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nuria labari

el mundo cuando mueras (es)

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I
Será como perder de vista a alguien que dobla una esquina, pensó la mujer. Decir adiós y no volver a ver a esa persona nunca más. Las aceras seguirán en su sitio, aunque puede que los nuevos semáforos de la Gran Vía resulten mucho más raros, redondos y perfectos, como enormes ojos iluminados que observan Madrid desde el más allá. Verde, vives. Rojo, mueres. Ámbar, esperas con el diagnóstico bajo el brazo. Puede que la ciudad entera resulte marciana cuando muere tu marido. Y sin embargo, es difícil imaginar ese momento cuando el muerto aún está aquí. Hay tanta gente viva paseando por la Gran Vía. Como esa chica que cruza la calle a la altura de Fuencarral. Va llorando y fumando sobre unas deportivas de plataforma tan altas que parecen la peana de una virgen o de una santa. Tiene el pelo rojo y lleva unos vaqueros rotos llenos de frases estampadas con estética de grafiti. En una de ellas se lee: «Too late», como si en realidad toda la ciudad se estuviera preparando. Desde luego ella había empezado a hacerlo.
Un año y dos ciclos de quimio después del diagnóstico, la mujer empezó a coleccionar muertos desconocidos. En cierto modo, lo único bueno de saber que él iba a morir es que ella podía prepararse, como para un examen.
Se sentía capaz de afrontar la despedida como una parte indispensable de la vida. Una historia solo está completa cuando termina. Pero la ridícula idea de que nada cambiara tras su muerte se convirtió en una amenaza insoportable. Ni la ciudad, ni los parques, ni los parkings subterráneos, ni los bares. Muere la persona que amas y la vida sigue adelante como si nada. Y a ella le había tocado ser la vida en esta historia.
Se apuntó a clases de duelo, eligió un terapeuta especializado en el acompañamiento a enfermos terminales, leyó a Iona Heath. Durante meses, la idea de la buena muerte bailó en su cabeza con la belleza y la desesperación de un tango. Pero nada resultaría tan consolador como atreverse a decir adiós y esperar tras las esquinas. En la teoría sobre la muerte nadie ofrece clases prácticas.
Había salido de compras el día que eligió a su primer muerto: el hombre del jersey de lana verde tenía que ser él. Después de todo, ella le había regalado a su marido uno de un color muy parecido por Navidad. Puro cachemir. Un jersey de trescientos veinte euros color verde prado.
De los que duran toda la vida, había dicho la mujer que se lo vendió. Al escucharla, pensó que ella misma tendría que usarlo decenas de inviernos para amortizarlo. Fue un mecanismo inconsciente, una vergüenza. Pero lo cierto es que sopesó si tenía sentido regalar al futuro muerto una prenda tan duradera. Y tan costosa. A continuación, le compró otro idéntico en un color distinto, como castigo a su imperdonable miseria, uno rosa fucsia que él no llegaría a estrenar.
Un jersey de algodón cualquiera era, sin lugar a dudas, una falsificación barata de su despedida. Pero ya había empezado a seguir a su primer muerto. Y cuando el desconocido dobló por fin la esquina, lo hizo. La mujer se quedó muy quieta, inmóvil como un maniquí sin rostro frente al escaparate del Lefties, y dijo adiós. Al contemplar su reflejo se sorprendió de lo bien que tenía el pelo, tan largo y brillante, juvenil a pesar de las primeras canas. Se dijo que en eso consistiría ser viuda, en decir adiós y seguir en pie, como si nada. Seguir en pie y tomar las pastillas Complidermol Plus para el fortalecimiento del cabello.
II
En el canal National Geographic Wild cuentan que los vikingos creían que las luces de las auroras boreales eran las armaduras de las vírgenes valquirias que escoltaban a los muertos hasta el valhalla. La mujer siguió la estela de una aurora boreal en el cielo de su televisor, verde e incandescente como los misiles desplegados sobre el cielo sirio en algún otro canal.
Cuando terminó el documental una voz suave y gruesa sentenció. «Hoy en día solo podemos encontrar símbolos del legado vikingo. Puede que ya no estén, pero la increíble costa vikinga les homenajeará… para siempre». La pausa dramática entre el homenaje y la sentencia «para siempre» cubrió el salón de un silencio amenazante.
—¿Qué te pasa? —preguntó al observar el respingo de su mujer ante su presencia en el salón.
—Me has asustado.
—Todavía no soy un fantasma, respondió él. Algunas tardes, cuando se encontraba bien, tenía un imparable buen humor.
—A veces pienso en cómo será esta casa cuando ya no estés —confesó ella—. Me cuesta imaginar que vivo aquí sola y que puedo soportarlo.
—Vamos a vender todas mis cosas antes de eso. Esta casa nunca será un mausoleo. Pero ahora me gustaría que diéramos un paseo. No imaginas la cantidad de dientes de león que han crecido las últimas semanas.
El ingeniero aeronáutico, que se había pasado toda su vida mirando al cielo, aprendió a apreciar la belleza de las flores silvestres cuando dejó de caminar erguido. Poco a poco se estaba hundiendo felizmente en la tierra, como si quisiera convertirse en una profundísima raíz.
Por aquel entonces estaba siendo envenenado con altas dosis de Taxol, uno de los componentes más duros de la quimio, extraído de las hojas y de la corteza de los tejos, los únicos árboles que crecen al revés, de arriba abajo. Ella había estudiado en Internet el origen del veneno que pretendía salvar la vida de su marido. Allí descubrió los estudios de Fred Hageneder sobre estos árboles.
El interior del tronco del tejo está hueco. Desde los nódulos de las ramas, una raíz interna desciende por la oquedad hasta llegar al suelo, enraizarse y generar un tronco nuevo, mientras se seca y cae el que lo rodea.
El pie de foto estaba escrito en cursiva en la página Botanical on line. En la imagen un tejo centenario exhibía su soledad y su proeza.
A su marido, como a un enorme tejo, se le estaba cayendo todo. Todo, todo, todo, lleno de cabellos muertos. El Taxol lo había convertido en una cáscara vacía, pero, misteriosamente, una raíz interna lo ataba a la tierra y a la vida como nunca antes. ¿Por qué si no insistía ahora en contemplar la belleza de las flores? Llevaban años viviendo en la misma urbanización sin que él se hubiera fijado en los dientes de león que florecían en pequeños ramilletes amarillos a ambos lados del arcén por donde, cada día, paseaba a su perro. La mujer estudió también aquellos capullos, que resultaron estar llenos de propiedades curativas. Al contrario que los tejos, que siempre crecen solos y jamás forman bosques, los dientes de león se expanden con la alegría de la maleza hasta cubrirlo todo, igual que el cáncer. Sin embargo, esas diminutas flores harían sonreír al hombre enfermo, como si el mundo a sus pies fuera una promesa inagotable de vida.
Me estoy muriendo, sí. ¿Y quién no?, le dijo una noche, como si quisiera cambiar de tema para siempre.
Una tarde, cuando apenas podía ya tenerse en pie, se ató la correa del perro a la cintura y salió a la calle propulsado por el podenco. Ella observó por la ventana cómo el animal se ocupaba de pasear al amo. Y vio a su marido tambalearse y abrir los brazos para no perder el equilibro, como si fuera a echar a volar de un momento a otro. Cuando lo vio alejarse tras la ventana, decidió intentarlo. Y se despidió, por primera vez, en su propia casa.
Esta es mi casa, se escuchó decir.
Y aquí vivo.
Sola.
Después, sintió el temblor de la mentira posarse sobre las cortinas. Las casas tienen dueños que las palabras no pueden borrar. Por eso los objetos hablan de sus propietarios más allá del tiempo. Y cuando no están, lloran en silencio. No se mueven del sitio, no esperan ningún regreso, pero recuerdan. Esa es la razón por la que es imposible decir adiós a la persona que vive en tu casa. Y esa era la diferencia entre su salón y los escaparates de la Gran Vía.
Al darse cuenta, la mujer se desmoronó en la butaca junto a la ventana y miró afuera sabiendo que nada funcionaría. Atardecía sin piedad. El día declinaba como si la última luz viniera a buscarla. Sobre el sillón, un atardecer rojizo la abrazó como una presencia dispuesta a desvelar al fantasma que ella invocaba. Y la mujer se dejó hacer, decidida a conocer, de una vez por todas, al espectro de la casa.
Empezó a acariciarse con suavidad, con un roce lento y familiar. Cerró los ojos y deseó que el haz dorado entrara dentro de ella, que se quedara allí para siempre. Luego abrió las piernas y dejó pasar toda esa luz, galopó hacia la lejana fosforescencia mientras deseaba la muerte, el orgasmo, la despedida. Cuando volvió a abrir los ojos la luz había dado paso a la sombra de la noche sobre los brazos gastados del sillón.
En cuanto el hombre volvió a casa, la mujer le informó de que era urgente tapizar la butaca. Algo alegre, estampado. ¿Cómo pudieron comprar un sofá marrón? El sexo, pensó, nunca debería ser de un color tan triste.
Semanas más tarde, el marido insistió en vender sus cosas. Puso un precio ridículo a toda su ropa en Vinted y ofreció grandes lotes por muy poco dinero. Se deshizo de todo excepto de un par de jerséis que la mujer insistió en conservar. Y la ropa de estar por casa que llevaría hasta el final. Vendió hasta la chaqueta de cuadros que tanto le gustaba y que ella sugirió ofrecer a algún amigo.
—Es una suerte no haber tenido hijos —dijo.
—No quiero que te toque repartir los pedazos de un sudario —dijo.
—Hay que quemarlo todo, como los vikingos —dijo.
Aunque no encendió ningún fuego, el hombre ofreció su escritorio de madera de roble en Wallapop, tiró toda su colonia a la basura, regaló (eso sí) sus dos únicos relojes a sus dos mejores amigos y, por último, subió a los altillos todo lo que supuso que podría doler cuando ya no estuviera. Como ya no tenía fuerzas, ella tuvo que ayudarle con la escalera y cargar las enormes cajas negras sobre sus hombros. Cada vez que subía una caja se balanceaba como si estuviera portando un féretro. Era su ritual, el de los dos. El hombre sabía que la mujer nunca buscaba nada en los altillos, que no recordaba lo que allí se almacenaba ni lo extrañaba. Y eligió condenar a las alturas del olvido todo lo que quedara de él.
—Al cielo con ella —gritó cuando la mujer cargó la última caja. Y sonrió.
Esa misma noche, después de arrastrar los pies hasta los contenedores de basura que hay frente a la puerta de su casa, el hombre abandonó el pequeño taburete de roble que lo había acompañado desde la cocina de la casa de su madre a todas las cocinas que alguna vez habitó a lo largo de su vida. Dejó la banqueta junto al contenedor amarillo y se puso a esperar a que alguien lo recogiera tras la ventana. Antes de sentarse, sirvió una copa de vino a su mujer y la invitó a hacerle compañía. Ella sabía que el camión de la basura iba a aparecer de un momento a otro. Primero sintió miedo, después una bofetada de ira. Su marido no se merecía lo que estaba a punto de pasar. Imaginó el taburete cayendo en las fauces trituradoras del camión y supo que él no podría resistir la dentellada. Apretó su mano y le invitó a volver a la cocina, a dejar de mirar, a poner una serie que no contara nada. Pero él no cedió. Estaba tranquilo, preparado ya para llegar hasta el final.
Tras la ventana, un chico con una gran funda negra con forma de violonchelo cargada a la espalda, se acercó al taburete y acarició el asiento antes de llevárselo bajo el brazo. Ante la atenta mirada de los dos, un hombre joven eligió la vieja silla de roble para hacer música. Y ellos brindaron como si el mundo entero pudiera ser triste y nuevo al mismo tiempo. O como si ellos mismos fueran seres mortales e inmortales a la vez.
Dos semanas después, su marido murió.
La mujer encendió el televisor para calentar una casa que no dejaba de estar fría. Hablaban de un niño que había desparecido. Tenía catorce años. Hacía una semana que se había fugado con su hermano pequeño, de nueve, a quien habían encontrado muerto en un vertedero a doscientos kilómetros de su casa. Llevaban ya dos días buscando su cuerpo sin vida entre la basura, pero no encontraron ni rastro. Así que empezaron a buscar también por los alrededores del vecindario y mostraron el rostro del muchacho por si alguien lo hubiera visto.
En la televisión aparecieron las hermanas del chaval, dos jóvenes gitanas. Eran las once de la mañana y habían salido de su domicilio para hablar con la prensa. A pesar de estar en plena calle, las dos llevaban aún puesto el pijama y unas batas de color pastel, una verde y otra rosa. No les había dado tiempo a vestirse, pero sí a maquillarse. Las batas eran tan gruesas que no llevaban ningún otro abrigo a pesar del frío.
—¿Dónde crees que está tu hermano? —preguntó la presentadora desde el cálido plató a las muchachas. La periodista vestía una camisa de seda beige de manga finísima. Los focos le daban mucho calor.
—No tengo ni idea —respondió la chica de la bata verde.
—Solo queremos que aparezca. Vivo o muerto, pero que aparezca ya —añadió la otra.
—Vivo o muerto —repitió la de la bata verde.
—Solo queremos que aparezca —insistió por último la de rosa.
La mujer observó a las dos jóvenes y pensó que parecían dos enormes osos de peluche abandonados en la puerta de su propia casa. Dos osas amorosas a la espera de los abrazos calientes de un niño.
Ella se había preguntado muchas veces en quién se convertiría cuando él deje de mirarla. Quién cuando nadie en el mundo fuera testigo de su historia y de sus días. Ahora, por primera vez, se sintió mezquina. Había pensado que podría atravesar el invierno con una camisa de seda, con el gesto impasible y cruel de una presentadora capaz de pensar, mientras tiene delante a las hermanas de un niño muerto, en la audiencia que le dará este momento al día siguiente.
III
La cama fue la prueba definitiva, lo impensable. El espacio donde su forma de estar juntos había sido una posibilidad de atravesar el tiempo, con independencia de estar vivos o muertos. El lugar donde la muerte nunca tuvo su espacio ni su miedo. No habrá pues manera de saberse sola en la cama de los dos. Y desde allí lo llamará, como si no hubiera ningún tiempo antes ni después de su nombre.
Qué clase de poder pretende ostentar la muerte mientras ella aún pueda nombrarlo. Cómo no saberlo vivo mientras de su boca puedan salir, aún calientes, todas las letras de su nombre.
Poco antes del final, había empezado a oler mal en la casa, como huelen las vidas en descomposición. Y algunas noches, mientras vigilaba el sueño agitado de su marido, se imaginaba que la carne muerta se quedaría adherida de alguna manera a su piel. El pis se había vuelto rojo tóxico y desprendía un olor nauseabundo. Por eso llevaba un pequeño vaporizador de agua de colonia en el bolso con el que ambientaba cualquier espacio cerrado. Antes de dormir vaporizaba las almohadas; antes de comer, tres golpes de difusor sobre la mesa del office. Aun así, nada podía evitar que las paredes y las cortinas —pero sobre todo las alfombras— olieran a una mezcla de desinfectante y varitas aromáticas. A él todo le daba náuseas. Vomitaba tantas veces que parecía que la vida misma le diera asco.
Por las noches, ese punzante olor a hierro la despertaba como la punta de un cuchillo afilado y entonces él la miraba como diciendo: no temas, aquí no se ha muerto nadie. Pero el consuelo no era más que un error gramatical. Aquí se está muriendo alguien, corregía ella para sí. ¿Es que no lo hueles? La mujer vivía instalada en un presente continuo donde la acción no había sido concluida pero no dejaba de suceder ni un solo instante. Aquel olor era en realidad una amenaza, un peligro inminente sobre su cuerpo. En el fondo, ella lo sabía, estaba a punto de convertirse en un despojo. Iba a pasar a ser el resto humano de otra vida y eso hacía que le diera igual vivir o morir. Aunque sentía que no tenía elección.
Su marido no iba a irse a ninguna parte. Está segura de que, después de muerto, regresará cada noche decidido a llevarse su amor a la tumba. Cuando la enfermedad por fin se haya ido, será él quien vuelva a su lado para apartar con su mano de fantasma un mechón de pelo de su frente en mitad de la noche.
—¿Eliges esta vida o eliges el amor? —Le susurrará su fantasma al oído.
La mujer ha oído historias. Cuentan que cuando dos almas están realmente unidas, la muerte de un amante obliga a la desaparición del que le sobrevive. No hace falta que medie ninguna enfermedad o accidente, la vida encuentra el modo de que una muerte siga a la otra.
El amor es, sin lugar a dudas, el proceso por el que se crean los fantasmas.
Una tarde, mientras prepara su cena, la mujer descubre que se ha terminado el aceite. El envase dosificador donde su marido vertía el aceite de oliva virgen que compraba en garrafas por Internet está vacío. Ella nunca se encargó de rellenar la botella cuando se terminaba porque es la clase de persona que siempre derrama algo. Peor aún, la clase de persona que limpia el aceite derramado con la bayeta del fregadero, que debería estar siempre limpia y que se volverá aceitosa por su torpeza, por más veces que la enjuague y la estruje. En cambio, él, ingeniero precavido, necesitaba que la cocina fuera un espacio profiláctico como una nave espacial. O un quirófano. Por eso rellenaba el dosificador con su pulso de precisión cada vez que el aceite se terminaba.
¿Y ahora qué?, pensó la mujer mirando su ensalada.
Desde que él no está ella se ha aferrado a la palabra monodosis en el supermercado como a un clavo ardiendo, una forma de autodefensa contra la soledad y contra la suciedad. Sin embargo, poco después de la muerte de su marido, llegó a casa uno de sus grandes pedidos, nada menos que seis garrafas de cinco litros de aceite de oliva virgen extra. La mujer las guardó en el último armario de la cocina y cerró la puerta, como si estuviera encerrando un secreto. Después de eso, dejó de comprar los ridículos sobres de aceite individuales para sus ensaladas.
El hecho es que ahora no queda ni una sola gota de aceite en el dosificador. Y eso significa que ha llegado la hora.
La mujer lo presiente, aunque lo supo desde el principio. Tarde o temprano él volvería a buscarla.
No tiene miedo. Ha aprendido que no venimos a este mundo para sobrevivir. Cree que va a llorar, pero, en vez de eso, cierra los ojos y se detiene. No necesita ver nada que no esté dentro de ella. No puede hablar. Ni siquiera es capaz de decir adiós. Se ha vaciado de visiones, que es lo mismo que quedarse sin palabras.
Desliza un pie y después el otro. La suavidad de los calcetines sobre los azulejos hace que sus movimientos se vuelvan delicados, casi una danza.
Espera.
Escucha.
La mujer siente por fin la presencia de otro cuerpo junto al suyo, como si la urgencia del aceite hubiera permitido al difunto regresar del más allá para conducirla. Ella no opone resistencia, al contrario, se recrea en la lentitud de cada paso. Por nada del mundo quiere llegar al último armario.
Da una vuelta, después otra. Sube los brazos en la misma postura que aprendió siendo niña de la bailarina que giraba en el interior de su caja de música. Y gira ella también en el interior de su cocina como una muñeca obediente. Cuando no puede dar una sola vuelta más, la mujer cae rendida frente al armario donde su marido guardaba el aceite. Él solía colocar la última litrona abierta sobre un recipiente que compraron en un bazar chino para evitar cualquier derrame sobre el mueble. Abre el armario y comprueba que allí está intacto, el mismo pedazo de plástico verde chillón, como un grito de buena salud, con una garrafa de cinco litros en su interior. La mujer piensa que, pese a borrar todas sus huellas, su marido se olvidó de la terca eternidad del plástico.
Últimamente ha empezado a bromear con su fantasma. Algunas noches hablan o ríen durante más tiempo que cuando estaba vivo.
Antes de alcanzar el aceite, distingue una masa roja, del tamaño de un corazón, justo encima del recipiente.
—Parece que finalmente te olvidaste tu corazón dentro de casa —bromea con cierta sorpresa. Lo dice en alto, para que él pueda oírla. También para espantar el miedo.
Encontrarse aquí y allá con pedazos de su marido se ha convertido en un roce cotidiano. No ha vuelto a verlo de una pieza desde que murió, pero tropieza a menudo con una espalda que es la suya, una mano, un maletín de piel en el metro o unos zapatos en una sala de reuniones. Desde que se fue, acostumbra a presentarse en cualquier parte y siempre de forma fragmentaria. Por eso, cuando la mujer repara en la masa de color rojo piensa antes en un corazón que en una manzana.
Es difícil saber a simple vista de qué se trata, pero, sea lo que sea, no entiende cómo ha podido llegar hasta la profundidad del recipiente olvidado.
Mete la mano hasta el fondo del armario y toca el bulto. Es suave y liso, aunque termina en una extraña punta. Da un paso más y se atreve a coger el bulto y exponerlo a la luz del fluorescente de la cocina. La mujer cierra los ojos antes de abrir la mano para descubrir su tesoro. No pide ningún deseo, pero contiene la respiración unos segundos antes de desvelar el secreto. Se trata de un pequeño embudo rojo, brillante, sin estrenar. Su marido debió dejarlo allí para que ella pudiera volcar el aceite sin manchar nada. Está allí para que ella siga encargando las garrafas a la cooperativa de Olivaeza como si él no hubiera muerto, para que la bayeta no se llene de grasa y para que la vida no pierda su sentido.
Gracias al embudo, la mujer rellena el dosificador sin derramar ni una gota y al hacerlo, se esfuerza además en no derramar un ápice de energía, en no malgastar ni un solo gesto, como si hubiera comenzado un ritual.
La recién inaugurada ceremonia del aceite se convierte para ella en un proceso de autoconocimiento y la boca del embudo le parece el ojo de una cerradura que mira hacia su interior. El líquido dorado cae con la densidad del tiempo cuando ocupa su lugar y va llenando, poco a poco, el envase vacío.
Cuando ya no cabe más, retira el embudo, lo lava con agua y jabón y lo seca con un paño blanco que saca del cajón de los trapos limpios. Lo hace con la misma seriedad con la que ha visto a los curas frotar el cáliz después de beber la sangre de Cristo. A continuación, devuelve la garrafa de aceite a su sitio y vuelve a dejar el embudo donde lo encontró.
Mientras aliña su ensalada, la mujer comprende su error. Su marido no volverá a buscarla. No necesita llevarla a la tumba para conquistar su corazón. En vez de eso, dejó allí el suyo para ella.
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