la felalí (es)
Julio Rav hace una evaluación regocijante: la Felalí (Federación Latinoamericana de Ligas) lo ha contratado como asistente del director ejecutivo; este trabajo lo ayudará a resolver su conflicto vocacional, además de brindarle beneficios inmediatos. Antes lo había atraído la electrónica, pero últimamente lo galvanizaban las ciencias políticas. Julio Rav ha cumplido veinte años y necesita acabar con las anacrónicas dudas. La Felalí parece —anhela convencerse a sí mismo— un instrumento providencial para su futuro.
Como es de público conocimiento, esta organización funciona en el noveno piso del edificio Everest —rascacielos blanco que mira al Río de la Plata y quiere ser reconocido como la cumbre más alta del mundo sin tener forma de cumbre ni ser la más alta siquiera de Buenos Aires—. Es rama de la Comulí (Confederación Mundial de Ligas con sede en Viena y status de organización no gubernamental de las Naciones Unidas). En la recepción de la Felalí la cara joven y los pechos florecidos de María Claudia atienden al público tras un escritorio francés. Suministra información oral y abundantes folletos para los curiosos que se aventuran hasta su mórbida figura. La rodea una fiesta de posters azules, negros, plateados, que representan a numerosas ligas: de empresarios, fútbol amateur, niños abandonados, defensa del consumidor, nudistas, amigos del arte snob, refugiados, ciclistas, astrólogos, lectores de Vargas Vila, forestadores voluntarios, ex linyeras, obesos, defensores del tango, abuelos juveniles. Ligas pequeñas y grandes, provinciales, nacionales y mundiales. Deporte, profesiones, autodefensa, caridad. Alegre montón en democrática mezcla. María Claudia parafrasea a Marx: “ligas del universo: ¡uníos!”.
Julio Rav saluda al doctor Carvallo (el viejo, astuto y agrio director ejecutivo), quien lo apabulla con sus lecciones sobre la Felalí y la Comulí (cree que lo apabulla para bien).
—La Comulí es la entidad madre con sede en Viena y gravitación en las Naciones Unidas; no olvide jamás que la Comulí se compone de cinco ramas —abre grandes los dedos—, una por continente, y la Felalí es una de ellas. Comulí y Felalí suenan parecido, pero no son idénticas: la Felalí, donde usted trabaja, está contenida en la Comulí, ¿entiende?
El doctor Carvallo gira en su trono de color almendra, acaricia el cilindro gris que forman sus bigotes (lo único blando de su persona) y sigue regodeándose en martillar al receptivo Julio Rav, todo ojos y todo oídos, que la Comulí es una “organización techo”, como se dice en la jerga norteamericana, aunque se quiere evitar este calificativo —guiña el ojo derecho— por norteamericano, precisamente. Sepa, mi joven Julio, que existen presiones para trasladar la sede de la Comulí a Nueva York. Si le resulta complicado advertir la causa de tamaña iniciativa —añade cínicamente—, vaya sabiendo que el mayor aporte económico lo cubren las ligas norteamericanas. ¡Pero la Comulí no es una confederación norteamericana sino mundial! —grita salpicando las pestañas de Julio—; si a las concesiones económicas se añadieran las de residencia, entonces perderíamos el equilibrio. (Julio no entiende por qué llama concesiones a los aportes y por qué grita, pero lo reconforta darse cuenta de que se trata de un hombre franco y honorable. Piensa: “has hecho bien en aceptar el puesto de una institución como ésta”.)
Carvallo se brinda un intervalo didáctico y abandona el bigote para rascarse la calva. Sus ojos marrones, hirientes, escudriñan a Julio Rav: muchacho alto y desgarbado, incómodo dentro de su piel, ansioso, se come las uñas y sujeta su rebeldía como a un potro; es decir, en cualquier momento no la sujetará más. Esa rebeldía busca canalizarse, expandirse, dañar y reparar, todo junto. “Yo te pondré entre buenos muros —piensa Carvallo— y te enseñaré a manejar tus ímpetus en forma dosificada.”
—Métase en el centro del cerebro los principales mecanismos de la Comulí y de nuestra importantísima rama, la Felalí —ruge de nuevo, atrapándolo con la voz y la mirada—. Ellas y usted deben ser uno, ¿entiende? También me gusta que pregunte, que lea e investigue. Si alguien duda, usted no debe dudar, ¿de acuerdo? Veamos —se acomoda en el sillón—: ¿cada cuánto se realizan las Convenciones mundiales de la Comulí? es una pregunta que yo le hago ahora, Julio Rav, y que se la pueden formular otros. Pero, ¡no me conteste! ¿Lo sabe?, ah, qué bien, ¡perfecto! ¿Y cada cuánto debo yo concurrir a Viena en calidad de director ejecutivo de la Felalí? ¿Lo sabe? ¡Muy bien! ¡Fenómeno! Pero ¡ojo!, nuestra querida Felalí no funciona de la misma manera que la Comulí. ¿Por qué no? ¡Porque somos latinoamericanos! Y ahora le explico a qué viene esto; escuche bien. Las reuniones de nuestro ejecutivo se concretan por lo general cada tres meses, las grandiosas Asambleas de Representantes cada tres años (ya está encima la próxima, que será inolvidable y tremenda, lo verá) y las Convenciones mundiales cada seis años. Pero para renovar al presidente —espía ambos costados y baja el volumen de la voz— las convocatorias tardan más, todo el tiempo que el presidente en ejercicio maniobre para así alargar un cachito su mandato... —sonríe maligno—. ¡Esto es América latina!, ¿ve?
Julio se siente confundido ante semejante conclusión, ahora su conciencia le susurra: “has hecho mal en aceptar el puesto” y le brilla la frente.
El anciano y vigoroso director ejecutivo recupera la gravedad del porte. Enfatiza: —El acontecimiento fundamental, rector, mayor, no me cansaré de repetirlo, es la Asamblea de Representantes. Especialmente la próxima. —Su inflado bigote se eleva con autoridad mientras el perplejo asistente se desespera por no extraviarse bajo la catarata de informaciones importantes y de las tontas (mezcladas como los afiches).
—¿Entiende?
—Sí.
—Ahora se realizará la trigésima Asamblea de Representantes. Acuérdese: trigésima. Y de Representantes. Es decir, vendrá un delegado de la federación de ligas de cada país latinoamericano, uno por país; ¿está claro? Será una Asamblea revolucionaria porque cambiará al mundo; usted mismo, Julio, cambiará —modifica su mirada y su tono se vuelve tierno—: No se sienta molesto por mis insistencias; soy reiterativo. Pero es preferible que yo sea reiterativo a que usted cometa errores. No quiero errores en nuestra institución, ¿de acuerdo?
—Sí —reiteración, claridad, intoxicación por reiteración, muchos delegados, uno por país, Julio Rav mira círculos delicuescentes. Ha subido al edificio Everest, atravesó la alegre recepción llena de posters y admiró con tímido apuro las tetas de María Claudia, presentó currículum, respondió a un sutil cuestionario (¿examen?, ¿investigación policial?). Ahora está contratado, seguro y feliz (¿seguro?, ¿feliz?). No sólo se llama Julio Rav, ha cumplido veinte años, sufrió humillaciones en el colegio y tiene demasiada sensibilidad por las injusticias, sino que acaba de incluir en su portadocumentos la credencial plastificada de una organización como la Felalí, que lo asciende, casi, a rango diplomático. Lo bueno y lo malo empiezan a andar juntos, pero como el agua y el aceite. La credencial emite tonalidades verdosas, produce un sonido limpio cuando se le pellizca el borde y se desliza lubricadamente en cualquier bolsillo, concentra un poder que no debiera malgastar. Julio sospecha que a sus pies nace la escalera de incesantes progresos y compensaciones: inminente roce con personalidades del país, el continente, el mundo, acceso a información reservadísima, contacto con los motores de la prensa, viajes, gravitación en el curso de los acontecimientos mundiales.
La ambición por ganar buen dinero y convertirse en una persona importante choca con el miedo de haberse comprometido con una organización poco transparente. Las dudas forman un cóctel que se arremolina por sus venas. El doctor Carvallo, por ejemplo, viaja seguido a cada país del continente, a la central de Viena, a las reuniones de las organizaciones no gubernamentales en Nueva York o Ginebra. Exige con voz de león a la agencia que atiende sus desplazamientos que le obsequie pasajes de primera clase por el precio de segunda (alguna ventajita tiene derecho a recibir por haberle conferido la exclusividad). Y le asegura a Julio que también podrá viajar —más adelante, más adelante— cuando acumule méritos: asistirá a ceremonias oficiales, académicas, empresariales, fastos deportivos y artísticos, con traje de calle o smoking.
Los viajes son necesarios y agotadores —sigue matracando Carvallo— y dice que se somete a sus exigencias por responsabilidad, aunque de buena gana enchufaría el “honor” a otro.
Julio es recorrido por una suave electricidad que le eriza el vello y vuelve a cuestionar su ingreso en la Felalí. ¿Lo hizo para satisfacer sus oscuras ansias de notoriedad, por una repelente codicia, para formalizar alianza con los poderosos que mal gobiernan el mundo? ¿Se desespera por el smoking y las recepciones? ¿Por los viajes gratis y los reportajes huecos?
La Felalí es una entidad de nobles fines —se tranquiliza cada vez que entra en el edificio y lo sorprenden los pechos de María Claudia en medio de los afiches fulgurantes—. Contribuye a la promoción humana, canaliza el anhelo de multitudes; por eso aceptó ingresar. Pero ha dudado. Sigue dudando. ¿Sospecha de su poder, de su ética? (¿sospecha del poder y la ética de él mismo?). Julio concurre con puntualidad y se aplica al trabajo. Comenta a sus amigos el progreso de su aprendizaje. Se habitúa a las tentadoras tetas, los afiches, las reiteraciones del doctor Carvallo (sus bigotes a lo Nietzsche, voz rasposa, vehemencia inútil). Sueña con María Claudia y en el sueño camina por el campo en medio de un tumulto de luces, le rodea los hombros y le dice frases dulces. En otro sueño se burla de Carvallo, y María Claudia empieza a reír desenfrenadamente; va rompiendo los afiches que se descuelgan de las nubes y esto resulta muy cómico.
Se realiza una conferencia de prensa con motivo de la próxima Asamblea de Representantes. Julio tiene curiosidad y temor, muerde sus uñas maltratadas, piensa confiarle sus sentimientos al rostro cada vez más hermoso de María Claudia. Pero ella no es la misma del sueño porque no oye sus frases dulces, sino que dice como una autómata: la Asamblea de Representantes es inminente. Julio se siente confundido, con algo de vergüenza y algo de bronca. Se rasca los pelos rebeldes —para hacer algo, para justificar su ridícula pose de edecán sin uniforme junto al trono de color almendra— y escucha por infinitésima vez: vendrán delegados de todo el continente; se pasará revista a los problemas que urgen desde el Río Grande a Tierra del Fuego, se escucharán informes y evaluaciones audaces, se impartirán directivas. Recuerden, señores periodistas: la sabia estructura de la Felalí comprende grupos operativos y de estudio en las principales ciudades de América latina; a lo largo de todo el año —el bigote del doctor Carvallo se eleva, se eleva— estos grupos trabajan por el bienestar de las ligas y sus multitudes afiliadas. Dice ligas, multitudes, organización y cada palabra tiene la fuerza de un cañonazo, bienestar, continental, mundial, otra vez ligas y otra vez multitudes. No escapará a vuestra agudeza, queridos periodistas, que el conjunto de despachos que produce la Comisión de Resoluciones conforma un candente material que empuja a osados avances (no aclara qué avances). No importa. La conferencia de prensa es un éxito redondo.
Los periodistas controlan sus grabadores, enceguecen con sus flashes y después saborean los canapés que acompañan los tragos de rigor: señalan el fin de la parte oficial y el permiso de charlar cómodamente con quien se tenga ganas. Julio se acerca a María Claudia pero ella y sus pechos soberbios son devorados por la jauría. Julio queda solo, como un miserable meteorito en la galaxia.
Carvallo alterna con los huéspedes, cuenta chistes y prodiga simpatía en el mejor estilo de los cócteles; respeta la norma —que enseñó a Julio— de no apabullar a nadie con la esperanza de obtener un fruto: los cócteles sirven para el contacto; quien intenta más, fracasa y revela deplorable oficio. Para apabullar sirven las otras ocasiones (y Julio evoca las plúmbeas directivas que le ha impartido desde su trono, y reconoce que todavía no le sirven).
Se supone que una conferencia de prensa da lugar a importantes notas en diarios y revistas. Al día siguiente Carvallo desparrama sobre su monumental escritorio las últimas ediciones y lee la reproducción de sus palabras. Mordisquea un borde del bigote y refunfuña. Maldice. Los conoce muy bien, periodistas mediocres, irresponsables: no reproducen ni la mitad, ni un cuarto de todo lo que les dijo. Mezquinan lugar a lo importante para regalárselo a la basura. ¡Basura! En un diario ni siquiera lo mencionan a él. ¡Imbéciles! Con su mano artrítica barre el montículo de papeles y dice a Julio que ordene a los de la sección prensa que vengan a recogerlos del piso y luego los recorten y guarden. ¡Siempre lo mismo! —ruge con naciente resignación—: pero hay que seguir la lucha; la Asamblea está encima. Si toda Asamblea de Representantes ha hecho trepidar al edificio Everest antes y durante su realización, ¡qué cimbronazos producirá la trigésima, en plena erupción caribeña, inestabilidad boliviana, crisis de Polonia e incremento de la delincuencia!
Julio Rav empieza a sufrir insomnio (seguramente le sucede lo mismo a Carvallo). Tiene curiosidad por los delegados, por la forma y el contenido de las deliberaciones. Lleva a su casa los programas y resoluciones de otros eventos. Necesita aprender, comprender. Su sitio está junto al director, nada menos. María Claudia lo espía y, seguramente, registra sus progresos, o la lentitud de sus progresos. María Claudia reaparece en sueños y lo felicita por su incipiente bigote. Pero cuando los sueños se descomponen en pesadillas despierta transpirado y se levanta. Por fin decide cometer una audacia: investigar las dependencias de la Felalí antes de que llegue su personal. Con miedo ingresa en el edificio Everest aún vacío y silencioso. Se dirige a la oficina del director ejecutivo y, mordisqueando sus uñas, se aproxima al trono color almendra; lo acaricia, duda y por fin se sienta. Mira desde donde Carvallo mira y habla. Después se dirige al cuarto donde se guarda la colección de folletos titulada Grandes de las Ligas. Recorre cada uno de los despachos en que trabajan los cuatro jefes de sección con sus respectivos equipos. Entra en la pequeña cocina donde se preparan café y algunos aperitivos para agasajar a visitas importantes, abre las alacenas, espía tras unas cajas apiladas en un rincón. Por fin echa un vistazo a las incomprensibles escaleras que se hunden como un pseudopodio en el décimo y quizás undécimo piso —a los que sólo entra el personal de limpieza—, que sirven de depósito o permitirán una expansión futura. Sólo le queda explorar el anfiteatro barroco que trepidará con la grandiosa Asamblea de Representantes; camina entre sus butacas, recorre el breve escenario, mira tras las bambalinas, recorre los boxes de los traductores y la salita de máquinas. Regresa a su escritorio y se afloja sobre su silla; no sabe qué ha estado buscando. De todas formas, esta primera investigación ha resultado infructuosa.
Al margen de su inquietud, Julio sigue embelesado con el gordo bigote de su jefe y lo envidia diciéndose: este hombre no precisa leer actas ni estudiar resoluciones ni hacerse esquemas con fechas, nombres y siglas, como yo, porque en su cabeza están reproducidas íntegramente la Comulí y todas sus ramas; dicta cartas en varios idiomas paseándose con las manos cruzadas en la espalda, inclinado, como si su concentración en el piso le hiciera rebotar las ideas hacia lo alto. Ofrece a Julio la oportunidad de escuchar todo, ver todo, leer todo, para que sea un eficaz funcionario. Pero no le permite mirar el interior de la caja fuerte cuya combinación es secreta. Si no fuera secreta dejaría de ser caja fuerte, ¿no? —le espeta con una risita.
—¿Qué se guarda en la caja fuerte? —pregunta Julio como si no hubiese captado el mensaje que acababan de darle.
Carvallo no se turba, pareciera haber esperado tal reacción y dice: —Es bueno ser curioso, pero hay que dominar la curiosidad; por ahora confórmese con que no es el cuartito de Barba Azul, tampoco la cueva de Alí Babá, ni el resguardo de dinero, joyas o acciones. Tenga paciencia, Julio Rav, ya se enterará a su debido tiempo.
El ansioso Julio se frota los muñones de sus dedos y se prepara a recibir otro chorro de informaciones de Carvallo, informaciones y opiniones repetidas (¡cómo repite, por Dios!): que odia a los mediocres y los conformistas; que espera iniciativas de sus colaboradores, especialmente del joven Rav, para eso lo adoptó (“adoptó”, como a un hijo) en calidad de asistente, y Julio se exprime las neuronas para ofrecerle iniciativas que lo hagan quedar bien. Pero ya ha comprobado con horror que este hombre viejo y astuto abre la mano artrítica para recibir cada idea nueva como si fuese una pelotita de papel: entonces la estruja, rompe, pulveriza... y arroja al “cesto negro de las iniciativas inservibles”. Le ha pasado dos veces y a los otros funcionarios muchas más. Pide ideas, pero si no son las suyas, las mata. Desde entonces, cada vez que Julio ingresa en el amplio despacho no logra privarse de mirar el interior del cesto-cementerio para enterarse de cuántas muertes ha cometido en la jornada.
No obstante, barrunta que las arbitrariedades de Carvallo —algunas groseras como el “cesto negro de las iniciativas inservibles”— deben tener sentido: —Todavía no lo conocés bien. —Carvallo tiene derechos, ha consagrado su vida a esta causa. —Incluso el presidente de la Felalí fue electo a propuesta suya: había advertido que el hombre era un empresario de éxito, amante de la figuración, suficientemente mediocre para no atreverse a cambiarlo, y lanzó su candidatura. El presidente asumió, pues, con una deuda de gratitud que equivale a una cadena. —El viejo sabe adoptar recaudos personales; en esta jungla de alto nivel nadie descuida la espalda. —Y ahora le está enseñando como un padre. —Calma, Julio: Carvallo (a su manera) te ayuda.
Las secretarias y los cadetes, impulsados por los jefes de sección —todos muy nerviosos y asustados—, despachan miles de circulares para una fantástica lista de instituciones internacionales y nacionales, seguidas por una gacetilla especial para las agencias informativas, que es reforzada por otra circular más explícita que, a su vez, se completa con una tercera circular dirigida a diarios, revistas, radios y canales de televisión, hasta que la noticia inunda: Trigésima Asamblea de Representantes de la Felalí en Buenos Aires atención-atención-atención. Al mismo tiempo salen invitaciones para ministros, diplomáticos, directivos de numerosas empresas, además de invitaciones a las grandes personalidades tocadas por el aliento de una liga. Las torres de papel impreso se zambullen prodigiosamente en las torres de sobres que se empaquetan y son llevados en camiones al correo.
A Julio Rav le pone la piel de gallina la aceitada mecanización. No sería de extrañar que, a causa de la agresión publicitaria, acudiese al acto de apertura el mismo Presidente de la República. Se descuentan las medidas de seguridad, que Julio aún no conoce en detalle. Una bomba o un secuestro entran en el terreno de lo posible. Pero el hábil Carvallo no se retrae. Su atento profesionalismo hará rendir frutos para la Felalí hasta de un atentado. Hasta del secuestro —posible, previsible— de María Claudia y sus maravillosas tetas.
Carvallo irrumpe con más frecuencia en las demás oficinas para controlar. La inminencia de la Asamblea lo ha puesto frenético. Irrita a los jefes de sección repitiendo preguntas, y los desautoriza con contraórdenes. Vuelve una y otra vez hacia el largo tablón donde se apilan las carpetas azules destinadas a los delegados. Contienen el programa de la Asamblea, publicaciones de la Comulí y la Felalí, prospectos sobre Buenos Aires, un block de papel y bolígrafo. En cada carpeta se incluyen siempre cuatro folletos de la serie Grandes de las Ligas. Carvallo sería capaz de estrangular con sus propias artríticas manos al jefe de publicidad si llegara a cometer el sacrilegio de olvidarse de los folletos.
Los folletos Grandes de las Ligas forman una colección que orilla los cien títulos, con biografías de precursores, fundadores, mecenas, promotores. Carvallo dirige la serie en forma personal. Julio lo admira porque selecciona los biografiados y los escritores, retacea los honorarios, elige la imprenta y logra, con un presupuesto anémico, editar varios títulos anuales que distribuye compulsivamente en las dependencias de la Comulí, en instituciones oficiales de ciento veinte países, y a personalidades en todos los rubros de la actividad humana que integraron ligas o tienen posibilidad de hacerlo. Los ejemplares restantes son puestos en venta, y exige a cada federación que imponga el hábito de comprar la serie completa. Pero ni la distribución gratuita ni la publicidad ni la venta forzada agotan los ejemplares; entonces, a los que no tienen salida, Carvallo los hace acumular en un cuarto donde ingresa a diario el ordenanza con plumero y franela para limpiar sus lomos y rociarlos con antipolilla. Y además entra mensualmente el equipo de prensa con la misión de efectuar la solemne “rotación”. Carvallo sostiene que los folletos Grandes de las Ligas forman las ruedas mágicas que llevan el sentido de nuestra querida institución hasta los rincones más alejados de la Tierra y por eso deben ser “movilizados” para evitar su parálisis: el anaquel del fondo izquierdo debe trasladarse al frente derecho, porque en un ángulo hay más penumbra, en otro más viento, en uno más humedad, en otro más gérmenes. Julio Rav evoca la rotación de neumáticos que se hace luego de los primeros diez mil kilómetros. Para el doctor Carvallo ese depósito es un templo. Lo recorre con el éxtasis pintado en los ojos. Una vibración le mueve las puntas del bigote. Es el sumo pontífice de una divinidad poderosa que él mismo ha creado.
En la sección prensa se despachan febrilmente los últimos comunicados. Julio no había advertido el hecho de que abundasen tantas jarras de agua; y no había advertido que eran parte de una ceremonia insólita. En efecto, a la Asamblea de Representantes se llegaría con la lengua seca en un sentido mucho más real del imaginable. Carvallo exigía a su personal, desde el jerarquizado al ordenanza, que se enviase la última ronda de prensa en forma “comprometida”. Debían sentarse ante largas mesas dobladas por montículos de sobres e impresos. Docenas de empleados, entonces, borran sus diferencias y se convierten en iniciados de una hermandad. Entre ellos también se instala el doctor Carvallo, humilde entre los humildes. Afirma que en esta era de mecanización y artificio conviene la intervención directa del ser humano, grávida de pasión. El neófito Julio Rav contempla a María Claudia graciosamente arrebolada en medio de los otros y aguardando también el disparo de largada. Nadie se exime del sagrado requerimiento. En un organismo tan importante para la dignidad del hombre pueden esperarse originalidades como ésta. Originalidades que ya dejaron de serlo para los antiguos miembros de la Felalí y que tampoco deberían perturbar a Julio (si se esmerase en comprender los mensajes de su jefe).
Carvallo ordena empezar: todas las manos deslizan impresos en los sobres y decenas de lenguas mojan el borde gomoso. Cada solapa lleva saliva de un miembro auténtico de la Felalí: contiene algo humano y vivo. Las distancias se achican por obra de este contacto. Acción de desprendimiento, de sacrificio. Julio mira de soslayo e imita, saca la lengua, moja, pega la solapa, siente gusto desagradable, siente que la lengua se paraliza y que un extraño anestésico le contamina las encías y que tras una hora de lengüetazos ya le duelen la garganta, los ojos, y tiene ganas de huir. Pero mira a sus cofrades unidos en el trabajo, inclinados hacia los sobres con una increíble devoción. Contempla al sumo pontífice bajo cuyo bigote asoma la punta rosada a la que acerca un borde gomoso tras otro, concentrado, satisfecho. María Claudia de vez en cuando alza sus grandes ojos pardos, inspira (suspira) y regresa a su deber como una esclava sobre los plantíos de algodón. Se le ocurre que son besos de lengua repartidos a la humanidad y siente bronca hacia quienes recibirán los sobres con saliva de María Claudia sin apreciar que es la saliva de María Claudia. Carvallo ordena traer más jarras para desintoxicar la lengua. ¡Beban, beban! El agua deberá fluir durante mucho tiempo, incluso después de la maratón. Y los baños deben estar en condiciones para recibir las meadas interminables.
El presidente de la Felalí aparece por un rato al día siguiente, tras haberse hecho anunciar. Julio Rav corre a recibirlo. Viene a dar una ojeada. Su investidura no le permite dedicarse a los asuntos baladíes que despacha maravillosamente el dinámico Carvallo. El presidente es de mediana estatura, mediano abdomen, mediana visión (engancha los anteojos en el bolsillo superior del saco de manera que una patilla quede afuera y haga contraste sobre la tela), mediano carácter, mediana inteligencia. Eso sí: grandes son su fortuna y su nariz. La enorme nariz puede inspirar con energía el aire, humo y olores de un ambiente hasta purificarlo. Le han comentado a Julio que en las reuniones soporíferas los aplastados asistentes ruegan que el presidente inspire, así les extrae las moléculas del tedio. Sus fosas nasales se transforman en aspiradoras potentísimas: con sibilancia atraen las partículas flotantes, sus ojos miran hacia arriba y los dedos tamborilean el escritorio mientras el tórax se le hincha y el aire se limpia. El único inconveniente lo sufren quienes después quedan al alcance de su aliento. Carvallo, tenso por la inminencia de la Asamblea, ansía participarle al engolado y mediocre presidente los embrollos irresueltos, que el engolado y mediocre presidente rechaza blandamente: si no fueron resueltos a tiempo ya no hay tiempo y por lo tanto... ¡a otra cosa! Entonces Carvallo le enumera las enormes tareas bien concluidas para asegurar el éxito de la reunión. —Bien, Carvallo —dice con irónica sonrisa—, ya sé que usted es un genio, no hace falta que lo cuente y por lo tanto... ¡a otra cosa! —El presidente reparte palmadas aquí, allí, ¡a otra cosa!, y se aleja. —¿Nos veremos en la apertura? —Por supuesto —responde hundiéndose en el ascensor—; ¡a otra cosa!
Empiezan a llegar los representantes al aeropuerto. Cada uno, acostumbrado ya a estos trajines, se arregla con sus pertenencias, pasa la aduana, contrata un taxi y se instala en el hotel preferido donde la diligente oficina de la Felalí ha hecho la reserva. Después se dirigen al noveno piso del edificio Everest. Ahí saludan al bienquerido doctor Carvallo, se enteran de los últimos chismes y cobran el dinero correspondiente a los viáticos. El voraz representante del Perú —Carvallo hace una mueca de tolerancia— presenta la cuenta de un remise desde el aeropuerto al hotel y los gastos en taxi desde el hotel a la Felalí, siendo público que destartala su viejo esqueleto únicamente en colectivo y, cuando puede, sin pagar boleto. El representante de Chile, en cambio, es un elegante caballero que evita entrar en asuntos monetarios y hay que introducirle el sobre a presión. El de Brasil es un individuo muy gordo, muy rico y muy ordinario que mete una bulla fenomenal, ingresa en el noveno piso moviendo el trasero al ritmo de un samba y vocifera su saludo: “La Felalí no es el felacio, como el samba no es la zamba, ni el tango es la tanga”. Enseguida arropa a Carvallo en un abrazo y cuenta el último chiste sobre directores ejecutivos. Carvallo se reinstala en su escritorio —que oficia de trinchera—, saca gruesos cigarros (que le obsequian los representantes del Caribe) y empieza a preguntar por los amigos brasileños. Julio Rav parpadea, escucha, anota, se acomoda la camisa, sonríe tontamente y se empecina en hacer coherentes las incoherencias. Se pasa el dedo por el labio superior y comprueba que su bigote crece demasiado lento.
El acontecimiento se viene encima como un alud. A Julio le parece irreal que ya empiece el acto de apertura.
El servicio de seguridad controla el escenario, las butacas, los baños, la calle. Los aplausos marcan el ingreso majestuoso del comité ejecutivo de la Felalí en pleno, seguido por un representante de América del Sur, otro de América Central y el bigotudo director Carvallo. Se sientan y enseguida todos los asistentes —invitados especiales, delegados, representantes, miembros del gobierno, diplomáticos y periodistas— se incorporan al retumbar en los amplificadores las notas del Himno Nacional. Después, aplausos. Nadie se sienta. Continúa el otro esperado himno: de la Felalí. El locutor lee los mensajes enviados por el Presidente de la República, el presidente de la Comulí, varios presidentes de organizaciones no gubernamentales y una lista de telegramas. Anuncia con profundo respeto que hablará el presidente de la Felalí, quien avanza con mayestática lentitud hacia el podio; en su mano, las hojas mecanografiadas.
Julio Rav lo contempla con embeleso porque algunos opinan que su mediocridad (en todo menos en fortuna y nariz) sólo es escudo de un gran talento diplomático. El presidente —de mediana estatura, mediano abdomen, mediana visión, mediano carácter y mediana inteligencia— mira la colmada platea, mira el estrado, mira el micrófono. Aspira: la resonante sibilancia es oída en todos los rincones. El público percibe que algo cambia, sin saber exactamente que se ha purificado el aire gracias a su ciclópea nariz, y están mejor dispuestos a escuchar. Entonces el presidente empieza a leer su importante discurso (que fue escrito por el encargado de prensa hace más de un mes, corregido por el encargado de publicidad y criticado por el director ejecutivo, corregido de nuevo y, recién en su cuarta versión, pasado al presidente que, tras su ejercicio nasal, encontró un par de términos comprometedores que debían ser sustituidos por otros menos comprometedores, de manera que volvió al encorvado jefe de prensa, quien buscó sinónimos y parónimos hasta dar con los que tranquilizaban los miedos del presidente, y el discurso aguado y aséptico fue pasado otra vez en limpio). Se cala los anteojos que extrae con elegancia de su bolsillo. Hace una prolija enumeración de autoridades en orden protocolar. Después historia a la Comulí, la Felalí (“nuestra querida rama continental”) y sus realizaciones. Da la bienvenida a los delegados que concurren a la trigésima Asamblea de Representantes y anticipa que de su labor surgirán decisiones de honda repercusión en la vida social, económica, política y cultural del continente.
Los aplausos son recibidos con hidalga serenidad por el presidente de mediana estatura, mediano abdomen y mediana visión. Cierra la carpeta, devuelve los anteojos a su bolsillo cuidando que una patilla caiga afuera, hace una aspiración de despedida que limpia de nuevo el aire y gira hacia su butaca sabiendo que las restantes personalidades del estrado lo aguardan de pie para estrecharle la mano y expresar sus felicitaciones: ¡Muy bueno! ¡Muy valiente! ¡Conmovedor! Las cámaras de televisión registran el momento y los flashes encandilan el anfiteatro.
El locutor anuncia al Quinteto Mundo, que ejecutará cinco breves obras de cinco compositores (uno por continente). Y cuando luego el locutor da por concluida la parte oficial del acto de apertura, la multitud se eleva medio metro y comienza a desgarrarse. Los invitados saben que no deben girar hacia la derecha (la calle), sino hacia la izquierda, donde se servirá el cóctel.
Al día siguiente comienzan las sesiones del histórico acontecimiento. Julio Rav llega antes de hora. Se introduce en el salón vacío. Lo espolea una angustiante temeridad. En la penumbra distingue el estrado presidido por un gigantesco emblema de la Felalí. A los lados dormitan banderas latinoamericanas. En un nivel más bajo se alinean los sitiales del comité ejecutivo. El doctor Carvallo dispone de una amplia botonera y cuatro teléfonos para controlar la marcha de las sesiones. Los butacones de los representantes forman un hemiciclo, cada uno con lámpara individual, micrófono y jarra de agua.
Julio recorre el salón penumbroso y disfruta el olor a madera y terciopelo. Imagina voces. Contempla como a un jeroglífico el enorme símbolo de la Felalí y las banderas apretadas en su torno. En el tablero hay una llave que dice Asamblea de Representantes. Julio la mueve y la sala se transforma: arden las lámparas de cada pupitre con conos amarillos que se desparraman por las maderas y llegan al piso alfombrado de rojo. Apaga y se dirige a la oficina de Carvallo.
A los pocos minutos arriba el doctor Carvallo, a quien saluda con respeto y expectación. El director ejecutivo se atusa el nietzscheano bigote; de su mano izquierda cuelga un provocativo llavero. Mira hacia los lados, como el asaltante que se cerciora sobre la ausencia de peligro. —Está bien —exclama—, conviene que se vaya enterando.
Le hace señas con el índice y lo conduce hacia la caja fuerte (cuartito de Barba Azul, cueva de Alí Babá). A Julio se le apuran los latidos. Carvallo, ante la mirada golosa de su asistente, gira el disco hacia la derecha, hacia la izquierda, otra vez hacia la derecha. Después introduce la llave y la pesada puerta de acero viene hacia el exterior. Julio mira con apremio el contenido misterioso. Ve muchas cassettes alineadas con prolijidad. Carvallo lee las inscripciones del lomo y extrae cinco.
—Tenga —ordena.
Saca otras cinco.
—Tenga —repite.
Saca las cinco finales, que sostiene en su propia mano. Cierra la puerta, da dos vueltas a la llave y gira el disco. —Son las grabaciones de la vigésimo sexta Asamblea —explica—; debe aprender a cuidarlas como joyas. —Julio Rav asiente, pero sin comprender. Tiene conciencia de que no ha captado lo esencial, que se trata de algo increíble e importante. Mordisquea la uña de su dedo mayor.
—¿Dónde pongo las cassettes?
—Venga conmigo —dice Carvallo, que avanza adelante. Entran en el anfiteatro. El director ejecutivo prende la luz y se instala en su butaca provista de timbres y teléfonos, dobla un poco el micrófono, mira los parlantes distribuidos con estratégica precisión y exclama: ¡todo listo!
Ordena que ingrese el personal. En forma ordenada, como soldados en un desfile, avanzan por los pasillos, cruzan por delante y por detrás, y se distribuyen en los lugares asignados desde hace tiempo. Los jefes, sus ayudantes, las secretarias, los cadetes, ocupan sus sitios como si fueran trincheras. Mientras, en el hall, cuatro empleadas con uniforme reciben a los delegados que ya traen bajo la axila su respectiva carpeta azul (el venezolano la examina: es la primera vez que asiste; los demás, que han batido records, ni siquiera se molestan en averiguar si su credencial contiene algún error). A las diez en punto son invitados a ingresar en el anfiteatro para que comiencen las deliberaciones. El jocundo brasileño, mientras avanza, cuenta nuevos chistes. Julio reconoce al enhiesto representante de Chile, al tacaño del Perú, al anodino del Uruguay, al curioso de Venezuela. El presidente llega a las diez y cinco balanceando su abdomen de mediano volumen que armoniza con su talle de mediana estatura. Carvallo le hace una reverencia medio servil y medio cínica, le entrega la carpeta azul especial y lo acompaña al estrado.
Nada de periodistas, nada de intrusos. Se cierra la doble puerta. Se corre la pesada cortina marrón. Julio Rav tiene frío en los pies y llamas en la frente. Carvallo admite que puede llegar a ser su sucesor, por eso le ha informado sobre tantos detalles de la Comulí y la Felalí, los aspectos débiles y fuertes de cada federación nacional, lo ha hecho participar en la preparación del acontecimiento y hasta le ha permitido —¡hoy!— enterarse de lo que contiene la maravillosa caja fuerte. Pero este último secreto (¿por qué habría de ser un secreto?), que lo excitó durante semanas, ahora aumenta su desazón. Teme que las cassettes tan guardadas signifiquen algo inimaginable, horrible. Incluso sospecha que los folletos Grandes de las Ligas, tan valorados por el director ejecutivo, forman una cordillera de papel inservible. Y se asusta de tan herética sospecha. Nadie los compra (o compra por compromiso); no emocionan a los que trabajan por las ligas ni mejoran la opinión de los que nunca se interesaron por ellas; ¿será una obra que realiza Carvallo en su propio beneficio, que le permite lucirse ante delegados obsecuentes y hacerse acreedor de los vanidosos que pretenden inmortalizarse con una biografía?
El presidente llena el vaso con agua. Va a pronunciar otro discurso, pero esta vez secreto. Mientras bebe comienza a decir las primeras frases. Julio Rav se asombra ante la incomprensible superposición: ¿puede beber y hablar al mismo tiempo? Frunce el ceño. Es absurdo. Sigue bebiendo y hablando, como si la voz pasara de sus labios al agua y de ésta a las paredes de la copa, transmitiendo vibraciones al micrófono. Los estratégicos parlantes derraman su voz grave, medida, que de cuando en cuando se interrumpe para dar lugar a una característica aspiración nasal que ingiere todas las moléculas que contaminan la atmósfera. Julio Rav se mueve en su asiento como si le recorriesen líneas de hollín, como si la virulencia y el miedo intentaran fragmentarlo. Quiere enterarse y le aterroriza enterarse. Está junto al doctor Carvallo, concentrado en su tablero. Lo mira con intensidad porque no logra entender; en realidad no logra asumir lo que en efecto entiende. ¡Pero si este discurso es el mismo de la vigésimo sexta Asamblea! El presidente no habla, sino la grabación. Julio se aplasta contra los resortes. Transpira. No es verdad. No es posible. Pero ahí está la cassette en funcionamiento. Y Carvallo controla en forma personal que la voz registrada hace tantos años y en un contexto lejano, diferente, se expanda por el anfiteatro con engañosa frescura. Julio se siente un animal abatido.
Cuando el presidente finaliza (finaliza la cassette), bebe de nuevo. Es fantástico. Ahora lee su informe el secretario: informe importante porque se refiere a los problemas de la Felalí en la nueva coyuntura que sacude a América latina y el mundo. Pero tampoco es necesario que gaste sus cuerdas vocales: lo hace otra cassette rápidamente colocada por Carvallo. Su voz repite un informe viejo, ya leído, ya oído, ya registrado. Después lo hace el tesorero y a continuación los representantes de la Argentina, Bahamas y Bolivia, en riguroso orden alfabético. Los delegados, apoltronados en sus butacas, dormitan, sueñan. Mientras, los noticieros informan que Buenos Aires es la sede de una histórica y secreta Asamblea internacional.
Se encienden las luces para un intervalo. Los representantes se ponen de pie con lamento de articulaciones. Carvallo revisa las cassettes, controla su numeración y vuelve a instalarlas en un costado de su pupitre. Después se apresura hacia el peruano. Le susurra a la oreja. El peruano asiente varias veces y, en lugar de dirigirse al salón del refrigerio, regresa al hemiciclo para recoger su carpeta azul. Julio Rav lo contempla perplejo porque todavía no se ha repuesto de la sorpresa atroz que le produjo escuchar ciertas palabras —bastaban sólo algunas— que Carvallo le acababa de derramar a la oreja. El despótico director ejecutivo y el miserable representante negocian el contrabando de una partida de esculturas que llegará a Buenos Aires con valija diplomática para el salón de artes plásticas que regentea la mujer de Carvallo. Julio deglute piedras y quiere salir corriendo para contárselo a María Claudia.
Una hora después prosiguen los “críticos” informes de otros tiempos que arrullan la prolongada siesta de los asambleístas. Pero cuando hay que designar a la esperada Comisión de Resoluciones, Carvallo detiene abruptamente su aparato. Suenan bostezos, toses y ruidos de los músculos que se desperezan, sorprendidos. Carvallo acerca su cara al micrófono y solicita al presidente el uso de la palabra. Su intervención, seguramente esperada por los veteranos, produce una onda agradable: por lo menos es algo en vivo y en directo. Dice con afectación que la Felalí procede en todos los aspectos de su amplio quehacer y recuerda que la anterior Comisión de Resoluciones estuvo integrada por los delegados del Brasil, Costa Rica y Ecuador (los representantes de esos países asienten con la cabeza), recuerda que se beneficiaron con un viaje pago a la asamblea de la Comulí en Viena los delegados del Uruguay, Colombia y México (asienten con la cabeza), recuerda que a la reunión de las organizaciones no gubernamentales de las Naciones Unidas concurrieron los representantes de Paraguay, Jamaica y Bolivia (también asienten). Por lo tanto —Carvallo se atusa el bigote, después se acaricia la calva—, propone que la Comisión de Resoluciones de esta histórica trigésima Asamblea se constituya con los meritorios delegados del Perú, Honduras y Guyana, y que su presidencia sea ejercida por el experimentado representante del... ¡Perú! (el mezquino e inmoral individuo sonríe con el lado izquierdo de la boca). El presidente de mediana estatura, mediano abdomen, mediana inteligencia, mediana visión y gigantesca nariz inspira y somete la moción a la Asamblea, que la aprueba por indiferente unanimidad.
Carvallo abrocha su saco verde y acompaña a la flamante Comisión de Resoluciones palmeando la espalda del peruano. Se encierran en un cuarto lateral y hacen llamar al asistente del director. Julio se arrastra sin oxígeno.
—¿Le pasa algo? —El severo director ejecutivo advierte su cara envejecida.
Julio no contesta y Carvallo no tiene tiempo.
—Tráigame la carpeta de resoluciones anteriores —ordena.
Julio se desplaza como un zombi; busca en los archivos las resoluciones de todas las Asambleas que realizaron la Felalí y la Comulí, y siente que su cabeza está magullada por el anhelo de María Claudia y las vocaciones contradictorias y las humillaciones del secundario y los ideales en estrepitosa caída y una rabia que gira como ciclón dentro del pecho.
El doctor Carvallo mueve sus dedos artríticos entre los papeles que le entrega Julio; elige una hoja amarilla y seca, mira a los integrantes de la Comisión y dice: Para esta trigésima Asamblea, dada la crítica coyuntura mundial, nos conviene un texto de la Comulí emitido hace dos décadas, en 1968, cuando estaba en su apogeo la guerra de Vietnam.
Los representantes se miran unos a otros, sonríen, aceptan. ¡A trabajar entonces! Distribuye copias de la antigua hoja y cada uno busca el párrafo que podría resultar irritante al gobierno de su respectivo país —tachemos—, luego a cada uno de los demás países federados en la Felalí —tachemos—, no vaya a ser que corramos peligro... La hoja se va llenando de barras censoras. El primitivo texto se reduce ya a tres renglones. El delegado de Guyana bosteza: ¡bueno, querido Carvallo, usted se ocupará de ampliarlo un poco!
—Póngase a la máquina de escribir —ordena el director a su asistente—. El proyecto de resolución debe ocupar una hoja tamaño oficio. Arriba de los dos renglones clave (que ocuparán el centro de la hoja) irá una detallada nómina de los representantes. Por debajo de esos renglones clave recalcaremos con vigor la enorme importancia de la Felalí, rama de la Comulí, y sus conocidas tareas en beneficio de la promoción humana, el bienestar de los pueblos y demás. Respecto de los renglones clave, le insisto que deberán poseer el atrevimiento y la fuerza de la brevedad, tal como nos inspira la resolución que emitió la Comulí hace dos décadas. Fíjese: primero, incentivar la ayuda moral y material a todas las ligas; segundo, aumentar el número de ligas (¿esto requiere atrevimiento?, ¿fuerza?... repite el ciclón encerrado en el pecho de Julio, y que amenaza desmayarlo).
Ve pulseras de color mientras teclea en la máquina. El peruano mete la cabeza por encima de su hombro y advierte una asimetría: es preciso alargar la primera parte del texto (por encima de los renglones clave).
—Tiene razón —accede Carvallo y, acariciando los cabellos de su descalibrado asistente, ordena—: después pase el texto en limpio y agregue a la lista de representantes la forma como estaban sentados, a la derecha o izquierda, adelante o detrás de tal autoridad o diplomático, así se ofrecerá una impactante imagen de la magnificencia que alcanzó el acto de apertura, llenará otros renglones y funcionará como buen introito a los audaces renglones clave de la resolución.
Julio ya no tiene fuerzas para escribir una línea. Las letras danzan burlonas. Salta de su bolsillo la amada credencial de la Felalí, se instala sobre el carro y su cubierta plastificada empieza a emitir absurdos reflejos. Siente que el ciclón de su pecho aumenta la furia, le expande el tórax, le desgarra el esternón y las costillas, le abre el cuerpo e irrumpe con bramido de tempestad en el edificio Everest. El ciclón nace de Julio y se independiza de Julio. Agrede a la máquina y hace volar los papeles blancos de hoy y los amarillos de ayer. Como una horda empuja a los delegados atónitos que tratan de sostenerse a palabras como renglones clave, multitudes comprometidas, bienestar de los pueblos. Le arranca sangrientamente el bigote a Carvallo y le arroja encima de la lustrosa calva su trono color almendra mientras dispara los balazos contenidos en las expresiones organización techo, cinco ramas continentales, histórica y trascendental trigésima Asamblea de Representantes atención-atención-atención, status de organización no gubernamental ante las Naciones Unidas, Grandes de las Ligas, convenciones mundiales, y nobles fines que no son fines y, menos, nobles. En medio de la tempestad se arremolinan la hueca importancia de las reuniones, la hueca propaganda, el hueco compromiso de la saliva que segregaban las lenguas de los funcionarios, las huecas ceremonias, la hueca conferencia de prensa y el cóctel y los flashes y el ruido de gacetillas, impresos, cartas, recordatorios, invitaciones especiales, y el hastío de las huecas lecciones que Carvallo le impartía con hueca obstinación. Vuelan los afiches plateados, morados, rojos, amarillos, verdes, y vuelan, entre ellos, el rostro hermoso de María Claudia y sus pechos magníficos, y vuela como un meteorito extraviado el mediocre presidente de mediana estatura, mediano abdomen, mediana visión y gigantesca nariz haciendo trizas el alucinante aparato que fue montado para la autocomplacencia.