el homenaje (es)
Isaac pensó que no debía sentirse apesadumbrado. Le estaban por rendir un homenaje a su papá. La ciudad íntegra, liberada en fiesta. ¿No lo merecía, acaso?
Aunque el homenaje resultaba tan curioso. Y le producía la angustia de las premoniciones infaustas.
Porque vivimos encerrados en el ghetto, decía Hilel, su hermano mayor.
Se aglomeraba mucha gente, sí. Todos querían estar cerca de su papá. Algunos llegaban caminando, otros en carruajes. También venían los soldados con sus panoplias relucientes abrazados a un bosque de alabardas. Y el obispo. Hacía mucho calor.
Los viejos, los niños, los ricos, los miserables, los condes, los frailes, todos acudían. A causa de su papá. Como para estallar de alegría.
Tan bueno que era con él. ¿Por eso lo querían honrar? Seguramente. Pero se trataba de un judío. Ningún gentil debía honrar a un judío, ¿quién lo ignoraba? Muchos años atrás, en una gran asamblea que realizaron los dignatarios de la Iglesia en un lugar llamado Westminster, decidieron prohibir estos homenajes. Y desde entonces los judíos sólo se pueden ensalzar entre ellos. De lo contrario sobrevienen calamidades. A su papá, sin embargo, lo honraría una multitud gentil, contraviniendo la antigua y respetada resolución. ¿Qué significaban si no esas carrozas, banderas, trajes de fiesta y alfombras en las calles?
Se vive tan encerrado en el ghetto —había insistido Hilel, su hermano mayor— que uno se entera demasiado tarde de lo que ocurre en la ciudad. Su padre, esa oportunidad, no estuvo de acuerdo: ¿para qué te interesa saber lo que ocurre afuera? Si es bueno para nosotros, llegará; y si es malo, mejor ni enterarse, porque de nada sirve.
Pero ahora tenía razón su hermano, lucubró el pequeño Isaac. A lo mejor se produjo otra asamblea en Westminster y se decidió dejar sin efecto la vieja prohibición. Si así fuese no tendría nada de curioso lo que estaba por ocurrir. Al homenaje lo entenderían Hilel, papá y él mismo. Sólo el calor permanecería inexplicable. El pequeño Isaac dispuso concurrir sin su pesado caftán negro.
Cuántos soldados, se admiró. Una vez los soldados marcharon hasta una casa vecina, derribaron la puerta con hachas, golpearon a rabí Jaime y se lo llevaron sin atender los gritos de su familia. Pero otra vez —se acordaba Isaac— acudieron para detener un progrom. Son muy vigorosos; a Isaac le gustaría tener tanta fuerza como ellos. Papá replicó que a esa fuerza le faltaba otra interior, más trascendente. Sin embargo, protestó Isaac, no estaría de más la que ellos tienen. Papá meneó su cabeza blanca: tanto a la vez es demasiado.
Los soldados avanzaban en grupos, como si integraran fantásticos animales rectangulares erizados de moharras, protegidos con caparazones y sostenidos por cien patas firmes y ruidosas. Se abrían paso entre la turba dirigiéndose hacia la gran plaza donde se tributaría el homenaje.
Si supiéramos lo que pasa fuera del ghetto, pensó Isaac, si fuera cierto que en Westminster se ha dispuesto honrar nuevamente a los judíos, entonces pronto nos enteraríamos de que la ciudad honraría también a su hermano Hilel, por ejemplo, y a sus tíos, y a otros parientes. Todos los días serían días de fiesta. Y la gloria de papá se hará muy grande. Se dirá: esta costumbre de volver a honrar judíos empezó con rabí Moisés ben Job (mi papá). A partir de él los cristianos y los judíos se aman, se hacen regalos, se visitan, se elogian y ayudan. ¿Acaso ya no estaban dando comienzo a esa preciosa realidad? Convergían en la plaza, empujándose: el alcalde, los corregidores, el obispo, órdenes religiosas enteras, corporaciones de zapateros, herreros, cartógrafos, molineros, carpinteros y albañiles, los pordioseros, los guardias, los niños, las cortesanas, los inválidos.
Isaac aprobaba la concurrencia. Su papá era un hombre muy valioso. Había sido recibido por príncipes y cardenales, había ayudado a señores y corporaciones, financió largos viajes de descubrimiento, escondió a familias perseguidas, estimuló centros de estudio, él mismo realizó travesías importantes y por último decidió recluirse en el ghetto para alentar a sus hermanos, leer los libros santos, dedicarse a los únicos hijos que le quedaban. Tal vez en la ciudad conocían otras hazañas que al pequeño Isaac aún no le habían contado. Y que explicaban holgadamente esa súbita, multitudinaria, festiva demostración.
El calor no aflojaba. Aunque lo retasen, se quitaría el caftán; estaba decidido. La camisa lo estrangulaba, sus cabellos rojizos se enrulaban con la transpiración. Por eso estaba tan inquieto, supuso. Tan asustado.
De pronto, interfiriendo el rumor poderoso de la multitud, empezaron a doblar las campanas. Su sonido se multiplicó rápidamente. El cielo se pobló con colores metálicos. Como si las campanas del mundo entero se hubieran lanzado a rodar en una fantástica molienda de badajos. El pequeño Isaac se tapó las orejas, apartó sus cabellos húmedos. La camisa le seccionaba la garganta. O la emoción. Tañían por papá, amistosamente. Y a pesar de su revuelo glorioso y ensordecedor, dejaban filtrar el perpetuo paso de los soldados, los cánticos de las procesiones, el fragor taladrante de la plebe que avanzaba como un río oscuro, incontenible, hacia la plaza del ayuntamiento. ¡Qué alegría!
¿Alegría?, le increpó Hilel con dureza.
Están por honrar a papá: es para llorar de alegría, hermano.
Hilel empezó a llorar. Los soldados golpeaban el pavimento con sus tacos sonoros. Isaac lloró también: por el homenaje, por su papá, por el increíble calor que le ampollaba la piel. Sus lágrimas se reunían con los hilos de la transpiración, con las primeras gotas de sangre que brotaban de las ampollas. Y el llanto que era de alegría se extrañó por la falta de risa. La risa no podía cruzar su garganta bloqueada. El pequeño y travieso Isaac quería comprender. Por qué el calor, y la sangre, y el ruido, y el llanto.
Sus párpados se alzaron: reinaban la pena y el calor de julio. ¿Su hermano Hilel sabía? Las honras eran, en realidad, honras fúnebres. Su casa estaba retraída en la tristeza, se habían ocultado los espejos con telas opacas, clausurado aberturas, cerrado los patios. La negrura del ghetto expresaba la profundidad de la aflicción. Moisés ben Job, su papá, era un hombre muerto. En Westminster prohibieron honrar a los judíos pero sin aclarar que la proscripción se extendiera más allá de la muerte. Entonces el homenaje era lícito. Y el pueblo tenía derecho a desbordarse para manifestar su aprecio por un benefactor tan piadoso como el papá de Isaac. Porque ya estaba muerto, claro.
Doblaban las campanas. El sonido que en el sueño premonitor le pareció tan alegre, ahora sabia amargo. La multitud colorida y bulliciosa que había imaginado en su cuarto fuliginoso, ya era una gorda serpiente que apenas cabía en las callejuelas de la ciudad, que se estiraba perezosamente hacia la plaza mayor, latiendo contra los muros, emitiendo un sonido ronco, temible.
Isaac estaba más angustiado que antes. No podía quedarse encerrado en esos cuartos estrechos, penumbrosos. Debía ver, escuchar mejor, enterarse de cada uno de los detalles que involucraban al justo de su papá. Esquivó horcones, muebles, muros. Cruzó infinitos cuartos y cámaras del ghetto. Recorrió el camino frecuente que conducía a la miserable escuela. Trepó escaleras sucias, atravesó corredores pringosos, abandonó salas atestadas de objetos vivos y muertos. Buscó ansiosamente los límites del ghetto. Límites que el ayuntamiento prohibió ampliar, por eso las viviendas debieron crecer hacia abajo, hacia cuevas que se comunicaban mediante túneles que a veces se derrumbaban, o hacia arriba, apilándose un cuarto sobre otro, en forma caótica y absurda, enlazándose con puentes que cruzaban de forma caprichosa los angostos callejones. Isaac subía agitándose. Las campanas sonaban con mayor insistencia. Y en la formidable catarata de bronces se mezclaba el rebumbio de la multitud que fluía hacia la plaza del ayuntamiento.
En su carrera hacia los techos divisó la calle exterior. Escuadrones erizados de armas luminosas se abrían camino comprimiendo hacia los costados a mendigos, vendedores ambulantes, caballos y sirvientes. Entre un escuadrón y otro, rodeados por un círculo que los lacayos se esforzaban en mantener libre, los condes vestidos con sedas y terciopelos se desplazaban en lujosas cabalgaduras.
Hilel le dio alcance y ordenó que retrocediera. Isaac meneó la cabeza húmeda de lágrimas y transpiración. ¿De qué servía ese ruido y boato si estaba muerto? —quiso explayarse—. La gorda serpiente se deslizaba por la calle como un río lento, negro, cargado de ramas, troncos y piedras. Van a honrar a papá, a papá, a papá muerto. ¿No es así, Hilel?
—Volvamos, Isaac.
—¡No, quiero ver!
—No hay nada que ver.
—¿No merece papá un gran homenaje?
—Sí, lo merece.
—¿No fue recibido por príncipes y cardenales? ¿No lo habían respetado judíos y gentiles de comarcas lejanas? ¿No habían llegado hasta él emisarios buscando consejo?
—Sí, pero es un funeral, un verdadero funeral, Isaac.
—¿Por qué no participa el ghetto?
—¡Estás loco!
Y la extrañeza de Isaac se agudizó ante la cara transfigurada de su hermano Hilel. ¿Acaso estaban resentidas las autoridades de la comunidad? ¿Acaso es incompatible el homenaje gentil con la piedad de los judíos? ¿Acaso se interpretaba esa manifestación como una ironía?
Hilel no podía responder preguntas de ese tono. El pequeño Isaac era una máquina de hacer preguntas irritantes. Y en vez de contestarlas, Hilel estalló en una nueva crisis de sollozos. Isaac, mirándolo sacudirse de modo inconsolable, tuvo un presentimiento horrible: ¿se habría convertido papá?, ¿es eso, Hilel?, ¿es eso? ¿La ciudad celebraba entonces su traición al ghetto, a sus hermanos, a sus antepasados? ¿De ahí tantos monjes y órdenes religiosas enteras, de ahí el tañido victorioso de las campanas, de ahí la presencia de ricos luciendo joyas y pobres luciendo llagas? ¿Y el ghetto cerrado y triste?
Esto lo pensó y no lo dijo. Para qué. Lo cierto era que no vería más a su padre: no sólo por muerto, sino por apóstata. Sin embargo, era el papá que había dirigido las cenas de Pascua y explicado con ternura y placer cada tramo de la ceremonia, el papá que enseñaba a enrollar las filacterias, cantar dulces canciones y no perder jamás la esperanza. Ese papá no podía haberlo traicionado a él, ese papá podía morir pero nunca abandonarlo.
—¡Adónde vas! —le increpó Hilel con voz irreconocible.
El pequeño Isaac miró la muralla. Su hermano hizo señas enérgicas para que retrocediera. Delante se extendía un puente angosto, luego una especie de torre ciega y de inmediato la calle exterior. Por ella ondulaba la descomunal serpiente. Hilel intentó sujetarlo del brazo, no fuera a querer arrojarse como un suicida en las fauces del monstruo.
A las campanas liberadas se acopló el sonido imponente de las trompetas. Empezaba el acto, las honras a Moisés ben Job. E Isaac anhelaba llegar a él, aunque su hermano se opusiera, aunque la familia y toda la comunidad lo condenaran por desobediente. Corrió por el puente precario, rodeó la torre, miró por última vez a Hilel y se arrojó sobre la muchedumbre. Su cabeza roja como un meteorito se hundió en la piel del ofidio.
Gritos, rebuznos, relinchos, protestaron por su intempestiva incorporación. Rebotó sobre hombros y cabezas. Fue arrojado livianamente hacia delante y atrás. Las ventanas y almenas se movieron caóticamente ante sus ojos despavoridos. Su cuerpo rodaba: tan pronto veía la piel oscura del monstruo, tan pronto una cinta de cielo delimitada por el borde de los muros. Se abrieron gallardetes, se encalabrinó un caballo y el pequeño Isaac cayó de pie en el claro que rodeaba a un conde. Se tambaleó, magullado y dolorido. Un sirviente le aferró un brazo con odio, lo hizo girar en el aire y volvió a encastrarlo violentamente en la multitud que lo acababa de expulsar. Las entrañas de la serpiente lo aprisionaron con fuerza. Y tras recibir nuevas contusiones llegó a la plaza del ayuntamiento. La cinta de cielo que asomaba en las callejuelas se dilató en un círculo inmenso. Isaac, para escapar de los golpes, trepó a un carro. La sangre que habían manado sus ampollas en el sueño premonitor, ahora existía en su cara y en sus dedos.
Vio el palco cubierto con doseles de terciopelo. Los soldados lo mantenían libre de intrusos con látigos de alambre. Una amplia circunferencia de alabarderos brindaba apoyo hincando a la muchedumbre para que no se desbordase. En el palco permanecían sentados los hombres ilustres. Desde allí controlaban todo: la gente excitada, los tapices colgados de los balcones, las banderas rendidas al viento, el flujo incesante de más pueblo, más animales, oriflamas, monjes y cruces.
¿Cómo será el rostro de mi papito muerto? ¿Tendrá los ojos abiertos o cerrados? ¿Peinada o deshecha la barba? ¿Blancos o rosados los labios? ¿Limpio o sucio el caftán? A Isaac le aguijoneaban las articulaciones, sentía sus manos pegajosas de sangre, le dolía la cabeza.
Irrumpió frente al palco una correntada de inválidos portando velas. Se desplazaban sobre angarillas conducidas por frailes o se apoyaban en muletas y otros extraños medios de locomoción. Tenían las órbitas hundidas, la piel seca, horribles cicatrices. Sus rostros parecían máscaras de una grotesca felicidad. Vestían túnicas con dibujos e inscripciones. Eran los penitentes, los que habían pecado y mortificaban sus cuerpos hasta destruirlos para salvar el alma. También querían honrar a papá.
¿Quién estaría ausente en semejante fasto? Sólo los judíos. Entendían que no era forma de honrar a un muerto o un apóstata.
De pronto el fragor de campanas, trompetas, ruidos animales y el bullicio de la multitud se unieron en un solo haz largo y estridente. Ingresó en la plaza el hombre que originó el acontecimiento. Allí estaba. ¡Y estaba vivo, con los ojos abiertos, los labios rosados, la barba intacta! Lo rodeaba un séquito de honor, ataviado con sedas y brocatos. El pequeño Isaac gritó también, o creyó gritar, porque su garganta ya había dejado de emitir sonidos. Extendió los brazos hacia él, para llegar a su lado, abrazar sus rodillas, decirle cuánto lo amaba.
Un paje desenrolló el pergamino dorado. Callaron las campanas y trompetas. La multitud se esforzó en reprimir interferencias. El paje movió los labios explicando los motivos del homenaje y enumeró los méritos excepcionales de Moisés ben Job. Y las encumbradas autoridades que presidían la manifestación desde el palco movían aprobatoriamente sus cabezas engalanadas con sombreros lujosos.
El niño no podía escuchar y menos entender. No discernía aún por qué el homenaje, por qué tanta gente, por qué soñó con calor, ampollas y sangre, por qué tanto despliegue para su papito que, gracias a Dios, aún vivía y merecía el cariño del mundo entero. El paje lo estaba aclarando, pero el diminuto Isaac no captaba sus palabras. Estaba lejos, tampoco podía estirar su cabeza magullada. Los golpes que había recibido en las entrañas de la serpiente y los estragos de la emoción anularon sus fuerzas. Pero sabía ya que su papá no era un traidor como se había imaginado en un instante de perplejidad. Se insistía por doquier que era judío. Y entendiendo cada vez menos se desmayó.
Cuando abrió los ojos, registró por fin el tamaño impresionante de la plaza vacía. Algunos perros perseguían los residuos que el viento empujaba sobre el pavimento, mezclados con gallardetes abandonados. Y sobre el estrado hacia donde habían conducido a su adorado padre en ese bochornoso día de julio, aún se agitaban como ramas quebradizas los restos que había calcinado la hoguera.
LEJOS DEL PARNASO
Pedro es poeta. Escribe sin parar desde los once años. Le han dicho que si alguien sigue escribiendo versos después de los dieciocho años, es poeta. Él ya cumplió los treinta y aún tiene tanto para escribir. Publicó dos libros, por suerte. El Fondo Nacional de las Artes había convocado a sus habituales concursos y Pedro, impulsado por Mónica, cometió la travesura de presentarse. Reunió poemas dispersos que se habían escurrido como animalitos por toda la casa. Releyó, seleccionó, ordenó. Guijarros de diversos colores, lágrimas de tristeza, de alborozo, de frío, de cebolla, de rocío, de esperanza. Encarpetó. Envolvió. Y llevó el paquete al correo, donde una mujer cansada lo examinó con asco, lo arrojó como un fardo pestilente sobre el balancín y dijo cuánto debía pagar. ¿Tanto?... Tanto, dijo ella, inflexiblemente aburrida. Pedro entregó el dinero y se asomó sobre el mostrador para ver el canasto donde yacía, oblicuo y dolorido, el cuerpo de sus poemas. ¿Saldrá hoy?, preguntó con inquietud. Sí, y llegará mañana, contestó la empleada estirando la mano para recibir el sobre que el siguiente de la cola le alcanzaba por arriba del hombro de Pedro.
Cinco largos meses más tarde le informan que ha ganado el concurso y, tremolando el triunfo, se presenta —también impulsado por Mónica— a la editorial que nutrió sus lecturas de juventud con toneladas de cuentos, novelas y poesías. Ya en la sala de espera reconoce el olor a tinta y papel de aquellos libros sacados de la biblioteca pública o prestados por amigos. Entrega los originales y el testimonio del galardón. Está seguro de que la editorial se sentirá halagada por haberla elegido para su opus uno. El volumen con sus poemas tendrá el mismo olor que los de Vallejo, Lautréamont, Neruda, Pound, Keats, Alberti. Y en la tapa lucirá, cruzada, una faja amarilla que proclame su Premio del Fondo Nacional de las Artes.
Pero le explican cuán engorroso es editar libros de versos: la gente no los compra, son libros que languidecen en los depósitos; ¿sabe alemán?, le siguen explicando, en lugar de best-seller son best-Keller.{1} Calcule: en este momento debe de haber en la Argentina veinte sótanos con libros que no se venden y medio millón de poesías sin publicar. Pedro adquiere una tonalidad macilenta, sus ojos parecen dos trapecistas que ruedan en el vacío sin hallar un travesaño donde aferrarse. Haré leer la obra en la editorial, dice el hombre, pero desde ya le adelanto que será muy difícil la edición. Entonces... ¿para qué?, balbucea Pedro. El funcionario empuja hacia el poeta, suavemente, la carpeta llena de lágrimas; tiene razón: para qué.
Los ojos aún ruedan en el aire. Sin embargo... se editan poesías, farfulla. Sí, digamos las de Octavio Paz, Miguel Hernández, Eugenio Montale; pero las otras casi siempre son pagadas por el autor. ¿Cómo es eso? El funcionario lo mira: ¿quiere que le explique?
Así nació su primer volumen de poemas. Mónica le ayudó a corregir las galeradas. Y Mónica recibió de sus manos temblorosas el primer ejemplar, calentito y fragante. Juntos releyeron los versos que eran los mismos y eran diferentes al presentarse entre tapas de cartoné. Distribuyó su obra en diarios, suplementos y revistas; la obsequió a poetas admirados y a los amigos que lo admiraban, y a los parientes que jamás perdían el tiempo leyendo poesías pero que, siendo de Pedrito, la instalarían en un lugar visible. Aparecieron elogiosos comentarios, algunos insistieron en su “estilo noble”, otros en sus “profusas imágenes”, en su “vigor”, “ternura”, “profundidad”, “plasticidad”, “sugerencias”. Al cabo de un año, entre ventas y regalos, agotó la edición. Y recuperó gran parte del dinero invertido. Mónica lo estimuló a publicar otro volumen. Pedro colectó más animalitos agazapados en cajones y bolsillos, creó nuevos, los corrigió, ordenó, pasó en limpio y llevó a la editorial. Ya te puedo considerar un poeta de ley, dijo Mónica abrazándolo. Sin embargo, las ventas no fueron tan sencillas. Al término de otro año aún se amontonaba la mitad de la modesta edición. Pedro se desahoga escribiendo más versos. Pero, ¿y Mónica?, ¿cómo se desahoga Mónica?
Mónica es traductora. Excelente, perfecta traductora. Tan buena traductora que en una empresa no la tomaron porque sintieron vergüenza de pagarle un sueldo vulgar. Usted es una artista, dijeron con solemne respeto. Así que terminó empleándose en una organización que traduce artículos para médicos, abogados, psicólogos y economistas necesitados de información extranjera. Nunca mencionan el nombre de Mónica —ni de ningún otro traductor— ni le pagan de acuerdo con su nivel. Los trabajos aparecen realizados por Trad S.R.L., cerebro abstracto y poderoso cuyo membrete, sello y firma refulgen al comienzo y fin de cada artículo. Para Trad, sostenía Mónica, el mandamiento bíblico no decreta “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, sino “con el sudor del de enfrente”. Por las noches bailoteaban sus hermosos dedos sobre el teclado de la abnegada Olivetti y durante el día solía escapar hacia oficinas y consultorios para ofrecer servicios extra.
Mónica pasó una mala noche y despierta con fiebre. No podrá entregar las últimas traducciones amontonadas sobre el trinchante. Pedro le alcanza las aspirinas.
—Esto es una gripe —dice ella—, la reconozco; me tendrá prisionera durante dos días.
—Si te pudiera ayudar... —murmura Pedro, listo para dirigirse a su aborrecido puesto de cajero en el supermercado. Mónica menea la afiebrada cabeza; sus ojos verdosos están ligeramente hinchados—, ¿No podría entregarlas yo, querida? —dice Pedro mirando las traducciones.
—Puede ser, no es demasiado lejos.
Pedro anota la dirección, besa a Mónica en la frente, en cada mejilla, en el mentón, en los labios enfermos y, desde el vano de la puerta, con medio cuerpo afuera, le arroja otro beso. Ella le saca la lengua y, cambiando la expresión, le dibuja un cariñoso reproche: ¡cargoso! Pedro la mira aún, corrobora si en la mesita de luz quedan el vaso lleno de agua y el sobre con aspirinas. Parte a la carrera.
El colectivo ni frena; de la puerta amenaza desprenderse un racimo de pasajeros. En el siguiente alcanza a tomar el pasamanos, mete la punta del zapato derecho entre otros zapatos, se apoya en el estribo y empuja con vigor hacia adentro. Con los dedos libres aprisiona el rollo de traducciones.
En el vasto y bullicioso edificio marca su tarjeta, viste el guardapolvo gris y corre hacia la tercera caja. En ese supermercado aún aceptan varones como cajeros. Esconde el rollo de traducciones bajo el mostrador y espera que se inicie el desfile de consumidores. El primer cliente de esa mañana es un viejito, de los que ya no duermen. Después una cocinera, de las que ya son reliquias de potentados, luego otro viejito, otra mujer, varias mujeres, un muchacho sin afeitar, viejas, viejos, dos latas de sardinas, un paquete de manteca, tres bolsitas de leche, un frasco de mermelada, café, chocolate, leche otra vez, mortadela, vino, salchichas, vino, mortadela, leche, aceitunas, arvejas, anchoas; los ojos de Pedro saltan del mostrador a las teclas con número, de las teclas al resultado que sale en el papel, cuenta el dinero, da vuelto, empuja hacia atrás el montón de víveres, el siguiente por favor, y de nuevo leche, polenta, dulce; las teclas marcan precio, la tira de papel, el siguiente por favor. Media hora, una hora, dos horas, cuatro horas. El poeta ahíto de envasados pide permiso para utilizar la pausa y realizar una diligencia, cuelga el guardapolvo y corre hacia la dirección anotada.
La calle llena de gente no es y sí es la misma del supermercado, se fragmenta como vidrios de colores; tendrá que escribir algunos versos como flechas envenenadas y armar un libro que sea el carcaj de un salvaje. No deja de sorprenderlo que entre el mareante rodar de los números y el atosigamiento de provisiones se le puedan ocurrir algunos versos con oxígeno, incluso enlazar varios en el collar de una estrofa que escribe en la tira de la calculadora cuando la hilera de carritos se interrumpe.
El consultorio del doctor Nájera queda más cerca de lo previsto. Hunde el botón del timbre. Se abre la puerta con zumbido de moscardón. Cruza el largo pasillo y entra en la sala de espera. Olor a cedro, hay flores naturales, un cuadro azul. Un bebé llora en brazos de la madre. Pedro se acerca al escritorio con teléfono y fichero y extiende el rollo a la secretaria, que lo mira por encima de sus anteojos; no es la secretaria que elegiría un ejecutivo viejo y pellizcador, piensa. El llanto del bebé asciende en volutas y la secretaria no oye lo que Pedro dice. La madre saca un biberón de su bolso. Pedro dice que Mónica..., el bebé tose, estornuda, llora, vomita, todo junto, y mancha con grumos blancos la alfombra y el pantalón de Pedro. La madre se altera, saca una toalla, seca, se disculpa, reta al bebé; la secretaria dice no es nada con una mueca que expresa lo contrario y saca otro trapo del escritorio, también limpia, se lo extiende a Pedro para sus pantalones; el bebé contempla la escena laboriosa con ojos entretenidos. Las mejillas de la secretaria están más rosadas que antes, acomoda los anteojos, escucha a Pedro, desenvuelve las traducciones, las hojea, muy bien, enseguida le pago. Desaparece tras una puerta y regresa con un sobre: espero que lo de Mónica no sea serio. No, es gripe. Cuídela, esa muchacha es una maravilla. Pedro se dilata, evoca de golpe varias imágenes de Mónica (caminando, comiendo, bailando, durmiendo, hablando, cocinando, consolando, riendo) y responde con indulgencia lo sé, lo sé. La secretaria lo acompaña hasta la puerta, el doctor está encantado con las traducciones. Mónica necesita mejor trabajo, no elogios, piensa Pedro. Dice gracias.
La calle, la gente, bocinazos, semáforos, un choque en la esquina, curiosos que se amontonan, otra calle, el edificio con gran letrero y la rampa por donde entran los autos de los clientes, se pone el guardapolvo, muerde un sándwich, hace gárgaras con la Coca-Cola. Mónica: pobre adorada musa mía; calcula cuánto falta para regresar a su lado, seguramente es gripe, ojalá haya podido dormir y descansar, que buena falta le hace (cuánto la quiero, Dios mío), y pensar que no la contrataron por ser demasiado eficaz y ahora trabaja para un pulpo explotador; el primer día que estuvo allí se habrá sentido una infeliz porque volvió arrebolada y agonizante, como si hubiera sufrido una sesión de tortura. Durante la cena procuró disimular su congoja; Pedro habría asumido con deleite sus humillaciones con tal de que ella hubiese mantenido intacta la alegría. Porque la risa de Mónica es rutilante y vital como la sangre. Qué ganas de llevarle un hermoso regalo, pero que no sean papitas saladas ni vino ni quesitos ni fiambres surtidos ni latas ni cajas ni botellas que le venden con descuento en el supermercado.
Se cuelga del colectivo, empuja el pie entre zapatos y sigue revolviendo ideas como objetos de un desván. ¿Y si le dedico un libro inspirado exclusivamente en ella? Un capítulo dedicado a sus ojos que envidian Venus y Minerva: concentraría versos sobre su color vegetal, su mirar fúlgido y dulce, su interrogar profundo, su ternura de estilo. Otro capítulo sobre su amor a la danza; sus pies alados, sus desplazamientos de cometa, sus ondulaciones de brisa perfumada. Un capítulo sobre su amor a la vida: su apego al sol, y a los campos abiertos, y a los valles, y a los ríos de aguas saltarinas. Un capítulo sobre su humana integridad moral que sintetiza todos los mandamientos. Un capítulo sobre su inteligencia, compuesto de tres poemas: sensatez, claridad, creatividad. Y otros capítulos, porque Mónica no tiene fin, no me alcanzarían los libros para redondearla en mi canto.
Da media vuelta a la llave. La penumbra familiar del angosto departamento le devuelve un pedazo del alma. Se precipita al dormitorio. La cabellera de Mónica dibuja un abanico sobre la almohada.
—¿Pedro? —murmura con voz pastosa.
—¿Cómo estás, querida? —La besa en la sien. La fiebre sigue.
—En la cocina prepararé...
—No debes levantarte; haré solo la cena, y algo rico para vos.
A Mónica se le pronuncian los hoyuelos:
—...Está bien, pero después de la cena irás a la farmacia a comprar más aspirinas; ya se terminaron las reservas.
Sobre la bandeja de acrílico violeta acomoda un caldo, puré y dos naranjas. Los enfermos también deben alimentarse, dice a Mónica mientras le calza otra almohada. Te aseguro que hasta las frutas me causan asco. Tienen vitamina C, son buenas para el resfrío, querida. Para el escorbuto, que yo no tengo. Y para el resfrío. Bah, leyendas.
Corre hasta la farmacia del barrio. ¿Un sobre? No, una caja de aspirinas; mejor dicho, ¡tres!
La pobre Mónica se priva hasta de los medicamentos para que yo no me angustie con la evaporación del sueldo. Hace dos meses la vi llorar: en silencio, con pudor. ¿Presentía su enfermedad? Las estrellas goteaban escarcha. Alisé sus cabellos y evité preguntarle las razones. Total, ya las conocía —se consuela Pedro—: en jerga técnica se llaman frustración laboral. Las musas no consiguen trabajo digno en el siglo XX. Están obligadas a disfrazarse, encorvarse, afearse, uniformarse... enfermar. Ni pueden quedarse en el Parnaso, ni pueden vivir en el ágora. Si al menos Mónica conservara su risa, la hermosa risa que derrama brillantes y me limpia el cerebro de tantos salamines y quesitos mantecosos. Quedan diez ejemplares del primer libro y cuatrocientos del segundo, pero la editorial no se atreve a financiar la publicación de un tercero si no cubro todos los gastos.
A la madrugada Mónica acaricia los cabellos rebeldes del poeta: no te preocupes, querido, ya estoy mejor, no necesito nada (no está mejor).
El colectivo a explotar, la tarjeta amarilla con los horarios como grillos de mazmorra antigua, la cola de carritos metálicos, botellas, embutidos, cajas, sobres, potes, dinero, vuelto, el siguiente por favor, la pausa de mediodía, sándwich de queso con lechuga y tomate, una coca, el mejor obsequio que podría hacerle a mi diosa sería un trabajo fijo, cómodo y gratificante para ella; ya termina la pausa y debe volver a la maldita caja y sus números que le van transformando las circunvoluciones cerebrales en auténticos callos. Dos horas, cuatro. Marcar la tarjeta, colgar el guardapolvo de presidiario. El colectivo lleno. Mis poemas segregan ácido sulfúrico.
Mónica está levantada, sonríe, ha tendido la mesa e instalado un vaso con flores en el centro: ¡ella le ofrece un regalo a él! Pedro piensa soy un miserable, vengo con las manos vacías y la cabeza infectada de enlatados, un desastre de marido para semejante musa. Despertá, Pedro: fue una alucinación; Mónica sigue enferma, ¿te niegas a entenderlo? Esa noche no hace sonar la metralla de la Olivetti. Tampoco la siguiente ni la posterior. No tengo trabajo, dice ella, ni para traducir un aviso. Bueno, Mónica, te conviene un descanso, con lo de Trad es suficiente. A Mónica se le empañan las esmeraldas: Trad me ha declarado prescindible.
Mete el pie entre los zapatos, marca la tarjeta, se instala frente a la caja, empuja los frascos, el siguiente por favor, se nota agresivo, duro, malo. La pausa del mediodía: tengo que hacer una diligencia, corre a la calle, gente, semáforos, bocinas, dobla una vez, dobla otra vez, aprieta el timbre, la secretaria del doctor Nájera con anteojos y delantal, pero la sala de espera sin bebé que chilla y vomita. ¿Cómo sigue Mónica?, pregunta ella en tono neutro mientras le tiende la mano. Pedro le sostiene la mano, no le salen las palabras, jadea, mira con exaltación: mal. La mujer se asusta y el poeta le explica que no es la gripe, no, eso ya pasó, sino la injusticia, el absurdo, es la mejor traductora de Buenos Aires, una artista de la traducción, no lo dice él, lo ha dicho la empresa, la que no la quiso emplear por ser demasiado capaz, estamos todos locos (es un lugar común, pero vale), y no lo aflige el hecho de que no gane sino que se frustre como una musa desterrada; a lo mejor, ella insinúa, o por intermedio del doctor Nájera, una editorial importante o una empresa extranjera la quieran contratar; yo trabajo en un supermercado para mantener el cuerpo y escribo poemas para mantener mi libertad, no sé si estoy en el mundo, ¿comprende?, menos ahora que me exaspera la enfermedad de Mónica. La secretaria se conmueve y le ofrece una lista de laboratorios y profesionales que suelen necesitar traducciones, pero le advierte que quizá ya los visitó Mónica. No importa, iré lo mismo, ella no habrá subrayado sus méritos.
Irá enseguida a esta firma que queda cerca, masticará el sándwich corriendo por las calles, usará todos los mediodías y un ratito después del trabajo. A Mónica le dirá que llega tarde por causa del prebalance y, cuando le consiga el digno trabajo que merece, dirá que se lo ofrecieron espontáneamente. Proyectos, ilusiones, claro.
Ni los laboratorios que visita ni los profesionales que consulta necesitan sus servicios, aunque se trate de la mejor traductora de Occidente. Regresa de noche, alicaído y desesperado. Ella se esfuerza por recibirlo con imaginarios platos calientes, con vasos jubilosos de flores. Pero su carita demacrada... Los bolsillos de Pedro se llenan de versos envenenados, pero geniales.
Aplasta en su bolsillo esos versos envenenados y geniales mientras corre, corre, corre con Mónica dentro de su cabeza para curarla de la enfermedad que le produce la injusticia presintiendo que, si no logra éxito en breve plazo, ella morirá o él se volverá loco. Un paquete de manteca, dos litros de aceite, una lata de caballa, salchichas, aceitunas, queso de rallar, el siguiente por favor, el colectivo repleto. Mónica enferma, más amarilla, más febril, los laboratorios no necesitan traductores privados, leche, mermelada, polenta, el doctor Nájera tampoco necesita más traducciones. Dios mío, las brasas le queman el estómago y la cara, es una carrera para salvar a su musa porque sin ella no habrá Pedro ni poesía ni luz ni vida ni sentido de nada.
Y de pronto se detiene la calculadora, frena la hilera de compradores, se interrumpen los ruidos, se inmoviliza el supermercado, desaparecen las provisiones indigestas y el aire se va llenando con la intensa radiación de Mónica que desciende del espacio en una cuadriga resplandeciente. Su cabello negro flota como un ala. Y sus esmeraldas tan expresivas parpadean con ternura. En su mano transparente agita unos papeles, son noticias que dan vértigo, que revientan las arterias: ella consiguió el bendito trabajo, se lo consiguió sola, y se ha curado y a Pedro le editarán el tercer volumen de poesías. Tus poesías se leen, Pedro, se murmuran, se recitan, se copian, están cuadriculando el país como hilos de plata y de fuego.
Pedro mira el vacío y sonríe. Los carritos metálicos de la cola se impacientan. ¡Eh, qué le pasa! ¡Oiga, que yo no tengo tiempo! ¡Atiende o no, diga! Pedro sigue las evoluciones aéreas de la cuadriga parnasiana. Alguien avisa a un superior y éste llega pálido suponiendo que se trata de una epilepsia, pero no, encuentra a Pedro atendiendo nuevamente en forma normal, aceitunas, galletitas, chocolate, recibe dinero, entrega el vuelto, que pase el siguiente, arvejas, salchichas, su rostro está iluminado por una extraña sonrisa, es cierto, pero no justifica la alarma. ¿Le ocurre algo, Pedro? Pedro lo mira, su expresión exulta regocijo, se ve que le gusta el trabajo piensa el superior, se rasca la nuca, mira con desprecio al cadete que le llevó la catastrófica denuncia y regresa a su oficina.
Por fin termina la jornada, marca el reloj, cuelga el guardapolvo gris, empuja a la gente que se agolpa en la vereda, no se detiene ante el semáforo, no oye el silbato ni las voces ni el rumor bravío de la multitud y enfila directamente hacia la parada del colectivo, total ya no necesita mendigar trabajo para su querida Mónica, clava la punta del zapato entre los otros zapatos amontonados sobre el estribo, empuja con fuerza de león y se siente transportado por la fabulosa cuadriga. El viento azota sus cabellos y le frota rudamente la cara, es el viento de las alturas mitológicas, de la dorada trascendencia, de las visiones incomprensibles que gobiernan la creación.
Gira la llave e ingresa en la penumbra. Sobre la mesa luce una carta. Reconoce el membrete azul del ángulo inferior: es de la editorial. Rompe el sobre con nerviosismo y saca la hoja. Le ofrecen publicarle otro libro: sus poesías de amor y de veneno gozan de creciente demanda. Corre al dormitorio.
Su musa, también feliz, también transpirada —ya agónica—, realiza un gran esfuerzo para leer todos los renglones: con esto ha culminado su misión en la Tierra. Ha sido la inspiradora del libro que convertirá a Pedro en el mejor referente de esta época y lugar, y que mantendrá su resonancia por años, tal vez décadas. Mónica ha sido para él una mezcla potente de lodo y cielo, su pedestre realidad insoportable entretejida a un amor profundo le hizo brotar fantasías y palabras maravillosas; el nuevo y decisivo libro que ahora publicarán con entusiasmo le brinda a Mónica, por fin, una tranquilidad que ya no es de este mundo. Sus ojos vegetales quedan entonces fijos en el aire: contemplan la cuadriga plateada que ha venido en su busca para devolverla a los campos del Parnaso.