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pedro escamilla

entre un pavo y un besugo (es)

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Era el día 24 de diciembre, del año… mil ochocientos y tantos, un año cualquiera, puesto que nada influye en la esencia del hecho.
Ello es que por la fecha habréis adivinado que se trataba de la Nochebuena, única noche del año que recibe oficialmente tal calificativo, por más que para muchos no lo sea.
Aquella mañana había recibido yo dos invitaciones para cenar.
Mi tía Mónica me esperaba a las once con un besugo, y su hermano, mi tío Pablo, con un pavo.
Debo advertiros que estos dos hermanos eran una antítesis uno de otro, y que vivían separados desde tiempo inmemorial por no poder aguantarse.
La clase de cena que ambos me preparaban os lo explicará perfectamente; mientras mi tía optaba por la pesca, mi tío se dedicaba a las aves.
Solo habían coincidido en la hora, precisamente porque no lo sabían, pues cualquiera de los dos hubiera sido capaz de aplazarla, estando sentado a la mesa, hasta el 24 de diciembre del siguiente año.
Yo no sabía hacia qué lado inclinarme, ni a quién contentar en la imposibilidad de dividirme en dos; alguno había de quedar descontento.
Mi galantería para con los demás me hizo elegir el besugo de la tía Mónica, aun cuando fuese más suculento el pavo.
Una vez decidido, esperé a que llegase la noche, preparando en mi interior algo que pudiese servirme de disculpa con mi buen tío.
Desde luego no me libraba de una fuerte reprimenda, así que supiese que había ido a cenar con su hermana; esta se encargaría de hacérselo saber, nada más que por mortificarle.
Pero casos análogos me habían acostumbrado ya a aquellas desazones fraternales, que no me hacían gran mella.
Después de vestirme convenientemente, decidí pasar en un teatro cualquiera las primeras horas de la noche, esperando que sonara la de la cena.
El encuentro casual y sucesivo con dos amigos me lo impidió, y no me pareció ya oportuno entrar en un teatro para estar breves momentos, y con la función empezada, yo que, desde pequeño, he contraído la costumbre de ocupar mi localidad antes de que enciendan las baterías del escenario.
Cediendo a los recuerdos de mi infancia, decidí, en mal hora, dirigirme a Santa Cruz y la Plaza, para dar un vistazo a los nacimientos y puestos de zambombas y panderetas.
En otro tiempo hacía yo aquella excursión por la tarde en compañía de mi madre, que me compraba césped, velas y candilejas para el nacimiento, donde después se cantaban a coro alegres villancicos, al compás de los primitivos y poco armónicos instrumentos, que no han variado ni variarán de forma.
Estaba yo entregado a mis melancólicos recuerdos, en presencia de aquel mesonero tradicional que, asomado a la ventana con el candil en la mano, niega bárbaramente su albergue a San José y a la Virgen, cuando sentí que me tocaban en la espalda, y que una voz, nada alegre para lo que se acostumbra en tal noche, me preguntaba:
—¿Sabe usted de Sisebuto?
La que me dirigía aquella pregunta era una antigua patrona, casada con un viejo verde, un tanto cuanto aficionado a las muchachas bonitas, afición disculpable, porque su mujer había sido fea toda su vida, desmintiendo aquel sabido refrán que se refiere a los quince años.
Parece que el tal don Sisebuto había salido de su casa aquella tarde a las tres, con el propósito de comprar un nacimiento a su primogénito, siendo verdaderamente chocante que a las diez de la noche no hubiera dado cuenta de su persona.
La desconsolada esposa, imaginándose toda clase de catástrofes, había salido en su busca, dirigiéndose a Santa Cruz, donde tuvo la candidez de ir preguntando por su marido de puesto en puesto, como si don Sisebuto fuese uno de esos personajes a quienes por su importancia conoce todo el mundo.
Como es natural, nadie le dio razón de su paradero, y en tal ocasión tuve yo la mala suerte de que tropezase conmigo.
Siempre en la inteligencia de algún siniestro, se colgó de mi brazo, haciéndome que la acompañase a todas las casas de socorro y a todas la prevenciones; pero nadie tenía noticias de semejante sujeto; por esta parte podía estar tranquila, pues todo indicaba que el esposo no había sido víctima de ningún accidente desagradable.
Después de aquella peregrinación, visitamos la casa de media docena de amigos, donde había alguna probabilidad de que estuviese.
Pero el bueno de don Sisebuto debía haberse hecho invisible aquella noche, porque nadie daba razón de él, con lo cual crecía la aflicción de su esposa, que ya no sabía cómo explicarse tan larga e injustificada ausencia.
A todo esto eran cerca de las once; mi tía Mónica estaría esperándome con el besugo y el mazapán.
Yo aconsejé a aquella mujer que se retirase a su casa, donde era probable que estuviese ya su Sisebuto cantando villancicos y pastorelas.
Estaba ya próximo a conseguirlo, cuando un heraldo del mal, encarnado en el portero de la casa, a quien encontramos, aseguró haber visto a don Sisebuto en el café de Numancia.
¡Qué horror!
Nos encontrábamos entonces en la plazuela de los Afligidos, es decir, teníamos que andar cerca de una legua para llegar al café.
En vano traté de disuadirla de aquel viaje, manifestando que el dicho del portero no merecía gran fe porque iba muy sofocado, a pesar del frío, y su paso no era muy seguro.
La mujer no quiso escucharme y me obligó a acompañarla, porque no estaba bien que una señora anduviese sola por la calle a tales horas, ni menos que entrase en un café.
Yo estaba dado a todos los diablos, porque eran ya cerca de las once y media; para abreviar la distancia, quise tomar una berlina, pero la maldita vieja se negó a entrar, porque tampoco estaba bien que fuese sola con un joven en un carruaje, como si alguien fuese capaz…
Lo único que encontraba muy puesto en el orden era impedir que cenase con mi tía.
—Ya que no quieres aceptar lo que te propongo, voy a darte un buen jabón —decía yo entre mí.
Efectivamente, empezamos a galopar como caballos de carrera; al cuarto de hora, aquella mujer, jadeante y sin alientos, declaró que no podía seguirme.
En efecto, un poco más de vapor, y reventaba la máquina.
¿Por qué se me había ocurrido ir aquella noche a Santa Cruz?
Llegamos al café de Numancia, y lo reconocimos de arriba abajo, llamando la atención de todo el mundo el aspecto y las exclamaciones de mi compañera.
El portero, sin duda, había visto visiones sugeridas por su embriaguez.
Tomamos hacia la plazuela de Antón Martín, y la mujer se empeñó en que entrásemos en el café de Zaragoza, porque sin duda se había propuesto que recorriésemos todos los cafés como habíamos recorrido todas las casas de socorro.
Allí tuvimos precisión de sentarnos y descansar; yo pedí una botella de cerveza y ella… ¡no sé qué!, de buena gana le hubiera dado la extremaunción.
De pronto exhaló una especie de rugido que debió resonar en la catedral de Burgos; levantose, y extendiendo el brazo derecho para señalar, derribó el sombrero de un caballero que cayó en la ponchera que había en una mesa inmediata.
Todo el mundo tenía fija la vista en nosotros, y a un silencio sepulcral siguieron estentóreas carcajadas.
Siguiendo la dirección de aquel brazo, vi cerca de la escalera que conduce al billar, a don Sisebuto engulléndose una tortilla, en compañía de una rubia, bastante agraciada; el dúo parecía animarse, gracias a una botella de vino, que estaba ya medio vacía.
Don Sisebuto era acaso el único que no se había fijado en nosotros; en aquel momento ofrecía a su compañera con el tenedor una rodaja de salchichón.
¡Ni aun tenían el pudor de guardar la vigilia!
La mujer de don Sisebuto, viendo que con sus ademanes no lograba fijar la atención de su esposo, adoptó un sistema de avisos algo más enérgico, y asiendo la botella de cerveza la disparó, aunque no con la fuerza bastante para que llegase a su destino a causa de la distancia, yendo a caer sobre una bandeja que llevaba un camarero llena de tazas y vasos, y rociando al paso a las personas más próximas.
Aquello pareció ser la señal de la batalla; el camarero se vio aporreado por las personas sobre quienes dejara caer la bandeja; a su vez, se defendía, sacudiendo a los que no se habían metido en nada; la mujer de don Sisebuto, en el colmo del coraje, saltó por encima de un velador, cayendo sobre el culpable esposo y su rubia compañera.
¿Qué pasó allí?
No lo sé.
Oí ruido de cacharros que se rompían, gritos, imprecaciones, golpes dados y recibidos, voces pidiendo socorro…
Cuando pude darme cuenta de todo, me vi apoyado en la fuente de la plazuela.
En aquel momento daba la una de la mañana el reloj de San Juan de Dios.
¡Qué hora para acudir a casa de mi tía!
Entre un pavo y un besugo, tuve que acostarme aquella noche sin cenar.
¡Y luego llaman noche buena a la noche del veinticuatro de diciembre!
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