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marcos aguinis

josecito el memorioso (es)

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Josecito recuerda los primeros, inverosímiles años. Su boca desdentada repite las heroicas peripecias que ya parecen de otro mundo.
Había desembarcado en Buenos Aires con forúnculos en el corazón, como todo inmigrante. Arrastraba a su familia; harapo de familia, guiñapo de mujer, hijas atontadas. El Atlántico le hizo vomitar comidas y recuerdos, mezclar males viejos con males nuevos, reconstruir el pozo donde lo habían aplastado tacos de adolescentes divertidos. Llegó a Buenos Aires sin idioma y sin dinero. Maldijo al mundo; también a su mujer encogida, a los consejeros ausentes. Golpeó por nada a sus hijas, tres hijas de ocho, diez y once años, pequeñas y hambrientas como la madre. Salió a buscar comida. La consiguió a veces, otras sólo desprecio. Metió su cabeza llena de gigantescas verrugas (melón con meloncitos adheridos) en cualquier rendija. Oyó que había trabajo en el campo, en colonias de inmigrantes. Eso, muy bien, allí quería ir.
¿Cómo se llama usted? No entendía, que alguien traduzca, lo tradujo un suizo. Necesito trabajar, cualquier trabajo, repitió. Lo acompañaron, sacó a su mujer y a sus hijas del hueco que habían cavado con las uñas, como perras. Eran bultos. En las colonias faltan brazos, sobra comida, aseguró entonces a sus mujeres, mujeres ya como terrones de arcilla. El suizo los llevó a una fonda. Después se durmieron: el sueño era lo único dulce, un bajel que se desliza por un espejo.
Los despertó el bamboleo catastrófico de la carreta. Más tarde subieron a un tren. Por la ventanilla corrieron los postes y se desgarró la ciudad en casas sueltas; apareció un campo muy verde. El tren pitaba, resoplaba, lanzaba el aire que acumulaba en sus bronquios llenos de hollín, y sus cascos repicaban monótonamente bajo el largo vientre. El campo punteado por cambiantes grupos de vacas modificó su color hacia la tarde y se hundió en la oscuridad. Durante la noche los cascos siguieron galopando, adormilando. La cabeza de Josecito retornó a las viejas pesadillas, los pinchazos, los calambres, las quemaduras, los incendios de las hordas, la abrigadita frazada que había tenido por unos meses cuando era niño.
—Desde que embarcamos no tuvimos más frazadas —se quejaría más adelante—: el mar nos extravió en el tiempo, todos los días empezaron a ser idénticos de crueles.
Cuando el sol despegó sus párpados el suizo ya había cortado anchas rebanadas de pan. Las hijas mordieron con furia, como ratas. Tuvo que sacar de su bolsa otro pan. Y otro. El campo se había emblanquecido, rebotaba la luz. De los pastos emergían filosas agujas. Ya no existían árboles. Era un mar de cal atravesado únicamente por el tren rugidor. Hacia el mediodía disminuyó el galope, después frenó con empeño. El suizo dijo es aquí y empezó a descargar. Saltaron. El estribo del tren se había elevado, todo el tren había aumentado de volumen. Y resoplaba cansancio; lanzó una bocanada de chispas, resbaló sobre los rieles. Se apartaron asustados, mientras el largo convoy reiniciaba su marcha con torpeza, adquiría velocidad y viboreaba entre los pastos espinosos achicándose a lo lejos. Lo último en desaparecer fue la cinta de humo y Josecito sintió la profundidad del campo como un estrangulamiento. Los llevaron en carreta hasta la colonia donde se sudaba esperanza y frustración.
Volvió a sentir la misma intensa soledad dos años después, casi por la misma época: el campo estaba erecto de agujas y el sol ardía con fuego seco. Josecito sujetaba las riendas pegajosas y el caballo envuelto en espuma arrastraba el carro robado donde se encogían su mujer y la única hija que ahora le quedaba. Huían de la colonia en la que habían volcado tantas ilusiones. La plancha de tierra era infinita y el cielo transparente como un vidrio. Sospechaba que nunca terminaría de atravesar el campo desértico. El carro renqueaba, sus ruedas no eran redondas o el eje estaba partido; qué importaba; equivalía a un bote rajado en medio del mar. En algún momento se irían a pique él, su mujer, su hija, el caballo sediento; se hundirían durante horas en el abismo. Y terminaría por fin su dolor. Quizás encontraría entonces a las otras dos hijas, las menores, muertas hace poco por disentería, en la colonia, secas como hojas de invierno.
Su trabajo en la famosa colonia que le había recomendado el suizo entraba ya en el cascote de recuerdos. La mancera del arado había trepidado en sus puños como un caballo bravío, los terrones húmedos brincaron del surco recién abierto y le golpearon sus piernas como pájaros felices, es cierto. Pero ya era pasado, un pasado demasiado breve. Su mujer volvió a tener harina para amasar. Es decir, al comienzo se la prestaron los suizos. Todo era prestado: la choza, la tierra, el arado, la harina, los cueros donde dormir, la semilla para sembrar, las ramas y el estiércol para hacer fuego. Deberás pagarlos, con el tiempo serán tuyos, le prometieron. Aprendió rápido, el hambre enseña rápido. Después se instaló la disentería en dos de sus ratitas. Las atendió una curandera, la que recomendaron en la colonia. Les hizo tragar sangre, corazones calientes de vaca, enterró amuletos, mezcló verduras, espantó humaredas. Sus hijas se fueron marchitando como pasas. Y todo terminó con más dolor que al principio: Josecito debió cavar tumbas como las había cavado en su aldea después de cada ataque de los bandoleros; esto lo sabía mejor que los suizos; había enterrado a sus padres y a un hermano con las cabezas destrozadas por los tacos divertidos. Ahora enterraba dos hijas y sólo le quedaba una, como dijimos.
El verdor del campo que había gozado desde el tren y que luego hizo germinar con sus manos duró un instante. La esperanza en la colonia duró un instante. Después todo se transformó en algo tan misterioso como la cinta que había dejado el tren cuando huyó en los pajonales.
—De esa imagen no me olvidaré nunca.
La nueva y siniestra cinta ondulaba contra el cielo duro y produjo el silencio más atroz que recuerda mi cabeza, cuenta Josecito. Los insectos callaron. Los pájaros se convirtieron en madera. La cinta no era esta vez de vapor ni de humo, sino de bandoleros en legiones infinitas que bajaban de las alturas para arrasar lo que se resistiera a su paso. Los suizos cambiaron de color y su atónita mirada quedó adherida a las nuevas cintas que se iban agregando, que se ensanchaban, flameaban, cubrían el firmamento de la colonia como una inconmensurable sábana gris. ¿Tormenta? ¿Nubarrones de granizo? El sol se fue convirtiendo en un queso rallado.
Josecito recuerda todo. Los animales hicieron crujir los corrales. Se filtró un llanto y enseguida varios, muchos, en la enorme campana de expectación. Arriba se incrementaba el ruido enigmático. De súbito los hombres recuperaron el movimiento, se llevaron las manos a la cabeza, empezaron a correr, a gritar, a dar órdenes. Alguien quiso sostener la cordura, pero estaba loco: langostas —gritó—, son langostas, no se preocupen, bicho inocente. Lo miraron. Brotaron sonrisas que eran muecas. También risas espantadas. Josecito recuerda ahora y recordaba entonces, mientras sujetaba las riendas pegajosas del espumoso caballo durante la huida infernal. El cielo se había convertido en una ola que llenaba las alturas como agua sucia, espesa y revuelta, recordaba. Giraba en remolinos concéntricos y rápidamente cambiantes. La ola se fragmentaba en hélices amarillo-verdosas que cortaban el aire, zumbaban, se dilataban. Josecito recuerda que el mundo daba vueltas, el océano de insectos arriba, rugiendo, abriendo fauces y aplicando dentelladas. Las gotas grasientas se acercaron enseguida a la tierra. Hurgaron los cabellos, las orejas, la nariz. Tomaron posesión como una armada invasora. Los suizos cerraron las ventanas con estrépito, guardaron gallinas y caballos, taparon los pozos. Las planchas de langostas se prendieron a los cultivos y los masticaron. Josecito aplastó los pies excitados contra los bichos voraces y los hacía estallar; pero de su grasa nacían otros más voraces, que se enredaban en sus piernas, brazos y cuello. Hombres y mujeres corrían por el campo en una maniática danza de asco y furia: zapateaban, se contorsionaban, destruían vientres ahítos, se embarraban de pulpa verde. Otros agitaban sábanas para ahuyentarlos, pero las sábanas se llenaban de sierras que rápidamente trizaban el tejido. Un suizo vació latas de querosén y salió al patio golpeándolas como tambor salvaje. Sin embargo, el ruido no las espantaba: las atraía, y las sucesivas mangas se fueron pegando a los árboles y a las puertas, multiplicándose siempre. Cada hoja, brote, tallo y rama fue perforado, degollado, pulverizado. La langosta rasuraba matas, arbustos, hortalizas, pastos, frutas. Y también agredía el techo de los ranchos, la madera de los postes, incluso los alambrados y las cubiertas de cinc. Las copas de los árboles se descarnaron y algunas ramas cayeron bajo el sórdido peso. La horda bramó sin cesar durante la noche y el día siguiente. Josecito cayó agotado, con restos de langosta en las encías. Los insectos ya estaban apilados en los marcos de las ventanas, en los tazones y en la despensa; daban saltitos eléctricos sobre las lámparas y bajo las camas. Y perforaban la tierra: prolijos tubos donde hundían su vientre hinchado para depositar cientos de huevos que en cuarenta días se transformarían en una plaga renovada, más feroz, más hambrienta.
Los campos de la colonia eran ya la piel de un leproso. Josecito desconoció la tierra que había roturado, sembrado, visto germinar durante dos años. Ahora ya no había nada de cosecha, nada para pagar. Se decía que en otros sitios. Que el país era enorme. Josecito vio un carro a la deriva con campesinos dolientes. Buscaban otro campo u otro mundo. Como bote en el mar. Eterno naufragio. Creyó que era una alucinación. Que no le pasaría a él, porque lo ayudaban y protegían. Vio otro carro. Hizo la cuenta en su cerebro contusionado de tragedia. Si, le contestaron, eran muchas familias las que deambulaban por las pampas y el litoral, hambrientas y sin objetivo, en carros tristes llenos de desvencijados muebles. Con caballos exánimes. No le pasará a él, se repetía contemplando el panorama desolador, los huertos calvos, el gris infinito, el sol seco; y movía las riendas húmedas con el sudor de su mano para que la bestia no se detuviera porque a lo lejos estaba el horizonte y detrás se escondían más oleadas de agujas o la ansiada muerte. Su mujer esmirriada y vieja, su hija más flaca y silenciosa, hundidas entre los fardos que pudo robar durante su partida nocturna a los que al principio lo ayudaron y después lo quisieron explotar y finalmente decidieron echarlo como si hubiera sido el culpable de la plaga.
Los campos tenían dueño, un dueño poderoso. Había recibido esas planicies, de horizonte a horizonte, directamente de las manos de Dios. Y las vendía en infinitas cuotas a los colonos. Los colonos tenían que cumplir con los pagos y otras enredadas obligaciones que les hicieron firmar, que yo mismo firmé al suizo que me había encontrado en Buenos Aires y traído a la colonia porque era el representante de ese dueño, ¡maldito sea! La langosta fue la última de las plagas que conocí yo, pero no la primera que conocieron quienes me habían precedido en la explotación o la estafa. Algunos se sublevaron y el representante los acalló con tres amenazas, pero cinco hombres decidieron arriesgarse hasta la capital de la provincia, una ciudad grande y complicada, donde efectuarían reclamaciones ante el gobierno. Locuras. No llegaron ni a la capital, tampoco regresaron. El representante del dueño trajo a un comisario con tropas blandiendo sables. Dirigió el allanamiento, invadió los ranchos de los prófugos, incautó los cueros y la alfalfa que servían de lecho, las pocas ropas que encontró, las ollas y los cuchillos, sacó a las mujeres tironeando sus crenchas, pateó a los niños y a todos metió en carros, expulsándolos de la colonia. También a mí, el más indeseable, el que habría estimulado la revuelta.
Navegué por dos mares, cuenta Josecito. El primero, de aguas saladas; el segundo, de pastos polvorientos. En el primero me arrastró un vapor, en el segundo un caballo. En ambos casos llegué a Buenos Aires, los dos mares me trajeron aquí. ¿Por qué razón? Para dar paz a mi familia, si familia podía llamarse a las costras que me acompañaban.
Mi mujer murió en el mar de pasto polvoriento; quedó rígida mirando el sol. Le pellizqué las mejillas, levanté su mano inerte. Mi hija me ayudó, la envolvimos en una bolsa. Vinieron buitres. Cavé el foso, quizás el vigésimo, no sé. Era el fondo del mar de pasto. En Europa, años antes, los buitres habían picoteado el cadáver de mi padre asesinado por los bandoleros alegres. Mi hermano, cerca, sangraba, y por la oreja le salían grumos de cerebro. Los sobrevivientes corrían para apagar incendios, socorrer heridos y enterrar muertos. Pero no a mi padre caído lejos, cuando huía hacia los trigales. Una sombrilla de buitres descendió para consumar la masacre. Se hundieron en su piel, que destrozaron golosos; vaciaron los ojos y el vientre llevándose una cinta interminable de intestinos. Corrí con la azada haciendo círculos, golpeando a los pajarracos asquerosos, sintiendo la resistencia de sus cuerpos engordados, las plumas que se adherían a mi boca, el ruido atroz de graznidos. Tenía que acabar con ellos antes de que regresaran multiplicados, más hambrientos aún. Era urgente meter bajo tierra, rapar la carne mordida, cubrir con la tierra sagrada, impermeable. La coraza de los muertos. De mi padre allí, de mi mujer acá.
Allí quedó, pues, mi guiñapo de esposa. Mi hija sobreviviente, trasto de hija, miró la pala sucia de tierra: alguno la usará nuevamente como sepulturero del otro, dije con convicción. La ayudé a trepar. Y pronto yo enfermé sobre el carro. El sol, el polvo, la sed. Rayos de canícula, aire quieto. La piel se derretía en ampollas. No aparecían árboles donde interrumpir la igualdad insufrible del pasto abrasador. El horizonte era una línea de fuego. A veces, en el resplandor, aparecía una choza sombreada por follaje. O una manada de ovejas. O un grupo de jinetes que acudían a socorrernos. Después la línea refulgente se limpiaba.
Mi hija gritó al ver un manchón negro. Ya lo había visto otras veces, en las alucinaciones. Pero después de un día o dos aparecieron árboles. Y se humedeció el aire. Los pájaros manifestaban algarabía. Un enramado. Sombras. Flores. Llegábamos al río Paraná.
Josecito cuenta que era un río inmenso, con pajonales que invaden sus costas y se mezclan con sauces de color verde claro. Vieron canoas desplazándose entre pedazos de islas que las aguas cortaban y arrastraban. Le gritaron a un tripulante de canoa cuya cabeza era un ovillo de pelos y que sólo vestía un barroso chiripá. Con señas ofrecieron el carro, el caballo, la pala. Tardaron mucho en hacerse comprender y el navegante tardó mucho en largar una risotada que espantó a un grupo de garzas. Aseguró la canoa, se rascó furiosamente la cabeza, examinó las patas y dentadura del caballo, las ruedas y el eje del vehículo, la calidad de la pala, trepó al carro y se fue, abandonándolos patitiesos.
Josecito y su hija se derrumbaron cerca de la canoa. Contemplaron los extraños camalotes florecidos de sangre que se movían lentamente sobre la fluorescencia del agua. Hacia la tarde (sólo les quedaban la canoa y el río enmarañado de algas) se abrió el pajonal y la mole negra del marino emergió empuñando un cuchillo y un conjunto exangüe de gallinetas. Las arrojó a los pies de Josecito, prendió fuego y asó las aves. Picos, trompas y mandíbulas se concentraron alrededor de la pequeña fogata: gruñían, silbaban, croaban, mientras el río caudaloso rodaba sus olas. Comieron hasta pelar los huesos del inesperado manjar. Al alba embarcaron y durante muchos días Josecito y su hija vivieron borrachos de insólita magnificencia. Navegaron en paz: fue un intervalo a sus penurias. Jesús se llamaba el hombre; hablaba poco, hacía todo. En una bolsita guardaba el dinero que le produjo la venta del carro y el caballo. Finalmente atracó en un puerto enorme y les indicó que subieran a una embarcación de carga; impartió instrucciones a dos marineros mientras les entregaba varios billetes. Como despedida, los miró un rato. Después hundió el remo, vigorosamente, y se alejó río arriba hacía su guarida en los pajonales.
En Buenos Aires Josecito y su hija buscaron trabajo, cada uno por su cuenta y riesgo. Otra vez el hambre. Josecito reconoció calles y casas de años atrás, cuando su familia constaba de cinco personas. Durmieron en bancos de plaza. Cada uno aportaba lo recogido en cajones de basura de verdulerías, robados a la disparada. Extendían el maloliente botín y recuperaban algo de vida. Se relataban las peripecias: me corrió un comerciante a lo largo de seis cuadras hasta que chocó de nariz contra un poste desplomándose con estornudos de sangre; y yo competí con un perro en un basural, y lo espanté a ladrillazos.
Todo era mugre. Y la risa brotaba de la mugre, una sola, universal y pegajosa sustancia. Que ligaba incluso a Jesús, el del bote, lo mejor que encontraron en el periplo.
Josecito, navegante de mares y un río, padeció otras desgracias. No las vamos a contar aquí: serían demasiado oprimentes. Lo notable, casi como el insólito fin de un cuento de hadas, es que este hombre tan castigado hizo fortuna. Pero sigue contando las desgracias.
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