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nuria labari

dios solo entiende palabras esdrújulas (es)

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TENGO DELANTE LAS PUERTAS de los armarios de una cocina que no es la mía. Alguien las arrancó de la casita de Saint-Martin-d’Ardèche donde vivió Leonora Carrington y las trajo hasta aquí. En una de ellas pintó los cuernos de una mujer con cabeza de caballo y alas de ángel. En otra más grande, una cabra con cabeza de unicornio y un caballo verde con cola de dragón y rostro humano. Más arriba, en la esquina izquierda de la enorme pared donde se muestra su intimidad despiezada, observo un ventanuco verde donde dibujó un unicornio rojo con las crines hechas de fuego.
Hace horas que debería estar en mi cocina, rodeada de armarios de formica blanca, pero la exposición ha tenido tanto éxito que han prorrogado la apertura del museo hasta las diez de la noche. Y no quiero irme, aquí me siento a salvo.
La mujer que trabaja en mi casa dice que tiene pies de jaguar. Y se convierte en un silencioso felino cada vez que le viene en gana. Últimamente, transforma a mis hijas también.
Ahora, niñas, pies de jaguar, dice.
Y las tres cruzan el pasillo sigilosas, como si en vez de zapatillas de andar por casa tuvieran las plantas almohadilladas y flexibles de tres majestuosos felinos.
Al igual que Leonora Carrington, mi asistenta también ha sido migrante, exiliada y madre, pero ella no dibuja en la cocina. Son mis hijas quienes la retratan sobre la mesa del comedor mientras friega los platos o pone la lavadora. La pintan con su piel marrón y su trenza larga y negra. No es fácil encontrar el color exacto de su piel y las niñas se esfuerzan para acertar.
Es que las personas negras son en realidad de color marrón, se queja la mayor, de siete años. Y así es imposible colorearte. Porque si te pinto marrón, parecerás negra. Pero si te pinto con la de color carne, parecerás blanca como yo.
El blanco es color de los fantasmas, no de las personas, explica mi asistenta. ¿Qué te parece este tono?, sugiere. Y se coloca un lápiz acuarelable Caran d’Ache sobre la piel. Moja la punta en agua y extiende el pigmento, como si fuera maquillaje. ¿Has visto? Este es mi color.
Mi asistenta, como la mayoría de mujeres marrones sin papeles que viven en Europa, es invisible y silenciosa. No hacer ruido es una cualidad muy valorada en el servicio doméstico e indispensable para cualquiera que necesite convertirse en jaguar.
Las niñas la dibujan con unos ojos enormes que no tiene. Creo que es porque está siempre alerta, como cualquier presa en peligro. O quizás represente un agudo sentido de la vista, propio de una depredadora. Necesita una guarida donde protegerse del frío, que en este caso es mi casa. Y una dueña que la guarde y la alimente, que en este caso soy yo. Por eso pienso en ella como mi asistenta, porque de alguna manera me pertenece. Ella, igual que mis hijas, es mi responsabilidad. Es muy bajita, me llega a la altura del pecho y, poco a poco, se me está metiendo dentro, como una cría desprotegida en la madriguera de una loba. Necesita mamar de una mamífera más grande y fuerte. Pero también necesita fundar una nueva ciudad.
Desde hace diez años trabaja ocho horas diarias en mi casa. Ella es quien hace nuestras camas, empareja nuestros calcetines y cocina casi todo lo que comemos. También es la mujer que cuida de mis hijas mientras trabajo, la mayor parte del día. Mi marido insiste en que nos costaría lo mismo que fuera interna, pero yo prefiero que se vaya a dormir a otra casa.
Las niñas la adoran. Ella les dice «Mis niñas». Y yo, que llamo a mis hijas por su nombre, se lo consiento, aunque detesto los determinantes posesivos como acompañantes afectivos de las personas. El problema es que el lenguaje se parece más a cómo somos que a cómo nos gustaría ser. No hay nada que pueda reprochar cuando yo misma me refiero a ella como mi asistenta. Claro que yo no soy como desearía ser. A veces ni siquiera soy como creo ser.
Observo las pinturas de Leonora Carrington buscando mis favoritas como si fueran los hitos del camino que debo seguir. Primero, la hermosa mujer con torso de hembra de minotauro, luego, la enorme crisálida de piel de vaca donde encerró su cuerpo de hembra mutante antes de nacer. Y, por último, la hiena amarilla con las suaves crines de una yegua marrón y rostro humano. Ninguna mujer desea convertirse en hiena, pero todas escondemos animales salvajes debajo del abrigo.
Cuando era niña yo quería tener una cola de sirena. Y en verano juntaba las piernas y me dibujaba una sobre la arena. Luego me enterraba desde la cintura hasta los pies modelando mi flamante apéndice. Hasta que, cuando por fin me transformaba, destrozaba mi cola de una patada y salía corriendo al mar. A todas las niñas se nos permite convertirnos en sirenas amables y domesticadas, pero nunca en bestias o pérfidas. El autocontrol es importante y exige entrenamiento y disciplina. Por eso, cada vez que asoma una pezuña o una pluma animal en el cuerpo de una mujer, hay alguien dispuesto a extirparle su oscuridad o encerrarla con ella.
A Leonora Carrington la metieron en un manicomio por dibujarse como lo hizo. Por suerte a mí no se me ocurriría dibujar a todas mis bestias. Jamás les he puesto la mano o la palabra encima. Procuro vivir de espaldas a ellas, como si no existieran. O como si una parte de mí estuviera mejor callada. Pero ellas insisten en atacar de frente, igual que mi reflejo en el espejo del baño las mañanas en que no quiero mirar. Soy una sirena con garras en vez de manos, la cabeza de una cuerva negra sin alas sobre el cuerpo descolorido de una mujer desnuda y, algunos días, una enorme cierva con el plumaje exótico de un ave azul, con las pezuñas suaves y los ojos tristes.
Este último año, cuando cae la noche, me convierto en una yegua marrón con una mancha en la frente a la que un gigante pasea delante de su cueva. Nunca consigo ver la cabeza del gigante que tira de mis riendas. Es tan grande que tapa el cielo con su corpachón. Y tan alto que lo único que alcanzo a vislumbrar mientras camino a su lado es el final de su cintura.
Las bestias que me habitan son escandalosas. Hablan todas a la vez, me gritan, me exigen que haga algo muy urgente. Pero no alcanzo a descifrar lo que me intentan decir. Hay demasiado ruido.
Por las noches, cuando las niñas duermen, antes de que se aparezcan mis bestias, estiro las piernas sobre la chaise longue del salón y deseo que mis pies sean también los de un jaguar, igual que los suyos. Me gustaría ser una más en la familia salvaje que vive en mi casa.
La panthera onca viene de Bolivia, mi asistenta la trajo desde allí. Igual que sus sándwiches de chola, su ají de fideos, su sonso de yuca y todos esos platillos que convierten mi cocina en su propia fiesta. Cuando una pantera persigue a su presa lo hace siempre con sigilo y en el momento preciso le salta encima y le muerde la cabeza hasta matarla. Su pelaje es realmente suave. Yo estoy cansada de cazar cadáveres en el supermercado, harta de tener que elegir mis víctimas entre millones de muertos. Me gustaría tener pies de jaguar, pero tengo que conformarme con una camisa de animal print de manga larga que, en realidad, imita la piel de un leopardo. Ni siquiera soy una buena falsificación.
Las manchas de leopardo son sólidas, mientras que las rosetas de jaguar son más grandes y tienen manchas dentro de las motas, me explica mi asistenta el día que la estreno.
A veces me siento muy fuera de lo que pasa dentro de mi casa. Es imposible que el espacio sea protector cuando hay huellas de un felino depredador en el pasillo. El peligro no se puede domesticar.
Leonora Carrington y su amante, Max Ernst, poblaron el jardín de su casita de Saint-Martin-d’Ardèche de criaturas protectoras y amenazantes. Al otro lado de la verja había una guerra mundial, así que para ellos los monstruos estaban fuera, siempre al otro lado de la verja. Nosotras, en cambio, no tenemos un enemigo común al que agarrarnos.
Mi asistenta, a pesar de su situación, nunca habla de injusticia y no creo que sea algo sobre lo que piense demasiado. Los jaguares no juzgan la vida, simplemente saltan sobre ella. Yo en cambio soy la clase de mujer que lee las cartelas de los museos convencida de que me ayudarán a descifrar el mundo. Si me interesa una exposición en otra ciudad u otro país, cojo un avión para saltar de una tierra a otra. Leo y escribo en tres idiomas y pago las entradas en cualquiera de las webs multilingües que ponen a mi disposición toda la belleza del mundo, como si la silla de mi despacho fuera un trono y el ordenador un cetro con el que acceder a mis caprichos. Tener es, siempre, poder. Y yo puedo tenerlo todo.
Aunque si me muevo es por la belleza, no soy una mujer codiciosa. Estoy convencida de que el arte puede ayudarnos a descifrar el mundo. El problema es que, al final del día, en mi boca hay siempre palabras demasiado grandes: Arte, Amor, Cultura, Felicidad, Guerra, Justicia… Palabras tan desmesuradas que no hay donde meterlas, no me gusta que anden danzando por casa. Menos mal que, para esconderlas, he cavado un surco en el suelo de mi cocina de una profundidad inexpugnable. Una grieta abisal que mantiene mi vida perfectamente alejada de mi asistenta, incluso cuando estamos la una junto a la otra preparando los zumos para la merienda de las niñas.
Algunas veces, nuestras manos se rozan cuando tiramos las cáscaras de las naranjas a la basura. El azúcar húmedo de la fruta nos vuelve pegajosas y cercanas, pero un océano de millones de kilómetros nos separa, extenso y profundo bajo los pies. Si alguien, dentro de cien años, quisiera mostrar la distancia que existe entre nosotras en una exposición, debería colgar con chinchetas sobre la pared nuestros cadáveres, y confiar en que la fuerza del Atlántico consiguiera abrirse paso, inmenso y eterno entre las muertas.
María Celeste, que es como de verdad se llama mi asistenta, tuvo una hemorragia en el baño de servicio de la primera casa en Madrid donde trabajó. Asegura que expulsó al embrión allí mismo, en la taza de aquel váter. Estaba embarazada de catorce semanas y llevaba ocho en España. Después de abortar siguió trabajando silenciosamente. Con aquel dolor sangriento que teñía las compresas de celulosa, las bragas y toda su ropa mientras lavaba a mano las prendas de seda blanca de la mujer a quien servía.
El cuerpo sabe recomponerse solo, me dijo tierna y firme después de mi primer aborto. Entonces ella tenía dos hijos, de cuatro y seis años, al otro lado del océano a los que llevaba tres sin ver. Fue su forma de exigirme que dejara de llorar. No funcionó. Un aborto espontáneo de siete semanas de gestación me parecía entonces la mayor desgracia imaginable. Mi marido entraba a hablarme o a besarme a la habitación y se despedía cada vez con el miedo de quien se acerca al lecho de una enferma terminal. Yo estaba segura de llevar la muerte dentro.
Cuando él salía, María Celeste entraba y me ofrecía caldo.
En los años que lleva en casa, además de dos abortos he padecido piedras en los riñones, ansiedad, vértigos, una cirugía ocular, la rotura de tres costillas y finalmente dos puerperios y varias mastitis… Y todo me lo ha curado con la misma receta: caldo y jugos. Los jugos son zumos como los de aquí, pero con frutas de su país. Todo lo de allí es mejor.
Las frutas en mi país son delisiosas, dice.
He notado que delisiosa es la única palabra donde cambia la c por la s con orgullo. Ya nunca dice sapato ni desisión. En la lista de la compra han dejado de aparecer las seresas y el suavisante. María Celeste ha corregido su forma de hablar y de escribir, porque aunque lo de allí es mejor, ella intenta decirlo todo como aquí. La palabra sierto se le escapa. Pero creo que nunca dejará de decir delisioso. Se lo dice a mis hijas cuando les ofrece algo que les va a gustar. Esa ese suya lleva un amor al que mi c no alcanza. A veces yo también lo digo cuando me prepara uno de sus jugos, para practicar. O cuando soy yo quien les sirve las tortitas que tanto les gustan. Pero en mi boca siempre suena a mentira.
El caqui, el copazú, el guapurú, la guabirá, la pitanza, recuerda. Los frutos de mi país le harían bien. Debería tomar infusión de semilla de ayrampu. Pero no sabemos dónde comprarla.
En el patio de mi casa aún cocino con fuego, el guiso dura todo el día y esos caldos sí la sanarían. Pero las casas españolas son como cajitas de cerillas, asegura.
¿Cómo es de grande el patio de tu casa?
Como este piso o más. Pero no es como un jardín de los suyos. En mi patio tenemos un baño que todavía se usa, aunque hace ya años que hicimos construir uno dentro de la casa. También hay un granero, gallinas y algunos muebles plásticos para las comidas familiares. Y, rodeándolo todo, las flores de mi mamá.
Cuando habla de su tierra, siempre esconde algo parecido a la alegría entre las manos.
Creo que ella piensa que a la gente de aquí, nuestra vida nos pone tristes. A veces creo que María Celeste sabría explicarme por qué mi vida me entristece. Pero jamás le preguntaría por algo así. Al contrario, me comporto ante ella como la mujer afortunada que debo ser.
Por mi cumpleaños cocina pampaku, mi plato preferido de todos los suyos. Para prepararlo ata a la olla un gran plástico transparente con un enorme lazo rojo. El vapor eleva el plástico como un globo que crece poco a poco hasta convertirse en un auténtico regalo. El ritual dura toda la mañana. Corta la verdura con precisión en pedacitos idénticos y crea un arcoíris que huele a zanahoria-apio-pimiento-cebolla-ajo y parece un cuadro abstracto sobre nuestra encimera. Después, sofríe la mezcla en la sartén, añade algunas hierbas que yo no sé nombrar y enseguida nuestra casa huele a todo cuanto ella ama.
Estoy convencida de que su vida es en todo peor que la mía. Sin embargo, ella tiene la certeza de que, pase lo que pase, podrá soportarlo. Yo en cambio quiero que las cosas salgan como me gustaría. Y sufro inútilmente cuando no es así, que es la mayor parte del tiempo.
Nosotras no sabemos por qué pasan las cosas, pero Dios sí. Eso también lo dijo después de mi aborto. Aquella fue la primera vez que dijo Nosotras para referirse a las dos.
Recuerde: la boca tiene poder, señala cuando le ofende seriamente algo que he dicho.
Suspira cada vez que le digo a una de mis hijas «Te vas a caer», para recordarme que será culpa mía si sucede. No soporta si alguna vez exclamo «Esta niña está loca» y, por supuesto, nunca toleró que reprochara a mi marido asuntos del tipo «Me tienes harta» o «Cada día es más difícil vivir contigo». En realidad, me tiene prohibido maldecir. No ha dicho una sola palabra sobre la separación, pero debe de pensar que él me dejó porque mi palabra profética lo expulsó.
La palabra es poderosa, dice ella, que se pasa la vida callada.
María Celeste no comprende que no crea en Dios, que pretenda vivir sin someterme a su voluntad. Ella piensa que es por soberbia, un pecado que abre la puerta a nuevos pecados. Pero no es por eso. Es solo que, a diferencia de ella, siempre he tenido mis propios derechos. María Celeste en cambio, ha vivido durante años ajena a cualquier estatuto de humanidad. Sin papeles significa sin derechos. Y sin derechos significa sumisión. Elegir a Dios es mejor que no elegir nada. Puede que eso sea lo único que decidimos de verdad: a qué o a quién obedecer.
En la primera casa donde vivió en Madrid, María Celeste trabajó sin contrato y la señora (que es como ha llamado a todas las mujeres a quienes ha servido, incluida yo) le daba su salario en un sobre blanco y cerrado que no se atrevía a abrir hasta que se quedaba sola. Solo entonces podía contarlo.
En el sobre nunca faltó dinero, según me dijo. Aunque, si alguna vez hubiera pasado, ella no habría podido reclamarlo.
Desde que me lo contó, y hasta que conseguimos que tuviera una cuenta bancaria, hemos contado el dinero juntas después de pagarle, como si fuera de las dos.
María Celeste viajó con bolsas de lona precintadas en plástico de aeropuerto. Las pertenencias de las personas migrantes se llaman bultos. Su verdadero equipaje está en la casa que una vez fue suya. Igual que un día fueron suyos sus hijos o su nombre. Para ella ser madre consiste en aceptar que la vida de sus hijos escapa a su control. En cambio, las madres como yo pensamos que no soportaríamos esa clase de pérdida. Menos mal que, en contadas ocasiones, el amor de madre no tienen más remedio que renunciar a cualquier forma de posesión.
María Celeste perdió su nombre la tarde en que dijo adiós a sus hijos. Ese mismo día debió de dar gracias a su Dios por no tener derechos ni papeles. Hubiera sido peor tenerlos y no ser capaz de traerlos a su lado.
Sí, sé lo que es Skype, me dijo la primera vez.
Sí, tengo ordenador en casa, insistió un par más.
No, no quiero hacer videollamada, murmuraba las tardes en que le ofrecía la posibilidad de ver a sus hijos.
Sí. Sé que puedo usar WhatsApp.
Sí, sé cómo funciona.
Sí. Mi familia también tiene un ordenador.
Sí. Mi hija tiene un teléfono móvil.
Estaba segura de que le daba vergüenza no saber usar la tecnología. Había visto todos esos anuncios de iPhone con personas de muchos colores que hablan con los suyos a miles de kilómetros y celebran cumpleaños felices sin tocarse. María Celeste podría ser una de ellos.
Lo usé una vez, terminó aclarando. Pero fue muy triste. Aparecerte así, de repente. Es casi como si estuvieras allí, tan cerca de sus manos. Y después colgar. La voz es mucho mejor. La voz acompaña cuando estás lejos. Y yo lo estoy, señora.
El nombre que te roban solo puede pronunciarse completo al otro lado del océano mientras una mujer marrón sube y baja las escaleras de una casa que no es la suya, como si el cuerpo estuviera en un piso y el corazón en otro y ella intentara reunirlos sin éxito. Por eso siguen poniendo dos nombres a la mayoría de mujeres latinoamericanas, para que puedan usarlos si alguna vez tienen que romper su vida por la mitad.
Mi vecino Fernando, que conoce bien los dos nombres de María Celeste, hace como si no recordara ninguno de ellos cuando se cruzan en el ascensor.
No olvide recoger la caca de su perro, le dice cada vez que coinciden en el parque aledaño mientras ella pasea a nuestra mascota con mi hija menor cogida de la mano.
El hombre la acusa de manchar de mierda su ciudad todas las tardes y los dos saben que no se refiere al animal. María Celeste nunca contesta, se limita a señalar las bolsas negras que lleva atadas en la correa. Quien no tiene nombre, rara vez tiene respuesta.
Fernando, ¡nuestro perro se llama Trasto!, responde mi hija indignada.
Más tarde, cuando regresan a casa, me relatan lo ocurrido.
No sabría decir cuándo empezó María Celeste a meterse dentro de mí, pero el hecho es que puedo sentir su respiración en mi pecho cada vez más a menudo. Respira, llena sus pulmones de aire y cuenta hasta diez antes de regañar a mi hija. Y cuando lo hace, yo me quedo sin aire.
Le duele regañarla, siente esa tensión inevitable entre el amor y el límite. Y cuenta hasta diez dentro de mi pecho. Quiere que las dos seamos su madre.
Devolverle el nombre se convirtió para mí en un asunto crucial. No quería que se quedara con el mío. También quería devolverle sus pies de una vez y arrancarle ese gesto de jueza impertérrita que tenía.
Tuvieron que pasar varios años, pero después de conseguir el NIE y firmar su primer contrato de trabajo legal, empezó a sonreír. Al principio parecía una equivocación, el torpe dibujo de una boca nueva.
Pronto empezó a emitir ese ruidito, como de burbujas. Hasta que finalmente escuché su risa, cada vez más fuerte, solo cuando jugaba con las niñas. María Celeste García Huanca, NIE X1329237Q. Nacionalidad: Boliviana. He escrito su nombre en más formularios que el mío. Ella detesta rellenar formularios y los pone una y otra vez en mis manos, como si fueran exámenes que yo pudiera corregir. Tiene mala letra y faltas de ortografía y eso le avergüenza. Su firma parece la de una niña a pesar de ser una mujer mayor que yo. Me entrega los formularios con sus hojas de calco un poco cabizbaja, como si su falta de cultura fuera culpa suya. Y yo los completo como si le diera la razón.
Poco después de estrenar el NIE, mi hija pequeña le dijo que no se quería bañar. Y ella le dijo que la metería en la bañera con la ropa puesta si no se daba prisa. El baño estaba hasta arriba de agua caliente y la niña empezó a correr y a reír por la casa desafiándola y deseando que cumpliera su amenaza. Entonces ella la cargó sobre la espalda mientras las carcajadas de las dos lo inundaban todo. Trotaron por el pasillo y cuando llegué tras ellas, mi hija chapoteaba y reía en la bañera con la ropa puesta.
Haznos una foto, mamá, pidió.
La escena, yo lo sabía, era delisiosa. Así que cumplí la orden.
¿Quién te ha hecho tan bonita?, le pregunto una noche a mi hija antes de leerle su cuento.
Dios, responde ella.
¿Y de qué conoces tú a Dios?
De que María Celeste me lo ha presentado. Ella le habla de mí, de todas nosotras. Y él nos protege.
El nombre solo pueden dártelo quienes te aman. Por eso, en algún momento empezó a ser urgente para mí que María Celeste volviera a su país. Tenía que pasar tiempo con los suyos si quería seguir cuidando de los míos. Esa fue mi condición.
Durante años pensé que no volvía por culpa del marido. Pero me equivoqué.
Cuando me vine a trabajar a España él se enamoró de otra mujer, me confesó. Hablábamos todas las noches y él me pedía que lo ayudara. María Celeste, este hombre que quiere salir a por ella no soy yo, este hombre que ha tenido un hijo con otra no soy yo. Tienes que alejarme de ella para que sea bueno, María Celeste, me suplicaba al otro lado de la cabina telefónica. Llévame a España contigo. Pero yo no quería vivir con un hombre al que tuviera que encerrar. Él tuvo que elegir. Y eligió cambiar. Desde entonces cuida de nuestros hijos como una madre. Él los acompaña, hace los deberes a su lado, él los baña y los vigila. Ha aprendido a cocinar. Con la ayuda de Dios.
Después de conocer su historia, dejé de insistir a María Celeste para que regresara a su país durante mi mes de vacaciones. Supuse que no quería meterse en la cama con aquel tipo y que esa era la razón por la que no era capaz de volver. Tardé años en entender que volver significaba separarse de su marido y sus hijos una vez más. Por eso rechazaba mi oferta de pagarle un billete de ida y vuelta cada verano. No existen vacaciones para el destierro.
El jaguar tiene dos manchas negras en los ojos con forma de lágrimas. Es porque llorar lo insoportable te deja marcada de por vida.
«Existen algunas facultades que no hemos aceptado o reconocido porque nos da miedo que alguien piense que también somos animales, lo que en efecto somos», escribió Leonora Carrington después de huir de Europa para instalarse en México. En la exposición tengo delante el cuadro Mujeres conciencia. En él, dos mujeres, una blanca y una negra, intercambian manzanas y una inscripción en el reverso señala: «Eva devuelve el fruto de la sabiduría». Sin embargo, no hay ningún fruto en mis manos. Mi marido me dejó hace seis meses y desde entonces siento que no tengo nada que ofrecer, carezco de sabiduría y de horizonte. No hay nada que pueda conocer mientras no entienda por qué se marchó. Estábamos construyendo una pequeña oficina en nuestra casa cuando me dijo adiós. Pensé que lo compartíamos todo, pero él ni siquiera me pidió que lo alejara de la otra mujer.
Se fue sin suplicarme que lo retuviera. Nunca tuvo la menor intención de cambiar para quedarse a mi lado. En algún momento eligió ser otro, concretamente la clase de hombre que es cuando no está conmigo. ¿Cómo voy a tener frutos en las manos después de eso? Él se llevó la última manzana de mis manos. O puede que fuera mi corazón.
De lo que estoy segura es de que me falta algo importante. Aunque a lo mejor se llevó algo que ni siquiera es mío, como la puerta de nuestra casa. Por eso no puede volver. Porque su portazo se lo tragó todo: el edificio, la cocina, nuestra cama, mi vida.
O peor aún, a lo mejor no me atrevo a volver por si todo sigue exactamente igual sin mí.
En el fondo sé que, si por fin consigo reunir fuerzas para salir de aquí y meterme en un taxi, al llegar a casa me encontraré a María Celeste dando de cenar a mis hijas como si no hubiera pasado nada.
Mis niñas la prefieren a ella, él prefiere a otra y a mí me eligen los monstruos.
Nada ha salido como me hubiera gustado y no voy a ser capaz de soportarlo.
Cuando llego a casa, María Celeste ha acostado a las niñas, les ha leído su cuento y les ha dado mi beso de buenas noches. Ha besado a mis hijas con su boca tierna como si fuera la mía. Y ha salido de la habitación caminando descalza por mi casa, como si fuera la suya.
Los jaguares no llevan zapatos, les dice siempre al llegar. Para no manchar el suelo. Para tener cuidado de las cosas, de mis cosas.
Voy a morirme, le digo cuando la tengo por fin delante, en el recibidor. Y nada más pronunciar la frase siento que ha llegado mi hora. Sé que vendrá a por mí.
El nombre jaguar proviene de la palabra yaguareté o verdadera bestia feroz y que mata de un salto.
Y así es precisamente como sucede. De repente, se abalanza sobre mí con rapidez depredadora. Estamos solas en medio de la cocina cuando la tengo encima, sus brazos rodeándome los hombros con fuerza. Y yo inmóvil, rendida ante su poder, empiezo a llorar las primeras lágrimas insoportables de mi vida. Y mientras lo hago grito para poder escuchar todo lo que se está rompiendo dentro de mí.
María Celeste es mucho más bajita que yo, pero en esta posición, doblegada ante ella, me parece una giganta. No se me ocurre salir corriendo ni pedir ayuda. En vez de eso me agarro a su cuello todo lo fuerte que puedo. Creo que voy a morir en sus brazos y comprendo que ella es el cuerpo de gigante con el que he soñado tantas noches. Y que yo soy la perra guardiana que lleva tanto tiempo protegiéndola. Con mi cabeza entre sus pechos casi puedo sentir la dentellada mortal de su mandíbula depredadora. Sus brazos me aprietan alrededor de los hombros justo antes del final. Entonces María Celeste levanta sus brazos hacia el cielo y busca a su Dios en el techo de mi cocina. Tiene que estar en alguna parte. Puede que sea él quien ponga fin a todo esto. Yo me abrazo aún más fuerte como respuesta, aprieto mi carne contra la suya para pedirle que haga lo necesario, consiento con la presión de mis manos, con mi llanto tibio sobre su regazo, le digo que sí con el cuerpo agradecido, entregado por completo a su poder. Las cosas no van a salir bien, nada va a ser nunca ya como yo deseé que fuera y ella es la respuesta definitiva.
Ayúdala, Señor, grita entonces. Protégela, señor, exige a su Dios. Escúchame aquí y ahora y ofrécele consuelo, Señor, reclama con una voz nueva, profunda y cavernaria como el centro mismo del mundo. María Celeste, que ha aceptado órdenes durante toda su vida, se dirige a Dios con imperativos y palabras esdrújulas.
Devuélvele a ese hombre que se perdió por el camino, exhorta con la mirada perdida en el horizonte de azulejos blancos de la pared. No la dejes, Señor, acuérdate de tu sierva, ¡amén!, grita con júbilo, como si hubiera mucha gente escuchándola. Cuida de esta mujer y dale fuerzas para que salga vencedora, ordena a su Dios.
Arrodíllate y ruega, me exige entonces. Y yo elijo obedecer. Soy, ahora sí, un solo cuerpo con el suyo, hemos creado una poderosa centaura que se alimenta del dolor de las dos. Sus brazos siguen arriba, mientras mi cabeza arrodillada choca con sus ingles, como si naciera de ella. Siento que entramos por fin una dentro de la otra y que formamos una nueva criatura con patas de yegua, pechos de mujer y lágrimas de jaguar.
Ayúdale con lo que lleva tiempo aprender, insiste. Que entienda con ayuda del Señor las cosas que le depara la vida. Enséñale a servir, a ser útil para el señor, enséñale a entender que nadie es más importante que nadie, amén. Que todo en ella crezca y pueda vivir para ti con amor y con pasión. El enemigo quiere apagar el amor por ti, Señor, pero no dejes que se acostumbre a esa frialdad. Que no se acostumbre a lo frío ni a lo seco.
Dios te permite pasar por el dolor, pero tiene cuidado de ti, me informa. No dejes entrar al enemigo porque Dios sí tiene cuidado. Dios te ama más de lo que tú te amas, me recuerda. Y sé que sus palabras contienen también un reproche.
¡Oh, gloria a Dios!, exclama para hablar de nuevo con su Todopoderoso referente. Hazle ver que ella se vale a sí misma, que ella está completa sin necesidad de nadie más. Que nadie tiene capacidad de completar lo que ya está completo de Dios. Que no camine en la tierra sin saber quién es su fabricante, que no camine sin propósito nunca más.
Eres el primer pensamiento de Dios, me dice mirándome a los ojos. Descúbrelo, ama su imaginación y acepta sus manos. A ti no te levanta el hombre, a ti te levanta y te sostiene Dios. Abrázalo aquí, grita. ¡Abrázalo ahora!, me ordena.
Pero yo solo quiero abrazarte a ti, musito. Yo no quiero a Dios ni a ningún hombre, susurro, sabiendo que María Celeste no podrá escucharme en mitad de su trance. Ella solo escupe órdenes por mi boca recién nacida de la suya.
Aguanta tu dolor, me exige. Aguanta tu dolor porque él te lo dio, ordena sin atisbo de piedad.
Y yo me agarro a sus órdenes. Abrazo ese dolor del que ella habla y que une a las mujeres a lo largo del mundo. Me agarro a ese dolor nuestro como única fuente de reconocimiento, como lo único en el mundo capaz de permitir nuestro abrazo. Siento que este desgarro es lo que me hará formar parte de un árbol poderoso cuyas ramas crecen con el daño, pero también con la vida. Entiendo por fin que nuestro tronco es fuerte y hermoso y sé que no se caerá. Sé que si fuera jaguar podría saltar hasta sus ramas y contemplar desde allí la belleza del mundo.
Y ahora sí, aunque no puedo verla, estoy segura de que su boca está ensangrentada tras la dentellada, porque ya me ha mordido. Una parte de mí ha quedado para siempre dentro de ella. Y las dos sabemos lo que eso significa.
Miro al suelo emocionada, preparada para lo que voy a encontrar. Y los veo por fin. Allí están, mullidos y fuertes, listos para esperar y preparados para saltar, mis nuevos pies de jaguar.
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