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luis mateo díez

cenizas (es)

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1
Tres años desde la muerte de mi madre, el tiempo de encierro que termina ahora mismo cuando me detengo en el recodo del camino de gravilla que baja del convento y enlaza la pendiente a la carretera, cruzando el desmonte del joven pinar, la vertiente de guijarros hasta el límite de las cancillas, un color de tierra amoratada que se quema en el sol de la tarde, y voy con la maleta siguiendo la orilla en la sombra de los pinos cercanos, con el sueño de la siesta que trae el silencio a este recinto sosegado que delimita la vieja pared de ladrillos macizos, una cerca deforme extendida por toda la propiedad del convento, sin que nada se mueva, sólo mis zapatos arrastrando el polvo, poniendo las primeras huellas de una separación que marca el deseo de la huida.
Tres años que quisiera borrar en el momento de salir a la carretera, donde cada jueves comenzaba el paseo de los novicios y se formaban dos hileras rumorosas a la zaga del hermano Nicanor, las sotanas nuevas y los fajines relucientes, el fervor de las conversaciones animando la caminata, y yo siempre miraba ese declive que anuncia las vaguadas en la lejanía de las primeras casas donde comienza la ciudad, la borrosa fisonomía de torres y edificios entre el inmóvil cendal de la bruma o la canícula.
Iba el hermano Nicanor pastoreando aquel rebaño con la dulleta inmaculada y el cabello apelmazado bajo la olorosa brillantina, risueño y locuaz en el centro de las hileras, prometiendo dos kilómetros de propina, proponiendo adelantar èl rosario en un alto del paseo para alargar el regreso, ya que la tarde es buena y da gusto sentir el oscurecer por estos parajes de Dios.
Con la penumbra y el aroma de las jaras y de los brezos, tocadas nuestras frentes de un sudor beneficioso, dispuestos a entonar un salmo si el hermano Nicanor lo insinuaba con el diapasón en los labios, pues la música reconforta, hermanos, veréis qué bella polifonía a media voz, graves y agudos, los de la derecha la primera y los de la izquierda la segunda.
El regreso que había mezclado la noche después del descanso en las lindes del bosquecillo de robles, aquí se respira la metafísica de la naturaleza, hermanos, y que detallaba hacia el lejano horizonte de la ciudad las luces diluidas, el vaho luminoso como una cortina que presagiara tejados y vapores.
Es el mismo paisaje que ahora desnuda esta luz violenta y el polvo de aquellas tardes vuelve conmigo, acompaña los pasos que abren la recta de la carretera hasta el promontorio donde cede la cuesta como en una rampa.
Podría volver los ojos atrás, fijaos en la veleta del campanario, hermanos, ni se mueven las agujas, y la doble mole del edificio estaría filtrándose entre las ramas de los pinos, alcanzaría la franja de ventanas superiores, el recodo de las camarillas y la enfermería, ¿la observa usted, hermano Ángel?, acaso un rostro convaleciente diciéndome adiós, siempre rezagado, hermano, decíamos que ni se mueven las agujas, o la figura del padre maestro siguiendo mi abandono.
El aniversario de la muerte de mi madre siempre llenó un día de tristeza, el recuerdo depositado sobre la fotografía que ha ido envejeciendo en mi cartera; apenas un cartón sepia donde su imagen remite a la ausente juventud de una vida que no la celebró, y en la soledad de la camarilla sostenía entre las manos esa trémula presencia, agotando el recuerdo hasta adormecerme:
De alguna manera se resquebraja esa sentimental dedicación y la fotografía permanecerá plegada, como si fuera inútil alentar la memoria de aquella mujer que estaba muriendo, que lo hacía con los ojos abiertos, intentando disimular los dolores, repitiendo mi nombre, esparciendo las manos crispadas sobre la colcha, sus ojos agrandados, la cera de la piel, el suspiro que iba a partirle el pecho.
Había un olor de sábanas húmedas, de medicinas derramadas, de ropa vieja, y la luz de la bombilla retenida por un paño rojo, la ventana abierta y la persiana caída dejando entre las rendijas el rescoldo del crepúsculo otoñal donde, como huyendo de aquel perfil que dibujaba la muerte en mi madre, mis ojos se posaban adivinando el campo y los cárdenos arreboles de un horizonte perdido entre las eras y las nubes.
Es preciso romper ese frágil homenaje ensimismado en la fotografía, pues estoy alejándome de lo que mi madre quiso para mí y es inútil pensar que le renuevo la lealtad más allá de una promesa incumplida, más allá de un desengaño, aunque ya no pueda verme en esta dirección, moviendo el peso de mi cuerpo por la carretera que se aleja del convento, desazonado por la fiebre y dispuesto a vagar, hijo mío, en una benigna liberación, escucha siempre esa voz del Señor que te llama, después de estos tres años amontonados como cenizas, y guarda mi recuerdo en su santísimo nombre.
Como un leve estremecimiento en el sopor de la fiebre, la sensación de ir surcando sin peso ni esfuerzo este desierto de brea que atraviesa la loma abombada del largo desmonte, la hendidura de algunas torrenteras fosilizadas en el secadal, un ralo paréntesis de agostada retama a donde llegan las últimas pozas de los pinos que dejaron sin plantar, y un extenso círculo de resonancias casi apagadas fluye en mi cabeza como aquietado por la suave calentura, el hermano Nicanor pronunciaba las letanías con un esguince musical y volteaba el rosario enroscando las cuentas en el dedo meñique, tres días con esta premonición de fiebre, los músculos distendidos y flojos, acaso en la mirada el brillo enfermizo cuando el padre maestro repite que debo meditar la decisión, es penoso para nosotros haberle visto llegar sano y dejarle marchar en esas condiciones, qué extraño aroma de colonia y qué perfecta raya en la cabeza menuda del hermano, pero no es mi deseo replantear ese inútil coloquio, estoy nerviosa, siento la necesidad irremediable de coger la maleta, no se preocupe, padre, una tenue brisa pacificadora enfría la humedad de mi frente.
Apenas algunos detalles para llenar la zozobra de esos tres últimos días, como si repitieran las cotidianas consternaciones de los años acumulados, el descenso a una claridad que destaca mi despego, una conciencia de separación, de extrañeza: ahí está el roquete deshilachado, los calcetines negros horadados por el talón, la dulleta con el brillo de los pupitres, ese intenso aroma de la sopa nocturna donde los fideos navegan como gusanos, bolas de alcanfor para ahuyentar la polilla, estampas del calendario misional y el florilegio abierto en la mesa de estudio por la página donde continúa la guerra de Yugurta.
Un día recibo el aviso madrugador de la campanilla con menos sobresalto y escucho desde la cama el ajetreo de los, soñolientos novicios. La voz amodorrada del hermano Fulgencio entona la oración matutina y se suceden los ruidos y los silencios con esa tensión que va limando la monodia, be-ne-di-ca-mus-Dó-mi-ne, entre bostezos contenidos y toses aparatosas, flec-ta-mus-ge-nua, hasta que el hormigueo transforma las camarillas en un apresurado colmenar y la doble fila se agrupa en el largo pasillo con las bacinillas en la mano dispuesta a partir hacia los lavabos, los ojos enrojecidos y las legañas supurando en la comisura de los párpados.
Me quedo disfrutando el dulce calor de las sábanas y vuelvo a cerrar los ojos después de comprobar cómo el aliento se cuaja en la atmósfera del recinto, el frío que humilla la piel desguarnecida como enemigo abrumador, pensando que por el helado transito que ahora cruzan los hermanos acecha el fantasma mortificante de los sabañones.
Y el fácil recuerdo de aquel hermano Gaspar, coleccionista de cepillos de dientes, poeta humilde de famosas cuartetas que recitaba salpicando de saliva al auditorio mientras escondía las manos en los sobacos, me reconforta al remontar, sus versos
Oh ingrata piel quemada en picazones
por el rigor del frío y los cilicios
costra ulcerada que rascan los novicios
inflamando Zamando morados sabañones.
Aquella mañana me quedé en la cama hasta la hora del primer estudio e inauguro la intermitente costumbre de repetir ese sueño prohibido evitando la curiosidad de los vecinos y sin que el padre maestro localice estos lapsus de disciplina.
Es como un necesario convencimiento, una forma de demostrar que en estos actos mínimos y prohibidos está la complicidad precisa a la decadencia que sobreviene en mis convicciones, una suave dispersión en la ruptura de los férreos horarios sin que nada me impulse a buscar en el secreto de la capilla la oración para interceder por mi desgana.
En esas treguas recobro la olvidada libertad que se fue difuminando como una nube de polvo en estos paisajes acotados y rudos, acaricio su nombre en el recuerdo que me ayuda a reconsiderar su pérdida, y siento su regreso cada vez más urgente, más necesitado, más extraño al viaje diario que anega la conciencia bajo la perpetua invocación de, ese sacrificio absoluto a que estamos llamados, porque esta es hermanos, una vida que se cumple en el designio del amor y el amor la generosidad ilimitada, alianza de Dios que no admite reservas y que transformaría cualquier condición por vuestra parte en un acto de ingratitud.
Ahora, si vuelvo los ojos, el verde panel de la pinada cubre la frente del edificio y sólo el tejado levanta su comba no del todo vertical con el apósito de las sucesivas claraboyas que iluminan el desván, ese espacio enorme donde en invierno se tiende la ropa: estancias sucesivas que separan irregulares tabiques, almacén desordenado de objetos en desuso, desde el somier a las palanganas, desde los manteos a los bonetes, todo mezclado entre el polvo y la penumbra de las rinconeras, y las agujas de la veleta del campanario tampoco se mueven, qué curiosa coincidencia, hermano Nicanor, sucede pocas veces a lo largo del año: el viento se detiene, se duerme, ni a los vencejos se les ocurre posarse allí, pero no se me rezague, hermano, estábamos haciendo esta nimia observación porque es interesante constatar los fenómenos atmosféricos, ¿concibe usted la presencia de Dios en este detalle anodino?, el dedo pulgar del Señor roza la punta de la veleta, ¿le parece sutil?, a mí me reconforta saber que el Señor también se ocupa de estas humildades, vamos, hermano, no resuma tan sólo la gloria de Dios en los hechos gloriosos, muéstrese como yo un poco más liberal.
Y en el centro geométrico del edificio, en el punto de referencia que atraviesa una línea fundamental del cielo a la tierra, estará el padre Teófanes sentado en la intersección de ese punto metafísico, que a estas horas coincide hacia la parte alta, en un lugar del desván que tiene acotado con un círculo de tiza, locus sacratíssimus, casi en cuclillas, con las manos sosteniendo la cabeza, sumido en profunda meditación:
El padre Teófanes con sus ochenta y cuatro años, la perilla barométrica y la calva reverberante, donde es preciso dibujarle cada tres días la circunferencia de la tonsura con tinta china, escriturista, teólogo, autor de un profuso comentario a la Summa que no vio la luz porque fue destruido fatalmente en un incendio, las llamas, hermanitos, arruinaron aquella sapiencia que tanto desvelo me costó, pero guardaos de pensar que me sintiera desgraciado, por la lengua del fuego que consumía medianeras y cobertizos me hablaba el Aquinate y decía con la voz prístina y melodiosa: reconfórtate, Teófanes, que yo ya leí tus infolios.
El viejo padre, oráculo consentido de la Comunidad, tiene dividida la jornada de acuerdo al flujo mágico de esa línea fundamental y se pasa las mañanas en el sótano del convento guarecido bajo un paraguas para amortiguar la densidad del magnetismo espiritual que podría hundirle en la tierra, y las tardes en el desván tomando las iluminaciones en una intensa meditación que dura hasta el oscurecer. Todas las noches, al comenzar la cena, ofrece su parte, que es escuchado en silencio con una complicidad establecida como norma para todos los viejos padres que aquí descansan, en el inocente desvarío de los crepúsculos.
—«Carissimi frates, la voz del oráculo solemne y constipada concentra la atención del refectorio, notatur desviatio quincuaginta graduum ab ocasu solis, infirmatur vis magnética
Gabrielis arcangeli, et caliginosa nívola per Montem Mariae extenditur. Imploremus auxilium divinae columbae».
En seguida la campanilla romperá el sosiego de la siesta, un lánguido movimiento de sotanas arrugadas cruza la longitud del tránsito, en la capilla hay una fresca penumbra, un silencio absoluto, la pátina aromática del incienso, el temblor de la palomita en el vaso de aceite junto al sagrario, y ayer mismo a esta hora yo me quedaba ajeno a este cortejo que hará la meditación entre las palabras casi siempre penitenciales del padre Gumersindo, no he venido, a traeros la paz sino la guerra, ceñíos a esta consigna que no es para los débiles sino para los fuertes, cuando el padre maestro me llama por última vez y bajo a su despacho: la puerta entornada, la mesa de nogal, las sillas de cuero, el reclinatorio cercano desde donde uno puede recibir la absolución, siempre en la media penumbra que atempera el flexo muy bajo, ego te absolvo, un crucifijo de ébano, el suave olor a ozonopino que apenas disimula la persistente cerrazón, a pecatis tuis, y el curioso paisaje japonés pintado en nítidos colores sobre el lienzo de seda que cuelga en la pared desnuda.
Me siento evitando la mirada del padre maestro cuyas manos descansan bajo la luz del flexo. Son esas mismas manos blancas y largas que se multiplican en el recuerdo, que bendicen, absuelven, parten el pan, acusan, palmean, estrechan, recriminan, o se juntan enlazadas sobre el pecho en un punto invocatorio de la homilía, Señor, míranos humildes y trémulos como medrosos corderos que quieren buscar tus pastos, para abrirse después como el remate de dos aspas monumentales que ayudan a implorar un viento de misericordia.
El silencio prolonga la difícil conversación y la voz de este hombre de sienes plateadas tiembla como movida de pesadumbre, esa voz húmeda que parece depositaria de una conciencia superior, capaz de endurecerse o humanizarse, de elevar el tono a la violencia de la admonición o bajar al susurro en dóciles flexiones de dramatismo o confidencia.
No necesito adivinar en su mirada el frío centelleo de una llama que viene a extinguirse cerca de la conmiseración, ni tengo ganas de volver al recuento de esas sutiles razones que van a sopesar las dudas, a ejemplificar distintos casos de vocaciones extraviadas y equívocos deshechos como nubes de polvo que luego dejan el sosiego y la calma para decidir limpiamente.
Es inútil seguir aquí sentados asistiendo a la representación de este hombre que acerca una mano meditativa a la frente y me habla desde el vacío: perdóneme, hermano, no quiero excederme en un intento de rescate ni tampoco amargar su decisión, pero estoy de verdad preocupado.
La penumbra aleja su rostro cuando se recuesta en la silla y yo contengo un acceso de tos y descubro sobre el cristal de la mesa la huella sudorosa de sus dedos, usted hermano lleva tres años de convento y disciplina, debe ser la fiebre lo que motiva este fugaz estremecimiento, está a las puertas del juniorado y debiera demostrar suficiente madurez para hacer un último y definitivo esfuerzo, o acaso la resonancia de toda una memoria al escuchar en sus labios esa indicación de los tres años de convento y disciplina.
Qué paciente abismo penetrado de segundos, de minutos, de horas, en este viejo fanal donde tiemblan las señales de una paz interior coagulada entre kilómetros de tránsitos, postreras soledades, deseos de alcanzar en una noche la santificación, inciertos lastres que renueva la memoria cuando observo atentamente la figura adusta y respetada del padre maestro, ese rostro que no enuncia ninguna emoción particular, esos ojos que ahora soportan la tensión de los míos, esos labios que se callan.
Un leve sentimiento de tristeza vino a inundarme por encima de aquel orgullo que revelaba en mi silencio desarmando el imperio de ese hombre que ahora vacilaba al levantarse como herido en una derrota íntima y difícil que duele reconocer: hermano, aquí siempre tendrá una casa, y yo dudaba entre salir conservando el silencio o dejar una última palabra de despedida.
Desde la atalaya donde la carretera abre la última curva y el descenso, se alcanza el panorama completo de la ciudad: la mancha terrosa de los tesos en el horizonte, el bloque
urbano abigarrado en los aledaños de la catedral que emerge con la doble punta de las torres, un cúmulo de tejados en la rotonda del barrio viejo, las sucesivas concentraciones de edificios desparramados hasta la vega del río, que forma un lento meandro y se aleja a la sombra de las choperas.
Avanzo unos pasos en el breve terreno que luego oscila a la hondonada de un pequeño valle donde se juntan barbechos y pradera, dejo la maleta en el suelo, un camión levanta el.
polvo , de la cuneta cercana, hay una brisa cálida en el límite de este promontorio, el sol satinando las pátinas grises de los tejados, un anaranjado fulgor por el largo paisaje que inunda los ojos y el primer alivio al cerrar los párpados como si la fiebre comenzara a ceder.
La noche llegaba entre el rumor de los hermanos que cruzan el tránsito inferior del ala derecha del edificio camino de la iglesia y yo había esparcido sobre la cama las cuatro mudas con el número treinta y siete bordado en rojo, las tres camisas, los seis pares de calcetines, y.
abría la maleta forrando el fondo con papel de periódico, rellenando un primer espacio de libros y cuadernos, observando el traje oscuro colgado de la percha que tiene una bola de alcanfor en cada bolsillo, la corbata negra con el nudo de tres años, ese arrugado dogal que me devuelve el entierro de mi madre, el vacío de la casa donde sollozan las últimas mujeres, la soledad de la cocina donde quedó su mandil como una huella de oscuros afanes y tareas entre el fogón y los escaños.
Las bombillas desnudas del dormitorio extienden el mortecino pálpito de su pureza desde la altura excesiva del techo en esta deshabitada frialdad de compartimientos alineados entre tabiques de dos metros, mesa, cama, silla, reclinatorio, armario, tantas veces encendidas y apagadas con la señal de la campanilla del hermano Fulgencio, el lego saltarín, antiguo cabo del Tercio, que tiene el ojo derecho de cristal y un brazo arruinado.
Vendrán los compañeros a decirme adiós antes de ingresar en las respectivas camarillas, remoloneando por el pequeño espacio, indecisos en la última palabra, interesándose por mi salud, la sonrisa comprensiva, el abrazo fraternal, un gesto de despedida que encierra la absurda tristeza del momento.
Y luego, en la oscuridad y en el silencio, seguiré desvelado, sin ningún pensamiento continuo, escuchando el roce de los somieres, la invocación sonámbula, el paseo nervioso del hermano Tomé a medianoche, desorbitado por el terror de los escrúpulos, dispuesto a buscar un padre para repetir por tercera vez la confesión.
Dejé la maleta cerrada sobre la silla, la salve de los novicios coronando el rosario llenaba la quietud del convento mezclada con el ruido de los platos que se ordenan en las mesas del refectorio.
Abrí la ventana y mis ojos se perdieron en el cansancio del oscurecer: el sopor de la fiebre diluye la mirada hacia el paisaje vagoroso donde la noche se adentra con lentitud y sigilo, apenas destacadas las copas de los pinos, su aroma en la atmósfera caliente, los vencejos que regresan a los aleros, qué tierna desolación para que el recuerdo se interponga en este mismo límite de desánimo, tres años atrás, una mañana esparcida en la luz del otoño.
2
Aquel pequeño viaje desde la estación al convento en el asiento trasero del taxi, apoyando el brazo izquierdo en la maleta y siguiendo, a través de la ventanilla, el panorama de las calles que se bifurcan, una luz de media mañana en el largo bulevar de castaños y chopos canadienses, el reflejo esmerilado de los escaparates, la rotonda de la plaza" donde la fuente de surtidores verticales eleva una cortina de agua desmenuzada por la presión. La suave melancolía ,que envuelve este apresurado itinerario en ese límite de desolación que me invade, devuelve las imágenes nocturnas, el ruido cadencioso del tren, incidiendo en el estómago vacío, los perfiles de la madrugada sobre el campo cubierto de escarcha, el humo deshilachado que dibuja la forma de una nube rasgada por el viento.
El taxi viraba para tomar la carretera y yo cerré los ojos descansando la cabeza en el hombro sin interés hacia el paisaje depauperado de las afueras, en un conato de sueño que me envuelve desde el sopor de la noche en vela, con el traqueteo del tren, los rostros de los vecinos del compartimiento alineados en un friso de soñolienta inmovilidad.
Ascendíamos el camino de gravilla y me incorporé ligeramente sobresaltado, advirtiendo las siluetas del pinar, la fachada del edificio, las escalinatas de la puerta principal hacia donde el coche se dirigía lentamente después de coronar el último repecho.
Por primera vez observo esa mole extendida en dos largos brazos sobre la plataforma horizontal, que bordean algunos poyos de piedra y media docena de sauces intercalados entre los pinos.
La luz otoñal iluminaba las altas paredes de ladrillo macizo en una leve reverberación de fulgor granate, y hacia el arrimo de las ventanas merodeaban las sombras vertiginosas de los vencejos, esos pájaros plañideros que anidan bajo el saliente del tejado, atolondrados y huidos como ciegos guardianes.
El hermano Veremundo bajaba las escaleras bandeando la pierna paralítica con un gesto de alegre bienvenida, me da la mano, quiere llevar la maleta, un momento y el padre maestro estará contigo, subimos los peldaños, entramos en la portería, ¿cómo ha ido ese viaje?, vislumbro a la derecha el transito de azulejos, la salita del recibidor, un desconchado margen de floresta al temple en el remate de los zócalos, ciertas inscripciones latinas, el doble retrato al óleo de los marqueses benefactores.
El hermano Suárez te lo enseñará todo, y el hermano Veremundo se había acercado a la taquilla de la portería y dejaba la maleta junto a la pared, sois compañeros de armas, mientras yo asentía sonriente, tendrás el estómago vacío, un guiño ingenuo en su rostro de tierna sabandija, le diré que comience por la cocina, como satisfecho de ofrecerme las primicias de la hospitalidad.
Entonces escuché el repique de la campanilla rompiendo los silencios interiores, y las notas musicales de un reloj desgranadas en la atmósfera como viejas pulsaciones de un tiempo que se amortigua en la costumbre, y que señala su propia dimensión en este incierto laberinto que comenzaré a recorrer en seguida.
¿No ha avisado usted al hermano Suárez?
El padre maestro me estrechaba la mano, bienvenido a esta casa de Dios, y palmeaba mi espalda con una fresca naturalidad que alivia mi aturdimiento, la honda sonrisa en la confianza de los ojos, los cabellos plateados resaltando sobre el negro de la sotana; y el hermano Suárez llega corriendo por el tránsito de azulejos, sofocado, aceptando una broma del hermano Veremundo, se lo encomiendo a usted, un buen comienzo es la cocina, si os dais prisa todavía podréis distraerle unos bizcochos al hermano San José:
¿Qué resignada tristeza viene llenando el corazón y recorriéndome las venas hasta desalentar estos primeros pasos después del cordial recibimiento, bienvenido a esta casa de Dios, acaso el sueño que todavía persigue los párpados cansados, la sombra del cadáver de mi madre entre el fulgor decaído de los cirios, una fría pesadumbre que no borra el calor generoso de este encuentro?
El sol repartía la claridad por los ventanales del tránsito, bruñendo la palidez de los azulejos y el hermano Suárez me guiaba iniciando la minuciosa explicación, el manojo de llaves en la mano derecha, dispuesto a abrir y cerrar todas las puertas, anunciando las perspectivas de los patios interiores, donde se suceden los recoletos jardincillos remarcados por el boj con un centro de pozos artesianos o cipreses, el salón de actos, su artesonado es lo más valioso: palisandro, una misión americana lo regaló en el XVII, la iglesia, el cristo es de escuela castellana tal vez del taller de Gregorio Fernández, las salas de estudio, y un aroma indefinible que va cobrando intensidad como una pátina disuelta en la atmósfera, mezcla imprecisa de cera, incienso, potaje, alcanfor, humedades, mientras mis ojos se evaden por las baldosas y el entarimado o se detienen en los retratos de las paredes, láminas color sepia,
paisajes exóticos de misiones, una llama amarilla en las pupilas de los protomártires y los beatos.
He dejado para el final el pequeño museo de la casa, me indicaba el hermano Suárez ante la puerta ojival de madera tallada que se abre con dificultad y entramos en un oscuro recinto de techo muy alto, voy a dar la luz, dos lejanas troneras atraen la claridad cenital, una lámpara de cobre colgada de un hilo infinito, la voz del hermano resuena con la reminiscencia del eco prisionero y los pasos tiemblan en las baldosas.
El recinto tiene las cuatro paredes cubiertas por armarios y vitrinas: una abigarrada colección de casullas, capas pluviales, estolas, cálices, patenas, las repisas forradas de paño rojo.
El hermano Suárez enumeraba siglos y procedencias y yo estaba absorto, ajeno a la sugerencia de los datos, mirando esos objetos reunidos en el lóbrego bazar como piezas desprendidas de un tiempo de bruma y ornamento: esa cruz de cornalina del XVI, el armario de carpintería mudéjar, fíjate en la decoración de lacerías, este cepo de limosnas gótico, y aquí tienes un tesoro espiritual de incalculable valor. Era una alacena de cristal esmerilado llena de tarros de porcelana: son relicarios, guardan cenizas, cabellos, huesos, reliquias de nuestros santos y de nuestros mártires recogidos durante la guerra de las aras de algunas iglesias destruidas.
En la ausencia de mi contemplación, el extraño tesoro me provocó un seco escalofrío, cuando el hermano levantaba la tapa de la alacena y descubría el interior de algunos relicarios, acércate, mi curiosidad no pudo remontar la repugnancia de la muerte almacenada en aquellos detritus, su polen ceniciento, un aroma acaso imaginado que me impulsaba a reconstruir la presencia de los cadáveres en la urna.
Volví hacia la vitrina de las casullas y en seguida el hermano comenzó a cerrar las troneras y el recinto recobró la oscuridad.
Es la hora de las letanías, había dicho el hermano.
Aquel paréntesis de oración comunitaria en el límite de la mañana, los acordes del órgano apostillando las voces solemnes, el resplandor opalescente de la iglesia que tiene las vidrieras inflamadas, esa gloriosa armonía donde mis ojos se cierran, arrodillado en el último banco, dispuesto a meditar en la creciente emoción que despeja el humo del recuerdo y acerca la promesa y diluye las disipaciones del viaje, arropando mi soledad en la misericordia común impetrada entre el incienso, a punto de desbordar la emoción hasta el brillo de dos lágrimas.
Estaba postrado, palpitando como el cirio en la inmensidad religiosa donde se subliman mis sentimientos, unido al canto de la Comunidad, al arroyo de las voces que eleva un manantial de glorificación.
Coronaría el humilde camino de esta entrega de dones y renuncias, sería ungido en la palabra de Dios: aquí queda escrito tu nombre, ved la fuente de la gracia manando sobre el corazón de este hermano menor que se acerca al tabernáculo, las alas melodiosas del Espíritu Santo baten alborozadas en el recibimiento, la constelación de los justos se ilumina gozosa, qué entrañable fragor para la bienvenida en la dulce monodia que ahora exhalan las tubas del órgano, el incensario ahumando esta atmósfera de santoral, las vidrieras que rezuman el fuego beneficioso del otoño.
Era como un ensueño que procuraba mi pacificación, un ensueño que se multiplicará en ese corto espacio de las letanías, la música sagrada, el ascetismo exaltador, todos los desvelos y las penas se redimen en este tiempo íntimamente recogido, atravesado por el misterio de la gracia, como un punto de apoyo donde se reconstruye la energía espiritual, como un ejercicio necesario del que salgo reconfortado, ahíto de dones sobrenaturales, humilde, curado como el ciego de la parábola a quien el Señor puso la yema de los dedos en los ojos.
El hermano Suárez respetaba mi postración, mientras la Comunidad abandona en silencio la iglesia.
Después le sigo hasta el patio donde corre el júbilo de los novicios, vas a conocer a los hermanos, un acento fraternal en cada mirada, la sonrisa franca de esta lealtad que se anuncia
sin reservas, como si ya fuese ese viejo conocido que no viene sino que regresa, que está con nosotros en la misma tarea, y departimos el aliento común en el refectorio ambientados por la lectura de una vida ejemplar, las mesas de mármol blanco, la vajilla de porcelana, los amplios mandilones de los hermanos camareros que se turnan semanalmente, y ese ejercicio de humildad que se efectúa por parejas: dos hermanos que no se sientan a la mesa, que se quedan de pie con el plato y la cuchara y una vez que todos estamos servidos van pasando en la muda solicitud de una limosna, como dos pobres que llamaron a la puerta, y en el rito de la caridad les cedemos dos o tres cucharadas y se retiran a una esquina para comer de rodillas.
Pues no eres de la estirpe de la cizaña, decía el lector con una voz apenas destacada en el ruido de los vasos y los cubiertos, sino sarmiento de la vid que arde en anhelos o rama de la encina presta a consumirse en el fuego que calmará el frío de tus hermanos.
Esa tarde estoy acostado en la. siesta, incapaz de dormir, y por el techo de las camarillas corren manantiales de nubes, blandos ejércitos de algodón, dudosas humaredas que absorben la memoria, absorto en el silencio como si una tristeza gélida me surcara las venas, persiguiendo el vuelo de una mosca aturdida que acaba estrellándose en los cristales de la ventana, volviendo a mirar la silla donde el hermano Suárez dejó la sotana y el fajín, aunque no te quede a la medida te servirá hasta que te hagan la nueva, el paño negro con los brillos del uso, un lamparón a la altura del hombro izquierdo, la tela azul del fajín enroscada en un breve rollo, este hábito que revestirá mi cuerpo cubriendo las apariencias de lo que yo he sido hasta ahora, y hay una vaga curiosidad que no puedo satisfacer porque me haría falta un espejo de buen tamaño: la figura que devuelva desde el cristal mi estampa agrandada por el exceso de la sotana, sobran vuelos, no ajustan las sisas, caminaré como un negro fantasma de mangas anchas con el alzacuellos haciéndome cosquillas en la nuez.
Entre las nubes deshilachadas de aquella altura que es un abismo vertical sobre mis ojos, se suceden algodonosas deformaciones que va matizando la imaginación en la sugerencia de las ronchas de la humedad, de las suciedades resecas que afloran en el estuco: un rostro difuminado, los escorzos de un calvario, las llamas diminutas de las benditas ánimas del purgatorio, una muchedumbre de infieles, la mano de un santo en actitud de bendición, igual que un museo nebuloso donde el pincel inconsciente del tiempo y del abandono fue urdiendo este mural.
Había cerrado los ojos con el peso soñoliento que comenzaba a vencerme cuando la campanilla del hermano Fulgencio multiplicó los sobresaltos y su voz, o-re-mus, rescató la vaporosa imaginación, be-ne-di-ca-mus-Dó-mi-ne, y sembró la realidad con esa violenta monotonía que nadie puede llegar a perdonarle.
Poco a poco irás comprendiendo lo que son las rutinas del noviciado, me diría el padre maestro, porque ésta no es una vida de grandes dedicaciones, sino humilde, hecha de pequeños trabajos, donde lo importante es la intensidad espiritual, el sacrificio continuo y su afán de ahondar en las alegrías que proporciona la gracia.
Mira, nuestro espíritu debe modelarse según las Reglas, aquí tienes, es el libro que encierra la doctrina de nuestro santo fundador, él no olvidó ninguno de los detalles necesarios para definir ese espíritu, y hasta sentirás el gozo de leerlo en esa prosa que tiene el mismo colorido de nuestros clásicos.
Estábamos al filo del anochecer, en la penumbra de su despacho, repasando el sentido de mi llegada a esta casa de Dios, donde vienes con el ofrecimiento de una vocación que aquí encontrará la respuesta adecuada, no olvides que ése es un don del que uno se hace depositario, y tu tarea es hacerte merecedor de él, reconstruirlo día tras día, perfilarlo con el rigor y la penitencia, la senda sencilla y difícil que recorrerás en compañía de tus hermanos bajo el gobierno de este humilde pastor que soy yo, por eso conviene que frecuentes este despacho y sepas ver en mi autoridad, en mi dureza, acaso muchas veces sin tregua ni contemplaciones, la razón de una exigencia necesaria, ya que no debe haber opción al decaimiento, fisuras que debiliten la fortaleza del espíritu.
Ese espíritu labrado en la dura espiral de cada jornada, alimentado en el recogimiento de las meditaciones, enriquecido en la oración, confortado por los sacrificios: no debo disfrazar la vergüenza de mi carne, su efímera naturaleza pide el regalo de las vulgares satisfacciones, castiga ese tierno placer del reposo, la dulzura del sueño, el deseo de la sed, en guardia para contradecir las inclinaciones que recaban su gratificación, como si tu espíritu fuese una antorcha y tu cuerpo un dogal de estopa que debes insensibilizar con dolorosas quemaduras hasta lograr su dominio.
El rostro del padre maestro se adelgazaba en la penumbra donde sus ojos alcanzan el brillo de una misteriosa iluminación, dos ascuas que ponen el ejemplo de una vida mortificada, de un destino dilucidado al fuego de las renuncias, hacia el secreto de ese amor sobrenatural que hace del mundo nuestra frágil residencia, la estación en el viaje a la tierra prometida.
Mira, nadie va a forzar tus decisiones, nadie manipulará tu libertad para decidir entre esto y aquello, me refiero a tu vida espiritual, sólo el control, las cuentas rendidas, formamos una comunidad íntima y clara, la confesión pública nos relaciona para que todos sintamos una conciencia común y así, con esa disciplina, se facilita la superación.
Las manos blancas del padre maestro se movían jugando con un bolígrafo y su voz cambió de tono, humedecida en la ternura de una sonrisa, cuando se levantó y vino hacia mí palmeando mis hombros: hermano, por primera vez alguien me nombra así, estoy seguro de que el recuerdo de tu madre alimentará también esta generosa entrega, ella está contigo desde el silencio de los justos.
Yo estaba un poco confundido, saturado entre tantas emociones y embargado por el misterio de aquellas palabras que deseaba aceptar en su total significado, pero tenía la sensación de haber encontrado un regazo caluroso donde enterrar mi vida, algo que concernía al destino para el que estaba llamado, sin vacilaciones, el arraigo donde librar los lastres de mi juventud, aliviar el peso, salir a la superficie, elevarme en la única dedicación que merecía la pena, mientras cruzaba aquellos tránsitos nocturnos, la noche apaciguada, las estrellas que fluyen en caminos y carros, sumergido en los ecos de la salve de los novicios, el armonio que susurra bajo la voz pletórica de los barítonos y los tenores, dispuesto a entonar el salmo de la alegría, un cantar de los cantares, la tenue claridad de la luna iluminaba la cresta de los cipreses en el patio.
3
El peso de la maleta ha ido creciendo y un denso sudor humedece mi cuerpo debilitado por la resaca de la fiebre. Arranqué la corbata, busqué el necesario desahogo desabotonando el cuello de la camisa, por un momento tuve la sensación de naufragio, como si mis dos piernas se derritieran. El ruido de las calles crecía enrareciendo mis sentidos, los pasos se desfondan en el agobio de las aceras, presiento el fácil mareo que me lleva a evocar la naturaleza enferma: tienes la cara pálida, un hormigueo en las piernas y en los brazos, los músculos contraídos en un dolor de espinas, como si te hubieras olvidado de desatar el cilicio que abrazaba la carne señalando media docena de punzadas sanguinolentas.
Pero no estoy en el viejo corredor penitencial, el remate del tránsito al final de las academias de lengua moderna y liturgia, aquel oscuro pasadizo donde comienza la clausura, ni es viernes de, cuaresma ni la tarde, sobrecogida por las nubes pétreas de febrero, acompañó las interminables estaciones del vía crucis siguiendo los catorce monolitos grabados en números romanos por la loma del pinar, ni la noche trae ese estremecimiento que antecede al ejercicio de la penitencia: el estómago agotado por el ayuno, la sed que abre los labios resecos, el temblor de las rodillas donde se forma una costra de piel fosilizada.
Un silencio sacramental inundaba el corredor a donde llega la procesión en doble fila, los brazos cruzados, la cabeza hundida, sólo el murmullo de las sotanas que sisean y el roce de los pies desnudos en las baldosas. El hermano Cervera avanzaba por el medio de las filas y se
detiene al fondo elevando el crucifijo. La luz de las bombillas se desvanece volcando la oscuridad, y estás en ese vientre que conecta la noche, a punto de arrodillarte mientras musitas la jaculatoria.
Ese silencio que ahonda el pudor de la penitencia comunitaria rasgado por el primer golpe de la disciplina, un frío trallazo que llenó de temor tus oídos, otro golpe que encuentra la continuidad en el sucesivo jadeo de los hermanos, las cuerdas anudadas que abrasan la piel como diminutos picotazos, violentas en el filo de sus extremos, como cargadas de un veneno que muerde la desnudez de la espalda, y al apoyar la mano izquierda en el suelo para mantener el difícil equilibrio tu cuerpo se carga sobre las rodillas y los muslos, y el cilicio clava los dientes de alambre con mayor intensidad y exhalas el gemido mordiéndote los labios y apurando el débil brote de una lágrima de dolor.
Pero no estoy en el viejo corredor penitencial, donde nos ciega la noche esparciendo este secreto del castigo, en el calvario que anuncia la voz del padre maestro rememorando los cuatro clavos de la cruz, la punta de la lanza que atraviesa el costado, la sed mortificada con vinagre, el grito de la agonía del crucificado.
Intentabas arrastrarte por las baldosas para sujetar las manos en la pared, buscando esa ayuda para incorporarte, hasta lograr que los dedos alcanzaran el vértice del alféizar, que los codos reposaran liberando el peso del cuerpo que intensifica el dolor en el muslo.
Volverían a formarse las filas y en el regreso por los tránsitos oscurecidos la pierna herida te parece un muñón y no puedes unirte al canto penitencial que impetra el perdón de los pecados, las voces frías y trémulas, y suplica que el Señor olvide su eterno enojo.
Es la resaca de la fiebre en este súbito delirio que me hace respirar aquella densa emanación de sudores y ahogos, la piel arañada, el sollozo amordazado en la solemnidad del acto, el dolor que se renueva al desatar el cilicio, sus púas incisivas, acaso el abatimiento de las excesivas caminatas, la dichosa maleta que pesa como si encerrara un arsenal de plomo, y ese indeleble fervor de la memoria que detalla el círculo obsesivo donde un viento sensible sopla las cenizas del pasado donde murió la primera juventud de tu vida.
Vago sin rumbo con la idea imprecisa de llegar a la estación, pero de alguna manera me arrastra esta incierta muchedumbre que habita las calles, acaso equivoqué el camino más corto, perdí la referencia de aquella plaza donde está la fuente, el largo bulevar de castaños y chopos canadienses, la ribera del río que bordea un extenso paseo, el puente que lo cruza sobre las antiguas pilastras romanas y en seguida, apenas quinientos metros, el edificio de la estación con la verja y las torres de ladrillo.
Debiera decidir un alto para remontar este amago de debilidad y cruzo la calle, dejo la maleta en el suelo, la gente envuelve mis ojos azorados, alguien que tropieza en la maleta, una claridad amarillenta viene hundiendo el sopor del atardecer, modela el contraluz en el bulto de los edificios, depone en la atmósfera ese brillo multiplicado de partículas que eleva el aire.
¿Hacia dónde ordenar la dirección de mis pasos, qué espacio ambienta su confusión en el desconcierto de estos momentos, calles, edificios, tránsitos de la ciudad, en tres años se deforma la orientación, estabas apartado del mundo, te recluyeron en el subterráneo y olvidaste lo que pudiera ser un camino habitual tan sencillo, ahora elevas los ojos, observas el movimiento de estas gentes ajenas, más allá de estos muros, decía el padre Gumersindo señalando la valla de ladrillos desde el ventanal de la sala de estudio, todo es tierra de misión, y era fácil presentir un cauce vertiginoso, un paroxismo de afanes, la cruda humanidad en el maremágnun de sus tribulaciones?
Después, y ya no reconozco el lapsus de tiempo que pudiera mediar hasta que en mi conciencia se hacen sensibles estas viejas acacias que circundan la pequeña plaza donde encuentro un banco de cemento, me alejo de la muchedumbre y voy por el recoleto callejón a donde asoman los cubos derruidos de la muralla con la melena de la yedra.
Era preciso cerrar los ojos, abatirme como si cayera en el vacío, limpiar la frente con el pañuelo, encontrar este hueco que parece una frazada amorosa, respirar este aliento pacificador.
Un ligero sueño que no llegará a concertarse acaricia la membrana de los párpados y escuchas, como el murmullo de alguna fuente escondida, el canto de los hermanos novicios en los maitines. .
Está salpicando sus arpegios madrugadores el armonio del padre Ignacio y en la capilla penetran las claridades del amanecer.
Esas voces dulcificadoras y tibias que levantan su impostada delicadeza para esta ternura matutina que sólo violentan las legañas, tibi omnes ageli, tibi caeli et universae postestates, te clava la luz en el reclinatorio, te enciende la emoción de una llama azulada que transfiguran las vidrieras, te martyrum candidatus exercitus, y el favor de la música enaltece la posesión mística de los hermanos que ves resplandecientes en la humildad de la gloria, levitando en el unísono de su entrega espiritual, ascendiendo como plumas hacia el cielo límpido de la mañana, las sotanas desplegadas, abiertas, batiendo como alas que motea la purpurina de una nube, y abajo, en la tierra de páramo y barbecho, se va desdibujando la acuarela donde cabeceaba el centeno y la avena, se pierde el horizonte erguido de las espadañas, la cruz de la veleta donde se posan los grajos, los tejados del convento, el arpegio del armonio que se deshizo en las manos del padre Ignacio y liberó un bando de palomas que vienen hacia esta altura, sujetando una orla en los picos, tu ad dexteran Dei sedes in gloria Patri.
¿Dónde termina este vuelo mañanero, hermanos míos, si se abrieron las puertas de la capilla y fuimos catapultados a la atmósfera radiante, hacia el cenit de púrpura y turquesa, como si la gravedad se disolviera en el ascetismo de nuestro impulso?
Venid, unámonos para formar un corro, juntemos las manos, prosigamos el canto manteniendo esta genuflexión aérea. Que el hermano Suárez nos explique el museo donde se agrupan los cirros y las pléyades, que el hermano Llamas improvise en la cítara el trémolo de la saeta, que el hermano Gorgojo moje su pincel en los añiles, que el hermano Fierro y los hermanos Delgado y Lera exalten el verbo mágico de un poema sideral. Mirad los verdes campos del ejido, las torres diminutas de la catedral, las lentejuelas del río. Adiós, padre maestro, dolientes tránsitos, sopas julianas, relicarios marchitos, compotas y garbanzos, disciplinas, cilicios, inciensos, academias. Adiós, Salustio, Crisóstomo, florilegios, salves, homilías, epístolas. Adiós, hermano Veremundo, nos lleva este viento tramontano, dígale usted al padre ecónomo que hoy se ahorra nuestra comida y nuestra cena.
¿Y qué diría el hermano Veremundo con la pata paralítica aplastando una familia de hormigas, las manos haciendo visera en la frente, su cara de sabandija dirigida al firmamento, ante el asombro de este insólito suceso?
Milagro, padre maestro, Santa Rita de Casia, Beato Ligorio, milagro.
Sus voces atraen a toda la Comunidad: bajan corriendo los padres y los legos, hasta el padre Teófanes que esgrime el paraguas a modo de escopeta, y salen al patio como alertados por un incendio y miran al punto donde señala el hermano Veremundo, temblorosos, enardecidos, se suman al asombro, alzan los brazos, se mesan los cabellos, se arrodillan.
Los novicios voladores prueban una susurrante pasada atareados en la estampa celestial de sus ocupaciones, como formando un friso o un cuadro plástico movible y melodioso, y en ese momento, cuando están justamente sobre el patio, sus vaporosas sotanas se desprenden de los cuerpos y bajan como plumas multiplicadas, negras, llenas de brillos sinuosos, cubiertas de burdos lamparones, oliendo al sudor del claustro y a los alcanfores de la ropería, unidas por las mangas hasta formar una ingente carpa que sepultará a la agrupada Comunidad, que ahora se concentra bajo el temor de esa nube de tela asfixiante.
Por los corredores de las nubes los hermanos novicios se han quedado completamente desnudos como improvisados personajes de ese olimpo pagano que execraba el padre Gumersindo al conjugar el aoristo y mentar la hegemonía vandálica de los clásicos griegos frente al fervor de la humilde patrística, predicado de uña futura e inexorable decadencia de Occidente, y vuelan dispersos y huidos cubriendo las impolutas vergüenzas con ambas manos.
Cuando pie alejo de la plaza comienzan a iluminarse las farolas, se precipitó la noche y vinieron los gorriones a las ramas de las acacias. Un reloj de torre penetra el sosiego nocturno
martilleando lentamente las campanadas. Por el callejón de la muralla las sombras empapan el bulto de los cubos. He recobrado la favorable serenidad que relaja los músculos y en la cabeza se apagaron los rescoldos que apuraban la fiebre.
Una grata exaltación anima esta fisura de libertad que me domina con el gesto disipado que me acerca a la noche sin ningún horario prescrito, como el prisionero que vio caer los muros de la celda y corrió por los campos persiguiendo a una liebre, igual que yo hago ahora à la zaga de ese gato que cruza la calle y se esconde en la alcantarilla.
Puede que no haya ningún tren hasta mañana, que me quede la noche para vagar por las calles o guarecerme en la sala de espera, esta reciente libertad que debería prohijarme, abrir sus brazos siempre calurosos y decir: ven aquí, hijo mío, ¿qué hicieron de ti, a qué cadena sometieron la juventud que merecías?
La ciudad se aconcha en la quietud nocturna, como si hubiera empequeñecido al extinguirse sus rincones con la precaria iluminación que sólo descubre retazos intermitentes por el itinerario de soportales que voy reconociendo, aledaños del barrio viejo que abandono presumiendo la dirección en línea recta hacia el paseo que bordea el río.
Durante tres años ha sido el telón de fondo en la difusa realidad de sus horizontes: inmóvil para la mirada que alcanza sus torres y sus grumos, presentida en la niebla que se agarra a sus piedras, centelleando bajo el sol primaveral o revestida por el frío de la nieve, la sombra blanca de los largos inviernos.
Aquella misma sombra que veríamos aletear en cuerpos diminutos, lenta y persistente, cubriendo los patios al atardecer, llenando las ramas de la pinada, como si repoblara una vaga tristeza que clausuraría la vida del convento, desolando los tránsitos y alargando un silencio mayor alrededor de la estufa de serrín.
De alguna manera se paralizaba el tiempo, se sumergían las horas en la parsimonia de la nevada y arrastrábamos el corazón enfermo de nostalgia. Los espacios habituales tomaban esa extrañeza que aflora en el tedio y permanecíamos sobrecogidos, como si el desamparo hubiera roto el alimento espiritual de nuestro ánimo y la ventisca azotase las conciencias.
Tu memoria regresa al recuerdo de aquella mañana que trajo una muerte, ese extraño suceso amanecido en la nieve que salpicaba los ojos cuando desde la ventana del corredor visteis el cuerpo del hermano Galindo caído de bruces a tres metros del pozo artesiano, a dos pasos del tronco del ciprés, tendido con los brazos abiertos, la sotana por encima de los pantalones, el cabello apelmazado en la humedad donde se descubría un reguero de sangre diluida, como si la noche hubiera abierto un vacío en la desorientación de su incipiente locura y el vértigo le hubiese empujado hasta el pavimento que cubrían dos palmos de nieve tierna.
El hermano enfermero vertió las primeras lágrimas al incorporar aquel cuerpo que parecía un árbol derrumbado y el padre maestro limpió la nieve de su frente destrozada y tú ayudaste a trasladarle sujetando sus pies desnudos, amoratados y rígidos.
Fue una conmoción que alteró el melancólico letargo de aquellos días, que depuso la tristeza violenta de la muerte para unir su recuerdo a los fríos atardeceres del invierno, y era difícil sustraerse a la memoria que recorría la blancura helada del patio donde fueron apareciendo las zapatillas y la bufanda del hermano y donde la huella de su sangre se fundió bajo los copos.
Todo eso pertenece al pasado que enterrarías si pudieras librarte de su insistente costumbre, si ahora se produjese la incisión de un bisturí en el campo vagoroso que amontona estos fantasmas entrañables, esta iluminación que los rescata cubiertos de un polvo sentimental, tan cercanos a la noche que lleva tus pasos en una libertad no del todo cumplida, ya que tu memoria les pertenece y vienen poblando las imágenes a donde vuelve a remontarse: tránsitos, pasillos, corredores, la luz dominical del peripato en esa hora antigua del lento paseo delante de la fachada, que el pudre Ceferino aprovechaba para lanzar su exordio desde la ventana de su cuarto: oh, andres. azenai, gentiles romani et rustici mexicani, alzando los brazos con el desvariado temblor de su excitación oratoria, qui estis ad portas inferí ob vostram oscuritatem et obcecationem, fides Christi et suae Eclesiae..., declamando
los versos de la Rusticatio Mexicana del padre Anchieta hasta que su voz se quiebra en un ahogo, el plácido camino de las dobles filas encaradas en abanico y moviéndose como el fuelle de un acordeón, los dedos pulgares engarzados en los fajines, qué fácil rememorar hasta el sabor de aquel membrillo de la merienda disfrazado en vivos colores de anilina, el sudoroso partido en la cancha de baloncesto, la academia literaria donde el padre Petronilo puntuaba las participaciones del concurso de metáforas, o aquel oscuro drama del hermano Emiliano, corruptor de los silencios ejemplares a la hora de la meditación por un trauma digestivo ajeno a su control, que emitía galopantes ruidos de tripas, sinfónicos solos de intestinos culminados en el remate de un eructo inconsciente.
Vuelvo a dejar la maleta en el suelo y no es difícil orientar los pasos bajo la esfera luminosa de este reloj, la creciente animación anuncia la calle mayor y allí, hacia el fondo nocturno que roza el horizonte de los edificios más altos, están los surtidores de la fuente y en seguida el bulevar.
Como si mi huida todavía pudiera reblandecerse, recupero el recuerdo del aniversario de la muerte de mi madre.
¿Dónde colocar este recuerdo que no termina de transformarse en algo irreal, si son tres años los que separan aquella dolorosa agonía, si sus súplicas están ancladas en el deterioro de ese tiempo y no hay razones para mantener la alianza de mi promesa?
Te quedaste mirando el gesto petrificado de su muerte. Dos moscas se le habían posado en la frente, levantaron el vuelo cuando acercaste los labios para besar aquel frío de sus arrugas.
Alguien puso las manos sobre tus hombros y cerró los dedos para transmitirte un aliento o una pena que pudiera igualarse a la tuya.
Pero llega el momento de decidir vuestro olvido, aunque deba forzar el gesto, encubrirme en la violencia necesaria para estrangular este reguero sentimental de la memoria. No puedo ahogarme, no quiero sucumbir bajó ese peso.
El río se remansa alrededor de las pilastras.
Me asomo apoyado en el pretil. Un camino de luces diminutas desciende espejeando en la superficie. Por la oscuridad de la vega cruzan veloces los vagones de un tren de mercancías, se escucha el ruido acompasado de las ruedas, el crujir de las traviesas. Dos trombas de humo blanco ascienden lentamente.
En la estación comprobé los horarios y compré un bocadillo, una botella de vino y un paquete de cigarrillos.
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