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marcos aguinis

capítulo excluido (es)

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Hace varios años intenté componer una novela sobre la inmigración judía a nuestro país. Engordé mi fichero con documentos escritos y orales. Los personajes y las anécdotas nacían de una historia reciente, vibraban tan cerca —apenas a la vuelta de unas décadas— que empezaron a poblar todas mis horas. Sentía el estremecimiento de una epopeya seductora, caliente. Sentía ganas de narrarla. Fui llenando páginas de sufrimiento, heroísmo, fantasía, humor, tal como se había desarrollado ese proceso colorido y vasto.
Crucé el límite de las doscientas páginas. Recién llegaba a la Argentina con mi turbulento conglomerado de personajes; los acababa de poner en contacto con la chata Buenos Aires de fines de siglo. Y me detuve. Bruscamente. Cerré la carpeta, empaqueté libros, revistas, notas, esquemas y fichas. Hundí el barco, los sueños, las disputas y las promesas en un cajón. Y me dediqué a otros proyectos.
Aún no he dilucidado completamente las causas. Los escritores, con frecuencia variable —pero siempre con dolor— asistimos a la muerte de numerosas criaturas. Los cajones del escritorio, o los rincones de la biblioteca, o las bolsas de residuos, suelen transformarse en cementerios de esfuerzos silentes, incluso negados.
El protagonista de la novela se llamaba Benjamín.
Aparece repentinamente en una aldea de Europa Oriental —Mádivke— asolada por el hambre y los pogroms. Una asamblea de la agobiada comunidad lo envía a París —Benjamín es viajero, corajudo e insolente— para gestionar la ayuda de las instituciones que se ocupan de salvar judíos. Sus peripecias y tribulaciones salpicadas de comicidad permiten reconstruir buena parte de los mitos y prejuicios de la época. Logra establecer algunos contactos con magnates, burócratas y especuladores que, finalmente, contribuyen al traslado de varias familias. Así, Benjamín parte hacia Marsella, donde embarcará hacia América del Sur en compañía del sufrido contingente.
Pero se extravía en el trayecto. En realidad se extravía de la línea argumental. Yo me esforzaba por mantenerlo en los límites de la novela, lo cual era inútil. Se interna en un capitulo extraño. Extraño a la obra y extraño en sí mismo. Un capítulo que adquiere fuerza y autonomía. Que arranco de los originales y pretendo destruir.
La perspectiva de llegar al Río de la Plata lo ha trastornado. Tiene referencias de que ese río es ancho como un mar, marrón como la madera y nutritivo como los jugos de fruta. Se identifica con Benjamín de Tudela (el primer Benjamín trotamundos que en el siglo XII recorrió África y Asia en busca de las diez tribus perdidas de Israel) y comienzan a repicar en su desmadejada cabeza los relatos delirantes de Najman, el loco rabí de un bosque cercano a Mádivke. Todo esto lo empuja hacia la aventura extraordinaria, y lo rebela contra mi máquina de escribir.
Iba viajando en tren hacia Marsella, sin pasaje y sin dinero. Sus descomedidas relaciones con los millonarios de París no le habían reportado beneficio personal. Sólo la satisfacción de auxiliar familias, con las que debía reunirse en el puerto meridional, para seguir de inmediato a la Argentina, como dijimos. No se siente tranquilo. Lo agitan presentimientos sobre cosas grandes que van a ocurrirle, igual que a Benjamín de Tudela: conocerá países exóticos, cruzará ríos feroces y montañas hoscas, entrará en palacios hechizados, atravesará aldeas habitadas por guerreros indómitos y finalmente descubrirá una de las diez tribus perdidas. Pero los miserables empleados del ferrocarril se fijan en cosas chicas: advierten que un judío nervioso con zapatos agujereados, barba rojiza y mirada de bribón (él, Benjamín) viola los reglamentos del transporte: no paga boleto, invade compartimientos privados, roba en el vagón cocina. Consciente del riesgo, cancela provisoriamente las cosas grandes y huye de los empleados que no lo quieren dejar llegar a Marsella. Abandona el confortable tren, escapa de la policía y se oculta en carros de heno. Después consigue ser embarcado en un lanchón de carga que navega por el caudaloso Ródano hacia el Mediterráneo.
Tendido sobre tablones, conversa con las nubes. Parece enojado conmigo —su infidente autor, que le hizo hacer y decir muchos disparates. Y que no accede a dejarlo escapar de la novela. El lanchón se detiene en una antigua ciudad. Benjamín salta a tierra y me da la espalda, groseramente. Se introduce en el capítulo excéntrico. Le suplico por última vez que no se desvíe. Que reflexione. Que mantenga la coherencia. Pero no me escucha.
Sale, pues, del libro. Y desaparece por tres días y tres noches.
Camina por la orilla del Ródano. Mira la ciudad sin atreverse a recorrerla. Es un compacto montón de paredes enjabelgadas que sostienen tejados desde los cuales se elevan pañoletas de humo. Adentro hierven calderas. Imagina la buena comida. Pero para llegar a esa comida debería aventurarse por las callejuelas que zigzaguean y se oscurecen. En su interior esa ciudad debe tener la humedad de una calabaza podrida. Seguramente abundan los sótanos llenos de ratas donde se torturan herejes. Benjamín apura el paso, llega al final del muelle e intenta penetrar en una calle. Pero choca contra una muralla; la muralla es alta y larga, dura, fría. Sigue caminando junto al río y, por fin, se recuesta sobre un terraplén. Pronto —se consuela— aparecerá un buen judío que me ofrecerá albergue; me ayudará a ingresar en este lugar extraño.
Para serenarse evoca los cuentos de rabí Najman —que vive precariamente en el bosque cercano a Mádivke desde el día que perdió la razón—. ¡Cómo le gustan esos cuentos atiborrados de paradojas! Los cuentos de rabí Najman describen judíos andrajosos paseándose en mágicas fortalezas, príncipes negros que se ocultan del reflejo lunar, locos que enseñan verdades a los sabios, viajeros que recorren el mundo en tres noches. Él, Benjamín, es casi protagonista de uno de esos cuentos: acaba de apartarse de un viaje programado al Río de la Plata para buscar algo —no sabe qué— en una ciudad desconocida.
¿Desconocida? —se pregunta enrulando en el índice la despareja barbita mientras contempla con detenimiento paredes y tejados. Por entre los inestables cubos de las casas emergen las torres cónicas de una fortaleza (“¿judíos andrajosos paseándose por mágicas fortalezas?”). Allí reinaron los papas. En la cabeza de Benjamín estalla como una burbuja el nombre de Aviñón.
Se afloja sonriendo. Ya tiene el nombre. Ya tiene lo esencial. Ahora comenzarán a aparecer príncipes negros que se ocultan del reflejo lunar, locos que enseñan verdades a los sabios. Y él, Benjamín, recorrerá el mundo en tres noches. Presentía que todo esto se iba a cumplir.
Tuerce la cabeza hacia la derecha. Un niño descalzo empuja con su vara al burro aplastado de leña. Descubre tras los bamboleos del animal trozos de un amplio albornoz celeste. Los jirones de tela se cruzan con las tiesas patas. Arriba del albornoz aparece la vigorosa cabeza de un negro. Por el color de su piel, por su ancha nariz aplastada, no es un judío de Mádivke —chancea—. El negro se aproxima. Lo contempla. Y lo saluda en hebreo: la paz sea contigo.
A Benjamín le tiemblan las orejas. Se le esfuma la ironía. ¿Quién es este aparecido?, ¿un pope antisemita? ¿un verdugo enmascarado?, ¿una comparsa de la fortaleza? (“príncipes negros que se ocultan del reflejo lunar”).
El negro le comunica su nombre: Jefté. A Benjamín se le mezclan los cuentos de rabí Najman y se incorpora, tambalea. Jefté despide olor a metales, esbozando una tranquilizadora sonrisa, le pregunta si viene de los Cárpatos, si tiene dónde alojarse. Benjamín percibe vagamente que las preguntas contienen las respuestas. El negro Jefté lo está invitando a su casa —es el esperado (insólito) judío que vendría a darle albergue—. Intuye descubrimiento y maravilla.
Contesta que sí, que viene de los Cárpatos, y que no, no tiene dónde alojarse.
Entonces se apartan del río donde la tarde se cubre de amaranto y avanzan hacia un costado de la fortaleza sobre cuyas torres cónicas aún llamea la última luz. Benjamín advierte que pasan por una abertura reglamentaria porque no rebota contra la dura y fría muralla. Gira sin cesar los ojos y la cabeza para no perder detalles de los muros, las puertas y ventanas del exótico sitio, antes que la noche los borre.
Las callejuelas se amoratan, luego tiznan. Vadean una cinta de agua fétida. Los atropella una pandilla de chicos que se escabullen por un corredor como bandada de pájaros. Atraviesan una arcada. El solideo rojo de Jefté tiene bordada una inscripción apenas perceptible. Su espalda es vertical y muy fuertes sus tobillos. La túnica golpea con ritmo parejo sus piernas de sombra. Luego de penetrar hondo en el laberinto, enfilan hacia un portón rústico y pesado. Hay olor a encierro, a lana de oveja. Lo empujan. Una franja luminosa desgarra la tiniebla y rompe la cara de Jefté en trozos de bronce. Aparece otro negro. Y otro. Y otros. Les brillan las mejillas, los ojos, los labios gruesos. Y aunque los claroscuros confunden, Benjamín percibe el aliento de sus anchas narices. Entre los negros hay mujeres con pañuelos blancos y niños de ojos ardientes. De los horcones cuelgan lámparas, géneros, trenzas de mimbre y cacharros de arcilla.
Lo invitan a sentarse y le lavan los pies. Benjamín obedece con mucho de fascinación (y algo de miedo). Le entusiasma la costumbre bíblica, pero le alarma el esfuerzo de sus anfitriones por arrancarle toda la mugre. Su piel blanca, azulina de tan blanca, revive entre las manos negras que remueven el agua, lo acarician, frotan y arrebatan el cansancio.
Los negros se desplazan con ceremonia. Casi no hablan, absortos en el huésped, cuidándolo como a un cordero antes del sacrificio. Jefté se ha instalado a la cabecera de la rústica mesa y controla el cumplimiento de un programa que parece ensayado. Benjamín se repite (porque lo sacuden ramalazos de inquietud) que goza el privilegio de haber descubierto una comunidad extraviada, una de las doce tribus perdidas, que su ambición de parecerse a Benjamín de Tudela se ha cumplido. Observa que los hombres visten túnicas celestes. Las mujeres, por el contrario, lucen variedad de colores desde el agresivo bermellón al sepia.
Le señalan la mesa sobre la que fue tendido un mantel cuya guarda es un largo texto. En humeante bandeja llega el cordero asado, Jefté clava su cuchillo en la carne y divide las articulaciones. La piel crocante se abre lanzando vaharadas aromáticas. A Benjamín se le humedecen los labios hambrientos y los niños ríen bajito. Se ablanda la solemnidad. Pero no le sacan los ojazos de encima mientras sus dientes pelan los huesos.
Llegan otros negros que se instalan en los bancos apoyados contra la pared. Benjamín se atora —a pesar de sus rotundos presentimientos— cuando le dicen que comparte el asado con descendientes de la tribu de Efraín. Tose, le saltan las lágrimas. No puede ser cierto aunque sabe que sí. Su emoción lo empuja a preguntar. ¿Cuántos son? ¿Dónde vivieron antes? Ya había oído que los judíos suelen adoptar los rasgos físicos de otras razas. Pero no esperaba (¡sí esperaba!) una confirmación terminante. Y menos por vía directa de una tribu perdida. Los sueños de los locos y las narraciones de los poetas han triunfado sobre los imbéciles académicos. Los cuentos y las leyendas dicen la verdad. Quisiera ponerse a escribir una crónica sobre este descubrimiento asombroso. Narrar, explicar, describir. Ofrecer un testimonio inmortal, como lo han hecho los numerosos viajeros que lo han precedido. Mientras, debe saber más, absorber noticias, reunir datos, y pregunta. Pregunta sin separar lo principal de lo secundario mientras se enrula y desenrula la barba. Es una máquina de hacer preguntas.
Le proponen visitar la oculta sinagoga. Radiante y desenfrenado, dice que hasta ese día ha concurrido a la sinagoga antes y no después de llenarse el buche, que el estómago vacío provee alas al corazón y el lleno lo adormece, pero que ahora no lo dormiría ni un garrotazo de Sansón.
El paternal Jefté le rodea los hombros. Salen nuevamente a la noche. Las túnicas de los negros se inflan como nubes. La silenciosa ciudad del Ródano ignora que en su interior ha recalado una comunidad más codiciada que el diamante; y que un pintoresco judío de los Cárpatos está por adentrarse en sus fantásticos arcanos. Mientras, a Benjamín le parece que la callejuela profunda se retuerce escamoteando el objetivo. Los pasos suaves de sus anfitriones apenas rozan el empedrado. La columna de sombras va rodando sin ruido, como procesión de espectros. Benjamín siente la frescura que brota de los muros, de la oscuridad, de la brisa que produce la ondulación de los albornoces.
Se amontonan junto a una puerta que apenas se diferencia del muro. Chirrían los goznes. Adentro tiemblan las luces amarillas de varios candelabros. Ingresan de uno en uno y Jefté se ubica frente a una cortina que protege el Arca con los rollos de la Torá.
Los ojos de Benjamín danzan, encantados. Registra las caras espejantes, los labios gruesos, el ámbito piadoso, el olor a muérdago y a jazmín y a velas derretidas.
Beben vino. Anhela consignarlo también, así como la reciente caminata, el ingreso ordenado, y la actual conversación destrabada, fascinante, que lo sigue atosigando de datos y sorpresas. Le proponen quedarse a oficiar de rabí. Benjamín se tironea la barba y golpea los hombros ligeramente encorvados para despertar. Si no sueña, habita en un cuento del loco rabí Najman. La propuesta es sorprendente. Bellamente absurda. Él no tiene categoría de rabí. En verdad, no tiene categoría de nada. Es un viajero impenitente, un judío descocado, travieso y sentimental.
Le contestan que ya conocen su ajetreada vida, lo cual es más impactante aún. Entonces él les pregunta si saben que antes de recalar en Mádivke, sobre los Cárpatos, había recorrido infructuosamente varios países buscando las famosas diez tribus, igual que el primer Benjamín, el de Tudela. Sí, saben, y por eso lo agasajan. Que llegó a la desesperada Mádivke poco después de un bárbaro pogrom. Sí. Que lo designaron para gestionar en París la emigración de ciento veinte familias. Le responden que saben todo, incluso los escándalos con Rothschild y la Alianza Israelita Universal. El mentón de Benjamín tiembla. Pronuncian un hebreo metálico que armoniza con los reflejos de su piel. Les pregunta si son magos, espías, simuladores, sabios del futuro. El negro Jefté pasa sus dedos negros por la boca, entrecierra los ojos y enhebra una explicación.
Benjamín inclina su tronco y absorbe la explicación que arrastra un cortejo de anécdotas. Una historia que se hunde en la larga noche mientras se repone el aceite de los candelabros. Que serpentea a lo largo de horas sin término y avanza por laberintos tenebrosos. La espectral sinagoga junto al Ródano se aísla en un círculo a medida que el relato de Jefté y sus acólitos reconstruye el pasado con vivacidad. Los judíos negros cortan las ligaduras que frenan, que limitan. Sus cuerpos de fantasmas atraviesan paredes. Son descendientes de Efraín, hijos de una tribu que habían asolado los asirios en la antigüedad. Mientras los guerreros carneaban a los prisioneros, un núcleo logró huir en naves angostas. Los sobrevivientes recalaron en puertos que ya se borraron de la costa. Después buscaron la paz en islas y penínsulas lejanas, se aventuraron por mares desconocidos. Y se perdieron en aguas calientes donde las olas comenzaron a entrar en ebullición. Finalmente alcanzaron la desembocadura de un río y fueron descubriendo tierras fértiles que reproducían el edén. Era un edén —Jefté enfatiza, se posesiona—. Allí encontraron a hombres en estado de inocencia. A lo largo de generaciones intercambiaron palabras, objetos, costumbres y leyendas con esos hombres. El sol permanente y generoso, la vegetación carnosa, el transcurso de los siglos, fueron operando una adaptación física. Cuando se produjeron las despiadadas cacerías de esclavos, los hijos de Efraín ya no eran diferenciables de los nativos. Y eso poco hubiera importado. Los engrillaron, azotaron, marcaron, asfixiaron en naves apestosas. Y condenaron a largas travesías desde África hasta América del Norte y del Sur. Los enfermos fueron arrojados al agua.
En la pequeña sinagoga Benjamín comprende que se han roto las cuerdas del tiempo y lo hacen viajar por la historia. Contempla entonces multitud de negros convertidos en animales antes de ser engrillados a los barcos. Recorre con pavor el fondo del mar, donde fueron arrojados los enfermos y los heridos que no iban a obtener buen precio en los mercados de esclavos. Ve largas filas de hombres, mujeres y niños encadenados a plantaciones que retumban lamentos. Un haz de puñales le infla su angustia: son los puñales de propietarios y capataces que amputan los dedos de los pies a quienes intentan huir. Navega por las palabras del relato como un pájaro en la tormenta. Se siente mal, confunde lugares y épocas. Los látigos dejan huellas en su espalda. Vomita agotamiento. Cree mirar a la vez todos los campos malignos del universo como si en verdad estuviera dentro del cuento de rabí Najman que contiene todos los cuentos. La alegría del descubrimiento y la pesadumbre de la historia lo aferran al vino rojo y al asiento duro. Toca los bordes de la locura cuando los hijos de Efraín le revelan sus infortunios en el Río de la Plata. Y también lejanos instantes de gloria cuando, mezclados con otras naciones, participaron en las contiendas de liberación, en marchas alucinantes por los más altos riscos del mundo, y recorrieron el océano del otro lado de la tierra para romper las cadenas de otros pueblos. Después ocurrieron las guerras fratricidas, guerras inacabables en las que los negros siempre eran empujados a las líneas de muerte, degollados, descuartizados, reventados por los cañonazos, fertilizando campos vacíos con su carne despedazada. Los negros poco a poco fueron desapareciendo. Exterminados.
Benjamín quiere consolar. Y dice: también nosotros, los judíos blancos somos exterminados. Narra —mal, angustiado, tartamudo— conocidas historias de persecuciones y sufrimientos. Nuestro pueblo es una cadena de dolor. Ampollas de tortura jalonan la vida judía.
—Ampollas de tortura jalonan la vida negra —completa Jefté.
A Benjamín lo sobresalta una tremenda conclusión: ¿los judíos de Mádivke y pronto también de otras aldeas semejantes a Mádivke emigrarán hacía las tierras que estuvieron pobladas de negros y que después —por guerra, peste y maldad— fueron limpiadas de negros?
—Así es —murmura Jefté. Los emigrantes judíos llenarán el vacío dejado por las multitudes negras de antaño. Las reemplazarán. Una minoría por otra minoría. Ambas notorias y frágiles. Designio terrible. O quizás maravilloso.
Benjamín suda. ¿Para enterarse de esto fue impulsado, mágicamente, a salirse de la novela?
Las caras de bronce le confirman la sospecha. Y le aseguran que los negros y los judíos son hermanos en el martirio. En la persecución. Y también en la música.
Benjamín tirita. Ya no es el judío insolente que recorrió media Europa, navegó el Ródano, escapó de una novela y se ha internado con ideas febriles en un sitio espectral: es un animalito afligido y perplejo. Aún ocurrirán hechos. Allí mismo. Esa noche.
Jefté se para frente al Arca llena de rollos santos y la contempla en silencio. Su albornoz celeste brilla en los hombros, y sus brillos se enlazan con los enigmáticos del solideo. Inclina la cabeza. De pie, solo en el espacio que separa el Arca de los otros negros, se concentra. Alisa el silencio hasta convertirlo en vidrio. Da un salto y rompe el vidrio. Queda paralizado en la nueva posición. Los demás aprueban. Salta nuevamente. Palmea. Jefté, con ritmo lento, estimula el nacimiento de una danza quebrada: flexiona las rodillas, alza los brazos, agranda los ojos. La concurrencia sigue el ritmo con movimientos de párpados, de nucas, de palmas. Los movimientos lentos y profundos hachan el aire. Hachan y hachan un tiempo sin tiempo. Hasta que los músculos empiezan a segregar dolor. El lamento se mantiene por el tiempo sin tiempo, se alarga como un elástico. Por último cruje el piso. La cortina de terciopelo que cubre el Arca también se mueve, como una vela melancólica. El baile de Jefté narra su aflicción y retuerce los nervios.
Benjamín es empujado hacia la pista. Aprieta las manos oscuras y calientes del jefe. A continuación ingresan a la pista los restantes negros (aprendieron a divertirse con la tragedia, igual que los jasidim, piensa Benjamín en sucesivas elipsis). Y el baile se apura. Gira. Acelera. Rueda. Gira, acelera y rueda con velocidad creciente hasta que irrumpe el vértigo. Se excitan las llamas de los candelabros mientras los pies acarician el piso con el borde, con la punta, y machacan con el taco. Las túnicas claras flamean como ropa tendida al viento. Los labios se cubren de espuma. Asoman dientes. Los aullidos se transforman en aleluya frenéticos.
Benjamín viaja de nuevo. Danza y viaja. Se reúne en el bosque con rabí Najman para contarle su aventura mientras sus piernas y sus manos dibujan círculos en el aire. El rabí, con un pájaro en cada hombro, dice que también lo sabe, que en efecto los negros son verdaderos jasidim, incluso antes de que el Bescht naciera, que así lo había dispuesto Dios. Y rabí Najman se regodea explicándole el origen de los negros. ¿No narra el Génesis dos creaciones del hombre? En el primer capítulo Dios creó una pareja a su imagen y semejanza y dijo: tendréis el color de la arcilla para recordar que de ella venís; seréis ágiles para la danza y dotados para la música; alegraréis mi obra. Y puso Dios a la primera pareja en campos calientes llenos de verduras y árboles frutales y animales variados para que nada les faltase. ¿No lo recuerdas, Benjamín? No, no lo recuerdo exactamente. Entonces escucha, cabeza de pimiento —el dulce y estrambótico rabí se saca de la frente un mechón de pelo blanco, que es una nueva elipsis para el mareado Benjamín—: en el segundo capítulo del Génesis Dios creó otra pareja y la instaló en el edén; pero para que no sufriera el estigma de su origen arcilloso, la blanqueó. La nueva pareja, querido Benjamín, mordió con arrogancia el fruto del árbol prohibido. Y el Señor tuvo que expulsarla del edén. La árida tierra que debió trabajar no le curó la arrogancia. Por el contrario, uno de sus hijos, Caín, mató a un hermano. Los hijos de sus hijos, siempre ruines y arrogantes, se apropiaron de las montañas. Aprendieron el arte de la guerra. No los arredró el diluvio. Propagaron la ambición y la crueldad como un nuevo diluvio. Y por fin llegaron a los lejanos campos calientes llenos de verduras y árboles frutales y animales variados que no les pertenecían. Así descubrieron a los descendientes de la primera pareja, la que había conservado el color de la arcilla. ¿Qué hicieron entonces? ¡Los cazaron! ¡Los obligaron a trabajar para ellos! Los impregnaron de tristeza y de látigos. Los esclavizaron. ¿Pero sabes qué, mi atento Benjamín? No consiguieron quitarles el canto y el baile: son jasidim, son nuestros hermanos.
La danza sigue golpeando en el piso, las bóvedas, el pecho, las sienes. Y en Benjamín los pensamientos mixturan las fantásticas versiones de rabí Najman con su fantástica realidad en Aviñón. Se vuelven a presentar las callejuelas de la tarde, como si necesitara del pasado inmediato para no extraviarse en lo remoto. Ve las aguas del Ródano, el mítico puente amputado que funcionaba en tiempos de los papas, la fortaleza de torres cónicas. Y ve a rabí Najman junto a la muralla contemplando la fortaleza de torres cónicas como si fuese el mismo Benjamín apenas llegado. En su recuerdo aparece de nuevo el burro aplastado por leña. Y aparece el negro con cara de abismo, albornoz celeste y solideo rojo, que lo saluda en hebreo, informa que se llama Jefté y explica que pertenece a la tribu perdida de Efraín. La tarde se amorata, luego tizna. Jefté lo hace ingresar en la ciudad por el espacio que perfora la muralla. Ve charcos de agua fétida y es empujado por una pandilla de chicos que se escabulle como bandada de pájaros. Llegan a un portón rústico y pesado, entran en la casa con olor a lana de oveja y poblada de gente amistosa que les lava los pies y ofrece un cordero lanzando fragancias. Las mujeres con pañoletas y los niños a prudente distancia ríen bajito. Benjamín está fuera de todo equilibrio porque ha descubierto una tribu perdida y luego está en una sinagoga inverosímil, una cueva mágica que le hace sufrir en minutos dolores de siglos. Y sigue rodando en la danza, una danza poderosa y flamígera como el carro de Elías, que lo transporta por los desfiladeros de una memoria incandescente. Se columpia en las estrellas y, cuando cree haberse liberado de las limitaciones que tienen los músculos y la vigilia, cuando se identifica con el viento, el resplandor o el puro espíritu, lo derriba un agotamiento tan grande como el tamaño de sus ensoñaciones.
El mundo se desplaza dos o tres días con sus respectivas noches. Benjamín se esfuerza por despegar la ilusión de la realidad. No es sencillo. Las vivencias y los sentimientos se han ligado en su alma como harina de amasar. Se restriega los párpados y mira el río, el puente amputado, las torres cónicas. Otra vez contempla la ciudad en las horas de la tarde, cuando sus diversos colores confluyen al violeta. O al amaranto. Todo es igual que la primera vez, cuando desembarcó del lanchón de carga. Se incorpora con el dolor que el exceso de danza amontonó en sus articulaciones. Camina junto a la muralla sin encontrar el espacio por donde lo hizo pasar Jefté. Algunos bares encienden luces y dejan escapar la música de un violín. Los toldos a rayas se recogen y se abren las ventanas para recibir el aire de la noche. El río ya se ha borrado. Gira y descubre la pasmosa ciudad transformada en miles de bujías.
A la mañana siguiente, con los miembros de esa tribu perdida arrebujados en su pecho junto a nuevas narraciones de rabí Najman, trepa a otro lanchón de carga y consigue, laboriosamente, que sus tripulantes accedan a llevarlo hasta Marsella, donde lo aguardan las ciento veinte familias que serían embarcadas hacia el Río de la Plata. Después se sienta sobre mi escritorio, se rasca la barbita roja, me mira bellacamente y dice, muy suelto de cuerpo:
—Deje de protestar, vuelvo a la novela. Y no me pregunte qué pasó.
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