pentagrama de fuego (es)
1
Si tuviera que dedicar esta historia, no encontraría mejor destinatario que el maestro Domenico Puccarelli, su protagonista. Lo encontré hace poco en la Sociedad Italiana de Río Cuarto por mera casualidad. El 19 de septiembre se celebró el primer centenario de la institución con un banquete y llegué tarde comprimiendo contra el pecho la pila de libros que acababa de recuperar (mis amigos los arrancan gozosos de mi biblioteca y olvidan devolverlos). Los dejé en el guardarropas vacío: el aliento precoz de la primavera hacía innecesarios tapados y sobretodos. Ingresé en el salón repleto de gente. Un miembro de la comisión de festejos me guió entre las sillas apretujadas y el regocijante barullo hasta un rincón que permanecía milagrosamente desocupado.
El excelente vino, la abundante comida y el desopilante show borraron de mi conciencia la hora, el día y también los libros. De manera que a la mañana siguiente —frisaban las once—, enojado por haber olvidado los libros y tener que perder más tiempo yendo a buscarlos, subí otra vez los peldaños breves que conducían a la puerta que vio pasar tantos invitados. El hall resplandecía tras la fregada matinal con agua y detergente. Un silencio profundo —compensación violenta de la algazara que había trepidado casi toda la noche— parecía brotar de los espejeantes mármoles que recubrían los muros, como si el edificio se hubiera transformado en un cenotafio. Me dirigí a la secretaría administrativa y acerqué mis nudillos al cristal. Dudé unos segundos antes de atreverme a quebrar la tersura del silencio. Oí mis golpes, cortos, bien timbrados. Nada. Giré el pomo y escruté la habitación tapizada de vitrinas. Sólo necesitaba que alguien abriera el guardarropas para poder llevarme los libros. Una puerta plegadiza de varios metros cerraba el acceso al salón principal. Quizá allí hubiera algún ser vivo. Accioné el picaporte y ¡estalló la música! ¿Había movido el botón de un aparato invisible? La escala cromática se desgranó veloz hacia los agudos y retornó con brillo parejo hacia los graves para bifurcarse luego y volver a reunirse en una iridiscente producción de sonidos.
Entré y vi que muy lejos, al final de la inmensa sala vacía, sobre la tarima donde funcionó la orquesta, un anciano en camisa se encorvaba sobre el teclado. No podía sospechar que ese hombre marchito y sucio era nada menos que el otrora famoso Domenico Puccarelli.
Los sonidos rodaban por la bruñida pista de mosaicos y se arremolinaban hacia el altísimo cielo raso ornado con molduras. En un rincón se amontonaban sillas, tablones y caballetes. Me acerqué con curiosidad.
El músico era alto y flaco; su calva lustrosa terminaba en una mata de pelos grises que se enredaban sobre la nuca. La piel arrugada, sobrante, vibraba como si la estuvieran golpeando por dentro. Usaba gruesos anteojos de miope. Se había arremangado hasta los codos y en sus zapatos se notaban manchas de cal.
Caminé evitando su mirada y me instalé, con las manos en los bolsillos, a escasos metros. Había empezado a ejecutar el Clave bien temperado de memoria. Tocaba con exactitud, como una máquina, destacando con absoluto dominio del contrapunto la voz primordial. Observé la humedad de sus axilas, el vello de sus antebrazos tendinosos. Al finalizar la tercera Fuga se quitó los pesados anteojos. Extrajo un pañuelo abollonado y se secó la cara.
Carraspeé.
—Disculpe, ¿hay alguien de la gerencia, o de maestranza?
Se sobresaltó. Calzó con apuro las gafas.
—No... sé —su voz delataba inseguridad, retracción, como si hubiera sido descubierto con las manos en el delito.
—Hace rato que inspecciono —dije—, todo está vacío. Aunque anoche hubo fiesta; no pueden desaparecer los porteros, o los que limpian.
—Sí, claro —guardó lentamente el pañuelo en su descolorido pantalón, como si fuese un arma.
—Por lo menos tuve el placer de escucharlo —dije para demostrarle que yo era inofensivo.
—Oh... ¡gracias!
—Ejecuta muy bien a Bach.
Contrajo las fláccidas mejillas con súbita vergüenza. Su nariz volvió a exudar gotitas entre los pelos que oscurecían el dorso. Necesitaba disculparse.
—No es para tanto.
—Supongo que alguien le abrió la puerta —yo necesitaba acceder a ese maldito guardarropas.
—¡Sí! —exclamó como si lo hubiera acusado de violar un domicilio—. Me abrió el portero. Tengo permiso, ¿sabe?; puedo tocar un par de horas, todos los días. Excepto los domingos.
—¿Dónde se ha metido el portero, entonces?
—¿Quién? —preguntó azorado.
—Bueno, no se preocupe —el músico debía de estar arteriosclerótico y se paró, como si de repente hubiera tomado conciencia de haberme faltado el respeto o algún absurdo por el estilo. Su larga osamenta habría sostenido un cuerpo más relleno: le colgaban flaccideces en las caderas, en la reseca papada. Sus pantalones eran demasiado anchos (además de descoloridos) y un extremo desflecado de la camisa le caía por afuera—. No se preocupe —insistí—, ya me arreglaré.
Movió la cabeza en signo de conformidad. O sumisión. Y retornó al taburete.
—Adiós, maestro —lo saludé caminando hacia la salida.
El pianista permaneció boquiabierto, las manos con pecas apoyadas sobre las rodillas, los anteojos resbalando por la ensilladura brillante de su nariz punteada de barros. Abandoné el salón. Entonces volvió a tocar, apretando el pedal de la sordina.
Vi al portero que venía a mi encuentro arreglándose la bragueta. Sacó un espeso manojo de llaves y realizó una ágil selección. En el guardarropas con olor a encierro encontré mis libros tal como los había dejado.
—Gracias.
—Por nada.
Los sonidos enhebraban una conmovedora tristeza de Schumann. Fruncí el ceño.
—¿Quién es?
—¿El pianista?
—Sí.
Encogió los hombros.
—Hace una semana que viene por unas horas; el presidente le dio una autorización.
—Pero... ¿quién es, cómo se llama?
—Pucante, o Pucanti, algo así.
2
Tardé un mes en descubrir que el tal Pucante era nada menos que el otrora célebre Domenico Puccarelli. Se lo había considerado uno de los mejores docentes de la interpretación pianística. Sus alumnos llegaron a formar una élite. Era necesario atravesar una verdadera carrera de obstáculos para acceder a sus lecciones. No es extraño que quienes no frecuentan los ambientes musicales tengan dificultad en comprender la gravitación y el magnetismo que puede llegar a ejercer un auténtico forjador de talentos. Yo estuve ligado a su influjo de manera indirecta, y su nombre no dejó de emocionarme a pesar del tiempo y las circunstancias. Hace más de veinticinco años que leí su Tratado de la moderna ejecución pianística (leer es un decir: mastiqué, subrayé, memoricé). Aún lo conservo, bastante ajado, con los signos de mi voracidad. Sigue siendo un libro deslumbrante. Es breve, de apenas 115 páginas. Lo escribió cediendo a las exigencias de los que —por falta de horas— no podían recibir su enseñanza personal. En un ambiente proclive a las mitificaciones y la charlatanería, la obra de Puccarelli sobresalía por su sobriedad, rigor y claridad. Confieso que debo a las transparentes enseñanzas de ese libro mi súbita comprensión de la literatura pianística y un notable mejoramiento de la ejecución. El texto revelaba sus condiciones de pedagogo y su generosidad asombrosa: regalaba los secretos de una técnica que los artistas de antaño guardaban con celo y que no transferían ni siquiera antes de hundirse en la tumba. Domenico Puccarelli, en cambio, los obsequiaba a cada alumno, los mostraba una y diez veces, los repetía hasta el agotamiento. Y cuando el alumno revelaba condiciones, se decía que el maestro recurría a sus facultades extrasensoriales permaneciendo en la cabeza del estudiante más allá de los límites de la lección, repitiéndole las normas del toque ligatissimo y las sutilezas del relevo de una mano por otra o el modo de atacar una sucesión de acordes y resolver los grupetos. Domenico Puccarelli absorbía al discípulo hasta metamorfosearlo en una voluntad concentrada en el objetivo de una interpretación impecable. Un siglo atrás se creía que el milagro del virtuosismo se producía merced a la intervención del demonio: el cadáver de Paganini tuvo que penar en humillante vagabundeo hasta que obtuvo la cristiana sepultura. Entonces no se lograban entender ciertos trucos de la técnica, la importancia de la relajación muscular y la concentración mental, ni el uso de las facultades parapsicológicas en la creación artística (tengo mis reservas con la parapsicología, pero en este caso no la puedo marginar).
El maestro enseñaba en su departamento de la calle Maipú. No tenía secretaria ni hacía publicidad. No otorgaba certificados. Se resistía a los reportajes. Cobraba poco y trabajaba mucho. No comercializaba su arte. Dividía la jornada en once horas, tres para él (tocar, estudiar, escribir) y el resto para sus alumnos. Con sus reducidos ingresos podía satisfacer a Sofía y educar a su hijo Eduardo, quien, lamentablemente, no revelaba inclinaciones musicales.
Recuerdo que hace veinticinco años, en un día de julio, realicé un fervoroso peregrinaje hasta el edificio gris, antiguo, de ocho pisos y balcones salientes, redondos, del profesor. Había leído su Tratado. En el cuarto piso enseñaba el dios. Asumí el tímido rol de un ignorado Schubert que se desesperaba por visitar a Beethoven, pero del que sólo alcanzó a percibir su sombra proyectada contra los vidrios. Me quedé una hora apoyado contra la pared de enfrente, soportando el frío, los brazos sobre el pecho y la cabeza levantada, fija en la ventana precisa, remotamente esperanzado en que se abriría, y la grandiosa cabeza de Puccarelli se asomaría al balcón. Algunos sonidos provenían de lejos, con excesiva liviandad. Era inútil solicitarle una entrevista, ni siquiera preguntarle sobre la posibilidad de obtener algunas lecciones. Sólo aceptaba el contacto postal. Circulaba el rumor de que para escoger a sus nuevos discípulos se basaba, más que en los antecedentes, en la escritura: era un grafólogo tan hábil que, cuando el candidato recibía la respuesta con la fecha para dar examen de ingreso, podía considerarse aprobado. Le escribí en dos oportunidades adjuntando la recomendación de mi maestro. Contestó con alguna tardanza, pero contestó. Sin haberme escuchado jamás, opinaba que aún no obtendría beneficio de sus lecciones particulares y aconsejaba que, mientras tanto, ejecutara más seguido ante el público e incrementara mis ejercicios de relajación.
Conocía una sola versión de su rostro, que solía aparecer en la cartulina brillante de algún programa de concierto ofrecido por sus alumnos. Toma de medio perfil, vestido con un frac que alquiló sólo para sacarse la foto (entre sus excentricidades figuraba el desprecio por la etiqueta). Lucía rasgos beethovenianos. Su nariz breve y ancha, su mentón también ancho, contrastaban con la frente alta, lunar, indicadora de una progresiva calvicie. Sus ojos de carbón encendido, no revelaban ternura, ni inspiración, ni alegría, ni optimismo, sino la dureza de la disciplina: eran diamantes que recortaban pianistas perfectos. Apenas salió a la venta su Tratado de la moderna ejecución pianística —que deglutí como un poseso— le escribí por tercera vez. Ya no contestó: sobrevino la declinación de su estrella.
3
Basta hacer un poco de memoria para recordar las fotografías de las tres familias en duelo, las desgarrantes declaraciones de su hijo Eduardo, los desvanecimientos de Sofía, su abnegada mujer. Los que nos interesamos por la vida musical del país quedamos doblemente trastornados: de una parte el derrumbe de Puccarelli y de la otra el espeluznante fin de la promisoria Marta Durán, su discípula.
Dos años antes Marta Durán había comenzado a recibir lecciones de perfeccionamiento. Hasta entonces sólo había tocado ante las mesas examinadoras de un modesto conservatorio de Villa María. Por sugerencia de una concertista que ofreció un recital en la ciudad le escribió de puño y letra, sin mayores esperanzas. En menos de quince días llegó la respuesta con la precisión de fecha y hora en que la recibiría el maestro. Las albricias se desparramaron por el centro, los barrios y hasta las chacras de los alrededores. Marta, que recién cumplía los diecinueve años y observaba una conducta retraída, casi insociable, viajó a Buenos Aires acompañada por su madre. Ocurrió lo previsto: Puccarelli había detectado su talento mediante la grafología y no necesitó oírla más de quince minutos para descolgar su pontifical veredicto.
Lo que pasó después se integró al collar de la vida y milagros que orla a cada artista. La comidilla, el chisme, el asombro, la envidia, la identificación. En un semanario de Villa María le publicaron a Marta Durán una foto con la cabeza inclinada hacia la derecha y el cabello rubio derramado sobre un hombro. “Joven valor local triunfa en Buenos Aires”, proclamaba el título. La nota describía la fina labor docente del maestro Puccarelli, enumeraba algunos pianistas de renombre que habían sido sus discípulos y destacaba el éxito que implicaba haber sido aceptada en el calificado cenáculo. “Trampolinizada hacia la gloria”, afirmó la nota del siguiente número, con detalles de la primera clase que el periodista hubo de arrancar con tirabuzón a la silenciosa “modosa y humilde” Marta.
Todos los jueves a las veintidós y treinta subía a un ómnibus de la empresa Chevallier y amanecía en la Capital Federal. Se alojaba en lo de su tía Betty —rentista y solterona—, que vivía en un departamento frente al Parque Centenario.
Desayunaba, recogía los libros de música y enfilaba hacia la calle Maipú. A las once menos diez llegaba al venerado edificio, penetraba en el ascensor antiguo asegurado con una malla de arabescos y apretaba el botón número cuatro. Sofía Puccarelli solía abrirle la puerta e indicarle un asiento de gastado terciopelo en la sala de espera dominada por el oro y la púrpura. De una alta puerta con visillos color crema, prolijamente burleteada, provenían sonidos apagados. La música solía interrumpirse de manera abrupta, como si un hacha la cortara sin respeto en cualquier tramo del compás. Luego se reanudaba repitiendo una cadencia o una sucesión de acordes o trémolos fuera de contexto, de una manera obstinada, neurotizante, como si fuera un disco rayado. Y otra vez el hacha, el silencio. Marta contemplaba los retratos de Busoni, Ravel, Bartók, Satie, Dvorak, Respighi, Paderewski, con dedicatorias a Domenico Puccarelli. Otra puerta se abría en forma violenta y pasaba, rumbo al ascensor, un joven espigado de tez aceitunada y ojos insolentes; su hijo Eduardo. Volvían a repetirse los fragmentos musicales. Y otra vez el hacha, la tensión del silencio. Una mesita redonda, alta, cubierta con un mantel amarillo de largos flecos sostenía una reproducción en yeso de Apolo. Se abría por fin la puerta grande. Once en punto. Sale un joven de largos cabellos negros y piel muy blanca, delgado, enfermizo. La saluda con un tímido movimiento de cabeza.
Marta levanta los libros y el bolso. El dios la espera. Se frota las suelas en el felpudo. La sala de clase no tiene alfombras que aspiren los sonidos; no tiene casi decorados; sólo un amplio ventanal herméticamente clausurado para evitar los ruidos de la calle. Dos pianos se enfrentan como brillantes lobos de mar. El maestro la mira con sus carbones encendidos, le tiende la mano, le pregunta si ha estudiado las lecciones, si ha realizado los ejercicios para fortalecer la memoria, y los ejercicios de concentración, y los ejercicios de relajación. La invita a sentarse en el taburete. Él se repantiga en su sillón de cuero bordó. Marta recuerda los pasos como en un ritual religioso: tranquilizarse, distenderse, ablandar todos los músculos (desde la frente hasta los tobillos) y fijar su atención en la imagen gráfico-musical de la obra que ejecutará primero. El maestro ha enfatizado que tiene paciencia y aguardará todo el tiempo que ella necesite. Pero una vez iniciada la música, le estará prohibido cometer errores. En el último tercio de la clase tocará los fragmentos vulnerables, tantas veces como requiera su cabal dominio. Marta se afloja concentrándose en cada porción de cuerpo, los ojos depositados con indiferencia en el encordado del instrumento. Su cabello de bronce se reproduce en el espejo de la tapa levantada. Sus dedos largos, sensibles, empiezan a acariciar el fresco marfil de las teclas. Gira lentamente la mirada a lo largo de la pared desnuda hasta el sillón bordó.
—¿Lista?... Bien. Adelante.
Esa noche, también a las veintidós y treinta, subía a otro ómnibus de la empresa Chevallier rumbo a Villa María. Al cabo de dos meses su madre dejó de acompañarla. Y al cabo de otros cuatro ya permanecía alternativamente una semana en Buenos Aires y otra en su casa. Desde que fue “trampolinizada hacia la gloria” había adelgazado en forma notable. Su enérgica tía Betty hizo aceitar los pedales del piano vertical que había pertenecido a la abuela y cambió varios martillos para elevar las cualidades del instrumento debido a las exigencias de Marta.
Tía Betty fue la primera en animarse a criticar algunas particularidades del método aplicado por Puccarelli. El maestro insistía tanto en la concentración, que la pobre Martita llegaba a quedarse abstraída durante horas, como una estatua, como el Apolo inmutable de la salita de espera. Y si no la arrancaba de su introversión, se salteaba las comidas como si tal cosa. Esto no es bueno, escribió a Villa María, pero su carta causó más disgusto que advertencia.
Domenico Puccarelli confió a un periodista que Marta Durán tenía asegurado un futuro descollante. Llegó a decir que sus interpretaciones no sólo eran ajustadas, sino insuperables; reflejaban un talento poderoso. Al año siguiente propuso dictarle dos horas por semana, distinción excepcional que certificaba sus condiciones. En Villa María se comentó el caso en la intendencia, el Rotary, los Leones, y se dispuso crear una beca para solventar sus gastos. A través de “Martita” Villa María lograría pronto resonancia mundial. Sus padres eran agasajados y mimados, incluso por el gerente del Banco Nación, que les había negado un crédito para pagar los estudios de su hija y ahora se frotaba las meninges para arbitrar alguna otra forma de ayuda.
Puccarelli sostenía que se debe estudiar poco tiempo cada vez, pero con gran concentración. Marta Durán, que había logrado un altísimo nivel, podía darse el gusto de estudiar más horas que las recomendables. Casi no hablaba; llegó a descuidar su arreglo. Pero se sentaba a tocar desde la mañana hasta la noche. ¡Pará, nena! —exclamaba su tía atontada por escalas y acordes—. ¡El piano está que hierve! Marta sólo escuchaba sus propios sonidos y la voz continua, ubicua, incansable, del maestro. El maestro se le metió en la sesera —escribió a Villa María—, hasta le habla cuando duerme. En una ocasión Marta fue trabada por un pasaje difícil; lo repitió como obsesa cincuenta o cien veces, primero lentamente, como pisando en puntas de pie, y luego con más velocidad. Betty permaneció tras ella, contemplando el milagro de la progresiva transmutación del fragmento engorroso en un torrente fulgurante. Marta ni se percató de la testigo. Tocaba de memoria —había fijado previamente la imagen gráfico-musical, como indicaba el maestro— y hablaba. Hablaba con dos tonos de voz, uno correspondía al suyo (tierno, sumiso) y el otro al maestro (firme, autoritario). Con esta última voz reprendió a su mano izquierda, que no desgranaba una escala de modo absolutamente parejo. Tía Betty ya tenía la enojosa sensación de que en su departamento no habitaban dos personas (ella y su sobrina), sino tres (Domenico Puccarelli). Más adelante su inquietud aumentó, al leer en una revista que el famoso profesor no sólo manejaba la grafología, sino que había realizado cursos de telepatía y telequinesia.
Debe de usar algún procedimiento fuera de lo común —conjeturó en otra carta—; así se explica que sus lecciones sean tan disputadas. Y yo lo estoy comprobando en Martita: desde el año pasado parece vivir en trance. No sé si se justifica tamaño sacrificio para llegar a la gloria.
Una comisión de notables de Villa María decidió organizar “el” concierto de Marta Durán, adelantándose a la serie de recitales que comenzaría a desarrollar cuando finalizara su mentado curso. Se sabía ya de ofrecimientos en el exterior y habían trascendido comentarios de algunos críticos. Consideraban que por ser hija de la ciudad era justo que desde allí arrancara su periplo. Elevaron la propuesta a las autoridades correspondientes obteniendo un eco desusado. Fueron entonces a conversar con los padres de Marta. Haremos una publicidad masiva —dijeron—, se cursarán invitaciones desde la Secretaría de Cultura de la Nación para abajo, asistirá el “tout” Villa María, sus alrededores, vendrán críticos y admiradores desde Rosario, Córdoba y Buenos Aires, inclusive el maestro Puccarelli (huésped de honor) y sus mejores alumnos. Los padres transpiraban de gozo. Y apenas recibieron a la nena en la estación de ómnibus le contaron la noticia. Marta, ojerosa por el viaje y el ritmo de estudio, se limitó a escuchar, colgó su ropa, acomodó las partituras, se quedó media hora ante el espejo y después manifestó que para obtener un buen ligado es preciso dejar correr los dedos muy próximos a las teclas y que ningún mordente sale bien cuando se lo ataca con una contracción del antebrazo. Parece embrujada —murmuró el padre—. La pobre se exige demasiado —lamentó su madre.
La comisión de notables aprovechó la transitoria presencia de la artista para “ofrecerle” el concierto y fueron ingresando de a uno en la casa de techos altos y ventanas con rejas. Ella los aguardaba en la sala de recibo. Todos la conocían desde que era chiquita así, uno recordó haberle comprado chocolatines cuando no quería entrar al jardín de infantes, otro aseguró que hace diez años pasó por la vereda y se quedó escuchándola a través de la ventana y después fue corriendo a decirle a su mujer que Martita sería una concertista internacional (¡hace diez años! —recalcó—). La madre sirvió café; no era necesario gastarse en presentaciones; tanto el padre Saldaño como el doctor López Plaza como el señor Fuentes son figuras de altísima reputación. Y amigos de la familia Durán. Martita es muy vergonzosa, ustedes la disculparán —la madre se retorcía el crucifijo—, sólo pierde la timidez ante el piano. Está más crecidita —dijo el doctor López Plaza—. Algo más delgada —observó el señor Fuentes—. Más espiritual —reflexionó el padre Saldaño—. Mucho viaje, muchas horas de trabajo, un poco más y finaliza el curso. ¡Y después vendrán las giras! —exclamó López Plaza—: ¡Londres, París, Nueva York! Pero con descansos —sonrió la madre—. Y bien, Martita —dijo el cura entrando en materia—, tu ciudad quiere homenajearte con la organización de un concierto en el teatro. ¡Será una fiesta del espíritu! —interfirió López Plaza—. Suponemos que estarás de acuerdo —prosiguió el cura—. ¡Lo damos por aceptado! —afirmó López Plaza levantando su brazo vigoroso.
Marta, con los ojos fijos en su café, susurró que el toque ligatissimo sobre una misma nota repetida se consigue dejando subir la tecla hasta unos tres cuartos de su altura para que la nota siga sonando y luego se la bajará nuevamente.
El doctor López Plaza enderezó su ancho tórax y se levantó para abrazar a la artista que lograba centrar el universo en su pasión. ¡Sublime! ¡Excelso! El cura, más suspicaz, entró a sospechar algo raro y lo confió a la oreja del señor Fuentes. Martita seguía hablando: es preciso convertir el cuerpo en pentagrama y concentrar todas las notas en él; el pentagrama tiene vida, entonces, y arde. López Plaza se entusiasmó con la metáfora: no sólo era una pianista sino una artista universal, como los verdaderos genios. El pentagrama arde y la música es perfecta —repitió Marta cuando se retiraron.
El doctor López Plaza se disgustó con la comisión de notables porque se negaron —primera vez en la vida que le negaban algo— a que pronunciara un discurso de presentación antes del concierto. Iba a ser uno de sus discursos más inspirados porque enlazaba el arte de la música con el de la poesía. En los conciertos internacionales no hay discursos —le explicaron reiterada e inútilmente—, en el programa se incluye una nota biográfica sobria, nada más. López Plaza transmitió su pesar a los padres de Martita, porque —dijo— en última instancia la que se perjudicará será ella; lo lamentaba tanto. Pero los padres ya no se interesaron por el concierto como en un principio, aunque la publicidad inundaba los diarios y las calles como una creciente. Martita estaba rara, era otra persona. Las cartas de Betty nos estuvieron advirtiendo —lloraba su madre— y nosotros las rompíamos diciendo que era una envidiosa histérica. Por apasionante que sea su vocación, no es lógico que a su edad se aísle del mundo, ni que escuche sólo la voz de su maestro como única voz humana. Parece lela. Será famosa, sí, pero no será tu hija, a tu hija no la encuentro, repetía Betty.
López Plaza dijo que la aleación de la música y la poesía era tan deflagrante como una bomba. Y se produjo la deflagración. Pero no por obra de su altisonante discurso, sino por la locura de Marta Durán. Ocurrió pocos días antes del concierto, los habitantes de Villa María aún lo deben recordar como un fogonazo. Las entradas vendidas, adhesión de autoridades, reservas completas en hoteles y pensiones, compromisos de periodistas y críticos musicales, espacios alusivos en radio y televisión. El acontecimiento de la década, o de la centuria. Marta Durán se hallaba en Buenos Aires, de donde llegaría acompañada por su ínclito maestro. Y se produjo la inverosímil deflagración, los titulares que quitan el aliento. Corridas. Comentarios. Conjeturas. Bronca. “Artista frustrada en el umbral de la gloria.” Ayer —la noticia se expandió como una tormenta—, al regresar de su clase, Marta Durán siguió refiriéndose a un fantástico pentagrama de fuego. Marta se encerró en el baño, roció sus ropas con querosén y se convirtió en hoguera. Ardió como un bonzo. Cuando su tía, con la ayuda de convulsionados vecinos, logró derribar la puerta, fue espantada por la visión de un enorme caracol carbonizado. Asistencia médica inútil. La llaga supurante aguantó diez horas.
En Villa María tuvo lugar el entierro, el más triste y enojado de toda una generación. Brotaron murmuraciones, acusaciones, sentimientos de rebelión. La carroza tapada de coronas atravesó las calles empapeladas con los afiches del concierto. El padre Saldaño ofició ante el panteón familiar y el doctor López Plaza pronunció su discurso, exento de música y poesía, lleno de rabia y desaliento.
4
Domenico Puccarelli fue interrogado, juzgado y hallado culpable. Al crimen de Marta Durán se añadió el de otros discípulos que también habían muerto en forma inexplicable. Varios testimonios —uno decisivo— determinaron la condena. Su ambición de incorporarse en la sensibilidad y la inteligencia de sus alumnos resultó trágica.
El período de cárcel lo alejó de la enseñanza. Enmudeció el cuarto de la calle Maipú. Fue retrayéndose la venta y exhibición de su Tratado. Sofía agotó los magros ahorros y finalmente tuvo que vender, llorando, uno de los suntuosos pianos. Su hijo, destrozado por el juicio, tumefacto de culpas, insomne, desapareció de Buenos Aires.
Guardé su Tratado en un rincón poco visible de mi biblioteca, influenciado por el clima de bochorno que anegó el predio musical. Sus enseñanzas no me abandonaron nunca. Pero yo abandoné a Domenico Puccarelli. Lo abandoné a su pringosa suerte sin averiguar mucho, sin hacer nada. Lo abandoné como sus discípulos personales que tenían tanta deuda de gratitud. No escribí una miserable carta de protesta, no propuse ni una simbólica movilización. Me limité a comentar —e indirectamente gozar, como cualquier chismoso— las anécdotas alucinantes que hiperbolizaban sus delitos. Y cuando al término de algunos meses ya no se habló más de él, me sentí feliz —privilegiada y egoístamente feliz— de poseer su valioso Tratado que la gazmoñería general fue marginando de las vidrieras y mesas de exhibición hasta dejarlo desaparecer entre los escombros.
Domenico Puccarelli caminó un sendero turbulento. La tragedia de Marta Durán —que le revolvería el cerebro y las vísceras durante lustros— fue el siniestro pórtico, no el fin. Fue la boca de un pozo infernal, no el pozo mismo. El encierro le cuarteó el alma. Decían sus guardianes que, merced a sus facultades telepáticas, se comunicaba con el exterior, escuchaba conciertos o influía sobre los ejecutantes. Pero en realidad construía sonidos e imágenes gráfico-musicales en las grietas de los muros.
Su calidad pedagógica fue desvalorizada. Los genios no se hacen —decían criticándolo—: él no convertía a un mediocre en un virtuoso, sino que buscaba al virtuoso, lo atraía a su lado y mejoraba algunos detalles de técnica interpretativa. Su gran habilidad fue crearse un halo mítico que agrandó con su método personal, su fingida modestia, la selección por carta, el uso de la grafología.
Marta Durán se suicidó para no salir de la música. Ella se consideró un pentagrama destinado a arder. Cada nota vive, cada nota quema como un cuchillo al rojo. La culpa de Puccarelli, se afirmó entonces, fue darle la imagen e impulsarle el delirio. La música es total —sostenía—, y se construye sobre el cuerpo. El cuerpo es como el pentagrama —decía a sus alumnos—: la cabeza y las cuatro extremidades forman cinco líneas que reciben y emiten los sonidos del universo. En los discípulos predispuestos prendía la semilla. Su riqueza mental los elevaba de las zarzas terrenales. Y podían convertirse en pentagramas latientes; llevaban la música adentro, en el sueño y la vigilia, en la casa y la lección. Puccarelli los estimulaba, entusiasmado, divertido. Exageración de la exigencia. Útil en los normales, peligroso en los fronterizos. Pero él no rechazaba a los fronterizos, los prefería. El arte avanza entre la razón y la locura. Marta roció su cuerpo (su pentagrama), aguardando con felicidad que se desencadenara la música más luminosa. Por sus brazos y sus piernas y su excitada cabeza corrieron las notas de la maravilla como triangulitos blancos, celestes, anaranjados, transformándose en una refulgente orquesta cuya vibración se dilató al confín de la galaxia.
El maestro sufrió la rémora del tiempo —lento como las edades geológicas—. La ingratitud. El olvido. En la lobreguez de su desdicha solía resucitar el pelo largo de la muchacha, que de pronto estallaba en antorcha. Y el proceso alucinante, y las acusaciones absurdas, y los otros dos discípulos muertos en un accidente que no se aceptaba como accidente. Villa María en armas. La ciénaga donde cada alegato era como un nuevo lastre que lo hundía más.
Su nombre y su obra se evaporaron.
Desde la alta claraboya descendían hasta su catre cinco alambres fosforescentes. Y por ellos correteaban infinidad de triangulitos livianos, idénticos a gnomos. Brincaban, se cruzaban, rodaban en cabriolas, mezclaban sus colores, se ponían en fila para hacer una reverencia, armaban impromptus y sonatas. Fueron su única, ardiente compañía.
5
Un mes más tarde regresé con sigilo al vasto salón de la Sociedad Italiana. Domenico Puccarelli, el otrora disputado maestro de los virtuosos, estaba por fin a mi alcance. Un cuarto de siglo antes había ansiando verle la cara, y ahora lo tenía de cuerpo entero para mí solo. Podía ser un espejismo; yo había venido en busca de libros olvidados, me dijeron que se llamaba Pucante o Pucanti y unas semanas después había vuelto sacudido por el descubrimiento de su identidad. Mis devaneos juveniles (aún vivos) y las culpas por mi desidia (aún enérgicas) se acordonaron. Sentí la emoción de un niño, como si me fuera dado el privilegio de ver corporizado a un héroe de leyenda.
En el lejano fondo, escudado por sus gafas redondas, extraía chorros de cromatismos. Estaba igual que un mes atrás: sucio, tembloroso, la camisa arremangada, los zapatos abiertos y sin lustrar, los pantalones embolsados. La música anestesiaba sus heridas, las heridas que lo habían convertido en un pobre diablo.
Sentí mucha lástima. Lástima que llegaba al miedo. Paró de golpe y me miró con ojos extraviados por encima de las grotescas gafas que insistían en resbalar por la nariz. El mentón ancho, la frente lunar extendida en lustrosa calvicie, los dedos largos llenos de pecas. Trepé a la tarima. Me nublaba el enternecimiento. Quería palmear su hombro, tocar su mano, confirmar la presencia de quien podía ser un fantasma. Se estremeció, como si lo asustara la perspectiva de reingresar en la malla cruel de los afectos.
—Maestro: usted me enseñó a producir un arpegio regular, una escala perlada, un buen ligado con notas repetidas. Lo leí en su Tratado, el mejor de cuantos conocí en mi vida.
Abrió la boca desdentada. Aumentó su bochorno. No supo qué contestar.
Me conformé con permanecer a su lado, en silencio. Puccarelli también quedó inmóvil, mirando las teclas, respirando con dificultad. Tenía los hombros flacos, la piel del cuello formaba pliegues oscuros. De su camisa transpirada subía un olor a viejo y a humillación.
En el alto techo resplandecían las molduras barrocas. Era un cenotafio donde ya moraba el cadáver. El olvidado cadáver. Me dominaban ganas de abrazarlo, de arrastrarlo hacia la luz, el parque, las flores, de presentarlo a la prensa, de acometer su rehabilitación. Pero él adhería las huesudas manos a sus rodillas y se negaba a salir, hablar, tocar. Cabizbajo, indefenso, resignado, tan sólo reclamaba quedarse solo.
Descendí de la tarima y fui retrocediendo hacia la calle. Lo miré segundo a segundo, aprehendía su imagen como antaño había aprehendido sus enseñanzas. Traspuse la puerta corrediza, vencido por una creciente amargura. Al menos, respetaba su voluntad, me dije.
El portero sacó su manojo de llaves, dispuesto a brindarme algún otro servicio. Pero yo crucé reverencialmente mis labios con el índice porque el aire del mundo se llenaba otra vez de sonidos maravillosos: escuche, dije, ha vuelto a tocar.
LA TORRE DEL AMOR
Decidí visitar la residencia abandonada donde se produjeron esas uniones fantásticas. Era el conmovedor testimonio de la historia que acababan de referirme. Crucé el viejo puente sobre el Río Cuarto y avancé por una de las calles que se alejan de la Plaza San Martín. En efecto, sobre una modesta loma existía aún la mansión abandonada quince años atrás. Era el ilusorio, increíble templo.
No la había advertido antes, como si hubiese podido mantener durante tantos años una necesaria invisibilidad. Traspuse la verja de hierro y el breve jardín usurpado por una vegetación belicosa. Las paredes aún conservaban el tizne del incendio final. Algunas celosías colgaban como párpados quemados, dejando al desnudo ventanas rotas. Y en lo alto de la casa se erguía la torre hosca y alucinante, injertada como un dedo ciclópeo que apuntaba hacia las nubes.
Cuando Eduardo Gatti la mandó construir nadie conocía su avasallante pasión por las relaciones entre seres divinos y mujeres mortales. Sus estudios habían empezado como una excentricidad: acumulaba tratados, amuletos y leyendas. Paulatinamente sus conversaciones fueron centrándose en esta obsesión. Obsesión que pronto generó la idea de la torre y explica su destino singular.
La construcción del adefesio coincidió con el primer embarazo de su mujer. Algunos la interpretaron como el cumplimiento de una promesa, porque Isabel era muy devota. Durante varios años habían aguardado con ansiedad la fructificación del matrimonio. Consultaron a especialistas en esterilidad y también a gente piadosa. Y cuando ella por fin concibió, fue como si se hubiera roto un maleficio: al primer hijo siguieron otros cuatro, sencilla y regularmente.
Pero desde entonces Eduardo se aisló en laberintos mitológicos, como si necesitara evadirse de la lisura y simplicidad de la pampa. Su padre, el viejo Vicente Gatti, proveía dinero para todos; decían que, a su manera, también había establecido buenas relaciones con el cielo y obtuvo a cambio reales ventajas: buen sol y oportunas lluvias para cosechas y haciendas. El mundo sobrenatural protegió a su familia de los conflictos derivados de la lucha por la vida que debían enfrentar otros inmigrantes también llegados del Piamonte. Eduardo podía dedicarse a los dioses y a su desopilante torre, Isabel a la caridad y el afortunado patriarca Vicente a jugar con los nietos.
La torre caracterizó desde entonces la residencia.
—En Babilonia existía una parecida —explicaba Eduardo—, en cuya cúspide funcionaba un templo. Allí estaba prohibida cualquier decoración: solamente se habían instalado un lecho nupcial y una mesita labrada con materiales preciosos. No podía ingresar persona o imagen alguna. Únicamente vivía en ese templo una mujer, escogida entre las mujeres más hermosas de Caldea. Durante la noche llegaba el Baal y dormía con la joven. Los sacerdotes vigilaban el ingreso al templo para que la consorte del dios no fuera mancillada por ningún mortal.
Ascendí con inocultable temor a la torre que Eduardo había mandado erigir y que gustaba comparar con aquel templo de Babilonia. La escalinata estaba derruida; sus peldaños carbonizados emitieron sonidos quejumbrosos ante el contacto de mis suelas. Avancé con los ojos muy abiertos y las orejas encendidas. Una espesa tela de araña sustituía la puerta que había devorado el fuego. Descorrí ese tul etéreo y pegajoso e ingresé. La misteriosa torre era un pequeño cuarto, un mirador totalmente vacío, como el de Babilonia. Por los cuatro ventanales entraban listas de luz amarilla. Me detuve en el centro evocando a Baal e imaginando la actitud de su consorte, que debía de haber sido Isabel. Las ventanas acotaban trozos de Río Cuarto. Más lejos se divisaba el tensado horizonte sobre el que se estaba produciendo un abrazo del cielo y la tierra. Y me estremeció imaginarlo como la proyección gigantesca del otro abrazo —carnal— que solía consumarse en las torres mitológicas.
Eduardo había nacido con una malformación de la vena porta. Lo habían operado en su juventud, reoperado a los treinta años, y otra vez a los cuarenta y uno. Un día trajeron al sanatorio a los niños, que miraron con terror los cables de sueros y aparatos, a su padre inmóvil sobre la alta cama. Isabel los acercó al lecho, casi empujándolos. Eduardo levantó un párpado, suspiró y, finalmente, les regaló una sonrisa forzada. El viejo Gatti, aparentemente vencido por la escena, se marchó desencajado.
—Nos cruzamos con Don Vicente en el vestíbulo —informó Ignacio, un cura muy amigo de la familia.
El padre Ignacio, cuya parroquia se encontraba en una población vecina, había desplegado sus mejores recursos para aportarles consuelo. Antes solía pasar varios días por mes en la residencia, comiendo, pernoctando, jugando con los niños y hasta los acompañaba a las reuniones sociales. Ahora reclamaba la ayuda divina y urgía la eficacia terrestre. Pero no conseguía gravitar sobre el enfermo: sus palabras católicas eran torcidas por Eduardo hacia veredas paganas.
Eduardo lo había incorporado a su mundo mitológico: para él no era un simple sacerdote de Cristo, sino de dioses más próximos y eficaces. Cuando una vez el cura pretendió ejemplificar la ayuda celestial con la bíblica huida a Egipto, el moribundo evocó otro Egipto.
—En Tebas —balbuceó— el dios Ammón tenía una consorte en su templo destinada a satisfacerlo, y a esta consorte los sacerdotes debían proteger. Pero a veces Ammón solía adoptar el aspecto del faraón reinante y la esposa del dios, en este caso, era la misma reina. Los hijos que engendraba la reina, entonces, pertenecían en verdad a Ammón por la carne y al rey —cuyo aspecto había adoptado— por la legislación; todavía se conservan pinturas eróticas sobre Ammón y su elegida, a veces la consorte del templo, a veces la reina.
El padre Ignacio lo escuchaba con respeto pero se ponía muy incómodo; impartía una bendición y se alejaba perturbado.
El médico sospechó que Eduardo Gatti, mortificado por su crónica enfermedad, se fue identificando con los personajes de mitos eróticos; que arrastraba a su mujer hacia la extravagante torre cada vez que deseaba poseerla. —Pero ya no podrá repetir la experiencia —murmuraba con lástima— La palidez creciente de su piel, acrecentada por la última hemorragia, enrarecía su rostro, lo convertía en un indescifrable jeroglífico. Su frente calcárea, verdadero escudo de mármol, seguía ocultando con empecinamiento las razones de su alienación. Y tal vez el presentimiento de su fin.
Descendí lentamente de la torre abandonada. El fuego que años después había abrasado a la mansión dejó señales siniestras. La tragedia se desencadenó cuando el hijo mayor de los cinco que tuvo Isabel, un muchacho que llevaba demasiados años de inocencia y tan sólo una semana de lúcido martirio, decidió purificar la casa tras ser cortajeado por el horrible descubrimiento. Había escuchado a su propio padre enfermo contar la última versión sobre el sentido de la torre:
—En las islas Maldivas —repetía Eduardo—, cuando aún eran paganas, solía aparecer un djin. Lo hacía regularmente, encarnado en un barco vacío con las lámparas encendidas. Los nativos, asustados por los daños atroces que amenazaba consumar, engalanaban a una doncella y la conducían a un templo en forma de torre cuyas ventanas se abrían hacia el mar. Cada vez que el djin retornaba de las profundidades oceánicas encarnado en un barco vacío, debían repetir la ofrenda. Hasta que un piadoso beréber, recitando el Corán, expulsó al djin.
El muchacho, luego de que las hemorragias agotaron a Eduardo, comprobó que a la torre no subía su padre sino Baal, Ammón o un djin. Que la mujer —mortal consorte del dios— era su madre, ciertamente, la devota Isabel, pero que el dios mismo nunca era su padre. Y un rayo le partió la cabeza para hacerle entender que él mismo pertenecía —como en el mito egipcio— al dios Ammón por la carne y a Eduardo Gatti sólo por la legislación. Y como tenía ideas heréticas acerca de los seres divinos, reclamó el favor de la noche y recitó una plegaria profana, recordando al piadoso beréber. Desconoció los contratos celestes que a su abuelo le reportaron magníficas cosechas, quebró un hormigón de enseñanzas caritativas, unió reveladores mitos a su perplejidad. El combustible y un fósforo explotaron en infierno.
Cuando las llamas rodearon la casa, el abuelo inconsolable rezó por Eduardo finalmente muerto, por Isabel paralizada, por sus nietos despavoridos, por el silencio que deberían guardar los vecinos acerca de la locura que durante veinte años había dominado el interior de esa residencia. El viejo patriarca sabía de la impotencia que afectaba a su hijo y del silencio que hubo de guardar para que hubiera descendencia y la necesaria buena reputación. También sabía de los niños que no le pertenecían sino al dios. El dios encarnado que se llamaba Ammón, Baal o djin, y que venia a la torre por horas o por días bajo el nombre de padre Ignacio.
SEBASTIÁN
Lo odiaban por distraído. Su misma familia, que durante años se esmeró en ocultar el defecto, acabó rindiéndose a la grotesca evidencia. Sebastián era un distraído impenitente, patente, sorprendente. Incluso vidente. Escuché discusiones sobre el desequilibrio que existiría entre su laxa conexión con el mundo inmediato (que produce risas e iras, especialmente iras) y su vínculo con otras dimensiones.
El apodo menos hiriente que le estamparon fue “arrogante”. No oye ni ve lo que no le gusta —afirmaban—; y se desplaza por la ciudad como si todo aquello que lo rodea fuera su dominio. Cuando por fin —¡oh sorpresa!— te dirige la palabra, comprendes que de toda la saliva gastada en contarle cosas no le ha llegado una sílaba. Los vocablos que más usa en una conversación terminan por irritar al más paciente: ¿cómo?, ¿eh?, ¿qué?
Sin embargo, Sebastián no es arrogante ni agresivo. Es dulce. Generoso. Tiene el rostro apacible. ¡Cómo no lo va a tener! —rugen sus depredadores—: vive en la luna y se desentiende del mundo, de su familia y hasta de sí mismo. Pero no es así —tartamudean sus defensores escasos—, le gusta ayudar, aunque... —se desinflan y reconocen con tristeza— su ayuda no sirve de mucho porque llega tarde o confunde el objetivo. Entonces —sonríen triunfalmente los depredadores—, la única coherencia de Sebastián es que tanto lo bueno como lo malo le salen siempre mal.
Los entendidos sostienen que sufre una curiosa malformación anatómica, producto de un caos cromosómico que recién después de muerto podrían verificar. Sus órganos de los sentidos están cruzados: con la vista oye, con los oídos ve, con el gusto toca y con el olfato siente. Así se explicarían la obstinada confusión que lo distingue (denigra) y muchas de sus contradictorias excusas. Si alguien lo sorprende porque no escuchó una orden, se estremece y exclama no vi... perdón, escuché. Y si lo insultan porque volteó una bandeja llena de cristales, se conduele y dice no escuché... perdón, vi. Algunos llegan a pensar que el entrecruzamiento monstruoso no se limita a los órganos sensoriales, sino a su sueño y vigilia: se conduce igual que en el absurdo onírico y, en compensación, posiblemente sueña con la lógica de los despiertos.
No me extenderé en los delirios que provoca la distracción de Sebastián porque es más interesante conocerlo personalmente. Así pensé y me propuse. Pero estoy desolado, ya es demasiado tarde: acaba de vivir la última peripecia.
Que tu padre está mal, le gritaban y repetían a su oreja sorda hasta que, tras varios minutos de seráfico vuelo por otros planetas, Sebastián parpadeó. Que tu padre está en coma, pedazo de lagartija. Sebastián lanzó entonces sus ineludibles vocablos ¿cómo?, ¿eh?, ¿qué?, dispuesto a enterarse de algo que naturalmente ya sabía por alguno de los cables que atraviesan su desordenado cerebro. Se puso de pie con la intención de hacer algo, dijo papá, miró a los que lo rodeaban y volvió a sentarse. ¡Se fue!, suspiraron los vecinos, se fue a la estratosfera. ¡Pero en qué estás pensando, zanahoria, mientras se muere tu padre! ¿Cómo?, ¿eh?, parpadeó de nuevo, se paró otra vez y fue al dormitorio de la agonía. Antes de entrar se desvió hacia el baño. Cuando salió —necesidad satisfecha, ropa arreglada, tiempo transcurrido— retornó al sofá. Le corrían lágrimas por las mejillas apacibles. Lágrimas y paz, una contradicción insoportable para los vecinos: debería abatir el rostro, mostrarse más compungido. Y, seguros del espíritu diabólico que intoxicaba su sangre, lo arrancaron de la inoportuna comodidad y arrojaron junto al lecho mortuorio, casi sobre el mismo muerto que apestaba a quemaduras.
El pobre Sebastián, poco después, enfundado en un traje serio y una corbata seria pero con el nudo corrido, recibió el saludo de los que asistían al velatorio. Ignoró la mayor parte del tiempo a quién daba la mano, por qué le palmeaban el hombro y alguna mujer le hundía la cabeza en el pecho para ponerse a sollozar. El escándalo sobrevino cuando la caravana llegó al cementerio y comprobaron que Sebastián había desaparecido. Lo buscaron por entre los panteones, a lo largo de esas callecitas lóbregas que conforman la ciudad de los muertos, y concluyeron que había huido. Que cómo puede ser, que parece un niño, que es una injuria al finado, que yo le rompería los huesos, que yo lo pondría en el cajón. En fin, terminaron la ceremonia sin él y después se enteraron de que en lugar de entrar en el cementerio, parece que revivió el accidente que había sufrido su padre una semana atrás; percibió el incendio con sus receptores cruzados y empezó a caminar ansioso para ayudar (como era su costumbre), hacer algo (aunque jamás sirviera), buscar agua, arrojarle una lona, encontrar una manguera, mientras sus ojos sangraban y sus manos crepitaban impotencia.
Apenas su oído vio una comisaría que por su tacto olía a cuartel de bomberos empezó a correr y entró al grito de ¡fuego, fuego!, mientras lo seguía el guardia que no alcanzó a detenerlo y bramaba ¡alto o hago fuego!, de modo que peloteaban la temible y amenazante palabra fuego que duplicaba el horror de Sebastián y el pánico de los presentes, revólveres acusatorios y tiros al aire, hasta que consiguieron inmovilizarlo. Sin sospechar por supuesto de su inocencia y que los únicos sonidos que emitiría para explicar su inopinada alteración del orden serían ¿cómo?, ¿eh?, ¿qué?, lo cual le valió un duro castigo, que se hizo más duro cuando en un lampo de conexión con la pedestre realidad dijo que se perdió a la entrada del cementerio, donde ahora estaban enterrando a su padre. Un oficial impaciente amenazó con enterrarle de verdad un culatazo en la cabeza. Y lo metieron en el calabozo.
Insisto en que Sebastián, contrariamente a la afirmación de sus depredadores, es un hombre tierno. Y por eso salió de la cárcel sin proponérselo, sin influencias galonadas, sin hipócrita careta, sin plan ni astucia. Dialogaba, simplemente, con su cortejo de buenos fantasmas que le susurraban a los ojos la dinámica de los logaritmos que nunca pudo aprender en el colegio porque demandaban concentración.
Es así como a las preguntas de los guardias contestó con respuestas matemáticas que algunos consideraron la expresión de su extraño poder, entre fascinante y maligno, que lo mantiene ligado a una dimensión extraña y lo preserva de los peligros que ya hubieran terminado con él mucho antes. Sin provocar sospechas porque nada malo cruzaba por sus sentidos, atravesó un corredor penumbroso, dos habitaciones fluorescentes, entró en el descascarado salón de acceso, rozó la manga del centinela, miró con su oreja las preguntas que en ese momento le formulaba una señora y se encaminó a su casa, a la que llegó con la habitual tardanza que imponen sus desvíos. No supo explicar a su desconsolada madre cómo lo encerraron, ni cómo salió, dónde estuvo, ni qué haría.
Fue, sí, su última peripecia.
Mi propósito de verlo quedó frustrado, como dije. Ahora me consuelan narrándome sus tribulaciones previas que abarcan un ancho espectro de la comicidad (y yo encuentro trágicas). Lo descubrieron tapándose las orejas ante una vidriera porque las ropas exigían que “escuchara” sus colores. En un embotellamiento del tránsito, cuando las bocinas se desataban en tropel, cerró los ojos para no “ver” tan histérico ruido. Y habrá sido de esa forma, tapándose las orejas ante las luces y cerrando los ojos ante los sonidos que terminó abruptamente su vida: el automóvil que lo atropelló pareció seguirlo por la calle como si fuera un misil teledirigido que zigzaguea hasta dar exactamente en el blanco.
Es fácil ahora pintarlo como loco, disperso o abúlico. También es fácil etiquetarlo de monstruo, o una especie de monstruo, o un criptomonstruo, pero monstruo al fin. Como era de prever, no le iba a ser perdonada una prolija autopsia. Dicen que Nerón quiso ver la matriz de su madre para descubrir vaya uno a saber qué maravilloso secreto; ahora varios especialistas se afanaron en escudriñar el cerebro y los nervios sensoriales de Sebastián con el mismo fin: enterarse del maravilloso secreto que le permitió vivir y deambular con los cables cruzados. Pero las expectativas de encontrar las malformaciones que todo lo explicasen y, además, rubricaran su estatuto de anormal, se frustraron de modo rotundo. Su anatomía era idéntica a la de cualquier humano. Qué importan ahora su ternura y su discutible simpatía —insisten— si con sus rasgos disonantes ofendía la perfección de nuestros sentidos, si su distracción empecinada causaba miedo a nuestra frágil y neurótica relojería social.