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marcos aguinis

operativo siesta (es)

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1
Ernesto y Joaquín emergieron en el extremo de la ruta arrastrando sus mochilas. Llegaron frente a la solitaria estación de servicio y se derrumbaron bajo un árbol inmóvil. Desprendieron las correas, intercambiaron cigarrillos, apantallaron el calor. La siesta ardía.
Al mismo tiempo un hombre calvo con overol azul salió de la oficina y se instaló bajo el alero de la estación de servicio en un banquito de tres patas. Sacó una revista, mojó la punta del lápiz en su lengua y se concentró en las palabras cruzadas. Le sobraba tiempo: el tránsito había decaído en esta ruta provincial desde que se habilitó la nueva carretera nacional, varios kilómetros al sur. Había sido largamente proyectada y más largamente debatida; su construcción —dicen— benefició al país y a los bolsillos de varios ministros. No se benefició el pelado vestido de overol que fruncía los párpados y apretaba los dientes. Claro, pensaba: no era un político. Según él, ni siquiera benefició al país, porque la ruta provincial quedó librada al abandono, perjudicando campos y pueblos. Puteó a las perdices, los ministros, el calor y la universal peperina.
El cielo blanco quemaba. Ernesto y Joaquín palparon sus armas, decididos a consumar el robo. Paciencia: virtud esencial. Se corrieron unos centímetros tras la sombra. Los rayos perforaban el enramado y en el suelo se formaban monedas amarillas.
El pelado levantó de nuevo los ojos: estaba intrigado con esos mochileros que pretendían hacer dedo con este sol y en esta ruta. Levantó el banquito y se reintrodujo en la fresca oficina.
Joaquín estrujó el paquete de cigarrillos y lo tiró a la sartén del pavimento. Bostezó. Por ahí no pasaba ni un beduino. Terminarían asaltando al pelado y robándole la bicicleta. Se durmieron. Una hora, dos, el trayecto incomputable de una siesta canicular. La fatiga de la jornada anterior —y de la noche pergeñando planes— les ablandó los músculos y aclaró la piel. Algunas torcazas se aventuraron a saltar sobre la ruta incandescente y vacía. Por fin la tarde arrimó una brisa. Joaquín tuvo un sueño repugnante al principio; después el aire refrescó la humedad de su cabello alejándolo del horror.
Ernesto se despabiló de golpe, tenso; aferró el brazo de su compañero. En la punta del camino guiñaba algo, un auto tal vez. Joaquín se frotó con rabia los párpados, colocó la mano como visera y corrigió: es una rural. No, un auto, insistió Ernesto. Una camioneta, gritó Joaquín, una camioneta, segurísimo. Creo que tenés razón. Ernesto inspiró el aire dotado ya de cierta fragancia y palpó su revólver. Yo haré señas con el dedo; poné cara de circunstancias.
Alzaron las mochilas. Ernesto salió del círculo de sombras y lo emblanqueció la luz. Movió la mano con el pulgar extendido: maniobra universal, implorante. La bajó al notar que la camioneta iba frenando y desviándose hacia los surtidores de nafta. Ambos se palparon las armas ocultas. ¡Atentos!
El de overol salió de la oficina limpiándose migas de pan. El conductor de la camioneta bajó, trastabillando, ventilándose la camisa. Por la otra portezuela salió una muchacha con anteojos de sol. El pelado enchufó la manguera. Al rato contestó la pregunta señalando dónde los hombres y dónde las mujeres: antes esta ruta fue importante y las instalaciones, de primera, agregó con prescindible orgullo. El hombre caminó rápido hacia su objetivo. Ella hizo un rodeo: miró la camioneta, al pelado cargando nafta, tragó saliva, después se alejó.
—Van de camping —musitó Ernesto.
—Ahora van a mear —precisó Joaquín.
El pelado sacó la manguera y cerró la boca del tanque. Llenó con agua el radiador. Empapó un trapo gris y se puso a limpiar el parabrisas.
—¿Ya? —se impacientó Joaquín.
—¡Ya!
Sus zapatillas cachetearon el asfalto. El pelado limpiaba esmeradamente los fragmentos de mariposas estalladas contra el parabrisas; giraba su brazo sobre el vidrio y no comprendió cómo había aparecido la cara de un mochilero junto al volante. Espejismo del calor. Enseguida su cinturón lo arrastró hacia atrás, un ladrillo suelto en la explanada, o tal vez un poste caído, porque tropezó, cayó sentado, se nubló el cielo o un sombrero le tapó la nariz, qué carajo es esto, oyó el motor de la camioneta, nadie pagó un peso, un asalto. ¡Eh, eh!, gritó el conductor emergiendo con prisa del baño, los dedos enredados en la bragueta, el pelado había caído en un charco de aceite, la puta que los parió, la camioneta rechinó dolorosa con el cambio de marcha, culebreó con riesgo de volcar, sus neumáticos dejaron huellas en el asfalto y después se achicó tras una plateada estela de humo. ¡Policía! ¡Policía!, gritó la mujer, el pelado se sacudió el overol embadurnado, el hombre tenía la bragueta sin prender aún, ella soltó un llanto progresivo e hipante, él exigió al pelado atónito: haga algo, el pelado le mostró sus manchas negras y sus ojos perplejos, la estación solitaria, una bandada de torcazas regresando al pavimento, los tres desamparados, mientras Ernesto y Joaquín perforaban la ruta llevando júbilo en el corazón. Y en la camioneta, una pesadilla.
2
Rosendo tenía buenos motivos para triturar maldiciones. Hacía cuatro años que no se tomaba un descanso, precisamente desde su viaje de bodas. El laburo, juntar los pesos, guardarlos en la Caja de Ahorros, terminar de amoblar la casita, comprarse la camioneta. Faltaba el hijo, únicamente. Al principio Gladis tomó píldoras recetadas por un ginecólogo de confianza, pero después quiso embarazarse. Un mes, dos, seis... nada. La suegra atribuyó el inconveniente a las pocas relaciones sexuales. Rosendo trabajaba el santo día y llegaba con más deseos de abrazar la almohada que a su mujer. Es necesario tomarse unas vacaciones. No, replicaba Rosendo, con el adicional me pondré al día con las deudas. Pero la preocupada suegra no cedía, enloqueciendo a su hija con los abrumadores ejemplos de matrimonios estériles que fructificaron durante las vacaciones. Encima de no ganar dinero, tendré que gastar en hotel, nafta y los estúpidos recuerdos serranos, protestaba Rosendo, y esa noche se esforzaba por demostrar a Gladis que también podía hacerle un hijo en su casa. Pero doña Concepción —la suegra— llegó un día con la noticia: había comprado una carpa. ¡Mamita!, se retorció Gladis los dedos. Sí, una carpa con piso impermeable, cierre relámpago, toda de color amarillo, alegre, para gente joven como ustedes. Gladis se colgó de su cuello. Rosendo se conmovió también, algunas suegras son generosas evidentemente, dijo gracias, y pensó que ya no tenía escapatoria: este verano deberé renunciar al adicional. Le quedaba la perspectiva de que Gladis quedara encinta antes de partir, entonces el médico o las vecinas o incluso doña Concepción recomendarían permanecer en casa porque el cambio brusco de clima o las irregularidades del camino podrían hacerle daño. Una perspectiva remota, sin embargo, porque doña Concepción no habría invertido buena parte de sus ahorros en una carpa con piso impermeable, cierre relámpago y rabioso color amarillo para guardarla en un ropero. Y remota, además, porque las noches se sucedían y Gladis no se embarazaba, aunque Rosendo, por demoledor que fuese su cansancio, había jurado asumir la obligación inexcusable de no rendirse al sueño antes de proveer a su mujer una cuota diaria de esforzado semen, obligación que cumplía aunque se le acalambraran los riñones.
Gladis opinó que su madre debía acompañarlos. Doña Concepción rehusó porque la carpa es para gente joven, vayan ustedes, diviértanse solos, no quiero molestar. Pero mamá, nunca molestás (vamos, Rosendo, apoyame). Es cierto, doña Concepción, usted jamás molesta. ¿Viste, mamá?, Rosendo quiere que vengas, te hará bien al corazón. Sí, suegra, venga nomás. Pero la mujer se preguntaba si con su presencia no malograría el objetivo santo y verdadero del viaje. La carpa es cómoda, mamá, caben cuatro personas y nosotros somos apenas tres. Tres, sí, pero sin divisiones internas. Para qué, mamá, Rosendo puede cambiarse afuera. Hija... cambiarse sí, pero... No se preocupe, doña Concepción, dijo Rosendo, encontraremos la forma de arreglarnos. Y en un breve aparte confió unas palabras a su mujer. Gladis lo miró con dulce reconocimiento, abandonó su carita a una alegría seráfica y corrió hacia la madre que aprovechaba el angosto interregno para ordenar mejor el guardarropa. ¡Mamá, mamá!, no hay problema, y bajó el volumen de voz: la siesta, vos no dormís la siesta, nosotros sí, ¿me explico? Doña Concepción levantó las cejas, balanceó los hombros, entonces podría ser, y aceptó.
Al quinto día de haber acampado en las sierras de Córdoba junto a un río de aguas claras, Rosendo empezó a sentirse feliz. Había olvidado sus obligaciones y también la regular acumulación mensual de ahorros. Se despertaba con el fresco de la aurora. El aire grávido de perfumes silvestres se le metía en los huesos. Recogía agua del río melodioso y la ponía a calentar. Luego cebaba mate. Le causaba placer alcanzárselo a Gladis y a doña Concepción que remoloneaban hasta avanzada la mañana. Se sentía libre, fuerte, completo. Después salía a caminar o pescar. La carpa amarilla bajo el frondoso sauce abrigó siestas eróticas como no había experimentado jamás, ni siquiera en sus aventuras previas al matrimonio. Gladis estaba más apetitosa, él más sensible, retozaban olvidándose de que lo hacían para engendrar un hijo. Doña Concepción sazonaba la comida para complacer el paladar y ayudar a la potencia de su yerno; ella no podía dejar de serles útil. Rosendo y Gladis, agradecidos, le recordaban que no debía hacer esfuerzos, que el corazón, que los medicamentos. Y la pícara suegra sonreía confiando en la pimienta, el maní y las nueces que había traído en suficiente cantidad para que las siestas no fueran un vil desperdicio, total el esfuerzo lo hacía Rosendo, aunque a decir verdad, ella también hacía fuerza durante las siestas, mentalmente por supuesto, para que el semen saliera en chorros calientes y abundantes, inundara el vientre de su Gladis y la fecundara como merece, pobrecita.
Rosendo destapó el vino tinto. Con pescado deberíamos usar vino blanco, opinó Gladis. Es lo mismo, replicó Rosendo; además éste lo enfrié en el río junto a las piedras de la orilla, está a punto. Y yo hice una salsita picante que bajará mejor con tinto, apoyó doña Concepción acercando la olla coronada de vapor. ¡Formamos una sociedad perfecta!, se exaltó Rosendo: yo pesco y usted cocina. ¡Arriba las copas! Mamá, tomá poquito, ¿por qué no le mezclaste el vino con soda, Rosendo? Dejala tomar vino como la gente, está más sana que yo, ¿verdad, suegrita? Doña Concepción dijo coman, coman que se enfría. El sol se detenía sobre la copa del sauce y con él se detenía todo: el aire, las hojas, los insectos. El calor ardiente secaba la ropa tendida sobre las piedras. El pescado y la salsa llameante desaparecieron de los platos. Rosendo se repantigó sobre la silla plegadiza mientras las mujeres recogían el mantel y lavaban la vajilla campestre. Después doña Concepción se acomodó en la perezosa, colocó cerca la radio, dos ovillos de lana y las agujas para tejer.
Rosendo bostezó y siguió a Gladis, que ya había entrado en la carpa. Los besos rezumaron el calorcito de las hierbas que se mezclaron en la salsa, verdadero filtro de amor. Afuera la madre empezó a cruzar las agujas y adentro la pareja a cruzar abrazos, muslos, labios. Afuera se deseaba que la unión diera fruto y adentro que diera goce. La madre pensaba en la fertilidad, los hijos ya estaban dejando de pensar. En la carpa amarilla se agitaba la sangre, se electrizaban los nervios, se incendiaba la piel; afuera se excitaba la impaciencia, la obsesión. Y en rara telepatía la fuerza de adentro se sintió afuera. Rosendo y Gladis se contraían en la flecha voraz del deleite mientras doña Concepción se paralizaba en un espasmo colaborador, ¡que sea, que sea!; comprimía sus manos, su boca, la desbordaba una plegaria. Los chorros calientes de la fecundación regaron la intimidad de la flor mientras la resolana de la siesta bendecía el campo quieto. Gladis y Rosendo se desprendieron exhaustos. Doña Concepción dejó caer las agujas y el tejido a medio hacer. Un gorrión la miró extrañado, picoteó en la rama, la volvió a mirar y confianzudamente aterrizó en su hombro, como si fuera una estatua.
La pareja se levantó antes de lo habitual: no se soportaba el calor. Que mamá, que doña Concepción, que mamita, que conteste, abra los ojos. Ambos resistieron la verdad hasta el límite del autoengaño. Después los gritos de la hija, el desconcierto del yerno. Y los reproches mutuos: insistías que venga, dijo Rosendo; no te opusiste, baboseó Gladis; para no contradecirte; tomó vino puro; un vaso de vino no mata a nadie; a mamá sí, ¡mamá, mamita...! Y a Rosendo le sobraron motivos para darle un puntapié a un tronco caído y masticar puteadas mientras Gladis mojaba con lágrimas y saliva el rostro de su madre generosa que había preparado salsas de fuego. ¡Qué vacaciones! Además de terminar para la mierda, tener que trasladar un cadáver. La policía me hará cuestiones, en el mejor de los casos me encajará una flor de multa; por aquí no hay un alma, ni Automóvil Club, ni camping oficial, ni hotel, ni teléfono; ¿y si hubiera?; la empresa fúnebre me cobrará hasta los calzoncillos para venir a buscar un muerto.
Rosendo abrazó a Gladis. Mantengamos la calma, razonemos, comportémonos como ella hubiera deseado, no podemos dejar que el día se nos vaya en lamentos. Sí, sí, gimoteaba Gladis. Bueno, creo que no vamos a enterrarla aquí. ¡Nooo! ¡Bruto! ¡Animal!, reaccionó Gladis con violencia. Rosendo se protegió con el brazo: no quise decir eso, no te pongas tarada, razonemos, por favor, quiero decir que debemos llevarla de alguna forma, pero no tenemos certificados, ¿entendés?; la policía nos descubre, nos para, nos mete en la cárcel hasta que se aclare el asunto, con autopsia... ¡No, no! ¡No quiero autopsia! ¡Pobre mamita! ¡No entiendo nada! ¡Sacame de aquí! Rosendo la depositó sobre una silla plegadiza y caminó decidido hacia su vehículo, abrió la caja de herramientas y empezó a desarmar la carpa. Luego empacó. Gladis, impotente, lloraba con el rostro hundido entre las manos. Otro gorrión, quizás el mismo, insistía en permanecer sobre el hombro de la muerta.
Mascullando maldiciones Rosendo terminó su trabajo. Sólo quedaba la lona de color amarillo como una alfombra de oro sobre la gramínea silvestre. Se acercó a su mujer: bueno... me tenés que ayudar. Sí, dijo ella. Necesito tu coraje, sacá coraje del respeto que merece tu madre para que lleguemos pronto a casa y para que hagamos un sepelio digno. Sí, aceptó Gladis; se sonó la nariz, se incorporó. Gladis, dijo Rosendo con firmeza: la envolveremos en la lona, no protestes, es la única manera, lo pensé bien, irá en la parte de atrás, no despertará sospechas. Viajaremos por la ruta provincial que tiene menos tránsito. Gladis aceptó con la garganta herida. A su derecha, hundida en la perezosa, yacía su madre; a la izquierda, luciendo un absurdo color feliz, aguardaba el sudario amarillo.
3
La camioneta arrastraba inmensos globos ocres en el camino de tierra. A los costados huían los arbustos acerados de espinas. Ernesto contraía las manos sobre el volante, luchaba contra los pozos que procuraban tumbarlo, aplastaba discos verdinegros desparramados por vacas nómadas. A la distancia se elevaban las ondas de las sierras. Allí los esperaba el aguantadero. Luego vendría el contacto con el Gringo y éste les confiaría nuevas acciones de envergadura: robar más autos, asaltar joyerías, tal vez un secuestro. Y tras la acción, una merecida paga. Los amortiguadores lloraban en el escándalo de la carrera mientras los globos ocres se agrandaban y achicaban, expandían, reventaban, multiplicaban, alterando la armonía del campo.
Apenas habían arrancado de la estación Joaquín abrió la guantera, sacó documentos, un par de biromes, una pinza, un destornillador, piolín, franela con lamparones morados, un cuaderno a espiral y restos de galletitas. ¡Nada!, protestó. Después se arrodilló sobre el asiento para inspeccionar la parte trasera: el cuadrante de vidrio estaba empañado de polvo. Un bache profundo torció la carrocería y Joaquín se golpeó la cabeza. Cuando recobró el equilibrio pudo informar: atrás hay una lona amarilla, envolvieron algo grande.
La camioneta seguía desarmándose en los pozos. Las nubes de tierra se revolvían como descuajaringado cortejo. Faltaban pocos kilómetros para llegar al rancho rodeado de árboles, con un arroyo y algunas cabras trashumantes.
—Serán colchonetas —aventuró Ernesto, que giró la cabeza para mirar también, pero la ventanita sólo permitió descubrir un extremo de la tela amarilla. El volante se empecinaba en escapar de su control.
—No... —vaciló Joaquín—, no son colchonetas... Es algo raro.
4
El cuerpo de Gladis fue cediendo por partes, casi con elegancia, mientras elevaba la mirada al sol obstinado. Se aplanó sobre el pavimento manchado por las secreciones de motores y la piel de los neumáticos. Rosendo dejó caer la mandíbula y el pelado le rogó que por lo menos él no se desmayara, tiene que ser fuerte, y se encaminó a la oficina para buscar el banquito que acercó al cuerpo de Gladis. Comprendió que el banquito no era necesario para un cuerpo yacente y volvió a la oficina respondiendo al impulso de que en los momentos críticos hay que hacer algo, aunque sea inútil.
Rosendo se acuclilló junto a su esposa, recogió los anteojos de sol: la puta que los parió, en un cristal apareció una araña de plata, ya no servían más. Gladis, Gladis, le pasó la mano bajo la nuca, palmeó sus mejillas. El pelado llegó con una botella de colonia y un vaso de agua. Rosendo apoyó el vidrio en los labios de su mujer y el agua se desparramó torpemente en la nariz.
—¿Qué puede haber de raro? —Ernesto quiso frenar su inquietud.
—Te digo que hay algo raro —insistió Joaquín arrodillado otra vez sobre el asiento, los ojos fijos en las extrañas ondulaciones de la lona.
—No pretenderás que pare.
—No —un pozo lanzó su cabeza contra el techo.
—¡Basta de mirar el bulto! ¡Me ponés nervioso!
—Está bien.
El agua la estremeció y despegó los párpados. Quiso articular una palabra y le salió un violento estornudo que mojó la cara de Rosendo. El pelado propuso que telefoneara a la policía. Rosendo maldecía en voz baja, destrozado, vencido para la eternidad. Gladis pretendía hilvanar recuerdos y se ahogó de nuevo en el llanto. El banquito ya servía: entre los hombres la sentaron. El pelado repitió su proposición: hable a la policía. Rosendo había estado reflexionando (si intervenía la policía y descubría el cadáver todo terminaría peor): ¿le parece?, inquirió con estupidez. El pelado pensó no hay duda de que éste es un boludo y dijo educadamente claro, tenemos que asentar la denuncia. Sí, sí, por supuesto, coincidió Rosendo, más blanco que su mujer porque la computadora mental se le había trabado en medio del cogote: ¿tiene el número de la policía? El pelado pensó este individuo tiene bolas de plomo y dijo lo encontrará en la guía telefónica, sobre el mostrador. Sí, claro, ya mismo voy a hablar, ya mismo; ¿dónde está el aparato? En la oficina (¿dónde carajo puede estar, idiota?), use el teléfono blanco, no el público. Gracias, dijo Rosendo, cuídela a mi mujer, por favor; enseguida vuelvo, Gladis, todo se arreglará. El pelado pensó éste es un iluso y dijo vaya tranquilo nomás. Rosendo entró en la pieza llena de tarros brillantes, miró a través de las gotas de sudor que le caían delante de los ojos, levantó el auricular, lo colgó, buscó la guía telefónica, la hojeó precipitadamente hasta que localizó el número deseado. Entonces la computadora se destrabó y empezó a revolverle el cerebro y los intestinos: si la policía descubre la camioneta con el cadáver se armará la podrida del siglo, terminaré en cana, me fundirán; si se demora la investigación, los hijos de puta eliminarán el cadáver, entonces me devolverán la camioneta sin suegra y sin líos, pero a esa altura del tiempo la habrán hecho bosta y recibiré un montón de chatarra. Su cabeza era una esponja.
La onda de las sierras se aproximaba. La claridad del cielo disminuyó con la ternura de la tarde. Joaquín trepó nuevamente al asiento fascinado por el amarillo canario: si pudiera destapar eso.
—No podés —Ernesto seguía categórico— Y no sigas jodiendo.
—No son colchonetas, no son cañas de pescar...
—Son cohetes espaciales, tarado. Tenés la cabeza deformada por la tele, dejá de soñar.
—Sí, cohetes —volvió a sentarse mirando con rabia los duros bigotes de Ernesto.
La camioneta violaba el camino. Inflaba su polvo quieto. Ernesto se restregaba las manos mojadas en la pechera de su camisa. Le cansaba luchar con el timón oscuro en la tempestad de la carrera. Alcanzaron una cima y pudieron observar el largo tramo recorrido. Nadie los seguía. Joaquín propuso a Ernesto que parara: diez segundos, nada más; en diez segundos averiguo qué contiene la lona y seguimos. ¡Qué fijación, carajo! Puede ser grave, insistió Joaquín. Sí, un cohete espacial. Diez segundos, tengo un presentimiento. ¡Presentimientos! ¡Con quién mierda estoy trabajando! ¿Ah? ¡No insultes, huevón, no seas ciego, hay que averiguar qué llevamos!
Ernesto apretó los dientes, esquivó un pozo que partía la mitad del camino, se levantó un mechón de la frente y explicó: en la próxima curva disminuyo la velocidad, bajás, corrés, subís atrás mientras sigo andando; en la curva siguiente volvés aquí. Joaquín contestó de acuerdo.
Rosendo salió de la oficina secándose la cara. Gladis, laxa sobre el banquito, apoyaba su cabeza contra la pared e inspiraba la colonia que el mecánico sostenía junto a su nariz. ¿Habló? Sí, dijo Rosendo. ¿Le dieron alguna instrucción? Que esperemos aquí... y que llame otra vez dentro de una hora. ¿Que vuelva a llamar?... Sí, sí, es raro, pero me ordenaron así, dentro de una hora. El pelado pensó este individuo viene directamente del manicomio o ha telefoneado a un cine pidiendo localidades, y dijo usted habló a la policía, ¿no? ¿Dónde voy a hablar, pues?, y le quitó la colonia para seguir asistiendo a su mujer; ¿cómo estás, Gladis? El pelado caminó hacia su oficina para mirar tontamente los teléfonos como si fueran capaces de revelar el enigma o si existía enigma o si el calor o el susto o si cabe asombrarse de que nuestra policía ordene que llamen dentro de una hora porque los agentes estamos tomando mate con galletas y jugando un partido de truco, no vamos a dejarnos matar con el estómago vacío por una camioneta de mierda, qué joder.
Ojalá encuentren enseguida a mamita, carraspeó Gladis. Sí, dijo Rosendo, ojalá. En una hora, te dijeron que en una hora, que la encontrarán, ¿no es cierto? Sí, en una hora, que telefonee de nuevo. Pero, para qué; los ojos enrojecidos de Gladis habían perdido inteligencia. Para... para mayores datos, noticias. ¿Noticias? Gladis, no sé, no me acucies, la policía es la policía, no me dieron explicaciones, ya empezaron a buscar, dentro de una hora, tal vez ya, tal vez... ¡qué sé yo! ¡Pobre mamá!, no hables así... me explota la cabeza. ¡Y a mí me explota todo, deberé trabajar como un animal para recuperar la camioneta! ¿Creés que estoy feliz?
Abrió la puerta y siguió corriendo junto al vehículo siempre en marcha, se aferró al borde de la caja y saltó a su interior. Se sostuvo un instante en el ángulo como un boxeador antes de lanzarse a los riesgos del cuadrilátero. La camioneta brincaba con ritmo creciente a medida que Ernesto retomaba la velocidad. El bulto amarillo se sacudía. Joaquín se agarró de un travesaño y con la mano libre desenvolvió una punta. Ernesto, concentrado al volante, oyó que golpeaban la ventanilla de atrás. Giró y vio el rostro desfigurado de su compañero. Entendió que le gritaba ¡hambre! ¡Qué hambre, carajo! El ruido del motor y el escándalo de la carrocería le impedían oír. Joaquín chillaba horrorizado: ¡Un fiambre! ¡Es un fiambre, huevón! ¡Frená!
El pelado puso a calentar agua; les vendrá bien un cafecito, pobres. El resplandor de esa siesta para bomberos se apagaba. Lo único que faltaba era que la triste ruta provincial se convirtiera en la favorita de asaltos; total, la policía ya ni se preocupa y hasta que venga otro auto los perjudicados se olvidan del robo; estamos cada vez mejor, vamos para adelante; ¿y este par de chorlitos? Ella parece una criatura desprotegida, él un candidato a cornudo. Dijo: vengan a tomarse un cafecito.
Rosendo ayudó a Gladis, que se levantó con esfuerzo. ¿Qué pasará con mamita? Ni se darán cuenta, la tranquilizó Rosendo pensando ya la habrán abandonado a orillas del camino o junto a un arroyo, pobre suegra, pero es mejor así. ¿Te parece?, insistió Gladis. ¡Shtt!, advirtió Rosendo cerca de la oficina, tengamos cuidado, ¿me entendés?
Ernesto gritó a Joaquín que subiera, no vamos a detenernos por un fiambre desconocido. Esto lo soñé, aseguró Joaquín. Yo también, dijo Ernesto con disgusto. ¿También?, se extrañó Joaquín. ¡Pero dejate de hinchar las pelotas, qué voy a soñar, estoy para sueños, estoy! Pero yo lo soñé, es cierto. Ernesto luchaba ferozmente con el timón de la camioneta lanzada como bólido por el camino precario. Joaquín insistió en el cadáver de su sueño que le vomitaba encima. Ernesto no quería escuchar. ¡Acabala, cambiá de tema!
El mecánico se secó la calva, dijo qué barbaridad, eran dos mocosos, a lo mejor llegan a un río, se bañan y vuelven, o muestran la camioneta a unas amiguitas y la abandonan. Ojalá, ojalá, repetía Rosendo. Estuvieron sentados bajo aquel paraíso, ¿ven?, se aguantaron el infierno de la siesta; lo único que pasó en todo el tiempo fue un ómnibus lleno, y aunque hubieran conseguido lugar esos malditos no habrían subido, quieren viajar gratis, es la moda, en fin... me parece que haría bien si llamara otra vez a la policía, no puede esperar una hora, dígales que está nervioso, que su señora se enfermó, en una de ésas lo atiende un oficial comprensivo, o ya le adelantan alguna noticia, esta ruta es un desierto, ustedes vienen de casualidad, raro que la hayan elegido, Rosendo palideció de nuevo: el overol incursionaba peligrosamente en la cuestión de dónde vienen, adónde van, por qué la ruta, quizá vio el bulto amarillo con su suegra adentro. Gladis se atoró con el último sorbo de café.
La cana debe de haber empezado la pesquisa, el Gringo tendrá que mover conexiones y frenarla, pronto llegaremos, menos mal, dijo Ernesto. Estaba relativamente feliz porque no tuvimos que desenfundar el bufoso; pero resulta que nos cargamos un fiambre de arriba, se lamentó Joaquín.
Son unos imberbes, insistió el pelado mientras Gladis empapaba con lágrimas y mocos el pañuelo de su marido.
Una parejita inocente, cada uno fue a mear en otro baño y resulta que mataron a una vieja, dijo Ernesto. ¿Cómo sabés que la mataron?, preguntó Joaquín. Tenés razón —Ernesto se mordió el bigote con fastidio—: era un fiambre que estaba haciendo dedo hasta el cementerio próximo, ellos lo alzaron nomás. Joaquín encogió los hombros: muerto que nos viene de arriba, nos llenará de vómito y caca, como en mi sueño. ¡Sos supersticioso, che! ¿Astrólogo? ¿Mago? ¡A-ca-ba-la!
Déme... o... otro... café, hipó Gladis. Enseguida, señora, pero les repito que esos muchachos no tenían cara de delincuentes, deben de ser aprendices de guerrilleros o nenes de papá, una travesura. ¡Flor de travesura!, se indignó Rosendo. ¡Los agarro y los convierto en picadillo, les meto las tripas en la boca, les saco los ojos y los reviento a patadas! Sí, claro, tiene razón, concedió el pelado mientras ponía a calentar más agua; pensó: te haces el bravo porque no están, quisiera verte, y dijo: ya pasaron tres cuartos de hora, debería volver a telefonear.
Con este fiambre ni nos han denunciado, aventuró Ernesto. Hay gato escondido, mejor largarlo a los churquis, opinó Joaquín. Estás loco, protestó Ernesto, enseguida se llena de buitres y localizan el aguantadero. Hacele entonces un entierro de primera, se enojó Joaquín.
Rosendo pensó que a esa hora seguramente los bandidos ya se habían liberado del cadáver y empezó a correrle la mortificante transpiración cuando se le cruzaron otras ideas: no descubrieron el cadáver o prendieron fuego a la camioneta con cadáver y todo o la empujaron a un barrancón haciéndola mierda o al descubrir al muerto se asustaron y fueron ellos mismos a la policía para deslindar responsabilidades, eso es, y entonces me cagan para toda la vida, andá, explicá que doña Concepción murió de un ataque cardíaco después de comerse una salsa de los diablos y que no la envenené, Dios mío, qué imbécil soy, dónde está la guía telefónica, no pierdo un solo minuto. Qué pasa, exclamó el pelado viendo a Rosendo atropellarse contra el mostrador.
Tampoco conviene enterrarla en el aguantadero, el día que la descubran nos endilgarán un crimen gratuito. Que decida el Gringo.
Qué ocurrirá, balbuceaba Rosendo mientras discaba con torpeza. Sírvase más café, dijo el pelado. Gracias, dijo Gladis.
—Hola —gritó Rosendo.
—Canallas —protestó Ernesto.
—Pensemos —propuso Joaquín.
—Que me robaron la camioneta —gritó Rosendo.
—Precise el lugar —exigió el teléfono.
—Qué mierda estoy haciendo sino pensar, carajo —se indignó Ernesto.
—Hable usted —ofreció Rosendo el auricular al pelado—, quieren que precise el lugar de la estación.
—¿Pero no lo había hecho antes? —se asombró el pelado.
—No es justo que le endilguemos un fiambre de regalo al Gringo —dijo Ernesto— ... justo ahora que nos empezaba a tomar confianza.
—Sí... —balbuceó Rosendo—, se ve que no anotaron, qué sé yo, explíqueles, estoy muy nervioso.
—En mi sueño... —reiteró Joaquín.
El pelado aplicó el auricular contra su cabeza pensando este tipo es un pelotudo repelotudo y gritó hola, hola, sí, hace cuarenta y cinco minutos que dos muchachos robaron una camioneta de color acero, eso es, sí, dos muchachos, una camioneta.
El Gringo puede calentarse, reflexionó Ernesto.
Que se apuren, sollozaba Gladis.
Dos muchachos, uno de bigotes, insistió el pelado.
5
Un episodio de extrañas características ocurrió en el km 55 de la ruta provincial número 12. Alrededor de las cuatro de la tarde del día martes ppdo., la camioneta Ford patente Nº 22.437 ingresó en la estación de servicio atendida por el señor Armando Quiroga para reabastecerse de combustible. Conducía el vehículo su propietario, Rosendo Mansilla, argentino, de 38 años de edad, casado con Gladis Orsattori de Mansilla, quien lo acompañaba. Según referencias obtenidas en el lugar del suceso, dos individuos que acechaban desde horas antes aprovecharon la distracción de Rosendo Mansilla, embistieron al encargado de la estación de servicio y se apoderaron del rodado huyendo a gran velocidad. La Subcomisaría de Cornelio Saavedra recibió la denuncia telefónicamente recién tres cuartos de hora más tarde. Sus efectivos se trasladaron al km 55 mientras advertían a los puestos policiales de los alrededores y tendían un amplio cerco para evitar la fuga del vehículo sustraído.
Pese al hermetismo de la investigación, ha trascendido que el matrimonio Mansilla, afectado por intenso nerviosismo, prestó declaraciones contradictorias. De las mismas se habría deducido que abrigaban la delictuosa intención de ocultar a doña Concepción de Orsattori, suegra del propietario de la camioneta. Tras un largo interrogatorio, Rosendo Mansilla reveló que dicha señora los había acompañado en este viaje de descanso y que habría sufrido un ataque cardíaco, por lo cual resolvieron llevarla precipitadamente a un hospital. El señor Armando Quiroga de la estación de servicio, en cambio, aseguró no haber visto a dicha mujer; por otra parte no funciona hospital alguno en la cercanía del km 55.
Avanzando en la indagatoria, Gladis de Mansilla habría declarado que un ataque cardíaco produjo la muerte de su madre y que, desesperado por la tragedia, su esposo resolvió envolver el cadáver con una lona a fin de transportarlo secretamente a la ciudad.
Aumentó la confusión en torno al insólito suceso cuando al atardecer regresó la camioneta escoltada por un patrullero. En el mismo, sentada junto al agente que conducía, venía la presunta occisa, doña Concepción de Orsattori. Los efectivos policiales también traían a los presuntos ladrones, Ernesto Villafañe y Joaquín Heredia, ambos argentinos, de 27 años de edad y con antecedentes delictivos. Los tres presentaban lesiones. La mujer en el rostro, caderas y extremidades, de escasa magnitud, debidas a las contusiones que recibiera cuando, envuelta en la lona, fue transportada en la parte posterior de la camioneta. Los delincuentes, por su parte, sufrieron traumatismos de consideración en el cráneo: parecería que la señora de Orsattori, al recuperarse de su catalepsia en la proximidad de un rancho donde los sujetos habrían planeado esconder el vehículo, los agredió con un martillo. En dicho paraje fueron finalmente localizados.
En circunstancias de reunirse la familia, y en medio de un gran desconcierto, la violenta y descontrolada señora Concepción de Orsattori abatió a su yerno Rosendo Mansilla acusándolo de querer matarla. Según versiones recogidas por el cronista, alcanzó a herirlo con un objeto contundente mientras lo acusaba de impotencia sexual. Este hecho insólito se añadió a los anteriores para dar pie a sospechas sobre las relaciones incestuosas que habrían existido entre Rosendo Mansilla y su suegra. Se llegaba así a la conclusión de que la pareja, para resolver los sucios vínculos, había decidido eliminar a doña Concepción de Orsattori. El inesperado curso tomado por la indagatoria ha producido un fuerte impacto en los protagonistas del episodio, al extremo de que el juez interviniente acaba de ordenar que Rosendo Mansilla sea examinado por un médico psiquiatra.
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