad. Lo mismo me pasó en Bogotá durante muchos años, incluso en el Abastos de Patio Bonito adonde fui varias veces a vender libros. Me quitaron las mercancías porque estaba prohibido. Traté que me los devolvieran varias veces, pero no se pudo. El encargado de la vigilancia privada no hizo acato a lo que solicité. Ya me lo había manifestado en una anterior ocasión. Pero su rostro se parecía, aunque era más joven, a uno que nos recepcionó e indagó cuando nos retuvieron con un amigo y fuimos llevados detenidos a un organismo de seguridad con el cuento, entre otros, que yo era un subversivo. Vaya casualidad. Era un sitio a donde un familiar también tenía sus negocios. Aunque me lo dijeron después, no lo sé. Siempre se juega con nuestras ignorancias.
-¡Ah! Y claro que…
Ya bajando por toda la quinta antes de llegar al primer puente que está al frente de los seguros sociales, un tipo que venía en contra vía estaba esperándome. Lo sabía. Se me abalanzó dejando la bicicleta botada a un lado del andén. Yo me asusté y salté hacia la mitad de la avenida:
-¡Sapo! Me gritaba. Deme eso.
Ya estaba a punto de entregarle la maleta con la poca mercancía que llevaba, y sin embargo siguió gritando: ¡Sapo!
Mientras como un hábil lanzador de puños, los lanzó contra mi cara repetidamente.
-¡Ahora sí, reviente, que estoy empepado!
Drogado, creo yo.
Alcancé a regresar nuevamente al andén, mientras éste se devolvió a recoger la bicicleta que acababa de dejar más atrás. Entonces traté de coger un taxi que pasaba, pero no paró. Enseguida otro que venía, fue parado por una muchacha que no había visto antes, como para impedir que yo lo tomara. Y enseguida llegó otro y lo abordé luego que el chófer intuyera de lo que estaba pasando, al ver por el retrovisor como el agresor golpeaba las llantas de su bicicleta contra el piso en medio de un grupo de personajes que aparecieron de entre las sombras a donde habitualmente es un paradero de buses.
Una botella de vino debí tomarme cuando llegué a la casa para controlar los nervios. Y claro que esto es solo una parte de lo que me ha sucedido. ¿Qué haría si Ud. se despertara en un hospital todo ido de la cabeza, con la columna vertebral fracturada, los nervios crispados y entre dopaje y dopaje por los galenos, Ud. alcanza a escuchar voces, y es como si estuviera bajo el dominio de otro que solo se consuela si lo lleva al manicomio?
-¿Qué haría?
Ud. se va despertando y comienza a pensar que durante toda su vida ha sido así, y que existe una mano siniestra que lo ha querido enloquecer, o matar; y sin embargo nadie de los que andan con Ud. se han dado cuenta. Y en ese despertar en que se le ha ido la vida, mientras le juran y re juran que se es un sinvergüenza, los más cercanos le dicen que desaprovechó todas las oportunidades de la vida, y que todavía sigue con el mismo cuento, a pesar de que por culpa de estos hay muchas cosas que le han pasado gracias a esos lenguaraces que sin ton ni son hacen lo mismo que los delincuentes para justificar sus delitos. Ud. comienza a creer otra historia basado en lo que ha sucedido, y lo que le han contado en medio de las locuras y las canalladas, ya que parecen tener un asidero real.
Ud. es otro. Existe otra historia y no lo sabe pero la vislumbra. Las demás son puras distracciones en las que se le ha ido la vida, luego que le hicieron creer que era un perseguido. Todos detrás de su botín. Un legado que todos conocen, pero que uno no lo sabe. Solo lo presume cuando comienza a atar cabos entre las historias de amigos y familiares, y lo va comprobando con otras que desconocidos le han contado, y además que reiteradamente lo han intentado sacar de este mundo. Entre amenazas y amenazas Ud. se va formando otra historia. Y sin embargo, Ud. es un loco. Eso dicen.
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