las múltiples moradas (es)
Fue un día bravo. Todo salió mal. Un espantoso embotellamiento en la carretera cuando iba camino al trabajo, dos cuentas canceladas antes del almuerzo, y ahora una inconcebible metida de pata de los programadores meteorológicos. Afuera está nevando. Así como se oye: nevando. Tendrá que salir a quitar la nieve de la explanada por la mañana. No recuerda cuándo nevó por última vez. Y, como era de esperar, también una nueva pelea con Alice. Nunca lo deja tranquilo. Y se pone particularmente insoportable cuando lo ve llegar a casa exhausto de la oficina. Ted, ¿por qué no haces esto? Ted, alcánzame aquello. En esos momentos, mientras espera la cena y se concentra en el tercer trago de los últimos cuarenta minutos, tiene la sensación de que le está por empezar uno de sus dolores de cabeza. Esos malditos y mortales dolores de cabeza, capaces de destruirle toda la velada. ¡Qué vida! Baraja fantasías homicidas. Llevarla a dar un paseíto amistoso hasta el estanque, darle un fuerte y veloz empujón con el hombro. Alice no sabe nadar. Al fondo, al fondo, al fondo. Glup. Adiós, Alice. Por fin libre.
En la cocina Alice teclea con furia sobre el tablero, programando la cena de acuerdo con los gustos de él. Vichissoise fría, papas al horno con crema ácida y cebollitas, bife de lomo muy jugoso por dentro y casi quemado por fuera. Y no se crean que es fácil conseguir un plato bien a punto, aunque una tenga un autochef. Y todo para él. El muy turro. Y, decime un poco ¿por qué trabajo? ¿Acaso me hizo feliz? ¿Qué hizo por mí salvo estropearme los mejores años de mi vida? Y eres que yo no sé que tiene otras mujeres. Esas aventuritas de la hora del almuerzo. No me importaría si cayese muerto mañana mismo. Sería una viuda formidable... tan digna en el funeral, tan fuerte, casi sin llorar. Y pensar que todo el mundo nos considera una pareja muy unida. "Hace once años que están casados y todavía están enamorados". Escuché que alguien decía la semana pasada apenas. Si conociesen la verdad sobre nosotros. Si supiesen cómo es la cosa.
Martin espía por la ventana de su departamento del tercer piso en Sunset Village. Nieve Que me cuelguen. No puedo abordarme de la última vez que vi nevar. Hace treinta, cuarenta años, tal vez. cuando Ted era un bebito. Decididamente, no puede recordarlo. Esa cosa blanca cubriendo el suelo... ¿cuándo fue? La mente empieza a titubear cuando uno pasó los ochenta. Todavía no puede creer que se convirtió en un viejo. Le horroriza pensar que su nieto Ted, el hijo de Martha, esté casi al borde de los cuarenta. A ese chico lo hice saltar sobre mis rodillas una vez y me vomitó encima del traje. Tenía cuatro años entonces. Nixon era presidente. Ya nadie habla mucho de Tricky Dick en estos tiempos. Es historia antigua. McKinley, Coolidge, Nixon. El tiempo vuela. Martin piensa en la mujer de Ted, en Alice. ¡Qué lindo culito que tiene! ¡Y que par de limones! ¿Sabes algo, Martin? No estás tan decrépito. Todavía se te para cuando piensas en la mujer de tu nieto.
Sus sueños de ahogarla se desvanecen en cuanto acaban de formarse. No tiene pasta de hombre violento. Sabe que nunca sería capaz, de hacerlo. Ni siquiera es capaz de pisar una araña ¿cómo podría matar a su mujer? Si muriese de algún otro modo, claro que sí, sin que hiciese falla una acción directa de su parte, eso sería la solución ideal. Va en su auto camino a la peluquería por una de esas carreteras manuales de acceso que le gusta utilizar, el auto se desvía por el hielo y se incrusta en un árbol a ochenta kilómetros por hora. Bárbaro. Está haciendo compras en la Union Boulevard y un activista hace volar el banco; a ella la destrozan las esquirlas. Muy bien. El dentista le da un nuevo tipo de anestesia y resulta que es mortalmente alérgica a ella. Se infla como un escuerzo y muere en cinco minutos. Muy bien. Llega la policía... caras largas, gestos compungidos. Lo lamentamos muchísimo, señor Porter. Hubo un horrible accidente. No me digan que se trata de mi esposa, grita él. Asienten con aire lúgubre. Él, sin embargo, se muestra fuerte ante el dolor.
—Puedes venir a cenar —dice Alice.
Ted está tendido en el sofá con otro trago en la mano. Bebe más que ningún otro hombre que ella conozca... aunque no son tantos los que conoce. Tal vez se pesque una cirrosis y muera. Se pregunta si todavía la gente se muere de cirrosis en estos días o les hacen trasplante de hígado. Lo increíble es que sigue resultándole atractivo después de once años. Los ojos, la cara, las manos. Lo desprecia pero sigue considerándolo muy atractivo.
La nieve le recuerda su juventud, su vida hace tiempo en el Este. Tenía mucho éxito con las mujeres en esa época, y eso que no era tan sencillo pasar a la acción en esos años. Las muchachas vivían preocupadas por el que dirán, por lo que sucedería si alguien los descubriese. ¡El qué dirán! Como si hacerlo con un muchacho que a ella le gustara fuese algo vergonzoso. O, si no, tenían miedo de que uno les hiciera un hijo. Lo obligaban a uno a usar una gomita. Era espantoso, como un zoquete. La píldora apenas empezaba a imponerse, la píldora original, la primitiva, la que se tomaba todos los días. Si corre frío de sólo pensar en un mundo sin la píldora. (¿"Había dinosaurios cuando eras chico, abuelito?") Y, sin embargo, Martin se las había arreglado muy bien. Un cuerpo grande y musculoso, rasgos fuertes y severos, ojos cálidos y penetrantes. Nadie que me viese hoy podría imaginarlo. Me pregunto si Alice se da cuenta de la clase de macho que fui una vez. Si tuviese dinero alquilaría una de esas máquinas del tiempo que hay ahora y la mandaría al pasado para que me visitase por el año 1950 o algo así. Un regalito para mi propio yo más joven. Me la montaría bien montada. Martin se siente un poco excitado de sólo pensar en su propio yo joven montándose a Alice. Pero no puede permitirse ese gasto claro está.
Mientras pincha el churrasco imagina lo que sería volver a estar soltero. ¿Volvería a casarme? Jamás en la vida. Por lo menos no hasta estar bien madurito; tal vez a los cincuenta y cinco o a los sesenta. Por ahora solterito y sin apuro, dándome la gran vida, como un muchacho. Al diablo las responsabilidades. Espero dos o tres semanas después del funeral, un tiempo prudencial, y después me voy en viaje de joda. Hawaii, Fiji, algo por el estilo. Con Nolie. O con María. O con Ellie. Si, con Ellie. Piensa en los muslos rosados de Ellie, en sus pechos suaves y abundantes, en su cabello cobrizo, largo y reluciente. Dos semanas en Fiji con Ellie. Dos semanas en Ellie con Fiji. Sí. Sí. Sí.
—¿Está bien jugoso el churrasco, Ted? —pregunta Alice.
—Esta muy bien —responde.
Alice sube a echar una ojeada al dormitorio de los chicos. Duermen los des, por fin. O al menos simulan dormir tan bien que da lo mismo. Se queda parada junto a las camas un momento, pensando te quiero, Bobby, te quiero, Tink. Tink y Bobby. Bobby y Tink. Los quiero aunque a veces me hagan volver loca. Sale en puntas de pie. Ahora comenzará una tranquila velada de televisión. Y después a la cama. Siempre la misma rutina. Dios. No sé por qué sigo adelante con esto. Hay veces en que estoy a punto de estallar. Me quedo con él por los chicos, supongo. ¿Es motivo suficiente?
Se imagina corriendo por la playa de la mano con Ellie. Los dos desnudos, con la piel bronceada y resplandeciente bajo el sol tropical. Hay palmeras por todas partes. Granos de arena rosada bajo los pies. Olitas suaves y transparentes que acarician la playa. Una pacífica ensenada.
—Aquí no puede vernos nadie —murmura Ellie.
Él se hunde en su cuerpo firme y terso y la penetra.
Un latigazo de dolor se ciñe como una cinta metálica alrededor del pecho de Martin. Se aleja trastabillando de la ventana y se deja caer enroscado mientras busca alcanzar una silla. El corazón. ¡Ay, el corazón! Eso te pasa por babearte pensando en Alice. Viejo verde.
—Auxilio —exclama con voz desmayada—. Vamos, máquina roñosa, ¡ayúdame!
La medicmáquina, activada por la frase clave, se desliza silenciosamente hacia él. Los sensores ya están trabajando, examinándolo, buscando la causa del malestar. Del pecho de la medicmáquina sale un brazo extensible, forrado de acero, que se cierne sobre Martin y saca a luz una jeringa.
—Eso —murmura Martin—, eso mismo, ¡maldita seas, apúrate y dame la droga!
Tranquilidad. Tengo que tratar de mantenerme tranquilo. La jeringa zumba suavemente mientras inyecta el relajante en la vena de Martin. Éste se deja caer, aliviado. El dolor se desvanece lentamente. Eso está mejor, mucho mejor. Salvado otra vez. Caramba, viejo verde. Deberías avergonzarte.
Ted sabe que no va a ir a Fiji con Ellie ni con nadie. Toda verificación realista de la situación lo lleva inevitablemente a la misma conclusión. Alice no va a morir en un accidente, como tampoco va a morir asesinada por él. Va a vivir eternamente. Las esposas indeseadas siempre viven eternamente. Podría pedir el divorcio, por supuesto. Tal vez perdería todo lo que tiene, pero ganaría la libertad. O si no, también podría acabar con su propia vida. Eso siempre lo tentó. Era la salida más fácil: sin abogados, sin peleas. Es esa hora de la noche nuevamente. Pasa lo mismo día tras día. Simula ver televisión y se deja llevar, secretamente, por las fantasías suicidas.
Bailarines desnudos, pintados con colores chillones y luminosos, giran con movimientos lascivos por la pantalla, de tamaño casi natural. Alice frunce el ceño. ¡Las cosas que muestran por televisión hoy en día! Antes esas cosas sólo podían verse en los canales marcados con una equis, pero ahora en todas partes. Y miren a ése. Le está pasando la lengua! En realidad Alice sabe que no se mostraría tan tilinga con respecto a los sexy shows de televisión si no fuese porque la fascinación que demostraba Ted por ellos era una medida de su falta de interés por ella. Que se la pasen mostrando gente fifando y todo lo demás en la tele si eso es lo que a la gente le gusta. Yo lo único que querría es que Ted demostrara tanto entusiasmo por mí como por los programas de televisión. En lo que se refiere a libertad sexual Alice no es ninguna puritana. Solía usar sólo un slip para ir a la playa hasta que nació Tink y empezó a sentirse un poco menos orgullosa de su figura. Pero sigue usando ropa tan audaz como la de cualquier otra mujer del grupo. Y todo el mundo la mira, menos su propio marido. Su marido mira a las chicas de televisión. Las demás mujeres deben dejarlo agotado. Tal vez debería hacerme una escapadita yo también, piensa Alice. Tuvo sus pequeños affaires en esos años. No muchos, nada muy importante, pero algunos tuvo. Tres amantes en once años; no son muchos, pero bastan para indicar que no es ninguna puritana. Se pregunta si no debería meterse con alguien ahora. Podría darle algún sentido a su vida mientras todavía le quedan oportunidades, antes de que el aburrimiento la destruya por completo.
—Me voy a lavar la cabeza —anuncia—. ¿Te vas a quedar aquí hasta la hora de ir a dormir?
Hay tantos modos de hacerlo. Podría cortarse las muñecas. Tirarse con el auto por el puente. Tomarse toda la caja de pastillas para dormir de Alice. Claro que esas son maneras anticuadas de matarse. Sería más apropiado algo moderno. Como entrar en una de las tabernas de negros y empezar a soltar insultos raciales. No, no hay nada de moderno en eso. Es muy de los años 70. Pero se le ocurre algo genuinamente contemporáneo. Esas máquinas del tiempo que tienen ahora: supongamos que alquila una y retrocede unos digamos sesenta años en el pasado, hasta una época en la que no hubiese nacido aún su padre o su madre. Y entonces matase a su abuelo. Cuestión de encontrarlo al viejo Martin joven y clavarle un cuchillo. Si hago eso, piensa Ted, dejaré de existir en forma instantánea y sin ningún dolor. Jamás habría existido, porque mi madre jamás habría existido. Pif. Se extinguiría como se apaga una luz. Entonces se da cuenta de que está otra vez fantaseando su suicidio. Qué estúpido... si alguna vez pudiese matar a alguien, mataría a Alice y quedaría todo arreglado. Así que toda esa fantasía era una bobada. De vuelta al punto de partida.
Alice está sentada debajo del secador cuando sube Ted. Éste tiene una singular expresión de satisfacción y ella, en cuanto apaga el secador, le pregunta en qué está pensando.
—Creo que imaginé el crimen perfecto —le dice Ted.
—¿Ah, sí? —dice ella.
—Uno alquila una máquina del tiempo —dice Ted—. Después retrocede un par de generaciones y asesina a uno de los antepasados de la persona elegida como víctima. De ese modo uno asesina a la víctima también, porque si uno mata a uno de sus progenitores inmediatos ella jamás habría existido. Después uno vuelve al propio tiempo. Nadie podría seguirle los rastros porque uno no tiene registradas las huellas digitales en una época anterior al propio nacimiento. ¿Qué te parece?
Alice se encoge de hombros.
—Es un truco viejo —dice—. Ya lo pasaron por televisión una docena de veces. Además, no me gusta. ¿Porqué tiene que morir alguien inocente sólo por ser el abuelo de alguien a quien uno quiere matar?
Es muy probable que en estos momentos estén juntos en la cama, piensa Martin con nostalgia. Están al acecho, desnudos, uno junto al otro. Las luces están apagadas. La casa está en silencio. Tal vez estén fumando un cigarrito de yerba. Se pregunta si todavía se hablará de yerba o le habrán puesto algún otro nombre. Sea como fuere, los dos se excitan. Sí. Y él extiende los brazos hacia ella. Desliza sus manos por la piel tersa y fresca. Las ahueca sobre los senos. Juguetea con los pezones endurecidos. Los chupa. Mientras la otra mano desciende en busca de los muslos entreabiertos. Y después ella. Y después él. Y después los dos. Y después los dos. Ay, Alice, murmura él. ¡Ted, Ted, Ted!, grita ella. Y después los dos. Al grano. Arriba, abajo, adentro, afuera. Ay, ay, ay. Ella le clava las uñas en la espalda. Sube y baja las caderas. ¡Ted! ¡Ted! ¡Ted! Está por llegar el gran momento. Para ella, para él. ¡Cartón lleno! Posteriormente se quedan acostados uno junto al otro durante algunos minutos iluminados por el resplandor del atardecer. Después se dan vuelta y se apartan. Buenas noches. Ted. Buenas noches, Alice. ¡Dios mío! Apuesto a que lo hacen todas las noches. Son tan jóvenes y jugosos. Y yo estoy marchito del todo. Detesto ser viejo. Cuando pienso en el hombre que fui. Cuando pienso en las mujeres que supe tener. Cristo. Cristo. Dios, dame fuerzas para hacerlo una sola vez más antes de morir. Y déjame dos horas a solas con Alice.
Alice tiene dificultades para quedarse dormida. Se le cruza una y otra vez, de manera obsesiva, una escena extraña. Se ve saliendo de una caja vertical, del tamaño de un ataúd y construida en metal gris oscuro, toda rodeada de perillas y de palancas. Es la máquina del tiempo. La lleva hasta una callejuela oscura y sucia, y al caminar hacia la calle ve un montón de autitos anticuado zumbándole alrededor. Sólo que no son antiguos: son los modelos de esa época. Está en 1947. La ciudad de Nueva York. ¿Tendrá un aspecto extraño con sus ropas futuristas? De todos modos lleva el pecho cubierto. Eso es fundamental en estos tiempos. Se apresura hacia la dirección correcta, resistiendo la tentación de curiosear las vidrieras en el camino Qué viejo, qué obsoleto le parece todo. Y qué sucias están las calles. Llega hasta un edificio alto de ladrillos rojos. Ese es el lugar. No hay radares que la examinen antes de entrar. No tienen anunciadores todavía ni ningún otro equipo de protección casera. Sube por un ascensor tan decrépito y bamboleante que teme por su vida. Quinto piso. Departamento 5-J. Toca el timbre. Él le abre la puerta. Es terriblemente joven, no tiene más que veinticuatro años, pero ella reconoce ciertos rasgos del Martin del futuro: los pómulos marcados, los ojos azules tan inquisidores.
—¿Martin Jamieson? —pregunta Alice.
—Así es —responde él.
Ella sonríe.
—¿Puedo entrar?
—Claro.
La invita a entrar con un gesto. Cuando él se da vuelta un momento para abrir el placard ella saca un caño de acero muy pesado de su cartera, lo levanta en alto y se lo asesta en la nuca. ¡Sac! Saca el caño de acero pesado de su cartera, lo levanta en alto y se lo asesta en la nuca. ¡Sac! Saca el caño de acero pesado de su cartera, lo levanta en alto y se lo asesta en la nuca. ¡Sac!
Ted y Alice lo visitan en Sunset Village dos o tres veces por mes. No puede quejarse; es más de lo que podía esperar. Él es un viejo, muy viejo, y seguramente les resulta aburrido, pero son muy cumplidos y van a verlo, a veces con los chicos, otras veces sin ellos. Jamás pudo acostumbrarse a la idea de ser un bisabuelo. Alice siempre lo besa al llegar y al irse. Él realiza siempre un jueguito privado con ella, mandándose una tocadita con cada beso. Por ejemplo, le da un golpecito en las nalgas. O a veces, cuando se siente realmente travieso, le roza el pecho. ¿Se dará cuenta ella? Es probable. De todos modos, nunca se da por enterada. Simula pensar que se trata de un contacto accidental. Es muy posible que le parezca adorable que un hombre de su edad siga teniendo al menos un vestigio de deseo sexual. A no ser que piense que es repugnante. Sí, eso.
El truco de la máquina del tiempo, se dice Ted, puede usarse sin necesidad de llegar al asesinato. Por ejemplo:
—¿Qué es esa caja? —pregunta Alice.
Él sonríe con aire solapado.
—Es un pancronicón —dice—. Te ofrece una especie de reconstrucción televisada del pasado. El vendedor me alquiló uno de los modelos que tienen para hacer demostraciones.
—¿Cómo funciona? —pregunta Alice.
—No tienes más que entrar —le dice él—. Te está esperando.
Ella empieza a entrar pero luego, sintiendo súbita sospecha, vacila sobre el umbral. Él la empuja y cierra de un portazo. ¡Uam! Están listos los controles. Allá va Alice en su viaje de ida solamente al Pleistoceno. La máquina tiene instrucciones de regresar en cuanto la deje salir. ¿Eso no es asesinato, no es cierto? Ella sigue viva, donde quiera que esté, a no ser que los tigres de colmillos afilados como sables ya la hayan capturado. Adiós, Alice.
Por la mañana lleva a Bobby y a Tink al colegio, en auto. Después se detiene en el banco y en el correo.
De diez a once tiene su sesión cotidiana en el gabinete de refuerzo de la identidad. Por lo general después de eso regresa a casa, pero esa mañana vaga por el centro comercial en dirección a la oficina que acaban de abrir los tipos de la máquina del tiempo. temponáutica ltda., se lee en el cartel que hay sobre la entrada. El local está casi vacío, sólo hay dos máquinas, seguramente son modelos para hacer demostraciones, y un vendedor de expresión insulsa y sonriente.
—Hola —dice Alice, muy nerviosa—. Sólo quería que me dieran alguna información acerca de lo que costaría alquilar una de estas máquinas.
A Martin le gusta imaginarse que Alice viene a visitarlo, sola, un sábado de lluvia por la tarde.
—Ted no pudo venir hoy —dice—. Se presentó algún problema en la oficina. Pero yo pensé que estarías esperándonos y no quise defraudarte. Pobre Martin, debes sentirte tan solo.
Se le acerca. Está temblando. Él también está temblando. Alice tiene las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes con ese inequívoco resplandor del deseo. Él también tiene una sensación de excitación sexual, por primera vez después de diez o veinte años, esa tensión en los riñones, el pulso galopante. Electricidad. Química. Él le clava los ojos. Alice tiene las fosas nasales dilatadas y la boca ansiosa.
—Martin —susurra roncamente—. ¿Estás sintiendo lo que yo siento?
—Sabes bien que sí.
—Si tan sólo te hubiese conocido en la juventud.
Él ahoga una risita.
—No estoy tan senil todavía —grita exultante.
Un momento después ella está entre sus brazos y él le busca los pechos fragantes con los labios.
—Sí, fue un golpe terrible para mí —le dice Ted a Ellie—. Verla desaparecer así. Sencillamente se desvaneció de la faz de la tierra, al menos eso parece. Hicieron todo lo posible por seguirle el rastro pero no hay pistas.
La tersa frente de Ellie se frunce formando un pliegue vacilante.
—¿Era desdichada? —pregunta—. ¿Te parece posible que se haya liquidado?
Ted sacude la cabeza.
—No sé. Uno vive con una persona durante once años y cree conocerla bien y de pronto un día sucede algo completamente incomprensible y se da cuenta de lo imposible que resulta llegar a conocer a otro ser humano. ¿No estás de acuerdo?
Ellie asiente con aire grave.
—Sí, ya lo creo que sí —dice.
Él le sonríe y le toma las manos.
—No hablemos más de Alice —dice—, por favor. Se fue, y no quiero oír hablar más de ella.
Oye un vibrante crescendo sinfónico de trémulos coros angélicos mientras la abraza y murmura:
—Te quiero. Ellie. Te quiero.
Ella saca el pesado caño ríe acero de su cartera, lo levanta en alto y se lo asesta en la nuca. ¡Sac! El joven Martin cae de inmediato, se encoge sobre sí mismo una sola vez, después yace inmóvil. La sangre oscura empieza a rezumar por entre los espesos rizos rubios. Qué extraño es verlo a Martin con el pelo rubio, se dice cuando se arrodilla junto al cuerpo. Coloca la mano en el lugar de donde mana la sangre, tantea tímidamente. Siente que el hueco es profundo. ¿Está muerto? No está segura. No se mueve. No parece respirar. Se pregunta si no debería golpearlo una vez más, para estar segura. Después recuerda algo que vio en televisión y saca un espejo de la cartera. Lo sostiene frente a la cara de Martin. No se empaña. Eso es concluyente: estás muerto Martin. R.I.P. Martin Jamieson. 1923-1947. Lo cual significa que Martha Jamieson Porter (1948-...) jamás será concebida, y eso borra automáticamente la existencia de su hijo Theodore Porter (1968-...). No está nada mal, Alice, eso de librarse a la vez de un esposo indeseado y de una suegra astuta y desgraciada de un solo golpe. Lo lamento, Martin. Chaucito, Ted. (R.I.P. Theodore Porter, 1968-1947. ¿Cómo?) Se pone de pie, va hacia el baño con el caño de acero y lo lava cuidadosamente. Después vuelve a meterlo en la cartera. Ahora de vuelta a la máquina y de regreso a 2006, piensa. A empezar mi nueva vida. Pero cuando sale del departamento desde las sombra del vestíbulo avanza un hombre alto y delgado, que la agarra con fuerza por la muñeca.
—Patrulla temporal —dice bruscamente, haciendo destellar una chapa identificatoria—. Está usted bajo arresto por homicidio temponáutico, señora Porter.
Hoy fue mejor día que ayer, menos crisis y depresiones, pero sigue sintiendo que se acerca un dolor de cabeza mientras entra en su casa. Está preparado para soportar cualquier perrada que le tenga reservada Alice para esa noche. Pero Alice parece estar extrañamente tranquila y amistosa.
—¿Te preparo un trago, Ted? —pregunta—. ¿Tuviste un buen día?
Él sonríe y responde:
—Bueno, creo que en una de esas recuperaremos finalmente la cuenta Hammond Salvo eso, nada especial. ¿Y tú, Alice? ¿Qué hiciste hoy, querida?
Ella se encoge de hombros.
—Lo de siempre —responde—. El banco, el correo, la sesión de refuerzo de la identidad.
Si tuvieses el dinero, se pregunta Martin, ¿hasta qué año la harías retroceder? A 1947, ese sería el año clave, supongo. Mi último año de soltero. No tiene sentido complicar las cosas. Adiós, Alice, nena, rumbo a 1947. Digamos marzo. Para junio ya estaba comprometido y en setiembre ya estaba Martha en camino, aunque me enteré bastante después. Sí: marzo del 47. Listo. El joven Martin abre la puerta y ve a una muchacha atractiva en el vestíbulo... una mujer, en realidad, mayor que él. tal vez de unos treinta o treinta y dos años. Delgada, de cabello negro, bien formada. Con ropa rara: una túnica gris, suelta, muy corta, hecha con algún género extraño que flota como un arroyo sobre su cuerpo. No puede explicarse cómo se consigue ese efecto líquido en los pliegues.
—¿Eres Martin Jamieson? —pregunta ella, y se responde de inmediato—: Claro que sí, tienes que ser Martin. Te reconozco. ¡Qué buen mozo eras!
Él está desconcertado. No sabe nada, naturalmente, acerca de ese regalo que le preparó su yo envejecido del futuro.
—¿Quién eres? —pregunta.
—¿Puedo entrar antes? —dice Alice.
Él se siente incómodo al notar la falta de cortesía y le hace señas de que entre.
Los ojos de Alice brillan con malicia.
—No vas a creerme —le dice— pero soy la mujer de tu nieto.
—¿Quieren probar uno de nuestros modelos en exposición? —pregunta el vendedor amablemente—. Sin ningún tipo de compromiso.
Ted mira a Alice. Alice lo mira a Ted. El ceño de ella reproduce la duda interior de él. Seguramente ella también estará deseando que jamás hubiesen entrado a la sala de exposición de Temponáutica.
—En estas demostraciones —dice el vendedor, sin interrumpir su amable parloteo— solemos enviar a nuestros posibles clientes unos quince o veinte minutos atrás en el pasado. Estoy seguro de que la experiencia les va a encantar. Sin salir de la máquina podrán mirar por el visor y ver a sus propios yos entrando en este mismísimo salón hace sólo un rato. ¿Bien? ¿Quieren probar? Usted primero, señora Porter. Le aseguro que va a ser la experiencia más inolvidable que haya tenido.
Alice se siente incómoda y trata de echarse atrás, pero el vendedor la empuja con gestos amables y firmes a la vez, y entra a desgano en la máquina del tiempo. El vendedor cierra la puerta. Sigue una ardua tarea de ajuste de delicados controles. Después el vendedor acciona la llave maestra. Un resplandor verdoso rodea a la máquina, que desaparece, aunque sigue vislumbrándose apenas algo transparente y vago... ¿imagen accidental?, ¿el fantasma de la máquina?
—Se ha ido a su propio pasado inmediato —dice el vendedor—. Programé la máquina para hacerla retroceder unos dieciocho minutos y retenerla allí un total de seis minutos, para que pueda ver los momentos iniciales de su entrada al local. Pero cuando la haga regresar al nivel «ahora» no habrá necesidad de descontar el tiempo transcurrido en el pasado, de modo que desde nuestro punto de vista sólo estará ausente unos treinta segundos. ¿No es notable, señor Porter? Es una de las múltiples paradojas extraordinarias con que nos topamos en este extraño y novedoso mundo del turismo intertemporal.
Acciona otra llave. La máquina del tiempo vuelve a materializarse.
—¡Voila! —grita el vendedor—. Aquí está la señora Porter, que ha regresado sana y salva de su viaje por el pasado.
Abre de par en par la puerta de la máquina del tiempo. La cabina está vacía. La cara del vendedor se desmorona.
—¿Señora Porter? —chilla consternado—. ¿Señora Porter? ¡No entiendo! Es imposible que se haya deslizado un error. ¡Es imposible! ¿Señora Porter? ¿Señora Porter?
Alice se apresura por la calle sucia hacia el edificio alto de ladrillos. Ese es el lugar. Sube la escalera. Quinto piso, departamento 5-J. Cuando está por tocar el timbre, desde las sombras del vestíbulo avanza un hombre alto y delgado y la agarra con fuerza por la muñeca.
—Patrulla temporal —dice bruscamente, haciendo destellar una chapa identificatoria—. Está usted bajo arresto por intento de homicidio temponáutico, señora Porter.
—Pero yo no tengo ningún nieto —tartamudea Martin—. Ni siquiera estoy casa...
Ella se ríe.
—No te preocupes por eso —le dice—. Vas a tener una hija llamada Martha y ella va a tener un hijo llamado Ted y yo me voy a casar con Ted y vamos a tener dos hijos llamados Bobby y Tink. Y tú vas a vivir hasta ser muy viejo. Y eso es todo lo que te hace falta saber. Ahora vamos a pasar el rato.
—Suelta un ganchito que tiene sobre un costado de la túnica y la ropa cae formando una única cascada líquida. Está desnuda. Los pezones levantan la mirada hacia él como ojos rosados y ciegos. Alice le hace señas de que se acerque.
—¡Vamos! —dice con voz ronca—. ¡Desvístete, Martin! ¡Estás perdiendo el tiempo!
—Bueno, en realidad —dice Alice con una risita nerviosa—, creo que preferiría que fuese mi esposo el conejillo de Indias. ¿A ti qué te parece, Ted?
Alice se vuelve hacia él. Lo mismo hace el vendedor.
—Claro que sí, señor Porter. Estoy seguro de que se siente ansioso por probar nuestra máquina ¿no es cierto?
No, piensa Ted, pero siente que los acontecimientos lo obligan mal que le pese. Entra en la máquina. Cuando se cierra la puerta sobre él teme que su vieja claustrofobia lo invada, se siente más confiado cuando ve que hay una manija del lado de adentro. La presiona, la puerta se abre y Ted sale de la máquina justo a tiempo como para ver a su propio yo más temprano entrando al local de Temponáutica con Alice. El vendedor avanza hacia ellos para saludarlos. Ted está ahora dieciocho minutos atrás en su propio pasado. Alice y el otro Ted se quedan mirándolo, estupefactos.
El vendedor se da vuelta y exclama:
—Espere un momento, se supone que usted no debe salir de la...
¡Qué estúpidos se los ve a todos! ¡Qué desconcertados! Ted se les ríe en la cara. Después pasa corriendo junto a ellos, por poco tira a su propio yo al suelo, y sale al centro comercial. Con un ataque de risa frenética se lanza hacia la playa de estacionamiento. Libre, piensa, por fin libre. Y no tuve que matar a nadie.
Supongamos que alquilo una máquina, piensa Alice, y vuelvo a 1947 para matar a Martin. Supongamos que lo mato ¿Qué pasaría si existe algún modo de rastrear mi crimen? Después de todo, un crimen cometido por una persona de 2006 que vuelve a 1947 tiene que tener consecuencias en el presente. Podría modificar muchísimas cosas. De modo que quieren atrapar al criminal y castigarlo, o mejor todavía impedir que se cometa el crimen en primer lugar. Y la compañía de las máquinas del tiempo tiene necesariamente que saber a qué año les indiqué que me enviaran. De manera que tal vez no sea un modo tan fácil de cometer el crimen perfecto. No sé. Dios mío, no entiendo nada de todo esto. Pero tal vez pueda arreglármelas. En todo caso, voy a probar. Le voy a demostrar a Ted que no puede seguir tratándome como una basura.
Están acostados uno al lado del otro, sudorosos, amodorrados, exhaustos, con ese agotamiento hermoso que llega después de un coito de primera. Martin le frota suavemente el vientre y los muslos. ¡Qué piel tan suave, tan pálida, tan transparente! Son tan visibles las venitas azules.
—¡Uy! —dice—. Se me acaba de ocurrir algo. No usé preservativo. ¿Y si te dejé embarazada? En ese caso, si eres en realidad la que dices que eres, volverías al año 2006 y tendrías un chico, que sería su propio abuelo ¿no es cierto?
Alice se ríe.
—No te preocupes demasiado por eso —dice.
Al entrar a la oficina de Temponáutica la invade una ola de timidez. Es una locura, se dice. Me voy a ir de aquí. Pero antes de que pudiera volverse, el vendedor con el que había hablado el día anterior se materializa desde una habitación contigua y la saluda con un estentóreo ¡Hola! El señor Friesling. Ya está casi restregándose las manos ante la inminencia de concluir un trato.
—¡Qué agradable volver a verla!, señora Porter.
Ella hace una inclinación con la cabeza y echa una ojeada preocupada a los modelos en exhibición.
—¿Cuánto costaría —pregunta— pasar unas pocas horas en la primavera de 1947?
El domingo es el día de la familia. Cuatro generaciones se sientan a comer juntas: Martin, Martha, Ted y Alice, Bobby y Tink. Ted disfruta bastante de esas reuniones, pero sabe que Alice las odia, sobre todo a causa de Martha. Alice odia a su suegra. A Martha tampoco nunca le gustó mucho Alice. Ted las ve lanzarse miradas de hielo a través de la mesa. Entre tanto, el viejo Martin tiene los ojos lascivamente fijos en el hueco que hay entre los senos de Alice. Hay que dejarlo nomás al viejo, piensa Ted. Nunca perdió del todo su instinto viril. Aunque ni por casualidad podría gratificarse, a su edad es imposible.
—Te quedaría tanto mejor si te dejases el pelo de tu propio color, Alicita —dijo Martha con dulzura.
Una sonrisa azucarada de parte de Martha. Un gesto contrariado de Alice, que le echa: una mirada furibunda a la suegra.
—Este es mi color natural— responde con aspereza.
El señor Friesling le entrega el formulario tipo del contrato. Ocho páginas de cuerpo reducido..
—No se asuste por esto, señora Porter. Parece algo del otro mundo, pero en realidad es pura retórica de leguleyos, sin, importancia. Puede mostrárselo a su abogado si prefiere. Aunque le garantizo que en general nuestros clientes no sienten la necesidad de hacerlo.
Alice lo hojea. Por lo que entiende, el contrato consiste básicamente en un descargo de toda responsabilidad. Temponáutica Ltda. está dispuesta a asumir lo que pueda acarrear un mal funcionamiento debido a una negligencia manifiesta de su parte, pero no asume ninguna ingerencia en los actos divinos o en los accidentes provocados por clientes que no se aviniesen a respetar las normas de seguridad. En la página número cuatro Alice encuentra una cláusula en la que se le avisa al posible cliente que la compañía no se hace responsable por las consecuencias que acarrearían las acciones del usuario que pudiesen interferir voluntaria o involuntariamente en el curso predeterminado de la historia. Alice lo traduce para si: Si usted mata, al abuelo de su marido, no nos culpe si se inste en dificultades. Le echa apenas una ojeada al resto de las páginas.
—Parece inofensivo —dice—. ¿Dónde tengo que firmar?
Cuando Martin vuelve del baño se encuentra con Martha que le bloquea el paso.
—Permiso —dice mansamente, pero ella no se aparta.
Es una mujer grande y rubicunda. A los cincuenta y ocho años adopta poses de muy jovencita, con los consiguientes resultados grotescos; Martin detesta ese aspecto de su personalidad. No le resulta difícil imaginar por qué la detesta tanto Alice.
—Un momento —dice Martha—. Quiero hablarte, papá.
—¿De qué? —pregunta Martin.
—De esas miradas que le echas a Alice. ¿No te parecen un poquito exageradas? ¿Hasta dónde piensas llevar tu mal gusto?
—¿Mal gusto? ¿Y quién eres tú para hablar de mal gusto, con la cara pintada de verde como una quinceañera?
Martha parece enojada: Martin dio en el blanco.
—Lo único que digo es que me parece que a los ochenta y dos deberías preocuparte más por la decencia en lugar de clavar los ojos en la pechera de la mujer de tu propio nieto.
—Déjame mirar, Martha —suspira Martin—, es todo lo que me queda.
Ted está en la oficina, enfrascado en negociaciones complicadas, cuando su autosecretaria toca un timbre y le anuncia que acaba de recibir un llamado del señor Friesling, de la oficina de Temponáutica Ltda. ubicada en la plaza del Union Boulevard. Ted está desconcertado: ¿qué puede querer con él la gente de la máquina del tiempo? ¿Estarán tratando de engancharlo como cliente?
—Dígale que no estoy interesado en los viajes intertemporales —dice Ted.
Pero la autosecretaria vuelve a tocar el timbre pocos minutos después. Le dice que el señor Friesling llama por el crédito del señor Porter.
Más intrigado que antes Ted ordena que le pasen el llamado. Aparece el señor Friesling en la pantalla del escritorio. Tiene rasgos pequeños y ojos brillantes, se parece a una ardilla.
—Discúlpeme por molestarlo señor Porter —empieza a decir—. No es más que una orden de crédito común y corriente, pero aun así es imprescindible hablarle. Como usted bien sabrá, su esposa ha solicitado nuestro equipo en alquiler para hacer un viaje de cincuenta y nueve años, y como la tarifa del servicio por un viaje así supera el límite del crédito automático, las normas de la compañía me obligan a preguntarle si usted ratifica el pagaré que ella nos pidió que...
Ted sufre un acceso de tos.
—¡Espere un momento! —dice—. ¿Mi mujer se va de viaje por el tiempo? ¿Qué demonios me está diciendo? Es la primera vez que oigo hablar de eso.
Alice está sorprendida por lo complejo que son los preparativos. No por nada sale tan caro. Prepararse para el viaje lleva horas. La inoculan para protegerla contra ciertas enfermedades ya extinguidas. Le proporcionan ropa acorde con el estilo de mediados del siglo XX, fea e incómoda. Le dan dinero de la época, aunque le avisan que no debe gastarlo si no es una emergencia, ya que se incluirá en su cuenta con el valor numismático actual, que es muy elevado. La obligan a estudiarse un folleto donde se describen las costumbres y el fondo histórico de la época y después le toman un examen minucioso. Se entera de que bajo ninguna circunstancia debe exponer sus senos o sus genitales en publico mientras esté en 1947. Tampoco debe intentar obtener ninguna droga de estimulación mental que no sea el alcohol. Tampoco debe decir nada que pueda interpretarse como alianza a la Unión Soviética o a la filosofía marxista. Debe tener bien presente que ingresa al pasado como mero observador, y que debe tener el mínimo contacto social con. los ciudadanos de la época que visita. Y así todo. Por fin deciden que no hay peligro en dejarla ir.
—Por aquí, por favor, señora Porter —dice el señor Friesling.
Después de quedarse con los ojos fijos en el videófono por un largo rato, Martin, pulsa el número de Alice. Antes de que sueno el segundo llamado pierde la paciencia y cuelga. De inmediato vuelvo a llamarla. El corazón le late con tanta fuerza que la medicmáquina registra la situación de alarma con sus delicados sensores y empieza a avanzar hacia él, Martin le hace gestos de que se aleje al robot y se aforra al teléfono. Dos llamadas. Tres. ¡Ah!
—Hola —dice Alice. Tiene una voz tibia, sonora y femenina.
Martin tiene la pantalla apagada.
—Hola. ¿Quién habla?
Martin respira con fuerza junto a la bocina. Ah. ah. ah, ah, ah.
—Hola. Hola. Hola. Escuche, pervertido, si vuelve a llamarme...
Ah, ah, ah, ah. Los marchitos rasgos de Martin se pliegan en una sonrisa de felicidad. Alice cuelga. Martin se estira en la silla, está temblando. ¡Qué lindo que fue! Le hace señas violentas a la medicmáquina.
—Ahora sí dame esa inyección, monstruo metálico.
Se ríe. Viejo verde.
Ted se da cuenta de que no es necesario matar al abuelo de una persona para desembarazarse de esa persona. Basta con interferir con algún acontecimiento crucial en el pasado de esa persona, y ya está. Volver y romper el matrimonio de los abuelos de Alice, por ejemplo. (¿Cómo? ¿Seducir a la abuela cuando tiene dieciocho años? "Lamento informarle que su novia no es virgen, y aquí está la prueba documental." En aquel tiempo eran bastante inflexibles con el asunto de la virginidad ¿no es cierto?). Nadie tendría que morir. Pero Alice no habría nacido jamás.
Martin todavía no puede creerlo, aunque ya se haya acostado con ella. Debe ser alguna broma absurda, seguramente. Pero ya quisiera que todas las bromas fuesen tan atractivas coma ésta.
—¿En, serio eres del año 2006? —le pregunta.
Ella se ríe encantadoramente.
—¿Cómo puedo demostrártelo?
Después salta fuera de la cama. Él la sigue con la mirada mientras ella cruza la habitación con los pechos bailoteándole alegremente. Qué cuerpito precioso. Y qué buena idea de parte de mi yo viejo mandármela a mí. Si es que eso fue realmente lo que sucedió. Ella revuelve en la cartera y saca un puñado de monedas.
—Mira —dice—. Dinero del futuro. Aquí hay un centavo de 1993. Y esta es una moneda de dos dólares de 2001. Y aquí hay una vieja, un medio dólar de 1979 con la cara de Kennedy.
Martin examina las monedas desconocidas. Tienen un aspecto opaco, no carecen de plata. ¿Serán falsificaciones? No necesariamente tendrán que acuñar siempre de plata las monedas. Además el grabado es muy profesional. ¿Una moneda de dos dólares, eh? Y bueno, nunca se sabe. Y ésta es de medio dólar. Un hombre joven y buen mozo de perfil.
—¿Kennedy? —pregunta—. ¿Quién es Kennedy?
Aquí está por fin. Dos técnicos en mameluco gris la observan con cara mientras se mete en la máquina. Es muy parecida a un ataúd, tal como se la imaginaba. No puede sentarse: es demasiado estrecha. Le empieza a entrar el miedo allí encerrada. Claro que le avisaron que el viaje no duraría prácticamente nada desde el punto de vista subjetivo, uno o dos segundos. ¡Uuuush! y allí estará. De acuerdo. Cierran la puerta. Ella oye el chasquido de la cerradura. Le llega la voz del señor Friesling desde un altoparlante:
—Le deseamos feliz viaje, señora Porter. Quédese tranquila y no va a tener ningún problema.
De pronto se enciende la luz roja encima de la puerta. Eso quiere decir que el viaje comenzó: está viajando hacia el pasado. No hay ninguna sensación de aceleración, ninguna sensación de movimiento. Uno, dos, tres. La luz se apaga. Listo. Estoy en 1947. se dice. Antes de abrir la puerta, cierra los ojos y repasa sus lecciones de historia. Acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial. Europa está en ruinas. Hay cuarenta y ocho estados. Nadie fue a la luna todavía ni nadie piensa mucho en esa posibilidad. Harry Truman es presidente. Stalin dirige Rusia y Churchill... ¿sigue siendo Churchill el primer ministro de Inglaterra? No está segura. Bueno, no importa. No vine aquí a hablar de primeros ministros. Toca el pestillo y la puerta de la máquina del tiempo se abre hacia afuera.
Sale de la máquina y pone el pie en el año 2006. Nada cambió en el local de exposición. Friesling, los dos técnicos con cara de póquer, los escritorios pulidos, las alfombras mullidas... todo igual que antes. Se mueve con torpeza. La mente sigue estando con la abuela de Alice. El sabor de sus labios, los suaves grititos de reclamo al llegar al orgasmo. ¿Quién dijo que las mujeres de antes eran frígidas? Debería volver y verificarlo. Friesling le sonríe.
—Espero que haya disfrutado del viaje, señor... este...
Ted asiente.
—Fue un viaje encantador y muy útil.
Sale. Jamás volverá a ver u Alice. ¡Qué maravilla! El auto no está en el lugar de la playa de estacionamiento en que recuerda haberlo dejado. Supongo que son de esperar ciertos cambios superficiales. Llama a un taxi, le menciona la dirección al taxista. La llave no entra en la puerta. Preocupado, pulsa el anunciador. Una voz de mujer que no es la de Alice le pregunta qué quiere.
—¿Es esta la casa de Ted Porter? —pregunta.
—No —responde la mujer entre desconfiada y molesta.
Recién ahora se da cuenta de que la placa que hay junto a la puerta dice "McKenzie". De modo que los cambios no son tan superficiales al fin de cuentas. ¿Y ahora adonde voy? Aquí no vivo ¿adonde vivo entonces?
—¡Espere! —le grita al taxi, sin saber adonde ir. El taxi lo lleva hasta un café de suburbio, desde donde telefonea a Ellie. La cara con que lo espía desde la pantallita tiene una expresión ceñuda y perpleja.
—Escucha, sucedió algo muy raro —empieza a decir—, y tengo que verte lo antes...
—No creo que lo conozca —dice ella.
—Soy Ted —le dice él.
—¿Ted qué? pregunta Ellie.
Qué extraño es todo esto, piensa Alice. Es como entrar a un museo de diorama y que de pronto empiece a vivir. Esos autitos tan ruidosos. La ropa, tan fea. Esos achatados y desperdiciados edificios del siglo XX. El caos. Ese olor aceitoso y lleno de humo del aire contaminado. Montoncitos de nieve sucia en las calles. Tachos de basura que están ahí plantados como si nada, como si nadie hubiese oído hablar jamás del aire contaminado. Bueno, no voy a quedarme mucho tiempo aquí. En la cartera lleva su trinchante de cocina, un utensilio niquelado con carga láser. Los caños de acero están bien para soñar despierta, pero lo seguro es esto, y Alice quiere que su asesinato sea rápido y eficaz. Zas, zas, con el rayo láser, y Martin desaparece. Hace un alto en la esquina para verificar la dirección. No existe un número telefónico informativo, para pedir todo tipo de datos útiles, es mucho pedir con estos tiempos primitivos; tiene que usar una guía de teléfonos impresa, un libraco gordo y destartalado con letras diminutas. Aquí está: Martin Jamieson, avenida 45 Oeste, número 504. No es lejos de allí. En diez minutos llega. Es una estructura de ladrillos, oscura, con cinco o seis pisos, y escaleras de incendio que le cruzan el frente como una telaraña. Parece muy venida abajo, incluso para la época. Alice entra. Junto a la puerta principal hay un cartel con una lista de los inquilinos. Jamieson 3 A. No hay ascensor ni por supuesto, tubo elevador. Por la escalera. Un vestíbulo mustio iluminado por una única bombita incandescente y deslucida. Este es el departamento 3 A. Jamieson. Alice toca el timbre.
Diez minutos después Friesling vuelve a llamar, parece avergonzado y confundido.
—Señor Porter, lamento mucho tener que informarle que hubo algún error. Al parecer los técnicos no estaban informados de que el crédito todavía no se había acordado y enviaron a la señora Porter de viaje mientras nosotros todavía estábamos hablando.
Ted siente un estremecimiento. Se aferra al borde del escritorio. Controlándose con gran esfuerzo dice:
—¿A qué distancia en el pasado quería ir?
—Quería retroceder cincuenta y nueve años. Hasta 1947 —dice Friesling.
Ted asiente sombríamente. Se le acaba de ocurrir una idea horrible. 1947 había sido el año en que se habían conocido y casado los padres de su madre. ¿Qué se proponía hacer Alice?
Suena el timbre. Martin, recién duchado, está tirado desnudo sobre su cama, hojeando el último número del Esquire y pensando vagamente en ir a cenar afuera. No espera compañía. Se pone una bata y va hacia la puerta.
—¿Quién es? —pregunta.
—Busco a Martin Jamieson —responde una voz de mujer, joven y agradable.
Muy bien. Abre la puerta. Ella tiene tal vez veintisiete, veintiocho años, y es muy sexy, más bien delgadita pero bien formada. Tiene cabello oscuro, muy corto y un peinado asombrosamente varonil. Nunca la había visto antes.
—Hola —dice Martin como primer acercamiento.
Ella le sonríe con dulzura.
—No me conoces —dice Alice— pero soy la amiga de una vieja amiga tuya, Mary Chambers. ¿La recuerdas? Mary y yo nos criamos juntas en... este... Ohio. Y yo estoy de visita en Nueva York, por primera vez, y Mary me dijo que si alguna vez llegaba a venir a Nueva York no tenía que dejar de buscarlo a Martin Jamieson, así que... ¿Puedo entrar?
—Claro que sí —dice Martin.
No recuerda a ninguna Mary Chambers de Ohio. Pero qué demonios, a veces uno se olvida de una que otra. Qué demonios.
Es mucho más atractivo de lo que Alice esperaba. A Martin sólo lo conoce como un viejo, que ya perdió todo su encanto tanto por su lascivia grosera como por lo que le han ido haciendo los años. El pecho hundido, los hombros cargados, con papada, con unos pocos mechones de pelo blanco, ojos diminutos de un azul desleído... una ruina. Pero este Martin que está junto a la puerta es vigoroso, atractivo, no tocado por el tiempo, rebosante de vida, de fuerza y de virilidad. Alice piensa en el trinchante que lleva en la cartera y tiene un auténtico acceso de remordimiento por tener que segar a este muchacho en la flor de la edad. Pero no hay tanto apuro ¿no es cierto? Primero podemos pasar un lindo rato juntos. Martin. Y después el láser.
—¿Cuánto debería regresar? —pregunta Ted.
Friesling le explica que todos los conceptos de tiempo son relativos y flexibles: en lo que se refiere al tiempo transcurrido con respecto al nivel «ahora», ya ha regresado.
—¿Cómo? —vocifera Ted—. ¿Dónde está?
Friesling no lo sabe. Salió de la máquina, les hizo un simpático gesto de adiós a los empleados de Temponáutica y abandonó el local. Ted se pone la mano en la garganta. ¿Y si ya mató a Martin? ¿Me desvaneceré del mundo de un momento para el otro? ¿O existirá algún tipo de retraso y me iré disolviendo gradualmente en la irrealidad dentro de los próximos días?
—Escuche —dice con aspereza—. Salgo de mi oficina ahora mismo y en menos de una hora voy a estar con ustedes. Quiero que tengan las máquinas listas para transportarme al mismísimo lugar en el tiempo y en el espacio al que acaban de enviar a mi mujer.
—Pero eso es imposible —protesta Friesling—. Lleva varias horas preparar como es debido al cliente para...
Ted lo interrumpe:
—Ustedes tengan todo listo y a la mierda con los preparativos. A no ser que prefieran que los aplaste con el juicio por negligencia más grande de la historia de las máquinas del tiempo. Así que lo mejor va a ser que todo esté preparado para cuando yo llegue.
Abre la puerta. La muchacha que hay en el vestíbulo es joven y linda, lleva el cabello muy corto y tiene los labios carnosos. Gracias. Mary Chambers, quien quiera que seas.
—Perdone que la reciba en bata —dice— pero no esperaba a nadie.
Ella entra en el departamento. Él nota de pronto lo contraída y tensa que tiene ella la cara. ¿Una chica del interior, de Ohio. que de pronto se siente inhibida por visitar a un extraño en una ciudad desconocida? Trata de que se sienta cómoda.
—¿Le sirvo un trago? —pregunta—. Me temo que no hay mucho para elegir, pero tengo whisky, ginebra, un licor de moras...
Ella abre la cartera y saca algo. Martin frunce el ceño. No es una pistola, exactamente, pero parece ser algún tipo de arma, es un aparatito metálico y brillante que le encaja perfectamente en la mano.
—¡Eh! —dice— ¿Qué...?
—Lo lamento muchísimo, Martin —murmura ella, y un terrible rayo de fuego le golpea el pecho.
Ella bebe a sorbos su trago. La tranquiliza. El vaso no está muy limpio, pero no tiene miedo de pescarse alguna enfermedad después de todas las inyecciones que le puso Friesling. Martin la mira como si él también tuviese que tranquilizarse un poco.
—¿Usted no bebe? —pregunta Alice.
—Sí, creo que sí —dice él, y se sirve un poco de ginebra.
Ella se le acerca por la espalda y desliza su mano por el cruce de la bata. Tiene el cuerpo fresco, terso, firme.
—¡Oh, Martin! —murmura Alice—. ¡Martin!
Ted toma una habitación en uno de los hoteles comerciales del centro. Lo primero que hace es tratar de comunicarse por teléfono con la madre de Alice en Chillicothe. Todavía no se convence de que ese leve coqueteo del viaje intertemporal haya bastado para eliminar a Alice de la existencia en forma retrospectiva. Pero la llamada lo convence del todo. La mujer madura que le responde no es decididamente la madre de Alice. El número de teléfono es el correcto, la dirección es la correcta —Ted la fastidia para que le dé toda la información— pero la mujer es otra.
—¿Usted no tiene una hija que se llama Alice Porter? —le pregunta tres o cuatro veces—. ¿No conoce a nadie en el barrio que tenga una hija de ese nombre? Es muy importante.
Todo en orden. Quedó cancelada la vieja y también quedó cancelada Alice. Pero ahora tiene otro problema. ¿Hasta qué punto se modificó el universo al quitar de él a Alice y a su mamá? ¿Él mismo vivirá en otra ciudad ahora, tendrá otro trabajo? ¿Qué les habrá pasado a Bobby y a Tink? Empieza a llamar por teléfono a la gente como un enloquecido. Amigos, compañeros de trabajo, el tipo de banco. Todos le dan la misma respuesta: miradas desconcertadas, no con la cabeza. No lo conocemos, amigo. Ted se mira en el espejo. Y bueno, se pregunta, ¿quién soy?
Martin se mueve con rapidez y con precisión, como le enseñaron a moverse en el ejército cuando hay que desarmar a un enemigo peligroso. Arremete hacia adelante, le agarra el brazo a la muchacha y se lo levanta antes de que ella pueda disparar esa cosa brillante con que le está apuntando. Ella resulta ser más fuerte de lo que él había esperado, y luchan ferozmente por el arma. De pronto se dispara. Algo parecido a un rayo estalla entre ellos y lo arroja a él atontado contra el piso. Cuando se pone de pie, la ve tirada en el suelo con un agujero chamuscado en la garganta.
El estridente timbre del teléfono despierta a Martin de un sueño en el que está violando el sabroso y juvenil cuerpo de Alice. Con la garganta reseca y los ojos lagañosos extiende la mano hacia el receptor.
—¿Sí? —dice.
La cara de Ted se extiende en la pantalla.
—¡Abuelo! —estalla—. ¿Estás bien?
—Claro que estoy bien —dice Martin de mal humor—. ¿No te das cuenta? ¿Qué diablos te pasa, muchacho?
Ted sacude la cabeza.
—No sé —murmura—. Tal vez haya sido sólo una pesadilla. Imaginé que Alice había alquilado una de esas máquinas del tiempo y había retrocedido hasta 1947. Y que había tratado de asesinarte, para que yo jamás hubiese existido.
—¡Qué cosa tan estúpida! —resopla Martin—. ¿Cómo iba a matarme en 1947 si en 2006 sigo vivo?
Alice, desnuda, se sumerge en los brazos de Martin. Sus manos vigorosas le acarician ansiosamente los senos y los hombros y su boca desciende hasta la de ella. Alice se estremece de deseo.
—Sí —murmura con ternura, apretándose contra él—. ¡Sí, sí, sí!
Van a hacerlo y va a ser glorioso. Y después lo mata con el trinchante de cecina, mientras él sigue tirado allí, relamiéndose después del acontecimiento. Pero se le cruza un pensamiento que la preocupa. Si Martin muere en 1947, Ted no va a nacer en 1968. Muy bien. Pero ¿qué va a pasar con Tink y Bobby? Tampoco van a nacer, ya que, yo no voy a casarme con Ted. Cuando vuelva a 2006 voy a estar casada con algún otro, y supongo que voy a tener otros hijos. ¿Bobby? ¿Tink? ¿Qué les estoy haciendo? Un terror súbito la congela y se aparta del joven vigoroso que le está acariciando el cuello.
—Un momento —dice—. Mira, lo siento. Fue todo una equivocación. ¡Lo siento, pero tengo que salir en seguida de aquí!
Así que este es 1947. Vaya, vaya. Todo parece tan embarullado y tan sórdido y tan viejo. Ted recorre con apuro las calles heladas hacia la casa de su abuelo. Si tiene suerte y los técnicos de Friesling hicieron bien los cálculos, va a darle alcance a Alice. Tal vez sea precisamente ella esa mujer delgada que camina con energía media cuadra adelante de él. Apresura el paso. Sí, es Alice rumbo a lo de Martin. ¡Buen trabajo, Friesling! Ted se le aproxima con cautela, sospechando que está armada. Si es capaz de volver a 1947 para malario a Martin, también debe de estar dispuesta a matarlo a él. Sobre todo allí, donde ninguno de los dos tiene existencia legal. Cuando está junto a ella le dice con una voz grave, dura y enfática:
—No te des vuelta. Alice. Sigue caminando como si todo fuese normal.
Ella se pone rígida.
—¿Ted? —grita, estupefacta—. ¿Eres tú, Ted?
—Claro que sí, carajo— Ted se ríe con aspereza—. Vamos. Sigue hasta la esquina y dobla hacia la izquierda. Vas a volver a tu máquina y te vas a ir cuanto antes del siglo XX, qué mierda, sin hacerle daño a nadie. Ya sé lo que tratas de hacer, Alice. Pero te agarré a tiempo ¿no es cierto?
Martin está avanzando a fondo cuando la puerta del departamento se abre de golpe y entra corriendo un hombre. De edad madura, sólido, con ropas horripilantes —la última palabra en trajes feos, una mezcla de colores contrastantes y formas disímiles, con hombreras que hacían que la espalda pareciese una repisa— y una mirada de furia en los ojos. Alice salta de la cama.
—¡Ted! —grita—. ¡Dios mío! ¿Qué estás haciendo aquí?
—¡Puta asesina! —aúlla el intruso.
Martin, desnudo y consciente de su vulnerabilidad, con el sistema nervioso alterado por la interrupción, mira estupefacto cómo el extraño la agarra a la mujer y empieza a estrangularla.
—¡Puta! ¡Puta! ¡Puta! —ruge, sacudiéndola con furia enloquecida.
La cara de la muchacha empieza a poner se negra. Los ojos se le desorbitan. Después de un rato largo Martin sale de su anonadamiento. Se tira hacia adelante, agarra los dedos del hombre y los desprende del cuello de la muchacha. Demasiado tarde. La mujer cae fláccida y yace inmóvil.
—¡Alice! —gime el intruso—. ¡Alice, Alice! ¿Qué hice?
Cae de rodillas junto al cuerpo. Martin parpadea.
—La mató —dice, sin poder creer que todo eso fuese verdad—. ¡La mató en serio!
La cara de Alice aparece en videófono. Cristo, qué linda es, piensa Martin, y su cuerpo decrépito se estremece de deseo.
—Por fin te encuentro —dice—. Hace horas que te ando buscando. Tuve un sueño tan raro... soñé que algo horrible le pasaba a Ted... y resulta que el fono de ustedes no contestaba, y entonces empecé a pensar que en una de esas el sueño era una especie de premonición, un anuncio, ya me entiendes...
Alice parece perpleja.
—Me temo que se equivocó de número, señor —dice con dulzura, y cuelga.
Alice saca su láser y el hombre desnudo se protege contra la pared anonadado.
—¿Qué diablos es todo esto? —pregunta, temblando—. Deje de apuntarme con esa cosa, señora. Se equivocó de tipo.
—No —dice ella—. Es a ti a quien busco. Me siento muy mal por tener que hacerte esto, Martin, pero no tengo otra alternativa. Tienes que morir.
—¿Por qué? —pregunta él.
—¿Por qué? Aunque te lo explicase no lo entenderías —dice Alice y coloca el dedo en el disparador.
De pronto hay un aterrador ruido a maderas quebradas y a mampostería que se derrumba a sus espaldas, como si hubiese un terremoto. Alice gira y queda pasmada al ver a su marido que entra por la puerta del departamento de Martin.
—¡Justo a tiempo! —grita Ted—. ¡No te muevas, Alice!
Avanza hacia ella. Alice, presa del pánico, dispara sin pensar. El rayo refulgente lo alcanza a Ted en pleno estómago y Ted cae, gorgoteando en agonía y apretándose el vientre al morir.
La puerta cae con estruendo y este personaje con ropas extrañas se materializa en medio de una nube de escombros, con aspecto de estar más loco que Napoleón. Es increíble, piensa Martin. Primero una joven desconocida toca el timbre y entra sin que la inviten y se saca la ropa y después, justo cuando está por clavarla, pasa esto. Parece una de los hermanos Marx, pero verde. Pero Martin no piensa darse por vencido. Se aparta de la muchacha agitada y jadeante que hay en la cama, cruza la habitación en tres zancadas y atrapa al recién venido.
—¿Quién carajo es usted? —pregunta Martin, golpeándolo con fuerza contra la pared.
La muchacha da saltitos detrás de él.
—¡No le hagas daño! —gime— ¡Por favor, no le hagas daño!
Es evidente que Ted no se esperaba encontrarlos juntos en la cama. Comprendía por qué Alice podía querer retroceder en el tiempo para asesinar a Martin, pero para tener una aventura con él... no, era ridículo. Claro que seguía siendo probable que hubiese venido con la intención de matarlo y se hubiese detenido a retozar un poco antes. Uno nunca sabe con las mujeres, ni siquiera con la propia. Todas gatas de albañal. Y bueno, era una suerte para él que ella le hubiese otorgado esos minutos extra para llegar a tiempo.
—Bien —dice—. Ponte las ropas, Alice. Vas a venir conmigo.
—Un momentito, señor —gruñe Martin—. No le falta desparpajo, para entrar así como así.
Ted trata de explicar, pero no le salen las palabras. Es todo demasiado complicado. Hace señas en dirección a Alice, a él mismo, a Martin. Un instante después Martin le cae encima y los dos ruedan por el piso.
—¿Quién es usted? —aúlla Martin, golpeando al intruso una y otra vez contra la pared— ¿Un detective, o algo así? ¿Me quiere tomar el pelo?
Ploc. Ploc. Ploc. Siente que los pequeños puños de la muchacha golpean contra su espalda.
—¡Basta! —grita—. Déjelo de una vez. ¡Es mi marido!
—¡Tu marido! —grita Martin.
Pasmado, suelta al extraño y se vuelve para mirar a la muchacha. Un instante después se da cuenta que cometió un error. Por el rabillo del ojo ve que el intruso levanta los puños en alto como si fueran garrotes. Martin trata de escabullirse, pero no hay tiempo, ya no hay tiempo; los puños bajan con una fuerza espantosa contra su cráneo.
Alice no sabe que hacer. Están rodando por el piso, luchando como gatos salvajes, de pronto está Martin arriba, de pronto Ted. Martin es más joven, más grande, más vigoroso, pero Ted parece poseído por la fuerza de un loco; está fuera de sí. Los dos hombres tienen la cara ensangrentada y están rompiendo los muebles por todas partes. El primer impulso de Alice es el de intervenir para interrumpir de algún modo esa pelea absurda. Pero después recuerda que está allí para matar, no para poner paz. Saca el láser de la cartera y le apunta a Martin, pero de pronto los combatientes giran y es Ted el que queda a tiro. Alice titubea. Después, de un instante se da cuenta de que no importa a quien de los dos mate. De un modo u otro tienen que morir. Apunta. En una de esas puede matarlos a los dos con una única descarga. Pero cuando empieza a presionar con los dedos el disparador, Martin lo carga a Ted sobre su espalda y, levantándolo un poco en el aire, lo arroja a un metro y medio de distancia. La nuca de Ted golpea la pared y se oye un estentóreo clac. Ted cae y queda inmóvil. Martin se pone de pie, agitado.
—Creo que lo maté —dice—. ¡Cristo! ¿Quién carajo era?
—Era tu nieto —dice Alice y empieza a chillar como una histérica.
Ted se queda mirando con horror al cuerpo encogido a sus pies. Todavía le hormiguean las manos por el impacto. El lado izquierdo de la cabeza de Martin está como si la hubiese aplastado un martillo mecánico.
—Dios santo —dice Ted con voz ahogada—. ¿Qué hice? Vine para protegerlo y lo maté. ¡Maté a mi propio abuelo!
Alice, con los ojos desorbitados, tratando inútilmente de cubrir su desnudez cruzando un brazo sobre los senos y abriendo la mano sobre el vientre, dice:
—Sí está muerto ¿por qué sigues estando aquí? ¿No deberías de haber desaparecido?
Ted se encoge de hombros.
—Tal vez estoy a salvo mientras permanezca en el pasado. Pero en cuanto intente volver a 2006 me desvaneceré como si jamás hubiese existido. No comprendo nada de todo esto ¿A ti, qué te parece?
Alice sale con paso inseguro de la máquina e ingresa al local de Temponáutica. Allí está Friesling. Están los técnicos. Friesling dice, sonriendo:
—Espero que haya disfrutado el viaje, señora... este... hum... —Tartamudea—. Lo siento —dice, ruborizándose— pero creo que olvidé su apellido.
—Me llamo Alice... este... ¿sabe que yo también me olvidé del apellido?
Todo el clan está reunido para celebrar el cumpleaños número ochenta y tres de Martin. Martin corta la torta y después todos, uno por uno, van a darle un beso. Cuando le llega el turno a Alice, Martin, con toda habilidad, la hace girar para cubrirla de la vista de los demás y le da un pellizco bien dado en el trasero.
—¡Ay, si tuviese cincuenta años menos! —suspira.
Es un día cálido y primaveral. Todo anduvo bárbaro en la oficina —tres cuentas nuevas de golpe— y el viaje a casa por la carretera duró un suspiro. Alice lo está esperando, con el vestido más lindo y más sexy que tiene, lista para salir. Es un día especial. El undécimo aniversario de casados. ¡Qué linda que está! Ted la besa, Alice besa a Ted, él saca los pasajes del bolsillo con un gesto ampuloso.
—¡Sorpresa! —dice—. ¡Dos semanas en Hawaii a partir del martes que viene! ¡Feliz aniversario!
—¡Oh, Ted! —grita Alice—. ¡Qué maravilla! Te quiero, amorcito.
Ted vuelve a apretarla contra él.
—Yo también te quiero, mi cielo.