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nuria labari

no se van a ordenar solas las cosas (es)

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LLEVABA TRES MESES enseñándole español a Amin, dos horas por semana los martes y los jueves. Y hasta ese momento, estaba segura de que solo hablaba árabe. Creo que ni siquiera había escuchado su voz. Atendía siempre muy callado, recogía las fotocopias y muy pocas veces abría su cuaderno. En la ficha no había mucha información. Nombre: Amin. Origen: Melilla. Edad: 19. La mayoría de las veces, los chicos escribían en la casilla de origen el último destino antes de pisar la península en vez del lugar de donde huyeron.
La noche en que nos acostamos por primera vez él me esperó en la puerta de la ONG, me miró de frente y dijo Assul, como si quisiera decir mi nombre.
A Z U L, corregí, separando mucho las letras. La sudadera es azul, dije. Y a continuación acaricié su prenda para que entendiera. Yo me llamo Pilar.
Assul, repitió, con mi mano aún posada a la altura de su pecho…
Es tamazight…
¿Tamazight?
Lengua mía. Tú repite.
Y yo: Asssul.
Aunque no era capaz de escribirlo, Amin entendía español mejor de lo que lo hablaba. Lo aprendió cuando llegó a España, con doce años, en el centro de menores no acompañados donde lo alojaron en Melilla. Allí también mejoró el árabe que apenas conocía cuando llegó a España. Mientras vivió en Marruecos solo habló su lengua madre, tamazight. Y un poco de francés. Amin es bereber. Y assul significa hola en su idioma.
Tú y yo. Casa mía, dijo a continuación.
Y yo fui.
Pocas noches antes, había explicado a unos amigos mi nuevo trabajo ayudando a jóvenes marroquíes con el español. Estaba emocionada. Como si supiera lo que significa la palabra joven o la palabra marroquí. O, peor aún, la palabra ayuda. Aquella noche, igual que otras veces, mi marido se esforzó en mostrarse más orgulloso de mi solidaridad que de su dinero ante los otros.
Mi familia es la prueba de que es imposible construir mundos nuevos con palabras gastadas. En cambio, cuando hago el amor en el piso compartido de Amin, digo assul cada vez que quiero decir sí.
La palabra bereber, a diferencia de Amin, sí es de origen árabe. En el siglo VII, cuando los conquistadores árabes intentaron, sin éxito, islamizar el norte de África, nombraron así a las personas que, por no hablar árabe, solo podían balbucear. Doce siglos después Amin abre los ojos en la cama de su piso compartido en Vallecas, a veinte kilómetros de la Puerta del Sol de Madrid y soy yo quien balbucea a su lado. Y él quien me enseña a nombrar las cosas por primera vez. Su cuerpo, igual que su lengua, tiene apenas unas horas de vida en mis manos.
Amin inventó un curso exprés de tamazight para enseñarme su idioma sin salir de la cama. Diseñó diez fichas de cartulina blanca con grandes letras negras y las usó como la herramienta de seducción infalible que eran.
Profesor mejor yo, dijo nuestra segunda noche.
Con él todo es más sencillo. Una lengua, diez tarjetas. El mundo entero, diez palabras.
Tudert fue la primera. La escribió con un rotulador negro en la parte superior de la cartulina blanca y debajo añadió su significado, Vida. Pero yo no era capaz de pronunciar su idioma como es debido. Ni siquiera una palabra.
Zuder, dije.
Zsuders, corrigió.
Y yo, ssuders.
Después traduje, impecable: vida.
Hasta que lo conocí, nadie me había entregado las palabras sin artículos ni matices, como si ninguna gramática fuera necesaria para nombrar lo que es cierto.
Axay. Las palabras salían debajo de las sábanas y Amin tapaba la traducción con la mano para comprobar si había aprendido la lección.
Me la sé: La muerte.
Y escuché la alegría en mi voz cuando repetí contenta: Es la muerte.
Muerte, dijo él, eliminando el determinante.
Ajsey. Tú repite.
Y yo: Ajsssei, alargando la ese como una seductora serpiente. A su lado, la experiencia de mi carne poseía un conocimiento del mundo que a él le faltaba.
Supe que me había enamorado cuando necesité contarlo. Es lo que siempre he hecho con el amor, ponerle palabras encima.
Decidí contarle nuestra historia a mi amiga Patricia. Recordé aquel reportaje que escribió sobre cómo los niños marroquíes intentan llegar a las escolleras del puerto de Melilla para cruzar a la península. Hace poco más de un año, un niño murió mientras saltaba y Patricia viajó hasta allí. Alcanzó a ver la sangre reseca en el suelo. La tocó. Y después escribió su historia. Es su trabajo: atravesar el mundo para tocar la mano de los muertos.
Amin, igual que el niño muerto, fue uno de esos polizones que arriesgó su vida para llegar en barco a la península, a los dieciséis. Había llegado a Melilla a los doce, donde vivió dos años hacinado en el centro para menores no acompañados Fuerte Purísima antes de escapar de nuevo.
Pocas camas, musísimos ninios, me explicó.
Olor de pies, bromeaba tapándose la nariz, muerto de risa entre las sábanas, con el pelo revuelto y espeso. Amin olía siempre a una mezcla de ropa tendida y lavanda, como si su melena ensortijada, casi afro, no hubiera conocido la suciedad.
En centro tú no estudias, tú no ganas y a los dieciocho echan y adiós. Pero yo consigo dinero para toda la ropa de marca con trabajo bueno, me explicó con orgullo, señalando el logotipo de Adidas bordado en su camiseta blanca.
A los catorce años, Amin huyó del centro para trabajar como recadero de un narcotraficante. Fue un empleado impecable. No solo conocía todas las drogas ilegales, sino que manejaba con eficacia médica los efectos de todas las legales, desde antipsicóticos a tranquilizantes, pasando por el fentanilo o el pegamento, que esnifó por primera vez a los nueve. Nunca se enganchó a ninguna de las promesas que entregaba.
Yo no vine a Espania a drogarme, sentenció. Como si la elección fuera una posibilidad para alguien en sus circunstancias.
Había invitado a Patricia a cenar para hablarle de nosotros, para empezar a construir nuestra historia. Pero cuando nos encontramos ella acaba de llegar de algún punto cercano al frente de Bajmut, al este de Ucrania. Allí había vivido rodeada de millones de hombres jóvenes en peligro. Y millones son siempre más urgentes que uno.
Sentada frente a mí en tejanos y una blusa de seda blanca, nadie lo diría. Una reportera de guerra no es la clase de mujer que te encuentras cenando en el último restaurante de moda del centro de Madrid un jueves por la noche. De hecho, para la mayoría, una reportera de guerra no es tan siquiera una clase de mujer. Como una madre de cuarenta y siete años no es, para la mayoría, una clase de amante.
Patricia había vuelto cautivada por dos muchachos de veintitrés y veinticuatro años que rescatan soldados heridos en el frente en una pick up que antes usaban para recoger grano. Ahora, mientras nosotras estamos aquí, ellos siguen recogiendo cuerpos.
El camarero interrumpió su relato y ella pidió mezcalitas para las dos, un cóctel a base de tequila, Cointreau y zumo de mandarina. Después siguió.
—Cada día atraviesan el camino reventado por el mortero dando tumbos y recolectan la cosecha de muertos y supervivientes, me contó con cierta admiración mientras elegimos el postre.
—¿Eliges moverte con dos espontáneos en una pick up antes que en un vehículo oficial? —protesté.
—La mayoría de veces, a los periodistas no nos dejan mirar más allá de la barrera y nos ocultan lo fundamental —resolvió.
—Creo que yo he vivido de espaldas a lo fundamental —suspiré.
—En cambio, viajar con ellos es otra cosa —siguió sin prestarme atención.
—Estoy aprendiendo un nuevo idioma —confesé de pronto. Esta vez, yo quería contarle mi viaje—, Tamazight, ¿lo conoces? Mi profesor es uno de los chavales de integración a los que estoy dando clase. Se llama Amin. Tiene diecinueve años.
—Esa es más o menos la edad de los soldados. La mayoría son jovencísimos, llegan desmadejados, con los brazos colgando de la camilla, con las ingles atravesadas por la metralla o el cuerpo reventado por dentro —respondió. Y dio un largo trago a su segundo cóctel, como si la adrenalina le obstruyera un poco la garganta.
—¿Crees que los cuerpos de los hombres son más seductores cuando han sido tocados por la desgracia?
—Los rostros de la guerra no se parecen en nada a los héroes que miran a cámara desde los carteles de las películas, ¿sabes? En Ucrania hay carteles con jóvenes soldados de ojos azules adornando las carreteras de todo el país, como si fueran los protagonistas de Hermanos de sangre, Generation Kill o Los hombres del SAS.
—Por lo menos tienen la oportunidad de sentirse héroes —dije. Aunque hacía rato que todas mis respuestas me parecían estúpidas al lado de su relato. Es un poder que ella tenía, hacerme sentir idiota. Y pensé que disfrutaba ejerciéndolo.
—Nos lo inventamos todo, todo el tiempo —sentenció.
Adwas, fue otra de las palabras que Amin escribió para mí.
Después de posar la cartulina sobre uno de mis muslos, él pronunció edgües, con la delicadeza de quien nombra una flor o una niña.
Y yo: edgües, como un eco torpe de su voz.
Y un poco después, traduje con seguridad: fuerza, significa fuerza. Luego mi dedo índice recorrió su hombro y su brazo hasta llegar a su mano y, por último, buscó la unión de su índice con el mío, como si Amin fuera el origen mismo de una creación que su mano desconocía.
Alkak, interrumpiría esa misma noche alguna conversación, puede que una película. Amin asomó el tarjetón por encima de las sábanas, como un árbitro implacable. Siempre que aparecía una de sus cartulinas, el mundo se detenía para nosotros, la conversación, el sexo, mi respiración.
Entonces dijo: Elcueq. Y observé que esa primera A de la palabra Alkak la pronunciaba como una e muy breve, como si la boca de Amin fuera francesa y relamida como la gramática de L’École nórmale supérieure de París. Elcueq, repitió acto seguido, subrayando la dureza del centro de la palabra, como un joven y malcriado príncipe.
Yo respondí: debilidad.
—Pero al final, en el tránsito que va del campo de batalla al hospital, o de la vida a la muerte, los mismos hombres que crecieron al calor de la épica se mueren de frío. Así es imposible distinguir al joven que alguna vez se puso ese traje y se miró al espejo convencido de que la palabra honor significaba algo —dijo Patricia.
Aɣẓan, decía la tarjeta. Agsan, repetí mentalmente mientras mi amiga seguía hablando de los hombres y la brutal batalla. Honestidad. Y esta última palabra nuestra me pareció ahora el mensaje de un ángel al final de un sueño. Las palabras de Amin se han convertido en palabra de Dios para mí. Aunque, por encima de nosotros, por encima incluso de Dios está el verbo. Nada puede empezar sin una palabra. Ni siquiera la carne.
—Lo que más me ha impresionado esta vez ha sido ver a hombres cuidar de otros hombres. Un soldado devolviendo a otro la humanidad con una sola pregunta, como ¿quién eres? o ¿dónde está tu casa? Decidí no hablarle de Amin a Patricia. No mencioné su esqueleto largo y fuerte, ni su forma de bailar en cualquier parte. No le dije que su cuerpo me parece un instrumento capaz de componer una melodía nueva con las mismas notas de siempre. No le expliqué que él es capaz de moverse como si la rigidez del lenguaje no lo hubiera disecado. Tampoco hablé de lo mucho que le gusta a Amin bailar conmigo. En vez de eso, me pregunté, también yo, quién era el hombre de quien me había enamorado y dónde estaría su casa.
—¿Te has dado cuenta de que los héroes nunca nacen en África? —pregunté.
Amin nunca se ha puesto un uniforme con orgullo. Él lleva otra invención encima. Y es oscura, como su piel suave.
Askerkes, es-kerques, skuerkes… Es difícil para mí pronunciar la palabra askerkes en tamazight. Significa mentira. Aunque no creo que sea una palabra importante para nosotros. A pesar de su origen, Amin es un nombre árabe y significa «honesto», «sincero». Estoy de acuerdo: no esconde ninguna decepción. En cambio el mío, Pilar, lo siento cuajado de palabras y explicaciones.
En la calle, las mujeres blancas de mi edad y mi país nos juzgan con desprecio. Podría ser su madre es su cuchicheo preferido. Ellas ven el incesto entre nosotros, como si nuestro deseo estuviera enfermo cuando son ellas quienes están mirando.
La mayoría de hombres blancos que nos observan ven al extranjero, al moro, al bárbaro. Ni siquiera al joven, pues sus monstruos no tienen edad. Algunos sentirán incluso el alivio de que no esté con una frágil muchacha blanca, una chica de su edad, pero no de su condición. Así es mejor, la depravada con la bestia. Nadie ve honor y bondad en nosotros. No pueden verlo porque ninguna valla publicitaria nos representa. Solo sus amigos, la pandilla desmadejada de Amin, le felicitan por su nueva novia. Están felices por él porque le compro ropa de marca, dicen, por aquella vez en que le regalé un chándal Nike.
Sin embargo, a pesar de todas las miradas, nunca siento vergüenza cuando estamos juntos. En vez de eso, me avergüenzo del resto de mi vida.
Me despedí de Patricia mucho antes de lo previsto y me fui directa al estudio de Amin, a treinta y cinco euros en taxi del restaurante. Ella, que había sido mi proveedora de verdad y de moral, se había convertido en una farsa.
Desde el portal pude ver las plantas de maría creciendo como inocentes geranios en su único balcón. Abrí con mi llave y desde la puerta de entrada observé todo el salón. Amin estaba tumbado en sus calzoncillos Calvin Klein en el sofá, esperándome. Los otros no estaban en casa y, siendo viernes, no entrarían por la puerta hasta el amanecer. Le encanta llevar ropa interior cara, aunque le he convencido para que no la muestre por encima del pantalón. Cualquier cosa cara a su alcance le hace sentir que la vida le sonríe.
A sus ojos, soy una mujer que representa todo lo que es caro y deseable abriendo la puerta de su estudio y eso le hace más feliz que nada. Sé que para él no soy mi dinero, pero también sé que mi dinero forma parte de lo que soy. Así funciona, el dinero se pega a la piel igual que la ropa interior. Podemos llevarlo puesto incluso cuando nos desnudamos para el amor.
A la derecha, la pequeña mesa de madera con cuatro sillas, todas distintas. Y justo detrás, el frontal de la cocina americana con dos sartenes sobre los fuegos de butano salpicados de grasa. Los restos de comida se habían quedado resecos, pero él no los tiraría hasta mucho más tarde, horas o días después. Es como si mi hijo mayor hubiera estado cocinado allí, solo que yo no protesto ni sugiero limpiarlo.
A pesar del desorden, siempre tiene albahaca fresca en la encimera y frutas y verduras, tabaco de liar al lado del frutero y tarros con especias que no sé nombrar. Me gusta ver la fruta en sus manos, como recién arrancada de una rama. En el armario que hay sobre el fregadero guarda los frutos secos. Los compra a granel en la tienda de un amigo. Son las mejores almendras que he probado.
La espera de Amin en nuestra cama me pareció un cuadro o un poema. Me descalcé en la puerta y acaricié su cuerpo con la mirada, como si fuera una escultura negra hecha de bronce. Una de esas con algunas partes doradas por el roce de la mano de los turistas.
Antes de acercarme, recité el principio de un poema para él, como un regalo de bienvenida.
Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.
Qué tú dice, preguntó.
Es el principio de un poema. Lo escribió una mujer llamada Wislawa Szymborska. Es para ti.
Cuenta a mí.
Los poemas se recitan, corregí, como si enseñarle español siguiera siendo el vínculo fundamental entre nosotros.
Recita a mí.
Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
comencé.
¡Digo yo!, exclamó Amin, con el placer infantil de quien conoce el final de un acertijo. No quise recitarle el poema completo. Pensé que no lo entendería. Él no sabe lo que fue la Segunda Guerra Mundial.
La guerra del mundo no fue la suya.
Yo recito uno tú, anunció.
¿Un poema bereber?
Encuentro espaniol en el sentro, respondió. El centro es como llama a la sede de la ONG donde recibe mis clases. Y, en otro horario, las de matemáticas. Nunca antes había ido al colegio. El profesor de matemáticas vino a hablarme de él. Dijo que era muy inteligente, un muchacho lleno de posibilidades.
Respondí a su oferta: Yo escucho.
A veces soy yo quien simplifica el lenguaje y prescinde de un pronombre o un verbo para acercarme a una lengua que me parece nueva y nuestra. Las palabras se acercan siempre antes que las bocas.
Cuando desnuda, ordenó. Y yo me quité la ropa con diligencia.
Nada más acercar mi mano al botón del pantalón, pidió que apagara la luz. Luego encendió el flexo rojo que colocamos en un lado del sofá, sobre la montañita de libros que le he ido regalando.
Dirigió el foco hacia mí como si mi cuerpo fuera a nacer en ese preciso instante, una flor en la oscuridad de una casa que por esa noche era la nuestra. Le gusta verme desnuda, le asombra cada vez. Cuando me mira, Amin no va buscando el cuerpo imaginado de la mujer joven que ya no soy. Amin busca una mujer real tallada en mi carne, una que nunca fue inventada por nadie. Amin me busca a mí.
Verde te quiero Verde, comenzó. Y el color volvió a bañarme en su boca.
Verde es viento. Verde es rama.
El barco sobre el mar
cabaio en el montania.
Verde te quiero Verde, repitió. E hizo una pausa. La justa para que yo recitara un solo verso.
Assul.
Amin me guiñó un ojo y siguió.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.
Las palabras de Amin reverberaron en la habitación antes de temblar dentro de mí.
Las cosas me están mirando y yo no puedo mirarlas.
Me resulta realmente difícil ver a un hombre, aun cuando lo tengo delante. Por alguna razón, los hombres de mi vida siempre han llevado una gran mentira encima, como lo del Honor, del Deber o del Poder. Por eso no he sido capaz de verlos.
En cambio a Amin no he sido capaz de inventarlo.
Me recuerda a uno de esos monos titís que roban joyas en las películas de piratas al estilo Burt Lancaster. Leal y tramposo a partes iguales, pero sin ninguna mentira sobre los hombros. Me gusta cómo se enrosca su pelo, tan frondoso que podría esconder joyas o secretos. Me gusta besarle las ingles y esperar a que sus breves aleteos reboten en mis labios. Y acariciarle la mejilla, como si fuera un niño. Y yo una mujer.
Zsuders, vida, digo.
Y señalo la luz de la ciudad que se filtra por las rendijas de la persiana veneciana del balcón. El ruido de los coches con los faros encendidos y las últimas prisas de la ciudad antes de apagarse nos recuerdan, del otro lado, que estamos vivos. Necesitamos reconocer la vida real en los ruidos que emite la ciudad porque entre nosotros el tiempo se ha detenido. Ahora mismo podríamos estar muertos. Desearíamos estarlo. Que este momento sea nuestra eternidad.
El primer hombre al que inventé fue mi padre. En mi casa, como en todas las que he conocido después, la mentira con que cubrimos al padre se llamaba Familia.
Mi madre nos frotaba esa palabra por el cuerpo como si fuera un aceite de masaje. Cinco platos, cinco cubiertos, cinco vasos y una sola idea alimentándonos. La Familia, como la Guerra, nunca sale bien. Sin embargo, es lo que nos da identidad en el tiempo. La Familia es un relato, la historia de cada uno. Por eso mi madre y mi padre siguieron soportándose el uno al otro para que nosotros pudiéramos tener una historia que contarnos. Ni siquiera una historia buena, solo una nuestra.
A Amin, a su madre y a sus dos hermanos, su padre los abandonó.
Pocos meses después, él salió corriendo también de su poblado. La tarde en que se escapó le dijo a su madre que iba a cenar a casa de su abuela, apenas unas calles más arriba de la suya, entonces tenía nueve años. Nunca volvió. Huyó a España. En la calle donde nació los niños esnifaban pegamento para pasar la tarde y en algún lugar el niño Amin escuchó que el futuro estaba en España. Y se fue a buscarlo.
Tardó más de tres años en hablar de nuevo con su madre, en encontrar un conocido que le hiciera llegar señales de vida y, casi un año después, un teléfono, la voz de uno y otra al otro lado. En toda su vida, ella nunca le ha dicho te quiero.
Ella no habla mí así.
¿Así cómo?
No contamos historias vuestras.
Su madre no se inventó nada para él. Amin tuvo la suerte de ser un hombre sin honor ni deber. Y, aun así, pudo sentir su amor. Precisamente así.
Al principio puede resultar complicado, pero con el entrenamiento necesario una ya no distingue entre lo que cree ver y lo que de verdad tiene delante. El amor de una madre es un filtro que deforma para siempre la realidad. Yo aprendí a maquillar el dolor gracias a la mía. Uno puede reconocer cuál es su lengua madre porque es el idioma con el que se miente a sí mismo. Puedes hablar muchas lenguas, pero solo engañarte con la del amor.
Ser capaz de negar la realidad es un arte, requiere imaginación, constancia y creatividad. No todo el mundo puede hacerlo igual de bien y nadie puede hacerlo solo, porque precisa de la complicidad del resto. El arte no existe cuando no hay nadie mirando. Por eso, cuando la realidad que te inventas para soportar la vida no es compartida, dicen que estás loca.
Enamorarme de Amin ha sido una locura.
Durante años pensé que el sintecho que duerme en el soportal de mi garaje estaba loco. Cada tarde plastifica el rectángulo que durante la noche será su cama, después le añade una fina capa de cartón y, por último, una esterilla a modo colchón, que custodia junto con una pequeña maleta durante todo el día. Su rostro aparenta ochenta o noventa años, pero su cuerpo se mueve grácil cuando pasea arriba y abajo con sus femeninas botas de tacón negras, que alguna señora caritativa le regaló un invierno y él luce todo el año. Cuando se desata su locura maldice a gritos a todos los berros del vecindario.
Mejor amigo sí buede mejor amigo berro…, grita a una mujer que pasa a su lado apresurada y aprieta las llaves del coche en un puño. Buedes si eres berro… berritos hasen donde se quieren… pero ellos ensoltan a mí.
La letra p no existe en árabe así que mis alumnos dicen baella o bilar. Y mi vecino sintecho llama berros a los perros. La locura consiste a veces en un fonema.
El mejor amigo suyo CAGA donde quiere aquí… CAGA por el noche y por el mañana y hueleh todo el noche y no nadie no recogue…, denuncia a gritos para quien quiera escucharle.
Luego clama al cielo con las manos abiertas: Companiro di tú ¿DÓNDE CAGAN BERSONAS EN MADRÍS? Me he cruzado a este hombre muchas mañanas camino del trabajo. Algunos días he tenido que sortear sus piernas, que sobresalían del soportal y ocupaban la acera, con un pequeño saltito. Nunca le he hablado.
Para no ver a un anciano durmiendo en la calle se inventó la palabra ciudad.
Mohamed Marhoum, dice Amin mirando al techo con gotelé blanco de su habitación como si estuviera lleno de estrellas.
Y luego: como yo.
¿Quieres ser atleta? Pregunto, ¿como Marhoum? Creo que comprendo fantasía. Correr para cruzar la frontera y seguir corriendo, cara vez más rápido, hasta que te den una medalla y ya de paso la nacionalidad.
Quiero poner peluquiria mía, responde. Para él, ser como Mohamed Marhoum significa poseer un nombre y que los demás te reconozcan por lo que significa para ti. Amin, el peluquero. Mohamed, el atleta.
El pasado no te lo puedes inventar. Antes pensaba que eso era lo único cierto. Los hechos, nuestra memoria, lo que de verdad pasó es lo único inmóvil, lo irreversible. Estaba equivocada. Estoy cerca de cumplir medio siglo de vida y comprendo que el pasado es eso que alguna vez inventé, la única invención que ya no tiene remedio. Porque, a medida que envejeces, la ficción del pasado contamina con su niebla cualquier horizonte. Como si nada pudiera ser real nunca más.
De eso me he dado cuenta haciendo el amor con Amin. No deseo tenerlo dentro para atrapar su juventud y mucho menos su futuro. Lo que de verdad anhelo poseer es su pasado, aún por construir, la posibilidad de vivir una vida que no sea inventada. Su historia y su juventud atesoran ese regalo. Un pasado sin profecías autocumplidoras, ni deber ser, ni promesas ni sueños ni deseos. Un pasado que no reconozca como suyas las guerras europeas, un auténtico folio en blanco. Cuando el pasado no pesa, el tiempo se detiene. Y yo quiero que su tiempo esté siempre dentro de mí.
Hoy vamos a ir a un museo, anuncié un domingo por la mañana. Quedamos en el bar que hace esquina en la plaza de Antón Martín. Le encantan los churros recién hechos. Lame un poco de azúcar con la lengua antes de morder.
¿Qué es museo?
Es un lugar donde guardan obras de arte.
¿Porque no los roben?
No, para que podamos verlas.
¿Por qué importa el arte?
Es nuestro pasado, respondo. Y añado: lo que nos hace humanos. Nada más decirlo reconozco mi ideología sanguinaria. La humanidad no ha conocido ningún método para deshumanizar a las personas tan eficaz como el amor al arte.
Aun así, quiero enseñarle el mundo entero, todo lo que no conoce. Quiero que la belleza sea para él, que crezca, que pueda tenerlo todo, que pueda entenderlo todo, que pueda cambiar, que consiga ser quien él quiera. Deseo, sin darme cuenta, convertirlo en otro.
Para meter todo mi pasado en su cabeza le senté a ver películas antiguas, como si fuera uno de los prisioneros de la caverna platónica. Mira el mundo, está aquí, en blanco y negro. Proyectamos películas antiguas en la pared de su habitación y él se fascinaba con la inocencia del niño que aún era y una sensibilidad que la experiencia de un mundo atroz no ha sido capaz de arrancarle. Amin es el niño vendedrogas, el que se las metió todas, el que vio morir a un amigo tratando de cruzar la frontera hacia España, triturado por la hélice de un barco; Amin es el que abandonó la casa de su madre, el que vivió en un barracón lleno de niños que olía a ganado, es el hombre al que su madre nunca le dijo te quiero. Y, sin embargo, Amin es también la inocencia de su juventud. Amin es el milagro.
Tayri Amor, dijo la tarjeta de esa tarde.
Y Amin: ceiri, ceiiri, subrayando un poco más la primera i.
Y yo: ceiiiri. Repetí la palabra: ceiri muy cerca de su oreja, una vez y otra vez más, como un ronroneo o una declaración.
Otra vez: ceiri. Tuve miedo de que desapareciera en el aire si dejaba de nombrarla.
Akkaḍ. Apareció a continuación, inundándolo todo.
Y Amin: ackadad, como si la palabra fuera una arcada y la d final de la palabra odio se le quedara atrapada en el paladar.
¿Cómo podría alguien sentir odio por él, por nosotros, por una religión, por un pueblo entero?
Vimos juntos la película La vida es bella.
—Ves cómo hay tanta gente, es que todos quieren ir, nadie se lo quiere perder —dice Roberto Benigni a su hijo de seis años antes de montarlo en el tren que los llevará al campo de concentración donde han sido destinados.
—Me ha costado muchísimo hacerme con un hueco aquí, está muy solicitado —insiste ante las dudas del niño.
—¿Ves cómo llora esa mujer? Es porque a su hijo pequeño no le han dejado venir.
Lo que no se ve, no se sufre, dice el padre de la película. Pero el espectador sabe que lo que no se ve, solo se sufre. Por eso duele tanto.
Pobre el gatito, dijo Amin.
No creo que ningún espectador pueda posar su atención en el gato en un momento así.
¿Quién puede ver un gato gris en un tren como ese? ¿Puede siquiera existir un gato en el horror del holocausto?
Me doy cuenta de que un niño al que le han contado una mentira, un niño engañado o confundido, podría ver antes el gato que la injusticia. Y pienso en todas las cosas que Amin aún puede nombrar. Me empeño en mostrarle la belleza cuando quizás el verdadero amor consista en aceptar la vida como es. Un amor para soportar la dureza del mundo, no para negarla.
Tumert, la tarjeta apareció blanca, pero la leí roja. Allí estaba, espléndida y desbordante.
Amin dijo: tumerts.
Y yo: tumertssss. Y escuché el hambre de una serpiente sanadora en sonido de tantas eses.
Estábamos nombrando la felicidad.
No existe el jardín que no contenga un árbol de la ciencia del bien y del mal.
Amin lo sabía.
Y yo también.
Después solo hubo tiempo. Tardes llenas de tiempo dentro de mí. Todo el tiempo del mundo martilleando a la altura de mi pelvis, como tallando una figura nueva.
No quería pronunciar la última palabra que habría entre nosotros. Pero tampoco podía retenerlo. A mi lado, Amin estaba empezando a cambiar. Yo, que lo amaba por todo lo que era, estaba a punto de convertirlo en otra persona. En alguien mucho más parecido a mí. Quizás en alguien similar a la persona que quiero dejar de ser. Por extraño que parezca, comprendí que me faltaban algunos años para estar a su altura. Necesitaba limpiar mi pasado antes de mirar hacia delante. Necesitaba tiempo, no mucho, un par de años, tres a lo sumo. Pero a sus diecinueve, Amin no tenía un minuto que perder. Es el problema de los jóvenes, que no pueden esperar.
Aɣiluf fue la última palabra que dijimos juntos.
Él: Aguiluz.
Y yo: Ourvuarluz. Adiós a la luz en francés, pensé. Como si pronunciar a su lado la palabra tristeza solo pudiera ser un chiste. Amin, claro está, no lo entendió.
Poco después de su veinte cumpleaños, se fue.
Una nueva luz iluminó el contorno de las cosas, también el filo de nuestra despedida. Una luz que ya no me abandonaría. La vida iluminada, igual que mi cuerpo desnudo en la esquina de su estudio, no se despliega para que contemples la belleza sino para que puedas aceptarla tal cual es. Basta con que te miren así una vez y el mundo entero cambia para siempre.
Assul, dijo Amin la última noche. Y sentí que me nombraba, como la primera vez.
Pero esta noche mi nombre no significaba hola.
Yo soy tu Assul, dije.
Y después: Adiós.
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