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marcos aguinis

importancia por contacto (es)

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La exitosa expresión "importancia por contacto” —que acuñé en mis programas televisivos para burlarme de quienes abusan de presuntos vínculos con celebridades— la inspiró Augusto Serafímer, un hombre de extraños ocios y negocios que al principio me resultó pesado, vulgar, y después festivo, sorprendente. De él voy a hablar.
En su mole física resaltaban los ojos pequeños y simiescos. Su calvicie se compensaba con el pedestal de la barbita. Los dientes separados, con manchas amarillas, hacían juego con sus risotadas. Las manos completaban el conjunto monstruoso: moviéndose lento, esas manos buscaban la nuca de los interlocutores para brindarle una caricia paternal. Manos calientes, apabullantes. Un contacto que tardaba en esfumarse.
Conocí a este curioso espécimen de la fauna que se contonea en los salones de la notoriedad durante la recepción ofrecida en la embajada de México por la delegación que acompañaba al presidente de la República durante su ruidosa visita al país. Yo concurría en carácter de periodista, odiado y admirado por mis aciduladas notas en el programa La caída de los mitos. Serafímer reconoció mi cara harto difundida por revistas y afiches, abandonó a su ocasional compañía y se introdujo aceitadamente en el racimo de chismosos que me envolvió después de que mantuve un altercado con Juan Rulfo. Al rato ya cambiaba conmigo los lugares comunes que dicen los habitués de los cócteles. Se montó en la frase de alguien para contar un chiste y aprovechar el ablandamiento de mi risa para deslizarme su tarjeta de color bronce. Sacudía el gordo maíz de su dentadura y sus ojitos se tornaban más pequeños. Acercándose a mi oreja musitó un dato sobre el tequila y Rulfo. Su mano planeó junto a mi nuca como un aeroplano que no se atreve a aterrizar; hizo varias caídas en tirabuzón, rozó mi hombro derecho, mi espalda, se alejó hacia Jalisco, que señaló enfáticamente, hizo una picada hacia la alfombra, remontó vuelo y por último, decepcionada, fue a esconderse en su bolsillo. Metí también mi mano en el bolsillo y palpé su metálica tarjeta. La volví a palpar cuando me refugié en el auto. Releí su nombre y decidí romperla: no más papeles inútiles. En realidad, no más personas inútiles.
Ingenuo error. Habían pasado unos meses, cuando en una conferencia que pronunció el plástico Cirilo Robirosa para la Liga contra la Obesidad, lo reconocí en un extremo de la platea. Bueno, es una forma de decir: logró que lo reconociese porque me hacía aparatosas señales. Grabé el comienzo de la disertación mientras mis ayudantes le filmaban a Robirosa el perfil anémico y los dedos incansables —lípidos y color, balanzas y caballetes, explicaba, buscando en el aire un hallazgo insólito—; mi programa tenía la originalidad de poner en evidencia los aspectos ocultos, vergonzantes y conflictivamente humanos de las figuras que idealizaba el público; hacía temer y gozar. Serafímer me alcanzó en el vestíbulo frenando en la garganta sus exclamaciones ante la orden de un acomodador. En forma cariñosa susurró que permaneciese hasta el final, que ya terminaba, que Robirosa con un grupo de amigos irían a su casa —me estaba invitando con el mayor entusiasmo— para desagraviar a la pobre obesidad con suculentas liebres a la francesa, usted no puede dejar de venir, haremos una fragorosa “caída de los mitos”, una demolición, divertidísimo, después de esta lata para snobs, ¿viene?, ¿sí? Su mano empezó a elevarse por el aire rumbo a mi nuca: infalible tenaza de persuasión. No le di tiempo; hice señas a los camarógrafos, busqué un cuaderno inexistente en mi cartera y salí. Pero Serafímer, inmune a los desplantes, volvió a entregarme su tarjeta. Hizo progresos: esta vez no la rompí.
A la semana me telefoneó (¿dónde diablos averiguó mi número que no figura en guía y en el Canal no tienen autorización para difundirlo?). Con su voz campechana y el soborno de su risa preguntó si lo recordaba, y para ahorrarse el desdén arremetió con anécdotas de nuestro primer encuentro en la embajada mexicana y nuestro segundo encuentro en la conferencia de Cirilo Robirosa y un tercer y cuarto encuentros donde él me veía (yo no) y me juzgaba con mucho y con macho cariño, porque vea, hay periodistas y periodistas y usted muestra unas agallas que hacen subir el corazón a las amígdalas, no lo tome como una excusa por la violación de su domicilio, eh, con el teléfono uno se mete en la casa de cualquiera, pero la verdad, desnudita, es que su prestigio está bien ganado; lamento de nuevo que no haya podido acompañarnos en la reunión con Robirosa, eh; la pasamos como en el Olimpo... de la joda, claro; metimos el colesterol en la metafísica y nos pusimos de acuerdo en que la obesidad es una ficción del marqués de Sade.
Mientras Serafímer desplegaba su monólogo, me sentía aliviado de saber que su enorme mano hipnótica estaba lejos —pero no lo estuvo de Robirosa, a cuya nuca se habrá prendido como collar de perro haciéndole escupir imágenes brillantes—. Este gorila comunicativo y muy viscoso —yo pensaba—, intenta sorprenderme con la paciencia y la amistad que le brinda el pintor. Quiere aumentar mi sorpresa mencionando otras celebridades que acudieron esa noche a su casa, me refriega credenciales del más alto nivel, se da besitos de lengua con lo mejor del país.
Reconozco que mi resistencia hacia Augusto Serafímer sufrió una fractura cuando reveló el motivo de su llamada: dentro de once días daré una fiesta para homenajear a mi viejo amigo, el director de la Filarmónica de Londres. Me encarecía que esta vez no faltase. ¿De dónde sacaba tamañas relaciones? Consulté mi agenda con ganas de encontrar una buena razón para volver a negarme (hizo otro progreso: ya no me alcanzaba una excusa, necesitaba una buena razón). Seguía presintiendo que tras sus vínculos estelares se ocultaba el interés por lograr algo de mí. Algo que aún escapaba a mi percepción; posiblemente sucio. Serafímer ni siquiera descollaba en el área de los hacedores de dinero, ni del hampa, ni del juego, ni de la bohemia, ni del deporte, menos del arte o la ciencia. Era un simple hombre simple. Pero había encontrado un método eficaz para dejar de serlo. Mi agenda tenía marcada una impostergable reunión con los directivos del Canal y, gracias a ella —era una buena razón—, pude zafar de nuevo.
Avancé otros pasos en la elucidación del acertijo cuando —¡oh, casualidad!— nos volvimos a encontrar durante mis vacaciones en Península Esmeralda.
En el colorido balneario yo pretendía descansar de mi rutina, es decir liberarme de personajes y personajotes que a lo largo del año entrevisto, investigo, cuestiono y muestro en el programa La caída de los mitos, programa que, lejos de destruirlos, los muestra más verosímiles y cercanos: por eso no me escapan, sino que me persiguen para que los tenga en cuenta. De ellos necesitaba un recreo. Me había organizado un plan desintoxicante que se basaba en la ausencia de planes. Descendía a la playa cuando aún estaba limpia de turistas, corría a lo largo de los ribetes de fría espuma, miraba el trabajo de los carperos instalando sombrillas o revisando los equipos de salvamento, me tendía a leer o me concentraba en el desplazamiento microscópico de un velero madrugador. Tendido en cruz, me ofrecía a la cocción lenta del sol hasta que empezaba a multiplicarse el tejido de voces: la gente llegaba, clavaba sombrillas, abría las perezosas, formaba grupos. Una clarinada cercana y chirriante solía referirse a primas solteras, el costo de la verdura y los horrores de la nueva peluquería a la vuelta del hotel.
La opalina que traspasaba mis párpados se oscureció. No era una nube. Me arrugué, contrariado. Vi entonces la boca de Augusto Serafímer que sonreía con todos sus amarillentos granos de maíz y lanzaba elogios al día, la luz, la arena, el mar y este “casual” y “magnífico” encuentro. Estrechó mi mano, haciéndome incorporar. Sus ojos emitían destellos de mica. Atrajo una silla y se sentó a mi lado, de cara al mar. Le gustaba el infinito.
—Como a Einstein —agregó.
—No sólo a Einstein —repliqué sin ocultar fastidio.
—Einstein en especial. Y no lo digo con referencia a la física. Vea, cuando paseábamos en el campus de la Universidad de Princeton...
—¡También fue amigo de Einstein! —lo increpé, molesto.
—Y..., sí —su rostro adquirió una intensa seriedad—. Sí, nos apreciábamos mucho.
No mentía; su expresión era convincente, y casi mortificada. Ante mi escepticismo, contó sobre sus viajes a Princeton en la década del ‘50 y sus paseos y conversaciones con el viejo sabio; incluso tenía varias fotos con él a la entrada de su vivienda y otra de gran valor histórico en la que aparecían Einstein, David Ben Gurión ofreciéndole ser candidato a la presidencia del Estado de Israel y Serafímer entre ambos. Increíble.
Una pelota de tenis rebotó en mis piernas. Serafímer la atrapó. Los jugadores, en la precaria cancha que habían dibujado sobre la arena, levantaron las raquetas para recibirla.
—Así me relacioné con Guillermo Vilas —musitó.
—¿Jugando en la playa? —ironicé.
Los cuatro tenistas peloteaban con entusiasmo; y las personas que tomaban sol bajo sus pies, barboteaban insultos.
—Devolviéndole la pelota desde la tribuna, en Wimbledon.
—¿Ah, sí? Desde la tribuna... Y eso, ¿qué?
—Regresamos juntos a Buenos Aires —prosiguió tranquilamente—. En el mes que se quedó ahí, porque tenía un programa bastante pesado, eh, cenó en casa por lo menos... a ver —contó las oportunidades y quizá los otros invitados—, por lo menos ocho veces.
—Le gustó mucho su comida.
Se torció hacia la izquierda. Su boca se fue abriendo como un estuche rosado y sus grandes dientes empezaron a bailar. Aplicó jovialmente su manaza sobre mi rodilla.
—En efecto —pretendió seguirme la corriente—, en casa se come muy bien. Nuestra cocinera y mi Mónica, Mónica es mi mujer, son estupendas. No sólo por la calidad de lo que hacen, eh, sino porque se desviven buscando en libros y revistas platos exóticos de Indochina, de Azerbaiján, de Marruecos, de Nueva Zelanda, de Turquía. No le diré que pertenezco a un círculo de gourmets, pero muchos amigos son rotundamente sensibles. Dos pertenecen al Club de Gourmets, me olvidaba. Son maniáticos; rechazan un plato mediocre con más furia que a un ratón muerto. O elogian otro con más exageración que, ¿cómo le diré?, que una economía de academia, eso. Me divierten muchísimo; para ellos la carne tiene música, el pimiento es como Venus —sus gruesas manos modelaban formas en el aire—, el ganso es un poema de García Lorca, un buen jamón evoca los paisajes de la Mancha.
Asentí mirando hacia adelante. Las aguas del mar desenrulaban sus olas. Los obstinados tenistas seguían imaginándose en una cancha pese a la continua interferencia de los bañistas y la creciente bronca de quienes pretendían tomar tranquilamente sol. Llegó una ráfaga de voces enredadas a una partida de truco que fue cruzada por el chillido rojo de una mujer próxima que daba consejos sobre restaurantes, tratamiento de callos e inversiones inmobiliarias.
—Estas chismosas ya son parte de las playas, son como las sombrillas —dijo Serafímer adviniendo el malestar que me producía esa voz—. ¿Sabe quién las definió así?
—Einstein.
—No se burle —se rascó el pecho hirsuto.
—Bueno —sonreí, concesivo—, ¿quién?
—Ingmar. Ingmar Bergman.
Levanté las cejas. Y volví a restregarme los ojos —mi tic de la jornada—. O éste delira —rezongué— o algo me impide reconocer que sus relaciones son ciertas.
—Nos alojábamos en el Hotel Real de Copenhague. Usted sabe que solía dirigir piezas de teatro en Dinamarca para descansar del cine, o para pulir detalles de la técnica. Por lo menos así me dijo, eh —se hundió en su asiento y estirando las oscuras piernas agregó—: Bergman es un observador genial, que goza de una memoria que ya ni sorprende: irrita. Pero es modesto, eh, como la mayoría de los tipos excepcionales. Bueno, todos no —corrigióse levantando la cabeza—: mi amigo Norman Mailer es brillante pero no es modesto; tampoco Salvador Dalí, claro —el rugir del mar y las disonancias de la vocinglería fueron los únicos comentarios (indiferentes, descorazonantes) que recibió—. Sigo con Bergman... —dudó, me miró brevemente—. ¿Le extraña que el torrentoso Mailer sea mi amigo? Vea: tomábamos cerveza en Manhattan cuando su editor aún ignoraba que Los desnudos y los muertos alcanzaría el éxito que poco después lo consagró para siempre. Gran tipo. Verborrágico hasta la asfixia. Loco. Pero auténtico; su vida, sus intereses, sus temas, todo combina bien. Y no es difícil llegar a Norman; no es difícil llegar a nadie. Su programa se llama La caída de los mitos, ¿verdad?: haga caer el mito de la incomunicación. Es un mito, se lo aseguro. ¡Cuántos se asombran de mis relaciones!, pero yo me asombro de que se asombren. ¡No hay nada de asombroso! Sí, en cambio, que alguien no se atreva a contactar con una persona porque sea célebre o importante. Somos perecederos, sufrimos pesadillas, angustias y emociones tanto el individuo anónimo como el hombre célebre... ¿Qué le estaba contando? Ah, Ingmar Bergman. Vuelvo a Ingmar; ¿por dónde íbamos?... Copenhague. Sí, en Copenhague lo invité a Ostende, ¿conoce?, magnífica playa belga, para mí la mejor del Mar del Norte, siempre rabiosa, agresiva. Y bien —redujo el volumen al tiempo que acercaba su granítica cabeza a mi oído—; la voz de esa pelirroja, ahí atrás, que parece un cuchillo con sierra, o una gallina excitada, una voz así, de una pelirroja más o menos igual, lo descalibró a Ingmar. ¿Me explico? Le arrancó los tornillos, como se dice; le hizo saltar los resortes, lo puso como una máquina en punto crítico. Y eso que Ingmar es una montaña de paciencia comparado con Norman, eh. ¡Pero esa voz!, para colmo con más muletillas que un ejército de rengos. Ingmar empezó a respirar apurado, con un dolor aquí, en el abdomen; se le fueron hinchando las venas del cuello; ¿se imagina?, como a un sapo antes de explotar. Miró alternativamente a la pelirroja gritando y a mí, silencioso, y se levantó de golpe, como un chorro de lava; alzó el silloncito y lo revoleó en el aire —Serafímer acompañaba su relato con nerviosos movimientos de las manos—. Quise detener su acceso criminal. A destiempo... Lanzó el proyectil con toda su fuerza hacia el cráneo de la pelirroja pero un sutil desajuste lo desvió hacia el agua. El incendio de Ingmar se transformó de golpe en anemia. Me agarró del brazo y retornamos al hotel. Mudos y exhaustos. Ahí me dijo que las chismosas son parte de la playa, como las sombrillas —hizo pantalla con su diestra—: y que actuó como un chico malcriado.
“Nuestra” pelirroja seguía disparando sus rugosas frases que arañaban los nervios. Serafímer indicó un silloncito con mirada cómplice:
—¿Se lo arrojo a la cabeza? —encogió las piernas marcando profundas huellas en la arena; enseguida las borró. Rehízo las huellas. Siempre rectas, profundas.
—¿Qué actividad le permite viajar tanto? —pregunté a quemarropa.
Volvió a rellenar los largos pozos con arena tibia y, apoyando sus pies anchos sobre el leve montículo, dijo que excepto una incursión en el periodismo siempre fue lo que hoy se llama, con más respeto que antes, “hombre de negocios”.
—Pero no se confunda —agregó—: mi verdadero patrimonio son los amigos. Y no es una frase, eh, de ninguna manera. Así como en el mundo financiero se dice que el dinero atrae al dinero, en el de las relaciones humanas los amigos atraen a los amigos.
—¿Acumula amigos, como los financistas acumulan dinero? —se me torció una comisura con toda malignidad.
—Los financistas no lo acumulan: lo trabajan.
—¿Y a los amigos? —mi comisura seguía tensa, provocadora.
Dudó, bajó los párpados, y dijo:
—A los amigos también se los puede “trabajar”, es horriblemente cierto. No se trataría de amigos, sin embargo. El idioma es más que burlón: es cínico. No se debería, en estos casos, emplear la palabra “amigos”... Usted dice “acumulan”: amigos, dinero, podríamos agregar mujeres, aventuras, prestigio, objetos de arte. Pero no se trata de situaciones idénticas, eh. No. Los amigos no entran en la categoría pasiva del objeto, ¿comprende? ¡Ahí está la diferencia! Eso es. No se mantienen en una posición inmutable; se mueven, o nos movemos nosotros, y es preciso que se produzca la adaptación, ser un poco como ellos y ellos como nosotros.
La brisa salitrosa se arremolinaba en torno a las presencias que Augusto Serafímer había empezado a convocar. Su buen ánimo, a pesar de los irrespetuosos pellizcos que yo le infligía a sus relatos, fue derritiendo mi propia gelidez. Poco a poco aceptaba —por comodidad o quizá para divertirme— la ilusión de que entre los cuatro niños que se empeñaban por asegurar las murallas de su castillo de arena se había sentado Ingmar Bergman, y que los jugadores se alejaron porque interferían la presencia de Salvador Dalí y Norman Mailer, quienes también arrimaron familiarmente sus sillones de mimbre pintado. Y a continuación se acercó otro individuo llamado con insistencia por Serafímer, que produjo en mi percepción fogonazos alternantes. ¡Milton! ¡Milton! Yo me dije: es ciego y no; está muerto desde hace siglos y no; es poeta y no; es inglés y no. ¡Mi entrañable Milton!, vivo, contemporáneo, norteamericano, no era el exquisito autor de El paraíso perdido, sino el Premio Nobel de Economía; era el exaltado y execrado Milton Friedman, “gran amigo”, a quien Serafímer, en una sobremesa abrigada con noble coñac, había explicado algunos vericuetos de la economía argentina.
La fantasmagórica concurrencia tocaba la puerta de la realidad. Serafímer cambió de sitio porque Mailer prefería el paisaje de una sabrosa muchacha y Dalí el mar azul a la policromía ordinaria de los edificios costeros. Friedman y Bergman cruzaron unas palabras, luego cruzaron sus imágenes sobre una aureola móvil. Serafímer, exultante entre sus amigos, se y los adaptaba. Su cenicienta barba-pedestal incluía las puntas mosqueteriles de Dalí y sus ojitos de mono la fogosa mirada de Mailer. Ellos estaban con él, en él, disfrutando de Península Esmeralda. Y él, Augusto Serafímer, también estaba en ellos, en la inspiración de Dalí y en los rasgos que forman un carácter de novela en Mailer y un ajuste interpretativo en Bergman y una reflexión operativa en Milton Friedman que puede transformar el destino económico de un país. Todos en Serafímer, Serafímer en todos.
Me invitó a su residencia, donde esa noche concurriría el profesor Rodolfo Neuman, un científico tan famoso como recatado, al que jamás pude traer a mi programa. La de Serafímer era una invitación suntuosa que parecía formulada simultáneamente por Bergman y Dalí, Mailer y Friedman. Ya ni siquiera busqué “una buena razón” para negarme, intrigado por su arte de seducir a un ermitaño como Neuman. Me entregó su broncínea tarjeta por tercera vez, añadiendo las señas locales. Me explicó la manera de llegar. Y como exterioricé cierta desorientación, ofreció pasar a buscarme por el hotel; no faltaba más. Apretó mi mano, guardó la birome en su bolso de playa, acarició mi nuca —¡lo consiguió por fin!— y emprendió la marcha por entre el fortificado castillo de arena y la ficticia cancha de tenis, acompañado por su cohorte de amigos célebres. El vello de la parte superior de su espalda relucía como alambres de oro. Su corpulencia fue fragmentándose entre los cuerpos desnudos que venían del mar mientras la pelirroja seguía petardeando lugares comunes sobre el reciente estreno de Bergman, ignorando que durante un buen rato su voz de lija había violentado a Bergman en persona.
Quedé solo. Recuperé una intensa, compacta soledad, como si me hubiera liberado de un montón de individuos muy pesados. O exigentes. Sentía que incluso la multitud y los ruidos y hasta la pelirroja con su voz de rallador contribuían a blindar mi aislamiento. Repantigué las extremidades y miré hacia el buen sol que ardía en el cielo. Serafímer había conseguido que otra persona más arisca que yo hubiese aceptado su invitación: Rodolfo Neuman. El ámbito académico coincide en reconocer a Neuman como el investigador más serio de la Argentina en el campo de las hormonas, pero no sólo los académicos coinciden en atribuirle hábitos anacoretas. Rehuye las entrevistas y las recepciones como si fueran la peste. Los comentarios pintorescos que llenaron algunas notas sobre él (nunca con él, porque se escapa) incrementaron su popularidad, la que, paradójicamente, duplicó su encierro. Ahora —¡qué giro!— no sólo veranea en un balneario como éste, sino que acepta ir a una reunión en casa de Augusto Serafímer, quien lo presentará seguramente como su “querido amigo Rodolfo”.
Las agujas de la ducha iban arrastrando los restos de arena y sal que se habían pegado a mi piel. Empecé a canturrear. Se enderezaba mi ánimo que había soportado las palizas de un año “estresante”, como repiten en la jerga. Corridas, horarios, superposición de eventos, timing y rating, monstruos de arriba y monstruos de abajo, compañeros jodidos (que les va mal) y jodidos (que te hacen zancadillas), reportajes idiotas, tipos, tipas y tipejos que te lamen por una escupida de fama, y los mitos, ¡ah, los mitos!, mi programa La caída de los mitos. Soy como el trampolín del que quiere ascender y el terror del que está arriba y precariamente agarrado; como un mono travieso agito el cocotero hasta que se desprenden algunos frutos podridos. Mi cara es popular, temida y admirada; mis comentarios son esperados con curiosidad y morbosidad al mismo tiempo. En los reportajes abundan las preguntas inesperadas y los documentos que generan sorpresa y proximidad. Tras las cámaras de televisión abundan los sobornos a mi simpatía con regalos, besos y camas fáciles. Los mitos consagrados luchan por no dejar de serlo mientras otros, anémicos aún, luchan para acceder a tamaña categoría. Yo lucho a la vez por ellos y contra ellos, que es como hacerlo por mí y contra mí. Nuestros intereses sólo se concilian en las fugaces vibraciones humanas que atraviesan cada reportaje.
Esa tarde, bajo la ducha, me empecé a sentir bien. Obligaciones ausentes, reloj innecesario, rating dormido, gozaría de una reunión en la que no debería grabar. Augusto Serafímer parecía un extraño ángel (Serafín... ¡su apellido!) que ligaba seres con el solo néctar de la amistad. Colectaba amigos: no era cineasta ni escritor ni científico ni plástico. Era un individuo feo, ubicuo, sin intereses espurios y que, por eso mismo, podía compartir el interés de los otros.
Cerré la canilla. ¿Había rotado mi opinión? Antes desconfiaba y rechazaba, ¿ahora simpatizo? Antes pensaba en las facturas que me cobraría por sus favores y ahora, ¿estoy dispuesto a reconocerle generosidad? Me froté con la toalla, disconforme.
Leí, dormí y después dudé sobre qué ropa ponerme. ¿Cómo iría el profesor Neuman?, ¿cómo los demás invitados?, ¿cómo esperaban Serafímer y su esposa Mónica que yo apareciese? Seguramente comentaron a los demás que iría quien conduce La caída de los mitos. Me irritó que esta frivolidad perturbara mi descanso, era exactamente lo que debía evitar para que mi desconexión con el trabajo del año fuese real y efectiva. Vestí la camisa y el pantalón que tenía a mano y descendí al lobby. Entre plantas y columnas decoradas se ofrecía el morbo de los sofás. Tres mujeres departían junto al mostrador de conserjería mientras un niñito se empecinaba en recorrer un camino plagado de accidentes: muebles, zapatos, ceniceros.
El ingreso de Serafímer —bamboleante, ruidoso— me produjo una inesperada alegría. Vestía un conjunto celeste del cuello a los pies; sobre los hombros cargaba un pulóver. Su cabeza sonreía, incluso la barba gris y la bóveda de su calvicie. Sus manos goriloides se estiraron hacia adelante.
—¿Listo? —me rodeó con impresionante afecto.
—Sí.
—Entonces vamos. Rodolfo nos espera en el coche.
—Se refiere a... ¿Neuman?
—Sí, Rodolfo Neuman.
La calle era recorrida por la fragancia del aire marino. Distinguí a través de la ventanilla abierta del coche el perfil ascético del huidizo investigador. Serafímer abrió la puerta y me hizo sentar adelante. Enseguida procedió a presentarnos. Me di vuelta. Junto al profesor Neuman estaba su mujer, a quien un letrero de la calle bañaba alternativamente con luces verdes y moradas. El científico, enjuto y seco, embutido en una polera oscura, se comprimía en el rincón del asiento. Su mano enclenque transmitió cierta emotividad. Después volvió a retraerse mirando hacia afuera, como si le molestara el encierro o, más bien, la compañía impuesta por el encierro.
La animación del viaje fue asumida por Augusto, como era de esperar. Neuman miraba hacia la derecha, su mujer hacia la izquierda y yo hacia el frente, con los labios sellados.
La presencia del científico inspiró a Serafímer el tema de conversación: cuando tomé el té con Alexander Fleming...
Yo sentí un estremecimiento: primero el director de la Filarmónica de Londres, después Einstein, a continuación Ingmar Bergman y Norman Mailer y Salvador Dalí y Milton Friedman, y ahora Alexander Fleming... ¡este monstruo se ha cosido a cuanto sujeto importante camina por la tierra!
Los faroles se enhebraban junto al mar resonante; parecían la cadena química de un antibiótico. El auto torció hacia arriba internándose en una zona de residencias con vastos jardines.
Fleming lo había acompañado hasta la puerta de su casa —recordó Serafímer—, con obstinada caballerosidad de otro siglo, aunque la cercana muerte ya le disminuía las fuerzas. Su canosidad impresionaba —agregó—; era la figura típica del sabio, eh, del hombre que libró una batalla de tremenda significación; ahora compruebo que usted se le parece, mi querido Neuman.
El auto frenó ante una fachada morisca. Una parte de Fleming quedó lejos, en Europa, esperando la muerte, otra parte bajó del vehículo con Augusto Serafímer y abrió la puerta a la esposa del profesor ofreciéndole el brazo con “obstinada caballerosidad de otro siglo”. El biólogo apareció a mi lado y se detuvo a contemplar los dibujos de la verja de hierro. Con voz esforzada, llena de silbidos asmáticos, murmuró:
—Me complace conocerlo, realmente.
Me sorprendí. Era una declaración asombrosa. ¿Podía yo haberle interesado?
—Lo veo seguido por televisión —dijo ruborizándose.
—Usted es un científico que puede aparecer en la televisión cuantas veces se le antoje. Pero nadie la rechaza tanto. Yo lo hice invitar en muchas ocasiones y sólo obtuvimos su negativa.
—No soporto los reportajes. Discúlpeme, es su trabajo, pero yo no puedo hablar delante de una cámara.
—Es cuestión de hábito.
—Eso me dicen. Soy viejo para cambiar mis hábitos ahora. Vea: si tengo algo interesante que decir, lo escribo. Y si es un aporte científico, lo publico en una revista especializada: yo no lo puedo contar por televisión.
—¿Por qué mira mi programa, entonces?
—No lo podría precisar. Su talento para entender asuntos diversos, tal vez. Meterse en cualquier problema, qué sé yo; expresarse, alternar con tantas personas. Lo miro desde mi hogar cerrado con llave. Tal vez me gusta porque me produce cierto miedo.
—¿Miedo a la intemperie? —arriesgué.
—Sí, sí, eso... Y admiración por los que son capaces de enfrentarla.
En la puerta nos recibió Mónica, la esposa de Serafímer, ligeramente encorvada, con anteojos redondos y cabello recogido. Su recato contrastaba con la desmesura del cónyuge.
En el living —entre almohadones coloridos, mesitas bajas y macetones coronados de flores— nos esperaban dos parejas que se pusieron de pie con los rostros encendidos. Augusto Serafímer, tal como lo había sospechado, descolgó rimbombantes palabras sobre su “querido amigo Rodolfo Neuman”, a quien el país y la humanidad y nosotros mismos debemos tanto, y que me ha concedido el honor de venir a casa.
—Nos conocimos, ¿te acordás, Rodolfo?, a la salida de tu laboratorio, y nos volvimos a encontrar ¡tantas veces! Te considero un amigo bueno, puro; ¡te agradezco con alegría tenerte aquí! Y también agradezco a Grazzia, su esposa, consejera, musa, consuelo, ¡pedestal!
Grazzia sonreía. No era tan flaca como su marido, pero más seca. En resumen, una antigracia que, gracias a la circense presentación de Augusto Serafímer, lograba parecer algo agraciada. La amplia boca del anfitrión agitaba sus maíces como una orquesta que se desvive por arrancar aplausos a un auditorio idiota. Giró el peso de su artillería hacia mí canturreando la pesada obertura wagneriana que caracteriza mi audición La caída de los mitos y contó la “historia de nuestra cálida amistad” (no sólo amistad, sino cálida, puntualizó): embajada de México y Juan Rulfo, Cirilo Robirosa y la obesidad, el director de la Filarmónica de Londres, llamadas por teléfono, encuentros (especialmente el de la playa) y las compartidas emociones con la pintura (Dalí), el cine (Bergman), la economía (Friedman) y la literatura (Mailer).
—Ahora tenemos al gran hechicero de la pantalla chica en casa —enfatizó Serafímer—: nos cocinará sus mitos, eh, delante nuestro, y los servirá con su incomparable inteligencia. Gracias, mi amigo, por venir —alzó su mano en dirección a mi nuca pero me aparté suavemente—. Y ahora diré quiénes nos estaban aguardando.
Mónica se escurrió hacia un pasillo que seguramente conducía a la cocina. Augusto Serafímer invitó a sentarnos en los coloridos almohadones. Se acarició el tórax y señaló una de las parejas: arquitecto Raúl (no me acuerdo cuánto), responsable de los mejores edificios de Península Esmeralda —apoyó su mano sobre la espalda del melenudo personaje—, y su compañera Margarita, deliciosa y admirada experta en arte precolombino. A su lado —señaló fugazmente con el meñique—, Juan José (tampoco me acuerdo cuánto), sin duda el mejor poeta vivo de Colombia, y la encantadora doña Francisca, su madre —levantando la voz y el índice añadió—: cuyo hermano es actualmente el embajador ante nuestro país, ¡como todos saben! (yo no sabía).
Neuman se encogió. Asustado como un niño, le abrumaba la sonoridad de las celebridades. Arquitectura, poesía, diplomacia, ciencia, periodismo. Universos que comunicaban entre sí merced al ruidoso anfitrión. El biólogo cruzaba y descruzaba las piernas retorciéndose en su asiento. Lo animó el ingreso de luminosas bandejas llenas de manjares. Mónica, con la ayuda de una empleada, las fue acomodando a nuestros pies o, al menos, a nuestro alcance. Trabajaba con silenciosa eficiencia; era la colaboradora (¿abnegada o feliz?) de un marido que le llenaba el hogar de personas importantes.
Escogí un jugo, dispuesto a gustarlo calmosamente. La sala tenía nichos, vitrinas y anaqueles donde lucían objetos de diversos orígenes, entre los que alternaban muchas fotografías con dedicatorias. Me pareció reconocer (o a esa altura ya estaba obsesionado en buscarlas) fotos de Einstein, Fleming, Dalí, Bergman, Mailer y Friedman. Descubrí una del profesor Rodolfo Neuman mirando de frente, sin expresión. Entonces giré los ojos hacia el Neuman vivo, a mi izquierda, hundido en los almohadones y apretando una copa. Luego volví a mirar al inmovilizado de la foto, foto pobre que congelaba un instante y cuya dedicatoria al pie sobrevivirá al dedicante y al dedicado. Especialmente a Neuman, que tenía clavados sus ojos húmedos —lo único húmedo de su estampa deshidratada— en el movimiento de mandíbulas y galanterías que se agitaban a su alrededor. Me acerqué y el científico despertó de su abstracción. Era evidente que yo le resultaba menos espantable, como individuo, que la reunión colectiva.
Sus mejillas cuarteadas adquirieron una sutil vivacidad, pareciéndose cada vez menos al chupado sujeto de la foto, o al desdeñoso anacoreta. Volvió a confesar que yo y mi profesión le interesaban.
—Es una profesión maldita. No crea que resulta fácil meterse en honduras, profesor. Trabajamos la noticia, la coyuntura, las tempestades; periódicamente hacemos revisiones para explicar, interpretar. Y nos equivocamos, la mayoría de las veces nos equivocamos.
—También nosotros —comentó.
—Pero la suya es una tarea vertical, profesor, en cambio el periodismo es horizontal.
Levantó una ceja y me miró sorprendido, aunque se trataba de una observación de Perogrullo.
Los ruidos deglutieron la frase que él iba a pronunciar, después pareció satisfecho de no haberla dicho porque cambió de tema: buen muchacho este Augusto Serafímer, ¿no es cierto?
—¿Lo conoce bien?
—Y... lo que se dice bien —buscó una posición más cómoda—. Vea, no sé. Nos encontramos en algunas ocasiones, como explicó recién con tanto bombo. Es simpático, ¿verdad?, es generoso. Me parece un buen muchacho. Algo apabullante, ¿no? Pero agradable. ¿Cómo se enteró de que Grazzia me traería aquí, a Península Esmeralda? No sé; misterio. Me encontró en el hotel, es decir me buscó; nos llevó en su auto a recorrer los puntos turísticos. Sí, sí, muy atento, desprendido. Y me convenció de venir a su casa. ¡Cómo me iba a negar!, ¿no le parece? Aunque para mí es un esfuerzo, un desarreglo a mis normas de vida. Ah, y me dijo que vendría usted.
—¿Sí?
—Y que... que usted no me propondría un reportaje. Sólo charla, comodidad. Poca gente. Yo nunca me encuentro con gente, fuera de mis colaboradores.
Serafímer irrumpió con cazuelas. El profesor, azorado por la súbita presencia, miraba el interior del recipiente sin decidirse a recibirlo.
—Adelante, mi querido Rodolfo —lo animaba poniéndole el aromático vapor bajo las narices—, seguro que es bueno para las hormonas de la hipófisis ¡ja! ¡ja! ¡ja! —Neuman se contrajo en una sonrisa que apenas se diferenciaba de la mueca y, temiendo quemarse, recogió el obsequio con manos temblorosas. Después no supo con cuál sostenerlo y con cuál manejar la cuchara—. ¡Apoye! —propuso Serafímer colocando una gruesa palma como bandeja—; esta galantería me la enseñó Antonio Berni.
Bueno, me dije suspirando, ahí nos aterriza con una anécdota sobre Berni que, en efecto, surgió como a pedido. Bastaba apretar un botón y Serafímer escupía un vínculo impactante. Permaneció largo rato con nosotros, enrollado como un caracol tierno. Entre la cazuela y la cara de chico que ponía el profesor, desfilaron por lo menos seis personalidades con las que Serafímer se palmeó, tuteó, aconsejó, abrazó, confesó.
Este hombrón cariñoso era un continente donde cabían Berni, Friedman, Mailer, Einstein, Fleming, el general Lonardi, Salvador Dalí y monseñor Caggiano. Sus ojitos chispeantes restallaban al ritmo de su relato. Era un individuo de profesión incierta y méritos desconocidos, pero eso no impedía —más bien permitía— que se codeara con cuanto nombre célebre se pusiera a su alcance. Ansiaba el contacto: ver a alguien, estar con él, decirle cosas, invitarlo, obsequiarlo, meterse en su mundo a propósito de cualquier excusa o ranura. Pegársele. Con-tac-tar. Buscar a Friedman como un sabueso: en los Estados Unidos, en Europa, en Asia, en la calle, en su casa, en el hotel, mandarle un regalo, saltar sobre sus hombros si es preciso. Trabajar con intensidad hasta lograrlo. Y entonces retener algo de Friedman (la relación, una foto, una carta, una, dos o diez anécdotas), ostentarlo, y gracias a ese trozo de Friedman contactar con Mailer, que está a favor o en contra de Friedman o no le importa Friedman, pero que al menos sabe quién es Friedman, retener algo de Mailer, ostentarlo también y usarlo junto al de Friedman; ambos trozos le servirán entonces para conquistar nuevos objetivos. A Neuman le anunció que vendría yo y a mí que vendría Neuman. Al arquitecto Raúl y su deliciosa Margarita que vendríamos Neuman y yo, y al poeta colombiano Juan José y a su madre que vendríamos Neuman, yo, el arquitecto Raúl y su deliciosa Margarita. Que no se trata, por supuesto, de un arquitecto cualquiera, sino el más importante de Península Esmeralda, como que Margarita es experta en arte precolombino, Neuman, un científico de fama inconmovible y yo un buitre de la televisión nacional. Cada uno de nosotros es parte de Serafímer. Su importancia reside en la suma de nuestras importancias. Contactar con nosotros es convertirse él en nosotros (en lo que brilla de nosotros). Importancia por contacto. Gordo como un serafín, este Serafímer es en realidad un diablo. Se adhiere a la espalda, espía la privacidad, se convierte en figura frecuente, sorprendente y, por último, aceptada. Era obvio que a esta reunión atendida por su abnegada-feliz-eficiente Mónica precedieron y seguirán otras reuniones en que también circularán las mismas cazuelas y se expondrán las mismas fotografías autografiadas para que Augusto pueda seguir reclutando más personajes “interesantes” o “célebres” o “de moda”.
Se levantó para atender a Raúl y Margarita, luego charló con Juan José, a continuación galanteó a su madre, habló con Grazzia (la no agraciada mujer de Neuman) y finalmente armó una ronda en la que debíamos sentirnos muy saciados y contentos por la reunión, la comida y la compañía real y fantasmagórica contenida en Augusto, un ser que era tantos seres.
El auto se puso en marcha, camino de regreso. Neuman, en una punta del asiento posterior, yacía mareado por las emociones de la noche. Grazzia, en la otra punta, seguramente barruntaba conseguir que su marido aceptase salir más a menudo, incluso entrevistarse con el hermano de doña Francisca, que parecía ser un fascinante embajador. Yo aflojé mi cabeza sobre el respaldo diciéndome que este programa fuera de programa resultó aceptable, aunque no admitiría que se repitiese, por lo menos en los próximos días.
Dejamos a los Neuman en su hotel con falsas promesas de reencuentro (entre mis relaciones ya es norma social). El profesor se puso atrás de su esposa como un paje y subió lento la escalinata bordeada de flores.
Retornamos a la costanera. Las luces junto al mar seguían resplandeciendo como moléculas de un antibiótico. ¡Ah, Fleming!, se acordó Serafímer. El auto se deslizaba como una nave espacial. Entrecerró los ojos encantado por el incesante bramido del oleaje y las ráfagas salitrosas que se metían por la ventanilla.
Un estampido me hizo saltar del asiento. Los neumáticos empezaron a chirriar y el automóvil giró con violencia, descontrolado. Manoteé en el aire mientras Serafímer, con desesperación, intentaba sujetar el volante enloquecido.
El espacio se fragmentó: huían brillos y círculos superpuestos. Me sentí deglutido por las esquirlas y me invadió la sensación de muerte. Rodé sin poder prenderme a nada. Desaparecieron el auto y Augusto Serafímer; cesó el chirrido y sentí un golpe en mi espalda. La arena me fue envolviendo como a un paquete. Zumbaban mis oídos y no podía mover una mano. Sacudí la cabeza, encogí las piernas y logré, tras varias intentonas lancinantes, ponerme de pie.
El vértigo disminuía por ratos. La casualidad me ayudó a volver junto a un farol de la cadena antibiótica; estaba pisando el pavimento de la avenida costanera. Ahí yacía el auto, encogido, achicharrado. El farol se doblaba. Rengueé, sumido en la ofuscación. Me apoyé en la carrocería abollada y fui deslizándome hacia la puerta izquierda. Augusto, aprisionado entre el asiento y el volante, respiraba con dificultad. Levantó sus párpados, murmuró sáqueme. Cargué uno de sus brazos, le rodeé la gruesa cintura y tironeé dos o tres veces. No se movió ni un centímetro. Pero había aumentado su dolor. Miré hacia la avenida desierta rogando auxilio. Me brotó el sudor de la impotencia. Por la barbita gris de Serafímer se estiraba un hilo rojo.
—No es grave —le dije—, se lastimó la lengua.
—Sí... la lengua —y sus ojitos simiescos comprendían mejor que yo lo inútil de mi afán.
Con voz seca murmuró qué accidente idiota... y con un Ford... ¡si fuera Henry Ford III! Le brotaron lágrimas: a Ford no lo pude contactar; pero estuve cerca, ¿sabe?, muy cerca... pero no pude... ¡qué compensación infame!: en lugar de abrazarme con él, ser abrazado por uno de sus autos.
Sentí náuseas. Supuse que me iba a desmayar. Repetí mi loco intento de liberarlo. Mis agónicas fuerzas también me abandonaban. Otra vez se fragmentaba el mundo.
—No debo morir así —continuó rezongando Serafímer.
—No hable, no se canse —dije. Sus ojitos lloraban, era un gigante vencido que rezumaba el jugo de sueños frustrados.
—Cómo voy a morir sin... sin... no, no debo morir; ¿sabe cómo proyectaba... terminar mi vida? —inspiró entrecortadamente—: con una fiesta, para despedirme... con una gran fiesta en el estadio de River... invitando a todos mis amigos del mundo entero.
Me desplomé junto a su pierna colgante. Alcancé a ver su mano que buscaba alcanzarme, pero que seguía lejos, lejos. Continuó hablando. Lenta, ronca, lastimeramente. Algunas frases perforaron la malla de mis sentidos contusos. Augusto Serafímer se aferraba al universo con desesperación. Mezclaba ciudades, institutos, teatros, hoteles. Y decía nombres. Muchos nombres. Una rueda fantástica de nombres que giraba en mi cabeza tras nubes de acuarela. Lo visitaban sus amigos: me impresionaron los bigotes de Dalí llenando el mundo y la melena de Mailer absorbiendo el mar. Sobrevinieron entonces los petardos de la pelirroja que insistía en un menú de operaciones inmobiliarias para pagar la nueva tarifa del peluquero; me dolía el abdomen como a Bergman en la playa de Ostende. ¿No fue así? El pobre Rodolfo Neuman sollozaba por el bueno de Augusto y porque tampoco nosotros, los científicos, nos retractamos bastante, qué horror. Venga, desagraviaremos a la obesidad con liebres a la francesa —decía Serafímer con paradójico entusiasmo—. ¿Conoce al director de la Filarmónica de Londres? Este es Raúl, que concibió los mejores edificios de Península Esmeralda, porque vea, hay periodistas y periodistas y usted muestra unas agallas que hacen subir el corazón a las amígdalas. Las amígdalas duelen. Estrangulan. Sacuden. Las sacudidas de ambulancia y los colores pálidos de las nubes que se incendian con los reflectores de los pasillos, o del quirófano.
En mi confusión percibí tramos de la penosa lucha librada por Augusto Serafímer. Eran flashes, para colmo deformados. Y en cada flash aumentaba mi tristeza, mezcla de rabia y desaliento. Su barbita se iba aplastando y sus manazas acariciadoras se convertían en guiñapos. De su boca dicharachera se escapaban las celebridades obtenidas con tanto sacrificio. Escapaban como pájaros. Y entonces su enorme cuerpo se abreviaba. Se desinflaba. Los trozos que incorporó a lo largo de una vida dedicada a contactar gente, se desparramaban por el cielo. Quedaba convertido en una piel vacía. Sin contactos no tenía más importancia. Sin contactos era nadie.
Sus ojitos, empero, continuaban brillando con esperanza en “los amigos”. Con la esperanza de poder convocarlos a todos en el monumental estadio y explicarles que se moría, pero antes los estrechaba en un abrazo muy fuerte y cariñoso y les tocaba la nuca con su mano paternal. Con la esperanza tenaz de relacionarse todavía con Henry Ford III, aunque sea para desagraviarse del estúpido accidente.
Esto no fue ocurrencia mía, ni siquiera soñada. Lo dijo cuando me desplomé sobre el asfalto, bajo su pierna colgante. Y lo dijo de nuevo quince días más tarde, cuando desde su armadura de yeso ordenó a su abnegada-feliz-eficiente Mónica que reservase pasajes para los Estados Unidos y gestionase un encuentro —donde fuera y como fuera— con Henry Ford. Su risotada amarilla —aún quejumbrosa— recuperó todos los pájaros y el enorme cuerpo se volvió a llenar de nombres célebres.
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