mi bote (es)
¡Milty, tengo una historia para ti!
No. Siéntate. Disfruta del queso cremoso y atiende. Te aseguro que ésta va a ser una película de televisión de primera clase; estoy trabajando en ella, ya. Pequeño reparto, producción barata... es simple. Mira, comenzamos con la típica jovencita loca, de digamos unos diecisiete años; una niña abandonada está aislada del Mundo, ¿te das cuenta? Ha sufrido algún tipo de terrible shock. Y está instalada en un viejo apartamento, en un barrio verdaderamente extraño, semejante a un mundo de fantasía... Cabello largo y rubio, quizá ande descalza, vestida con retales de sábanas viejas teñidos; y tenemos a ese ejecutivo que la conoce en el Central Park y se enamora de ella a causa de que es como una dríada o un espíritu de la Naturaleza...
De acuerdo. Así que hiede. Pagaré mi comida. Haremos como si no fueras mi agente, ¿de acuerdo? Y no necesitas decirme que no hay nada más cierto; ya lo sé. La verdad es...
Milty, tengo que hablar con alguien. Sí, es una idea vieja, lo sé, y no estoy trabajando ni he trabajado nunca en ella; pero ¿qué hacer el fin de semana del Memorial Day si te encuentras solo y todo el Mundo está fuera de la ciudad?
Tengo que hablar con alguien.
Sí, dejaré de hablar con este acento yidish. Infiernos, no pienso en eso; sólo caigo en ello cuando me altero, ya sabes. Tú mismo lo haces. Pero quiero contarte una historia, y no es una historia para libreto. Es algo que me ocurrió en la escuela de segunda enseñanza en 1952, y necesito contárselo a alguien. No me preocupa si alguna emisora de aquí a Indonesia lo usará; únicamente, dime si estoy chiflado o no, eso es todo.
Muy bien.
Era en 1952, como he dicho. Yo asistía al último curso de una escuela de segunda enseñanza allá en la Isla, una escuela pública, pero muy elegante. Precisamente era cuando empezaban la integración racial, a principios de los cincuenta, en este numeroso vecindario; todo el Mundo se elogiaba mutuamente porque habían admitido a cinco chicos negros en nuestra escuela. ¡Cinco sobre ochocientos! Era como para creer que esperaban que Dios bajara de sus alturas y los ornara a todos con un gran halo dorado.
De todos modos, nuestra clase de teatro integró también a una muchachita negra de quince años llamada Cissie Jackson, una especie de genio. Que yo recuerde, aquel primer día del curso de primavera ella era la única persona que yo viera jamás despojada de afectación; claro que nosotros no sabíamos qué Infiernos era eso, por entonces; de manera que verla así resultaba tan fantástico como si ella acabara de salir de un hospital o algo por el estilo.
Dicho sea de paso, eso es lo que acababa de hacer. ¿Tú sabes que Malcolm X, cuando tenía cuatro años, asistió al asesinato de su padre por hombres blancos, y eso hizo de él un militante para el resto de su vida? Bueno, al padre de Cissie lo habían asesinado a tiros delante de sus ojos cuando ella era pequeña –lo supimos más tarde–, aunque eso no la convirtió en militante; sólo la dejó tan asustada de todos y de todo, que durante semanas se recogió en sí misma y no habló con nadie. A veces se aislaba totalmente de este Mundo, y entonces la enviaban al manicomio; créeme, en dos días esto se había corrido por toda la escuela. Y ella lo veía; se incorporó a la clase de teatro de la escuela –¡oh, Milty, las escuelas de segunda enseñanza de la Isla poseen dinero, es mejor que te convenzas!–, y procuró pasar inadvertida en el último asiento, acurrucada igual que un conejo amedrentado. Era muy baja, de cualquier manera, y pesaba tal vez cuarenta kilos completamente mojada. Así que quizá haya sido por eso que no se hizo militante. Infiernos, eso no tiene nada que ver. Ella estaba asustada de todo el Mundo. Tampoco se trataba exactamente de la cuestión negro-blanco; en una oportunidad la vi en un rincón con uno de los otros estudiantes negros: un muchacho verdaderamente respetable, ¿sabes?, traje y camisa blanca y corbata, el pelo ordenado a fuerza de mucha grasa, como acostumbraban hacerlo entonces, y llevaba también una cartera nueva; y él le hablaba de una forma que parecía que su vida dependiera de la conversación. En realidad, estaba llorando y rogándole. Y ella todo lo que hacía era encogerse en su rincón dándole la espalda, como si quisiera desaparecer, y meneaba la cabeza:
“No. No. No.”
Ella siempre hablaba susurrando, a menos que se encontrara en el escenario, y a veces también en esos momentos. La primera semana olvidó su pie de entrada cuatro veces –plantada en el sitio, como a punto de caer atravesando el piso–, y en una o dos ocasiones se puso a vagar entre el decorado justamente en medio de una escena, como si la obra hubiera terminado.
Así que Al Coppolino y yo fuimos a ver al director. Yo siempre he pensado que Alan era mucho más bonito, por su compostura, que un pastel de frutas –ten en cuenta, Milty, que corre el año 1952–, y acostumbraba leer todas esas locas tonterías: The cult of Chthulhu, Dagon calls, The horror men of Leng; sí, recuerdo la influencia de H. P. Lovecraft en Hollywood y la televisión y las reposiciones. ¿Pero qué sabíamos de todo eso? En aquellos días se concurría a fiestas, uno se excitaba bailando mejilla contra mejilla, las chicas usaban escarpines y enaguas que sostenían sus faldas levantadas, y si asistías al colegio con una camisa deportiva se aceptaba muy bien porque la Central High era liberal, aunque mejor no tomarlo como modelo. En fin, que yo sabía que Al era un chico brillante, y dejé que llevara la mayor parte de la conversación; lo que hice yo fue asentir en todo. Por aquellos días, yo era una gran nada.
Al dijo:
–Señor, Jim y yo estamos en un todo por la integración, y pensamos que es importante que éste sea un lugar realmente liberal, pero... uh... –el director captó la mirada vacilante–. Uh... oh.
–¿Pero? –dijo, frío como el hielo.
–Bueno, señor –prosiguió Al–, se trata de Cissie Jackson. Creemos que ella está... um... enferma. Quiero decir si no sería mejor... quiero decir que todo el Mundo dice que acaba de salir del hospital, y eso representa una tensión para todos nosotros, y ha de ser una tensión mucho peor para ella, y quizá sea una tensión para todos nosotros y debe ser una tensión mucho peor para ella, y probablemente sea algo pronto para ella...
–Señor –intervine–, lo que Coppolino quiere decir es que no nos importa que se integren negros con blancos, pero esto no es integración racial, señor; esto es integrar gente normal con un avellano. Quiero decir...
Él dijo:
–Caballeros, tal vez les interese saber que la señorita Cecilia Jackson tiene promedios en sus tests de cociente de inteligencia mayores que los de ustedes dos sumados. Y me ha informado el departamento de teatro que ella tiene también más talento que el de ambos sumados. Y considerando el nivel que ustedes dos se las han arreglado para alcanzar en el curso de otoño, no estoy sorprendido en absoluto.
Al dijo en voz baja:
–Sí, y cincuenta veces más problemas.
Bueno, el director continuó, y nos encareció que deberíamos agradecer encontrarnos trabajando con ella, cuya brillantez era positivamente la de un genio, y que tan pronto como dejáramos de esparcir rumores idiotas contribuiríamos a la inmejorable oportunidad que tenía la señorita Jackson de adaptarse a la Central, y que si llegaba a enterarse de que la molestábamos nuevamente o difundíamos rumores acerca de ella, a los dos nos iría muy mal, e incluso quizá seríamos expulsados.
Y entonces su voz perdió su frigidez, y nos contó que, siendo una niña de cinco años, un polizonte blanco mató a tiros a su papá delante de ella, sin ninguna razón en absoluto, y que su papá se desangró en la calle y murió en el pequeño regazo de Cissie, y que su madre era muy pobre, y un par de otras cosas horrorosas que le habían sucedido, y que si eso no nos parecía suficiente para volver loco a cualquiera –aunque él dijo «causarle problemas», sabes–; de todos modos, cuando terminó, yo me sentía igual que una rata, y Coppolino salió de la oficina del director, apoyó la cara en los azulejos –invariablemente ponían azulejos hasta la altura que se podía alcanzar, de manera que pudieran borrar los grafitti, si bien en aquellos días no usábamos la palabra «grafitti»– y se puso a llorar como un bebé.
Así fue cómo empezamos una Campaña de Ayuda a Cecilia Jackson.
¡Y, por Dios, Milty, esa chica podía actuar! No era estable, en eso consistía el problema; una semana pasaba trabajando como un perro, ejercicios de voz, gimnasia, esgrima, lectura de Stanislavsky en la cafetería, brillantes actuaciones; a la semana siguiente, nada. Oh, estaba presente en cuerpo, de acuerdo, sus cuarenta y tantos kilos, pero no reparaba en nada, como si su mente estuviese en otro lugar: técnicamente perfecto, emocionalmente, en ninguna parte. Más tarde supe que en ocasiones también se negaba a responder preguntas en las clases de historia o geografía, parecía desvanecerse materialmente, y no hablaba. Pero cuando estaba concentrada, podía subir al escenario y dominarlo con su presencia como si fuera su dueña. Nunca conocí tal talento instintivo. ¡A los quince años! Y tan diminuta. Quiero decir, sin una voz particularmente notable –aunque sospecho que al hacerse mayor la habrá mejorado–, y una figura que, francamente, Milt, era la vieja broma de W. C. Fields, dos aspirinas sobre una plancha de hierro. Y diminuta, verdaderamente sin un buen aspecto; pero, Dios, tú sabes y yo sé que eso no importa si se posee prestancia. Y ella la tenía incendiaria. Hizo la Reina de Saba una vez, en una obra que representamos con público –de acuerdo, los padres y los demás chicos, ¿quién más?–, y ella fue el papel. Y en otra oportunidad la vi hacer cosas de Shakespeare. Y otra vez, nada le faltaba, una leona, en una clase de mímica. Lo tenía todo. Real, absoluta, pura concentración. Y era tan inteligente, también; en aquel tiempo, ella y Al se habían hecho muy buenos amigos; en una ocasión la oí explicarle (esto sucedió en el salón verde, la tarde de lo de la Reina de Saba, mientras se quitaba el maquillaje), precisamente, de qué manera había resuelto cada detalle del problema de su personaje. Entonces alzó enteramente el brazo hacia mí, señalándome directamente como si su miembro fuese un arma de fuego, y dijo:
–Usted, señor Jim, déjeme decirle una cosa: ¡lo principal es creer!
Era una cosa extraña, Milt. Se estrechaba más y más su amistad con Al, y cuando me permitían unirme a ellos, yo me sentía privilegiado. Él le prestó uno de esos locos libros suyos; y yo acerté a oír cosas sobre su vida, pedacitos y retazos. Esa chica tenía una madre tan rígida y temerosa de Dios y respetable, que asombraba que Cissie pudiera aún respirar sin pedir permiso. Su madre no le permitía siquiera estirarse el cabello, no por razones ideológicas, entiéndelo, no por eso, sino porque –chúpate ésa– «Cissie era demasiado, joven». Creo que su mamá estaba más loca que ella. Desde luego, yo era un chico condenadamente estúpido (¿quién no lo ha sido?), y en el fondo pensaba que todos los negros eran movedizos, que andaban por ahí haciendo chasquear los dedos y colgándose de las lámparas, ya sabes, todas esas tonterías, que se pasaban la vida bailando y cantando. Pero ahí teníamos a ese genio, perteneciente a una familia en la que no se le permitía salir de noche; no tenía autorización para ir a fiestas, ni bailar, ni jugar a cartas; no podía usar cosméticos ni joyas. Créeme, pienso que si algo la ponía lela, era que le golpearan constantemente la cabeza con una Biblia. Pienso que su imaginación por tanto, necesitaba hallar alguna salida. Su madre, dicho sea de paso, la hubiera sacado de la Central High arrastrándola por el cabello, si hubiera descubierto lo de las clases de teatro; todos nosotros teníamos que jurar guardarlo estrictamente en secreto. El teatro era considerado aún más pecaminoso que el baile, sospecho.
¿Sabes?, creo que eso fue lo que me chocó. Realmente, sí. La familia de Al era un tanto católica, y la mía, un tanto judía. Yo jamás había conocido a nadie con una mamá como ésa. Quiero decir que hubiera zurrado a Cissie si hubiera regresado alguna vez a casa con un prendedor de oro sobre esa blanca blusa que usaba día sí y día no; recuerdas, el tipo de los que todas las chicas usaban. Y, naturalmente, no había faldas de vuelo para la señorita Jackson; la señorita Jackson llevaba faldas plisadas que, incluso para ella, eran demasiado cortas, y blusas rectas que parecían descoloridas y arrugadas. Durante un tiempo yo abrigué la vaga idea de que las faldas cortas significaban que ella pretendía ser provocativa, sabes, pero no se trataba de eso; habían pertenecido a una prima menor que ella, que se las dejaba. Ella no podía comprarse ropa propia. Y creo que fue la mamá y el asunto de la Biblia lo que finalmente hizo que yo dejara de ver a Cissie como el Premio de Integración con el que debíamos ser amable, ya fuese a causa del director, o del asustado conejo que, sea dicho de paso, seguía susurrando en todas partes menos en la clase de teatro. Precisamente, yo estaba mirando a Cecilia Jackson, sencilla y algo fea, supongo, aunque no duró más de unos pocos minutos, pero me di cuenta de que ella poseía una personalidad singular. Así que un día, en el vestíbulo, mientras iba de una clase a otra, me topé con ella y con Al, y dije:
–Cissie, tu nombre brillará algún día en letras luminosas. Estoy convencido de que eres la mejor actriz que he conocido jamás, y quiero decirte simplemente que es un privilegio conocerte.
Y al mismo tiempo remedé una rancia reverencia, a la manera de Errol Flynn.
Ella y Al se miraron, con cierto disimulo. Entonces bajó la cabeza sobre sus libros, y rió contenidamente. Era tan pequeñita, que a veces admiraba verla cargando esos libros todo el día; la encorvaban.
Al dijo:
–Eh, adelante. Vamos a decírselo.
Y me comunicaron su gran secreto. Cissie tenía una prima llamada Gloriette, y Gloriette y Cissie juntas tenían un bote de alquiler en la marina *, en Silverhampton. Cada una de ellas pagó la mitad de la papeleta de autorización –lo que por aquel entonces era alrededor de dos dólares al mes, Milt–; tienes que recordar que por aquel tiempo una marina significaba exactamente un largo dique de madera al que se podía atar el bote de remos.
* _ Así en el original.
–Gloriette está afuera –dijo Cissie, en ese susurro suyo–. Tuvo que ir a visitar a la tía, en Carolina. Y mamá va a encontrarse con ella la semana próxima, el domingo.
–¡Así que vamos a salir en el bote! –terminó Al–. ¿Quieres acompañarnos?
–¿El domingo?
–Claro; mamá irá a la estación de autobuses después de la iglesia –dijo Cissie–. Eso será alrededor de la una. Tía Evelyn vendrá a cuidarme a las nueve. De manera que tenemos ocho horas.
–Y lleva dos horas llegar hasta allí –explicó Al–. Primero tomas el Metro; luego, el autobús...
–¡A menos que usemos tu auto, Jim! –dijo Cissie, riendo tan aguadamente que se le cayeron los libros.
–¡Bueno, muchas gracias! –exclamé.
Ella recogió sus libros y me sonrió.
–No, Jim –aclaró–. Queremos que nos acompañes, de cualquier manera. Al todavía no ha visto el bote. Gloriette y yo le llamamos Mi Bote.
Quince años, y sabía sonreírte hasta retorcerte el corazón como una rosquilla. O tal vez yo me limité a pensar: ¡Qué terrible secreto para guardar! Un gran pecado, supongo, teniendo en cuenta cómo era su familia. Dije:
–Seguro, os llevaré. ¿Puedo preguntar qué clase de bote es, señorita Jackson?
–No seas tan tonto –dijo ella atrevidamente–. Yo soy Cissie o Cecilia. Jim, tonto. Y en cuanto a Mi Bote –agregó–, es un gran yate. Enorme.
Estaba por reírme de eso, pero entonces me di cuenta de lo que quería decir. No, sólo jugaba. Me sonreía otra vez de esa manera cruel. Dijo que nos encontraríamos en la parada del autobús, cerca de su casa, y luego, junto al pequeño y flaco Al Coppolino, marchó por el vestíbulo de azulejos metida en su vieja y holgada falda verde y en su siempre-la-misma blusa blanca. Nada de hermosos, grandes y blancos escarpines para la señorita Jackson; usaba unos deslucidos azotacalles que se abrían por las costuras. Se la apreciaba distinta, sin embargo: llevaba la cabeza erguida, el paso elástico, y no había susurrado al hablar.
Y en ese momento se me ocurrió que era la primera vez que veía su sonrisa –o risa– fuera del escenario. Mira, ella lloraba con bastante facilidad, como en aquella ocasión que comprendió en clase, por algo que el maestro había dicho, que Antón Chéjov, ya sabes, el gran dramaturgo ruso... estaba muerto. La oí decirle más tarde a Alan que ella no lo creyó. Había montones de detalles de locura como ése referentes a ella.
Bueno, la recogí el domingo en lo que probablemente ya entonces era el auto más viejo del Mundo –no una pieza de museo, Milty; aquello era una verdadera ruina, francamente tenía suerte consiguiendo que arrancara–, y cuando llegué a la estación de autobuses cercana a la casa de Cissie, allí se encontraba ella con su descolorida falda plisada y la misma blusa. Me imagino que unos duendecillos llamados Cecilia Jackson salían de las molduras todas las noches, y las lavaban y planchaban. Curioso, ella y Al formaban realmente una pareja; sabes, él era como el Woody Alien de la Central High, y yo creo que se dedicaba a sus locos libros (seguro, Milt, muy locos en 1952), porque, si no, ¿qué podía hacer un vulgar italiano que medía uno sesenta y era tan brillante que ningún otro chico podía entender, la mitad del tiempo, de qué estaba hablando? Yo no sé por qué éramos amigos; me parece que eso me hacía sentir importante, ¿sabes?, generoso y bueno, igual que ser amigo de Cissie. Esperando junto a la parada de autobuses, se les veía a ambos casi del mismo tamaño, y creo que sus cabezas estaban en el mismo sitio. Esto lo sé ahora. Supongo que él se hallaba un par de décadas por delante, como sus libros. Y, tal vez, si el movimiento por los derechos civiles hubiese comenzado algunos años antes...
Así que salimos hacia Silverhampton, y fue un bonito viaje, mucho campo, si bien todo llano –en aquellos días todavía había huertos en la Isla–, y hallamos la marina, que no era más que un gran muelle, viejo pero bastante sólido; yo aparqué el coche, y Al sacó una cesta de compras que Cissie había venido cargando.
–El almuerzo –dijo.
Mi Bote se encontraba allí, realmente, a mitad de camino del dique. Por algún motivo, yo ni siquiera esperaba que existiese. Se trataba de un viejo bote a remos que hacía agua, con un solo remo de madera. En la proa alguien había pintado el nombre, «Mi Bote», en trazos vacilantes con pintura anaranjada. Mi Bote estaba atado al amarradero por una cuerda casi tan resistente como un trozo de cordel. Empero, no daba la impresión de que se fuera a hundir inmediatamente; al fin y al cabo, había permanecido allí durante meses, azotado por la lluvia, incluso, quizá, por la nieve, y todavía flotaba. Así que subí en él, deseando haber tenido el buen sentido de quitarme los zapatos, y empecé a achicar el agua con una lata que cogí del auto. Alan y Cissie, en medio del bote, sacaban cosas de la cesta. Es de suponer que proyectaban almorzar. Se hacía evidente que Mi Bote permanecía la mayor parte del tiempo, amarrado al dique, mientras Cissie y Gloriette comían su almuerzo y quizá imaginaban encontrarse en el Queen Mary, puesto que ni Alan ni Cissie parecían advertir que había un remo perdido. Era un día hermoso, pero desapacible; ya sabes, nubes durante un minuto, Sol al siguiente, pequeñas nubes encrespadas, aunque sin signo de lluvia. Achiqué mucho, y después me dirigí hacia la proa, y al salir el Sol vi que me equivocaba respecto a la pintura anaranjada: era amarilla.
Entonces miré más de cerca: no era pintura, sino un objeto colocado en el costado de Mi Bote de igual forma que los nombres en las puertas de las oficinas; supongo que no miré atentamente al principio. Era una hermosa y fluida escritura, un verdadero trabajo profesional. Bronce, me parece. No era una chapa, Milt, sino una especie de..., ¿cómo se llama?, ¿entarimado? ¿intaglio? Cada letra estaba puesta por separado. Debe de haber sido Alan; tenía talento para cosas como ésas, acostumbrado a realizar extravagantes ilustraciones en sus locos libros. Me volví, y vi a Al y a Cissie sacando de la cesta de compras un gran trozo de tela y colgaduras para los altos mástiles que se elevaban a ambos lados del bote. Estaban haciendo una especie de toldo. Yo dije:
–¡Eh! ¡Apuesto a que trajiste eso de la tienda teatral!
Ella se limitó a sonreír.
Al dijo:
–¿Podrías darnos un poco de agua dulce, Jim?
–Seguro –contesté–. ¿Dónde hay? ¿En el dique?
–No, en el balde. Detrás, en la popa. Cissie dice que está marcado.
Oh, seguro, pensé, seguro. En medio del Pacífico, sacamos nuestro cubo, y rezamos para que llueva. En el lugar había un cubo, ciertamente, y alguien, laboriosamente, había escrito sobre él «agua dulce» con pintura verde; un cubo manchado, pero nunca antes había sido destinado a contener nada. Estaba seco como un hueso, vacío, y tan deteriorado por la herrumbre que, si se lo sostenía contra la luz, se podía ver a través de él. Dije:
–Cissie, está vacío.
Ella respondió:
–Vuelve a mirar, Jim.
Yo repliqué:
–Pero, mira, Cissie... –y puse el cubo del revés.
Agua fría me empapó desde las rodillas hasta los zapatos.
–¿Ves? –dijo–. Nunca está vacío.
Yo pensé: Infiernos, no lo he visto, eso es todo. Quizá llovió ayer. Sin embargo, un balde lleno de agua es pesado, y yo he levantado este objeto con un dedo. Lo bajé –si había estado lleno antes, seguramente no lo estaba ahora–, y miré de nuevo.
Estaba lleno, exactamente hasta el borde. Sumergí la mano dentro de la substancia, y bebí un poco: fría y clara como agua de manantial, y olí –no sé– a helechos calentados por el Sol, a frambuesas, a flores silvestres, a hierba. Pensé: ¡Dios mío, me estoy convirtiendo en un avellano yo también! Y al volverme entonces, vi que Alan y Cissie habían reemplazado la estopilla de los mástiles con una toldilla azul y blanca a rayas, del tipo de las que se ven en las películas sobre Cleopatra, ¿sabes? La clase de tela que colocan sobre su barcaza para resguardarla del Sol. Y Cissie había sacado de su cesta de compras algo diseñado en naranja-y-verde-y-azul, y lo había envuelto alrededor de sus viejas ropas. Llevaba aretes color oro, unos chismes en forma de grandes argollas, y un turbante cubriendo su curioso cabello. Y debía de haber dejado sus azotacalles quién sabe dónde, porque iba descalza. Entonces vi también que tenía un hombro desnudo, y me senté bajo la toldilla en uno de los bancos de mármol de Mi Bote, con la impresión de que, indudablemente, veía alucinaciones. Quiero decir que ella no había tenido tiempo... ¿y dónde estaban sus viejas ropas? Me dije interiormente que debía de haber salido con una bolsa repleta de artículos de la tienda teatral, por ejemplo ese enorme cuchillo antiguo de aspecto maligno que llevaba metido en su cinturón de piel adornado con tachones de ámbar, la empuñadura totalmente cubierta de oro y piedras: rojas, verdes y azules, que destellaban con pequeñas cruces de luz que hacían imposible fijar los ojos en ellas. Yo no sabía entonces qué eran las piedras azules; ahora lo sé. Y no se fabrican estrellas de zafiros en una tienda teatral. Ni tampoco una hoja de acero de treinta centímetros en forma de medialuna, tan afilada que el Sol te deslumbra al reflejarse en su filo.
Dije:
–Cissie, luces como la Reina de Sheba.
Sonrió. Me respondió:
–Jim, no es Sheba, como en la Biblia, sino Saba. Saba. Debes recordarlo cuando nos encontremos con ella.
Pensé para mí:
«Sí, aquí es donde la niñita genio, Cissie Jackson, viene todos los domingos a fisgonear ensueños de otros mundos. Extravíos de fin de semana.»
Me imaginé que ése era el momento perfecto para escaparse, poner alguna excusa, sabes, y llamar a su mamá o a su tía, o quizá al hospital más próximo. Quiero decir, sólo por su propio bien; Cissie de ninguna manera lastimaría a nadie, porque no era mezquina, ni lo sería jamás. Y además era demasiado pequeña para herir a alguien. Me puse de pie.
Sus ojos se encontraban al nivel de los míos. Y estaba de pie por debajo de mí.
Al dijo;
–Ten cuidado, Jim. Vuelve a mirar. Siempre debes mirar de nuevo.
Yo regresé a popa. Allí seguía el cubo que ponía «agua dulce», pero cuando miré contra el Sol, comprendí que me había equivocado; no era ajado y tosco hierro galvanizado con letras salpicadas de pintura verde.
Era plata, plata pura. Colocado sobre una especie de mármol bien cimentado en el interior de popa; las letras eran de jade incrustado. Estaba todavía lleno. Siempre estaría lleno. Miré a Cissie de pie bajo la toldilla de seda rayada de azul y blanco, las estrellas de zafiros y esmeraldas y rubíes en la daga, y su extraño acento –lo sé ahora, Milt, era de las Indias Occidentales, pero entonces no lo sabía–, y tuve la certeza, tanto como si lo estuviera viendo, de que si miraba las letras «Mi Bote» contra el Sol, no sería bronce, sino oro puro. Y la madera, ébano. Ni siquiera estaba sorprendido. Aunque todo había cambiado, ya me entiendes, yo no lo había visto cambiar; o era que yo no miré con cuidado la primera vez, o cometí un error, o algo se me pasó por alto, o lo había olvidado. Del mismo modo que yo pensaba haber encontrado un armatoste en medio de Mi Bote, y en realidad era el techo de una cabina con pequeñas portillas; y mirando adentro, distinguí tres literas abajo, un lavabo, y una hermosa cocina pequeña con un refrigerador, y un almacén de provisiones, y algo más allá, a un lado del fregadero, donde no me era posible ver con claridad, una botella con un pasador alrededor del cuello, asomando de un cubo lleno de hielo molido, todo exactamente igual que en una vieja película de Fred Astaire y Ginger Rogers. Y el interior de la cabina estaba completamente revestido de madera de teca.
Cissie dijo:
–No, Jim. No es teca. Es cedro del Líbano. Puedes darte cuenta ahora por qué en la escuela yo no puedo tomar en serio ese sinsentido acerca de los parajes y dónde se encuentran y qué sucede en ellos. ¡Petróleo en el Líbano! Cedro es lo que tienen. Y marfil. He permanecido allí mucho, mucho tiempo. He hablado con el sabio Salomón. He estado en la corte de la Reina de Saba, y he hecho un trato eterno con las mujeres de Knossos, el pueblo de la doble hacha, que es a la vez la Luna creciente y menguante. He visitado Akhnaton y Nofretari, y he visto poderosos reyes en Benin y en Dar. Incluso voy a la Atlántida, donde la Pareja Real me enseña muchas cosas. El sacerdote y la sacerdotisa me instruyen de qué manera conseguir que Mi Bote vaya a donde yo desee, aun debajo del mar. ¡Oh, sostenemos innumerables charlas provechosas en la terraza del Pahlahss, al anochecer!
Era real. Todo era real. Ella no tenía quince años, Milt. Se sentó en la proa, frente a los controles de Mí Bote, y había tantos cuadrantes y palancas y botones e interruptores e indicadores sobre ese aparato, como en un B-57. Y ella era por lo menos diez años mayor. Al Cappolino, asimismo, aparecía como una figura que había visto en un libro sobre la historia de sir Francis Drake, y llevaba el pelo largo y una barbita puntiaguda. Vestía igual que Drake, exceptuada la gorguera, y llevaba rubíes en las orejas y anillos en todos los dedos; y él tampoco tenía diecisiete años. Una cicatriz apenas perceptible corría desde la línea del cabello, en su sien izquierda, hasta debajo del ojo en el pómulo. Yo alcanzaba a ver que el cabello de Cissie, bajo su turbante, estaba trenzado en una forma muy elegante. Desde entonces, lo veo. Oh, desde tiempos remotos todo el Mundo ha estado «paseándose en bote». Lo he visto en el Metropolitan Museum, en mascarillas esculpidas en la ciudad de Benin, en África. Antiguo, Milt, con siglos de antigüedad.
Al dijo:
–Sé de otros lugares, Princesa. Puedo mostrárselos. Oh, vamos a Ooth-Nargai y a Celephais la Bella y a Kadath en la Desolación Helada –es un sitio pavoroso, pero nosotros no debemos tener miedo–, y después iremos a la ciudad de Ulthar, en donde existe la muy afortunada y amable ley que prohíbe a cualquier hombre y mujer matar o molestar a un gato.
–Los Atlantes –dijo Cissie, con una dulce voz profunda– prometieron que la próxima vez me mostrarán cómo ir no ya solamente al fondo del mar. Ellos afirman que si lo piensas firmemente, si fijas mucho la atención, si crees, entonces puedes hacer que Mi Bote marche directamente hacia arriba. ¡A las estrellas, Jim!
Al Coppolino salmodiaba nombres en voz baja: Cathuria, Sona-Nyl, Thalarion, Zar, Baharna, Nir, Oriab. Todos tomados de esos libros suyos.
Cissie dijo:
–Antes de partir con nosotros, debes hacer una última cosa, Jim. Suelta la amarra.
Así pues, bajé por la escala de Mi Bote hacia el muelle, y desaté la cuerda de oro trenzado fijada a la estaca. Oro y seda entrelazados, Milt; ondulaba en mi mano como si estuviera viva. Conozco la resistente y resbaladiza sensación de la seda. Yo estaba pensando en la Atlántida y en Celephais, y subiendo a las estrellas, y todo eso se mezclaba en mi cabeza con la última promoción y el colegio, puesto que yo había sido tan afortunado que me aceptaron en El-Colegio-De-Mi-Elección, y con el futuro que me aguardaba como abogado, el abogado de una Corporación, después de haber sido una primerísima estrella en el campo de fútbol, desde luego. Tales eran mis planes en los viejos tiempos. Certidumbres muertas todas, ¿no? Frente a un yate de diez metros que habría hecho poner verde de envidia a John D. Rockefeller, y a lugares del Mundo en los que nadie había estado nunca y a los que nadie volvería jamás. Cissie y Al estaban de pie sobre la cubierta por encima de mí, ambos con el aspecto de algo sacado de una película –hermoso y peligroso y extrañísimo–, y de repente advertí que yo no quería ir. En parte, porque en modo alguno deseaba yo caer en un estado de ánimo que me llevara a ofender mínimamente a Cissie –no quiero decir simplemente una riña o un desacuerdo o un motivo de enfurruñamiento, sino esa clase de ofensa profunda hasta los huesos–; y de pronto me imaginé a mí mismo, casi intolerablemente, en un bote de remos que hacía agua, con un solo remo, en medio del océano Pacífico. O quizá solamente atado al dique de Sílverhampton. Cissie no era cruel. Al tampoco, por lo menos así lo esperaba yo. Únicamente... sospecho que no me hacía nada bien irme con ellos. Y además, sobre sus rostros, particularmente sobre el de Cissie, parecía extenderse algo como nubes, o velos, donde flotaban otros rostros, otras almas, otros pasados y futuros, y conocimientos insólitos, todo movedizo cual un espejismo provocado por el ardor de un día cálido sobre un camino de asfalto.
Yo rechazaba esa sabiduría, Milt. Yo no quería llegar a tal profundidad. Se trataba de la clase de cosas que la mayoría de la gente de diecisiete años no alcanza a aprender durante años: Belleza. Desesperación. Finitud. Compasión. Dolor.
Y yo me encontraba todavía mirándolos, contemplando cómo la brisa ahuecaba la capa de terciopelo color de ciruela de Al Coppolino, y brillaba sobre su jubón platinegro, cuando una mano grande, pesada, dura, gruesa, se apoyó en mi hombro, y una voz recia, voluminosa, grosera, una voz del Sur, barbotó:
–¡Eh, muchacho, tú no tienes permiso para amarrar a esa estaca! ¿Qué hace ahí ese bote de remos? ¿Y cuál es tu nombre?
Por lo que me volví, y me encontré frente a frente con el bisabuelo de todos los sheriffs sureños de cogote rojo: cara semejante a la de un bulldog, con una quijada a tono y cobriza por el resol, y gordo como un cerdo, o como una montaña mezquina.
Y yo dije:
–¿Señor? –no había chico en la escuela de segunda que no dijera cosas parecidas en su sueño por aquellos días... y entonces todos nos volvimos hacia la bahía, diciendo:
–¿Qué bote, señor?
Y el polizonte que decía exactamente:
–¿Cuál...?
Porque allí no había nada. Mi Bote se había esfumado. Se veía solamente un trecho de la bahía, de un azul destellante. Ellos no estaban ya allí ni tampoco del otro lado del dique –el polizonte y yo correteamos por él–, y en el momento en que tuve presencia de ánimo suficiente para levantar la vista al cielo...
Nada. Una gaviota. Una nube. Una altura vacía más allá de Idlewild. Además, ¿no había dicho Cissie que ella aún no sabía cómo ir derecho a las estrellas?
No, nadie, jamás, volvió a ver a Mi Bote. Ni a la señorita Cecilia Jackson, completamente loca y niña prodigio. Su mamá acudió a la escuela, y a mí me llamaron al despacho del director. Les conté una historia inventada, la misma que le había contado al polizonte: que ellos dos dijeron que iban a remar solamente alrededor del dique y volverían en seguida, y que yo fui a ver si el auto estaba bien aparcado y, al volver, no les encontré. A saber por qué loca razón, yo aún imaginaba que la mamá de Cissie tendría la apariencia de tía Jemima, pero se trataba de una pequeña mujer delgada, de gran parecido con su hija, y tan nerviosa y estirada como nunca vi otra: una mujer diminuta, vestida con un conjunto serio, muy ajustado y limpísimo, como el de una maestra, ya sabes, zapatos raídos, blusa con un adorno en el cuello, sombrero de paja con una banda blanca, y correctos guantes blancos. Supongo que Cissie sabía de qué forma me representaba yo a su mamá y qué maldito idiota era, aun si consideraba que yo andaba rondando los diecisiete años, blanco, liberal racista, y que por eso que ella no me llevó.
¿El polizonte? Me siguió hasta el auto, y cuando llegué al lugar... yo estaba sudando, con un susto demencial...
También se había ido. Desvanecido.
Creo que Cissie lo hizo. Sólo para gastar una broma.
De manera que Cissie nunca regresó. Y yo no pude convencer a la señora Jackson de que Al Coppolino no era un violador ni se había llevado a su hija a algún sitio solitario para matarla. Traté e insistí, pero la señora Jackson jamás me daría crédito.
Resultó que no existía la prima Gloriette.
¿Alan? Oh, él volvió. Pero le llevó un rato. Un largo, largo rato. Le vi ayer, Milt, en el Metro de Brooklyn. Un tipo flaco, bajo, con orejas que sobresalían clavadas a su cabeza, vistiendo todavía la camisa deportiva y los pantalones con que partió, ese domingo de hace más de veinte años, y con el auténtico corte de pelo de los años cincuenta que nadie usaría hoy. En realidad, era poquísima la gente que lo observaba.
La cosa es, Milt, que aún tenía diecisiete años.
No, sé que no era ningún otro chico. Porque me estaba saludando con la mano y sonriendo.
Y cuando salí con él por donde antiguamente solíamos encontrarnos, empezó a preguntarme por toda la gente de la Central High, exactamente como si hubiera transcurrido una semana, o quizá un solo día. Pese a que le pregunté dónde Infiernos había estado durante veinte años, no me lo explicó. Únicamente me dijo que había olvidado algo. Así pues, subimos los cinco pisos hasta su viejo apartamento, tal cual acostumbrábamos al salir de la escuela para pasar un par de horas juntos antes de que su mamá y su papá regresaran del trabajo. En el bolsillo tenía la antigua llave. Y todo se encontraba exactamente igual, Milt: el refrigerador de gas, bajo el fregadero con los caños a la vista, las cubiertas de verano que ya nadie usa, las cortinas de invierno quitadas, la doselera sobre la ventana envuelta en una sábana, los pisos de entarimado desnudos, y el viejo linóleo en la cocina. Cada vez que yo le hacía una pregunta, nada más sonreía. Me reconocía, sin embargo, puesto que me llamó por mi nombre una o dos veces. Le pregunté:
–¿Cómo me has reconocido?
Y él me preguntó:
–¿Reconocido? No has cambiado.
No has cambiado, Dios mío. Entonces le dije:
–Alan, dime, ¿por qué has vuelto?
Y con una gran sonrisa, mostrando todos los dientes, igual que la de Cissie, contestó:
–El Necronomicon, del árabe loco Abdul Al-hazred, ¿por qué otra cosa, si no?
Pero miré el libro que llevaba con él, y no era ése. Se cuidó de hallar precisamente el que correspondía, revisó todos los estantes de la biblioteca de su dormitorio. Había aún banderines del colegio por todas las paredes de su cuarto. Dicho sea de paso, ahora conozco el libro; era el que tú querías adaptar en un guión rápido, el año pasado, para el tipo que hace las películas de Poe, pero yo te dije que se resolvía todo con efectos especiales y animación: islas exóticas, mundos extraños, y los trajes de los monstruos... seguro, H. P. Lovecraft.
–The dream quest of unknown Kadath.
No dijo una palabra más después de eso. Bajó los cinco pisos a pie, conmigo detrás de él, y luego caminó por la vieja manzana hacia la estación del Metro más cercana; pero, desde luego, cuando yo llegué al final de las escaleras del Metro, él no se encontraba allí.
¿Su apartamento? Nunca lo hallarás. Subí corriendo, y la casa tampoco estaba. Más todavía, Milt, la calle se fue; la dirección no existe. Toda ella es parte de la nueva autopista, ahora.
Por eso te llamé. ¡Dios, tenía que hablar con alguien! En estos momentos, esos dos casos para el psiquiatra están viajando entre las estrellas, hacia Ulthar y Ooth-Nargai y Dylath-Leen...
Pero ellos no son casos para el psiquiatra. Esto sucedió realmente.
Así que, si ellos no están locos, ¿en qué nos convierte todo eso a ti y a mí? ¿En ciegos?
Te diré algo más, Milt: el encuentro con Al me recordó algo que me dijo Cissie, antes de que aconteciera todo lo de Mi Bote, cuando ya éramos lo bastante amigos para atreverme a preguntarle qué la había sacado del hospital. No lo pregunté así, y no me respondió así, pero lo que resulta, en suma, es que, tarde o temprano, en todos los lugares que visitaba, hallaba a un hombre sangrante, con heridas en las manos y en los pies, que le decía:
«Cissie, vuelve, eres necesaria; Cissie, vuelve, eres necesaria.»
Yo era lo suficientemente necio como para preguntarle si era un hombre blanco o un negro. Ella se limitó a echarme una mirada, y se fue. Heridas en las manos y en los pies: no necesitas cavilar demasiado para saber qué significa eso para una chica cristiana, educada con la Biblia. Lo que me pregunto es si volverá a encontrarse con Él allá afuera, entre las estrellas. Si las cosas se presentan lo bastante mal para el poder negro o el movimiento de liberación femenina, o incluso para la gente que escribe libros dementes, ¿se materializará Mi Bote en Times Square o Harlem o East New York, llevando en su interior a una reina etíope guerrera y a sir Francis Drake Coppolino, y Dios-sólo-sabe-qué clase de armas de la ciencia perdida de la Atlántida? Yo no me sorprendería. Solamente espero que Él –o la idea que alienta a Cissie de Él– decida que las cosas están bien a pesar de todo, y que puedan visitar todos esos lugares del libro de Al Coppolino. Te digo, espero que ése sea un largo libro.
Sin embargo, si pudiera volver a hacerlo...
Milt, esto no es una historia. Sucedió. Por ejemplo, dime una cosa, ¿cómo conocía ella el nombre Nofetari? Es la reina egipcia Nefertiti, así lo hemos aprendido todos; pero, ¿cómo pudo ella saber el verdadero nombre décadas, literalmente décadas, antes que nadie? ¿Y Saba? Eso también es real. ¿Y Benin? No habíamos tenido ningún curso de Historia Africana en la Central High, ¡no en 1952! ¿Y qué hay del hacha de doble hoja de los cretenses de Knossos? Es cierto, leímos sobre Creta en la escuela de segunda enseñanza, pero en nuestros libros de historia no se hablaba del matriarcado ni del labyris, que es el nombre del hacha. Milt, te digo, incluso existe en Manhattan una librería del movimiento femenino llamada...
Averígualo tú mismo.
Oh, de veras. Ella no era negra; era verde. Verde, azul, y con los colores del arco iris. Lo siento, Milty, sé que eres mi agente y que has hecho mucho por mí y que yo no he vendido mucho últimamente. He estado leyendo. No, nada que te pueda interesar: existencialismo, historia, marxismo, algún material del Este...
Lo siento, Milt, pero los escritores leen de vez en cuando. Es un pequeño vicio que tenemos. He procurado profundizar, como Al Coppolino, si bien de manera diferente, quizá.
Vale, así que quieres un marciano que pretende invadir la Tierra, y que se convierte en una hermosa muchacha bronceada, con el cabello rubio y lacio, ¿no? Y se transforma en una estudiante de la escuela de segunda enseñanza en un colegio rico de Wetchester. Y esa hermosa marciana rubia tiene que ingresar en todas las organizaciones locales, como los movimientos de concienciación femenina y esas cosas de terapia de grupo y los muchachos que se drogan, así él –ella, más bien– puede aprender acerca de la mentalidad de la Tierra. Sí. Y naturalmente seducirá al director y a su profesor y a todos los grandes hombres del recinto universitario, de modo que podemos hacer con todo ello un serial, también un sitcom quizá; cada semana esa marciana se enamora de un terrícola o trata de crear algo que destruya la Tierra, o hace volar algo, valiéndose de la Central High como base. ¿Puedo usarlo? ¡Seguro que puedo! Es algo hermoso. Es exactamente mi línea. Puedo ponerme a trabajar en todo lo que acabo de decirte. Cissie se mostró acertada al no llevarme; tengo un spaghetti donde debería tener la columna vertebral.
Nada, no he dicho nada. Seguro. Es una gran idea. Aún si solamente sacamos un piloto experimental de esto.
No, Milt, honestamente, creo de verdad que posee su chispa fantástica. Un auténtico toque de genio. Se venderá maravillosamente. Sí, puedo preparar un boceto para el lunes. Seguro. ¿La Hermosa Amenaza de Marte? Uh-tíuh. Desde luego. Contiene sexo, peligro, comedia, todo; podríamos extendernos a las vidas de los maestros, del director, de los padres de los otros chicos. Presentar problemas contemporáneos como el del abuso de las drogas. Sin falta. Otro Peyton Place. Incluso nos trasladaremos nuevamente a la Costa Oeste. Eres un genio.
Oh, Dios mío.
Nada. Sigue hablando. Es solamente... ¿Ves a ese chiquillo pálido en la cabina telefónica ahí abajo? ¿Ese con las orejas salientes y el corte de pelo pasado de moda? ¿No? Bueno, creo que no estás mirando bien, Milt. En realidad, creo que yo tampoco; debe de ser uno de los extras de la Met, ya sabes, salen a veces durante el intervalo: todos esos cachivaches, isabelinos, la capa color ciruela, el platinegro... Pero, acabo de recordar... La Met se fue de la ciudad hace un par de años, así que él no debería estar vestido así, ¿no?
¿No lo puedes ver aún? No me sorprende. La luz es muy mala aquí. Oye, es un viejo amigo... quiero decir que es el hijo de un viejo amigo... mejor cruzo y le digo hola, no será más que un minuto.
Milt, ¡ese joven es importante! Quiero decir que está conectado con alguien muy importante. ¿Quién? ¡Uno de los mayores y mejores productores del Mundo, eso es! El... uh... ellos... me querían para... puedes llamarlo realizar un guión para ellos, sí. Yo lo rechacé entonces, pero...
No, no, quédate aquí mismo. Yo iré y haré precisamente una especie de reverencia ante él y le diré hola. Tú continúa hablando de La Hermosa Amenaza de Marte; puedo oír desde allí; sólo le diré que pueden contar conmigo si me necesitan.
¿Tu diez por ciento? Desde luego, tendrás tu diez por ciento. Eres mi agente, ¿no? Porque si no fuese por ti, yo probablemente no tendría ni... Claro, tendrás tu diez por ciento. ¡Gástalo en lo que quieras: marfil, monos, pavos reales, especias y madera de cedro del Líbano!
Todo lo que tienes que hacer, es cobrarlo.
Pero sigue hablando, Milty, ¿quieres? Quiero ir hasta la cabina próxima con el sonido de tu voz en los oídos. Esas hermosas ideas. Tan originales. Tan creativas. Tan veraces. Exactamente lo que el público desea. Ciertamente, existe una diferencia entre la manera en que la gente percibe las cosas y la nuestra. Creo que tú y yo las percibimos de una forma diferente, ¿sabes? Lo cual obedece a que tú eres un respetado y próspero agente, y yo... bueno, pasémoslo por alto. No sería agradable para ninguno de los dos.
¿Huh? Oh, nada. No he dicho nada. Estoy atendiendo. Por encima de mi hombro. Solamente continúa hablando mientras digo hola y mis más profundas y abyectas disculpas, sir Alan Coppolino. ¿Oíste el nombre antes, Milt? ¿No? No me sorprende.
Tú simplemente sigue hablando...