de todas las edades (es)
La niña estaba sentada en la sala de espera con las manos prolijamente entrelazadas en el regazo. Tenía un alegre vestido estampado hecho con una de esas telas cuya mala calidad habría saltado a la vista si no la hubieran coloreado cuidadosamente. Los zapatos haciendo juego habían recibido el mismo tratamiento meticuloso.
Estaba sentada con mucha corrección, erguida, sin mover los pies; sin raspar las patas de la silla con los zapatos, demostrando una paciencia que legiones de monjas en vano han intentado inculcar a otras niñas. Esta parecía acostumbrada a esperar.
May Foster se retiró del espejo bidireccional por donde había estado estudiando su problema más reciente. Siempre se sentía un poco culpable de fisgonear así a los niños antes de entrevistarlos, pero había que admitir que le ayudaba a encarar mejor los casos. Una evaluación previa le ahorraba minutos preciosos de tanteos y casi siempre le permitía empezar con las cartas ganadoras. Tratar con los niños «problemáticos» era un juego donde todo valía, si uno quería sobrevivir sin úlceras en el oficio.
Esa paciencia podía ser parte de su papel, pensó May por un momento. Pero no, no tenía sentido: Aunque eran actores soberbios, estos mocosos siempre se reservaban sus actuaciones para un público; la muchacha no tenía razones para sospechar del espejo especial en ésta, su primera visita al consultorio de la señora Foster. Una de las principales ventajas del espejo era precisamente que uno veía cómo se portaba el niño cuando no había una asistenta social en el cuarto. Jekyll y Hyde parecían gemelos comparados con los cambios de personalidad que May había presenciado en quince años de consulta.
May salió del cuarto penumbroso, encendió las luces del consultorio y regresó a su escritorio. Le echó una última ojeada a la carpeta, la cerró y apretó el botón del intercomunicador.
- Louise, hágala entrar ahora.
Hubo una pequeña demora, luego la puerta del consultorio se abrió y entró la muchacha. Pese a tantos preparativos, May se sobresaltó. La muchacha era flacucha, mucho más de lo que aparentaba estando sentada, aunque no tenía problemas de salud. Era más bien esa delgadez típica de las personas que a los noventa años siguen siendo activas. No esmirriada, sino resistente. Y esos ojos.
May había sido una de las primeras voluntarias del Cuerpo de Paz que viajó al centro de África. Durante dos años había luchado contra la hambruna y la desnutrición con todas las armas, salvo el dinero, que podía ofrecerle la tecnología moderna. Al final resultó una batalla sin esperanzas, pues la política y los odios tribales decidieron que miles y miles debían morir la muerte lenta del hambre. Allí había visto por primera vez ojos como esos.
Los niños podían soportar el dolor y el hambre, las marchas forzadas, aún la pérdida de los padres, y sin embargo a la larga recobrarse con la elasticidad de la juventud. Pero cuando la carne se consumía hasta el hueso, cuando los vientres se distendían, en los ojos asomaba una mirada que no se les borraba nunca en los pocos días que les quedaban. Habían aprendido demasiado pronto que el mundo adulto no les merecía confianza, habían advertido que la muerte era una fuerza realmente inminente en ese mundo. Después, durante diez años, niños con esos ojos siguieron rondando las pesadillas de May.
Ahora esta se le plantaba delante y le penetraba el alma con unos ojos que habían contemplado la muerte muy de cerca.
May quedó en libertad tan pronto como la atraparon.
La muchacha echó un vistazo al consultorio, como si buscara salidas de emergencia, investigó los objetos del escritorio de May con una rápida ojeada, luego caminó hasta la silla de las visitas y se sentó ruidosamente.
- Me llamo Melissa - dijo, añadiendo una sonrisa nerviosa -. Usted debe ser la señora Foster. - Ahora parecía una niña pequeña. Gesticulaba tímidamente y se pateaba un zapato con el otro. Los ojos brillaban con el desenfado de la juventud.
May se estremeció, recobró lentamente la compostura. Pensaba que lo había visto todo hasta ahora. El papel de ingenua era perfecto: Melissa parecía más una niña modelo de ocho años que un dolor de cabeza crónico ¿Qué edad tenía? Catorce. ¿Catorce?
- Te han suspendido en la escuela por primera vez este año, Melissa - dijo con severidad profesional, clavándole su mejor Mirada Autoritaria, grado tres.
- Si - dijo ella sin muestras de remordimiento. La Mirada se disipó, transformándose en Simpatía Comprensiva.
- ¿Quieres contarme cómo fue? - preguntó May suavemente.
Melissa se encogió de hombros.
- ¿Qué quiere que le diga? El viejo... eh, el señor Morrisey y yo tuvimos una discusión en la clase de historia. - Soltó una risita. - Tuvo que valerse de su autoridad para ganarme. - Expresión seria.
- El señor Morrisey enseña historia desde hace muchos años - dijo May, conciliatoria -. Tal vez consideró que sabe más que tú sobre el tema.
- ¡Morrisey es un cabeza hueca! - May enarcó las cejas reprobatoriamente, pero la muchacha, irritada, la ignoró -. ¿Sabe qué patraña trataba de venderle a la clase? Quería enseñamos que la Revolución Industrial de Inglaterra fue un retroceso. Niños que trabajaban seis, siete días por semana en las fábricas, catorce horas consecutivas, todo para ganar unos peniques por semana. ¡Eso era lo único que veía! Nunca se le ocurrió preguntar por qué lo hacían si las condiciones eran tan malas.
- Bien, ¿por qué lo hacían? - preguntó May, reflexiva.
El entusiasmo de la muchacha se le había contagiado.
La muchacha la miró con lástima.
- Porque no les quedaba más remedio, por eso. Si no les gustaba la fábrica, podían probar suerte mendigando, robando o trabajando en una granja. En esos tiempos, si los pescaban robando o mendigando los hervían en aceite. Sin broma. Y trabajar en granjas... - Hizo una mueca - Había que romperse el alma siete días por semana desde antes del sol hasta después del sol. ¿Y qué conseguían a cambio? En un año bueno, les daban todo lo que podían comer; en un año malo se morían de hambre. Pero con las tripas vacías había que trabajar igual que con las tripas llenas. Más. Al menos trabajando en una fábrica se conseguía dinero para comprar los alimentos que había cuando se echaban a perder las cosechas. Eso es progreso, mírese como se mire.
May reflexionó un momento.
- Pero, ¿y todos los niños mutilados por las máquinas? - preguntó -. ¿Qué me dices de todos los niños que se arruinaron la salud respirando polvo, alimentando calderas, o por no recibir suficiente sol?
- ¿Alguna vez vio un yuntero después que lo pisotearon los caballos? ¿Alguna vez tuvo insolación? - La muchacha resopló -. Claro que esas fábricas eran malas, pero todo lo demás era peor. Pero quién lo convence al viejo Morrisey.
- Hablas como si hubieras estado allí - dijo May con tono divertido.
- Leí mucho - dijo Melissa con sequedad.
May decidió volver al grano.
- Aunque tuvieras razón, podrías haber tenido más tacto, ¿no crees? - La muchacha la miró con fastidio y se encorvó en la silla. - Ya has provocado dos escándalos en su clase, y otro en la clase de la señorita Randolph.
May hizo una pausa, subió la Simpatía Comprensiva un punto más.
- Sospecho que tu problema no es sólo con la escuela. ¿Cómo andan las cosas en tu casa?
Melissa se volvió a encoger de hombros. Era un gesto muy adulto.
- Casa. - El tono eliminaba todas las connotaciones buenas de la palabra - Mi... mi padre adoptivo murió el año pasado. Un ataque al corazón. ¡Bam! La señora Stuart todavía no se repuso.
Una pausa.
- ¿Y tú?
La muchacha la miró de soslayo.
- Todos mueren, tarde o temprano - Otra pausa -. Aunque me hubiera gustado que el señor Stuart durara un poco más. Era buen tipo.
- ¿Y tu madre? - sondeó delicadamente May.
- Mi madre adoptiva no ve el momento de que yo crezca y le quite el peso de encima. Diablos, me obligaría a casarme el mes que viene si la ley lo permitiera. - Se movió en la silla, inquieta -. Siempre trae muchachos a casa para que salga con ellos.
- ¿Te gusta salir con muchachos?
Una mirada calculadora.
- No me disgusta. Es decir, no tengo nada contra ellos, pero todavía no estoy preparada para algo serio. - Una risa nerviosa -. O sea, no odio a los varones ni nada de eso. Quiero decir que todavía tengo tiempo de sobra para esas cosas, cuando crezca.
- Tienes casi catorce años.
- Soy pequeña para mi edad.
May atacó por otro lado.
- ¿La señora Stuart te alimenta bien?
- Sí, desde luego.
- ¿Estás segura de que comes una dieta balanceada?
- Claro. Mire, soy delgada por naturaleza, eso es todo. La señora Stuart será una cruz, pero no se propone liquidarme ni nada por el estilo. Es sólo que... - Una sonrisa taimada le cruzó la cara -. Ah, ya entiendo.
Melissa adoptó un tono pedante de falso barítono.
- Un síndrome frecuente en la moderna sociedad urbana es la mujer prepubescente aparentemente desnutrida. Aunque su entorno económico habla contra la carencia de recursos financieros o educación dietética, el sujeto en cuestión exhibe no obstante una aparente incapacidad para asimilar alimentos adecuados para el desarrollo.
»Con frecuencia el sujeto actúa en un medio carente de uno o más roles masculinos vitales y estimulantes, y un examen atento revela una preocupación mórbida ante los cambios funcionales propios del advenimiento de la femineidad. La insuficiencia dietética es obviamente un vehículo encubierto para eludir las responsabilidades asociadas con dichos cambios.
Inhaló exageradamente.
- ¡Vaya! ¡El cretino de Anderson! Así que a usted también le enchufaron ese libro en Psicología de la Conducta, ¿eh?
Sonrió con dulzura.
- Bueno, si. Es decir, lo leímos. ¿Cómo lo sabías?
- Lo vi en su biblioteca. ¿Tiene un caramelo?
- Eh... no.
- Qué lástima. La última asistenta social con quien me las vi siempre tenía caramelos a mano. Usted debería tenerlos también. Es bueno para las relaciones públicas.
Melissa miró distraídamente el consultorio. May se volvió a estremecer. Hacía años que no se sentía tan descontrolada. Desde que la habían enfrentado a los niños negros del ghetto. Hundió los tacos en el suelo.
- Has actuado muy bien, Melissa. Veo que leíste mucho. Pero ¿alguna vez pensaste que lo de Anderson podría aplicarse a tu caso, pese a todo? Aunque lo tomes a broma.
- ¿Usted quiere decir que me cuido en las comidas porque tengo miedo de crecer? - May asintió -. Ya lo creo. Pero no a causa de las tonterías que propaga Anderson.
La muchacha miró de reojo las fotos del escritorio, escudriñó los ojos de May.
- Señora Foster, ¿tiene usted amplitud mental? No, olvide eso. Hasta ahora nunca conocí una mojigata que no se considerase la Encarnación de la Justicia Ciega. Busquemos un enfoque más pragmático. ¿Lee usted ciencia ficción?
- Eh... a veces.
- ¿Fantasía?
- Un poco.
- Bueno, ¿qué le parece? Quiero decir, ¿le gusta?
La taladró con los ojos.
- Bueno, creo que algunas cosas me gustan. Una buena parte me deja fría.
- Titubeó -. Mi marido la lee con frecuencia. Y mi suegro. Es bioquímico - añadió tímidamente, como si fuera una excusa.
Melissa se encogió de hombros con su gesto adulto.
Se decidió.
- ¿Qué diría usted si le contara que mi padre fue un brujo?
- Francamente, diría que has creado un complejo sistema de ilusiones compensatorias acerca de tus padres desconocidos. Es frecuente en los huérfanos, sabes.
- Si, Anderson otra vez. Pero le agradezco su honestidad; era la respuesta que esperaba de usted. Sospecho, sin embargo - hizo una pausa, fijando en la mujer una tenaz mirada de soslayo -, que usted está dispuesta a creer que yo podría ser algo más que la típica mocosa inadaptada.
Ante esa mirada, May no pudo hacer otra cosa que cabecear. Una vez. Lentamente.
- ¿Qué diría si le cuento que tengo más de dos mil cuatrocientos años?
May sintió sorpresa, miedo, exaltación. Una emoción sin nombre.
- Diría que tienes que conocer a mi marido.
La niña estaba sentada a la mesa con las manos prolijamente entrelazadas en el regazo. Los tres adultos jugueteaban con sus aperitivos y charlaban de cosas menudas. Melissa respondía a cada esfuerzo por integrarla a la conversación con unas pocas palabras corteses, sólo el número correcto de las palabras correctas que debe decir una jovencita bien criada cuando la invitan por primera vez a cenar entre personas que apenas la conocen. Pero nunca iniciaba una conversación por su cuenta.
George Foster, hijo, intuyó que la muchachita aparentemente ingenua que tenía enfrente los estaba estudiando, pero no podía saberlo. Si algo sabía era que si la muchachita era de veras más vieja que la cristiandad él no tendría muchas oportunidades de lucirse en juegos intelectuales. Decidida esa parte, estaba muy dispuesto a encarar la velada con soltura. Pero tomándose su tiempo.
- ¿Por qué no pasas la ensalada, papá? - pidió -. Espero que te guste la escarola, Melissa. ¿O ése es también un gusto que uno adquiere de grande, como el alcohol?
La muchacha, cortés pero firmemente, había rechazado un jerez seco.
- Estoy segura de que me gustará la ensalada, gracias. El aderezo tiene un olor delicioso - Es una receta personal, ¿verdad?
- Sí, en efecto - dijo George, ligeramente sorprendido. De pronto advirtió que habitualmente clasificaba a todas las personas delgadas como individuos quisquillosos y desganados para comer. Un gastrónomo no tenía por qué pesar de más.
- Ser profesor de historia me permite arreglar mis horarios con más libertad que May - explicó sin proponérselo -... Hay poco trecho de cocinar por obligación a cocinar por gusto. Ese aderezo con mostaza es uno de mis primeros inventos. ¿Quieres la receta?
- Sí, gracias. No cocino a menudo, pero cuando lo hago me gusta producir algo superior al promedio.
Aparentemente el discreto cumplido era sincero. También había sorteado, notó George, el velado sondeo sobre su edad. George estaba más y más impresionado.
Partieron el pan y comieron verdura.
¿Cómo encaro el asunto? De paso, May me ha contado que tienes dos mil cuatrocientos años. Miró a su padre, quien hizo un gesto de resignación. Gracias por la ayuda.
- De paso, May me ha contado que estuviste un tiempo en Inglaterra.
¿Por qué demonios había dicho eso?
- En realidad no se lo dije, pero sí, estuve. A decir verdad, discutimos un poco la Revolución Industrial.
- ¿Estuviste allí?
- En rigor soy un medievalista, pero también soy un poco anglófilo.
George se abstuvo a tiempo de adoptar el engolado acento pseudobritánico que esa frase le inspiraba siempre. Se sentía particularmente vulnerable al ridículo frente a esa mirada inocente.
- ¿Sabes mucho sobre la realeza británica?
Era casi tan sutil como una tonsilectomía.
- En la escuela estudiamos algo.
- Yo siempre quise ser otro almirante Nelson. Su muerte fue vergonzosa. ¿Qué dijo el rey después del funeral? Creo que era Eduardo...
Melissa bajó el tenedor.
- Fue el rey Jorge, y usted lo sabe. Mire, antes de venir aquí viví un tiempo en Berkeley. Melissa vio la cara de May. Sé lo que dice mi ficha. Después de todo, la escribí yo misma... Como le decía, estuve en Berkeley hace unos años. Era justo el período de mayor inquietud estudiantil y vivíamos a menos de tres cuadras de la universidad. Todos los días recorría esas calles y todas las noches mirábamos los disturbios y las peleas en televisión. Sin embargo nunca vi uno de esos acontecimientos con mis propios ojos. - Los miró uno por uno -. Algo podía estar sucediendo a una cuadra, algo que atraía cámaras de televisión y decenas de policías, y yo no me enteraba hasta que llegaba a casa y ponía Cronkite. Creo que olí gas lacrimógeno una vez. - Recogió el tenedor -. Puede usted tantearme cuanto quiera, doctor Foster, preguntándome sobre almirantes y reyes y fechas. Supongo que de eso habla la historia. Pero no espere que le diga nada que no haya aprendido en la escuela. O visto en televisión.
Pinchó irritablemente la última porción de escarola. La observaron mientras comía.
- A los niños no los invitan a los acontecimientos que impulsan la historia. Hasta hace muy poco no hacían más que trabajar. Trabajaban hasta envejecer o trabajaban hasta morirse de hambre o trabajaban hasta que los mataba una guerra. Eso es la historia para la mayoría de los niños, fuera del aula. Las fechas no significan mucho cuando cada día es igual al otro.
George no supo qué decir después de eso, así que se levantó y se dirigió al aparador donde los platos principales se conservaban calientes. Se concentró exageradamente en la tarea de levantar tapas y juntar servilletas.
- ¿De veras tienes dos mil cuatrocientos años? - preguntó George Foster, padre. Ya estaba dicho.
- Algo así - dijo Melissa, sirviéndose pollo y pastel -. Como decía, las fechas no significan mucho para un niño. Pasaron doscientos o trescientos años antes que me pusiera a pensar cuándo había empezado todo. Para entonces, era un poco difícil de reconstruir. Calculo que ahora serán dos mil cuatrocientos treinta y dos años. Década más, década menos.
¡Década más, década menos!
- ¿Y tu padre fue un mago? - continuó May.
- No un mago, un brujo. - Un poco exasperada -: No practicaba la magia ni obraba sortilegios; era un hombre sabio, un estudioso. Un científico, podría decirse, aunque en ese entonces no había demasiada ciencia. No porque él no supiera mucho sobre ciertas cosas, obviamente sabía, pero no trabajaba con un cuerpo organizado de conocimientos como se hace ahora.
De alguna manera se las había ingeniado para llenarse el plato y comer un buen bocado de pollo sin interrumpir su conversación. George se maravilló ante los variados talentos sociales de la muchacha.
- De cualquier modo, estaba trabajando en un método para restaurar la juventud. Todo el mundo lo hacía, en esos tiempos. Muy de moda. De hecho, se estaban realizando algunos progresos. Recuerdo que un viejo excéntrico renovó su vida sexual durante unos treinta años.
- ¿Quieres decir que sabes cómo revertir el envejecimiento? - preguntó ansiosamente George padre. La luz de las velas no llegaba a borrarle todas las arrugas de la cara.
- Lo lamento, no dije eso. - Melissa observó atentamente la expresión del señor Foster, y le habló en un tono que exigía credulidad -. Sólo dije que sé de un hombre que lo hizo una vez. Por un tiempo. Pero que yo sepa no le contó a nadie cómo lo hacía. Se llevó el secreto a la tumba.
Melissa se volvió a los otros, buscando una confianza que la respaldara.
- Miren, así era la gente hasta hace unos siglos. El secreto fue lo que retrasó tanto tiempo el florecimiento de la ciencia. Vi aparecer y desaparecer la @ digital por lo menos tres veces antes que llegara al conocimiento público... - Delicadamente -. De veras no puedo ayudarlo.
- Te creo, jovencita. - George padre tomó la botella de vino.
- Mi padre pasaba casi todo el tiempo tratando de burlar a la competencia. Supongo que los rivales hacían lo mismo. Su único éxito verdadero fui yo. Descubrió el modo de detener el proceso de crecimiento justo antes de la pubertad, y en mí ha funcionado desde entonces.
- ¿Te dijo cómo lo logró? - preguntó George padre.
- Sé lo que debo hacer. Pero no entiendo el mecanismo. Sé que no sirve para los adultos.
- ¿Lo has intentado?
- Muchas veces.
Un portazo férreo y definitivo vibró en esas palabras.
- ¿Podrías describir el método?
- Podría. No lo haré. Tal vez soy sólo un producto de mi época, pero la reserva parece el único refugio seguro en estas cuestiones. He tenido varias experiencias dolorosas.
Esperaron, pero Melissa no entró en detalles.
George hijo se incorporó para levantar la mesa. Tendió el brazo para recoger un plato y se detuvo.
- ¿Por qué nos has contado todo esto, Melissa?
- ¿No es obvio? - Ella entrelazó las manos en el regazo en esa postura de paciencia infinita. - No, supongo que no, a menos que hayan vivido como yo.
»Después que murió mi padre, me quedé un tiempo en Atenas... ¿les mencioné que vivía allí? Pero demasiadas personas me conocían y empezó a extrañarles que yo no creciera. Algunos de los otros brujos se pusieron a observarme especulativamente, hasta que me di cuenta y me largué. No quería morir encerrada antes que alguien descubriera que no tenía nada importante que divulgar.
»Pronto advertí que no podía huir de mi problema básico. Nunca faltan personas dispuestas a adoptar una niña, especialmente si goza de buena salud y se presta a trabajar más de la cuenta. Pero al cabo de unos años era obvio que yo no crecía como los otros niños. La sospecha causaba miedo, y el miedo siempre causa problemas. He aprendido a calcular con precisión cuándo es el momento de cambiar de aires.
George hijo depositó en la mesa una bandeja tapada y descubrió una torta bañada en chocolate. Como todos los niños de todos los tiempos, Melissa sonrió de placer.
- Les aseguro que es un verdadero problema parecer una niña, ser una niña, especialmente ahora. No se puede conseguir un empleo ni alquilar un departamento. No se puede pedir licencia de conductor. Tengo que pertenecerle a alguien y asistir a la escuela, o algún entrometido del gobierno me pondrá en apuros. Y con el papeleo moderno, hay que inventar una existencia creíble por escrito, además. Cada vez se pone más difícil.
- Me parece - interrumpió George hijo - que lo mejor para ti sería trasladarte a uno de los países menos desarrollados. En África, o Sudamérica. Te ahorrarías muchos percances.
Melissa hizo una mueca.
- No, gracias. Hace mucho tiempo que aprendí a quedarme con los que tienen mejor standard de vida. El riesgo vale la pena... Nur wer in Wohlstand lebt, lébt angenehm. ¿Leyeron Brecht? Es bueno.
La muchacha interrumpió la conversación el tiempo suficiente para engullir una porción de torta.
- Fue una cena excelente. Gracias. - Se enjugó pulcramente los labios con la servilleta - No he respondido del todo a su pregunta.
»Les estoy contando toda mi historia porque es hora de ponerse en marcha. Me he quedado más de la cuenta con los Stuart. Mis papeles ya no sirven... de hecho son un problema. Para seguir con lo de siempre, tendré que pergeñar una historia nueva y deslizarla en algún fichero, en alguna parte. Pensé que esta vez sería más fácil encarar las cosas honestamente.
Los miró expectante.
- ¿O sea que quieres que te ayudemos a conseguir nuevos padres adoptivos?
George hijo se esforzó por eliminar la incredulidad de su voz.
Melissa miró el plato de postre vacío.
- George, eres un patán insensible - dijo May con asombrosa vehemencia -. ¿No entiendes? Nos está pidiendo que la adoptemos nosotros.
George se quedó pasmado.
- ¿Nosotros? Bueno... Pero no tenemos hijos que le hagan compañía. Es decir...
Se calló la boca para no decir tonterías. Melissa no alzaba la cabeza. George miró a su esposa, a su padre. Era obvio que se le habían adelantado y ya habían tomado una decisión.
- Supongo que es posible - murmuró tímidamente.
La muchacha alzó la cabeza al fin, conteniendo las lágrimas.
- Oh, por favor: Me doy maña para las tareas domésticas y no molesto a nadie. Y he estado pensando... tal vez no sepa mucho de historia, pero sé mucho sobre la forma de vivir de la gente de muchos tiempos y lugares. Y sé leer toda clase de idiomas. Quizá podría ayudarlo con sus estudios medievales. - Las palabras tropezaban unas con otras -. Y recuerdo algunas de las cosas que intentó mi padre - le dijo a George padre -. Tal vez sus conocimientos de bioquímica le permitan descubrir dónde se equivocó. Sé que tuvo algunos éxitos.
George notó que la muchacha estaba a punto de suplicar, y no pudo tolerarlo.
- ¿Papá? - preguntó, con todo el aplomo de que fue capaz.
- Creo que funcionaría - dijo lentamente George padre -. Sí, pienso que funcionaría muy bien.
- ¿May?
- Tú conoces mi respuesta, George.
- Pues bien - todavía un poco desconcertado -, supongo que está decidido. ¿Cuándo te mudas, Melissa?
La respuesta, si la hubo, se perdió entre ruidos de sillas y los hurras de alegría de May y la muchacha. May siempre quiso un hijo, racionalizó George; quizá esto le haga bien. intercambió una sonrisa tentativa con el padre.
May todavía estaba abrazando a Melissa con entusiasmo. Por encima del hombro de su esposa, George pudo ver las lágrimas que empapaban la cara de la muchacha. Por un instante, creyó detectar una expresión abstraída, como si la muchacha ya estuviera calculando cuánto duraría este episodio. Pero luego esa expresión se disolvió en otro torrente de lágrimas de felicidad y George se encontró sonriéndole a su nueva hija.
La niña estaba sentada bajo el árbol con las manos prolijamente entrelazadas en el regazo. Irguió la cabeza cuando se acercó George padre. Desde el año anterior se tambaleaba mucho más al andar; la rigidez y los temblequeos de la edad ya no podían ignorarse. George padre era un hombre orgulloso, pero no tonto. Se acuclilló cautelosamente para sentarse en un tocón de árbol.
- Hola, abuelo - dijo Melissa, con una calidez muy contenida. George padre comprendió que ella había detectado su estado de ánimo e intentaba desarmarlo delicadamente.
- Mortimer murió - fue todo lo que él dijo.
- Lo temía. Había vivido mucho tiempo para una rata blanca. ¿Aprendiste algo de la última muestra de sangre?
- No. - Fatigosamente -. Los productos normales de la decadencia. Murió de vejez. Podría decirlo con palabras más bonitas, pero en definitiva es eso. Y no sé por qué empezó a perder terreno, después de tantos meses. Así que ignoro qué camino tomar.
Guardaron silencio, Melissa con su paciencia de siempre.
- Podrías darme un poco de tu poción.
- No.
- Sé que te sobra algo... eres previsora. Por eso pasas tanto tiempo en el bosque, ¿verdad? Estás preparando el brebaje que te enseñó tu padre.
- Te dije que a ti no te ayudaría en nada y prometiste no pedirlo.
No había acusación en la voz, era una simple declaración.
- ¿No te gustaría crecer, alguna vez? - preguntó George al rato.
- ¿Optarías por ser el emperador del mundo si supieras que en dos semanas te asesinarían? No, gracias. Me quedaré con lo que tengo.
- Si estudiamos los ingredientes de tu poción, quizá encontraremos la manera de que crezcas sin perder la inmortalidad.
- No soy tan inmortal. Por eso no quiero que demasiadas personas sepan sobre mí o sobre mis métodos. Algún imbécil podría decidirse a volarme la cabeza por pura envidia... Puedo tolerar enfermedades. En una ocasión hasta se me regeneró un dedo... tardó cuarenta años. Pero no podría sobrevivir a un trauma masivo. - Arqueó las rodillas y las abrazó tímidamente -. Tienes que comprender que la mayoría de mis defensas son profilácticas. He aprendido a prever las lesiones y en lo posible evitarlas. Pero las defensas de mi cuerpo son sólo extensiones de un recurso infantil básico, el crecimiento. Es embrollado reponerse de una herida sin crecer durante el proceso. Una vez que ciertas glándulas entran en funcionamiento, no hay modo de pararlas. Toma los dientes, por ejemplo. Fueron diseñados para una vida finita, quizá medio siglo de roer huesos. Cuando los míos se desgastan, no me queda más que arrancármelos y esperar lo que parece una eternidad hasta que crezcan los reemplazos. Además es doloroso. Por lo tanto me cepillo después de las comidas y evito los abrasivos. Me mantengo alejada de los dentistas y sus tornos. Así sólo tengo que sufrir cada doscientos años.
A George padre lo turbó la idea de planear siglos como uno planea semestres. Qué palabras tan incongruentes en labios de una muchachita sentada bajo un árbol abrazándose las rodillas. Empezó a entender por qué Melissa casi nunca hablaba de su edad o su pasado a menos que le preguntaran directamente.
- Yo también sé mucho de bioquímica - continuó ella -. Ya te habrás dado cuenta.
- George padre cabeceó desganadamente. - Bien, he estudiado lo que llamas mi «poción» y creo que todavía no sabemos lo suficiente sobre biología o química para comprenderla. Por cierto no lo suficiente para introducir cambios.
»Sé cómo conservar la niñez. No es lo mismo que restaurar la juventud.
- ¿Pero no ansías crecer? Tú misma dijiste que era un problema ser una niña en el siglo veinte.
- Claro que es un problema. Pero es lo único que tengo, y no quiero arriesgarlo;
- Se inclinó hacia adelante, apoyando el mentón en las rodillas. - Mira, en el pasado compartí mi secreto con otros niños. Les tenía simpatía, y pensé que podía pasar mucho tiempo con ellos. Pero tarde o temprano todos tragaron el anzuelo que me estás ofreciendo. Todos decidieron crecer «sólo un poquito». Bien, crecieron. Y ahora están muertos. Me quedaré con mis juegos infantiles, si no te molesta.
- ¿No te fastidia perder tanto tiempo en la escuela? ¿Aprendiendo las mismas cosas una y otra vez? ¿Rodeada solamente de niños? ¿Niños verdaderos?
El énfasis tenía un dejo de malicia.
- ¿Perder tiempo? Es lo que me sobra. ¿Cuántos momentos de tu vida has pasado investigando de veras, en comparación con el tiempo perdido en escribir informes y viajar al trabajo? ¿Cuánto tiempo puede dedicar la señora Foster a hablar con niños problemáticos? Tiene suerte si promedia cinco minutos por día. Todos pasamos la mayor parte del tiempo haciendo tareas rutinarias. Lo raro sería lo contrario. Y no me fastidia estar rodeada de niños. Me gustan.
- Eso nunca lo he comprendido - dijo George padre, pensativo -. Con qué facilidad entablas relación con niños mucho menores que tú. Con qué facilidad actúas como ellos.
- La cosa es al revés - dijo ella suavemente -. Ellos actúan como yo. Todos los niños son inmortales, hasta que crecen.
Dejó que la frase surtiera efecto.
- Ahora te preguntaré algo, abuelo. Dime por qué tendría que interesarme crecer.
- Hay otros placeres - dijo él al cabo - mucho más profundos que las alegrías de la niñez.
- ¿Te refieres al sexo? Sí, claro que te refieres a eso. Bien, ¿qué te hace pensar que una muchacha de mi edad es virgen?
George padre alzó los brazos en una turbada protesta, como si no quisiera oír hablar de esas cosas.
- No, espera un minuto. Tú sacaste el tema - insistió Melissa -. Mírame. ¿Carezco de atractivos? Buenos dientes, no tengo marcas de viruela. Ninguna deformidad visible. Vaya, una muchacha como yo sería un partido ideal en ciertos círculos. Sobre todo cuando el promedio de vida es inferior a los treinta y cinco años... como lo ha sido en buena parte de la historia. El celibato de los adolescentes y los casamientos tardíos son lujos que la sociedad sólo ha podido costearse recientemente. - Lo miró con arrogancia. - He tenido mis amantes, y te aseguro que he gozado tanto con ellos como ellos conmigo. En esas cosas las glándulas importan menos que la sensibilidad de las terminales nerviosas... y @ que un poco de comprensión. Desde luego, todos mis amigos quedaban decepcionados cuando yo no maduraba, pero mientras duraba era divertido.
»Claro que me gustaría vivir en un cuerpo de mujer, sentir el efecto incitante de esas hormonas. Pero para mí la sexualidad no es un impulso, es sólo otra manera de relacionarme con las personas. Ya he reconocido mi necesidad de tener gente cerca, al margen de esas comezones urticantes. Mi vida sería mucho más simple si pudiera arreglármelas sin otros, ya lo creo. Por cierto no necesito el aguijón de la presión glandular para ir en busca de compañía. ¿Qué otra cosa hay en la vida?
¿Qué otra cosa, realmente?, pensó con amargura George padre. Un último intento.
- ¿Sabes lo de May? - preguntó.
- ¿Que no puede tener hijos? Claro, era bastante obvio desde el principio. ¿Piensas que puedo ayudarla? Sí lo piensas. Pues no puedo. Sé menos sobre eso que sobre lo que mató a Mortimer.
Una pausa.
- Lo siento, abuelo.
Silencio.
- Lo siento de veras.
Silencio.
A lo lejos, se oyó un auto que se acercaba a la casa. George hijo estaba de vuelta. El viejo se levantó del tocón, lenta y rígidamente.
- La cena estará pronto. - Se volvió hacia la casa. - No te retrases. Ya sabes que a tu madre no le gusta que juegues en el bosque.
La niña estaba sentada en el banco con las manos prolijamente entrelazadas en el regazo. Oía los ramalazos de la lluvia fría contra los vitrales, cuyas escenas de martirio eran opacadas por la noche que acechaba afuera. A Melissa siempre le habían gustado las iglesias. En un mundo saturado de cambio y muerte, la iglesia era un refugio familiar, un sitio de descanso donde la hueste de inocentes podía prepararse para nuevos enfrentamientos con un mundo hostil.
Su período con los Foster había concluido. Pese a las inevitables rencillas del final, ya podía evocar su estadía con ternura. Lo que más la entristecía era que su predicción de esa primera noche hubiera sido tan acertada. Seguía abrigando la esperanza de que por una vez, al menos, su evaluación cínica de la naturaleza humana resultase errónea y se le concediera un año extra, o incluso un mes extra de felicidad, antes de tener que largarse. Las cosas empezaron a empeorar de veras después que George padre tuvo la primera apoplejía. George hijo era el que había adoptado la actitud más acusatoria. (El viejo había desistido de apremiar a Melissa; tal vez eso era lo que exasperaba más a George hijo). Ella no podía hacer ni decir nada para aliviar la tensión. Su sólo estar allí, una niña sana y prepubescente que no había cambiado en cinco años de fotografías y recuerdos, su sola presencia era una burla a la paulatina retirada del viejo ante el avance de la fatalidad.
Si George hijo se hubiera entendido mejor a sí mismo, quizá no hubiera sido tan rudo con la muchacha. (Pero a fin de cuentas eso había entrado en los cálculos de Melissa). El pensaba que era May quien ansiaba tanto tener hijos, cuando en realidad era su propio subconsciente luchando por esa forma menor de inmortalidad lo que hacía vibrar huecamente ese hogar sin niños. Para May una hija era ante todo una segunda oportunidad de alcanzar la belleza que daba por perdida con el paso de la juventud. Desde luego May cumplió su propia profecía, como tantas mujeres, perdiendo parte de sus encantos con cada año que pasaba.
George hijo empezó a seguir a Melissa en sus viajes al bosque. La furia y la desesperación le daban un sigilo que de lo contrario ella jamás le habría atribuido. George encontró todos sus escondrijos secretos y le robó muestras diminutas de cada uno. No le sirvieron de nada, por supuesto, ni a él ni al padre, pues la poción era extremadamente fotorreactiva (el gran descubrimiento del padre de Melissa, y el secreto que ella guardaba más celosamente). La larga y delicada cadena molecular se disolvía en una sopa confusa de sustancias orgánicas comunes mucho antes que las muestras llegaran al laboratorio de análisis.
Pero esos robos fueron casi la perdición de Melissa. No sospechó nada hasta que empezaron los retortijones abdominales. Sólo los había sentido dos veces en su larga historia, en tiempos de hambruna. Presa del pánico, Melissa se internó en el bosque para recoger sus hierbas y preparar sus brebajes y dormir junto a ellos en una guarida penumbrosa durante los dos días que tardaban en madurar. Los retortijones pasaron, junto con el pánico, y cuando regresó a casa supo que George padre había sufrido una segunda apoplejía.
May estaba furiosa - por qué, no sabía con exactitud - y no le dirigía la palabra. Hacía tiempo que George hijo era una causa perdida. Melissa fue a su cuarto, reflexionó un rato y se preparó para partir. Cuando se escabulló por la puerta trasera, oyó que George hijo hablaba en voz baja por teléfono.
Se las ingenió para poner en marcha el coche de un vecino y salió para la ciudad. Cuando pasó frente a la calzada de los Foster, vio coches que frenaban, hombres de ojos duros que bajaban. Melissa se había agazapado más de una vez en callejones para esconderse de los centuriones romanos. Estos podían ser de la CIA, el FBI, o de cualquier otra sigla destinada a ocultar sus verdaderos propósitos, pero ella sabía a qué venían. Se había largado justo a tiempo.
Nadie piensa en buscar coches robados cuando desaparece una niña; Melissa contaba con un margen de tiempo para maniobrar. Abandonó el sedán en la ciudad, a menos de una cuadra de la estación de autobuses. En la estación compró un pasaje de ida a Berkeley. Fue una de las primeras en subir y se acercó al chofer para preguntarle con modales nerviosos y aniñados, si ése era realmente el autobús de Berkeley. Se escabulló mientras el chofer revisaba unos papeles con el supervisor.
Habiendo dejado esa pista falsa, se cuidó de no huir demasiado pronto en otra dirección. Lo mejor era ocultarse hasta la mañana, después de caminar en vez de abordar un vehículo para ir a otra parte. Pocas personas pensaban en caminar mil quinientos kilómetros hoy día; Melissa lo había hecho más veces de las que podía recordar.
- Tenemos que cerrar, hijo - dijo una voz suave a sus espaldas. De golpe recordó su disfraz y se dio cuenta de que le hablaban a ella. Al volverse vio que se acercaba un sacerdote. La sotana emitía un susurro apenas perceptible -. Es casi medianoche - dijo el hombre con una sonrisa -; tendrías que ir a casa.
- Ah, hola, padre. No lo oí entrar.
- ¿Te sientes bien? Es muy tarde para que estés afuera.
- Mi hermana trabaja de camarera, en esta cuadra. A papá le gusta que la acompañe a casa. Tengo que ir a buscarla ahora. Entré sólo para protegerme de la lluvia. Gracias.
Melissa puso su sonrisa más sincera. Le disgustaba mentir, pero era importante no llamar la atención. Ignoraba qué cacería habían organizado para atraparla. No tenía modo de saber hasta qué punto les creerían a los Foster. El sacerdote le devolvió la sonrisa.
- Muy bien. Pero tú cuídate también, hijo. Las calles no son seguras para nadie, hoy por hoy.
Nunca lo han sido, padre.
Melissa se había disfrazado de muchacho el número de veces suficiente para saber que el sexo no era ninguna protección contra nada. Al menos para los niños.
El problema de los centuriones la preocupaba más de lo que se dignaba admitir. El mismo hecho de que acudieran tantos indicaba que George hijo al menos había convencido parcialmente a un personaje importante.
Por suerte, no había evidencias de peso para demostrar que ella era lo que decía que era. Las muestras robadas por George no servían de nada y las fotos y documentos que May podía esgrimir sólo abarcaban un período de ocho años. Era demasiado tiempo para que una muchachita siguiera pareciendo una muchachita, pero no era nada del otro mundo.
Si tenía suerte, ya habían empezado las racionalizaciones. Melissa era sólo un bicho raro, una jovencita con problemas de crecimiento y una farsante. Los Foster estaban alterados - eso era demasiado obvio - a causa de George padre. No les creerían demasiado literalmente.
Melissa tenía esperanzas. Ante todo esperaba que no contasen con un buen juego de impresiones digitales. (Había limpiado todos los objetos del cuarto antes de partir). Las burocracias eran las únicas criaturas a las que podía sobrevivir: estaría en un brete si el gobierno norteamericano le tomaba inquina.
En fin, era la última vez en mucho tiempo que intentaría encarar las cosas honestamente.
La lluvia había amainado. Era una mejora, pensó, pero aún tenía que encontrar algún refugio para pasar la noche. La lluvia le empapaba el pelo recién cortado y le calaba la delgada chaqueta de béisbol. Sentía cansancio y frío.
Melissa evocó los recuerdos, cobijados durante siglos, de su primera, verdadera infancia. Recordó a su madre, regordeta y rubia, y la seguridad y tibieza que sentía echada en su regazo. La había perdido, junto con millones de otras madres a lo largo del tiempo. Retroceder era imposible.
Adelante, del otro lado de la calle, una marquesina parpadeaba en la llovizna. Letras góticas centelleaban una bienvenida:
WALT DISNEY
TRIPLE PROGRAMA CONTINUADO
PARA NIÑOS DE TODAS LAS EDADES
Como yo, pensó Melissa, y saltó ágilmente la alcantarilla gorgoteante. Cruzó la calle en diagonal, siempre cuidándose de los autos, y pagó la entrada en la taquilla. Dejando por un tiempo el frío y la lluvia, se zambulló complacida en la tibia oscuridad.