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kim antieau

apariciones (es)

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Kate despertó al sonido de su nombre pronunciado de forma muy suave en su oído, a la sensación de un cálido aliento junto a su mejilla. Dejó que el sueño desapareciera de su lado, con el sonido y el calor, antes de abrir los ojos a la oscuridad.
-Kate -dijo de nuevo el susurro, casi un suspiro, Crujiente y casi inaudible, como todos los sonidos de las casas en la quietud de la noche.
Aún no del todo despierta, Kate encendió la luz de la cabecera de la cama. Las fantasmagóricas sombras dejaron paso a un dormitorio con el vulgar aspecto de siempre: el deslucido papel de pared color melocotón, la lámpara de cerámica pintada, sus téjanos y su blusa cuidadosamente doblados sobre una silla, un viejo aparato de televisión en blanco y negro. El sonido desapareció.
Tomó un sorbo de agua del vaso que tenía siempre en la mesilla de noche. Últimamente bebía mucha agua, como si pensara que podía lavarse por dentro si bebía la suficiente. Bostezó y se acomodó en la almohada. Los susurros no la asustaban. Se había acostumbrado a los ruidos ocasionales en las dos semanas que llevaba viviendo en aquella vieja granja del siglo XIX. Casi le hacían compañía.
Excepto que ahora estaban interrumpiendo sus sueños con mayor frecuencia de la habitual. Le gustaba disfrutar de sus sueños. En ellos, siempre se sentía bien, realizada; nadie había apuntado un bisturí hacia ella, nadie le había inyectado venenos.
Volvió a apagar la luz. Por la mañana, supuso, iba a tener que descubrir por qué la casa le hablaba.
-¿Puedo ayudarla a encontrar algo, señora Hein? -preguntó el bibliotecario. Kate alzó la vista y sonrió. Todo el mundo en Canyons insistía en llamarla señora, pese a que su apellido era distinto del de su esposo. Todo lo que sabían era que estaba casada, de modo que era la señora Hein para ellos.
-Llámeme Kate, por favor -dijo, cerrando el libro que tenía delante-. Quizá pueda ayudarme. ¿Sabe algo acerca de la granja de los Nelson?
-¿Quiere decir la casa que compró? -preguntó el hombre, sentándose junto a ella. Aquella soleada tarde de lunes, la biblioteca estaba vacía excepto por Kate y el bibliotecario-. Ha sido extensamente investigada por nuestra sociedad histórica..., de la que soy miembro. No ha sido declarada monumento histórico ni nada parecido, no tiene ningún valor arquitectónico..., pero es uno de nuestros edificios más antiguos. La sociedad posee grabados de ella y de la gente que vivió en ella. Su oficina está justo al otro lado del patio.
. -Antes de que yo la comprara, ¿perteneció siempre a los Nelson?
El hombre agitó negativamente la cabeza.
-Fue construida por una familia del este en la década de 1890. Tenían dinero, y decidieron venir aquí y volver a la naturaleza.
-Así que la gente ya hacía eso por aquel entonces, ¿eh? -dijo Kate, y se echó a reír. Una de las razones de que se hubiera mudado a Canyons era porque allí no había industrias, ni vertederos de desechos, y había mucho terreno para que uno pudiera cultivar y criar su -propia comida.
-No puedo recordar su nombre -dijo el bibliotecario-. Fueron sus dueños durante unos cincuenta años. Lugo la vendieron a un primo lejano y regresaron a Nueva York. Ese primo se casó con una Nelson, y desde entonces perteneció a la familia. Sin embargo, explotaron demasiado la tierra y no pudieron sacar provecho de ella, de modo que finalmente se fueron también. Estuvo en venta durante dos años antes de que usted la comprara.
-¿Algún rumor de sucesos... poco habituales? -preguntó Kate.
El bibliotecario miró los libros que ella tenía delante: Poltergistas y Casas embrujadas.
-Ni una palabra -dijo-, o yo lo hubiera sabido. Parece que fue un hogar completamente feliz.
-¿Algún cementerio indio en las proximidades?
El bibliotecario se echó a reír y se puso en pie.
-En absoluto. No hemos tenido indios en esa zona. Va a tener que conformarse usted con una casa de lo más normal.
-Gracias. -Recogió los libros y fue al mostrador de control. Al hojear una de las revistas que había allí, un titular llamó su atención: «Laetril: Una esperanza para el futuro.» Giró rápidamente la página. No quería volver a ver otro artículo sobre el cáncer. Cuando había descubierto que tenía cáncer los había leído todos..., tras conseguir dominar los iniciales vómitos de terror y disminuir la frecuencia de los terribles sudores nocturnos. Durante un tiempo pensó en seguir el camino «natural», curándose con comidas naturales y control mental. Al final, decidió que no podía confiar en que su mente no empeorara la enfermedad, y se sometió a la cirugía y a la quimioterapia.
Se apartó del mostrador y abandonó rápidamente la biblioteca. La rabia giró a su alrededor mientras salía a la luz del sol; la rabia se hinchaba en su interior y se convertía en miedo. Decían que ahora estaba libre del cáncer. ¿Qué sabían ellos? Dentro de veinte años, cuando cumpliera los cincuenta, probablemente tendría cáncer a causa de la quimio y tendría que pasar otra vez por todo aquello. Se estremeció y apretó el suéter contra su cuerpo. La casa. Tenía que concentrarse en la casa. Cruzó el patio y entró en la oficina de la sociedad histórica.
-¿Puedo venir a visitarte pronto? -le preguntó Jeff por teléfono-. Han pasado dos semanas, Katie. Te echo a faltar.
-Creí que tenías un encargo -dijo Kate. Arrastró consigo el largo cable del aparato mientras caminaba de un extremo a otro de la enorme cocina de la granja. Era un espacio poco económico, pero las paredes pintadas de azul y el embaldosado de cerámica holandesa la hacían sentirse acogedoramente cómoda en ella. Las blancas alacenas ascendían hasta el techo, y Kate imaginaba estantes y estantes de frascos herméticos llenos de melocotones, manzanas, tomates.
-El invierno ha llegado pronto este año aquí, de modo que lo cancelaron hasta la primavera -dijo Jeff.
-¿Hasta la primavera? -murmuró Kate, apartando la tetera del fuego. El agudo silbido descendió de tono y murió-. Eso son seis meses.
-Sí -dijo él-. Quizá entonces tú también desees volver al trabajo. Sugiero, sólo sugiero.
Kate dejó de moverse de un lado para otro.
-Estoy decidida, Jeff. Punto. Me gusta este lugar. -Hubo silencio al otro lado-. ¿Qué ocurre, no te gusta tu nueva pareja? -bromeó.
-No resulta muy divertido abrazarle, y no es mi pareja -dijo él-. Tú y yo todavía tenemos un contrato.
Eso era cierto; le debían a su editor tres libros. Ella escribía los textos y Jeff tomaba las fotos de sus libros de viajes desde que abandonaron la universidad. Acababan de decantarse hacia lugares más naturalistas (dejando a un lado los lugares turísticos) cuando Kate se había puesto enferma.
-Te quiero -dijo él. Suspiró-. Si necesitas estar todavía un tiempo sola, lo comprenderé.
Se mordió la parte interior de su mejilla para no echarse a llorar. Nunca habían estado tanto tiempo separados, y aunque había sido ella quien lo había decidido así y sólo era algo temporal, ella también lo echaba a faltar.
-Ven este fin de semana -dijo.
A Kate le gustaba la casa. En algunos aspectos le recordaba su infancia, aunque cuando pensaba realmente en ello se daba cuenta de que era la infancia de su padre lo que le recordaba. No deseaba pensar en su propio pasado. Lo que siempre había creído que había sido una infancia feliz le parecía ahora teñida con todas las cosas que hubiera habido que hacer: sus padres hubieran debido alimentarla con mejores alimentos, no hubieran debido someterla a las tensiones de una custodia de guerra cuando aún no había cumplido los veinte años, y hubieran debido saber que vivían a tres kilómetros del más tóxico vertedero de desechos de todo el estado. Se reclinó en su silla, estirando las piernas encima de la mesa. El pasado la ponía demasiado furiosa, porque era algo acerca de lo que no podía hacer nada. Era solamente una acumulación de «si...» La casa cambió, y Kate dejó que todos los pensamientos de su pasado se diluyeran. Era el pasado de la casa el que le interesaba ahora. La biblioteca y la sociedad histórica no le habían proporcionado ningún indicio de por qué la casa hacía ruidos; quizá la propia casa pudiera.
-El desván -dijo, bajando los pies de la mesa de café y levantándose. Miró por la ventana a la decreciente luz, preguntándose si deseaba realmente subir al desván de noche, especialmente el desván de una casa embrujada. Las heroínas de las novelas de terror hacían a menudo ese tipo de cosas, y siempre había pensado que era una estupidez. Se echó a reír; el sonido vibró a su alrededor, como si las paredes disfrutaran con él. Kate no le tenía miedo a la casa; y no era ninguna heroína.
El desván estaba brillantemente iluminado por una hilera de luces fluorescentes que había instalado el anterior propietario. Excepto una mesa de trabajo y varias cajas apiladas en los rincones, la estancia estaba vacía. Las pocas pertenencias de Kate estaban todavía abajo. Entre adquirir la casa y mantener un apartamento en la ciudad, le había quedado muy poco dinero para comprar muebles.
Kate se arrodilló en el suelo y empezó a examinar las cajas. Dos de ellas estaban llenas de ropa apolillada. Otra caja contenía adornos de Navidad de fabricación casera.
-Bingo -dijo Kate cuando abrió la última de las cajas y empezó a sacar papeles. Facturas yrecibos con veinte años de antigüedad. Rebuscó más y encontró varias cartas. Eran cartas de noticias y habladurías de algunos familiares que les preguntaban a los Nelson cómo les iba su nueva vida rural. En el fondo de la caja había tres cartas escritas por Agatha Nelson a tía Betty Carens que nunca habían sido enviadas por correo: «El ternero recién nacido va mejor... Necesitamos lluvia... Hemos dejado a las vacas sueltas por los pastos y se están atiborrando...» Doblada en el interior de la tercera carta de Agatha había una página escrita con una letra distinta, con la tinta casi borrada: «...Mira lo que encontré en el desván», había escrito Agatha. «Nellie Smith fue una de las propietarias originales. Por favor, devuélvemela...»
Smith y Nelson. Una granja absolutamente americana. La hoja escrita por Nellie Smith era como un fragmento de diario, dirigido a nadie en particular. Describía la granja y luego la casa: «La casa ya está terminada, y nos hemos instalado en ella. Me gusta estar aquí, lejos de la ciudad. Es como si en esta casa no hubiera ni pasado ni futuro, sólo el ahora..., y como si todo fuera un mismo tiempo y lo que ocurrió o tenga que ocurrir no importaran...»
Kate sonrió y se metió la hoja en el bolsillo para mostrársela más tarde a Jeff. Quizá un día desarrollara la misma filosofía que Nellie y nada le importara tampoco a ella. Apagó las luces y bajó las escaleras.
-Eres demasiado vulgar -dijo Kate-. Quizá por eso estás embrujada.
Subió té de hierbas y galletas de mantequilla de cacahuete a su dormitorio y puso una comedia romántica de los años cincuenta en la televisión. Se enfrascó en el libro sobre casas embrujadas. No le dijo nada nuevo. La gente muerta embrujaba las casas donde había vivido. Punto.
Cerró de golpe el libró y abrió el que hablaba de poltergistas. Normalmente eran fenómenos de corta duración que afectaban a una sola persona, a menudo un adolescente con problemas. No se le había ocurrido que ella misma fuera la causa de los sonidos, que tal vez todo estuviera en su cabeza. No era una adolescente con problemas, pero tampoco era una adulta particularmente feliz.
Cuando despertó aquella noche, el único ruido que oyó procedía del estanque al otro lado de la colina de la parte de atrás. Se sentó en la cama y bebió un poco de agua. El reloj marcaba las 2:45.
Sintiéndose irritable, Kate saltó de la cama y bajó las escaleras. Desde hacía casi dos años no había dormido de un tirón ni una sola noche.
Tomó una naranja de la nevera y fue al salón, y se dejó caer en su sillón. A través de las abiertas cortinas podía ver el patio trasero, con un cierto aspecto de cuento de hadas a la luz de la luna.
-Kate -susurró la habitación.
Kate se tensó en su asiento y miró a su alrededor. Estaba bañada por un resplandor blanco -la luz de la luna-, y por algo más en el centro de la habitación.
Oscilando entre el ser y el no ser. había una mujer. Kate parpadeó. La mujer parecía estar sentada, con los brazos extendidos, las manos apoyadas planas sobre algo. La imagen vaciló, y Kate creyó percibir algo más sentado cerca de ella. La imagen se hizo imprecisa y desapareció.
Kate permaneció sentada, muy inmóvil, durante largo rato. Cuando el reloj dejó oír las cuatro, volvió escaleras arriba.
A la mañana siguiente Kate seguía sin estar asustada, y aquello la sorprendió. La gente normal no ve fantasmas. Quizá la quimio había tocado un poco su cerebro, o lo había abierto a nuevas experiencias. Dio un largo paseo por su propiedad, y luego pasó el resto del día poniendo la casa en orden. Le costaba esperar a que se hiciera oscuro.
Después de cenar leyó un libro para dormirse, y no se sorprendió cuando se despertó poco antes de las tres.
Se apresuró escaleras abajo y se sentó en su sillón, aguardando a la mujer de blanco, concentrándose sólo en verla. Entonces, como si fuera algo completamente natural, allí estaba la mujer de nuevo. Esta vez, mientras aparecía a su vista, Kate comprobó que no vestía realmente de blanco, sino que había como una especie de resplandor en torno a su cuerpo. La imagen osciló y se solidificó. Cinco personas estaban sentadas en torno a una mesa, con las manos unidas. No reconoció a ninguna de ellas de las fotos que había visto de los Smith y de los Nelson.
-¿Kate? ¿Estás ahí? -susurró la voz. La mujer alzó la vista, y su cabeza se movió como a cámara lenta, y el halo luminoso que la rodeaba se agitó y luego se inmovilizó cuando ella detuvo su movimiento.
Parecía como si estuvieran celebrando una sesión. Kate recordó haber mantenido sesiones como aquella al aire libre, en los campamentos, cuando era una Girl Scout. Había sido una excusa para reír y gritar. Estas personas parecían completamente serias. ¿Y estaban llamándola a ella? Era imposible. Ellos eran los fantasmas; ella estaba viva. Tenía que tratarse de otra Kate.
Vacilante, se puso en pie y avanzó.
-Puedo sentir algo -dijo uno de los reunidos en un susurro, y sus palabras flotaron por la casa como una brisa a través de las secas hojas de otoño.
-Kate, si estás ahí, danos una señal -dijo la mujer de pelo oscuro.
Kate rió quedamente, de nuevo una Girl Scout.
-Estoy aquí -dijo.
La mujer asintió, como si lo hubiera estado esperando.
-¿Cómo estás, Kate Hein? -preguntó la mujer.
Sorprendida, Kate dejó de andar en torno al círculo.
-¿Qué? ¿Cómo?
-No te asustes -dijo la mujer.
-Pregúntale por Jenny. ¿Has visto a mi hija Jenny? Lleva muerta tres semanas -dijo otra mujer.
-Dejadme... -trató de interrumpir la mujer de pelo oscuro.
-¿Puedes decirnos cómo es? ¿El estar muerta? -preguntó un hombre.
Kate retrocedió y tropezó con una mesa. Cinco cabezas se volvieron hacia ella.
-Mirad, está ahí.
Alguien gritó. El reloj empezó a tocar las horas. La imagen se desvaneció.
Kate inspiró profundamente, atenta a su propio corazón. El silencio de la casa resonaba en sus oídos. Su camisón de algodón era suave sobre su piel. Su boca estaba seca. Y notó el suelo firme bajo sus pies. Vio la luna allá fuera. Tenía que estar viva. Se pellizcó el brazo; le dolió.
¿Qué estaba ocurriendo? ¿Había muerto en la mesa de operaciones y aquello era el infierno? No, era demasiado agradable. Quizás el cielo. Era como morir y no descubrirlo a menos que alguien te llamara a través de una sesión.
Corrió al teléfono y marcó el número de su apartamento.
-¿Jeff? Soy Kate. Jeff, tienes que decírmelo. ¿Morí cuando fui operada?
-¿Qué? -preguntó él con voz soñolienta-. ¿De qué estás hablando? ¿Te encuentras bien? Claro que no moriste.
-¿Cómo lo sé? -preguntó, y entonces se dio cuenta de que él no lo sabría si también formaba parte de todo. Aquello era una locura. Imposible. Tenía que haber otra razón.
-Vengo ahora mismo, Kate; estaré ahí mañana por la noche -dijo él.
No puso ninguna objeción. Le dijo que condujera con cuidado, y colgó. Sentada en la cocina, escuchó a los pájaros despertar uno a uno.
No quería seguir trabajando. Se lo había dicho a Jeff durante el tratamiento.
-Quiero vivir en el campo y gozar de la vida -dijo-. Todo lo que necesitaré es comida, y puedo cultivarla y criarla yo misma.
-¿Por qué no podemos vivir en el campo y seguir trabajando? -había preguntado Jeff.
-No he dicho nosotros -señaló ella-. No voy a obligarte a vivir en el campo. Lo odias.
-¿Cómo puedes saberlo, cuando ni yo mismo lo sé?
Una cosa de su pasado que ella no cambiaría nunca era Jeff. Siempre lo había tenido a su lado cuando lo necesitaba, dispuesto a apoyarla. Cuando se había puesto enferma, se dio cuenta de que se estaba apartando de él, medio furiosa con él todo el tiempo.
Ahora lo deseaba de nuevo a su lado. Miró otra vez a través de la ventana. Pronto sería oscuro y no quería estar sola, no quería pensar que estaba muerta.
Tenía que existir alguna otra explicación. Pensó en el fantasma de la mujer de pelo oscuro y en sus compañeros, e intentó recordarlo todo: quizá los detalles pudieran ayudarla. La mujer que había preguntado por Jennifer llevaba un blusón rojo que encajaba con su brillante pelo, también rojo; la mujer del pelo oscuro llevaba téjanos y un suéter; uno de los hombres parecía como si llevase una bata. Podía ver sus rostros con la suficiente claridad como para describirlos. La mesa tenía una superficie brillante, quizá un cristal, que reflejaba la luz de una única vela. ¿Eran gente de alguna otra parte del mundo, con sus pensamientos unidos a los de ella?
Eso no explicaba por qué creían que estaba muerta.
El coche de Jeff entró en el camino de grava. Jeff salió del coche con aspecto preocupado y corrió hacia la casa. Kate abrió la puerta y se abrazaron. Olía a Jeff, un cálido aroma almizcleño que le hizo apretarse fuerte contra él.
-Te eché a faltar tanto -dijo.
El la apartó y la miró.
-¿Estás bien? -preguntó.
-Ven dentro. Te lo contaré todo.
Le relató sus experiencias mientras tomaban té y comían una ensalada de brillantes colores, y algo del miedo la abandonó mientras hablaba. Jeff aceptó la historia tal cual, como ella había esperado que haría.
-¿Así que pensaste que estabas muerta?
Ella hizo una mueca y luego sonrió.
-Nunca reacciono de forma excesiva a las cosas,' ¿verdad?
-Oh, no -dijo él-. Cuando supiste que estabas enferma, llamaste para que tuvieran lista tu lápida para el día siguiente.
-Afortunadamente, decidí no tentar la suerte -respondió ella, riendo-. Bajemos esta noche y veamos si puedes descubrir lo que ocurre. ¿Estás dispuesto?
-Me echaré un poco después de cenar, y puedes despertarme cuando sea el momento.
Kate ayudó a Jeff a meterse en la cama, arropándole como si fuera un niño.
-Dejé algunas cosas en el coche -murmuró él antes de quedarse dormido.
Kate encendió las luces de fuera y salió. Dentro del coche estaban todas sus plantas, tres maletas, y Lockheart, su gata, dormida sobre un montón de ropa. Abrió los ojos, maulló y se desperezó. Kate agitó la cabeza y cogió a la gata en brazos. Primero protestó; se había acostumbrado al coche, pero pronto se dio cuenta de que Kate era más cálida.
Kate no había deseado ni la gata ni las plantas, y sintió una punzada de irritación mientras descargaba el coche. Todo aquello requería responsabilidades. Las plantas necesitaban agua: los gatos tenían que ser alimentados. Y la gente se ponía enferma y moría. Claro que Jeff no podía llamar a sus vecinos a las tres de la madrugada y pedirles que cuidaran de la gata y de las plantas mientras estaba fuera.
Una vez dentro. Lockheart olisqueó su caja de dormir y luego se fue escaleras arriba a dormir con Jeff. Igual que en casa, pensó Kate.
Cuando se sintió cansada, fue a la cama y se acurrucó junto a Jeff y la gata. A las 2:30 despertó a Jeff. Cerraron la puerta a sus espaldas y bajaron al salón, donde se sentaron en la oscuridad hasta que fueron casi las tres. Kate empezó a preguntarse si iba a ocurrir algo; quizá lo había imaginado todo. Luego la mujer parpadeó y se hizo visible.
-Kate Hein, vuelve a nosotros. No queremos asustarte -dijo la mujer. Los otros se le unieron.
-¿Los ves? -susurró Kate. Se sintió aliviada cuando Jeff asintió; no eran imaginaciones suyas.
Kate se levantó y fue hacia ellos. Esta noche podía ver más detalles: un aparador detrás de la mesa, un lunar en la mejilla del hombre de la izquierda, una ventana.... su ventana.
-Danos una señal -dijo la mujer.
Adelantando una mano hacia la luz. Kate tomó una taza del aparador. No podía sentirla, pero siguió su movimiento y se estrelló contra el suelo. Todos se sobresaltaron.
Kate retiró la mano. El reloj sonó. Miró a Jeff. y la imagen se desvaneció.,
Jeff tanteó hasta encontrar el interruptor de la luz. y se sentaron.
-Déjame reponerme un minuto -pidió Jeff.
Kate oyó a la gata maullar arriba. Subió y la dejó salir.
-Parecían diferentes -dijo Jeff cuando ella volvió abajo-. ¿No te parece? Sus ropas. Esa habitación. Era como ésta, pero un poco distinta.
-Lo sé. Las ropas no eran de corte antiguo -dijo Kate. Sonrió-. No como las que yo esperaría de unos fantasmas.
-Te llamaron -dijo él. Quizá haya otra Kate Hein en alguna parte.
-¿Y la están llamando a esta casa? Improbable -dijo ella-. ¿Por qué estarían en esta habitación, en esta casa, llamándome? ¿Por qué creen que estoy muerta? ¡No lo estoy!
-Lo estarás algún día en el futuro -dijo él-. En un lejano, lejano futuro.
-Estaré muerta en el futuro. Sí. eso es cierto -murmuró ella, excitada de pronto-. Ahora no estoy muerta pero lo estaré en el futuro, Jeff, así que ellos pueden ser del futuro. En vez de celebrar una sesión e intentar atraer a mi yo muerto, sondean el pasado, conmigo en él.
-¿Una especie de viaje por el tiempo?
-Supongo -respondió ella, caminando de un lado a otro de la habitación-. Quizás en el futuro esta casa esté embrujada..., extraños ruidos por la noche, cosas así. Quizá yo envejezca y muera aquí. Piensan que soy yo la que embruja la casa, así que me llaman. Para mí la casa también está embrujada, ¡pero está embrujada por el futuro! Una ventana que se abre en las dos direcciones.
Se echó a reír.
-¡Piensa en ello! Quizá muchas de las calificadas como casas embrujadas son en realidad ventanas en el tiempo..., escenas del futuro o del pasado parpadeando en uno y otro sentido sin que nadie llegue a sospecharlo nunca porque ambos lados creen que están en la misma región.
-Ésa es una explicación mejor que la primera -dijo Jeff.
Lockheart saltó al regazo de Jeff, y éste acarició su lomo.
-Desearía que hubiera una de esas ventanas en la casa donde crecí -dijo Kate, deteniéndose para mirar hacia el patio.
Jeff suspiró.
-¿Por qué? ¿Para poder decirle a la pequeña Katie que comiera cosas sanas y se alejara del vertedero? ¿Qué conseguirías con ello? Tus padres te llevarían a un psiquiatra y tú crecerías aterrorizada por esa mujer que te había dicho que ibas a enfermar de cáncer -dijo Jeff-. No puedes cambiar el pasado.
Ella cruzó la habitación y se dejó caer de rodillas delante de la silla de él.
-Pero quizá pueda cambiar el futuro. Esa gente sabe quién soy por alguna razón: y en su tiempo estoy muerta. Pueden decirme por qué y cómo. Podré saber. -Cogió sus manos-. Podré dejar de tener miedo. No más «si...»
-Katie -dijo él, sujetando el rostro de ella entre sus manos-. ¿Qué importa eso? No puedes vivir ni el futuro ni el pasado. ¿Qué ocurrirá si descubres que vas a morir dentro de dos años o vas a morir terriblemente pobre o vas a ganar el Pulitzer o vas a vivir hasta los cien? ¿Quieres saber realmente cualquiera de esas cosas antes de tiempo?
Ella se apartó de él.
-¿Cómo puedes entender? ¿Cómo puedes estar sentado aquí y fingir que comprendes? ¡Tú no llevas una bomba de tiempo en tu interior!
-¿Es por eso lo que has estado tan furiosa conmigo? -preguntó él-. ¿Porque yo no he enfermado? Bien, ¿cómo sabes que yo no llevo una «bomba de tiempo» en mi interior? -Se levantó, dispuesto a abandonar la habitación. Ella lo sujetó del brazo.
-¿No lo entiendes? Es de eso de lo que tengo miedo.
La casa parecía más cálida y viva a la mañana siguiente. Lockheart trepó por las alacenas mientras Jeff preparaba el desayuno.
-Probé de nuevo el tractor el otro día -dijo Kate mientras i desayunaban-. Todavía funciona. Me gustaría que fuera primavera para poder plantar. Todo orgánico. Así tendré el completo control.
-¿Tendré? ¿No vas a dejar que yo te ayude?
-Es algo que deseo hacer por mí misma -respondió ella-. Además, dudo que estés aquí mucho tiempo, ¿no? ¿Qué harías ahí fuera?
-Comer lo que tú cultivaras -dijo él-. Ésta es una parte interesante del asunto. Podríamos volver a los libros sobre la naturaleza. Me casé contigo para lo mejor y para lo peor. ¿Acaso no hicimos los dos los votos?
-Eso no tiene gracia -dijo Kate.
-Ni lo pretendía, Katie -dijo él-. Quiero estar contigo, pero solamente en el aquí y ahora, no contigo furiosa sobre el pasado y preocupándote sobre el futuro.
Kate miró su comida y deseó que llegara la noche.
Saltó con cuidado de la cama, procurando no despertar al gato ni a Jeff.
-No me lo digas -murmuró Jeff-. Sea lo que sea lo que averigües, no quiero saberlo.
Ella fue a responderle, pero en vez de ello salió de puntillas de la habitación y bajó las escaleras. Se sentó en el sillón, aguardando al futuro y pensando en el pasado.
Lo que no le gustaba del pasado era que no tenía control sobre él; había confiado que el mundo la dejara crecer sin causarle daño, y el mundo le había fallado. Su doctor le había dicho que no tenía que echarle la culpa de su enfermedad a nada: era una combinación de factores, nada sobre lo que ella pudiera hacer nada ahora. Sintió la rabia crecer en su interior. Nada que ella pudiera hacer ahora, pero pronto iba a saber su futuro, y estaría preparada.
¿Pero iba a darle eso más oportunidades? ¿O simplemente haría que se sintiera como una marioneta o un actor representando su papel?
¿Formaba Jeff parte del futuro? ¿Jeff, la gata, y las plantas que la gata estaba comiéndose constantemente? Sonrió. Le gustaba mucho más la casa con ellos dentro.
La mujer cobró vida en medio de un resplandor lechoso, seguida por los demás.
-¿Estás ahí, Kate Hein? -susurró la mujer.
-Estoy aquí -respondió Kate.
Los reunidos se miraron unos a otros, luego miraron a su alrededor.
-Pregúntale -dijo la otra mujer.
-Kate, la señora Packard desea saber si has entrado en contacto con su hija Jennifer. Jenny murió hace poco.
Kate miró a la habitación a su alrededor. Las plantas creaban puntiagudas siluetas en la oscuridad. Arriba oyó a Lockheart rascar la puerta. Se acarició el estómago, donde aún sentía el calor del cuerpo de Jeff apretado contra el suyo mientras dormían.
-Dile a señora Packard que Jennifer está aquí con nosotros, y que le envía todo su amor -murmuró.
El reloj sonó tres veces, y la ventana se cerró.
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