delicioso milagro de cuesta brava (es)
Se aceptó nomás que fue un milagro. Y más portentoso que el primero, el que había originado la fundación de Cuesta Brava, siglo y medio atrás. En aquel entonces habían venido las carretas ascendiendo por la loma, abrumadas de sol y fatiga, cuando las ruedas torpes se hundieron en el guadal. Ni gritos ni picas ni aligeramiento de carga pudieron contra el freno de la montaña de talco. La caravana acampó junto a los churquis polvorientos turnándose incluso mujeres y niños en las maniobras y maldiciones inútiles. Las ruedas se habían enterrado hasta el eje. Descubrieron un río próximo, desarmaron las carretas para armar chozas, cazaron, cultivaron, sepultaron a un viejo; sin darse cuenta iniciaron la vida del pueblo. Y esto fue un milagro, como sostuvo el primer cura que se radicó entre los cuestabravenses y reconstruyó la historia con testimonios de baqueanos y beatas que habían escuchado frotes de ángeles hundiendo las ruedas. Cuesta Brava se llenó de ranchos y de huertos; en la cima se construyó la iglesia, primero con techo de paja y barro, luego de material.
El segundo milagro, el más notable, ocurrió hace poco, bajo el altar de la Virgen. La aldea ya tenía generaciones de peones y patrones, un asilo para indigentes e indigentes fuera del asilo, un dispensario sin medicamentos, un médico borracho, curandero y curandera, juez de paz, comisario con una tropa de veinte policías, hábiles domadores, almacén de ramos generales, estación de ferrocarril, plaza cívica, campos llenos de hacienda flaca y hombres llenos de chinches gordas, un cura párroco pequeño y nervioso como un colibrí.
Sostenía este cura de voz chillona, insoportable, que el pueblo había nacido de un milagro y vivía en una maldición: la pared sur de la iglesia amenazaba derrumbarse cuando el viento soplaba con bronca; al asilo llegaba la comida que despreciaban los perros; en el dispensario no había más antiséptico que agua hervida; en invierno faltaba leña y en verano sombra; escaseaban harina, leche, pasto y maíz. En sus sermones desde el púlpito convocaba a la castidad, la oración y el sacrificio. En sus sermones desde el llano convocaba a la reivindicación de los pobres y a la generosidad de los ricos.
En un amplio y sólido caserón parecido a un castillo vivía Idelfonsa de Gutiérrez García. Reinaba sobre una servidumbre de once personas entre mucama, cochero, cocinera y peones para la atención de sus campos. La habían sacado de un colegio de monjas para casarla con un viejo que a los pocos años murió de un infarto en el lecho de la criada. Heredó su fortuna y —según los detractores— su avaricia. Vestía de negro para ocultar su belleza (o incrementarla, según los maldicientes), iba siempre a misa para congraciarse con Dios (o con el cura), realizaba obras de caridad para bien de los pobres (o para bien de su prestigio). Los habladores, movidos por envidia y morbosidad, degradaban cada gesto, maculaban cada acto. La joven y digna dama fue centro de chismes y calumnias: que cometía pecados en primavera, que flagelaba a su criada, que extorsionaba a los comerciantes, que se burlaba del cura. Que era hipócrita, cruel y lasciva. Pero nada pudo probarse, ya que repartía sus horas entre el caserón y la iglesia; sus labios siguieron tristes, y sus mejillas, pálidas. La ponzoña no ingresa en las almas limpias, afirmó con frecuencia el pequeño y enérgico padre Ruiz después del tercer domingo de octubre, cuando se produjo el gran milagro.
Ese día las familias concurrieron puntualmente a la iglesia. La mañana olía a fiesta y a jazmines, alpargatas limpias, jabón de tocador y blusas almidonadas. Dentro de la nave el incienso se metía en la nariz y borraba pesadumbres. El esmirriado sacerdote evidenciaba cierto temblor en las manos. Los fieles se dispusieron a escuchar la repetición de acusaciones contra el pecado y grandílocuos llamados al arrepentimiento. Leyó un párrafo de la Escritura despojado de amenazas. Se refería a las peripecias de los israelitas en el desierto, acosados por hambre, sed, miedo, frío. El Señor, a través de su siervo Moisés, les enseñó a no desesperar porque los cuidaba y quería. Y no sólo hizo brotar agua de las rocas, sino que produjo la lluvia del maná.
—Nosotros también sufrimos las dificultades de una larga peregrinación por el desierto —agregó con su voz más destemplada que de costumbre—: el asilo será un cementerio; el dispensario, un basural; a esta misma casa de Dios se le derrumbará la pared sur. Pero Él nos enseñó a través del Libro de los Libros a tener fe. Nuestras penas hallarán alivio, seremos saciados por nuestra hambre, consolados por la falta de techo y el acoso de las enfermedades —y alzando ambos brazos, gritó—: ¡ha llovido maná sobre Cuesta Brava!
Los fieles se miraron consternados: ni asomo de nubes, ni lluvia de agua ni de granizo ni de pan ni de nada; al pobre cura las angustias le han aflojado un tornillo.
—Hoy, cuando todavía era noche —prosiguió—, el bueno de Félix empezó a limpiar nuestro templo.
—¡Milagro! —explotó Félix retorciéndose las coyunturas, transpirando por su calva y su mentón.
—Efectivamente, Félix descubrió bajo el altar de la Virgen una inmensa fortuna.
—¡Milagro! —repitió Félix con furiosa convicción—, ¡milagro, milagro, milagro! —La multitud respiraba inquieta.
—Cálmate, hijo. Es un milagro, sí, la Virgen transformó sus lágrimas en joyas, las joyas del maná. Se trata de un cofre lleno de pesos fuertes y de alhajas; sobra para reforzar la pared sur, alimentar el asilo, dotar el dispensario, construir casas, comprar alimentos, extender la dicha hasta el último cristiano que habita entre nosotros. ¡Cuesta Brava hizo contrición, purgó sin duda sus pecados y el cielo oyó nuestras oraciones! Realizaremos un oficio de acción de gracias, mantendremos nuestra pureza para que Dios y la Santísima Virgen continúen diligentes con nosotros. Haremos un inventario de necesidades y prioridades, usaremos con prudencia y justicia el regalo del Altísimo.
En el atrio de la iglesia se produjo un alboroto descomunal cuando la gente salió del pasmo. Al bueno de Félix lo apalearon a preguntas, que cómo fue, dónde exactamente, a qué hora. El juez de paz y el comisario invadieron la sacristía, para discutir con el cura —“esto no es un milagro, tenemos que investigar”—, pero el cura no aceptó investigaciones profanas en su ámbito sagrado. Las beatas pellizcaron las cuentas de sus rosarios, los hambrientos se regodearon imaginándose tupidas comilonas y el cómico del pueblo anunció la organización de la primera gran kermesse del milagro con banda y banderitas.
Dicen los malignos que la bella Idelfonsa partió como centella rumbo a su casa, se encerró en el dormitorio y a los cinco minutos reapareció en la calle gritando como loca ¡Me han robado! ¡Me han robado! ¿Qué le han robado, doña? Pero ella no aclaraba qué le habían robado sino que Cuesta Brava estaba llena de delincuentes y que el Señor lanzaría sus rayos y huracanes para quemar a tantos pecadores. La pobre no podía ser escuchada con serenidad cuando hasta los niños formaban ronda para festejar el milagro que la Virgen realizó para los humildes como dijo el cura en el sermón. Y doña Idelfonsa, descontrolada, fue sostenida por la criada y la cocinera que la reintrodujeron en su alcoba, de donde salieron asaltadas por una diabólica alucinación: la cama estaba corrida y dejaba expuesta una insólita cavidad en el piso.
Los incrédulos se apresuraron a recoger el dato para reducir el portento divino a una pedestre crónica policial. Atribuyeron la propiedad del cofre a la rica viuda, conjeturaron que era el producto de un sucio botín y complicaron en la intriga al mejor ratero de Cuesta Brava: Martín Ruiseñor, el rapaz Martín que solía alzarse con las aves, queso y vino del almacén de ramos generales con la ligereza de una pluma. Martín habría robado el cofre —pensaron— para después hundirse en la tierra, transformarse en arbusto, follaje, vaca. Era tartamudo, sus greñas sucias flotaban como alas y corría más rápido que un buscapiés. Vivía junto al río en una choza que parecía medio sumergida en el pantano; de la puerta colgaba una arpillera y tras el horno de pan existía una zanja donde se mezclaban cartones, latas y otros desperdicios. Su madre ciega y un número impreciso de hermanos vegetaban en el basural desde que el padre había estallado como una uva bajo las ruedas del tren, suscitando la versión de que estaba tan ebrio que salpicó los alrededores con vino en lugar de sangre. A Martín lo descubrieron dos veces en casa de doña Idelfonsa con gallinas bajo el brazo y queso desbordando sus bolsillos. Bastó este recuerdo para que los sembradores de cizaña llegaran a inferir que la mujer le abría su lecho en las mórbidas noches de primavera porque, debido a su tartamudez, Martín tardaría en contar el favor de la bella mujer —Cuesta Brava no tenía mudos, a quienes hubiera preferido la viuda—. Otros afirmaron que Martín espió a la pálida mujer trepado en la enredadera. Calculó sus movimientos y horarios, pudiendo efectuar el robo sin inconvenientes. Pero no fue a su choza: conjeturaron que deambuló inexplicablemente con el cofre lleno de alhajas y pesos fuertes bajo su deshilachada camisa escondiéndose de la servidumbre dormida, los vecinos lejanos, la policía amodorrada, su madre y hermanos ambiciosos que armarían un escándalo delator. Frente a la iglesia lo asaltó una idea: ocultar el tesoro bajo el altar de la Virgen hasta que pudiera encontrar un escondite apropiado.
“Los incrédulos se vuelven crédulos ante cualquier historia sinuosa que los exima de reconocer un hecho divino”, replicaba el cura. Insistió que el pueblo había sido agraciado por un milagro de los que el cielo brinda de vez en vez, y que las joyas eran lágrimas de la Virgen. Se lo veía más flaco, agresivo y nervioso que antes y, para protegerse de los malignos, aseguró el cofre tras una reja con cuatro candados.
El juez de paz insistió en llevar a cabo una investigación y el comisario puso vigilancia en la puerta de la iglesia para que nadie lo asalte, señor cura, aunque el diminuto cura, elevándose sobre la punta de sus pies, dijo que usted es el único que puede asaltarme: ordene de inmediato que los agentes desaparezcan. Pero el comisario se hizo el sordo, mientras en las casas y los boliches y también en la escuela y en el asilo y hasta en el mismo cementerio los tocados por Cristo discutieron eso del milagro; no podía ser diferente, repetían: el padre Ruiz lo calificó así de entrada y él conoce de estas cosas mejor que ninguno; a nadie se le pasaría por la cabeza esconder un cofre lleno de joyas bajo el altar de la Virgen y nadie en Cuesta Brava podía haber acumulado semejante tesoro.
No se dormía siquiera la siesta: con el milagro de las joyas se produjo el milagro de la exaltación; hasta los enfermos cantaban y los rengos bailaban y ya se carneaban animales a cuenta del dinero que distribuiría el pequeño —gran— padre Ruiz. Se multiplicaron los fogones y toda Cuesta Brava olía a sabroso asado, carbonada y tortas fritas como en los tiempos de gloria.
—Escúcheme, padre —insistió el juez de paz cuando lo pudo abordar a solas— entre nosotros... ¡no me diga que usted cree en un milagro!
—Mientras no se pruebe otra cosa, es un milagro —replicó apretando los dientes.
—Alguien puso las joyas bajo el altar.
—Usted lo dijo: bajo el altar. Ahí tiene el milagro. No entregó las joyas a un joyero. Las donó a la Virgen. Si alguien abrió su corazón, saldó un pecado o vaya uno a saber qué, donando sus joyas y pesos fuertes a la Virgen, instrumentó un milagro. Porque las joyas de la Virgen son para la comunidad. Es un milagro que se transforme la vieja codicia que logró reunir ese tesoro en la flamante generosidad de donarlo secretamente. ¿Prefiere verlo así?
—¿Y si es el producto de un robo?
—¿Robo? ¿Existe alguna denuncia?
—No, pero es una posibilidad.
—Y bien, esperemos la denuncia. Mientras, el cofre seguirá bajo mi custodia —afirmó el cura.
El comisario decidió tomar cartas en el asunto. Fue a entrevistar a doña Idelfonsa, pero ella no lo pudo recibir porque estaba rezando. Volvió dos horas más tarde y seguía rezando. Al día siguiente lo mismo; esta mujer es una máquina de rezos; en vez de asentar una denuncia entre los vivos, si es cierto lo que se dice, prefiere ensordecer al pobre Dios con sus oraciones; la viudez la hizo más loca y beata. En la calle ya empieza la kermesse con banda y banderitas, pero de todas maneras este entuerto yo lo voy a aclarar antes de que me vengan de arriba con exigencias. El comisario recogió las calumnias en boga y cercó la vivienda de Martín Ruiseñor con el total de su tropa; ¡aquí no se mueve nadie o le parto la sandía de un balazo! Y entre quince lo sujetaron de los pies y de las crenchas mientras los otros mantenían a raya a los hermanos y a la madre sin ojos que seguía preguntando ¡pero de quiénes son estos gritos y qué mierda quieren!, cálmese mama, y ella: ¡pero de quiénes son y...!, hasta que cargaron a Martín sobre una yegua y lo llevaron al calabozo donde el comisario en persona dirigió el interrogatorio sacándole de las tripas los secretos, centenares de gallinas, kilos de queso variado y toneles de buen vino pero sin poderle sacar lo otro, eso de que manoseabas a doña Idelfonsa en primavera y le robaste el cofre que tenía bajo la cama para esconderlo después bajo el altar de la Virgen. Lo dejaron tendido como una liebre muerta y cuando se despertó siguieron machacando sobre lo mismo, haciéndole vomitar sus hurtos; la comisaría se llenó de plumas, de alcohol y raterías interminables, pero sin lograr que Martín Ruiseñor confesara el delito por cabeza dura, y así fue como corrió la noticia por el pueblo de que acontecía un nuevo milagro: Martín aguantaba una zurra impresionante de veinte mastodontes desenfrenados.
El diminuto y explosivo padre Ruiz entró en la comisaría como tromba rodeado por una legión de ángeles y una multitud vocinglera; amonestó con dureza al comisario; el comisario dijo pero señor cura lo tengo que hacer confesar y el cura replicó levantando el índice son usted y sus subalternos quienes deben confesarse ante Dios, carajo, vaya rapidito para la iglesia y no se olvide de sacarse la gorra antes de entrar.
Vendó las heridas de Martín, le impartió su bendición y, delante de policías desconcertados, le besó la frente. Después se metió en el confesionario para recibir a los torturadores en fila india, sonsacarles los pecados, los malos pensamientos y las malas intenciones y exigirles doscientos padrenuestros y quinientas avemarías.
Doña Idelfonsa de Gutiérrez García mandó un recado al padre Ruiz solicitándole que la visitara. Instaló sobre la mesa coñac de España, aceitunas de La Rioja y manzanas de Río Negro.
La insólita entrevista se interpretó como un empeño de la viuda para convencer al virtuoso sacerdote de que el milagro no era tal y que se trataba de un simple robo en su perjuicio. Quienes creían en el milagro barruntaban que, aunque no hubiese existido tal robo, la ambición habría llevado a Idelfonsa hasta el límite de aprovechar habladurías para conseguir sin mayor esfuerzo un cofre lleno de piedras preciosas y pesos fuertes, total, quién demostraría que semejante fortuna no había sido de la única persona capaz de tener fortuna en ese poblado miserable. El cura, firme en la creencia del milagro, dijo que no entregaría el cofre hasta que ella no presentara pruebas y una formal denuncia y que las investigaciones aclarasen el origen de cada joya y cada peso. Las malas lenguas afirmaron que Idelfonsa suplicó e incluso bordeó la estratagema de la seducción. Pero estas conjeturas tropezaron con la versión del propio cura, confiada al bueno de Félix que a su vez la transmitió a su abnegada mujer que la contó enseguida a su recatada vecina y ésta a la siguiente, versión que describía el encuentro del cura y la ricachona como un amable diálogo sobre temas piadosos, discretamente animado con manzanas, aceitunas y soberbio coñac.
El domingo siguiente la multitud se apretujó en los bancos y pasillos de la ruinosa iglesia. Los ojos se corrían desde el altar y el púlpito hasta la severa reja con cuatro candados.
El padre Ruiz dijo en el sermón que antes de fundarse esta localidad, sus tierras y sus riquezas ocultas pertenecieron al Altísimo; es bien sabido que todos los hombres somos sus criaturas y sólo un mal padre beneficiaría a una en desmedro de otra. Como padre perfecto, Dios acoge con alegría los gestos fraternales de los hombres, sus hijos. Cuando un hijo obtiene más fortuna y se acuerda de sus hermanos, Dios redobla su fortuna; pero si, endurecido por la codicia, olvida que los bienes no son exclusivamente suyos y los guarda con miseria de espíritu, Dios se siente burlado. Hace una semana hablé del maná: que ha llovido maná sobre nuestro pueblo, que ha ocurrido un milagro. No sabemos de qué manera Dios lo hizo realidad. Puede que haya transformado las lágrimas de la Virgen en joyas, puede que el arcángel Gabriel haya traído el cofre de un país lejano, puede que lo haya recuperado de una diligencia olvidada en un camino ya borrado que hace décadas asaltaron los indios, puede que en vez de un arcángel Dios se haya valido de alguien de los aquí presentes, que en sueño de beatitud cumplió sin darse cuenta la voluntad del cielo donando a esta iglesia una fortuna que yacía ignorada en el fondo de su establo. Dios quita y Dios da. Hemos padecido sequías y langostas, vientos y enfermedades, faltaron la comida y el trabajo, la fe y la contrición. Pero hemos rezado y nos hemos purificado. Que este milagro nos haga más buenos y más devotos, que nadie se sienta olvidado por el cielo ni descuidado por la paternal vigilancia de Dios.
Un mes más tarde el padre Ruiz repartió los pesos fuertes y envió a la capital de la provincia una confiable delegación oficial para cambiar las primeras joyas por dinero corriente. Ante la satisfacción de los parroquianos, empezó la reparación de la pared sur de la iglesia. En un camión llegaron medicamentos al dispensario; la cocina del asilo se pobló de carne y verduras; las huertas y los campos disponían de semillas, azadas, rastrillos, arados y demás recursos. Junto a la pared oeste de la iglesia se amontonó una montaña de leña para el invierno y dentro de la sacristía otra montaña de ropa para los indigentes.
El padre Ruiz, cada vez más enjuto y excitado, informaba diariamente a la Virgen sobre la marcha de las operaciones como si fuera el contador de un almacén. Los incrédulos cerriles llegaron a insinuar —condenándose al infierno— que al final de sus balances el cura rogaba perdón a la Virgen por haberse decidido, con temeraria arrogancia y diabólica astucia, a poner fin con sus propias manos a la crónica miseria de Cuesta Brava deslizando su cuerpo de colibrí bajo la cama de doña Idelfonsa para extraer el tesoro oculto por una baldosa móvil, y que era un tesoro improductivo y mal ganado, según escuchó en lacrimógenas confesiones. Lo hizo con cálculos de tiempo y oportunidad, bien disfrazado de ladrón de quesos y gallinas.