unión (es)
Surgió de la nada —una criatura pesadillesca, negra como una tempestad, montañosa, inexorable. Ellie luchó, ahogándose bajo aquel peso de Leviatán, golpeando contra pliegues de terciopelo ahora sólidos, ahora fluidos, ahora impalpables como vapor; se retorció, giró, y se enredó, buscando aire donde no lo había.
Se despertó, con los ojos abiertos al suave resplandor de la luz nocturna, pero en su mente el monstruo permanecía irritado, y le tendía las garras. Sus dedos apretaron las cuentas de un rosario que estaba a ocho mil kilómetros de distancia.
"¡Johanna!" El grito de Ellie fue silencioso, pero sonoro como un trueno para alguien que donde estaba no podría oír una voz.
El gran demonio negro retrocedió, menguando hasta convertirse en una bola pequeña de piel con ocho piernas, y se desvaneció.
En una pequeña ciudad alemana, Johanna Peters se despertó.
"Lo siento, Ellie."
"Está bien." Ellie Greenfield echó una mirada al reloj despertador. "Para ti es la mañana. El doctor ya debería venir a verte"
"Vuelve a dormir, criatura. Necesitas descansar."
"Creo que tomaré una taza de té."
"Perdóname. No será por mucho tiempo más."
Ellie se puso la bata y las pantuflas y se dirigió a la antecámara. La puerta del cuarto de sus padres estaba cerrada, y no se veía luz por la hendidura; pasó de largo en puntas de pie y descendió hasta la planta baja.
"Tú no piensas acerca de ello, Ellie, pero las dos sabemos..."
"Yo no sé nada."
"Aquí está Marta con la bandeja del desayuno que no puedo comer."
"Come de cualquier forma."
Encendió la luz de la cocina, llenó la pava y la puso a calentar. Su padre había dejado el diario sobre la mesa. Lo abrió al azar y comenzó a leer.
—¿Pasa algo, Ellie? —Su madre, Sally Greenfield, estaba de pie en el umbral, enfundada en una arrugada beta azul.
Ellie meneó la cabeza.
—Simplemente no podía dormir, Ma. Me estoy haciendo un poco de té.
La señora Greenfield se sentó junto a su hija.
—Has estado durmiendo mal durante semanas, y has perdido peso. ¿Hay algo que te preocupa?
Ellie se encogió de hombros.
—Los exámenes se están acercando.
—Siempre dices eso. No puedes tener tantos exámenes.
Ellie sonrió.
—Nunca has ido a la Universidad de Chicago.
La señora Greenfield le tocó el brazo.
—¿Es demasiado para ti, querida?
Tu padre y yo estábamos preguntándonos... ¿Quieres cambiarte a otra escuela?
—No, Ma. Me encanta la Universidad de Chicago.
—¿Pero estás segura de que no es muy duro?
—Estoy segura.
—¿Entonces qué es, querida? ¿Qué es lo que te molesta?
—Nada, Ma. No te preocupes por mí.
—¿Es... Bob? ¿Tienes algún problema con él?
La pava comenzó a silbar y Ellie apagó el fuego.
—Bob y yo estamos bien —dijo, eligiendo un sobre de jazmín de la lata de té.
—¿Estás embarazada?
Ellie llenó su taza de agua.
—Has estado mirando demasiadas telenovelas, Ma. Aunque parezca raro, todavía soy virgen.
La señora Greenfield se recostó contra el respaldo de su silla.
—Tal vez estés incubando algo. Pediré hora con el doctor Levin.
—Si quieres. —Ellie sorbió su té. No creo que vaya a encontrar nada en particular. Son solamente nervios. Estaré bien después de los exámenes.
"Antes de eso."
"Toma tu desayuno, Johanna."
"Me duele, Ellie. No puedo comer."
Ellie sintió nuevamente las cuentas del rosario deslizándose por entre sus dedos, y miró su mano vacía, cerrándola en un puño. La voz de Johanna podía estar rezando el Ave María o el Padrenuestro, pero su mente clamaba a Dios por descanso. Ellie se concertró en la taza de té, en el calor descendiendo por la garganta, en la dulzura del azúcar, y el sonido de las preguntas de su madre.
—¿Por qué no nos tomamos una semana de vacaciones en Florida, querida? ¿ Las dos solas?
—No puedo dejar el estudio, Ma.
—Lo hicimos cuando estabas en la secundaria.
—El colegio superior es distinto. No puedo permitirme perder un solo día. Las cosas van demasiado rápido.
—Incluso podemos llevar a Bob, si quieres.
Ellie sacudió la cabeza.
—El tampoco podría ir. Por favor, Ma; no hay nada de qué preocuparse. Te darás cuenta de eso cuando veas mis calificaciones.
—Las calificaciones no quieren decir nada si estás físicamente arruinada.
—Lo pensaré. —Bostezó elaboradamente, extendiendo los brazos por sobre su cabeza—. Creo que volveré a la cama.
"Aquí está Paula con la aguja." Ellie miró el reloj de la cocina. "¿No es un poco temprano?" "Tengo dolores."
—Buenas noches, Ma.
—Buenas noches, querida. Que duermas bien.
"Debes dormir, Ellie."
"Si prometes que no habrá más pesadillas."
"No creo que vaya a dormir más por hoy."
"La inyección te producirá cansancio."
"No creo. Espero que el sacerdote venga de nuevo esta tarde. Me gustaría hablar con él."
Mientras Ellie subía las escaleras en dirección a su dormitorio, Johanna sentía que iba trepando la cuesta del cementerio. Las lápidas llevaban grabados nombres familiares, los nombres de sus parientes y sus vecinos, Peters, Koos, Sonnen —habitantes de la villa de Erdorf desde tiempo inmemorial. Allí, junto a su amado Georg, debajo del signo de la paz, yacería ella.
"Todavía eres joven. Deberías casarte de nuevo." —Ellie cerró los ojos y se acomodó en posición fetal bajo su frazada térmica.
"Me gustaría que el dolor se fuera."
"Trata de relajarte. La inyección ayudará."
"Duerme, criatura."
"Duerme, Johanna."
Cinco tranquilas horas más tarde, Ellie engullía un bocado con crema de queso mientras corría hacia su auto. Encontró un lugar para estacionar a una cuadra de las aulas, llegó al examen solamente dos minutos tarde.
"Deséame suerte."
"Nunca la necesitas."
"Spasibo."
Examen de ruso: Ellie tradujo tan rápido como podía escribir, terminó antes que cualquier otro de sus compañeros, luego volvió al comienzo y revisó todo el examen nuevamente.
"Estoy orgullosa de ti, criatura, eres una verdadera lingüista."
"Eso viene de la práctica."
"Aprendes ruso con la misma facilidad con que aprendiste alemán."
"No lo creo, pero gracias por el cumplido. Tú tampoco eres mala."
"Tras tantos años de práctica constante, sé bastante inglés, pero me has dejado muy atrás en ruso."
"Lo hablaremos más seguido."
"No habrá tiempo, Ellie."
"Johanna, debo estudiar."
En el segundo piso de la biblioteca, encontró un lugar vacío, abrió un libro y examinó las transformaciones químicas que tendría que practicar más tarde ese mismo día.
En Alemania, una mujer dormitaba, reviviendo mudas memorias que tenían veinte años de antigüedad: un suave zumbido en los oídos, una sensación de calor, como si estuviera inmersa en un baño —Johanna se había recostado, esperando que la sensación pasara. Pensó en ver a un doctor, pero había poco dinero en el bolso debajo del colchón. Paula se asomó a preguntarle por qué estaba descansando a mitad del día. —Sólo un poco de cansancio, querida —dijo Johanna, y se levantó y prosiguió su limpieza del piso.
Semanas después, el zumbido y el calor seguían con ella, aunque los había relegado al fondo de su mente, ya sin reconocerlos conscientemente. Estaba dormida entre un grueso par de colchones de pluma cuando sus sueños con Georg y los buenos tiempos de antes de la guerra fueron interrumpidos por una presión súbita que envolvió todo su cuerpo, llevándose el aire de sus pulmones. Se despertó, arañando el aire, arrojando los cobertores, saltando de la cama para pararse, estremeciéndose en la oscuridad del cuarto compartido con Marie. El suelo estaba frío bajo sus pies desnudos. A través de las ventanas, la luz pálida de la luna bañaba el cuarto. La presión se había ido.
Johanna se vistió silenciosamente y se dirigió a la cocina en busca de una taza de té. Encontró pavesas de carbón en la estufa, agregó unos leños e hizo un fuego para calentar la pava. Estaba agregando un poco de miel al té cuando la presión retornó.
Esta vez era una cosa tenue, un eco distante de la primera —un capullo fantasmal, contrayéndose y expandiéndose a un suave ritmo de aceleración. Despierta, respirando con una regularidad consciente, pudo apartarlo, como si fuera una tela de araña en el jardín, obstruyendo momentáneamente el camino. Pero se mantenía en los límites de su percepción como una mera sombra de presencia incuestionable. Estaba asustada e intrigada; no había dolor, ni desmayos, ningún tipo de deterioro físico. Sólo había una sombra.
Johanna rezó silenciosamente hasta las seis, cuando Paula se levantó.
—Buen día, mamá.
—Estoy enferma, Paula. Debes ir a la estación del tren y pedir un taxi.
Pero para cuando vio al doctor, las sensaciones habían culminado con una poderosa vibración y un breve sentimiento de intenso frío que había hecho que deseara gritar. El doctor no encontró nada físico, pero prescribió unos días de reposo en la cama.
"Más tarde me di cuenta de que ésa fue la noche en que tú naciste."
"Ultimamente me estás haciendo probar mi propia medicina. Ese gran monstruo negro —ugh."
"Somos más vulnerables cuando dormimos. ¿Alguna vez has sentido el dolor en sueños?"
"Un poco, a veces."
"Entonces te despiertas."
"Sí, y enseguida desaparece."
"Necesitas dormir más."
"¡Acaso tú no!"
"Estás perdiendo peso, Ellie."
"Basta, Johanna. Apenas si puedo soportarlo cuando lo dice mi madre."
"Es mi culpa."
"No seas tonta."
"Me suicidaré, y entonces no sufrirás más a causa de mis pesadillas y mis dolores."
"¡Johanna!"
"Sé que es una cosa terrible, pero nuestro caso es especial —seguramente Dios me perdonará por terminar con tu sufrimiento."
"No estoy sufriendo, Johanna."
"No puedes mentirme."
"No sirve de nada seguir discutiendo esto. Tengo que encontrarme con Bob para almorzar."
"También estoy arruinando tus estudios."
"Te estás hundiendo en la autocompasión, eso es lo que estás haciendo. Mis estudios van bien: tuve sobresaliente en ese examen y voy a integrar el cuadro de Honor."
"Tienes la perseverancia de la juventud. Mi hermana Marta casi se ha enfermado de tanto cuidar de mí... y de saber. Pero Paula es joven y lo lleva bien. Oh, ¿por qué Dios está poniéndonos a prueba a todos así?"
Ellie suspiró. Su comunicación con Johanna originariamente la había imbuido de una creencia católica en Dios, pero la práctica y el pensamierto posteriores la habían arrancado de eso, primero hacia el nebuloso judaísmo practicado por su familia y luego hacia el ateísmo. Quería a Johanna, pero ya no podían discutir sobre religión en forma racional, y Ellie prefirió huir cuando apareció el tema.
Bob la esperaba en el café y la abrazó.
—Pensé que ibas a llegar tarde.
—Estaba cansada de estudiar. Lo sé tan bien como jamás lo sabré.
—No parece muy difícil. ¿Sugarman va a usarte de ejemplo para la clase como lo prometió?
—No dijo una palabra desde el miércoles. Probablemente lo olvidó.
—No él. —Pegó un mordisco a su sandwich y habló con la boca llena—: Eh, darán "La guerra de los mundos" en el B-J el viernes a la noche. ¿Quieres verla?
—Oí decir que está toda rayada.
—Solamente la primera parte, según Jerry.
—Entonces está bien.
—Y después tenemos una fiesta.
—¿En la casa?
El asintió.
"No vayas, Ellie."
"Eres demasiado conservadora. Por supuesto que iré."
"Te quedas sola con él muy seguido."
"Nunca estoy sola."
"Quieres vestirte de blanco para tu casamiento."
"Aún no lo he decidido."
"Ellie, te quiero tanto como a mí Paula."
"¡Johanna, deja de preocuparte por mí! ¡Contigo cerca jamás puedo hacer algo sin pensarlo antes tres veces!"
"No te enojes, Ellie."
"No estoy enojada. Si, lo estoy, pero no mucho. Déjame manejar mi propia vida."
—¿A qué hora empieza la película?
—Pasaré a buscarte a las siete.
Ellie echó una mirada a su reloj.
—Será mejor que me vaya.
Iré contigo.
Se tomaron de las manos y salieron al patio.
"El busca solamente una cosa, criatura."
"Creo que la semana que viene compraré píldoras anticonceptivas."
"Sé que Dios te perdonará estos pensamientos."
"Johanna, a veces colmas mi paciencia."
Ellie le dio un beso de despedida a Bob frente al Rosenwald Hall y corrió escaleras arriba hacia la clase de historia. Se sentó al fondo, como de costumbre, mirando al instructor que estaba de pie frente al pizarrón. Su lapicera trabajaba casi automáticamente mientras su mente divagaba. Johanna estaba mirando hacia el pasado nuevamente, en un caleidoscopio de recuerdos deshilvanados que Ellie reconoció: el abrazo de despedida de Georg antes de tomar el tren que lo llevó hacia la frontera oriental y la muerte; el repiqueteo de las campanas en las iglesias el domingo después de la rendición; el aroma de las frutillas en maduración desde el jardín, adquiridas por las esposas de los G.I. en la base aérea cercana; el sabor de las hamburguesas, condimentadas y sabrosas, reservadas para comidas especiales. Para Ellie, las experiencias y memorias de Johanna tanto en el sueño como en la vigilia existían como un zumbido constante en el fondo de la mente, justo bajo el umbral de la conciencia; igual que el televisor que sus padres tenían encendido todo el día y hasta tarde en la noche: estaban allí si se prestaba atención, pero eran fáciles de ignorar. Excepto durante el sueño.
Compartían sueños las pocas veces que dormitaban... especialmente cuando Ellie era muy chica y dormía la siesta. Más tarde, si una dormía mientras la otra estaba inmersa en su rutina diaria, las experiencias imaginarias de la que dormía estaban influidas por las experiencias reales de la que estaba despierta. Los padres de Ellie siempre resaltaban lo fácil que le resultaba dormir y lo raro de que siempre tuviera pesadillas; sólo una vez, cuando la plácida vida de Johanna fue interrumpida por un Volkswagen que casi la atropella, Ellie —que entonces tenía seis años— se despertó gritando. Sally Greenfield se alarmó lo suficiente como para mencionarle el inusual evento al psiquiatra de su hija.
Habían requerido la ayuda del doctor Berger cuando los padres de Ellie descubrieron que su hija tenía una compañera de juegos imaginaria llamada Johanna, una señora que vivía en una vieja casa con un vasto jardín y un patio trasero lleno de vacas. Siendo muy chica. Ellie había sostenido que su nombre era Johanna, y los Greenfield, divertidos en un principio, a veces la llamaban así. Al cumplir los cinco, ya había diferenciado a Johanna de sí misma, le hablaba casi constantemente y no parecía entender el que sus padres no percibieran a la mujer.
El doctor Berger sostuvo una serie de largas conversaciones con Ellie, ninguna de las cuales evidenció la existencia de problemas profundos. Finalmente, Ellie se dio cuenta de que la existencia de Johanna era la fuente del interés de él, y que nunca dejaría de fastidiarla —y sus padres jamás quedarían satisfechos— hasta que ella admitiera que Johanna no existía. Con el fin de llevar la paz al hogar de los Greenfield, lo admitió.
"¿Cómo puedes hacerles reproches, Ellie? Yo escuché tu voz silenciosa, y tampoco podía creerlo. Creí que estaba volviéndome loca. Recé, ¡cómo recé! Y tú estabas siempre allí, oyendo mis plegarias. Por un tiempo pensé que eras un ángel. Yo estaba oyendo voces igual que Juana de Arco. Yo, Johanna Peters. Era absurdo. Me confesé, y el sacerdote me sugirió que viera a un psiquiatra. Pero no tenía dinero, y el psiquiatra quedaba muy lejos. Decidí ignorarte. Como si fuera posible!"
"¿Cuándo decidiste que yo era otro ser humano?"
"Cuando recibí tu carta."
"¿Antes de eso no?"
"Antes de eso no."
Ellie había aprendido cómo comportarse, y había aprendido también que las otras personas no compartían sueños, oían voces, veían, olían y sentían las sombras de visiones, olores y roces. Era una chica solitaria, distinta, que prefería los libros a los juegos y la amistad de Johanna a la de los chicos de su edad. La vida de Johanna era distinta a la suya y fascinante: vacas lecheras, recolección de habas y de fresas, armar una fogata a carbón y madera en una caldera de cobre para el agua del baño, viajar en trenes y en micros a través de los bosques y las granjas. Estas eran actividades que sus padres no le ofrecían. Ellie podía sentarse en un rincón de su cuarto y seguir la vida de Johanna como si hubiera estado mirando televisión: la recepción era velada y poco clara, pero estaba allí cuando ella lo quisiera y podía ser sintonizada mediante un pequeño esfuerzo de concentración.
"Creo que no reconocería a tu madre por la calle, Ellie."
"Yo creo que no te reconocería a ti, Johanna, si no fuera por la foto que mandaste. Tu imagen es borrosa. Pero reconocería a Georg."
"Unas pocas cosas importantes están claras... mi amor por Georg. Tu nacimiento. Mi muerte."
"¡Johanna, no!"
"No nos encontraremos, Ellie."
"Sólo un año más, Johanna. La mayor parte del dinero para el viaje ya está en mi cuenta bancaria."
"Quería que pudiera ser. Pero ni siquiera llegarás para mi funeral. Deja una corona, Ellie, cuando vengas a Erdorf. Una corona para mi y para Georg. Quisiera que lo hubieras conocido."
Estando en cuarto grado, Ellie había encontrado Alemania en el atlas de la Enciclopedia Británica, pero Erdorf, una aldea de ciento cincuenta casas, no estaba marcada. Bitburg, donde Johanna hacía sus compras, estaba allí, no lejos de la frontera con Luxemburgo. La distancia desde Chicago era enorme: ocho mil kilómetros, siete husos horarios. En cuarto grado, Ellie no podía concebir esos espacios, pero calculó que a su máxima velocidad, podría caminar hasta la casa de Johanna en cincuenta y dos días, si no se detenía a comer y a dormir.
Aún a los nueve años, parecía excesivo, especialmente si parte de la ruta era sobre agua.
Estaba cansada de la desesperanza de Johanna. Superficialmente, Johanna aceptó enseguida que Ellie era real, pero en su fuero interno, la duda era una herida abierta, y solamente su rosario podía mantenerla a salvo en el límite. Por su parte Ellie nunca había tenido dudas sobre la existencia de Johanna.
"Eso fue porque naciste unida a mí, pero yo viví los treinta primeros años de mi vida sin ti."
"Debí haber mandado la carta por vía aérea. Estabas tan nerviosa durante las seis semanas que estuvo en el mar...
"Tenía miedo de saludar al cartero cuando venía subiendo la colina. Temía que tuviera una carta de América, y temía que no tuviera una carta de América."
Ellie había enviado el mensaje con su caligrafía infantil, sólo unas pocas palabras: Soy real. Te quiero. Con amor, Eleanor Greenfield. Copió la dirección del dictado de Johanna, imprimiendo con sumo cuidado las palabras Alemania y Deutschland en el sobre. Luego fue al correo y pagó el franqueo con monedas que de otro modo hubiera gastado en revistas de historietas o en golosinas.
"Me quedé inmóvil con la carta en la mano. La rompí tratando de abrir el sobre. Estaba temblando."
Terminó la clase de historia, y Ellie recogió lentamente los libros y los apuntes. El instructor era alemán. Se preguntó cómo reaccionaría si se acercaba a él y comenzaba a hablar en la lengua nativa de Johanna. El instructor era de Bremen, en el norte, donde hablaban una forma incisiva del alto alemán, muy duro y preciso, casi el mismo lenguaje de los libros de texto. Johanna, de una comunidad sureña y rural, solía hablar en una variedad de bajo alemán, un lenguaje fácil y farfullado. denigrado por maestros y personas educadas, así como por Paula, la hija de Johanna, que acababa de terminar el secundario. Los padres de Ellie habían confundido su fluido bajo alemán con yiddish —una lengua cercana— cuando ella era chica, suponiendo que la había aprendido de sus abuelos durante las visitas de los domingos por la tarde.
Más tarde, cuando Johanna hizo un esfuerzo por hablar —y pensar— únicamente en el alto alemán que su hija estaba aprendiendo en el colegio, Ellie descubrió la diferencia entre ambos; los sacó más fácilmente que la propia Johanna, y encontró libros en la biblioteca para leer en alto alemán. No había ninguno en la otra variante.
"Alemán, ahora ruso... cuando vengas a Europa, te tomarán por una nativa."
"Mejor eso que por una americana."
"Podrás decir que eres de Erdorf."
"Apuesta a que lo haré."
Ellie miró su reloj. Otra vez estaba retrasada. Le quedaba menos de un minuto para llegar al laboratorio.
"Es mi culpa, querida. Te estoy distrayendo."
"No importa."
"Has sido un gran consuelo para mí, Ellie, estos últimos años. Me gustaría que hubiéramos podido encontrarnos."
Ellie corrió a través del patio. El viento que venía del lago era frío y el cielo prometía lluvia. Unos pocos estudiantes apurados la pasaron.
"¿Hay alguien más como nosotras en el mundo, Johanna? ¿Tal vez en este mismo campus, escondiéndose...?"
"Dios nos eligió a nosotras para un milagro. Muchas veces me pregunto por qué."
"Las leyes de probabilidades..."
"Para compensarme a mi de la pérdida de Georg..."
"Pondré otro anuncio en el Tribuna la semana que viene. Quizá esta vez conteste alguien sano."
Abrió la pesada puerta del Edificio de Química y se abalanzó escaleras arriba saltando los escalones de tres en tres. Bob la esperaba junto al armario, sosteniendo su guardapolvo de laboratorio. Ella le dio los libros para que se los guardara.
—Te eligió —le dijo—. El jefe acaba de hacerme una seña.
—Entonces se va a dar cuenta de la clase de estúpida que soy.
"El sacerdote está aquí, Ellie."
—Estás rengueando. ¿Te lastimaste la pierna? No deberías correr así por las escaleras; Al Harris se rompió la pierna de esa forma.
—No, es sólo una puntada en el costado.
Ellie se palpó la cintura con dedos firmes. El dolor era de Johanna, lo sabía por sus sueños, pero nunca antes la había molestado durante el día.
"¿Johanna?"
"Perdóneme padre, porque he pecado."
Era un dolor fantasma, que no respondía al masaje o a los ejercicios. Ellie lo borró de su mente, concentrando su atención en armar el aparato para la demostración. Johanna había confesado sus pecados casi todos los días de las últimas tres semanas, y Ellie trataba de no molestarla en esos momentos.
"Me he asociado con una atea, la he querido como a mi propia hija y he aceptado su negación de Dios sin discusión."
Ellie se sintió indignada: "Johanna, no hay necesidad de confesar eso."
"He rogado por la muerte y he considerado la idea del suicidio."
Ellie tomó un tubo pero sintió las cuentas del rosario. El dolor del costado parecía obstruir su respiración. y comenzó a jadear. Metió el extremo del tubo en un sostenedor de goma con dos orificios, concentrando toda su atención en el procedimiento.
—Hey, vas a romperlo si lo sostienes así —dijo Bob.
—¿Eh...?
Le quitó el tubo de las manos.
—Este sostenedor es muy chico.
El la miró a la cara y frunció el ceño,
—¿Te sientes bien? Estás pálida...
"Y he aceptado café en polvo como regalo de los soldados americanos, aunque sabía que estaba prohibido por la ley."
Ellie se tendió sobre el banco del laboratorio, jadeando y arañando ese profundo dolor que todo lo abarcaba derramándose desde su costado. Sonrió desvaídamente, para Bob y para la mujer en Alemania.
"Johanna, ésa es una cosa demasiado tonta como para confesar."
Bob la sostuvo del brazo.
—Ellie, siéntate en alguna parte.
Ella sintió, más que verlo, algo negro como una tormenta, montañoso, inexorable. Ponía sus ojos en blanco, golpeaba su cuerpo, tronaba en sus oídos. Gritó el nombre de Johanna y se hundió en el duro suelo del laboratorio. Leviatán flotaba sobre ella, y se retorció y giró enredándose, buscando aire. "¡Johanna, Johanna!"
Un mudo estremecimiento respondió a su grito. Y luego aquel ser malvado, enorme y negro se derritió y desapareció.
Ellie yacía fláccida y exhausta, la boca floja y abierta, sus ojos perdidos en la brillante luz fluorescente. Alguien la tapo con un guardapolvo. Alguien elevó sus pies, sosteniéndolos con una pila de libros. Alguien rozó sus muñecas y tocó su frente y sus mejillas en busca de una señal de fiebre. Alguien le habló en voz baja, llamándola por su nombre una y otra vez.
"¿Qué fue eso, Johanna? Estabas bien despierta."
A su alrededor, sus compañeros charlaban excitadamente, en forma ininteligible. Pero la voz silenciosa no respondía.
Se tapó los oídos con las manos, cerró los ojos, se cerró al mundo palpable del sonido y la luz y buscó los ecos que venían de ocho mil kilómetros de distancia. No encontró nada, ni una cuenta de rosario, ni una fugaz visión de las coloridas hojas otoñales que cubrían Erdorf, ni un solo murmullo de los silenciosos sonidos del sueño. Su mente, a excepción de los propios pensamientos, estaba vacía.
"¡Johanna!"
Abrió los ojos y miró un rostro ansioso: Bob.
—Mandaron buscar una ambulancia, Ellie. Te llevaremos a Billings, y llamaré a tus padres desde ahí. Estarás bien.
Apenas si lo oyó. Cerró de nuevo los ojos y los oídos, buscando, buscando... Pero los ecos y las sombras que la habían acompañado desde antes de su nacimiento se habían ido. Por primera vez, Ellie Greenfield estaba sola.
Comenzó a temblar.