salvación de península esmeralda (es)
Comienza a oscurecer. Claudio Astigarraga acciona la llave de luz y vivifica la oficina; ya es demasiado tarde para seguir discutiendo. Desde sendos sillones los ex socios lo miran con odio. Arrugan el ceño por la súbita iluminación (que ilumina su angustia).
Claudio Astigarraga es el ingeniero empobrecido que sigue empobrecido y, sin embargo, ahora tiene en un puño a sus ricos camaradas de otro tiempo. Levanta las cejas gordas como cigarros y da por concluido el debate.
—Espero una semana —estira siete dedos enérgicos sobre el escritorio de fórmica—; si hasta entonces no aceptan mi propuesta... lamentándolo muchísimo, firmaré la ruina de Península Esmeralda. Tal como lo oyen: la ruina de Península Esmeralda.
Sus ex socios, con la elegancia traspirada, cabizbajos, muerden el ultimátum. Han explicado y suplicado. Claudio Astigarraga les escuchó las estadísticas, evaluaciones y promesas (reales y tramposas). Los vio abrirse las camisas y secarse el cuello. Fueron cuatro horas y media. Extenuantes, pero de rara gratificación para Claudio. Las opciones posibles y las fantásticas fueron disecadas y exprimidas hasta inverosímiles detalles. Ensayaron digresiones lubricantes, chistes, recuerdos. Pero no hay caso. Las exigencias de Claudio Astigarraga son rotundas. Inconmovibles. Al cabo de esta negociación maratónica e inútil se impone un pesado silencio. Las miradas reconocen que ya no hay más que decir. Claudio, con la urbanidad de los que se sienten otra vez poderosos, los acompaña hasta la puerta. Cornejo y Siles, envejecidos, le estrechan la mano sin ganas de insistir porque ya ni siquiera la lástima es posible: Claudio luce arrogante y la sonrisa del victorioso brilla en su piel.
En realidad es una carcajada que le sube desde el abdomen.
Antes de cerrar la ventana contempla el crepúsculo. Lejos, un grupo de nubes estiradas arden con el último fuego. Las ondas del océano mueven espejitos que se derraman en la costa, cerca de la magnífica torre de Opus S.A. (perteneciente a Cornejo y Siles).
Desciende a la vereda. No me dijeron sádico ni criminal —discurre ante la policromía de las vidrieras—, pero los insultos se revolvieron en sus mejillas como buches que no podían tragar ni escupir. Especialmente el energúmeno de Siles: se puso blanco, rojo, morado, cuando entendió que me había convertido en piedra. ¡Ja!, lo merecen.
Claudio entra en su viejo Renault y avanza con placer hacia la costanera. Un alegre rosario de faroles marca el límite de la playa.
Los aplastaré con la bancarrota; a ellos y a docenas de empresas y empresarios como ellos. Yo, el despreciado Claudio Astigarraga, tengo suficiente imaginación para traerles la peste. ¡Y qué peste! Sucumbirán las prodigiosas fortunas invertidas en este paraíso artificial. ¡Ja! Cornejo es el más flojo, me quiso seducir: “Pero Claudio —rogaba—, ¡somos amigos!, ¡es cuestión de armonizar intereses!” Sí, por supuesto, aquí están los míos; examínenlos (y pónganse blancos, rojos y morados, aborrecidos camaradas). “¿Querés nuestra rendición?” “Bah, bah, déjense de bromas; cada uno piensa en su propio negocio; yo les deseo lo mejor, pero también para mí.” “Tu negocio será el fin de Península Esmeralda.” Exageran. “Más que negocio, lo tuyo es un atentado.”
La gente elegante pasea frente a los espaciosos jardines. Algunas calles argentadas por el sofisticado letrero de un restaurante parecen nuevas a Claudio. Pasa frente a la whiskería, cuyo letrero es un penacho fulgurante que se hunde en la profundidad de las estrellas verdaderas.
Cuando llega a su casa, en el extremo de la ciudad, el horizonte ya ha sido ocupado por las sombras. La brisa contiene respiración de mar. Sus cabellos precozmente encanecidos le tapan la frente. Dirá a la abnegada Nely que vinieron los dos: el flojo Cornejo y el energúmeno Siles; vinieron a rogarle. Ahora los tiene atrapados entre el índice y el pulgar, así, como dos bichitos; aprieta y sus frágiles cascaritas crujen, aprieta un poco más y son polvo.
Adrianita corre hacia papá Claudio, que la recibe con sus gruesas cejas muy levantadas. Se enrosca en sus brazos, trepa a su nuca de pelos grises y queda sentada sobre sus hombros. Tiene siete años y parece haber intuido el éxito de papá (así como antes sufrió el mal humor de sus fracasos). Le dice que vaya al dormitorio, enseguida, al trote, ico caballito, hay un regalo sobre la mesita de luz. Claudio avanza a tientas porque Adrianita le tapa los ojos. Frío, frío, dice mientras palpa la pared, el borde de un cuadro, la pantalla del velador —caliente, caliente—, el vidrio de la mesita —¡te quemás!—: una hoja de papel. Adriana retira sus manitas tiernas y Claudio observa un dibujo coloreado a lápiz. La casita lo saluda entre árboles de copa enrulada; en la puerta aparecen tomados de la mano un sintético papá con su hija de larga falda en cono y desde el parque mira mamá. ¡Qué alta y linda es la casa! —se asombra Claudio—. Vos la vas a construir —asegura Adriana. Claudio recuerda la magnífica torre de Opus S.A. y enseguida su propio plan.
—Hoy cenamos con champaña —dice a Nely.
—¡Qué! ¿Firmaste ya?
—No, dentro de siete días. Pero hoy vinieron. A mí. A mi oficina.
Ella, con un repasador en la mano, se acerca sin entender:
—¿Quiénes?
—¡Cornejo y Siles!
Se sienta:
—No...
—Tal como lo estás escuchando.
Con ellos había iniciado su carrera. Fue la historia lineal y rosada de tres ingenieros noveles y sin recursos. El capital inicial fue aportado por el mismo Claudio tras un golpe de suerte en el casino de Mar del Plata. Entonces alquilaron una oficina y empezaron con entusiasmo e incertidumbre. Poco trabajo, ingresos insignificantes. Hasta el segundo golpe de fortuna que fue aportado por el rubicundo Siles: se vinculó a un comerciante vulgar que ansiaba desquitarse de sus amigotes construyéndose la residencia más exhibicionista de Península Esmeralda. En el proyecto les ayudó un arquitecto que se malograba como decorador de vidrieras. Se divirtieron con la extravagancia de pisos giratorios, puentes, una gruta con pasadizos subterráneos, cuartos secretos y plataformas lanzadas al mar que multiplicaban costos y hacían insostenible la estructura. Pero despertaron, felizmente despertaron, dijeron basta de joda, es la oportunidad de nuestra vida. Cornejo retó a Siles, Siles a Claudio, Claudio a Cornejo, se angustiaron como debe ser, metieron rigor en los cálculos y en las fantasías del arquitecto y el comerciante y sacaron adelante un proyecto hermoso que además era viable. Invirtieron empeño en cada una de las etapas, se turnaron en los viajes y controles. Antes de concluir recibieron tres solicitudes de otros comerciantes amigos (es decir competidores) de su cliente, que los indujo a trasladar la oficina a la misma Península Esmeralda que ya empezaba a vislumbrarse como un polo urbanístico de alta sofisticación. La sociedad de Astigarraga, Cornejo y Siles levantó una decena de residencias que les insufló gran prestigio. Pero internamente la sociedad burbujeaba desavenencias. La desconfianza provocó el desprendimiento de Claudio, que Nely jamás entendió ni justificó. Sus preguntas y súplicas provocaban ladridos incoherentes de su esposo.
Claudio aseguraba que había decidido trabajar solo y basta. Cornejo y Siles constituyeron una nueva empresa: Opus S.A.
Claudio, “independizado”, quiso demostrar a Nely que podía contratar nuevas obras. Lo consiguió al principio. Pero aumentaron las tradicionales dificultades con los gremios, su famosa puntualidad de etapas degeneró en tardanzas que incidían en los costos, que a su vez incidían en el humor de los inversionistas, que a su vez le reprochaban a Claudio, que a su vez les reprochaba a ellos (y se reprochaba a sí mismo, implacablemente). Su trabajo perdió alegría al comprobar que los clientes más sabrosos preferían al enemigo, es decir Opus S.A. que, para colmo, se consolidaba como una de las empresas más fuertes del lugar. Encontraba humillante su profesión (los ricachones analfabetos se divierten pasándote sus dólares por la nariz). La encontraba aburrida (una residencia más prepotente que otra, al final son todas iguales). Mal remunerada (las ganancias gordas siempre las muerden ellos, los inversores). Inmoral (en medio de las privaciones que sufre la mayoría, este despilfarro arquitectónico es un insulto). A Claudio le renacía el socialismo de juventud. Rumiaba acrimonias que, en vez de ayudarlo, carcomían sus lazos con la realidad. Prefería encontrar a Nely dormida: para no hablar. Y a su hijita dormida: para no jugar. En las conversaciones oía preguntas que eran bayonetazos, reproches, burlas. Dejaba dinero sobre la mesa de la cocina asegurando el borde de los billetes con un vaso que la abnegada Nely se ocupaba de llenar con flores naturales cada dos o tres días (cómo puede tener ánimo para ocuparse de flores).
Le surgieron algunas comisiones bien remuneradas y resolvió archivar la ingeniería.
Deambulaba por las calles hasta que se vaciaban de gente. Una vez fue arrastrado a su casa en estado deplorable, con la billetera vacía y aliento nauseabundo. La horrible escena empezó a repetirse; Nely tenía los párpados ulcerados por las lágrimas y la impotencia.
—En lugar de emborracharte —le decía con odiosa sensatez—, en lugar de castigarte recorriendo las construcciones de Opus, debés retomar la profesión. Ellos no son más capaces, ni más suertudos. Se dedican, solamente; se dedican con tenacidad.
Pero Claudio pegaba los labios, dormía su tranca y después reiniciaba el absurdo vía crucis: recorría los hoteles y edificios de lujosos departamentos que Opus levantaba aceleradamente.
También estaba archivando su trabajo de comisionista. Los gastados mocasines enfilaban por último al maloliente bodegón La Palmera, donde libaba en silencio. A veces aceptaba la compañía de don Ambrosio, un albañil corrompido cuyas frases navegaban sin timón en las ondas del vino ordinario. Las palabras sin sentido y su mirada ausente le obsequiaban calor sin exigirle reciprocidad.
Vendió un par de lotes ganados en su época feliz; con el dinero podía mantener a su familia muchos meses.
—Se terminará el dinero —insistía Nely con una paciencia de otro mundo—; alquilá otra oficina; podés reactivar relaciones; tendrás trabajo. Aunque Opus y otras firmas acaparen lo jugoso de la construcción, siempre encontrarás oportunidades, serán modestas al principio, no importa.
Los incesantes argumentos de Nely —más bien su obstinación— consiguieron que aceptara reinternarse en las aguas sucias de la ingeniería. Un auténtico “retorno sin gloria”, con canas y desilusión. Alquiló una oficina, buscó muebles en un negocio de compra=venta y puso un aviso chiquito, barato. Empezaba de nuevo, pero sin la ingenuidad ni la energía de los comienzos. A su puerta apenas llamaba el portero para traerle facturas (y se lo contaba tal cual a ella, como si fuese la culpable o la que podía cambiar los acontecimientos). Nely, desesperada, dijo que iría personalmente a entregar una tarjeta de su marido a cada uno de los millonarios de Península. Y no era una amenaza. Se disfrazó de promotora, embolsó la vergüenza y empezó el peregrinaje. Claudio juró irónicamente que permanecería en su oficina esperando los clientes; caminaba como una fiera en la jaula deteniéndose tan sólo para mirar el mar o la vecina torre de Opus.
Nely atravesaba magníficos parques rumbo a individuos que bebían un cóctel o terminaban la práctica diaria de golf o yacían en hamacas junto a la pileta o, de mal humor, interrumpían un partido de naipes para atenderla con curiosidad y fastidio, escucharla con impaciencia y recibir la tarjeta que pasaban a una empleada después de concederle un superficial vistazo.
Emborrachándose en La Palmera —sucia y oscura: su embriaguez necesitaba una atmósfera de escarnio— Claudio charlaba pesadamente con don Ambrosio, su compañero de miseria. El temulento albañil se dispersaba contando las aventuras de su puerca mujer que lo traicionaba con un par de malos amigos. —Mi mujer —decía el albañil— quiso envenenarme. —La mía —contaba Claudio— quiere que trabaje... anda, anduvo, haciéndome propaganda entre los ricos ¡ja!... de lo que servirá la propaganda... esos nuevos ricos, tan ricos, tienen el alma dura y fría como esta botella... Usted, don Ambrosio, tendría que ser un tipo rico —y moviendo el índice delante de sus ojos inestables agregaba—: entonces me llevaría el apunte, me encargaría torres, hoteles... ¿no es cierto? —¡Claro que sí! —contestaba el otro—, mucho apunte, ¡todo el apunte que se le cante!
Claudio tragó el último sorbo y depositó el vaso sobre el mantel manchado; su mano lo aferraba como a un pilar sacudido por el viento. Esa tarde el rostro de su compañero se movía mucho, se fragmentaba como la conversación. La nariz subía hasta el cabello graso y enseguida bajaba al mentón; se desprendía un ojo que, lentamente, planeaba hasta el cuello de la botella. Las piezas móviles de esa cara le transmitían un mensaje, tenía la sensación firme de que había un mensaje, una revelación sensacional. Empujó el vaso y salió a la calle, donde la oscuridad había expulsado las formas. Se golpeó contra rejas que lo llamaban para traducirle el mensaje, un insólito mensaje que había nacido en la cara del albañil mamado. Arañó el timbre y se derrumbó sobre el felpudo de su casa. Apretaba en su dolorida cabeza la cabeza desarmada de don Ambrosio. Al abrirse la puerta rodó blandamente hacia el interior. Nely chancleteó rumbo al baño, embebió una esponja y le derramó agua fría en la cara. Lo ayudó a desplazarse hasta el sofá; le quitó los zapatos, le desabrochó el cinto y lo cubrió con una manta. Adrianita empezó a llorar.
A la mañana Claudio ingirió varias aspirinas con el café doble. Sin concederle a su mujer derecho al desahogo, buscó unas carpetas y fue a encerrarse en su oficina. Había descifrado el mensaje. Don Ambrosio es el miserable millonario que otorga la rehabilitación; no individualmente: sí el conjunto que integra su clase. Se desgarraba la niebla de su mala suerte. Península Esmeralda le ofrecía un filón inmenso. Estudió el plano de la ciudad, evaluó los puntos clave y marcó tres. Dibujó algunos croquis, los abolló. Abrió el grueso y polvoriento índice de direcciones. Anotó los enlaces que lo conducirían a las reparticiones decisivas. No en vano trabajó varios años con Cornejo y el energúmeno de Siles acumulando experiencia, audacia. No en vano fue acumulando envidia. Cerró el índice y dejó caer la cabeza sobre el escritorio de fórmica. Maravilloso. Es una idea genial. Un programa formidable. Pero exigente. Pesado al principio: tendré que viajar, hablar, proponer, seducir. Pero su factibilidad es notable. Raro que no se le haya ocurrido a otro, ni siquiera a Cornejo y Siles. ¿Raro?... ¡Este proyecto significará su ruina!
Después de la prolongada negociación, Cornejo (entumecido) y Siles (aún rojo) descienden a la calle; les duele la resonante frase final: Espero una semana; si hasta entonces no aceptan mi propuesta... lamentándolo muchísimo, firmaré ¡la ruina de Península Esmeralda! Antes de subir al auto Cornejo se tironea la garganta seca y propone tomar una copa. Se sientan en la terraza del bar junto a un macetón brotado de rosas chinas. Llegan los zumbidos de la costanera. Permanecen callados.
Siles llama al mozo para ordenarle otra vuelta y a continuación pregunta a Cornejo si aceptará la extorsión de Claudio Astigarraga. Cornejo se frota los párpados, se contrae.
—Son muchas exigencias: ¿cuál es la más peligrosa? Incorporarlo a Opus “con todas las plenipotencias”, como se ha expresado. Eso significa reconstruir la vieja y muerta sociedad de los tres.
—Opus ya no es más la empresa de los comienzos —sigue Cornejo—, en que bastaba con ganar en el casino. Por otra parte, no olvides que Astigarraga querrá volver a imponernos su metodología y nos hará repetir los sobresaltos de otra época.
—No lo quiero como socio —afirma Siles—. Podría aceptar darle dinero, locales, tierras; eso podría aceptar. Pero incorporarlo... ¡y a partes iguales! Yo jugaría la última carta: es cierto que tuvo una idea brillante y ha conseguido avanzar muchísimo en poco tiempo; eso es verdad; pero —guiñó el ojo izquierdo—, no dispone de dinero en efectivo... ¿te das cuenta?
—¡Este programa no requiere dinero en efectivo! —había reflexionado Claudio Astigarraga después de ingerir varias aspirinas con el café doble en aquella mañana de repentina lucidez—; no tengo que hacer ningún gasto importante. Bastan mis contactos con los dirigentes sindicales de tres gremios líderes. Península Esmeralda se ha convertido en un polo de turismo edénico. Vienen los millonarios y los aspirantes a millonarios y tras ellos los snobs y los artistas y los periodistas sacando fotos y haciendo reportajes —eructa las aspirinas—. Ya existen residencias de ensueño, comercios de lujo y toda la infraestructura para la diversión en gran escala: piletas olímpicas, canchas de golf, de tenis, club hípico, puerto de pescadores y puerto para velerismo, confiterías, bancos, cines, teatros, casino. Y aunque esto no interesa en forma directa, sí interesa, ¡y mucho! por la fascinación que ejerce sobre las multitudes esclavas de la moda. Estas multitudes todavía no vienen. Hasta hoy afluyen solamente los ricos, los especuladores, los ambiciosos de status. Pero sobre Península Esmeralda también habla y sueña otra población que hojea revistas, mira la tele y no se anima a visitarla porque dicen que es carísima y una semana de hotel no la pagás ni con un año de sueldo. Esta población se descolgaría sobre sus playas, avenidas, parques y sitios de diversión si existiese un medio, un sistema que lo posibilitara —nuevo eructo, tan ácido como el anterior.
El rostro desarticulado del albañil ebrio, cuya nariz subía hasta el pelo grasiento y cuyo ojo se desprendía, le transmitió el mensaje: un albañil no, muchos albañiles sí. Miles de asalariados. La muchedumbre que forman los metalúrgicos, ferroviarios, taxistas, estibadores, obreros de la construcción, alimentos y tantos otros. Vendrán en densos enjambres, como nubarrones. Llenarán los bares, los negocios, los cines. La tumefacta cara del albañil, descompuesta en millares de caras, horrorizará a los dueños de Península. La nariz que subía del mentón al pelo, descontrolada, simbolizaba el descontrol monumental que modificará la vida, costumbres, colores y hasta olores de este sitio exclusivo. Los esbeltos cuerpos de las mujeres sometidas a tratamientos estéticos se mezclarán promiscuamente con los cuerpos de mujeres ordinarias y las playas se ensuciarán con vasitos de plástico y restos de comida barata y con chiquilines mal educados que engullen sándwiches de mortadela con vino y soda y por ahí vomitan entre quienes juegan estentóreamente al truco. Los invasores se sentarán en las mesitas de las terrazas con sus hijos pegajosos y hasta se meterán por contingentes en los restaurantes sofisticados. Las sutiles barreras entre las clases sociales no serán sutiles, ni barreras, ni nada. Los valores de las residencias, de las audaces torres, de los loteos de maravilla, bajarán en forma estrepitosa. Los viejos y los nuevos ricos serán expulsados por la peste de los asalariados. Y tendrán que buscar otras tierras. Pondrán en venta sus propiedades y al no conseguir buen precio intentarán alquilarlas, pero las ofertas miserables los empujarán a intentar de nuevo la venta; entonces serán espantados por la realidad: no hay otros clientes para sus soberbias mansiones... que ellos mismos —sentenciarán con desconsuelo las alicaídas inmobiliarias—. El circuito cerrado, que es la gloria de Península Esmeralda, será también su perdición.
Necesito entusiasmar a dos o tres obras sociales —seguía mascullando Claudio—, para que construyan algunas unidades turísticas. Las primeras oleadas se ocuparán de la propaganda boca a boca, que será apoyada por algunos pantallazos de televisión y un par de artículos en revistas de circulación masiva. Con eso alcanzará. El contagio se ocupará del resto. Eso sí: los hoteles de los gremios deberán implantarse en lugares visibles y dominantes. La compra de tierras será efectivizada por terceros; hay que evitar los precios excesivos o la negativa —patriótica— de los millonarios.
Nely olvidó en un cajón de la cómoda las tarjetas cuidadosamente impresas que no generaron un solo cliente. Se alegraba de verificar que las atroces caídas de Claudio eran pasajeras; menos mal que no la encegueció la vergüenza ni la rabia. Menos mal que Adrianita no se afectó con el derrotismo transitorio de su padre.
La energía le alcanzó a Claudio, felizmente, hasta el momento en que tuvo que enfrentar y persuadir a los dirigentes gremiales. La buena acogida —esperada y, al mismo tiempo, inverosímil— le inyectó más ánimo. La facilidad con que pudo llevar adelante el proyecto (¿coyuntura favorable?, ¿excedente financiero?, ¿interés político?) le devolvió la casi olvidada seguridad en sí mismo.
—Cornejo y Siles se arrepentirán de haberme dejado ir —dijo a Nely.
—Cornejo y Siles ni se acuerdan de vos. Aquella vieja sociedad de los tres está muerta y remuerta —replicó afirmando sus pies sobre la tierra.
—Se puede resucitar —le guiñó el ojo derecho.
—¡Para qué! Vos construirás hoteles para los sindicatos; y ellos se ocupan de inversiones privadas. Cada cual en lo suyo.
—Mis hoteles damnificarán a sus inversionistas.
—No será tu culpa. Ni tu intención —Nely se inquieta, teme que Claudio abandone el camino cuerdo para dedicarse a saciar un resentimiento que es insaciable y muy peligroso.
—No sé si no es mi intención... (es mi intención).
—Un par de hoteles no modificará las bases económicas de un lugar tan rico como éste.
—Un par de hoteles gremiales producirá más hoteles gremiales. Esta suposición me la confirmaron los mismos sindicalistas. Yo sé lo que te digo: mi proyecto será la peste.
—Por lo que se ha visto hasta ahora, siempre que hay peste ¡los únicos que se salvan son los ricos! —Nely sacó la Pirex del horno con un grueso repasador; le temblaban las manos.
—Ésta será una peste para ricos. Exclusiva. ¡La última exclusividad de la exclusiva Península Esmeralda!
Ella se aproximó a su marido y lo abrazó.
—Te ruego, Claudio, que pensés solamente en tu proyecto, tu trabajo, tu éxito. No gastes una pizca de cerebro en vengarte de los otros, en soñar lo que pasará con los otros.
—¡Imposible! Para que unos se enriquezcan, otros deben empobrecer. Opus, por ejemplo...
—¡Opus no es tu empresa! Tu empresa se llama Claudio Astigarraga.
—Opus caerá en el abismo. A menos que...
—No caerá en ningún abismo. Tiene recursos, inversiones —Nely hizo una pausa y, con angustia, preguntó—: a menos que ¿qué?
—A menos que acepten incorporarme como socio a partes iguales, con todas las plenipotencias.
—¡Estás delirando!
—Te aseguro que no.
—Claudio: es imposible. Imposible. Ellos no te aceptarán. No te necesitan. Además... no entiendo. ¿Por qué asociarte? Has descubierto un excelente filón: dedicate a lo tuyo.
—Es un filón negociable, ¿no te das cuenta? A cambio de anularlo (y ellos rogarán que lo anule) exigiré recibir tanta ganancia de un solo saque como la que me reportarían varios años de laburo muy intenso.
—No me gusta.
Claudio giró la crocante porción de pastel de carne que ella depositaba en su plato y empezó a comer con apetito. Presentía que sus ex socios le hablarían.
Así ocurrió. Le hablaron durante cuatro horas y media. Y salieron cabizbajos, con tan sólo una semana de plazo para rendirse a los pies de Claudio Astigarraga.
Al día siguiente de la negociación maratónica, agitándose en su pecho las oriflamas del triunfo, Claudio telefonea a los dirigentes gremiales para solicitar que se postergue por unos días la firma de los contratos, es decir una semana a partir de este momento, exactamente una semana. ¿Causa?, le preguntan. Eh... una lumbociática que le impedía viajar, nada grave por suerte, pero dolorosa; el médico le ordenó reposo; pero firmarían dentro de una semana a la misma hora; todo en orden, ningún inconveniente, por supuesto. Cuelga. Sobre la mesa aún lo miran los ceniceros agobiados por montañas de puchos, testigos de sus demandas terminantes (cínicamente cordiales) a los acaudalados ex socios. Y también testigos del misericordioso plazo. Demasiado extenso —frunce los labios, arrepentido por haberles aflojado esa concesión—; hubiera alcanzado con veinticuatro horas; pero lo dicho dicho está. Abre los planos. Revisa los pliegos de especificaciones. Nada importante que añadir. Guarda las carpetas y regresa a su hogar. Esa noche exhuma la abandonada máquina de fotos. ¿A quién vas a fotografiar?, pregunta Adrianita. A vos, a mamá, y a esta ciudad, antes de que empiece el gran cambio.
Ha transferido la grave decisión a Cornejo y Siles. Ellos son ahora los responsables de Península Esmeralda. O lo incorporan a Opus o se aguantan las consecuencias. Si la maravilla del Atlántico cae en precipitada degeneración, la culpa será únicamente de ellos. A él no le queda más que aguardar una respuesta. Se divertirá sacando fotos de calles elegantes, avenidas despejadas, playas limpias y letreros megalomaníacos... que pronto considerará suyos o pronto los herirá de muerte.
Nely repite que el proyecto de Claudio no turbará demasiado a sus ex socios. Tal vez les haga cosquillas.
Siles viaja a la capital para jugar su última carta. Cornejo le desea suerte. Confía en el rubicundo Siles: para los grandes desafíos es un as.
Claudio Astigarraga no recibe respuesta en el tiempo estipulado. Ha vencido la semana de plazo que les concedió de mala gana, sólo para no parecerse a un verdugo, y no han tenido la decencia de llamarlo por teléfono siquiera. Se enfurece. Cabrones desagradecidos, irresponsables de mierda, egoístas —masculla sin cesar y sin consuelo mientras arma su equipaje, reúne planos, pliegos de especificaciones, demás instrumentos contractuales y viaja a firmar la ruina de Península Esmeralda. Hubiera preferido la otra solución, pero me empujan al rol del asesino. Llega con excitación y angustia. Saluda a los dirigentes sindicales. No le temblará la mano y desatará la hecatombe. La tienen merecida.
Pero no se produce la hecatombe.
Regresa a Península Esmeralda bajo los efectos de una alucinación. Tiene la cabeza fragmentada como la de don Ambrosio en el bar La Palmera; sus pensamientos giran como reflejos inestables, dolorosos.
Sentado de nuevo en el sucio y oscuro bodegón, se dedica a rumiar preguntas. Estérilmente, por cierto. Preguntas sobre el imprudente plazo de una semana, la subestimación de sus ex socios, la negociación innecesaria al servicio de su resentimiento y no de sus intereses, y otros errores que condujeron a la sorpresiva “clemencia” que los dirigentes sindicales decidieron extender, increíblemente, sobre los millonarios de Península Esmeralda —dejando todo como estaba—, después de evaluar costos, política y otros ofrecimientos más interesantes.