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robert sheckley

tiempo común (es)

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1
...los días pasaron solamente, dando vueltas sin fin y monótonas como los ciclos en el espacio. ¡Tiempo y fracciones de tiempo! Cuántas centurias contó mi hamaca, mientras como un péndulo oscilaba a compás del mecerse torpe del navío y cronometraba las horas y las épocas».
Herman Melville, en su obra «Mardi»
No te muevas.
Fue el primer pensamiento que se adentró en la mente de Garrard cuando despertó y quizá con él salvó la vida. Yacía sujeto contra el acolchado, escuchando el redondo zumbido de los motores. Eso en sí era equívoco; debía ser incapaz de oír totalmente la superimpulsión.
Pensó para sí: «¿Ha comenzado ya?». Por lo demás todo parecía normal. El DFC-3 había cruzado a... velocidad intestelar y él seguía vivo y la nave funcionando. El navío estaría en aquel momento a unas 224 veces la velocidad de la luz, casi a 6.700.000 kilómetros por segundo.
Sin saber por qué Garrard no dudó de que así fuese. En las tentativas previas, los navíos habían partido hacia Alpha Centauri en el adecuado momento, cuando la superimpulsión debió ser cortada; y la fracción de segundo de imagen residual después de haberse desvanecido, sujeta a la espectroscopia, mostraba un estela Dopler que seguía a la aceleración predicha por Haertel, para aquel momento.
Lo malo no era que Brown y Cellini no se hubiesen alejado en buen orden. Era simplemente que ninguno de ellos volvió a aparecer jamás ni se tuvo tampoco noticias.
Muy despacio abrió los ojos. Notaba terriblemente pesados sus párpados. Pero lo que podía juzgar de la presión del diván contra su piel, la gravedad era normal; no obstante, mover sus párpados le pareció casi una tarea imposible.
Después de larga concentración, logró tenerlos abiertos del todo. El chasis de instrumentos estaba directamente ante él, extendido sobre su diafragma a la altura de la articulación del codo. Aún sin mover nada excepto los ojos —y esos gracias a una sublime paciencia— comprobó cada uno de los instrumentos de medida. Velocidad: 22,4 c. Temperatura de operación: normal. Temperatura del navío: 37 grados centígrados. Presión del aire: 778 milímetros. Combustible: tanque núm. 1 lleno, tanque núm. 2 lleno, tanque núm. 3 lleno, tanque núm. 4 lleno nueve décimas partes. Gravedad: 1 g. Calendario: pagado.
Lo miró con atención, aunque sus ojos parecían enfocarse también muy despacio. Era. claro, algo más que un calendario... era un reloj para todo propósito, diseñado para mostrarle el paso de los segundos, también como los diez meses que su viaje se suponía que duraría hasta llegar a la estrella doble. Pero no había la menor duda: La manecilla segundera estaba inmóvil.
Aquello fue la segunda anormalidad. Garrard no tuvo impulso de levantarse y ver si podía hacer funcionar de nuevo el reloj. Quizá la avería era temporal y no tenía importancia en el pasado. Inmediatamente sonó en su cabeza la sacudida que había estado taladrando su cerebro durante todo un mes, antes de que el viaje comenzase...
¡No te muevas!
No moverse hasta que conociese la situación, todo cuanto le permitiera el no hacer el menor movimiento. Fuese lo que fuese, lo que arrebató a Brown y Cellini irrecuperablemente más allá del conocimiento humano, tenía que ser algo potente y totalmente por encima de la anticipación. Ambos fueron hombres excelentes, inteligentes, llenos de recursos, adiestrados hasta el punto de calcular con el error mínimo de un micrón... Los mejores hombres del proyecto. En sus navíos se efectuaron preparativos para cualquier problema que se pudiese presentar previsiblemente, lo mismo que también se hizo con el DFC-3. Por tanto, si no obstante había algo malo, debía ser de una esencia tal que golpease desde un distrito en cierto modo conocido... y que golpease una sola vez.
Escuchó el zumbido. Hasta era plácido y no muy alto, pero le conturbó hondamente. La superimpulsión debía ser inaudible y las cintas de los primeros vehículos de prueba sin tripulación no registraron aquel zumbido. El ruido no parecía interferir con el funcionamiento de la superimpulsión ni indicar ningún fallo en esta. Era sólo una irrelevancia para la que no pudo hallar razones de su existencia.
Pero tal razón existía. Garrard no intentó hacer más que inspirar otra vez cuando descubrió lo que era.
Increíblemente, se dio cuenta por primera vez que no había respirado ni una sola alenada desde que recuperó el conocimiento. Sin embargo, no sentía la menor incomodidad, pero aún contando con eso, el descubrimiento evocó un fogonazo abrumador de pánico que le hizo casi sentarse rígido en el diván de aceleración. Por fortuna, o casi, parecía después que el pánico comenzó a decrecer el curioso letargo que afectó a sus ojos y párpados parecía envolver todo su cuerpo entero, porque el impulso desapareció antes de que pudiese reunir la energía suficiente como para responder a. él. Y el pánico, por muy agudo que fue durante un instante, resultó convertirse en algo totalmente intelectual. Al cabo de un momento, se encontró observando que su fracaso en respirar de ninguna manera le incomodaba por lo que hasta ahora podía decir que era sólo un hecho allí presente, que esperaba su explicación...
O que esperaba matarle.
Pero que todavía no lo había hecho.
Motores vibrando; párpados pesados; ausencia de respiración; calendario detenido. Los cuatro hechos sumados no daban nada como resultado. La tentación de mover algo —incluso fuese el dedo gordo del pie— era fuerte, pero Garrard la reprimió. Había estado despierto sólo muy poco tiempo —media hora todo lo más— y ya tenía noción de cuatro anormalidades. Deberían haber más, otras anormalidades más sutiles que esas cuatro; pero asequibles a un fácil conocimiento antes de que tuviese que moverse. No tenía nada particular que hacer, aparte de preocuparse de sus propios deseos; el Proyecto, en la posibilidad de un fracaso en regresar como el de Brown y Cellini, considerando que este fracaso pudiese producirse por manipular la superimpulsión, había hecho que todo el DFC-3 estuviese sujeto sólo a un calculador electrónico. En el sentido real de las cosas, Garrard debía limitarse a viajar. Sólo cuando la superimpulsión quedase cortada podría entonces ajustar...
Pack.
Fue un ruido suave, de tono bajo, parecido al del corcho de una botella de vino al ser destapada. Su fuente semejaba estar a la derecha del chasis de control. Contuvo un súbito sobresalto de su cabeza en los cojines en la dirección del sonido, con un fuerte acto de voluntad. Despacio, movió los ojos en aquella dirección.
No pudo ver nada que pudiese haber causado el sonido. El dial de temperatura del navío no mostraba cambio que pudiera haber indicado que el ruido salió de una diferente reacción a la contracción o a la expansión... la única explicación posible que podía traer a su mente.
Cerró los ojos —un proceso que resultó ser tan difícil como había sido abrirlos— y trató de imaginarse el aspecto del calendario cuando salió de la anestesia por primera vez.
Después de conseguir una imagen clara y segura, Garrard volvió abrir los ojos.
El sonido procedió del calendario, avanzando la manecilla un segundo. Ahora estaba inmóvil de nuevo, en apariencia detenida.
No sabía normalmente cuanto tiempo tardaba la manecilla segundera en dar aquel salto; la cuestión era algo que no se había preguntado jamás. Ciertamente el salto, cuando se producía el fin de cada segundo, era demasiado rápido para que el ojo pudiese seguirlo.
Frustradamente se dio cuenta con todas sus facultades mentales, que todo aquel proceso de pensamiento estaba costando mucho en términos de información esencial. El calendario se había movido.
Después de todo y antes que ninguna otra cosa, tenía que saber exactamente cuanto tiempo tardaría en volverse a mover...
Comenzó a contar, dejando un margen perdido arbitrario de cinco segundos. Uno y seis, uno y siete, uno y ocho... Garrard había llegado hasta ahí cuando se encontró lanzado en el infierno. Primero, y profundamente sin razón, un miedo enfermizo le recorrió las venas, haciéndose más y más intenso. Notó en las entrañas una especie de nudo, que se formaba con infinita lentitud. Todo su cuerpo se convirtió en un campo de pequeñas y lentas pulsaciones... que no sólo le sacudían, sino que colocaban a sus miembros en movimientos contrarios y convulsos y que hacían que su piel rozara suavemente por debajo de las ropas. Contra el fundido otro sonido se hizo audible un tronar casi subsónico que parecía estar dentro de su cabeza. Aún creció el miedo y con él vino el dolor y la inquietud... un enderezarse de sus músculos hasta hacerse como madera, particularmente en su abdomen y hombros, pero afectando sus antebrazos casi con igual pesadez. Se notó comenzando, muy gradualmente, a doblarse por la mitad, un movimiento sobre el que prácticamente no podía hacer nada... una clase terrible de parálisis dinámica...
Duró horas. A su altura, la mente de Garrard, incluso su propia personalidad, estaba limpia por completo; era sólo un navío de horror. Cuando unas cuantas pocas corrientes de razonamiento comenzaron a regresar por encima de aquel desierto quemante de emociones irrazonadas, descubrió que estaba sentado sobre el diván de aceleración y que con un brazo había hecho retroceder el chasis de control sobre su codo, de manera que ya no gravitase encima de su cuerpo. Sus ropas estaban húmedas de sudor, que tozudamente se negaba a evaporarse o a enfriarle. Le dolían algo los pulmones, aunque seguía sin poder detectar la respiración.
¿Qué demonios había pasado? ¿Fue aquello lo que mató a Brown y Cellini? Porque mataría también a Garrard... de eso estaba seguro, si sucedía con frecuencia. Le mataría incluso si tenía que ocurrir sólo dos veces más, si las dos cosas siguientes sucedían a la primera estrechamente. Y como mínimo le convertirían, con sus defectos, en un cretino idiotizado; y aunque el computador electrónico pudiese devolver a Garrard y el navío a la Tierra, no sería capaz de decir al Proyecto lo que ocurrió con este tornado de miedo insensato.
El calendario dijo que la eternidad en aquel infierno duró tres segundos. Mientras lo miraba con académica indignación, emitió su Pack y descendió a hacer la duración total hasta cuatro segundos. Con sombría determinación, Garrard comenzó de nuevo a contar.
Cuidó de establecer el conteo en un plan, absoluto de igualdad, en un proceso automático que no se detuviese allá en el fondo de su mente, no importaba qué otro problema abordase, o qué tifón emocional tratase de interrumpirle. El contar compulsivo no puede ser detenido por nada... ni por los transportes de amor ni por un cúmulo de agonías. Garrard conocía el peligro de iniciar deliberadamente tal mecanismo en su cerebro, pero también sabía lo desesperadamente que necesitaba cronometrar aquel tic tac del reloj.
Empezaba a comprender lo que le había pasado... pero necesitaba la medida exacta antes de utilizar ese conocimiento.
Claro que había habido especulación en abundancia sobre el efecto posible de la superimpulsión en el tiempo sujetivo del piloto, pero nada había llegado hasta aquel extremo.
Alguna velocidad por debajo de la luz, el tiempo sujetivo y objetivo eran exactamente iguales en lo que concernía al piloto.
Para un observador en la Tierra, el tiempo a bordo del navío parecía enormemente disminuido en la cercanía de la velocidad lumínica; pero para el propio piloto no habría cambio en apariencia.
Puesto que volar más allá de la velocidad de la luz era imposible —aunque por razones ligeramente distintas— tanto por la teoría de la nueva actividad como por las otras teorías corrientes, no se ofreció ninguna hipótesis que diese una pista a lo que ocurriría a bordo de un navío que traspasase la velocidad lumínica.
Las teorías actuales ni siquiera permitirían que existiese un navío de tal índole. La transformación a Haertel, en la que. en efecto, volaba el DFC-3, era no relativista: mostraba que un tiempo en apariencia alargado de un viaje translumínico, sería idéntico al tiempo del navío y al de los observadores de ambos extremos de dicho viaje. Pero puesto que navío y piloto eran parte del mismo sistema, ambos cubrían la misma expresión en la ecuación de Haertel, por eso no se le ocurrió jamás a nadie que el piloto y el navío pudiesen conservar tiempos distintos. La simple noción imaginativa de esto era ridícula.
Mi! setecientos uno, mil setecientos dos, mil setecientos tres, mil setecientos cuatro..
La nave conservaba tiempo-navío, que era idéntico al tiempo-observador. Llegaría al sistema Alpha Centauri dentro de diez meses. Pero el piloto consideraba tiempo-Garrard y empezaba a aparecer tan duro como si no llegase en absoluto.
Era imposible, pero allí estaba. Algo —casi con certeza un insospechado efecto lateral del campo de superimpulsión en el metabolismo humano, un efecto que naturalmente no podía ser detectado en las pruebas robot preliminares de la superimpulsión— había acelerado la presión sujetiva de Garrard acerca del tiempo y había hecho un trabajo total.
La manecilla segundera comenzó con un lento y preliminar estremecimiento mientras los interiores del calendario iniciaron la aplicación de potencia. Siete mil cuarenta y uno, siete mil cuarenta y dos, siete mil cuarenta y tres-..
A la cuenta de siete mil cincuenta y ocho, el segundero comenzó a saltar hasta la graduación siguiente. Costó en apariencia varios minutos cubrir la pequeña distancia y varios más quedarse inmóvil por completo. Más tarde todavía, le llegó el sonido Pack.
En un pensamiento febril, pero sin ninguna agitación física real, su mente comenzó a manipular con las cifras. Puesto que le costaba más contar con un número individual, el número por tanteo se hacía mayor y en el intervalo entre dos tics del calendario estaban probablemente más cerca 7.200 segundos que 7.058. Una recapacitación le llevó rápidamente a la equivalencia que deseaba:
Un segundo en el tiempo-navío equivalía a dos horas en tiempo Garrard.
¿Había estado contando lo que eran para él dos horas completas? No parecía haber la menor duda en ello. Eso indicaba que tenía por delante un larguísimo viaje.
La longitud de tal viaje le golpeó con una fuerza anonadadora. El tiempo había disminuido para él teniendo en cuenta un factor de 7.200. O sea que llegaría a Alpha Centauri precisamente dentro de 72.000 meses.
Lo que significaba...
¡Seis mil años!
2
Después de aquello, Garrard permaneció sentado inmóvil durante largo rato, la camisa Nessus impregnada de cálido sudor parecía tenerlo en un baño persistente, que se negaba incluso a enfriarse. Después de todo, no había prisa.
Seis mil años. Tendría comida, agua y aire para todo ese tiempo, o para sesenta o seiscientos mil años; el navío sintetizaría cuanto necesitase, en realidad, mientras durase el combustible y este combustible se originaba a sí mismo. Aún cuando Garrard consumiese una comida cada tres segundos de tiempo objetivo, o del navío, (lo que, comprendió de pronto, sería incapaz de hacerse porque le costaba a la nave varios segundos de tiempo objetivo el preparar y servir una comida una vez esta está; tendría suerte si lograba comer una vez al día, (tiempo-Garrard), no había motivo para tener escasez de suministros. Esa había sido una de las posibilidades previstas para evitar el desastre, por los ingenieros del proyecto que prepararon y diseñaron el DFC-3.
Pero nadie había pensado en proporcionar un mecanismo que indefinidamente repeliera a Garrard. Al cabo de seis mil años, no quedaría nada de él, excepto una débil película de polvo sobre el DFC-3, es decir, sobre la superficie horizontal del navío. Su cadáver le sobreviviría un tiempo, puesto que el propio navío era estéril, pero eventualmente se vería consumido por las propias bacterias orgánicas que llevaba en su sistema digestivo. Necesitaba tales bacterias para sintonizar parte de sus necesidades de vitamina B mientras vivía, pero ellas le consumirían sin compasión, una vez hubiese dejado de ser una cosa tan complicada y delicadamente equilibrada como piloto... o como cualquier otra cosa clase de vida.
Garrard iba, en resumen, a morir antes que el DFC-3 hubiese llegado muy lejos del Sol; y cuando después de 12.000 años aparentes el DFC-3 regresase a la Tierra, ni siquiera su momia estaría a bordo.
El escalofrío que le recorrió producido por lo que le parecía casi una aberración del pensamiento, producida después de descubrir cual eran sus posibilidades, duró una enormidad de tiempo y en sí mismo fue la fuente de un apremio y una excitación.. no de la clase de emoción que debería sentir ante una virtual sentencia de muerte. Por fortuna no fue tan intolerablemente violento como la última convulsión emocional; y cuando hubo pasado, dos tics del reloj más tarde, dejó tras de sí un residuo de duda.
¿Supongamos que este efecto de prolongación del tiempo fuese sólo mental? El resto de su proceso corporal tenía aún que seguir conservando el tiempo del navío; Garrard no tenía inmediatas razones para creer otra cosa. De ser así, sería capaz de moverse solamente con arreglo al tiempo-navío, también; le costaría aparentemente muchos meses completar la más simple de las tareas.
Pero viviría, si ese era el caso. Su mente llegaría a Alpha Centauri seis mil años más vieja o quizá más loca, que su cuerpo, pero viviría.
Si, por otra parte, sus movimientos corporales iban a ser tan rápidos como su proceso mental, tendría que tener enorme cuidado. Le sería preciso moverse más despacio y ejercer la menor fuerza como le fuera posible. El movimiento normal de la mano humana, en un trabajo como el de levantar un lápiz, tomaba dicho lápiz desde un estado de descanso, para llevarlo a otro estado de descanso, impartiéndole una aceleración de unos dos palmos por segundo tras segundo... y claro, decelerándolo en la misma proporción. Si Garrard tenía intención de impartir el peso de un kilo, que estaba conservando tiempo del navío, una aceleración de unos 14,440 pies por segundo al cuadrado de su tiempo, tendría que ejercitar una fuerza de unos cuatrocientos kilos sobre dicho objeto.
La cuestión no era que no pudiese hacerse... sino que costaría tanto esfuerzo como empujar a un jeep atascado. Nunca sería capaz de adelantar ese lápiz sólo con los músculos del antebrazo; tendría que aplicar la fuerza de su espalda en ese trabajo.
Y el cuerpo humano no estaba diseñado para mantener indefinidamente esfuerzos de tal magnitud. Ni siquiera los más poderosos alzadores de pesos, profesionales, se veían obligados a mostrar su potencia durante cada minuto del día.
Pack.
Era de nuevo el calendario; otro segundo había pasado. Otras dos horas. Ciertamente había parecido más largo que un segundo, pero también más corto que dos horas. Evidentemente el tiempo subjetivo era una medida intensivamente recompilada. Incluso en este mundo de microtiempo —en el que la mente de Garrard, por lo menos, parecía estar operando— podía hacer que los lapsos entre los tics del calendario pareciesen un poco más breves al interesarse activamente en algún problema de cualquier clase. Eso ayudaría, durante las horas de vela, pero ayudaría sólo si el resto de su cuerpo no conservaba el mismo tiempo que su mente. Si no era así, entonces llevaría una vida mental increíblemente activa, pero quizá no intolerable, durante los varios siglos de su tiempo de estar despierto. Y piadosamente estaría dormido durante casi un período igual.
Ambos problemas —el de cuánta fuerza podría ejercer con su cuerpo y cuanto tiempo podía esperar estar dormido en su mente— emergieron simultáneamente a la vanguardia de su conciencia mientras permanecía sentado inerte en el diván de aceleración, sus plazos y duraciones aún muy entremezclados. Después de un simple tic del calendario, el navío —o parte de lo que Garrard podía ver desde allí— se aposentaba en completa rigidez. El sonido de los motores, también, no parecía variar de frecuencia o amplitud, por lo menos por lo que sus oídos podían discernir. Seguía sin respirar. Nada se movía, nada cambiaba.
Era el hecho de que no lograba detectar movimiento de su diafragma o de su tórax lo que le decidió por fin. Su cuerpo tenía que estar conservando tiempo del navío, de otro modo se hubiese desmayado por falta de oxígeno y hubiese muerto asfixiado hacía rato ya. Esa presunción explicaba, también, las dos increíblemente prolongadas oleadas de emoción, también en apariencia sin fuente de origen, a través de las cuales había estado sufriendo: No habían sido nada más ni nada menos que la respuesta de sus glándulas endocrinas a las reacciones puramente intelectuales que experimentó antes. Había descubierto que no respiraba, sintió entonces un fogonazo de pánico y trató de sentarse. Mucho después de que su cerebro hubiese olvidado aquellos dos impulsos ellos se deslizaron desde el cerebro a sus nervios y hasta las glándulas y músculos interesados, y entonces, el pánico físico entró en acción. Cuando hubo pasado se encontró sentado, aunque la corriente de granadina le impidió advertir el movimiento por el que cambió de posición. El último escalofrío —menos violento y en apariencia asociado con un descubrimiento de que podía morir mucho antes de que el viaje terminase— actualmente había sido la respuesta de su cuerpo a una orden mental efectuada mucho antes... la fiebre abstracta del interés que sintió mientras calculaba el tiempo diferencial por el que había respondido a las incitaciones.
Evidentemente, iba a tener que tener mucho cuidado con los impulsos intelectuales en apariencia fríos de cualquier clase... o lo pagaría más tarde con una reacción glandular prolongada y sobre-cogedora. No obstante, el descubrimiento le produjo una considerable satisfacción y Garrard permitió que se desarrollase con libertad; con certeza no podría hacerle daño el sentirse complacido unas cuantas horas, y el plazo glandular podía incluso ser de ayuda, si le alcanzaba en la carrera que se desarrollaba en su organismo en un momento de depresión mental. Seis mil años, después de todo proporcionaba un número ¡considerable de oportunidades para experimentar sensaciones y estados de ánimo de diversas clases; así que sería mejor encorajinar todos los momentos de placer y dejar que la post reacción durase tanto como pudiera. Habrían instantes de pánico, de miedo, de tristeza, que tendría que regular con firmeza nada más que apareciesen en su mente; en esos momentos Garrard se vería arrojado a cuatro, cinco, seis, quizá diez horas propias de infierno emocional.
Pack.
Ahí estaba, lo que quedaba muy bien: acababan de transcurrir dos horas-Garrard sin virtualmente dificultad de ninguna clase y sin que él especialmente estuviera consciente de su paso.
Si pudiera reajustarse y acostumbrarse a esta clase de vivir, el viaje puede que no fuera tan malo como al principio se temió.
El sueño arrancaría porciones inmensas de él y durante los períodos de vigilia podría dedicarse a una infernal cantidad de tiempo para pensar ¡creativamente. Durante un sólo día de tiempo-navío, Garrard podía pensar más que cualquier filósofo en la Tierra durante toda una vida. Garrard era capaz, si se disciplinaba a sí mismo lo suficiente, de dedicar su mente durante un siglo a examinar las consecuencias de un simple pensamiento, hasta un último detalle y aún tener milenios de margen para seguir con la meditación de la idea próxima. ¿Qué panoplias de pura razón no podría haber reunido para el tiempo de los 6.000 años que tenía que pasar? ¡Con suficiente contracción, podría llegar a la solución del Problema del Mal entre el desayuno y la comida de un simple día de navío y al cabo de un mes también en la nave, podían hurgar con el dedo en la Primera Causa!
Pack.
No es que Garrard fuese lo bastante confiado como para esperar permanecer en estado lógico o incluso cuerdo a través de todo el viaje. El panorama era aún sombrío, en la mayor parte de sus detalles. Pero también estaban allí las oportunidades. Sintió momentáneamente el que no fuese Haertel, más que él mismo, quien hubiera tenido tal oportunidad...
Pack.
...porque el viejo podía haber hecho mejor uso de todo aquel tiempo extra de lo que haría sin duda Garrard. La situación exigía a alguien adiestrado en los más altos rigores de las matemáticas, para poder aprovecharse hasta el máximo, sin embargo y pese a todo, Garrard comenzó a sentir...
Pack.
...que extraería un buen resultado por sí mismo y eso le impulsó a darse cuenta de que (en cuanto retuviese su cordura esencial) regresaría...
Pack.
...a la Tierra después de diez meses terrestres con conocimiento avanzado en muchos siglos más allá de cualquier otra cosa...
Pack.
...más adelantado de lo que supiese Haertel, o cualquier otro...
Pack.
...que tuviese que trabajar dentro de un tiempo normal de vida. Pack. La perspectiva general de todo aquello le impresionó. Pack. Incluso el tic del reloj parecía más animoso. Pack. Sintiose ahora estupendamente seguro Pack con respecto a la orden que se fijó a sí mismo Pack prohibiendo ser el movimiento Pack, puesto que en cualquier Pack acontecimiento él Pack ya se había Pack movido Pack sin Pack sufrir Pack el menor daño Pack Pck Pck Pck Pck pckpckpckpckpcfcpckpck...
Bostezó, se desperezó y se levantó. No debería estar demasiado complacido, después de todo. Habían muchísimos problemas que necesitaban su examen, tales como conservar el impulso hacia la consecución de la tarea según el tiempo del navío, mientras sus centros más altos seguían las ramificación es de algún punto puramente filosófico. Y además...
y además, acabó de moverse.
¡Más aún que eso; había realizado una complacida maniobra con su cuerpo en tiempo normal. Antes que Garrard mirase al propio calendario, el mensaje que había estado pulsando emitiendo hacia él, penetró en su mente. Mientras estuvo disfrutando la oleada glandular de su anterior sentimiento de satisfacción, no advirtió, al menos conscientemente, que el calendario estaba acelerándose.
Adiós, vastos sistemas éticos que abrumarían a la humanidad cuando los expusiera, dejando chicos a los griegos. Adiós, cálculos avanzados durante eones más allá incluso que las computaciones de un cerebro electrónico. Adiós, cosmologías preparadas por Garrard, que permitirían un trabajo casi del Todopoderoso y también permitirían la comprensión de un campo de acción n-dimensional.
Adiós, también, a un proyecto que una vez trató de abordar en el colegio... describir y contar las posiciones del amor, del que, según el mito, suponía que deberían existir unas cuarenta y ocho. Garrard nunca pudo llegar más allá de veinte y acababa de perder posiblemente su última oportunidad de intentar de nuevo el raciocinio.
El microtiempo en el que había vivido acababa de desaparecer, sólo unos pocos minutos objetivos después de que el navío hubiese entrado en la superimpulsión y él hubiera salido de la anestesia. La larga agonía intelectual con su contrapunto glandular, quedaba reducida a la nada. Garrard ahora consideraba el tiempo del navío.
Garrard se volvió a sentar en el diván, incierto entre las sensaciones de amargura o alivio. Ninguna emoción le satisfizo al final; simplemente se sintió satisfecho. El micro-tiempo había sido bastante malo mientras duró; pero ahora que había desaparecido y todo parecía normal... ¿cómo pudo sobrevivir a una cosa que debió haber matado a Brown y a Cellini? Eran hombres estables, más estables, según su propia estimación particular, que el mismo Garrard. Sin embargo, él había sobrevivido. ¿Es que había algo más que aquello?
Y si lo había... ¿Qué, inconcebiblemente, podría ser?
No hubo respuesta. A su lado, en el chasis de control que él apartó durante el primer momento de infinito pánico, el calendario continuó con su tic tac. El ruido del motor había desaparecido. Su aliento vino y se fue con un ritmo natural. Se notó ligero y fuerte. El navío estaba quieto, tranquilo, inmutable.
El calendario siguió con su ritmo cada vez más rápido. Llegó y pasó la primera hora, tiempo del navío, del vuelo en superimpulsión.
Pack.
Garrard alzó la vista sorprendido. El ruido familiar, esta vez, había sido la manecilla horaria saltando una unidad. La unidad segundera estaba ya pasando la pasada media hora. La segundera giraba como una hélice... y mientras la miraba, aceleró todavía más hasta hacerse por completo invisible...
Pack.
Otra hora. La media hora había pasado ya. Pack. Otra hora. Pack. Otra. Pack. Pack. Pack, pack, pack, pack, pck-pck-pck-pck-pck-pck-pckpckpckpcfc... las manecillas del calendario giraban hacia la invisibilidad mientras el tiempo huía con Garrard. Sin embargo, el navío no cambiaba. Estaba allí, rígido inviolado, invulnerable. Cuando las saetas del reloj alcanzaron una velocidad a la que Garrard ya no pudo leer sus marcaciones, descubrió que una ver más no podía moverse... y eso, aunque su cuerpo entero parecía ligero como el de un pajarillo, impedía que nada coherente le llegase a través de sus sentidos. La habitación perdía luz, se convertía en más roja; o no, era...
Pero jamás vio el fin del proceso, nunca le fue posible mirar desde el pináculo del micro-tiempo hacia el que la superimpulsión de Haertel le estaba llevando.
3
La falsa muerte se apoderó de él primero.
Que Garrard no muriese por completo, y dentro de un tiempo comparativamente breve después de que el DFC-3 hubiese entrado en superimpulsión. fue debido al accidente más casual; pero Garrard no lo supo. De hecho, no supo nada en absoluto durante un período indefinido, en el que permaneció rígido, con la vista fija, su metabolismo disminuido hasta la casi nada, su mente casi también profundamente inactiva. De vez en cuando, una simple ola de actividad metabólica a bajo nivel, le recorría —lo que un electricista pudo haber catalogado como «contacto de mantenimiento»— en respuesta a los apremios de alguna ansia oculta de supervivencia; pero estos eran tan básicos a la naturaleza que no podían ni llegar a su consciente en absoluto. Aquello resultó ser la seudomuerte.
Y sin embargo, cuando el observador llegó actualmente, Garrard despertó. Pudo sacar poquísimo sentido de lo que veía o sentía incluso ahora; pero una cosa resultaba clara: la superimpulsión había sido cortada, y con ella las pocas alteraciones en las proporciones del tiempo y había una fuerte luz entrando en uno de los ventanales. La primera parte del viaje había pasado. Habían sido estos dos cambios en su medio ambiente lo que le restableciera a la vida.
La cosa (o cosas) que le habían restaurado la conciencia en él, sin embargo, eran...¿el qué? No tenía sentido. Era una construcción, bastante frágil, que por completo rodeaba su diván de aceleración. No, no era una construcción, sino evidentemente algo vivo... un ser viviente, organizado de una manera horizontal que se había dispuesto a sí mismo en círculo en torno a él. No, era un número de seres. Una condensación de todas estas cosas.
Cómo habían entrado en el navío era un misterio, pero el caso es que estaba allí. O allí estaban.
—¿Qué tal lo oye usted? —dijo la criatura bruscamente. Su voz o sus voces, vinieron con igual volumen de cada punto del círculo, pero no de un lugar particular. Garrard no pudo pensar en ningún motivo porque aquello fuese tan desusado.
—Yo... —dijo—. O nosotros... nosotros oímos con tus oídos. Mira.
Su respuesta, con la inintencionada larga cadena de sonidos de vocales abiertas, sonó ridícula. Se preguntó porqué estaba hablando un lenguaje tan raro.
Nosotros —ellos— festejamos que hayas podido recuperarte tu-vosotros... de esta manera —dijo la criatura. Con estrépito un libro de la amplia biblioteca del DFC-3 cayó a cubierta, junto al diván—. Nosotros festejamos de vez en cuando y todo lugar por una multitud. Tu eres el ser Garrard. Nosotros-ellos somos las masas clinestéricas, con todo el amor.
—Con todo el amor —repitió Garrard. El uso del lenguaje de aquel ser o seres que ambos hablaban era raro; pero de nuevo Garrard no encontró razón lógica para considerarle equívoco.
—¿Sois... sois tú-vosotros de Alpha Centauri? —dijo dudoso.
—Sí, percibimos tus radiocélulas gemelas, que se muestran para ir más allá de los orificios de regalo. Nosotros-ellos captamos que el ser-Garrard tenía y tiene mucha adoración por esos órganos gemelos y que tras ellos hay un cerebro, suave y fuerte por igual. ¿Cómo oyes?
Esta vez el ser-Garrard comprendió la pregunta.
—Yo soy de la Tierra —dijo—. Pero eso es muy suave y no se muestra.
—Sí —contestó el ser—. Es una armonía como la nuestra, aunque no al principio. Los todo-devotos escuchan a los amantes de allí, no con la radio-celes. Deja que yo-mío capte lo de ti-tuyo para que mis demás hermanos y amantes estén en contacto estrecho con el canal que es fragante para el ser-Garrard.
Garrard halló que le comprendía el discurso sin dificultad. Se le ocurrió un pensamiento de que para comprender un lenguaje en sus propios términos —sin traducirlo al inglés en su propio cerebro— se requiere una habilidad que sólo se consigue con dificultad y la larga práctica. No obstante, instantáneamente su mente dijo «Pero esto es inglés», lo que era cierto en realidad. La oferta de aquellos seres que se llamaban a sí mismos masas conglomeradas había sido hecha con una enorme sinceridad y él a su vez albergaba sólo pensamientos verdaderos de amor, para su propia delicia como para la de sus visitantes; pensamientos que emanaban de él sin necesidad de decirlo en palabras.
Después de aquello hubieron muchos aparcamientos de navíos y el ser-Garrard captó las armonías de los conglomerados, dejando su navío con una armonía precisa que penetraba por inconcebibles orificios y que portaba el amor de los Todo-Devotos, mientras que los conglomerados se mostraban ellos-suyos.
Trató, también, de decir cómo había salido hacia el amor por causa de la superimpulsión, que encerraba sólo espacios y tiempos y lo convertía todo en rasgos característicos. La asamblea de seres conglomerados festejó por tanto a la superimpulsión, pero él no captó una respuesta en él-ellos.
Entonces el ser-Garrard supo que todo el tiempo había sido devorado y que necesitaba volver a oír a la Tierra.
—Captaré para usted-vosotros el amor más pleno —dijo a los conglomerados—. Adoraré a los radioiceles de Alpha y próximo a Centauri, así en la Tierra como en el cielo. Ahora la superimpulsión debe festejarme y ganarme y hacerme adorar una creación muy parecida al silencio.
—Pero a ti te volveremos a captar de nuevo —dijo el ser conglomerado—. Después de que hayas adorado a la Tierra. Eres muy apreciado por el Tiempo, por los Todos-Devotos. Nosotros-ellos esperaremos tu nueva venida.
Particularmente Garrard no tenía mucha fe, pero dijo:
—Sí, nosotros-ellos haremos un festejo nuevo con los seres conglomerados en alguna otra radiación. Con todo nuestro amor.
A esto el ser conglomerado hizo y emitió adoraciones y en su centro se cortó la superimpulsión para volverse a reanudar de inmediato. El navío con los infinitos orificios del regalo y el ser-Garrard él-otro vio cómo los radioceles gemelos se alejaban.
Entonces, una vez más, vino la falsa muerte.
4
Cuando la velita se encendió en la infinita caverna de la seudomuerte de la mente de Garrard, el DFC-3 estaba bien adentro de la órbita de Urano. Puesto que el sol era aún diminuto y distante, no se manifestó espectacularmente a través del cercano ventanal y nada le llamó sacándole de su sueño post-muerte durante cerca de dos días.
Los calculadores electrónicos le esperaban pacientemente. Ya no eran inmunes a su control; ahora podía manejar el navío y dirigirlo personalmente a la Tierra, si así lo deseaba. Pero los calculadores estaban bien diseñados para hacerse cargo del hecho en el caso de que él pudiese estar verdaderamente muerto para cuando el DFC-3 volviese. Después de concederle toda una semana, durante la cual él no hizo nada más que dormir, volvieron a ocuparse de todo. Comenzaron a emitir señales de radio, sintonizadas a un canal especial.
Una hora más tarde, se recibió por respuesta una señal debilísima. Era sólo direccional y no produjo ningún sonido dentro del DFC-3... pero fue suficiente para volver a poner en movimiento el enorme navío.
Eso fue lo que despertó a Garrard. Su mente consciente aún no estaba turbada sobre la helada espuma de la seudo-muerte; y hasta cuanto podía ver, el interior de la cabina no había cambiado ni pizca, excepto por el libro caído de la estantería... El libro. Los seres conglomerados lo hicieron caer. ¿Pero qué diablos era un ser conglomerado? ¿Y qué es lo que él, Garrard, reclamaba? No tenía sentido. Se acordó confusamente de alguna clase de experiencia allí, junto a los gemelos de Centauri...
...los radioceles gemelos...
Había otra de aquellas palabras. Parecía tener raíces griegas, pero él no sabía griego... y además, ¿por qué los centaurianos hablarían griego?
Se inclinó hacia delante y manipuló el conmutador que alzaría la persiana de la ventanilla delantera, en realidad era un telescopio con una pantalla visera translúcida. Mostró unas cuantas estrellas y un débil nimbo a un costado que podía ser el Sol. A la una en punto, en la pantalla apareció un planeta del tamaño de un guisante que tenía diminutas proyecciones, como mangos de cucharillas de té a cada lado. El DFC-3 no había pasado Saturno en su camino de ida; en aquel tiempo el planeta estaba al otro lado del Sol con respecto a la ruta del navío estelar. Pero el planeta era inconfundible, imposible de tomar por otro.
Garrard iba de regreso a su casa... y estaba vivo aún y cuerdo. ¿Estaba cuerdo todavía? Aquellas fantasías acerca de los centaurianos —que aún parecían tener sobre él efectos de una profunda emoción— no apoyaban muy bien a la estabilidad de su mente.
Pero con rapidez se desvanecía. Cuando descubrió, aferrándose a los fragmentos más a mano de sus recuerdos que el plural de ser conglomerado era seres conglomerados, dejó de tomarse el problema en serio. Con toda evidencia una raza de centaurianos que hablaban griego no se dedicaría a formar frases plurales latinas. Todo el asunto evidentemente había sido una creación de su semi-inconsciencia.
¿Pero qué encontró junto a las estrellas de Centaurus?
No había respuesta a aquella pregunta, sino se consideraba como respuesta a un murmullo incomprensible acerca del amor, de los Todos-Devotos y de los seres conglomerados. Posiblemente, no llegó a ver en absoluto las estrellas de Centaurus, porque estuvo yaciendo allí, frío como un cadáver, durante veinte meses enteros.
¿O habían sido 12.000 años? Después de las jugarretas que la superimpulsión le había jugado con el tiempo, no había manera de decir cuál era en realidad la fecha objetiva. Frenéticamente Garrard puso en acción el telescopio. ¿Dónde estaba la Tierra? Al cabo de 12.000 años...
La Tierra estaba allí. Lo que comprendió rápidamente, no probaba nada. La Tierra vivía durante millones de años; 12.000 años no era nada para un planeta. La Luna también estaba allí; ambas eran plenamente visibles, cerca del lado lejano del Sol, pero no demasiado lejos como para no recogerlas con claridad, con el telescopio a su máxima potencia. Garrard incluso pudo ver una clara zona soleada sobre el océano Atlántico, no lejos de Groenlandia; evidentemente los computadores estaban llevando al DFC-3 a la Tierra desde unos 23 grados al norte del plano de la elíptica.
La Luna, tampoco había cambiado. Pudo incluso ver en su cara el enorme salpicón de blanco remedando el soleado océano terrestre, que era el hidróxido de magnesio del rayo de aterrizaje, enfocando sobre el Mare Vaporum durante los primeros días del vuelo espacial, con un manchón oscuro en el borde sur que sólo podía ser el cráter Monilius.
Pero tampoco eso demostraba nada. La Luna jamás cambiaba. Una película de polvo depositada por el hombre moderno en su superficie durante milenios... ¿después de todo, qué existía en la Luna capaz de originar una corriente de aire y borrarla? El Mare Vaporum, es decir su rayo, cubría más de 10.000 kilómetros cuadrados; el tiempo no lo disminuiría, el hombre tampoco podría borrarlo —bien accidentalmente, bien intencionadamente— en menos de un siglo. Cuando se polvorea una zona de ese tamaño en un mundo sin atmósfera, el polvo permanece fijo.
Comprobó las estrellas con referencia a sus mapas. No se había movido; ¿por qué iba a moverse en sólo 12.000 años? Las estrellas de referencia seguían señalando a la polar. Draco, como un trozo fantástico de cinta, aparecía entre las dos Osas, y Cefeo y Casiopea, como siempre habían aparecido. Esas constelaciones dijeron sólo que era primavera en el hemisferio norte de la Tierra.
¿Pero primavera de qué año!
Entonces, de pronto, se le ocurrió a Garrard que tenía un método de hallar la respuesta. La Luna causa mareas en la Tierra y las relaciones son siempre iguales y opuestas. La Luna no puede mover cosas en la Tierra sin ser afectada en sí misma... y ese efecto aparece en el momento angular lunar. La distancia de la Luna de la Tierra aumenta de manera constante unos casi dos centímetros cada año. Al cabo de 12.000 años debería estar a unos 182 metros más alejada de la Tierra y la reacción es siempre igual y opuesta.
¿Era posible medir eso? Garrard lo dudaba, pero sacó sus instrumentos de todas formas y tomó mediciones. Mientras trabajaba, la Tierra se acercó más. Para cuando hubo acabado su primer cálculo que era inseguro de comprobar, la Tierra y la Luna estaban lo bastante cerca en el telescopio como para permitir unas medidas mucho más justas y precisas.
Lo que resultaba completamente innecesario, según comprobó con tristeza.
El cerebro electrónico había traído al DFC-3 no a un sólo observado planeta, sino simplemente a un punto calculado. Que la Tierra y la Luna no estuviesen cerca de ese punto cuando el DFC-3 regresase era una conjetura que el calculador no podía efectuar. Que la Tierra fuese visible desde aquí, ya resultaba bastante bueno y prueba suficiente de que no había pasado más tiempo que el calculado desde el principio.
Esto apenas era nuevo para Garrard; lo tenía como grabado en el fondo de su cerebro. En realidad había estado haciendo los cálculos por un motivo, uno sólo: porque en lo hondo de su mente, ajustada para trabajar por sí sola, había un mecanismo que exigía que se contase. Hacía mucho tiempo, mientras estaba tratando de cronometrar el tiempo del calendario del navío, inició un contoneo compulsivo... y parecía que había estado contando desde entonces.
Ese había sido uno de los peligros conocidos al provocar deliberadamente la actividad de tal mecanismo mental; y ahora fructificaba, en aquellos perfectamente inútiles ejercicios astronómicos.
La vista interior se cicatrizaba. Terminó con las cifras bruscamente y aquel zumbido interior de su cerebro dejó por último de contar. Había estado manejando el ábaco mental durante veinte meses y Garrard se imaginó alegre al ver que se retiraba, si suspendía la función contadora y él advertía un inmenso alivio.
Su rayo chirrió y dijo con ansiedad:
—DFC-3, DFC-3. ¿Garrard, me oyes? Estás vivo todavía? Todo el mundo está frenético aquí abajo. Garrad, si me oyes, ¡respóndenos!
Era la voz de Haertel. Garrard cerró los divisorios tan convulsivamente, que una de las puntas se clavó en la palma de la mano.
—Haertel, estoy aquí. DFC-3 del Proyecto. Aquí Garrard —y luego, sin saber por qué, añadió—: Con todo el amor.
Haertel, después de que hubo pasado todo el bullicio, estuvo más que interesado en los efectos del tiempo.
—Eso con certeza aumenta la multiplicidad de lo que constituye mi trabajo —dijo—. Pero creo que tendremos que tenerlo en cuenta para la transformación. Quizá incluso factorizar lo que le iluminaría en cuanto concerniese al piloto. De todas maneras, ya veremos.
Garrard giró entre sus dedos el refresco que tenía mientras meditaba. En el viejo y atestado despacho de Haertel, el cobertizo de la administración del proyecto, se sentía extraño, viejo, comprimido, reducido. Dijo:
—Yo no creo que haré eso, Adolph. Me parece que así logré salvar la vida.
—¿Cómo?
—Ya te dije que me pareció morir al cabo de un rato. Puesto que volví a casa, desde entonces he estado leyendo; y he descubierto que los psicologistas se preocupan menos de la individualidad del psique humana que tú y yo. Nosotros dos somos científicos físicos, así que pensamos en el mundo como algo exterior a nuestra dermis... algo que tiene que ser observado, pero que no altera el yo esencial. Evidentemente, esas viejas posiciones solipsísticas no son ciertas. Nuestras mismísimas personalidades, realmente, dependen en gran parte de todas las cosas a nuestro alrededor, grandes y pequeñas, cosas que existen más allá de nuestras dermis. Si por algunos medios que fueran posible hallar uno pudiese arrancar al ser humano de toda sensación e impresión que le venga del exterior, dejaría de existir como personalidad al cabo de dos o tres minutos. Probablemente moriría.
—Según dijo Harry Stack Sullivan —repuso con sequedad Haertel—. ¿Y qué?
—Pues —prosiguió Garrard— piensa en lo monótono que es el medio ambiente dentro de una espacionave. Todo resulta perfectamente rígido, quieto, inmutable, sin vida. En el vuelo ordinario interplanetario, con tal medio ambiente, incluso el más endurecido hombre espacial puede salirse de sus casillas de vez en cuando. Conoces tan bien como yo la psicosis típica de los viajeros espaciales, supongo. La personalidad del hombre se pone rígida, al igual que cuanto le rodea. De ordinario se recuperan en cuanto llega a puerto y toma contacto con el mundo más o menos normal.
»Pero en el DFC-3 yo me vi cortado del mundo que me rodeaba de manera mucho más severa. No podía mirar por las ventanillas... iba en superimpulsión y ahí no hay nada que ver. No podía comunicarme con la patria porque iba mucho más de prisa que la luz. Y entonces descubrí que no podía tampoco moverme, durante un rato enormemente largo; y que incluso los instrumentos que están en cambio constante para el viajero espacial ordinario no parecían estar en movimiento con respecto a mí. Hasta ellos estaban fijos.
Después de que la proporción del tiempo comenzó a reanimarse, me encontré todavía en un encierro más imposible. Los instrumentos funcionaban, de acuerdo, pero se movían demasiado rápidos para que yo los leyera. Toda la situación estaba ahora infinitamente rígida... y, en efecto, morí. Me quedé helado tan sólido como el navío que me rodeaba y permanecí de ese modo mientras la superimpulsión estuvo en marcha.
—Por lo que muestra eso —dijo Haertel, con sequedad—, los efectos del tiempo no pudieron ser muy amigos tuyos.
—Pues lo fueron, Adolph. Mira, tus motores actúan en tiempo subjetivo; lo mantienen variando a lo largo de continuas curvas... desde muy despacio hasta excesivamente rápidos... y, supongo, vuelta a empezar de nuevo. Ahora, esto es una situación de cambio continuo. No estaba marcado lo suficiente, a la larga, para conservarme en la falsa muerte; pero sí lo bastante como para protegerme de morir del todo, que es lo que creo que les ocurrió a Brown y a Cellini. Sus hombres sabían que podían cortar la superimpulsión si llegaran a alcanzar el interruptor y se mataron a sí mismos al intentarlo. Pero yo sabía que no tenía más remedio que estar sentado y aceptarlo... y, por mi gran buena suerte tu variación sinuosa de la curva del tiempo hizo para mí que sobreviviese.
—Aja —exclamó Haertel—. ¡Un punto que vale la pena considerar... aunque dudo que haga muy popular el viaje espacial!
Se quedó sumido en silencio y luego su boca se frunció. Garrard tomó un sorbo de su bebida.
Por último, Haertel dijo:
—¿Por qué estás tú molesto con esos centaurianos? Me parece que hiciste un buen trabajo. No es que resultes un héroe... cualquier estúpido puede ser valiente... pero también veo que pensaste. donde Brown y Cellini evidentemente reaccionaron sólo. ¿Hay algún secreto en lo que hallaste cuando llegaste a esas dos estrellas?
—Sí —dijo Garrard—, lo hay. Pero ya te he dicho lo que es. Cuando salí de la falsa muerte, yo era una especie de palimpsesto de plástico en el que cualquier ser hubiese podido hacer una marca. Mi propio medio ambiente, mi ordinario ambiente terrestre, estaba infernalmente lejos. Cuando conocí los centaurianos —si lo hice, y no estoy muy seguro— ellos se convirtieron en la cosa más importante de mi mundo y mi personalidad cambió para acomodarse y comprenderles. Eso fue un cambio en el que no pude hacer nada en absoluto.
«Posiblemente les comprendí. Pero el hombre que les comprendió no era el mismo al que estás hablando ahora, Adolph. Estoy de regreso a la Tierra, y yo mismo tampoco conozco a aquel hombre. El incluso hablaba inglés de un modo que me produce escalofríos. Si no puedo comprenderme a mí mismo durante aquel período... y es verdaderamente que no puedo; ni siquiera me será posible creer que aquel hombre era el Garrard que conozco... ¿qué esperanza tengo de poderte decir a ti o al proyecto lo que son centaurianos? Me encontraron en un medio ambiente controlado y me alteraron al entrar en él. Ahora que se han ido, nada penetra a través; ¡ni siquiera comprendo por qué pienso que ellos hablaban inglés!
—¿Y tenían ellos un nombre propio, los centauriones?
—Claro —contestó Garrard—. Eran los seres conglomerados.
—¿A qué se parecían?
—Jamás les vi.
Haertel se inclinó hacia delante.
—Entontes...
—Les oí. Creo —Garrard se encogió de hombros y volvió a dar un sorbo de whisky escocés. Estaba en su casa y se sentía complacido del todo.
Pero en su mente maleable oyó que alguien decía: Así en la Tierra, como el en Cielo; y luego, con otra voz, que podía también, haber sido la suya misma (¿por qué él ha pensado en «él-otro»?), Es más tarde de lo que te piensas.
—Adolph —dijo—. ¿Está ya todo? ¿O vamos a seguir adelante desde aquí? ¿Cuánto tiempo te costará construir un navío espacial mejor que el mío?, un DFC-4?
—Muchos años, muchos años —contestó Haertel, sonriendo con amabilidad—. No te muestres ansioso, Garrard. Has vuelto, que es mucho más de lo que consiguieron los otros y nadie te pedirá que vuelvas a salir de viaje. En realidad, creo que es puramente improbable que construyamos otro navío durante el tiempo que te reste de vida; incluso si lo hacemos, será pronto para lanzarlo al espacio. Realmente tenemos escasa información acerca de lo que has encontrado por allá fuera.
—Iré —dijo Garrard—. No tengo miedo de volver... me gustaría ir. Ahora que se cómo el DFC... se comporta, podría despegar de nuevo, traerte mapas adecuados, cintas, fotos.
—¿De veras crees que podríamos dejar que saliese de nuevo el DFC-3? —dijo Haertel con el rostro serio—. Garrard, vamos a desmontar ese vehículo, prácticamente molécula por molécula; ese es el trabajo preliminar para construir un DFC-4. Y no podemos dejarte ir. Mi intención no es ser cruel, pero, ¿se te ha ocurrido a ti que ese deseo de volver puede ser el resultado de alguna clase de sugestión post-hipnótica? Si es así, cuanto más desees volver, más peligroso para nosotros serás. Vamos a hacer que te examinan tan enteramente como examinaremos al navío. Si esos seres conglomerados quieren que vuelvas, deben tener un motivo... y queremos conocer ese motivo.
Garrard asintió, pero se dio cuenta de que Haertel podía ver el ligerísimo movimiento de sus cejas y las arruguitas que se formaron en su frente, las contracciones de los músculos pequeños que contenían la emisión de las lágrimas sólo para hacer patente en el resto de su cara el sufrimiento y la pena que sentía.
—En resumen —dijo—. No te muevas.
Haertel pareció educadamente turbado. Garrard sin embargo, no pudo decir más. Había vuelto al tiempo común de la humanidad y nunca se apartaría de él otra vez. Ni siquiera, pese a la promesa débilmente recordada, con todo lo que quedase en él de amor.
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