la odisea de catadonia (es)
Catay, Caledonia. Unid las dos palabras: Catadonia. Eso precisamente fue lo que hizo el hombre que bautizó el planeta, un asesino con la sensibilidad de un poeta. Unió las dos exóticas palabras, Catay y Caledonia, en forma tal que el lugar que designaban pudiera tener un nombre adecuado a su propia y encantadora belleza. Catadonia. Exótico, lejano, mágico, impenetrable. Un mundo de innumerables lagunas. Un mundo de «huertos» grotescamente formados, un mundo con un gran océano angustioso.
Catadonia.
Y la primera cosa que los hombres hicieron allí, abajo en la superficie, fue matar a tantos pequeños, exóticos y trípedos nativos como sus pistolas láser les permitieron.
Los hombres de la nave mercante los denominaron pseudocalamares. Y también usaron otros imaginativos nombres, tal vez inspirados por el sensible asesino que había acuñado el nombre del planeta. Trífidos. Ondipúrpuras. Coliagudos. Gatosauces. Monos diablo.
No importan los nombres. Los hombres mataron a las criaturas desenfrenada, brutal, risueñamente. Por deporte. Por nada que no fuera deporte. Viajaban en la nave mercante Áurea, dirigiéndose hacia el hogar desde una región colonizada del brazo galáctico. Aterrizaron porque realmente nadie había advertido Catadonia antes y porque querían descansar. En la superficie, con el fin de relajarse, mataron a los pseudocalamares de ridícula apariencia. O trífidos. U ondipúrpuras. O coliagudos. Elegid el nombre que más os guste. No importan los nombres.
Ya de vuelta, el capitán de la Áurea informó del nuevo planeta a las autoridades. Utilizó el nombre Catadonia, la invención del asesino, y ese fue el que constó en los archivos. El capitán no habló para nada de la sanguinaria recreación de sus tripulantes con el planeta. ¿Cómo podía? En lugar de eso, dio las coordenadas, informó que el aire era respirable, y añadió la información de que Catadonia era hermoso. «Hermoso, realmente hermoso»
Los hombres de la Áurea, después de todo, no eran salvajes. ¿No había dejado uno de ellos que la palabra Catadonia vibrara en sus labios en un momento de éxtasis sanguinario? ¿No perdonaba el universo a sus poetas, a quienes le ponían nombres?
Posteriormente, La Tierra envió a la nave de reconocimiento Nobel hacia la virginal lactaesencia de las Nubes de Magallanes en dirección a Catadonia. La Nobel, una vez llegada allí, mandó una nave de descenso hacia el gran océano del planeta. Los tres científicos dentro de ella debían establecer una estación flotante cuyo fin sería determinar la probabilidad de encontrar vida en Catadonia. El capitán de la Áurea no había informado sobre ello. Los científicos no conocían su existencia. Las pruebas sensoras preeliminares de la Nobel sugirieron la presencia de especies botánicas y la posibilidad de que hubiera algún tipo de vida acuática en germen. Nada sensible, seguramente.
Fuera cual fuese la situación allí, los científicos a bordo de la estación flotante la aclararían.
Desgraciadamente, algo ocurrió a la nave de descenso en su recorrido hacia la superficie, algo que nunca había acontecido antes y por tanto algo para lo que la tripulación de la Nobel no estaba preparada. De hecho, la Nobel, como era normal en estos casos, prosiguió su ruta hacia las Nubes de Magallanes sin confirmar el contacto. Y algo extraño, una fuerza desconocida, arrebató el control de la nave de descenso a sus pilotos y la arrojó hacia el planeta, a miles de kilómetros del gran océano.
Cayó en la superficie junto a un sauce, en las márgenes de una de las innumerables lagunas de Catadonia. Allí se retorció, crujió, y quedó inutilizada con el calor del mundo extraño.
Esta, pues, es la historia de un superviviente, la historia de María Jill Ian, una mujer perdida en un mundo desconocido sin esperanzas de rescate inmediato, sin compañeros para compartir su agonía, sin otra meta más que el deseo irracional de llegar hasta el océano de Catadonia. Una mujer que realmente no entendía por completo lo que le había sucedido. Una mujer traicionada por su propia raza y al mismo tiempo defendida por una criatura soportando una traición mayor.
Catadonia.
Me hallo en Catadonia, primer planeta de una disforme y pequeña estrella que Arthur llamó Corazón de Ogro. Escribo en un diario de navegación que es todo lo que me queda del material de nuestra nave en descenso. Sólo Dios sabe por qué escribo.
Arthur ha muerto. Fischelson ha muerto. La Nobel sigue su ruta hacia las Nubes de Magallanes. Volverá dentro de tres meses. Un pequeño consuelo. También estaré muerta. ¿Por qué no he muerto ya?
El «paisaje» a mi alrededor contiene un millar de pequeñas lagunas. Un solitario árbol en forma de sauce dobla sus ramas sobre cada laguna. El agua de estas es potable, la he probado. Y las grandes y esbeltas hojas de los sauces, al menos las de este, contienen una especie de pulpa que he comido. Los árboles de las lagunas cercanas parecen estar cargados de frutos.
Pero comer y beber son penosos ejercicios ahora, y no sé por qué lo hago. Arthur y Fischelson están muertos.
La luz de Corazón de Ogro se asienta en la superficie de las numerosas lagunas como si fueran espejos. Espejos. Espejos en los que podría sumergirme y volver a descubrir sin dolor quién era yo antes...
María Jill Ian no murió. Durmió con los restos de la nave. Durmió durante dos días de Catadonia y parte de un tercero. El ramaje plateado del sauce le dio sombra durante el día y la protegió de la lluvia durante la noche.
Cuando finalmente despertó y empezó a vivir de nuevo, «enterró» a Fischelson y a Arthur enlazando piezas de la nave naufragada a sus destrozados cuerpos y arrastrándolos al borde de la laguna. Luego se acercó a la reflectante superficie y notó el contacto de las resbaladizas hierbas entre sus pies. Una mujer vigorosa en su edad madura, sumergió primero el cadáver de Fischelson y después el de Arthur, su marido. Mantuvo los cuerpos bajo el agua y manipuló el lastre de forma que ninguno de ellos pudiera flotar de nuevo. No hizo caso del olor a putrefacción; sólo sabía que sería muy fácil colocarse algo pesado alrededor de la cintura y luego hundirse profundamente en la laguna.
Al día siguiente del «entierro», María Jill Ian miró a los lejos hacia el horizonte occidental y empezó a caminar dirigiéndose a las lagunas que se vislumbraban allí. De la misma forma que se preguntó por qué comía y bebía, no entendió entonces el motivo de que el horizonte la atrajera tan implacablemente hacia las sombríos resplandores del Corazón de Ogro.
Más tarde descubriría las razones. Ahora hacía simplemente lo que debía hacer.
Hoy he caminado una distancia que no puedo determinar exactamente. Mis pies han sentido las blandas orillas de al menos cien lagunas.
Algo insignificante me ha obligado a seguir andando.
Los árboles alrededor de las lagunas han empezado a cambiar. Pese a que sus largas ramas caen todavía sobre las superficies de agua, no se trata en forma alguna de los sauces que permanecen como centinelas en la región donde nos estrellamos Arthur, Fischelson y yo. Algunos tienen brillantes flores escarlatas; otros, troncos que crecen en retorcidas configuraciones alejándose de los centros de las lagunas; algunos están cargados de frutos redondos, y otros carecen de todo adorno y arrastran sus ramas en el agua como si fueran manos esqueléticas.
Pero he comido de los árboles que dan fruta, y ésta ha sido dulce y rebosante de sabor en todos los casos. Es extraño que no desee realmente ninguna. Con todo, son alimenticias.
El cielo va cambiando de blanco resplandeciente primero a amarillo limón después y a rosa muy vivo finalmente. Por la noche los árboles permanecen erguidos como cuadros vivos que saludan mi avance.
Todavía sufro. Sufro terriblemente, desde el accidente, desde mi pérdida... pero empiezo a recuperarme. Tras dormir, continuaré alejándome de Arthur y Fischelson... en dirección al Corazón de Ogro, que cada vez desciende más hacia el horizonte...
Una mañana María Jill Ian llegó junto a una laguna al lado de la cual crecía un inmenso árbol en forma de paraguas, de colores dorados y escarlatas. Poseía un fruto de gruesa y amplia cáscara, color caoba, mejor que las variedades vulgares de las que había vivido los dos o tres días anteriores.
Decidió detenerse y comer.
Las nueces, sin embargo, pendían a gran altura de las ramas del árbol. Su tronco inclinado parecía invitarla a trepar a los ramajes más elevados desde los que podría conseguir tanta fruta como gustase. Su ligero traje de aterrizaje metálico no le impidió el ascenso. Las hojas crujieron y brillaron. Buscó un lugar donde apoyarse y se detuvo.
A su alrededor, las lagunas de Catadonia yacían brillando y deslumbrando bajo sus frondosos árboles custodios.
El Corazón de Ogro se elevaba en el cielo.
María Jill Ian giró su cabeza para seguir la ascensión del sol. En la blancura reflejada por las ramas sobre su cabeza vio una forma... una forma al menos tan abultada como la de un hombre menudo, una forma inclinándose hacia ella, ocultando la luz, una cosa más aterrorizante que la comprensión de que se hallaba a muchos años luz de la Tierra, desamparada.
Sin pensar, simplemente reaccionando, se abalanzó hacia la rama inferior y saltó al suelo. Cayó en la tierra cenagosa junto a la laguna, se levantó y huyó.
Algo vagamente tentacular se arrojó de la copa dorada y escarlata del árbol y desapareció silenciosamente en el agua.
María empezó a correr. Hacia el oeste, inevitablemente a otra laguna, luchando con la tierra que chapoteaba bajo sus botas, mirando hacia atrás una y otra vez, en un esfuerzo por ver aquella cosa.
Observó el agua plateada relucir, abrirse y chorrear bajo la delgada cabeza de la criatura. Iba a perseguirla, lo sabía. Aunque surgió en una forma cómica, se movía con tal agilidad que impedía el impulso de reír. María no volvió de nuevo la cabeza.
Todo Catadonia respiraba con ella cuando, desesperadamente, prosiguió su carrera.
Le llamo Bracero. Es un chiste. No tiene brazos; nada con la misma rapidez que los emigrantes furtivos de México en otro tiempo. No se que tipo de criatura es.
¿Una descripción?
Muy bien. Para empezar: Bracero no tiene brazos, pero en otros aspectos se parece a un mono araña del tamaño de un hombre, si exceptuamos también que carece absolutamente de pelo, es liso como el pellejo de una marsopa y blancoazulado como la superficies de las lagunas de Catadonia.
Para continuar: Es arbóreo y acuático al mismo tiempo. Utiliza los pies y la alisada cola prensil para trepar a las ramas más elevadas de cualquier sauce. Recíprocamente, su carencia de brazos a dado una forma aerodinámica a su torso, hasta tal extremo que puede deslizarse por el agua como un cefalópodo. Realmente, se mueve con la elegancia acuática de un pulpo, aunque con cinco amputaciones.
Para concluir: Lo que hasta a mí me tranquiliza es la cara de Bracero. Es pequeña, expresiva, curiosa y encantadora. Los ojos, a veces, son los de un hombre anciano, la boca la de un niño, y las orejas las de una muchachita. La impresión de nuestro primer encuentro ha huido de nuestras mentes, al igual que el Corazón de Ogro desaparece con el crepúsculo vespertino.
Bracero y yo somos amigos.
La criatura la alcanzó cuando ya no pudo correr más. A medio camino entre dos de las resplandecientes lagunas del planeta, María Jill Ian se derrumbó agotada y esperó a que aquella cosa le cayera sobre ella.
En vez de eso, se detuvo a poca distancia y la contempló casi con simpatía, o al menos eso le pareció a ella. Su cuerpo le trajo a la memoria un menudo muchacho sentado sobre un taburete, con los brazos cruzados tras la espalda como si deseara parecer arrepentido. La mujer permaneció inmóvil sobre el fango, observando fijamente a la criatura y apoyada en un brazo cubierto de barro.
Pestañeando ocasionalmente, la criatura apartó la vista.
Finalmente, María se levantó y se dirigió hacia la siguiente laguna, donde se apoyó en el tronco de un árbol que parecía especialmente seco. La desnuda criatura con dos patas flexibles y una pequeña cola, tal vez otra extremidad, la siguió casi por casualidad. Describió un amplio círculo lejos de María Jill Ian y se situó tras el sauce en el que esta se apoyaba. Estoica ahora, la mujer ni siquiera intentó ver lo que hacía.
Unirse con Arthur, con Fischelson, con todos los que había muerto durante siglos y siglos, no sería desagradable, pensó.
La bestia-anguila trepó y trepó en silencio por el sauce hasta las ramas más altas. Luego quedó colgando allí, mirando hacia abajo a la mujer, como un niño súbitamente adusto, columpiándose sobre sus rodillas.
Aquella tarde, ya sin miedo, decidió llamar Bracero a la criatura. Al segundo día de permanencia en aquella laguna vio como se alimentaba.
El Corazón de Ogro les proporcionó un amanecer característicamente brillante. Árboles centinelas arrojaban sombras como líneas cuidadosamente trazadas de tinta añil. Un millar de espejos, las lagunas, cambiaron su coloración de grisazulado a plata. Acostada de espaldas, María abrió los ojos y presenció algo que no podía creer por entero.
Bracero estaba todavía en lo alto del árbol. Empuñó una delgada rama con su «cola» y ambos «pies», mientas su cabeza y torso se inclinaban suavemente, con elegancia, como un péndulo viviente.
Racimos de nueces color caoba se inclinaron también bajo el viento del amanecer.
Luego, mirando hacia arriba, María vio una de las inmensas nueces separarse de las otras y flotar directamente hacia el animal que la había perseguido. Bracero alargó un pie desde la rama, asió la nuez, quitó la cáscara hábilmente y comió el resto.
Repitió varias veces las misma operación. La nuez parecía flotar siempre hasta su alcance, como si dependiera de su propia voluntad.
La terrestre se irguió y observó asombrada. Bracero no se preocupó por ella hasta que la vio moverse como si fuera a buscar su propio alimento. Entonces se trasladó de rama, descendiendo un poco, y emitió algunos sonidos con sus dientes. María decidió no intentar llegar hasta aquellas cáscaras de color caoba que se partían, al parecer tan fácilmente, en hemisferios repletos de alimento. ¿Acaso Bracero le negaba la comida? ¿Debería luchar para obtenerla?
Luego una nuez cayó hacia ella. Pero detuvo su caída a medio camino en el aire, se agitó lateralmente y flotó justo al lado de sus asustadas manos: un planeta en miniatura, pardo y arrugado, detenido en su órbita al mismo nivel de los ojos. Bracero cesó de emitir sonidos.
María Jill Ian miró hacia arriba y, agradecida, tomó el obsequio para comerlo.
Durante las siguientes semanas no tuvo que trepar a ningún árbol para obtener comida, ni rebuscar entre las húmedas hierbas donde algunas veces caían los frutos. Bracero comprendió sus necesidades. Una vez satisfechas estas, se apartaba de los sauces y se arrojaba, rizándola, a la superficie cristalina del agua. Nadaba alegremente.. hasta que la mujer hacía un gesto de continuar su odisea hacia el oeste. Luego la seguía de nuevo.
María supuso que el único pago que Bracero deseaba por servirla era el placer de su compañía. No se daba cuenta, pero María no podía contener su prisa por marchar sin descanso hacia el horizonte occidental de Catadonia. Algo la atraía, la empujaba hacia delante.
Bracero tiene habilidades telequinésicas. Ya lleva conmigo casi doce días, en la forma en que yo puedo contarlos... y estuve intentando observar cuidadosamente los sucesivos amaneceres y ocasos del Corazón de Ogro dado que es imposible determinar el tiempo por las distancias cubiertas o mojones cruzados.
A excepción de ligeras variaciones de los árboles, el aspecto e Catadonia es maravillosamente repetitivo. Contemplándolo, no puedo entender por qué Bracero es el único habitante del planeta con el que me he topado; está tan exactamente adaptado a este ambiente que deben de existir forzosamente otros como él. ¿Puede ser que los hombres de la Áurea fueran tan infortunados como para no ver siquiera una criatura como Bracero?
Una palabra sobre telequinesia: Bracero es misteriosamente hábil manipulando objetos a distancias.
Lo hace para mí todos los días, varias veces cada jornada, y también para él mismo; después, no se le ve peor por causa de esta nada despreciable tensión psíquica que durante ocasiones de simple actividad física. Su mente es tan ágil como su cuerpo.
Precisamente hoy, por ejemplo, le he visto desplazar los frutos, inmensos como melones, desde un sauce poco normal junto al que cruzamos esta mañana. De hecho los trasladó durante todo el camino hasta la laguna en la que ahora nos hemos detenido. No se trata de distancia. Indica que Bracero puede extender su influencia psíquica a lugares alejados, concentrarse en un objeto determinado, y atraerlo hacia él a voluntad. Sin efectos posteriores destacables.
Ordinariamente, sin embargo, actúa sólo con aquellos frutos de los árboles junto a los que nos detenemos. Los melones, sí es que puedo llamarlos así, han sido una rara excepción, un regalo que nos ofreció afectuosamente a ambos. Y aunque raramente pienso en lo que como, disfruté con estos melones, y Bracero pareció apreciar el deleite que obtuve con ellos.
Tiene una inteligencia tanto animal como humana. He empezado a hablarle como si fuera un amigo íntimo, o un niño pequeño, o, dudo en escribir esto, una nueva encarnación de Arthur. Bracero me observa mientras hablo, y escucha... realmente escucha.
Pero me estoy apartando del asunto.
Todavía estoy confundida ante la placidez con la que Bracero realiza sus hazañas psicoquinésicas, la indiferencia infantil de sus sobrenaturales juegos de manos. ¿No le cuesta nada hacerlos?
A bordo de la Nobel, naturalmente, tenemos dos mediums psicoquinésicos: Langland Smart y Margaret Riva. Langland es el más viejo, y sus habilidades están mucho más desarrolladas que las de Margaret. En caída libre puede manipular a un sujeto que no ofrezca resistencia, hipnotizado, obligándole a efectuar las acciones que él quiera; puede lograr que el individuo levante un brazo y se rasque la nariz, puede colocarlo suavemente en un asiento mullido flotando en el aire.
Pero después de eso, e incluso durante la acción, Langland sufre. Pierde peso, se marea, más tarde padece pesadillas e insomnios... y su pulso no retorna a un ritmo uniforme, saludable, durante horas; algunas veces durante dos o tres días después de ese tipo de actividad.
Lo mismo ocurre con Margaret, aunque ella sólo puede mover pequeños objetos y únicamente a través de superficies relativamente lisas. No puede alzar objetos como hace Langland y, más sorprendentemente, como el propio Bacero. Y sólo Bracero no sufre con las fuerzas mentales que tan increíblemente pone en juego para dominar lo inerte.
La Nobel, entre tanto, esperaba que descubriéramos este vergel acuático de un planeta inhabitado. ¿Sólo vieron lagunas y árboles los hombres de aquella nave mercante cuando llegaron hasta aquí? Arthur y yo hablamos con su capitán antes de partir. Era un hombre tremendamente adusto...
El Corazón de Ogro se ha puesto. Voy a dejar de escribir. Por la mañana proseguiré. Me pregunto cuanto tiempo pasará antes de que estemos allí. Los sauces al oeste, las lagunas iluminando el horizonte... todas esas cosas me atraen.
Pero por la noche sería bonito que Catadonia tuviera una luna...
Durante los días que siguieron María Jill Ian persistió en su impulsivo viaje a través de un paisaje que no se alteró.
Empezó a sospechar que Bracero la espiaba para otros de su propia raza, que la seguía y alimentaba no simplemente para gozar de su compañía, sino también para mantener una vigilancia aguda y observadora de sus movimientos. No era una mujer tonta, de ninguna manera, y poseía una susceptibilidad como la de cualquier ser humano saludablemente paranoico.
Creía poseer evidencia de que Bracero se comunicaba telepáticamente con otros miembros de su especie. Su prueba consistía en el hecho de que ella todavía no había tropezado con uno sólo de los hermanos de Bracero. Antes de que los dos se aproximaran a cada nuevo sauce, a cada nueva laguna, su alisado amigo «telegrafiaba» sin la menor duda una orden para que los demás se mantuvieran fuera del alcance de la vista. El receptor de esa comunicación, indudablemente, se zambullía en el agua y permanecía allí, casi insensible, hasta que se marchaban. Con toda certeza.
Eso era lo que María creía, y una vez cuando se aproximaban, vio anillos en la superficie de una laguna. Bracero se había descuidado, conjeturó, y lanzó su aviso más tarde de lo habitual. Los anillos, desapareciendo lentamente, corroboraron sus sospechas. Pero, por supuesto, no vio nada más que el árbol y la laguna cuando llegaron ahí. Una pequeña confirmación, muy pequeña en realidad.
Su afecto por Bracero no menguó a causa de estas sospechas; seguramente sólo hacía lo que debía. También ninguno de sus hermanos había hecho ningún movimiento hostil contra ella. No la habían atacado, ni siquiera había intentado impedir su marcha hacia el oeste.
Quizá la gente de Bracero había decidido colectivamente evitar, tanto a ella como a ellos mismos, la confusión, el trastorno, de un nuevo contacto. Dado que él la había contactado primero, Bracero había asumido necesariamente el papel combinado de observador móvil de su pueblo y solícito escolta de María Jill Ian. Ella estaba segura de que Bracero le retornaba al menos una pequeña porción del afecto que sentía por él. Su actitud, su rostro expresivo, lo daban a entender sobradamente.
Un atardecer, el mismo día en que escribió el último párrafo del diario, se detuvieron para pasar la noche, y Bracero hizo ademán de trepar al inevitable sauce. Involuntariamente, María alzó su mano.
- No vayas ahí arriba - dijo -. Dispondremos de mucho tiempo para comer. Quédate aquí. - Pateó la tierra junto a ella -. Hablaremos.
Bracero respondió como si la hubiera entendido.
Con su azulada piel de marsopa relampagueando bajo la luz del crepúsculo, se encaró con ella y asumió su cómica postura trípoda a unos dos metros de distancia. Parecía estar totalmente dispuesto a conversar... tan cínicamente receptivo, pensó María, como un psiquiatra de una nave de exploración. Su pelada ceja estaba ligeramente fruncida, y sus ojos miraban hacia ella con la extraña estrechez que poseen los de un pez diablo. Con todo, sus gestos no indicaban hostilidad.
María Jill Ian habló:
- No soy una mujer que necesita amparo, Bracero. Me conozco muy bien. Incluso ahora me doy cuenta de que eso que me atrae no es totalmente racional. Tal vez no es racional en forma alguna. Sé que mi pérdida de Arthur y mi idea de hogar no pueden ser resarcidas siguiendo cada día al Corazón de Ogro en el horizonte... pero debido a que entiendo mi irracionalidad, sé lo que estoy haciendo. ¿Lo comprendes, Bracero? Un día me explicaré con más claridad, con mucha más.
Bracero mudó su posición. Su expresión permitió a la mujer pensar que había comprendido intuitivamente.
- Arthur y yo acostumbrábamos conversar, Bracero - prosiguió -. A veces sin palabras. Ninguno de los dos dependía del otro, aunque éramos interdependientes en una forma inexpresable. Lo sé. Suena como una contradicción... pero no le es, no lo es en realidad.
»Poseíamos una afinidad... un amor, debes llamarlo, que sincronizaba nuestros sentimientos y formas de ser de un modo en absoluto mecánico, un lazo espiritual. Así era nuestra interdependencia, Bracero.
»Pero mientras tanto podíamos actuar con la misma estricta suavidad. El hacía su trabajo, yo el mío; y nuestra independencia compartida tan solo nos unía más estrechamente en nuestro amor. Lo echo de menos, Bracero, desearía que estuviera junto a mí en este momento... de forma que pudiéramos hablar de nuevo, hasta sin palabras. Como antes.
Hizo una pausa. Las lagunas brillaban con la última luz diurna.
- ¿Sabías que ni siquiera lloré cuando enterré a Fischelson y a mi marido, cuando los sumergí en el fondo de la laguna hace dos semanas? Todavía no puedo llorar, Bracero. El recuerdo de Arthur plenamente vivo es aún demasiado poderoso.
»Tan diferente de otros hombres - concluyó -. Tan diferente de los crueles, los mezquinos, de los hombres con odios estúpidos y pasiones despóticas. Fischelson también. Los dos eran muy distintos a los demás.
María Jill Ian guardó silencio. Había disfrutado hablando, especialmente a un oyente que parecía tan simpático. Deseó que Bracero pudiera hablar. Pero no podía.
- Creo que Arthur aprobaría lo que estamos haciendo - añadió. Y poco después dijo -: Ya no hace falta que sigas sentado aquí, Bracero. Puedes trepar al sauce si lo deseas.
Bracero no se movió inmediatamente. Esperó quieto como si contuviera la repentina rudeza de marcharse tan rápidamente. Luego saltó hacia arriba y quedó colgado de su cola de una rama baja.
Mucho más que en cualquier otra ocasión similar, María Jill Ian quedó agradecida de la aparentemente intencionada cortesía de Catadonia. Si la estaban engañando, no le importaba.
Mis manos tiemblan con violencia al escribir esto.
La penúltima noche me distraje con un largo monólogo e hice que Bracero escuchase todo lo que dije en cuanto a independencia, comunicación, lazo espiritual, amor, etc.
No nos hemos movido de esta laguna, de este sauce, desde aquella noche. Las razones son fantásticas, están fuera del límite de lo creíble... pero mi corazón, mi cabeza, mis temblorosas manos, todos mis miembros atestiguan su realidad. Debo escribirlo aquí. Debo narrarlo tal como sucedió, incluso si mis garabatos son al fin ilegibles hasta para mí.
La mañana posterior a nuestra «conversación» desperté y miré hacia lo alto buscando a Bracero. Estaba allí, con sus patas y cola arrolladas alrededor de una rama. Cuando me levanté pude contemplar perfectamente sus trastornados ojos, ojos que estaban abiertos pero vidriosos como si tuvieran cataratas.
- Despierta - le dije.
No se movió. Sus nublados ojos de cefalópodo me parecieron tan lejanos como dos viejas monedas deslustradas de la Tierra.
- Ya es de día, debemos empezar a caminar de nuevo, Bracero.
No se movía, todavía no, y me sobrecogió una especie de pánico paralizante. Se me ocurrió intentar un ardid, una treta, para ver si aquello ponía de nuevo en circulación la cálida sangre a través de su cuerpo.
- Me voy - dije -. Puedes venir conmigo si quieres.
Dicho eso, empecé a caminar aprisa y me esforcé sobre medio kilómetro largo de interminable lodazal antes de convencerme finalmente de que Bracero no iba a seguirme y que era un error dejarlo allí: una especie de zarigüeya catatónica que nunca antes se había puesto la máscara yerta y aterrorizante de la Muerte.
Volví.
Bracero no está muerto. Pude advertirlo poniendo mi mano contra sus estrechas ventanas nasales y sintiendo el rápido pero silencioso ardor de su respiración. Estaba en trance, en coma, en un estado de animación suspendida... pero en realidad ninguna de esas cosas sin embargo, porque su respiración era acelerada, su liso cuerpo estaba febril y su pulso, que encontré en el cuello, era telegráficamente insistente. Sólo en relación al suelo estaba suspendido; en otras palabras, su estupor, aunque profundo, estaba animado.
Sentí que debía quedarme con él hasta si ello significaba perder un día en nuestra marcha hacia el horizonte; estaba moralmente obligada. Además, mi afecto hacia Bracero ha crecido hasta un punto que me aturde. Incluso la forma horrible que elige para demostrar sus sentimientos hacia mí no me ha hecho cambiar... pese a que mis manos tiemblan y se me va la cabeza.
Todo el día de ayer permanecí con él. Bracero no mejoraba, su estado no variaba en modo alguno.
De vez en cuando fui a buscar agua en una bolsa hecha con mi túnica y humedecí el rostro de Bracero. Intenté poner comida en su boca, pulpa de las hojas de los árboles, alguna nuez que conservaba, un trozo de fruta... pero no aceptó estos obsequios; resbalaban de sus labios.
Fui a dormir cuando el Corazón de Ogro se puso. Tuve pesadillas. Formas moviéndose, voces contando, vientos espectrales silbando... La espantosa viscosidad de Catadonia rezumó por todos mis huesos.
Después, cuando este pequeño y malparecido sol surgía de nuevo, vi una silueta realmente material en el resplandor macilento y matutino de la laguna. Una forma que no era Bracero, flotando sobre el agua.
Era una visión medieval, una escena febril de Dante.
Mis chillidos rompieron el inaguantable silencio. En mi interior, todavía grito; el horrible sonido silencioso de este grito interno ensordece mi mente. En otras palabras, ni siquiera puedo escribir esto.
Sobre la laguna, estirado allí como si durmiera de espaldas y con un trozo de nuestra mutilada nave sumergiendo su pierna izquierda bajo el agua, flotaba el cadáver de Arthur... ¡Horrible, horrible, horrible!
Cruelmente, el Corazón de Ogro iluminó esta imagen de pesadilla. Y no podía hacer nada por evitar su llegada.
María Jill Ian se calmó. Por segunda vez en dos semanas vadeó una de las lagunas de Catadonia y enterró a su marido.
Agarró el cuerpo hermoso y deforme de Arthur. La fuerza que lo había mantenido expuesto encima del agua desapareció y transfirió todo el triste peso de Arthur a los brazos de ella.
María, una mujer fuerte, aceptó aquella carga. Sumergió con suavidad a quien en tiempos fue su marido, ahora despojado de dignidad. El ancla con la que hacía dos semanas lo había atado tiró del cadáver, pero ella se negó a soltarlo. Lo sostuvo. Extrañamente, pareció que manos invisibles bajo el agua ayudaban al estático cuerpo de Arthur y lo deslizaban con destreza bajo el fango del fondo.
Pero Bracero todavía estaba colgando de la rama donde había permanecido durante toda su «enfermedad». Llorando silenciosamente, María avanzó hacia él.
- Hiciste esto por mí ¿no es cierto, Bracero? Me trajiste a mi marido porque dije que deseaba tenerlo junto a mí de nuevo.
Un amargo regalo. A través de una distancia increíble, una distancia que les había costado catorce días de Catadonia recorrer, Bracero había extendido su voluntado sobre el fallecido Arthur Ian y lo había arrastrado con su mente. En el espacio de dos noches y un período de vela.
La mujer terrestre no pudo permitirse condenar a aquella bestia, al causante de su horror. Aunque su corazón todavía latía salvajemente y sus ojos la atormentaban con el picor de la sal, no podía condenarlo.
- No importa ya lo que desee de mi marido, Bracero, déjalo descansar en paz - dijo -. Pero entiende lo que voy a decirte: puedo agradecerte esto, puedo agradecer tu sacrificio.
Y Bracero volvió a mirarla, con ojos más propios de un anciano enfermizo que de un pez diablo. Su respiración se había calmado. Sus piernas y cola parecía menos rígidas. Tres horas después saltó de la dorada copa del árbol y tomó su postura expectante, trípeda, únicamente a un metro de la mujer.
María se ajustó las botas y volvió la cabeza hacia el este, al Corazón de Ogro trepando por el pálido y amarillento cielo.
- Estás en lo cierto - dijo -. Es hora de irnos otra vez. Debemos olvidar este lugar. Arthur no querría que nos demorásemos aquí.
Comieron, Bracero vorazmente y ella sólo un poco, y emprendieron de nuevo la marcha. Hacia el horizonte, hacia occidente.
Hoy sólo pudimos andar, pesadamente, durante medio día, debido a la más reciente hazaña telequinésica de Bracero y su secuela. He resuelto no pensar nunca en Arthur tal como lo vi esta mañana, sino recordarle como era cuando me uní a él y como fue en los años de nuestro matrimonio.
Desconozco el motivo, pero no he descrito aquí cuan fatigoso es viajar a través de Catadonia. La tierra te absorbe, el lodazal que es el suelo derrota tu sentido del equilibrio y la carencia de firmeza tortura tus pies. Los músculos de mis pantorrillas se han hecho extremadamente duros y la parte superior de mis muslos es como mármol flexible. Incluso así, a veces es difícil proseguir la caminata.
Hoy, sorprendentemente, me mantuve andando mientras hablaba con Bracero. (Todavía no he aprendido la lección.) Le dije todo lo que podía recordar sobre Arthur. Hasta citas.
- Soy tan fuerte como tú - le dije -. Los hombres son criaturas robustas. Arthur solía decir: «Los hombres son las mejores sabandijas, María, tan incansables como las cucarachas, capaces de sobrevivir al universo.» Supongo que es por eso que puedo ir contigo, ir detrás de ti incluso.
Sin embargo, realmente no puedo ir tras Bracero.
No tiene el mismo problema que yo con el suelo pantanoso de Catadonia. Su cuerpo es menos pesado; sus esbeltas piernas son capaces de rozar ligeramente la tierra casi sin tocarla. Normalmente se zambulle en todas las lagunas a las que llegamos y emergen la orilla occidental, donde me deja que le dé alcance. Pero esta tarde, viendo que yo quería hablar, permaneció junto a mí a cada paso y escuchó mi charla de escolar, mi sentido común femenino, con la diplomacia de un capitán de nave exploradora.
Una vez de cada dos se sumerge en una laguna, pero siempre vuelve, con su reluciente cara irradiando tal abismo de preocupación por mí, María Jill Ian, como sólo había visto antes en el rostro de Arthur. Y así le hablé de mi marido, gozando de la simpatía de Bracero y sin cansarme... pese a que tanta charla debió cortarme por fuerza la respiración.
Una vez que nos paramos para comer, le expliqué cuán importante era que prosiguiéramos hacia el horizonte. Hasta le recité un poema favorito de Arthur. Y Bracero respondió a los versos como si comprendiera e incluso aprobara el sentimiento.
Aunque mucho se ha perdido, otro tanto permanece.
Y aunque no tenemos aquella fuerza que tiempo ha
movió cielo y tierra, conservamos su esencia:
Un temperamento de heroica abnegación
debilitado por el tiempo y el odio, pero resuelto
a luchar, a buscar, a encontrar, y no a rendirse.
He perdido más de lo que nunca hubiera podido pensar, pero la compañía de Bracero y mi propia fuerza persisten. Estas cosas permanecen. Hacen posible proseguir con el corazón alegre, la frente despejada, hacia el oeste, hacia el sol de Catadonia.
Así sea, Arthur, así sea...
Y prosiguieron la marcha, día tras día, no viendo a nadie, atravesando unos parajes que se repetían una y otra vez. Pero el hecho de que siempre encontraran un árbol cargado de distintas variedades de fruta, o de flores, o de nueces, convenció a María Jill Ian de que iban progresando.
Al final María recordó que Catadonia tenía un océano, que por último aquellas interminables lagunas se abrirían en tentáculos, en brazos entrelazados, y se dividirían en algo parecido a innumerables seres telepáticos compartiendo una sola mente líquida.
Fischelson, Arthur y ella había dado una vuelta completa al planeta en su nave de descenso antes de intentar tomar tierra y, recordó, había visto el gran océano desde el aire. ¿Cómo habían podido separarse tanto de su objetivo? Realmente, ¿qué fuerza tan cruel había hecho naufragar la nave y enviarla a toda velocidad contra el planeta?
Cosas así nunca habían ocurrido.
Ahora María debía vivir exclusivamente para lo que era su marcha hacia el océano. El océano. Océano del Estancamiento, sugirió Fischelson antes de que algo sin precedentes segara dos vidas humanas y borrara su recuerdo. Pero ahora, aquel océano no podía estar tan lejos.
Un días tras otro, Bracero se mantuvo junto a la mujer. Saltando, nadando, distanciándola cuando lo deseaba, a veces quedándose intencionadamente detrás.
Luego empezó a rezagarse más a menudo, y no lo hacía juguetonamente. Con frecuencia María tuvo que llamarle, casi regañarle, para que caminara más aprisa.
Y Bracero venía, pero con reluctancia. En toda nueva laguna se zambullía y hacía esperar a la mujer mientras nadaba dando cinco o seis veces más vueltas que en los primeros días de su andadura.
Pero María siempre le aguardaba. Abandonar a Bracero ahora sería defraudar su confianza. Los dos, después de todo, estaban unidos en lo mismo. Pese a sus retrasos, ahora crónicos, hasta Bracero parecía reconocer esto.
Un atardecer, cuando se preparaban para dormir, María observó la laguna y quedó sorprendida por su tamaño. Era varias veces más grande que aquella junto a la que se estrelló la nave. De hecho, tenía las dimensiones de un pequeño lago.
El árbol centinela que bordeaba esta laguna dejaba caer sus alargadas hojas tan sólo en las partes menos profundas de la orilla, no sobre el centro.
¿Por qué no lo advirtió antes? Todas las lagunas que habían atravesado recientemente eran por lo menos de este tamaño, y los árboles todos tan proporcionalmente pequeños en altura como este en el que se apoyaba ahora. Mirando hacia el oeste, observó las siluetas de árboles no demasiado lejanos, resaltando contra el cielo azul pálido, que había visto con la luz del crepúsculo tan solo unos cuantos días atrás. El cambio se había producido tan gradualmente que sólo ahora lo advirtió.
- ¡Bracero! - llamó.
El flexible catadonio que ya había aprendido su nombre perfectamente, saltó graciosamente del árbol y se sentó a poca distancia de ella.
- Estamos aproximándonos al océano, ¿no es cierto? ¿Por eso te rezagas? ¿Tiene que ver con eso?
Bracero la observó. Su mirada fija intentó tanto responder comprender lo que fuera que la empujaba a ella hacia el océano. María Jill Ian pudo leer estas cosas en el rostro de la criatura.
- Intentaré explicártelo - dijo -. Voy hacia tu gran océano porque Arthur, Nathan Fischelson y yo intentábamos alcanzarlo cuando algo nos sucedió. En segundo lugar, voy allí porque toda la vida en la Tierra, mi propio planeta, creció en los océanos. ¿Lo entiendes, Bracero? Esa memoria celular es todo lo que me queda del hogar, un pequeño planeta en este brazo de la espiral, a noventa años luz de distancia.
»Para mí tu océano representa a los nuestros.
»Eso debe ser. Y nuestros océanos me susurran a través de los años luz... con los ruidos del oleaje, el bullir del lugar donde desovan nuestras especies.
María Jill Ian se cubrió el rostro con una mano. Precisamente lo que había dicho le causó un temor indescriptible al cosmos, a su infinita capacidad para aterrar, para asustar, para abrumar.
- Y en tercer lugar - dijo para terminar -, tu océano me atrae porque se extiende allí, hacia el oeste...
Estoy asustada. Es como la otra vez, cuando desperté y vi a Arthur flotando en la laguna a la luz del amanecer.
Pero no está amaneciendo ahora, la tarde está avanzada, y en nuestro esbelto sauce Bracero pende con la mirada vidriosa y la rigidez catatónica de la última vez. Ya lleva cinco días así, y no ha comido ni bebido desde que este violento trance se inició. Su cuerpo está increíblemente caliente.
Estoy asustada porque el planeta parece estar en concordancia con los esfuerzos de Bracero, sean los que sean.
Hace dos días abandoné a Bracero y empecé a andar de nuevo, esperando que saldría de su trance y me seguiría. En lugar de eso, cuando llegué al único pasadizo entre los dos lagos al oeste de aquí, sus superficies estaban repentinamente hendidas con rugientes mangas marinas que se levantaban por encima de los árboles custodios de sus orillas. Despedían inmensas cantidades de agua sobre los istmos por los que yo esperaba pasar.
Tuve que regresar. Cuando llegué hasta Bracero, se mecía más violentamente que nunca, oscilando febrilmente.
Estoy asustada porque si bien se tranquilizó un poco tras mi partida y rápido regreso, todo Catadonia parece aún una parte de su esfuerzo.
Varias veces al día se forma una tromba en este lago y en todos los que puedo ver desde aquí. Estos embudos rugen y se retuercen, despidiendo luz y color como prismas gigantescos.
Pienso que quizá Bracero ha conseguido telepáticamente, la ayuda de todo su pueblo. Desde todas las lagunas se esfuerzan con él en esta nueva empresa, actuando a través de Bracero como si él fuera la unidad principal de su entrelazada mente.
Estoy asustada porque el cielo se ha nublado varias veces durante el mediodía, eclipsando al Corazón de Ogro y cubriendo el planeta con una oscuridad añil.
Luego ha caído la lluvia.
Después las nubes se han deshecho, en rítmicas secuencias, se han desmenuzado en finos mechones que han permitido a la brillante luz del Corazón de Ogro fluir a raudales otra vez.
Incluso ahora puedo sentir la creciente fuerza del viento y la agitación del planeta. Bracero parece enojado por la pesadilla de su propio éxtasis vacilante, metronómico. Estoy asustada, muy asustada...
Al sexto día el viento se tornó huracán, y María oyó las voces del gran océano de Catadonia llamándola a través del ventarrón. A duras penas podía pensar pero escuchó esas voces fantasmagóricas como si fueran el lamento de las sirenas dentro de su mente.
Sorprendentemente, Bracero se adhirió con una pavorosa fuerza a su rama. Aunque su cabeza y torso se alzaban y caían con cada ráfaga, daba la impresión que nada podría soltarlo.
María se agarró al tronco de su árbol y mantuvo sus ojos cerrados. ¿Era el fin del mundo? Al final decidió no arriesgarse a morir; se apartó del árbol, se desprendió de su túnica metálica y la partió en partes desiguales. Se amarró con ellas al sauce y esperó a que terminara la tormenta o a que esta acabara con su vida.
Durante todo aquel día y durante toda aquella noche Catadonia fue golpeada por crueles tormentas.
El gran océano al oeste rugió con persistencia. María Jill Ian tuvo visiones espantosas de criaturas gigantescas con tamaños varias veces superiores al de Bracero, pero en otros aspectos, idénticas a él, hirviendo el océano con sus prodigiosas mentes y nutriendo con un poder ilimitado al receptor y conductor en que Bracero se había convertido.
Un cordón umbilical psíquico alimentaba a la pobre criatura, la mantenía viva y canalizaba su energía hacia cada célula cerebral.
Las voces persistieron durante el sexto día y la sexta noche.
El séptimo día amaneció despejado y frío. El Corazón de Ogro mostró su cresta descolorida y endeble sobre el horizonte oriental, y las superficies de los lagos centellearon con la silenciosa luz.
María se desató y bajó del árbol hasta la húmeda tierra. Se durmió. Cuando despertó encontró a Bracero en su regazo. Era la primera vez que le permitía tocarlo... aunque a menudo había estado tremendamente cerca. Su cuerpo era elástico y frágil. Sus ojos, casi cerrados y extraños. Nada de él parecía familiar. Con todo, María acarició su enjuta piel y vertió una serie de palabras confortantes y sin sentido.
Esperaron juntos.
Al final, muy hacia el oeste, vio una forma redondeada elevándose sobre el horizonte, pareciendo como si fuera a chocar con el Corazón de Ogro en su descenso tras el mediodía. La forma, un planeta, clarificó los confines de Catadonia y flotó sobre el cielo como una pelota oscura y rudamente plateada.
Era la Tierra.
María lo supo repentinamente. Lo supo pese al hecho de que su atmósfera había sido caldeada, hervida y arrancada mediante el calor colosal y psicoquinésico de las mentes del pueblo de Bracero. Era una cáscara sin vida, destrozada, que flotaba allí arriba ahora, sin un océano en su superficie.
Quizá la habían traído para ella en la esperanza de que se daría por satisfecha con el regalo y abandonaría su asalto al gran océano. Habían desencajado a la Tierra de su órbita, la habían lanzado en el continuo del vacío y la habían atraído a través de aquella vacuidad irreal hacia Catadonia.
Ahora por primera vez desde la creación de su sistema solar, Catadonia tenía una luna.
Bracero ha muerto. Me trajo mi planeta en señal de todo su amor, estoy convencida de ello. ¿Cómo podré soportar esta pena?
Mañana continuaré de nuevo hacia el oeste...
Amor o venganza. ¿Cuál de estas cosas impulsó a Bracero a ejecutar la voluntad de su pueblo? María Jill Ian creyó que fue amor, pero nosotros, tú y yo, sabedores de más factores esenciales de los que esta desgraciada mujer de la Tierra conocía, tú y yo, podemos llegar a una conclusión distinta.
La respuesta, naturalmente, está implícita en la historia. Tal vez debí concluir aquí. Imprudentemente, decidí añadir una especie de epílogo. Todas las historias tienen resultados, escritos o no, y no quiero que tú dejes esta creyendo que se trata de una simple historia de amor con un final monstruosamente irónico. Estoy interesado tanto en las motivaciones humanas como en las alienígenas, y tú no querrás creer que toda la raza humana murió como consecuencia de una fuerza incomprensible, una fuerza superior en su naturaleza y en su cualidad a nuestros propios logros tecnológicos.
No fue así.
Aunque la Tierra era todavía oficialmente el planeta «hogar» de nuestra especie, los hombres ya no vivían allí en su mayoría desde hacía varios siglos. Todo el planeta se había convertido en un santuario, en un coto devuelto a la infecundidad del desierto, y tal vez sólo un millar de seres humanos vivían allí como guardianes, guardabosques, físicos, jardineros, biólogos y expertos ecólogos. Hombres y mujeres de buena voluntad.
Todos ellos murieron, cada uno de ellos. Casi el doble de seres humanos que, si perdonan la expresión, pseudocalamares fueron masacrados por la tripulación de la Áurea.
Los hombres no tardaron mucho en averiguar lo que había ocurrido con su mundo, el hogar de los océanos primitivos en los que habíamos desovado. La nave de reconocimiento Nobel regresó de las Nubes e Magallanes y encontró un planeta doble donde sólo debía hallarse Catadonia. Intentaron contactar por radio con Fischelson y los Ian. Nada. A buena distancia de este sistema misterioso se mantuvieron revoloteando, afanándose, inútilmente en torno a ridículas estratagemas. Al cabo de un tiempo se marcharon.
Los hombres volvieron en otras naves.
Bombardearon Catadonia con bombas nucleares de todos los tipos, concentrándose en el «Océano del Estancamiento». Luego limpiaron la atmósfera de radiación y permitieron que los hombres bajaran a la superficie.
Por supuesto, nunca encontraron a María Jill Ian, ni el diario apócrifo que aquí se ha transcrito.
¿Cómo pudo ser? Catadonia tiene ahora mareas, colosales y crueles, que arrasan su acuática superficie corrosivamente, con nefasta regularidad. Encontrar a María habría sido un milagro. Pero una leyenda se fue formando, sobre ella y los dos hombres de la nave de descenso: la leyenda que acabas de leer. Y casi todo el mundo piensa que la leyenda es auténtica.
Los acondicionadores de mundos llegaron.
En cien años convirtieron nuestra fugitiva Tierra en un paraíso; restauraron su atmósfera, montañas, ríos, lagos, vegetación... todo menos los océanos; la abastecieron con toda forma de hermosas y temibles bestias de los mundos coloniales. Catadonia y la Tierra, el planeta doble más sobrecogedor del universo. Cuando los visitantes empezaron a llegar, se construyeron hoteles en medio de paisajes de jardines que inicialmente fueron lugares de desove, y la gente se levantaba muy temprano para contemplar cómo el Corazón de Ogro convertía la acuática superficie de Catadonia en espejos de madreperlas, en sus cerca de trescientos mil kilómetros de extensión.
Finalmente, la abatida nave de descenso fue recuperada.
Los hombres especularon. La leyenda que rodeaba a Fischelson y a los Ian se renovó con una cualidad mística.
Esto no podía seguir así.
Alguien, algún espíritu comercial, desarrolló la idea de volver a seguir la ruta que María Jill Ian recorrió durante su abortada «odisea» y de transportar turistas en una nave que volara a ras del suelo, piloteada por un guía parlanchín y bien informado. La idea cuajó. Ahora voces grabadas detallas cada paso de María y su acompañante catadonio.
- Los hombres son criaturas robustas - imitan las grabaciones en sus rutinarios comentarios -. Los hombres son las mejores sabandijas, María, tan incansables como las cucarachas.
Todo el mundo a bordo de la nave turística mueve la cabeza afirmativa y sabiamente ante la profundidad de estas observaciones.
Nadie, nunca, ha pedido que le devuelvan su dinero.