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raylyn moore

la cesta entre juncos (es)

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Oscuridad, oscuridad inconsútil tan lejos como alcanzaba su vista. Tal lenguaje paradójico era demostrativo de que sus pensamientos habían permanecido en contacto con la poesía incluso en ese momento de angustia e incertidumbre que sigue a un accidente. Había tropezado con una raíz atravesada en el sendero de subida y había caído pesadamente sobre la pinocha que cubría la tierra. El percance sirvió para recordarle la gravedad de su situación. «Gravedad» era de nuevo una palabra de poética precisión, válida al menos a tres niveles. - Le mot juste -, como la habría considerado aquel genio francés de hacia mil años, Flaubert.
Ser sorprendida por una noche sin luna en un sendero abrupto y desierto, sin tener linterna o equipo de ningún tipo, (una experiencia inquietante para cualquier persona), era una situación especialmente inquietante para la señorita Pryor, profesora de Literatura de la Época Anterior en el Instituto de Estudios Superiores. Jamás había tenido contacto directo con la naturaleza y nunca había deseado tenerlo. Hija de la metrópoli, estaba acostumbrada a un mundo de asfalto, constantemente iluminado y absolutamente seguro del que toda sorpresa, buena o mala, había sido eliminada de modo sistemático. Y si ansiaba la excitación del acontecimiento no programado, el sorprendente fenómeno no elaborado a partir de su estado bruto, la señorita Pryor siempre podía recurrir a las emociones familiares y confortantes, proporcionadas por los Poetas de la Naturaleza (Frost, Thomas, Wordsworth) que habían escrito en la Época Anterior, cuando se destinaban grandes extensiones de tierra a bosquecillos y prados accesibles a todos, no sólo a los «privilegiados» como ella.
La señorita Pryor se removió entre las hojas de pino, pero sus gestos fueron más bien de fatiga e indecisión que de torpeza o desequilibrio, por cuanto ello formaba parte de la premisa en que se basaba su decisión de visitar aquella zona agreste. La circunstancia de que fuera una mujer alta, y de que los kilos aumentados se hubieran acumulado, en gran parte, en las curvas de su cuerpo, había hecho que su plan resultara factible. Y a esta afortunada circunstancia se sumaba otra. La señorita Pryor había llegado a su primer septenio en el instituto, quedando por ello facultada para tomarse unas vacaciones. Ya que no todo el año (ella había leído que ciertos profesores de tiempos pasados disfrutaban de esa ventaja), al menos los meses veraniegos de Darwin y Galileo.
«Estudio y reflexión en privado», había escrito con sobria caligrafía, tras las palabras actividades planeadas por el solicitante, en los muchos impresos que había rellenado para solicitar una cabaña en las montañas. Le parecía la respuesta correcta para una persona de veintiocho años, instruida y sin acompañante. Ella era muy consciente de las dos dificultades principales que debería superar en caso de que sus vacaciones por siete años de servicios le fueran concedidas. La zona solicitada se hallaba en el único gran parque nacional, en la Frontera, lugar al que no se permitía ir a ningún individuo que tuviera la más leve mácula en su expediente. Además, se trataba de una región para vacaciones de invierno, y la señorita Pryor solicitó permiso para ir allí en verano, estación en la que el lugar solía encontrarse cerrado. Pero su explicación fue aparentemente sólida: había que estar a solas para estudiar y reflexionar. Resultaba difícil estar a solas en la ciudad e imposible encontrar un silencio absoluto, aún disponiendo del aislamiento sonoro más avanzado. Su expediente era casi tan perfecto como el que corresponde a una conducta intachable. La única excepción era la pequeña estrella amarilla que figuraba en la parte superior del cuadro médico: la señorita Pryor no había resultado seleccionada por Control Genético como ciudadana apta para procrear.
En consecuencia, después de que la solicitud fuera aprobada, se había visto obligada a trazar un plan urgente, y el alocado proyecto le había parecido factible, en cierto modo, porque era disparatado. El plan le había parecido viable hasta aquella misma tarde, cuando el aerotaxi le dejó prácticamente a la puerta de la cabaña. El uniformado operador descargó el equipaje y ella le pagó y le dio las gracias. Sólo captó su total soledad cuando el aerotaxi, de color amarillo y anaranjado y de forma plana, un llamativo fragmento del escenario urbano de tránsito rápido, remontó el vuelo y partió.
Tal como el folleto anunciaba, la señorita Pryor encontró en la cabaña ropa limpia, agua caliente, servicio automatizado y un menú variable a su voluntad: las comidas tomaban forma de manera automática a partir de un surtidor de alimentos concentrados y congelados que descongeladores y hornos instantáneos dejaban listos para el consumo. Pero en la cabaña de siete habitaciones había otra cosa que resultaba más difícil de definir. Cierto asomo de duda, cierto susurro amenazador, como si la puerta trasera ocultara una presencia extraña desde el instante en que ella había entrado en la vivienda. Oh, sí, la señorita Pryor se había apresurado a recorrer el lugar, a inspeccionarlo todo, incluso bajo las espaciosas camas y sofás, de aspecto tímidamente sibarita, y detrás de cada tronco árbol que estuviera a menos de veinte metros de la cabaña.
Tras este arrebato de actividad, pensó sensatamente lo improbable que era que la hubiesen descubierto y hubiera allí alguien para vigilarla. No existía motivo alguno para sospechar tal cosa. Simplemente, estaba sufriendo la crisis del habitante de una metrópoli que se enfrenta por primera vez a las terribles amenazas de la vida en solitario. Y no había duda: estaba sola. El aerotaxi no volvería hasta finales de mes para reponer los víveres. La casa del guarda y las otras cabañas dispersas entre el arbolado, apenas visibles, estaban deshabitadas, pues se trataba de una estación de esquí.
Pese a lo convincentes que fueron sus propios argumentos, la señorita Pryor fue incapaz de superar su terror. Pero ello no le impidió pensar, razonar metódicamente. ¿Era posible que este miedo creciente a que alguien la vigilara desde las sombras fuera simplemente el miedo a la soledad? (La señorita Pryor no incluía a Thoreau entre sus autores predilectos.) Sí, era muy posible. En ese caso, ¿por qué no olvidar el asunto y pensar en otra cosa? Y así, se había sentado en la solana con un gesto de silenciosa resolución, obligándose literalmente a tomar un té instantáneo. Pero al final, la angustia de la duda le impidió seguir bebiendo. Podía haber tomado la decisión de pasar la noche en la cabaña. Pero un nuevo factor se introdujo en sus cavilaciones, una débil y silenciosa señal que venía de dentro, un indicio acerca del cual había leído en los libros secretamente y que no esperaba, como mucho, hasta la semana siguiente. No fue dolor, sino una especie de cambio y adaptación casi imperceptibles. Podría compararlo a un cambio de posición de las plumas de un almohadón, si no hubiera sido porque desde hacia muchos siglos los almohadones no se fabricaban con materiales naturales tan primitivos.
Se había aterrado, pero de una forma característica en ella, acordándose de apretar el botón para la retirada del servicio de té, buscando un suéter fino en su equipaje, como si pensara dar un corto paseo a última hora de la tarde, que de hecho fue lo que hizo, sin llevar consigo otra cosa más que un pañuelo.
Había empezado a subir la montaña, eligiendo la ruta al azar durante un rato entre el laberinto de caminos de los niveles inferiores. Luego había encontrado un sendero que ascendía más pronunciadamente y lo había seguido, jadeando ante el terrible esfuerzo que suponía mover su cuerpo pesado en una dirección tan empinada, y al llegar la noche había seguido caminando, deteniéndose a intervalos para descansar y escuchar. Porque era muy lógico que, si le habían asignado un espía, la persiguieran en cuanto fuera evidente que no pensaba volver a la cabaña aquella noche. Pero no oyó ruidos y poco a poco, después de varias horas de trabajoso avance y de paradas para escuchar, la señorita Pryor concluyó que seguramente se hallaba sola en la montaña, o tan sola como cualquier persona de su condición podía estarlo.
Y al final el tropezón en la raíz del sendero, el desagradable contacto con la tierra mojada. Tras sus primeros movimientos de impaciencia, la señorita Pryor decidió quedarse donde estaba durante un rato. Cierto, tal vez ellos la habían dejado llegar tan lejos deliberadamente. Quizá le habían permitido creer que iba a lograrlo. Y entonces, en el último instante, la trampa se cerraría y ella habría perdido la partida. O tal vez se encontraba realmente a salvo... hasta el momento. En cualquier caso, todo parecía indicar que, al menos, la señorita Pryor estaba libre de la amenaza de un hostigamiento inmediato.
- Un arquetipo... - dijo la señorita Pryor en su primera clase a las once en punto del nuevo semestre - La profesora observó fugazmente los ojos de los alumnos, algunos inexpresivos como jalea, otros aún cerrados por el sueño, y finalmente contempló el exterior a través de la ventana cerrada. El hormigón bañado por la lluvia formaba un diseño decorativo de superficies planas horizontales y verticales. Era el mes de Malthus, pero el único indicio propio de la estación lo constituían los arbustos amarillentos que se mecían en las urnas de cerámica en el patio de la azotea, pues se hallaban en el piso quincuagésimo séptimo y último del solitario edificio de humanidades del instituto. Las restantes disciplinas, desde la meteorología hasta la zoología, se impartían y diseminaban en los cientos de estructuras situadas en las restantes hectáreas del campus.
Las tradicionales ciencias teóricas y prácticas con otras que acaban de emerger de la enorme cantidad de conocimientos reacumulados en Época Posterior. Pero hasta hacía muy poco no había habido espacio para el arte o el ingenio. De hecho, lo que más a menudo sorprendía a los visitantes era que aquel puñado de clases de humanidades ocupara nada menos que cincuenta y siete pisos. (La verdad era que tales clases no ocupaban tantos pisos. La mayoría de las plantas situadas bajo el patio de la azotea estaban repletas de oficinas y servicios administrativos de la facultad. La designación de «Humanidades» que se daba al enorme edificio era únicamente simbólica.)
Encargada del mismo curso durante seis años, la señorita Pryor ya hacía mucho tiempo que había empezado a comprender los riesgos, los obstáculos que aguardan a cualquiera que osa abrir nuevos horizontes. En primer lugar, ¿cómo podía revisar las teorías literarias de hacía un milenio, si la ley le prohibía discutir los antiguos mitos? Era mejor empezar con algo más normal, menos polémico. ¿Cómo se le había ocurrido mencionar la palabra «arquetipo»?
Pero la señorita Pryor vio que, pese al aspecto apagado de aquellos ojos, bastantes lápices se habían movido sobre los cuadernos. Ella sabía que varias docenas de frases iniciadas con las palabras «Un arquetipo era...» permanecerían misteriosamente inacabadas hasta que ella hiciera un nuevo esfuerzo.
- ...una imagen, o figura argumental, o tipo de personaje surgido de nuestro pasado racial, de la Época Anterior. Incluso de antes de la Época Anterior. - En este momento se produjo un ligero murmullo de risa respetuosa -. No pondré un ejemplo porque estos modelos argumentales y sus personajes están en desuso en nuestra sociedad. Ya no necesitamos al intrépido asesino de dragones ni a seres sobrenaturales o al gran liberador de humilde cuna.
¿Se hallaba en un terreno peligroso, incluso con esta inocente táctica. No, probablemente, a menos que algún inspector efectuara una comprobación al azar de los cuadernos de los estudiantes. Por otra parte, a la señorita Pryor le resultó grato comprobar que unos cuantos ojos gelatinosos prestaban atención e incluso algunos de los ojos cerrados se habían abierto. Se trataba de una situación conocida para toda persona dedicada a la enseñanza, y el más importante por las raras veces que se producía: el fenómeno por el que la mente semiconsciente despierta de un modo semiaccidental. Y ante tal fenómeno era más necesario, todavía, proceder con cautela.
- Ahora tenemos una nueva mitología, una mitología que no puede llevar a la destrucción casi total de la raza como ocurrió en la antigüedad. Sólo creemos en la imagen corregida, en el acto totalmente planificado.
»Con bastante acierto, la sinrazón romántica ha sido identificada como la causa principal del holocausto. Pero esta Nación al menos aprendió del error e inició una nueva era de racionalismo en la que tenemos la suerte de que todos los aspectos de nuestras vidas están controlados. Así evitamos las enfermedades, la pobreza, el exceso de población y, en una palabra, la irracionalidad de todo tipo, cosas que debilitaron tanto la vida en la Época Anterior. Hemos corregido el pasado, literalmente hablando.
»Claro que aún no hemos logrado superar todas las dificultades. Hemos tenido que trabajar el doble durante el doble de tiempo tan sólo para reparar los estragos que nos legó el pasado, únicamente para reparar, restaurar, volver a catalogar los materiales y hechos que en otro tiempo se obtenían fácilmente. Y la realidad es que nuestra Nación, grande y fuerte ha sido la única en elegir este sistema riguroso, en tanto que casi todo el resto del mundo ha preferido enfangarse de nuevo en tal cenagal romántico y ha desembocado en un nacionalismo extremo, y en una existencia aislada de la nuestra.
»No obstante, puede llegar el día, seguramente llegará, en que la Nación sea lo bastante potente como para imponer a esos otros territorios nuestra forma de pensar, por la fuerza si fuera necesario.
La señorita Pryor hizo una pausa, los lápices se detuvieron. La señorita Pryor continuó, los lápices la imitaron.
- Lo único que tenía la Época Anterior, y que nosotros no tenemos, naturalmente, es la literatura. Por razones inexplicables, no hemos descubierto auténticos narradores entre nosotros. No hay poetas en esta nueva era. El gobierno no vio un fallo en ello hasta la década presente, y por tal razón, algunas personas como yo hemos pasado de realizar estudios del pasado. Es un campo interesante, pero totalmente desconocido para la mayoría de vosotros. Entre los nombres que mencionaremos durante este semestre se encuentran los de Jane Austen, Charles Dickens, Lord Byron, Anton Chejov, Jean-Paul Sartre, Henry James, García Lorca, Wallace Stevens, Bernard Shaw...
Un zumbador insinuó un sonido durante la exposición de la señorita Pryor. La clase empezó a moverse ordenadamente y todos los estudiantes salieron del aula. Todos menos uno.
- ¿Señorita Prewitt?
- Pryor.
- Me llamo Shelley y escribo poesía.
- No tengo tiempo para bromas.
- Yo tampoco. Pero no tengo la culpa de llamarme así.
La profesora finalmente alzó la mirada. El estudiante tenía un aspecto normal, diecinueve años, cabello rubio, rostro muy pecoso y un extraordinario aspecto de buena salud. La señorita Pryor había tenido infinidad de alumnos iguales a él. En cuestión de un año, su rostro se perdería en el recuerdo.
- Si yo estuviera en su caso - aconsejó con severidad la profesora -, no divulgaría mis aficiones poéticas. Es muy cierto que el instituto se ha embarcado en un programa para revitalizar el interés por las artes, pero la práctica no autorizada de escribir en verso, realizada por alguien no cualificado...
- Sé todo eso. No lo he hablado con nadie excepto con usted.
- Bien, no ha sido muy prudente, ¿no te parece? Apenas me conoces.
- Ha sido una decisión muy meditada y tomada después de asistir a la clase de hoy.
- Sí sé que algunos de vosotros prestasteis atención, pero, si no me equivoco, tú fuiste uno de los que estuvieron medio dormidos todo el rato.
- Es un truco que empleo para protegerme. Me gustó en especial la parte de los arquetipos, pero no estoy de acuerdo con usted. Quizá no necesitemos el mito del héroe que pelea contra dragones y seres sobrenaturales, pero tengo la impresión de que estamos muy necesitados del Gran Liberador, uno de nosotros que esté dispuesto a liberarnos de la esclavitud.
La oleada de asombro provocada por las palabras del estudiante pareció golpear literalmente en el pecho a la señorita Pryor; estuvo a punto de perder el equilibrio. Luego se recuperó y considerando la extrema juventud del muchacho (quizá él no supiera que sus palabras contenían la peligrosa semilla de la destrucción potencial) replicó con voz muy suave:
- Me niego a aceptar la responsabilidad de animarte a proseguir una discusión de este tipo.
Comprendió su error demasiado tarde. Se había mostrado excesivamente amable. El muchacho ignoró la respuesta de la profesora y continuó:
- Bien, ¿no es cierto, según la tradición, que los milagros suceden en tiempos de máxima necesidad, cuando el escepticismo está en su apogeo? He leído algo por mi cuenta, sé un poco de historia y estoy francamente interesado por el tema. Asisto a sus clases porque...
- Si quieres continuar asistiendo, tendrás que olvidarte de este asunto - contestó bruscamente la señorita Pryor. Alexander Pope fue el nombre que le vino a la cabeza casi al instante: ése era el resultado inevitable de una instrucción deficiente.
- Lo siento. Me equivoqué. Soy humano, al fin y al cabo. - En esta ocasión en la respuesta de Shelley hubo la suficiente sequedad, pero al mismo tiempo curiosamente aquella respuesta era la adecuada a los pensamientos de la profesora. (¿Acaso él también había leído a Pope? No, seguramente no, concluyó ella.) -. De hecho, soy un poeta.
La señorita Pryor suspiró. Shelley carecía de honores que le acreditaran y ni siquiera poseía un rastro alentador de desconfianza en si mismo. Su poesía debía ser abominable. Ella prefería hombres irónicos y sutiles, complicados y urbanos, raros pero modernos.
- Muy bien. ¿Y qué esperas que haga respecto a eso? - Ella ya lo sabia, naturalmente.
- Me gustaría mostrarle algo de mi trabajo, conocer su opinión.
- Pero es imposible que lo traigas aquí, al campus. No podrías eludir la inspección de libros y carteras.
- Podría llevarlo adonde usted se aloja.
La señorita Pryor titubeó. Al menos, aquel muchacho admiraba, y tal vez imitaba a Pope. Alexander Pope, bien instalado en la antiquísima Era de la Razón, y no, por ejemplo, Coleridge o Ferlinghetti.
- Dame tiempo para pensarlo.
- No. Si lo piensa demasiado, seguro que se arrepentirá. Si lo decide ahora, al menos tendré un cincuenta por ciento de probabilidades.
- Eres un joven muy inteligente, ¿no te parece?
- No estoy tan desesperado como usted piensa.
- De acuerdo. - Aquel muchacho le gustaba. Le dio la dirección de su alojamiento, situada en un confortable grupo de viviendas de un elevado edificio, fuera del campus, donde ella vivía sola -. Yo estaré en casa algunas noches, pero avísame con anticipación.
Shelley se presentó aquella misma noche. Sin avisar.
Sus poesías resultaron ser abominables. La señorita Pryor censuró las peores ofensas con su afilado lapicero y prestó al estudiante una antología de Hopkins y otra de Dickinson. Shelley volvió dos noches más tarde para devolverle los libros, afirmando que leía muy de prisa. Cuando ella trató de quitárselo de encima, con excusa de que debía leer a Yeats, el estudiante le enseñó un soneto petrarquesco que acababa de componer. También era abominable, pero trataba de ella. La señorita Pryor lloró. No hace falta decir que nadie le había escrito jamás un soneto petrasquesco. El joven Shelley era el único miembro de su generación que había hecho tal cosa.
No obstante, la profesora había tenido otras aventuras amorosas. Era una mujer discreta. El hecho de que Shelley fuera uno de sus alumnos, junto con el problema de la poesía, impuso la necesidad de un secreto estricto desde el primer momento. Nadie vio juntos ni una sola vez a John Shelley e Ingraine Pryor, a no ser, claro está, a las once, en la clase de literatura de la Época Anterior. Y aun en tales ocasiones, el muchacho tomaba asiento en la última fila, miraba ensimismado el patio de hormigón de la azotea y, en respuesta a las palabras de la profesora, movía ocasionalmente el lápiz en breves arrebatos.
Al terminar el semestre, Shelley comunicó a la profesora que le habían trasladado a otro centro del mismo instituto situado en la región opuesta de la Nación y la señorita Pryor no dijo nada que indicase que sus relaciones con el muchacho hubieran sigo algo fuera de lo normal. En cualquier caso, ella nunca le había contado nada personal, y mucho menos se había referido a la estrella amarilla de sus documentos oficiales. Ni siquiera ella sabía por qué estaba allí aquella estrella. Era obvio que sus padres habían sido declarados aptos, por lo que la estrella no tenía relación alguna con una unión racial desaprobada entre sus antecesores. El hecho podía achacarse más bien a sus calificaciones en las pruebas de aptitud profesional. La señorita Pryor había obtenido puntuaciones bajas en ciencias y matemáticas, y el estado no deseaba perpetuar una línea genética carente de capacidad técnica. Sin embargo, esta falta de aptitud la había llevado al campo de la Época Anterior, que ella amaba. De modo que no podía quejarse. La señorita Pryor creía en el sistema. Incluso iba tan lejos en su fe que era capaz de admitir que se llegaría a una situación peligrosa para la estructura social de la Nación si demasiadas personas se dedicaban al estudio de la historia y la literatura y después procreaban más y más individuos con iguales aptitudes que las suyas.
Cómo había sucedido aquello era algo muy distinto. Igual que todas las mujeres que habían entrado en la pubertad, la señorita Pryor había tenido acceso a los tres o cuatro medicamentos infalibles que evitaban la concepción. No obstante, a diferencia de las mujeres casadas con estrellas amarillas, ella no había sido obligada a sufrir una extirpación de útero. De manera que fue víctima de una casualidad, de un fallo de la química en una época en que la química no se equivocaba jamás.
No era un problema grave, claro está. Todo lo que tenía que hacer era pulsar un botón, que le pondría en contacto con el centro médico donde estaba su expediente, y solicitar un aborto inmediato con gastos a cargo del estado. Los métodos eran muy refinados, el problema podía resolverse en cuestión de una hora, sin que ella perdiera un minuto de clase. No había razón alguna para posponer la solución a su problema. Pero la señorita Pryor aplazaba una y otra vez la comunicación con el centro médico. Este fue el primer comportamiento irracional del que ella tuvo conciencia. Más irracional, incluso, fue la extraña sensación de alivio que experimentó al saber, por fin, que había esperado demasiado tiempo. A partir de aquel momento, asumía la responsabilidad de lo que pasara.
Tendida en la resbaladiza pinocha que cubría la abrupta ladera de la montaña, la señorita Pryor durmió varias horas, y se despertó cuando empezó a sentir aquella extraña sensación. Quizá la causa fuera la caída al tropezar con la raíz, o tal vez habría ocurrido de todos modos. Si se hubiera quedado en la cabaña y respetado su bien trazado plan inicial... De haberlo hecho se habría sentido segura ante la presencia de las tijeras de uñas, la seda dental, las toallas, los plásticos que había traído en su equipaje (para que no quedara rastro alguno en las sábanas de la cabaña) e infinidad de vendajes perineales.
El amanecer fue terriblemente desapacible. El frío le había penetrado hasta la médula mientras dormía. Pero finalmente la horrible oscuridad fue disipándose. Ingraine Pryor pensó que no se movería de allí como no fuera para orinar en algún punto más alejado de la pendiente y, quizá, para encontrar algún lugar llano cuando fuera de día.
Su reloj señalaba las cinco y media cuando se presentó el primer dolor agudo. Volvió a mirarlo de nuevo al sentir la segunda punzada y vio que eran las seis menos diez. Perfecto. La sensación volvió a producirse a las seis y diez, seguro. Pero después, debido a que ella dormitaba (se despertaba por un instante y volvía a quedar dormida), se dio cuenta de que le resultaba imposible seguir el paso del tiempo, aunque sabía perfectamente que pasaban las horas. El sol estaba muy alto. Experimentó un momento de suma lucidez cuando, totalmente despierta, logró concentrarse en la realidad. La montaña estaba llena de ruidos. La señorita Pryor identificó los gruñidos rústicos, crujidos y chirridos como los sonidos naturales de pájaros y animales de pequeño tamaño. Le sorprendió bastante descubrir que, pese a su intención de encontrar un lugar llano, seguía tumbada, más o menos, en el mismo punto donde había caído. Pero lo que había imaginado en la oscuridad como un sendero entre pinos altos no era distinto del resto del terreno a plena luz del día. No había sendero alguno.
Aprovechando aquel momento de lucidez, que tal vez fuera temporal, la señorita Pryor realizó ciertos preparativos. Se desnudó de cintura para abajo, puso la ropa bajo su cabeza y eligió la pinocha más limpia para formar una espesa capa bajo sus caderas. El pañuelo, aún plegado, lo dejó preparado a un lado.
La siguiente vez que se incorporó las punzadas fueron muy distintas, más constantes y tan seguidas que se confundían una con otra. Los muslos de la mujer estaban húmedos y el aire denso tenía un olor metálico y agobiante que achacó, después de reflexionar, a su propia sangre. Confiaba en que todo iría bien, pero cuando intentó recordar lo que decían los libros, las agudas contracciones dejaron en blanco su memoria. Cada convulsión la obligaban a expeler el aire de sus pulmones con un gemido animal. La señorita Pryor podría haber comparado este sonido con el mugido de la vaca, en caso de que alguna vez lo hubiera oído.
Una oleada terrible, que fue creciendo poco a poco hasta llegar a su punto álgido, torturó a la profesora con un dolor tan agudo que pensó con toda claridad:
«Esto es lo peor y, por definición, no puede haber nada más malo que lo peor.» Estaba en lo cierto. Aunque el dolor siguiente, que le produjo temblores, fuera casi de la misma intensidad, la diferencia fue sensible. Esta última contracción tuvo la virtud de diluirse en una sensación relajante, de algo que se deslizaba, cuando el resto del pequeño cuerpo fue obligado a salir y cayó sobre el montón de pinocha.
En cuanto la señorita Pryor notó que las contracciones habían terminado, no perdió un solo instante. Se enderezó hasta casi sentarse, sintiéndose apenas fatigada y sumamente ágil. Por desgracia, el bebé tenía un aspecto azulado bajo la capa protectora de queso cremoso (parecía queso cremoso) mezclada con sangre que se secaba con rapidez. La profesora extendió el pañuelo limpio y restregó la cara del niño, limpiando los ojos y orificios de la nariz. Luego hizo mover las extremidades al recién nacido, le dio unos golpes en la espalda y, cuando la situación empezaba a ser desesperada, el bebé lanzó un grito apagado y dio la impresión de que la miraba.
- No te preocupes - dijo la profesora con la misma calma que si estuviera dirigiéndose a sus alumnos -. Estamos solos, pero eso es más bueno que malo, por el momento. El problema es que creo que no estaremos solos demasiado tiempo. O sea, que tendré que poner en práctica mi plan mucho antes de lo previsto.
El hablar le ayudó. Una ayuda tan valiosa que permitió a la señorita Pryor seguir actuando con bastante naturalidad. Se inclinó hacia adelante, lamentando, sólo por un instante, que las tijeras de uñas, esterilizadas y dentro de un recipiente herméticamente cerrada, estuvieran en la cabaña. Asió el cordón umbilical con sus potentes incisivos y lo cortó a la distancia adecuada del vientre del niño. Después hizo un nudo muy prieto en la parte correspondiente al bebé y otro en el extremo del cordón unido a la placenta. Entonces comprendió que la placenta no había salido, que las contracciones habían cesado al salir el niño. Pero ya se ocuparía de ello más tarde. Ahora podía enfrentarse a cualquier problema, pensó.
- Me explicaré - prosiguió con voz académica, mientras cogía al bebé para darle el calor de su cuerpo -. Estamos en un lugar de recreo en la frontera norte de la Nación. No puedo cruzar la frontera, claro está, porque no tengo permiso. Y hay guardias fuertemente armados que no cesan de patrullar la zona. Además, he cometido un crimen contra el estado y, aunque consiguiera huir, sería extraditada. Las leyes que rigen en la Frontera son mucho más moderadas en relación con las personas que residen allí, pero hay ciertos acuerdos mutuos relativos al crimen que deben cumplirse para asegurar las mejores relaciones posibles entre naciones unidas por la geografía, si no por la ideología. Tú, sin embargo, no tienes expediente, nada en el mundo que demuestre tu procedencia. Y...
La señorita Pryor quedó sin aliento cuando las diminutas mandíbulas del niño se aferraron a su pezón. El bebé era maravillosamente fuerte.
Más tarde, mientras el niño dormía arropado con el suéter, la señorita Pryor tiró cuidadosamente del extremo de cordón umbilical que colgaba entre sus piernas. Fue preciso tirar y aflojar regularmente antes de llegar al plop final, una operación no muy diferente a la de atrapar un pez, aunque la señorita Pryor no sabía nada de pesca. Abrió un agujero poco profundo en la blanda y oscura tierra que había debajo de las hojas de pino (perdió las uñas en la operación) y enterró allí la placenta con su enmarañado cordón, los coágulos de sangre y heces y el resto de los despojos, entre ellos el pañuelo, ya manchado. A continuación se trasladó con el niño hasta un montón de pinochas limpias.
Se quedó dormida a última hora de la tarde y en realidad no volvió a despertarse hasta la mañana siguiente, ni siquiera cuando tuvo que satisfacer las constantes demandas alimenticias del bebé. Pensó anhelosamente en comer y darse un baño, en conseguir pañales para el niño, pero sin saber realmente cómo conseguirlos. Su preocupación inmediata era que tal vez había prolongado la espera más allá del momento oportuno. Porque ya ni siquiera podía plantearse permanecer en el bosque hasta que le viniera la leche, de modo que el bebé tuviera una alimentación mejor, y mucho menos regresar a la cabaña. Sólo la intuición la llevó a pensar así, pero se trataba de una intuición agudizada al máximo por el estrecho contacto con una naturaleza que había dejado de resultarle extraña.
Había reparado en una especie de musgo, seco y de color pardo, que colgaba de las ramas inferiores de los árboles cercanos y estaba recogiéndolo, cuando escuchó el zumbido apenas discernible del aerotaxi. Una mala nueva, porque el vehículo quizá aterrizara en las proximidades de la casa del guarda, y ella debía llegar hasta allí para que su plan diera resultado.
Aunque la sangre que perdía, sorprendentemente, era escasa en aquel momento, la señorita Pryor colocó un poco de musgo entre sus piernas y se puso la falda. El niño estaba despierto, no lloraba y daba la impresión de estar mirando de nuevo a su madre.
- Nos vamos - dijo ella -. Haz un esfuerzo para no hacer ni un ruido.
Envolvió al bebé cuidadosamente con el resto del musgo.
Su reloj se había parado. Pero ya no importaba. La única preocupación era actuar con tanta rapidez como fuera posible. Bajó la montaña en menos de la mitad del tiempo que ya había empleado para subirla. Igual una asustadiza, pero inteligente, criatura de los bosques, fue pasando del abrigo de un árbol a otro en las cercanías de la casa del guarda, hasta haber inspeccionado el lugar y estar segura de que nadie merodeaba por allí. El aerotaxi debía de haber tomado tierra más lejos, fue su conclusión, tal vez porque sus ocupantes pensaban mantenerse fuera del alcance de su vista hasta descubrir el paradero exacto de la mujer y sorprenderla.
- Todo va bien - anunció en voz baja mientras acariciaba el cabello rubio, increíblemente suave, del niño -. Ellos están en camino, claro, pero nosotros también y, con un poco de suerte, lo conseguiremos.
Lo que la señorita Pryor evocó, no sin cierto romanticismo, con el nombre de «suerte», era en realidad la puesta en juego de una antigua tradición de la raza humana. De vez en cuando, según dicha tradición, la ignorancia triunfará sobre el conocimiento, y la fe sobre la razón; porque tan sólo una profesora de algo tan poco práctico como las humanidades, sin talento para los artilugios técnicos, se habría acercado a la estación eléctrica (uno de los anexos de la casa del guardia) esperando, en contra de toda probabilidad, que la puerta estuviera abierta y la maquinaria en perfecto estado de funcionamiento.
Y sólo la pura ignorancia de la mecánica haría que una persona, totalmente inexperta, imaginara ser capaz de localizar el interruptor correcto en un tablero carente de indicación alguna y tenerlo conectado exactamente el tiempo preciso.
Sin embargo, todo se desarrolló favorablemente para la señorita Pryor hasta el momento en que fue avistada, descendiendo a solas por la ladera de la montaña, por el grupo de arresto de Control Genético. Posteriormente (esto sucedió la noche anterior a que el caso fuera cerrado en la forma acostumbrada), y facilitó confusas pistas para llegar a la supuesta tumba. Y la creyeron. Ni siquiera se preocuparon de confirmar su relato.
Como tampoco ningún habitante de la Nación sospechó (en ese momento, al menos) que, el día de la detención de la señorita Pryor, se había producido un hecho de no poca importancia histórica cerca de la casa veraniega de un matrimonio joven, en plena montaña y al otro lado de la Frontera. En aquella zona, donde el uso sin limitaciones del área agreste había dado lugar al establecimiento de infinidad de casas de campo y campamentos ocupados tanto en verano como en invierno, una mujer estaba mirando desde lo alto de la loma y observaba:
- Es extraño. El telesilla está funcionando.
- ¿Estás segura? - Su marido no la creyó -. Deben de haberlo conectado por error.
- Veo que las sillas se mueven. Desde aquí da la impresión de que alguien haya dejado un paquete en uno de los asientos. Bajaré a comprobarlo.
- Está muy lejos. Deberás cruzar la Frontera para llegar hasta allí. Aquél es su territorio. Ten cuidado, ¿quieres? Espera, voy contigo. Tal vez sea una jugarreta.
Pero la joven no fue tan desconfiada. Se apresuró a descender por la extensa ladera, saltó de una puerta metálica que estaba cerrada y llegó a la plataforma de la terminal del telesilla.
Se inclinó sobre la silla inmóvil, soltó el cinturón de seguridad y estrechó el fardo entre sus brazos, suponiendo, por lo que sabía de la situación de Allí, lo que debía de haber sucedido. La mujer tenía casi treinta años y era estéril. El contenido del paquete, envuelto en musgo, le pareció ni más ni menos que un obsequio milagroso.
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