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philip josé farmer

las ruinas de mi cerebro (es)

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I
1 de junio de 1980
Son las 11 de la noche y tengo miedo de acostarme. No soy yo solo. Todo el mundo tiene miedo de dormir.
Esta mañana me levanté a las 6.30, como cada miércoles. Mientras me afeitaba y tomaba una ducha, meditaba sobre el caso del Estado de Illinois contra Josep Lankers, acusado de asesinato. Empezaba a apestar como si se tratase de un pescado con más de tres días. Sin duda mi testigo estelar sería acusado de perjurio.
Me vestí, bajé y di los buenos días a Carole con un beso. Me sirvió una taza de café y me dijo: «El periódico no ha llegado aún.»
Esto me puso de mal humor. Necesito tanto el café como el periódico de la mañana para ponerme en marcha.
Dos veces durante el desayuno, me levanté de la mesa y miré al exterior. Ni el periódico ni el repartidor aparecían por parte alguna.
A las siete, Carole subió a las habitaciones para despertar a Mike y a Tom, que tienen, respectivamente, diez y ocho años. Los sábados y los domingos se levantan temprano, a pesar de que me gustaría que permanecieran acostados para evitar que sus correteos me despertasen. Los días que deben ir al colegio tienen que ser materialmente arrancados de la cama.
La tercera vez que me asomé a la puerta, Joe Gale, el repartidor, estaba a la puerta de al lado. Mi periódico estaba en el descansillo de la escalera.
Me sentí tan desorientado como si me hubiese equivocado de sala en el Palacio de Justicia o como si el juez hubiese condenado a la pena capital a un ratero cliente mío.
Me sentía desconectado del mundo. No podía ser que fuera domingo. ¿Pero, qué hacía allí el ejemplar del domingo con su portada en colores ilustrando la sección de humorismo? Hoy era miércoles.
Salí para recogerlo y vi a la anciana Sra. Douglas, mi vecina de la puerta izquierda. Miraba la portada del periódico como si no pudiera creerlo.
El mundo se reestructura dentro de las líneas de la polarización. Mi pánico inicial se desvaneció. Pensé que en esta ocasión el Star se había pasado. En realidad, esto ocurre por confiar demasiado en las computadoras. Un pequeño cortocircuito, y el periódico del miércoles aparece con el formato del domingo.
El turno del Star debió decidir dejarlo pasar, ya que era demasiado tarde para rectificar el error.
—¡Buenos días, Sra. Douglas! —dije—. Dígame, ¿qué día es hoy?»
—Veintiocho de mayo —respondió—. Pienso...
Salí al patio y llamé a Joe. De mala gana, dio vuelta al manillar de su bicicleta y se vino hacia mí.
—¿Qué es esto? —dije, agitando el periódico—. Los del Star han perdido un tornillo, supongo.
—No lo sé, Sr. Franham —dijo él—. Ninguno de nosotros lo sabe, a decir verdad.
Por «nosotros» se refería, con toda seguridad, a los otros muchachos con los que se reunía por la mañana a la salida del periódico.
—Todos pensábamos que era miércoles. Por eso he llegado tarde. No podíamos comprender lo que ocurría; pasamos un buen rato discutiendo y entonces Bill Ambers llamó a la oficina. Gates, que es el jefe de distribución, estaba tan desconcertado como nosotros. La cabeza le daba vueltas. Los componentes del turno de noche se habían dormido durante un par de horas, y algún gracioso había estado trasteando con la computadora...
—¿Esto es lo que ocurrió? —dije. Me sentí aliviado.
Cuando entré, saqué los periódicos de los cuatro últimos días. Me senté en el sofá y les di un vistazo.
El titular del miércoles decía: UN OBJETO MISTERIOSO EN LA ÓRBITA DE LA TIERRA.
Me acordaba de los artículos del martes que informaban de que un objeto grande, de forma esférica, avanzaba hacia un punto entre la tierra y la luna. Se había detectado hacía tres semanas, cuando atravesaba el llamado cinturón de los asteroides. En aquel momento Viajaba aproximadamente a 57.000 kilómetros por hora, en relación con el sol. Posteriormente su velocidad se había reducido, había cambiado de sentido varias veces y era obvio que, de no cambiar de rumbo otra vez, se acercaba a la tierra.
En el momento en que se encontraba a dos millones de kilómetros de distancia, el radar había podido determinar su tamaño y su forma, pero no el material de que estaba compuesto. Era perfectamente esférico y tenía exactamente un diámetro de medio kilómetro. No reflejaba mucha luz. Dado que había cambiado su rumbo con tanta frecuencia, tenía que ser artificial. Manos extrañas, o extrañas artes, lo habían construido.
Recordé el pánico y el gran número de artículos exaltados que aparecieron en la prensa y en las revistas, así como los programas especiales de TV, a altas horas de la noche, para discutir sobre su trascendencia.
Todos los esfuerzos por obtener respuesta, tanto a las señales de radio como a las procedentes de los rayos láser enviados desde la Tierra, habían fracasado. Muchos científicos dijeron que probablemente no contenía pasajeros vivientes. Debía ser de origen interestelar. Los seres sensibles de algún planeta, que giraba alrededor de alguna estrella, lo habían enviado, dotado de un equipo automático de determinadas características. Ningún ser podía vivir lo suficiente para viajar de una estrella a otra. Se tardaría más de cuatro años en ir de la estrella más cercana a la tierra, incluso aunque el objeto pudiese viajar a la velocidad de la luz, y esto era imposible. Aun la velocidad de un dieciseisavo de la luz, parecía increíble, dada la ingente cantidad de energía que se precisa. No, este objeto había sido lanzado con instrumentos electromecánicos a bordo, sin pasajeros; había alcanzado su velocidad máxima, reducido su potencia y avanzaba por su propia gravedad, hasta situarse al borde de nuestro sistema solar.
Según los expertos, le era imposible aterrizar a causa de su tamaño y de su peso. Probablemente, se trataba de una nave de reconocimiento, la cual, después de haber tomado algunas fotografías y haber hecho algunos barridos de radar y de rayos láser, se pondría en marcha hacia su punto de destino regresando, probablemente, hacia la órbita del planeta del que procedía.
II
El pasado miércoles por la noche, el presidente nos había dicho que no teníamos nada que temer. Y trató de terminar con una nota optimista. Por lo menos, esto es lo que decía el periódico del miércoles. Los seres que habían enviado La Bola deben estar más avanzados que nosotros y deben tener muchos adelantos que poder traspasarnos. Y nosotros podemos aportarles, también, contribuciones provechosas. ¿Cuáles?, pensé.
En la segunda página figuraban algunas fotografías de La Bola, tomadas desde uno de los laboratorios espaciales. Tenía el aspecto de una gigantesca bola negra de billar. Un «comic» de la TV sugirió que en la otra cara, a lo mejor, llevaba un enorme 8, pintado en blanco. Puede que el pasado miércoles pensase que todo esto era gracioso, pero ahora no lo creía así. Me parecía muy probable que La Bola tuviera relación con la pérdida de memoria de aquellos cuatro días. ¿Cómo?, no tenía ni la más mínima idea.
Conecté el canal de noticias de las 7.30, pero no aclararon mucho, exceptuando el hecho de que a todas las personas en todo el mundo les había ocurrido lo mismo. Incluso se habían visto afectados los que se encontraban en las minas de diamantes más profundas o en los submarinos. El presidente estaba en una reunión, pero, en el transcurso de hoy, haría una declaración a la cadena de emisoras. Entretanto, se supo que no se había detectado ningún tipo de radiación emanante de La Bola. No había prueba alguna de que el objeto fuese el causante de la pérdida de memoria. O, como los locutores la denominaban en su jerga, la «memopérdida.»
Soy abogado, y me gusta pensar con lógica, no solamente sobre lo que ha pasado sino sobre lo que podría pasar. Así hice una extrapolación sobre la base de las escasas pruebas, o datos, de que se disponía.
El día primero de junio, domingo, nos levantamos sin memoria retrospectiva de los días 31 al 28 de mayo. Pensamos que ayer era veintisiete y que esta mañana era la del día veintiocho.
Si La Bola era la causante de este suceso, ¿por qué había borrado solamente cuatro días de nuestra memoria? No lo sabía. Nadie lo sabía. Pero quizá La Bola, es decir, sus meca-mismos, tenían un alcance limitado. Quizá no podían arrancar, a la vez, más de cuatro días de la memoria de todos los habitantes de la Tierra.
Supongamos que éste es el caso. ¿Qué ocurre si lo mismo pasa mañana? Nos levantaremos mañana, 2 de junio, habiendo perdido todos los recuerdos de ayer, día 1 de junio, y los de otros tres días de mayo, del veintisiete al veinticinco. Ocho días de un solo golpe.
Y si este suceso fantasmagórico ocurre el día siguiente, 3 de junio, perderemos otros cuatro días. Todos los recuerdos del día 2 de junio desaparecerán. Con ello se desvanecerán los de otros tres días más, desde el veinticuatro de mayo al veintidós. ¡Doce días, contando hacia atrás, a partir del 2 de junio!
¿Y mañana? El día 3 se perderá, también, junto con el 21 de mayo hasta el 19 de mayo. Dieciséis días totalmente en blanco. ¿Y mañana?, ¿y el otro?
No, este pensamiento es demasiado espantoso y demasiado fantástico. Mientras estábamos mirando la TV, Carole y los chicos me asediaron a preguntas. Ella estaba fuera de sí. Los chicos parecía que disfrutaban con el misterio. Se habían despertado esperando ir a la escuela y ahora tenían fiesta.
A todas sus preguntas, yo respondía: «No lo sé. Nadie lo sabe.»
No iba a asustarles con mis extrapolaciones. Además, ni yo mismo me las creía.
—Vale más que llames a la oficina y les digas que no puedes ir hoy —dijo Carole—. Seguramente el juez Payne aplazará la sesión de hoy
—Carole, es domingo, no miércoles, ¿recuerdas? —dije.
Lloró unos minutos. Después que se hubo secado las lágrimas, dijo:
—¡Eso es, no me acuerdo! ¿Dios mío, qué ocurre?
Los tele-informadores comunicaron también que la Casa Blanca estaba inundada de telegramas y de llamadas telefónicas pidiendo que se lanzasen cohetes contra La Bola dotados de una cabeza nuclear. Los programas especiales, que se transmitían después de las noticias, se dedicaban a La Bola. Fueron presentados por varias autoridades científicas, militares, eclesiásticas y autores de ciencia-ficción. Ninguno de ellos irradiaba confianza, pero todos estuvieron moderados en su modo de enfocar el problema. Supongo que habían sido escogidos por su sentido común. La red de emisoras evitó a los impulsivos y a los que se les sube la sangre a la cabeza.
Pero Anel Robertson, convencido representante de una secta cuyos miembros creen en la curación por la fe, había declarado, a través de su propia estación de radio y TV que La Bola era el juicio de Dios para un planeta pecador. Era el Ángel Exterminador. Lo supe a través de la Sra. Douglas, la cual, si bien no era una fanática, era una verdadera entusiasta, que me telefoneó para decirme que conectase el programa. Robertson había hablado durante una hora, dijo, e iba a seguir hablando durante todo el día.
Su voz sonaba como asustada, pero, por debajo de su temor, había una nota de alegría. Sin duda, ella no pensaba que cuando llegasen las postrimerías se había de encontrar entre las cabras, sino que se encontraría, de buen seguro, entre los más blancos corderos. Finalmente, mi curiosidad sobrepasó mi desagrado hacia Robertson. Sintonicé el canal correcto, pero no apareció más que la carta de ajuste.
A última hora de hoy me enteré de que su estación había sido clausurada por alguna infracción de las normas de la FCC. Por lo menos, ésta fue la explicación que se dio en las noticias; pero sospecho que el Gobierno le consideró como un charlatán histérico.
A las once, Carole me recordó que era domingo y que, si no nos dábamos prisa, perderíamos el servicio dominical.
La iglesia presbiteriana de Forrest Hill cuenta con una buena asistencia, pero su amplio aparcamiento ha sido siempre suficiente para todos. Esta mañana, sin embargo, hemos tenido que aparcar dos manzanas más arriba y bajar andando a la iglesia. Todos los asientos estaban ocupados. Tuvimos que permanecer de pie en el vestíbulo de la entrada principal. La multitud temblaba de miedo. Sus caras estaban pálidas e inanimadas; sus ojos, agrandados. El aire acondicionado no lograba desvanecer el calor y la humedad de aquel hato de cuerpos sudorosos. El coro sonaba con fuerza, pero trémulo; la canción «Roca de los Tiempos» se desmoronaba.
En otra ocasión, el Dr. Boynton hubiese preparado su sermón el sábado por la tarde, como solía hacer; pero hoy hablaba de forma improvisada. Quizá, dijo, esta pérdida de memoria ha sido causada por La Bola. Quizás albergaba seres vivos que nos habían despojado de cuatro días, no como un movimiento hostil, sino sólo para demostrar sus inmensos poderes. No había razón alguna para esperar que hubiésemos de sufrir otra pérdida de memoria. Estos seres solamente deseaban mostrarnos que éramos infinitamente inferiores en cuanto a nivel científico y que no podíamos lanzar un ataque contra ellos, con posibilidades de éxito.
«¿Qué diablos hace? —pensé—. ¿Trata de hacernos morir de miedo?»
Boynton se apresuró a decir que seres dotados de tales poderes no serían ni podían ser hostiles. Estarían en un plano ético demasiado elevado para males tales como la guerra, a menos que se les atacase, naturalmente. Nos considerarían como a seres que no han progresado aún hasta su nivel, pero que tienen un potencial, el potencial que les ha dado Dios para ser educados y avanzar hacia un plano superior. Estaba seguro de que, cuando se pusiesen en contacto con nosotros, nos dirían que todo fue para nuestro bien.
Nos dirían que debíamos convertirnos en verdaderos cristianos, tanto si nos gustaba como si no. Al menos, debemos todos: budistas, mahometanos, etc., ser cristianos en espíritu, sea cual sea nuestra religión o falta de creencia. Ellos nos habrían de enseñar cómo vivir como hermanos, cómo ser felices, cómo amar de verdad. Sin duda, Dios había mandado La Bola, ya que nada ocurre sin su conocimiento y su consentimiento. Él había enviado a estos seres, quienesquiera que fuesen, no como Ángeles Exterminadores sino como Dispensadores de la Paz, del Amor y de la Prosperidad.
Esta última palabra, con una P mayúscula y sonora, pareció aquietar a la mayor parte de la congregación. Boynton no había olvidado que la mayoría de sus fieles eran hombres de negocios y profesionales libres. Ni tampoco había olvidado la inscripción que figuraba en el arco sobre la puerta de entrada, que decía: PROSPERAN LOS QUE TE AMAN.
III
La tarde era calurosa y despejada, como suelen ser en el mes de junio. Levanté la mirada hacia el cielo, pero, naturalmente, no vi ninguna Bola. Los medios informativos habían dicho que, a pesar de la gran distancia a que se encontraba de la Tierra, daba la vuelta a la misma cada sesenta y cinco minutos. No se movía en una órbita de caída libre. Aplicaba una fuerza continua para mantener su dirección, aunque no se detectaban emanaciones de energía procedentes de ella.
La pérdida de memoria había ocurrido en todo el mundo entre la 1 y las 2 de la madrugada. Aquellos que no estaban ya dormidos se durmieron durante un mínimo de una hora. Naturalmente, se produjeron cientos de miles de accidentes. Los aviones que no funcionaban con piloto automático se estrellaron, los trenes chocaron o descarrilaron, los barcos se hundieron y más de doscientas mil personas habían muerto o habían sido gravemente heridas. Al menos, un millón de conductores de vehículos y sus pasajeros resultaron heridos. Los servicios de ambulancia y de hospitales eran incapaces de manejar la situación. El hecho de que su personal había estado dormido durante un lapso mínimo de una hora y que habían tardado algún tiempo en recuperarse de la confusión al despertarse, había agravado la situación considerablemente. Muchos de los que habían muerto se hubieran salvado si se hubiese dispuesto de asistencia inmediata.
Hubo también muchos incendios, los de mayor magnitud proseguían con toda su fuerza en Tokio, Atenas, Napóles, Harlem y Baltimore.
Pensé, ¿seres en un plano ético tan elevado nos hubiesen adormecido, sabiendo que tantas personas iban a morir o a resultar tan mal heridas?
Un hecho curioso acaeció a dos guardabosques que habían estado conduciendo una manada de elefantes en Kenia. Mientras dormían, fueron muertos por aplastamiento. Sea la que fuere la causa de todo esto, es muy específica. Solamente se ven afectados los seres humanos.
El optimismo que Boynton nos había transmitido en la iglesia se derritió con el sol. Muchos deben haber estado pensando como yo que, si las palabras de Boynton eran proféticas, no teníamos salvación.
Fuera cual fuese la decisión de los sujetos de La Bola, tanto si eran seres vivientes o instrumentos mecánicos, sobre lo que iban a hacer para nosotros, o con nosotros, el caso es que habíamos dejado de ser dueños de nuestro propio destino. Algunos deben haber estado pensando acerca de lo que los blancos, con una tecnología superior, habían hecho a varias culturas aborígenes. Todo en nombre del progreso y de Dios.
Pero esto debería ser, debe ser, diferente, pensé. Boynton debe tener razón. Seguramente un pueblo tan avanzado no sería como éramos nosotros. Incluso nosotros no somos lo que éramos en aquellos oscuros tiempos. Hemos aprendido.
Pero, a pesar de todo, una avanzada tecnología no va acompañada, necesariamente, de una ética avanzada.
—O lo que fuere —murmuré.
—¿Qué dijiste, querido? —dijo Carole.
Yo dije, «Nada», y aparté su mano de mi brazo. Se había asido a mí durante todo el servicio dominical, como si yo fuera la roca de los tiempos. Me fui andando a ver al juez Payne, que tiene sesenta años y esta mañana parecía que tuviese ochenta. Las innumerables venillas rotas de su cara eran rojas, pero por debajo de las mismas aparecía un color grisáceo.
Le saludé y después le pregunté si las cosas se habrían normalizado al día siguiente. No parecía entender el • significado de mi pregunta, por lo que le dije:
—¿El juicio empezará puntualmente mañana?
—Ah sí, el juicio —dijo—. Claro, Mark. —Rió en tono lastimero y dijo—: Con tal de que todos no nos hayamos olvidado de hoy cuando despertemos mañana.
Esto parecía increíble, y así se lo dije.
—No son las Universidades de Derecho las que hacen buenos abogados —dijo—. Es la experiencia. Y la experiencia nos dice que las mismas malditas cosas, con variaciones insignificantes, ocurren una y otra vez, día tras día. Así, ¿qué le hace pensar que esta maldita cosa no volverá a ocurrir? Y si vuelve a ocurrir, ¿qué va a aprender del suceso si no puede recordarlo?»
Yo no tenía ningún argumento lógico y él no quería hablar más. Agarró a su esposa por el brazo, y rodearon a la multitud como si pensasen que iban a poner el pie en el agujero de una alcantarilla e iban a ser ahogados en un mar de cuerpos.
Por la tarde, decidí grabar en una cinta magnetofónica todo lo que había ocurrido hoy. Ahora me acuesto para dormir, ruego al Señor que me conserve la memoria, si olvido mientras duermo...
La mayor parte del resto del día de hoy la he pasado delante del televisor. Carole pasó horas tratando de hablar por teléfono con sus amigas. Tres cuartas partes de las veces recibió señal de que comunicaban. Hubo avisos en la televisión pidiendo a la gente que no empleasen el teléfono excepto en casos de emergencia, pero ella no hizo caso hasta las ocho aproximadamente. Una nota de TV, transmitida por sexta vez en una hora, pedía que las líneas se mantuvieran libres. Unos veinte fuegos se hablan propagado en toda la ciudad, y los bomberos no habían podido ser informados a causa de! bloqueo de las líneas. Lo mismo ocurrió con las llamadas a los hospitales.
Le dije a Carole que dejase el teléfono, y nos peleamos. Nuestra histeria reprimida se desató y los niños se retiraron arriba, a su habitación, y cerraron la puerta.
Al cabo de un rato, Carole empezó a llorar y se echó en mis brazos, y después yo me puse a llorar. Nos besamos e hicimos las paces. Los muchachos bajaron y nos miraban como si les hubiésemos engañado; lo que, evidentemente, habíamos hecho. Para ellos, ya no era una divertida aventura de ciencia-ficción.
Mike dijo:
—Papá, ¿podrías ayudarme a repasar las lecciones de aritmética?
Yo no tenía ganas, pero quería disculparme por la incómoda escena anterior. Dije que sí y, después, cuando vi lo que tenía que hacer, dije:
—Pero, ¿qué es todo esto? ¿Qué le pasa a vuestro profesor? Nunca vi tanto...
Callé. Naturalmente, había olvidado lodo lo que había aprendido en los tres últimos días de escuela. Tenía que estudiar las lecciones de nuevo.
Esto nos llevó hasta las once, aunque hubiésemos podido haber ido más rápidos si yo no hubiese insistido en ver las noticias cada media hora, durante diez minutos por lo menos. Pasamos media hora escuchando al Presidente, que apareció a las 9.30. No tenía nada que añadir a lo que el informador había dicho, excepto que, dentro de treinta días, el asunto de La Bola estaría completamente liquidado de una u otra forma. Si no daba respuesta alguna a nuestras señales en el transcurso de dos días, enviaríamos una expedición de cuatro hombres, para explorar La Bola. Si pueden entrar, pensé.
—Sin embargo, si La Bola comete cualquier otro acto hostil, los Estados Unidos lanzarán inmediatamente, junto con otras naciones, cohetes armados con bombas-H.
Mientras tanto, ¿quieren unirse al Presidente en una oración de intención internacional? Claro que sí.
A las once, pusimos a los chicos a dormir. Tom se durmió antes de que hubiésemos salido de la habitación. Pero una media hora más tarde, cuando pasé por su puerta, oí su televisor, que sonaba bajito. No dije nada a Mike, aunque tuviese que ir al colegio al día siguiente.
A las doce, grabé la primera parte de esta cinta. Es la una menos un minuto de la mañana. Si lo mismo que ocurrió ayer sucede esta noche, el hemisferio del lado noche se verá afectado primero. La gente en la zona horaria correspondiente a la bisectriz entre los océanos del Atlántico Norte y Sur, que cubre la mitad este de Groenlandia, se dormirán. En previsión de que esto ocurriese de nuevo, los aviones no han despegado. En estos precisos momentos, la televisión muestra el puente y el salón del trasatlántico «Pax». Son las cinco, allí, pero el salón está lleno. Los pasajeros llevan som-breritos de verbena y lanzan confeti, y hay globos flotando por doquier. No sé qué pueden estar celebrando. El capitán dijo hace un rato que el barco estaba dirigido por medio del niloto automático, pero que no esperaba que se repitiese el hecho de la noche pasada. El entrevistador dijo que los gobiernos de las naciones de la zona diurna no habían conseguido mantener a la gente en casa. Recibimos imágenes de todas partes, las sirenas suenan quejumbrosas en todo el mundo; pero, excepto en las naciones con regímenes totalitarios, las calles del mundo diurno están llenas de coches. Los condenados locos no creen que vuelva a ocurrir.
Vuelta al puente y al salón del barco. ¡Dios mío! ¡Se están durmiendo!
Los locutores repiten consejos. «Que todos permanezcan acostados para que no sufran heridas al caer. Asegúrense de que todos los utensilios domésticos que puedan provocar un fuego se hallen desconectados. Etcétera, etcétera...»
Estoy sentado en una silla- con el respaldo inclinado hacia atrás. Carole está en el sofá.
Ahora, yo estoy en el sofá. Carole dijo que quería estar apoyada contra mí cuando aconteciese este horrible suceso.
Los locutores se ponen histéricos. Dentro de pocos minutos, llegará a Nueva York. La mitad este de Sudamérica está bajo sus efectos. La parte Central lo va a estar en breve.
IV
Fecha real: 2 de junio de 1980. Fecha subjetiva: 25 de mayo de 1980.
¡Dios mío! ¿Cuántas veces habré dicho, «¡Dios mío!», en los dos últimos días?
Me desperté en el sofá, al lado de Carole y de Mike. El reloj señalaba las tres de la mañana. Chris Turner estaba en la pantalla del televisor. No sabía de qué estaba hablando. Todo lo que pude comprender fue que trataba de tranquilizar a los telespectadores asegurándoles que todo estaba bien y que todo se explicaría dentro de breve plazo.
¿Qué hacía en el sofá? Me había ido a la cama alrededor de las once de la noche del sábado día 24 de mayo. Carole y yo habíamos tenido una pequeña discusión porque yo me había pasado todo el día trabajando en el caso Lankers y ella decía que le había prometido llevarla a ver Nova Express, y así lo hubiese hecho si hubiese terminado mi trabajo antes de las ocho, lo que era evidente que no había ocurrido. Así, ¿qué hacíamos en el sofá, de dónde había venido Mike, y qué quería decir Turner cuando afirmaba que hoy era el día 2 de junio?
El magnetofón estaba sobre la mesa, a mi lado, pero no se me ocurrió ponerlo en marcha.
Sacudí ligeramente a Carole para que se despertase, y de forma confusa nos preguntamos qué había ocurrido. Finalmente la voz insistente de Turner captó nuestra atención, y nos explicó la situación por quinta vez. Más tarde dijo que un despertador colocado cerca de su oído le había despertado a las dos y media.
Carole hizo café y nos bebimos cuatro tazas cada uno. Hablábamos sin ton ni son, precipitadamente, con pausas ocasionales para escuchar a Turner, antes de que estuviésemos medio convencidos de que, en realidad, habíamos perdido la memoria de los ocho últimos días. Mike seguía durmiendo y finalmente le llevé a la cama. Su televisor estaba aún encendido. Nate Frobisher, el locutor favorito de Mike, estaba hablando de forma histérica. Le hice callar y me volví abajo. Más tarde calculé que Mike se había asustado y había bajado a sentarse con nosotros.
El alba nos encontró releyendo los periódicos del día 24 de mayo al 1 de junio. Era como oír las noticias de Marte. Carole se tomó un tranquilizante para calmarse, pero yo preferí un whisky. Después de echarme la cantidad suficiente como para preparar tres vasos, Carole me dijo que no siguiese bebiendo porque no estaría bien para acudir al trabajo. Le contesté que sí pensaba que alguien iba a trabajar hoy es que estaba fuera de su sano juicio.
A las siete, salí para recoger el periódico. No estaba allí. A las ocho menos cuarto, Joe lo entregó. Traté de hablarle, pero no quiso parar. Todo lo que dijo, mientras pedaleaba con fuerza, fue: «¡No es sábado!»
Volví a entrar, la portada entera estaba dedicada a La Bola y a los acontecimientos de aquella mañana hasta las cuatro. Parte del periódico había sido compuesto antes de la una. Según un aviso de pie de página, el personal se había despertado alrededor de las tres. Tardaron una hora en desperezarse y después reunieron las últimas noticias y compusieron la portada y parte de la sección C. No hubiesen podido hacerlo en el tiempo que lo hicieron si no hubiese sido por la computadora, que imprimió los textos correctos partiendo de una entrada de datos verbal.
A pesar de lo que he dicho anteriormente, decidí ir a trabajar. Primero, tuve que poner en orden a los muchachos. A las diez salieron hacia el colegio. Me parecía que era inútil que lo hicieran. Pero estaban ansiosos por hablar con sus compañeros sobre la situación. A decir verdad, yo quería ir a la oficina y al juzgado por el mismo motivo. Quería comentar la situación con mis colegas. Permanecer en casa todo el día con Ca-role me parecía una pérdida de tiempo. Decíamos lo mismo una y otra vez.
Carole no quería que me marchase. Estaba demasiado asustada para permanecer en casa sola. Tanto sus padres como los míos han fallecido, pero tiene una hermana que vive en Hannak, una pequeña ciudad cercana. Le dije que le sentaría bien salir de casa. Y yo tenía que ir al juzgado. No podía averiguar lo que ocurría allí porque las líneas estaban bloqueadas. Cuando salí para entrar en el coche, Carole se precipitó hacia mí. Su largo pelo rubio estaba despeinado; tenía grandes bolsas bajo sus ojos; parecía una bruja. —¡Mark! ¡Mark! —dijo.
Aparté el dedo del botón de arranque y le dije: —¿Qué ocurre?
—Sé que pensarás que estoy loca, Mark —dijo—. Pero estoy a punto de caerme a pedazos. —Y, ¿quién no lo está? —dije.
—Mark —dijo ella—, ¿qué pasa si voy a casa de mí hermana y después me olvido de volver? ¿Qué pasa si te olvido?
—Esto sólo ocurre por la noche —dije.
—¡Hasta ahora! —exclamó—, ¡hasta ahora!
—Amor —dije—. Regresaré pronto. Te lo prometo. Si no quieres ir, quédate aquí. Ve y habla con la Sra. Knight. Veo que mira por la ventana. Estará de cháchara contigo todo el día, si quieres.
No le dije que visitase a ninguna de sus mejores amigas, porque no las tenía. Su mejor amiga había muerto de cáncer el año pasado, y otras dos con las que tenía buena relación se habían mudado.
—Si vas a casa de tu hermana —le dije—, haz una señal en un mapa para acordarte de dónde vives y pégalo en el salpicadero, donde puedas verlo.
—Hijo de la gran perra —dijo—. ¡No te fastidia!
—No te estoy fastidiando —dije—. Es que tengo el presentimiento...
—¿De qué? —dijo ella.
—Bien, pronto tendremos que escribirnos notas a nosotros mismos, si esto va en aumento —dije.
Yo mismo pensé que estaba bromeando. Pero, pensándolo más tarde, me di cuenta de que es la única manera de orientarse por la mañana. Bien, si no la única manera, la mejor manera de ponerse en marcha al despertar. Ponga una nota donde tenga que verla forzosamente y le dirá que ponga en marcha una grabación, la cual, a su vez, resumirá la situación. Después, conectará la televisión y recibirá más información.
Hubiera sido mejor que me hubiese quedado en casa. Solamente apareció la mitad del personal en el juzgado y su ineficacia era total. El juez Payne no estaba y ya no estaría nunca más. Sufrió un ataque mortal a las seis, cuando escuchaba la televisión. Walter Barbindale, mi socio, dijo que probablemente el juez hubiese sufrido el ataque un día u otro, en un breve plazo. Pero, sin duda, esta situación debe haberlo precipitado.
—El mercado de la Bolsa está a punto de tocar fondo —dijo—. Otro día como éste, y tendremos otra depresión mundial que hará que la de mil novecientos veintinueve parezca un juego. Y no puedo ni ponerme al habla con mi corredor de Bolsa para decirle que lo venda todo.
—Si todo el mundo vende, el mercado se hundirá —dije. —¿Dependes de los valores? —dijo.
—He estado demasiado ocupado para pensar en ello —dije—. Podría decirse que me he olvidado. —Esto no tiene ninguna gracia —dijo.
—Esto es lo que dijo mi esposa —contesté—. Pero yo no trato de ser gracioso, aunque Dios sabe que podría soltar una buena carcajada. Bien, ¿qué vas a hacer con el caso Lankers?
—Revisé algunos expedientes —dijo—. No tenemos ninguna posibilidad. Te digo que fue un golpe enterarse por segunda vez, aunque no recuerdo la primera, que nuestro testigo principal está en la cárcel acusado de perjurio.
Dado que en el palacio de justicia todo era un caos, no tenía demasiada utilidad tratar de averiguar quién iba a ser el nuevo juez en el próximo juicio de Lankers. A decir verdad, no me importaba mucho. Había cosas mucho más importantes que preocuparse por el destino de un asesino que, sin duda, era culpable.
Me fui al Bar de Grover Rover, que está a una manzana del palacio de justicia. Como un aparte para mi referencia o para quienquiera que pueda escuchar esta grabación algún día, ¿por qué me cuento cosas que sé perfectamente bien, como la situación del Bar Grover? Quizá porque pienso que un día puedo olvidarlo.
Por lo menos, recordaba bien al Bar de Grover, ya que iba allí desde que abrió, hace cinco años. El aire estaba denso con el humo del tabaco, de los pucheros, del olor del cocido, de la cerveza y de las borracheras. Y también era ruidoso. Todo el mundo hablaba de prisa y en voz alta, como es de esperar en un lugar lleno de miembros de la profesión legal. Me adelanté hacia el bar e invité al fiscal del distrito a un trago de Wild Turkey. Hablamos de lo que habíamos hecho por la mañana, y me contó que acababa de soltar a dos ladrones. Les habían cogido y encarcelado hacía dos días. Naturalmente, los policías que les habían arrestado habían llenado sus informes. Pero esto no iba a ser suficiente cuando llegase el juicio. Ni los ladrones, ni las víctimas, recordaban nada acerca del caso.
—También —dijo el fiscal del distrito—, a las dos y diez de esta mañana. Ja Policía recibió una llamada de la Taberna «Black Shadow» de la calle Washington. No llegaron allí hasta las tres treinta porque estaban demasiado desorientados para actuar durante una hora. Cuando llegaron a la taberna, encontraron a un hombre muerto. Le habían golpeado de mala manera y apuñalado en el estómago. Naturalmente, nadie recordaba nada. Pero, por lo que pudimos deducir juntos, el muerto debió meterse en una reyerta de borrachos con una o varias personas poco antes de la una de la madrugada. Treinta personas deben haber sido testigos del asesinato. Así, hoy tenemos un asesino o varios andando por las calles que ni siquiera recuerdan el asesinato o nada que lo hubiese podido provocar.
—Podían saber que eran culpables si lo hubiesen estado planificando durante largo tiempo —dije.
Sonrió burlonamente y dijo:
—Pero él, o ellos, no se lo dirán a nadie. Nadie, excepto el cadáver, tenía sangre, ni tenía los nudillos contusionados. Dos fueron arrestados por llevar «saps»; pero, ¿eso qué? Pronto estarán fuera, y nadie, nadie, podrá probar que utilizaron los «saps». El cuchillo estaba a medio clavar en el vientre del cadáver y sus esfuerzos por arrancárselo habían destruido todas las huellas.
V
Comimos y bebimos mucho, y de pronto ya eran las seis de la tarde. Yo no estaba en condiciones para conducir y tenía el sentido suficiente para saberlo. Traté de llamar a Ca-role para que viniese a recogerme, pero no pude conseguir línea. A las 6.30 y a las 7.00 probé de nuevo, sin éxito. Decidí coger un taxi. Pero, después de otro trago, probé otra vez y en esta ocasión cogí línea.
—¿Dónde has estado? —dijo ella—. Llamé a tu oficina, pero nadie contestó. Estuve a punto de llamar a la Policía.
—Como si ellos no tuvieran bastante que hacer —dije—. ¿Cuándo volviste a casa?
—Te estás escabullendo —dijo fríamente.
Repetí la pregunta.
—Hace dos horas —dijo.
—Las líneas estaban ocupadas —dije—. Intenté llamarte.
—Sabes lo asustada que estaba, y ni siquiera te importó —dijo ella.
—¿Puedo impedir que el fiscal del distrito insista en hablar de trabajo en el Bar de Grover? —dije—. Además, trataba de olvidar.
—¿Olvidar qué? —dijo ella.
—Lo que fuere lo he olvidado —dije.
—¡Animal! —gritó—. ¡Coge un taxi! —y colgó el teléfono.
No hizo una escena cuando llegué a casa. Supongo que había decidido mostrarse tranquila por los chicos. Estaba bebiendo un gin-tonic cuando entré, y dijo en un tono uniforme.
—Tomarás un café; y al cabo de un rato puedes escuchar la cinta que grabaste ayer. Es interesante, pero fantasiosa.
—¿Qué cinta? —dije.
-—Mike estaba jugando con ella —dijo Carole—. Y se dio cuenta de que habías grabado lo que ocurrió ayer.
—¡Qué muchacho! —dije—. Está siempre enredándolo todo. Le dije que no tocase mis cosas. ¿Es que uno no puede tener nada propio aquí?
—Bien, no le digas nada —dijo ella—. Está fuera de sí, por cómo van las cosas. De todas formas, ha sido bueno que la pusiese en marcha. De otra manera, lo hubieses olvidado completamente. Creo que deberías hacer una grabación diaria.
—Así, ¿crees que volverá a ocurrir? —dije.
Se puso a llorar. Tras un momento, la rodeé con los brazos. Sentía, también, ganas de llorar. Pero, me apartó, diciendo:
—¡Apestas a whisky podrido!
—Es porque todo es whisky a granel —dije—. No puedo permitirme el lujo de tomar Wild Turkey a tres dólares el vaso.
Me bebí cuatro tazas de café y masqué unas gambas. Aparte de que tampoco puedo permitirme esto, con un sueldo de cuarenta y cinco mil dólares al año.
Cuando nos fuimos a la cama, hicimos el amor. Después Carole dijo:
—Lo siento, querido, pero mi corazón estaba ausente.
—Eso no era todo —dije.
—Tienes una mente sucia —dijo ella—. Lo que quiero decir es que no pude dejar de pensar, incluso mientras lo estábamos haciendo, que no tenía sentido el hacerlo. Pensé que mañana no lo recordaríamos.
—¿Cuántos recordamos realmente? —dije.
—Sería bueno que no tratases de plasmar tu sueño de niño de llegar a ser predicador —dijo ella—. Has nacido para picapleitos. Serías un mal sacerdote.
—Mira —dije yo—. Recuerdo los que fueron realmente buenos. Y no olvidaré nunca nuestra luna de miel. Pero necesitamos dormir. No hemos tenido ninguno del que merezca hablar durante las últimas veinticuatro horas. Vámonos a dormir y olvidémoslo todo hasta mañana. En cuyo caso...
Me miró fijamente y me dijo:
—¡Pobre, no es extraño que estés tan petulante y belicoso! ¡Es una defensa contra el miedo!
Estampé el puño contra la palma de mi mano y grité:
—¡Lo sé! ¡Lo sé! Por Dios Santo, ¿cuánto tiempo va a durar?
Me fui al cuarto de baño. Mi cara, reflejada en el espejo, me miraba como si quisiera flirtear conmigo. El ojo izquierdo no dejaba de guiñar.
Cuando volví a la cama, Carole me recordó que no había hecho la grabación de hoy. No quería hacerla porque estaba demasiado cansado. Pero la posibilidad de perder el recuerdo de otro día, me aguijoneaba. No; otro día, no, pensé. Si esto acontece mañana, perderé otros cuatro días. Mañana y los tres anteriores al 25 de mayo. Me despertaré el día 3 de junio, pensando que es la mañana del día 22.
Lo estoy grabando abajo, en mi estudio. No querría que Carole oyese algunos de mis comentarios.
Hasta mañana, entonces. No es mañana, sino ayer que no será. Me escribiré una nota y la pegaré en la esquina de la funda de mis gafas.
VI
Fecha real: 3 de junio de 1980
Me desperté pensando que hoy era mi cumpleaños, 22 de mayo.
Me volví en la cama, vi el pedazo de papel prendido en el estuche de las gafas, me puse las gafas y leí la nota.
No me aclaró nada. No recordaba haberla escrito. ¿Y por qué debía ir abajo y poner el magnetofón? Pero lo hice.
Mientras escuchaba a la máquina, mi corazón golpeaba como si fuera el mazo del juez. Mi voz cambiaba de volumen, de forma alternativa. ¿Iba a desmayarme?
Y así, me pasé la mitad del día tratando de recuperar doce días en mi cerebro. No fui a la oficina y los chicos fueron tarde a la escuela. ¿Y qué ocurría con los chicos en la escuela, en la parte diurna de la Tierra? Si se duermen durante la clase de geometría, pongamos por caso, tienen que repetir la misma clase en el mismo día. Y esto hace que se alargue el horario de estudios, o que se acorte. Y, además, está el tiempo que los trabajadores pierden en su trabajo. Tienen que recuperarlo, lo que significa que salen una hora más tarde. Sólo que se necesita más de una hora para recobrarse de la confusión y orientarse. ¡Qué lío ha supuesto! ¡Qué lío supondrá si esto sigue!
A las once, Carole y yo estábamos suficientemente recuperados y preparados para ir al supermercado. Era martes, pero Carole quería que estuviese con ella, por lo que hice lo posible para telefonear a mi secretaria que estaría ausente. Las líneas estaban bloqueadas y dudo de que hubiese acudido al trabajo. Así que lo mandé al diablo.
Generalmente, nuestro supermercado abre a las ocho. Hoy, no. Tuvimos que permanecer en una cola larga, que se iba haciendo cada vez más larga. Las puertas se abrieron a las doce. El director, los dependientes y los aprendices hablan pasado tantos o más apuros que nosotros para ponerse en marcha. Algunos no acudieron y algunos de los camiones que tenían que traer mercancías frescas no aparecieron.
Cuando Carole y yo entramos, los que estaban delante de nosotros se habían llevado la mitad de las existencias. Habían tenido la misma idea que nosotros. Cargar ahora, de forma que no se tuviese que hacer cola tantas veces. La leche fresca se había acabado y en la estantería de la leche en polvo quedaba solamente un bote. Me puse en acción para cogerlo pero algún adolescente me ganó la delantera. Sentí ganas de pegarle, pero, naturalmente, no lo hice.
Los dependientes subieron los precios un 25%, mientras comprábamos. Algunos de los productos fueron vueltos a marcar con nuevas subidas mientras estábamos en la cola de la caja. Desde que entramos hasta que sacamos tres carritos, completamente llenos, pasaron cuatro horas.
Mientras Carole sacaba los comestibles, tomé el coche y me fui a otro supermercado. Allí, la cola tenía una manzana de longitud, y seguro que lo habrían vaciado y cerrado antes de que llegase a la puerta.
Los dos supermercados siguientes y la tienda de alimentación de la esquina no ofrecían mejores perspectivas. Y lo mismo ocurría con las tres bodegas a las que fui. En la cuarta había una cola compuesta por una treintena de hombres. Probé allí. Cuando entré, se había acabado toda la cerveza, lo cual no me importaba en absoluto, pero lo único un poco fuerte que encontré fue un quinto de cazalla. La bebía cuando iba a la universidad, porque no podía permitirme el lujo de comprar nada mejor. Puse semejante pócima junto con dos litros de moscatel barato sobre el mostrador. Era mejor esto que nada, a pesar de que los precios se habían doblado.
Empecé a extender el talón, pero el dependiente me dijo:
—Lo siento, señor. Solamente efectivo.
—¿Qué? —dije.
—¿No se ha enterado, señor? —dijo—. Los Bancos cerraron a las dos de la tarde de hoy.
—¿Los Bancos están cerrados? —dije. Mi voz sonaba estúpida, incluso a mí mismo.
—Sí, señor —dijo él—. Por orden del Gobierno federal. Sólo de forma temporal, señor, al menos esto es lo que dijo la TV. Se volverán a abrir después de que se aclare el lío de la Bolsa.
—Pero... —dije.
—Está hundida —dijo.
—¿Hundida? —repetí automáticamente—. ¿Quieres decir que estamos ante otro Viernes Negro?
—Hoy es martes —dijo.
—Eres demasiado joven para saber a qué me refiero —dije. Y demasiado inculto también, pensé.
—El Presidente va a establecer un sistema de racionamiento —dijo—. Durante el ínterin. Y también un control de precios. Turner lo dijo en la televisión hace una hora. El Presidente lo va a dar a conocer a las seis de la tarde.
Cuando llegué a casa, encontré a Carole frente al televisor. Estaba pálida y con los ojos como dos lunas.
—¡Va a haber otra depresión! —dijo—. Oh, Mark, ¿qué vamos a hacer?
—No lo sé —dije—. No soy el Presidente, ¿sabes? —Y me dejé caer sobre el sofá. Había perdido todas mis ganas de hablar.
Ninguno de los dos, que habíamos nacido en 1945, sabíamos lo que era una Depresión, con D mayúscula; es decir, no la habíamos experimentado personalmente. Pero habíamos oído a nuestros padres, que eran chiquillos cuando ocurrió, hablar acerca de ello. Los padres de Carole habían ido tirando, aunque no de forma boyante, pero mi padre me solía contar que había días que no tenía nada más que mendrugos de pan y que se sentía contento de tenerlos.
El discurso del Presidente en la televisión se ocupó, principalmente, de la depresión, y aseguró que sería temporal. Al final de media hora de charla optimista, reveló que pensaba que la situación no iba a durar.
El Gobierno federal no iba a esperar hasta que los ocupantes de La Bola —si es que los había— se comunicasen con nosotros. Sin duda, La Bola era hostil. Por este motivo, la expedición de reconocimiento se había anulado. Mañana, los EE.UU., la URSS, Francia, Alemania Occidental, Israel, India, Japón y China iban a enviar una armada de cohetes, equipados con bombas-H en sus ojivas. Las órbitas y la orden de combate se habían determinado esta mañana, por medio de computadoras; uno a uno los proyectiles harían la cuenta atrás y harían blanco en La Bola, hasta que ésta estuviera completamente destruida.
—¡Esto debería hacer subir el mercado! —dije.
Y así, después que hube acabado la grabación, me fui a la cama. Mañana seguiremos las instrucciones en las notas, volveremos a escuchar las cintas, releeremos algunas secciones de los periódicos y esperaremos las noticias de la TV. ¡A la porra, el palacio de justicia! De todos modos, no habrá nadie.
Oh, sí. Con toda esta confusión y agitación, todo el mundo, incluso yo, olvidamos que era mi cumpleaños. ¡Espera un minuto! ¡No es mi cumpleaños!
Fecha real: 5 de junio de 1980. Fecha subjetiva: 16 de mayo de 1980.
Me desperté enojado con Carole a causa de la discusión que tuvimos el día anterior. No la del día 4 de junio, naturalmente, sino nuestra pelea del 15 de mayo. Habíamos asistido a una fiesta dada por los Burlingtons, donde conocí a una hermosa artista, Roberta Gardner. Carole pensó que yo le prestaba demasiada- atención, porque se parecía a Myrna. Quizá fue así. Por otra parte, estaba verdaderamente interesado en sus pinturas. Me parecía que tenía un talento genuino. Cuando 11c gamos a casa, Carole se las tuvo conmigo, acusándome de estar todavía enamorado de Myrna. Mis protestas no sirvieron de mucho. Finalmente, le dije que podíamos divorciarnos si no sabía perdonar y olvidar. Salió corriendo de la habitación v durmió en el sofá de abajo.
Naturalmente, no recuerdo qué fue lo que nos reconcilió, pero de alguna forma hicimos las paces, porque de otro modo ya no estaríamos casados.
De todas formas, me levanté decidido a ver a un abogado especialista en divorcios. Sentía náuseas por lo que Mike y Tom tendrían que pasar. Pero sería mejor para ellos evitarles nuestras tremendas peleas. Puedo recordar mis reacciones cuando era adolescente y oía las de mis padres. Fue un alivio, aunque triste, cuando se separaron. Con estos pensamientos, alargué la mano para alcanzar mis gafas. Y encontré la nota. Y con ella, otro viaje a la confusión, a la duda y al horror.
Ahora que el pánico se ha aliviado, en cierta forma, volvemos a estar en el día 18 de mayo. Carole y yo, estamos bastante tranquilos aunque las relaciones están un poco frías.
Ahora es la 1 de la tarde. Vía satélite vemos los misiles japoneses. Acabamos de oír que van a ser lanzados los cohetes chinos y rusos. Cuando las otras naciones envíen los suyos, serán treinta v siete en total.
A las 12.30 de la madrugada del día 5 de junio, no hubo noticias. En este caso, y en contra del proverbio, el no recibir noticias era señal de malas noticias. Pero, ¿qué pudo haber ocurrido? Los locutores no lo dijeron; no hacían más que divagar sobre el tema.
VII
Fecha real: 6 de junio de 1980. Fecha subjetiva: 13 de mayo de 1980.
Mis anotaciones me señalan que esta mañana fue como las otras cuatro. Diablos.
La una. El Presidente, con aspecto de hombre viejo, aunque no tiene más de cuarenta y cuatro años, informó de la catástrofe. Los treinta y siete cohetes explotaron activados por sus propias bombas-H, unas tres mil millas antes de llegar a La Bola. Vimos algunas fotografías obtenidas desde los laboratorios orbitales. No eran muy impresionantes. Naturalmente, no había nubes en forma de hongo, y ni siquiera mucha luz.
La Bola posee armas que no podemos esperar igualar. Y si puede activar nuestras bombas-H en el espacio, podrá hacer también lo mismo con las que se encuentran en la superficie terrestre. ¡Dios mío! ¡Podría destruir toda la vida si se le ocurriese hacerlo!
Al final de la alocución, el Presidente lanzó un hálito de esperanza. Con una débil sonrisa —iba a dar el argumento que debía hacerle ganar los votos decisivos—, dijo que de ninguna manera estaba todo perdido. Un nuevo plan, llamado Proyecto Toro, se estaba preparando en el momento en que él estaba hablando.
Pensé que Toro era un nombre muy castizo en español, pero no lo dije. Tanto Carole como los chicos no hubiesen creído que tenía ninguna gracia y tampoco pensé yo que tenía tanta gracia. De todos modos, pensé, puede que se trate de una palabra japonesa que significa victoria o destrucción, o algo parecido.
Resultó que Toro era el nombre de un asteroide de forma irregular, de 2.413 kilómetros de longitud y 1.600 kilómetros de anchura. Su extraña órbita la calculó en 1972 L. Danielsson del Real Instituto Sueco de Tecnología y W. H. Ip, de la Universidad de California, en San Diego. Toro, según dijo el Presidente, estaba ligado a una órbita resonante con la tierra. Cada vez que Toro se acercaba a la Tierra —«cerca» era algo así como unos 12.6 millones de millas— recogía la energía suficiente, a causa de la repulsión de la Tierra, que le lanzaba al espacio de forma que volvía a efectuar otro recorrido y se acercaba de nuevo.
Pero la órbita era inestable, lo que significaba que la Tierra y Venus se turnaban en el control del asteroide. Durante unos cuantos siglos, la Tierra gobierna a Toro; después, le toca el turno a Venus. La Tierra ha controlado a Toro desde el año de gracia de 1580. Venus tomará el control en el año 2200. La Tierra lo retomará en el año 2350 y Venus lo recobrará en el año 2800.
Me preguntaba a qué conducían todas estas elucubraciones sobre semejante ping-pong celestial. En aquel momento el Presidente dijo que era posible enviar cohetes a Toro. En realidad, el plan requería muchas naves que hicieran constantes viajes de ida y vuelta, transportando piezas de enormes motores de cohetes, que se montarían en Toro. Cuando los motores estuviesen instalados en soportes sólidos y enclavados profundamente, se aplicaría la potencia necesaria para desplazar a Toro de su órbita. Se requerirían muchos viajes con muchos cohetes con cargamentos de combustible y piezas de recambio para los motores. Los motores se quemarán varias veces. Finalmente, sin embargo, el asteroide se colocará en una órbita que le permitirá entrar en colisión directa con La Bola. Los millones de toneladas de roca dura y aceroníquel destruirán a La Bola, convirtiéndola en pura energía.
—Sí —dije en voz alta—, pero, ¿qué impedirá a La Bola cambiar su órbita? Sus instrumentos de control detectarán el asteroide y cambiarán el rumbo; Toro seguirá el suyo, como un tren en un carril.
Éste fue el punto siguiente del discurso del Presidente. El fracaso del ataque nos ha facilitado, al menos, una valiosa información, o, más bien, nos la ha corroborado. La radiación de las bombas-H ha bloqueado e interrumpido todo el control y la observación de los cohetes tanto por radar como por la-ser. En el punto cumbre, los cohetes se cegaron y fue imposible su regulación desde la Tierra. Pero, si las bombas hicieron esto a nuestros instrumentos de control, deben causar el mismo efecto a los de La Bola.
Así, justo antes de que el rumbo de Toro se altere para dirigirlo a la meta final, se enviarán bombas-H alrededor de La Bola. De hecho, se envolverá en una esfera de radiación. Perderá la capacidad de sus instrumentos de control. La Bola tampoco creerá que deba alterar su órbita para evitar a Toro. Habrá calculado que la órbita de Toro no la pone en peligro. Después de que la radiación llene el espacio que la circunda, no podrá ver que Toro está dando una serie de virajes para colocarse en la trayectoria de colisión.
El proyecto va a requerir una inmensa cantidad de materiales y de esfuerzo humano. Los EE.UU. no pueden hacerlo solos; Toro va a ser una tarea completamente internacional. Lo que una nación no pueda aportar, lo aportará otra.
El Presidente terminó con unas cuantas palabras sobre cómo el Proyecto Toro, unido a la situación de la pérdida de memoria, iba a comportar una revisión radical del planteamiento de la economía. Dentro de dos días, va a anunciar las líneas generales de la nueva estructura —no solamente de la política, sino de su estructura—. Su objetivo será el restablecimiento de la prosperidad, dijo, y, al propio tiempo, librar a la sociedad de los innumerables problemas que la infestan a partir de la revolución industrial.
—Bien, pero, ¿cuánto tiempo durará el Proyecto Toro? —dije—. ¿Oh, Señor, cuánto tiempo?
—Seis años —dijo el Presidente, como si me hubiese estado escuchando—. Quizá más tiempo.
¡Seis años!
No le dije a Carole lo que veía venir. Pero no es tonta. Podía imaginar algunas de las cosas que iban a ocurrir en estos seis años, y ninguna de ellas era buena.
Nunca me sentí tan impotente en mi vida, ni ella tampoco. Pero nos tenemos el uno al otro, así que nos cogimos fuertemente durante un rato. El día 18 de mayo no está olvidado, pero carece de importancia. Mike y Tom lloraban, supongo que porque se daban cuenta de que esta muestra de amor significaba algo terrible para todos nosotros. ¡Pobres muchachos! Generalmente, se sienten contrariados por nuestros odios y en aquel momento se sentían contrariados por nuestro amor. Cuando nos dimos cuenta del daño que les hacíamos, tratamos de mostrarnos alegres. Pero no pudimos lograr que sonriesen.
Fecha real: mediados de 1981. Fecha subjetiva: mediados de 1977.
Estoy escribiendo esta parte, ya que hoy no pude encontrar ninguna cinta virgen. Me han dicho que la escasez es sólo temporal. Podría borrar alguna de las viejas *r volverla a emplear, pero sería tanto como perder una parte vital de mí mismo. Y Dios sabe que he perdido bastante.
Nuestra vecina, la Sra. Douglas, murió. Se suicidó, según una anotación mía en el calendario, el día 2 de abril de este año. Nunca habría pensado qué pudiera hacerlo. Pertenecía a la religión de los «fundamentalistas», que creen con tanta firmeza como los catódicos que los suicidas no han de recibir el perdón. Supongo que la conmoción que le causó el fallecimiento de su esposo fue el motivo de que se quitase la vida. Murió el día 2 de abril de 1976. Después de su muerte, tuvo que ser hospitalizada, durante dos semanas, a causa del golpe y del dolor. Carole y yo la invitamos a cenar unas cuantas veces cuando volvió a casa y sólo hablaba de su esposo muerto. Así, presumo que, a medida que regresaba al día de su muerte, el dolor se le hacía cada vez más insoportable. No pudo enfrentarse con la llegada del día en que murió su esposo.
La suya no es la única casa vacía de la manzana. Según mis anotaciones, el mes pasado, Jack Bridger mató a su esposa, a sus tres hijos y a su suegra, y después se suicidó. Nadie sabe el porqué, pero sospecho que no pudo soportar el ver a su hija de tres años convertida en una idiota. Había regresado al día de su nacimiento y quizá más atrás. Había perdido su capacidad de habla y no podía comer por sí sola. Lo raro era que aún podía andar y su potencial intelectivo era alto. Tenía el cerebro de una niña de tres años, completamente desarrollado, pero falto de la experiencia adquirida desde su nacimiento. Habría sido mejor que no hubiese podido andar. Confinada en su cuna, no habría tenido que ser vigilada en todo momento.
El destino de Tom va a ser el de Ana. Ahora habla como un chico de cinco años. Y el. destino de Mike... mi destino... el de Carole... ¡Dios mío! ¡Terminaremos como Ana! No puedo soportar este pensamiento.
Pobre Carole. A ella le toca el trabajo más duro. Estoy fuera parte del día, pero ella tiene que cuidar de dos chicos que, en realidad, tienen cinco y ocho años, respectivamente, y que cada día se van haciendo más jóvenes. No hay descanso para ella porque están siempre en casa. Todas las instituciones dedicadas a la enseñanza están cerradas, excepto por lo que respecta a algunos laboratorios de investigación.
El Presidente dice que el noventa por ciento de nuestra in-dustria va a funcionar por medios cibernéticos. De hecho, todo lo que pueda ser mecanizado lo será. Tiene que serlo casi todo, desde las minas a la carga de equipos y aparatos en los ferrocarriles y a la carga, distribución y almacenamiento de los productos terminados en los puntos centrales de distribución.
¿Son suficientes seis años para todo esto? ¿Y quién lo va a pagar? No importa, dice. El dinero aparecerá. El Presidente es un maldito radical. Se aprovecha de esta situación para imponer sus propias ideas, las cuales, a buen seguro, nunca dio a conocer durante su campaña electoral. A veces me pregunto quién puso La Bola allá arriba. Pero semejante idea es pura paranoia. Por lo menos, este gigantesco proyecto, denominado WPA, da trabajo a todos los que pueden trabajar. El resto disfruta o disfrutará de un salario mínimo garantizado. Muy mínimo, pienso. Pero el Presidente dice que, con el tiempo, todo el mundo tendrá todas sus necesidades, y más, cubiertas, en cuanto a alimentación, vivienda, educación, vestidos, etc. ¡Dice él! Pero, ¿qué ocurrirá si no funciona el Proyecto Toro? ¿Y qué ocurrirá si funciona? ¿Vamos a volver a la vieja economía? ¡Claro que no! Será imposible abandonar todo lo que hayamos conseguido; el nuevo «establishment» se ocupará de ello.
Traté de averiguar dónde vivía Myrna. Estoy haciendo esta gestión en mi oficina, de forma que Carole no pueda encontrarla. La arrío —a Myrna, quiero decir— apasionadamente. Naturalmente, esto ocurrió en el año 1977, pero hoy, en mi interior, es 1977.
Claro está que Carole no lo sabe. Según las cartas y las notas de Myrna, que yo debía haber destruido pero que, gracias a Dios, nunca tuve el valor de hacerlo, Carole nunca había sabido nada de Myrna hasta dos años más tarde. Al menos, esto es lo que dice esta carta de Myrna. Ella estaba fuera, de visita en casa de su hermana, y me escribió en contestación a una carta mía. Una buena idea, porque de otro modo no sabría lo que ocurrió entonces.
Mi razón me dice que me olvide de Myrna. Y así lo haré. He retrocedido en nuestro «affaire», desde nuestra amarga despedida hasta el estado actual en el que me siento muy enamorado de ella. Lo sé, porque acabo de releer las notas de nuestra relación. Se empezó a deteriorar aproximadamente seis meses antes de que se viniese abajo, pero, naturalmente, ahora no siento estas emociones. Y dentro de dos semanas no sentiré nada por ella. Si no recurro a mis notas y a mis grabaciones, ni siquiera recordaré su existencia.
Este pensamiento se me hace intolerable. Tengo que encontrarla, pero hasta ahora no he tenido éxito. Dentro de catorce días, no, de cinco, ya que cada día que vamos avanzando corresponde a tres del pasado, no sentiré ningún deseo de localizarla. Porque no sabré que me hace falta.
No odio a Carole. La amo, pero con el amor frío que dan los muchos años de matrimonio. Myrna hace que me sienta como un muchacho joven de nuevo. Me abrasa. Pero ¿dónde está Myrna?
Fecha real: 30 de octubre de 1981.
Me tropecé con Brackwell Lee, el viejo escritor de historias de misterio. Como la mayoría de escritores que no se han puesto a escribir para la oficina de propaganda del estado, se encuentra en mala situación financiera. Sobrevive con sus derechos de autor, pero para él se acabaron las ediciones originales de libros antiguos, los nuevos coches deportivos, el vino de reserva y las chicas jóvenes. Le serví tres tragos de un whisky a granel, que es el único que se sirve en el Bar de Grove, y escuché las graciosas historias que me contó para pagarme las bebidas. Pero también tuve que escuchar sus historias de infortunio.
Nadie compra libros de ficción ahora. De hecho, nadie compra ya obras largas de ningún tipo. Incluso si eres un lector rápido, y lees una novela en un día, tienes que volver a empezar cada vez que la coges. Escribir para TV, excepto por lo que se refiere a los programas de propaganda, no es una alternativa posible. Los mismos programas se repiten cada día y gustan tanto como ayer o el año pasado. Según mis anotaciones, he visto la graciosa película inicial de la serie «Los Blues del Jabón» cincuenta veces.
Cuando el viejo Lee contó cómo había sido abandonado por las jóvenes, se puso a llorar de forma detestable. Le dije que aquello no decía mucho en su favor ni en el de las chicas. Pero, si no quería sentirse herido, ¿por qué no borró las grabaciones que le recordaban que había sido rechazado?
No quiso hacerlo, aunque no pudo darme ninguna razón lógica del porqué.
—Escucha —dije con la inspiración súbita que produce el alcohol—, ¿por qué no borras las grabaciones antiguas y haces otras nuevas? Describes tus conquistas en detalle. Pensarás que eres el Casanova más grande que jamás haya existido.
—¡Pero no sería verdad! —dijo él.
—¿Tú que eres un escritor de fantasías, dices esto? —dije—. De todas formas, no sabrías que no eran verdad.
—Ya —dijo él—, pero si me entusiasmo y me animo a dirigirme a alguna, me rechazará y volveré a estar en la misma situación en que estaba.
—Déjate una nota que te obligue a leerla a última hora de la noche, pongamos por caso, una hora antes de que La Bola nos obligue a dormir. De esta manera, ni siquiera te sentirás dolido.
George Palmer entró, con aire distraído. Le pregunté cómo iban las cosas.
—Estoy hasta las narices de llevar casos de jóvenes que no pueden obtener el permiso de conducir —dijo— Es verdad que se puede enseñar a conducir a todo el mundo en un día, pero olvidan las lecciones al día siguiente. De todos modos, es la experiencia la que hace a un buen conductor y..., ¿hace falta que explique más? La gente joven quiere tener coche y conduce sea como sea. De ahí que, como seguramente has olvidado, los accidentes de tráfico y las violaciones del código de circulación van en aumento día a día.
—¿Es así? —dije.
—Sí. No ocurren demasiados por la mañana, ya que la mayoría de la gente no va a trabajar hasta el mediodía. Sin embargo, el nuevo sistema de circulación cuidará de evitarlos al máximo, cuando dispongamos de él, por el año 1984 ó 1985.
—¿Qué nuevo sistema de circulación? —dije.
—Ha aparecido en los periódicos —dijo—. Releí algunos de la semana pasada esta mañana. Ahora, la ciudad de Los Ángeles está equipada con un modelo, y funciona tan bien que se va a extender por todo el condado de Los Angeles. Con el tiempo, todas las ciudades del país lo tendrán. Nadie tendrá que andar más de cuatro manzanas para tomar un carril. Este sistema evitará la mitad de la polución del aire y dos tercios de la densidad de tráfico. Naturalmente, su uso será obligatorio y habrá que tener un motivo muy concreto para conducir un coche. Y no quiero ni pensar en el lío tan enorme que va a representar el ingente papeleo que se va a acumular en el juzgado. Pero, después de la forma en que el gobierno ha resuelto el desorden de Los Ángeles, el resto del país acatará las instrucciones.
—¿Cómo conocerá el resto del país la decisión del gobierno, si no se la cuentan? —dije.
—Se la contarán. Cada día —dijo.
—Al final no habrá suficientes horas al día para que los nuevos canales nos cuenten todo lo que necesitamos saber —dije—, E incluso si hubiese suficiente tiempo, tendríamos que pasar todo el día delante del televisor. De esta manera, ¿quién va a hacer el trabajo?
—Cada uno tendrá que especializarse en un tema determinado —dijo—. Tendrán que mirar las noticias que les atañen a ellos y desentenderse del resto.
—¿Y cómo pueden hacer tal cosa si no saben qué les interesa personalmente si no lo ven todo? —dije—. Día tras día.
—Voy a por una bebida —dijo—. El licor es bueno para una cosa. Te hace olvidar lo que tienes miedo de no olvidar.
VIII
Fecha real: finales de 1982. Fecha subjetiva: finales de 1974.
Entró en mi oficina, y me di cuenta al instante de que iba a representar para mí algo más que una simple cliente. Había estado todo el día sufriendo, del «síndrome del espejo», pero su visión me devolvió la confianza. Olvidé la cara de treinta y siete años, que mi mente de veintinueve había visto en el cuarto de baño esta mañana. Es una hermosa mujer, de sólo veintisiete años, tuve problemas para escuchar su historia; todo lo que deseaba hacer era mirarla. Finalmente, comprendí que quería que sacase de la cárcel a su marido acusado de asesinato. Al parecer había estado encerrado desde 1976 (fecha real). Ella quería que volviese a abrir el caso, bajo el nuevo alegato de rehabilitación por regresión.
Se suponía que yo lo sabía, pero tuve que echar un vistazo a mis notas antes de que pudiese decirle qué posibilidades tenía. Bajo las siglas RPR estaba la definición del término y la anotación de qué número de personas había sido puesto en libertad por este motivo. La idea que ampara este proceder es que los criminales no son las mismas personas que eran antes de convertirse en criminales, si han perdido todo el recuerdo del crimen. Podría decirse que han hecho un viaje de regreso a la bondad. Naturalmente, el RPR no se aplica a los criminales empedernidos o a alguien que haya planeado un crimen mucho tiempo antes de haberlo cometido realmente.
Le pregunté por qué quería ayudar a un hombre que había matado a su amante en un ataque de ira cuando se enteró de que le engañaba.
—Le amo —dijo.
Y yo te amo a ti, pensé.
Me entregó unos documentos que sacó de un gran bolso que llevaba. Les eché un vistazo y le dije:
—Pero, ¿usted se divorció de él en 1977?
—Sí, realmente es mi ex marido —dijo—. Pero yo pienso en él como si fuera mi marido.
No hace falta preguntarle el porqué.
—Estudiaré el caso —dije—. Anote que tiene que verme mañana. Entretanto, ¿qué le parece si tomamos un trago en el bar Rover y mientras discutimos acerca de la estrategia?
Así es como todo empezó de nuevo.
Fue una semana más tarde, revisando unas viejas grabaciones, cuando descubrí que era de nuevo. No importa. La amo. También amo a Carole, es decir, a una Carole. Con la que contraje matrimonio hace seis años, es decir, hace seis años en mi recuerdo.
Pero hay la otra Carole, la que existe hoy, la pobre y miserable infeliz que no puede salir de casa hasta que yo llego. Y yo no puedo llegar a casa hasta muy avanzado el día, porque no puedo empezar a trabajar hasta las doce del mediodía. Verdad es que podría llegar a casa más temprano, si no fuera por Myrna. Lo he probado. No hay solución. Tengo que ver a Myrna.
Me digo a mí mismo que soy un bastardo, porque Carole y los niños me necesitan mucho. Tom tiene diez años y se comporta como si tuviera dos. Mike tiene cuatro años, en un cuerpo de doce. Voy de casa de Myrna a una casa de locos, cada día, según mis notas, y cada día es igual al anterior. Que me sienta culpable y me avergüence no sirve de nada. Me esfuerzo; trato de suprimir mi enojo, que nace de mi desesperación, de mi impotencia, de mi culpa y de mi vergüenza. Pero todo bulle y el manicomio se convierte en un infierno. .
Me digo que Carole y los muchachos necesitan toneladas de fortaleza. Se puede estar calmado y tranquilo y, sobre todo, cariñoso. Se pueden manejar los miles de problemas molestos e irritantes que infestan todos los hogares en este mundo en el que disminuye la memoria. Pero, hay que ser un héroe. Porque los héroes reales y las heroínas son los que soportan heroicamente las preocupaciones diarias de la vida, aunque Dios sabe lo mucho que se han multiplicado. No es aquel que una vez en su vida mata un dragón, y se retira, el que es un héroe. Lo es el que cada día mata cucarachas y ratas y no descansa en sus laureles hasta que es un viejo, si es que llega a descansar.
¿De qué estoy hablando? Quizá yo podría manejar los problemas si no fuera por la pérdida de memoria. No puedo sentirme tranquilo porque no puedo acostumbrarme. Todo mi ser, todo mi cuerpo y toda mi mente sienten la misma sacudida, a alto voltaje, cada mañana.
Las compañías de seguros han cancelado todas las pólizas de seguros de todas las personas que tienen menos de doce años. El gobierno contempló la posibilidad de responsabilizarse de dichas pólizas, pero decidió no hacerlo. Sin embargo, se ocupará de los entierros, ya que este servicio es necesario.
Realmente, no creo que muchos niños mueran «por accidente» a causa del dinero de la póliza. La mayoría de los infortunios son simplemente el resultado de la negligencia o de los ataques de furia de los padres.
Me separo de Myrna, de todas formas, lo intento, porque deseo olvidar mi culpa. La amo; pero si no la veo mañana la olvidaré. Pero la veré mañana. Mis notas me dan la certeza de que será así. Y cada día, para mí, amor a primera vista. Es un sentimiento estupendo y ojalá pudiera continuar para siempre.
Si esta noche tuviese las agallas de destruir toda referencia que hiciese mención de ella. Pero no las tendré. El pensamiento de perderla, me produce pánico.
IX
Fecha real: mediados de 1984. Fecha subjetiva: mediados de 1968.
Me sorprendí de que me despertase tan temprano.
Ayer, Carole y yo nos habíamos casado al mediodía. Habíamos ido en nuestro coche hasta este hotel de primera clase, sobre el Lago de Ginebra. Habíamos pasado la mayor parte de nuestro tiempo en la cama, aunque nos levantamos para tomar la cena con champagne. Finalmente, hacia las cuatro de la madrugada, nos dormimos. Por lo tanto, no esperaba despertarme al amanecer. Me di la vuelta para tocar a Carole, preguntándome si estaría muy dormida. Pero no estaba allí.
Se habrá ido al cuarto de baño, pensé. Ahora regresará.
Me incorporé. Mi corazón latía como si acabase de descubrir repentinamente que estaba vivo. Los contornos de la habitación se envolvieron dentro una densa capa de neblina, que venía hacia mí.
La luz del amanecer se filtraba a través de los visillos, pero me había dado cuenta de que el mobiliario no me era familiar. No había estado en este sitio con anterioridad.
Salté de la cama y no me di cuenta de la nota que estaba Prendida en la funda de mis gafas. ¿Cómo iba a darme cuenta si entonces no llevaba gafas?
¡Querida «Carole»! Corrí por un largo pasillo, completamente extraño para mí, pasé ante la puerta del cuarto de baño, que estaba abierta, y entré en una habitación al otro extremo del corredor. Me paré. Era una habitación de niños: literas, banderolas, slogans, fotografías de dos chicos, y posters de caras que nunca había visto, excepto una de Stan Laurel y Oliver Hardy, algunas imágenes de ciencia-ficción y otras de los libros de Tolkien y de Tarzán, algunos libros de texto y una pantalla en la pared. No hubiese sabido que se trataba de un aparato de televisión, si los controles no me hubiesen indicado finalidad.
Nadie había dormido en las literas. Los primeros rayos de sol caían sobre el polvo de la mesa.
Retrocedí hasta el pasillo, volví a mirar dentro del cuarto de baño, aunque sabía que allí no había nadie, vi toallas sucias, ropa interior y calcetines amontonados en un rincón, y me volví corriendo a mi dormitorio. Las cortinas no dejaban entrar suficiente luz, de manera que busqué un interruptor en la pared. No había ninguno, aunque había una placa redonda de latón en el lugar en el que pudiera haber estado el interruptor. Lo toqué y las luces del techo se encendieron.
Nadie había dormido en la parte de la cama de Carole.
El espejo que estaba sobre la cómoda me detuvo y me dejó inmóvil. ¿Quién era ese macilento viejo que me miraba desde mi yo de veintitrés años? Tenía el pelo gris, grandes bolsas debajo de los ojos, rasgos engordados y fofos y una gran cicatriz en la mejilla derecha.
Después de un rato, aturdido aún y tembloroso, cogí un libro de la estantería y lo miré. A tan corta distancia sólo pude averiguar el título, y, cuando lo abrí, la impresión estaba borrosa.
Dejé el libro, Cómo hacer las pequeñas reparaciones en su hogar, y recorrí toda la casa desde el ático hasta el sótano. Varias veces, gemí, «¡Carole! ¡Carole!» Como fuera que no encontré a nadie, me marché de casa y me fui hasta la casa próxima y llamé a la puerta. No contestó nadie, dentro no había luces.
Corrí hasta la próxima casa y traté de despertar a la gente que allí vivía. Pero no había nadie.
Una mujer, desde una casa al otro lado de la calle, me gritó. Corrí hacia ella, mascullando unas palabras. Tenía unos cincuenta años de edad y estaba histérica. Un momento más tarde, un hombre de su edad apareció detrás de ella. Ninguno de los dos me escuchó; me hacían preguntas, las mismas preguntas que yo les hacía. En aquel momento, vi un coche de policía negro y blanco, de un modelo oue me era desconocido y que giraba por la esquina, media manzana más arriba. Corrí hacia él. El coche era tan silencioso que, a pesar de mi estado de pánico, me di cuenta de que estaba accionado por electricidad. Los dos policías llevaban unos uniformes extraños, de un gris plomizo y cascos blancos, rematados con penachos rojos. Sus escarapelas de aluminio tenían la forma de un águila con las alas abiertas.
Más tarde me enteré de que la policía de todo el país había sido federalizada. Estos dos pertenecían al turno de noche y por ello habían tenido tiempo de reorientarse. A pesar de ello, uno de los dos había tenido tantos sobresaltos que el otro le dijo que volviese adentro del coche y descansase durante un rato.
Después que nos hubo calmado, nos preguntó por qué no habíamos escuchado las cintas.
—¿Qué cintas? —dijimos.
—¿Dónde está su dormitorio? —dijo a la pareja.
Le llevaron hasta el dormitorio y puso en marcha un aparato que estaba sobre la mesita de noche.
—Buenos días —dijo una voz. La reconocí como perteneciente al marido—. No se asusten, permanezcan en la cama y escúchenme. Escuchen todo lo que les diga.
El resto era un resumen, bastante largo, de los principales acontecimientos ocurridos desde el primer día en que ocurrió la pérdida de memoria. Finalizaba dirigiendo a los dos hacia un bloc de notas que les informaría de las cosas personales que necesitaban saber, tales como dónde estaban sus puestos de trabajo, cómo podían llegar hasta los mismos, dónde estaban las tiendas de su área de servicio, cómo utilizar sus tarjetas de identidad, etc.
El policía dijo:
—Tenían la grabación conectada para ponerse en marcha a las 6:30, pero se despertaron antes. Suele pasar a menudo.
Me volví, de mala gana, a la casa de la que había salido. Era la mía, pero me sentía como si fuera un extraño. Escuché mis propias grabaciones, dos veces. Después, me puse las gafas y empecé a poner mi vida en orden. El diario «reprise» de «La narración de un viejo-joven náufrago en los abismos del tiempo».
Hoy no he ido a ninguna parte. ¿Por qué iba a hacerlo? No tenía empleo. ¿Quién necesita a un abogado que aún no ha asistido a la Universidad? Me di cuenta de que tenía una solicitud para un puesto en el cuerpo de la policía. El cuerpo de policía se iba haciendo cada vez mayor, pero al mismo tiempo tenía una rotación muy elevada. Mi grabación me decía que al día siguiente tenía que comparecer en el Ayuntamiento para una entrevista.
Si mañana me siento como hoy, y seguramente así será, no tendré ánimos para ir a la entrevista. Estoy demasiado apesadumbrado para hacer otra cosa que no sea permanecer sentado y mirar fijamente, y de vez en cuando levantarme, andar arriba y abajo, como un leopardo enfermo en una jaula construida por el Tiempo. Incluso los calmantes no me han servido de mucho.
He perdido a mi novia el día después de nuestra boda. Y amo a Carole profundamente. íbamos a vivir una vida larga y feliz y habíamos de tener dos niños. Les íbamos a educar en una casa llena de amor.
Pero las grabaciones dicen que el chico mayor se escapó de casa y fue atropellado y muerto por un coche y Carole, en un ataque de angustia y desesperación, mató al chico menor y después se suicidó.
Fueron enterrados en el Cementerio del Valle de La Primavera.
No puedo sentir un dolor retrospectivo por unos extraños llamados Mike y Tom.
Pero Carole, mi querida y alegre Carole, vive en mi mente.
¡Oh, Señor!, ¿por qué no borro todas mis grabaciones? Entonces no sentiría remordimiento por todo lo que he hecho o he dejado de hacer. No sabría lo bastardo que he sido.
¿Por qué no lo hago? Tomar el pasado y despojarse de todas las aflicciones y de todas las culpas, como una serpiente se despoja de su piel. O como la legislatura revoca las leyes antiguas. Toca un botón, llena el cubo de basura y quedas limpio y libre de nuevo, inocente de nuevo. Esto es lo lógico, y yo soy un abogado que se dedica a la lógica.
¿Por qué no? ¿Por qué no?
Pero no puedo. Quizá me gusta sufrir. Me ha gustado infligir daño, y según lo que sé, a los que les gusta infligir daño a los demás, les gusta, inconscientemente, recibirlo.
No, no puede ser. Por lo menos, no todo. Mi razón principal para no deshacerme de las grabaciones es que no quiero perder mi identidad. Una importante parte de mí mismo, de persona única, no está en las neuronas de mi cerebro, al que pertenece, sino en un mecanismo electromecánico o en los trazos de mina de carbón o tinta sobre el papel. La proteína, la carne a la que me debo, no persiste en mí.
Voy de mal en peor, empequeñeciéndome cada vez más, como la bruja malvada sobre la que Dorotea vertía agua. Me convertiré en un charco, en una voz llorosa, desesperada, y después... nada.
¡Dios mío, no he sufrido bastante! Dije que era deudor por la carne y que estoy anotado en Tus libros. ¿Por qué tengo que luchar cada día para no convertirme en un bruto, en un ser sin memoria? ¿Por qué no librarme de esta lucha? Toca el botón, llena el cubo de basura, descarga mi dolor en un caos de líneas magnéticas o de pasta de papel.
El dolor de cada día es suficiente.
No me había dado cuenta, Señor, de lo que quería decir esta frase.
X
Me casaré con Carole dentro de tres días. No, me habré casado. No, me casé. Recuerdo haber leído una serie de tiras cómicas del Krazy Kat, cuando tenía veintiún años. Una de ellas tenía el siguiente titular: REINA EL ESTADO DE COMA. El Condado de los Cocos estaba en la zona de calmas ecuatoriales. Nache, ni Krazy Kat, ni Ignatz Mouse, ni Pupp el Funcionario, nadie tenía fuerza para hacer nada.
Mouse se sentía tan perezoso que ni se acordaba de tirar el ladrillo. Es extraño cómo esta historieta perdura en mi mente. Se me hace extraño pensar que dentro de poco la olvidaré para siempre.
Hoy reina «Coma» en el mundo.
Excepto por lo que respecta al Proyecto Toro, dice la televisión. Y aun éste se encuentra atrasado. Pero la Tierra, Ignatz Mouse, no olvidará tirar el ladrillo; es decir, el asteroide. Pero, mientras Ignatz expresaba su amor, de una forma un tanto perversa, propinándole un porrazo en la cabeza a Kat con el ladrillo, el mundo expresa su odio y su desesperación, tirando a Toro contra La Bola.
Me las arreglé para bajar a la ciudad y acudir a mi cita. Lo hice para evitar volverme loco de dolor. Llegué tarde, pero el jefe Moberly parecía que lo tenía previsto. Casi todo el mundo llega tarde, dijo. Una razón de mi tardanza es que me perdí. Esta zona residencial no era, en 1968, nada más que un bosque al final de la ciudad. No llevo coche y la casa está en medio de una zona con muchas calles zigzagueantes. Tengo un mapa de la zona, pero me lo olvidé. Seguí hacia el este y finalmente llegué a la avenida principal. Era la ruta 98, por la que había paseado muchas veces desde chico. Pero tanto la carretera como las casas a lo largo de ella me eran extrañas. El aeropuerto privado que estaba al otro lado de la carretera había desaparecido y había sido reemplazado por una serie de grandes edificios industriales.
Un gran letrero, cerca de un banco situado bajo un toldo, indicaba el lugar de espera para coger el autobús. El letrero decía que pasaba uno cada diez minutos.
Esperé una hora. Cuando vino, el autobús no era el vehículo totalmente automatizado que prometía el letrero. Lo llevaba un conductor con cara de sueño y en su interior se encontraban diez pasajeros nerviosos. El conductor no me pidió dinero por el billete y yo tampoco se lo ofrecí. Me senté y le observé, al tiempo que echaba vistazos por la ventanilla. No tenía volante. Cuando quería reducir la velocidad del autobús o pararlo empujaba una palanca hacia delante, para acelerarlo, empujaba la palanca hacia atrás. Aparentemente, el autobús seguía un raíl de una sola vía por la mitad del carril derecho. Mis grabaciones me informaron más tarde que tanto el piloto automático como el equipo de apertura de las puertas no habían sido entregados y, probablemente, no iban a serlo durante muchos años, si es qué iban a ser entregados un día u otro. El gran plan destinado a lograr que todo funcionase por medios cibernéticos había fallado. No hay suficientes personas que puedan proporcionar la técnica o la mano de obra. De hecho, todo se ha ido a rodar.
El jefe de policía, Adam Moberly, tiene cincuenta años y parece que tenga sesenta y cinco. Me habló durante quince minutos y después me sometió a un examen físico y a un test de inteligencia. Tres horas después de haber entrado en la estación de policía, ya había prestado mi juramento. Me sugirió que me alojara con otros dos oficiales, uno de los cuales era un viejo veterano de sesenta años, en el hotel que estaba al otro lado de la calle. Si tenía compañía vencería con mayor rapidez la desorientación de cada mañana.
Además, los policías que vivían en la zona central de la ciudad recibían un trato especial en varias cosas, entre las que se incluían los suministros racionados.
Rechacé trasladarme. No podía reivindicar qué mi casa fuese un hogar para mí, pero sentía que era como un lazo de unión con el pasado, quiero decir con el futuro, no, quiero decir con el pasado. Dejarla significaría cortar otra parte de mí mismo.
Fecha real: finales de 1984. Fecha subjetiva: principios de 1967.
Mi madre murió hoy. Es decir, por lo que a mí respecta, murió hoy. Los días que van a transcurrir van a estar llenos de ansiedad y de dolor. Tardó mucho tiempo en morir. Averiguó que tenía cáncer dos semanas después de que muriese mi padre; así, voy a regresar por el camino del dolor por mi madre y después por mi padre, que también estuvo enfermo durante mucho tiempo.
Gracias a Dios no tendré que vivir todos aquellos días, pensé. Solamente un tercio de ellos. Y éstas son las últimas palabras que voy a grabar acerca de su enfermedad.
Pero, ¿cómo puedo dejar de grabarlas si no hago una grabación que me recuerde que no debo hacerlo?
Encontré en mis grabaciones cómo me hice esta enorme cicatriz en la cara. El ex marido de Myrna me acuchilló antes de que le alcanzase con un gran cenicero. Esta vez le llevaron a un hospital para criminales locos, donde murió unos meses más tarde en el fuego que abrasó a todos los prisioneros que se hallaban encerrados en este edificio. No tengo ni la más ligera idea de lo que le ocurrió a Myrna tras aquel hecho. Aparentemente, decidí no grabarlo.
Esta noche me siento mortalmente cansado y, según mis grabaciones, cada noche me encuentro igual. No hay por qué extrañarse, si todos los días son como hoy. Incendios, asesinatos, accidentes y locos. Bebés de catorce años abandonados. Y un departamento de policía que en un noventa por ciento está compuesto por verdaderos reclutas. Las víctimas son llevadas a hospitales en los que las enfermeras tienen escaso entrenamiento y los médicos son, en su mayor parte, vejestorios arrancados de su retiro.
Me voy a la cama pronto, puesto que no son más de las nueve. Estoy tan exhausto que ni siquiera Jayne Mansfield me haría permanecer despierto. Y temo que sea mañana. Además de los motivos usuales de disgusto, tengo uno que apenas puedo apartar del pensamiento.
Mañana mi memoria pasará por el día que conocí a Carole. Ya no la recordaré más.
¿Por qué lloro, cuando me veré aliviado de una gran pena?
XI
Fecha real: 1986. Fecha subjetiva: 1962.
Estoy loco por Jean, y me siento alicaído porque no puedo encontrarla. Según mis grabaciones, se fue al Canadá en el año 1965. ¿Por qué? Con toda seguridad no reñimos. Nuestro amor iba a durar siempre. Sus padres deben haberse trasladado al Canadá. Y aquí estamos los dos en 1962. A mediados de 1962, para ser más precisos. Anfibios del tiempo. ¿Piensa en mí ahora? ¿Es incapaz de pensar en mí, o de pensar en cualquier otra cosa, porque está muerta o loca? Mañana pondré en marcha los engranajes oficiales. Según las grabaciones, el gobierno canadiense debe poder encontrarla a través de la Red de Computadoras de Información Internacional. Entretanto, hiervo a fuego lento. Estoy tan cansado...
Ni siquiera Marilyn Monroe me pondría en forma esta noche. Pero Jean, ¡oh, Jean! La veo a sus diecisiete años, alta, delgada, pero con un pecho bien formado, con una piel blanca y cremosa, una amplia frente, unos grandes ojos azules, un pelo negro satinado y los labios más apetitosos que jamás se hayan visto. Los efluvios de sexualidad se difundían con tanta amplitud que parecían ondas de calor. ¡Payasadas! Y el cansado Payaso viejo se va a dormir.
6 de febrero de 1987.
Mientras esta mañana miraba la televisión para orientarme, la emisión de un especial de noticias interrumpió el programa. El Presidente de los EE.UU. acababa de morir hacía pocos minutos, a causa de un ataque al corazón.
—¡Dios mío! —dije—. ¡El viejo Eisenhower ha muerto!
Pero la fotografía del Presidente no era la de Eisenhower. Y naturalmente tenia un nombre que no había oído nunca.
No puedo sentir pena por un sujeto que jamás he visto.
Pero no pude dejar de pensar en él, sin embargo. ¿Se sentía tan confundido como yo cada mañana? Imagínese a un sujeto que se despierta pensando que es un senador en Washington y se da cuenta de que es el Presidente. Por lo menos sabe algo de cómo llevar el país. Pero no es de extrañar que la vieja bomba se descompusiera. La televisión dice que durante los siete últimos años hemos tenido cinco presidentes, la mayoría verdaderos vejestorios. A uno le pegaron un tiro; a otro le echaron por una de las ventanas de la Casa Blanca; dos tuvieron un ataque al corazón; otro se volvió loco y por poco provoca una guerra. Como si ya no tuviésemos suficiente pena para tener que seguir llorando a mares.
Incluso después de la orientación, no cogía la onda. Me imagino que me sentía demasiado pesado para que algo me entrase dentro del coco.
Un policía me llamó y me dijo que valía más que agarrase los bártulos y me fuese a trabajar. Le dije que, además, no tenía ganas, ¿por qué quería ser policía? Me dijo que si no me presentaba podía ir a la cárcel. Así es que me presenté.
Fecha real: 1988. Fecha subjetiva: 1956.
Heme aquí, con once años, yendo para diez.
En parte, así es. Por otra parte, heme aquí con cuarenta y tres años y con un aspecto de sesenta. Al menos, esto es lo que mi cara me parece. Sesenta.
Este lugar es como una cárcel, excepto que a alguno de nosotros se nos trata como a personas de confianza. Según la descripción del trabajo, salgo por los portalones de hierro cada mediodía con una brigada de demolición. Hoy hemos derribado cinco casas parcialmente destruidas por un incendio. El jefe de las brigadas, el viejo Rogers, dice que es un trabajo WPA, aunque no sé qué quiere decir con ello. De todas formas, uno de los sujetos que trabaja conmigo iba cobrando un aspecto cada vez más familiar. De repente, me sentí como si me fuese a desmayar y dije:
—¿No eres Stinky Davis?
Puso cara de sorpresa y, a continuación, dijo:
—¡Jesús! ¡Tú eres Gabby! ¡Gabby Franhan!
No me agradó que utilizase el nombre de Dios en vano, pero me imagino que se le puede excusar.
De la forma que me sentía creo que nada me hubiese sabido bien, pero los bocadillos que tomamos para desayunar, en el almuerzo y en la cena, sabían como si tuviesen un chorro de aceite. De aceite de máquina, quiero decir. El jefe de cocina tiene más de ochenta años. Dice que sus grabaciones cuentan que los bocadillos son un derivado del petróleo. El petróleo se convierte en un tipo de proteína y después se sazona. Se llaman hamburguesas de petróleo.
Esta noche, antes de que las luces se apagasen, vimos al Presidente dando un discurso. El proyecto Toro se va a terminar. De una forma u otra. Y pasará esta pérdida de memoria. Esta mañana no puedo comprender nada, ni aunque me lo dieran por escrito. Lunáticos, naves sin piloto sobre Venus y Marte, todo esto lo había oído decir cuando tenía once años. Y la Bola Negra, el objeto venido de los espacios siderales. ¡Y ahora empujamos a los asteroides! ¡Y aún hay quien habla de la ciencia-ficción!
XII
Día 4 de septiembre de 1988.
Hoy es el día.
En realidad, la gran colisión será mañana, diez minutos antes de las once de la mañana..., pero siento como si fuera hoy. Toro, a 150.000 millas por hora, chocará con La Bola. Quizás.
Heme aquí otra vez. Soy Mark Franham, grabando; no sea que La Bola se desvíe de su objetivo y yo tenga que depender de mis grabaciones. Son las siete de la tarde y después de la cena tipo rancho con hamburguesas de petróleo, sopa de patatas y zanahorias en lata, cincuenta de nosotros nos reunimos alrededor del aparato n.° 8. Una pareja de científicos está hablando, exponiendo sus teorías sobre lo qué es La Bola y por qué nos ha desprovisto de nuestros recuerdos. El viejo doctor Charles Presley —¿tiene alguna relación con Elvis?— piensa que La Bola es un tipo de nave de exploración, sin piloto.
Cuando encuentra un planeta habitado por vida sensible, sensible significa inteligente, recoge muestras. Es decir, muestras de cerebro. Cada vez desprende de nuestros cerebros el contenido de cuatro días, porque esto es todo lo que es capaz de hacer. Pero esto lo puede hacer a billones de especímenes. Es como si leyese nuestros cerebros, pero al mismo tiempo los destruyese. Presley dijo que era una especie de principio de Heisenberg del cerebro. La Bola no puede observar nuestras memorias con atención sin perturbarlas.
Presley dice que La Bola recoge nuestros recuerdos y los archiva. Y cuando haya acabado con nosotros, cuando nos haya sorbido el seso hasta dejárnoslo seco, partirá hacia otro planeta que gire alrededor de alguna estrella lejana.
Un día, volverá a su planeta de origen y los científicos estudiarán las grabaciones de nuestras mentes.
El otro científico, el Dr. Marbles —aún se carcajea—, se Preguntaba cómo unos seres lo suficientemente avanzados como para hacer esto podían ser tan insensibles. Seguramente los extraterrestres deben saber el gran daño que nos estan haciendo. Su ética no debe ser muy elevada, si les permite hacer esto.
El doctor Presley dice que quizá nos consideran como si fuéramos animales, ya que están tan por encima de nosotros. El doctor Marble dice que puede ser. Pero también puede ser que quienquiera que fuera el que construyó La Bola tiene un cerebro distinto al nuestro. Su rayo lector de memorias, o lo que sea, cuando se utiliza sobre ellos mismos, no perturba sus pautas de recuerdo. Pero nosotros somos distintos. Los extraterrestres no lo saben, naturalmente. Ahora no. Cuando La Bola regrese a casa, y los extraterrestres lean nuestros cerebros, se sorprenderán de lo que nos han hecho. Pero entonces será demasiado tarde.
Presley y Marble se enzarzaron en una discusión sobre la manera en que los extraterrestres podrían interpretar sus grabaciones. ¿Cómo podrán traducir nuestros idiomas cuando no tengan referencias, es decir, referentes? ¿Cómo van a traducir a lo loco, rock and roll y aupa cuando no tengan a nadie que les indique sus significados? Marble dijo que ellos no tendrían las mismas palabras, que tenían imágenes mentales y las asociaban con las palabras. Y así sucesivamente. No comprendí en absoluto mucho de lo que dijeron.
A pesar de todo, sé una cosa, y estoy seguro de que estos pontífices también la saben. Pero no se les permitiría que la dijesen por televisión porque nos sentiríamos más tristes y desesperados. Es decir, ¿qué ocurriría si en este momento las computadoras en La Bola estuvieran traduciendo nuestros idiomas, leyendo nuestros cerebros, tal como están grabados? Si es así, lo saben todo acerca del Proyecto Toro. Estarán preparados para el asteroide; lo destruirán si tienen las armas para hacerlo, o, si no las tienen, desplazarán La Bola hacia una órbita diferente.
No voy a decir nada a los otros de esto. ¿Por qué hacer que se sientan peor?
Ahora son las diez. Según las normas fijadas por todas partes, es hora de irse a la cama. Pero nadie lo ha hecho. Esta noche, no. A nadie se le ocurriría dormir cuando el Fin del Mundo puede estar a punto de tener lugar.
Ojalá que mi padre y mi madre estuviesen aquí. Esta mañana lloré cuando me di cuenta de que no estaban y pregunté al jefe por su paradero. Me dijo que estaban trabajando en una ciudad cercana, pero que me iban a visitar pronto. Pienso que mentía. Stinky me vio llorar, pero no dijo nada. ¿Por qué iba a hacerlo? Apuesto a que él también soltaba algunas lágrimas cuando pensaba que nadie le miraba.
Las doce. Medianoche. Falta menos de una hora. Y, después, ¡el gran trastazo! Oh, detesto hablar de ello, del gran batacazo. No podremos verlo directamente porque los cielos están cubiertos en la mayor parte de Norteamérica. Pero se ha ideado un sistema para que podamos verlo en la televisión. Si es que se produce un gran resplandor cuando Toro y La Bola colisionen.
¿Qué sucederá si no ocurre el choque? Pronto seremos como estos chicos crecidos, algunos de los cuales tienen veinte años, que viven encerrados en grandes edificios en la parte noroeste de esta localidad. No dicen nada más que Papá o Mamá, babeando y ensuciando los pañales. Si es que llevan pañales, porque el viejo Rogers dice que oyó, hoy, que no llevan nada. Las enfermeras van una vez al día y con una manguera les limpian a ellos y la casa. Las enfermeras no tienen tiempo de cambiarles y lavar pañales y bañarles individualmente. Bastante trabajo da alimentarles con cuchara.
Tres o cuatro años más y seré como ellos. A menos que enloquezca antes y me metan en ese edificio que el viejo Rogers llama la fábrica de la confusión. Están fuera de tino, dice, e incluso si la pérdida de memoria se para esta noche, no cambiarán en absoluto.
El viejo Rogers dice que, según las grabaciones, hay cincuenta millones de personas menos en los EE.UU. que en 1980. Lo cual es bueno, dice, porque es todo lo que podemos hacer para dar de comer a los que tenemos.
¡Venga Toro! ¡Eres nuestra última oportunidad!
Si Toro no lo logra, ¡me suicidaré!, ¡de veras! No voy a consentir en volverme idiota. De todos modos, cuando lo sea, no habrá comida suficiente para los que estén en sus cabales. Ayunaré hasta morir. Prefiero pasar por esto ahora que por lo otro más tarde.
Dios me perdonará.
Dios, Tú sabes que quiero ser un ministro del Santo Evangelio cuando me haga mayor y que quiero ayudar a la gente. Me casaré con una buena mujer y tendremos hijos que se educarán con rectitud. Y cada día te daremos las gracias por las bondades que nos concedes y te pediremos valor para combatir los males.
Amor, esto es lo que siento, Señor. Amor hacia Ti y hacia tu gente. No hagas que Te odie. Guía a Toro hacia La Bola y vuélvenos al camino recto.
Ojalá Papá y Mamá estuvieran aquí.
La TV dice que se siguen disparando bombas-H contra La Bola. La TV dice que la gente de la Costa Este se duerme. Los rayos, o lo que sea que La Bola utiliza, no se ven afectados por la radiación de las bombas-H. Pero ello no quiere decir que los controles no lo sean. Ruego a Dios porque se descompongan. Faltan diez minutos para que se ponga en marcha. Toro tiene que efectuar un recorrido de veinticinco mil millas. Nuestros controles no nos pueden decir si La Bola está en su órbita original. ¡Espero que sí!; ¡espero que sí! ¡Si ha cambiado su trayectoria, estamos perdidos! ¡Acabados! ¡Liquidados!
Faltan cinco minutos de recorrido; doce mil quinientas millas.
Puedo ver La Bola, de casi media milla de diámetro, con los ojos de mi cerebro, moviéndose con gran estruendo en su órbita, ciega como un murciélago. Espero y ruego a Dios porque las bombas, las últimas de las cinco mil, se inflamen y Toro, el asteroide de milla y media de longitud, una milla de ancho, con millones de toneladas de roca y níquel se precipite contra su punto de destino.
Si es que llega a tener un destino.
Pero el espacio es grande. Incluso La Bola y Toro son pequeños comparados con el vacío de allá arriba. ¿Qué ocurre si las matemáticas de los científicos se desvían un poco, o los motores de los cohetes de Toro no funcionan como se espera y Toro pasa rozando a La Bola? ¡Tiene que impactar en La Bola en el momento y en el lugar precisos, tiene que hacerlo!
Ojalá que los radares y los lasers pudiesen ver lo que está ocurriendo.
Quizás es mejor que no puedan hacerlo. Si supiéramos que La Bola había cambiado de rumbo..., pero de esta manera aún tenemos esperanza.
Si Toro falla, me suicidaré, lo juro.
Faltan dos minutos. Ciento veinte segundos.
La gran habitación está silenciosa excepto por los chicos que como yo están rezando o hablando suavemente a nuestras grabadoras, o rezando, hablando y sollozando.
La televisión dice que las bombas han dejado de explotar. No más relámpagos hasta que Toro impacte contra La Bola, si es que llega a hacerlo. ¡Oh, Dios, haz que le dé, haz que le dé!
Los satélites, sin piloto, abrirán los lentes de sus cámaras en el mismo momento del impacto y sacarán una instantánea. Las cámaras están encerradas en estuches de plomo, los obturadores son de plomo y el equipo es especial, en su mayor parte mecánico, no eléctrico, casi como el globo del ojo humano. Si las cámaras ven el gran relámpago, enviarán un impulso eléctrico a través de los circuitos, que estarán, también, recubiertos de plomo, hacia un mecanismo que disparará una gran bola recubierta de una capa delgada. Esta bola está rellena de magnesio, la misma materia que emplean los fotógrafos, mezclada con bolitas de oxígeno para que la pólvora se encienda. Va a haber tres de las más grandes llamaradas que jamás se hayan visto. Tres. Tres en señal de Victoria.
Si Toro falla, solamente se disparará una bola luminosa. ¡Oh, Señor, no permitas que esto ocurra!
Aviones con pilotos automáticos surcarán el cielo, sobrevolando las nubes, y sus equipos captarán relámpagos y los transmitirán al equipo de TV de tierra.
Falta un minuto.
¡Venga, Dios mío!
No dejes que ocurra, por favor, no dejes que ocurra, que en algún lugar lejano, dentro de miles de años, algún ser de extraño aspecto lea esto y averigüe con horror lo que su gente nos ha hecho. ¿Sentirá remordimiento? ¡De buena cosa nos va a servir! Tú que estás en el más allá. ¡Te odio! ¡Dios mío, cómo te odio!
Padre nuestro que estás en los cielos, quince segundos, santificado sea tu nombre, diez segundos, hágase tu voluntad, cinco segundos, pero y si con el pulgar dirigido hacia abajo, dice que no, ¡Dios mío!, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿qué te he hecho?
¡La pantalla está en blanco! ¡Oh, Dios mío!, ¡la pantalla está en blanco! ¿Qué ha ocurrido? ¿Una avería en la transmisión? ¿O tienen miedo de contarnos la verdad?
¡Ya va! ¡Ya va!
¡Yaaaa...!
XIII
4 de julio, del año de gracia de 2002.
Puede ser que borre esta grabación. Si me queda algún sentido, lo haré. Si verdaderamente me quedase algún sentido, no la habría hecho.
Hoy es el Día de la Independencia y estamos aún bajo una ley férrea. Pero el viejo Dick, el Dictador, insiste en que cuando no haya necesidad de un control estricto, la Constitución será restaurada y volveremos a ser una democracia. Tiene noventa y cinco años, y no puede durar mucho. El vicepresidente tiene sólo ochenta años, pero es tan duro como el más duro de los octogenarios que jamás hayan existido. Y es incluso más totalitario que Dick. ¿Y cuándo ha habido un hombre que haya renunciado al poder?
Pertenezco a la élite, o sea que no lo tengo tan mal. Con mis cincuenta y siete años, soy un miembro de esta clase. Además, tengo mi Doctorado en Filosofía y soy un ministro de la iglesia a horas. No sé por qué digo a horas, ya que no hay ministros de la iglesia a jornada completa, aparte de los directivos del Consejo Norteamericano de las Iglesias. El Pueblo no puede soportar sacerdotes a jornada completa. Todo el mundo tiene que trabajar al menos diez horas al día. Pero estoy en mejores condiciones que muchos. Hace tres anos que como ternera fresca y carne de cerdo. Tengo una casa hermosa y no tengo que compartirla con otra familia. La casa no es la que mis grabaciones dicen que antes tenía. El pueblo la confiscó para resarcirse de los impuestos atrasados. No me sirvió de nada protestar, alegando que los impuestos sobre la propiedad se habían suprimido durante el ínterin. El pueblo dice que aquél terminó cuando se destruyó La Bola.
Pero, ¿cómo podía pagar impuestos sobre esta propiedad cuando, de hecho, tenía solamente once años?
Esta tarde, que era fiesta, salí con Leona hacia el Valle de La Primavera. Pusimos flores en las tumbas de sus padres y de sus hermanos, ninguno de los cuales recuerda, y en las tumbas de mis padres y de Carole y de los niños, a quienes solamente conozco a través de las grabaciones. Rogué por el perdón de Carole y de los chicos.
Cerca de la tumba de Carole estaba la de Stinky Davis. Pobre muchacho. Perdió el seso la noche en la que La Bola fue destruida y hubo que encerrarlo en una celda incomunicada. Seguía loco, cuando murió, cinco años más tarde.
A veces me pregunto por qué no me volví loco yo también. Las sacudidas y los golpes producidos por la pérdida de memoria deberían habernos trastocado a todos. Pero algunos de nosotros fuimos duros, más duros de lo que merecíamos. Pero, así y todo, los ataques diarios producidos por los síndromes de alarma hicieron su daño. Estoy seguro que, incluso a los más duros de nosotros, nos mermó años. Somos la generación tarada. Y esto es malo para los más jóvenes, quienes durante los próximos diez años no tendrán personas mayores para conducirles.
¿Es esto algo tan malo?
Por lo menos, los que se encontraban en la década de los veinte a los treinta, cuando La Bola fue aplastada, siguen bien.
Leona misma tenía veinte años en aquel momento. Fue alumna mía en la escuela superior. Físicamente tiene treinta y cinco años, pero solamente quince por lo que respecta a lo que la gente joven llama su edad interna. Pero dado que el plan de estudios va más rápido para los adultos, y se han eliminado los cursos sobre humanidades, se graduó en estudios superiores el pasado mes de junio. Quiere ser médico y Dios sabe que necesitamos médicos. Estamos planeando el tener dos hijos, que es el máximo permitido, y va a ser duro el educarles mientras ella esté estudiando en la Universidad.
Pero Dios nos ayudará.
Cuando nos íbamos del cementerio, Margie Oleanoler, una hermosa muchacha de veinticinco años se nos acercó. Me preguntó si podía hablarme personalmente. A Leona no le gustó, pero le dije que probablemente Margie quería hablarme acerca de sus notas en la clase de geometría.
Margie me dijo algo sobre los problemas que tenía con sus lecciones. Pero después empezó a hacerme preguntas sobre el sistema político. Sí, es mejor que borre esto, y si no fuera por los hábitos adquiridos, no lo estaría grabando.
Transcurridos unos minutos, me sentí inquieto. Sonaba como si estuviese tratando de conseguir que mostrase algún resentimiento contra la situación actual.
¿Es un agente provocador o me estaba probando como miembro potencial de la oposición?
Sean sus propósitos los que fueren, estaba en aguas peligrosas. Y yo también. Le dije que formulase las preguntas a su profesor de política. Me dijo que leería el libro de texto facilitado por el gobierno. Yo mascullé algo como «Dar al César lo que es del César», y me marché.
Pero me siguió y me preguntó si podía hablar con ella en mi oficina, mañana. Dudé, pero le dije que sí.
Cuando llegamos a casa, Leona me montó una escena. Me acusó de perseguir a las chicas más jóvenes porque ella era demasiado vieja para estimularme. Le dije que yo no era un senil Rey David, lo cual debería saber muy bien, y ella me dijo que había escuchado todas mis grabaciones y sabía qué clase de hombre era. Le dije que había aprendido de mis errores. He vuelto a escuchar muchas veces las grabaciones de los años borrados de mi recuerdo.
—Sí —dijo—, sabes todo lo ocurrido intelectualmente. Pero no lo sientes.
He salido al exterior y elevo mi mirada a la noche. Allá, arriba, átomos libres y moléculas están flotando, frías y solas, desechos de las memorias recogidas por La Bola, átomos y moléculas de lo que una vez fueron modelos increíblemente complejos. La memoria de treinta y dos años de las vidas de cuatro mil quinientos millones de seres humanos. Perdidos para siempre, excepto en la mente de Uno.
Oh, Dios mío, empecé de nuevo como un muchacho de once años. No permitas que vuelva a cometer los mismos errores de nuevo. Nos has dado un mañana de nuevo, pero tenemos muy poco pasado para guiarnos.
Mañana estaré muy frío y muy profesional con Margie. No demasiado, naturalmente, ya que debe haber cierto calor entre profesor y alumna.
Si ella no me recuerda a..., ¿quién?
Pero esto es imposible. No puedo recordar nada del Ínterin. Absolutamente nada.
Pero, ¿qué ocurre si hay distintas clases de memoria?
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