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marcos aguinis

soberbios ojos azules (es)

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El auto se deslizaba con alegría por las calles iluminadas de esa noche de abril. Genaro conducía con rejuvenecido placer. A su lado, resplandeciente, adorable, sonreía Laura. La había conocido dos meses atrás en una recepción ofrecida por la Cámara del Vidrio. Tuvo un vago estremecimiento al descubrirla, como si se sintiera culpable. Lucía como una joya entre los escombros. Y aunque los escombros se empeñaban en ocultarla, reaparecía gracias a su intensa radiación. Genaro se le fue acercando con prudencia, aferrado a un vaso de whisky. Un nervioso collar de admiradores la cercaba. Entre ellos varios conocidos de Genaro, también avejentados por el cínico mundo de los negocios.
En realidad, Genaro no hubiera sabido qué decirle. Se le acercó con la idea de quedarse lejos. Las mujeres hermosas, o las que podían ofrecerle reciprocidad, le suprimían el habla. Hasta palidecía. Él, que en las asambleas de accionistas podía arremeter sin miedos, que desbordaba imaginación en las negociaciones laboriosas, que sabía contar un chiste oportuno a sus clientes e inclusive ganarse la simpatía de esposas fieles y viejas, no era capaz de hilvanar un cumplido para una mujer bella y disponible. Era una dicotomía de su personalidad a la que se había resignado. Debía vivir sin aventuras, se consolaba: resulta más higiénico para el seso y para el bolsillo. Además, podía jactarse de su lealtad conyugal. Elsa era una excelente esposa, elegante y comprensiva, que manejaba con solercia el hogar, educaba bien a sus dos hijas de veinte y diecisiete años, organizaba placenteras veladas y atendía las exigencias de su círculo de amigos. A Elsa se la había presentado una tía y el casamiento fue casi un arreglo familiar, no tuvo que esforzarse con las angustiosas fintas de una conquista. Pronto celebrarían las bodas de plata. Y no tenía razones para serle infiel. Es claro que oyendo a sus amigos, a veces le asaltaba una envidia transitoria por no haber probado jamás una aventura. Pero ahora, con medio siglo de vida y una tonelada de dinero, para qué sufrir el posible desplante de una mujer. Le bastaba con presenciar la lid amorosa entablada por otros, más desvergonzados.
Así pensaba antes de que Laura irrumpiese en su vida.
En aquella recepción de la Cámara algunos empresarios con calvas tan pronunciadas como la suya se habían esmerado en hacer reír a Laura con viejos chistes. A Genaro le impresionaron sus ojos azules, caprichosamente azules sobre su magnífica piel bronceada. Y el espeso cabello color arena, una cascada ondulante y mórbida donde introduciría los dedos acariciadores. Circulaban bandejas con canapés recubiertos de alhajas. Saboreó caviar, salmón, espárragos, mientras en sus orejas batían trozos de frases y risitas, entre las que resaltaban las cálidas de ella. Dos colegas empezaron a discutir a su lado las diferencias en las cotizaciones y las recientes franquicias obtenidas para la exportación, y Genaro se empeñó en atenderlos; no iba a perder la noche y la cabeza como un chiquilín. Dijo por su parte que la rueda bursátil se mostraba favorable, aunque le inquietaban los índices en el costo de la construcción que podían incidir negativamente en los papeles, así que los ojos azules (¿qué había dicho?), así que los vidrios azules (¿otra vez dijo azules?), y aprovechó la llegada de un mozo para devolver la copa vacía y solicitarle otra; el whisky era importado, muy bueno; sus amigos coincidían, no sobre el azul absurdo sino sobre las acciones, los costos y los vidrios. Genaro tenía deseos de orinar; se disculpó, caminó entre los grupos acalorados por la charla y atravesó la puerta vaivén señalizada con un sombrero de copa cruzado por un bastón. La luminosa limpieza le ardió en la nariz: mármoles pulidos, agua que corre presurosa, moléculas de perfume danzando en el aire. Se miró en el espejo. El cuello de su camisa conservaba una tersura de marfil y la corbata verde asomaba como un caparazón de esmeralda. Se alisó el cabello raleante, puso un cigarrillo en sus labios y regresó al salón suntuoso.
Otra vez lo asaltó la imagen de los escombros. Porque sola, entre ellos, refulgía la joya. Que estaba turbadoramente cerca. Sus ángulos filosos llegaban hasta su nariz, lo lastimaban. Los escombros se apartaron y la alhaja se deslizó con blandura por los arabescos de la alfombra. Genaro sintió que su cabeza iba vaciándose de sangre. La perspectiva de tener que decir algunas palabras, alguna ocurrencia con un átomo de humor, le fue desarticulando la voz. Los trozos de cielo ya parpadeaban junto a su cara. Miró los pliegues del vestido, el brazalete que colgaba de su fina muñeca. Ni siquiera tenía un vaso de whisky para sostenerse, ni la pared tras su espalda. Arturo Martínez, secretario de la Cámara, hizo las presentaciones. Genaro rozó la mano que se le tendía, balbuceando un mucho gusto señorita. Martínez, impresionado por el rostro súbitamente enharinado o el temblor de la papada, dijo con picaresca grandilocuencia que no era para tanto, nuestra querida Laura quedaría reconocida si se le solucionase el inconveniente, no pretende formular una demanda, incluso comprende que todo se debió a una involuntaria confusión. La confusión era de Genaro, que recién conocía a Laura y no lograba entender el inconveniente ni la demanda ni el involuntario perjuicio, aunque resaltaba con toda evidencia que ella hizo reclamos infructuosos y aprovechó el ágape para comentarlo con pudor al desaforado secretario de la Cámara, total para un negocio como el de Genaro se trataba de una bagatela y con un poco de buena voluntad le podrían hacer el favor. Genaro fue tranquilizándose —Laura no era la mujer que lo invitaba a una aventura sino una clienta que solicitaba una reparación—, y fue recuperando la sangre de la cabeza y rearmando las piezas de su voz. Sí, haré todo lo posible, dijo; pregunte por mí y me encargaré de satisfacerla, señorita.
Extrajo una tarjeta y se la obsequió. Laura la guardó en su cartera.
Mientras el auto se desplazaba con regocijo Genaro soltaba fugaces miradas a su compañera, deliciosamente arrimada a su hombro. Después de aquella recepción no se puso pálido ni mudo cuando ella apareció en el negocio. La hizo pasar a su oficina, en uno de cuyos rincones trabajaba su secretaria —inflexible marimacho que le vedaba incurrir en deslices pecaminosos—. Laura era una clienta más cuya belleza no estaba en oferta. Veamos: cuál es su problema, ya me dijeron que vino otras veces; es cierto que nosotros efectuamos la instalación de vidrios de todo el edificio, no sólo de su departamento, me extraña la torpeza de los operarios. Laura describió una instalación lamentable, vidrios rajados y otros con vetas. Demasiado para una sola unidad, reconoció Genaro, y hasta demasiado para ser creído. Ella rogaba que fueran a verificarlo. Claro que sí, iré yo mismo, dijo antes de que se diera cuenta de la enormidad; él ya no se movía de su oficina sino para operaciones en grande, pero trató de justificarse: me lo ha pedido Martínez, nuestro secretario de la Cámara, su recomendación me obliga... Muchas gracias, dijo Laura.
Muchas gracias por venir, repitió al abrirle la puerta de su departamento. A Genaro lo sacudió el azul parpadeante; se le comenzó a secar la boca, como cuando solicitaba los favores de su propia mujer. Mientras examinaba las aberturas, iba martillándose: mi función es la de un empresario correcto, soy un hombre casado, soy padre de dos hijas mayores. Los diablillos le arrojaban brasas en las venas. ¿Cuál es la rajadura?, preguntó. Los dedos de diosa acariciaron el vidrio y Genaro sintió las yemas desplazándose por su nuca. Soy casado. ¿La rajadura apareció enseguida de efectuada la instalación? Laura estaba tan cerca que percibía la blandura del deshabillé. Vine para controlar un mal servicio y tendré que suspender a los operarios. ¡Cómo penetran sus ojos! No se puede confiar en los operarios. Las aristas de la joya se hunden en mi cuerpo. Soy padre de dos hijas mayores. Mi corazón reventará si no frena sus latidos. ¿Cuál es el vidrio veteado? La siguió hasta la otra ventana, su figura ondulaba como una melodía. Aquí, dijo girando en redondo y Genaro casi dio con su busto. Tenía llagada la garganta y transpirada la frente, estaban peligrosamente solos. Una vez, cuando adolescente, quedó solo en un cuarto de hotel con una chiquilla de su edad y ella lo besó sin bajar los párpados ni apartar la nariz, con miedo y apuro, y al día siguiente hicieron lo mismo en la habitación segura, cómplice, con menos miedo ya, pero al tercer día ella partió y jamás la pudo encontrar, y desde entonces sabe que a la mujer hay que atraparla de golpe, pero nunca se animó, y también sabe que quedarse solo con una mujer le produce una inquietud insoportable. Soy un hombre casado, debo arrancarme estos impulsos de la cabeza, pero sus brazos cometen la locura y su boca persigue la boca de ella, y la pobre tampoco baja los párpados, de sorpresa, o de susto.
Genaro simulaba observar las vetas pero en realidad imaginaba porquerías; menos mal que sus brazos fuertes aún respondían a su voluntad. En aquel hotel no fue la chiquilla sino él quien tuvo la iniciativa, ¿por qué torcía los recuerdos? A las mujeres les gusta que las besen; por algo las novelas de amor muestran cabezas enlazadas. La sentía respirar; si no la beso pensará que soy un boludo, y la aferró por la cintura y buscó sus labios igual que un adolescente. Con torpeza y ceguera. Como en un suicidio.
La rozó apenas y la soltó. El cuerpo le tiritaba como si estuviera desnudo. Ahora ella gritará, lo echará a empujones, desencadenará un escándalo, provocará la ira de su secretaria y el pánico de su mujer. Y lo tendría bien merecido. Por irrespetuoso. Por salvaje y cochino. Permaneció inmóvil como una estatua a la idiotez. Y vio cómo la víctima bajaba la cabeza y caminaba lentamente, abochornada, hacia el sofá. Hubiera querido regarla con un océano de disculpas pero su garganta se había desarmado como un reloj inservible. Le asaltaron ganas de correr. Había actuado como una bestia. Tenía necesidad de esfumarse. Cincuenta años de seriedad enlodados en un rapto de vileza. Dio unos pasos hesitantes, movió las manos, abrió los labios mudos, se inclinó, hubiera caído de rodillas para implorarle que lo perdonara, que se olvidase, que nunca más... cuando ella lo miró con esos pedazos de cielo profundo y dijo con inopinada dulzura:
—Venga, siéntese, creo que necesita una copa.
—Es aquí —dijo Genaro avanzando el mentón hacia una pared de color negro brillante, de la que se desprendía un toldo a rayas blancas y rojas. Una visera circundada por un cordón dorado resplandeció en la ventanilla y abrió la puerta del auto. Laura descendió como una emperatriz. Genaro trotó hacia ella y la tomó del brazo. El restaurante reproducía un bistró parisiense, pequeño y heréticamente elegante. El maître los saludó en el umbral de acceso y los condujo hacia la mesa reservada. La discreta iluminación vibró en los pendientes de Laura.
En Genaro se había producido un segundo nacimiento. Un milagro interior. Del hombre formal y pusilánime brotó un hombre jocundo. Ansioso de vivir en plenitud, capaz de hacer flexiones en plena calle Florida, cerrar el negocio sin terminar de arreglar sus papeles, pagar sin controlar dos veces la cuenta y sonreír ante un exabrupto de sus hijas. El amor de Laura lo zangoloteó como un terremoto. Hundió escrúpulos e hizo emerger praderas. Le tostó el seso y cambió la sangre. Al principio lo asombró no sentirse culpable. Y más lo asombró advertir que de lo único que se sentía culpable era de haberse perdido medio siglo como un imbécil. Lo asombró su capacidad de amar y ser amado, el grueso carretel juvenil que aún le quedaba, descubrir la belleza del sol y de la gente que circula y los ruidos de los trabajadores callejeros y el azul tinta del asfalto y el verde lujurioso de las plantas que cuelgan de los balcones y la tarde bulliciosa y los silencios perfumados. Lo asombró el mundo que antes no miraba ni sentía. Y también lo asombró que no era tan embarazoso disponer de una amante.
Le acarició las manos. Sus dedos se entrelazaban como anguilas blancas, subiendo hasta las muñecas y resbalando hasta las yemas, en un flujo y reflujo de apetito. Genaro untó una galletita con queso y se la acercó a la boca. Sus labios la recibieron, golosos. Su muralla de dientes apresó la lámina, la partió con sonido crocante. Y sus ojos de maravilla hicieron un mohín de complacencia. Genaro comió la otra mitad. Le contó que tenía proyectado un viaje a México, donde viven su hermana y su sobrina Noemí. Irían todos, su esposa, las hijas. Pero cancelé la reserva, Laura, no aguantaré dejarte sola tres semanas. Laura contrajo el ceño: no está bien que perjudiques a tu familia. No la perjudico, iremos el año próximo, no hay apuro. Y volvió a enredar sus dedos fuertes en los de ella, tan suaves y excitantes.
En el florido departamento de Laura, donde los vidrios fueron íntegramente reparados, terminó de contarle su historia. Tendidos cerca del ventanal que recibía los destellos de la noche, mirando las evoluciones del humo, Genaro evocó su dura infancia, sus comienzos en una fábrica, la primera quiebra, los éxitos que vinieron después, el susto que le produjo descubrir el comienzo de su calva, el respeto y la confianza que le tenían sus clientes y proveedores, sus proyectos de ampliación, su vida sobria y reglada como la de un ermitaño. Amaba su oficio, eso sí. El vidrio es un objeto noble, ¿sabés?, es la transparencia que no debe faltar en la vida, para que uno pueda estar acá y saber qué ocurre allá o, como leyó en un artículo, es “la mirada al mundo”. Sin el vidrio nos sentiríamos encarcelados, asfixiados. Y hasta ciegos. Vos, Laura, sos también un vidrio, el vidrio que me permitió ver el universo y verme a mí. Por eso la quería tanto, repitió besándole los ojos.
Compartió el resto de la noche con Elsa, su agrisada esposa. La encontró profundamente dormida. Mejor. A la mañana dijo con un bostezo indiferente, mientras hojeaba el diario, que las sesiones de la Cámara son un plomo y llegarán a extenderse hasta la aurora. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Más problemas y problemas! Genaro también había aprendido a mentirle.
Un giro violento, no obstante, se produjo el martes veintiocho de abril. Genaro no lo olvidaría nunca. Revisaba el pedido de Mendoza cuando bailoteó el teléfono. Su secretaria le pasó la línea: era su mujer.
—¿Elsa? ¿Qué ocurre, querida? —sacó un cigarrillo de la tabaquera.
—Sorpresa. Ha llegado.
—¿Quién?
—Noemí, tu sobrina de México.
—¿Noemí? Pero... —hundió el cigarrillo en el vaso de los lápices.
—Sí, como lo oís. Tocó el timbre y... bueno, ahí estaba, paradita en la puerta con su equipaje.
—No lo puedo creer.
—Dice que hace un mes nos mandó una carta informándonos de su viaje. Pero el correo... como siempre. En fin, Inés y Graciela están más contentas que sorprendidas y ofrecieron dormir juntas para que Noemí se acomode en el cuarto de Inés. Me han contagiado la excitación.
—Qué bueno. Así que avisó hace un mes... qué lástima: la debimos haber esperado en el aeropuerto. Elsa: me parece estupendo que le den el cuarto de Inés.
—¿Venís para el almuerzo?
—¡Por cierto! Ahora mismo cancelo una obligación. Adelantale un abrazo a Noemí.
Vaya noticia. La había visto por última vez hacía diez años, cuando su hermana enviudó y había tenido que viajar a México para brindarle ayuda y consuelo. Fue solo, entonces no podía gastar en pasajes para toda la familia. Noemí no había cumplido los quince. Era una mujercita vivaz y ocurrente. Lo acompañó a recorrer el centro de la ciudad. En su última carta, recibida unos tres meses atrás, decía que nos esperaban con impaciencia. Les avisé que cancelábamos nuestros pasajes, que me agobiaban compromisos de trabajo, que recién iríamos el año próximo. Seguramente tenían muchas ganas de vernos, para que Noemí se largara enseguida, y sola. Hubiera podido venir con su madre. Ni Elsa ni mis hijas la conocían. La impaciencia es mutua, realmente. Debo aceptar que he procedido con egoísmo al suspender nuestro viaje. Bah, no tanto egoísmo como preocupación por Laura; también es parte de mi vida, de mi responsabilidad. Eso de abandonarla a poco de iniciar nuestra relación no es de hombre. Tendría derecho a sentirse insultada o traicionada.
Genaro compró un ramo de flores en el puesto de la esquina. Para Elsa o para Noemí. Abrió la puerta. Vio a Inés y Graciela, embobadas, escuchando a la pariente de México. Pero la pariente no era Noemí sino... ¡Laura! A Genaro se le cayeron el ramo y la mandíbula. Le volvió a temblar la papada; como en los viejos y detestados tiempos volvió a desarticularse su voz. Retrocedió en un instante a su antigua forma de hombre pacato e inhibido. Se le evaporó la sangre. Se le paralizaron los músculos. Laura corrió a su encuentro, los ojos azules brillantes, el delicioso pelo de arena flameando, los brazos ávidos, como cuando lo recibía en su departamento. Genaro sufría una alucinación, no lograba conciliar a su amante y a sus hijas en el mismo espacio. Seguía mudo y blanco, resistiéndose a creer lo que veía. Laura lo abrazó exclamando con ternura:
—¡Tío!
Su aspecto de cadáver fue atribuido a la emoción del encuentro. Laura le susurró imperativamente: ¡disimula, no seas tonto!, ahora soy Noemí; después te explico. No se atrevió a entregarle el ramo porque era parte de una ceremonia erótica que funcionaba en el departamento primoroso. Elsa podría darse cuenta. Lo entregó a Graciela. Colgó su saco en el hombro de Inés, que enseguida advirtió la torpeza y lo llevó al perchero. Se puso la pantufla izquierda en el pie derecho. Y se encerró en el baño. ¡Qué es esto, Dios mío! Se estiró la piel de las mejillas para reconocerse, o para devolverse la sangre evaporada. Qué se propone. Nunca hubiera imaginado algo semejante de ella. Es una broma, le gusta divertirse. Pero, ¡qué irresponsable!
No pudo tragar los bocados. Masticaba y masticaba la pelota de carne al horno con ciruelas que Elsa cocinó personalmente en agasajo a la sobrina. Lo dominaba una sensación de inestabilidad: Laura frente a Elsa lo mareaba, le oprimía el estómago, hasta le producía ganas de llorar. Su esposa, que lo consideraba un modelo de marido, obligada a cocinar para una amante; sus hijas, que aún le pedían permiso para salir de noche, cediéndole el cuarto. Peor que un insulto. Se sentía el hombre más degenerado de la Tierra. El sudor frío no cesaba de brotar de su cabeza. ¿Estás enfermo?, se preocupó su mujer. Quizá, tuve un disgusto grande en el negocio... una estafa. ¿Una estafa?, exclamó Laura como si no entendiera el significado. ¿No se dice “estafa”, en México?, preguntó Inés. Discúlpenme, voy a recostarme un poco, dijo Genaro con la vista obnubilada, apelando a sus últimas fuerzas. ¿Llamo al médico? No, con una siestita me sentiré bien, hasta luego. ¡Hasta luego, tío!, exclamó Laura, y Genaro sintió un latigazo en la garganta.
No pudo descansar. Miraba las desleídas e incomprensibles figuras del cielo raso. Con una toalla se secaba el sudor. No entiendo, no entiendo. ¡Tan bien que transcurría nuestra relación! Y terminará en catástrofe. Qué diré a Elsa, qué diré a mis hijas, cómo podré mirarlas de frente. Esto es un castigo de Dios.
Elsa ingresó en el dormitorio y Genaro se levantó. Podés quedarte más, sólo pasó una hora, telefonearé al negocio que no te sentís bien. Estoy bien, dijo dándole la espalda, y debo resolver personalmente el lío. ¿Qué lío? Un lío comercial, una estafa. ¿Es grave? Elsa, por favor, no me apabulles.
Laura, al verlo salir, inició una charla afectuosa y lo acompañó hasta la vereda. Genaro, con voz rugosa, vencida, le pidió explicaciones. ¿Qué no entendés? —se asombró ella—, yo te amo, no puedo soportar tenerte lejos. Pero... pero... ¡venir a casa! ¿Y dónde, entonces? Es que... Tontito: será más fácil, así no tendrás que repartirte en varios lugares. Repar... repar... —tartajeaba— Claro, aquí está tu familia y aquí está tu amor, todo bajo el mismo techo. Pero... —otra vez empezó a sudar—. Comeremos juntos, te veré a la mañana y a la noche, y los fines de semana no los pasaré en blanco, sola, extrañándote. Laura, yo... ¡Estoy tan contenta! Laura... tenés que... Esta noche podríamos ir al teatro para celebrar mi llegada. Laura... tenés que irte inmediatamente. Laura empezó a borrar su sonrisa y sus ojazos azules se oscurecieron. Laura... comprendeme. Laura no contestó. Laura... no te ofendas, al contrario, es por nuestro bien. Los ojazos seguían oscureciéndose más aún. Esto es una broma, ¿verdad...? Laura torció la cabeza y regresó al living. Genaro se sintió una estaca abandonada. Crispó los dientes con tanta fuerza que se aflojó un molar. Subió al auto escupiendo maldiciones contra sí mismo.
Ese veintiocho de abril de mierda resultó improductivo. Desatendió las urgencias, su secretaria tenía que repetirle cuatro veces las mismas frases. Actuó como un idiota con Laura, la pobre lo quería tierna, puerilmente, lo acababa de manifestar con un acto temerario. Y él, boludo insigne, la terminó echando de su casa. ¿Qué sería de su reciente alegría de vivir? ¿Qué sería de su flamante humor? No tuvo el coraje de afrontar una situación nueva. Privilegiadamente insólita; de película. Dentro de una semana a más tardar Laura hubiera simulado “el regreso” y todo terminaría de maravillas. ¿Dónde estaba lo tremendo? Después, recordando la anécdota, se divertirían como locos. Ahora estaba ofendida, sin duda. Y las mujeres ofendidas son capaces de represalias increíbles: le contará a Elsa lo nuestro, me hará quedar como un delincuente. Se torció el dedo meñique hasta quebrarlo casi, en merecida represalia a su imperdonable imbecilidad. Abrió un cajón, destapó la botellita y tragó un puñado de tranquilizantes. Su secretaria le trajo té.
—¡No necesito médico! —gritó en sus narices cuando ella le formuló la propuesta—. ¡Hoy todo el mundo me quiere encajar un médico!
La tarde se escurría con lentitud. Abría y cerraba carpetas sin recordar lo que leía. Reprendió a un cadete injustamente y al rato se disculpó. Canceló dos entrevistas, que se vayan al diablo. Por fin la hora de cerrar. Siguió repasando planillas sin ver lo que estaba escrito. Subió al auto llevándose un portafolio cargado de facturas para revisar en su casa, trabajo que no hacía desde un lustro atrás, pero que esta noche —que sería la peor de su vida— le ayudaría como parapeto contra las miradas de odio.
Equivocó el camino y demoró más de la cuenta en llegar. Seguía repitiéndose: ¡pobre infeliz!, te pasa por meterte donde no te da el cuero; sos un ave de corral, Genaro, no un gallito de riña.
En el living iluminado estaban las mujeres. ¿Disponían su ejecución? Elsa llorará a los gritos, lo azotará con reproches, sus hijas lo mirarán calladas, como se mira a un monstruo. Estaban todas: Elsa, Inés, Graciela y... Laura (quiero decir “Noemí”). Se levantaron. Reían. Imperaba la cordialidad, el afecto. ¿Reían de él? Se sentía ridículo. ¿Cómo estás, Genaro? —Elsa lo recibió con un beso—. ¿Cómo estás, tío? —se interesó Laura. La conjunción de ambas mujeres le producía vértigo, pero la bonhomía reinante le aquietó el corazón. Mejor, estoy mejor (Laura es estupenda: no tomó represalias, no me denunció, me ama de verdad). Sonrió por primera vez en ese turbulento veintiocho de abril. Y tuvo deseos de brincar, pero se contuvo.
Tres días después, cuando regresaba del negocio —sin facturas como parapeto, sin temores como verdugo— Laura lo recibió opulenta de felicidad.
—No hay nadie, querido.
—Cómo no hay nadie.
—Quiero decir que estamos solos.
—¿Completamente?
—¡Sí! —se estrechó contra su cuerpo—. Tu mujer y tus hijas fueron a un desfile de modelos. Les expliqué que no me sentía bien y las convencí de que prefería quedarme a escuchar música. ¡Para que nos dejaran tranquilos!
—¡Laura! ¡Amorcito!
—¡Aprovechemos este par de horas!
A Genaro se le encendió la cabeza como una lámpara colorada. Un frenesí de juventud se le agolpó en los labios ansiosos. Rodaron por la alfombra como liebres en celo. Y cargaron llamas en el camino a la habitación de Laura. Las praderas grávidas que le habían brotado en el pecho después de conocerla se ahogaban de calor. El mareante abismo con humedad de rosa lo deshacía en moléculas electrizadas. Y el sismo primordial sacudió violentamente al universo poblado con los ojos azules y suspirantes de Laura. Genaro alcanzó el más alto risco de la dicha. Con la lengua seca y jadeante pronunció frases inéditas de amor y gratitud. Después, mirando el laberinto que dibujaba la cinta de humo, alabó esta aventura genial inventada por el amor y la picardía de Laura.
¿Y cómo pensaste teatralizar “el regreso”? ¿Qué regreso? Genaro repitió la pregunta, pero ella no lo entendía. Quiero decir, cómo hará “mi sobrina Noemí” para “volver a México” sin despertar sospechas. ¿Y que me vaya de aquí? Genaro presintió dificultades y trató de conservar la calma, como si se tratase de una asamblea de accionistas. Eh... “mi sobrina” vino de visita, toda visita tiene un comienzo y... ¡Un fin!, gritó ella. No te ofendas, por favor. ¡No me hables como si fuese una tarada! Pero yo... Que mi sobrina, que patatín, que patatán, que tiene comienzo, que tiene fin, ¡no pienso en el fin! ¡Me siento muy cómoda en tu casa! Laurita... Lo que ocurre, es que no me querés, sólo te intereso para la cama. Laura, yo te adoro. Laura empezó a llorar. Genaro la abrazó, le acarició el mórbido cabello color arena, la besó en las mejillas rosadas, en los hermosos ojos desbordantes de lluvia. Es que yo imaginaba —farfulló con miedo— algo así como una semanita. Ella siguió llorando. Una semanita y “te volvés a México”. ¿No... no me querés ver más? Sí, claro que sí, pero en casa es muy riesgoso. Lo único riesgoso —dijo sonándose en un pañuelito perfumado— es que no te acostumbrás a llamarme Noemí. Esta peripecia, si corta, terminará bien, y si larga, mal; es seguro, querida. ¿No te gustó amarme en este cuarto? Claro que me gustó. Entonces sos un desagradecido. Pero querida. Y no merecés mi amor. Pero... Soy yo la que me arriesgo, yo vine a tu casa. Laura... Me metí en la trampa por vos, por quererte demasiado, para tenerte cerca y no sufrir días en blanco. Genaro intentaba sosegarla aunque era él quien necesitaba sosiego: Laura había ingresado en su hogar con el propósito de instalarse por mucho tiempo, quizás un mes, un año, o toda la vida. Esto no encajaba en la realidad, esto sólo ocurría en las novelas. ¿Cómo manejar su bigamia en una sola vivienda? Lo asaltaban náuseas y, con grandes esfuerzos, la rodeó melindrosamente y usó el tono más persuasivo: tu amor me ha regalado la vida, Laura, la vida que no conocí antes, por tu amor soy capaz de hacer barbaridades; y te agradezco esta locura; me siento ¿cómo diré?... me siento protagonizando una película; sé que me querés mucho, que mi felicidad agranda tu felicidad, y así ocurre conmigo también; pero nuestra felicidad corre peligro, Laura querida, corre peligro de cortarse; yo no quisiera que mis hijas... porque es natural que... —se interrumpió cuando la mirada azul adquirió un resplandor maligno.
—No quisieras ¡qué!
Los labios de Genaro se movieron en silencio, tanteando lejanos sonidos.
—¿Tenés vergüenza de mí?
—No, Laura...
—O tenés vergüenza de amar.
—Yo te adoro, Laura.
—“¡Te adoro, te quiero, te quiero y te adoro!”, es lo único que sabés decir, y lo decís de la boca para afuera, para voltearme sobre la cama.
—Laurita...
—Del verdadero amor no se tiene vergüenza nunca. Se tiene vergüenza del amor falso; y el tuyo es falso, falso, falso.
Genaro temblaba.
—No me mires con cara de víctima. Vistámonos que ya están por llegar, señor “falso amante”.
—Fue un desfile regio —comentó Inés.
—Yo quiero que me compres esa túnica platinada, mamá —dijo Graciela.
—El clima de Buenos Aires no te sienta —Elsa se dirigió a Laura con preocupación—, tenés los ojos hinchados.
De llorar, pensó Genaro. Pero Laura no volvió a llorar. Tampoco le volvió a preparar encuentros a solas. Al cabo de una semana, la “sobrina Noemí” estaba armónicamente integrada a la familia; y a su “tío” le concedía frugales dosis de amor únicamente con la mirada azul. Genaro se demacró, dormía mal, comía sin apetito.
Cuando fueron al teatro, en el hall la abordó con nerviosismo: Laura, estamos peor que cuando vivías en tu departamento, ya ni te puedo besar. ¿Quién te lo impide? Por favor, Laura, no contestes con ironías. Yo no me he resistido, ocurre que nunca tomás la iniciativa. En casa... ¡En casa, en casa! ¡dónde si no! soy tuya, Genaro, ahora y en cualquier momento. Pero... Para eso me instalé en tu hogar; ¿qué culpa tengo si te la pasás desperdiciando oportunidades? Laura reingresó al salón y Genaro se apretó los puños hasta que las uñas le lastimaron la piel.
Unos días después, durante la cena, Laura anunció su propósito de inscribirse en la Universidad de Buenos Aires para cursar Filosofía y Letras, siempre y cuando —hizo un mohín seductor— no tuvieran inconvenientes en dejarla vivir con ellos. ¡Ningún inconveniente!, exclamó Elsa encantada. Genaro corrió al baño y vomitó. Esa noche la pasó despierto, rumiando su impotencia. La piel se le acartonaba, como cuando tenía fiebre. Pergeñó soluciones absurdas: irse a Groenlandia, incendiar el negocio, beber ácido nítrico, confesar la verdad. En la oscuridad se asomaban colmillos rientes, siseaban tentáculos. La idea de la muerte fue ganando espacio. Morir es descansar, es inmunizarse contra nuevos dolores. La incipiente claridad del alba traía beatitud. Las planicies de la muerte son silenciosas, están libres de angustia. Nada puede quebrar su indiferencia, la indiferencia que a él le faltaba. Sólo la muerte acabaría con el hormiguero que le devoraba las vísceras.
Ofreció a su “sobrina Noemí” presentarla a un profesor de la Facultad, hermano de un cliente suyo. Te dará una información honesta y profunda. Laura estuvo encantada con la idea y vistió un trajecito púrpura y una boina de terciopelo. Demasiado hermosa para convertirse en cadáver, pensó Genaro con amargura. Condujo hacia las afueras de Buenos Aires, decidido a lograr el fin.
Cuando cruzaron la avenida General Paz ella preguntó hacia dónde vamos. Genaro no contestó, su cara se había desprovisto de sangre otra vez. En el Acceso Norte ganó mucha velocidad. Por qué tanto apuro —se inquietó Laura. Al cabo de unos minutos agregó—: Bueno, querido, basta de teatro, ya sé que no veremos a ningún profesor, por lo menos adelantame el nombre del hotel alojamiento. No vamos a ningún hotel. ¿Adónde, entonces? Genaro apretó el acelerador con rabia. Esquivaron un camión y dos motocicletas. El paisaje corría veloz a los costados, en fragmentos cada vez más livianos y mareantes. Se fue adelantando a un auto, y a otro, y a otro, sin saciarse, tambaleándose en el zigzagueo suicida. Llegará al puente, torcerá un poco el volante y se convertirá en un planeador. El trayecto será entonces breve, limitado. Una compensación del tiempo infinito que Laura pensaba quedarse en su hogar hasta reventarlo. La amaba a la maldita. Y no era capaz de echarla a la calle, no era capaz de sostener la mirada de sus soberbios ojos azules, no era capaz de aguantarse la estocada de sus reproches. Ayer aún esperaba que se fuera de forma espontánea. Pero no: proyectaba inscribirse en la Universidad para quedarse cinco años. O más. Hasta matarme. Se propone matarme. Sí, su amor es de pulpo, de araña, asesina al macho por amor. Y ya que de la muerte se trata, moriremos juntos. Entraremos en sus abismos de paz con un “accidente”. Elsa y mis hijas no conocerán la verdad humillante.
El puente, por fin. Laura se prendió a su brazo, le acarició el pecho, la nuca. Los dedos de Genaro transpiraban como canillas, la papada temblaba como en su prehistoria. Calmate, querido. Genaro comprimió los dientes y las rodillas. El auto trepó la cuesta como un bólido. La baranda no parecía muy resistente. Era el momento. El acelerador permanecía aplastado. La velocidad producía un vértigo cruel, deliciosamente cruel. Sólo mover el volante. Apenas un giro. Sus músculos estaban duros. El volante trepidaba. Laura reptaba sus dedos de armiño. Pasó el puente. A Genaro se le nublaba la vista. Poco a poco fue sacando el pie del acelerador. Frenó junto a la banquina.
Le faltaba aire.
—Me rindo, Laura.
—¡La pucha que sos melodramático!
—No puedo más... Matame de una vez.
—¡Qué estás diciendo!
—Matame, Laura, acabá conmigo.
—¿Y dejar viuda a Elsa? ¿Y huérfanas a tus hijas? No, gracias.
—Estoy vencido. Perdido.
—Querías desbarrancarte... ¡Qué cabeza! Todo tiene solución, menos la muerte, ¡zapallazo!
—Dame la solución.
—Solución de qué. Yo no tengo problemas.
—Laura... No sé cómo expresarme... Estoy dispuesto a cualquier sacrificio, pero las cosas así no marchan, tenés que regresar a tu departamento.
—No me gusta mi departamento, es muy chico.
—Se podría intentar una permuta.
—¿Sí? ¿Y quién paga la diferencia?
—Yo te ayudaré.
—Sueño con uno luminoso, frente a un parque, con un living grande, con cochera.
—Pero si no tenés auto.
—¿No merezco tenerlo?
—Está bien, Laura, está bien, creo que algo se logrará —la voz de Genaro iba recobrando vida, como un agónico en el desierto que bebe agua, como un ciego que empieza a visualizar una luz—. Está bien, Laura, hablando se entiende la gente —puso en marcha el motor e inició el regreso a la ciudad. Discurría con precaución, para que ella no se retrajera; y con habilidad, para que la pauta de solución no se frustrara. Prometió ocuparse del nuevo departamento, pagar la diferencia, después aceptó pagarlo íntegramente porque Laura deseaba conservar el actual —pequeño y primoroso— como recuerdo del sitio donde empezaron su romance. Está bien, Laura, como prefieras. Y prometió comprarle también un autito y pagarle la cochera. Y también le pagará la decoración y el amueblamiento. Y un viaje por el Lejano Oriente hasta que el nuevo departamento estuviera listo. Está bien, Laura, lo que digas.
“La sobrina Noemí” armó una magnífica historia sobre la entrevista con el profesor, quien la disuadió de inscribirse en Buenos Aires, ya que la Universidad de México contaba con un excelente cuerpo de especialistas. Así que, con gran pena, había resuelto volver. La consternación fue manejada por la histriónica Laura con envidiable soltura. Y ternura. Graciela e Inés la ayudaron a empacar, insistiendo en que se quedara otra semana. Elsa fue a comprarle artículos de cuero como souvenir. Laura y Genaro respetaron el compromiso mutuo: ella estuvo lista para partir y él firmó la compra del departamento, el auto, contrató la decoración y le entregó un pasaje al Lejano Oriente con escala en México.
Sentado en su oficina, bien afeitado y bañado, profundamente renovado, examinaba sus cuentas bancarias. El término del idilio le costó un agujero impresionante. Ahora ¡a ingeniárselas para rellenarlo! Nunca hizo una erogación súbita de tamaña magnitud. Sin poder aconsejarse con nadie. Pero no estaba abatido: en este caso un mal negocio era el mejor negocio. Salvó su vida y su hogar. Conoció en poco tiempo el paraíso y el infierno. Pudo salir del embrollo con honor. Y hasta le quedaba la perspectiva de que cuando ella regresara, siguiera siendo su amante: hasta el último momento le había jurado su amor. Y le había asegurado que no repetiría esta locura para tenerlo cerca. Esa noche su casa volvería a ser la casa de siempre, sin amantes perturbadoras; las amantes son para la calle. Hace una semana no hubiera imaginado que en tan breve lapso recuperaría la paz. La paz, Dios mío. Bueno, y ahora ¡basta de divagaciones! ¡A trabajar duro para recuperar las pérdidas!
Su odiosa secretaria le pasó la línea telefónica: era su mujer.
—¿Elsa? ¿Cómo estás?
—Acaba de llegar tu sobrina de México.
—¡Qué! ¡Cómo! —miró el calendario, Laura ya debía estar nadando en una playa del Pacífico.
—Tu “verdadera” sobrina —la voz rezumaba indignación.
—¿Cómo?
—¡Farsante!
Genaro recordó el puente, la velocidad, el mareo cruel. Su mirada se licuó en el abismo.
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