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luis mateo díez

concierto sentimental (es)

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1
Hay dos velas encendidas en el salón familiar y el abuelo Edelmiro está sentado en la tumbona acariciando la flauta dulce y balanceando las zapatillas.
Yo no sé si es un presentimiento la sombra esquilmada en el reflejo de las paredes o si es verdad que esta noche nos quedamos solos bebiendo una copita de anís en rama, entretenidos en esta compañía que satisface el abandono del abuelo, cuyas palabras de bienvenida rehabilitaron m ternura al acariciarme sus labios con el mostacho y dejar las manos temerosas en mi brazo derecho para ayudarle a subir las escaleras.
A punto de comenzar su concierto, el abuelo Edelmiro sorbe la copita en leves acometidas de polluelo y centellean sus ojos, mientras yo vuelvo a poner en los labios este gusto dulzón y enciendo el cigarrillo recostándome en el diván, apoyando la cabeza en uno de los cojines que tiene bordadas las margaritas de tía Rosario.
—«Gorjeo de pichones» —anuncia el abuelo antes de llevar la flauta a los labios.
La melodía pajarera infunde el tierno pesar de las carantoñas y la flauta extiende un doble soliloquio de cierto virtuosismo. Después, la respiración agobiada traiciona al abuelo en un fácil desafinamiento del que se disculpa moviendo la cabeza y haciendo un guiño compasivo.
—Es un pieza difícil —asegura—. Los gorjeos de pichón a la flauta son materia de virtuosos.
Regresa al trino sosegado, emulando las variaciones del celo, y el anís en rama acaricia estas horas encantadas y remueve los viejos sabores atemperando el claroscuro del salón familiar, donde las velas iluminan la silueta de los objetos, los fantasmas desperdigados sobre la alfombra y las repisas.
—Otra pieza de mi agrado, querido Paco, es la que titulo. «Oloroso romero». La ejecuto en sordina porque me la inspiró Nati.
Llevo una semana prolongando la compañía en la vieja casona.
El abuelo celebra su ochenta y cinco aniversario y era necesario aliviarle la soledad.
Su telegrama fue lacónico y expresivo: «Paco, vente con el viejo para sus ochenta y cinco.»
Tuve el papel en las manos releyendo la contraseña de aquella súplica.
Tumbado en la cama de la pensión, sin ganas de recoger a Lola esa tarde para llevarla, como le había prometido, a la fiesta de Dionisio y Ana, rememoraba las tristezas de la familia y volvía a recapacitar sobre el absurdo de mi situación, lo que suponen mis treinta y cinco años subvencionados por la cantidad mensual que me pasa el abuelo, y el ocio multiplicador que estrangula los buenos propósitos.
Le debía este acompañamiento placentero y cálido que surte un efecto reparador y le incita a la tierna emulación de la flauta dulce, el vicio sereno de sus años abandonados, después de la muerte de la abuela Chelo y la desaparición de Conchita, una sobrina bienhechora que rumiaba la posibilidad de la herencia y se cansó al ver que todo se iba cronometradamente en los envíos mensuales de mi pensión.
De tarde en tarde, la condición sentimental conmociona la conciencia y entro en crisis, alargando la bancarrota de esta moral deteriorada.
El achaque dura tres o cuatro días. Inconsecuentemente le escribo una carta a Lola y le anuncio, con todo pesar, la recaída y los temores. Ella colecciona las cartas y después me las lee y nos reímos juntos.
A las dos horas de recibir el telegrama, recurrí conscientemente a ese subterfugio y eché la carta en la misma estación poco antes de ponerme en camino.
Llevaba año y medio sin ver al abuelo. En su anterior cumpleaños, la gota no le dejó tiempo para lanzar el mensaje y, sin embargo, las pensiones arribaron puntuales.
Puedo imaginar el día conmemorativo aguado por las penitencias del dolor, la flauta dulce en el estuche, una lluvia inmóvil desgranada en los infinitos goterones que recogen dieciséis palanganas colocadas por los rincones de la casa y la imperturbable caricia de la mano derecha al mostacho mientras la memoria, esa cosa oculta y lúcida que el abuelo mueve como nadie, le rompe recónditas telarañas y le adormece en la tumbona del salón con la única compañía del anís.
Por un momento se me cierran los ojos en el desconcierto teñido de retratos y estanterías, y vuelvo a abrirlos cuando los labios del abuelo repiten ese nombre que atrae la sonoridad melancólica de la flauta, como si entre nosotros el signo melodioso de lo que acaba de anunciarme bajo el título de «Oloroso romero» fuese un diálogo secreto que de otra manera no nos atrevemos a hacer perceptible.
El viento arrebata los visillos agujereados que penetran hacia el interior por el balcón abierto y el pábilo de las velas se estremece en las oscuridades, rozando el recuerdo amarillo de los fantasmas: volúmenes satinados por la cera, bordados y adornos, donde el polvo acumula la separación de aquellos tiempos, cuando había mujeres en la casa y el rito hacendoso de la abuela y de mis tías saturaba los brillos y el cuidado de los jarrones.
La melodía se torna obsesiva y hay una cierta inquietud en este diálogo subterráneo donde quiero vislumbrar la obstinación del abuelo evocando la convaleciente fisonomía de aquella mujer, cuyos rasgos recuerdo enmarcados en el viejo retrato de la habitación de mi madre, pero lejos de toda realidad, como el indicio de un paisaje perdido que se recupera en las postales.
2
En el término de la música, cuando el abuelo depositó la flauta en el regazo, sus labios retuvieron el nombre de la mujer y escuché la voz delgada, agotando un suspiro que llegaba a estremecerme.
Apuré la copa de anís manteniendo la observación hacia el cuerpo inmóvil del abuelo.
Cerraba los ojos, las manos estaban crispadas, su cabeza fue arqueándose sobre el pecho, la luz de la vela salpicaba el temblor amarillo hasta los cabellos encanecidos.
Nuestro silencio, amparado por la corriente que continuaba batiendo los visillos del balcón; acentuó aquella densa intimidad hasta hacerme sentir que estábamos necesitados de algunas palabras reveladoras.
La magnitud de la memoria lograba aprisionarnos en el espacio del salón, donde todos los recuerdos familiares, las presencias cotidianas y sugerentes, determinaban la intensidad de un pasado habitual y reconocible en la atmósfera que llenaban las sombras de la noche, desatando el impulso de la imaginación.
Me levanté para recuperar la botella y el abuelo alzó la cabeza y distinguí sus ojos húmedos que parecían animar la súplica de mis palabras.
Llené la copa, recogí la suya y, después de llenarse, se la ofrecí.
La mano temblorosa acercaba el cristal a los labios.
Es una hermosa melodía, abuelo —le dije en un susurro.
Con la mano izquierda acariciaba la flauta. Sus ojos diminutos, aguados por el resplandor de las lágrimas, ocultaron la satisfacción del halago.
—Nati se merece este pobre homenaje —dijo con la voz embargada por la emoción—.
Eras demasiado pequeño, Paco. No la recuerdas.
Regresaba el silencio atravesado por el vientecillo que rozaba las hojas del nogal, cuyas ramas subían hasta cerca del balcón.
Un ligero estremecimiento recorrió el cuerpo del abuelo.
Tomé la manta que cubría sus piernas y se la extendí hasta el pecho.
—Tendría que contarte una larga historia.
Pero tienes que perdonarme, Paco; tal vez no sea bueno desenterrar algunas cosas.
—Abuelo —le dije—, usted tiene necesidad de contármelas y yo deseo que lo haga.
Había una creciente excitación en mis palabras y el abuelo acariciaba los labios en el cristal. Me devolvió la copa y se recostó en la tumbona sin abandonar la flauta.
Hubo una gran desgracia en la familia. La muerte de Nati nos destrozó. Estábamos desesperados.
Las palabras del abuelo atrajeron el recuerdo de una infancia cerrada por los ámbitos espaciosos de la casona: la silueta de tía Rosario y tía Caridad, la sonrisa triste de la abuela Chelo con el manferlán de lana, un paseo solitario y silencioso hasta el cementerio del pueblo, la sombra del tilo gigante cuyas ramas campeaban sobre una losa blanca, y las ramas de romero florecido que tía Rosario deposita en la losa mientras mis ojos persiguen el juego veloz de dos insectos verdes.
—Eras un niño, Paco, y nosotros te aceptábamos sin orillar la vergüenza de aquella otra desgracia. Nati se negó a seguir con nosotros, pero la retuvimos. No estábamos dispuestos a dejaros huir. Y acaso hubiera sido lo mejor.
La voz del abuelo se apagó en un ligero sollozo.
Mi memoria recordaba el calor de aquel salón familiar donde iban encendiéndose las luces, extendiéndose los manteles, llenándose la mesa con el ruido alterado de la vajilla que tía Caridad tomaba del vasar y colocaba moviendo las manos con temblorosa seguridad.
Nos sentábamos desolados en el silencio del almuerzo, la figuras inmóviles de las mujeres, el gesto ausente del abuelo cuyos ojos, siempre distantes, me infundían un leve temor de desamparo.
A veces le escuchaba mencionar el nombre de ella, la mujer que permanecía siempre encerrada en su habitación.
Sólo la abuela Chelo —a quien descubría llorando en el rincón de la mecedora— se levantaba antes de terminar la comida y llenaba una bandeja.
—Que venga ella —solía ordenar el abuelo con la extraña dureza de su voz intentando retener a la abuela Chelo.
Mis tías se ocupaban de mí y en el recuerdo apenas logro retener el desconcierto infantil de una tristeza infinita que luego, cuando me alejaron de la casona, fue paliándose poco a poco y sólo la recuperaba en mis estancias veraniegas, al regresar con el abuelo y la tía Caridad en aquellos viajes tediosos de la calesa que animaba el campanilleo de la yegua blanca cruzando los caminos de la vega.
Había un doloroso temor en las palabras del abuelo Edelmiro y yo debatía la certeza de los recuerdos, esa memoria que ha controlado mi imaginación en tantas ocasiones, queriendo descubrir la realidad de aquella doble desgracia que anunciaba su voz, sin traspasar la claridad escondida en aquel secreto que parecía necesitar descubrirme para lograr su pacificación, como llevaba haciéndolo desde tiempo atrás con el recurso obsesivo de la música.
Hubo un instante de enorme tensión y comprendí que el abuelo no estaba dispuesto a seguir hablando.
Entonces me levanté, di unos pasos por el salón, evitando los objetos, y alcé la voz para dirigirle la pregunta que empezaba a obsesionarme.
—¿Cómo murió mi madre, abuelo?
El ruido de la flauta formó un hormigueo nervioso al rodar por el entarimado.
Los visillos se movieron como dos velas blanquecinas golpeando los cristales con el sopor del viento que regresaba del jardín, y las llamas temblaron esquilmando las sombras, palideciendo las paredes por encima de los zócalos, donde los retratos familiares parecían cobrar una vida momentánea.
Aguardé la respuesta cerca del balcón, escuchando la respiración penosa del abuelo, casi arrepentido de provocarle aquel viejo dolor que nunca podría olvidar.
No tenía conciencia de señalar una culpa antigua, ni tampoco buscaba el reproche, sólo la claridad de sus últimas palabras.
—Se mató —dijo—, se ahogó en el estanque del jardín.
Desde el balcón, apenas inconscientemente, mis ojos habían buscado la mansedumbre de aquellas aguas arrobadas por el musgo y los líquenes.
Los sollozos del abuelo Edelmiro destrozaron el silencio y yo mantuve la mirada sobre el espacio cristalino y mohoso donde reverberaba la claridad de la luna filtrando las oscuras profundidades, y apenas el recuerdo trajo a mi memoria aquella total prohibición de mis tías de acercarme al estanque, el incomprensible terror que las dominó una tarde cuando me encontraron con los pies desnudos en el agua lanzando piedras al fondo.
3
Las velas se apagan en las yemas de mis dedos y el abuelo tiene los ojos cerrados cuando le cubro enteramente con la manta.
Cerré la puerta del salón y fui por el largo pasillo, embriagado en los intensos olores de la cera y el polvo.
Bajé las escaleras dispuesto a dormir, en la hamaca del comedor, en el piso de abajo.
Estaba cansado y el peso de la memoria se diluía atenazando mis párpados, regresando aquel indecible sentimiento de tristeza que había escondido en mi infancia, orillado en las amplias soledades de la casona.
Al amanecer, una ráfaga de claridad inunda las pupilas que vuelcan los fantasmas de la noche, y en los labios la saliva amarga se mezcla con el azúcar del anís, recobrando todos los sabores de las horas detenidas en la compañía del abuelo.
Salgo al jardín y recorro el caminillo de grava hasta acercarme a la cancilla, observando a los lados la doble fila de frutales.
La cancilla tiene los hierros carcomidos y un tropel de ortigas acumuladas a ambos lados que dificultan su manejo.
La abro con cierto esfuerzo y la vuelvo a cerrar, y, ya desde fuera, mis manos se agarran á los hierros y se llenan de partículas cenicientas, herrumbre de grana sucia crecida como lepra donde quedan pequeñas motas de aquel color verde en que estuvo pintada los veranos de mi infancia.
El sol descarga la tibieza de una luz que araña la yedra en la fachada de la casona.
Los tres balcones tienen los cristales rotos, los visillos desgajados hacia el interior y los herrajes casi totalmente ocultos por la yedra y la parra, que ha crecido estrangulando el saliente de las vigas desnudas, que terminaban en un pequeño adorno esmaltado en estuco.
Limpio las manos en el pañuelo y decido esta huida insensible que me ahorre la despedida, ahora que el abuelo continúa durmiendo y antes de que se decida a pedirme la compañía de un día más.
El campo brilla en el resplandor de las escarchas con el fuego verde de la hierba, y las golondrinas vuelven a los aleros de la casona donde han construido los nidos salpicando de barro el medallón frontal, ese dibujo circular que tiempo atrás enseñaba la silueta de dos ramas de abedul cruzadas entre las iniciales del nombre y apellidos del abuelo y la fecha de construcción de la casona.
Salgo al camino vecinal que recorre la vega hasta el pueblo y la estación, y voy limpiando el polvo de los zapatos en los tapines de las orillas.
Ya lejos, devuelvo por un momento la mirada a la mole gris y blanca, y descubro en el balcón la figura menuda del abuelo con la manta en los hombros, los colores chillones de la manta, la cresta del nogal bamboleándose en el viento de la mañana como un penacho verde que me llena los ojos de sueño.
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