terror de siete días (es)
—¿Hay algo que quisieras hacer desaparecer? —le preguntó Clarence Willoughby a su madre.
—Un fregadero lleno de platos sucios es lo único que se me ocurre. ¿Cómo lo harás?
—Acabo de construir un desaparecedor. Todo lo que tienes que hacer es sacarle el fondo y la parte superior a una lata de cerveza vacía. Luego tomas dos redondeles de cartulina roja con un agujero en el centro y los fijas en los extremos de la lata. Miras a través de los agujeritos y parpadeas. Todo lo que mires desaparecerá.
—Oh.
—Lo que no sé es si lo puedo hacer volver. Mejor probemos con otra cosa. Los platos cuestan dinero.
Como siempre, Myra Willoughby no pudo menos que admirar la sensatez de su hijo de nueve años. Ella no habría sido tan previsora. Él siempre lo era.
—Puedes probar con el gato de Blanche Manners, que está allí afuera. Salvo a Blanche Manners, a nadie le importará si desaparece.
—Está bien.
Se puso el desaparecedor en el ojo y parpadeó. El gato desapareció de la acera.
La madre de Clarence se mostró interesada.
—Me gustaría saber cómo funciona. ¿Tú lo sabes?
—Sí. Tomas una lata de cerveza a la que le has sacado los dos extremos y le pones dos trozos de cartulina. Entonces parpadeas.
—No tiene importancia. Llévatelo afuera y juega con él. Mejor que no hagas desaparecer nada de lo que hay aquí dentro hasta que yo lo piense un poco.
Pero cuando Clarence se hubo marchado, Myra Willoughby quedó bastante preocupada.
—Me pregunto si tendré un hijo precoz. Vaya, hay mucha gente grande que ni siquiera sabría cómo hacer un desaparecedor que funcione. Me pregunto si Blanche Manners extrañará mucho a su gato.
Clarence fue a La Moneda Falsa, la taberna de la esquina.
—¿Tienes algo que quieras hacer desaparecer, Nokomis?
—Solamente la panza.
—Si te la hago desaparecer te quedará un agujero y te desangrarás hasta morir.
—Tienes razón, me moriría. ¿Por qué no pruebas con el surtidor de agua de la calle?
Esa fue en cierto modo una de las tardes más felices en la historia del barrio. Los chicos venían de manzanas y manzanas a la redonda para jugar en las calles y alcantarillas inundadas, y si algunos se ahogaron (y no decimos que se hayan ahogado) en la correntada (y hermano, ¡qué correntada! ), bueno, esas cosas son previsibles. Las autobombas (¿a quién se le ocurrió llamar a los bomberos para apagar una inundación?) estaban hundidas en el agua hasta el motor. Los vigilantes y los camilleros de las ambulancias daban vueltas y vueltas, perplejos y empapados.
—Resucitador, resucitador, ¿alguien quiere un resucitador? —pregonaba Clarissa Willoughby.
—Ah, cierra el pico —le decían los camilleros.
Nokomis, el barman de La Moneda Falsa llamó a Clarence para hablar a solas.
—No creo, por ahora, que le cuente a nadie lo que pasó con esa boca de incendio —le dijo.
—Si tú no lo cuentas, menos lo contaré yo —dijo Clarence.
El oficial Comstock tenía sus sospechas.
—Hay sólo siete explicaciones posibles: lo hizo uno de los siete Willoughby. No sé cómo. Se habría necesitado una aplanadora para hacerlo, y siempre habría quedado algún rastro del surtidor. Pero ha sido uno de ellos, como quiera que lo hayan hecho.
El oficial Comstock tenía un talento especial para acercarse a la verdad de las cosas oscuras. Era por eso que hacía esas rondas a pie, en la periferia de la ciudad, en vez de estar sentado en una silla, en el centro.
—¡Clarissa! —llamó el oficial Comstock con voz de trueno.
—Resucitador, resucitador, ¿alguien quiere un resucitador? —pregonaba Clarissa.
—¿Sabes qué ha pasado con ese surtidor? —le preguntó el oficial.
—Tengo una sospecha siniestra. Por ahora no es más que una sospecha. Cuando esté mejor informada se lo haré saber.
Clarissa tenía ocho años y era muy propensa a las sospechas siniestras.
—Clementine, Harold, Corinne, Jimmy, Cyril —preguntó a los cinco Willoughby menores—. ¿Sabéis qué fue lo que pasó con esa boca de incendio?
—Ayer anduvo un hombre aquí. Apuesto a que se la llevó —dijo Clementine.
—Ni siquiera recordaba que allí hubiese una boca de incendio. Me parece que estáis haciendo mucho ruido por nada —dijo Harold.
—El municipio ya se va a enterar —dijo Corinne.
—Claro que lo sé —dijo Jimmy—. Pero no lo voy a contar.
—¡Cyril! —gritó el oficial Comstock con voz terrible, no una voz aterradora sino una voz terrible. Ahora empezaba a sentirse terriblemente mal.
—¡Alto! No vale —dijo Cyril—. Yo tengo tres años. Ni siquiera sospecho en qué puedo ser responsable.
—Clarence —dijo el oficial Comstock. Clarence tragó saliva.
—¿Sabes adonde habrá ido a parar ese surtidor?
La cara de Clarence se iluminó.
—No, señor. No sé dónde fue a parar.
Llegó una diligente pandilla de operarios del departamento de aguas corrientes, y cortó el agua en varias manzanas a la redonda y le puso una especie de tapón a la boca.
—Esto seguramente va a dar lugar a un informe bastante raro —dijo uno de ellos.
El oficial Comstock se alejó desanimado.
—No me moleste, señorita Manners. No sé adonde ir a buscar su gato —dijo—. Ni siquiera sé dónde buscar esa boca de incendio...
—Tengo una idea —le dijo Clarissa—; que cuando encuentre al gato, en el mismo lugar encontrará la boca de incendio. Por ahora no es más que una idea...
Ozzie Murphy llevaba un sombrerito en la punta de la cabeza.
Clarence le apuntó con el arma y guiñó el ojo. El sombrero ya no estaba allí, pero un regüerito de sangre le bajaba a Ozzie de la coronilla.
—Yo en tu lugar no seguiría jugando con eso —dijo Nokomis.
—¿Quién está jugando? —dijo Clarence—. Esto es de verdad.
Ese fue el comienzo del terror de siete días en el hasta entonces apagado vecindario. Los árboles desaparecían de los parques; las columnas de alumbrado era como si nunca hubiesen existido; Wally Waldorf llegó a su casa, bajó del coche, cerró la puerta, y no hubo más coche. Cuando George Mullendorf volvía a su casa por el sendero, su perro Pete corrió a su encuentro y le saltó a los brazos. El perro brincó desde la acera, pero algo raro sucedió; el perro se hizo humo, y sólo un ladrido flotó por un momento en el aire perplejo.
Pero lo peor de todo fue lo de los surtidores. El segundo desapareció. Colocaron otro a eso del mediodía. A los tres minutos se había evaporado. A la mañana siguiente instalaron la boca número cuatro.
El comisionado de la Dirección de Aguas Corrientes estaba allí; allí estaban el ingeniero del Municipio; el jefe de policía estaba allí con un escuadrón anti-disturbios; el presidente de la Asociación de Padres y Maestros estaba allí; el decano de la Universidad estaba allí; el alcalde estaba allí; allí estaban tres caballeros del F.B.I., un camarógrafo de la TV, científicos eminentes y una multitud de honestos ciudadanos.
—Veamos si ahora desaparece —dijo el ingeniero del Municipio.
—Veamos si ahora desaparece —dijo el jefe de policía.
—Veamos si ahora desapa... Desapareció, ¿verdad? —dijo uno de los científicos eminentes.
Y se había hecho humo, y todo el mundo estaba empapado hasta los huesos.
—Yo al menos conseguí la secuencia del año —dijo el fotógrafo. Pero su cámara y sus aparatos desaparecieron a la vista de todo el mundo.
—Corten el agua y obturen la boca —dijo el comisionado—. Y por ahora no pongan ninguna más. Esa era la última que quedaba en depósito.
—Esto me supera —dijo el alcalde—. Me sorprende que Tass no tenga la noticia todavía.
—Tass ya la tiene —dijo un hombrecito rechoncho—. Yo soy Tass.
—Si todos ustedes, caballeros, quieren molestarse en pasar a La Moneda Falsa —dijo Nokomis—, y probar uno de nuestros tragos largos Boca de Incendio, se sentirán más animados. Están hechos con buen whisky de maíz, azúcar negra y agua de esta misma boca. Tendrán el honor de ser los primeros en probarlo.
El negocio marchaba sobre ruedas en La Moneda Falsa pues era justo frente a su puerta donde desaparecían las bocas en medio de cataratas tumultuosas.
—Sé cómo podemos enriquecernos —le dijo Clarissa varios días después a su padre, Tom Willoughby—. Todo el mundo dice que va a vender sus casas por nada y mudarse de este barrio. Consigue un montón de dinero y cómpralas todas. Luego las puedes volver a vender y hacerte rico.
—No las compraría ni a un dólar cada una. Tres de ellas ya han desaparecido, y todas las familias, menos nosotros, han sacado los muebles al jardín. Mañana por la mañana quizá no haya nada más que baldíos.
—Mejor aún; compra entonces los baldíos. Y estarás preparado para cuando vuelvan las casas.
—¿Volver? ¿Las casas van a volver? Dime jovencita, ¿sabes tú algo de todo esto?
—Tengo una sospecha rayana en la certeza. Por ahora no puedo decir nada más.
Tres científicos eminentes se habían reunido en un desordenado apartamento que daba la impresión de pertenecer a un sultán borracho.
—Esto trasciende lo metafísico. Viola el continuum cuántico. En cierto modo invalida a Boff —dijo el doctor Velikof Vonk.
—La contingencia de la intransigencia es el aspecto más mistificante —dijo Arpad Arkabaranan.
—Sí —dijo Willy McGilly—. ¿Quién habría pensado en lo que se podía hacer con una lata de cerveza y dos trozos de cartulina? Cuando yo era niño lo hacía con una caja de harina de avena y una crayola roja.
—No siempre le entiendo —dijo el doctor Vonk—. Me gustaría que hablara en forma más simple.
Hasta ese momento no había heridos, ni había desaparecido ningún ser humano, fuera de un poquito de sangre en la coronilla de Ozzie Murphy, en los lóbulos de Conchita cuando le desaparecieron de las orejas los vistosos pendientes, uno o dos dedos cortados cuando se eclipsó una casa en el momento en que alguien hacía girar la perilla de la puerta, un dedo gordo perdido cuando un chico de la vecindad pateó una lata y la lata no estaba; tal vez no más de medio litro de sangre y unos doscientos gramos de carne en total.
Ahora, sin embargo, desapareció ante testigos el señor Buckle, el almacenero. Esto era grave.
Algunos investigadores con cara de pocos amigos llegaron del centro de la ciudad a conferenciar con los Willoughby. El de cara más siniestra era el alcalde. En días más felices no había sido un hombre de carácter violento pero ya el terror reinaba desde hacía siete días.
—Corren rumores bastante feos —dijo uno de los investigadores con cara de malo— que vinculan a esta familia con ciertos acontecimientos. ¿Alguno de ustedes sabe algo al respecto?
—Yo hice correr la mayor parte de esos rumores —dijo Clarissa—, pero no los considero feos. Más bien crípticos. Pero si quieren llegar al fondo del asunto no tienen más que hacerme una pregunta.
—¿Tú hiciste desaparecer todas estas cosas? —le preguntó el investigador.
—Esa no es la pregunta —dijo Clarissa.
—¿Sabes dónde han ido a parar? —le preguntó el investigador.
—Esa tampoco es la pregunta —dijo Clarissa.
—¿Puedes hacer que vuelvan?
—Claro que puedo. Cualquiera puede. ¿Usted no?
—Yo no. Si tú puedes, hazlo ahora mismo, por favor.
—Necesito algunos elementos. Consígame un reloj de oro y un martillo. Luego vaya a la droguería y cómpreme esta lista de productos químicos. Y también necesito un metro de terciopelo negro y medio kilo de azúcar candé.
—¿Lo hacemos? —preguntó uno de los investigadores.
—Sí —dijo el alcalde—. Es nuestra única esperanza. Consíganle todo lo que pide.
Y le trajeron todo.
—¿Por qué se lleva ella toda la atención? —preguntó Clarence—. Fui yo quien hizo desaparecer todas las cosas. ¿Cómo sabe ella la forma de hacerlas volver?
—¡Yo lo sabía! —gritó Clarissa con odio—. ¡Yo sabía que era él! Leyó en mi diario cómo construir un desaparecedor. Si yo fuese su madre le daría una buena paliza por leerle el diario a su hermanita. Eso es lo que pasa cuando cosas como ésta caen en manos irresponsables.
Sostuvo el martillo sobre el reloj de oro del alcalde que estaba ahora en el suelo.
—Tengo que esperar unos segundos. Esto no se puede hacer a la ligera. Sólo será un momento.
El segundero giró hasta alcanzar el punto que le fuera preordenado antes del principio del mundo. Repentinamente, Clarissa descargó el martillo con todas sus fuerzas sobre el hermoso reloj de oro.
—Ya está —dijo—. Todos los problemas han terminado. Miren, allí, en la acerca, está el gato de Blanche Manners, en el mismo sitio que hace siete días.
Y allí estaba otra vez el gato.
—Ahora vayamos a La Moneda Falsa y observemos cómo reaparecen las bocas de incendio.
Tuvieron que esperar sólo unos minutos. La boca llegó de la nada y resonó contra el pavimento.
—Ahora predigo —dijo Clarissa— que cada uno de los objetos volverá exactamente a los siete días de su desaparición.
El terror de siete días había tocado a su fin. Los objetos empezaron a reaparecer.
—¿Cómo sabías que iban a reaparecer a los siete días? —le preguntó el alcalde.
—Porque el que armó Clarence era un desaparecedor de siete días. Yo también se hacer desaparecedores de nueve días, de trece días, de veintisiete días y de once años. Iba a hacer uno de trece años, pero para eso hay que teñir los extremos con sangre del corazón de un niñito, y Cyril chillaba cada vez que trataba de hacerle un buen tajo.
—¿Sabes de veras hacer esas cosas?
—Sí. Pero tiemblo al pensar que esa ciencia pueda caer en manos irresponsables.
—Yo también tiemblo, Clarissa. Pero dime, ¿para qué querías los productos químicos?
—Para mi equipo de química.
—¿Y el terciopelo negro?
—Para hacerles vestidos a las muñecas.
—¿Y el medio kilo de azúcar cande?
—¿Cómo es posible que haya llegado a ser alcalde de esta ciudad si tiene que hacer preguntas como esa? ¿Para qué cree que quería el azúcar cande?
—Una última pregunta —dijo el alcalde—. ¿Por qué destrozaste mi reloj de oro con el martillo?
—Ah —dijo Clarissa—, eso fue por puro efecto dramático.