juanilla «la musa» (es)
I
Había sido trasplantado bruscamente de Cádiz a Burgos, en lo más riguroso del invierno; de una tierra iluminada por el sol, bajo un espléndido cielo azul, a un país frío, cuyo cielo veíase cubierto casi durante todo el invierno por celaje grisáceo difusamente blanquecino, aporcelanado y de muy débil translucencia, en el que se dibujaban con elegante majestad las afiligranadas torres de la catedral, de finos contornos y detalles entonces exquisitamente perfilados y plateados por la nieve y cristalizados por el hielo.
El primer día que el pobre niño tuvo que ir a la clase sintió el terror y la tristeza que producía en su ánimo aquel extraño y sombrío espectáculo, y al propio tiempo sintió sorprendida su curiosidad ante el contraste de la negrura de las piedras y aquella blancura mate, aquella nieve por todas partes extendida y en todas partes resaltando como un rico adorno superpuesto en todo relieve con caprichosa intención. Debajo del brazo llevaba Miguelito, entre tablas y sujetos por una correa, unos libros enigmáticos y extraños, en los que se le preparaba el penoso martirio de un estudio poco seductor: el de la lengua latina. Apenaba ver aquel niño airoso y esbelto, ágil y vivo, de pestañosos ojos, grandes y negros, morena tez y rostro de relumbrante alegría andaluza, encogido de frío, entristecido y apocado. Entró en un viejo caserón, subió unas destartaladas escaleras y hallose de pronto entre una rumorosa muchedumbre de muchachos colorados, fornidos y bulliciosos, y ante un hombre alto, seco, de afeitado rostro, vestido de un levitón con honores de sotana, y con la cabeza entrecana cubierta por un gorro negro a semejanza de capucha y solideo: era el dómine D. Jerónimo.
—¿Te llamas Miguel? Micaelus, está bien. ¿De dónde eres? —preguntó el dómine.
—De Cadi —replicó el niño.
—Gades, la antigua Gades, la ciudad de Hércules; pero no se dice Cadi, se dice Cádiz.
—Cádiz, Cádiz —gritaron de todas partes todos los muchachos, armando burlona algarabía.
Entonces con la imperiosa voz de un césar gritó el maestro:
—¡Silencio Roma, silencio Cartago, o quito los cónsules!
La amenaza produjo efecto; reinó un profundo silencio; el dómine, juntando en la espalda sus manos, en una de las cuales llevaba su palmeta, empezó a pasear de un lado a otro de la clase. No estaba contento; no había sido dichoso aquel día, y después de indicar con un gesto a Miguelillo que se sentara, entregose al desahogo de revelar en alta voz hasta sus más íntimos pensamientos.
—Yo no soy maestro; no me mandan a mí los muchachos para que les enseñe, sino para que los guarde aquí y que no den guerra en casa; soy un rey de una piara; os dan suelta y venís aquí como se juntan los marranillos. Virgilio, Virgilio; ¿con qué se come eso? Vosotros os iréis de este mundo como los burros, sin gustar la miel, porque no se hizo Virgilio para la boca de los zopencos; ya se me ha hecho bilis en el cuerpo; cada vez estamos peor; los de tercero no tienen orejas para medir; estos otros no sacan un significado ni entienden siquiera la concordancia del sujeto y el verbo, ni saben hacer una sencilla oración de sum est fuit, y los pipiolos raro es el día que me dicen bien una declinación o me leen cuatro líneas con perfecta prosodia. ¡Ah, qué desgracia tan horrible! —exclamó elevando los brazos al cielo—, no hay paciencia para soportar estas vergüenzas —añade dando un golpetazo con la palmeta sobre la tabla del pupitre—; ¡para esto, valiera más que pasaseis el puente Bessón y os fuerais a pilletear al Instituto u os largaseis a los Vadillos a hacer novillos. Satis, satis, siempre pidiendo vacaciones.
Guardó silencio, y seguido por las miradas de todos los muchachos, continuó yendo y viniendo por la clase, cabizbajo, pensativo, abatidísimo.
Miguelillo le miraba a su vez con extrañeza, sospechando sin duda que allí había ocurrido algo muy grave, y sintiéndose atemorizado al ver el implacable enojo del dómine; por esto echose a temblar cuando D. Jerónimo, saliendo de su abatimiento, le preguntó si había traído libros, y después de examinar el que el niño le entregara, le dijo:
—Tú no estás para esta clase; empiezas con dos meses de retraso.
Y luego añadió como hablando consigo mismo.
—¿A dónde envío yo a este?, ¿a dónde le envío?
Entonces a coro todos los muchachos de la clase exclamaron:
—¡A la Musa, a la Musa!
Miguelillo miró con espanto a todas partes: ¿qué querían hacer con él?, ¿qué quería decir aquel grito «a la Musa, a la Musa», que resonaba en sus oídos como una sentencia de muerte?
—¡Silencio! —gritó el dómine con acento patético y ademán oratorio—. No es, en verdad, culpa suya —dijo— si llega retrasado a la clase; no de su señor padre, valeroso comandante de Estado Mayor que ha poco fue nombrado para Burgos y que ha estrechado mi mano llamándome muy su amigo; vaya, pues, a prepararse este nuevo discípulo para esgrimir aquí presto sus armas, conquistar luego triunfos, alcanzando el consulado de Cartago o de Roma.
—¡A Roma! —gritaron unos.
—¡A Cartago! —gritaron otros, y todos con furiosa rivalidad.
—Donde yo le pusiere —gritó el dómine—. Julián, llévale a la clase de Juanilla.
II
Entró Miguelillo en otra destartalada habitación, en la que había cuatro bancos, tres pequeñuelos con sendos libros abiertos en la mano, una mesa, una silla, y en ella, sentada, una muchacha de doce a catorce años, vestida con un delantal azul, flaca, pálida, de grandes ojos huraños y hoscos, y gesto desabrido.
—Que se siente ahí —dijo; y luego, levantándose muy furiosa, amenazó con una vara de fresno a uno de los chiquillos que se hallaban sentados en los bancos—. Como vuelvas a sacarme la lengua, te curo de un latigazo los sabañones de las orejas. A ver, tú, Manolo: hic, hec, hoc.
—Huyus —dijo un muchacho poniéndose de pie, y continuó la declinación.
Miguelillo miraba con extrañeza y muy significativa expresión de antipatía a aquella extravagante muchacha, a aquel avechucho de cuello de cigüeña y cara de comadreja.
—¿Quién es esta? —se atrevió a preguntar en voz baja al chiquillo que tenía al lado.
—La Juana, la Musa —dijo el muchacho—; pues ¿quién ha de ser?, la hija del dómine; ¡más perra! Pega mucho.
—Como la cola —dijo el andaluz sonriéndose. Y entonces vio llegar hacia él, frunciendo el entrecejo, cuneta supercilio moventi, a la muchacha, que dijo airadamente:
—Aquí te callas, si no quieres que te arree un varazo; y no te hagas el señorito, ¿estás tú?
El andalucillo se echó a reír, y en sus grandes, en sus hermosos ojos negros, brilló una burlona indignación; no echó de ver aquella mirada la muchacha, y se retiró, tal vez muy segura de que con su amenaza había impuesto temor a Miguelillo; pero, sin embargo, entre ambos se produjo desde entonces un odio profundo, antipatía instintiva, aversión implacable. Juanilla, huérfana de madre, vivía estrechamente unida a su padre. Era su hija y su discípula, y después fue la encargada de ejercitar mecánicamente en el aprendizaje de declinaciones y conjugaciones a los discípulos novatos o a los retrasados; era un valioso ayudante de su padre, se había criado con el latín, conocía todos los grandes poetas y prosistas. Don Jerónimo, que había deseado tener un hijo, como el cielo no le otorgara este favor, como no había podido conseguir este deseo, ya que no le era dado cambiar el sexo de su hija, resolvió hacer de ella un pasante y una aventajada discípula en el hermoso idioma de Virgilio: podía decirse que Juanilla no tenía edad, que no tenía sexo; no había nacido sino para hablar aquella lengua muerta, y ni su inteligencia ni su gusto habían recibido otra educación que la del trabajo en aquel árido estudio y en el refinamiento de poder llegar a gozar de la pureza y corrección de Horacio, la pintoresca gracia de Virgilio, la suavidad de Ovidio, la rotunda prosa ciceroniana, y, en fin, la grandiosidad y armonía del idioma latino.
Saña, verdadera saña mostró la chicuela en obligar a Miguelillo al áspero estudio de la analogía latina: la fácil y segura memoria, la perspicaz vivacidad de inteligencia y el ardoroso pundonor del chicuelo le hicieron vencer en el martirio; pero odiaba a la Musa, le hacía muecas, la dibujaba en caricatura, la hacía exasperarse de cólera; ella le aborrecía y le temía; no era posible llegar a poner en la espalda al monicaco el cartelón del asinus; además, le estaba prohibido pegarle, ¡qué rabia! Sin embargo, cuando el chico pasó a la clase de D. Jerónimo, y fue examinado, y contestó sin una incorrección, y ordenó y tradujo el Aliquantum vulpes y el Mons ciens genitus immanes, de Fedro, sintiose envanecida Juanilla con aquel brillante discípulo; no obstante, el odio entre ambos persistió: lo dicho, dicho, se aborrecían. Él para ella era, no un afecto, sino un orgullo, como para el chino su gallo de pelea.
Se veían y no se hablaban sino para entablar alguna discusión sobre puntos de sintaxis o de retórica. Juanilla, lívida, acre, displicente; él sentido, violento y despreciativo. Un día, al cabo de los años, D. Jerónimo entró bruscamente en la clase, que se hallaba en alboroto como la mar revuelta por la canalla de Eolo, y sin pronunciar el consabido ¡Quos ego!… exclamó:
—¡Miguel, Miguel, vamos a otorgarte el triunfo! Vienen a disputar el premio colegiales de Carrión, y, además, discípulos de ese maestrillo madrileño que sabe menos latín que el tacón de la bota de Juanilla. Que tú te los puedes pasar a todos por debajo de la pata, ya me lo sé yo; eso Roberto, que es el último de la clase; pero es necesario quedar muy por encima de todos los jueces. ¿Quién recitará como tú, quién dará la debida entonación al Arma virumque cano? ¿Quién más fácilmente distinguirá el yámbico, el dáctilo, el espondeo? ¿Quién sabrá explicar con mayor acierto la carta a los Pisones, el código de la Poética, y todas las correctísimas odas de Horacio? ¿Quién decir con mayor vehemencia oratoria los discursos de Cicerón? Lo sé, lo sé; pero es necesario que todos se queden patitiesos de asombro. ¡Ea!, a prepararse como un gladiador. Juanilla y tú repasaréis juntos de aquí hasta mayo; ¿quieres, Miguel?
—Sí —contestó valerosamente el muchacho.
—¿Qué dices tú, hija mía?
—Que ganará a todos y se retirarán —repuso Juanilla con frialdad reveladora de un profundo convencimiento.
No pensaron desde entonces una y otro más que en atender al propósito que los reunía; por la mañana y por la tarde trabajaban afanosamente en traducir con prontitud, fidelidad y elegancia, en recitar con sonoridad y pompa. Poco a poco sintieron la mutua connivencia de sus almas en aquel mundo de los grandes poetas; luego sus ojos brillaron por igual entusiasmo; llegaron a la confraternidad del arte: al separarse, ella veía coronada de pámpanos la negra y rizosa melena de Miguel, y a este entonando bucólicas al suave son del viento que mecía los campos (modulatus avena); y él sentía la vibrante voz de Juanilla resonando armoniosa al recitar los sonoros dísticos, y veía en su expresiva faz un fiel simulacro de Minerva, la diosa de ojos resplandecientes.
Llegó, llegó el día de prueba; a Juanilla no le fue dado asistir al acto: quedose en aquella casa donde ella, que no había conocido a su madre, no había visto jamás mujer alguna. ¡Qué largo se le hizo el tiempo! Al verse allí sola, inquieta e impaciente anduvo por todas las habitaciones, asomose muchas veces a las ventanas, hasta que un rumoroso tumulto de voces y la estrepitosa entrada de todos los chicos anunció la llegada de Miguel y de don Jerónimo.
—¡Viva! ¡Viva! —gritaban todos.
—¡Nada igual, nada igual! —decía D. Jerónimo.
Y apareció Miguelillo, pálido, con la fatiga y alegría del combatiente triunfador, y al ver a Juanilla lanzose a ella con los brazos abiertos, la estrechó contra su pecho y le dio un beso en la frente. En efecto, Miguel le debía la victoria.
III
Bien puede decirse que es la dulce y efímera juventud teatro que en breve tiempo hace mudanza por muy encontrados accidentes, pues a los tres años no más, Juanilla la Musa, que ya cumplía diecisiete, era alta y mórbida, dulce y modosa, mesurada y elegante, tímida y devota; cuidábase de las flores y de la casa, cuanto antes del latín y de los clásicos, sin que manifestara su corazón otras aficiones que las de cuidar y sonreír a su anciano padre, hasta que cierto día, viendo a este de vuelta de su paseo por los Cubos preocupado y triste, hubo de preguntarle:
—¿Qué le pasa, señor padre?
—¿Qué me pasa? —contestó este—; ¿a que no sabes tú quién está en Burgos, que le han traído de Villarcayo herido por los carlistas? Miguel, Miguel.
Juanilla palideció.
Sí, le llegó al corazón la noticia: fue una sorpresa dolorosa y una puñalada punzante y traidora; tuvo que sentarse, apoyar los codos en la mesa y la frente en sus manos para dominar la violencia de su emoción; después, después se supo que Miguel estaba en una casa de huéspedes, que no tenía familia en Burgos; se reconoció que habiendo sido el discípulo que mayor gloria había dado a la clase, estaban padre e hija obligados a cuidarle, aun pasando por todo, esto es, sobreponiéndose a las malicias y hablillas de la gente.
Juana se echó un velo; D. Jerónimo tomó su bastón y su sombrero, y fueron a la casa del herido. Era el maestro, el maestro del joven oficial, y este el discípulo predilecto: con tales declaraciones penetró el dómine, seguido de Juanilla, en la alcoba de Miguel. Tocaron sus ardorosas manos, contemplaron su rostro pálido, vieron aquella cabeza ceñida de vendajes. Estaba sumido en profundo letargo.
Juana se desprendió del velo, y, dominando la agitación nerviosa que le había acometido, se encargó de dar al herido las medicinas, sometiéndose escrupulosamente a las prescripciones facultativas.
Don Jerónimo, sentado en el gabinete, leía, sintiendo a su hija ir y venir de un lado a otro, entrando y saliendo en la alcoba sin hacer el menor ruido, de puntillas y conteniendo hasta el resuello.
Estaban allí toda la noche y gran parte del día, y muchas veces D. Jerónimo se marchaba, dejando sin temor alguno a Juanilla.
La ternura casi maternal que demostraba uníase a una adoración vehemente, secreta, profunda. Atendía con diligencia y esmero a los cuidados, y oraba con devoción ardiente por el joven. Hizo promesa de un hábito. Pedía la vida de Miguel y algo más para ella misma, algo de que no se daba cuenta… algo inmenso, indeciso, pero de esplendorosa claridad… ¡la dicha!
Al fin el herido vio, diose cuenta del estado y del lugar en que se hallaba, y al cabo, abriendo muy conmovido los ojos, dijo:
—¡Tú… tú eres Juanilla… Juana, la hija de D. Jerónimo!
—Sí —contestó la muchacha con no disimulado regocijo—; Juanilla la Musa.
—Está usted, señorita… Estás, estás… muy guapa.
Juanilla se ruborizó, y al propio tiempo se embriagó en el embelesamiento de una indecisa pero placidísima esperanza. Cuando días después, ya convaleciente de sus heridas, Miguel pudo charlar, y, bromeando con gracia muy marcada por aquel su acento gaditano, recordó a la Musa lo que se habían aborrecido y el afecto que después se habían profesado, y llegó a manifestar que conocía en todos los pormenores los servicios, las atenciones, el celo maternal con que Juanilla le había asistido, y que comprendía que agradecía el cariñoso afecto fraternal con que ella le había cuidado y consolado, le dijo a la muchacha:
—Ya ves tú lo que son las cosas; mi padre murió en Estella, yo no tengo familia, y, hoy por hoy, no tengo a nadie más que a ti. ¡Quién había de decírmelo!
Juanilla se puso roja como una amapola.
Durante los días que guardó Miguel cama, contenido por el mandato facultativo, y durante los diez o doce en que le fue dado pasear por el campo, Juanilla y Miguel diéronse el gozoso pasatiempo de leer los clásicos, sobre todo las hermosas églogas de Virgilio. Entonces, entonces sí que comprendían las bellezas de aquella rica literatura.
Una tarde Juana y D. Jerónimo, y luego el mismo Miguel, rieron mucho leyendo el borrador de una poesía latina que este había intentado escribir y que no había concluido.
—Esa imitación de los grandes maestros solo hay dos poetas que puedan hacerla: el Papa y mi hija. Esta empezó una hermosísima égloga, ¡vaya una obra!; pero no creo yo que la haya concluido, y aun puede que no la termine; se le ha ido ya la afición, y eso que desde que tú estás aquí parece que ha vuelto a revolver un poco los libros y a escribir, y tal vez por esto remate el trabajillo. ¡Sería una lástima que no lo hiciera, porque va muy primoroso! El argumento es que Filis ama al pastor Celio, el cual no se da cata de ello, y en dulcísimos versos llora y se lamenta la zagala por este motivo. Celio halla a la doncella afligida, y al ver sus ojos bañados de lágrimas pregunta cuál es la causa de su pena; Filis va a contestar, y ya no sé más —añadió D. Jerónimo—, porque de aquí no ha pasado el poeta, o por lo menos a mí no me entregaron más noticias; pero lo escrito merece leerse.
—¡Que se lea, que se lea! —exclamó Miguel.
—¡Oh!, vale muy poco; a mi padre le ciega el cariño —murmuró Juanita—; además, aún no lo he terminado.
—Pues tienes que terminarlo, y pronto, pronto; ya tengo impaciencia por leerlo —exclamó Miguel entusiasmado.
¡Qué regocijo sintió Juanilla en el alma al oír esto! Era aquel el primer motivo de verdadero estímulo que había sentido su alma de poeta para avivar la inspiración y encantarse ante la risueña esperanza de un triunfo. Aquella misma noche, ¡oh!, le era imposible dormir, se entregó por completo al trabajo; a punto estuvo de concluir la égloga; el pastor Celio, después de oír a Filis, prodiga a esta muy lisonjeros elogios, y habla de la felicidad que él piensa brindar a la mujer elegida de su corazón. En este punto dejó Juanilla interrumpida la égloga, porque ya el sol llenaba de luz el cuartito.
Cuando aquella tarde con aire misterioso y enigmática sonrisa manifestaba Miguel que ella hacía esfuerzos por guardar un secreto, recibió la pobre muchacha una terrible sorpresa.
—Sí, no te hagas la interesante; ya sé que estás terminando la égloga —replicó Miguel—; pero date prisa, porque yo voy a marchar pronto de Burgos. ¡Ah!, ¿no lo sabías? En efecto, nada te había dicho —añadió con sencilla e inocente indiferencia—; pero pasado mañana saldré; voy a Valladolid a casarme. Puedes preparar algún regalillo de boda, cualquier cosilla de insignificante valor material, pero que siendo recuerdo tuyo valga más que todo el oro del mundo.
El espanto, el frío desengaño, la horrible pena, todo lo que Juanilla sufrió fue expresado en los gallardos dísticos de su hermosa égloga. Celio revela a Filis que ama a Amarinta, y Filis, ocultando sus celos y deseando la felicidad de Celio, bríndale flores, frutas, leche y queso de sus cabras, y hace votos y pide a los dioses que velen por la dicha del mancebo.
Había una ternura y una delicadeza de sentimientos verdaderamente conmovedores en los hermosísimos versos del final. Copiada la égloga con una elegante escritura española que envidiara Iturzaeta, metió la copia en un sobre, sobre el cual escribió: «Regalo de boda», y aquella misma noche, al salir D. Jerónimo y Juanita del cuarto de Miguel, trémula y pálida entregó el sobre al joven.
A la mañana siguiente habían de ir D. Jerónimo y ella a despedirle; pero al llegar a la casa supieron que el joven había estado esperando hasta hacía muy poco, pero que ya, devorado por la impaciencia, había marchado precipitadamente a la estación. Decidió D. Jerónimo ir a esta; pero Juanita, o porque se sentía sin fuerzas, o porque creía hallar, sin duda, algún consuelo en penetrar siquiera por última vez en aquella habitación en que había sido tan feliz, pasó al cuarto de Miguel. Bien se veía que la marcha de este fue precipitada; todos los muebles estaban revueltos: habíase dejado allí algunos libros, ¡ah!, y de pronto Juanita quedose helada de terror, lanzó un grito, rompió a llorar y lanzose a coger el sobre aún cerrado que contenía la égloga, y empapó en sus lágrimas aquel papel, y sintió en su corazón prendida la agudísima saeta que poco a poco hundiose hasta atravesarle; sentíase morir por la más horrible de las muertes, por la que la ingratitud da a las almas generosas.