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mauricio del castillo

la nueva edición (es)

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La recepcionista se quitó un ojo de aumento, lo graduó en el disco fotosensible y miró con atención la agenda del director en la computadora. De pronto, una figura pequeña y oscura llegó en silencio; sus ojos se dirigían de un lado al otro con la desconfianza plasmada en ellos. Llevaba gafas, lucia escaso cabello y el cuerpo encorvado; bajo el brazo portaba un estuche forrado de terciopelo negro y sobre su cuello sobresalía una banda blanca. La recepcionista supo enseguida que se trataba de un invitado más del señor Baglio.
El pequeño hombre se sintió incómodo en ese lugar brillante, pulcro y atiborrado de anuncios editoriales, con imágenes holográficas que aparecían de frente y hacían lo posible por llamar la atención de futuros lectores. Empujó con nerviosismo la montura de sus gafas a todo lo largo del tabique de su nariz y dijo:
—Buenos días. Soy el padre Miguel Nepomuceno Rivas. Tengo una cita con el señor Baglio.
—Pase su pulgar por la línea de escáner. Sí, esa que está ahí.
El padre Miguel obedeció, aunque sin mucho ánimo. No le agradaba la idea de tratar con máquinas. Suspiró y caminó con resignación. El ascensor automático lo invitaba a adentrarse en sus fauces, como si se tratase de un animal primitivo y salvaje. El padre Miguel nunca se había acostumbrado al uso de la tecnología que bullía en todo el mundo: había llegado al edificio de la editorial en auto sideral, y a su vez partido de la parroquia en una carreta jalada por un caballo domesticado. El viaje había sido largo y desgastante, pero prefería esa opción a las cabinas transportadoras. Era más seguro, pensaba, de esa manera no sería afectado por las consumaciones del demonio.
Cuando traspasó por completo la puerta corrediza del ascensor, una extraña luminiscencia lo bañó por completo. Instintivamente cerró sus ojos, y sintió que se apagaba al igual que una vela. Helado y con temblores que recorrían su cuerpo, volvió a recuperar cada partícula subatómica.
El lugar era otro. La panorámica ofrecía un atisbo de la ciudad desde el piso 200. A sus pies, la alfombra era reluciente y nueva, extendiéndose a todo lo largo de la oficina. El Quijote y Sancho Panza eran personificados en una escultura hecha a base de bronce, justo a un costado del flamante escritorio. Un retrato de Shakespeare se confrontaba contra una fotografía a escala de Jorge Luis Borges, mientras que anchas hileras de compendios líquidos se empotraban en una pared; la mayoría eran obras de románticos del siglo XIX.
El padre Miguel sacudió la cabeza y sujetó con más fuerza el estuche.
La puerta del tocador se abrió y apareció el señor Baglio, secándose las manos con una toalla, la camisa arremangada y una sonrisa que deformaba su rostro. No era un hombre atlético, pero su estatura y sus anchos hombros daban la impresión de aplastar hombres con bastante soltura. Su engominado y rubio cabello estaba peinado sin una hebra fuera de sitio. Daba la impresión de tomar en serio su aspecto.
—Buenos días, padre Miguel —dijo Baglio. Extendió una mano y saludó al. El hombre de religión esperaba alguna reverencia o algo por el estilo. Ya nadie creía en la Gracia de Dios—. Nos conocimos en la videoconferencia; soy Carlo Baglio. Pero hágame el favor de tomar asiento —señaló con una mano hacia una silla que había frente a su escritorio.
El cura obedeció, con el estuche apoyado sobre los muslos, sin atreverse a asomarlo siquiera. Lo cuidaba como si se tratara de su única posesión en el mundo.
Baglio se aclaró la voz y apuntó:
—Como sabe, yo sólo me encargaré de mediar en todo este asunto. No es responsabilidad mía y de la editorial lo que vaya a suceder. Si es tan bueno como decían en los tiempos antiguos, nuestro editor en jefe lo aprobará.
El padre Miguel no podía tolerar que dudaran de la entereza y divinidad del gran libro. Decidió emplearse de una forma un tanto agresiva, pero alarmante:
—¡Dios Santo! Hijo, ¿qué no sabes nada acerca de la trascendencia de este libro? Ha sido llamado patrimonio cultural del hombre; todo lo que ha forjado en los últimos años no se hubiera sido logrado sin su influencia.
—Oh, claro, por supuesto, padre. Lo había olvidado. —Enseguida Baglio empleó una voz gutural y solemne—: «La Sagrada Biblia»
—Ustedes la eligieron, pero dudan de su autenticidad.
Baglio sonrío.
—Mire, yo no conozco mucho acerca de ese libro. Hoy en día su tiraje no es el mismo desde hace cientos de años —dijo—. Pero fue el primer libro que se imprimió bajo la técnica de imprenta de un señor llamado Gutenberg. Cuando se insertó la memoria informática, también se optó por editar la Biblia como primer título. Ahora que programamos una nueva forma de editar, no quisimos romper con la vieja tradición. Es meramente un simbolismo, padre, y es por eso que usted y su iglesia han sido invitados para conocer esa nueva edición.
»Imagínese lo que va a significar esta nueva forma de editar. Los lectores sentirán como propias las ideas del autor, vivirán con todo realismo las experiencias de los protagonistas del libro, no habrá más intermediario entre el escritor y el lector que la máquina lectora. Por eso debemos ser extremadamente cuidadosos con lo que publiquemos, recuerde, directo del autor al lector, cualquier imprecisión implicaría el fracaso de la obra.
El cura miraba con preocupación al director general de la más grande cadena editorial del mundo.
—¿Estás seguro, hijo, de que esa máquina no ha empleado el mismo procedimiento en otro libro? —preguntó el padre Miguel—. Su Santidad quiere asegurarse de que la sagrada Biblia sea la primera en ser editada bajo este nuevo formato.
El hombre guardó silencio y miró agudamente al cura. Explicó:
—Hemos hecho algunas pruebas en nuestros estatutos, pero nunca en una obra de algún cliente; el programa no los ha tomado como oficiales. Padre Miguel, debe creerme que usted y su libro serán los primeros en estrenar esta técnica vanguardista. —Baglio señaló el estuche con un dedo y preguntó—: ¿Puedo verlo?
El cura no dio la impresión de verse muy animado ante tal petición. Con cierta reserva, entregó el estuche. Sintió que se despegaba de él una parte muy importante, y que nunca le sería devuelta.
El director general abrió la caja. En su rostro se mostró la satisfacción de tantear el libro con sus propias manos. Era voluminoso, con un grabado de varios ángeles alrededor de los caracteres finos y barrocos. Las letras eran pequeñas, pero entendibles. No tenía una mancha o esquina gastada en su periferia. A pesar de no ser creyente, reconocía la magnitud alegórica del libro.
Repasó las páginas con suma rapidez y al hacerlo sufrió un corte en el dedo índice de su mano derecha. Se llevó el dedo a la boca y exclamó:
—¡Maldita sea! —Se conectó al sistema de comunicación y llamó a su secretaría—. Señorita Diana, traiga una bandita de carne sintética.
—No emplees palabras obscenas en frente de la Biblia, hijo. Ten más respeto.
—¿Qué dice, padre? Oh, pase, señorita Diana.
La secretaria llevaba una blusa traslucida de moda, la cual no dejaba mucho a la imaginación. Era indecente, pensó el padre Miguel. Ella misma amoldó la bandita y se despidió, no sin antes guiñarle un ojo a su jefe.
Baglio dejó el libro sobre la mesa como si se tratara de un gato montés que lo rasguñara. Se volvió hacia el padre Miguel y dijo:
—Bueno, eso sucedía mucho con los libros antiguos. Ya vio de lo que son capaces. No dudan en hacerle daño a uno que se dispone a leerlos.
Este era sin duda un hombre horrible, pensó el padre Miguel al sujetar fuertemente la cruz que llevaba colgando de su cuello. Era ofensivo y malicioso. «Para juzgar lo que valen nuestras relaciones con Dios y con nuestros hermanos —pensó—, no hay nada más revelador que la naturaleza de nuestros pensamientos o acciones. Estamos tan despegados de Dios como puede estarlo un animal, un hereje o un pecador sin el menor escrúpulo»
Un holograma de la secretaria flotó en medio del despacho.
—Señor Baglio, los técnicos están listos.
—Gracias, linda. Vamos hacia allá.
El padre Miguel sujetó el libro y lo colocó dentro del estuche nuevamente.
Los dos entraron a una amplia estancia sin ventanas, con una alfombra más deteriorada que la encontrada en la oficina del señor Baglio. Estaba oscuro, sin un solo mueble, excepto una consola conectada a una pantalla blanda. En ella se hallaba un sonriente técnico con una libreta sujeta a dos manos. El padre Miguel contempló la brillantez de sus ojos y supo que era un hombre sin alma alguna.
Baglio lo saludó, con una mano en su hombro:
—Qué tal, Lucas. Permíteme presentarte al padre Miguel. Fue elegido por la administración pontificia para ser testigo de nuestra primera edición con el programa.
—Había oído de ello —dijo el técnico—. ¿Qué tal le va? Veo que se encuentra algo nervioso.
El cura no expresó palabra alguna. Su rostro se vio invadido de fruncimientos severos en cada una de las cuencas de sus ojos.
Baglio tosió e inmediatamente atrajo la atención del técnico.
—He visto el prototipo. Sus bordes son cortantes. —Levantó su dedo índice y dijo—: ¿Ve esto? Es una herida provocada por el libro. Dudo que el programa quiera pasar por alto este detalle, a pesar de que será editado en compendio líquido. La seguridad es un punto vital en la edición.
—El libro no tiene nada de malo —replicó el padre Miguel—. La belleza y la verdad son útiles en este mundo corrompido.
Súbitamente sintió un desasosiego interior que supo mantener controlado. Le costó, no obstante, un gran esfuerzo. Se preguntaba a donde iría a parar el Santo Libro con toda aquella perturbadora forma de pensar que encerraba al mundo.
—Colóquelo en esta superficie —indicó el técnico, señalando un circulo de luz a un costado de la consola. El padre Miguel obedeció, sin dejar de pensar que la dejaba a su suerte en medio de una hoguera.
Los minutos pasaron. La consola aún seguía trabajando. En cualquier momento el cura sería testigo fiel de cómo fueron creados los cielos y la tierra, de cómo era suprimida la oscuridad. Los lagos y mares se formarían en tan sólo siete días, pero un terrible error de juicio apartaría del paraíso a los dos hijos del Señor. Entonces consideró que esta nueva forma de apreciar los libros no sería del todo mala.
—¿Cuánto tiempo más pasará? —quiso saber el padre Miguel.
—Ya debe estar tomando una decisión —dijo el técnico—. Tenga paciencia.
La consola emitió una señal.
—¡Perfecto! —exclamó Baglio—: Veamos los resultados.
El técnico se acercó a la pantalla. Los resultados desfilaban ante sus ojos y su rostro adquirió seriedad.
—Fue rechazado —dijo—. No pasó la prueba. Deberá hacer algunos ajustes, padre. Dígaselo a sus superiores.
—Estoy seguro que se trata de los bordes —dijo Baglio.
En la pantalla blanda aparecieron más puntos que explicaban el problema. Con curiosidad, Baglio y el técnico leyeron la recomendación de tener que mejorar los bordes. En eso, el número de puntos se multiplicó hasta dos centenares y seguía en aumento.
Baglio acarició su barbilla con una mano; su rostro endurecido adquirió un rasgo severo. Volvió a mirar el paso de los puntos sobre la pantalla blanda y dirigió su vista al suelo.
El silencio se alargó. El padre Miguel preguntó confuso:
—¿Qué sucede?
Baglio estuvo callado por unos segundos. De pronto, golpeó con la punta de los dedos el estuche.
—¿Qué libro quiso entregarme para ser evaluado por el programa, padre?
—La Biblia, desde luego. ¿Pasa algo malo? Por el Espíritu Santo, dígamelo.
La expresión del técnico se ensombreció.
—Padre —comenzó—, el programa no sólo rechazó los bordes, sino también el contenido. Sería el más grande error que se haya dado en la historia de las publicaciones si lo editamos.
—Eso es lo que me temía. —Baglio movió la mano con impaciencia—. Yo no puedo contradecir al programa. No está en mi derecho.
El padre Miguel enrojeció, tratando de pestañar con fuerza para contener las lágrimas de puro coraje.
—Eso es blasfemia, hijo —exclamó—. ¡Estamos hablando de la Sagrada Biblia! Este libro tiene más de tres mil años, ¿y me dicen que esa infernal máquina la ha rechazado?
—¿Cree que es inconcebible que un libro se contradiga con los preceptos que rigen la época actual? Hay muchas ideas en su libro que posiblemente no tengan más cabida en este mundo, padre. Su retórica eclesiástica es incomprensible hoy en día. De ser posible un recorte de más de la mitad, aún tendría mis dudas de publicarlo. Lo siento.
—No puede estar sucediendo esto. En el nombre de la moral cristiana exijo vuelva a probarlo.
Se escuchó un sonido de arrastre proveniente del exterior, grave y pronunciado. Con el accionar de un comando, el técnico dejó ver en la pared más cercana una imagen total de lo que sucedía afuera. El cielo comenzaba a sufrir grietas, que poco a poco se desquebrajaban como un espejo roto. Sonidos aullantes y de locura se prorrumpían aquí y allá en todos lugares. La oscuridad se mecía a sus anchas, sin ninguna estrella a la vista.
El cura se arrodilló, tomó el libro con manos temblorosas; leyó un versículo de la Biblia en voz alta, sin dejar de sujetar con fuerza la cruz que llevaba colgada. Baglio intentó correr, pero supo que sería inútil. Miró el techo y lanzó una exclamación:
—¡El programa lo aceptó! ¡Yo no tuve nada que ver con ello!
El padre Miguel dejó de leer y se puso de pie.
—¿Qué dices, hijo? —preguntó. Sujetó las solapas del director general—. ¿Qué estás tratando de decirme?
El técnico, tambaleante y todavía con la cordura intacta, dijo:
—Él se refiere a otro libro, padre. El primer libro que el nuevo dispositivo de edición aceptó publicar. Lo hicimos como una prueba. Sólo queríamos saber su respuesta, pero tal parece que fue más allá de lo...
—¡Ustedes! Se comprometieron a que la Sagrada Biblia sería el primer libro en ser analizado y aceptado por su máquina. ¿De qué otro libro hablan?
—Se llamaba El Necronomicón —finalizó el técnico. Baglio perdió la razón y el padre Miguel toda esperanza al ver cómo caían las tinieblas sobre la Tierra.
Afuera, las criaturas se arrastraban.
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