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robert silverberg

entra un soldado, después entra otro (es)

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Podría ser el Cielo. No era España, ciertamente, y dudaba de que pudiera ser Perú. Parecía estar flotando, suspendido a medio camino entre la nada y la nada. Había un reluciente ciclo dorado muy arriba, y un neblinoso mar turbulento de hirvientes nubes blancas muy abajo. Cuando bajó la vista, vio sus piernas y sus pies oscilando como si fueran los juguetes de un niño sobre un abismo insondable, y al verlo quiso vomitar, pero no había nada en su interior que pudiera vomitar. Estaba hueco. Estaba hecho de aire. Incluso el viejo dolor de su rodilla había desaparecido, así como la perpetua quemazón apagada de la parte blanda del brazo, donde le había acertado la flecha del indio, hacía mucho tiempo, en la orilla de aquella isla perdida allá por Panamá.
Era como si hubiera renacido, con sesenta anos de edad pero libre de todo el daño que su cuerpo había experimentado, y de todas las incontables heridas acumuladas: libre, casi podría decirse, de su cuerpo mismo.
—¿Gonzalo? —llamó—. ¿Hernando?
Le respondieron unos ecos confusos, irreales. Y luego el silencio.
—Madre de Dios, ¿estoy muerto? No. No. Nunca había sido capaz de imaginar la muerte. ¿El final de toda lucha? ¿Un lugar donde nada se movía? ¿Un gran vacío, un pozo sin fondo? ¿Era este lugar, pues, la muerte? No tenía manera de saberlo. Necesitaba consultar a los santos padres acerca de esto.
—¿Donde están mis sacerdotes, muchacho?
Miró alrededor en busca de su paje. Pero todo lo que veía eran cegadores círculos de luz dispersándose en espirales hasta el infinito por todas partes. La visión era hermosa, pero preocupante. Le era difícil negar que había muerto, viéndose flotar de esta manera en un reino de aire y luz. Muerto y en el Cielo. Esto es el Cielo, sí, seguro, claro que sí. ¿Qué podría ser si no?
Por lo tanto, era verdad que si ibas a misa y recibías a Cristo en ti con fe y le servías bien, serías salvado de tus pecados, serías perdonado, purificado. Ya había pensado en ello. Pero, no obstante, seguía sin estar preparado para estar muerto. La idea lo repugnaba, lo enfurecía. Aún quedaba tanto por hacer... Y ni siquiera recordaba haber estado enfermo. Se examinó el cuerpo en busca de heridas. No, no tenía ninguna. En ninguna parte. Qué extraño. Volvió a mirar a su alrededor. Estaba solo. Nadie a la vista; ni su paje, ni su hermano, ni De Soto, ni los sacerdotes, nadie.
—¡Ea Marcos! ¡Ea Vicente! ¿No me oís? ¿Dónde estáis, condenados? ¡Virgen María! ¡Madre de Dios, bendita entre las mujeres! ¡Maldito seas, fray Vicente! Dime..., donde...
Su voz sonaba totalmente equivocada: demasiado grave, demasiado profunda, la voz de un extraño. Las palabras luchaban con su lengua y salían de sus labios deformadas y torpes. No como el claro castellano de Extremadura, sino como algo vergonzoso y extravagante. Lo que escuchaba era como el chapurreo petimetre de Madrid o incluso la jerga basta que se habla en Barcelona; bueno, incluso podría ser casi portugués, tan tosca y ridícula era la manera en que formaba su discurso.
—Soy el gobernador y capitán general de Nueva Castilla —dijo con cuidado, lentamente.
Esta vez no salió mejor: un ruido risible.
—Adelantado... Alguacil mayor... Marqués de la Conquista...
Lo extraño de esta nueva forma de hablar convertía sus propios títulos en insultos. Era como tener la lengua trabada. Sentía ríos de sudor caliente que rompían a correr por su piel debido al esfuerzo de intentar pronunciar correctamente las palabras; pero cuando se llevó la mano a la frente para secarse el sudor antes de que le cayera en los ojos, ésta parecía seca al tacto, y no estaba del todo seguro de poder palparse a sí mismo.
Inspiró profundamente.
—¡Yo soy Francisco Pizarro! —rugió, dejando que el nombre brotara de él desesperadamente, como el agua que derriba un dique podrido.
El eco regresó, grave, cavernoso, burlón. Yo soy Francisco Pizarro...
Incluso esto. Incluso su propio nombre, estúpidamente deformado.
—¡Oh, Santo Dios! —gritó—. ¡Santos y ángeles!
Más ruidos truncados. Nada iba a salir como debería. Nunca había conocido las artes de la lectura o la escritura; ahora parecía que la palabra misma le estaba siendo arrebatada. Comenzó a preguntarse si había estado en lo cierto acerca de si esto era el Ciclo, con resplandor celestial o sin él. Su lengua estaba maldita; quizá estaba aprisionada entre las garras de un demonio. ¿Era éste el Infierno, pues? ¿Un lugar muy hermoso, pero el Infierno al fin y al cabo?
Se encogió de hombros. Cielo o Infierno, la diferencia no era importante.
Estaba comenzando a serenarse, comenzando a aceptar y a observar. Sabía, lo había aprendido hacía mucho tiempo, que no ganaba nada enfureciéndose con lo que era inevitable, e incluso menos asustándose frente a lo desconocido. Estaba aquí, y eso era todo, dondequiera que fuera aquí, y debía encontrar un lugar para él, y no éste, flotando entre la nada y la nada. Ya había estado antes en algún infierno, en infiernos pequeños, infiernos sobre la tierra. Aquella isla desolada llamada Gallo, donde el sol te cocía dentro de tu propia piel y no había nada de comer excepto cangrejos que sabían a excrementos de perro. Y aquel lúgubre pantano de la desembocadura del río Biru, donde llovía a mares y los árboles se inclinaban para herirte como si tuvieran espadas. Y las montañas que había cruzado con su ejército, con la nieve tan fría que quemaba, y el aire que a cada inspiración se clavaba en la garganta como un puñal. Había salido de allí, y aquello había sido mucho peor que esto. Aquí no había dolor ni peligro; aquí sólo había una luz sedante y una extraña ausencia de toda molestia. Comenzó a avanzar. Caminaba sobre el aire.
«Mirad, mirad —pensó—, ¡camino sobre el aire!»
—Camino sobre el aire —anunció después en voz alta, y se rió de la manera en que las palabras emergían de él—. ¡Por Santiago! ¡Caminando sobre el aire! ¿Pero por qué no? ¡Soy Pizarro! —lo gritó con todas sus fuerzas—. ¡Pizarro! ¡Pizarro! —Y esperó a que regresara a él.
Pizarro, Pizarro...
Se rió. Siguió caminando.
Tanner se sentaba encorvado hacia adelante dentro de la vasta esfera luminosa que era el laboratorio de imagen de la novena planta, observando cómo la pequeña figura del distante centro del holotanque se pavoneaba y atildaba. Lew Richardson, que estaba agachado junto a él con las manos dentro de los guantes digitales para poder dar instrucciones a la red de permutación, casi parecía no respirar; en realidad, parecía formar parte de la red.
«Pero así es Richardson —pensó Tanner—: una inmersión total en la tarea inmediata».
Tanner lo envidiaba. Eran dos tipos de hombre muy diferentes. Richardson vivía para programar y para nada más que programar. Era su gran pasión. Tanner nunca había podido comprender del todo a la gente impulsada por grandes pasiones. Richardson era como un retroceso a una época anterior, una época en la que había cosas que tenían verdadera importancia, una época en la que se podía tener fe en el significado de tu propio esfuerzo.
—¿Qué te parece la coraza? —preguntó Richardson—. Creo que está muy lograda. La sacamos de grabados antiguos. Tiene mucho estilo.
—Lo mejor para los climas tropicales —dijo Tanner—. Un bonito traje de lata con casco a juego.
Tosió y se agitó con irritación en su asiento. La simulación llevaba media hora en marcha sin que pareciera ocurrir nada de importancia, tan sólo la minúscula imagen de aquel hombre con barba y armadura española dando zancadas de aquí para allá por el campo luminoso, y estaba comenzando a impacientarse.
Richardson no pareció advertir la brusquedad de la voz de Tanner o la impaciencia de sus movimientos. Continuó haciendo pequeños ajustes. El mismo era un hombre pequeño, ordenado y preciso en indumentaria y apariencia, con el cabello de un rubio descolorido, ojos azul claro y labios finos y rectos. Tanner se sentía gigantesco y torpe a su lado. En teoría, Tanner tenía autoridad sobre los proyectos de investigación de Richardson, pero en realidad siempre había permitido que Richardson hiciera lo que le pareciera.
Esta vez, sin embargo, podría ser necesario pararle un poco lo pies.
Esta era la décimo segunda o décimo tercera prueba a la que Richardson lo había sometido desde que comenzó a tontear con este asunto de la simulación histórica. Todas las demás habían sido desastres de un tipo u otro, y Tanner esperaba que ésta terminase igual. Tanner estaba preocupado básicamente por el provecto al que él había dado el visto bueno hacía tanto tiempo. Se le hacía cada ves más difícil seguir creyendo que todo este trabajo servía para algún propósito útil. Por qué se había permitido que absorbiera tanto tiempo del grupo de Richardson y tanto del presupuesto de investigación del laboratorio durante todos estos meses? Qué posible valor iba a tener para nadie? Qué posible uso?
«Sólo es un juego —pensó Tanner—. Una acrobacia tecnológica más, desesperada y sin sentido, otra pirueta sin objetivo dentro de un ballet sin ningún significado. El empleo de vastos recursos en una exhibición de ingenio por el ingenio mismo, y nada más: eso sí que es decadencia.»
De repente la minúscula imagen del holotanque comenzó a perder color y definición.
—Oh, oh —dijo Tanner—. Ahí va. Como todas las demás.
Pero Richardson negó con la cabeza.
—Esta vez es diferente, Harry.
—¿Tú crees?
—No lo estamos perdiendo. Simplemente se está moviendo ahí dentro por voluntad propia, saliéndose de nuestros parámetros de seguimiento. Lo que significa que hemos alcanzado el elevado nivel de autonomía que andábamos buscando.
—¿Voluntad, Lew? ¿Autonomía?
—Ya sabes que ésos son nuestros objetivos.
—Sí, sé cuáles se suponen que son nuestros objetivos —dijo Tanner, con cierto enojo—. Sencillamente, no me convence que una pérdida de nitidez sea una prueba de que exista voluntad.
—Mira —dijo Richardson—, introduciré el programa de seguimiento estocástico. Si se mueve libremente, lo seguimos de la misma forma. Dame un aumento de ganancia, ¿quieres? —dijo en el micrófono de su solapa. Hizo un rápido gesto con el dedo medio izquierdo para indicar el nivel cuantitativo.
La diminuta figura de elaborada coraza y botas puntiagudas recuperó nitidez. Tanner podía ver los pequeños detalles de la armadura, el casco emplumado, las estrechas hombreras, el intrincado puño de la espada. Marchaba de izquierda a derecha con un balanceo continuo de la cadera, como un hombre que estuviera escalando la montaña más alta del mundo y no quisiera detener sus pasos hasta que hubiera llegado a la cima. El hecho de caminar sobre lo que aparentaba ser aire no parecía preocuparlo en absoluto.
—Ahí está —dijo Richardson con grandilocuencia—. Le hemos traído de vuelta, ¿no? El conquistador del Perú ante tus propios ojos, en carne y hueso. Por decirlo de alguna forma.
Tanner asintió. Pizarro, sí, ante sus propios ojos. Y tuvo que admitir que lo que veía era impresionante, e incluso, de alguna manera, conmovedor. Algo en la obstinación con la que esa pequeña figura acorazada se movía a través del reluciente campo nacarado del holotanque despertaba en él una especie de simpatía. Aquel hombrecillo era completamente imaginario, pero él no parecía saberlo, o si lo sabía no iba a permitir que eso lo detuviera ni por un momento: seguía insistiendo, insistiendo e insistiendo, como si de verdad pretendiera llegar a alguna parte. Viéndolo, Tanner se sintió curiosamente cautivado, y se sorprendió de repente al descubrir que su interés en todo el proyecto estaba comenzando a reavivarse.
—¿No puedes hacerlo más grande? —preguntó—. Quiero verle la cara.
—Puedo hacerlo a tamaño real —dijo Richardson—. O bien más grande. Del tamaño que quieras. Mira.
Movió un dedo, y el holograma de Pizarro se expandió instantáneamente hasta una estatura de dos metros. El español se detuvo a mitad de un paso como si en realidad fuera consciente del cambio de la imagen.
«Eso no es posible —pensó Tanner—. No hay una conciencia viva ahí dentro. ¿O sí?»
Pizarro se detuvo tranquilamente en el aire, mirando con ferocidad, cubriéndose los ojos como si contemplara una luz deslumbrante. Había brillantes bandas de color en el aire, a su alrededor, como una aurora, Era un hombre alto y delgado de edad madura, con la barba encanecida y una cara de rasgos duros y angulosos. Los labios eran finos, la nariz afilada, los ojos fríos, perspicaces, penetrantes. A Tanner le pareció que aquellos ojos se habían detenido sobre él y sintió un escalofrío.
«Dios mío —pensó Tanner—, es real».
En un principio fue un programa francés, desarrollado en el Centre Mondial de la Computation de Lyon en torno al año 2119. En aquellos días los franceses tenían algunas mentes verdaderamente espléndidas trabajando en software. Elaboraban programas impresionantes y luego nadie hacía nada con ellos. Esta era su versión de la Enfermedad del Siglo Veintidós.
La idea de los programadores franceses era utilizar hologramas de personajes históricos para adornar eventos turísticos de son et lumiére en los grandes monumentos de su historia nacional. No sólo copias reboticas programadas al viejo estilo Disneylandia, que se situaran frente a Notre Dame, el Arco de Triunfo o la Torre Eiffel y pronunciaran discursos enlatados sino aparentes reencarnaciones de los originales, que podrían caminar, hablar con libertad y responder preguntas, y que tendrían pequeñas ocurrencias. ¡Imaginad a Luis XIV enseñando las fuentes de Versalles, decían, o a Picasso encabezando una gira por los museos de París, o a Sartre sentado en su café de la Rive Gauche, intercambiando bon mots existencialistas con los transeúntes! ¡Napoleón! Juana de Arco! ¡Alejandro Dumas! Quizá las simulaciones podrían incluso hacer más que eso: quizá podrían estar tan bien diseñadas que tendrían la capacidad de aumentar y embellecer los logros de sus vidas originales con nuevas realizaciones, un nuevo torrente de pinturas, novelas, obras filosóficas y grandes visiones arquitectónicas de maestros desaparecidos.
El concepto era bastante simple. Escribir un programa inteligente que pudiera absorber datos, digerirlos, correlacionarlos y generar nuevos programas basados en lo que se les había dado. Eso no es especialmente difícil. Después se comienza a alimentar el programa con las obras escritas completas, si las había, de la persona a simular: esto proporcionaría no sólo una comprensión general de sus ideas y posturas, sino también de la pauta subyacente en su planteamiento de las situaciones, su estilo de pensamiento, pues le style al fin y al cabo, est l´homme méme. Si resulta que no hay obras completas disponibles, entonces se buscan obras acerca del sujeto por sus contemporáneos y se utilizan. Luego, se añade la totalidad de los registros históricos de los hechos del mismo, incluyendo todos los análisis y estudios posteriores, haciendo las concesiones debidas para los conflictos de interpretación; aprovechando, en realidad, estos conflictos para generar un retrato más rico, lleno de las ambigüedades y contradicciones que son los rasgos distintivos, ineludibles, de cualquier ser humano. Incorpórese ahora un substrato de datos culturales del periodo apropiado para que el sujeto tenga un légamo de referencias y vocabulario a partir del cual crear pensamientos que sean adecuados para su lugar en el tiempo y en el espacio. Agítese. Et viola. Aplíquese un poco de sofisticada tecnología de imagen y se tiene una simulación capaz de pensar, conversar y comportarse como si fuera el yo verdadero sobre la que está construida.
Por supuesto, requeriría una cantidad importante de potencia informática. Pero eso tampoco era un problema en un mundo donde sistemas de red de 150 gigas eran aparatos estándar de laboratorio y los niños de diez años llevaban consigo ordenadores del tamaño de un lapicero con capacidades muy superiores a los aparatosos megaordenadores de sus tatarabuelos. No, no existía ninguna razón teórica para que el proyecto francés no hubiera podido tener éxito. Una vez que los programadores de Lyon hubiesen elaborado el esquema de inteligencia básica que era necesario para escribir el resto de los programas, todo habría debido continuar sin problemas.
Dos cosas salieron mal: una, originada por el exceso de ambición que posiblemente era producto de las personalidades peculiarmente francesas de los programadores originales, y la otra, relacionada con el horror al fracaso típico de las grandes naciones de mediados del siglo XXll, entre las cuales se contaba Francia.
La primera fue un cambio fatal de dirección que sufrió el proyecto en sus primeras fases. El rey de España iba a viajar a París en visita de estado, y los programadores decidieron que sintetizarían a Don Quijote en su honor, como creación inicial. Aunque el programa de inteligencia había sido diseñado para simular únicamente individuos que hubieran existido de verdad, no parecía haber ninguna razón inherente por la que un personaje ficticio tan bien documentado como Don Quijote no pudiera ser elaborado de la misma forma. Tenían la extensa novela de Cervantes; existían abundantes datos históricos sobre el entorno en el que supuestamente vivió Don Quijote; había una vasta bibliografía de análisis críticos sobre el libro y la personalidad distintiva y rimbombante del hidalgo. ¿Cuál era la diferencia entre dar vida a Don Quijote en un ordenador y simular, por ejemplo, a Luis XIV, a Moliere, o al Cardenal Richelieu? Todos ellos habían existido alguna vez, cierto, y el caballero de la Mancha era una mera invención; pero, ¿no había proporcionado Cervantes muchos más detalles acerca de la mente y el alma de Don Quijote que lo que se sabía de Richelieu, Moliere o Luis XIV.
Por supuesto que sí. El hidalgo, como Edipo, como Odiseo, como Otelo, como David Copperfield, había alcanzado una realidad muchísimo más profunda y tangible que la de la mayoría de la gente que ha existido realmente. Estos personajes habían trascendido su origen ficticio. Pero no era así en lo que al ordenador se refería. Fue capaz de producir una versión convincente de Don Quijote, en efecto: una escuálida y extravagante figura holográfica que tenía todos los caracteres pertinentes, que deliraba y decía disparates de la manera que se esperaba de él, que hablaba con conocimiento de Dulcinea, Rocinante y el yelmo de Mambrino. El rey de España se divirtió y quedó impresionado. Pero para los franceses, el experimento resultó un fracaso. Habían creado un Don Quijote que estaba atascado sin remedio en la España de finales del siglo xvi y en el libro del que había surgido. No tenía capacidad de pensamiento y vida independiente, ninguna manera de percibir el mundo que le había dado el ser, o de comentarlo, o de relacionarse con él. No tenía nada de nuevo o interesante. Cualquier actor podía disfrazarse con una coraza, ponerse una barba dispareja y recitar fragmentos de Cervantes. Lo que había salido del ordenador, después de tres años de trabajo, no era más que un reprocesamiento predecible de lo que se le había introducido, estéril, caduco.
Esto llevó al Centre Mondial de la Computation al siguiente paso fatal: abandonarlo todo. ¡CHOF! Y el provecto fue cancelado sin hacer nuevos intentos. No habría Picassos simulados, ni Napoleones, ni Juanas de Arco. El asunto del Quijote había amargado a todo el mundo, y nadie tuvo el ánimo de proseguir la tarea desde ese punto. De repente estaba marcado por el fracaso, y Francia, como Alemania, como Australia, como la Esfera Comercial Han, como Brasil, como cualquiera de los centros dinámicos del mundo moderno, tenía pánico al fracaso. El fracaso era algo reservado para las naciones atrasadas o decadentes, para la Unión Socialista Islámica, por ejemplo, o la República Popular Soviética, o para el gigante dormido, los Estados Unidos de América. Y así el plan de simulación de personajes históricos fue dejado a un lado.
A los franceses les importaba tan poco, de hecho, que tras dejarlo en barbecho durante unos cuantos años, vendieron la licencia a un grupo de americanos que se habían enterado de su existencia de alguna forma y creían que podía ser un juguete divertido.
—Puede que esta vez lo hayas conseguido —dijo Tanner.
—Si. Creo que sí. Después de todos estos comienzos en falso.
Tanner asintió. ¿Cuántas veces había entrado en esta sala con grandes esperanzas tan sólo para ver una chapuza, alguna vacuidad, algún desastre deprimente? Richardson siempre había tenido una explicación. Sherlock Holmes no funcionó porque era ficticio; era una nueva comprobación, necesaria, del proyecto francés del Quijote, que demostró que los personajes de ficción no tenían el tipo adecuado de textura real para aprovechar el programa: ni suficiente ambigüedad, ni suficiente contradicción. El rey Arturo había fracasado por la misma razón, ¿Julio César? Demasiado lejano en el pasado, quizás: datos poco fiables, que quizá rozaban la ficción. ¿Moisés? Lo mismo. ¿Einstein? Demasiado complejo, posiblemente, para el nivel de desarrollo actual del provecto: primero necesitaban más experiencia. ¿La reina Isabel? ¿George Washington? ¿Mozart? “Aprendemos más cada vez mas” —insistía Richardson tras cada fracaso—. Sabes que no estamos haciendo magia negra. No somos nigromantes, somos programadores, y tenemos que descubrir cómo darle al programa lo que necesita.» ¿Y ahora Pizarro?
—¿Por qué quieres trabajar con éste? —había preguntado Tanner cinco o seis meses antes—. un despiadado imperialista español del medievo, por lo que recuerdo de la escuela. El sanguinario expoliador de una gran cultura. Un hombre sin principios morales, sin honor, sin fe...
—Puede que no le estés haciendo justicia —dijo Richardson—. Ha tenido mala prensa durante siglos. Y hay cosas en el que me fascinan.
—¿Por ejemplo?
—Su iniciativa. Su coraje. Su confianza sin fisuras en sí mismo. La otra cara del despiadado, la cara buena, es una dedicación total a su tarea, la convicción absoluta de que no va a ser detenido por ningún obstáculo. Se apruebe o no lo que hizo, se debe admirar a un hombre que...
—De acuerdo —dijo Tanner, cansándose repentinamente de todo el provecto—. Haz a Pizarro. Lo que tú quieras.
Los meses habían pasado. Richardson le informaba vagamente de sus progresos, nada que diera muchas esperanzas. Pero ahora Tanner contemplaba la diminuta figura ambulante del holotanque, y comenzó a crecer en él la convicción de que Richardson por fin había encontrado cómo usar el programa de simulación de la manera debida.
—¿Así que piensas que lo has recreado realmente? Alguien que vivió... ¿Cuándo? ¿Hace quinientos años?
—Murió en 1541 —dijo Richardson.
—Casi seiscientos, entonces.
—Y no es como los otros; no es sólo una recreación de una gran figura del pasado que puede repetir una serie de discursos preprogramados. Lo que tenemos aquí, si estoy en lo cierto, es una inteligencia generada artificialmente que puede pensar por sí misma de modo diferente a como piensan sus programadores. Que tiene más información disponible para sí misma que aquélla que nosotros le hemos proporcionado, en otras palabras. Ese sería el verdadero logro. Ese es el salto filosófico fundamental que buscábamos cuando nos involucramos en este provecto. Utilizar el programa para que nos proporcione a su vez nuevos programas que sean capaces de verdadero pensamiento autónomo. Un programa que pueda pensar como Pizarro, en lugar de la idea de Lew Richardson acerca de cómo podría haber pensado Pizarro según algún historiador.
—Sí —dijo Tanner.
—Lo que significa que no sólo tendremos lo que era de esperar, lo predecible. Habrá sorpresas. No hay manera de aprender algo, ya lo sabes, excepto por medio de sorpresas. La combinación súbita de componentes conocidos en algo completamente nuevo. Y eso es lo que creo que hemos conseguido realizar aquí, finalmente. Puede ser el mayor avance en inteligencia artificial logrado jamás, Harry.
Tanner pensó acerca de ello. ¿Era así? ¿De verdad lo habían logrado?
Y si era así...
Se le estaba empezando a ocurrir algo nuevo y preocupante, mucho después de lo que debería una vez comenzado con este juego. Tanner contempló la figura holográfica que flotaba en el centro del tanque, aquel fiero anciano de rostro áspero y ojos crueles y fríos. Pensó en la clase de hombre que debió de ser, el hombre a cuya imagen había sido modelado. Un hombre que quiso desembarcar en América con cincuenta o sesenta años, o los que quiera que tuviese, un campesino español analfabeto e ignorante, vestido con una armadura mal ajustada y blandiendo una espada oxidada, y que partió a conquistar un gran imperio de millones de habitantes que se extendía a lo largo de miles de kilómetros. Tanner se preguntaba qué clase de hombre sería capaz de llevar a cabo algo así. Ahora los ojos de ese hombre se clavaban en los suyos, y era difícil sostener una mirada tan implacable.
Apartó la vista un momento después le empezó a temblar la pierna izquierda. Lanzó una mirada intranquila a Richardson.
—Mira esos ojos, Lew. ¡Cristo, dan miedo!
—Lo sé. Yo mismo los diseñé, a partir de viejos grabados.
—¿Crees que nos está viendo ahora mismo? ¿Puede hacerlo?
—Solamente es software, Harry.
—Pareció darse cuenta cuando expandiste la imagen. Richardson se encogió de hombros.
—Es un software muy bueno. Te aseguro que tiene autonomía, tiene voluntad. Lo que quiero decir es que tiene una mente electrónica. Puede haber percibido un aumento momentáneo del voltaje, Pero su percepción sigue teniendo limitaciones. No creo que haya ninguna manera de que pueda ver nada fuera del holotanque, a menos que le sea introducido bajo la forma de datos que él pueda procesar, cosa que no se ha hecho.
—¿No lo crees? ¿No estás seguro?
—Por favor, Harry...
—Este hombre conquistó el gran imperio inca con cincuenta soldados, ¿no es así?
—En realidad creo que fueron más bien ciento cincuenta.
—¿Qué más da cincuenta o ciento cincuenta? ¿Quién sabe lo que tienes aquí en realidad? ¿Y si hiciste un trabajo mejor de lo que esperabas?
—¿Qué quieres decir?
—Lo que digo es que me he puesto nervioso de repente. Durante mucho tiempo he creído que este provecto no iba a producir absolutamente nada. De pronto estoy comenzando a creer que quizá va a producir más de lo que podemos manejar. No quiero que ninguna de tus malditas simulaciones salga del tanque y nos conquiste a nosotros.
Richardson se giró hacia él. Tenía la cara sonrojada, pero sonreía.
—¡Harry, Harry! ¡Por amor de Dios! Hace cinco minutos no creías que tuviéramos nada excepto una imagen diminuta que ni siquiera era nítida. Ahora te has pasado tan al otro extremo que te estás imaginando el peor tipo de...
—Le veo los ojos, Lew. Me preocupa que sus ojos me vean a mí.
—No ves unos ojos de verdad. Lo que ves no es sino un programa gráfico proyectado en un holotanque. No tienen capacidad visual tal como tu entiendes el concepto. Sus ojos sólo te verán si yo quiero. Ahora mismo no pueden verte.
—¿Pero puedes hacer que me vean?
—Puedo hacer que vean cualquier cosa que yo quiera que vean. Yo lo he creado, Harry.
—Con voluntad. Con autonomía.
—¿Te empiezan a preocupar estas cosas ahora, después de todo este tiempo?
—Es mi cuello el que está en juego si se sale de madre algo de lo que hacéis los técnicos. Eso de la autonomía me inquieta.
—Sigo llevando los guantes digitales —dijo Richardson—. Contraigo los dedos y el baila. Recuerda que ése de ahí no es realmente Pizarro. Y tampoco es el monstruo de Frankenstein. Tan sólo es una simulación. Únicamente es un montón de datos, un simple manojo de impulsos electromagnéticos que puedo apagar con un gesto del meñique.
—Entonces, hazlo.
—¿Apagarlo? Pero si no he comenzado a mostrarte...
—Apágalo y luego enciéndelo —dijo Tanner.
Richardson pareció preocuparse.
—Si así lo mandas, Harry.
Movió un dedo. La imagen de Pizarro se desvaneció del holotanque. Un remolino de neblina gris se agitó en su interior durante un momento y luego todo era como un velo blanco. Tanner sintió un fugaz sentimiento de culpa, como si acabara de ordenar la ejecución de aquel hombre de la armadura. Richardson hizo otro gesto, los colores centellearon dentro del tanque y Pizarro reapareció.
—Sólo quería ver cuánta autonomía tiene realmente tu hombrecillo —dijo Tanner—. Si era lo bastante rápido como para adelantársete y escapar a algún otro canal antes de que le cortaras la corriente.
—En realidad no comprendes nada de cómo funciona esto, ¿verdad, Harry.?
—Sólo quería verlo —repitió Tanner, huraño. Después de un momento de silencio, dijo: —¿Nunca te has sentido como Dios?
—¿Cómo Dios?
—Tú le insuflaste vida. Una especie de vida, en todo caso. Pero también le insuflaste libre albedrío. De eso trata este experimento, ¿no es así? Toda esa charla sobre voluntad y autonomía. estas intentando recrear una mente humana, lo que significa volver a crearla por completo. Una mente que pueda pensar a su manera particular, y que obtenga sus propias respuestas frente a las situaciones, que no serán necesariamente respuestas que sus programadores pudieran anticipar, y que en realidad es casi seguro que no lo sean, lo que podría no ser tampoco tan deseable o beneficioso, y simplemente tienes que aceptar ese riesgo, igual que Dios, una vez que concedió el libre albedrío a la humanidad, sabía que era probable que viera a sus creaciones realizar toda clase de actos malvados cuando éstas ejercieran ese libre albedrío...
—Harry, por favor...
—Oye, ¿podría hablar con tu Pizarro?
—¿Porqué?
—Para descubrir qué tienes ahí. Para conocer de primera mano qué ha conseguido el proyecto. O se podría decir que tan sólo quiero probar la calidad de la simulación. Qué más da. Me sentiría más parte de esto, más consciente de lo que estamos intentando, si pudiera tener un contacto directo con él. ¿Sería adecuado si lo hiciera?
—Sí. Por supuesto.
—¿Tengo que hablar con él en español?
—En el idioma que quieras. Hay una interfaz, después de todo. El creerá que escucha su propia lengua, es decir, castellano del siglo XVI, independientemente de lo que se le diga. Y te responderá en lo que a él le parece castellano, pero tú lo escucharás en inglés.
—¿Estás seguro?
—Claro que sí.
—¿Y no te importa si contacto con él?
—Lo que te parezca.
—¿No alteraré su calibración o algo así?
—No le hará ningún daño, Harry.
—Bien. Déjame hablar con él.
Hubo una perturbación en el aire delante de él, un cambio, un giro, como un pequeño remolino. Pizarro se detuvo y lo observó durante un momento, preguntándose qué vendría después. Quizá un demonio que llegara para atormentarle. O un ángel. Estaba preparado, fuera lo que fuese.
—¿Podéis oírme? —le dijo una voz que provenía del remolino, con el mismo castellano cómicamente exagerado que el propio Pizarro se había encontrado hablando un poco antes.
—Os oigo, sí. No os veo. ¿Dónde estáis?
—Delante de vos. Esperad un momento. Os lo mostrare.
Del remolino salió una extraña cara que flotaba en mitad de ninguna parte, una cara sin cuerpo, una cara delgada, completamente afeitada, sin barba, sin bigote, con el cabello muy corto, OJOS negros muy próximos entre sí. Nunca había visto una cara así.
—¿Que sois? —preguntó Pizarro—. ¿Un demonio o un ángel?
—Ninguna de las dos cosas. —No sonaba muy demoníaco, ciertamente—. Un hombre, igual que vos.
—No como yo, me parece... ¿Sólo tenéis rostro, o también cuerpo?
—¿Todo lo que veis es mi rostro?
—Sí.
—Esperad un momento.
El rostro desapareció. Luego regresó, sujeto al cuerpo de un hombre grande, de hombros anchos, que vestía una túnica gris larga y holgada, parecida a la sotana de un sacerdote pero mucho más adornada, con puntos de luz brillante reflejándose por todas partes. Después, el cuerpo se desvaneció y de nuevo Pizarro pudo ver sólo la cara. No podía encontrarle ningún sentido a nada de aquello. Comenzó a comprender cómo debieron de sentirse los indios cuando los primeros españoles aparecieron sobre el horizonte, montando a caballo, llevando armas de fuego y vistiendo armaduras.
—Sois muy extraño. ¿Sois inglés, acaso?
—Americano.
—Ah —dijo Pizarro, como si eso cambiara algo—. Americano. ¿Y eso qué es?
El rostro onduló y se difuminó durante un momento. Hubo una nueva agitación misteriosa en las nubes blancas y densas que la rodeaban. Entonces, la cara se volvió más diáfana.
—América es un país al norte del Perú —dijo—. Un país muy grande, muy poblado.
—¿Os referís a Nueva España, que antes era México, donde mi paisano Cortés es capitán general?
—Al norte de México. Muy al norte.
Pizarro se encogió de hombros.
—No sé nada de esos lugares. No mucho. Hay una isla llamada Florida, ¿verdad? E historias sobre ciudades de oro, pero creo que no son más que cuentos. Yo encontré oro en Perú. Encontré más que suficiente para atragantarse. Decidme una cosa, ¿estoy en el Cielo?
—No.
—¿Es esto el Infierno, pues?
—Tampoco. El lugar en el que os encontráis... es muy difícil de explicar, realmente...
—Estoy en América.
—Sí. Sí, en América.
—¿Y estoy muerto?
Hubo silencio durante un momento.
—No, no estáis muerto —dijo la voz con nerviosismo.
—Creo que me estáis mintiendo.
—¿Cómo podríamos estar hablando si estuviera muerto?
Pizarro se rió roncamente.
—¿Y vos me lo preguntáis a mí? No entiendo nada de lo que me pasa en este lugar. ¿Dónde están mis sacerdotes? ¿Dónde está mi paje? ¡Enviadme a mi hermano! —Lo atravesó con la mirada—. Ah bien? ¿Por qué no me los traéis?
—No están aquí. Estáis completamente solo aquí, don Francisco.
—En América. Completamente solo en América. Enseñadme vuestra América entonces. ¿Existe tal lugar? ¿Es toda América nubes y círculos de luz? ¿Dónde está América? Dejadme ver América. Demostradme que estoy en América.
Hubo otro silencio, más largo que el anterior. Entonces la cara desapareció y el muro de nubes blancas comenzó a hervir y agitarse con mayor fiereza que antes. Pizarro lo contemplaba, sintiendo una mezcla de curiosidad y enojo. La cara no reapareció. No veía absolutamente nada. Estaban jugando con él. Estaba preso en algún extraño lugar, y le trataban como a un niño, como un perro, como..., como un indio. Quizá éste era el pago por lo que le hizo al rey Atahualpa, aquel hombre bueno, necio y noble que se había entregado inocentemente y a quien había hecho ajusticiar para obtener así el oro de su reino.
«Bueno, pues que así sea —pensó Pizarro—. Atahualpa aceptó todo lo que le aconteció sin quejas ni miedo, y así lo haré yo también. Cristo será mi guardián, y si no hay Cristo, bueno, pues entonces no tendré guardián, y que sea lo que tenga que ser. Sea.»
—Mirad, don Francisco, esto es América —dijo de repente la voz que provenía del remolino.
Un dibujo apareció sobre el muro de nubes. Era un tipo de dibujo que Pizarro no había encontrado o siquiera imaginado anteriormente, que parecía abrirse ante él como una puerta y arrastrarlo a su interior, transportándolo a través de un panorama de imágenes cambiantes, representadas con brillantes y vividos estallidos de color. Era como volar muy alto, viendo pasar por debajo un pergamino de infinitos milagros. Veía vastas ciudades sin murallas, carreteras que se extendían como interminables bobinas de cinta blanca, lagos enormes, poderosos ríos, montañas gigantescas, dejándolo atrás tan velozmente que apenas pudo asimilar algo. Su mente se hundió en el caos en unos momentos: los edificios —más elevados que la espira de la catedral más alta—, los enjambres de las multitudes, las relucientes carrozas de metal que no eran arrastradas por bestias, los impresionantes paisajes, la densa complejidad de todo aquello. Contemplando todo eso, sintió que una vieja ansiedad se apoderaba una vez más de él: quiso asir aquel extraño y vasto lugar, tomarlo, y estrecharlo contra sí mismo, despojarlo de todo lo que tuviera de valor. Pero el pensamiento era abrumador. Se le vidriaron los ojos y el corazón le comenzó a latir de manera tan tremenda que imaginó que podría sentir su golpeteo si apoyaba la mano sobre la coraza.
—Basta. Basta —murmuró, dándose la vuelta.
La sobrecogedora imagen desapareció. El clamor de su corazón disminuyó gradualmente.
Entonces comenzó a reírse.
—¡Perú! —gritó—. ¡Perú no era nada, comparado con esta América! ¡Perú era un agujero! ¡Perú era barro! ¡Que ignorante fui! ¡Fui al Perú, cuando estaba América, diez mil veces más grande! Me pregunto qué podría encontrar en América. —Chasqueó los labios e hizo un guiño. Después, riendo entre dientes, dijo—: Pero no tengáis miedo. No intentaré conquistar América. Ya soy muy viejo para eso. Y puede que América hubiera sido demasiado para mí, incluso entonces. Puede que sí.
Sonrió ferozmente a la cara preocupada que lo observaba, la del hombre sin barba y de cabello corto, el americano.
—Estoy muerto, ¿no es así? No siento hambre, ni dolor, ni sed, y cuando me pongo la mano sobre el cuerpo ni siquiera lo noto. Es como si estuviera soñando. Pero esto no es un sueño. ¿Soy un fantasma?
—No... exactamente.
—¡No soy exactamente un fantasma! ¡No lo soy exactamente! Nadie con la mitad de seso que un puerco hablaría así. ¿Qué se supone que quiere decir eso?
—No es fácil explicarlo con palabras que podáis entender, don Francisco.
—No, por supuesto que no. Soy un estúpido, como sabe todo el mundo, y por eso conquisté el Perú, porque era así de estúpido. Pero dejémoslo correr. No soy un fantasma exactamente, pero estoy muerto de todas formas, ¿verdad?
—Bueno...—Estoy muerto, sí. Pero de alguna manera no he ido al Infierno o siquiera al Purgatorio, sino que sigo en este mundo, sólo que mucho después. He dormido como duermen los muertos, y ahora he despertado en algún año que está muy lejos de mis tiempos, y es la época de América. ¿No es así? ¿Quién reina ahora? ¿Quién es el Papa? ¿Qué año es éste? ¿Mil setecientos cincuenta? ¿Mil ochocientos?
—El año dos mil ciento treinta —dijo la cara, con cierta vacilación.
—Ah. —Pizarro se tiró del labio inferior, pensativo—. ¿Y el rey? ¿Quién reina?
Una larga pausa.
—Se llama Alfonso —dijo la cara.
—¿Alfonso? Los reyes de Aragón se llamaban Alfonso. El padre de Fernando era Alfonso. Alfonso V.
—Alfonso XIX es ahora rey de España.
—Ah. ¿Y el Papa? ¿Quién es el Papa?
Nueva pausa.
¿No conocer el nombre del Papa inmediatamente, al serle preguntado? Qué extraño. Demonio o no, era un necio.»
—Pío —dijo la voz, al cabo de un rato—. Pío XVI.
—El decimosexto Pío —dijo Pizarro, sombrío—. María y Jesús, el decimosexto Pío. ¿Qué ha sido de mí? Muerto hace mucho, así es como estoy. Todavía manchado por todos mis pecados. Aún puedo sentirlos aferrándose a mi piel como si fueran barro. Y vos sois un hechicero, americano, y me habéis devuelto a la vida. ¿Eh? ¿Eh? ¿Es así o no?
—Algo parecido, don Francisco —admitió la cara.
—Así que habláis un castellano raro porque ya no comprendéis la manera correcta de hablarlo, ¿eh? Incluso yo hablo castellano de manera rara, y lo hablo con una voz que no suena como la mía. Ya nadie habla castellano, ¿eh? ¿Eh? Sólo se habla americano, ¿eh? Pero vos intentáis hablar castellano, sólo que os sale ridículo. Y habéis hecho que yo hable de la misma forma, creyendo que ésta era la manera en la que yo lo hacía, aunque estéis equivocado. Bueno, podéis hacer milagros pero supongo que no podéis hacerlo todo perfectamente, ni siquiera en esta tierra de milagros del año dos mil ciento treinta, ¿eh? ¿Eh? —Pizarro se inclinó hacia adelante inquisitivamente—. ¿Qué decís? ¿Me tomabais por necio, porque no sé leer ni escribir? No soy tan ignorante, ¿eh? Entiendo las cosas rápidamente.
—Las comprendéis muy deprisa, en efecto.
—Pero vos sabéis muchas cosas que yo desconozco. Debéis saber de que forma morí, por ejemplo. ¿Qué extraño es preguntaros sobre la manera en que morí, pero vos debéis de saberlo, eh? ¿Cuándo me llegó? ¿Y cómo? ¿Fue mientras dormía? No, no, ¿cómo iba a ser así? Es en España donde se muere mientras se duerme, pero no en el Perú. ¿Cómo fue, entonces? Fui emboscado por unos cobardes, ¿verdad? ¿Un hermano de Atahualpa, cayendo sobre mí mientras salía de mi casa? ¿Un esclavo enviado por el inca Manco, o alguno de los otros? No. No. Los indios no me harían daño, pese a todo lo que les hice. Fue el joven Almagro quien me derribó, ¿no es así?, vengando a su padre, o Juan de Herrada, ¿eh? O puede que incluso fuera Picardo, mi propio secretario; no, Picardo no, siempre fue de los míos; pero a lo mejor fue Alvarado, el menor, Diego; bueno, uno de ellos, y habría sido repentino, muy repentino o yo habría podido detenerles... ¿tengo razón? ¿Estoy diciendo la verdad? Decídmelo. Vos lo sabéis. Contadme cómo morí.
No hubo respuesta. Pizarro se cubrió los ojos y clavó la mirada en la deslumbrante blancura nacarada. Ya no podía ver la cara del americano.
—¿Estáis ahí? —dijo Pizarro—. ¿Adonde habéis ido? ¿Fuisteis un sueño? ¡Americano! ¡Americano! ¿Adonde habéis ido?
El interruptor había saltado. Tanner estaba rígido, las manos temblorosas, los labios fuertemente apretados. Pizarro, dentro del holotanque, no era ahora más que una pequeña y distante mancha de color, no mayor que su pulgar, gesticulando entre un remolino de nubes. Su vitalidad, su arrogancia, su feroz curiosidad inquisitiva, sus poderosos odios y envidias, la fuerza que provenía de vastas empresas, descabelladas pero sobrellevadas hasta su culminación, todo lo que era Francisco Pizarro, todo lo que Tanner había sentido unos segundos antes... todo había desaparecido con mover un dedo.
Tanner sintió que la conmoción remitía tras unos momentos. Se giró hacia Richardson.
—¿Qué ha pasado?
—Tuve que sacarte de allí. No quería que le contaras nada acerca de cómo había muerto.
—No sé cómo murió.
—Bueno, pues él tampoco, y no quería arriesgarme a que tú lo supieras. No hay manera de predecir qué impacto psicológico puede causarle ese conocimiento.
—Hablas de él como si estuviera vivo.
—¿Y no lo está? —dijo Richardson.
—Si yo te hubiera dicho eso, me habrías respondido que era un ignorante, y muy poco científico, además.
Richardson sonrió levemente.
—Tienes razón. Pero estoy seguro, no sé cómo, de saber lo que digo cuando afirmo que está vivo. Sé que no quiero decirlo literalmente, aunque no estoy seguro acerca de ti. ¿Qué te ha parecido, de todos modos?
—Es sorprendente —dijo Tanner—. Realmente sorprendente. Su fuerza... podía sentirla brotando hacia mí en oleadas. ¡Y su mente! La rapidez con que lo asimilaba todo. Suponiendo que debía de estar en el futuro. Queriendo saber cuál era el Papa actual. Deseando ver cómo era América. ¡Su arrogancia! Diciéndome que no iba a conquistar América, pero que podría haberlo intentado en lugar de Perú unos años antes, pero no ahora, ya que era demasiado viejo para ello. ¡Increíble! Nada le afectaba durante mucho rato, ni siquiera cuando comprendió que debía llevar muerto mucho tiempo. ¡Incluso queriendo saber cómo murió! —Tanner frunció el ceño—. ¿Con qué edad lo creaste cuando diseñabas el programa?
—Unos sesenta. Cinco o seis años después de la conquista, y un año o dos antes de su muerte. Cuando estaba en la cúspide de su poder.
—Supongo que no podías permitirle saber nada de su propia muerte en sí. Eso le asemejaría demasiado a una especie de fantasma.
—Eso fue lo que pensamos. Fijamos el límite en el momento en que ya había concluido todo lo que se había propuesto hacer, cuando era el Pizarro definitivo. Antes de su final, sin embargo. No necesitaba estar enterado. Nadie lo necesita. Por eso tuve que sacarte de un tirón, ¿comprendes? Por si lo sabías. Y comenzabas a decírselo.
Tanner negó con la cabeza.
—Si alguna vez lo supe, lo he olvidado. ¿Cómo fue?
—Exactamente como lo imaginaba: a manos de sus propios compañeros.
—Así que lo veía venir.
—A la edad con la que lo creamos, ya sabía que había comenzado una guerra civil en Sudamérica y que los conquistadores estaban peleándose por el reparto de los despojos. Incorporamos todo eso en él. Sabe que Almagro, su asociado, se ha levantado contra él y ha sido derrotado en batalla y que lo han ejecutado. Lo que no sabe, pero puede esperar, obviamente, es que los amigos de Almagro van a irrumpir en su casa e intentarán matarlo. Ha imaginado prácticamente cómo va a suceder. Cómo sucedió, mejor dicho.
—Increíble. Qué perspicacia.
—Era un hijo de puta, sí. Pero también un genio.
—¿Lo era de verdad? ¿O le convertiste en uno cuando preparaste el programa para él?
—Todo lo que introdujimos fueron los detalles objetivos de su vida, pautas de acontecimientos y respuestas. Además de una capa superpuesta de comentarios ajenos, por sus contemporáneos y por historiadores posteriores familiarizados con los testimonios, que proporciona una dimensión adicional de densidad de carácter. Introduce suficiente material de esa clase y, según parece, la suma proporciona la personalidad completa. No es mi personalidad o la de nadie que haya trabajado en este proyecto, Harry. Cuando se introduce el conjunto de los hechos y las respuestas de Pizarro, acabas obteniendo a Pizarro. Obtienes lo implacable y lo sagaz. Introduce un conjunto diferente y obtienes a otra persona. Y lo que hemos comprobado por fin en esta ocasión es que, cuando hacemos bien nuestro trabajo, extraemos del ordenador algo que es mayor que la suma de lo introducido.
—¿Estás seguro?
—¿Te fijaste en que se ha quejado del castellano que creía que hablabas?
—Sí. Dijo que sonaba raro, que ya nadie parecía saber cómo hablarlo bien. No acabé de entenderlo. ¿Has construido una interfaz que habla mal el castellano?
—Es evidente que habla mal el castellano del siglo XVI —dijo Richardson—. Nadie sabe cómo sonaba realmente el castellano del siglo XVI. Únicamente podemos suponerlo. Es evidente que no lo supusimos correctamente.
—¿Pero cómo podía saberlo? ¡Tú lo sintetizaste, para empezar! Y si tú no sabías cómo sonaba el castellano de su época, como iba a saberlo el? Tan sólo debería conocer el castellano, o cualquier otra cosa, que tú le hayas introducido.
—Exactamente —dijo Richardson.
—¡Pero esto no tiene sentido, Lew!
—También dijo que el castellano que se oía hablar no era correcto, y que su propia voz. tampoco le sonaba bien. Que le habíamos hecho hablar de esa forma creyendo que era así como el hablaba de verdad, pero que estábamos equivocados, ¿Cómo podía saber de que manera sonaba su voz realmente, si es simplemente una simulación construida por gente que no tiene la más mínima idea de cómo era...?
—No tengo ni idea —dijo Richardson en voz baja—. Pero lo sabe.
—¿De verdad? ¿O es sencillamente un juego diabólico que se ha inventado para inquietarnos, porque caza con su carácter, tal como lo has desarrollado?
—Creo que lo sabe —dijo Richardson.
—¿Y entonces de dónde lo ha sacado?
—Esta ahí. No sabemos dónde, pero el sí. Está entre los datos que pasamos por la red de permutación, aunque ni nosotros mismos lo sepamos y ni tan siquiera podamos encontrarlo si nos pusiéramos a buscarlo ahora. El sí puede encontrarlo. No puede crear ese tipo de conocimiento por arte de magia, pero puede reunir lo que para nosotros son fragmentos aparentemente irrelevantes y obtener nueva información que le permita llegar a una conclusión con sentido para él. A eso nos referimos al hablar de inteligencia artificial, Harry. Por fin tenemos un programa que funciona igual que el cerebro humano: por medio de saltos intuitivos tan repentinos y amplios que parecen inexplicables e imposibles de medir, aunque en realidad no lo sean. Hemos introducido el material suficiente para que pueda asimilar toda una amalgama de datos sin relación aparente y obtener nueva información. Lo que tenemos dentro de ese tanque no es el muñeco de un ventrílocuo. Tenemos algo que cree que es Pizarro y piensa como Pizarro y sabe cosas que Pizarro sabía y nosotros no. Esto significa que hemos rebasado el avance cualitativo en inteligencia artificial que buscábamos alcanzar con este provecto. Es impresionante. Me da escalofríos cada vez que lo pienso.
—A mí también —dijo Tanner—. Pero de miedo más que de asombro.
—¿Miedo?
—¿Cómo puedes estar completamente seguro, sabiendo que tiene capacidades superiores a aquéllas con las que fue programado, de que no pueda hacerse con el control de la red de alguna forma y liberarse?
—Es técnicamente imposible. El no es más que un conjunto de impulsos electromagnéticos. Puedo desenchufarlo en cualquier momento. No hay nada que temer. Créeme, Harry.
—Lo intento.
—Puedo enseñarte sus diagramas. Tenemos una simulación extraordinaria en el ordenador, por supuesto. Pero sigue siendo una simulación. No es un vampiro, no es un hombre-lobo y no es nada sobrenatural. Únicamente se trata de la mejor simulación por ordenador jamás creada.
—Me pone nervioso. El me pone nervioso.
—Debería. Su fuerza, su naturaleza indomable... ¿Por qué crees que lo he hecho venir a él, Harry? Tiene algo que ya no comprendemos en este país. Quiero que lo estudiemos. Quiero que intentemos aprender cómo es esa clase de iniciativa y determinación. Claro que te ha afectado una vez que has hablado con él, que has tocado su espíritu. Irradia una tremenda confianza, una fe fantástica en sí mismo. Ese tipo de hombre puede lograr todo lo que se proponga..., incluso conquistar todo el imperio inca con ciento cincuenta hombres, o los que fueran. Pero no tengo miedo de lo que hemos construido. Y tú tampoco deberías tenerlo. Tendríamos que estar orgullosos. Tanto tú como los técnicos, Y acabaréis estándolo.
—Espero que tengas razón —dijo Tanner.
—Ya lo verás.
Tanner contempló el holotanque en silencio durante un largo momento, allí donde había estado la imagen de Pizarro.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Puede que esté exagerando. A lo mejor parezco el lego ignorante que soy Aceptaré sin dudar que seréis capaces de mantener vuestros fantasmas dentro de sus cajas.
—Lo seremos—. dijo Richardson.
—Esperemos que si. Muy bien —dijo Tanner—, ¿Qué vas a hacer ahora? Richardson pareció desconcertado.
—¿Que qué voy a hacer?
—Con el proyecto. ¿Cómo va a continuar?
—Aún no hay nada planeado. Pensamos que sería mejor esperar a tener tu aprobación para la fase inicial, y luego... —dijo Richardson, vacilante.
—A ver qué te parece esto —propuso Tanner—. Me gustaría que comenzaras a trabajar inmediatamente con otra simulación.
—Bueno... Sí, claro, por supuesto...
—Y cuando la hayas terminado, ¿sería factible meterlo en el tanque con Pizarro, Lew?
Richardson pareció sorprenderse.
—¿Para que dialogue con él, quieres decir?
—Sí.
—Supongo que podríamos hacerlo —dijo Richardson con cautela—. Deberíamos hacerlo. Sí. Claro que sí. En realidad es una sugerencia muy interesante. Aventuró una sonrisa inquieta. Hasta ahora Tanner no había interferido en el provecto, había sido un mero funcionario a cargo de la gestión, un observador, alguien prácticamente ajeno. Esta intervención en el proceso de planificación era una novedad y sencillamente, Richardson no sabía cómo tomársela. Tanner lo vio agitarse nerviosamente.
—¿Estás pensando en alguien en particular para el próximo intento? —dijo tras una pequeña pausa.
—¿Está listo tu nuevo paralaje? —preguntó Tanner—. ¿El que se supone que compensa la distorsión temporal y la contaminación mítica?—Casi. Pero no lo hemos probado...
—Estupendo —dijo Tanner—. Esta es la oportunidad. ¿Qué tal si lo intentas con Sócrates?
Había una blancura ondulante debajo de el y por todos lados, como si el mundo estuviera hecho de lana. Se preguntó si podría ser nieve. No era algo con lo que estuviera muy familiarizado. En Atenas nevaba de vez en cuando, sí, pero normalmente sólo era un polvillo que se fundía bajo el sol de la mañana. Claro que había visto nieve en abundancia cuando estuvo en la guerra, en el norte, en Potidea, en los días de Pendes. Pero eso fue mucho tiempo atrás y aquello, por lo que podía recordar, no se parecía demasiado a esto. La blancura que lo rodeaba en este momento no tenía ninguna característica de frialdad. Podrían ser perfectamente grandes bancos de nubes.
Pero, ¿por que había nubes debajo de él?
«Las nubes —pensó—, son tan sólo vapor, aire y agua, sin ninguna substancia. Su lugar natural estaba arriba. Unas nubes que se amontonan bajo tus pies no tienen verdadera cualidad de las nubes.»
¿Nieve sin frío? ¿Nubes que no flotan? Nada en aquel lugar parecía poseer ninguna de sus cualidades intrínsecas, incluido el mismo. Parecía estar caminando, pero sus pies no tocaban nada. Era como moverse a través del aire. ¿Cómo es posible moverse por el aire? Aristófanes, en aquella despiadada farsa, lo había mandado a flotar entre las nubes suspendido en una cesta, y le hizo decir cosas como «estoy atravesando el aire y contemplando el sol». Así era como Aristófanes jugaba con él, y no le molestó demasiado, aunque sus amigos se habían sentido muy dolidos. Pero tan sólo era una farsa.
Esto daba la sensación de ser real, al menos en cuanto a lo que podía sentir.
Puede que estuviera soñando y que la naturaleza de su sueño fuera que creía estar haciendo lo mismo que en la farsa de Aristófanes.
¿Como era aquella deliciosa frase? "Tengo que suspender mi cerebro y mezclar la sutil esencia de mi mente con este aire, que es de la misma naturaleza, para poder penetrar así en las cosas del cielo." ¡El bueno de Aristófanes! ¡Para él nada era sagrado! Excepto, por supuesto, lo que era realmente sagrado, como la sabiduría, la verdad y la virtud. "No habría descubierto nada si hubiera permanecido sobre el suelo y meditara desde abajo sobre las cosas que hay arriba: pues la tierra atrae hacia sí con su fuerza la savia de la mente. Es lo mismo que sucede con los berros."»
Y Sócrates se echó a reír.
Sostuvo las manos ante sí y las estudió: los dedos cortos y robustos, las muñecas gruesas y fuertes. Sí, sus manos. Sus viejas manos que le habían permitido ser útil toda la vida: cuando trabajaba como cantero, al igual que su padre; cuando luchó en las guerras de la ciudad; cuando se entrenaba en el gimnasio. Pero ahora, cuando se las llevó a la cara, no sintió nada. Debería de haber una barbilla ahí, una frente, sí, una nariz chata y ancha, labios gruesos; pero no había nada. Tocaba el aire. Podía pasar la mano a través del lugar donde debería estar su cara. Podía juntar las manos, empujar con todas sus fuerzas, y no sentir nada.
«No cabe duda —pensó— de que este lugar es muy extraño.
»Tal vez sea ese lugar de formas puras sobre el que le gustaba especular al joven Platón, donde todo es perfecto y nada es del todo real. Estas nubes que me rodean son ideales, no reales. Camino sobre un aire ideal. Yo mismo soy el Sócrates ideal, liberado de mi tosco cuerpo ordinario. ¿Podría ser así? Bueno, quizá». —Se detuvo un rato, considerando esa posibilidad. Se le ocurrió que aquella podría ser la otra vida, en cuyo caso podría encontrar a alguno de los dioses, si es que había dioses, para empezar, y si era capaz de encontrarlos— Me gustaría —se dijo—. Quizá deseen hablar conmigo. Atenea disertaría sobre la sabiduría, o Hermes sobre la rapidez, o Ares sobre la naturaleza de la valentía, o Zeus sobre..., bueno, sobre lo que Zeus quisiera hablar. Claro que para ellos yo parecería ser el más simple de los necios, pero eso sería lo adecuado: cualquiera que espere sostener una conversación con los dioses como si fuera su igual es un necio. Yo no me engaño. Si los dioses existen, seguramente son muy superiores a mí en todos los aspectos, pues de lo contrario, ¿por qué son considerados como tales por los hombres?»
Claro que tenía serias dudas acerca de la existencia de los dioses. Pero, de existir, era razonable pensar que sería posible hallarlos en un lugar como éste.
Alzó la vista. El cielo irradiaba una brillante luz dorada. Inspiró profundamente y sonrió, y se puso en marcha a través de la nada de este mundo etéreo para ver si podía encontrar a los dioses.
—¿Qué piensas ahora? ¿Sigues igual de pesimista? —dijo Tanner. —es muy pronto para afirmar nada —dijo Richardson, con aire hosco.
—Parece Sócrates, ¿no?
—Eso fue fácil. Tenemos muchas descripciones de Sócrates que provienen de gente que lo conoció: la nariz chata y ancha, la calva, los labios gruesos, el cuello corto. La cara estándar de Sócrates que todo el mundo reconoce, igual que con Sherlock Holmes o con Don Quijote. Ese es el aspecto que le dimos. No tiene importancia. Lo que haya dentro de su cabeza es lo que determinará si tenemos realmente a Sócrates.
—Parece estar tranquilo y de buen humor mientras pasea por ahí. Tal y como debería estar un filósofo.
—Pizarro parecía igual de filosófico cuando lo dejamos suelto en el tanque.
—Pizarro puede ser también un filósofo —dijo Tanner—. Ninguno de los dos es de los que se asustarían fácilmente si se encontraran en un lugar misterioso.
La actitud negativa de Richardson estaba comenzando a molestarlo, era como si los dos hombres hubieran intercambiado sus lugares: Richardson ya no estaba seguro del alcance y capacidad de su propio programa, y Tanner abría camino en busca de mayores logros.
—Sigo siendo escéptico. Hemos probado los nuevos filtros de paralaje, sí. Pero me temo que vamos a encontrarnos con el mismo problema que los franceses con Don Quijote, y nosotros con Holmes, Moisés y César. Los datos están demasiado contaminados por mitos y fantasías. El Sócrates que nos han transmitido tiene tanto de ficticio como de real, o posiblemente sea completamente ficticio. Por lo que sabemos, Platón se inventó todo lo que creemos saber sobre el, igual que Conan Doyle se inventó a Holmes. Y lo que vamos a obtener, me temo, será algo de segunda mano, desprovisto de vida, falto de la chispa de inteligencia autónoma que buscamos —dijo Richardson con desánimo.
—Pero los nuevos filtros...
—Quizá. Quizá.
Tanner negó con la cabeza, tercamente.
—Holmes y Don Quijote son totalmente ficticios. Sólo existen en una dimensión, construida para nosotros por sus autores. Si se pasa a través de las distorsiones y las fantasías de los lectores y comentaristas posteriores, todo lo que se encuentra debajo es un personaje inventado. Una parte importante de Sócrates puede haber sido inventada por Platón para sus propios propósitos, pero otra parte no. Existió de verdad. Tomó parte en las actividades ciudadanas de la Atenas del siglo v. Figura en libros de muchos de sus contemporáneos, aparte de los Diálogos de Platón. Eso nos proporciona el paralaje que buscas, ¿no es cierto? Su imagen desde más de un punto de vista.
—Puede que sí, o puede que no. Con Moisés no llegamos a ninguna parte. ¿Era ficticio?
—¿Quién sabe? Todo lo que tenías para trabajar era la Biblia. Y una tonelada de comentarios bíblicos, por si valían de algo. De poco, evidentemente.
—¿Y César? No me dirás que César no era real —dijo Richardson—. Pero lo que tenemos de él está decididamente contaminado por mitos. Cuando lo sintetizamos sólo conseguimos una caricatura, y no necesito recordarte la rapidez con que incluso aquello se redujo a un puro galimatías.
—Eso no es relevante —dijo Tanner—. Lo de César fue al comienzo del provecto. Ahora sabes mucho más sobre lo que estás haciendo. Creo que funcionará.
El terco pesimismo de Richardson, decidió Tanner, tenía que ser un mecanismo de defensa, creado para protegerse contra la posibilidad de un nuevo fracaso. Sócrates, después de todo, no había sido una elección voluntaria. Y ésta era la primera vez que había empleado los nuevos métodos de perfeccionamiento, como el programa de paralaje, que era el más reciente refinamiento del proceso.
Tanner lo miró. Richardson permaneció en silencio.
—Vamos —dijo Tanner—. Trae a Pizarro. Deja que hablen. Entonces sabremos qué clase de Sócrates has conjurado.
Una vez más hubo una perturbación en la distancia, un pequeño borrón oscuro en el horizonte de nácar, una mancha, una falla en la blancura reluciente.
«Llega otro demonio —pensó Pizarro—. O quizá sea el mismo de antes, el americano que gustaba de mostrarse tan sólo con su cara, con el cabello corto y sin barba.»
Pero a medida que éste se acercaba, Pizarro vio que era distinto al último: bajo y regordete, de hombros anchos y pecho abombado. Estaba casi completamente calvo, y su espesa barba era tosca y descuidada. Parecía viejo, al menos sesenta años, quizá sesenta y cinco. También era muy feo, con ojos saltones y nariz chata de ventanas anchas, y el cuello tan corto que su gran cabeza parecía brotar directamente del torso. Sólo vestía una túnica marrón, ligera y raída. Estaba descalzo.
—Eh —lo llamó Pizarro—. ¡Vos! ¡Demonio! ¿Sois vos americano también, demonio?
—Discúlpame. ¿Has dicho ateniense?
—He dicho americano. Eso es lo que era el último. ¿También vos venís de allí, demonio? ¿De América?
Se alzó de hombros.
—No, me parece que no. Soy de Atenas. —Había un curioso brillo burlón en los ojos del demonio.
—¿Griego? ¿Este demonio es griego?
—Soy de Atenas —repitió aquel hombre feo—. Me llamo Sócrates, hijo de Sofronisco. No sabría decirte qué es un griego, así que a lo mejor lo soy, pero creo que no, a menos que «griego» sea como llamas a un hombre de Atenas.
Hablaba de manera lenta y fatigosa, como alguien extremadamente estúpido. Pizarro había conocido hombres así anteriormente y, según su experiencia, por lo general no eran tan estúpidos como querían ser considerados. Sintió crecer su recelo.
—Y no soy un demonio, sino un hombre corriente, como bien puedes ver.
—Os gusta jugar con las palabras, ¿verdad? —resopló Pizarro.
—No es la peor de las diversiones, amigo mío —dijo el otro. Se echó las manos a la espalda de la manera más natural y permaneció allí, sonriendo tranquilamente, con la mirada distante, balanceándose adelante y atrás sobre los talones.
—¿Y bien? —dijo Tanner—. ¿Tenemos o no a Sócrates? Yo diría que es el genuino.
Richardson alzó la vista y asintió. Parecía aliviado e intrigado al mismo tiempo.
—Tengo que decir que por ahora va bien. Está resultando real y verdadero.
—Sí.
—En realidad, puede que hayamos resuelto el problema de la información contaminada que estropeó algunas de las simulaciones anteriores. No estamos teniendo ninguna degradación de la señal como las que encontramos entonces.
—Es todo un carácter, ¿verdad? —dijo Tanner—. Me ha gustado la manera en que se ha acercado a Pizarro, sin la más mínima señal de inquietud. No le tiene ningún miedo.
—¿Por qué debería tenérselo? —preguntó Richardson.
—¿No se lo tendrías tú? Si estuvieras caminando por Dios sabe qué lugar sobrenatural, sin saber dónde estabas o cómo has llegado allí, y de repente vieras un bastardo de apariencia feroz como Pizarro delante tuyo, vestido con una armadura y llevando una espada...
—Tanner sacudió la cabeza—. Bueno, a lo mejor no. Se trata de Sócrates, al fin y al cabo, y Sócrates no tenía miedo de nada, excepto del aburrimiento.
—Y Pizarro no es más que una simulación. Nada más que software.
—Eso es lo que me has estado diciendo todo este tiempo. Pero Sócrates no lo sabe.
—Cierto —dijo Richardson. Pareció perderse en sus pensamientos durante un momento—. Quizá sí exista cierto riesgo.
—¿Eh?
—Si nuestro Sócrates es como el de Platón, y así debería ser, entonces podría llegar a ser considerablemente molesto. Puede que a Pizarro no le gusten sus jueguitos verbales. Supongo que, si no le apetece jugar, existe la posibilidad teórica de que inicie algún tipo de respuesta agresiva.
Esto cogió a Tanner por sorpresa. Se giró.
—¿Me estás diciendo que hay alguna manera de que pueda hacer daño a Sócrates?
—¿Quién sabe? —dijo Richardson—. En el mundo real un programa puede, ciertamente, destruir a otro. Quizá una simulación pueda ser un peligro para otra. Es territorio nuevo para todos nosotros, Harry. Incluidas las personas que están en el tanque.
—Decís que sois ateniense, pero no griego. ¿Cómo tengo que entenderlo? Podría preguntarle a Pedro de Candia, supongo, que es griego pero no ateniense. Pero él no está aquí. Quizá seáis sólo un necio, ¿eh? O creas que yo lo soy —dijo el hombre alto y de barba cana, frunciendo el ceño.
—No tengo ni idea de qué eres. ¿Es posible que seas un dios?
—¿Un dios?
—Sí —dijo Sócrates. Estudió al otro, impasible. Sus rasgos eran duros, la mirada fría—. Es posible que seas Ares. Tienes una apariencia feroz y belicosa, y llevas una armadura, aunque no se parece a ninguna que haya visto. Este lugar es tan extraño que podría ser la morada de los dioses, y supongo que la que llevas podría ser la armadura de un dios. Si eres Ares, entonces te saludo con el debido respeto. Yo soy Sócrates de Atenas, el hijo del cantero.
—Decís muchas tonterías. No sé quién es Ares.
—¡El dios de la guerra, por supuesto! Todo el mundo lo sabe. Excepto los bárbaros, claro. ¿Eres entonces un bárbaro? Tengo que decir que hablas como uno..., aunque yo mismo también parezco hablar como un bárbaro y he hablado en la lengua de la Hélade durante toda la vida. Es evidente que aquí hay muchos misterios.
—Otra vez tu problema lingüístico —dijo Tanner—. ¿No has podido conseguir que el griego clásico salga bien? ¿O están hablando castellano los dos?
—Pizarro cree que están hablando castellano. Sócrates cree que están hablando griego. Y, obviamente, el griego está mal. No sabemos cómo se pronunciaba nada de lo que se hablaba antes de la época de las grabaciones. Sólo podemos suponerlo.
—¿Pero no puedes...?
—Calla —dijo Richardson.
—Puedo ser un bastardo, pero no soy un bárbaro, amigo, así que contened la lengua. Y tampoco quiero oír más blasfemias.
—Discúlpame si he blasfemado. Ha sido sin querer. Dime en qué te he ofendido y no lo repetiré.
—Esas locuras sobre dioses. Que yo sea un dios. Esperaría que un pagano dijera eso, pero no un griego. Aunque es posible que seáis un griego pagano, y no sea culpa vuestra. Los paganos ven dioses por todas partes. ¿Os parezco un dios? Soy Francisco Pizarro, de Trujillo, en Extremadura, hijo del famoso soldado Gonzalo Pizarro, coronel de infantería, que sirvió en las guerras de Gonzalo de Córdoba, a quien llaman el Gran Capitán.
—¿No eres un dios, pues, sino simplemente un soldado? Bien. Yo también he sido soldado. Me encuentro más cómodo entre soldados que con los dioses, como, prefiero pensar, le sucede a la mayoría de las personas.
—¿Un soldado ¿Tu? —Pizarro sonrió. ¿Aquel hombrecillo vulgar y desarrapado, con un aspecto más sucio que el de cualquier mozo de cuadra que se precie, un soldado?—. ¿En que guerra?
—Las guerras de Atenas. Luché en Potidea, donde los corintios estaban causando problemas y reteniendo el tributo que nos debían. Hacía mucho frío y el asedio fue largo y penoso, pero cumplimos con nuestro deber. Luché de nuevo, años más tarde, en Delos, contra los beocios. Laques fue nuestro general por aquel entonces, pero nos fue mal, y nuestros mejores combates fueron durante la retirada. Y luego —dijo Sócrates—, cuando Brásidas estuvo en Anfípolis, y enviaron a Cleón para expulsarlo, yo...
—Basta —dijo Pizarro, haciendo un gesto de impaciencia con la mano—. No conozco esas guerras. —Un soldado raso, sin ninguna distinción, sin duda—. Entonces supongo que éste es el lugar al que envían a los soldados muertos.
—¿Estamos muertos, pues?
—Desde hace mucho tiempo. Hay un rey Alfonso y un Papa Pío, y no te vas a creer que números tienen. Pío XVI, me parece que dijo el demonio. Y el americano también dijo que éste era el año dos mil ciento treinta. El último año que puedo recordar es mil quinientos treinta y nueve. ¿Y tú?
Aquel que se llamaba Sócrates volvió a encogerse de hombros.
—En Atenas tenemos un cómputo diferente. Pero aceptemos, a modo de argumento, que estamos muertos. Creo que es muy probable, considerando que clase de lugar parece ser éste y lo leve que siento mi cuerpo. Así que hemos muerto y ésta es la otra vida. Me pregunto: ¿es aquí donde son enviados los hombres virtuosos, o los que no lo fueron? ¿O van todos los hombres al mismo lugar tras la muerte, fueran o no virtuosos? ¿Qué dices a eso?
—Todavía no lo he pensado —dijo Pizarro.
—Bien, ¿fuiste o no virtuoso cuando vivías?
—¿Quieres decir que si pequé?
—Sí, se puede emplear esa palabra.
—Quiere saber si pequé —dijo Pizarro, asombrado—. Me pregunta si yo fui un pecador. ¿Si tuve una vida virtuosa? ¿Y a él qué le importa?
—Compláceme —dijo Sócrates—. Permíteme unas preguntas, si no te importa, tan sólo a modo de argumento...
—¡Ya empieza! —dijo Tanner. —¿Lo ves? ¡Lo has conseguido! ¡Sócrates lo está llevando a un diálogo! A Richardson le brillaban los ojos.
—Sí, así es. ¡Esto es maravilloso, Harry!
—Sócrates lo va a apabullar con sus palabras.
—Yo no estaría tan seguro de eso —dijo Richardson.
—Di igual que recibí —dijo Pizarro—. Si me herían, hería. Eso no es pecado. Es de sentido común. Un hombre hace lo que debe para sobrevivir y proteger su lugar en este mundo. Sí, puede que de vez en cuando me olvidara de algún día de ayuno, o que empleara el nombre del Señor en vano; supongo que eso es pecado, y fray Vicente siempre me estaba dando la lata por esas cosas, pero ¿me convierte eso en pecador? Cumplí mis penitencias en cuanto tuve tiempo para ello. El mundo está lleno de pecado y yo no soy diferente del resto, así que, ¿por qué hay que ser más severo conmigo, eh? Dios me hizo tal cual. Estoy hecho a su imagen. Y yo tengo fe en su HIJO.
—Por lo tanto, eres un hombre virtuoso.
—Al menos no soy un pecador. Ya te he dicho que, si alguna vez pequé, hice acto de contrición, por lo que era como si el pecado nunca hubiera sucedido.
—En efecto —dijo Sócrates—. Entonces eres un hombre virtuoso y yo he ido a un buen lugar. Quiero estar absolutamente seguro, sin embargo. Dímelo otra vez: ¿está tu conciencia completamente limpia?
—¿Qué? ¿Eres un confesor?
—Tan sólo un hombre ignorante que busca el entendimiento. Tú puedes proporcionármelo tomando parte conmigo en esta investigación. Si he llegado al lugar de los hombres virtuosos, entonces yo mismo lo habré sido cuando vivía. Tranquilízame, entonces, y permíteme saber si hay algo en tu conciencia que lamentes haber hecho.
Pizarro se agitó, incómodo.
—Bueno —dijo—. Maté a un rey.
—¿Un rey cruel? ¿Un enemigo de tu ciudad?
—No. Era sabio y bueno.
—Entonces tienes razones para lamentarlo, efectivamente. Pues sin duda es un pecado matar a un rey sabio.
—Pero era un pagano.
—¿Un qué?
—Negó a Dios.
—¿Negó a su propio dios? —dijo Sócrates—. Puede que entonces no estuviera tan mal matarle.
—No. Negó al mío. Prefirió el suyo. Por eso era pagano. Y todo su pueblo era pagano, ya que lo obedecían. Aquello no podía consentirse. Se arriesgaban a la condenación eterna por obedecerlo. Lo maté por el bien de las almas de su pueblo. Lo maté por amor a Dios.
—¿Pero no crees que todos los dioses son el reflejo del Dios único?
Pizarro lo meditó.
—Supongo que es verdad, en cierta forma.
—¿Y el servir a Dios no es en sí mismo devoto?
—¿Que otra cosa puede ser sino devoto, Sócrates?
—¿Y no dirías que aquel que sirve a su dios fielmente, de acuerdo con sus enseñanzas, se comporta devotamente?
—Bueno..., si se mira así, sí... —dijo Pizarro, con el ceño fruncido.
—Entonces creo que el rey que mataste era un hombre devoto, y al matarlo pecaste contra Dios.
—¡Espera un momento!
—Piénsalo: al servir a su dios también debe haber servido al tuyo, ya que cualquier servidor de un dios lo es también del Dios verdadero que comprende todos nuestros dioses imaginados.
—No —dijo Pizarro hoscamente—. ¿Cómo puede haber sido un servidor de Dios? No sabía nada de Jesús. No comprendía la Trinidad. Cuando el sacerdote le ofreció la Biblia, la arrojó al suelo con desprecio. Era un pagano, Sócrates. Y tú también lo eres. No sabes nada de estas cosas, si crees que Atahualpa era devoto, o quieres hacer que yo lo crea.
—Es cierto que sé muy poco acerca de cualquier cosa. Pero, ¿no dices que era un hombre sabio y bueno?
—A su manera pagana.
—¿Era un buen rey para su pueblo?
—Eso parecía. Era un pueblo próspero cuando yo lo encontré.
—Pero aun así no era devoto.
—Ya te lo he dicho. Nunca recibió los sacramentos, y de hecho los desdeñó hasta el momento mismo de su muerte, cuando aceptó el bautismo. Entonces sí se volvió devoto. Pero, para entonces, la sentencia de muerte había sido dictada y era demasiado tarde para poder salvarlo.
—¿Bautismo? Cuéntame qué es eso, Pizarro.
—Es un sacramento.
—¿Y que es eso?
—Un rito sagrado. Realizado con agua bendita por un sacerdote, te acoge en la Santa Madre Iglesia, y conlleva el perdón de los pecados, tanto el original como los actuales, y otorga el don del Espíritu Santo.
—Tendrás que hablarme más de esto en otra ocasión. ¿Así que volviste devoto a ese rey por medio del bautismo? ¿Y luego lo mataste?
—Sí.
—Pero ya era devoto cuando lo mataste. Luego entonces, matarlo era sin duda un pecado.
—¡Tenía que morir, Sócrates!
—¿Y por qué razón? —preguntó el ateniense.
—Sócrates se prepara para el golpe de gracia —dijo Tanner—. ¡Míralo!
—Ya lo veo. Pero no va a haber golpe de gracia —dijo Richardson—. Sus respectivos principios básicos están demasiado alejados.
—Ya lo verás.
—¿De verdad?
—Ya te he contado por qué tenía que morir. Era porque su pueblo lo obedecía en todo. Y debido a ello adoraban al sol, porque él les decía que el sol era Dios. Todas sus almas habrían ido al Infierno si les hubiéramos permitido continuar de esa manera —dijo Pizarro.
—Pero si lo obedecían en todo —dijo Sócrates—, entonces, seguramente se habrían bautizado, y habrían sido devotos, ¡y de esta forma habrían hecho lo que te complacía a ti y a tu dios! ¿No es así?
—No —dijo Pizarro, retorciéndose los dedos entre la barba.
—¿Por qué crees eso?
—Porque el rey sólo accedió a ser bautizado después de que lo hubiéramos sentenciado a muerte. ¿No ves que se interponía? ¡Era un obstáculo para nuestro poder! Por eso tuvimos que deshacernos de él. Nunca habría conducido a su pueblo a la verdad por voluntad propia. Por esa razón tuvimos que matarlo. Pero no queríamos matar su alma además de su cuerpo, y entonces le dijimos:
«Mira, Atahualpa, vamos a ajusticiarte, pero si dejas que te bauticemos te estrangularemos rápidamente; si no, te quemaremos vivo, y será más lento.» Así que, por supuesto, accedió a ser bautizado, y lo estrangulamos. ¿Qué elección teníamos ninguno? Tenía que morir. Seguía sin creer en la fe verdadera, como todos sabíamos. Seguía siendo tan pagano como siempre por dentro. Pero, de todas formas, murió como cristiano.
—¿Un qué?
—¡Cristiano! ¡Un cristiano! ¡Alguien que cree en Jesucristo, el Hijo de Dios!
—¡El hijo de Dios! —dijo Sócrates, aparentemente perplejo—. ¿Y los cristianos creen también en Dios, o sólo en su hijo?
—¡Pero qué necio eres!
—No voy a negarlo.
—Existen Dios Padre, Dios Hijo y además existe el Espíritu Santo.
—Ah —dijo Sócrates—, ¿y en cuál creía Atahualpa, pues, cuando el estrangulador vino a por él?
—En ninguno de ellos.
—¿Y aun así murió siendo cristiano? ¿Sin creer en ninguno de tus tres dioses? ¿Cómo?
—Por el bautismo —dijo Pizarro con creciente irritación—. ¿Qué importa lo que él creyera? ¡El sacerdote lo roció con el agua! ¡El sacerdote dijo las palabras! ¡Si el rito se lleva a cabo como es debido, el alma se salva a pesar de lo que el hombre comprenda o crea! ¿Cómo, si no, se bautizaría a un niño? ¡Un niño no comprende ni sabe nada, pero se convierte en cristiano en cuanto el agua lo toca!
—Casi todo esto es un misterio para mí —dijo Sócrates—. Pero veo que consideras tan devoto como sabio al rey al que mataste, porque fue bañado con el agua que tu dios requiere, y por eso mataste a un buen rey que vivía desde ese momento acogido por tus dioses debido al bautismo. A mí esto me parece malvado, y por tanto éste no puede ser el lugar al que son enviados tras la muerte aquellos que han sido virtuosos, así que, seguramente, yo tampoco lo fui, o de lo contrario, no he comprendido nada acerca de este lugar, ni de por qué estamos en él.
—¿Estás intentando volverme loco, maldito seas? —rugió Pizarro, buscando la empuñadura de su espada. La desenvainó y la blandió con furia—. ¡Si no cierras la boca te haré pedazos!
—Oh, oh —dijo Tanner—. Hasta aquí llegó el método dialéctico.
—No es mi intención hacerte enojar, amigo mío. Tan sólo intento aprender algunas cosas —dijo Sócrates suavemente.
—¡Eres tonto!
—Eso es probablemente cierto, como ya he reconocido varias veces. Bueno, si pretendes golpearme con tu espada, adelante. Pero no creo que consigas nada.
—Maldito seas —murmuró Pizarro. Miró su espada y sacudió la cabeza—. No. No servirá de nada, ¿verdad? Pasaría a través de ti como si fueras aire. Pero ibas a quedarte ahí y a dejar que intentara despedazarte sin siquiera parpadear, ¿no es así? ¿No es así? —Sacudió la cabeza—. Y aun así no eres estúpido. Argumentas como el sacerdote más astuto que haya conocido.
—En verdad soy estúpido —dijo Sócrates—. Sé muy pocas cosas. Pero me esfuerzo constantemente por alcanzar algún conocimiento del mundo o, al menos, por conocer algo sobre mí mismo.
Pizarro lo atravesó con la mirada.
—No —dijo—. No vas a engañarme con tu falsa modestia. Yo también conozco un poco a la gente, anciano. Ya sé cuál es tu juego.
—¿Y cuál es ese juego, Pizarro?
—Puedo ver tu arrogancia. Veo que crees ser el hombre más sabio del mundo, que tu cometido es ir por ahí educando a espadachines necios como yo. Y te haces pasar por tonto para desarmar a tus adversarios antes de humillarlos.
—Un tanto para Pizarro —dijo Richardson—. Ha comprendido perfectamente los truquitos de Sócrates.
—Quizá haya leído a Platón —sugirió Tanner.
—Era analfabeto.
—Eso era entonces. Digo ahora.
—Soy inocente —dijo Richardson—. Está empleando su sagacidad campesina, y lo sabes bien.
—No lo decía en serio —dijo Tanner. Se inclinó hacia delante, mirando el holotanque.
—Dios, es asombroso escuchar cómo se atacan. Parecen completamente reales.
—Lo son —dijo Richardson.
—No, Pizarro, yo no soy sabio en absoluto —dijo Sócrates—. Pero incluso tan estúpido como soy, puede que no sea el hombre menos sabio que haya vivido.
—Crees que eres más sabio que yo, ¿verdad?
—¿Cómo puedo saberlo? Dime primero cuan sabio eres.
—Lo bastante como para comenzar mi vida como un bastardo, cuidando cerdos, y terminarla como capitán general de Perú.
—Ah, entonces debes de ser muy sabio.
—Sí, creo que sí.
—Pero aún así mataste a un rey sabio porque no lo fue lo bastante como para adorar a Dios de la manera que tú deseabas. ¿Fue eso sabio, Pizarro? ¿Cómo se lo tomó su pueblo cuando supieron que su rey había muerto?
—Se alzaron contra nosotros. Destruyeron sus propios templos y palacios, escondieron el oro y la plata, quemaron sus puentes y lucharon ferozmente contra nosotros.
—Quizá podrías haber hecho mejor uso de él no matándolo, ¿no te parece?
—Con el tiempo los habríamos conquistado y cristianizado. Eso era lo que pretendíamos.
—¿Pero no habría podido conseguirse lo mismo de una manera más sabia?
—Es posible —dijo Pizarro con reticencia—. De todas formas, lo conseguimos. Eso es lo principal, ¿no? Hicimos lo que nos habíamos propuesto. Si había una manera mejor, sea. Sólo los ángeles hacen las cosas perfectamente. Nosotros no éramos ángeles, pero conseguimos aquello por lo que vinimos, como tuvo que ser, Sócrates; como fuera.
—Yo diría que esto es un empate —dijo Tanner.
—Estoy de acuerdo.
—Están jugando a un juego increíble.
—Me pregunto a quién podríamos usar ahora para jugar —dijo Richardson.
—Yo me pregunto qué podemos hacer con esto aparte de jugar —dijo Tanner.
—Permite que te cuente una historia —dijo Sócrates—. El oráculo de Delfos le dijo a un amigo mío en una ocasión:
«No hay ningún hombre más sabio que Sócrates», pero yo lo dudaba, y me inquietó enterarme de que el oráculo decía algo que yo sabía que estaba muy lejos de la verdad. Así que decidí buscar un hombre que fuera obviamente más sabio que yo. Había un político en Atenas que era famoso por su sabiduría, y me dirigí a él y lo interrogué sobre muchas cosas. Tras escucharlo durante un tiempo, comprendí que aunque mucha gente, y sobre todo él mismo, creía que era sabio, no lo era. Tan sólo imaginaba serlo. Así que me di cuenta de que yo debía de ser más sabio que él. Ninguno de los dos sabía nada que tuviera verdadero valor, pero él no sabía nada y creía lo contrario, mientras que yo tampoco sabía nada pero no pensaba que lo supiera. Al menos yo era más sabio que él en ese aspecto: yo no pensaba que sabía lo que no sabía.
—¿Pretendes burlarte de mí con esto, Sócrates?
—Únicamente siento por ti el más profundo respeto, amigo Pizarro. Pero permíteme continuar. Me dirigí a otros hombres sabios, y ellos, aunque también estaban seguros de su sabiduría, nunca pudieron darme una respuesta clara a nada. Aquellos que tenían mayor reputación por su sabiduría eran los que menos parecían tenerla. Acudí a los grandes poetas y dramaturgos. Había sabiduría en sus palabras, pues los dioses las habían inspirado, pero eso no los hacía sabios a ellos, pese a creerlo. Busqué a los canteros, alfareros y otros artesanos. Eran sabios respecto a sus propias habilidades, pero la mayoría parecía creer que eso los hacía sabios en todo, lo que evidentemente no era el caso. Y así fue. No fui capaz de encontrar a nadie que demostrara tener verdadera sabiduría. Así que puede que el oráculo tuviera razón: que aunque yo fuera un hombre ignorante, no había ningún hombre más sabio que yo. Pero los oráculos tienen razón a menudo sin que eso valga de mucho, porque yo creo que todo lo que quería decir era que no existe ningún hombre sabio, y que la sabiduría está reservada a los dioses. ¿Qué dices a eso, Pizarro?
—Yo digo que eres un grandísimo tonto, y además muy feo.
—Dices la verdad. Así que, después de todo, eres sabio. Y honesto.
—¿Honesto, dices? No diré que lo soy. La honestidad es el juego de los necios. Mentí cada vez que me fue necesario. Engañé. Falté a mi palabra. No creas que me enorgullezco. Simplemente es lo que hay que hacer para prosperar en este mundo. ¿Crees que quería cuidar cerdos toda la vida? ¡Quería oro, Sócrates! ¡Quería poder sobre los hombres! ¡Quería fama!
—¿Y obtuviste todas esas cosas?
—Todas.
—¿Y fueron gratificantes, Pizarro?
Pizarro miró a Sócrates durante un largo rato. Después arrugó los labios y escupió.
—No valían nada.
—¿De verdad lo crees?
—Nada, sí. En eso no me engaño. Pero aún así era mejor tenerlo. Al final, nada tiene ningún sentido, anciano. Al final todos morimos, honestos y villanos, reyes y necios. La vida es un fraude. Nos dicen que luchemos, que conquistemos, que ganemos... ¿Para qué? ¿Por qué? Por unos pocos años caminando por ahí. Después nos es arrebatado, como si nunca hubiera existido. Un fraude.
Pizarro hizo una pausa. Se miró las manos como si no las hubiera visto antes.
—¿Acabo de decir todo eso? ¿Hablaba en serio? —Se rió—. Bueno, supongo que sí. Pero la vida esta ahí, sin embargo, así que procuras conseguir todo lo que puedes. Lo cual significa conseguir oro, poder y fama.
—Tú los tuviste. Y evidentemente va no los tienes. ¿Donde estamos, amigo Pizarro?
—Me gustaría saberlo.
—A mí también —dijo Sócrates, con gesto adusto.
—Es real —dijo Richardson—. Ambos lo son. Hemos depurado los fallos del sistema y tenemos algo espectacular. No sólo será de valor para los estudiosos, sino que creo que tendrá un gran atractivo como entretenimiento, Harry.
—Va a tener mucho mas que eso— dijo Tanner con un extraño tono de voz.
—¿Qué quieres decir?
—Aún no estoy seguro —dijo Tanner—. Pero es algo importante. Comenzó a ocurrírseme hace un par de minutos y todavía no lo veo claro. Pero podría transformar este maldito mundo por completo.
Richardson parecía sorprendido y desconcertado.
—¿De que diablos estás hablando?
—Quizá de una nueva manera de zanjar las disputas políticas —dijo Tanner—. ¿Qué te parecería una especie de combate singular entre naciones? Como un torneo medieval, por así decirlo. Cada bando emplearía campeones que nosotros simularíamos para ellos: las grandes mentes del pasado, recuperadas y compitiendo. —Negó con la cabeza—. Algo así, Hay que estudiarlo más, lo se. Pero tiene posibilidades.
—Un torneo medieval..., un combate singular, ¿empleando simulaciones? ¿es eso lo que estás diciendo?
—Un combate verbal, por Dios, no una justa de verdad.
—No veo como... —comenzó a decir Richardson.
—Yo tampoco; todavía no. Me gustaría no haberlo dicho.
—Pero...
—Luego, Lew, luego. Déjame pensarlo un poco más.
—¿No tienes ni idea de que lugar es este? —dijo Pizarro.
—Absolutamente ninguna. Pero creo que éste no es el mundo en el que hemos vivido, ciertamente. ¿Estamos muertos, pues.? ¿Cómo podemos saberlo? A mí me parece que estás vivo.
—Tú también me lo pareces.
—Creo, sin embargo, que ésta es otra clase de vida. Ven, dame la mano. ¿Puedes sentirla contra la mía.?
—No. No siento nada.
—Yo tampoco. Pero veo dos manos estrechadas. Dos ancianos de pie sobre una nube, estrechándose la mano. —Sócrates se rió—. ¡Menudo bribón estás hecho, Pizarro!
—Si, claro que sí. ¿Pero sabes algo, Sócrates.? Tú también eres un bribón presuntuoso. Me gustas. Me estabas volviendo loco con tu cháchara en algunos momentos, pero también me he divertido. ¿De verdad fuiste soldado?
—Sí, cuando mi ciudad me lo pidió.
—Pues para ser soldado eres muy ingenuo respecto a cómo funciona el mundo, creo yo. Pero supongo que puedo enseñarte algunas cosas.
—¿Lo harías?
—Con gusto —dijo Pizarro.
—Estaría en deuda contigo —dijo Sócrates.
—Piensa en Atahualpa —dijo Pizarro—. ¿Cómo puedo hacerte comprender por qué tuve que matarlo? No éramos ni doscientos, y ellos eran veinticuatro millones, su palabra era ley y una vez desaparecido no quedaría nadie que los mandase. Así que claro que teníamos que deshacernos de él si es que queríamos conquistarlos. Y eso hicimos, y cayeron después.
—Haces que parezca simple.
—Lo fue. Escúchame, anciano: habría muerto más tarde o mas temprano, ¿verdad? Yo logré que su muerte fuera útil: para Dios, para la Iglesia, para España y para Francisco Pizarro ¿entiendes?
—Creo que sí —dijo Sócrates—. Pero, ¿crees que el rey Atahualpa lo entendió.
—Cualquier rey lo entendería.
—Entonces debería haberte matado en cuanto pisaste sus tierra;
—A menos que Dios deseara que le venciéramos y se lo hiciera comprender. Sí, sí. Eso debe de ser lo que pasó.
—Quizá él también esté en este lugar y podamos preguntárselo—dijo Sócrates.
Los ojos de Pizarro se iluminaron
—¡Madre de Dios, sí! ¡Buena idea y si no lo comprendió, bueno, intentaré explicárselo. A lo mejor puedes ayudarme. Sabes hablar bien, sabes cómo darle la vuelta a las palabras. ¿Qué dices? ¿Querrás ayudarme?.
—Me gustaría hablar con él, si es que lo encontramos —dijo Sócrates. Me gustaría saber si realmente está de acuerdo contigo respecto a la utilidad de que lo mataras.
—¡Eres escurridizo! Pero me gustas. Me gustas mucho. Ven, vamos a buscar a Atahualpa— dijo Pizarro, sonriendo.
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