talento (es)
La señora Brent y Preciosa estaban sentadas en el porche de la casa de campo cuando el pequeño Jokey salió sigilosamente de atrás del granero y llegó hasta ellas caminando en puntas de pie. Preciosa, que tenía rizos y siete años, y era muy limpia, dejó de balancearse en la mecedora y lo observó. La señora Brent estaba leyendo una revista. Jokey se detuvo al pie de los escalones.
—¡Mamá! —chilló con voz estridente.
La señora Brent saltó violentamente, se hamacó demasiado hacía atrás, hizo chocar su intrincado peinado contra las tablas y dijo:
—Santo Cielo, pequeño m... querido, ¡me asustaste!
Jokey sonrió.
Preciosa dijo:
—Dientes torcidos.
—Si necesitas a tu madre —dijo razonablemente la señora Brent—, ¿por qué no entras y hablas con ella?
Jokey vetó la sugerencia con un desagradable:
—Bah, bah. —Enfrentó la casa—. ¡Mamá! —volvió a chillar en un tono que hablaba de muerte y desastres.
Desde la cocina se oyó un estrépito, y unos pasos ligeros. La madre de Jokey, cuyo nombre era Señora Purney, salió, retirando un mechón de pelo de sus ojos asustados.
—Oh, el adorable —susurró. Se arrodilló a los pies de Jokey y explotó—: ¿Lastimó a su pequeña, entonces? Ay, fue...
Jokey dijo:
—¡Dame una moneda!
—Por favor —sugirió Preciosa.
—Por supuesto, querida —balbuceó la Sra. Purney—. Te doy mi palabra, sí. Tan pronto como vayamos al pueblo, tendrás una moneda. Dos, si eres bueno.
—Dame una moneda —repitió Jokey ominosamente.
—Pero, querido, ¿para qué? ¿Qué harás aquí y ahora con una moneda?
Jokey retiró la mano.
—Contendré mi aliento.
La señora Purney se levantó, aterrorizada.
—Oh, querido, no lo hagas. Oh, por favor, no lo hagas. ¿Dónde está mi bolso?
—Encima de la estantería, fuera de mi alcance —dijo Preciosa, sin rencor.
—Oh, sí, así es. Ahora, Jokey, espera aquí y yo... —y sus gorjeos excitados se apagaron dentro de la casa.
La señora Brent levantó la vista y no dijo nada.
—Eres un pequeño apestoso —dijo Preciosa.
Jokey la miró con dignidad.
—Mamá —llamó imperiosamente.
La señora Purney llegó al instante, trayendo una moneda.
Jokey, señalando con el mismo movimiento con el que había obtenido la moneda, delató:
—Me llamó un pequeño apestoso.
—¡Verdaderamente! —susurró la señora Purney, conteniéndose—. Creo, señora Brent, que su niña podría tener mejores modales.
—Los tiene, señora Purney, y cuando son necesarios hasta los usa.
La señora Purney la miró con curiosidad, decidiendo que aparentemente la señora Brent no quería decir nada con esa declaración (en lo cual estaba errada) y se volvió hacia su hijo, quien caminaba con paso enérgico en dirección al granero.
—No te lastimes. Charcos —gritó.
No recibió respuesta alguna y sonriéndoles vagamente a la señora Brent y a su hija, regresó a la cocina.
—Charcos —dijo Preciosa reflexivamente—. Apuesto a que sé por qué lo llama así. ¿Recuerdas al perrito de Gladys que...?
—Preciosa —dijo la señora Brent—, no debiste haber llamado a Joachim con una palabra como ésa.
—Supongo que no —accedió pensativamente Preciosa—. En realidad él es un...
La señora Brent, mirando con atención los esculpidos labios rosados, dijo a modo de aviso:
—¡Preciosa! —Sacudió la cabeza—. Te he pedido que no digas eso.
—Papito...
—Papito se había agarrado el pulgar con la puerta del camión. Eso era diferente.
—Oh, no —corrigió Preciosa—. Estás pensando en la vez en que sólo abrió la mitad inferior de la puerta holandesa en la oscuridad. Cuando se apretó el pulgar dijo...
—¿No deseas ver mi revista?
Preciosa se levantó y se estiró con delicadeza.
—No, gracias, mami. Iré al granero a ver qué se propone hacer Jokey con esa moneda.
—Preciosa...
—Sí, mami.
—Oh, nada.. Supongo que todo está bien. No pelees con Jokey, ¿de acuerdo?
—No, a menos que él pelee conmigo —replicó la niña sonriendo encantadoramente.
Preciosa tenía unos zapatos de cuero recién comprados, bien hechos, con tacos duros y muchas tiras en torno a los tobillos. Se veían lindos y brillantes en contraste con las medias amarillas. Caminó cuidadosamente por el sendero, evitando las briznas de pasto húmedo que se inclinaban sobre tos bordes, pisando con sumo cuidado cada pequeño parche de fango.
Jokey no estaba en el granero. Preciosa lo atravesó oliendo con placer los cálidos y entremezclados aromas del polvo de la paja desmenuzada, heno seco y estiércol. Afuera, junto a la puerta para carros, se encontraba el chiquero. Jokey estaba parado sobre la baranda de la cerca. A sus pies había una pequeña pila de manzanas verdes. Tomó una y la lanzó con todas sus fuerzas hacia la cerda marrón. Fue ¡putt! en alguna parte, y ella fue ¡ergh! en respuesta.
—¡Eh! —dijo Preciosa.
¡Putt-ergh! Recién entonces descubrió a Preciosa, refunfuñó silenciosamente y tomó otra manzana, ¡Putt-ergh!
—¿Para qué estás haciendo eso?
¡Putt-ergh!
—¿Oíste eso? Mi mamá hizo un ruido semejante cuando la golpeé en el estómago.
—¿Lo hizo?
—Ahora esto —dijo Jokey, tomando una manzana—, es una piedra. Presta atención —la tiró. ¡Thunk-e-e-ergh!, fue el sonido.
Preciosa estaba impresionada. Sus ojos se abrieron mucho, y retrocedió un paso.
—¡Eh, mira por dónde vas, estúpida!
Corrió hacia ella y la tomó rudamente del bíceps izquierdo, arrojándola contra la cerca. Ella gimió y permaneció frotándose el brazo, quitándose la suciedad, y más indignada que asustada.
Jokey no le prestó atención.
—Tú y tus pies brillantes —gruñó. Estaba reclinado sobre una rodilla, palpando la tierra entre dos ramitas clavadas en el suelo y separadas veinte centímetros una de la otra—. ¡Los podrías haber aplastado!
Preciosa, con la atención puesta en los zapatos nuevos, estaba haciendo girar uno de ellos, observando el brillo de la puntera, los costados bruñidos. Mientras lo hacía, la complacencia volvió a invadirla.
—¿Qué?
Con las varitas, Jokey raspó la tierra suelta a un costado, y, una por una, descubrió las cinco criaturas diminutas, desnudas y ciegas que yacían ahí enterradas. No tenían más de dos centímetros de largo, con pequeñas extremidades arrugadas y hocicos crispados. Se retorcían de dolor. También había hormigas. Hormigas muy ocupadas.
—¿Qué son?
—Ratones, estúpida —dijo Jokey—. Ratones bebé. Los encontré en el granero.
—¿Cómo llegaron aquí?
—Yo los puse.
—¿Cuanto hace que están?
—Cerca de cuatro días —dijo Jokey, volviéndolos a cubrir—. Duran mucho tiempo.
—¿Sabe tu madre que tienes estos ratones?
—No, y tú mejor no digas nada, ¿oíste?
—¿Tu madre te azotaría?
—¿Ella? —La palabra salió como una burla incrédula.
—¿Y con tu padre qué?
—Ah, supongo que él querría ponerme la mano encima. Pero no tiene la menor oportunidad. Mamá tendría un ataque.
—¿Quieres decir que se enfurecería con él?
—No, estúpida. Un ataque. Tú sabes: arañar el aire y echar espuma por la boca, y todo eso. Caer y retorcerse —se rió entre dientes.
—Pero, ¿por qué?
—Bueno, es casi la única forma en que puede manejar a papá, supongo. Él siempre trata de hacerme cosas. Pero ella no se lo permite, así que yo puedo hacer lo que se me antoja.
—¿Qué haces?
—Soy talentoso. Mamá lo dice.
—Bien, ¿qué haces?
—Eres muy curiosa.
—No me creo que puedas hacer nada, apestoso.
—Oh. ¿No puedo? —el rostro de Jokey empezaba a enrojecer.
—¡No, no puedes! Hablas mucho, pero en realidad no puedes hacer nada.
Jokey se le acercó y le respiró en la cara del mismo modo en que lo hace el hombre de la barba hirsuta al cowboy limpio atado a los barriles de dinamita, en las películas de los sábados.
—No puedo, ¿eh?
Ella se mantuvo firme.
—Correcto, si eres tan listo, veamos qué puedes hacer con esta moneda.
Sorprendentemente, él pareció avergonzado.
—Te reirías —dijo.
—No, no lo haría —dijo ella cándidamente. Dio un paso hacia adelante, abrió muy grandes los ojos, sacudió la cabeza haciendo que sus rizos se balancearan y dijo muy dulcemente:
—Realmente no lo haría, Jokey...
—Bien —dijo él, y volvió al chiquero. La cerda moteada se estaba frotando el hombro contra la cerca, gruñendo suavemente para si misma. Se dignó concederles una pequeña ojeada ornada de rojo y retornó a sus pensamientos.
Jokey y Preciosa estaban en la baranda inferior y miraban en dirección a la ancha espalda de la cerda.
—¿No se lo vas a contar a nadie? —preguntó él.
—Por supuesto que no.
—Bien, correcto. Ahora mira. ¿Viste alguna vez un chanchito alcancía de porcelana?
—Claro que sí —dijo Preciosa.
—¿Cómo de grande?
—Bien, conseguí uno más o menos así de grande.
—Ah, eso no es nada.
—Y mi amiga Gladys tiene uno así de grande.
—Buuu.
—Bien —dijo Preciosa—, en el pueblo, en una droguería, vi una así de grande —y separó sus manos a cerca de ochenta centímetros una de otra.
—Eso es bien grande —admitió Jokey—. Ahora te mostraré algo. —Habló seriamente en dirección a la cerda moteada—. Eres una alcancía.
La cerda dejó de frotarse contra la baranda. Se quedó muy quieta. Sus pelos se fundieron con el flanco. Se tornó dura y brillante; tan brillante como los zapatos nuevos de la niñita. En medio de la amplia espalda apareció una ranura —o tal vez había estado allí todo el tiempo, por lo que Preciosa podía recordar—. Jokey mostró una cálida y húmeda moneda y la dejó caer por la ranura.
Hubo un sonido distante, vítreo, hueco y robusto desde el interior de la cerda.
La señora Purney salió al porche e hizo crujir una silla de mimbre al dejarse caer con un desmayado suspiro.
—Son una peste, ¿no es cierto? —dijo la señora Brent.
—Usted no sabe verdaderamente cuánto —se lamentó la señora Purney.
Las cejas de la Sra. Brent se levantaron.
—Preciosa es un modelo. Lo dice su maestra. No fue demasiado fácil de hacer.
—Sí, es una niñita muy buena. Pero mi Joachim es, uh, talentoso, usted sabe. Eso lo hace muy difícil.
—¿En qué sentido talentoso? ¿Qué puede hacer?
—Puede hacer cualquier cosa —dijo la señora Purney luego de una leve vacilación.
La señora Brent la observó, vio que sus ojos cansados estaban cerrados, y se encogió de hombros. Eso la hacía sentirse mejor. ¿Por qué las madres debían insistir siempre con que sus hijos eran mejores que todos los demás?
—Pues mi Preciosa dijo, y vea usted, no lo estoy diciendo porque sea mi hija; mi Preciosa toca muy bien el piano para una niña de su edad. Y ya está en su tercer libro y aún no tiene ocho años.
Sin abrir los ojos, la señora Purney dijo:
—Jokey no toca. Estoy segura de que si quisiera podría.
La señora Brent vio la jactancia que implicaba esta afirmación y sabiamente se refrenó de ahondar más. Adoptó otro plan de acción.
—¿No le parece, señora Purney, que es más fácil hacer que un niño sea obediente y cortés tratándolo con firmeza?
La señora Purney abrió lentamente los ojos, y miró preocupada a la señora Brent.
—Un niño debe amar a sus padres.
—Oh, por supuesto —sonrió la señora Brent—. Pero estas ideas modernas de rodear a un niño de amor y libertad hasta que se convierta en un pequeño tirano... ¡Bueno! ¡Simplemente no logro verlo! Por supuesto que no me refiero a Joachim —agregó rápida, dulcemente—. Es un niño adorable, por cierto...
—Le debe ser dado todo lo que quiera —murmuró la señora Purney en un tono extraño. Era violento y como de memoria—. Tiene que ser mantenido contento.
—Lo debe amar mucho —dijo con brusquedad la señora Brent, con malicia, repentinamente determinada a obtener alguna reacción de esta criatura débil e indulgente. Lo consiguió.
—Lo odio —dijo la señora Purney.
Sus ojos estaban nuevamente cerrados, y ahora casi sonreía, como si la liberación de aquellas palabras hubiera sido algo anhelado. Entonces se enderezó abruptamente, con los ojos pálidos completamente abiertos, y asiendo su labio inferior lo empujó hacia abajo y al costado de un modo absurdo.
—No quise decir eso —jadeó. Se arrojó sobre la señora Brent, y graznó—, ¡No quise decir eso! ¡No se lo cuente! Nos hará cosas. Aflojará las vigas de la casa mientras estemos durmiendo. Convertirá el desayuno en serpientes y ranas. Y transformará la puerta del horno en una enorme boca dentada. ¡No se lo diga! ¡No se lo diga!
La señora Brent, profundamente conmovida, y sin entender una palabra de todo esto, extendió instintivamente los brazos y cobijó a la otra mujer.
—Puedo hacer un montón de cosas —dijo Jokey—. Puedo hacer cualquier cosa.
—Jeee —susurró Preciosa observando la alcancía—. ¿Qué vas a hacer ahora con eso?
—Nada. Supongo que la dejaré volver a ser una cerda.
—¿La puedes volver a transformar en una cerda?
—No tengo por qué, estúpida. Será por sí misma una cerda. Pronto me olvidaré de todo esto.
—¿Siempre sucede eso?
—No. Si reviento esta vieja alcancía, tomará más tiempo, y cuando se vuelva a convertir la cerda estará toda reventada. Toda tripas y sangre —agregó riéndose entre dientes—. Una vez lo hice con un ternero.
—Jeee —dijo Preciosa, aún con los ojos muy abiertos—. Cuando crezcas serás capaz de hacer lo que desees.
—Sí —Jokey pareció complacido—. Pero puedo hacer lo que quiera ahora. —Se encogió de hombros—. Algunas veces simplemente no sé qué hacer a continuación.
—Ya lo sabrás cuando crezcas —dijo ella confiadamente.
—Oh, seguro. Viviré en una casa grande en el pueblo, y miraré por las ventanas, y reventaré a la gente y la convertiré en patos y serpientes y cosas. Haré moscas tan grandes como polluelos de halcón, o quizá tan grandes como caballos, y los pondré en las escuelas. Derribaré los edificios grandes y aplastaré a la gente.
Recogió una manzana verde y la arrojó a la cerda marrón, acertando de pleno.
—Gosh, y no tendrías que practicar el piano, o prestar atención a ninguno de esos viejos maestros —dijo Preciosa, empezando a simpatizar con las posibilidades—, pues ni siquiera tendrías que... ¡oh!
—¿Qué pasa?
—Ese escarabajo. Los odio.
—Sólo es un ciervo volante —dijo con superioridad Jokey—. Mira esto. Te mostraré algo.
Tomó una caja de fósforos y encendió uno. Sostuvo al escarabajo con un sucio dedo índice, y aproximó la llama a la cabeza del bicho. Preciosa observó atentamente hasta que la criatura dejó de mover sus patitas.
—Esas cosas me asustan —dijo cuando él se levantó.
—Eres una cobarde.
—No lo soy.
—Sí lo eres. Todas las chicas son cobardes.
—Tú eres sucio y apestoso —dijo Preciosa.
Jokey fue rápidamente hacia el chiquero y levantó un denso puñado de basura. Desde donde estaba agazapado, Jokey se lo tiró a la niña alcanzándola de arriba abajo, de modo tal que la salpicadura abarcó desde el hombro hasta las piernas, cruzando el frente del vestido, y depositando una gran gota fresca sobre la punta del brillante zapato izquierdo.
—¿Ahora quién está sucio? Ahora quién apesta? —cantó él.
Preciosa levantó la falda y la miró con horror y repugnancia. Sus ojos se llenaron de furiosas lágrimas. Sollozando, se precipitó hacia él. Le dio un bofetón con torpeza de niñita, al estilo mano-contra-hombro. Lo volvió a abofetear.
—¡Hey! ¿A quién estás golpeando? —gritó él asombrado. Retrocedió y súbitamente se esforzó por sonreír—. Te voy a arreglar —dijo, y desapareció sin decir una palabra más.
Lloriqueando de furia y asco. Preciosa tomó un puñado de pasto y comenzó a limpiarse el zapato.
Algo se movió en su campo de visión. Echó una ojeada, chilló y retrocedió. Era un enorme ciervo volante, tres veces más grande de lo habitual y estaba dirigiéndose hacia ella.
Otro escarabajo, o el mismo, la encontró en el rincón.
Con sus nuevos y brillantes zapatos negros, lo pisó. Y lo pisó tan fuerte que la pantorrilla le dolió y picó por la siguiente media hora.
Los hombres estaban de regreso cuando volvió a la casa. El señor Brent había estado inspeccionando el vallado del señor Purney. Jokey no fue echado de menos antes de que se marcharan. La señora Purney se veía ojerosa y asustada, y parecía contenta de que la señora Brent se fuera antes de que Jokey regresara para cenar.
Preciosa no dijo nada cuando le preguntaron sobre la suciedad del vestido y, dadas las circunstancias, la señora Brent pensó que sería mejor no interrogarla exhaustivamente.
En el auto, la señora Brent le dijo a su marido que ella pensaba que Jokey estaba volviendo loca a la señora Purney.
Y fue su turno de volverse casi loca, a la mañana siguiente, cuando Jokey reapareció. La mayor parte de él.
Fue una gran sorpresa, en realidad, cuánto de escarabajo se había adherido al nuevo zapato negro, y que, a su debido tiempo, se convirtió lo que encontraron bajo la cama de Preciosa.