el difunto ezequiel montes (es)
1
El difunto se llamaba Ezequiel Montes.
Aquí le recordamos por algunos detalles intrascendentes: el labio leporino, la gorra visera y un andar de cangrejo que insinuaba la dificultad de los pies planos. Tenía trazas de cazador, aunque no lo era, barbas amaralladas y los ojos saltones y punzantes como las liebres. Era mediano de estatura, alto de cuello, atravesado de nariz, cargado de hombros y corto de brazos. Parecía un roble viejo de los que se cuartean en la Dehesa de Pobladura.
Atrajo nuestra curiosidad cuando le vimos aparecer, hace unos seis años, por el Teso de los Corredores, un agosto caliente como pocos, la misma tarde del día de Nuestra Señora.
Estábamos bañándonos en la charca de la huerga y andábamos desnudos por los juncos pescando ranas y atrapando gusarapas, atareados en llenar una cazuela de ancas que luego nos preparaban con pimentón y cebolla en la cantina de Cecilio.
El hombre nos preguntó por el nombre del pueblo, dejó la bolsa que traía a la espalda en el verde de la charca, quitó las botas, metió los pies en el agua y lió un cigarro.
Cuando fumaba, descubrimos con mayor nitidez la extrañeza del labio leporino y nuestra curiosidad nos embebió en una contemplación descarada que a él no parecía molestarle.
Después se marchó hacia el pueblo babeando la colilla por encima de las barbas y atascando los pasos en el polvo del camino vecinal.
Recuerdo que vestía una sahariana comida por el sol y los sudores, pantalones de mahón arremangados encima de las botas y camisa caqui con tres botones saltados.
La gorra visera, de color pajizo, le rozaba el saliente de las orejas y se deslizaba hacia la frente dejando al aire un pequeño mechón de pelos encanecidos.
Por el pueblo hubo muchos comentarios con la llegada de Ezequiel. Cuando los hombres se enteraron de su intención de quedarse a vivir aquí, el recelo abrió paso a las más variadas sospechas y durante los primeros días todos nos mirábamos con complicidad.
En las cocinas se hablaba en secreto del extraño personaje cuyo labio producía especial aversión, sobre todo a las mujeres.
En casa de Cecilio alquiló una habitación y pagó un mes por adelantado. El cantinero contaba que era hombre de pocas palabras y que a él su dinero le parecía tan bueno como el de cualquiera.
Solía pasarse las mañanas sentado en un escaño de la cantina, bebiendo copas de orujo y escribiendo en papel de carta con una estilográfica de color marrón.
Por las tardes, después de la siesta, paseaba por el pueblo y se iba al Soto controlado por la mirada disimulada de todos y llevando los dedos de la mano derecha hasta el vértice de la visera cuando se cruzaba con alguien.
Al cabo de una semana, su presencia era tan habitual y anodina, que estábamos acostumbrados, y el nombre de Ezequiel se mezclaba en las conversaciones para salpicar la gracia ajena de aquel labio imposible o los andares desmadejados que suscitaban las risas de las mozas.
Seguían causando sensación las barbas amaralladas y lacias, que le daban un aspecto de sanroque, y la gorra visera.
Nosotros le esperábamos por la tarde a la salida de la cantina e íbamos tras él por las veredas de las norias hasta el Soto, convencidos ya de que se trataba de un ser inofensivo y despreocupados del misterio de su presencia en el pueblo.
Un día, cuando el hombre llevaba casi un mes entre nosotros, le dijo a Cecilio que necesitaba los servicios de una persona de confianza para hacerle un recado muy importante.
El cantinero se ofreció él mismo y Ezequiel le confió una carta muy abultada, de varias cuartillas, lacrada en un sobre azul. Le rogó que no hablase con nadie y que la entregara según sus órdenes y aguardara la respuesta.
La carta era para doña Chon, la señora de Pobladura.
Emérita, la mujer de Cecilio, apenas tuvo tiempo para correr de casa en casa comunicando el secreto de Ezequiel, y en seguida todos supimos que el cantinero había marchado con el mensaje para la señora y que Ezequiel aguardaba una respuesta sentado en el rincón del escaño y bebiendo más orujo que de costumbre.
Aquel día, cuando yo volví a casa con mi padre —habíamos pasado la mañana aricando remolacha—, mi madre nos contó que el hombre del labio —ella siempre le llamaba así— era un enamorado de doña Chon, y que estaba en el pueblo para concertarle una entrevista.
Mi padre sacaba vino del pellejo para la botella y escupió, la colilla de cuarterón; después, moviendo la cabeza, se quedó mirando el chorro morado que bajaba por el cuello de cristal y dijo:
—Pobre desgraciado.
Cecilio no trajo ninguna contestación a la carta de Ezequiel. A su regreso, el hombre estaba casi borracho y el cantinero, según contó después, pasó un mal rato para hacerle entender que doña Chon y su ama de llaves, la tía Enedina, le habían despedido de malos modos.
La única obsesión de Ezequiel era saber si al menos se habían hecho cargo de la carta.
Cecilio tuvo que confesarle que la misma había sido destruida en su presencia por la propia señora que, además, le había recordado una pequeña deuda de trigo que el cantinero tenía con ella.
2
Tras este suceso, Ezequiel se hundió en una visible consternación y en el pueblo se le toleraba con mayores contemplaciones, orillando las burlas del labio leporino y los andares cadenciosos.
Pasó un invierno tristón y despegado, consumiendo las reservas de orujo de Cecilio, atascado en largas borracheras nada ruidosas. Sólo en contadas ocasiones salía de la cantina y se animaba con nosotros persiguiendo los pardales en la nieve, o corriendo una liebre desorientada de las que se acercan al pueblo deslumbradas por los reverberos.
En la primavera comenzó de nuevo a consumir las cuartillas con la estilográfica, se arregló las barbas y estrenó una camisa de colores chillones que le trajo de la ciudad el cobrador del coche de línea.
Cecilia comunicó a los amigos que Ezequiel volvía a las andadas y que aquella carta infinita, en la que estaba invirtiendo mes y medio, tendría la misma dirección que la anterior.
El se negaba de antemano a oficiar de mensajero y solicitaba ayuda para cuando llegase el momento de volver con el recado a doña Chon.
Entre todos, siempre de espaldas a Ezequiel, convencieron a Mauricio, el alguacil, para que se hiciese cargo del mensaje cuando llegase el momento.
El asunto se estaba convirtiendo en un problema de todo el vecindario, y las mujeres comentaban la obstinación de aquel hombre y compadecían su ánimo a la vez que se informaban del número de cuartillas en que iba aumentando la carta, haciendo cábalas sobre la extraordinaria inspiración del amante.
Fue un viernes de junio cuando Ezequiel dio fin a la misiva y volvió a solicitar de Cecilio sus servicios.
El cantinero se disculpó y señaló a Mauricio como persona de entera confianza.
El hombre accedió y Mauricio marchó aquella tarde para Pobladura con el sobre azul lacrado y vigilado por la curiosidad de todos.
En la cantina, los hombres alargaron las, partidas y los chavales nos sentamos en los poyos de la entrada disimulando un juego de chapas o arracimados en las ventanas para observar a Ezequiel, que consumía las copas de orujo en un rito imperturbable y acelerado.
Al anochecer regresó el alguacil, entró en la cantina con la gorra en las manos, se acercó a Ezequiel y le comunicó que su recado estaba cumplido.
El hombre le preguntó si traía alguna respuesta y Mauricio le dijo que sí y le entregó un sobre blanco pequeño y manoseado.
Lo abrió Ezequiel con extraordinaria paciencia y sacó una tarjeta amarillenta.
Nadie pudo ver lo que en ella estaba escrito.
Ezequiel la guardó en el bolsillo de la sahariana, suspiró y volvió a llenar su vaso consumiéndolo de un sorbo.
La atención de todos quedó suspensa en aquellos ojos saltones y vivaces que se fueron apagando lentamente.
3
Se pensaba en el pueblo que las cosas habrían cambiado de alguna manera y que Ezequiel tomaría una decisión.
Pero pasaron tres días de obsesiva curiosidad y nada había cambiado visiblemente en el talante y las costumbres del hombre.
Sus paseos siguieron prodigándose y sus estancias en la cantina continuaron en las mismas condiciones, apegado a las copas de orujo, con intermitentes arrebatos sobre el cartapacio de las cuartillas, que en ocasiones rompía y tiraba al suelo convertidas en pedazos.
El verano, atareado en las siegas y la cosecha, nos alejó a todos de Ezequiel, que estaba convirtiéndose poco a poco en una figura entrañable y olvidada, como esas imágenes imperceptibles que se retiran de los altares y se guardan en la sacristía.
Sólo en ocasiones las mujeres, al verle pasar desde la era, compadecían el silencio y la creciente ruina de aquel hombre ensimismado, que contemplaba los pájaros en la rastrojera y dormía la siesta recostado en los pilares de paja.
Por noviembre tuvo un achaque que llegó a preocupar seriamente a Cecilio.
Una tos abotargada y cadenciosa estremecía la cantina y el orujo llenaba las horas amargas y dolientes del enfermo, cuyo rostro estaba empalideciendo hasta tornar blanco como la cal.
Emérita le convenció para que se quedara unos días en la cama.
Ella nos informaba de las profundas melancolías de Ezequiel y todos celebramos con alegría su recuperación, cuando una mañana le vimos salir a la plaza con una manta sobre los hombros y atrapar un pardal arrecido.
Recuerdo aquel invierno crudo y furioso de carámbanos y nieve.
La noche de San Silvestre se reunieron los hombres del pueblo en casa de Cecilio y bebieron como locos.
Ezequiel estaba alegre y se exaltaba con las historias de lobos que relatan los viejos recordando las mentiras de sus mayores en los filandones pasados.
La noche terminó en una borrachera colectiva, y los chavales y las mujeres quedamos durmiendo en las cocinas, amedrentados por aquel bullicio violento que rompía el silencio exuberante de la nevada, como si la excitación de nuestros padres fuera como un presagio del más absoluto de los abandonos.
Por febrero —la nieve estaba brillante con el resol y las heladas—, Ezequiel volvió a ensimismarse en el escaño, iniciando otra carta y orillando las tertulias de la cantina.
Todos esperábamos que, como siempre, su dedicación durara largo tiempo, pero quedamos sorprendidos al observar que al cabo de tres días ponía fin a la misiva y la preparaba cuidadosamente en el sobre lacrado.
Mauricio estaba convencido para repetir su labor de mensajero.
Cecilio esperaba con impaciencia las órdenes de Ezequiel.
Las mujeres se reunían en las cocinas obsesionadas por las noticias de la nueva obstinación, asegurando que aquel hombre había perdido el juicio.
Una extraña ansiedad nos dominaba a todos, porque Ezequiel había guardado la carta y parecía no tener intención de enviarla.
Cuatro días después, la mañana de un domingo que amaneció arrebatada por los presagios de la nieve, Ezequiel salió del pueblo y tomó el camino de Pobladura.
Había untado las botas con sebo y llevaba puesta toda la ropa que tenía.
Por el filo de las ventanas y las puertas todo el pueblo espió aquellos pasos bamboleantes e inseguros, y le vimos desaparecer con la visera calada, las manos en los bolsillos de la sahariana y la colilla apagada en el labio leporino.
Algunos propusieron seguirle, y Cecilio y mi padre marcharon tras él con la intención de tenerle vigilado a una distancia suficiente.
Fue un domingo turbio, desapacible.
La nieve cedió a un viento de locura y los cierzos cuajaban en el aire una saliva fría que se colaba por todas las rendijas.
Llegó la noche y la ventisca había crecido enmarañada por las violencias del azote, desgajando carámbanos de los aleros y amontonando la nieve en las paredes.
Un grupo de hombres armados de faroles, estacas y palas, salió después al camino y regresaron todos casi al amanecer con Ezequiel tendido en unas parihuelas cubierto con una manta.
Las barbas amaralladas tenían el rigor del hielo y hasta el labio leporino le bajaban dos escamas de nieve cuajada que contrastaban con el fulgor morado de la piel.
4
El resto del invierno lo pasó el hombre en la cama bajo los cuidados de Emérita.
Poco antes de la primavera volvimos a verle y era aparente el enorme decaimiento de salud. Se ayudaba con un bastón y caminaba en intermitentes bandazos, sofocado y ausente.
Las barbas le habían crecido derramadas hasta el pecho, los ojos entibiecían la soñolencia de una mirada que iba atrofiándose hasta desaliñar el destello de su vivacidad.
Se cubría con un echarpe de lana y arrastraba las botas haciendo círculos alrededor de la fuente de la plaza.
Al atardecer se sentaba en el poyo del pilón y quedaba adormecido.
En estas condiciones pasó su último año con nosotros.
Un día le pidió a Cecilio que le llevaran a la ciudad y solicitaran su internamiento en el Asilo de Ancianos.
Tramitaron la solicitud y al cabo de quince días había una plaza a su disposición.
Era —esto lo recuerdo con mayor nitidez que cualquier cosa— un trece de abril, cuando Ezequiel se marchó en la furgoneta de Cecilio, acompañado por mi padre y Emérita.
Yo estaba en el juncal de la huerga y el coche atravesó el camino vecinal arremolinando el polvo.
En el asiento trasero, Ezequiel iba adormecido, la gorra visera caída sobre los ojos, las manos contenidas contra el pecho y la colilla amarillenta bailando en la ranura del labio leporino.
Cecilio conducía, y mi padre y Emérita, sentados a su lado, apuraban la serena tristeza del viaje con el gesto sombrío en el que se cumplen los designios irremediables.
Dos años después un telegrama nos anunciaba la muerte de Ezequiel en el Asilo. A su entierro fueron muchos hombres y mujeres del pueblo.
Y no tardamos en saber que, el mismo día de la noticia de su muerte, doña Chon, la señora de Pobladura, había encargado las misas gregorianas en su memoria, y que en sus distanciadas y raras salidas a la calle se la veía vestida de luto riguroso.
Entonces comenzaron a correr las más diversas versiones sobre la auténtica identidad del difunto, pero la última clave de aquellos misterios la encontró Cecilio en el bolsillo de un viejo pantalón de Ezequiel, un día en que haciendo limpieza en los baúles de las habitaciones aparecieron diversas prendas que le habían pertenecido.
Era una tarjeta ribeteada con el negro de las esquelas.
Llevaba escritos los nombres de doña Chon y Ezequiel garrapateados con tinta color sepia, y al lado dos corazones dibujados con exhaustiva minuciosidad.
En la otra cara de la tarjeta, apenas visible bajo las huellas amarillas, una frase de amor que relataba las esperanzas de un regreso, escrita con la misma caligrafía que el hombre había empleado en las cuartillas de sus cartas, y la anotación: En San Juan de Puertorrico a 20 de mayo de 1929.
Fue a raíz de aquel descubrimiento cuando los más viejos del pueblo recordaron la sombra difuminada de un primo de la señora, que había huido a las Américas después del oscuro suceso de la muerte violenta de don Baldomero Torres, el hacendado pretendiente familiar de doña Chon, y cuya cabeza separada del cuerpo y con los ojos fregados en el barro de la torrentera apareció en un barranquillo del Teso de los Corredores.