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jesús antonio gómez p.

las escrituras de sion (es)

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Eran tiempos difíciles. El mundo estaba en conflicto. Era mucho antes que los transmisores fueran utilizados para inmiscuirse en la privacidad de las personas o para que supuestos familiares inventados pudieran satisfacer sus apetitos personales. Podían hacer que escuchara sus voces amenazantes, y después se aparecían como por arte de magia. Eran los brujos modernos que estaban convencidos que idénticos a los dioses de los griegos, podían dominar con sus pasiones y odios a los humanos. Usaban las ondas hertzianas en su propio beneficio donde toda una logia de familias trataba de pescar en ríos revueltos. Así le estuvieron contando una historia a través de su vida mientras los veía acezantes, dispuestos a conseguir lo anhelado. Se parecían a “Los cazadores del arca perdida“. Es más, a la historia que nos cuenta la “La investigación de un ciudadano libre de toda sospecha“, en la que actúa Gian María Volonté a donde un investigador como Dios se conoce todo sobre el sospechoso, y se convierte como en su sombra más implacable, hasta que al final se sabe que es inocente, y el perseguidor es el culpable. Extraños presagios que le recordaban a Julio César, y que le permitían intuir que algo había pasado desde niño, y que por esas circunstancias se encontraba en esa situación desde su nacimiento. Uno, de ésos que andan con caras de yo no fui se lo contaba a otro, para que “El Embrujado” lo escuchara:
-Es que sabemos todo sobre él, decía.
Recordaba que de niño, siempre vio una foto de él desnudo y recién nacido sobre una mesa, igual a la que tuvo una tía hermana de su papá como si con esto a medida que fuera creciendo lo importunaran ante todos los que lo vieran. Cuando tuvo uso de razón se sintió ridiculizado, y humillado porque nunca debieron hacer que apareciera así ante los demás. Después que se enloqueció unos familiares le dijeron que los ratones se habían comido dicha foto, como si con eso pudiera olvidar esos recuerdos que siempre tuvo cada que llegaba a la casa con algún amigo. No entendía. Lili, la partera que lo trajo a este mundo, en Venezuela le ofreció un gustoso manjar para que llevara la navidad para a su casa. Y cuando lo revisó no eran más que unos huesos de un pavo. Le dio rabia. Aunque creyó que por su edad avanzada estuviera enloquecida, le hizo caer en cuenta que con su hija hizo lo mismo en estos tiempos a donde la voracidad de los humanos es tanta, que bien puede servir para algún chantaje.
Primorov, luego que supo que su padre le quería dar su herencia en vida, lo llevó hasta donde un amigo que vendía una casa en el barrio Inglés al frente del cementerio judío que hay en Bogotá. Muchos años después que había salido de la locura se lo recordaron en el Bravo Páez, en el mismo cementerio del sur. Hacía un curso virtual en una institución oficial, y desde allí le enviaron por Internet unos ejercicios ergonómicos para que le ayudasen con la agilidad de sus manos. Y como una coincidencia, a una cuñada que lo visitaba con su hija, su mujer les contaba que de niño con las manos este hacía figuras que reflejaban en la pared las figuras de animales en un juego que entretenía a todo el que los viera. Entonces les contó que de niño jugando con una niña, Vicente el padre de esta, los había encontrado haciendo el rol de médico y paciente. Su venganza fue cruel. Lo intuyó muchos años después, mucho más de treinta años de haberlo visto por última vez. Por ciertos detalles supo que lo hizo adrede. Mientras éste jugaba en esa edad infantil, con un alambre debajo de la máquina de guarnecer que utilizaba, casi pierde un dedo. Se los mostró. Y en un 28 de febrero a los pocos días, un imberbe, uno de esos drogados que andan por las calles lo estaba esperando con una botella partida, y le hendió en el mismo dedo de la mano izquierda en el forcejeo, so pretexto de robarlo, pero que “El Embrujado” entendió que así se lo recordaban sus perseguidores. Se habían inventado un cuento. En la operación que le hicieron en la columna vertebral, la parte izquierda de su cuerpo estaba casi que dormida. Aquel cirujano que la hizo, le dijo que si quisiera, si las varillas lo afectaban en la locomoción, en una próxima operación al alojarlas de nuevo podría quedar con el derecho cuasi dormido. Ahora era de izquierda por obra y gracia de la ciencia médica, mientras todos con los que hablaba le decían que lo sucedido era por haber sido de izquierda a donde confundían la política con lo que le había pasado en vida. En un establecimiento de cervecería y juegos de rana, sus dueños le ayudaron a limpiarse la sangre que manó intermitente debido a la herida producida por aquel intrépido que hizo el amague de atracarlo, y solo así pudo recordar esa extraña historia anterior. Un 19 de marzo del mismo año y por los mismos días, como en los idus de Julio César, por la avenida 27 otro lo esperaría. Como en esas películas de acción con su arma blanca le salió a matarlo. Al meterle zancadilla, le hizo perder su control, mientras el facineroso resultó llevándose 4.000 devaluados pesos, ayudado por otra compinche que salió tan rapaz como el que lo arrojó contra el frío cemento del andén. Una farsa, que bien pudo haber sido una estratagema para hacerlo aparecer muerto bajo la apariencia de un atraco. No tuvo tiempo. En la universidad Libre, unos bribones que durante muchos años fingieron ser amigos suyos, le contaban que las líneas de la vida en las palmas de sus manos le auguraban una larga existencia. Otro, uno de esos vendedores ambulantes de aguacates, le dijo lo mismo mientras se burlaba. Comiendo en un restaurante cercano, una bandeja paisa en el Murillo Toro, entre el arroz estaban escondidos unos filamentos de una esponjilla de alambre de las que se utilizan para limpiar las ollas; sino fuera porque el asesino -el vendedor de aguacates- lo miró desde lejos, y al intuir su picardía, impidió que lo lograra. Otros percances le sucedieron. A veces en la mitad de la noche se despertó escuchando los discursos de un aguerrido brujo moderno que con las ondas hertzianas pretendía enloquecerlo. Lo amenazaba. Pero había más cosas. Desde que tenía uso de razón le estaban sucediendo extrañas situaciones personales que le hacían presagiar que idénticas a los augurios que nos cuenta Plutarco en “Vidas paralelas” sobre César, y aunque no era una persona importante, existía toda una ordalía de personajes que podrían estar tras un legado, y que de esas maneras le informaban que lo querían matar, en unas conspiraciones fraguadas desde su nacimiento, como si las escrituras de Sion existieran. Claro que esta historia hace parte de un esquizofrénico. Todos así lo han dicho. Parecían cosas de fanáticos que han salido de mundos infernales, y que quisieran que todos se fueran para esos universos oscuros, mientras ellos iban construyendo sus sueños por medio de patrañas y venganzas. Los había visto llenos de rencores como si algo les debiera. Sí. Era posible que le estuvieran contando una leyenda antigua. Loli, otra amiga, lo llevó una noche de visita a donde una familia de médicos que estaban encartados con una señora muy mayor, oriunda de Polonia, y para más señas judía, que llegó a Venezuela huyendo de la persecución de los Nazis. Había perdido a toda su familia. Ellos no sabían qué hacer porque durante años se les convirtió en una pesada carga económica, porque ahora tenían que velar por ella luego que se gastó todos sus ahorros traídos de esas tierras lejanas. Melba, una amiga de Bogotá le contó otra parecida, sobre gentes que llegaron huyendo de esas mismas latitudes, que ahora gozaban de una buena reputación y que eran amistades de ella. Camacho, un hermano de un abogado, estudioso de las iniquidades de la justicia, le contó un extraño caso de una mujer joven que murió de un aborto, y le sugería que en un jardín de una casa estaba enterrada. El ya estaba medio loco, y con pánico. Muchos años antes en la Virginia, en Prado, Tolima; otra joven acudió en su ayuda porque había hecho lo mismo, y al salir atribulada del hospital se apareció por aquel camino que la llevaría hasta la casa de sus padres. La ayudó. En esos mismos días, al dormitar en esa especie de descansaderos que se hacen con guadua en aquellas tierras desoladas por el calor y la miseria, ya entrada la noche, un mal olor le hizo salir del letargo en que se encontraba. Un gallinazo cayó desde un frondoso árbol que cubría aquella barbacoa como si se hubiera abalanzado sobre él desde el cielo por alguna maldición que desconocía. Su tío al darse cuenta se burló. Le pareció que había sido a propósito, pero no lo entendió. En la plaza de mercado del barrio Santander de Bogotá, un policía pensionado del gobierno, lo asustó. Luego de haberse fugado del hospital de la Hortúa, porque le parecía que lo querían dejar para siempre en el manicomio, le contó cómo en una de esas guerras que a diario libró en el ejercicio de la defensa del país de los imaginarios mal habidos, con sus propias manos hizo su ley en defensa de su propia vida, pero lo hizo con tanto teatro de por medio que las obras que montó Shakespeare quedaban en pañales frente a la que hizo este gendarme en presencia suya. Pánico le produjo esa historia. En el barrio Centenario, otro pensionado que conoció en Ibagué le contó otra parecida en la que había tenido que ir a recoger los huesos de una familiar. Parecía que con esas historias macabras lo querían amedrentar. Un amigo con el que compartió gran parte de su juventud, también le habló sobre judíos y persecuciones, a quien mucho antes de irse para Venezuela lo vio en su declive psicológico, y cuando regresó de nuevo había muerto atropellado por un carro. Otro, hijo de un abogado, a quien conoció en colegio, y después de muchísimos años, le sugirió que probablemente debía de haber existido un proceso litigioso por unos bienes, pues Memín el compañero de estudios en la universidad Libre que curiosamente también era hijo de otro gendarme ya muerto, mucho antes de dejarlo de tratar al comprender que tanto él como la mayoría de los amigos que lo rodearon con sus embustes servían a otros intereses muy particulares, le hizo firmar un papel en blanco con el cuento de que como hacía unas diligencias para nacionalizar a unos amigos ecuatorianos necesitaba de un testigo, a lo que se prestó ya que los distinguía de paso. Su amiga Melba, años antes de irse fuera del país asustado con las persecuciones que era sometido, le hizo servir como testigo en un lío judicial que presuntamente pudo ser inventado por ella misma. Eran esas maneras sutiles en que mediante artimañas se le va haciendo creer a otro que está enredado, y así le van creando el miedo como si fuera un enemigo social. Los familiares se burlaban. Pero lo peor era que siempre había sido así. Todos los que trató y las amistades que tuvo, parecían actuar inequívocamente como si existiera un interés soterrado, un secreto de familia, un extraño estigma, en la que toda una serie de provocaciones mediante viles y taimados mensajes, utilizando gamines, vendedores de loterías, personajes salidos de esos mundos oníricos, le incitaron a creer en esas escrituras que podrían no ser de Sion, pero si de alguien venido de esas tierras. Un árabe, un judío, cualquier otro personaje originario de tierras lejanas. O podría ser por algo peor, ya que las confabulaciones todavía no terminaban, a pesar de haber superado la locura.
¿Qué me van a creer, verdad? Así son las historias de “El Embrujado”. En esos tiempos difíciles de los años 50 del siglo pasado, que a veces creyó que estaban tratando de repetírselas. Y estoy seguro que el que lea esto tampoco las creerá. Estas son apenas las crónicas de un mitómano que va conociendo la vida de un imaginario, para que otros la lean. Un sueño en otro sueño.
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