el profeta en nínive (es)
Jorge despierta con la boca pastosa y fuertes dolores en la espalda. “¡Es increíble que haya pasado esto!”, musita confundido. Se siente pequeño. Aporreado.
Se tambalea hacia la fresca recepción. Por las cortinas entra la luz de la mañana. Corre hacia un costado el jarrón chino desbordante de rosas amarillas. Sobre el escritorio de jacarandá, bajo el peso del artístico cortapapel de bronce que le regaló Olga cuando inauguraron esta residencia en Península Esmeralda, yace una escasa correspondencia: cartas comerciales, avisos, la revista del Automóvil Club. En su mano aprieta la única carta que merece ser leída. Se niega a reconocer que está despierto, que es verdad (“¡increíble!”, repite).
Acaricia las espinas de su mentón sin afeitar y se derrumba en los almohadones. Cierra los ojos irritados. La estremecedora hoja de papel se va convirtiendo en un bollo entre sus dedos. Y Jorge comienza a dibujar una incipiente, dolorosa sonrisa. Tonta, infantil, que le tironea la comisura derecha y luego se extiende hacia sus párpados abultados. La amplia ventana le ofrece la visión del mar calmo. Y más aquí la playa lactescente.
—David... —balbucea con ternura y una nostalgia que vuelve a bramar en su pecho como río torrentoso.
Conoció a David en el Colegio Nacional. Era un individuo flaco, de voz aguda. Siempre llevaba libros ajenos a las materias oficiales; nada de lo que recomendaban en el aula, sino grandes autores de la literatura universal como Zola, Dostoievski, Heine y Stendhal, o del sionismo socialista como Borojov, Gordon, Arlozorov y también Engels. Se burlaba de los profesores burgueses y domesticados que sólo saben repetir y ordenan repetir y quieren convertir a sus alumnos en una triste repetición de ellos mismos. Decía tener lástima de los compañeros que se sometían a esos simulacros de maestros o que se consideraban rebeldes porque iban tras las putas con plata robada a los viejos. Ni lo uno ni lo otro, es el suicidio: como abanderado de los profes o como vicioso de las putas. La vida es más hermosa.
Lo invitó a su movimiento. Jorge asistió embelesado a una actividad en la que David pronunció una brillante charla sobre el kibutz. Era un orador consumado. Manejaba con destreza los tonos de voz, las metáforas, las estocadas emotivas, los silencios. “No vayas a pensar que nací pronunciando discursos”, le aclaró a la salida del cine: “mis primeras charlas las estudiaba de memoria; las escribía con cuidado, las corregía y después las memorizaba línea por línea; incluso me miraba al espejo calculando la posición de la cabeza, los hombros y el efecto que producían mis manos. A medida que fui adquiriendo seguridad, ya no escribía todo el texto, sino los temas, algunos ejemplos, algunas frases de impacto. Y después me alcanzaba con esbozar un sencillo ayuda-memoria de tres o cuatro renglones. Ahora ni eso: me paro y fluyen las ideas, es decir las palabras.”
A los pocos meses el dinámico David anunció a Jorge que partirían de campamento. “Nos han prestado una estancia, nada menos”, dijo golpeando la tapa del libro Nuestra plataforma de Dov Ber Borojov, luminosa Biblia del sionismo socialista. Llenaron un ómnibus, entre chicas y muchachos. En el trayecto cantaron canciones viejas y aprendieron tres nuevas: de los partisanos durante la resistencia a los nazis, de los jalutzim en las arenas del Néguev y de Atahualpa Yupanqui en el sufrido campo argentino. Un grupo se encargó de levantar las carpas y los demás de explorar los alrededores, preparar el asado, poner las frutas en lugar fresco. Esa tarde David eligió un árbol de palo borracho en flor y los hizo sentar en ronda; dio una clase sobre la estructura social anómala del pueblo judío y la necesidad de volver a la tierra, al trabajo que redime; demolió las esperanzas del éxito colectivo a través de engañosos ascensos económicos o académicos: los judíos seguiremos siendo vulnerables y trágicos mientras no volvamos a prendernos de la tierra.
Después fueron a nadar. El arroyo que atravesaba un ángulo de la estancia había sido represado con un dique de troncos y piedras. El espejo de agua era tan amplio que, con algo de imaginación, podía pensarse en una laguna. Jorge apenas sabía flotar; hacía la plancha o avanzaba hacia adelante sin atreverse a sumergir la cabeza; cuando temía no hacer pie comenzaba a mover las cuatro extremidades con tal desesperación que su estilo fue calificado entre risotadas y silbatinas de “sálvese quien pueda”. Se esforzó entonces por sumergir la cabeza y mejorar su estilo; al menos conseguía flotar. Se desplazó como un submarino, sin respirar, y volvió a pararse. Le explicaron que tampoco era difícil mantenerse a flote cuando no hiciera pie: bastaba mover lenta y relajadamente las piernas. Ensayó un poco y al rato creía que sus progresos eran enormes. Entusiasmado, Jorge comunicó haber descubierto otro estilo —que reivindicaba el anterior infamante—. “¡Miren: estilo perro!” Movía los brazos y las piernas levantando el hocico. Se cansó enseguida, pero esa vez no encontró base y se hundió como una estaca. Al tocar fondo picó hacia arriba. “¡Auxilio! ¡Saquen...!” El agua le entró por la nariz, le llenó la garganta. “¡Auxi...!” Rebotaba en el fondo, mortalmente cansado. “¡Ahogarse en tan poca agua!”, se reprochaba con desesperación. Levantaba las manos, cada vez con menos energía en medio de sus compañeros que festejaban la presunta broma y se reían de su asfixia. Sus saltos más débiles traducían la resignación. David, desde el lejano árbol, percibió la onda de angustia que perforaba débilmente la gritería. Abandonó su libro y corrió hacia el embalse. Se arrancó las sandalias y se zambulló vestido. Atenazó la mandíbula de Jorge y lo arrastró hacia la orilla. Un estupor culposo petrificaba a los bañistas. Lo acostó boca abajo sobre la hierba y le masajeó las costillas. Jorge empezó a vomitar. Al rato se sentía mejor.
Mejor que ahora, en su reluciente mansión de Península Esmeralda, también dolorido, contradictorio y achicharrado.
Aunque, en lo que se refiere a ese accidente, debería sentirse muy bien: las consecuencias fueron notables, ya que la natación ha dejado de ser un problema. Tuvo que cambiar cuatro profesores, es cierto, y no le ganaría una carrera a David, pero podría merecer su aprobación. En la amplia piscina que el arquitecto instaló en el parque podrían evocar aquella truculenta situación en la que se moría al compás de las carcajadas. Alojaría al dinámico David en su residencia, ya que Jorge tiene dos cuartos para huéspedes. Además, Península Esmeralda cuenta con un moderno aeropuerto internacional; David no tendría que soportar demasiadas escalas desde la lejana Israel.
Jorge repasa los itinerarios posibles; aconsejaría el directo con escala técnica en Londres. El largo y firme David aparecerá sonriente en el aeropuerto y saludará con una mano en alto como el líder que fue y siguió siendo, como le contaron a Jorge que saludó desde la escalerilla del barco que lo llevó por primera vez a Israel, primera y definitiva vez porque fue a integrarse en el nuevo y heroico país. “Los judíos y los argentinos”, solía repetir, “padecemos la enfermedad del desarraigo, y yo siento la posibilidad de arraigarme en la tierra que me provee una memoria de cuatro mil años.” En aquella ocasión —hace veintiséis años— Jorge sintió culpa, vergüenza, por no tener suficiente coraje para acompañarlo en tan admirable proyecto y se quedó en casa. Los que sí fueron al puerto abrazaron a David y le desearon suerte, porque necesitaba y merecía toda la suerte. Cuando el barco lanzó su pitada ronca David pronunció las últimas palabras —le dijeron— que estaban destinadas a vos, Jorge: rogó que te comunicáramos su cariño y cuánto lamentaba que tu gripe te hubiera imposibilitado ir a despedirlo; después trepó los escalones, saludó con el brazo en alto, así, como acostumbraba hacerlo cuando llegaba tarde y nos encontraba reunidos. Jorge evocó tantas veces la escena nunca vista como si la hubiera visto. Llegó a proyectarla en duermevela como si fuese una película, que también puede correr en sentido inverso: David aparece en la negra puerta de la nave, saluda con el brazo en alto, desciende los escalones, habla de Jorge... y Jorge se acerca, le estrecha la mano, lo abraza, le ruega que lo perdone.
Transcurrieron veintiséis años. Al principio David le escribía impresiones del kibutz y de toda Israel, observaciones sociopolíticas, comentarios muy breves sobre sí mismo. El empequeñecido Jorge le contestaba con gran esfuerzo, ahogado por la culpa de quedarse a estudiar, hacer carrera y haberse vuelto decididamente egoísta. Al cabo de unos meses las cartas venían con intervalos muy extensos y por último dejaron de venir. Ahora —aplastado en los almohadones— oprime en la mano izquierda la última carta, la que rompía el silencio de años, la que reanuda con violencia el contacto, la amistad, la admiración.
¡Incomparable, flaco, elevado David! En esta carta borroneada a la disparada llegaba un anuncio. Era como si llegara David en persona, como si su ascética figura ya ocupara espacio en Península Esmeralda. Debía contarle a Olga. Olga tiene que participar, conocer a David tal como él lo conoció. Imagina el fragor de un jet aterrizando en el aeropuerto; en éste no llega David. Pero puede hacerlo en el siguiente, es necesario averiguar rápido por teléfono o personalmente. Desplazarse a gran velocidad por la avenida costanera sobre cuyo lado marítimo hacen guardia las palmeras cargadas de incomibles frutos dorados. Las residencias y los edificios se van espaciando a medida que la ruta se interna rumbo al aeropuerto. Y aparecen los grandes carteles indicadores, la lejana torre de control y el enorme acceso. Muchos automóviles en fila. La rampa. Jorge entra en los dilatados salones provistos con pizarras informativas. El vuelo directo de Londres llega con una pequeña demora. Todavía agitado por la carrera —que resultó innecesaria—, dice Jorge a Olga: “Podemos tomar un café”.
Pese a su excitación, lo que más desea es hacerle entender a Olga qué tipazo magnífico era David. “Veintiséis años. Arraigado a su kibutz sobre las montañas de Judea, cerca de Jerusalén. Hizo de todo: atender el corral, ordeñar vacas, remover piedras, plantar árboles, conducir turistas, asesorar al gobierno, dirigir un batallón en la guerra, y hasta cumplir dos o tres misiones diplomáticas breves. En sus primeras cartas me describía cómo plantaban árboles. Lástima que en nuestras visitas nunca solicitamos ver eso, Olga, hay que anotarlo para la próxima. No es lo mismo en el Néguev que en Judea o el valle de Afula. Cerca de su kibutz se cuelgan de sogas, es impresionante, buscan agujeros en las laderas de las montañas, o los fabrican, afirman el retoño, lo aseguran, lo riegan. Así van extendiendo la mancha verde por ‘la calvicie de infinitos pedernales’, como decía en una carta. Además David participó en tres guerras, digamos las guerras oficiales, porque fueron muchas más; fue una guerra de veintiséis años realmente; su kibutz estaba al alcance de emboscadas, cohetes y hasta francotiradores. Un incendio destruyó parte del bosque cercano. ¿Te imaginás el dolor, la bronca? Los arbolitos plantados con esfuerzo de acróbatas, regados con el agua que apenas alcanzaba para beber, cuidados como hijos. Esa era una injusticia en serio. Cómo se habrán desesperado y llorado cuando el incendio. ¿Sabés que no lo imagino llorando, sin embargo? David siempre infundía fervor y esperanza. Habrá hecho lo mismo: fervor mientras luchaban contra el fuego, esperanza mientras contemplaban los árboles carbonizados. Y hablando de fuego... ¡Ah, Olga! Escuchá esto: una noche armamos una fogata; cantamos, bailamos en ronda, después relatamos anécdotas y, por último, habló David. Habló sobre ética judía, ¡fijate qué tema! Me acuerdo claramente. La noche poblada de susurros, las estrellas muy brillantes, y David contándonos la historia del profeta Amós y sus violentos discursos contra los poderosos, los explotadores, los insensibles, y todo eso para traernos a la actualidad, explicarnos la urgencia de una metamorfosis colectiva, recuperar el vínculo con la tierra, con la naturaleza y despojar las relaciones humanas del cálculo mezquino. Yo te lo cuento así, rápido, pero él lo explicaba con ejemplos, con razonamientos, con emoción. Y te aseguro que jurábamos seguir sus enseñanzas y su ejemplo, convertirnos en soldados de la redención, abandonar las trampas de las ambiciones vacías. Enlazados por los hombros, volvimos a cantar Am Israel jai (el pueblo de Israel vive); ¡vivía y hervía en nuestros corazones de pequeños héroes! Cantamos hasta que se terminaron las ramas secas y se terminaron las llamas rojas y azules. Quedaron los carbones y seguimos cantando hasta que también se apagaron los carbones. Miré las estrellas, como ahora miro tus ojos, y dije: ésas no se apagan nunca, así no se apagará nuestro ideal.”
Pero Olga, hecha un ovillo de sensaciones contradictorias, se inquietaba por las contradicciones más graves y penosas que latían tras la verborragia de Jorge.
La luz intermitente anuncia la llegada del vuelo esperado. Como en tantas ocasiones análogas, el público reanuda su movimiento. Una masa se desplaza hacia la puerta de los arribos. El fragor del aterrizaje y la puesta en acción de los frenos ensordecedores. El gigantesco y alado vagón ya está en tierra y gira su nariz hacia el círculo asignado. La manga se estira y enchufa para succionarle los pasajeros. Jorge no necesita esperar entre la multitud; el aeropuerto es casi una dependencia de sus oficinas: lo conocen, respetan y consideran incluso más de lo que su fortuna merecería. Aprieta la mano de Olga y la lleva hacia el aterciopelado salón de viajeros importantes. Hasta allí será conducido David por una azafata; buena manera de ir desayunándolo sobre la enjundia que Jorge había alcanzado en Península Esmeralda.
El amplio ventanal del salón VIP ofrece un panorama de la pista. El coloso metálico permite que le vacíen las entrañas. David ya debe de estar avanzando por los corredores. Le han dicho que lo esperan, le hicieron cruzar rápido los puestos de seguridad, de inmigración, de aduana. Seguramente ya imagina que se lo debe al pequeño Jorge, de quien tuvo que imponerse una adecuada información: que salió del movimiento, que se inscribió en la Facultad de Ingeniería, que no se recibió, que ingresó en una empresa constructora, se vinculó con individuos ligados al gobierno, ganó varias licitaciones, después ganó más licitaciones y ganó con otras obras, diversificaciones de obras, de negocios, de inversiones, qué importaba no haberse recibido (tal vez le importaba) si los profesionales eran sus sirvientes y él podía darse el lujo de enrostrarles fallas, exigirles mejor rendimiento, más precisión, podía echarlos y cambiarlos y él, Jorge, era bienvenido con alfombra roja en cualquier parte, ni digamos donde existían ojos voraces que miraban con fascinación su tumefacta billetera.
Se abre la puerta, ingresa la azafata y, tras ella, el alto David. David queda encerrado en una jaula de luz polvorienta. Parece flotar, resplandecer. El salón silencioso y vacío sobrecoge. Es el mismo tipazo de veintiséis años atrás, apenas más canoso y con la barba que se dejó crecer en el kibutz. Pero ahora irradia un misterio casi intimidatorio. Es un hombre de edad mediana, pero que ha sido y aún es protagonista de la realización pionera, el que navegó hacia el ideal y pudo atraparlo. Más que un individuo moderno que habita en un kibutz de los montes brilla como un profeta de la antigüedad. Su figura exulta poder. Jorge siente que su mirada lo traspasa y, dando unos pasos hacia el viejo amigo, apenas logra balbucear unas palabras que no corresponden a las cálidas frases que había ensayado. El abrazo resucita un carillón de fogonazos: política, historia judía, arte de vanguardia. Biblia, novelas de denuncia, paseos, consejos, promesas.
Le presenta a Olga. “Mi bajurá” (muchacha), dice, como si lo hubiera hecho hace décadas, cuando introducían alegremente palabras hebreas en el contexto castellano y se suponían manejando la lengua de los macabeos. “Gran compañera”, agrega, porque eso interesaría a David (pero ante los amigotes empresarios señala otros méritos: “se preocupa por mi salud”, por ejemplo, o “no se mete en mis negocios”). Pero ni a David ni a sus amigotes confesaría que Olga le exige tomar vacaciones largas, someterse a chequeos periódicos, hacer aerobismo y mantener contratado a un masajista, así como ella toma vacaciones, se hace chequear, practica aerobismo-gimnasia-yoga-natación y mantiene contratada a una masajista, porque querido, eso de arrancarte “las hebras de plata” te dejará pelado, mejor que te cuides de la obesidad, de la vejez y, de paso, te hagas teñir las canas; en cuanto a las arrugas, no te sientan bien: entonces Jorge sumisamente accede a encremarse las bolsas incipientes del párpado inferior, los surcos del entrecejo y las patas de gallo con sustancias hidratantes o humectantes o engrasantes, pero que deben ser distintas en la noche de las que se aplica por las mañanas después de afeitarse para que el efecto dure toda la jornada y nadie piense que se ha convertido en un maricón.
David sale de la jaula de luz y parece más humano. Pero su porte, que sigue siendo majestuoso, es admirado por el pequeño Jorge que insiste en llevarle el maletín y espera que también Olga advierta la imponencia de su amigo. Es claro: Olga no militó en organizaciones juveniles ni proviene de una familia tradicional ni entiende por qué debería complicarse en discusiones metafísicas sobre “centralidad de Israel”, o “identidad judía”, o “futuro de la diáspora”, y menos que menos sobre el kibutz u otras formas colectivistas que no aceptaría experimentar en la perra vida ni aunque Jorge se lo pidiese arrodillado. Y tendría que ser arrodillado porque cuando lo conoció no le impuso condiciones sionistas, apenas hablaba sobre “las contradicciones que le impidieron irse a Israel”. No entiende su militancia actual, las donaciones exageradas y este enardecimiento por un campesino maltrazado que lo embobaba en su juventud.
“Campesinos maltrazados eran los profetas”, retruca Jorge al percibir las ideas de su mujer desubicada. Los profetas bajaban de la montaña o venían del desierto; irrumpían de golpe, como un vendaval. Y hacían temblar a sacerdotes y reyes, mercaderes y soldados. Cíclopes que con su palabra y su presencia removían los sentimientos más profundos. Provocaban un cataclismo social. Revalorizaban la moral, la justicia y el altruismo. El tembladeral del arrepentimiento demolía ídolos y fortalezas, masacraba jerarcas. “¡Ah, los profetas! ¡Cómo nos hablaba David sobre ellos!” ¿No sería asombroso que un profeta hiciera su aparición en Península Esmeralda, la joya del Atlántico Sur? Y llegado de muy lejos, como Jonás al presentarse en Nínive. Seria tan absurdo como la misma historia de Jonás, que se sentía un insignificante hebreo, y era elegido para someter a la arrogante metrópoli asiria. Situación incomprensible que se burla de las proporciones, que retruca los cálculos de la limitada percepción humana. Que nos recuerda la existencia inquietante de la sorpresa, incluso en el orden natural.
Sorpresa que también asustaba al profeta mismo. Acostumbrado a una sociedad pastoril, mayor habría sido el asombro de Jonás en Península Esmeralda que en la antigua Nínive. La súbita visión de numerosas mansiones más impresionantes que los palacios de Senaquerib lo habría contraído en místico espanto, así como las centellas de los automóviles, la interminable alfombra azul de la ruta y un solitario obelisco que en vez de conducir a un templo señalaba el kilometraje. El Mercedes de Jorge no podía ser sino el carro ígneo de Elías paseándolo del Nilo al Éufrates o de Jerusalén a las playas de Ofir.
Jorge, sobreponiéndose al vértigo de emociones y contrastes (David y Olga representaban dos polos de su vida, dos proyectos, dos mandatos), intenta explicar la realidad que penetra a raudales por los ojos de David; quiere reconstruir la vieja confianza, la perdida intimidad. “Península Esmeralda ha logrado un éxito inverosímil; su clima estable, la profusión de bosques, la buena comunicación”, dice, “chuparon el mejor turismo. Y tras él vinimos los judíos; somos ya muchos pero siempre parecemos más; y la ley se repite: es bueno y es malo. Mejoró la construcción, se cotizaron las tierras... y por ahí también aparece una leyenda antisemita. Si te quedás una temporada vas a encontrar más de un compañero de juventud. Por lo pronto te informo, si no lo sabías, que Raúl, Jovita, Débora y Aarón, con sus respectivas medias naranjas, tienen regias mansiones, ¡Arden por verte! Débora se casó con un tipo macanudo. Trabaja conmigo en por lo menos cinco organizaciones comunitarias; ya no es como en aquella época gloriosa, David, en que estábamos metidos hasta el caracú en una sola organización (la nuestra) y sentíamos un poquito de desprecio hacia los demás; ahora nos reclaman diez, quince organizaciones, todas nuestras y en todas igualmente metidos hasta el caracú. Te vas a reír, pero en este lugar de vacaciones es donde más se trabaja. Con uno o con otro, no pasa día que no removamos el guiso de los problemas comunitarios. Olga vive reprochándome, tiene razón, pero es que no me tomo vacaciones nunca; mi familia se aposenta en Península por tres meses y yo voy y vuelvo, sigo atendiendo mi trabajo, no creas que manejar empresas no es trabajo también, aunque produzca plusvalía (¡ja, ja!, me acuerdo cuando denunciaste esa forma tan fina de robo). Supongo que en el kibutz tampoco las vacaciones son rotundas, siempre surge algún problema.”
Y David inclina la cabeza, sin aprobar ni negar.
El auto se acerca a la banquina, penetra en un camino de grava y frena en medio del jardín.
—Hemos llegado; ésta es tu casa.
David desciende y, con una mano apoyada en la refulgente carrocería, escruta las torres almenadas de la residencia. Pero Jorge escruta a David; anhela descifrar el juicio que va elaborando. Teme que se deprima al comparar esta propiedad fastuosa con la sobriedad del kibutz. O, por el contrario, que estalle en socialista indignación por el afrentoso despilfarro o que —y esta idea lo embarga de inquietud— habiendo sido defraudado por su utopía juvenil, empiece a tenerle envidia. A Jorge le da miedo la posible (¿posible?) envidia de David.
Atraviesan el suntuoso vestíbulo y el profeta no da señales de haber encontrado algo que merezca reproche o admiración. Acaricia las rosas amarillas y enfila hacia el estudio en cuyas paredes centellean los lomos de libros. Examina las lujosas colecciones, entre las que se avergüenzan algunos volúmenes sin encuadernar. Jorge se pregunta si entre ellos buscará los tan comentados de Máximo Gorki, Dov Ber Borojov, Alberto Moravia, Jaime Arlozorov que ya nadie lee; ¿cómo no previó incluir autores de este tipo si David lo primero que haría es revisarle la biblioteca? En cada humilde vivienda de kibutz hay anaqueles cargando buenos libros, eso se lo habían machacado en conferencias, seminarios, discursos y después lo comprobó en sus visitas a Israel, y ahora se siente mortificado porque David inspecciona y seguramente condena. “Dime qué libros lees y te diré quién eres”, había escrito en la dedicatoria cuando le regaló un volumen de Aarón David Gordon en el que se hacía una tolstoiana exaltación del trabajo agrícola. Jorge empieza a palidecer. Recuerda de súbito que aquel volumen de Gordon lo había acompañado muchos meses, lo llevó a un campamento, lo utilizó como base de varias charlas y lo aferró en su mano como si fuese un revólver en aquella noche de fanatismo irrefrenable. Jorge estaba parado delante del telón, frente a la modesta platea. Se había programado que hablase en el entreacto de esa función dedicada a esclarecer y obtener el apoyo de los padres de todos los chicos que formaban el movimiento juvenil sionista liderado por David. Mientras sus compañeros cambiaban aceleradamente el decorado de la tendenciosa obra teatral que representaban, Jorge, pequeño y fogoso, abrió el libro de Gordon y leyó un párrafo brillante sobre la vuelta al trabajo de la tierra; su entonación emotiva y penetrante estremeció al auditorio. La platea dejó de respirar. Entonces, exaltado por el efecto conseguido, cerró el volumen y pronunció una inesperada y rencorosa maldición que se hizo célebre. Por lo horrible. “¡Se te fue la mano!”, le reprochó en aquel momento David; “si un padre se niega a que su hijo vaya a un kibutz, no tenemos derecho a condenarlo como enemigo del pueblo judío, ni como un nazi en potencia.” Jorge, pálido como ahora, mantuvo su postura fanática y repitió la maldición: que se mueran los padres que sabotean la vida de sus hijos impidiéndoles realizarse en un kibutz; o somos maximalistas o los condenados seremos nosotros.
Olga entra en el estudio y exclama: “¡Qué descortesía, ni siquiera le mostraste su habitación, ni le dejaste lavarse las manos!”
—¡Tenemos tanto para conversar! —suspira Jorge. David, alto como una palmera, se desplaza dignamente hacia su cuarto mientras Jorge —mareado, con presentimientos alarmantes— vuelve a sumergirse en las olas de su deliquio. Ha llegado el profeta y no tardará en hacer sentir su presencia de fuego.
Recuerda que, cuando David lo introdujo en la organización, fue instruido sobre el tipo de vínculos que podía establecer con las muchachas: absoluta hermandad, respeto. A Jorge le pareció bien, porque era tímido; la explícita prohibición le ahorraba hacer esfuerzos de conquista y lo preservaba de intolerables rechazos. —No son putas, sino camaradas —le explicaron sin vueltas—; tuteo inmediato, confianza, sinceridad, amistad. Sobre todo esto: limpia e intensa amistad. Las parejas, si llegan a formarse, deben asentarse sobre la comunidad de fines; nada de idilios burgueses. ¡Qué lejos estaba entonces de Olga, a la que se ligó cuando huyó del movimiento porque la encontraba limpia de toda esa insoportable limpieza! Después del primer beso le dijo que antes había sido sionista monacal y que con ella se convertía en sionista a secas. Olga ni entendió ni preguntó. Era burguesa y le gustaba serlo un poco más. Los problemas del mundo le interesaban en la medida que pudieran afectarla (nunca la afectaban) o constituyeran tema obligado de conversación. Contrastaba con el problematizado Jorge (que luchaba por liberarse de las exigencias sionistas que le habían inculcado, que desayunaba y se dormía cavilando sobre antisemitismo, la cuestión nacional o diferencias entre sionismo político y realizador); sin embargo, debe reconocer que ella lo ayudó, con su sola presencia, a cumplir el otro mandato de su vida —oculto, repudiado— que no armonizaba con el ideal juvenil.
Recién después de muchos años Jorge se avino a reingresar en la vida comunitaria. El ideal juvenil ya había sufrido una metamorfosis. Los antiguos cantos y consignas pasaron a nuevas formas en que viajes y congresos, visitas oficiales y recepciones, misión honorífica y un jugoso negocio privado, aparentemente no se contradecían.
David no pareció asombrarse cuando Jorge, manejando su automóvil veloz, le informó que también Aarón, Raúl, Jovita y Débora tenían fastuosas residencias en Península Esmeralda. Seguramente lo sabía.
Llega la noche y se realiza el encuentro. Esperado por todos, temido por Jorge. Ingresan Jovita, Débora, Aarón y Raúl con sus cónyuges y con el alborozo tiritando en el pelo, en la voz. Intensos abrazos y besos con David. Evocación, bromas, preguntas, mientras los anfitriones (Jorge, Olga) contemplan emocionados. Enseguida las últimas noticias de la Argentina e Israel saltan del plano personal al político y de éste a divagaciones con chisporroteos profundos en medio de trivialidades. Brindis en serio y bendiciones en joda enlazan hombros, miradas. Así se enlazaron —¡ahora Jorge lo recuerda con dolor!— Raúl y David cuando el primero lo visitó en el kibutz, o Jovita y David cuando se encontraron por casualidad en Jerusalén, o Débora y David cuando ella viajó expresamente para darle el pésame por la muerte de su hijo Jonatán.
Jorge ordena otra vuelta de bebidas. No logra sacarse la rigidez causada por la larga separación llena de culpas. David ni siquiera le escribió cuando su único hijo, Jonatán, cayó en una emboscada de Al Fatah “mientras delante del tractor revoloteaban los pájaros mojados por el rocío”.
La conversación aburre a Olga porque muchas situaciones le son desconocidas y, para colmo, se deleitan metiendo palabras hebreas sin ton ni son en cualquier párrafo, como tics. Si tiul quiere decir paseo, ¿por qué diablos no dicen “paseo” en vez de tiul? Eso de hablar en híbrido me fastidia. —No te das cuenta —le responde Jorge al oído— cuánta vibración producen esas palabras sueltas; es como si te trasladaran a otra parte; estás aquí pero es otra parte; paseo es cualquier paseo; tiul, en cambio, es el tipo de paseo que hacíamos en grupo, el que esperábamos hacer en Israel, ¿me explico?; es el pasado y el futuro a la vez, emoción doble, más que doble: distinta. Pero Olga insiste: ¿por qué no estudiaste hebreo?; te conformás con las muletas; hablar en híbrido es hacerlo con muletas.
Raúl propone cruzar a la playa.
La animada reunión en torno de David tijeretea años. Salen a la noche flagrante de mar. Atraviesan filas de palmeras y hunden los pies desnudos en la arena blanda. Lanzan exclamaciones. Uno empieza la canción. Se sientan en ronda bajo las asombradas estrellas, como en los tiempos en que se juramentaban construir un hombre nuevo convirtiéndose en judíos nuevos. Los rostros plateados vuelan junto a sentimientos que se desperezan de la modorra, que resuman alegría. Jorge entusiasma a Olga, luego olvida a Olga. Renacen anhelos heroicos, infantiles, potentes; manejar el tractor y empuñar el fusil, como Uri en aquella foto, o como Isaac en el cuento de Agnon o como Daniel en la crónica que leyeron en un festival. En rondas como ésta David había contado la lucha épica contra el león británico, ese león del Mandato hipócrita, y la lucha de los guerrilleros judíos contra los nazis en Europa y, simultáneamente, la resistencia contra las bandas progromistas del Mufti, y la otra guerra, la más larga e incomparable, que edificaba el país, fertilizaba el desierto, inventaba caminos, desecaba pantanos, hacía brotar puestos sanitarios como fortines, resucitaba un idioma condenado.
Olga apoya su cabeza sobre el pecho de Jorge igual que Débora sobre el de su marido, dejándose finalmente llevar por esa corriente de sentimientos ingenuos y titánicos. Débora goza la nostalgia. Olga escucha el repiqueteo cardíaco de Jorge. En su familia no resonaron tradiciones ni conflictos ideológicos como en la de Jorge, a quien por un lado le inculcaron la identidad judía y por otro lo impulsaron a triunfar en el medio no judío; entre las humillaciones externas y el espoleo interno Jorge fue presa fácil del proselitismo sionista; pero el mandamiento opuesto no le dejó avanzar hasta las últimas consecuencias. Tras navegar en las aguas calientes de la redención colectiva, emprendió la marcha vulgar del progreso burgués. Trastrocó el “sionismo de oro” en “oro para sí mismo”. Lo altruista se hizo egoísta. Y así como durante el enardecimiento juvenil anidaba el cálculo adulto, en este último subyace —vergonzante y amonestado— el viejo ideal.
Encienden una fogata. Las alegres lenguas de fuego empiezan a despedir tules de añil y de sangre: se enroscan en la pirámide de ramas secas y enseguida se alargan en viboreante manojo, como si los astros fueran lentejuelas imantadas que las tironeasen hacia arriba. Las palmeras de la playa acercan y alejan sus copas. Un amplio círculo de arena cobra vida en la noche. Es toda una enorme cápsula iluminada la que ha desgarrado la quietud. Muchos ojos centellean reflejando las acrobacias del fuego. Y de los labios estremecidos brota una sabia, irónica, vieja canción del nunca viejo Atahualpa Yupanqui que aprendieron en fogatas similares junto con viejas y sin embargo nunca viejas canciones sobre pioneros judíos alegrándose con el agua que descubren y almacenan en el desierto, y defendiendo las fronteras y arando el páramo y estirando los brazos generosos para recibir a los hermanos perseguidos como ellos. Los viejos amigos estiran ahora los brazos buscando el hombro vecino para apoyarse y brindar apoyo y abandonarse en un balanceo amoroso al ritmo de la música que atraviesa las mentes y los años.
La ronda fraterna ondula alrededor del fuego, y se alimenta con las extrasístoles de un verso rebelde que pellizca una rodilla hasta que la ronda entera se eriza de cuerpos que empiezan a danzar, girar, saltar al compás de un ritmo creciente, belicoso, que hierve en las cabelleras arremolinadas. Los pies tajean la arena y las puntas de los dedos arrojan a las llamas nubes de granos. La fogata responde con el eco de su crepitación. La voz sobresaliente de David acentúa el vértigo. La rueda humana gira con frenesí en torno del fascinante centro de ignición; ya no bastan el canto desaforado ni la danza para satisfacer el desborde y Raúl se arranca la camisa que ofrenda a las llamas con un grito triunfal provocando un instante de asombro que desemboca en un redoblado ímpetu, ciego, descomunal, y es ya Jovita quien rompe los botones de su blusa para que también alimente las carcajadas del fuego. Se sienten fuertes, alados, temerarios y limpios (como en aquella época). No los atan las telas ni las correas ni las cadenas ni las fortunas ni los prejuicios ni la vergüenza. Son dueños del tiempo, el goce y la vida. Gira la ronda girando en ronda redonda con David empujando con el canto, los brazos, la evocación, empujando a Jorge que empuja a Débora que empuja a Raúl que empuja a Jovita que empuja la ronda que gira y gira siempre redonda en torno del fuego furioso que limpia y aligera. Jorge expulsa ambiciones, negocios, especulaciones, guerras, triquiñuelas, maniobras, volando en la ronda deleitosa que nunca debería frenar, que no frena, que sube, libre, victoriosa, jubilosa, excitada, armonizándolo con el río de sus ansias profundas que bulleron en aquel tiempo sin tiempo en que aspiraba ser un pionero construyendo colonias y vigilando fronteras para sus hijos, para su pueblo, para ejemplo y admiración universal.
Por fin caen extenuados. Cesa la danza y calla el canto. Jorge cree haber enceguecido. Se crispa en la súbita oscuridad. Siente la cabeza como de vidrio roto. Ha terminado un acto o una era, ha terminado para siempre. Cuesta reconocerlo y aceptarlo. La repentina quietud y el silencio, tanto más notables tras lo que acababa de ocurrir, le oprimen. Se han apagado las luces como en un teatro en el que recién va a comenzar la función. Pero será otra función.
Tiene miedo.
La función esperada, postergada, aún no representada, lo pondrá frente a terribles contenidos. La vivacidad de minutos antes se ha convertido en peligrosa solemnidad. Sabe que las olas se desenrulan en la arena y siente que la brisa refresca con limaduras que atraviesan la piel. Pero sabe algo peor: que la escena reciente, jubilosa a más no poder, chocará con la nueva; el contraste será intolerable. Le duelen los ojos y los oídos, nostálgicos de la alegría que fuga; y le duelen por lo que ya se avecina.
David se levanta. Su perfil apenas se distingue en la oscuridad. Esa imprecisión lo favorece porque se lo ve más alto, más corpulento. Es una mole que avanza hacia el centro de la ronda sumida ahora en silencio. La brisa mueve respetuosa sus cabellos y su barba como si fuesen el cabello y la barba de Moisés bajo las ondas del Sinaí. Su estampa imponente marca el centro del mundo. Las tempestades pueden girar alrededor de su cuerpo tal como Jorge y sus amigos giraron alrededor de la fogata. David, magnético y poderoso, es a partir de ese momento la hoguera y enseguida el incendio que se abalanzará sobre cada uno de ellos para carbonizarles el alma. La inocente fogata era la premonición. David está de pie, como un profeta ahíto de inspiración, y su silueta adquiere una fosforescencia turbadora. Desprende ondas eléctricas. Las asustadas palmeras alejan sus copas. Y el achicharrado conjunto se aprieta en la arena fría aguardando la amonestación. El estallido se produce y la amonestación derrama palabras tan duras como piedras. Jorge, Jovita, Raúl y Débora sienten los impactos en sus cabezas y pechos. El profeta los castiga rudo por su conducta plagada de gestos mezquinos y agachados y excusas que se maquillan con más excusas y agachadas: lo puro no purifica lo impuro sino que las agachadas han ensuciado los cantos y bailes.
—No canten ni bailen —ordena el trueno de su voz—, ni se alegren con un pasado que abandonaron, traicionaron y condenaron. Porque en realidad son ustedes quienes se han condenado. Y para salvarse, ahora quieren salvar un pasado que perdieron.
El rescoldo de la fogata parpadea antes de apagarse. Jovita tiembla en los brazos de su marido: David es un profeta que mete miedo, hace temblar. Jorge no sabe qué decirle a la desconcertada Olga: es un profeta que ha llorado la muerte de Jonatán, su único hijo muerto en un atentado contra el kibutz, y ahora nos hace llorar a nosotros, sus antiguos camaradas de juventud. Ha convertido mágicamente una ronda festiva en círculo macabro.
Débora llora sin entender su propio llanto y prefiere suponer que es por el malogrado Jonatán. Pero Jorge sabe que todos se mienten: había recibido una carta de David —no le había escrito en años— en la que transmitía la infausta novedad: “a Jonatán el rosado del alba se le venía encima mientras delante del tractor revoloteaban los pájaros mojados por el rocío”; ahora no lloraban por su hijo muerto en el atentado, sino por culpa, la misma que hace veintiséis años le impidió ir al puerto para despedirlo y luego contestar sus cartas y visitarlo en sus giras frecuentes, la misma culpa atada a la vergüenza que le suprimió los sueños y redobló su fuga, que lo decidió a casarse con Olga, que es bonita y sexy pero no sabe nada de sionismo y apenas de judaísmo, que nada sabe de nada, excepto gastar y por eso la llena de dinero para que gaste. Él, Jorge, evita criticarse a sí mismo en público y ahora lo hace el potente David, el flaco, el burlón, el incorruptible.
La brisa cada vez más fría hiela el cuerpo para que nadie se levante. David reclama y reprocha. Amonesta en la inhóspita noche. Es un monstruo que no se endulza —pero engendra paradójica belleza— ni siquiera al repetir la tragedia de su hijo que es la tragedia de Jovita, Débora, Raúl, Aarón y Jorge, sobre todo de Jorge porque al niño le puso el nombre hebreo Jonatán en su homenaje (Jorge y Jonatán tienen cierta homofonía). “El cadáver robusto de Jonatán desapareció bajo el túmulo de tierra ganada a las rocas”, le escribió a Jorge (el amigo que no tuvo valor para despedirlo ni contestar sus cartas ni visitarlo en el kibutz); y Jorge, como si estuviera muerto, tampoco contestó esa carta llena de absurda y chocante poesía: “Mi hijo cumplió diecisiete años y estaba enamorado del kibutz donde nació y se educó; la madrugada lo sorprendía arando montes; a Jonatán el rosado del alba se le venía encima mientras delante del tractor revoloteaban los pájaros mojados por el rocío; la hierba rígida despertaba con alborozo. Entonces sobrevino la explosión”.
Jovita enjuga su llanto y se va. La sigue su marido. El poderoso profeta ha callado y observa con sus pupilas fulgurantes. Tras Jovita parten Raúl y su mujer, Aarón, Débora. El profeta circunvala los restos de la fogata y, más fosforescente que antes, camina hacia el mar. El viento eriza sus largos cabellos y le aplasta la barba. El pequeño Jorge se levanta sintiendo crujir sus articulaciones, como si hubiera envejecido. Necesita hablarle a David. En realidad necesita ser escuchado por David, convencerlo de que nunca ha muerto como amigo, y de que el nombre Jonatán puesto a su hijo como un homenaje lo padeció como reproche. Pero que no quería hacerle a su vez un reproche, sin expresarle su profundo amor y admiración. Que siempre lo recordó, incluso cuando huía de él huyendo hasta del olor judío, incluso cuando optó por Olga, cuando se convirtió en un empresario temible para compensar la angustiante frustración juvenil.
La voz de Olga pidiéndole que la acompañe a casa no perfora la malla de sus pensamientos. Todo su ser mortificado se concentra en David, en su figura hierática. No aguanta que lo ignore. Que lo abandone (como lo abandonó hace veintiséis años, al irse a Israel). El profeta ya está junto al mar. Ya sus pies tocan el agua, ya caminan en el agua. Jorge corre. Grita. También grita Olga ordenándole que vuelva. Pero Jorge no escucha a Olga ni David escucha a Jorge. El profeta ha sumergido los pies en las olas y el enervado Jorge lo abraza por los hombros. Le ruega que lo perdone, que lo entienda, que vive gracias a él; ¿te acordás de los discursos? Jorge llora, está dispuesto a pagar por el perdón, si fuera necesario. Entonces David gira su mirada despidiendo un desdén que congela. Jorge retrocede, se agrieta, cae en cuclillas sobre el agua. Se le desmoronan los pedazos. David se aleja, ignorándolo. Jorge, bañado en lágrimas, se levanta. Se levanta dolorido y tenso como una ampolla. Su alma se ha llenado de pestilencia. Emite un extraño y horrible olor de venganza. No entiende qué cosa abominable le pasa. Lo tambalea una revulsión de sentimientos encontrados. Quiere abrazar y al mismo tiempo golpear. Que David lo perdone y que al mismo tiempo le pida perdón. Quiere reconvenirle el heroísmo. ¡Heroísmo de mierda, David, infantil, enfermizo! Y al mismo tiempo murmura: Perdón, David. Te admiro y te odio, David. Tu heroísmo llenó de culpa a media humanidad —piensa Jorge en estado de confusión. Piensa Jorge que sigue pensando que el heroísmo de David no era imprescindible para vivir y merecer vivir, que entrañaba la cobardía de encerrarse en su kibutz, aislarse en la comodidad aseguradora de la secta, de la verdad indiscutible. Que lo admiraba y quería, sí, pero no como sectario y menos como ingenuo. Que aquel ideal era puro verso, intoxicación retórica. Y yo aprendí a pronunciar discursos (me enseñaste) hasta que se produjo una especie de milagro: dejé de creer en lo que decía.
El profeta, sin escucharlo, repite la terrible maldición que el mismo Jorge había pronunciado contra los padres que se negaban a otorgar permiso a sus hijos para radicarse en un kibutz. Jorge entonces se dobla. Como bajo un garrote que le partió la espalda. Y en supremo esfuerzo, mixturando rencor, amor, ofensa, dignidad, indignidad, ceguera, empuja con todas sus fuerzas a David. El profeta cae en el mar y una montaña espumosa lo devora.
Las olas aúllan el sacrificio y se yerguen con bravura para envolver, ocultar y llevarse lejos el cuerpo del profeta.
El abatimiento aplasta a Jorge mientras araña el suelo pavimentado de conchas para recuperar a su amigo. Nunca tendrá perdón. Hace tan poco murió Jonatán. Ahora muere el mismo David, el que se burlaba de los profesores necios que sólo saben repetir y ordenan repetir y quieren convertir a sus alumnos en una triste repetición de ellos mismos; que afirmaba ¡la vida es hermosa!, que no te abanderen los domesticados ni te infecten las putas; que le aseguró su cariño antes de partir definitivamente hacia Israel.
Jorge contempla la fresca e iluminada sala de su residencia. La luz se filtra por los cortinados mientras él, hundido en almohadones, abolla la carta perturbadora. Al pie de una de las palmeras que marcan el borde de la playa, percibe una silueta. Un bulto. Es un hombre sentado, con la espalda apoyada en el tronco esbelto. Reconoce a David. Se contrae y enseguida se incorpora indeciso, cuestionándose la visión. Estira la hoja manuscrita y la asegura bajo el cortapapel de bronce. Sale al aire limpio que lo frena, que lo invita a restablecer su equilibrio. Tambaleándose cruza la avenida. Corre hacia las palmeras, hacia su amigo. Olga no entiende. Le grita ¡cuidado!, pero Jorge no repara en los automóviles. Se abalanza sobre el magnífico David. Llora. Aprieta la madera cimbreante. Aprieta en la madera a su amigo inolvidable e incomparable que se ha metido en su garganta y le muerde con amor y rencor.
En la carta magullada, Olga lee rápidamente el escueto informe: también una mina estalló bajo el tractor de David; en su agonía balbuceó varias veces el nombre de Jorge.