llanero (es)
La más hermosa muchacha abordo resultó tener un marido con hábitos tan solitarios que no supe de él hasta la segunda semana. él tenía un metro y medio de estatura y edad mediana, pero tenía un tatuaje de una llamarada solar en el hombro, lo que significaba que había estado en Kzin durante la guerra de hacía treinta años y que había sido entrenado para matar kzinti adultos usando sus manos desnudas, pies, codos, rodillas y otras partes de su cuerpo. Cuando nos encontramos, muy decentemente me dio una advertencia previa, y rompió mi brazo para probarme que hablaba en serio.
El brazo todavía dolía al día siguiente, y todas las otras mujeres del Lensman tenían más de doscientos años. Bebí solo. Miré malhumoradamente al espejo detrás del bar curvado. El espejo me miró malhumoradamente.
- Eh. Usted, de Lo Hicimos Nosotros ¿Qué soy yo?
Estaba a dos sillas de distancia, y resplandecía. Sin la barba hubiera tenido una cara redonda, casi petulante... creo. La barba, corta, negra y cuidadosamente cortada, lo hacía parecer una cruza entre Zeus y un bulldog enojado. El resplandor venía con la barba. Sus dedos cuadrados sujetaban un gran bulbo para beber en un apretón mortal. Una gran barriga se juntaba con sus anchos hombros para hacerlo parecer más macizo que gordo.
Obviamente me hablaba a mí. Pregunté - ¿Qué quiere decir con que es usted?
- ¿De donde soy?
- La Tierra. - Era obvio. El acento decía Tierra. También la barba en estilo conservadoramente simétrico. Su respiración era inconscientemente natural en la atmósfera estándar de la nave, y su figura había sido forjada a uno punto cero ge.
- ¿Entonces qué soy yo?
- Un Llanero.
El resplandor aumentó. El obviamente había llegado al bar antes que yo. - ¡Un Llanero! Maldición, dondequiera que voy, soy un Llanero. ¿Sabe cuantas horas llevo en el espacio?
- No. Suficientes para saber como usar un bulbo de beber.
- Gracioso. Muy gracioso. En todo el espacio humano un Llanero es un campesino que nunca se eleva por encima de la atmósfera. En todas partes excepto en la Tierra. Si usted es de la Tierra, usted es un Llanero por el resto de su vida. Por los últimos cincuenta años he estado moviéndome por el espacio humano. ¿Y qué soy? Un Llanero. ¿Por qué?
- Terrano es un término torpe.
- ¿Y qué es un LoHicimosNosotrosiano? - preguntó.
- Soy un Estrellado. He nacido a mas de cien kilómetros de Ciudad Accidente, pero soy un Estrellado de todos modos.
Con eso me gané una sonrisa. Pienso. Era difícil de decir por la barba. - Suerte que no es un piloto.
- Lo soy. Lo era.
- Está bromeando. ¿Dejan a un Estrellado conducir una nave?
- Si es bueno en eso.
- No deseaba irritarlo, señor. ¿Puedo presentarme a mí mismo? Mi nombre es Elefante.
- Beowulf Shaeffer.
Me compró un trago. Le compré un trago. Resultó que ambos jugábamos gin, de modo que llevamos nuestras nuevas copas a una mesa de cartas...
Cuando yo era niño, solía quedarme cerca del límite de Puerto Accidente mirando llegar las naves. Miraba la chusma de los pasajeros dejar las portillas e ir agrupados hacia los aduaneros, y me preguntaba por qué parecían tener problemas de navegación. La mayoría de los nacidos en las estrellas caminaban siempre en líneas ondulantes, oscilando y pestañeando con ojos lacrimosos contra el sol. Solía pensar que era porque venían de diferentes mundos, con diferentes gravedades y diferentes atmósferas entre soles diferentemente coloreados.
Más tarde aprendí la verdad.
No hay ventanas en una astronave de pasajeros. Si las hubiera, la mitad de los pasajeros enloquecerían; hace falta una mentalidad inusual para mirar la apariencia de punto ciego del hiperespacio y aún así conservar los propios pensamientos. Para los pasajeros no hay nada que ver y nada que hacer, y si a usted no le gusta pasar leyendo dieciséis horas por día, entonces usted bebe. Es mejor beber en compañía. Se bebe menos, sabiendo que se debe mantener una parte de la conversación. El doctor de la nave ha curado más resacas que todas las otras funciones combinadas, incluyendo manicuras y cortes de cabello.
La nave aterrizó en Los Angeles dos días después de que conocí a Elefante. él había sido un buen compañero de bebida. Habíamos quedado parejos en el juego, él con su agudo sentido de las cartas, yo con mi suerte habitual. Por la charla, sabíamos tanto de cada uno de nosotros como lo que cualquiera sabe acerca de cualquier otro. En cierto modo, estaba triste de verlo partir.
- ¿Tienes mi número?
- Si. Pero como dije, no sé exactamente que estaré haciendo. - Estaba diciendo la verdad. Cuando exploro un mundo civilizado, me gusta hacer mis propios descubrimientos.
- Bien, llámame si tienes una oportunidad. Quisiera que cambiases de opinión. Me gustaría mostrarte la Tierra.
- No, pero gracias. Adiós, Elefante. Ha sido divertido.
Elefante giró y se alejó a través de la puerta de los nativos. Yo me fui a encarar a los cazadores de contrabandistas. El último trago estaba todavía conmigo, pero podía curarme de eso en el hotel. Nunca esperé ver a Elefante de nuevo.
Nueve días antes yo había estado en Jinx. Yo había sido rico. Y había estado deprimido.
El dinero y la depresión habían venido de la misma fuente. Los titiriteros, esos cobardes profesionales con tres piernas y dos cabezas, me habían inducido a probar un nuevo tipo de nave todo el camino hasta el centro de la galaxia, a treinta mil años luz de distancia. El viaje era para propósitos publicitarios, para conseguir dinero e investigar el modo de pulir las imperfecciones de ese mismo tipo de nave.
Supongo que debí haber tenido más sentido, pero nunca lo tuve, y el dinero era mucho. El problema es que el Núcleo había explotado para cuando fui allí. Las estrellas del Núcleo habían entrado en una reacción en cadena de novas hace diez mil años, y una ola de radiación estaba aún entonces (y aún ahora) avanzando a través del espacio.
En cerca de veinte mil años todos nosotros estaremos en peligro mortal.
¿Usted no está preocupado? A mí tampoco me importa demasiado. Pero cada Titiritero en el espacio conocido se desvaneció de la noche a la mañana, corriendo hacia Finagle sabe cual galaxia.
Yo estaba deprimido. Había perdido a los Titiriteros y odiaba saber que yo era el responsable de su huida. Tenía tiempo, dinero y una negra melancolía para entretenerme. Y siempre deseé ver la Tierra.
La Tierra olía bien. Había un aroma conocido en ella, un aroma respirado, distinto a cualquiera que yo hubiera conocido. Era la diferencia entre el agua de manantial y el agua destilada. En alguna parte de cada aspiración que yo hacía había moléculas respiradas por Dante, Aristóteles, Shakespeare, Heinlein, Carter, y mis propios ancestros. Trazas de pasadas industrias flotaban en el aire, sentidas, si no olidas: gasolina, humos de carbón, tabaco y filtros de cigarrillos quemados, humos de diesel, cervecerías. Dejé la aduana con los pulmones inflados y un aspecto interrogante.
Pude haber tomado una cabina de transporte directamente hasta el hotel. Decidí caminar un poco primero.
Cada uno en la Tierra había tomado la misma decisión.
La acera rodante estaba tan atestada como nunca imaginé. Los había de todas las formas y tamaños, y vestían en extrañas y abigarradas formas. Colores cambiantes asaltaban al ojo y lo dejaban girando. En cualquier mundo del espacio humano, cualquier mundo excepto uno, usted sabe de inmediato quienes son los nativos. ¿Wunderland? Barbas asimétricas marcan a la nobleza, y la gente común se aparta rápidamente de su camino. ¿Lo Hicimos Nosotros? La palidez de nuestras pieles en invierno y verano; en primavera y otoño, el hecho de que todos corremos escaleras arriba, sobre las ciudades enterradas y hacia el desierto florido, ansiosos de saborear la luz del sol mientras los vientos asesinos están descansando. ¿Jinx? Los nativos son bajos, anchos y fuertes; el apretón de manos de una dama anciana puede triturar acero. Aún en el Cinturón, en el Sistema Solar, un corte en cinta Espaciero adorna a hombres y mujeres. ¡Pero en la Tierra!
No hay dos que se vean iguales. Los hay rojos y verdes y azules, amarillos y anaranjados, cuadriculados y a rayas. Estoy hablando de sus cabellos, usted me entiende, y de sus pieles. Toda mi vida he usados píldoras de secreción de bronceado para protegerme contra los rayos ultravioletas, de modo que mi color de piel ha variado desde su natural blanco - rosado (soy un albino) hasta (bajo una estrella blanquiazul) negro total. Pero nunca supe que existían otras píldoras colorantes de piel. Quedé enraizado en la acera, dejando que me llevara donde sea, mirando el increíblemente abigarrado enjambre a mí alrededor. Todos ellos tenían codos y rodillas. Al día siguiente tendría moretones.
- ¡Eh!
La muchacha estaba cuatro o cinco cabezas más lejos, y era baja. Nunca pude haberla visto si todos los demás no hubieran sido bajos también. Los Llaneros raramente superan el metro ochenta. Y allí estaba esta chica, su cabello una explosión topológica de arremolinante naranja y plateado, su cara con un esfumado y sutil verde, con las cejas y labios de negro espacio, agitando algo y gritándome.
Agitando mi billetera.
Forcé mi camino hasta que estuvimos lo bastante cerca para tocarnos, hasta que pude oír lo que ella estaba diciendo por encima del ruido de la multitud.
- ¡Estúpido! ¿Dónde está su dirección? ¡Ni siquiera tiene lugar para una estampilla!
- ¿Qué?
Me miró sobresaltada. - ¡Ah! Usted es un extramundano.
- ¡Sí! - Mi voz se rendiría rápidamente a este nivel de ruido.
- Bueno, mire... - Ella empujó para acercarse a mí. - Mire, usted no puede ir por allí con una billetera de extramundano. La próxima vez que alguien se la robe podría no darse cuenta hasta que usted se haya ido.
- ¿Usted robó mi billetera?
- ¡Seguro! ¿Piensa que la encontré? ¿Arriesgaría mi preciosa mano bajo todos esos pies?
- ¿Cómo llamo a un policía?
- ¿Policía? Ah, un cuelloduro. - Se rió alegremente. - Aprenda o muera, hombre. No hay ley contra el carterismo. Mire a su alrededor.
Miré a mi alrededor, luego me volví rápido, temeroso de que ella desapareciera. No sólo mi dinero, sino mi cheque del Banco de Jinx por cuarenta mil estrellas estaban en mi billetera. Todo lo que tenía.
- ¿Ve toda esa gente? Sesenta y cuatro millones sólo en Los Angeles. Dieciocho mil millones en el mundo entero. Suponga que hubiera una ley contra el carterismo. ¿Cómo podría aplicarla? - Diestramente extrajo el dinero de mi billetera y me la alcanzó de vuelta. - Consiga una nueva billetera, y rápido. Debe tener un lugar para su dirección y una ventana para una estampilla de diez centavos. Ponga su dirección y una estampilla, también. Entonces el siguiente que la tome puede quitar el dinero y arrojar la billetera en el primer buzón, sin sudar. De otro modo usted perderá sus tarjetas de crédito, sus identificaciones, todo. - Ella introdujo doscientas estrellas y cambio en efectivo entre sus pechos, me sonrió y se alejó.
- Gracias, - le dije. Si, lo hice. Todavía estaba enojado, pero ella obviamente se había quedado para ayudarme. Con la misma facilidad pudo quedarse la billetera y todo lo demás.
- Sin cargo, - me contestó, y se fue.
Me detuve en la primera cabina de transporte que pude ver, arrojé media estrella en la ranura y disqué el número de Elefante.
El vestíbulo era intimidante.
Yo había esperado un vestíbulo. ¿Porqué poner una cabina de transporte dentro de tu propia casa, donde cualquier ladrón podrá entrar sólo marcando tu número? Cualquiera que pueda afrontar el costo de tener una cabina de transporte privada también puede costear un vestíbulo con una puerta cerrada y un intercomunicador.
Había un vestíbulo, pero era del tamaño de un living, amueblado con sillas masajeadoras y un autovendedor. Había un intercom, pero era un videófono plano, de trescientos años, restaurado tal vez a cien veces su costo original. Había una puerta cerrada; era una puerta de dos hojas de algo que lucía como bronce pulido, con dos enormes manijas pulidas, y se elevaba a cinco metros de altura.
Yo había sospechado que Elefante estaba bien cubierto, pero esto era demasiado. Se me ocurrió que yo no lo había visto completamente sobrio, que en realidad había rechazado su oferta de guía, que un simple tratamiento de la resaca podría haberme borrado de su memoria. ¿Debería tan sólo irme? Yo había deseado explorar la Tierra por mí mismo.
¡Pero yo no conocía las reglas!
Salí de la cabina y miré la pared trasera. Era todo una ventana de imagen, con nada afuera; sólo un cielo azul con nubecitas. Que raro, pensé, y me acerqué más. Y más.
Elefante vivía en la mitad de un precipicio. Un precipicio de dos kilómetros.
El teléfono sonó.
A la tercera llamada atendí, mayormente para detener el ruido capaz de perforar los tímpanos. Una voz arrogante preguntó: - ¿Hay alguien allá afuera?
- Me temo que no, - dije. - ¿Vive aquí alguien llamado Elefante?
- Voy a ver, señor, - dijo la voz. La pantalla no se había encendido, pero yo tenía la sensación de que alguien podía verme claramente.
Los segundos se arrastraron. A medias pensaba en volver a la cabina de transporte y discar al azar. Pero sólo a medias, ese era el problema. Entonces la pantalla se encendió, y allí estaba Elefante. - ¡Bey! ¡Cambiaste de idea!
- Si. No me dijiste que eras rico.
- Tu no preguntaste.
- Bueno, no, por supuesto que no.
- ¿Cómo esperas aprender cosas si no preguntas? No contestes eso. Espérame, estaré allí de inmediato. ¿Cambiaste de idea? ¿Me dejarás mostrarte la Tierra?
- Si, lo haré. Estoy asustado de salir solo.
- ¿Porqué? No contestes. Dímelo en persona. - Colgó. Segundos después las grandes puertas de bronce se abrieron con un ruido que estremecía los huesos. Apenas dejaron espacio para que pasara Elefante. él me introdujo, sin darme tiempo a orientarme, me puso una bebida en la mano y me preguntó por qué temía ir afuera.
Le conté acerca de la carterista, y el se rió. Me contó acerca de la vez que trató de salir durante el verano de Lo Hicimos Nosotros, y yo reí, pensando que había oído acerca de extramundanos que fueron arrastrados hasta el Hades haciendo la misma cosa. Sorprendentemente allí estábamos de nuevo. Era exactamente como había sido en la nave, hasta en el final de la anécdota de Elefante. - Me llamaron llanero tonto, por supuesto.
- Estuve pensando acerca de eso, - dije.
- ¿Acerca de qué?
- Dijiste que darías mucho por hacer algo completamente original, así la próxima vez que alguien te llame un llanero, podrías acorralarlo y forzarlo a escuchar tu historia. Lo dijiste varias veces.
- No dije exactamente eso. Pero me gustaría tener alguna historia que contar, algo como tu episodio con la estrella neutrón. Aún para decírmelo a mí mismo. El tonto extramundano no lo sabría, pero yo sí.
Asentí. Había hablado acerca de mi aventura en la estrella neutrón sobre las cartas de gin (es un hábito que he desarrollado para distraer a mis oponentes) y Elefante había estado sumamente impresionado.
- He pensado en un par de cosas que podrías hacer, - dije.
- Escúpelas.
- Uno. Visitar el mundo hogar de los Titiriteros. Nadie ha estado allí, pero todos saben que hay uno, y todos saben que difícil es encontrarlo. Podrás ser el primero.
- Grandioso. - Pensó por un momento. - ¡Grandioso! Y los Titiriteros no podrían detenerme porque se han ido. ¿Dónde está el mundo hogar de los Titiriteros?
- No lo sé.
- ¿Cuál es tu segunda idea?
- Preguntarle a los Exteriores.
- ¿Cómo?
- No hay un sistema en la galaxia del que los Exteriores no lo sepan todo. No sabemos que tan lejos llegó el imperio de los Titiriteros, pienso que mucho más allá del espacio conocido, pero si sabemos acerca de los Exteriores. Ellos conocen la galaxia como la palma de sus... eh... Y ellos trafican en información; es casi el único negocio que hacen. Pregúntales cuál es el mundo más inusual que conocen a nuestro alcance.
Elefante estaba asintiendo gentilmente. Había una extraña mirada en sus ojos. Yo no había estado seguro de que él fuera serio acerca de algún logro único. El sí.
- El problema es - dije -, que la idea de un Exterior acerca de lo que es único podría no... - Me detuve porque Elefante se levantó y medio corrió hacia el videófono.
Yo no lo sentía. Me daba una oportunidad de bostezar en privado.
He estado en casas mayores que la de Elefante. Mucho mayores. Crecí en una de ellas. Pero nunca he estado en un cuarto que golpee el ojo como el living de Elefante lo hacía. Era más que un living, era una ilusión óptica, el opuesto de esas nerviosas imágenes en blanco y negro que nos muestran en las conferencias acerca de cómo vemos. Esos hijos clínicos del op art dan la ilusión del movimiento, pero el living de Elefante daba la ilusión de quietud. Un físico hubiera amado la aislación acústica. Algún decorador de interiores se había hecho famoso por su trabajo allí, si no lo había sido antes, en cuyo caso se había vuelto rico. ¿Cómo podía calzar el alto y delgado Beowulf Shaeffer en una silla diseñada para las medidas del bajo y ancho Elefante? Sin embargo, yo estaba flojo como si careciera de huesos, benditamente relajado, usando sólo los músculos necesarios para sostener un vaso de doble pared de un trago suave, de singular sabor, extrañamente refrescante llamado Cerveza Tzlotz.
Un vaso que no podría vaciar. En algún lugar del cristal había un diminuto motor de transferencia conectado al bar, pero la luz reflejada en el cristal lo ocultaba. Otra ilusión óptica, y una que pudo haber llevado a hombres buenos al alcoholismo agudo. Debería vigilar eso.
Elefante regresó. Caminaba como si su masa fuera de toneladas, como si cualquier kzinti lo bastante tonto como para colocarse en su camino terminara con un bajo y ancho agujero en sí. - Todo hecho - dijo -, Don Cramer hallará el navío Exterior más cercano y hará mi pedido por mí. Deberíamos oír una respuesta en un par de días
- Está bien. - Dije, y le pregunté acerca del farallón. Resultó que estábamos en las Montañas Rocosas y que él poseía cada centímetro cuadrado de la cara casi vertical del precipicio. ¿Porqué? Recordé los dieciocho mil millones de la Tierra y me pregunté si de otro modo lo habrían rodeado arriba, abajo y a los lados.
Súbitamente Elefante recordó que alguien llamado Dianna debía estar en casa en ese momento. Lo seguí hasta la cabina de transporte, lo vi marcar once dígitos, y esperé en un vestíbulo mucho más pequeño mientras Elefante usaba el intercom mucho más convencional. Dianna parecía dudar acerca de dejarlo entrar hasta que el rugió que tenía un huésped y que ella debía dejar de parecer una tonta.
Dianna era una baja y bella mujer con la piel del profundo y uniforme color rojo de un cielo marciano, y el cabello como mercurio fluyendo. Sus iris eran también de plata lustrada. Ella no había deseado dejarnos entrar porque estábamos luciendo los colores naturales de nuestras pieles, pero no volvió a mencionarlo una vez que estuvimos dentro.
Elefante me presentó a Dianna e instantáneamente le dijo que estaba tratando de contactar a los Exteriores.
- ¿Qué es un Exterior? - Preguntó Dianna.
Elefante gesticuló con ambas manos, viéndose confuso, girando desamparadamente hacia mí.
- Son difíciles de describir - dije -. Piensa en un gato de nueve colas con un mango ancho.
- Viven en mundos fríos - dijo Elefante.
- Mundos pequeños, fríos, sin atmósfera, como Nereida. ¿Ellos pagan alquiler por usar Nereida como base, no es así, Elefante? Y viajan por la mayor parte de la galaxia en grandes navíos sin presurizar con motores de fusión pero sin hiperimpulso.
- Ellos venden información. Me dirán acerca del mundo que deseo encontrar, el planeta más inusual del espacio conocido.
- Pasan la mayor parte de su tiempo siguiendo a las Semillas Estelares.
Diana nos cortó. - ¿Porqué?
Elefante me miró. Miré a Elefante.
- ¡Hey! - Exclamó Elefante - ¿Porqué no hallamos un cuarto para el bridge?
Dianna miró pensativa. Entonces enfocó sus ojos plateados en mí, me examinó de la cabeza a los pies y asintió gentilmente para sí misma. - Sharoll Jans. La llamaré.
Mientras ella llamaba, Elefante me dijo, - Es una buena idea. Sharrol tiene una tendencia a la adoración del héroe. Ella es una analista de computadoras en Cerebros Donovan S.A. Te gustará.
- Bien, - dije, preguntándome si todavía estábamos hablando de un juego de bridge. Me parecía que estaba juntando una gran deuda hacia Elefante. - Elefante, cuando contactes a los Exteriores me gustaría ir contigo.
- ¿De veras? ¿Porqué?
- Necesitarás un piloto. Y yo ya he tratado con los Exteriores antes.
- Está bien. Es un trato.
El intercom sonó desde el vestíbulo. Dianna fue a la puerta y regresó con nuestro cuarto para el bridge. - Sharrol, tu conoces a Elefante. Este es Beowulf Shaeffer, de Lo Hicimos Nosotros. Bey, esta es...
- ¡Usted!, Dije yo.
- ¡Usted!, Dijo ella.
Era la carterista.
Mis vacaciones duraron justo cuatro días.
Yo no había sabido cuánto iban a durar, pero supe cómo acabarían. Por lo tanto me arrojé a ellas en cuerpo y alma. Si hubo un momento poco claro en esos cuatro días, lo pasé durmiendo, y en realidad no dormí lo suficiente. Elefante parecía sentir del mismo modo. Estaba viviendo su vida hasta el límite; debe haber sospechado, como yo, que los Exteriores no considerarían el peligro como un factor al elegir el planeta. Por su propia ética ellos no lo hacen. Los días de la vida de Elefante podrían estar acabando.
Mezclados en esos cuatro días hubo incidentes que me hicieron preguntarme por qué Elefante estaba buscando un mundo extraño. Seguramente la Tierra era el más extraño de todos.
Recuerdo cuando terminamos de jugar al bridge y decidimos salir a comer. Esto era más complicado de lo que suena. Elefante no había tenido oportunidad de cambiarse a los estilos llaneros, y ninguno de nosotros estaba presentable en público. Dianna tenía cosméticos para nosotros.
Sucumbí a un singular impulso. Me vestí como un albino.
Fueron pinturas para el cuerpo, no píldoras. Cuando terminé de aplicármelas, allí en el espejo de cuerpo entero estaba mi yo más joven. Los iris de rojo sangre, cabello blanco nieve, piel blanca con un tinte de rosado: el adolescente que había desaparecido eras antes, cuando fui lo bastante mayor para usar píldoras de bronceado. Me encontré con mi mente vagando atrás a lo largo de las décadas, hasta los días en que yo mismo era un llanero, mis pies firmemente contra el suelo, mi cabeza nunca más alto de dos metros diez sobre las arenas del desierto... Me encontraron frente al espejo, y me declararon adecuado para ser visto en público.
Recordé algo de esa tarde cuando Dianna me dijo que ella siempre había conocido a Elefante. - Yo fui la que lo nombró Elefante - se jactó.
- ¿Es un apodo?
- Seguro - dijo Sharrol -. Su verdadero nombre es Gregory Pelton.
- Ahhh. - Súbitamente todo se hizo claro. Gregory Pelton es conocido entre las estrellas. Se rumorea que él posee esa esfera rugosa de treinta años luz de ancho llamada espacio humano, que sus ingresos vienen de alquilarla afuera. Se rumorea que Productos Generales (la todopoderosa empresa de los Titiriteros, ahora difunta por falta de Titiriteros) es un frente de Gregory Pelton. Es un hecho que su tatara-tatara-tatara abuela inventó la cabina de transporte y que el es rico, rico, rico.
Pregunte, - ¿Porqué Elefante? ¿Porqué ese apodo en particular?
Dianna y Sharrol miraron vacilantes la mesa de juego.
Elefante dijo - Usa tu imaginación, Bey.
- ¿Qué? ¿Qué es un elefante, alguna clase de animal?
Tres caras quedaron en blanco. Yo había perdido la broma.
- Mañana - dijo Elefante -, te mostraremos el Zoológico.
Hay siete cabinas de transferencia en el Zoológico de la Tierra. Eso les podrá decir lo grande que es. Pero estarán equivocados; habrían despreciado los doscientos taxis en ronda permanente. Están allí porque las cabinas están demasiado lejos para caminar.
Nos quedamos viendo unos polvorientos, compactos animales menores que las Semillas Estelares o los Bandersnatchi pero mayores que cualquier animal que yo había visto. Elefante dijo, - ¿Ves?
- Si, - dije, porque los animales mostraban una solidez y una compacta invulnerabilidad muy parecidas a las de Elefante. Y entonces me encontré a mí mismo mirando uno de los animales en una charca barrosa. Estaba usando un tentáculo hueco sobre su boca para salpicar agua sobre su espalda. Me quedé mirando ese tentáculo... mirándolo.
- ¡Hey miren! - Gritó Sharrol, señalando. - ¡Las orejas de Bey se están poniendo rojas!
No la perdoné hasta las dos de la mañana.
Y recuerdo cuando me estiré sobre Sharrol para tomar un palito de tabaco y vi su bolso junto con sus otras cosas. Dije, - ¿Qué tal si yo te robo la billetera ahora?
Labios naranja y plateados se separaron en una perezosa sonrisa. - No tengo una billetera.
- ¿Sería de buen gusto si quito el dinero de tu bolso?
- Sólo si puedes esconderlo en tu persona.
Hallé un bolso pequeño y plano con cuatrocientas estrellas y lo puse en mi boca.
Ella hizo que lo ganara. ¿Alguna vez ha hecho el amor a una mujer con un bolso en su boca? Inolvidable. No lo intente si tiene asma.
Recuerdo a Sharrol. Recuerdo su piel tibia, suave y azul, sus ojos plateados de gran expresividad, cabello naranja y plateado en un patrón abstracto de remolinos a los que nada podía deshacer. Siempre volvían a su forma original. Su risa era plateada, también, cuando gentilmente extraje dos puñados de cabello y los até en un ajustado doble nudo, y cuando farfullé y salté ante la vista de su cabello lentamente desanudándose a sí mismo, como los mechones de Medusa. Y su voz era plateada y cantarina.
Recuerdo las autopistas.
Eran la primera cosa que se mostraba a los que llegaban a la Tierra. Si hubiéramos aterrizado de noche, podrían haber sido las ciudades iluminadas, pero por supuesto llegamos al lado de día. ¿Porqué otra cosa habría un mundo tenido tres espaciopuertos? Allí estaban las autopistas y autostradas y autobahns, tejidas en una red que lo abarcaba todo a través de los continentes.
Desde unos pocos kilómetros todavía no se verían las brechas. Pero allí estaban, donde vigas y pavimento habían colapsado. Sólo dos superautopistas son mantenidas en buen estado. Ambas están en el mismo continente: la Autopista de Pennsylvania y la Vía Libre de Santa Mónica. El resto de la red es un caos destrozado.
Parece que hay gente que colecciona viejos vehículos terrestres y corre en ellos. Algunos son en verdad máquinas restauradas, de un cincuenta a un noventa por ciento de partes reemplazadas; otras son reproducciones hechas a mano. En una superficie perfectamente plana darán de ochenta a ciento cincuenta kilómetros por hora.
Me reí cuando Elefante me habló de ellos, pero en verdad verlos era distinto.
Los rodados comenzaron a aparecer cerca de la aurora. Se reunieron alrededor de una punto de la Vía Libre de Santa Mónica, donde antes se unía a la Vía Libre de San Diego. Este lugar es un laberinto de espagueti caídos, grandes rizos curvados de cemento pretensado que habían perdido su fuerza a lo largo de los años y se curvaron hacia el suelo. Pero aún se podía usar el rizo superior para alcanzar la línea de partida. Miramos desde arriba, flotando en un taxi mientras los vehículos terrestres se movían hacia la línea.
- Sus deudas son mayores que el costo de los autos, - dijo Elefante. - Yo solía manejar uno. Te pondrías blanco como la nieve si te dijera cuanto cuesta mantener este tramo de autopista en condiciones.
- ¿Cuanto?
Me lo dijo. Me puse blanco como la nieve.
Arrancaron. Yo todavía me preguntaba que emoción les daba manejar una máquina obsoleta en cemento plano cuando podían estar aquí con nosotros. Salieron, bamboleándose suavemente, bamboleándose más que suavemente, tontamente moviéndose a distintas velocidades, llegando peligrosamente cerca de cada uno de los otros antes de apartarse, y comencé a darme cuenta...
Esos automóviles no tenían radar.
Se dirigían con una rueda en la cabina acoplada directamente a cuatro ruedas en el suelo. Un error en la dirección y se estrellarían contra los otros o las paredes de cemento. Se dirigían y detenían por poder muscular, pero el modo en que lo hacían dependía del agarre de cuatro globos de goma contra el cemento liso. Si los neumáticos perdían su agarre, la Primera Ley de Newton se haría cargo; la frágil masa de metal se movería en línea recta hasta que fuera detenida por una separación de cemento u otro vehículo terrestre.
- Un hombre podría matarse en uno de esos.
- No te preocupes, - dijo Elefante. - Nadie lo hace, generalmente.
- ¿Generalmente?
La carrera terminó veinte minutos después en otro enredo de cemento caído. Estaba húmedo además. Aterrizamos y hablamos con varios de los corredores. Uno de ellos, un tipo delgado con el pelo enredado de un brillante color verde, la cara de blanco hueso y una amplia sonrisa en la boca escarlata, me ofreció un paseo. Lo rechacé con mis gracias, mientras retrocedía lentamente y deseaba tener un arma. Este bromista era obviamente un peligroso insano.
Recuerdo la comida llanera, la mejor del espacio conocido, y un singular, levemente alcohólico trago llamado Taittinger Comtes de Champagne 59. Recuerdo cuando invadimos un bar para extramundanos, donde los cuatro charlamos con una chica minera de rocas cuya cresta de tres centímetros de ancho de cabello castaño llegaba suelta hasta la mitad de la espalda. Recuerdo volar a través del campo en un cinturón elevador y no ver nada más que pequeños parches de tierra de cultivo rodeados por ciudades. Recuerdo un hotel sumergido en los Grandes Bancos de Newfoundland y una embajada de los delfines de Italia, donde un grupo mixto de delfines y llaneros parecían estar resolviendo el problema general de los seres sentientes sin manos (hay muchos, y probablemente encontraremos más). Parecía más una pausa para el café que una verdadera reunión de negocios.
Estábamos listos para irnos a la cama en la noche del cuarto día cuando el tridifono sonó. Don Cramer había encontrado a los Exteriores.
Dije, incrédulo, - ¿Te vas justo ahora?
- ¡Seguro! - Dijo Elefante. - Ahora toma una de estas píldoras. No te sentirás somnoliento hasta que estemos en ruta.
Un trato es un trato, y le debía mucho a Elefante. Tomé la píldora. Besamos a Sharrol y a Dianna para despedirnos, Dianna se paró en una silla para alcanzarme, Sharrol trepándose a mi cuerpo como a un poste y arrollando sus piernas alrededor de mi cintura. Yo era cincuenta centímetros más alto que cualquiera de ellas.
En la Base de Calcuta era de día. Elefante y yo tomamos la cabina de transporte para allí, para encontrar que el MLQ¥ había sido enviado antes que nosotros.
Su verdadero nombre era Mas Lento Que el Infinito. Había sido construido sobre un casco Nº 2 de Productos Generales, un cilindro de cien metros con una cintura de avispa cerca de la cola. Yo estaba aliviado. Había temido que Elefante poseyera un yate bonito y vulnerable de aficionado. El salón de control para dos hombres se veía muy pequeño para ser un sistema de vida hasta que noté la extensión de burbuja plegada en la proa. El resto del casco contenía un impulsor de fusión de un ge con su tanque de combustible, un motor hiperespacial, un freno de gravedad, un tren de aterrizaje en la panza, todo claramente visible a través del casco, que había sido dejado transparente.
Se lo había llenado con combustible, alimento y aire. Había estado listo por días. Despegamos veinte minutos después de llegar.
Usar la impulsión de fusión en la atmósfera de la Tierra nos hubiera llevado al banco de órganos, en trozos. Las leyes llaneras contra la contaminación son estrictas. Un cohete robot con grandes alas nos llevó a la órbita, usando aire comprimido hasta ser casi materia degenerada como propulsante. Despegamos desde allí.
Ahora nos sobraba el tiempo para dormir. Nos tomó una semana a un ge sólo para estar lo bastante afuera del pozo de gravedad del sistema solar para usar el hiperimpulso. En algún momento de ese período me quité mis falsos colores (habían sido falsos, yo continué tomando las píldoras de bronceado contra el sol de la Tierra), y Elefante cambió su piel nuevamente a un bronceado ligero y su barba y cabello a negro. Por cuatro días él había sido Zeus, con piel de mármol, barba de dorado metálico y ojos destellantes de oro líquido. Le había quedado tan justo con su personalidad que apenas noté el cambio.
Hiperimpulso, y unas largas, lentas tres semanas. Tomamos turnos en inclinarnos sobre el indicador de masas, aunque a hiperconducción de primer cuanto habríamos visto una pasa al menos doce horas antes de que se volviera peligrosa. Pienso que yo era el único hombre que sabía que había un segundo cuanto de hiperimpulso, un secreto de los Titiriteros. El navío Exterior estaba cerca del límite del Espacio Conocido, pasando Tau Ceti.
- Era la única alrededor, - había dicho Elefante. - Número Catorce.
- ¿Catorce? Ese es el mismo navío con el que tuve tratos antes.
- ¿De veras? Bien. Eso podría ayudar.
Idas después el preguntó - ¿Cómo pasó?
- De la forma usual. El número catorce estaba entonces en el otro extremo del Espacio Conocido, y envió una oferta de intercambio de información. Yo estaba casi en Wunderland, y tomé la oferta. Cuando dejé mis pasajeros, volví a hablar.
- ¿Tenían algo que valiera la pena?
- Si. Habían hallado el Lazy Eight II.
El Lazy Eight II había sido uno de los viejos barcos lentos, un ala volante circular que llevaba colonos a Jinx. Algo había ido mal antes de comenzar a frenar, y la nave había continuado, llevando cincuenta pasajeros en animación suspendida y una tripulación de cuatro, presumiblemente muertos. Con un estatoreactor para llevar hidrógeno a su impulsor de fusión, pudo continuar acelerando por siempre. Levaba quinientos años en el camino.
- Recuerdo - dijo Elefante -, no pudieron alcanzarlos.
- No. Pero sabremos donde encontrarlos cuando el estado de la técnica sea lo bastante bueno. - Lo que no será pronto, pienso. Un navío con hipermotor no sólo deberá alcanzarlo, sino que además deberá llevar combustible para igualar velocidades. Y la velocidad de esa nave era apenas inferior a la de la luz, y estaba a más de quinientos años luz, diecisiete veces el diámetro del espacio conocido.
- ¿Tuviste algunos problemas?
- Su traductor era muy bueno. Pero deberemos ser cuidadosos, Elefante. La cosa con comprar información es que tu no sabes qué estas consiguiendo hasta que lo tienes. Ellos no podrían sólo ofrecerme a vender la posición actual del Lazy Eight II. Hemos seguido su curso por telescopio hasta ver la luz del impulsor de fusión, y tenemos esa información gratis.
Llegó el momento en que sólo un pequeño punto verde brilló en el centro del indicador de masas. Una estrella se hubiera mostrado como una línea, la ausencia de estrellas no hubiera mostrado ningún punto. Salí del hiperespacio y encendí el radar de profundidad para hallar a los Exteriores.
Los Exteriores nos hallaron primero.
En algún lugar del bloque cilíndrico de metal cerca de su centro de masas, tal vez ocupándolo por completo, estaba el impulsor sin reacción. Era del conocimiento común que ese tipo de impulso estaba a la venta y que el costo era de todo un billón de estrellas. Aunque nadie, ni las naciones ahora existentes, podrían pagarlo, el costo no era exorbitante. En dos o tres minutos, mientras nosotros todavía estábamos buscando, esa impulsión había frenado el navío Exterior desde más de cero coma nueve c hasta cero relativo, y lo había puesto junto al MLQ¥.
En un momento, nada excepto estrellas. En el siguiente, el navío Exterior junto a nosotros.
Era en su mayor parte espacio vacío. Yo sabía que su población era del tamaño de una pequeña ciudad, pero era mucho mayor porque estaba orientada hacia fuera. Estaba la aparentemente diminuta cápsula de impulsión, y allí, en un poste de un kilómetro de largo, estaba una fuente de luz. El resto de la nave eran cintas de metal, curvándose afuera y adentro, enredándose confusamente consigo mismas y con las otras, hasta que el final de cada una de las cintas dejaba de dibujar meandros y se unía a la cápsula de impulsión. Había cerca de un millar de esas cintas, y cada una de ellas era del ancho de una ancha vereda móvil de las ciudades terrestres.
- Como la decoración de un árbol de Navidad - dijo Elefante -. ¿Ahora qué, Bey?
- Ellos usarán la radio de la nave.
Unos pocos minutos de espera, y allí llegó un grupo de Exteriores. Se veían como «gatos de nueve colas» de color negro, con mangos muy engrosados. En los mangos estaban sus cerebros, y sus invisibles órganos de los sentidos; en los finales de látigo, los grupos de tentáculos móviles, sostenían pistolas de gas. Seis de ellos frenaron hasta detenerse fuera de la compuerta de aire.
La radio habló. - Bienvenidos a la Nave Catorce. Por favor salgan de la nave para ir a nuestra oficina. No lleven nada en el exterior de sus trajes de presión.
Elefante preguntó - ¿Lo hacemos?
Dije - Seguro. Los Exteriores no son nada si no son honorables.
Salimos. Los seis Exteriores nos ofrecieron un tentáculo cada uno, y salimos a través del espacio abierto. No muy rápido. El impulso de las pistolas de gas era muy bajo, irritantemente débil. Pero los Exteriores mismos eran débiles; una hora en la gravedad de la Luna de la Tierra los hubiera matado.
Nos maniobraron a través de la retorcida madeja de cintas plateadas, aterrizando en una rampa cerca de la amplia curva de la cápsula del impulsor.
No era como estar perdido en un tazón de gigantescos fideos. Las rígidas cintas estaban demasiado separadas para eso. Lejos por encima de nosotros estaba la fuente de luz, casi tan pequeña e intensa y amarillenta como el sol de la Tierra visto desde Neptuno. Brillando a través del vacío interestelar, tejía una red de agudas sombras negras cruzando las mil veredas que formaban la ciudad.
A lo largo de cada borde entre la luz y la oscuridad estaban los Exteriores. Tal como sus antepasados parecidos a plantas habían hecho miles de millones de años antes en algún planeta desconocido cerca del núcleo galáctico, los Exteriores estaban absorbiendo la energía de la vida. Sus ramificadas colas yacían en la oscuridad, sus cabezas en la luz, mientras la termoelectricidad cargaba sus baterías bioquímicas. Algunos habían sumergido sus tentáculos en platos playos de alimento; los elementos traza que los mantenían vivos y creciendo venían en una solución en helio líquido.
Caminamos cuidadosamente alrededor de ellos, usando nuestras lámparas de casco a su mínima intensidad, siguiendo a uno de los Exteriores hacia una puerta en la pared de enfrente.
El espacio cerrado estaba oscuro hasta que la puerta se cerró detrás de nosotros. Entonces se hizo la luz. Era sin fuente aparente, del color de la luz de sol normal, e iluminaba un cubículo que era desnudo y cuadrado. El único amoblamiento era un hemisferio transparente con un Exterior descansando adentro. Presumiblemente el hemisferio filtraba el exceso de luz entrante.
- Bienvenidos - dijo el cuarto. Lo que quiera que dijo el Exterior no era sonoro en su naturaleza. - El aire es respirable. Quítense sus cascos, trajes, zapatos, cintos y lo que deseen. - Era un traductor excelente, con buenos modismos en el idioma y una agradable voz de barítono.
- Gracias. - Dijo Elefante, y lo hicimos.
- ¿Cuál de ustedes es Gregory Pelton?
- Gronk.
La pared no estaba confusa. - De acuerdo con sus agentes, usted desea conocer como alcanzar el planeta más inusual dentro o a menos de ocho años luz de la región de dieciséis años luz de ancho que ustedes llaman Espacio Conocido. ¿Es eso correcto?
- Si.
- Debemos saber si usted planea ir allí o enviar agentes. Además ¿Planea un aterrizaje, una órbita cercana o una órbita distante?
- Aterrizaje.
- ¿Debemos considerar el riesgo de su vida?
- No. - La voz de Elefante era un poco seca. El navío Exterior era un lugar intimidante.
- ¿Qué clase de nave usaría usted?
- La que está afuera.
- ¿Planea colonizar? ¿Minería? ¿Plantaciones alimenticias?
- Planeo sólo una visita.
- Hemos seleccionado un mundo para usted. El precio será de un millón de estrellas.
- Es alto. - Dijo Elefante. Yo silbé muy bajo. Lo era, y no sería menor. Los Exteriores nunca regateaban.
- Vendido. - Dijo Elefante.
El traductor nos dio un triple conjunto de coordinadas, cerca de veinticuatro años luz desde la Tierra, a lo largo del norte galáctico. - La estrella que están buscando es un protosol con un planeta a dos mil setecientos millones de kilómetros de distancia. El sistema se mueve a cero coma ocho c hacia... - nos dio un vector de dirección. Parecía que el protosol estaba dibujando una huella poco profunda en el espacio conocido, sin acercarse demasiado al espacio humano.
- No sirve. - Dijo Elefante. - Ningún navío con hipermotor puede ir tan rápido en el espacio real.
- Podría pedir un remolque - dijo el traductor -, con nosotros. Acople su navío a nuestra cápsula de impulsión.
- Eso funcionaría -, dijo Elefante. Se ponía más y más incómodo; sus ojos parecían buscar en las paredes la fuente de la voz. No miraba al Exterior en su cápsula de vacío.
- Nuestra tasa de remolque será de un millón de estrellas.
Elefante escupió.
- Solo un momento, - dije. - Puedo tener información para venderles.
Hubo una larga pausa. Elefante me miró con sorpresa.
- ¿Usted es Beowulf Shaeffer?
- Si. ¿Ustedes me recuerdan?
- Lo encontramos en nuestros registros. Beowulf Shaeffer, tenemos información para usted, ya pagada. El antiguo presidente regional de Productos Generales en Jinx desea que lo contacte. Tengo un número de cabina de transporte.
- Son noticias viejas, - dije. - Los Titiriteros se han ido. Además. ¿Por qué desearía verme ese estafador de dos cabezas?
- No tengo esa información. Yo sé que no todos los Titiriteros han abandonado esta región. ¿Aceptará el número de cabina de transporte?
- Seguro.
Escribí los ocho dígitos mientras los dictaba. Un momento después Elefante estaba gritando justo como si él hubiera sido un tridi conectado en la mitad de un programa. -... está pasando afuera?
- Lo siento por eso, - dijo el traductor.
- ¿Qué pasó? - Pregunté.
- ¡No podía oír nada! ¿Tenía ese mons... tenía el Exterior algún negocio privado contigo?
- Algo así. Te lo diré después.
El traductor dijo, - Beowulf Shaeffer, nosotros no compramos información. Nosotros vendemos información y usamos el producto para comprar territorio y terrenos de alimentación.
- Pueden necesitar esta información, - argüí. - Soy el único hombre a su alcance que sabe esto.
- ¿Qué hay acerca de otras especies?
Los Titiriteros podrían habérselo contado, pero yo estaba tomando un riesgo. - Están a punto de abandonar el espacio conocido. Si no hacen trato conmigo, podrían no obtener esta información a tiempo.
- ¿Qué precio le pone usted a este ítem?
- Pongan ustedes el precio. Tienen mas experiencia avaluando la información, y ustedes son honorables.
- Podríamos no ser capaces de pagar un precio justo.
- El precio no excederá el de nuestra tarifa de remolque.
- Hecho. Hable.
Le conté acerca de la explosión del Núcleo y de cómo llegué a enterarme de ello. Me hizo entrar en detalles acerca de lo que había visto: el brillante parche de supernovas, separándose a medida que mi navío iba encontrando viejas ondas de luz, hasta que la multicolor bola del Núcleo estuvo ardiendo con supernovas. - Ustedes no podrían haberse enterado hasta que fueran allí, y entonces sería muy tarde. Ustedes no usan impulsores más rápidos que la luz.
- Sabíamos por los Titiriteros que el Núcleo había explotado. Ellos no fueron capaces de darnos los detalles porque no lo vieron por sí mismos.
- Ah. Bien. Pienso que la explosión debe haber empezado en el lado lejano del Núcleo, visto desde aquí. De otro modo habría parecido ir mucho más lento.
- Muchas gracias. Anularemos su tarifa de remolque. Ahora, hay otro ítem. Gregory Pelton, por un adicional de doscientas mil estrellas le diremos exactamente que hay de peculiar en el planeta que usted desea visitar.
- ¿Puedo hallarlo por mí mismo?
- Es probable.
- Entonces lo haré.
Siguió un silencio. El Exterior no había esperado eso. Dije, - Soy curioso. Su galaxia se está volviendo rápidamente una trampa mortal. ¿Qué harán ahora?
- Esa información le costará...
- Olvídelo.
Fuera, Elefante dijo: - Gracias.
- Olvídalo. Me pregunto qué harán.
- Tal vez se escuden a sí mismos contra la radiación.
- Tal vez. Pero no tendrán ninguna semilla estelar para seguir.
- ¿Las necesitan?
Finagle sólo lo sabe. Las Semillas Estelares siguen un rígido patrón migratorio y de apareamiento entre el Núcleo de la galaxia y sus brazos, casi hasta el límite, antes de volver al núcleo. Están condenadas. Cuando regresen al núcleo, la onda expansiva de radiación de las múltiples novas las matará una por una. ¿Qué harán los Exteriores sin ellas? ¿Porqué las siguen? ¿Las necesitan? ¿Necesitan las Semillas Estelares a los Exteriores? Los exteriores contestarían esas preguntas a un billón de estrellas por cada una. Las cuestiones personales son caras con los Exteriores.
Un grupo de tripulantes ya estaba amarrando la MLQ¥ al muelle. Miramos desde la rampa, con otros tripulantes tomando baños de sol a nuestros pies. No estábamos preocupados. Del modo en que los Exteriores trataban a nuestro casco invulnerable, podría haber estado hecho de algodón de azúcar y rayos de sol. Cuando una telaraña de finas hebras sujetó al MLQ¥ a la pared de la cápsula de impulso, la voz del traductor habló en nuestros oídos y nos invitó a abordar. Saltamos cien metros hacia arriba contra el tirón suave de la gravedad artificial, entramos por la esclusa de aire y nos quitamos nuestros trajes.
- Gracias de nuevo, - dijo Elefante.
- De nuevo, olvídalo, - dije magnánimamente. - Todavía te debo. Me has tenido como huésped en tu casa en el mundo más caro del espacio conocido, actuando como mi guía cuando el costo del trabajo es...
- Está bien, está bien, está bien. Pero me has ahorrado un millón de estrellas, y no lo olvides. - Me palmeó en el hombro y se fue a la cabina de control para ordenar un crédito de un millón de estrellas para el próximo navío Exterior que pasara.
- No lo olvidaré. - Dije a su espalda, y me pregunté qué diablos quiso decir con eso.
Mucho después me pregunté acerca de algo más. ¿Había Elefante planeado llevarme a «su» mundo? ¿O había pensado en ir solo, para ser el primero en verlo, y no uno de los dos primeros? Luego del episodio con los Exteriores era demasiado tarde. El no podía arrojarme de la nave entonces.
Deseé haberlo pensado a tiempo. Nunca deseé ser un héroe. Mi idea en esto era gentilmente, con tacto evitar que Elefante se matara a sí mismo si resultaba necesario. Con toda su vasta autoconfianza, vasta riqueza, vasta generosidad, y vasto volumen, él era aún sólo un llanero, y por ello un poco indefenso.
Estábamos en la burbuja de expansión cuando ocurrió. La burbuja tenía asientos inflables y una mesa inflable y estaba allí para ejercitarse y matar el tiempo, pero también proporcionaba una hermosa vista, su superficie era perfectamente transparente.
De otro modo lo habríamos perdido.
No hubo presión contra nuestros asientos, ningún arrastre en la boca del estómago, ninguna sensación de movimiento. Pero Elefante, que estaba hablando de una frágil Jinxiana que él había levantado en un bar de Chicago, se detuvo justo cuando ella estaba alistándose para destrozar el lugar porque algún idiota suicida la había insultado.
Alguien pesado se estaba sentando sobre el universo.
Vino lentamente, como un hombre gordo dejando cuidadosamente su peso sobre una pelota de playa. Desde dentro de la burbuja se vio como si todas las estrellas y nebulosas a nuestro alrededor fueran apretándose juntas. Los Exteriores en las cintas nunca se movieron, pro Elefante dijo algo profano, y yo me quedé mirando.
Las estrellas adelantes estaban blanquiazules y resplandecían. A nuestro alrededor, estaban aplastadas juntas; detrás, se volvían rojas y se apagaban una por una. Nos había tomado una semana salir del sistema solar, pero el navío Exterior podría haberlo hecho en cinco horas.
La radio habló.
- Señores, nuestros tripulantes removerán su nave de la nuestra, luego de lo cual estarán a su arbitrio. Ha sido un placer hacer negocios con ustedes.
Un enjambre de tripulantes Exteriores nos remolcaron a través del laberinto de rampas trenzadas y nos dejaron. Inmediatamente el navío Exterior se desvaneció como una burbuja de jabón pinchada, yéndose a sus propios negocios.
En la extraña luz estelar Elefante soltó un largo, tembloroso suspiro. Algunas personas no pueden aceptar a los aliens. No encuentran a los Titiriteros graciosos y hermosos; los ven horripilantes, erróneos. Ven a los Kzinti como esclavistas carnívoros cuyo único placer es la lucha, lo que es cierto, pero no ven el rígido código de honor o el autocontrol que permite a un embajador Kzinti subir a las aceras móviles de las ciudades humanas sin despedazar con sus garras a los impertinentes dueños de codos y rodillas punzantes. Elefante era una de esas personas.
Dijo, - Está bien, - en asombrado alivio. Ellos realmente se habían ido. - Tomaré la primera guardia, Bey.
El no dijo: - Esos bastardos habrían tomado tu corazón como garantía por un préstamo de un décimo de estrella. - No los veía como tan próximos a los humanos.
- Bien, - dije, y me fue hacia la burbuja. El Protosol Rápido estaba a una semana de distancia. Yo había estado en mi traje por horas, y había una ducha en la burbuja de extensión.
Si la debilidad de Elefante eran los alien, la mía era la relatividad.
El viaje a través del hiperespacio era de rutina. Pude haber soportado la vista de las dos pequeñas ventanas convirtiéndose en puntos ciegos, siendo áreas de nada, que semejaban arrastrar hasta juntarse los objetos alrededor de ellas. También Elefante; él había hecho algunos vuelos, aunque prefería el confort de los navíos de línea. Pero aún el mejor piloto debe dejarse caer de vuelta en el universo normal para echar un vistazo y asegurarle a su subconsciente que las estrellas todavía están allí.
Y cada vez estaban cambiadas, aplastadas. Las amontonadas estrellas azules estaban todas adelante; las esparcidas, débiles estrellas azules estaban todas detrás. Cuatrocientos años atrás hombres y mujeres habían vivido por años con esa vista del universo, pero ya no lo hacían desde la invención del hiperimpulso. Yo no había visto nunca el universo de ese modo. Me irritaba.
- No, no me molesta, - dijo Elefante cuando se lo mencioné. Estábamos a un día de nuestro destino -. Para mí, las estrellas son estrellas. Pero me he estado preocupando por algo más. Bey, tú dijiste que los Exteriores son honorables.
- Lo son. Deben serlo. Deben estar tan por encima de toda sospecha que cualquier especie que trate con ellos recuerde su impecable ética un siglo después. ¿Puedes verlo, verdad? Los Exteriores no suelen aparecer más frecuentemente que eso.
- Mm. Está bien. ¿Por qué trataron de sacarme esas doscientas mil estrellas extra?
- Eh...
- Mira, el maldito problema es: ¿qué tal si era un precio justo? ¿Qué si necesitamos saber que hay de extraño acerca del Protosol Rápido?
- Tienes razón. Conociendo a los Exteriores, es probablemente información que podemos usar. Esta bien, vamos a olfatear un poco antes de aterrizar. Lo hubiéramos hecho de todos modos, pero ahora deberemos hacerlo mejor.
¿Qué había de peculiar acerca del Protosol Rápido?
Cerca de la hora del almuerzo del séptimo día de la nave una corta línea verde en la esfera del indicador de masas comenzó a extenderse por sí misma. Era ancha y borrosa, justo como se esperaría de un protosol. La deje llegar casi hasta la superficie de la esfera antes de dejar que la nave cayera de nuevo al espacio normal.
El universo aplastado se veía en las ventanas, pero delante de nosotros había un círculo borroso oscurecido entre las vívidas estrellas azules. En el centro del círculo había un apagado resplandor rojizo.
- Veámoslo desde la burbuja de extensión, - dijo Elefante.
- Mejor no.
- Pero tendremos una mejor vista que desde aquí. - Él giró el dial que haría transparente a la burbuja. Naturalmente la manteníamos opaca en el hiperespacio.
- Lo repito, no lo hagamos. Piensa en esto, Elefante. ¿Qué sentido tiene usar un casco impenetrable y pasar la mayor parte del tiempo fuera de el? Hasta que sepamos qué hay allí afuera, debemos retraer la burbuja.
Él asintió con su cabeza enrulada y volvió a tocar el tablero. Ruidos borboteantes anunciaron que el aire y el agua eran extraídos de la burbuja. Elefante se acercó a una ventana.
- ¿Has visto alguna vez un protosol?
- No - dije -. No creo que haya ninguno en el espacio humano.
- Esa podría ser la peculiaridad.
- Podría. Una cosa que no lo es, es su velocidad. Los Exteriores pasan todo su tiempo moviéndose más rápido que esto.
- Pero no los planetas. Ni las estrellas. Bey, tal vez esta cosa viene desde afuera de la galaxia. Eso podría hacerla inusual.
Era tiempo de hacer una lista. Hallé un anotador y solemnemente anote la velocidad de la estrella, su naturaleza, su posible origen extragaláctico.
- He encontrado nuestro planeta, - dijo Elefante.
- ¿Localización?
- Casi del otro lado del protosol. Lo alcanzaremos más rápido en el hiperespacio.
El planeta era aún invisiblemente pequeño cuando Elefante nos sacó. El protosol se veía del mismo modo que antes.
Un protosol es el feto de una estrella: una delgada masa de gas y polvo, juntada en suaves remolinos por los campos magnéticos o por la presencia de un punto troyano en algún cúmulo abierto de estrellas, que se va colapsando a causa de la gravedad. Había encontrado material acerca de protosoles en la biblioteca de la nave, pero todos eran datos astronómicos; nadie había estado lo bastante cerca para echar un vistazo. En teoría el Protosol Rápido debía estar bastante avanzado en su evolución, dado que brillaba en el centro.
- Allí está -, dijo Elefante -. Dos días de viaje a un ge.
- Bien. Podremos hacer nuestras pruebas de instrumentos en el camino. Adelante.
Con el motor de fusión empujándonos suavemente, Elefante volvió al telescopio, y yo comencé a controlar los otros instrumentos. Algo brilló como un faro en la noche.
- Elefante. ¿Has notado en mí la tendencia a usar malas palabras para acentuar lo que digo?
- No realmente ¿Por qué?
- Es malditamente radioactivo allí afuera.
- ¿Puede ser un poco más específico, señor?
- Los escudos de nuestros trajes nos abandonarían en tres días. La burbuja de extensión se iría en veinte horas.
- Está bien, agrégalo a tu lista. ¿Alguna idea qué lo está causando?
- Ninguna -. Hice una nota en mi lista, y volví a trabajar. No estábamos en peligro, el casco de PG nos protegería de todo excepto del impacto con algo grande.
- No hay cinturones de asteroides -, dijo Elefante. - Densidad de meteoros cero, por lo que puedo decir. No hay otros planetas.
- El gas interestelar debe limpiar cualquier cosa pequeña a esas velocidades.
- Algo es seguro, Bey. He gastado bien mi dinero. Este es un sistema malditamente raro.
- Si. Bien, hemos perdido el almuerzo. ¿Tendremos cena?
- Filisteo.
Elefante comió rápido. Estaba de vuelta en el telescopio antes de que yo estuviera listo para el café. Viéndolo moverse, pensé otra vez en un Juggernaut, el nunca había mostrado tanta determinación cuando lo vi en la Tierra. Si un Kzinti hambriento hubiera estado entre él y el telescopio, hubiera quedado con huellas en la piel.
Pero la única cosa que se interponía en su camino aquí afuera era yo.
- No puedo obtener una vista cercana del planeta - dijo Elefante - pero se ve pulido.
- ¿Cómo una bola de billar?
- Justamente así. No puedo ver ningún signo de atmósfera.
- ¿Qué tal de cráteres de impacto?
- Nada.
- Deberían estar allí.
- Este sistema está totalmente limpio de meteoros.
- Pero el espacio de alrededor no debe estarlo. Y a estas velocidades...
- Ajá. Eso debe ir en tu lista.
Lo escribí.
Dormimos en las colchonetas de desastre. Enfrente de mí estaban las luces amarillas del panel de control; las estrellas lucían rojas por una de las ventanas laterales, azules por la otra. Permanecí despierto por un largo tiempo, mirando a través de la ventana delantera a la roja oscuridad del protosol. La ventana estaba opaca, pero pude ver el borrón rojo profundo en mi imaginación.
La radiación se mantuvo igual durante todo el siguiente día. Hice algunos controles más, usando lecturas de temperatura y el radar de profundidad, tanto en el sol como en el planeta. Dondequiera que mirara había una nueva anomalía.
- Esta estrella definitivamente no debería estar brillando todavía. Está demasiado dispersa; el gas debería ser demasiado delgado para la fusión.
- ¿Está lo bastante brillante para brillar?
- Seguro. Pero no debería estarlo.
- Tal vez las teorías sobre los protosoles están equivocadas.
- Entonces están muy equivocadas.
- Ponlo en la lista.
Y una hora después.
- Elefante.
- ¿Otra peculiaridad?
- Si.
Desde debajo de sus cejas peludas, los ojos de Elefante me decían claramente que se estaba poniendo enfermo de peculiaridades.
- Según la sombra del radar de profundidad, este planeta no tiene litosfera. Está hecho de lo que debe ser magma, pero no puede ser porque aquí afuera hace demasiado frío.
- Anótalo. ¿Cuantas entradas tiene tu lista?
- Nueve.
- ¿Alguna de ellas valdría pagar doscientas kiloestrellas para saberla antes de venir>
- La radiación, tal vez, si no hubiéramos tenido un casco de Productos Generales.
- Pero - dijo Elefante, fijándose en el enorme disco rojo -, ellos sabían que nosotros tenemos un casco de Productos Generales. ¿Bey, hay algo que pueda atravesar un casco de PG?
- Luz, como en un rayo láser. Gravedad, como las mareas que te aplastarían contra la nariz de la nave si te acercaras mucho a una estrella de neutrones. Un impacto no destruirá la nave, pero matará a los que estén adentro.
- Tal vez el planeta esté habitado. Cuanto más pienso en esto, más seguro estoy de que vino desde afuera. Nada en la galaxia pudo darle tal velocidad. Se mueve cruzando el plano de la galaxia, no pudo ser impulsado desde el bordo.
- Está bien. ¿Qué hacemos si alguien nos dispara con un láser?
- Morimos, pienso. Tengo pintura reflectora alrededor de la cabina, excepto en las ventanas, pero el resto del casco es transparente.
- Todavía podemos lanzarnos al hiperespacio desde aquí. Y por las siguientes veinte horas. Luego estaremos demasiado cerca del planeta.
Me fui derecho a dormir esa noche, sumamente cansado pese a la falta de ejercicio. Horas después me di cuenta lentamente de que estaba siendo observado. Podía verlo a través de mis párpados cerrados; podía sentir el calor de la enorme mirada roja, el tamaño del ojo enojado, el atroz poder de la mente detrás de él. Traté de forcejear para alejarme, di una bofetada a algo y me desperté con un susto.
Yo yacía allí en la oscuridad roja. El filo del protosol se asomaba por una ventana. Podía sentir su mirada hostil.
Dije - ¿Elefante?
- ¿Ehhh...?
- Nada. - La mañana llegaría pronto.
Por la mañana.
- Elefante. ¿Me harías un favor?
- Seguro ¿Quieres a Dianna? ¿Mi brazo derecho? ¿Afeitar mi barba?
- Me quedo con Sharroll, gracias. ¿Te pondrías tu traje, por favor?
- Seguro. Tiene sentido. No estamos lo bastante incómodos sólo porque hemos cerrado la burbuja.
- Correcto. Y porque soy un masoquista dedicado, voy a ponerme mi traje en este instante. Ahora, yo odio divertirme solo...
- ¿Se te escapa el aire?
- Un poco. Sólo un poco.
- Cualquier cosa por un amigo. Tu vas primero.
Había justo el espacio suficiente para ponernos nuestros trajes uno a la vez. Si la puerta interior de la esclusa de aire no estuviera abierta, ni siquiera hubiéramos tenido eso. Tratamos de ponernos los cascos abiertos, pero tropezaban con las cuchetas de impacto. Por eso los dejamos adheridos a las ventanas frente a nosotros.
Me sentí mejor de esa forma, pero Elefante claramente pensaba que se me había quemado un fusible. - ¿Seguro que no quieres comer con el casco puesto?
- Odio el jarabe alimenticio de los trajes. Podemos ponernos los cascos si se abre un agujero.
- ¿Cuál agujero? ¡Estamos en un casco de Productos Generales!
- Todavía recuerdo que los Exteriores sabían eso.
- Habíamos hablado de eso.
- Hablémoslo de nuevo. Presume que ellos pensaron que seríamos muertos de todos modos si no nos preparábamos ¿Entonces?
- ¡Bang!
- O ellos esperaban que saliéramos en los trajes y fuéramos muertos o ellos saben de algo que puede alcanzarte a través de un casco de Productos Generales.
- O ambas cosas. En cuyo caso los trajes no nos harán ningún bien. Bey. ¿Tu sabes cuánto hace desde que falló un casco de Productos Generales?
- Nunca escuché que pasara.
- Nunca pasó. Los Titiriteros ofrecen una enorme garantía en caso de que uno falle. Decenas de millones si alguien muere como resultado.
- Tienes toda la razón. He sido un estúpido. Ve y quítate tu traje.
Elefante giró para mirarme. - ¿Y tú?
- Me dejaré el mío puesto. ¿Crees en corazonadas?
- No.
- Yo tampoco. Excepto esta vez.
Elefante frunció sus gruesas cejas y volvió a telescopio. Para entonces llevábamos seis horas moviéndonos hacia el planeta innominado y decelerando.
- Pienso que encontré un cráter asteroidal -, dijo súbitamente.
- Veamos -. Eché una mirada. - Si, pienso que tienes razón. Pero está casi completamente desaparecido.
Volvió a usar el telescopio. - Es lo bastante redondo. Casi tiene que ser un cráter. ¿Bey, porqué estaría tan erosionado?
- Debe ser el polvo interestelar. Si lo es, esa es la razón por la que no hay atmósfera ni litosfera. Pero no puedo ver como el polvo puede ser tan espeso, aún a estas velocidades.
- Ponlo en...
- Si -. Alcancé la lista.
- Si encontramos otra anomalía más gritaré
Una hora y media después encontramos vida.
Para entonces estábamos lo bastante cerca para usar el arrastre gravitatorio para frenarnos. Lo hermoso de un de un freno de gravedad es que usa muy poca potencia. Convierte el impulso de la nave relativo a la masa grande más cercana a la nave en calor, y lo que se debe hacer es liberarse de ese calor. Dado que el casco del MLQ¥ dejaría pasar sólo los rangos de radiación que los distintos clientes de los Titiriteros considerarían luz visible, los constructores de la nave habían agregado una gran aleta radiadora que salía del freno gravitatorio. Y la impulsión de fusión estaba apagada. No había una llama blanca de fusión que quitara visibilidad.
Elefante estaba en el telescopio a su mayor aumento. Al principio, mientras miraba por el ocular, no pude ver aquello de lo que me hablaba. Había una pareja planicie blanquecina, toda del mismo color, excepto por unos pocos manchones azules. Esas burbujas no se hubieran notado excepto por la uniformidad de la superficie a su alrededor.
Entonces una de ellas se movió. Muy lentamente, pero se movía.
- Bueno - dije -, déjame hacer una medida de temperatura.
La temperatura de superficie en esa región estaba en los alrededores del helio II. Y en el resto del planeta era igual; el protosol no emitía mucha energía, aunque era un tremendo emisor de radiación.
- No pienso que coincidan con ninguna de las especies que conozco.
- No puedo decirlo -, dijo Elefante. él tenía el telescopio y la pantalla de la biblioteca de la nave al mismo tiempo, con un burbujón de Sirio VIII en la pantalla. - Hay veinte especies de vida de helio en este libro, y todas ellas se ven exactamente igual.
- No realmente. Estos deben tener un tegumento a prueba de vacío. Y verás esos gránulos en el...
- Yo atesoro mi ignorancia en este tema, Bey. Además, no encontraremos ninguna de las especies que conocemos en este mundo. Aún una semilla estelar de tercera etapa explotaría al hacer impacto.
Dejé caer la conversación.
Otra vez Elefante enfocó el telescopio en «su» planeta, esta vez mirando a las formas de vida que parecían burbujas. Eran grandes para ser vida de Helio II, pero no anormalmente. Muchos mundos fríos desarrollan vida usando las propiedades peculiares del Helio II, pero porque no tienen mucho lugar para la complejidad, usualmente quedan en el estado amebiano.
Había otra peculiaridad, de la que tomé debida nota. Cada animal estaba en el lado lejano del planeta con relación al curso del planeta a través de la galaxia. No estaban preocupados por la luz del protosol, pero parecían temer al polvo interestelar.
- Prometiste gritar.
- No es lo bastante raro. Esperaré.
Dos horas pasaron.
El resplandor rojizo de la aleta radiadora se hizo más pronunciado. También la vacía uniformidad de la superficie planetaria. El planeta era ahora un disco más allá de la ventana frontal; si se lo miraba por un rato se lo veía crecer. Girar el navío para encarar el planeta no hacía ninguna diferencia en el freno de gravedad.
- Bola Lisa - dijo Elefante.
- No sirve. Ya ha sido usado. Beta Lira I.
- Expreso Cannonball, entonces.
- Elefante. ¿Qué estás haciendo aquí?
Él giró, me miró. - ¿Qué quieres decir?
- Mira, tu sabes ahora que estoy contigo por todo el camino. Pero me pregunto. Has gastado un millón de estrellas para venir aquí, y hubieras gastado dos si tuvieras que hacerlo. Podrías estar en las Rocosas con Dianna o flotando cerca de Beta Lira, que es lo bastante inusual y tiene mejor vista que esta bola de nieve. Podrías estar probando extrañas drogas en Accidente o buscando Demonios de Niebla en Meseta. ¿Por qué aquí?
- Porque aquí está.
- ¿Qué rayos se supone que eso significa?
- Bey, una vez hubo un hombre llamado Miller. Hace seis años él tomó una nave con impulso de estatoreactor de fusión y le puso un hipermotor, para salir hacia el límite del universo, pensando que podría obtener su hidrógeno del espacio y usar la planta de fusión para dar potencia al hipermotor. Probablemente todavía esté viajando. Seguirá avanzando por siempre a menos que choque con algo. ¿Por qué?
- No soy un psiquiatra.
- Él desea ser recordado. Cuando lleves muerto cien años. ¿Por qué serás recordado?
- Seré el idiota que fue con Gregory Pelton, que desperdició dos meses y más de un millón de estrellas por poner este navío en un planeta totalmente sin valor.
- Gronk. Está bien. ¿Qué hay acerca del conocimiento abstracto? Esta estrella estará fuera del espacio conocido en diez años. Nuestra única oportunidad de explorarla es ahora. ¿Qué.
Allí estaba una casi silenciosa brisa, y una estranguladora presión en mi laringe, y un punzante dolor en mis oídos, todo simultáneamente. Oí apenas el principio de una alarma, pero ya estaba alcanzando mi casco. Lo calcé fuertemente, giré el collar y le di salida a un enorme eructo al mismo tiempo que el viento salía silbando de mis pulmones.
No había forma de saber qué estaba pasando, ni tiempo. Pero el vacío estaba a nuestro alrededor, y el aire penetraba en mi traje, aire helado. Púas de hierro penetraban por mis oídos, pero yo iba a vivir. Mis pulmones contenían una horrible vacuidad, pero yo viviría. Me giré hacia Elefante.
El miedo a la muerte se mostraba desnudo en su rostro. Tenía el casco puesto, pero tenía problemas para ajustar el collar. Tuve que alejar sus manos a la fuerza para poder ajustárselo rápido. Su casco se llenó de niebla, luego se aclaró; él estaba recibiendo aire ¿Había llegado lo bastante pronto para salvar su vida?
Yo estaba vivo. El dolor iba dejando mis oídos, y yo estaba respirando: inhalación, pausa, inhalación, mientras la presión subía a lo normal.
Había visto lo que había pasado. Ahora yo tenía tiempo para pensarlo de nuevo, para recordarlo, para repetirlo.
Lo que había pasado era insano.
El casco se había convertido en polvo. Sólo eso. Todo a la vez, el exterior de la nave se había desintegrado y volado en una silbante expulsión de aire respirable. Yo lo había visto.
Y por supuesto, el casco s había ido. Sólo los interiores de la nave permanecían con nosotros. Ante mí, el panel de control iluminado. Un poco abajo, la portezuela hacia la empaquetada burbuja y la misma burbuja empaquetada. Por encima del tablero, el medio disco del misterioso planeta y las estrellas. A la izquierda, estrellas. A la derecha, Elefante, viéndose confuso y asustado, y detrás de él, estrellas. Atrás de mí, la esclusa de aire, el bloque de almacenamiento de la cocina y sus diales, un vistazo de las patas de aterrizaje y del radiador resplandeciente, y estrellas. El MLQ¥ era un esqueleto.
Elefante sacudió su cabeza, luego encendió la radio de su traje. Oí el clic amplificado en mi casco.
Nos miramos mutuamente, esperando. Pero no había nada que decir. Excepto: «¡Mira Elefante! ¡Ya no tenemos un casco!» ¿No es notable?
Suspiré, me moví al tablero de controles, y comencé a alimentar el impulsor de fusión. Por lo que podía ver de la nave, nada parecía alejarse flotando. Cualquier cosa que estuviera fijada al casco debía también estar fijada a otras cosas.
- ¿Qué estás haciendo, Bey?
- Sacándonos de aquí. Ah, y puedes gritar ahora.
- ¿Por qué? Quiero decir. ¿Por qué irnos?
Se había volado. Los llaneros son básicamente inestables. Cuando tuve el impulsor empujándonos a baja potencia, apagué el freno de gravedad y me giré para mirarlo. - Mira, Elefante. No hay casco. - Moví mi brazo a mi alrededor. - Nada
- ¿Pero lo que queda de la nave es todavía mío?
- Eh, si. Por supuesto.
- Deseo aterrizar. ¿Puedes decirme por qué no?
Él hablaba en serio. Completamente. - Las patas de aterrizaje están intactas -, siguió. - Nuestros trajes mantendrán fuera la radiación por tres días. Podemos tomar tierra y despegar en doce horas.
- Probablemente podamos.
- Y hemos pasado dos meses para llegar aquí.
- Cierto.
- Me sentiría como un idiota llegando tan cerca y luego volviéndome a casa. ¿Tu no?
- Lo haría, excepto por una cosa. Y esa cosa dice que tu aterrizarías esta nave sobre mi cuerpo inconsciente.
- Está bien, el casco se volvió polvo y se voló. ¿Qué significa eso? Significa que hemos conseguido un casco fallado, y yo voy a demandar a Productos Generales por todo lo que tiene cuando volvamos. ¿Pero tu sabes qué ha causado esto?
- No.
- ¿Entonces por qué asumes que es alguna clase de amenaza?
- Te diré lo que voy a hacer -, dije. Giré la nave hasta que estuvo de cola a Expreso Cannonbal. - Ahora. Estaremos allí en tres horas si insistes en aterrizar. Es tu nave, tal como dijiste. Pero yo voy a tratar de convencerte de lo contrario.
- Es justo.
- ¿Has tenido adiestramiento como piloto?
- Naturalmente.
- ¿Incluía un curso de Historia de los Errores?
- No lo creo. Tuvimos una pequeña historia del estado del arte.
- Es algo. ¿Recuerdas que ellos empezaron con combustibles químicos y que la primera nave a los asteroides fue construida en la órbita de la Luna Terrestre?
- Ajá.
- Esto no debes haberlo oído. Había tres hombres en esa nave, y cuando fueron lanzados, fue en una órbita que los movía levemente hacia adentro de la órbita lunar, luego afuera de nuevo y alejándose. Cerca de treinta horas después del lanzamiento los hombres notaron que todas sus ventanillas se estaban poniendo opacas. Una concentración de polvo en su huella estaba poniendo diminutos cráteres meteóricos en la superficie del cuarzo. Dos de los hombres desearon continuar, usando instrumentos para finalizar la misión. Pero el tercero era el comandante. Usaron sus cohetes y se detuvieron por completo.
»Recuerda, los materiales no eran tan durables en esos días, y nada de lo que usaban había sido bien probado. Los hombres detuvieron su nave en la órbita de la luna, que para entonces estaba 400.000 kilómetros detrás de ellos, y llamaron a la base para decir que habían abortado la misión.
- Lo has recordado muy bien. ¿Cómo es eso?
- Nos repetían esas historias una y otra vez. Cada vez que trataban de enseñarnos algo lo ilustraban con algún suceso histórico. Funciona.
- Sigue.
- Llamaron a la base y les dijeron que sus ventanillas se habían nublado. Alguien decidió que era polvo, y alguien más se dio cuenta de que habían lanzado la nave a través de uno de los puntos Troyanos de la Luna.
Elefante se rió, luego tosió. - Quisiera no haber respirado tanto vacío. Me parece que me estás llevando hacia algo.
- Si la nave no se hubiera detenido, podría haber naufragado. El polvo podría haberla hecho pedazos. La moraleja de esta historia es: cualquier cosa que no entiendas es peligrosa hasta que la entiendas.
- Suena paranoico.
- Tal vez para un llanero. Tu vienes de un planeta tan adecuado para ti, tan semejante a ti, que tu piensas que todo el universo es tu ostra. Deberías recordar mi historia de la estrella neutrón. Pude haber sido muerto si no hubiera entendido a tiempo ese efecto de marea.
- Así te habría pasado. ¿Así que piensas que los llaneros son tontos?
- No, Elefante. Sólo no lo suficientemente paranoicos. Y me rehúso a pedir perdón.
- ¿Quién te preguntó?
- Aterrizaré contigo si puedes decirme que hizo que nuestro casco se hiciera polvo.
Elefante cruzó sus brazos y miró al frente. Yo cerré la boca y esperé.
Finalmente el dijo: - ¿Podemos llegar a casa?
- No lo sé. El motor de hiperespacio deberá trabajar, y podemos usar el freno de gravedad para frenarnos hasta algo como lo normal. Físicamente deberíamos ser capaces de llegar.
- Está bien. Vamos. Pero te diré esto, Bey. Si yo estuviera solo, iría abajo, y al diablo con el casco.
Así que volvimos sobre nuestra huella y corrimos, bajo protesta de Elefante. En cuatro horas estábamos lo bastante lejos del pozo de gravedad de Expreso Cannonbal para entrar al hiperespacio.
Conecté el hipermotor, me atraganté, y lo apagué tan rápido como pude. Nos sentamos allí, estremeciéndonos, y Elefante dijo: - Podemos inflar la burbuja.
- ¿Pero podemos entrar?
- No tiene una esclusa de aire.
Lo hicimos, pese a todo. Había un dial de control de presión en la cabina, y lo ajustamos para cero; el campo electromagnético que plegaba la burbuja podía inflarla ahora sin presión de aire. Entramos, la presurizamos, y nos quitamos los cascos.
- Estamos fuera del campo de radiación - dijo Elefante -, ya miré.
- Bien - puedes alejarte mucho en un par de segundos en hiperimpulso -. Ahora, hay algo que quiero saber ¿Podrás resistirlo de nuevo?
Elefante se estremeció. - ¿Podrás tu?
- Pienso que si. Puedo hacer toda la navegación si tengo que hacerla.
- Todo lo que puedas resistir tu, puedo yo.
- ¿Podrás resistirlo y permanecer cuerdo?
- Si.
- Entonces podemos compartir el tiempo. Pero si cambias de idea, házmelo saber al instante. Muchos buenos hombres perdieron sus mentes mirando el Punto Ciego, y todo lo que tenían era un par de ventanas para mirarlo.
- Te creo. En verdad lo hago, señor. ¿Cómo lo haremos?
- Vamos a trazar un curso a través de la zona menos densa del espacio. El mundo habitado más cercano es Kzin. Odio arriesgarme a pedir ayuda a los Kzinti, pero debemos hacerlo.
- Te diré que, Bey. Al menos tratemos de alcanzar Jinx. Me gustaría usar ese número que te dieron para ir con los Titiriteros.
- Seguro. Siempre podemos desviarnos hacia algo más cercano.
Usé una hora o algo así trabajando en un curso. Cuando terminé, estaba bastante seguro de que podríamos navegar sin que alguno de nosotros necesitara salir de la burbuja más de una vez cada veinticuatro horas para mirar el indicador de masas. Pulseamos para ver quien hacía la primera guardia, y yo perdí.
Nos pusimos nuestros trajes y despresurizamos la burbuja. Mientras me arrastraba a través de la portilla, pude ver a Elefante opacando la pared de la burbuja.
Me estrujé en la cucheta de impacto, totalmente solo entre las estrellas. Eran azules adelante y rojas atrás cuando terminé de girar la nave. No pude encontrar el protosol.
Más de la mitad de la vista era espacio vacío. Me encontré mirando intensamente a la escotilla de presión. Estaba detrás y a la izquierda, un óvalo de metal, puesto solo en el borde de la cubierta con ambas puertas firmemente cerradas. La puerta interior se había cerrado cuando la presión bajó a cero, y ahora el mecanismo de cierre de aire protegía la presión interior contra el vacío exterior en ambas direcciones. No había nadie adentro para usar el aire, pero ¿Cómo explicarle eso a un sensor de presión?
Estaba aplazando las cosas. El navío estaba preparado; apreté mis dientes y mandé la nave al hiperespacio.
El Punto Ciego, lo llaman. Le queda.
Hay maneras de hallar el punto ciego en sus ojos. Cierre un ojo, ponga dos puntos en una hoja de papel, y ponga el papel delante de usted, enfocándose en uno de los puntos. Si sostiene el papel de la forma adecuada, el otro punto súbitamente se desvanecerá.
Deje que un navío entre al hiperespacio con las ventanas transparentes, y las ventanas parecerán desaparecer. También lo hará el espacio contenido en ellas. Los objetos en cada lado se estrecharán y se arrastrarán hasta juntarse para llenar el espacio perdido. Si lo mira por bastante tiempo, el Punto Ciego comienza a esparcirse; las paredes y las cosas contra las paredes se mueven aún más cerca del espacio perdido hasta que también se desvanecen.
Todo está en tu mente, me dijeron. ¿Entonces?
Pulsé la tecla, y la mitad de mi visión era el Punto Ciego. El tablero de control se estrechó y fluyó. La esfera del indicador de masa trató de envolverse a mi alrededor. Traté de alcanzarla, y mis manos también estaban distorsionadas. Con considerable esfuerzo, volví a ponerlas a mis lados y me agarré a mí mismo.
Había una línea verde borrosa en la distorsión plástica que había sido un indicador de masas. Estaba atrás y a un lado. El navío podría volar por si mismo hasta que llegara el turno de Elefante. Tropecé mi camino hasta la portilla y me arrastré a través de ella.
El hiperespacio era sólo la mitad del problema.
Era un gran problema. Cada veinticuatro horas uno de nosotros tenía que salir allí, ver si había masas peligrosas alrededor, dejarnos caer al espacio normal para tomar fijaciones y ajustar el curso. Me encontré a mí mismo insoportablemente tenso durante las pocas horas antes de cada turno. Igual le pasaba a Elefante. En esos momentos no nos atrevíamos a hablarnos el uno al otro.
En mi tercer viaje tuve el mal sentido de mirar arriba, y me quedé más que ciego. Mirando hacia arriba, no había nada en absoluto en mi campo de visión, nada excepto el Punto Ciego.
Era más que ceguera. Un hombre ciego, un hombre cuyos ojos han perdido su función, al menos recuerda como se veían las cosas. Un hombre cuyo centro óptico del cerebro se ha dañado no puede hacerlo. Yo podía recordar para qué había salido allí afuera (para encontrar si había masas lo bastante cerca de nosotros para dañarnos), pero no podía recordar como hacerlo. Toqué una superficie de vidrio curvada y supe que esa era la máquina que podría decírmelo, si sólo conociera su secreto.
Eventualmente mi cuello se cansó, de modo que bajé mi cabeza. Eso trajo mis ojos de vuelta a la existencia.
Cuando tuvimos la burbuja nuevamente presurizada, Elefante dijo: - ¿Dónde estabas? Te fuiste hace media hora.
- Y fui afortunado. Cuando vayas afuera, no mires arriba.
- Oh.
Esa era la otra mitad del problema. Elefante y yo habíamos dejado de comunicarnos. El no estaba interesado en decirme nada ni en nada que yo tuviera que decir.
Me tomó toda una semana comprender porqué. Entonces lo enfrenté con ello.
- Elefante, hay una palabra perdida en nuestro lenguaje.
Levantó la vista de la pantalla de lectura. Si no hubiera una pantalla de lectura en la burbuja, no creo que lo hubiéramos logrado. - Más de una palabra - dijo -, las cosas han estado muy silenciosas.
- Una palabra. Estás tan preocupado de usar esa palabra que has dejado de hablarme en absoluto.
- Entonces dímela.
- Cobarde.
Elefante frunció sus cejas, luego apagó la pantalla. - Esta bien, Bey, hablaremos de esto. Primero de todo, tú lo dijiste, no yo. ¿Correcto?
- Correcto. ¿La has estado pensando?
- No. He estado pensando en eufemismos como «hiperprecavido» y «reluctante a arriesgarse a daños corporales». Pero ya que estamos en el tema ¿Por qué estabas tan ansioso de regresar?
- Estaba asustado. - Dejé que esa palabra penetrara en el, luego seguí. - La gente que me entrenó se aseguró que yo estaría asustado en ciertas situaciones. Con todo el debido respeto, Elefante, yo he recibido más entrenamiento para el espacio del que tu tienes. Pienso que tu deseo de aterrizar estaba basado en la ignorancia.
Elefante suspiró. - Yo pienso que hubiera sido seguro aterrizar. Tu no. No vamos a llegar a ninguna parte discutiendo de ello ¿Cierto?
Cierto. Uno de nosotros estaba en lo cierto, el otro equivocado. Y si yo era el equivocado, entonces una muy buena amistad acababa de irse por la puerta de aire.
Fue un viaje silencioso.
Salimos del hiperespacio cerca de los dos soles de Sirio. Pero eso no fue el fin de ese viaje, porque todavía debíamos encarar un universo aplastado por la relatividad. Nos tomó casi dos semanas para frenar. El radiador del freno de gravedad brilló blancoanaranjado por la mayor parte de ese tiempo.
No tengo idea de cuantas veces volvimos al hiperespacio para otra carrera a través del sistema.
Finalmente nos movíamos cerca de Jinx con el impulsor de fusión.
Rompí un silencio de horas. - ¿Ahora que, Elefante?
- Tan pronto como estemos en alcance, voy a llamar a ese número tuyo.
- ¿Y entonces?
- Te dejaré en Sirius Mater con suficiente dinero como para que llegues a casa. Me agradará que uses mi casa como si fuera la tuya hasta que yo vuelva de Expreso Cannonball. Compraré una nave aquí y volveré.
- No me quieres a tu lado.
- Con todo el debido respeto, Bey, no. Voy a aterrizar. ¿No te sentirías como un condenado tonto si murieras entonces?
- He pasado tres meses en una pequeña burbuja de extensión por causa de ese miserable planeta. Si lo conquistaras solo, me sentiría como un condenado tonto.
Elefante se veía angustiosamente infeliz. Empezó a hablar, tomó aliento...
Si alguna vez tomé el momento justo para interrumpir a alguien, fue ese.
- Déjalo. Vamos a llamar a los Titiriteros primero. Hay mucho tiempo para decidir.
Elefante asintió. En un momento él me habría dicho que no me deseaba consigo porque soy demasiado precavido. En lugar de eso, tomó el teléfono de la nave.
Jinx era un huevo de pascua a rayas frente a nosotros. A un lado estaba Binario, el primario del que Jinx es una luna. Deberíamos estar lo bastante cerca para hablar... y el número de cabina de transferencia de los Titiriteros debía ser también su número de teléfono.
Elefante marcó.
Una dulce voz de contralto respondió. No había imagen, pero yo podría decirlo: ninguna voz de mujer es tan perfecta. El Titiritero dijo: - Ocho ocho tres dos seis siete siete cero...
- Mi casco de Productos Generales ha fallado. - Elefante no desperdiciaba tiempo en absoluto.
- ¿Perdón?
- Mi nombre es Gregory Pelton. Hace doce años yo compré un casco Nº 2 de Productos Generales. Un mes y medio atrás falló. He pasado el tiempo intermedio cojeando a casa. ¿Puedo hablar con un Titiritero?
La pantalla se encendió. Dos cabezas planas, sin cerebro, nos miraron. - Eso es muy serio - dijo el Titiritero -. Naturalmente pagaremos la indemnización completa. ¿Le importaría detallar las circunstancias?
A Elefante no le importaba. Él resultó ser muy vehemente. Era un placer escucharlo. La expresión tonta del Titiritero nunca cambió, pero estaba parpadeando rápidamente cuando Elefante terminó.
- Ya veo - dijo -. Nuestras disculpas son insuficientes, por supuesto, pero usted entenderá que era un error natural. Nosotros no pensamos que la antimateria fuera tan accesible en la galaxia, especialmente en tal cantidad.
Fue como si lo hubiera gritado. Podía oír los ecos de esa palabra rebotando de lado a lado de mi cráneo.
La retumbante voz de Elefante fue curiosamente suave. - ¿Antimateria?
- Por supuesto. No tenemos excusas, en verdad, pero usted debió darse cuenta de inmediato. El gas interestelar de materia normal había pulido la superficie del planeta con minúsculas explosiones, había subido la temperatura del protosol más allá de cualquier estimación racional, y estaba produciendo un increíble peligro de radiación. ¿Alguna vez se preguntaron el por qué de esas cosas? Ustedes sabían que el sistema venía de más allá de la galaxia. Se supone que los humanos son curiosos ¿Verdad?
- El casco. - Dijo Elefante.
- Un casco de Productos Generales es una molécula artificialmente generada con enlaces interatómicos artificialmente reforzados por una pequeña planta de poder. Los enlaces moleculares reforzados son a prueba de cualquier clase de impacto o calor hasta los cientos de miles de grados. Pero cuando suficientes de los átomos han sido destruidos por explosiones de antimateria, la molécula naturalmente se fragmenta.
Elefante asintió. Yo me pregunté si su voz se había dado por vencida.
- ¿Cuándo debemos esperar que pase a cobrar su indemnización? Entiendo que ningún humano ha sido muerto. Eso es afortunado, porque nuestros fondos están bajos.
Elefante apagó el teléfono. Tragó saliva una o dos veces, luego giró para mirarme a los ojos. Creo que eso le tomó toda su fuerza, y si hubiera esperado a que él hablara, yo no sé lo que él hubiera dicho.
- Me gusta - dije -, me gusta. Yo tenía razón; tú estabas equivocado. Si hubiéramos descendido en ese lamentable planeta, nos hubiéramos ido en pura luz. En este momento me da gran placer decir: Te Lo Dije.
Él sonrió débilmente. - Tú me lo dijiste.
- Oh, lo hice, lo hice. Una y otra vez te dije: ¡No Vayas Cerca de Ese Planeta Embrujado! ¡Por Tu Vida y Por Tu Alma!, dije. Han Habido Signos en Los Cielos, dije, Para Advertirnos Contra Este Lugar...
- Está bien, no te sobrepases, bastardo. Hubieras estado completamente muerto. Dejémoslo así.
- Está bien. Pero hay una cosa que quiero que recuerdes.
- Si no lo entiendes, es peligroso.
- Eso es lo que quiero que recuerdes, además de Te Lo Dije.
Y así debió terminar.
Pero no lo hizo. Elefante va a volver. Ha conseguido una pequeña bandera con la insignia de las Naciones Unidas, cerca de sesenta por sesenta centímetros, con resortes que la hacen parecer flameando en la brisa, y un motor de combustible sólido en el mástil. La dejará caer en el planeta de antimateria desde una gran altura, tan grande como pude convencerlo de ello.
Deberá hacer una gran explosión.
Y yo también iré. He conseguido una cámara de tridi sólidamente montada y un contrato con la mayor compañía de emisiones del espacio conocido. ¡Esta vez tengo una razón para ir!