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jesús antonio gómez p.

crónicas breves alrededor de un extraño secuestro de familia (es)

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1.
No se trata de lo que Ud. piense a primera vista. Nada parecido. Ni mucho menos de las obras de teatro de Shakespeare en el mandato Isabelino en la Inglaterra de entonces, y con el sisma religioso de los protestantes que lucharon contra el poder del Papa. Estas no son las crónicas que se refieran a Cleopatra y Marco Antonio donde el amor los secuestra y los convierte en tragedia ante un Octavio que terminaría por ser el primer emperador de Roma. Se trata de otra cosa. Haga de cuenta que este es un libro en otro libro, donde unas historias fluyen, mientras otras van surgiendo. No son reales, sino que esos imaginarios que a diario vemos, terminan por vulnerar su identidad, y por ser sus verdaderos amos en medio de una conspiración permanente, que nos recuerda que seguramente desde antes de su nacimiento ha existido como resultado de un conflicto social, que se concatena con otra que ya existía, y que sus enredos lo único que hacen es sostener una tradición de un extraño estigma de familia, en la que gendarmes antiguos quieren seguir sosteniendo una falsa verdad en su propio beneficio.
-¿Qué pasaría si un día Ud. se despierta y se encuentra con una familia que a pesar de conocerla, no se le parece a la suya?
Es más, comienza a elucubrar las tragedias de su vida, y en la medida que va desenredando los misterios que desconoce, se encuentra con una extraña marca desde niño, como en las antiguas tragedias griegas de Sófocles y Esquilo. Y sin embargo termina por entender que podría venir desde mucho antes de nacer como sí en su entorno familiar hubiera más de un secreto, que sólo estos imaginarios lo saben, y a través de su descendencia quieren saciar sus ambiciones personales, como si con ello se fueran a conseguir una medalla, algún espaldarazo por cuenta de algún prestante comerciante, o que la sociedad los fuera a premiar, aun siendo un probable delincuente, o sin serlo.
Esta es una historia diferente. No se trata de lo que pensó a primera vista. Es un extraño lavado de cerebro en la que participa más de un comparsa en el festín, a sabiendas que nadie les dirá nada, pues en un Estado benevolente pasaran desapercibidos, y serán de los mejores en un futuro, al estilo de los que nos cuentan los historiadores proclives a una idea social, o a un concepto universal de igualdad social. Y cuando existen otras ópticas, vienen otros y nos dicen crónicas espeluznantes sobre lo acontecido, en la que Ud. no creía, a pesar que eran de las mejores que pudieron suceder sobre nuestras vidas.
Ya Ud. no es el mismo. Los sicólogos nos hablan de paranoia, y los más ilustrados en estos temas sólo nos dicen escuetamente que ha sido un “Conejillo de Indias”, debido a sus relaciones de familia, en la que los más, en esas relaciones tormentosas de familia, quieren pescar en ríos revueltos los sueños que todavía no han conquistado, y terminan en ser los más obtusos, porque como crueles alimañas ya no son ni los más humanos ni los mejores, sino simplemente unos vulgares pescadores de ríos revueltos, en la que “Conciencia” al leer estas historias, concluye que son sobre la vida un secuestrado, y que lo contado a este por el comisario Rincón en Venezuela, era un abrebocas para que “El Embrujado” entendiera lo que le podría pasar el día que regresara a su tierra.
De eso tratan estas crónicas. Son los desvaríos mentales adonde muchos podemos ser llevados por estos personajes cavernícolas. Un libro en otro libro. Como parodiando a Borges.
2.
En alguna ocasión, en Alquería la Fragua de Bogotá, una de los pocos clientes que me siguió comprando los productos que elaboraba, me dijo:
-Lo que pasa, es que Ud. tiene una familia de gendarmes.
No le entendí en aquel momento. ¿Cómo se puede entender algo que no tiene sentido? Recordaba que de niño adonde doña Mercedes en Ibagué, su hermano llegaba de vez en cuando a descansar de esas largas correrías que los agentes estatales hacían por los campos del país para defendernos de los maleantes. Y era muy frecuente escuchar sobre el abigeato en esas conversaciones y aunque uno no sabía qué era, a todas luces se comprendía que nos protegían. También recordaba de León Darío -un hijo de la misma señora y agente de dicho organismo policial- que murió en un enfrentamiento que tuvo contra delincuentes en una vereda cercana a Ibagué, y nada más. Además, cómo podría ser uno un enemigo del Estado.
Por más que le di vueltas y vueltas al asunto, no entendí. Una persona de bien, no entiende. No estábamos en Argentina, adonde según decían los cronistas, en el último golpe de Estado que hubo allí, muchos niños quedaron en las manos de aquellos imaginarios que se tomaron el poder, y en la que muchos de ellos se quedaron con los bienes materiales de los que murieron o huyeron, y más de uno mediante argucias legales quedaron figurando como padres putativos, que solo hasta el día de hoy lo sabemos gracias a las noticias que nos cuentan los medios de comunicación sobre “Las Madres de la Plaza de Mayo“.
En fin, quedé exangüe ante semejantes suposiciones, porque lo entendí de otra manera. Yo era un perseguido, y para los demás no era más que un esquizofrénico que no quiso aceptar las recomendaciones de los siquiatras, para seguir consumiendo las drogas médicas que me provocarían un descanso del tormento sicológico en el que aparentemente estaba, cuando en realidad subrepticiamente me estaban amedrentando. No entendía cómo podía raciocinar bien, y otros a juro querían que no pensara mediante amenazas sibilinas que fueron desde palizas en las calles por supuestos ladronzuelos de calles, hasta encumbrados comerciantes y hombres de bien que mediante burlas sugerían que era una persona despreciable en un mundo donde el dinero y las buenas relaciones de familia lo son todo. Mucho más en un país en el que la sicosis del conflicto interno pueden convertir a una hombre de bien en un enemigo del Estado, o en un sinvergüenza, o depravado, que a los ojos de aquellos que se consideran los nuevos dioses de ese imaginario colectivo al que llamamos justicia y ley, merecía el castigo de los justos. Una ley que podría confundirse con las Leyes Mosaicas tan criticadas en su momentos, o las leyes de un Estado moderno, en una confusión tan terrible en la que los malos terminan siendo buenos, y los buenos en malos, como si la locura de esos dioses a todos nos quisieran inducir. Esos trabajos de carácter sicológicos no los había presentido, porque en medio de mis aflicciones a que llegué, supuse que solamente eran producto de mis circunstancias personales por cuenta de esos lengüi-largos, o que mis nervios estaban al punto de reventar.
Que a uno lo madreen en la calle, y después los mismos que lo hicieron lo saluden como si nada hubiera pasado, no lo entendía. Que “Voz de Humo” en “La Casa Embrujada” se hubiera convertido en mi perseguidor personal, y que cada que pasaba en aquel callejón al frente de su casa, me gritaba:
-¡Está muerto!
O tan pronto iba a salir, al abrir la puerta, este abría la suya como si supiera en qué momento iba a salir. Qué todos esos vecinos se hubieran propuesto en hacer lo mismo, y que a diario, como si esos imaginarios personales tuvieran su plan de trabajo para instigar a unos perseguidores que salían por doquier, no lo entendía. Y claro que en Venezuela luego de haber salido de Colombia en un 9 de abril, al llegar a los Corsarios en Playa Grande -Catia La Mar- en el mismo día que recibí el trabajo, llegaron aquellos agentes de la Guardia Nacional en un show que se parecía a un posible allanamiento donde un teniente coronel del aeropuerto de Maiquetía daba órdenes, y mientras los dueños del condominio acudieron nerviosos a este para saber qué pasaba.
Nada absolutamente, pasaba. Más bien, se burlaron. Se estaban mudando a un apartamento del mismo edificio, habitado antes por un paisano a quien a pesar que he tratado de recordar durante todo estos años, solo me sugieren a un antiguo conocido con el que charlé de joven en el barrio Rodríguez Andrade de Ibagué, un muchacho tapicero que se fue hacia allá a conseguir sus sueños de juventud, y del cual nunca he sabido cuál fue su destino, y porque precisamente aquel personaje parecido al que digo, desocupara su apartamento en la misma semana que llegué a trabajar, para que estos nuevos inquilinos hicieran de las suyas en aquel condominio.
Mi estadía allí se convertiría en una pesadilla donde mediante provocaciones fui tratado como si fuera un fugitivo de mi país, y como si el Estado me persiguiera. Así comenzaría el acoso por los pasillos de aquella comunidad en las orillas del mar Caribe, con la colocación de ratas muertas en los botadores de la basura, en el bloqueo de los ascensores, y en la invitación nocturna a sus compañeras para hacer el amor en la piscina espaciosa que allí existe; hasta que finalizaría después de algunos meses tras muchos sufrimientos y pesares, recuerdos que fueron conjurados cuando salí a trabajar a otro edificio, mucho más amable y más próspero: “El Week End”.
3.
Parodiando a Borges: “Un sueño en otro sueño”. Era un secuestro extraño. Se parecía mucho a las historias que nos contaron sobre la segunda guerra mundial, o también las que nos susurraron al oído en los años de lo que se llamó la revolución de la revolución de los legados de Martí, contados a sus estudiantes en los colegios franciscanos. Utilizaron a sus hijos desde niños para ponerlos en contra de sus padres. Eran secuestros mentales. Hitler los utilizó para hacerles creer que la raza Aria era la mejor de las mejores, donde aquellos que tuvieran algún defecto físico o mental no deberían de vivir. Niezcthe y todos aquellos teóricos vociferaban contra los descendientes de los judíos, porque según estos eran los peores ejemplares de la raza humana. Ellos eran perfectos desde niños. Se los arrebataron a sus padres, y aunque fueran fieles al Estado, no se pertenecían a sí mismos. Tenían la obligación moral de denunciar a sus progenitores que no estaban con sus ideales. Los herederos de Martí en aquel nuevo sueño, según decían sus detractores, hacían lo mismo. Así lo decía la religión de los católicos mediante sus libros. Alienación, la llamaban los estudiosos de estos temas.
Estaba secuestrado. Así lo parecía desde que llegué a “La Casa Embrujada”. Era un secuestro extraño muy diferente a los que todos conocemos. Esos vecinos llegaron pisando duro, como si uno fuera de lo peor. Mis amigos hablaban de persecuciones contra aquellos que hablaban en contra del Estado como si se fuera el peor de los ciudadanos por el solo hecho de compartir con ellos algún tinto en una cafetería. Luego sugirieron que era un pervertido. Un inmoral. Más bien, un amoral. No respetaba las leyes ni la ética de nuestros mayores. Y en ese vaivén fui presa de delincuentes que parecían ser de los mejores porque supuestamente estaban con la ley. En fin, era un sueño. Ya lo he dicho:
-¡Ud. está muerto! Gritaba desde dentro de su casa, y a todo pulmón, “Voz de Humo”.
Cabe decir que yo estaba loco. Según dicen los siquiatras que se inventaron estos temas, estaba con sicosis paranoide, y según los estudiosos, afirman que es “Delírium Trémens”. Lo viví. Era uno de esos trabajos que hacen esos imaginarios que se creen de la mejor ley por cuenta de una herencia, en el rebusque muy sofisticado de una casa. Parafernalios que con el tiempo siempre terminan más temprano que tarde pagando por sus bribonadas ante las leyes de los estados modernos.
Años antes, cuando estaba en la universidad Libre de Colombia, recordaba a Damián, que de manera preconcebida había aparecido en la casa de Clavijo, aquel ajedrecista que prestándome el libro de Hermann Hesse me vaticinaba que el “Lobo Estepario” me perseguiría desde el barrio Santa Bárbara en Bogotá hasta el Centenario, en la que estos personajes de ley, creyeron que serían de los mejores si me amedrentaban. Y lo hicieron. Predicciones que se cumplieron al pie de la letra en esas maldiciones de gendarmes antiguos, como si en realidad no hubieran sido representantes de la ley. Cuando llegaron a “La Casa Embrujada” aparecieron como dioses, con un perro parecido al que había sugerido aquel amigo ajedrecista, y luego que en su casa de aquel barrio antiguo bogotano, plácidamente cada que llegaba, escondía a su mascota; tan parecido a aquel que casi me mata al frente de la entrada de la casa, que cualquiera podría decir que fuera el mismo. Y sin embargo, cuando Clavijo -el ajedrecista- me contó muchos años después, que no era hijo de sus padres porque de niño había sido adoptado por su familia, gracias a su benevolencia, ya que era descendiente de unos judíos que murieron en un Gueto en la segunda guerra mundial, y que otros inmigrantes lo habían logrado salvar, para que luego fuera adoptado por la familia de unos fotógrafos que dieron lumbre a la ciudad con sus trabajos pictóricos en la década de los 50 del siglo pasado. Estaba ido de mí mismo, y éste ahora se aparecía con estas historias truculentas, como diciéndome:
-Ud. y yo, somos lo mismo.
Era como un baldado de agua fría sobre otro que estaba enloquecido. Y mucho más, cuando luego supe que había muerto en aquella casa en medio de una tempestad familiar porque sus hermanos que no eran de sangre, la querían para sí, y no para éste. Un sueño en otro sueño en medio de las vicisitudes que vivía por cuenta de esos imaginarios de mala fe que a diario me arrojaban perros muertos en las calles, o gatos que presumiblemente eran del mismo vecindario, y a los que nunca más volví a ver. Seguramente, era cierto. Así lo supe cuando leí en alguna ocasión un periódico que daba cuenta sobre situaciones parecidas, trabajos que se hacían con el propósito de extorsionar a comerciantes, pero que en el caso mío…
-Estaba secuestrado. Lo había estado.
-Ud. no es de ley, me lo decían mediante los mensajes de las ondas hertzianas.
Era un tormento sicológico en el que todo aquel que cayera en este laberinto siniestro, así se quedaba para siempre.
-Ud. está muerto. Retumbaba en mi oído.
-Nació muerto, dijo otra voz.
Estaba loco. Si. Podría ser un secreto de gendarmería que querían saldar sus cuentas con la historia. Una historia de más de 50 años.
-Ud. no puede desatar el nudo gordiano. Nació muerto. Decía otra voz.
-¡Mentiras! Grité.
-Ud. es un fantasma vivo. No tiene derecho a vivir. Respondían desde el más allá.
Definitivamente no estaba en mis cabales. Y yo sabía cómo me habían enloquecido. No querían que el mundo se diera cuenta. Era la peor de las aberraciones humanas. No eran de ley. No lo podrían ser, por más que dijeran que sí. Había sido una tortura demasiado extenuante, y de toda una vida. Ahora querían saldar su cuenta con la historia. Aquel barrio que se parecía a aquellas mazmorras en las que vivieron los cristianos cuando fueron destinados a ellas por los Romanos, no era más que la historia de cómo estos imaginarios se iban posesionando en los destinos de las vidas de todos los que no teníamos ningún poder para adueñarnos de algún bien material.
“Voz de Humo” era un mandadero de estos extraños personajes.
-¿Y entonces, yo qué soy?
-Ud. no es nadie. No existe. Me dijo otra voz.
Creí que eran unos farsantes que apenas eran unos aprendices del teatro antiguo.
-Nada de eso, dijo otra voz.
“Voz de Humo” se había convertido en un torturador mental. Recordé aquella historia de la biblia sobre el monte Arará. Noé se empecinaba en decirme como buen samaritano, que yo era un pobre diantre, mientras sobrevivía con su negocio de empanadas. Yo no estaba en mis cabales. Eran de mejor sangre que yo. Estos súbditos obedecían las órdenes que se le antojaran a “Lengüitas”.
Su voz armónica, melodiosa, y su manera para convencer a aquellos incrédulos que no tenían poder, los hipnotizaba. Amedrentaba. Sus encantos hacían que todos estuvieran con ella. Se burlaba. Presumía de ser de las mejores. Sus frecuencias eran tantas, que a veces había escuchado cuando decía:
-Coloquen la red.
Las frecuencias hertzianas viajaban en medio de aquel maremágnum de otras más nítidas; y así podía escuchar nuevamente:
-Ud. es un fantasma. Ud. está muerto.
4.
Era cierto. Estaba secuestrado. Me habían amenazado en la misma casa, y no lo entendía. Cómo entender a estos personajes que te dicen:
-Hola, don…
Y por detrás te están metiendo un cuchillo. Si no me cree, se lo digo de otra manera:
-“Hola don… (Bobo)” ¿No le da miedo salir a estas horas?
Es un vecino de ley, y a pesar que en su comportamiento no hay nada malo que desear, en verdad Ud. sale de la casa y no le pasa nada. Lo único es que siempre hay alguno de los mismos vecinos que está presto, para hacer su trabajo. Y es que en la casa de donde salió el perro que casi me mata hace muchos años, pareciera que la tienen contra uno. Si no, era Román era su señora, que muy disimuladamente salían detrás de mí por aquel callejón hasta la calle, y de ahí en adelante otros hacían todo un teatro de seguimiento, hasta perderles de vista. Y cuando menos pensaba, otra vez. Dejaban un carro rojo aparcado frente a la entrada de la puerta de la casa, y luego de salir a la calle, se encontraba con otro parecido al que digo, y acercándose por donde iba, contra el andén arrastraba duro las llantas de este, como para amenazarme. Y después seguía su rumbo dejándome el mensaje.
Una vez dejaron un gatico en la casa del último gendarme que le compró al que loteó y vendió todas las casas de aquella comunidad, que antes había sido una finca, y luego de verlo varios días frecuentemente, una tarde que salí para los lados del barrio Santa Fe, otro me esperaba en una moto en el andén de la calle. Era parecido a uno que había visto muchos años antes en una oficina del barrio “El Restrepo”, donde la tía que murió accidentada en Ibagué hizo la promesa de compra venta. Al rato, cuando iba por los lados de la plaza de mercado de la 19 con 30 vi nuevamente otra moto parecida, mientras al frente de uno de esos locales de comercio el motorizado arrojó a un gatico parecido al que estuve viendo a la salida de “La Casa Embrujada”. El animalito maullaba de dolor, mientras se retorció por unos instantes hasta que se acalló al morirse en medio del estupor de los comerciantes y el mío, porque se parecía a uno de los muchos mensajes sibilinos que me estuvieron enviando durante años los vecinos, y por qué seguramente a estos los tenían amenazados. Me tenían en la mira. A veces el gendarme vecino colocaba la radio patrulla justo al frente de la misma casa tan cerca de la pared que casi uno no podía salir, en aquel callejón adonde solamente los vecinos de aquel interior sabían lo que hacían.
-Qué pena, vecino, decía.
Y cuando no, el alboroto se formaba dentro de la misma casa cuando regreso encuentro que una hoja del periódico “El Tiempo”, que dejé encima de la mesa del comedor hace falta. Según dijo mi señora, su esposa fue a que le prestara por un momento dicho diario. Y solamente faltaba dicha hoja, hoja que curiosamente acababa de leer en una cafetería del barrio Santander, sobre un tema que me interesaba sobre Internet, y que comencé a subrayar por interesante. Un sapo, de esos que uno se encuentra en la calle, que vive de su rebusque haciéndole diligencias, llegó al negocio donde estaba, y se dio cuenta de lo que hacía. Aquella hoja se había extraviado, y así ésta me dejaba su mensaje. Me perseguían. Eran de ley, e intimidaban en la propia vivienda, de tal manera que nadie se daba cuenta del hostigamiento a que estaba siendo sometido, y de esta forma abusiva se creía una diosa muy parecida a las que nos cuentan los historiadores sobre esos imaginarios que poblaron el mundo de los griegos y romanos.
-¡Malditos!
Estas son las formas que curiosamente he vivido y conocido durante años, con esos “modus operandi” de enloquecer a las personas y ayudarlas a ir al cementerio. Seguramente se reirán, porque al otro día “Voz de Humo” me estará esperando en la puerta. Ya me lo hizo. Cuando hablé de él con mi mujer y le dije que salía, él hacía mismo. Abría la puerta de su casa, o salía con su bicicleta como amenazándome, y casi siempre aparentaba que estaba esperándome muy idéntico a uno de esos brujos que uno lee en los libros con su escoba maloliente, y además recordándome un cuento que escribí.
-Pobrecito, está loco, decía.
Así lo dicen también estos personajes, que se parecen a los rufianes que salen por las calles, cogiéndose sus nalguitas, rascándose la cabecita, haciendo su estentóreo teatro que me recuerda a los que oía gritando y despotricando del gobierno, y zahiriéndose entre ellos mismos, en el teatro de lo que fue el departamento administrativo de seguridad de Colombia (D.A.S.), cuando fui detenido con un amigo, a quien acudí a pedir prestado un dinero para pagar la cuota del interés de un reloj que tenía en una prendería. Reloj que terminé perdiendo en medio de unos farsantes que se parecían a aquellas obras de teatro de Shakespeare.
Si no me cree, esto hace parte de estas historias que estoy contando acerca de “La Casa Embrujada”, historias que no termino de contar debido a que esas persecuciones han sido permanentes, que incluso cuando quise hacer un curso virtual en El servicio Nacional de Aprendizaje (S.E.N.A) a cambio, me enviaban unos correos que a veces decían:
-Desplazado.
De verdad que no entiendo. Parecía que viviera en la casa de estos fulanos que digo, y que se parecen más a uno de los cuentos de Cortázar: “La casa tomada“.
Una ficción hecha realidad, de mala manera.
5.
En una ocasión que Wilson -vecino e hijo del antiguo vendedor de la casa- me estaba esperando en la puerta de la entrada, recostado sobre un carro que duró varios años arrumado en aquel callejón por donde diariamente tenía que pasar, recordé que años antes fui atropellado por un automotor fantasma idéntico, en los años que fui profesor en la escuela de Villa Gladys en Engativá del Distrito Especial de Bogotá, curiosamente en el Calvo Sur por la misma calle de la casa de maestros de esa época, luego que con Memín y su hermana Marta acabáramos de celebrar el éxito de la presentación de unos exámenes en la Universidad Libre. Había salido de la casa de ellos, a esperar una buseta en la carrera décima, para que me llevara a mí casa donde vivía en el barrio Centenario.
-¡Y, Zuás!
Me atropelló un automóvil de color blanco. El Zapato de la pierna aporreada volaría varios metros, mientras me revolcaba del dolor. Así vería cómo el chófer regresaría para saber cómo había quedado. Me había cogido del lado izquierdo en la pantorrilla de la pierna derecha por que en cierta medida la tenía estirada hacia adelante. Lo que parecía un accidente, con los años comprendí que estaba marcado por algunos que tenían poder en las calles, y comprendí que lo que este muchacho hacía, era amenazarme en son de burla. Aunque podría haber sido otro coche, por lo menos presumía que uno de esos había sido.
Así también entendería la intriga que tenía aquel amigo que moriría según dijeron hace poco, vomitando sangre. Y a pesar que lo vería antes medio loco, con un saco nuevo y del mismo color que ahora tengo, y que me arrojaron unos desconocidos en la calle, días antes de tener que abandonar obligado “La Casa Embrujada”.
Ya me había pasado en Ibagué muchísimos años atrás, en la escuela Boyacá cuando una alumna hija de un gendarme me besó tan rápido como pudo con el fin de hacerme creer que me quería, y que así pretendía pasar sus prácticas de enseñanzas de la Normal de Ibagué, en el mismo salón donde un alumno que ahora veo por las calles todavía amenazándome después de más de treinta años, y donde el director -Pino- de aquella institución pedagógica, se vio obligado a expulsarlo porque casi le daña la mano a uno de sus compañeros de primaria, enterrándole la punta de un lápiz.
A la hora de la salida me estaba esperando, y me gritaba amenazante con un cuchillo desde lejos, y delante de todos los alumnos:
-¡Le voy a medir el aceite!
Me miraba feo. Y yo sin embargo…
-Bueno, dígame si esto no es un secuestro mental. Todos lo estamos.
A mi tío Carlos creo que le pasó lo mismo. Incluso lo vi cuando le salieron lágrimas, luego que un gendarme llegó curiosamente a la oficina de su hijo del mismo nombre en San Victorino, y primo mío (no sé), a hacer una visita. Un gendarme alto y de bigote, que con su sola presencia denotaba su autoridad, como el bienhechor ante los males que aquejaban nuestros entornos. No utilizaba sus ondas hertzianas, sino su habilidad para hacer de ventrílocuo, en esa forma soterrada que tienen estos personajes cuando son de mala ley. Yo estaba ido de la cabeza. Había salido de “La Casa Embrujada” ante la mirada del que dije antes en aquel callejón, que con la reja que colocaron se parece a esas cárceles que crean aquellos que por sus picardías, se cuidan entre todos haciéndole a uno creer que todos son de buena ley. Y no. estos son unos farsantes que algún día, en algún gobierno no tendrán derecho ni a cobrar sus pensiones porque se creyeron que siendo de los mejores, pueden arrebatar con sus intrigas y sus malos hábitos de amedrentamientos los bienes ajenos, u hostigar a un vecino para que abandone el lugar donde vive.
Estaba secuestrado.
Aquí donde estoy contando esta historia, hay otro que me la recuerda. Y seguramente me la seguirán contando, incluso diciéndome disimuladamente:
-¡Marica!
Y claro que esto hace parte de la misma historia que unos amigos de leyes falsas fueron tejiendo en esas extrañas aberraciones de estos dementes que casi logran convertir sus sueños en reales mediante el miedo, la administración de algún barbitúrico, la utilización de la sugestión de unos expertos que son capaces de decir:
-De tanto tomar licor, le dio el “Delirium Tremen”. Es un degenerado.
Y sin embargo, yo les estoy contando la otra historia. No es la historia de los vencedores. Es la historia de los vencidos.
La noche anterior había escuchado en una de las celebraciones que frecuentemente hacían en la casa de aquel vecino, como si estuvieran tratando de contar lo que harían:
-Ese no revienta.
Su voz era nítida. Y creo, que tal vez quería que lo escuchara.
Me amenazaba, y esperaba. A mi tío Carlos lo había visto llorar en su almacén, y el padre de aquel muchacho me había invitado a tomar unas cervezas en su vivienda de aquel interior malsano, y todavía no sabía que esa historia había comenzado en Ibagué con unos amigos secretos que hablaban mucha paja, y qué solo hasta ahora lo sé. Una tortura de lesa humanidad desde niño, que para estos especialistas en hablar, hablar y hablar, solo me hacen recordar a “Lenguitas”, también al “Orejitas”, que mantuvieron pendientes durante los once años que viví en la última estancia en medio de la locura y el miedo.
Y en verdad me estaba esperando. Todavía “Ojos Azules” no había intentado matarme silenciosamente como lo hizo en aquella ocasión. Uno de aquellos personajes que conocí en san Victorino, y que tuvo un negocio al lado de lo que fue una plaza de mercado en la carrera décima con décima, ya me lo había dicho de manera burlona:
-Ud. tiene un hermano gemelo.
-No. No creo.
Después con los años lo vería deambulando por las calles tratando de sobrevivir por que en los cambios que hizo el gobierno a raíz de lo que se quería de Bogotá, para hacer de ella una ciudad moderna, aquel negocio de casi un siglo, tenía que desaparecer. Y este, al morir su padre ya muy mayor, sus hermanos lo pondrían a andar por las calles, mientras su abogado parece que todavía sigue en su litigio para recuperar su derecho a la herencia.
En mi locura, yo había roto un espejo en la vivienda. Al ver el rostro parecido al mío, hice lo que haría cualquiera: Lo rompí sin miramiento alguno, mientras “Lengüitas” que estaba pendiente, llegó muy temprano de la mañana a la casa.
Cada que quería zaherir, o contar alguna cosa acerca de alguna provocación o amenaza que por cuenta de esos mendaces que como sapos movían sus lenguas, o me robaban lo producido con las ventas de mis libros en las calles, barría el callejón, y mediante su toquecito en la puerta metálica, me daba a entender que ellos habían sido.
Un perro en estado vegetativo, con sus ojos como si lo hubieran drogado, y aporreado en su cabeza me miraba en Fontibón, parecido a otro de un vecino que frecuentaba aquella casa, y que me recuerda a “Lawrence de Arabia“. Era simplemente la amenaza que me informaba aquel Willi, y además porque todos se conocían, que entre risitas y risitas no parecían que mataran a una mosca. Más tarde llegarían los Tol imitas. Uno de esos personajes que tiene una tienda en el sector, y que frecuentemente me recordaba que la vida no valía nada, en son de broma, fulleros que se tomaron el callejón y llegaron a reforzar el trabajo empezado por sus antiguos dueños desde que el constructor de casas se decidió por convertir aquella quinta en varias, y que fueron desglobalizadas de la primitiva en la que nosotros vivíamos. Se parecía a uno de esos terratenientes que al vender un bien, quiere nuevamente apropiarse de lo vendido.
Hay que decir que todos mis clientes no volvieron a comprar como si alguno de esos dioses les hubieran dicho:
-El que le compre, está muerto.
Por más que hubieran vendido lo que yo les entregué a buen precio del mercado, no había nada que hacer. En fin, se parecía dicho perro, a uno que tuvieron hacía algunos años, y que por cuenta de aquel vecino toda esa persecución obedecía a este. Yo los llamo tal y como lo hizo en su tiempo “El Embrujado”:
“La pandilla Salvaje”. Una historia que escribiría por cuenta de lo que le comentó el comisario Rincón.
Había visto, cómo uno de aquellos jóvenes que mantenían drogados al voltear la cuadra de la casa “Embrujada” por los lados de ”Oscus”, un centro de enseñanza muy conocido en Bogotá, y cerca de la casa de uno de esos agentes pensionados y Purificenses, me seguía dentro del bus que abordé para ir a vender en el barrio que digo. Hablaba mediante su celular constantemente dentro del automotor, como para llamarme la atención, hasta que me bajé del bus. No había pasado más de media hora de dejarlo de ver, cuando al mirar sobre la acera de la calle por donde iba estaba aquel perro aporreado, y me hizo sentir miedo. Me estaban siguiendo y constriñendo. A veces creía que me estarían esperando en la entrada de aquella maldita casa, un ardid sugestivo que se repetiría por mucho tiempo, que incluso una vez fui aporreado por uno de esos gendarmes, y que me magulló un dedo luego que me abandonó en los cerros orientales, todo ido de mí mismo y sin saber dónde estaba. Así se sucedería frecuentemente. También tuve que ver horrorizado a unos pobres animalitos que me arrojaban parecidos a los de algunos de los vecinos, y a los que vería muertos llegando varias de esas noches en ascuas a la casa. Uno de estos, se parecía a uno que me recuerda a la película que digo de Peter O´Toole, que hizo de personaje principal en esas historias árabes. A otro, a un perro de un estilista homosexual, que todavía tiene su negocio cerca, lo vería exangüe y muerto sobre la autopista que nos trae a Ibagué. A un gato, que frecuentemente lo veía maullando cuando salía de la casa de uno de estos gendarmes que le compraron la casa al papá de aquel joven que digo, y que era de una hermana de este, y que en una madrugada cuando salí a tomar un tinto me pegó un susto, porque uno de esos muchachos drogados que ellos conocían muy bien, me pedía un cigarrillo, y este pitando desde su carro me daba a entender con su mirada que yo posiblemente también era lo mismo, o su socio. Claro que son trabajos de sicología de estos personajes que fanfarronean porque muy perspicaces pueden hacer que un inocente caiga en esas redes de delincuentes, por cuenta de sus de ambiciones desmedidas, enviándome mensajes siniestros. Esa vez que pasé cerca de Willi, me dijo:
-Huele a muerto.
Yo tenía pánico.
6.
No sé, si esta sea la historia de un secuestro de otro secuestro. Verá. No hace ni un mes me encontré con un ex-compañero de estudios de mi niñez en el Colegio Jiménez de Cisneros. Este vive por estos lados, y ya me lo he encontrado más de una vez, aunque debo de decir que no lo distinguía ya que lo dejé de ver por más de veinte años, y por qué a esta edad nuestra memoria ya no registra lo recuerdos de aquellos compañeros con quienes compartimos clases iniciando nuestras vidas. Cuchumina, un amigo que murió hace mucho tiempo, se encargó de recordármelo. Pero la verdad, es que su nombre ni siquiera lo sabía, por el olvido. Aquel día entendí que este me quería dejar un mensaje, tal y como frecuentemente lo hacen estos personajes que a diario salen por las calles, como si se hubieran escapado del mismísimo infierno que nos recrea Dante en su novela, pero que de este no puedo decir lo mismo.
Durante todos estos años nunca habíamos dialogado. Solo hasta ahora se presentaba la ocasión.
-¿De verdad no se acuerda de mí?
-Claro que sí, le dije.
-De mi nombre, reafirmó.
-No, recuerdo.
Pretendía con esto llevar su conversación, mientras íbamos por la carrera quinta. Ni siquiera estaba interesado en preguntar por su nombre, porque es normal en una ciudad donde frecuentemente se encuentra a tantos conocidos que ni su nombre importa, con el solo saludo basta.
-Mi nombre es importante, dijo.
-¿Cuál es? Le pregunté.
-¿Cómo no se va a acordar? Me dijo en tono burlón.
-La verdad es, que no. Le respondí.
No me interesaba. Ni siquiera trataba de adivinar.
-Vamos, me dijo riéndose. Es un personaje importante de la Biblia - ¿No se acuerda?
Tantos personajes que tiene la Biblia, y a estas horas de la vida pretendía ponerme a averiguar mentalmente, cuál podría ser.
-La verdad es que no sé. Le dije, malhumorado.
Yo iba a donde una cliente que esas horas me esperaba.
-Dígame, mejor.
Este detuvo su camino momentáneamente casi que emocionado, como satisfecho de dar a entender que lo que estaba era insinuando otra historia.
-Moisés.
-Ah, sí. Le dije.
Ni siquiera había captado lo que trataba de decirme.
-¿Cómo no va a caer en cuenta? Moisés, salvado de las aguas, terminó por decirme.
Me lo repitió, como si fuera importante. Entonces entendí que algún sentido tendría su re afirmación. Recordé a Mario Clavijo en Bogotá, y supuse que por contarme su historia había muerto, aunque en apariencia ya estaba muy mayor y sostenía una discordia con sus hermanos sobre la casa adonde su padre tuvo su famosa fotografía en la Bogotá antigua. Sentí lástima. Algo parecido me había pasado en “La Casa Embrujada”. Y todo porque estos personajes vuelven paranoico a cualquiera. Parece que ese es su oficio, con tal de conseguir casas regaladas.
La realidad podría ser otra, muy a pesar que Moisés se alejó en medio de la multitud a hacer una diligencia que tenía que ver con el pago de los servicios de la casa en donde habita. Solo se había acercado a darme este mensaje, y claro que yo enseguida con su historia terminé mentalmente viajando por otra que Clavijo me contó acerca de su origen, cuando yo andaba medio ido por las calles del barrio de las Cruces, y además que en su vida nunca me convidó a tomar algo ya que yo fui siempre el que lo hizo. Me ofreció un tinto en una de esas cafeterías de la séptima que llevan más de medio siglo de existencia y que queda cerca de la iglesia del barrio.
Era uno de los judíos que llegaron a estas tierras, y que por alguna razón terminó en las manos de otros; y aunque lo busqué un año después en su casona de Santa Bárbara, los vecinos me dijeron que había muerto. Y la casa, sus hermanos que no eran sus hermanos de sangre, terminaron vendiéndosela a un comerciante de antigüedades en “La Plaza de Las Pulgas” en Bogotá.
Y claro que sobre esta historia, debe de existir otra. Eso pienso. Un secuestro sobre otro secuestro para impedir que el nudo gordiano se desate sobre algún legado oculto, y que estos impostores quieren evitar mediante otros.
7.
Lo que digo. He vivido situaciones extrañas por cuenta de otros. Es más, recién salido del hospital de la Hortúa adonde me llevaron los inquisidores que como dioses infestan estos mundos, toda una serie de bribones de calles se aparecieron en el camino para impedir que regresase a la realidad. Ha sido una tortura maquiavélica en la que con sus rostros de yo no fui me han acosado ininterrumpidamente. Con el tiempo sus caretas se han ido desvaneciendo, como si la idiosincrasia de su bellaquería fuera del linaje de los buenos. Y no. Sus disfraces perfectos ya no lo son. Y yo, entre semejantes torbellinos he ido regresando a la realidad en medio de estos lenguaraces que se asemejan a los vulgares ladronzuelos de lo que nos cuentan las películas, y novelas de misterio, que se parecen a la vida que me han hecho vivir, sin siquiera lograr que las varillas metálicas que los cirujanos colocaron en mi columna vertebral me las quiten, y me devuelvan la vida que se robaron.
Estos personajes sinvergüenzas, que viven de sus enredos y de sus perrateadas, como si fueran los perfectos imaginarios a los que uno tiene que creerles desatan rabia, porque todavía se les ve tan campantes qué cuando se pasa por su lado, uno es un desagradecido por estar todavía vivo con los pies sobre la tierra. Es como si les doliera que uno ande por esas calles libremente sin que nos miren con su hedor nauseabundo los chupa sangres de los tiempos modernos, pues creen que hay que rehuirles como si en verdad fueran los dueños de nuestras vidas. Apestan. Así son estos trogloditas. Todos estamos sicológicamente secuestrados por el miedo. Pero el mío ha sido largo y extenuante. A veces creo que me deben una pensión, porque según mis cuentas esta historia ha sido de toda una vida. Y claro que estos imaginarios arguyen que estoy desquiciado, y que lo mío no es más que la histeria de los locos. Y que para esto, no hay un remedio eficaz por parte de la ciencia.
Fanfarronean y se burlan. No se cómo han desatado en estas calles a tantos lengüilargos, que no han contado cómo me enloquecieron durante más de medio siglo.
Así era como yo pensaba en mis desvaríos sicológicos, cuando “Lengüitas” tuvo a bien descansar un poco de sus extrañas sartas de mentiras. El bostezo de “Orejitas”, me hizo caer en la cuenta que yo estaba ya lejos de “La casa embrujada”, aunque sus fantasmas todavía me persiguen. Si. Ha sido un largo y extraño secuestro de más de treinta años en la que se han venido turnando estos raros personajes extraídos de esos creadores de mundos irreales que como en “La Divina Comedia” apestan. Ahora son una alienación mental.
No sé, si me crean.
8.
Es cierto. Se parece a lo que digo. Y no es de ahora. Lo han hecho durante toda la vida como si en realidad no tuviera el derecho a vivir que supuestamente todos tenemos. Aun así, nos pretenden convencer que somos así, debido al destino que estos gendarmes antiguos nos dieron. Somos sus esclavos. Así, se lo han creído. Da grima el saber que todavía persisten en lo suyo, sin entender que el mundo ha cambiado, y que por más que traten de saldar sus cuentas con la historia, no son más que los recuerdos de sus viejas aflicciones al saber que es casi un imposible evitar que en estos tiempos la sociedad se entere que sus dioses son de pies de barro porque como en las dictaduras que hemos conocido en nuestro continente, lo que han hecho es usurpar la realidad a quienes de alguna manera resultaron no ser sus hijos verdaderos, sino un producto de sus secuestros.
Estos no tuvieron la libertad de todos. Son historias secretas que han pretendido acallar, aparentando que no entendemos nada de sus pantomimas, donde además de hacernos creer que hemos cometido ilícitos por el hecho de haber nacido, nuestras conductas son antisociales. Así, ha sido nuestra vida. Sus órdenes macabras en la que han usado todos sus sainetes del horror, no han hecho más que recordarnos que nuestra libertad no existe para estos, por más que las leyes lo digan. Son los falsarios de nuestro tiempo. Nos parecemos a los hijos de los raptados en las antiguas dictaduras y en la que según creemos, pudieron haber sido los hijos que quedaron de los muertos que perdieron todos sus bienes, y que bajo la apariencia de otros nombres, han querido liberarse de estos fantasmas que los estorban. No son de ley en estos tiempos, a pesar que todos digan lo contrario.
Si duda de esto, también dudará de lo que cuenta Kafka en sus novelas. Creo sin temor a equivocarme, que si no quiso que sus libros fueran publicados, era porque dentro de sí sabía que su estigma por haber sido nieto de judíos, no le daba la libertad plena a pesar de ser abogado, y haber ejercido su profesión porque en lo personal estaba secuestrado por esa sociedad que en su tiempo, creía que las minorías no tenían ningún derecho, por más que así lo dijeran aquellas leyes que consagraban la libertad dentro de sus constituciones. En “El Proceso” su personaje está enredado en esa maraña de leyes que se parecen a las nuestras, porque para hacer que surtan sus efectos, hay que recurrir y recurrir, como si no valieran nada. En “La Metamorfosis” cuando Samsa se despierta convertido en un vulgar escarabajo, y además que nos cuenta todo acerca de su linaje, deja entrever que él no es nada, a pesar que según la ley tiene el mismo derecho de todos los demás ciudadanos. No es nadie. Tal vez por eso, sus obras son fundamentales en las universidades
Lo mismo que hizo Hitler, cuando le lavó el cerebro a los niños que serían el ejemplo del “Tercer Reich” en la que sus progenitores no importaban para nada, o como en esas violencias de sus padres putativos que resultaron ser los que les negaron la vida a los suyos, pero que como estos no lo saben, aparentan ser de los mejores.
Si, por eso creo que lo que digo puede ser cierto. De Kafka a nuestros días hay todo un salto de tiempo en estas historias. ¿Por qué no pensarlo así? ¿Será que no somos de esta época? Así nos lo dicen estos imaginarios que con la fuerza de sus poderes Así nos dicen todos estos imaginarios que con la fuerza de sus poderes nos quieren hacen creer como ciertas las historias que nos cuentan. ¿Estamos idos de sí mismos? ¿Es nuestra locura?
-Okey.
No me crean. Estas son las irrealidades de una ficción que no pudo ser real.
9.
-¿Por qué me queréis matar, vuesa merced?
Tal vez esta pregunta pudo hacérsela el “Quijote” al pobre Sancho muchas veces, y a las que seguramente este pudo haber respondido así:
-Esas son ideas suyas, mi amo.
Mientras su caballo y el jumento de Sancho Panza bostezaban de la sed, cansados de ir y venir en aquellas tierras descritas por el Manco de Lepanto, suspiraba por que aquellos personajes pudieran ser más reales, o que simplemente en algunos momentos de lucidez del que nos ha dado tanta honra el lenguaje de Castilla, se decidiera a descansar para responder mejor a lo que Sancho acababa de decir. Lo que a la hora de la verdad pudo haber servido para la dicha de todos, que su historia iría mucho más allá de la vida que nos contó en su momento Miguel de Cervantes.
En aquella naturaleza adonde la verde y ondulante sábana dejaba entrever unos molinos de vientos, de los que nos describen aquellas novelas de caballería que han hecho fama. Y tal vez en los momentos en que sus fantasmas le permitieron discernir que aquellas aspas de los molinos viento eran los que eran, sentado con su fiel acompañante, mientras sus bestias por fin retozaban, y entendiendo que su vida era tan efímera, hubiera tratado con su amigo de descifrar el por qué le acontecía todo lo que pasaba en su vida.
Rocinante no le entendería, pero es muy probable que Dorotea, sí.
-¿Pero mi amor, qué habéis, dicho? ¿Acaso estáis loco?
-¿Qué decís mi amada? ¿De qué me estáis hablando? Le digo a Sancho que vuesas mercedes han tratado de matarme. ¿No me entendéis?
-Estáis ido, vuesa merced, tal vez le respondería Sancho.
-¿Además me habéis robado?
-Pero que decís, amado mío, le diría Dorotea. El diablo te trastocó la cabeza.
-Sí, respondería el pobre Quijote. ¿No te acordáis de Any?
-No sé quién sea, dijo Sancho.
-Si vais al cementerio, y cerca muy cerca en donde hubo un negocio al que por esas cosas de la vida le fie. ¿No sabéis?
-¡Ah! Sí, ya sé, respondió el buen hombre de Sancho.
-¿Y qué te robaron?
-30 Maravidis de los duros.
-¿O sea que Any, te robó la mejor mercancía?
-Sí. Me engañó. Y se fue a vivir a “El Bosque”. Dicen que allá yo no se puede entrar fácilmente. Son ladrones. Robarle a un pobre…
-Son cuentos vuesa merced, diría Dorotea.
“El Embrujado” recordaba como aquella comerciante que tuvo un negocio por los lados del cementerio de Ibagué lo había robado. Le dijo que le fiara una mercancía por unos dos días, mientras llegaba el domingo. Ya lo tenía cautivo. Le había comprado unos cuantos aretes y unas buenas sartas de gargantillas, como para que creyera que era buena paga. Y así este le fio algo parecido a los maravidis que le habían robado al Quijote. Pasarían unos cuantos días más, para que supiera que la comerciante se había esfumado con el negocio que tenía a aquel lugar donde según dicen las malas lenguas, no podía ir a cobrar porque allí no se podía entrar tan fácilmente.
Y cuando fue a averiguar a donde la dueña de la casa donde tuvo el negocio, esta le respondería:
-Dese por bien servido que Ud. no fue el único. A muchos les quitó más de lo que le quedó debiendo. Olvídese que ella le irá a pagar algún día.
Y como en aquella historia de vieja data, “El Embrujado” seguiría con aquella charla que en su cerebro retumbaba:
-Mi amo. ¿Qué estáis diciendo?
-Tenéis secuestrada a mi hija.
-¡Cuál hija! Gritarían.
-Por favor Cervantes, diría el Quijote. Cuente la realidad.
10.
Seguramente nadie entendería al pobre Quijote ni a Sancho. Dorotea tal vez le arengaría y trataría por todos los medios de evitar que nuestro personaje siguiera con su historia:
-¡Sois un ido de la cabeza! ¿No te dais cuenta que yo soy producto de tu imaginación?
¿Cuáles hijos?
“El Embrujado” que todavía estaba extraviado en medio de semejante pesadilla, apenas entre sueños alcanzaba a escuchar lo que su mujer le decía.
-¡Otra vez roncando!
Y en medio de semejante sueño atroz caía en cuenta que “Lengüitas” le susurraba en sus oídos con sus frecuencias fantasmales toda una serie de amenazas, mientras trataba de llevarlo al abismo de la locura, ya que “Orejitas” en aquella casa permitía que sus secuaces fueran los encargados de ejecutar sus planes infernales para que se muriera fácilmente de un infarto.
-¡Sois, unos bellacos! Gritaría el Embrujado.
No podía soportar semejante tortura en la que sus inquisidores que conocían la manera cómo sus palabrerías amenazantes se adentraban dentro de su cerebro a sabiendas que le podrían hacer perder su cordura, o mediante sus susurres trataban de llevarlo hasta la iniquidad, en la que podría quitarse la vida en medio de semejante delirios.
“Lengüitas”, bostezaba. Lo quería muerto. “Orejitas”, aquella fiel comparsa y amante de este, se reunía con aquellos vecinos que parecían salidos de la obra del Dante. Procuraba que cada que dijera algo sobre ellos, uno a uno le fueran saliendo en las calles o en la entrada de aquella casa.
Paul Newman en la “Conquista del Oeste” nos había deleitado con sus historias histrionisas, mientras los indígenas qué fieles lo seguían en la presentación de su circo en las lejanas tierras del continente americano, habían resultado tan lenguaraces en los círculos de aquella mansión fantasmal, y en la que salían y lo amenazaban, habían terminado por decirle:
-¡O se muere, o se muere!
Aquel “Ojos Azules” no era el mismo que había visto en aquella película que solo se ve en las cinematecas, sino más bien podría ser un gemelo de esos que las circunstancias de la vida crea en una sociedad obnubilada, porque sus sueños son el producto de la venganza y el odio hacia sus semejantes, mientras la voracidad de sus ambiciones personales terminan por ser sus propios dueños. Era una sociedad envilecida.
Una pesadilla que podría ser real.
-¡Tenéis secuestrada a mi hija! Gritaría “El Embrujado”.
En aquella casa, todo podía suceder.
11.
Sí, las apariencias engañan. Le había pasado lo mismo. Todavía recordaba cómo había llegado de joven a aquella casa. Es una de esas historias en la que el vendedor de un bien inmueble, siempre quiere quedarse con lo que ofrece. Luis, un abogado de esos en que creyó, porque su padre le había contado unas leyendas en aquellas tierras adonde se luchaba por la libertad en medio de esas confrontaciones innecesarias de la humanidad, le explicaba que el mundo era la manifestación material de la naturaleza en la que el hombre nacía libre, y que para realizarse tendría que luchar contra aquellos que enajenaban sus vidas y los bienes materiales por cuenta de ese poder omnímodo que se había gestado alrededor de la propiedad privada. Todos tenían derecho a ser libres. Qué por eso había vivido, y que al llegar a la vejez, solo se complacía con la satisfacción de que sus hijos fueran de los mejores. Años más tarde, un hermano del amigo en el Espinal andaría aturdido y loco porque según decía, el elixir malsano de la vid alteraría sus sueños en medio de aquella sed de libertad, y al querer ejercer su oficio en este pueblo mediante el poder que le había dado el Estado para hacer justicia, resultó loco y aturdido.
No lo entendía. De qué libertad hablaban, si en realidad lo estaban enloqueciendo mediante todos los recursos de aquellos delirantes dioses que se habían desatado desde esos mundos infernales, para consagrarse como los verdaderos poseedores y dueños de las vidas de sus semejantes. Sí, estaba ido de la cabeza por cuenta de estos, y seguramente a su hermano lo tenían así por cuenta de los bienes que había conseguido en el ejercicio de su profesión. Se los estaban quitando lentamente. Así lo suponía. Se entristeció. Era un falsario. Era uno de esos expertos en fabricar sus historias. Aturdido como estaba, escuchaba las voces que “Lengüitas” se inventaba, lo enloquecían con estas frecuencias mediante amenazas. Le estaban provocando el Delirium Tremens. ¿Para qué la ciencia? Si en manos de estos personajes sin ninguna compasión, como en aquellas tierras adonde no había ley, los más fuertes se estaban quedando con los bienes de los que no tenían poder. ¿De qué Ley hablaban? Si criticaban a las leyes mosaicas que en el medio oriente se ejercía, adonde la religión y el Estado no se diferenciaban en nada, ahora de manera subrepticia se estaban quedando con los bienes ajenos en medio de esos aquelarres que estaban llevando a muchos a la tumba en la que los creyentes de aquellas calles, como en una de las películas de Buñuel, que sin ninguna compasión ante una joven hermosa y bella, cuando invita a unos menesterosos a comer, y éstos al verla sola deciden que la tienen que violar y quedarse con lo que tiene. Como en toda película, el hijo del tío muerto de ella, llega y la salva de aquellos seres infernales, y “El Embrujado” en medio de semejantes diatribas de ondas hertzianas y de aquellos callejeros convertidos en los secuaces de unas leyes subrepticias, y aunadas con los esfuerzos de aquellos vecinos organizados para zaherirlo, solo lograba seguir sobreviviendo, mientras su cerebro descendía casi hasta el infernal mundo enajenado donde no se sabía si era de día o de noche, y recibiendo palizas y provocaciones de aquellos mendaces que no eran más que unos viciosos también amenazados por sus amos. Andaba con miedo y con pánico. Solo en una de esas oportunidades en que logró desasirse de “Lengüitas”, y de su voz histriónica y nauseabunda, solo cuando decidió que tenía que salir a las calles a vender sus libros e inventarse otras historias en los buses y en los pueblos cercanos de aquella metrópoli, lentamente fue adquiriendo conciencia de que estaba encarcelado y secuestrado en medio de semejantes torturadores; y solo así, luego de haber regresado a “La Casa Embrujada” todo ido de sí mismo, comprendió que así lo había estado toda su vida. Y que éstos no eran más que unos inquisidores que lo habían querido matar.
-Aquí llegó, aquí se muere. Le decía frecuentemente una de esas voces inventadas por “Lengüitas”.
Era una voz desconocida, y de otro mundo. Pero ya estaba entendiendo que esas voces habían sido no solo de su propio cerebro por la inducción a la locura, sino que eran voces impostadas y ventrílocuas como las de aquel gendarme en la oficina de su primo Carlos Hernán en San Victorino que en medio de su alharaca decidió amenazarlo, mientras este y su secretaria se burlaban. Era como si los descendientes de Carlos V lo hubieran convertido en un obnubilado, por cuenta de unos mendaces que aparentaban ser ley. La realidad parecía ser irreal.
Ahora sabía que estaba secuestrado en su razón por estos falsos imaginarios.
Sí. Así había sido siempre.
12.
Podría ser así. Todo apuntaba a un extraño enredo de familia en la que estos personajes pareciendo ser de ley, se habían convertido en antípodas. Le parecían siniestros. Recién llegado de joven a aquella casa, su dueño a pesar de haberla vendido no la quería entregar. Alejo Gamboa en “Tres Esquinas”, al sur de Bogotá, le recordó a un gemelo falsario parecido a Pawl Newman en “La Conquista del oeste“. Otro, que llegó por esos días luego que regresó de nuevo a aquella casa, le sugirió que también podría ser otro gemelo del que lo agredió por sus espaldas en un intento de sacarlo disimuladamente de esta vida en plena avenida veinte y siete(27). Hubo otro, en la casa de “Voz de Humo”, que se parecía mucho a un novio que había tenido la tía que fue la dueña de “La Casa Embrujada” y que murió en un extraño accidente. Estos de manera obcecada se convirtieron en aquel interior en sus perseguidores, que lo esperaban a la hora que salir; y otros que como fieles chóferes de aquellos carros estatales obedecían órdenes superiores, en la que sino abrían la puerta de los carros para fastidiarlo cuando iba a pasar para salir por las mañanas, de alguna manera buscaban la ocasión para amenazarlo disimuladamente. Cuando el gemelo de ojos azules, lo esperó por aquella avenida muy temprano, “El Embrujado” ya le dijo a su mujer en las horas de la madrugada, qué tenía que ir muy temprano a San Victorino a comprar unos herrajes para elaborar sus mercancías. Conocían su ruta. Un embolador que todavía debe de andar por esas calles de malas muertes, y que cada rato le salía por aquella avenida, o lo buscaba disimuladamente cuando se sentaba en las cafeterías del barrio Santander que quedan alrededor de la plaza de mercado, como insinuándole sicológicamente que estaba tras de él. Así en esos barrios todos se fueron convirtiendo en sus perseguidores.
Aunque todavía no estaba recuperado de la operación en la columna vertebral, una vez que tuvo que ir al hospital de la Hortúa a que los médicos revisaran cómo seguía su recuperación de la operación, el antiguo dueño de aquella casa, que trabajaba de mecánico en la fuerza aérea, lo estaba esperando en el Hospital:
-Es que mi hermano está hospitalizado.
Así podía ser. Pero como del que hablaba era del ejército, cómo podía estar en aquel hospital cuando estos tenían la propia institución de salud que los atendía. “El Embrujado” estaba ido, más bien parecía un bobo, y frecuentemente arrojaba su saliva entre los labios sin poder impedir que sucediera. Casi no entendía nada. Sus nervios que mantenían crispados, con aquella medicina que le formularon los médicos que lo conocían mejor de lo que suponía, y que a pesar que no hubo ninguna orden para su salida cuando estuvo hospitalizado, se escapó casi igual a Jack Nicholson en “Atrapado sin Salida“.
A pesar de andar todo distraído mentalmente, tenía miedo a ir a la consulta con aquellos médicos que lo creyeron loco, ya que recordaba cómo tuvo que fugarse luego que lo operaron los cirujanos. Esta vez, “El Embrujado” al ver a su vecino, sintió pánico. De todas maneras podía hilar sus pensamientos. No se presentó a la cita que tenía que conseguir con los galenos. En la última ocasión que estuvo allí a que estos lo examinaran, se había encontrado con que no lo dejaban salir, y tuvo que hacer muchas travesías dentro de aquel hospital para lograr llegar hasta la portería de la avenida décima, en la que el vigilante privado lo dejó sentirse libre nuevamente al regresar a las calles. También recordó cómo el médico que lo operó, mucho antes que una enfermera le quitará un pequeño transmisor que le colocaron en una de las muñecas de sus brazos, lo había sacado de la habitación adonde se encontraban todos los recién operados, y lo había metido en un cuarto frío y oscuro, y entre sus sueños de irrealidades, sintió a pesar de todo, miedo. No supo cuánto tiempo paso allí, pero como se estaba despertando del largo sopor que le provocaron los sedantes, comenzó a gritar y gritar. Así logró que otras personas desconocidas lo oyeran, y logró que el médico que lo operó y sacó de la habitación regresara a atenderlo.
Lo tenía en el cuarto de las radiografías adonde hizo lo que tenía que hacer. Solo así comprendió, que estaba en peligro.
-Esquizofrenia paranoide, diría el dictamen de aquellos siquiatras.
Comprendió aturdido que cuando la enfermera le quitó el transmisor que le habían colocado en medio de las suturas del suero en una de las muñecas, y de donde escuchaba las voces de los encargados de la cocina de aquel hospital, lo que querían era llevarlo a la locura. Estaba íngrimo. Sí, podía ser lo que pensaba, no estaba loco, sino desvalido ante sus perseguidores que eran muchos, y desde que tenía uso de razón, siempre había sido lo mismo. No entendía por qué. En aquella camilla, sólo ante sus torturadores sicólogicos, desnudo y arropado con una sábana en medio de aquel frio hospital, pensó igual a lo que un tolimense de una tienda en el barrio donde estaba “La Casa Embrujada” unos años después, le dijo:
-La vida no vale nada.
13.
Si. Eso era. Muy parecido a lo que hicieron con los hijos educados bajo la tutela de los regímenes nazis, o las de los totalitarios. Estaban secuestrados sicológicamente desde niños sin saberlo. Y sus familias actuaban en la oscuridad de sus prisiones privadas para amenazarlos, si no hacían lo que sus putativos orientadores ordenaban. Se escondían bajo las sombras mediante las apariencias. Regímenes que se basaban en el constreñimiento y la manipulación para con sus víctimas, que los obligaban a hacer lo que querían. Dicen los que vivieron bajo el manto de estos, que muchas veces fueron los mismos que asesinaron a sus padres, y mediante sus triquiñuelas con testigos falsos lograron apoderarse de sus bienes. Otras veces, en esos huracanes terroríficos, con sus lavados de cerebros los esclavizaron y utilizaron a su amaño contra otros, desconociendo sus verdaderas realidades. Y cuando llegaba el momento se deshacerse de estos, morían sin saber de sus orígenes. Igual que hoy, a veces los meten en esos negocios turbios de vicios y de drogas, y mediante su habilidad logran que sean los que ejecuten las órdenes dadas por los que tienen el poder. Potestades que muchas veces están amparadas por el dinero. En esos mundos adonde solo caben las supercherías de los lavados cerebrales, se crean otros más fatales y violentos adonde sus verdaderas identidades están prisioneras por los que sueñan en considerarse de mejores linajes, y donde los antiguos fantasmas de la esclavitud son utilizados en su provecho. Allí están los mercaderes que en general lo han tenido todo, y bajo las apariencias de las buenas costumbres logran sus propósitos. Aunque claro que convencidos de que juegan un papel fundamental en este universo plagado de violencias, bajo la apariencia de las guerras sin cuarteles, los jóvenes son utilizados. Así son los extraños secretos de familias que se lucran de los verdaderos orígenes de los que sicológicamente están esclavizados. Tal y como se da en la política y en la religión. Así son estas crónicas. Así parece que han sido estas realidades fantasmagóricas.
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