nunca te fíes de mí (es)
ERAN TRES HOMBRES JÓVENES y pobres. Fuertes, pero sin la ropa y el calzado adecuados para atravesar la montaña. Nos observaron en la distancia muy quietos bajo un sol que ya era inclemente a las nueve de la mañana, junto a los cuatro caballos desgarbados, recién ensillados para nosotros, con mantas de colores brillantes sobre las sillas de cuero viejo. El pelaje sin brillo de los animales y las crines sucias y enredadas hacía que ellos no parecieran los guías de nadie sino más bien tres almas perdidas.
Un taxista nos había llevado desde Las Terrenas hasta El Limón, insistiendo en que elegiría un rancho de su confianza para nosotros. Cuando llegamos allí, no había ningún otro turista, solo un gran comedor instalado en mitad del bosque tropical. Un oasis de mesas de plástico blanco cubiertas con manteles rojos protegidas del sol por un gran techado hecho de troncos y paja. La bandera de República Dominicana coronaba la entrada.
La dueña no apareció, tampoco los guías.
Miguel y las niñas se sentaron a esperar sin hacer nada mientras yo caminaba de un lado a otro del comedor vacío, como si el hecho de hacerlo fuera una forma de castigar a los dueños de la finca. Estábamos solos, así que mi marido y mis hijas eran los únicos que padecían mi malestar. Los tres pensando a la vez que ojalá mamá supiese estarse quieta. Que ojalá mamá no fuese mamá. Caminé más deprisa, como el segundero de un reloj acelerado, esta vez protestando también contra ellos.
Lucía había aprendido a odiarme con esa delicada intimidad con la que una muchacha de trece años desprecia a su madre. Y Julia, a sus nueve, amaba la vida tanto como adoraba a su padre. Con absoluta falta de criterio y preocupación.
Tras veinte minutos de espera, una mujer ancha y bajita salió de un bungalow aledaño, de donde llegaba un fuerte olor a comida recién hecha. Habichuelas, carne, arroz, yaniqueques, tostones, el aroma de la auténtica cocina dominicana, tan distinta a la del hotel.
Ella es la dueña, informó el taxista. Y acordaron el precio entre ellos dejándonos a un lado. Después de su trato, la mujer contó nuestro dinero y guardó los billetes en el bolsillo del pantalón.
—Ya ustedes pagaron aquí pol los caballos. Ellos son gratis —le explicó a Miguel señalando a los tres hombres que esperaban a unos doscientos metros del comedor, en mitad del bosque tropical, junto a los animales—. A su regreso, si estuvieron cómodos, si se sintieron bien, ya se lo agradecen.
—Quiero pagar la excursión completa, guías incluidos —exigió mi marido.
—Ustede pagan aquí pol los caballos. Yo no los pago a ellos.
—¿Y cuánto tendremos que darle a cada uno? —Siguió él.
—Los cualtos que quiera, dolare, peso, euro, cualquié moneda que quiera usté.
—¿Cuánto en pesos?
—Eso será usté que lo decida.
Reconozco que resulta difícil saber la edad de las personas negras, no logro apreciar ciertos matices en otras razas. Quizá por eso siempre me parecen más jóvenes de lo que en realidad son. Pero cuando nos acercamos a aquellos hombres, me quedó claro que ninguno tendría más de veinte años, no eran más que tres niños fuertes y desprotegidos. Ninguno llevaba ropa adecuada para adentrarse en la selva. El más alto llevaba bermudas y chanclas con calcetines. El de en medio unas deportivas rotas sin cordones y la camiseta sucia y brillante de un equipo de béisbol americano. El que parecía el menor de los tres vaqueros negros y botas de goma para la lluvia hasta las rodillas, imposibles para los treinta y cuatro grados cargados de humedad que derretían la mañana. La cabeza sudorosa y descubierta en los tres casos, el pelo ensortijado y pegado a la piel.
Esa misma mañana había leído las recomendaciones para turistas europeos en el blog Viajeros Callejeros sobre la excursión al Salto del Limón: «Imprescindible calzado de montaña, protector solar, sombrero y repelente de mosquitos. Al menos un litro de agua por persona y también algo de comida si vas a quedarte mucho rato en la cascada. Bañador».
La dueña del rancho decidió qué caballo montaría cada uno y en qué orden debíamos hacerlo.
—Primero el señor, luego, las niñas y la mamá en último lugar —anunció.
La mamá en último lugar, repetí para mí.
Después de su sentencia, la doña desapareció en el bosque y no volvimos a verla.
La mujer nos había asegurado que habría un guía para caminar al lado de cada caballo, pero en realidad solo serían tres, por lo que uno de nosotros no tendría quién sujetase las riendas de su animal.
La noche anterior había leído mensajes inquietantes en los foros de internet donde se hablaba de nuestra ruta. Encontré varios comentarios que hacían hincapié en la necesidad de no escuchar a las decenas de personas que ofrecen indicaciones tanto desde los márgenes de la carretera como una vez llegas al camino sin asfaltar. Aconsejaban no escuchar a quienes dijeran que los parkings están completos o a quienes aseguren que no se puede hacer la ruta sin guía. «No te fíes de las personas que prometen ayudarte», amenazaba un usuario valorado con cinco estrellas, «pues podrían compartir informaciones que no son todo lo reales que nos gustaría».
Miguel y yo habíamos discutido ya suficiente por culpa de las vacaciones así que no le mencioné esta información. Él nunca quiso hacer este viaje. No quería conocer el Caribe y mucho menos recorrer siete mil kilómetros para bañarse en una playa de arena tan fina como la de cualquier otra española. Una vez más, le había reprochado su falta de interés y él había vuelto a decepcionarme con su falta de entusiasmo. Quizá por eso insistí tanto, como si de verdad creyera que existe una forma de obligarlo a ser feliz conmigo. Aunque, en el fondo, Santo Domingo me resultaba un destino tan ajeno y prescindible como a él.
El único autor dominicano que había leído en todos mis años como profesora de literatura comparada era Junot Díaz. Y él es, en realidad, un dominicano de New Jersey. Un hombre que, con toda seguridad, pronuncia la K de Nueva York. La clase de vida que elige la frontera como destino. La primera violencia fue personal: empeñarme en arrastrar a mi familia hacia mi propia extrañeza.
A lo largo de mi vida he hecho grandes esfuerzos para llegar a lugares donde, en realidad, no quería estar. ¿Qué vine buscando esta vez? ¿Acaso compré la promesa de las aguas cristalinas y las palmeras? Estaba claro que me habían vendido una idea. Pero no tenía claro cuál era ni por qué había decidido pagar por ella. La única certeza es que el cielo sería azul y brillaría el sol para nosotros allá donde llegáramos.
Fui la última en montar. Nos hicieron subir a un muro para que fuera más sencillo meter el pie en el estribo y subir al animal. Ninguno de nosotros llevaba casco y los caballos mordían un bocado de hierro atado a rudimentarias bridas de cuerda.
El muchacho que sujetaba mi caballo era el de las botas de goma.
—Mi nombre es Juan Cal-los —dijo mirándome desde el suelo. E inmediatamente pensé en el comienzo de Moby Dick. «Call me Ishmael», como si fuera una premonición.
—Creo que no es buena idea hacer la excursión —anuncié en cuanto sentí el pelo caliente y áspero del animal. El sol castigaba la piel de los vivos, implacable como una sentencia divina. Estaba claro que unos arderíamos antes que otros.
—¿Qué le pasa a la doña? —Quiso saber Juan Cal—los. Su voz sonaba un metro por debajo de la mía. Tenía la cabeza a la altura de mis pies y sujetaba las riendas de un animal que yo no podía controlar.
—Dijeron un guía por caballo —protesté mirando hacia abajo para responder.
—Tató, tató —respondió risueño.
Miguel no contestó. Su silencio me pareció su forma de escupir que todo lo malo que pudiera pasarnos sería culpa mía. Y que le parecía bien.
Un esguince, un golpe de calor, un mosquito con malaria, la picadura letal de una abeja en la piel delicada y alérgica de Julia, un caballo que sale por patas, un secuestro, la violación de Lucía, la violación de mi pequeña Julia, la violación de las tres, un atraco, un secuestro, una mentira. O una verdad.
—Tató, tató —repitió Juan Cal—los.
—Disculpe, no le entiendo —musité.
—Tató bien —aclaró. Y volvió a repetir, tató, tató, tató como si el ritmo de esa palabra pudiera amansar a los animales. O a mí. Después, dio un grito que hizo que los caballos se pusieran en marcha. Y enseguida, apenas cien metros más adelante, intentó que se quedaran quietos bajo una sombra. Y entonces los tres guías soltaron las riendas y se alejaron de nosotros.
—¿A dónde se van? —exigí saber.
—Vamos a hacer una buena foto —anunció Juan Cal—los. Y empezó a dar órdenes a los animales para que se colocaran en línea, sin ningún resultado. El mío volvió la cara tozudo y desafiante y agachó la cabeza para comer hierba del sendero. Después de varios intentos, Juan Cal-los consiguió colocar al de Julia, que se quedó por fin quieto y mirando hacia el frente. Pero el de Miguel, que estaba justo al lado, tenía la grupa a la altura de la testuz del de nuestra hija pequeña. Mientras, el mío y la yegua de Lucía intentaban emprender la marcha en direcciones opuestas.
Aquel retrato ecuestre estaba a punto de inmortalizar nuestro desorden familiar.
—No queremos foto —dije. Y seguí—. Mejor salimos ya, quiero que los guías sujeten las riendas. —Temía que uno de los caballos saliera al galope, fuera de control.
—¿Hemos venido hasta aquí y ahora no quieres tu foto de postal? —bromeó Miguel. Las niñas rieron a la vez, como siempre que él es hiriente conmigo y gracioso al mismo tiempo.
Sin escucharme, Juan Cal-los empezó a tirar, no solo de las riendas, sino también de las colas de los caballos, moviendo a los animales como si fueran las piezas de un tío vivo, hasta conseguir la pose que buscaba.
—¿No les harán daño? —preguntó nuestra hija mayor.
—Si se colocan de una vez para la foto, no —aclaró su padre.
—No quiero que les hagan daño —insistió Lucía.
Juan Cal-los les arreó algunos tirones más hasta colocarlos en línea. Y por fin consiguió la imagen perfecta de la familia blanca, orgullosa y erguida en medio de un bosque que parecía nuestro.
Después, Juan Cal-los guardó la imagen en su carrete sin enseñárnosla. Y nunca volvimos a verla.
—Mis caballos son mansos —había asegurado la dueña del rancho cuando pagamos por la excursión—. Muy mansos, ya verán.
Más tarde supe que, la mayoría de las veces, ella no conocía a los caballos que alquilaba, pues además de una docena de su propiedad se dedicaba a ofrecer cualquier animal que un vecino quisiera rentabilizar. Tenía que hacerlo así para recibir las ayudas de turismo sostenible que mantenían la única forma de vida de la comunidad. Aquellos animales eran valiosos porque ganaban subvenciones. En cambio, los hombres, tal y como ella nos había explicado, eran gratis.
Llevábamos muy poco tiempo avanzando al paso cuando el paisaje empezó a cerrarse y volverse salvaje. Olía a tierra quemada por el sol, aunque el sendero se adentró en un bosque húmedo y cerrado. De repente, la naturaleza lo ocupó todo con su caos. Finísimas redes vegetales se extendieron en todas las direcciones como hilitos invisibles de una tela de araña. A nuestro alrededor, el mundo entero se fundió en un paisaje indescifrable y enmarañado capaz de producir una belleza distinta, ordenada por una única regla: la ausencia absoluta de reglas.
De un paso a otro la tierra se secó a nuestros pies y el sendero se convirtió en una trocha semivertical, con un suelo de roca removida, imposible para los animales y muy complicado para los muchachos. Julia iba la primera, subida a una yegua zaina que empezó a trotar descontrolada, a saltos entre los peñascos, alejándose del grupo y de su guía. Se me escapó un grito que asustó a mi caballo y el joven de las chanclas corrió tras ella llamando al animal a gritos, que hizo caso omiso de su nombre.
Cuando por fin la alcanzó, se agarró de la cola con fuerza hasta parar a la yegua en seco. El animal gimió de dolor.
Mientras tanto, nuestros caballos jadeaban sin aliento por el esfuerzo. Su respiración se había vuelto agitada y cada vez más intensa. Supe que me había subido a un animal dispuesto a morir en el intento. Pasara lo que pasara, mi caballo no se detendría. Solo quería llegar al final de los riscos, de la cuesta, del esfuerzo conocido, del deber. Su impotencia me recordó la mía. Los animales jadeaban cada vez más rápido y cada vez más alto, mientras se esforzaban para no tropezar, para no desplomarse, para no dejarnos caer. Mientras tanto, los hombres caminaban a nuestros pies a saltos entre las piedras, en silencio. Y nosotros teníamos que soportar su sufrimiento y admirar la belleza del paisaje al mismo tiempo.
—¿Cuánto va a durar esto? —Quise saber.
—Cuarenta minutos, una hora máximo —respondió Juan Cal—los.
Antes de salir nos hablaron de una travesía de veinticinco minutos de ida, de caballos mansos y un sendero fácil.
Miré a los tres hombres. Parecían más fuertes dentro del bosque. La naturaleza salvaje hacía que su juventud me pareciera ahora peligrosa, impredecible y descontrolada como los animales que pretendían guiar. Observé a mis hijas en medio del bosque, a Miguel a caballo con sus gafas Persol de pasta, su gorra de centro comercial apenas usada y la mochila que compró para las excursiones. Me pareció que seguía sentado en su silla de empleado, tan confiado en la seguridad de su nómina y protegido por sus privilegios, que no era capaz de ver lo que estaba pasando. Deseé tener a mi lado a un hombre fuerte, una bestia capaz de asegurar que nadie nos haría daño. Deseé que Miguel pudiera someter a los tres jóvenes negros con sus manos, que tuviera el valor de enfrentarse. Deseé haber elegido a un hombre valiente.
Cerré los ojos y me agarré al asa de la montura con fuerza. Solo quería desaparecer, convertirme en un peso muerto, dejar de sentir el dolor del animal latiendo contra mi carne.
La semana anterior habíamos visitado Santo Domingo en uno de los márgenes de la ciudad, vimos la pobreza desnuda de miles de personas. Habíamos tomado el teleférico en Gualey para recorrer desde el cielo kilómetros de barriadas de chabolas. A falta de carreteras y caminos transitables, el teleférico es una buena manera de comunicar las zonas marginadas con el mundo exterior. Las cabinas flotantes se han convertido además en un reclamo turístico para hacer el tour de la pobreza.
La ruta es circular y puede hacerse completa sin despedirse en ningún momento de la seguridad de la cabina.
—¿Son peligrosas las personas pobres? —preguntó Julia cuando le explicamos que no podríamos bajar.
—Solo mirar y volver al hotel —había dicho Miguel.
—Sí Ju, claro que lo son. Y tú lo serías también si fueses pobre —contestó sin inmutarse Lucía.
—La injusticia es peligrosa, no las personas —corregí yo.
Atravesamos las riberas turbias del río, los manglares, las montañas de plástico y escombros, el campo de béisbol, también un enorme colegio y millares de azoteas con ropa tendida al sol. La mayoría de las veces no hay tendales y las prendas parecen desmayadas sobre las azoteas, como el rastro de fantasmas huidos, de niños que lograron salir de allí. Atravesamos las terrazas superpuestas, los chamizos que hacen de colmado. En algún momento apareció una poza de agua limpia rodeada de latas de refrescos y bolsas de basura, llena de niños descalzos lanzándose en bomba. También llegó a nuestro cubículo la música de merengue, de bachata, los gritos alegres del juego o de las prisas. Los rastros de la vida de los otros se colaron en la cabina como una forma de vida extraterrestre y ajena. Intenté mirar a esas personas sin juzgarlas, sin hacerlas víctimas, como si solo fueran seres humanos en busca de la felicidad. Y cuando no pude más, cerré los ojos.
Deseé no sentir nada, ser un peso muerto, desaparecer, dejar de sentir el sufrimiento mientras contemplaba aquel mundo. Es difícil abrir los ojos sin que te invada el dolor de otras personas.
No sé si debí enseñar algo así a mis hijas.
Aquella noche, en el hotel, cenamos chillo frito y linguine de centollo. Nunca antes habíamos probado el chillo, un pescado autóctono del que la camarera se mostró tan orgullosa como si lo hubiera pescado ella misma. Compartimos mousse de cacao, chinola y coco y pagamos cinco mil pesos.
Las niñas estaban impactadas por lo que habían visto, agradecidas por haber nacido en otra parte del mundo, seguras por una vez de que ser nuestras hijas era una suerte. Una suerte que les hacía creer que ellas, en su lugar, sabrían rebelarse contra su destino.
—¿Por qué no hacen nada? —protestó Julia en la cena—. ¿Por qué no hicimos nada? Podíamos haber bajado y preguntar si necesitaban ayuda.
—Bajar hubiera sido muy peligroso, pero podemos intentar ayudar desde Madrid —resolví.
—Las personas no son peligrosas —insistió ella.
—Los perros tampoco son peligrosos —siguió Miguel—. Pero los perros callejeros, cuando tienen hambre, cuando nadie los ha cuidado, se vuelven agresivos.
—Por eso es mejor no acercarse —añadió mi hija mayor con una crueldad que me pareció heredada.
—Las personas no son perros —protesté.
—Entonces ¿por qué no hemos bajado? —insistió Julia. Y esta vez me miró solo a mí esperando una respuesta que no pude darle.
Una vez leí que es más fácil torturar a una mosca que a un gato, porque la mosca no emite sonido después del dolor, la mosca no se queja. Por eso tantos niños arrancan las alas de los insectos, pero solo los psicópatas son capaces de cortarle la cola a un gato.
—Quiero bajar —anunció mi hija mayor. Y sentenció—. Esto es maltrato. Los caballos están sufriendo.
—Creo que debemos volver —supliqué a mi marido. Había sido una mala idea, me había equivocado. Estaba dispuesta a pedir perdón. Pero era hora de terminar.
Los tres hombres pararon a los animales. Cristo, que es como se llamaba el joven de los pantalones de chándal, agarró las colas de los caballos de Lucía y Miguel. Él, Juan Cal-los y el chaval de las chanclas, que lideraba la expedición junto a Julia, se miraron en un triángulo de silencio. Sudaban perlas como lágrimas, pero, a diferencia de los caballos, no jadeaban.
—Mi hija no quiere dañar al caballo —expliqué desde la distancia de mi montura—. Nos dijeron que se tardaría menos, que el camino era bueno, que los animales eran mansos.
—Luego el camino es mejol —aseguró Juan Cal—los, que parecía interesado en que siguiéramos adelante.
—Tengo miedo, confesé.
Cuando me di la vuelta, el chaval que llevaba la rienda del caballo de Lucía, la estaba agarrando por la cintura. Lucía llevaba unos shorts con estampado tropical y un top de crochet que dejaba su cintura al aire. Ahora las manos del hombre estaban alrededor de su cintura y la larga melena de mi hija acariciaba sus dedos. Lucía cogió con suavidad las riendas y empezó a caminar entre el animal, que dejó inmediatamente de jadear, y el desconocido que yo le había puesto al lado. Deseé que aquel hombre no se acercara, que no se le ocurriera volver a rozar su piel con sus manos.
Julia, al frente de la expedición, gritó que no tenía miedo y golpeó con sus deportivas la panza de su yegua para iniciar el paso. Su guía la dejó marchar y la siguió con la mirada.
Miguel bajó de su caballo en silencio y me clavó la mirada para gritarme.
Es algo que nos pasa desde hace mucho tiempo. Cuando se enfada me grita en silencio porque sabe que puedo oír sus pensamientos. Son demasiados años juntos. Esta vez sus reproches resonaron en mi cabeza como si fueran el mismísimo zumbido del bosque.
Sal detrás de Julia, corre. ¿Qué haces ahí parada? ¿No ves que está sola en un bosque salvaje con un desconocido? Yo me quedo con Lucía. Date prisa, maldita sea. A Julia podría picarle una avispa. Sabes que podría entrar en shock en un instante. ¿Has traído la inyección de adrenalina? ¿Te has olvidado la inyección? No me jodas que te has olvidado lo único importante. ¿Qué es lo que te pasa? Y no tienes ni idea de dónde está la cascada. Ni siquiera sabemos por qué estamos aquí. ¿Por qué nos pones a todos en peligro por un maldito salto de agua? Son todos iguales. No hemos visto un solo turista desde que salimos. Esto no me gusta. Nunca me ha gustado.
—Juan Cal-los, corre —ordené en voz alta—. No quiero que mi hija vaya sola.
—Ella es muy valiente —dijo él.
—Tiene nueve años —protesté.
De un momento a otro todos estábamos desperdigados por el bosque y ningún miembro de mi familia estaba a la vista. Julia desapareció al doblar una curva y hacía rato que Lucía y Miguel se quedaron demasiado atrás. Estábamos solos Juan Cal-los y yo. Mi familia se había convertido en parte del desordenado paisaje y cada uno de nosotros era necesario para no romper con la precaria armonía del caos.
«Hubiera sido una buena mujer si alguien hubiera estado a punto de dispararle cada minuto de su vida», dijo El Inadaptado. Y yo subrayé la frase de Flannery O’Connor en mi sofá de lectura, en mi casa, en otra vida, muy lejos de aquí. Recordé la cita nada más preguntarme si iban armados. Observé la camisa holgada de Juan Cal-los por encima de los pantalones. Todo en ellos era un misterio mientras que nuestra fragilidad había sido descubierta.
—¿Falta mucho? Dime la verdad —supliqué.
—Vamo a taldal aún. Ta lejos.
—Pero dijisteis que estaba cerca.
—Taldamos polque su marío y su hija no dejan que sus caballos den golpe.
Estábamos quietos esperándolos en lo más alto del camino. Miguel y Lucía habían mantenido la norma de bajarse del animal en los tramos difíciles y montar solo en los senderos llanos.
—Aquí está bacano el paisaje. Fíjese en los cocoteros, los cafetos, los mangos, ta chulo —me dijo.
Pero yo no había visto un cafeto en mi vida. Era la clase de persona que se bebe el café al otro lado del mundo, pero nunca ha visto su flor ni sus frutos rojos como cerezas. Juan Cal-los señaló un pequeño arbusto y yo asentí. No reconocía ninguna planta, no era capaz de nombrar un solo árbol, ni una flor. Solo podía distinguir un verdor terrible y amorfo y algunas palmeras, el único árbol que podía reconocer.
Miguel apareció por fin en el sendero sobre su caballo. Lucía iba tras él, tensa y atenta, practicando de forma evidente la monta inglesa que había aprendido en sus clases de equitación. El joven que la guiaba contemplaba su porte con una mirada indescifrable. No sabría decir si estaba llena de pureza o de peligro, solo que la vida real no deja espacio alguno para la teoría.
Miguel agarraba las riendas con una sola mano y llevaba la otra en la cintura, como si fuera el protagonista de un wéstern. Era evidente que se había metido en su papel, que sentía su poder sobre el animal y sobre los hombres negros que caminaban a sus pies. Miguel había dejado atrás su silla de oficina y montaba ahora sobre su aventura vaquera con aires de indiano, como un auténtico conquistador.
Mi marido empezaba por fin a pasárselo bien. ¿Cómo podía disfrutar en un momento así?
Esa forma suya de llevarse la mano a la cintura sobre el caballo era la confirmación de que merecíamos ser castigados, por su culpa, por más de quinientos años de hombres como él.
—Mire los cocos —sugirió Juan Cal—los—. Ya falta poco.
La noche antes de la excursión había visto en la televisión nacional un programa titulado «Yo vencí a la brujería». Lo protagonizaban señoras que hablaban de sus experiencias rodeadas de velas rojas. Mujeres tan asustadas en sus pequeños salones como lo estaba yo en aquel bosque. Es el fukú, la maldición, el hechizo, la brujería que acecha a esta tierra. Una terrible amenaza desatada, según cuentan, por Cristóbal Colón, el primero que rompió el balance del cosmos al posar sus colonialistas pies en América.
Me pregunté si los primeros colonizadores sintieron también la amenaza que latía en el bosque y en todas partes desde que aterrizamos aquí.
Juan Cal-los parecía un buen chico, pero podía ser peligroso, podía tener la rabia, como los perros de los que habló Miguel en el hotel.
—Juan Cal-los —dije. Y él miró hacia arriba con atención—. Quiero volver a casa.
—Tató… tató… tató… —suspiró.
¿Quién era en realidad Juan Cal-los? ¿De qué podría ser capaz? Pocas semanas antes de nuestro viaje un niño de dieciocho años había matado a tiros al candidato presidencial ecuatoriano Fernando Villavicencio. En la prensa internacional todo el mundo lo conocía como el sicario Hito, pero la hermana aclaró poco después que estaban cometiendo un error. Ella lo apodó así, de pequeños, porque él se movía en la cama como un gusanito. Ito debía escribirse sin hache.
Me pregunté cómo llamaría su hermana a Juan Cal-los, si ya tenía hijos, cuál había sido su primer trabajo. Deseé que tuviera una identidad a la que agarrarme. Quise preguntarle si se sentía existir, si estaría dispuesto a matarme. Si tenía sentido que lo hiciera.
Llevábamos ya una hora de camino y no habíamos visto a una sola persona. No nos habíamos tropezado con ningún turista, solo nosotros y la sombra oscura sobre la tierra de los jóvenes que nos dirigían cuando un hombre cruzó el sendero con un enorme guacamayo azul y amarillo sobre el hombro. Pasó de largo como una amenaza y continuó su camino campo a través. Pensé en pedirle auxilio. Preguntarle si de verdad había una cascada en las tripas del bosque. No se escuchaba ningún sonido, ningún caudal. Supe que estábamos perdidos.
Juan Cal-los saludó al desconocido en silencio, levantando la barbilla, como si le hiciera una señal.
—Juan Cal-los, por favor, ayúdame —supliqué.
Él se metió la mano en el bolsillo delantero del pantalón, muy despacio. Mantuvo la mano dentro unos segundos y sacó un teléfono móvil con el que me apuntó.
—Es Averly Morillo —dijo mostrándome un vídeo de YouTube. Y pulsó el botón de play para que empezara sonar.
Te esperaré sin manchas
Con vestiduras blancas
Ningún principado
Ni las potestades
Ni armas forjadas
¿Quién podrá?
¿Quién podrá? Nadie
No han prevalecido
Ha caído el enemigo, ha caído, él ha sido vencido
El infierno has vencido, el infierno ha sido derrotado
¿Quién podrá? ¿Quién podrá?
La sentencia divina de aquella canción no dejaba lugar a dudas.
En el nombre de Dios fueron las últimas palabras que el sicario Ito dijo a su abuela.
En la vida, llega un momento en que no queda espacio para el perdón ni hay lugar para las explicaciones. Entendí que no había nada que yo pudiera decir para remediar lo inevitable y permanecí en silencio. Pensé en los pies descalzos de los hombres que nos dirigían frotándose con amor contra los de una hermana, una madre, un amigo.
El día que llegamos a Las Terrenas, una joven local había frotado mis pies con sus manos en el spa del hotel. Lucía y yo nos habíamos quedado semidesnudas, vestidas solo con una braguita de papel, y nos habíamos acomodado en las camillas del cuarto de masajes a la espera de las mujeres que trabajarían para nuestro placer, amasando nuestra carne como si fuera pan. O como si fuéramos su único alimento. Olía a bergamota y a sándalo, las esencias que habíamos elegido para la experiencia, y había muy poca luz en la habitación.
Cuando mi joven masajista empezó a desatarme la contractura de la espalda, me estremecí de dolor.
—¿Le hago daño? —susurró en mi oído con preocupación. Supe que su único deseo era hacerme sentir bien. Y me sentí agradecida.
—No —mentí.
Después su voz volvió a mi nuca dos o tres veces más. ¿Ma fuelte? ¿Ma suave? ¿Ta bien así?
Cuando terminamos nos desplomamos en una de las hamacas azules de la piscina y pedimos dos piñas coladas. En aquel momento me pareció que merecíamos nuestro placer, que nos lo merecíamos por haber pagado por él. Pero, en realidad, una mujer blanca tomando el sol en la piscina de un hotel de cuatro estrellas en República Dominicana no puede ser otra cosa que una forma de la violencia.
En República Dominicana capaz de atravesar los siglos. Así es difícil distinguir el paraíso terrenal y seductor de su naturaleza exuberante del mismísimo infierno.
Pobre Julia. Ella solo entiende de la belleza de los árboles, la firmeza de la mano prieta del hombre que detiene las embestidas de su yegua. Y, sin embargo, ella también es hija de la violencia.
Tenía muchísima sed, pero no saqué el agua de la mochila. Me había rendido. Había entendido que el fukú es una maldición inevitable.
—Hemo llegao —anunció Juan Cal—los cuando mis ingles no aguantaban más sobre el caballo.
No había ninguna cascada a la vista, pero vimos algo mucho mejor que eso: dos personas blancas. Un hombre y una mujer con botas de trekking, pantalones de color beige, gafas de sol, gorras de béisbol, protector solar. Un hombre y una mujer completos, con todo lo necesario para ser reconocibles. Ella llevaba su camiseta anudada al cinturón y tenía la parte de arriba del bikini aún mojada.
—It’s wonderful —nos dijo ella.
Y los dos siguieron su camino.
Juan Cal-los dijo que era hora de abandonar los caballos. Los dejamos atados en un lado del camino y comenzamos a atravesar un sendero largo y profundo. Bajamos cientos de escaleras de madera hasta llegar al mismísimo corazón de la tierra donde, imponente, apareció. Allí estaba, la pared de roca vertical, repleta de vegetación con tonalidades verdes y amarillas, el mismísimo salto del Limón. Tenía ante mí los cincuenta y cinco metros de agua que había venido a buscar, cayendo con una belleza impasible sobre el lago.
Ofrecí agua a los hombres que nos acompañaron y se bebieron toda la que llevábamos.
Miguel me miró con desaprobación.
—Ellos han venido andando —protesté sin preocuparme de si me escuchaban o no.
—Y nosotros hemos traído el agua. Ahora no tenemos para el resto del camino. Ni para las niñas.
Pero nuestras hijas ya estaban en el agua, sumergidas en la espesura verde del lago, donde no podía verse ningún fondo, con las piedras hiriendo sus pies descalzos.
Junto al lago había solo un grupo de turistas más, acompañados también por la sombra de sus guías. Los nuestros se sentaron en un pequeño banco de madera, bajo un árbol, y Juan Cal-los me sugirió que les confiáramos todas nuestras cosas. Las mochilas, el móvil, nuestra ropa.
Así que nos desnudamos ante ellos y les entregamos todas nuestras pertenencias.
—Deme su móvil —pidió Juan Cal—los.
Y yo obedecí. Ya no tenía miedo. Dejé de sentirme en peligro cuando nos cruzamos con el primer turista. Me daba igual si robaban mi teléfono.
Además, estaba a punto de morir de calor, de un desfallecimiento. Había sobrevivido a la historia y la enorme cascada se ofrecía como una promesa pacífica donde sumergirse.
Una vez en el agua, nadé hasta la catarata y allí debajo, escondida entre las rocas tras los ensordecedores chorros de agua, observé la vida estallar como la pólvora de una guerra.
La creación se desplomaba sobre mí mientras Juan Cal-los me hacía fotos desde la orilla y yo sonreía, como una idiota. O como si todo pudiera terminar en cualquier momento. O durar un minuto más.
El hombre del guacamayo apareció de repente. Llegó por un sendero distinto al que nosotros habíamos elegido y ofreció a las niñas la posibilidad de hacerse fotos con el loro.
Lucía aceptó y se dejó fotografiar con el ave sobre sus hombros, en sus brazos, con las alas abiertas de un pájaro amaestrado pegadas a sus hombros. Juan Cal-los disparó y yo pagué.
—¿Cuál es la mejor propina que te han dado en tu vida? —le pregunté desde mi caballo mientras volvíamos al rancho.
—Treciento dolare —aseguró. Y supe que estaba mintiendo.
—¿Y la más pequeña?
—Alguno no pagan na.
—¿Nada después de este camino?
—E polque no acetan que somo grati.
—¿Por qué no?
—Creen q han pagao a la doña pol toda la excursión, pero ella no nos da na.
Cuando llegamos pedí a Miguel trescientos dólares para los chicos, cien para cada uno.
—A ti te pasa algo, tú no estás bien. Cien dólares a cada uno. ¿Pero quién te crees que eres?
—¿Cuánto cobrarías tú por un trabajo como el suyo?
—Cien para los tres y punto. Y si tanto quieres ayudarles, sería mejor no pagarles. Es la única forma de que su jefa se vea obligada a ponerles un sueldo.
No dije nada más. Nuestra discusión, como todas las que nos hacían verdadero daño, estalló en silencio.
¿En serio me estás proponiendo no pagarles?, me escuché gritar furiosa. Y reconocí la violencia de su voz en mi pensamiento, toda esa superioridad con la que me habla por dentro, como si estuviera dispuesto a llevar un caballo entre las piernas todos los días de su vida. O como si yo fuera ese caballo.
—Solo te digo —sentenció en alto— que las buenas intenciones de personas como tú están arruinando el mundo.
Y su frase se convirtió en el eco de otra amenaza. «No te fíes de las personas». «No te fíes de las buenas personas».
Nunca te fíes de mí, pensé.